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miércoles, noviembre 04, 2009

"ESPERANDO A GODOT"(SAMUEL BECKETT)





"ESPERANDO A GODOT"(EN ATTENDANT GODOT)
SAMUEL BECKETT

PERSONAJES:
ESTRAGÓN
VLADIMIRO
POZZO
LUCKY
UN MUCHACHO

ACTO PRIMERO

Camino en un descampado, con árbol. Atardecer.
ESTRAGÓN, sentado en el suelo, trata de descalzarse con ambas manos. Se detiene, agotado; descansa, jadeando; vuelve a empezar.
Igual juego. Entra VLADIMIRO

ESTRAGÓN. – (Renunciando nuevamente.) No hay nada que hacer.
VLADIMIRO. – (Acercándose a pasos cortos y rígidos, separadas las piernas.) Empiezo a creerlo. (Queda inmóvil) Durante mucho tiempo me he resistido a creerlo, diciéndome “Vladimiro, sé razonable; aún no lo has intentado todo” Y reemprendía la lucha. (Se reconcentra, pensando en la lucha. A ESTRAGÓN) ¿Así que otra vez ahí?
ESTRAGÓN. – ¿Te parece?
VLADIMIRO. – Me alegra volver a verte. Creía que te habías ido para siempre.
ESTRAGÓN. – Y yo.
VLADIMIRO. - ¿Cómo celebraremos este encuentro? (Reflexiona) Ven que te bese. (Tiende la mano a ESTRAGÓN)
ESTRAGÓN. –(Irritado) Luego, luego.
(SILENCIO)
VLADIMIRO. –(Molesto, fríamente.) ¿Puede saberse dónde ha pasado la noche el señor?
ESTRAGÓN. –En la cuneta.
VLADIMIRO. – (Sorprendido) ¿Dónde?
ESTRAGÓN. –(Inmutable.) Por ahí.
VLADIMIRO. – ¿Y no te han sacudido?
ESTRAGÓN. –Sí..., no mucho.
VLADIMIRO. – ¿Los de siempre?
ESTRAGÓN. –¿Los de siempre? No lo sé.
(SILENCIO)

VLADIMIRO. –Cuando pienso..., desde siempre... me pregunto qué habría sido de ti... sin mí... (Con decisión.) Sin duda, no serías ahora más que un montón de huesos.
ESTRAGÓN.-(Herido en lo vivo.) ¿Y qué más?
VLADIMIRO.(Anonadado.) Es demasiado para un hombre solo. (Pausa.. Vivazmente.) Por otra parte, ¿por qué desanimarse en este momento? Es lo que yo me pregunto. Hubiera sido necesario pensarlo hace una eternidad, hacia mil novecientos.
ESTRAGÓN. -Basta. Ayúdame a quitar esta porquería.
VLADIMIRO. -Juntos, hubiéramos sido los primeros en arrojarnos desde la torre Eiffel. Entonces sí que lo pasábamos bien. Ahora ya es demasiado tarde. Ni siquiera nos dejarían subir. (ESTRAGÓN vuelve a su calzado.) ¿Qué haces?
ESTRAGÓN.-Me descalzo. ¿No lo has hecho tú nunca?
VLADIMIRO.-Hace tiempo que te digo que es necesario descalzarse todos los días. Más te vendría escucharme.
ESTRAGÓN.-(Débilmente.) ¡ Ayúdame!
VLADIMIRO.- ¿Te encuentras mal?
ESTRAGÓN. -¡Mal! ¡Me preguntas si me encuentro mal!
VLADIMIRO.~(Acalorado.) ¡Tú eres el único que sufre! Yo no importo. Sin embargo, me gustaría verte en mi lugar. Ya me lo dirías.
ESTRAGÓN.-¿Has estado malo?
VLADIMIRO.-¡ Malo! ¡ Me preguntas si he estado malo!
ESTRAGÓN.-(Señalando con el índice.) Eso no es una razón para que no te abroches.
VLADIMIRO.-(Inclinándose.) Es verdad. (Se abrocha.) No hay que descuidarse en los pequeños detalles.
ESTRAGÓN.-¿Qué quieres que te diga? Siempre esperas a última hora.
VLADIMIRO. –(Ensoñadoramente.) A última hora... (Medita.) Tardará; pero valdrá la pena. ¿Quién decía esto?
ESTRAGÓN.-¿No quieres ayudarme?
VLADIMIRO.-A veces me digo que, a pesar de todo, llegará. Entonces todo me parece extraño. (Se quita el sombrero, mira dentro, pasa la mano por el interior, lo agita y vuelve a ponérselo.) ¿Cómo lo diría? Aliviado y, al mismo tiempo..., (Busca.) espantado. (Con énfasis.) Espantado! (Se quita otra vez el sombrero y vuelve a mirar en el interior.) ¡Lo que faltaba! (Golpea encima como que caiga algo, mira nuevamente al interior y vuelve ponérselo.) Así que...
ESTRAGÓN.-¿Qué? (A costa de un esfuerzo su consigue sacarse el zapato. Mira dentro, mete la mano, la saca, sacude el zapato, mira por el suelo por si ha caído algo; no encuentra nada, vuelve a pasar la mano zapato, mirando vagamente.) Nada.
VLADIMIRO.~Déjame ver.
ESTRAGÓN.-No hay nada que ver.
VLADIMIRO.~Trata de ponértelo.
ESTRAGÓN.~(Tras examinar su pie.) Voy a dejarle que se oree un poco.
VLADIMIRO. -He ahí un hombre de una pieza que la toma con su calzado cuando la culpa la tiene el pie. (Vuelve a quitarse el sombrero, mira e! interior pasa la mano, lo sacude, golpea encima, sopla dentro, vuelve a ponérselo.) Esto empieza a ser inquietante. (Silencio. ESTRAGÓN mueve el pie, separando los dedos para que circule mejor el aire.) Uno de los ladrones se salvó. (Pausa.) Es una proporción aceptable. (Pausa.) Gogo...
ESTRAGÓN.~¿Qué?
VLADIMIRO. –¿Y si nos arrepintiéramos?
ESTRAGÓN. –¿Y de qué?
VLADIMIRO. – Pues... (Titubeando.) No hace falta entrar en detalles.
ESTRAGÓN.~¿De haber nacido?

(VLADIMIRO Comienza a reírse a mandíbula batiente, pero inmediatamente se contiene, llevándose la mano a la entrepierna Con gesto impaciente.)

VLADIMIRO.~Ni siquiera nos atrevemos a reír.
ESTRAGÓN.~ Vaya privación!
VLADIMIRO.~Sonreír solamente. (Cuaja en su rostro una suprema sonrisa, que tras un momento se extingue súbitamente.) No es lo mismo. Bueno... (Pausa) Gogo...
ESTRAGÓN.~(Molesto.) ¿Qué pasa?
VLADIMIRO.~¿ Has leído la Biblia?
ESTRAGÓN. –La Biblia... Le he echado un vistazo, seguramente.
VLADIMIRO. – (Sorprendido) ¿En la escuela laica?
ESTRAGÓN. –Cualquiera sabe si lo era o no.
VLADIMIRO. – Debes confundirla con la prisión juvenil
ESTRAGÓN. –Quizá. Recuerdo los mapas de la Tierra Santa. En colores. Muy bonitos. El Mar Muerto era azul pálido. Nada más mirarlo, me entra en sed. Pensaba: “Ahí iremos a pasar nuestra luna de miel. Nos bañaremos. Seremos felices.”
VLADIMIRO. –Tenías que haber sido poeta.
ESTRAGÓN. –Lo he sido. (Señalando sus harapos.) ¿Es que no se nota?
(SILENCIO)
VLADIMIRO. – ¿Qué estaba diciendo?...¿Cómo sigue tu pie?
ESTRAGÓN. –Se está hinchando.
VLADIMIRO. – ¡Ah! Ya recuerdo: la historia de los ladrones. ¿Recuerdas?
ESTRAGÓN. –No.
VLADIMIRO. – Así matamos el tiempo. (Pausa) Eranse dos ladrones crucificados al mismo tiempo que el Salvador. Se...
ESTRAGÓN. –¿Qué quien?
VLADIMIRO. – El Salvador. Dos ladrones. Se dice que uno de ellos fue salvado, y el otro (Busca la expresión contraria.) condenado.
ESTRAGÓN. –Salvado, ¿de qué?
VLADIMIRO. – Del infierno.
ESTRAGÓN. –Me voy. (Queda quieto.)
VLADIMIRO. – Y, sin embargo... (Pausa) ¿Cómo es posible que...? Supongo que no te aburro.
ESTRAGÓN. –No escucho.
VLADIMIRO. – ¿Cómo es posible que, de los cuatro evangelistas, solo uno cuente los hechos de esta forma? No obstante, los cuatro estaban allí; vamos..., no muy lejos. Solo uno habla de un ladrón salvado. (Pausa) Bueno, Gogo: de cuando en cuando podías meter baza.
ESTRAGÓN. –Escucho.
VLADIMIRO. – De los cuatro, solo uno. De los tres, dos ni siquiera lo mencionan, y el tercero dice que ambos le insultaron.
ESTRAGÓN. –¿Quién?
VLADIMIRO. – ¿Cómo?
ESTRAGÓN. –No entiendo nada. (Pausa) Insultar, ¿a quién?
VLADIMIRO. – Al Salvador
ESTRAGÓN. –¿Por qué?
VLADIMIRO. – Porque no quiso salvarlos.
ESTRAGÓN. –¿Del infierno?
VLADIMIRO. – ¡No, hombre, no! De la muerte.
ESTRAGÓN. –¿En ese caso...?
VLADIMIRO. – Los dos bebieron ser condenados.
ESTRAGÓN. –¿Y después?
VLADIMIRO. – Pero uno de los evangelistas dice que uno se salvó
ESTRAGÓN. –Vaya, no están de acuerdo; nada más.
VLADIMIRO. – Allí estaban los cuatro. Y solo uno habla de un ladrón salvado. ¿Por qué creer a uno más que a los otros?
ESTRAGÓN. –¿Quién le cree?
VLADIMIRO. – Pues todos. Solo se conoce esta versión.
ESTRAGÓN. –La gente es tonta. (Se levanta dificultosamente. Cojeando, se dirige hacia el lateral izquierdo, se detiene, mira a lo lejos, protegiendo con la mano los ojos; se vuelve, va hacia el lateral derecho mira a lo lejos.)

(VLADIMIRO le mira, después coge el zapato, mira dentro, lo tira precipitadamente.)

VLADIMIRO. – ¡Puff! (Escupe)

(ESTRAGÓN se dirige al centro del escenario y mira al fondo.)

ESTRAGÓN. – ¡Hermoso lugar! (Se devuelve, avanza hasta la batería y mira hacia el público.) Rostros sonrientes. (Se vuelve hacia VLADIMIRO.) Vámonos.
VLADIMIRO.-No podemos.
ESTRAGÓN.~¿Por qué?
VLADIMIRO.~Esperamos a Godot.
ESTRAGÓN.~Es verdad. (pausa.) ¿Estás seguro de que es aquí?
VLADIMIRO.-¿EI qué?
ESTRAGÓN.~Donde hay que esperar.
VLADIMIRO. ~ Dijo delante del árbol. (Miran el árbol.) ¿Ves algún otro?
ESTRAGÓN.~¿Qué es?
VLADIMIRO.-Yo diría que un sauce llorón.
ESTRAGÓN.~¿Dónde están las hojas?
VLADIMIRO.~Debe de estar muerto.
ESTRAGÓN.~Se acabó su llanto.
VLADIMIRO. -.A menos que no sea tiempo.
ESTRAGÓN.-¿Y no sería más bien un arbolillo?
VLADIMIRO.-Un arbusto.
ESTRAGÓN.-Un arbolillo.
VLADIMIRO.-Un... (Se contiene.) ¿Qué quieres insinuar? ¿Que nos hemos equivocado de sitio?
ESTRAGÓN.-Ya tendría que estar aquí.
VLADIMIRO.-No aseguró que viniera.
ESTRAGÓN.-¿Y si no viene?
VLADIMIRO.~Volveremos mañana.
ESTRAGÓN.-Y, después, pasado mañana.
VLADIMIRO.-Quizá.
ESTRAGÓN.-Y así sucesivamente.
VLADIMIRO.-ES decir...
ESTRAGÓN.-Hasta que venga.
VLADIMIRO.-Eres inhumano.
ESTRAGÓN.-Ya vinimos ayer.
VLADIMIRO.- ¡Ah, no! en eso te equivocas.
ESTRAGÓN.-¿Qué hicimos ayer?
VLADIMIRO.-¿Que qué hicimos ayer?
ESTRAGÓN.-Sí.
VLADIMIRO.-Pues, pues... (Enojándose.) Nadie como tú para no entenderse.
ESTRAGÓN. –Yo creo que estuvimos aquí
VLADIMIRO.-(Mirando alrededor.) ¿Te resulta familiar el lugar?
ESTRAGÓN.-Yo no he dicho eso.
VLADIMIRO.-¿ Entonces?
ESTRAGÓN.-Eso no tiene nada que ver.
VLADIMIRO.-No obstante..., este árbol..., ( al público.) esa turbera...
ESTRAGÓN.-¿Estás seguro de que era esta noche?
VLADIMIRO.-¿ El qué?
ESTRAGÓN.Que debíamos esperarle.
VLADIMIRO.-Dijo el sábado. (Pausa.) Según creo.
ESTRAGÓN.-Después del trabajo.
VLADIMIRO.-Debí apuntarlo. (Revuelve en sus bolsillos, repletos de toda clase de porquerías.)
ESTRAGÓN. Pero ¿qué sábado? ¿Es hoy sábado? ¿No será más bien domingo? ¿O lunes? ¿O viernes?
VLADIMIRO.-(Mirando enloquecido alrededor suyo como si la fecha estuviese escrita en el paisaje.) No es posible.
ESTRAGÓN.-O jueves.
VLADIMIRO.-¿ Qué hacemos?
ESTRAGÓN.-Si anoche se molestó en balde, ya puedes estar seguro de que hoy no vendrá.
VLADIMIRO.-Pero dices tú que nosotros hemos venido anoche.
ESTRAGÓN.-Puedo equivocarme. (Pausa.) ¿Quieres que nos callemos un poco?
VLADIMIRO.-(Débilmente.) Bueno. (ESTRAGÓN se sienta en el suelo. VLADIMIRO recorre con pasos largo la escena agitadamente. De cuando en cuando se detiene para otear el horizonte. ESTRAGÓN se duerme. VLADIMIRO se para ante ESTRAGÓN.) Gogo... (Silencio.) Gogo... (Silencio.)¡Gogo!

(ESTRAGÓN Se despierta sobresaltado.)

ESTRAGÓN.-(Volviendo a todo el horror de su situación.) Dormía. (Con reproche.) ¿ Por qué no me dejas dormir nunca?
VLADIMIRO.-Me sentía solo.
ESTRAGÓN.-He tenido un sueño.
VLADIMIRO.-No me lo cuentes.
ESTRAGÓN.-He soñado que..
VLADIMIRO.-¡ No me lo cuentes!
ESTRAGÓN. -(Con un gesto hacia cuanto les rodea.) ¿Esto te basta? (Silencio.) Didi, no eres bueno. ¿A quién sino a ti quieres que cuente mis pesares íntimos?
VLADIMIRO.-Que sigan siendo íntimos. Ya sabes que no puedo soportarlo.
ESTRAGÓN.-(Fríamente.) A veces me pregunto si no sería mejor que nos separáramos.
VLADIMIRO.-No irías muy lejos.
ESTRAGÓN.-Eso sería, en efecto, un grave inconveniente (Pausa.) ¿No es verdad, Didi, que eso sería un grave inconveniente? (Pausa.) Dada la hermosura del camino (Pausa.) Y la bondad de los viajeros. (Pausa. Zalamero.) ¿No es verdad, Didi?
VLADIMIRO.-Calma.
ESTRAGÓN.-(Con voluptuosidad.) Calma... Calma... (Ensoñador.) Los ingleses dicen «caaalm». Son gentes «caaalms». (Pausa.) ¿Sabes la historia del inglés en el prostíbulo?
VLADIMIRO.-Sí.
ESTRAGÓN.- Cuéntamela.
VLADIMIRO .~Déjame.
ESTRAGÓN.-Un inglés borracho va a un prostíbulo. La encargada le pregunta si quiere una rubia, una morena o una pelirroja. Sigue.
VLADIMIRO.~¡Déjame! (Sale.)

(ESTRAGÓN se levanta y le sigue hasta el límite de la escena. Mímica de ESTRAGÓN, semejante a la que un boxeador provoca entre los espectadores. VLADIMIRO vuelve, pasa ante ESTRAGÓN, cruza la escena con la vista baja. ESTRAGÓN se encamina hacia él, pero se detiene.)

ESTRAGÓN.-(Dulcemente.) ¿Querías hablarme? (VLADIMIRO no contesta. ESTRAGÓN avanza un paso.) ¿Tenías algo que decirme? (Silencio. Avanza otro paso.) Habla, Didi.
VLADIMIRO.-(Sin volverse.) No tengo nada que decirte.
ESTRAGÓN.-(Avanza otro paso.) ¿Te has enojado? ( Silencio. Otro paso.) Perdona. (Silencio. Otro paso. Le toca el hombro.) Vamos, Didi. (Silencio.) Dame la mano! (VLADIMIRO se vuelve.) ¡Dame un abrazo! (VLADIMIRO se yergue) ¡ Venga, hombre! (VLADIMIRO cede. Se abrazan. ESTRAGÓN se echa atrás.) ¡ Apestas a ajo!
VLADIMIRO.-Es para los riñones. (Silencio. ESTRAGÓN mira el árbol atentamente.) ¿Qué hacemos ahora?
ESTRAGÓN.~Esperamos.
VLADIMIRO. -Sí; pero mientras esperamos...
ESTRAGÓN.-¿Y si nos ahorcáramos?
VLADIMIRO.-Sería una manera de ponerse cachondos.
ESTRAGÓN.-¿Se pone uno cachondo?
VLADIMIRO.-Con todas las consecuencias. Y donde cae eso, crecen mandrágoras. Por eso, cuando se las arrancan gritan. ¿No lo sabías?
ESTRAGÓN.-Ahorquémonos ahora mismo.
VLADIMIRO.-¿En una rama? (Se acercan al árbol y contemplan.) No me fío.
ESTRAGÓN.-Podemos intentar.
VLADIMIRO.-Prueba.
ESTRAGÓN.- Primero, tú.
VLADIMIRO.-NO, no; tú primero.
ESTRAGÓN.-¿ Por qué?
VLADIMIRO.-Porque pesas menos que yo.
ESTRAGÓN.-Justamente.
VLADIMIRO.-No comprendo.
ESTRAGÓN.-Piensa un poco, ¡ ea!

(VLADIMIRO reflexiona)

VLADIMIRO.-(Concluyente.) No comprendo.
ESTRAGÓN-Te lo explicaré. (Medita.) La rama..., la rama... (Airado.) Pero ¡ intenta comprenderlo!
VLADIMIRO .-Solo te tengo a ti.
ESTRAGÓN.-(Esforzándose.)
Gogo, ligero,
No se rompe la rama;
Gogo, muerto, Didi pesado;
se rompe la rama;
Didi, solo...
(Busca la expresión precisa.)

Mientras que...

(Busca la expresión precisa.)

VLADIMIRO. -No había pensado en esto.
ESTRAGÓN-(Que ha encontrado la frase que buscaba.) Quien puede lo más, puede lo menos.
VLADIMIRO.-Pero ¿peso yo más que tú?
ESTRAGÓN.-Eres tú quien lo dice. Yo no sé nada. Hay una probabilidad entre dos. O casi.
VLADIMIRO.-Así, pues, ¿qué hacemos?
ESTRAGÓN.-No hagamos nada. Es más prudente.
VLADIMIRO.-Esperemos a ver qué nos dice.
ESTRAGÓN.-¿ Quién?
VLADIMIRO.-Godot.
ESTRAGÓN.-¡ Vaya!
VLADIMIRO.-Esperemos, ante todo, para estar seguros.
ESTRAGÓN.-Por otra parte, más vale hacer las cosas en caliente
VLADIMIRO.-Tengo curiosidad por saber lo que nos va a decir. Eso no nos compromete a nada.
ESTRAGÓN.-Pero, exactamente, ¿qué es lo que se le ha pedido?
VLADIMIRO.-¿No estabas allí?
ESTRAGÓN.-No presté atención.
VLADIMIRO.-Pues... Nada en concreto.
ESTRAGÓN.-Una especie de súplica.
VLADIMIRO.-Eso es.
ESTRAGÓN.-Una súplica vaga.
VLADIMIRO.-Sí, si quieres.
ESTRAGÓN.-¿Y qué contestó?
VLADIMIRO.-Que ya vería.
ESTRAGÓN.-Que no podía prometer nada.
VLADIMIRO.-Que necesitaba reflexionar.
ESTRAGÓN.-Serenamente.
VLADIMIRO.-Consultar con su familia.
ESTRAGÓN.-Con sus amigos.
VLADIMIRO.-Con sus agentes
ESTRAGÓN~.Con sus representantes.
VLADIMIRO.~Sus archivos.
ESTRAGÓN.- Su cuenta corriente.
VLADIMIRO.~Antes de decidirse.
ESTRAGÓN.~Es natural.
VLADIMIRO.~¿No es verdad?
ESTRAGÓN.~Eso me parece.
VLADIMIRO.-A mí también.
(pausa.)

ESTRAGÓN. -¿Y nosotros?
VLADIMIRO.~¿Cómo?
ESTRAGÓN.~Decía: ¿y nosotros?
VLADIMIRO.-NO entiendo.
ESTRAGÓN.~¿Y qué representamos nosotros en todo esto?
VLADIMIRO.~¿Que qué representamos?
ESTRAGÓN. - Cógelo con tiempo.
VLADIMIRO.~¿Nuestro papel? Es el del suplicante.
ESTRAGÓN.~¿Hasta ese extremo?
VLADIMIRO.~¿El señor se muestra exigente?
ESTRAGÓN.-¿Y ya no tenemos derechos?

(VLADIMIRO ríe y cesa bruscamente, como antes. Igual juego, menos la sonrisa.)

VLADIMIRO.~Serías capaz de hacerme reír.
ESTRAGÓN.~¿Los hemos perdido?
VLADIMIRO.~(Abiertamente.) Los hemos liquidado. (Silencio. permanecen inmóviles, con los brazos colgando, la cabeza sobre el pecho y las rodillas juntas.)

ESTRAGÓN.~(Débilmente.) ¿Estamos comprometidos? (Pausa.) ¿Eh?
VLADIMIRO.~(Levantando la mano.) ¡Escucha!
(Escuchan grotescamente rígidos.)

ESTRAGÓN.-No oigo nada.
VLADIMIRO.- Chiss! (Escuchan. ESTRAGÓN pierde el equilibrio y está a punto de caer. Se coge del brazo de VLADIMIRO que se tambalea. Escuchan, apretándose el uno contra el otro y mirándose a los ojos.) Yo tampoco. (Suspiro de alivio. Pausa. Se separan.)
ESTRAGÓN.-Me has asustado.
VLADIMIRO.~Creí que era él.
ESTRAGÓN.-¿ Quién?
VLADIMIRO.-Godot.
ESTRAGÓN.- Bah! El viento entre los cañaverales.
VLADIMIRO.-Hubiera jurado que eran gritos.
ESTRAGÓN.-¿Y por qué había de gritar?
VLADIMIRO.-A Su caballo.

(Silencio.)
ESTRAGÓN.-¿Nos vamos?
VLADIMIRO.-¿ Adónde? (Pausa.) Quizá esta noche durmamos en su casa, al calar, bajo techado, con la tripa llena, sobre paja. Vale la pena que esperemos, ¿no?
ESTRAGÓN.-Pero no toda 1a noche.
VLADIMIRO.-Aún es de día.

(Silencio.)
ESTRAGÓN.-Tengo hambre.
VLADIMIRO.-¿Quieres una zanahoria?
ESTRAGÓN.-¿No tienes otra cosa?
VLADIMIRO.-Debo tener algunos nabos.
ESTRAGÓN.-Dame una zanahoria. (VLADIMIRO hurga en sus bolsillos, saca un nabo y se lo da a ESTRAGÓN.) Gracias. (Lo muerde. Lamentándose.) ¡ Es un nabo!
VLADIMIRO.- Oh, perdona! juraría que era una zanahoria. (Busca de nuevo en sus bolsillos y solo encuentra nabos.) Solo hay nabos. (Sigue buscando.) Tú has debido comerte la última. (Busca.) Espera, aquí hay una. (Saca, al fin, una zanahoria y Se la da a ESTRAGÓN.) Toma, amigo mío. (ESTRAGÓN la limpia con la manga y comienza a comerla.) Devuélveme el nabo. (ESTRAGÓN se lo devuelve.) Aprovéchala bien, que no hay más.
ESTRAGÓN.-(Sin dejar de comer.) Te he hecho una pregunta.
VLADIMIRO.-¡ Ah!
ESTRAGÓN.-¿Me has contestado?
VLADIMIRO. – Está buena tu zanahoria?
ESTRAGÓN. – Sabe dulce.
VLADIMIRO.-Mejor, mejor. (Pausa.) ¿Qué querías saber?
ESTRAGÓN.-Ya no me acuerdo. (Come.) Y eso es lo me fastidia. (Mira la zanahoria con aprecio y la hace girar
en el aire con la punta de los dedos.) Es deliciosa tu zanahoria. (Chupa meditativamente 1a punta.) ¡ Escucha, ya me acuerdo! (Da un gran bocado.)
VLADIMIRO.-¿ Qué era?
ESTRAGÓN.-(Con la boca llena, distraído.) ¿No estamos atados?
VLADIMIRO.-No entiendo nada.
ESTRAGÓN.-(Come, traga.) Pregunto si estamos atados.
VLADIMIRO.-¿ Atados?
ESTRAGÓN.-Atados.
VLADIMIRO.-¿ Cómo atados?
ESTRAGÓN.-De pies y manos.
VLADIMIRO.-Pero ¿a quién? ¿Por quién?
ESTRAGÓN.-A tu buen hombre.
VLADIMIRO.-¿A Godot? ¿Atados a Godot? Vaya idea! En absoluto. (Pausa.) Todavía no.
ESTRAGÓN.-¿Se llama Godot?
VLADIMIRO.-Eso creo.
ESTRAGÓN.- Vaya! (Levanta los restos de la zanahoria por sus hojas secas y los hace girar ante sus ojos.) Es curioso; cuanto más se come, menos gusta.
VLADIMIRO.-A mí me pasa lo contrario.
ESTRAGÓN.-¿O sea?
VLADIMIRO .-YO, cuanto más como, más me gusta.
ESTRAGÓN.-(Que ha meditado largamente.) ¿Y eso lo contrario?
VLADIMIRO.-Cuestión de temperamento.
ESTRAGÓN.-De carácter.
VLADIMIRO.-NO hay nada que hacer.
ESTRAGÓN.-Por mucho que uno se mueva.
VLADIMIRO.-Cada uno es como es.
ESTRAGÓN.-Y no sirve darle vueltas.
VLADIMIRO.-EI fondo no cambia.
ESTRAGÓN.~No hay nada que hacer. (Ofrece a VLADIMIRO lo que queda de zanahoria) ¿Quieres acabártela?
(Se oye muy cerca un grito terrible. ESTRAGÓN suelta la zanahoria. Quedan rígidos y después se precipitan hacia los laterales. ESTRAGÓN se detiene a medio camino, vuelve hacia atrás, coge la zanahoria, la guarda en el bolsillo, se abalanza hacia VLADIMIRO, que le espera, vuelve a pararse, regresa, coge su zapato, luego corre a unirse a VLADIMIRO. Cogidos por la cintura, la cabeza sobre los hombros, de espaldas a !a amenaza, esperan. Entran POZZO y LUCKY. Aquel dirige a este mediante una cuerda alrededor del cuello, de forma que al principio solo se ve a LUCKY, seguido de la cuerda, lo suficientemente larga como para que pueda llegar al centro de le escena antes que POZZO asome por el lateral. LUCKY lleva una pesada maleta, una silla de tijera, un cesto con comida y, en el brazo, un abrigo; POZZO, un látigo.)

POZZO.-(Dentro.) ¡ Más rápido! (Chasquido de látigo. Entra POZZO. Cruzan la escena. LUCKY pasa ante VLADIMIRO y ESTRAGÓN y sale. POZZO, al ver a VLADIMTRO y ESTRAGÓN, se detiene. La cuerda se tensa. POZZO tira violentamente.)
Atrás!

(Ruido de caída. LUCKY ha caído con toda su carga. VLADIMIRO y ESTRAGÓN le miran, vacilando entre socorrerle y el temor de meterse en lo que no les importa. VLADIMIRO avanza un paso hacia LUCKY, ESTRAGÓN le coge por la manga.)

VLADIMIRO.-¡ Déjame!
ESTRAGÓN.-Ten calma.
POZZO.-¡ Cuidado! Es malo. (ESTRAGÓN y VLADIMIRO le miran.) Con los extraños.
ESTRAGÓN.-(Bajo.) ¿Es él?
VLADIMIRO.-¿ Quién?
ESTRAGÓN.- ¿Quién va a ser!
VLADIMTRO.-¿ Godot?
ESTRAGÓN.~Claro.
POZZO.-Me presento: POZZO.
VLADIMIRO. -¡Que va!
ESTRAGÓN. –Ha dicho Godot.
VLADIMIRO.-¡ Qué va!
ESTRAGÓN.-(A POZZO.) ¿No es usted el señor Godot, señor?
POZZO.-(Con voz terrible.) ¡ Soy POZZO! (Silencio.) ¿No les dice nada este nombre? (Silencio.) Les pregunto si no les dice nada este nombre.

(VLADIMIRO y ESTRAGÓN se consultan con la mirada.)

ESTRAGÓN.-(Como quien busca.) Bozzo..., Bozzo.
VLADIMIRO.-(Igual.) POZZO.
POZZO.-¡ Pppozzo!
ESTRAGÓN.- Ah!, POZZO, ya, ya... POZZO...
VLADIMIRO.-¿Es POZZO o Bozzo?
ESTRAGÓN.-POZZO...; no, no me dice nada.
ESTRAGÓN.-(Conciliador.) Conocí una familia Gozzo. La madre bordaba.
(POZZO avanza, amenazador.)

ESTRAGÓN.-(Vivamente.) Nosotros no somos de aquí, señor.
POZZO.-(Deteniéndose.) Sin embargo, son seres humanos. (Se pone las gafas.) Al menos por lo que veo. (Se quita las gafas.) De igual especie que la mía. (Suelta una enorme carcajada.) ¡De la misma especie que Pczzo! ¡ De origen divino!
VLADIMIRO.-O sea.
POZZO.-( Tajante.) ¿ Quién es Godot?
ESTRAGÓN .-¿ Godot?
POZZO.-Ustedes me han tomado por Godot.
VLADIMIRO.-¡ Oh, no señor! Ni por un momento, señor.
POZZO.-¿Quién es?
VLADIMIRO.-Pues es un..., es un conocido.
ESTRAGÓN.-Pero, vamos, no le conocemos casi.
VLADIMIRO.-Evidentemente..., no le conocemos muy bien...; no obstante...
ESTRAGÓN -Yo, desde luego, no le reconocería.
POZZO. –Ustedes me han confundido con él.
ESTRAGÓN. –Bueno..., la oscuridad, el cansancio..., la debilidad.... la espera...; reconozco... que por un momento... he creído...
VLADIMIRO.-¡ No le haga caso, señor, no le haga caso!
POZZO.-¿La espera? Entonces, ¿le esperaban?
VLADIMIRO.-Es decir...
POZZO.-¿Aquí? ¿En mis tierras?
VLADIMIRO.-No pensábamos hacer nada malo.
ESTRAGÓN.-Teníamos buenas intenciones.
POZZO.-El camino es de todos.
VLADIMIRO.-ES lo que nos decíamos.
POZZO.-Es una vergüenza, pero es así.
ESTRAGÓN.-NO hay nada que hacer.
POZZO.-(Con un gesto amplio.) No hablemos más de eso. (Tira de la cuerda.) ¡ De pie! (Pausa.) Cada vez que se cae, se queda dormido. (Tira de la cuerda.) ¡ De pie, carroña! (Ruido de LUCKY, que se levanta y coge su carga. POZZO tira de la cuerda.) ¡ Atrás! (LUCKY entra reculando.) ¡ Quieto! (LUCKY Se para.) ¡ Vuélvete! (LUCKY se vuelve. A VLADIMIRO y ESTRAGÓN, amablemente.) Amigos míos: me siento feliz por haberles encontrado. (Ante su expresión de incredulidad.) ¡ Pues claro, verdaderamente feliz! (Tira de la cuerda.) ¡ Más cerca! (LUCKY avanza.) ¡ Quieto! (LUCKY se detiene. A VLADIMIRO y ESTRAGÓN.) Ya Se sabe, el camino es largo cuando se anda solo durante... (Consulta su reloj.), durante... (Calcula.) seis horas, sí, justamente seis horas seguidas sin encontrar un alma. (A LUCKY.) ¡ Abrigo! (LUCKY pone la maleta en el suelo, avanza, entrega el abrigo, retrocede, vuelve a coger la maleta.) Toma. (POZZO le tiende el Látigo. LUCKY avanza y, al no tener más manos, se inclina y coge el látigo entre los dientes y después retrocede. POZZO comienza a ponerse el abrigo, pero se detiene.) ¡ Abrigo! (LUCKY lo deja todo en el suelo, avanza, ayuda a POZZO a ponerse el abrigo, retrocede y vuelve a cogerlo todo.) El aire es fresco. (Acaba de abotonarse el abrigo, se inclina, se mira, se yergue.) Látigo! (LUCKY avanza, Se inclina, POZZO le arranca el látigo de la boca, LUCKY retrocede.) Ya ven, amigos no puedo permanecer mucho tiempo sin la compañía de mis semejantes (Mira a sus dos semejantes.), aunque solo muy imperfectamente se me asemejen. (A LUCKY.) ¡Silla! (LUCKY deja la maleta y la cesta, avanza, abre la silla de tijera, la coloca, retrocede y vuelve a coger maleta y cesto. POZZO mira la silla.) ¡Más cerca! (LUCKY deposita maleta y cesto. Avanza, mueve la silla, retrocede, vuelve a coger maleta y cesto. POZZO se sienta, apoya el extremo de su latigo en el pecho de LUCKY y empuja.) ¡ Atrás! (LUCKY retrocede.) ¡Más atrás! (LUCKY vuelve a retroceder.) ¡ Quieto (LUCKY se detiene. A VLADIMIRO y ESTRAGÓN.) Por eso, con su permiso, me quedaré un rato junto a ustedes, antes de aventurarme más adelante. (A LUCKY.) ¡ Cesto! (LUCKY avanza entrega el cesto, retrocede.) El aire abre el apetito. (Abre el cesto, saca un trozo de pollo, un trozo de pan y una botella de vino. A LUCKY.) ¡ Cesto! (LUCKY avanza, coge el cesto, retrocede y queda inmóvil.) ¡ Más lejos! (LUCKY retrocede). ¡Ahí! (LUCKY se detiene.) ¡Apesta! (Bebe un trago en la mis ma botella.) ¡A nuestra salud! (Deja la botella y se pone comer.)

(Silencio. ESTRAGÓN y VLADIMIRO, envalentonándose poco a poco, giran alrededor de LUCKY y le miran por todas partes. POZZO muerde con voracidad el trozo de pollo y arroja los huesos después de chuparlos. LUCKY se doblega lentamente hasta que la maleta loca el suelo, se incorpora bruscamente y comienza otra vez a doblegarse siguiendo el ritmo de quien duerme de pie.)
ESTRAGÓN.-¿Qué tiene?
VLADIMIRO.-Tiene aspecto cansado.
ESTRAGÓN.-¿Por qué no deja el equipaje?
VLADIMIRO.-¿Y yo qué sé? (Se arriman a a él) ¡Cuidado!
ESTRAGÓN.-¿Y si le habláramos?
VLADIMIRO.-¡ Mira eso!
ESTRAGÓN.-¿El qué?
VLADIMIRO.-(Señalando.) El cuello.
ESTRAGÓN.-(Mirando el cuello.) No veo nada.
VLADIMIRO.-Ponte aquí.
(ESTRAGÓN se pone en el lugar de VLADIMIRO
ESTRAGÓN. –Es verdad.
VLADIMIRO. –En carne viva.
ESTRAGÓN.-ES la cuerda.
VLADIMIRO.-De tanto rozarle.
ESTRAGÓN.-Ya ves.
VLADIMIRO.-Es el nudo.
ESTRAGÓN.-Es fatal.

(Reanudan su inspección; se detienen en el rostro.)

VLADIMIRO.-NO está mal.
ESTRAGÓN.-(Encogiéndose de hombros, poniéndose de morros.) ¿Te parece?
VLADIMIRO.-Un poco afeminado.
ESTRAGÓN.-Babea.
VLADIMIRO.-ES natural.
ESTRAGÓN.-Echa espuma.
VLADIMIRO.-Quizá sea un idiota.
ESTRAGÓN.-Un cretino.
VLADIMIRO.-(Adelantando la cabeza.) Parece un escrofuloso.
ESTRAGÓN.-(LO mismo.) No es seguro.
VLADIMIRO.-Jadea.
ESTRAGÓN.-Es lo normal.
VLADIMIRO.-¡ Y sus ojos!
ESTRAGÓN.-¿ Qué tienen?
VLADIMIRO.-Se le salen.
ESTRAGÓN.-Para mí que está a punto de reventar.
VLADIMIRO.-NO se sabe. (Pausa.) Pregúntale algo.
ESTRAGÓN.-¿TÚ crees?
VLADIMIRO.-¿Qué se pierde con ello?
ESTRAGÓN.-(Tímidamente.) Señor.. -
VLADIMIRO.-Más alto.
ESTRAGÓN.-(Más alto.) Señor..
POZZO.-¡ Déjenlo en paz! (Se vuelven hacia POZZO, que ha terminado de comer y se limpia la boca con el dorso de la mano.) ¿No ven que quiere descansar? (Saca la pipa y empieza a llenarla. ESTRAGÓN ve los huesos de pollo por el suelo y los contempla ávidamente. POZZO enciende una cerilla y empieza a encender su pipa.) ¡Cesto! (LUCKY no se mueve, POZZO arroja la cerilla con rabia y tira de la cuerda.) ¡Cesto! (LUCKY, a punto de caer, se reincorpora, avanza, guarda !a botella en el cesto, vuelve a su sitio y se pone como estaba. ESTRAGÓN mira los huesos, POZZO saca otra cerilla y enciende su pipa.) Qué quieren ustedes, no es su oficio. (Aspira una bocanada, estira Las piernas.) ¡ Ah!, ahora estoy mejor.
ESTRAGÓN.-( Tímidamente.) Señor...
POZZO.-¿Qué hay, amigo?
ESTRAGÓN.-Esto. . .,¿usted no come... esto..., no necesita... los huesos..., señor?
VLADIMIRO.-(Irritado.) ¿No podías esperarte?
POZZO.-Pues, no; claro que no, es natural. ¿Que si necesito los huesos? (Los mueve con la punta del latigo.) No, personalmente no los necesito. (ESTRAGÓN da un paso hacia los huesos.) Pero.. - (ESTRAGÓN se detiene.) pero, en principio, los huesos pertenecen al que los ha llevado. Por tanto, es a él a quien tienen que preguntárselo. (ESTRAGÓN se vuelve hacia LUCKY, vacila.) Pregúnteselo, pregúnteselo, no tenga miedo, él se lo dirá.

(ESTRAGÓN se dirige hacia LUCKY, se detiene ante él.)

ESTRAGÓN.-Señor. - -, perdón, señor...

(LUCKY permanece impasible. POZZO hace cha quear su látigo. LUCKY levanta la cabeza.)
POZZO.-Te están hablando, cerdo. Contesta. (A ESTRAGÓN.) Ande.
ESTRAGÓN.-Perdón, señor, ¿quiere usted los huesos?

(LUCKY mira a ESTRAGÓN fijamente).

POZZO.-(A sus anchas.) ¡ Señor! (LUCKY baja la cabeza. ¡ Contesta! ¿Los quieres o no? (Silencio de LUCKY. A ESTRAGÓN.) Son para usted. (ESTRAGÓN se abalanza sobre los huesos, los recoge y comienza a roerlos.) Es extraño. Esta es la primera vez que me rechaza un hueso. (Mira inquietamente a LUCKY.) Espero que no me hará la faena de ponerse malo. (Chupa la pipa.)
VLADIMIRO. –(Estallando.) ¡Es una vergüenza!

(Silencio. ESTRAGÓN, estupefacto, cesa de roer y mira alternativamente a VLADIMIRO y a POZZO. POZZO, muy tranquilo. VLADIMIRO, en creciente agitación.)

POZZO.-(A VLADIMIRO.) ¿Se refiere usted a algo en particular?
VLADIMIRO.-(Decidido, farfullando.) ¡ Tratar a un hombre (Señala a LUCKY.) así... lo encuentro... un ser humano... no... es una vergúenza!
ESTRAGÓN.-(Haciéndole coro.) Un escándalo! (Vuelve a roer.)
POZZO.~Son ustedes duros. (A VLADIMIRO.) Si no es indiscreción, ¿qué edad tiene usted? (Silencio.) ¿Sesenta? ¿Setenta?... (A ESTRAGÓN.) ¿Cuántos años puede tener?
ESTRAGÓN.~Pregúnteselo a él.
POZZO.-Soy indiscreto. (Vacia, golpeándola con el látigo, la pipa; se levanta.) Los dejo. Gracias por haberme hecho compañía. (Reflexiona.) A no ser que me quede con ustedes a fumarme otra pipa. ¿Qué les parece? (Callan.) ¡ Oh!, soy un fumador regular, un fumador muy regular; no estoy acostumbrado a fumarme dos pipas seguidas, eso (Se lleva la mano al corazón.) me produce palpitaciones. (Pausa.) Es la nicotina; uno se la traga a pesar de todas las precauciones. (Suspira.) ¿Qué les parece? (Silencio.) Pero quizá ustedes no sean fumadores. ¿Sí? ¿No? Bueno, es un detalle. (Silencio.) Pero ¿cómo me sentaré con naturalidad ahora cuando ya me había levantado? Parecería que..., ¿cómo decirlo?..., claudico. (A VLADIMIRO.) ¿Decía usted? (Silencio.) ¿No decía usted nada? (Silencio.) No tiene importancia. Veamos... (Reflexiona.)
ESTRAGÓN.- Ah!, ahora me encuentro mejor. (Arroja los huesos.)
VLADIMIRO.-Vámonos.
ESTRAGÓN.-¿ Ya?
POZZO.-¡ Un momento! (Tira de la cuerda.) ¡ Silla! (La señala con el látigo, LUCKY la aparta.) ¡Más! ¡Allí! (Vuelven a sentarse. LUCKY retrocede y coge de nuevo la maleta y el cesto.) Ya estoy otra vez instalado! (Empieza a cargar su pipa)
VLADIMIRO.-Vámonos.
POZZO.-Confío en que no se irán por mí. Quédense un poco más, no lo lamentarán.
ESTRAGÓN.-(Oliéndose la limosna.) Tenemos tiempo
POZZO.-( Que ha encendido su pipa.) La segunda siempre es peor (Se quita la pipa de la boca, la contempla.¡ que la primera, quiero decir. (Vuelve a llevarse la pipa a la boca.) Pero también es buena.
VLADIMIRO.-Me voy.
POZZO.-No puede soportar mi presencia. Sin duda soy poco humano, pero ¿es eso una razón? (A VLADIMIRO.) Piénselo, antes de cometer una imprudencia. Supongamos que se va usted ahora, que aún es de día, porque, a pesar de todo, aún es de día. (Los tres miran hacia lo alto.. ¿Qué pasa en ese caso... (Se quita la pipa de la boca, la mira.)..., se me ha apagado (Enciende la pipa.), en ese caso..., Godet..., Godot..., Godin... (Silencio.); bueno, ya saben ustedes a quien me refiero, del que depende su por venir.. - (Silencio.), bueno, su porvenir inmediato?
ESTRAGÓN.-Tiene razón.
VLADIMIRO.-¿Cómo lo sabía usted?
POZZO.-¡ Vaya, hombre! ¡ Ya vuelve a dirigirme la palabra! Acabaremos por cogernos caríño.
ESTRAGÓN.-¿Por qué no suelta la carga?
POZZO.-A mí también me gustaría encontrarle. Cuanta más gente encuentro, más feliz soy. Con la criatura más insignificante uno aprende, se enriquece, saborea mejor su felicidad. Ustedes (Los mira detenidamente un tras otro para que ambos se sepan mirados.), ustede mismos, ¿quién sabe?, es posible que me hayan dado algo.
ESTRAGÓN.-¿Por qué no suelta la carga?
POZZO.-Pero eso me extrañaría.
VLADIMIRO.-Se le ha hecho una pregunta.
POZZO.-(Absorto.) ¿Una pregunta? ¿Quién? ¿Cuál? (Silencio.) Hace un momento me llamaban señor, temblado. Ahora me hacen preguntas. Esto va a acabar mal.
VLADIMIRO. –Me parece que te escucha.
ESTRAGÓN. –(Que ha vuelto a girar en torno a LUCKY) ¿Qué?
VLADIMIRO.-Pregúntale ahora. Está preparado.
ESTRAGÓN.-¿Que le pregunte qué?
VLADIMIRO.-¿Por qué no suelta la carga?
ESTRAGÓN.-Es lo que yo quisiera saber
VLADIMIRO.-Anda, pregúntaselo
POZZO.-(Que ha seguido su diálogo con atención expectante, temiendo que la pregunta se pierda.) Me preguntan ustedes que por qué no suelta su carga, como ustedes dicen.
VLADIMIRO.-Eso.
POZZO.-(A ESTRAGÓN.) ¿Está usted de acuerdo?
ESTRAGÓN.-( Que sigue girando en torno a LUCKY.) Resopla como una foca.
POZZO.-Voy a contestarles. (A ESTRAGÓN.) Pero estese quieto, se lo suplico, me pone usted nervioso.
VLADIMIRO.-Ven aquí.
ESTRAGÓN.-¿ Qué pasa?
VLADIMIRO.-Va a hablar

(Inmóviles, pegados el uno al otro, escuchan.)

POZZO.-Perfecto. ¿Están todos? ¿Me miran todos? (Mira a LUCKY, tira de la cuerda. LUCKY levanta la cabeza.) Mírame, cerdo. (LUCKY le mira.) Perfecto. (Guarda la pipa en el bolsillo, saca un pulverizador, se rocía la garganta y vuelve a guardarlo en el bolsillo, carraspea, escupe, vuelve a sacar el pulverizador, se rocía la garganta y vuelve a guardarlo en el bolsillo.) Estoy preparado. ¿Me escuchan todos? (Mira a LUCKY y tira de la cuerda.) ¡ Avanza! (LUCKY avanza.) ¡ Ahí! (LUCKY se detiene.) ¿Están todos preparados? (Mira a los tres, en último lugar a LUCKY, y tira de la cuerda.) ¿Ahora? (LUCKY levanta la cabeza.) No me gusta hablar sin que me escuchen. Bueno. Veamos. (Reflexiona.)
ESTRAGÓN.-Me voy
POZZO.-¿Qué es exactamente lo que me han preguntado?
VLADIMIRO. -¿Por qué?
POZZO. –(Colérico.) ¡No me interrumpan! (Pausa. Más tranquilo.) Si hablamos todos a un tiempo, no acabaremos nunca. (Pausa.) ¿Qué estaba diciendo? (Pausa. Más alto.) ¿Qué estaba diciendo?

(VLADIMIRO imita a alguien que lleva una pesada carga. POZZO le mira sin comprender.)

ESTRAGÓN.-(Con fuerza.) ¡ Carga! (Señala hacia LUCKY) ¿Por qué la lleva siempre. (Imita al que se inclina por el peso, jadeando.) Nunca la deja. (Abre las manos y se levanta, aliviado.) ¿Por qué?
POZZO.-Ya caigo. Haberlo dicho antes. ¿Por qué no se pone cómodo? Tratemos de ver claro. ¿No tiene derecho? Sí. Entonces, ¿es que no quiere? El razonamiento es válido. ¿Y por qué no quiere? (Pausa.) Señores, se lo voy decir.
VLADIMIRO.-¡ Atención!
POZZO.-Para impresionarme, para que no le despida
ESTRAGÓN.-¿ Qué?
POZZO.-Quizá me haya explicado mal. Intenta inspirarme compasión para que renuncie a separarme de él. No, no es exactamete esto.
VLADIMIRO.-¿Quiere usted desprenderse de él?
POZZO.-El quiere quedarse conmigo, pero no se quedará.
VLADIMIRO.-¿Quiere usted desprenderse de él?
POZZO.-Piensa que, viéndole tan buen cargador, le colocaré como tal.
ESTRAGÓN.-¿NO quiere usted?
POZZO.-En realidad, carga como un cerdo. No es su oficio.
VLADIMIRO.-¿Quiere usted desprenderse de él?
POZZO.-Se imagina que, al verle infatigable, me arepentiré. Ese es su miserable cálculo. ¡ Como si me faltaran a mí peones! (Los tres miran a LUCKY.) ¡ Atlas, hijo Júpiter! (Silencio.) Y ya está. Yo creo que he contestado a su pregunta, ¿Tienen ustedes alguna otra que hacer? (Juego del pulverizador.)
VLADIMIRO. –¿Quiere usted desprenderse de él?
POZZO. –Piensen que yo hubiera podido estar en su lugar y él en el mío. Si el azar no se hubiera opuesto. A cada cual lo que se merece.
VLADIMIRO.-¿Quiere usted desprenderse de él?
POZZO.-¿Qué dice usted?
VLADIM1RO.-¿Quiere usted desprenderse de él?
POZZO.-Efectivamente. Pero en lugar de echarle, como hubiera podido hacer, quiero decir, en lugar de ponerle simplemente en la puerta a patadas en el culo, es tal mi bondad, que lo llevo al mercado de San Salvador, donde espero sacar algo de él. Aunque, a decir verdad, a seres como este no se les puede echar. Para hacerlo bien, habría que matarlos.
(LUCKY Llora.)
ESTRAGÓN.-Llora.
POZZO.-Los perros viejos tienen más dignidad. (Le da su pañuelo a ESTRAGÓN.) Puesto que le compadece, consuélelo. (ESTRAGÓN vacila.) Tome. (ESTRAGÓN coge el pañuelo.) Séquele los ojos. Así se sentirá menos abandonado. (ESTRAGÓN sigue vacilando.)
VLADIMIRO.-Dame, lo haré yo.

(ESTRAGÓN no quiere darle el pañuelo. Gestos infantiles.)

POZZO.-Venga, venga. Pronto ya no llorará. (ESTRAGÓN Se acerca a LUCKy y se dispone a secarle los ojos. LUCKY le pega una violenta patada en las tibias. ESTRAGÓN suelta el pañuelo, se echa atrás y da la vuelta al escenario cojeando y gritando de dolor.) Pañuelo. (LUCKY deja la maleta y el cesto, coge el pañu&o, avanza, se lo entrega a POZZO, retrocede y coge la maleta y el cesto.)
ESTRAGÓN.- Cochino! ¡ Animal! (Se levanta el pantalón.) ¡ Me ha baldado!
POZZO.-Ya les advertí que no le gustaban las personas extrañas.
VLADIMIRO.-(A ESTRAGÓN.) Déjame ver. (ESTRAGÓN le enseña su pierna. A POZZO, con cólera.) ¡ Sangra!
POZZO. –Eso es buena señal.
ESTRAGÓN. –(Con la pierna herida descubierta.) ¡Ya no podré andar!
VLADIMIRO.-(Tiernamente.) Yo te llevaré. (Pausa.) caso necesario.
POZZO.-Ya no llora. (A ESTRAGÓN.) Usted le ha sustuido en cierto modo. Las lágrimas del mundo son inmutables. Por cada uno que empieza a llorar, en otra parte hay otro que cesa de hacerlo. Lo mismo pasa con la risa. (Ríe.) No hablemos, pues, mal de nuestros tiempos; son peores que los pasados. (Silencio.) Claro que tampoco debemos hablar bien. (Silencio.) No hablemos. (Silencio.) Es cierto que la población ha aumentado.
VLADIMIRO.-Intenta andar.

(ESTRAGÓN anda cojeando, se detiene ante LUCKY y le escupe; después va a sentarse donde estaba al levantarse el telón.)

POZZO.-¿Saben ustedes quién me ha enseñado todas estas cosas tan hermosas? (Pausa. Apuntando su dedo hacia LUCKY.) ¡El!
VLADIMIRO.-(Mirando al cielo.) ¿No llegará la noche nunca?
POZZO.-Sin él, jamás habría pensado ni sentido más que cosas bajas relacionadas con mi oficio de..., no importa qué. Me sabía incapaz de la belleza, la gracia, la verdad suprema. Entonces cogí un «knut».
VLADIMIRO.-(A pesar Suyo, dejando de contemplar cielo.) ¿Un «knut»?
POZZO.-Pronto hará sesenta años de esto... (Calcula mentalmente.), sí, muy pronto, sesenta. (Se yergue gallardamente.) No los aparento, ¿verdad? (VLADIMIRO mira a LUCKY.) Al lado de él, yo parezco un hombre joven, ¿no? (Pausa. A LUCKY.) ¡ Sombrero! (LUCKY deja el cesto y se quita el sombrero. Por Su rostro cae una espesa cabel blanca. Coge el sombrero bajo el brazo y vuelve a coger el cesto.) Ahora, miren. (POZZO se quita su sombrero. Es completamente calvo. Vuelve a ponerse el sombrero.) ¿Han visto ustedes?
VLADIMIRO. –¿Qué es un knut?
POZZO.-Ustedes no son de aquí. ¿Son ustedes de estos tiempos? Antiguamente había bufones. Ahora se tienen «knuts». Quienes pueden permitírselo.
VLADIMIRO.-¿Y ahora lo echa? ¿A un servidor tan viejo, tan fiel?
ESTRAGÓN.-Basura.
(POZZO, cada vez más agitado.)

VLADIMIRO.-Después de haberle chupado la sangre lo tira como una.. - (Busca la expresión.), como una piel de p]átano. Confiese que..
POZZO.-(Gimiendo, llevándose las manos a la cabeza.) No puedo... sopartar.. lo que hace..., no pueden saber..., es horrible..., es necesario que se vaya... (Levanta los brazos.), me vuelvo loco. -. (Queda abatido, con la cabeza entre los brazos.) No puedo más..., no puedo más...

(Silencio. Todos miran a POZZO. LUCKY se estremece.)

VLADIMIRO.-NO puede más.
ESTRAGÓN.-ES horrible.
VLADIMIRO.-Se vuelve loco.
ESTRAGÓN. –Es repugnante.
VLADIMIRO. –(A LUCKY.) ¿Cómo se atreve? ¡ Es vergonzoso! ¡ Un amo tan bueno! ¡ Hacerle sufrir así! ¡ Al cabo de tantos años! Verdaderamente!...
POZZO. -(Sollozando.) Antes... era amable..., me ayudaba..., me distraía..., me hacía mejor...; ahora... me ha asesinado...
ESTRAGÓN.-(A VLADIMIRO.) ¿Quiere sustituirle?
VLADIMIRO.-¿ Cómo?
ESTRAGÓN. –No he entendido si quiere sustituirle o si no lo quiere a su lado.
VLADIMIRO.-NO lo creo.
ESTRAGÓN.-¿ Cómo?
VLADIMIRO.-NO sé.
ESTRAGÓN.-Hay que preguntárselo.
POZZO. –(Tranquilo) Señores, no sé qué me ha pasado. Les pido perdón. Olviden todo esto. (Cada vez más dueño de sí.) No se muy bien que he dicho, pero pueden tener la seguridad de que no ha habido ni una palabra de verdad en todo esto. (Se levanta y se golpea el pecho.) ¿Tengo el aspecto de un hombre a quien se hace sufrir? ¡ Vamos! (Hurga en sus bolsillos.) ¿Qué ha sido de mi pipa?
VLADIMIRO.~Encantadora reunión.
ESTRAGÓN.~Inolvidable.
VLADIMIRO.-Y aún no ha terminado.
ESTRAGÓN.-Eso parece.
VLADIMIRO.-NO ha hecho más que empezar.
ESTRAGÓN.-Es terrible.
VLADIMIRO.-Se diría que estamos en un espectáculo
ESTRAGÓN.~En el circo.
VLADIMIRO.-En una revista.
ESTRAGÓN.-En el circo.
POZZO.-Pero ¿qué ha sido de mi pipa?
ESTRAGÓN.- Qué juerga! Ha perdido su cachimba. (Ríe ruidosamente.)
VLADIMIRO.-Ahora vuelvo. (Se dirige hacia los bastidores.)
ESTRAGÓN.-Al fondo del pasillo, a la izquierda.
VLADIMIRO.~Guárdame el sitio. (Sale.)
POZZO.-¡ He perdido mi Abdula!
ESTRAGÓN.~(Retorciéndose.) ¡ Es para troncharse!
POZZO.~(Levantando la cabeza.) Ustedes no habrá visto... (Se da cuenta de la ausencia de VLADIMIRO.) ¡Oh, se ha marchado!... Sin decirme adiós. Eso no está bien. Hubiera usted debido retenerle.
ESTRAGÓN.-NO ha hecho falta.
POZZO.-¡ Oh! (Pausa.) Menos mal.
ESTRAGÓN.-Venga aquí.
POZZO.-¿Para qué?
ESTRAGÓN.-Ya verá.
POZZO.~¿Quiere que me levante?
ESTRAGÓN.-Venga..., venga, de prisa.

(POZZO se levanta y se dirige hacia ESTRAGÓN)
ESTRAGÓN. –¡Mire!
POZZO. -¡Vaya, vaya!
ESTRAGÓN. –Se acabó.

(VLADIMIRO vuelve, serio; empuja a LUCKY, tira la silla plegable de una patada y camina por el escenario agitadamente.)

POZZO.-¿No está contento?
ESTRAGÓN.-Te has perdido algo estupendo. ¡Qué lástima!

(VLADIMIRO se detiene, levanta la silla pleglable y vuelve a recorrer el escenario, más tranquilo.)

POZZO.-Se calma. (Mira alrededor.) Por otra parte, todo se calma, lo percibo. Se hace una gran paz. Escuchen. (Levanta la mano.) Pan duerme.
VLADIMIRO.-(Deteniéndose.) ¿No acabará de llegar la noche?

(Los tres miran al cielo.)
POZZO.-¿No les conviene marcharse antes?
ESTRAGÓN.-Es decir..., comprenda usted.
POZZO.-Es natural, todo es natural. En su lugar, yo mismo, si estuviera citado con un Godin..., Godet..., Godot, bueno, ya saben ustedes a quién me refiero, esperaría a que cerrara la noche antes de marcharme. (Mira la si!la.) Me gustaría mucho volver a sentarme, pero no se cómo hacerlo.
ESTRAGÓN.-¿Puedo ayudarle?
POZZO.-Si me lo pidiera, quizá.
ESTRAGÓN.-¿ Qué?
POZZO.-Si me pidiera que me siente.
ESTRAGÓN.-¿ESO le ayudaría?
POZZO.Me parece que sí.
ESTRAGÓN.-Pues, entonces, siéntese, señor, se lo ruego.
POZZO.-No, no, no vale la pena. (Pausa. En voz baja). Insista un poco.
ESTRAGÓN.-Pero, vamos, no se quede de pie, va a coger frío.
POZZO.-¿Usted cree?
ESTRAGÓN. –Estoy absolutamente seguro.
POZZO. –Sin duda tiene usted razón. (Vuelve a sentarse.) Pero tengo que dejarles si no quiero retrasarme.

VLADIMIRO. –El tiempo se ha detenido.
POZZO. –(Acercandose el reloj al oido) No lo crea, señor. (Guarda el reloj en el bolsillo.) Todo lo que usted quiera, menos eso.
ESTRAGÓN.-(A POZZO.) Hoy todo lo ve negro.
POZZO. –Salvo el firmamento. (Rie, contento de la frase feliz.) Paciencia, ya llegará. Pero ya sólo que pasa: ustedes no son de aquí y aún no saben cómo son nuestro crepúsculos. ¿Quieren que se lo diga? (Silencio. ESTRAGÓN y VLADIMIRO se ponen a examinar, aquel su zapato y este su sombrero. El sombrero de LUCKY cae, sin que se dé cuenta.) Me gustaría satisfacerlos. (Juego de pulverizador.) Por favor, un poco de atención. (ESTRAGÓN y VLADIMIRO continúan en lo suyo. LUCKY está medio dormido POZZO restalla el Látigo, que produce un ruido muy débil) ¿Qué le pasa a este látigo? (Se levanta y le hace restallar con más fuerza, con éxito al fin. LUCKY se sobresalta. A ESTRAGÓN y VLADIMIRO se les caen el zapato y el sombrero respectivamente. POZZO arroja el látigo.) Este látigo ya no vale para nada. (Mira a Su auditorio.) ¿Qué estaba diciendo?
VLADIMIRO.-Vámonos.
ESTRAGÓN.-Pero no se quede ahí de pie, va a enfermar
POZZO.-Es verdad. (Vueive a sentarse. A ESTRAGÓN)¿Cómo se llama usted?
ESTRAGÓN.-(Sin vacilar.) Cátulo.
POZZO.-(Que no ha escuchado.) ¡Ah, sí, la noche! (Levanta la cabeza.) Pero presten un poco más de atención si no, no acabaremos nunca. (Mira al cielo.) Miren. (Todos miran, excepto LUCKY, que ha vuelto a adormecerse. POZZO se da cuenta y tira de la cuerda.) ¿Quieres mirar al cielo, cerdo? (LUCKY vuelve la cabeza.) Bueno, basta. (Bajan la cabeza.) ¿Qué tiene de extraordinario? ¿Cómo cielo? Es palido y luminoso, como cualquier otro cielo a esta misma hora. (Pausa.) En estas latitudes. (Pausa) Cuando hace buen tiempo. (Su voz adquiere un tono cantarino.) Hace una hora (Mira su reloj; en tono prosaico.) aproximadamente (Otra vez en tono lírico.), después de habernos enviado desde... (Vacila, en tono bajo.) pongamos las diez de la mañana... (Levanta la voz.), sin cesar torrentes de luz roja y blanca, ha comenzado a perder su resplandor, a palidecer (Gesto con las dos manos, que baja escalonadamente.), a palidecer, siempre un poco más, un poco más, hasta que (Pausa dramática, ancho gesto horizontal con ambas manos que se separan.), ¡ zas!, ¡ se acabó!, ¡ya no se mueve! (Silencio.) Pero (Levanta la mano como advertencia.), pero tras ese velo de dulzura y calma (Levanta los ojos hacia el cielo, imitándole los demás, excepto LUCKY.) la noche galopa (La voz se hace más vibrante.) y vendrá a arrojarse sobre nosotros (Chasquea los dedos.), ¡ paff!, así (Se le va la inspiración.), cuando menos esperemos. (Silencio. Voz taciturna.) Eso es lo que pasa en esta puta tierra.

(Largo silencio.)
ESTRAGÓN.~Desde el momento en que Se está prevenido...
VLADIMIRO.~Se puede esperar
ESTRAGÓN.~Ya sabemos a qué atenernos.
VLADIMIRO.-No hay por qué inquietarse
ESTRAGÓN.-NO hay más que esperar
VLADIMIRO.~Estamos acostumbrados. (Recoge su sombrero, mira en su interior, lo sacude y se lo pone.)
POZZO.-¿Qué les ha parecido? (ESTRAGÓN y VLADIMIRO se miran sin comprender.) ¿Bien? ¿Regular? ¿Pasable? ¿ Cualquier cosa? ¿ Francamente mal?
VLADIMIRO.~(Comprendiendo en seguida.) ¡ Oh, muy bien, francamente bien!
POZZO.-(A ESTRAGÓN.) ¿Y a usted, señor?
ESTRAGÓN.-(Con acento inglés.) ¡ Oh muy bueno, muy, muy, muy, bueno!
POZZO.-(En un arranque.) ¡ Gracias, señores! (Pausa.) ¡ Tengo tanta necesidad de estímulo! (Medita). Al final estuve un poco más flojo. ¿No se han dado cuenta?
VLADIMIRO.-¡ Oh, quizá un poquitín!
ESTRAGÓN.-Creí que lo hacía adrede.
POZZO. –Es que tengo mala memoria.

(Silencio.)

POZZO.-(Desolado.) ¿Se aburre usted?
ESTRAGÓN.-Más bien, sí.
POZZO.-(A VLADIMIRO.) ¿Y usted, señor?
VLADIMIRO.-NO lo encuentro alegre.

(Silencio. POZZO lucha interiormente.)

POZZO.-Señores, han estado ustedes conmigo. - - (Busca la palabra.) atentos.
ESTRAGÓN.- Qué va!
VLADIMIRO.-¡ Vaya ideas!
POZZO.-Pues claro que sí, han estado ustedes correctos. De tal forma, que me pregunto: ¿Qué podría hacer yo por estas excelentes personas que se aburren?
ESTRAGÓN.-No nos vendría mal una propina.
VLADIMIRO.-NO somos mendigos.
POZZO.-Lo que yo me pregunto es qué puedo hacer para que el tiempo se les haga menos largo. Les he dado huesos, les he hablado de multitud de cosas, les he explicado el crepúsculo, de acuerdo. Pero veamos: ¿es esto suficiente..., esto es lo que me tortura..., es suficiente?
ESTRAGÓN.-Aunque solo fueran unas perras.
VLADIMIRO.-¡ Cállate!
ESTRAGÓN.-Me voy
POZZO.-¿Basta esto? Sin duda. Pero yo soy generoso. Es mi temperamento. Hoy. Peor para mí. (Tira de la cuerda. LUCKY le mira.) Porque voy a sufrir, no cabe duda (Sin levantarse, se inclina y coge el látigo.) ¿Qué prefieren ustedes? ¿Que baile, que cante, que recite, que piense, que...
ESTRAGÓN.-¿ Quién?
POZZO.-¡ Quién! ¿Ustedes saben pensar?
VLADIMIRO.-¿ El piensa?
POZZO.-Perfectamente. En voz alta. Antes, incluso pensaba bellamente y yo podía escucharle durante horas y horas. Ahora... (Se estremece.) Bueno, mala suerte. Así pues, ¿quieren ustedes que nos piense algo?
ESTRAGÓN. –A mí me gustaría más que que bailara; sería más divertido.
POZZO. –No tiene por qué serlo.
ESTRAGÓN.-¿NO es verdad, Didi, que sería más divertido?
VLADIMIRO.-A mí me gustaría más oírle pensar.
ESTRAGÓN--¿Y no podría primero bailar y después pensar? Si no es mucho pedirle.
VLADIMIRO.-(A POZZO.) ¿ Es posible?
POZZO.-Naturalmente, nada más fácil. Además, es el orden natural. (Risa corta.)
VLADIMIRO.-Entonces, que baile.

(Silencio.)

POZZO.-(A LUCKY.) ¿Has oído? ESTRAGÓN.-¿Nunca se niega?
POZZO.-Ahora mismo se lo explicaré. (A LUCKY.) ¡ Baila, asqueroso!

(LUCKY deja la maleta y el cesto, avanza un poco hacia la batería y se vuelve hacia POZZO. ESTRAGÓN se levanta para verlo mejor. LUCKY baila. Se detiene.)

ESTRAGÓN.-¿Eso es todo?
POZZO.-¡ Sigue!

(LUCKY repite los mismos movimientos; se detiene.)

ESTRAGÓN.-¡ Vaya, cerdito! (imita los movimientos de LUCKY.) Eso lo hago yo. (Le imita y está a punto de caer.) Con un poco de entrenamiento.
VLADIMIRO.-Está cansado.
POZZO.-Antes bailaba la farandola, la almea, el vaivén, la giga, el fandango e incluso el «hornpipe». Saltaba. Ahora ya solo hace esto. ¿Saben cómo se llama?
ESTRAGÓN.-“La muerte del lamparero”.
VLADIMIRO.-“El cáncer de los ancianos”.
POZZO.-“La danza de la red”. Se cree cogido en una red.
VLADIMIRO. –(Con un gesto de entendimiento.) Hay algo...

(LUCKY se dispone a volver hacia su carga.)
POZZO. –(Como un caballo.) ¡Sooo!
(LUCKY queda inmóvil)
ESTRAGÓN.~¿Nunca se niega?
POZZO.-Se lo voy a explicar. (Busca en sus bolsillos.) Esperen. (Busca.) ¿Dónde está mi perilla? (Sigue buscando.) Lo que me faltaba! (Levanta la cabeza estupefacto. Con voz moribunda.) He perdido mi pulverizador!
ESTRAGÓN.~(Con voz moribunda.) Mi pulmón izquierdo está muy débil. (Tose débilmente. Con voz de trueno.) Pero mi pulmón derecho está perfectamente!
POZZO. –(Con voz normal.) Que se fastidie, prescindiré de él! ¿Qué estaba diciendo? (Reflexiona.) Lo que me faltaba! (Levanta la cabeza.) Ayúdenme.
ESTRAGÓN.~Estoy buscando.
VLADIMIRO.-YO también.
POZZO.-¡ Miren!
(Los tres se descubren simultáneamente, se llevan la mano a la frente y se concentran impacientes. Largo silencio.)

ESTRAGÓN.~(Triunfalmente.) ¡Ah!
VLADIMIRO.-Lo ha encontrado.
POZZO.~(Impaciente.) ¿Qué hay?
ESTRAGÓN.-¿Por qué no deja los butos en el suelo?
VLADIMIRO.-Nada de eso.
POZZO.-¿Está usted seguro?
VLADIMIRO.-Vamos, si ya nos lo ha dicho.
POZZO.-¿Se lo he dicho ya?
ESTRAGÓN.-¿NOS lo ha dicho ya?
VLADIMIRO.-Por lo demás los ha dejado.
ESTRAGÓN.-( Mira hacía LUCKY.) Es verdad. ¿Entonces?.
VLADIMIRO.-Puesto que ha dejado los bultos en el suelo, es imposible que hayamos preguntado por qué no deja.
POZZO.-Muy bien razonado.
ESTRAGÓN. -¿Y por qué lo has dejado?
POZZO.-Eso.
VLADIMIRO.-Para bailar.
ESTRAGÓN.-Es verdad.
POZZO. –(Levantando la mano.) ¡Escuchen! (Pausa.) No digan nada. (Pausa.) Eso es. (Se pone su sombrero.) Ya estoy.

(ESTRAGÓN y VLADIMIRO se vuelven a poner sus sombreros.)

VLADIMIRO.-LO ha encontrado.
POZZO.-Vean cómo ocurre esto.
ESTRAGÓN.-¿De qué se trata?
POZZO.-Ahora lo verán. Pero es muy difícil decirlo.
VLADIMIRO.-NO lo diga.
POZZO.-¡ Oh!, no tengo miedo, llegaré. Pero quiero ser breve porque se hace tarde. Díganme el medio de ser breve y al mismo tiempo claro. Déjenme reflexionar.
ESTRAGÓN.-Sea largo, eso será menos largo.
POZZO.-( Que ha reflexionado.) Eso será. Piensen ustedes, una de dos.
ESTRAGÓN.-ES el delirio.
POZZO.-O le pido cualquier cosa: bailar, cantar, pensar.
VLADIMIRO.-ESO, eso, hemos comprendido.
POZZO.~O no le pido nada. Bueno. No me interrumpan. Supongamos que le pido... bailar, por ejemplo. ¿Qué ocurre?
ESTRAGÓN.-Se pone a silbar.
POZZO.-(Irritado.) No diré una palabra más.
VLADIMIRO -Continúe, se lo ruego.
POZZO.-Me interrumpen constantemente.
VLADIMIRO.-Siga, siga, es apasionante.
POZZO. –Insistan un poco.
ESTRAGON.-(Juntando las manos.) Se lo ruego, señor, continúe su relato.
POZZO.-¿Dónde estaba?
VLADIMIRO.-Usted le pedía que bailara.
ESTRAGÓN.-Que cantara.
POZZO.-Eso es, le pido que cante. ¿Qué ocurre? O bien canta, como le pido, o bien, en lugar de cantar, como le había pedido, se pone a bailar, por ejemplo, o a pensar, o a.
VLADIMIRO.-Está claro, está claro, coordínelo.
ESTRAGÓN.- Basta!
VLADIMIRO.-Sin embargo, esta noche hace todo lo que le pide.
POZZO. –Es para enternecerme, para que le conserve a mi lado.
ESTRAGÓN.~Todo esto son cuentos.
VLADIMIRO. –No es seguro.
ESTRAGÓN.-En seguida nos dirá que en todo esto no ha habido una palabra de verdad.
VLADIMIRO.-¿NO protesta?
POZZO.~Estoy cansado.
(Silencio.)


ESTRAGÓN.-NO pasa nada, nadie viene, nadie se va. Es terrible.
VLADIMIRO.-(A POZZO.) Dígale que piense.
POZZO.-Déle su sombrero.
VLADIMIRO.-¿ Su sombrero?
POZZO.-No puede pensar sin sombrero.
VLADIMIRO.-(A ESTRAGÓN.) Dale su sombrero.
ESTRAGÓN.-¡ Yo! Después del golpe que me ha dado! ¡ Nunca!
VLADIMIRO.-Se lo daré yo. (No se mueve.)
ESTRAGÓN.-Que vaya él a buscarlo.
POZZO.-Es mejor dárselo.
VLADIMIRO.-Se lo voy a dar. (Coge e! sombrero y se lo ofrece a LUCKY con el brazo extendido. LUCKY no se mueve.)
POZZO.-Es necesario ponérselo.
ESTRAGÓN.-(A POZZO.) Digale usted que lo coja.
POZZO.-Es mejor ponérselo.
VLADIMIRO.-Voy a ponérselo. (Rodea a LUCKY con precaución, acercándose dulcemente por detrás; !e pone el sombrero y retrocede prontamente. LUCKY no se mueve. Silencio.)
ESTRAGÓN.~¿ Qué espera?
POZZO.-¡ Aléjense! (ESTRAGÓN y VLADIMIRO se alejan dd LUCKY. POZZO tira de la cuerda. LUCKY le mira.) Piensa cerdo! (Pausa. LUCKY empieza a bailar.) ¡ Párate! (LUCKY, se detiene.) ¡Acércate! (LUCKY se dirige hacia POZZO.) ¡ Ahí! (LUCKY se para.) ¡ Piensa! (Pausa.)
LUCKY. –Por otra parte, por lo que respecta...
POZZO.-¡ Párate! (LUCKY Se calla.) Atrás! (LUCKY retrocede.) Ahí (Lucky se para.) Riá (LUCKY se vuelve hacia el público.) ¡Piensa!
LUCKY. –(En tono monotono) Dada la existencia tal como surge de los recientes trabajos públicos de Pinçon y Wattmann de un Dios personal cuacuacuacua barba blanca cuacua fuera del tiempo del espacio que desde lo alto de su divina apatía su divina atambía Su divina afasia nos ama mucho con algunas excepciones no se sabe por que pero eso llegará y sufre tanto como la divina Mirando con aquellos que son no se sabe porque pero se tiene tiempo en el tormento en los fuegos cuyos fuegos las llamas a poco que duren todavía un poco y quien puede dudar incendiarán al fin las vigas asaber llevaran el infierno a las nubes tan azules por momentos aun hoy y tranquilas tan tranquilas con una tranquilidad que no por ser intermitente es menos bienvenida pero no anticipemos y considerando por otra parte que como consecuencia de las investigaciones inacabadas no anticipemos las búsquedas inacabadas pero sin embargo coronada por la Acacacacademia de Antoropopopometría de Berna en Bresse de Testu y Conard Se ha establecido sin otra posibilidad de error que lareferente a los cálculos humanos que como consecuencia de las investigaciones inacabadas inacabadas de Testu y Conard ha quedado establecido tablecido tablecido lo que sigue que sigue que Sigue asaber pero no anticipemos no se sabe porque como consecuencia de los trabajos de Pincon y Wattmann resulta tan claro tan claroque en vista de los trabajos de Fartov y Belcher inacabados inacabados no se sabe por qué de Testu y Conard inacabados incabados resulta que el hombre contrariamente a la opinión contraria que el hombre en Bresse de Testu y Conard que el hombre en fin en una palabra que el hombre en una palabra en fin a pesar de los progresos de la alimentación y de eliminación de los residuos está a punto de adelgazar y al mismo tiempo paralelamente no se sabe por qué a pesar del impulso de la cultura física de la práctica de los deportes tales tales tales como el tennis el fútbol las carreras y a pie y en bicicleta la natación la equitación la aviación la conación el tennis el remo el patinage y sobre hielo y sobre asfalto el tennis la aviación los deportes los deportes de invierno de verano de otoño el tennis sobre hierba sobre abeto sobre tierra firme la aviación
el tennis el hockey sobre tierra sobre mar y en los aires la penicilina y sucedáneos en una palabra vuelvo al mismo tiempo paralelamente a reducir no se sabe por qué a pesar el tenis vuelvo la aviación el golf tanto a nueve como a dieciocho hoyos el tenis sobre hielo en una palabra no se sabe por qué en Seine Seie-et-Oise Seine-et-Marne Marne-et-Qise asaber al mismo tiempo paralelamente no se sabe por qué de adelgazar encoger vuesvo Qise Marne en una palabra la pérdida seca por barba desde la muerte de Voitaire siendo del orden de dos dedos cien gramos por barba aproximadamente por término medio poco más o menos cifras redondas buen peso desvestido en Normandía no se sabe por qué en una palabra en fin poco importan los hechos está ahí y considerando por otra parte lo que todavía es más grave que surge lo que todavía es más grave a la luz la luz de las experiencias actuales de Steinweg y Peterman surge lo que todavía es más gran que surge lo que todavía es más grave a la luz de la luz de las experiencias abandonadas de Steinweg y Peterman que en el campo en la montaña y a orilla del mar y de los cursos de agua y de fuego el aire es el mismo y la tierra asaber el aire y la tierra por los grandes fríos el aire y la tierra hechos para las piedras por los grandes fríos ay en la séptima de su era el eter la tierra el mar para las piedras por los grandes fondos los grandes fríos sobre mar sobre tierra y en los aires poco - querido vuelvo no se sabe por qué a pesar del tennis los hechos están ahí no se sabe por qué vuelvo al siguiente en una palabra en fin ay al siguiente por las piedras que puede dudar vuelvo pero no anticipemos vuelvo la cabeza la cabeza en Normandía a pesar del tenis los trabajos abandonados inacabados más grave las piedras en una palabra vuelvo ay ay abandonados inacabados la cabeza la cabeza en Normandía a pesar del tenis la cabeza ay las piedras Conard Conard. (Mèlée. LUCKY lanza aún algunos gritos.) ¡ Tenis!... ¡ Las piedras!!!... ¡ Tan tranquilas!... ¡ Conard!... ¡ Inacabados!...
POZZO.-Su sombrero.


(VLADIMIRO se apodera del sombrero de LUCKY, que se calla y cae. Gran silencio. Los vencedores jadean.)

ESTRAGÓN.~Estoy vengado.

(VLADIMIRO contempla el sombrero de LUCKY y mira adentro.)

POZZO.~¡ Déme eso! (Le arranca el sombrero a VLADIMIRO, !o arroja al sue!o y lo pisotea.) ¡ Así no pensará más!
VLADIMIRO.-Pero ¿ podrá orientarse?
POZZO.~Yo le orientaré. (Pega paladas a LUCKY.) ¡ De pie! ¡Puerco!
ESTRAGÓN.~Quizá esté muerto.
VLADIMIRO.~Va usted a matarlo.
POZZO.-¡ De pie! ¡ Carrofla! (Tira de la cuerda. LUCKY resbala. A ESTRAGÓN y VLADIMIRO.) ¡ Ayúdenme!
VLADIMIRO.~Pero ¿ cómo?
POZZO.-¡ Levántenlo!

(ESTRAGÓN y VLADIMIRO ponen en píe a LUCKY, le sostienen un momento, después le dejan. Vuelve a caer.)

ESTRAGÓN.~Lo hace adrede.
POZZO.~Hay que sostenerle. (Pausa.) ¡ Venga, venga, levántenlo!
ESTRAGÓN.- ¡Estoy harto!
VLADIMIRO.~Vamos, probemos otra vez.
ESTRAGÓN.~¿Por quién nos ha tomado?
VLADIMIRO. –Vamos

(Ponen a LUCKY en pie, lo sostienen.)

POZZO.-¡ No lo suelten! (ESTRAGÓN y VLADIMIRO vacilan.) ¡ Esténse quietos! (POZZO coge la maleta y el cesto y los lleva hacia LUCKY.) ¡ Sujétenlo bien! (Pone la maleta en la mano de LUCKY, el cual la tira inmediatamente.) ¡ No le suelten! (Vuelve a empezar. Poco a poco, al contacto con la maleta, LUCKY vuelve en sí y sus dedos acaban por cerrarse en torno al asa.) ¡ No lo suelten! (Igual juego con el cesto.) ¡ Ea!, ya pueden soltarlo. (ESTRAGÓN y VLADIMIRO se separan de LUCKY, que da un traspié, vaciLa, se dobla, pero consigue mantenerse en pie con la maleta y el cesto en las manos. POZZO retrocede, y restalla el látigo.) ¡ Adelante! (LUCKY avanza.) ¡ Atrás! (LUCKY retrocede.) ¡ Vuélvete! (LUCKY se vuelve.) ¡ Ya está, puede andar! (Volviéndose hacia ESTRAGÓN y VLADIMIRO.) Gracias, señores, y permitanme... (Rebusca en sus bolsillos.) desearles. -. (Rebusca.). desearles... (Rebusca.) Pero ¿dónde tengo mi reloj? (Rebusca.) ¡Lo que faltaba! (Levanta la cabeza, derrotada.) Un auténtico reloj de tapa. Señores, con minutero. Me lo dio mi compadre. (Rebusca.) Puede que se haya caído. (Busca por el suelo, así como VLADIMIRO y ESTRAGÓN. POZZO revuelve con el pie los restos del sombrero de LUCKY.) ¡ Lo que faltaba!
VLADIMIRO.~ Quizá esté en su bolsillito
POZZO.-¡ Esperen! (Se inclina, y, aproximando su cabeza al vientre, escucha.) ¡ No oigo nada! (Les hace señal de que se acerquen.) Vengan a ver. (ESTRAGÓN y VLADIMIRO van hacia él y se inclinan sobre el vientre. Silencio.) Se debería oír el tictac.
VLADIMIRO.-¡ Silencio!

(Todos escuchan inclinados.)
ESTRAGÓN.-Yo oigo algo.
POZZO.-¿ Dónde?
VLADIMIRO.-En el corazón.
POZZO.-(Decepcionado.) ¡ A la mierda!
VLADIMIRO.-¡ Sí1encio!

(Escuchan.)
ESTRAGÓN. –Quizá se haya parado.
(Se yerguen.)
POZZO.-¿Quién de ustedes huele tan mal?
ESTRAGÓN.~A este le huele la boca, a mí los pies.
POZZO.~Les dejo.
ESTRAGÓN.-¿Y su reloj?
POZZO.~He debido de dejarlo en el castillo.
ESTRAGÓN.~Entonces, adiós,
POZZO.-Adiós.
VLADIMIRO.~Adiós.
ESTRAGÓN.~Adiós.

(Silencio. Nadie se mueve.)
VLADIMIRO.~Adiós.
POZZO.~Adiós.
ESTRAGÓN.~Adiós.
POZZO.~Y gracias.
VLADIMIRO.~A usted.
POZZO.~De nada.
ESTRAGÓN.~Sí, sí.
POZZO.~No, no.
VLADIMIRO.~SI, sí.
ESTRAGÓN.~NO, no.


POZZO.~No acabo... (Vacila.) de marcharme.
ESTRAGÓN.- Así es la vida!
(Silencio.)

(POZZO se vuelve, se aleja de LUCKY, hacia el lateral, tensardo La cuerda a medida que avanza.)

VLADIMIRO.~Se ha equivocado de camino
POZZO.~Necesito carrerilla. (Al llegar al extremo de cuerda, es decir, al bastidor, se detiene, se vuelve y grita:) ¡Apártense! (ESTRAGÓN y VLADIMIRO se van al fondo, mirando hacia POZZO. Ruido de latigo.) ¡Adelante! (LUCKY no se mueve.)
ESTRAGÓN.~¡ Adelante!
VLADIMIRO. -¡Adelante!
(Ruido de látigo. LUCKY se pone en marcha.)
POZZO.- ¡Más de prisa! (Sale del lateral, atraviesa la escena tras LUCKY. ESTRAGÓN y VLADIMIRO se descubren, agitan las manos. LUCKY sale. POZZO hace sonar La cuerda y el Látigo:) ¡Más de prisa! ¡Más de prisa! (En el momento en que va a desaparecer, POZZO se detiene y se vuelve. La cuerda se tensa. Ruido de LUCKY, que cae.) ¡ Mi silla! (VLADIMIRO va a buscar la silla y se la da a POZZO, quien la arroja hacia LUCKY.) ¡ Adiós!
ESTRAGÓN y VLADIMIRO.-(Agitando las manos.) ¡ Adiós! ¡ Adiós!
POZZO.-¡ En pie! ¡ Puerco! (Ruido de LUCKY, que se levanta.) ¡ Adelante! (POZZO sale. Ruido del látigo.) ¡ Adelante! ¡ Adiós! ¡ Más de prisa! ¡ Puerco! ¡ Arre! ¡ Adiós!

(Silencio.)
VLADIMIRO.-Nos ha hecho pasar el rato.
ESTRAGÓN.-Sin esto hubiera pasado igual.
VLADIMIRO.-SI, pero más despacio.

(Pausa.)
ESTRAGÓN.-¿Qué hacemos ahora?
VLADIMIRO.-NO sé.
ESTRAGÓN.-Vámonos.
VLADIMIRO.-NO podemos,
ESTRAGÓN.-¿ Por qué?
VLADIMIRO.-Esperamos a Godot.
ESTRAGÓN.-Es verdad.
(Pausa.)
VLADIMIRO.-Han cambiado mucho.
ESTRAGÓN.-¿ Quién?
VLADIMIRO.-Esos dos.
ESTRAGÓN.-ESO es. Charlemos un poco.
VLADIMIRO.-¿ No es verdad que han cambiado mucho?
ESTRAGÓN.-Es probable. Solo nosotros no cambiamos.
VLADIMIRO.~¿Probable? Sin duda. ¿Los has visto bien?
ESTRAGÓN.~Como quieras. Pero no los conozco.
VLADIMIRO.~Pues claro que los conoces.
ESTRAGÓN.-Pues claro que no.
VLADIMIRO. –Te digo que los conocemos. Te olvidas de todo. (Pausa.) A menos que no sean los mismos.
ESTRAGÓN. –La prueba es que no nos han reconocido.
VLADIMIRO.-Eso no tiene nada que ver. Yo también he hecho como que no los reconocía. Además, a nosotros nunca nos reconocen.
ESTRAGÓN.- Basta! ¡ Lo que faltaba! ¡ Ay! (VLADIMIRO no se mueve.) ¡ Ay!
VLADIMIRO.~A menos que no sean los mismos.
ESTRAGÓN.- Didi! ¡ Es el otro pie! (Se dirige cojeando hacia el lugar en que estaba sentado al levantarse el telón.)
MUCHACHO.~(Dentro.) ¡ Señor!

(ESTRAGÓN Se detiene. Ambos miran hacia donde sonó la VOZ.)

ESTRAGÓN.~Esto vuelve a empezar.
VLADIMIRO.~Acércate, muchacho.

(Entra temerosamente un MUCHACHO. Se detiene.)

MUCHACHO.~¿El señor Alberto?
VLADIMIRO.~Soy yo.
ESTRAGÓN.~¿ Qué quieres?
VLADIMIRO.~Ven aquí.

(El MUCHACHO no se mueve.)

ESTRAGÓN.~(Con energía.) ¡ Ven aquí, te digo!

(El MUCHACHO avanda temerosamente, se detiene.)

VLADIMIRO.~¿ Qué pasa?
MUCHACHO.~El señor Godot. (Se calla.)
VLADIMIRO. Naturalmente. (Pausa.) Acércate.

(El MUCHACHO no se mueve.)
ESTRAGÓN.~-(Con energía.) ¡ Te dicen que te acerques! (El MUCHACHO avanza temerosamente, se detiene.) ¿Por qué vienes tan tarde?
VLADIMIRO.~¿Tienes un mensaje del señor Godot?
MUCHACHO. –Sí, señor.
VLADIMIRO. –Pues venga, dilo.
ESTRAGÓN. -¿Por qué vienes tan tarde?

(El MUCHACHO los mira uno tras otro, sin saber a cuál de los dos contestar.)

VLADIMIRO.-( A ESTRAGÓN.) Déjale tranquilo.
ESTRAGÓN.-(A VLADIMIRO.) ¡ A mí déjame en paz! (Dirigiéndose hacia el MUCHACHO.) ¿Sabes qué hora es?
MUCHACHO.-(Retrocediendo.) Yo no tengo la culpa, señor.
ESTRAGÓN.-La tendré yo, entonces.
MUCHACHO.-Tenía miedo, señor.
ESTRAGÓN.-¿Miedo de quién? ¿De nosotros? (Pausa.) ¡ Contesta!
VLADIMIRO.-Ya sé de qué se trata; los otros eran los que le daban miedo.
ESTRAGÓN.-¿ Cuánto tiempo hace que estás ahí?
MUCHACHO.-Hace un momento, señor.
VLADIMIRO.-¿Te daba miedo el látigo?
MUCHACHO.-Sí, señor.
VLADIMIRO.-¿ Los gritos?
MUCHACHO.-Sí, señor.
VLADIMIRO.-¿LOS dos señores?
MUCHACHO.-Sí, señor.
VLADIMIRO.-¿LOS conoces?
MUCHACHO.-NO, señor.
ESTRAGÓN.- Todo esto es una mentira! (Coge al MUCHACHO por el brazo, le zarandea.) ¡ Dínos la verdad!
MUCHACHO.-(Temblando.) ¡ Pero si es la verdad, señor!
VLADIMIRO.-¡ Déjale en paz de una vez! ¿Qué te pasa? (ESTRAGÓN suella al MUCHACHO, retrocede, se lleva las ma-nos a la cara. VLADIMIRO y el MUCHACHO le miran. ESTRAGÓN descubre su cara, descompuesta.) ¿Qué te pasa?
ESTRAGÓN.-Soy desgraciado.
VLADIMIRO.-¡ Fuera bromas! ¿Desde cuándo?
ESTRAGÓN.-LO había ovidado.
VLADIMIRO.-La memoria nos hace estas jugarretas. (ESTRAGÓN quiere hablar y renuncia, va cojeando a sentarse v comienza a descalzarse. Al MUCHACHO.) Bueno...
MUCHACHO. –El señor Godot...
VLADIMIRO. –(Interrumpiendole.) Ya te he visto otra vez, ¿no?
MUCHACHO.-NO sé, señor.
VLADIMIRO.-¿NO me Conoces?
MUCHACHO.-NO, señor.
VLADIMIRO.-¿NO viniste ayer?
MUCHACHO.-NO, señor.
VLADIMIRO.-¿ES la primera vez que vienes?
MUCHACHO.-Sí, señor.

(Silencio.)
VLADIMIRO.-¡ Qué bien te sabes el papel! (Pausa.) Bueno, sigue.
MUCHACHO.-(De un tirón.) El señor Godot me ha dicho que les diga que no vendrá esta noche, sino que seguramente mañana.
VLADIMIRO.~¡Eso es todo?
MUCHACHO.~Sí, señor.
VLADIMIRO.~¿Trabajas para el señor Godot?
MUCHACHO.-SI, señor.
VLADIMIRO.-¿ Qué haces?
MUCHACHO.~Cuido de las cabras, señor.
VLADIMIRO.~¿Es amable contigo?
MUCHACHO.~Si, señor.
VLADIMIRO.~¿No te pega?
MUCHACHO.~NO, señor, a mí no.
VLADIMIRO.~¿A quién pega?
MUCHACHO.~A mi hermano, señor.
VLADIMIRO.~¡ Ah! ¿tienes un hermano?
MUCHACHO.~Sí, señor.
VLADIMIRO.~¿Y qué hace?
MUCHACHO.-Cuida de las ovejas, señor.
VLADIMIRO.~¿Y por qué a ti no te pega?
MUCHACHO.-No lo sé, señor.
VLADIMIRO.~Debe de quererte.
MUCHACHO.~No lo sé, señor.
VLADIMIRO.-¿Te da bien de comer? (El MUCHACHO duda.) Que si te da bien de comer.
MUCHACHO.-Muy bien. señor.
VLADIMIRO. -¿No eres desgraciado? (El MUCHACHO duda.) ¿Me comprendes?
MUCHACHO. –Sí, señor.
VLADIMIRO.~Pues ¿entonces?
MUCHACHO.-NO sé, señor.
VLADIMIRO.-¿NO sabes si eres desgraciado o no?
MUCHACHO.-NO, señor.
VLADIMIRO. –Como yo. (Pausa.) ¿ Dónde duermes?
MUCHACHO.-En el granero, señor.
VLADIMIRO.-¿Con tu hermano?
MUCHACHO.~Sí, señor.
VLADIMIRO.-¿En el heno?
MUCHACHO.~Sí, señor.
(Pausa.)
VLADIMIRO. –Bueno, vete.
MUCHACHO.-¿Qué tengo que decirle al señor Godot señor?
VLADIMIRO.-Dile... (Vacila.) Dile que nos has visto (Pausa.) Nos has visto perfecmente, ¿no es verdad?
MUCHACHO.-Si, señor. (Retrocede, vacila, se vuelve sale correndo.)
(La luz empieza a descender bruscamente. En un momento ha cerrado la noche. La luna se levanta, al fondo, sube al firmamento, se inmoviliza, inundando la escena de una plateada claridad.)

VLADIMIRO.-¡ Bueno! (ESTRAGÓN se levanta y se dirige hacia VLADIMIRO, con los dos zapatos en la mano. Los pone junto a la batería, se yergue y mira a la luna.) ¿Qué hace?
ESTRAGÓN.-Como tú, contemplo la luna.
VLADIMIRO.-Quiero decir, con tus zapatos.
ESTRAGÓN-Los dejo ahí. (Pausa.) Alguien vendrá tan... tan... como yo, pero calzando un número menor y le harán feliz.
VLADIMIRO.-Pero tú no puedes andar descalzo.
ESTRAGÓN.-Jesús lo hizo.
VLADIMIRO.-¡ Jesús! ¿Y qué tiene que ver? ¡ No irás compararte con él!
ESTRAGÓN.-Toda ml vida me he comparado con él.
VLADIMIRO. –Pero allá hacía calor. ¡Hacía buen tiempo!
ESTRAGÓN. –Sí. Y al menor descuido, crucificaban.
VLADIMIRO. –Ya no tenemos nada que hacer aquí.
ESTRAGÓN.-Ni en ninguna parte.
VLADIMIRO.-Vamos, Gogo, no seas así. Mañana será otro día.
ESTRAGÓN.-¿ Cómo?
VLADIMIRO.-¿NO has oído lo que ha dicho el muchacho?
ESTRAGÓN -No.
VLADIMIRO.-Ha dicho que Godot seguramente vendrá mañana. (Pausa.) ¿No te dice nada eso?
ESTRAGÓN.-Entonces, hay que esperar aquí.
VLADIMIRO.-¡ Estás loco! ¡ Hay que cobijarse! (Coge a ESTRAGÓN por el brazo.) Ven. (Lo conduce. Al principio, ESTRAGÓN Se deja llevar, después se resiste. Se detienen.)
ESTRAGÓN.-(Mirando el árbol.) ¡ Qué pena que no tengamos un poco más de cuerda!
VLADIMIRO.-Ven. Empieza a hacer frío. (Lo conduce. Igual juego.)
ESTRAGÓN.-Recuérdame mañana que traiga una cuerda.
VLADIMIRO.-Sí. Ven (Lo conduce. Igual juego.)
ESTRAGÓN.-¿Cuánto tiempo hace que estamos siempre juntos?
VLADIMIRO.-NO sé. Quizá cincuenta años.
ESTRAGÓN.-¿Te acuerdas del día que me arrojé al río?
VLADIMIRO.-Estábamos en la vendimia.
ESTRAGÓN.-Tú me sacaste.
VLADIMIRO.- Quién se acuerda de eso!
ESTRAGÓN.-Mi ropa se secó al sol.
VLADIMIRO.-No pienses más. Ven. (El mismo juego.)
ESTRAGÓN -Espera.
VLADIMIRO.-Tengo frío.
ESTRAGÓN.-Me pregunto si no hubiera sido mejor que cada uno fuera por su lado. (Pausa.) Quizá no estemos hechos el uno para el otro.
VLADIMIRO.-(Sin enfadarse.) No se sabe.
ESTRAGÓN.-NO, no se sabe nada.
VLADIMIRO.-Aún estamos a tiempo de separarnos si crees que es mejor.
ESTRAGÓN. –Ahora, ya no vale la pena.
(Silencio)
VLADIMIRO.-Es verdad, ahora ya no vale la pena.
(Silencio.)

ESTRAGÓN.- Qué!, ¿nos vamos?
VLADIMIRO.~Vámonos.

(No se mueven.)



TELON

"EL ENFERMO IMAGINARIO" (Molière)





EL ENFERMO IMAGINARIO

PERSONAJES DE LA COMEDIA

ARGAN, enfermo de aprensión (Protagonizado en 1673 por Molière.)

BELISA, Segunda mujer de Argan.

ANGÉLICA, hija de Argan

LUISA, hermana de Angélica

BERALDo, hermano de Argan.

CLEONTE, enamorado de Angélica.

DIAFOIRUS, médico.

TOMÁS DIAFOIRUS, su hijo

PURGON, médico de Argan.

FLEURANT, boticario.

BONAFÉ, notario.

ANTONIA, criada

PERSONAJES DE LOS INTERMEDIOS

Del primer acto:

POLICHINELA.

UNA VIEJA.

VIOLINISTAS.

ALGUACILES

Del segundo acto:

CUATRO GITANAS

GITANOS Y GITANAS

Del tercer acto:

TAPICEROS

EL PRESIDENTE DE LA FACULTAD DE MEDICINA.

DOCTORES.

ARGAN, bachiller.

BOTICARIOS, armados de morteros y manos para majar.

LAVATIVEROS.

CIRUJANOS.

L a acción, en París, en 1673.

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA

ARGAN, solo en su alcoba y sentado a una mesa, ajusta con guitones las cuentas del boticario. Conversando consigo mismo, platica de este modo:

ARGAN. -Tres y dos cinco, y cinco, diez, y diez más, veinte... Tres y dos cinco.
"ltem, el día 24, una ayuda estimulante, preparatoria y emoliente, para ablandar, humedecer y refrescar las entrañas del señor." Lo que más me agrada de Fleurant, mi boticario, es su cortesía:
"Las entrañas del señor, seis reales." Pero eso no basta, amigo mío: a más de correcto, es preciso ser razonable y no desplumar a los pacientes. ¡Seis reales por una lavativa!... Ya sabéis cuánto me satisface complaceros; pero como en ocasiones anteriores me las habéis cobrado a cuatro reales, y en lenguaje de boticario cuando se dice veinte hay que entender diez, pongamos dos reales...
"Item, en el mismo día, según prescripción, una buena ayuda detersiva, compuesta de catalicón doble, ruibarbo, miel rosada y otros, para barrer, lavar y dejar limpio el bajo vientre del señor, seis reales." Con su permiso, abonaremos sólo dos.
"Item, en el mismo día anochecido, un jarabe hepático, soporífero y soñoliento, destinado a dormir al señor, siete reales." De esta partida no me puedo quejar, porque, en efecto, dormí a pierna suelta...
"Item, el día 25, una excelente pócima purgante, corroborante, compuesta de oasis fresco, sen levantino y otros, según receta del señor Purgon, destinada a expulsar y evacuar, la bilis del señor, dieciocho reales." ¡Ah, mi señor Fleurant, esto es ya una burla! Hay que tener consideración con los enfermos, de los cuales vivís; y como el señor Purgon no os habrá ordenado que pongáis dieciocho reales, cargaremos tan sólo doce, si no os molesta.
"Item, en el mismo día, una poción anodina y astringente, para procurar reposo al señor, seis reales." Bien...
"Item, el día 26, una ayuda carminativa para expulsar las ventosidades del señor, siete reales." Tres, señor Fleurant.
"ltem, la misma ayuda, repetida por la tarde, siete reales." Tres...
"Item, el día 27, un preparado enérgico, para estimular la expulsión y limpiar de males humores al señor, doce reales." Doce... Celebro que hayáis razonado en esta ocasión.
"Item, en el día 28, una toma de suero clarificado y azucarado, para dulcificar, lenificar, atemperar y refrescar la sangre del señor, veinte." Diez...
"Item, una poción cordial y preservativa, compuesta de doce gramos de bezoar, jarabes de limón y granada y otras hierbas, según prescripción, veinte reales." ¡Poco a poco, señor Fleurant!... ¡Abusando de este modo, no habrá nadie que quiera estar enfermo!... Conformaos con doce reales... Tres y dos cinco, y cinco, diez, y diez, veinte... Doscientos veintitrés reales, cuarenta céntimos y treinta maravedises. Resulta, pues, que en el mes corriente he tomado... una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve medicinas; más una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce lavativas; mientras que en el mes anterior fueron doce medicinas y veinte ayudas. ¡Ahora me explico por qué no me encuentro este mes tan bien como el pasado! Se lo diré a Purgon para que me regularice el tratamiento... ¡A ver! Que se lleven todo esto de aquí... ¿No hay nadie?... ¡Por más que digo, siempre me han de dejar solo!... ¡No hay manera de conseguir que estén en su puesto! (Toca una campanilla.) Ellos que no atienden, y esta campanilla que no suena bastante... (Vuelve a tocar.) ¡Nada! (Toca.) ¡Están sordos!... ¡Antonia! (Toca.) ¡Como si no llamara!... ¡Perros! ¡Granujas! (Toca de nuevo.) ¡Me da una rabia! (Deja la campanilla y grita.) ¡Tilín, tilín, tilín! ¡Pícaros de todos los diablos! ¿Es posible que abandonen de este modo a un pobre enfermo? ¡Tilín, tilín, tilín!... ¡Cabe nada más lastimoso! ¡Tilín, tilín, tilín! ¡Dios mío, me dejan morir solo! ¡Tilín, tilín, tilín!

ESCENA II

ANTONIA (Entrando). - ¡Ya va!

ARGAN. - ¡Ah, perra!

ANTONIA (Fingiendo haberse dado un golpe en la frente).- ¡Malhaya vuestras impaciencias!… De tal modo la aturrulláis a una, que a poco si me dejo los sesos en el quicio de un postigo.

ARGAN (Furioso) -¡Traidora!

ANTONIA (Sin dejar de quejarse Para interrumpirle e impedir que grite). - ¡Ay!

ARGAN. - Hace…

ANTONIA. - ¡Ay!

ARGAN. - ¡Hace una hora…

ANTONIA. - ¡Ay, ay!

ARGAN. - …que me has abandonado!

ANTONIA. - ¡Ay!

ARGAN. - ¡Calla, granuja, y déjame que te reprenda!

ANTONIA. - ¡Eso es!... Encima de lo que me he hecho...

ARGAN.- ¡Tú me has hecho a mi desgañitarme, carroña!

ANTONIA. - Y yo me he roto la cabeza; váyase una cosa por la otra. Estamos en paz.

ARGAN. - ¡Cómo, infame!

ANTONIA. - Si continuáis regañándome, lloro.

ARGAN. - ¡Abandonarme así!

ANTONIA (Insistiendo en su propósito de no dejarle hablar). - ¡Ay, ay, ay!

ARGAN. - ¡Lo que tú pretendes, perra!…

ANTONIA. - ¡Ay, ay!

ARGAN. ¿Pero no he de tener ni la satisfacción de reñirte?

ANTONIA. - ¡Reñid, reñid hasta que os hartéis!

ARGAN. - ¡Si no me dejas, ladrona! ¡Si me interrumpes a cada palabra!

ANTONIA. - Si vos tenéis la satisfacción de reñir, ¿por qué no he de tener yo la de llorar? A cada uno lo suyo ¡Ay, ay!

ARGAN. - ¡Habrá que aguantarse!... Quítame esto, granuja, quítame esto. (Se levanta.) ¿Me ha hecho bastante operación la lavativa?

ANTONIA. - ¿La lavativa?

ARGAN. - Si. ¿He echado mucha bilis?

ANTONIA. - ¡A mí qué me importa! Eso no es cuenta mía; eso se queda para el señor Fleurant. Él es el que debe meter la nariz, ya que es él quien cobra las ganancias.

ARGAN. - Que me tengan preparada una taza de caldo para tomarla con la poción que me toca ahora.

ANTONIA. - ¡Bien se divierten a vuestra costa los señores Fleurant y Purgon! Han encontrado una vaca y la ordeñan a gusto. Quisiera yo saber qué enfermedad es la vuestra, que necesita de tantos remedios.

ARGAN. - ¡Calla, ignorante! ¿Quién eres tú para, criticar las prescripciones de la medicina?. . . Ve a llamar a mi hija Angélica, que tengo que hablarle.

ANTONIA.- Aquí viene. Parece que ha adivinado vuestros deseos.

ESCENA III

ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA

ARGAN. -Acércate, Angélica. Llegas a tiempo, que quiero hablarte.

ANGÉLICA. -Ya os escucho.

ARGAN (Corriendo a sentarse en el bacín). - Aguarda dame el bastón. Vuelvo al instante.

ANTONIA (Riéndose de él). - ¡Corra, corra, señor! ¡Lo que nos da que hacer el señor Fleurant!

ESCENA IV

ANGÉLICA y ANTONIA

ANGÉLICA (Mirándola lánguidamente y en tono confidencial). - ¡Antonia!

ANTONIA. - ¿Qué?

ANGÉLICA. - Mírame.

ANTONIA. -Ya os miro. ¿Qué hay?

ANGÉLICA. - ¡Antonia!

ANTONIA. - ¿Qué hay con tanto Antonia?

ANGÉLICA. - ¿No adivinas de lo que quiero hablarte?

ANTONIA. -Me figuro que será de vuestro pretendiente; hace seis días que no habláis de otra cosa.

ANGÉLICA. -Pues si lo sabes, ¿por qué no te apresuras a hablarme de él y me ahorras la vergüenza de ser yo quien te saque la conversación?

ANTONIA. -Si no me dais tiempo.

ANGÉLICA. -Es verdad. Te confieso que no me cansaría de hablar de él, y aprovecho todas las ocasiones para abrirte mi corazón. Dime, ¿repruebas tú mi enamoramiento?

ANTONIA. - Ya me guardaría.

ANGÉLICA. -¿Hago mal abandonándome a tan deliciosas emociones?

ANTONIA.- ¿Quién dice eso?

ANGÉLICA. -¿Tú crees que yo debiera mostrarme insensible a las ternuras de su pasión?

ANTONIA. -De ningún modo.

ANGÉLICA. - ¿Y no te parece a ti, como a mí, que algo de providencial, algo... dispuesto así por el destino, en la forma imprevista de conocernos?

ANTONIA. - Sí.

ANGÉLICA. -Y el hecho de tomar mi defensa sin conocerme, ¿no es digno de un caballero?

ANTONIA. - Sí.

ANGÉLICA. -De un hombre generoso.

ANTONIA. - Conformes.

ANGÉLICA. -¿Y la gallardía con que lo hizo?

ANTONIA. -Es cierto.

ANGÉLICA. -¿Y es o no un buen mozo?

ANTONIA. -Sí que lo es.

ANGÉLICA. - Arrogante.

ANTONIA. - Sin duda.

ANGÉLICA. - Que en sus palabras, como en sus actos, tiene una distinción.

ANTONIA. - Seguramente.

ANGÉLICA. - ¿Y puede oírse lenguaje más apasionado que el suyo?

ANTONIA. - Es verdad.

ANGÉLICA. - ¿Y hay nada más enojoso que este recluimiento en que me tienen, privada de corresponder a los impulsos de esta mutua pasión, que el cielo nos inspira?

ANTONIA. -Tenéis razón.

ANGÉLICA. -Pero ¿tú crees, Antonia, que me quiere tanto como dice?

ANTONIA. -¡Cualquiera sabe! En cuestión de amores hay que andar siempre con cautela, porque el fingimiento semeja mucho a la verdad. Yo he visto algunos farsantes que lo remedan a maravilla.

ANGÉLICA. - ¿Qué estás diciendo, Antonia? Hablando como él habla, ¿sería posible que mintiera?

ANTONIA. - De todos modos, bien pronto podréis salir de dudas. En la carta de ayer os dice que está decidido a pedir vuestra mano; este es el camino; esa es la prueba más palpable de la veracidad de sus palabras.

ANGÉLICA. -Si me ha engañado, no volveré a creer jamás en ningún hombre.

ANTONIA. -Ya vuelve vuestro padre.

ESCENA V

ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA

ARGAN (Sentándose). -Ahora, hija mía, te voy a dar una noticia que seguramente te tomará de nuevas. Me han pedido tu mano. ¿Qué es eso?... ¿Te ríes? Bien mirado, no puede imaginarse noticia más halagüeña para una joven... ¡Oh, naturaleza! Ya veo bien claro que no tengo para qué preguntarte si te quieres casar.

ANGÉLICA. - Mi único deseo es obedeceros, padre mío.

ARGAN. -Me complace esa sumisión. Hemos ultimado el asunto y ya estás prometida.

ANGÉLICA. -Acataré a ojos cerrados vuestra voluntad, padre mío.

ARGAN. -Tu madrastra pretendía que tú y Luisa, hermana menor, entrarais en un convento. Desde hace tiempo ese era su propósito.

ANTONIA. (Bajo) -¡Su razón tiene la muy bribona!

ARGAN. (Continuando.) -Por lo cual se negaba al ahora a autorizar este matrimonio; pero he logrado reducirla y dar mi palabra.

ANGÉLICA. -¡Cuánto tengo que agradecer a vuestras bondades, padre mío!

ANTONIA. -Seguramente, ésta es la acción más cuerda de vuestra vida.

ARGAN. -Aun no conozco a tu futuro; pero me afirman que quedaré satisfecho y tú también.

ANGÉLICA. -Seguramente, padre mío.

ARGAN. -¿Cómo? ¿Tú le has visto?

ANGÉLICA. -Puesto que vuestro consentimiento me autoriza a abriros mi corazón, no os ocultaré que hace seis días el azar nos puso frente a frente, y que la petición que os han hecho es consecuencia de una inclinación mutua, experimentada desde el primer instante.

ARGAN. -No me habían dicho nada, pero me alegro, porque más vale que sea así. Según parece, se trata de un buen mozo.

ANGÉLICA. -Sí, padre mío.

ARGAN. -Arrogante.

ANGÉLICA. -Sí.

ARGAN. -De aspecto simpático.

ANGÉLICA. -Ya lo creo.

ARGAN. -De fisonomía franca.

ANGÉLICA. -Muy franca.

ARGAN. -Digno y juicioso.

ANGÉLICA. -Precisamente.

ARGAN. -Honrado.

ANGÉLICA. -Como el que más.

ARGAN. -Que habla el latín y el griego a maravilla.

ANGÉLICA. -Eso no lo sabía yo.

ARGAN. -Y que dentro de tres días será recibido de médico.

ANGÉLICA. -¿Médica, padre mío?

ARGAN. -Sí, ¿tampoco lo sabías?

ANGÉLICA. -No. ¿Quién os lo ha dicho?

ARGAN. -El señor Purgon.

ANGÉLICA. -¿Lo conoce el señor Purgon?

ARGAN. -¡Vaya una pregunta! No lo ha de conocer, si es su sobrino.

ANGÉLICA. -¿Cleonte sobrino de Purgon?

ARGAN. -¿Quién es ese Cleonte? Hablamos del joven que ha pedido tu mano.

ANGÉLICA. -¡Claro!

ARGAN. -Que es sobrino del señor Purgon e hijo de su cuñado, el señor Diafoirus, médico también. Ese joven se llama Tomás: Tomás Diafoirus, y no Cleonte. Con él es con quien hemos acordado esta mañana tu boda, entre el señor Purgon, Fleurant y yo. Mañana mismo vendrá el padre a hacer la presentación de tu futuro. Pero ¡qué es eso? ¿Por qué pones esa cara de asombro?

ANGÉLICA. -Porque vos hablabais de una persona y yo me refería a otra.

ANTONIA. -¡Eso es una burla! Teniendo la fortuna que tenéis, ¡seríais capaz de casar a vuestra hija con un médico?

ARGAN. -¿Quién te mete a ti donde no te llaman, imprudente?

ANTONIA. -¡Calma! ¿Por qué no hemos de discutir sin acaloramientos? Hablemos tranquilamente. ¿Qué razones habéis tenido para consentir ese matrimonio?

ARGAN. -La razón de que, encontrándome enfermo -porque yo estoy enfermo-, quiero tener un hijo médico, pariente de médicos, para que entre todos busquen remedios a mi enfermedad. Quiero tener en mi familia el manantial de recursos que me es tan necesario; quien me observe y me recete.

ANTONIA. -Eso es ponerse en razón. Cuando se discute pacíficamente, da gusto. Pero con la mano sobre el corazón, señor, ¿es verdad que estáis enfermo?

ARGAN. -¡Cómo , granuja! ¿Qué si estoy enfermo?… ¿Si estoy malo, insolente?

ANTONIA. -Conforme, señor; estáis malo. No vayamos a pelearnos por eso. Estáis muy malo, lo reconozco; mucho más malo de lo que os podéis figurar, estamos de acuerdo. Pero vuestra hija, al casarse, debe tener un marido para ella, y estando buena y sana, ¿qué necesidad hay de casarla con un médico?

ARGAN. -Si el médico es para mí. Una buena hija debe sentirse dichosa casándose con un hombre que pueda ser útil a la salud de su padre.

ANTONIA. -¿ Me permitís, señor, que os dé un consejo leal?

ARGAN. - ¿Qué consejo es ése?

ANTONIA -No volváis a pensar en ese matrimonio.

ARGAN. -¿Por qué?

ANTONIA. -Porque vuestra hija no consentirá con él.

ARGAN. -¿Que no consentirá?

ANTONIA. -No.

ARGAN. -¿Mi hija?

ANTONIA. -Vuestra hija, que no quiere oír habla del señor Diafoirus, ni de su hijo, ni de ninguno de los Diafoirus que andan por el mundo.

ARGAN. -Pues yo sí. Además, esa boda es un gran partido. El señor Diafoirus no tiene más hijo ni heredero que ese; y el señor Purgon, que es soltero, lega en favor de ese matrimonio sus ocho mil duros de renta.

ANTONIA. -¡La de gente que habrá matado para hacerse tan rico!

ARGAN. -Ocho mil duros de renta es una cantidad muy respetable; y unida al caudal del señor Diafoirus...

ANTONIA. -Sí, sí. Todo eso está muy bien; pero yo insisto, y os lo vuelvo a repetir, en que le busquéis otro marido. No nació vuestra hija para ser la señora de Diafoirus.

ARGAN. -¡Pues yo quiero que lo sea!

ANTONIA. - ¡Bah! ¡No digáis eso!

ARGAN. - ¡Cómo que no lo diga!

ANTONIA. -¡No!

ARGAN. -¿Y por qué no lo he de decir?

ANTONIA. -Porque pensarán que no sabéis lo que os decís.

ARGAN. -¡Que piensen lo que quieran; pero ella ha de cumplir la palabra que yo he dado!

ANTONIA. -Estoy segura que no.

ARGAN. -La obligaré.

ANTONIA. -Será inútil.

ARGAN. -¡Pues se casará o la meteré en un convento!

ANTONIA. -¿Vos?

ARGAN. -¡Yo!

ANTONIA. -¡Bah!

ARGAN. -¿Qué es eso de ¡bah!?

ANTONIA. -Que no la meteréis en ningún convento.

ARGAN. -¿Que no la meteré en un convento?

ANTONIA. -No.

ARGAN. -¿Que no?

ANTONIA. -No.

ARGAN. -¡Esto sí que tiene gracia! De manera que, queriéndolo yo mismo, no meteré a mi hija en un convento.

ANTONIA. -Os digo que no.

ARGAN. -¿Quién me lo iba a impedir?

ANTONIA. -Vos mismo.

ARGAN. -¿Yo?

ANTONIA. -Vos, que no podréis tener tan mal corazón.

ARGAN. -¡Pues lo tendré!

ANTONIA. -¡Esa es grilla!

ARGAN. -¡Yo no hablo en chanza!

ANTONIA. -Os entrará la ternura paternal.

ARGAN. -¡Pues no me entrará!

ANTONIA. -Un par de lagrimitas, echándoos los brazos al cuello, y un "papaíto mío" dicho con requiebro, bastarán para desarmaros.

ARGAN. -Todo eso será inútil.

ANTONIA. -¿A que no?

ARGAN. -Te repito que no desistiré por nada.

ANTONIA. -¡Pamplinas!

ARGAN. -¡No me digas pamplinas!

ANTONIA. -Os conozco, señor, y sé que sos bueno por naturaleza.

ARGAN (Indignado.) - ¡Yo no soy bueno, y seré malo, cuando me dé la gana!

ANTONIA. -No os encolericéis, señor. Acordaos de que estáis enfermo.

ARGAN. -Le ordeno, terminantemente, que se disponga a casarse con quien yo le diga.

ANTONIA. -Pues yo le prohibo en absoluto que lo haga.

ARGAN. -Pero, ¿en qué país vivimos? ¿Qué audacia es ésta de atreverse una pícara de sirvienta a hablar de ese modo a su amo?

ANTONIA. -Cuando un amo no sabe lo que hace, una sirvienta con juicio tiene derecho a enmendarle la plana.

ARGAN (Lanzándose sobre ella.) -¡Te voy a apabullar por insolente!

ANTONIA (Huyendo.) -¡Tengo la obligación de impedir que mis señores se deshonren!

ARGAN (Iracundo, enarbola el bastón y corre tras ella, que se escuda rodeando el sillón.) ¡Ven, ven, que yo te enseñaré a hablar!

ANTONIA (Dando vueltas alrededor del sillón.) -¡Me interesa que no hagáis locuras!

ARGAN (Siempre tras ella.) -¡Perra!

ANTONIA. -No consentiré jamás en ese matrimonio.

ARGAN. -¡Trapacera!

ANTONIA. -No quiero que sea la mujer de ese Tomás Diafoirus.

ARGAN. -¡Carroña!

ANTONIA. -Y ella me hará más caso a mí que a vos.

ARGAN. -¡Angélica, sujétame a esa pícara!

ANGÉLICA. -¡Vamos, padre, que os vais a poner malo!

ARGAN. -¡Si no la sujetas te maldigo!

ANTONIA. -Y yo, si os obedece, la desheredo.

ARGAN (Dejándose caer en un sillón, rendido de correr tras ella.) -¡Ay, no puedo más!... ¡Esto me costará la vida!

ESCENA VI

BELISA, ANGÉLICA, ANTONIA y ARGAN

ARGAN. -¡Ay, esposa mía, acércate!

BELISA. -¿Qué tienes, pobrecito mío?

ARGAN. -¡Socórreme!

BELISA. -¿Qué es eso? ¿Qué es lo que te pasa, hijito mío?

ARGAN. -¡Chacha mía!

BELISA. -Querido.

ARGAN. -Me han encolerizado.

BELISA. -¿De veras, maridín mío? ¿Y cómo ha sido eso, tesoro?

ARGAN. -¡Esa pillastre de Antonia, que cada día es más insolente!

BELISA. -No te excites.

ARGAN. -¡Me ha enrabiado, chachina!

BELISA. -Calma, hijo mío.

ARGAN. -Hace una hora que me lleva la contraria en todos mis propósitos.

BELISA. -Vamos, vamos, cálmate.

ARGAN. -¡Y ha tenido la avilantez de decirme no estoy enfermo!

BELISA. -¡Qué impertinencia!

ARGAN. -Ya la Conoces, corazón mío.

BELISA. -Sí, entrañas; ha hecho muy mal.

ARGAN. -Esa pícara será la causa de mi muerte, amor mío.

BELISA. -¡Bah, bah!

ARGAN. -¡Por Su culpa tengo siempre el saco de la bilis rebosando!

BELISA. -No te enfurezcas de ese modo.

ARGAN. -Hace no sé el tiempo que te repito que le des la cuenta.

BELISA. -Por Dios, hijo mío; no hay sirviente que no tenga defectos, y muchas veces hay que soportarles lo malo en gracia de lo bueno. Esta es hábil, cuidadosa, diligente y, sobre todo, fiel. Ya sabes cuántas precauciones hay que tomar antes de admitir gente nueva. ¡Antonia!

ANTONIA. -Señora.

BELISA. -¿Por qué enojas a mi marido?

ANTONIA (Con acento dulce.) -¿Yo, señora? No me explico lo que decís, porque no vive una más que para dar gusto, en todo al señor.

ARGAN. -¡La muy traidora!

ANTONIA. -Me decía que quiere casar a su hija con el hijo del señor Diafoirus, y yo le contestaba que el partido es excelente; pero que me parecía mejor que la metiera en un convento.

BELISA. -No hay motivos para que te enfades por eso; me parece que tiene razón.

ARGAN. -¡No la creas, amor mío! ¡Es una malvada, que acaba de decirme mil insolencias!

BELISA. -Te creo, amigo mío... Vamos, siéntate. Escucha, Antonia: si vuelves a enojar a mi marido, te planto en la calle... Tráeme su capotón enguatado y las almohadas, que voy a acomodarle en su sillón... Estás no sé cómo. Toma; encasquétate bien el gorro hasta las orejas, que no hay nada que acatarre tanto como el aire en los oídos.

ARGAN. -¡Cuánto tengo que agradecerte, chacha mía, por los cuidados que te tomas conmigo!

BELISA. -(Acomodándole las almohadas.) -Levanta un poco que te remeta bien. Una a cada lado, otra en la espalda y otra para que reclines la cabeza.

ANTONIA. -(Dándole un almohadazo en la cabeza y escapando.) -Y ésta, para resguardaros del relente.

ARGAN. -(Levantándose iracundo y tirándole todas las almohadas a Antonia.) -¡Quieres asfixiarme, bribona!

BELISA. -¿Qué es eso? ¿Qué ocurre ahora?

ARGAN (Muy abatido, dejándose caer en el sillón.) -¡Ay, ay! ... ¡No puedo más!

BELISA. -¿ Por qué te exaltas de ese modo? Seguramente no ha tenido intención de molestarte.

ARGAN. -Tú no conoces, amor mío, las truhanerías de esa malvada. . . Ha logrado sacarme de quicio, y tendré que tomar lo menos ocho medicamentos y doce lavativas para reponerme.

BELISA. -Vamos, vamos, chiquito; sosiégate un poco.

ARGAN. -Tú eres mi único consuelo, vida mía.

BELISA. -¡Pobre hijito mío!

ARGAN. -Para recompensar tanta amorosa solicitud, ya te he dicho, corazón mío, que deseo hacer testamentó.

BELISA. -¡Ay, querido mío; te ruego que no haeblemos de eso! De tal modo me horroriza esa idea, que la sola palabra testamento me hace estremecer de angustia.

ARGAN. -Te dije que avisaras a tu notario.

BELISA. -Vino conmigo, y ahí aguarda.

ARGAN. -Hazle entrar, amor mío.

BELISA. -¡Ay! Cuando se ama de verdad a un marido, no se puede pensar en estas cosas.

ESCENA VII

EL NOTARIO, BELISA y ARGAN

ARGAN. -Adelante, señor Bonafé. Acercaos y tomad asiento, si os place... Informado por mi mujer de vuestra honorabilidad y de la buena amistad que le profesáis, le encargué que os hablara de cierto testamento que quiero hacer.

BELISA. -¡Yo no soy capaz de hablar de eso!

EL NOTARIO. -La señora ya me ha puesto al corriente de vuestras intenciones y de los propósitos que os animan respecto a ella; pero mi deber es advertiros de que no podéis dejarle nada en testamento.

ARGAN. -¿Y por qué?

EL NOTARIO. -Porque la costumbre se opone. Si estuviéramos en un país de leyes escritas podría hacerse; pero en París, como en casi todos los países rutinarios, donde la costumbre hace ley, es imposible; la disposición sería nula. Todos los anticipos que puedan hacerse entre un hombre y una mujer, coyundados por legítimo matrimonio, se consideran como mutuas dádivas hechas en vida; pero, aun en este caso, es condición precisa que no haya hijos de por medio, ya sean de los cónyuges o de uno de ellos habido en matrimonio anterior.

ARGAN. -¡Pues es una costumbre de verdad cargante que un marido no pueda dejar nada a una esposa que lo ama tiernamente y que se desvive en atenciones! Quisiera consultar a mi abogado para ver qué solución me da.

EL NOTARIO. -¡Dejaos de abogados, que suelen ser gentes meticulosas y que consideran como un crimen el testar contrariamente a lo instituído! Todo se les vuelve dificultades e ignoran los recovecos de la conciencia. Hay otras personas a quienes consultar que son más acomodaticias, que tienen expedientes para deslizarse bordeando la ley y dándole validez a lo que no se considera como lícito; gentes que saben allanar dificultades y encuentran medios de eludir la costumbre por cualquier procedimiento indirecto. Si no se pudiera hacer esto, ¿dónde iríamos a parar? Es preciso dar facilidades; de otro modo no haríamos nada y habría que dejar el oficio.

ARGAN. -Mi mujer me había dicho, señor, que erais hombre hábil y muy docto. Decidme qué es lo que puedo hacer para dejarle a ella mis bienes, saltando por encima de los derechos de mis hijos.

EL NOTARIO. -¿Qué podéis hacer?... Pues elegir, sigilosamente, entre los amigos de vuestra esposa y dejar a uno de ellos, cumpliendo con todos los requisitos legales, una parte de vuestra fortuna; este amigo, más tarde, hará entrega del legado a la señora. Podéis también contraer un número considerable de deudas y atenciones, no sospechosas, en favor de unos fingidos acreedores, que darán sus nombres por complacer a vuestra esposa, y a la cual harán entrega de un documento privado declarando este extremo. Podéis, por último, entregarle en vida cantidades en metálico o en valores al portador.

BELISA. -Dios mío, no te atormentes por esto. Si tú llegaras a faltarme, hijo mío, yo no podría seguir en el mundo.

ARGAN. -¡Vida mía!

BELISA. -Sí, querido; si tengo la desgracia de perderte...

ARGAN. -¡Querida esposa!

BELISA. -La vida no tendrá ya para mí ningún interés.

ARGAN. -¡Amor mío!

BELISA. -Seguiría tus pasos para hacerte ver toda mi ternura.

ARGAN. -¡Me partes el corazón, chacha mía! ... ¡Cálmate, te lo suplico!

EL NOTARIO. -Vuestras lágrimas son extemporáneas; no hemos llegado aún a esos extremos.

ARGAN. -Si notario, mi mayor pesadumbre será el no haber tenido un hijo tuyo. Purgon me ofreció que él me haría tener uno.

EL NOTARIO. -Aún pudiera ocurrir.

ARGAN. -Es preciso hacer ese testamento, amor mío, en la forma que nos ha indicado el señor; pero, por precaución, quiero entregarte veinte mil francos en oro, que tengo escondidos en mi alcoba, y dos letras aceptadas, una por Damon y otra por Gerante.

BELISA. -No, no; no tomaré nada... ¿Cuánto dices que tienes en la alcoba?

ARGAN. -Veinte mil francos, amor mío.

BELISA. -No hablemos de intereses, te lo ruego ... Y ¿ de cuánto son las letras?

ARGAN. -Una de cuatro mil francos y otra de seis mil.

BELISA. -Todos los bienes de este mundo no valen lo que tú.

EL NOTARIO. -¿Procedemos a redactar el testamento?

ARGAN. -Sí, señor. Pero mejor será que nos vayamos a mi despacho. ¿Quieres ayudarme, amor mío?

BELISA. -Vamos, hijito.

ESCENA VIII

ANGÉLICA Y ANTONIA

ANTONIA. -Están con un notario y les he oído hablar de testamento. Vuestra madrastra no se duerme; seguramente ha urdido alguna maquinación contra vuestros dineros y ha complicado en ella a vuestro padre.

ANGÉLICA. -Que disponga de todos sus bienes como quiera, con tal que no disponga de mi corazón. Ya has visto las violencias que le amenazan; no me abandones, en este trance, por Dios te lo pido.

ANTONIA .-¿Abandonaros yo? Antes la muerte. Vuestra madrastra me ha honrado haciéndome su confidente e interesándome en sus manejos; pero yo, que no le tengo el menor apego, trabajaré por cuenta vuestra. Dejadme hacer a mí, que he de recurrir a todo por serviros; y, para poder hacerlo con más eficacia, cambiaré de puntería, ocultando el interés que tengo por vos y fingiendo ponerme de parte de vuestro padre y de vuestra madrastra.

ANGÉLICA. -Procura poner del matrimonio que han acordado.

ANTONIA. -No tengo más persona de quién echar mano que del viejo usurero Polichinela, mi pretendiente; me bastarán cuatro palabras tiernas, que emplearé a gusto para serviros. Hoy, ya es tarde; pero mañana, muy temprano, le mandaré llamar y se volverá loco de...

BELISA. -¡Antonia!

ANTONIA. -Me llaman. Buenas noches, y confiad en mí.

(La decoración cambia, representando ahora una calle.

FIN DEL PRIMER ACTO

PRIMER INTERMEDIO

Es de noche, y POLICHINELA viene a dar serenata a su amada. Le interrumpen, primeramente, los violinistas, contra los cuales monta en cólera, y después, la patrulla compuesta de músicos y danzantes.

POLICHINELA. -;Oh, amor, amor, amor, amor!... ¿Qué diablos de fantasías se te han metido en la cabeza, desdichado Polichinela? Abandonas tu negocio y olvidas completamente todas tus atenciones. No comes apenas si bebes, pasas las noches en claro, y todo esto ¿por qué? ... Por una dragona, una verdadera dragona; una diablesa, que te rechaza y que se burla de cuanto le digas. Pero es inútil razonar sobre este punto, pues eres tú, Amor, quien lo ordena, y es necesario enloquecer, como les ha sucedido a tantos otros. Verdaderamente, no es esto lo que mejor le cuadra a un hombre de mis años; pero... ¿qué le vamos a hacer? La indiscreción no depende de nuestra voluntad, y un viejo puede perder la cabeza de igual modo que un mozalbete... Voy a ver si logro amansar un tanto a mi tigresa dándole serenata. En ocasiones, no hay nada tan conmovedor como un amante que se llega a la puerta de la adorada y le canta sus dolencias a los goznes y los cerrojos. He aquí con qué acompañar mi voz. ¡Oh noche, querida noche; lleva mis cuitas amorosas hasta el mismo lecho de mi inflexible!(Canta.)

Notte e di vamo e vadoro.
Cerco un sí per mio ristoro;
ma si voy dite di no,
bellingrata, io moriró.
Fra la speranza
safflige il cuore,
in lontananza consuma lore;
sí dolce inganno
che mi figura
breve laffanno,
ahi, troppo dura!
Cosi per troppamar languisco e muoro.
Notte e dí vamo... etc.
Se non dormite,
almen pensate
alle ferite
chal cuor mi fate;
deh! almen fingete
per mio conforto,
se muccidete,
daver il torto:
vostra pietá mi scemerail martoro.
Notte e dí vamo... etc.

(Aparece en la ventana una vieja, que se burla.)

Zerbinetti, chognhor con finti sguardi,
mentiti desiri,
fallaci sospiri,
accenti buggiardi,
di fede vi pregiate,
ah! che non mingannati.
Che gia so per prova,
chin voi non si trova
costanza né fede.
Oh! quanto é pazza colei che vi crede.
Quei sguardi languidi
non minnamorano,
quei sospir fervidi
piú non minfiammano;
Credeta me
che gia so per prova
chin voi non si trova
costanza né fede;
Oh, quanto é pazza colei che vi crede!

(Los violines comienzan a tocar.)

POLICHINELA. -¿Qué impertinente armonía ésta, que viene a interrumpir mi voz? (Violines.)

POLICHINELA. -¡Por vida de!... ¡Callen esos violines! Dejad que lamente a mis anchas las crueldades de mi inexorable. (Violines.)

POLICHINELA. -¡Silencio os digo! Soy yo quien desea cantar. (Violines.)

POLICHINELA. -¡Pecie a tal! (Violines.)

POLICHINELA. -¡Hola! (Violines.)

POLICHINELA. -¡Ay, ay, ay! (Violines.)

POLICHINELA. -¿Es vaya? (Violines.)

POLICHINELA. -¡Oh, qué zahurda! (Violines.)

POLICHINELA. -¡Que el diablo os lleve! (Violines.)

POLICHINELA. -¡Maldita Sea! (Violines.)

POLICHINELA. -¿No os Callaréis?... ¡Por vida de Dios! (Violines.)

POLICHINELA. -¿Aún más? (Violines.)

POLICHINELA. -¡Mala peste de violines! (Violines.)

POLICHINELA. -¡Vaya Una musiquita imbécil! (Violines.)

POLICHINELA. -(Canta, remedando a los violines, para burlarse de ellos.) La, la, la, la, la. (Violines.)

POLICHINELA. - La, la, la, la, la. (Violines.)

POLICHINELA. -La, la, la, la, la. (Violines.)

POLICHINELA. -La, la, la, la, la. (Violines.)

POLICHINELA. -La, la, la, la, la. (Violines.)

POLICHINELA. -(Con el laúd en la mano, haciendo como si punteara en él, pero imitando con la boca el sonido.) Plin, plan, plun, plin... De veras que esto es muy divertido. Continúen, señores violinistas, porque me agrada extraordinariamente. Vamos, sigan tocando... Al fin, los he hecho callar. La música ésta acostumbra a no hacer nunca lo que se le pide. ¡Volvamos a lo nuestro! Antes de comenzar el canto, conviene preludiar algunas tocatas para ponerse a tono. Plan, plan, plan... Plin, plin, plin... Mal tiempo para afinar el laúd. Plin, plin, plin. plin, plan. plan, plan. Con la humedad que hace se aflojan las cuerdas. plin, plan... Siento ruido. Pongamos el laúd contra la pared.

(Pasa una ronda de alguaciles, que acude al ruido, y pregunta cantando.).

LA RONDA. -¿ Quién va? ¿ Quién va?

POLICHINELA. -(Muy quedo.) ¿Qué diablos es esto?¿Estará de moda hablar cantando?

LA RONDA. -¿Quién va?... ¿Quién va?... ¿ Quién va?...

POLICHINELA, -(Aterrado.) ¡Yo, yo, yo!

LA RONDA. -¿Quién va?.. ¿Quién va, pregunto?

POLICHINELA. -Os respondo que yo.

LA RONDA. -Y ¿quién eres tú?

POLICHINELA. -¡Yo, yo, yo, yo, yo, yo!

LA RONDA. -¡Di tu nombre!

POLICHINELA. -(Echándolas de bravo.) Me llamo... ¡que os ahorquen!

LA RONDA. -

¡A mí!... ¡Venid! ... ¡Aquí!
¡Prended al insolente
que nos contesta así!

BAILABLE

(Entra la patrulla de músicos y danzantes, que en la obscuridad finge buscar a Polichinela.) (Tocan y bailan.)

POLICHINELA. -¿Quién va? (Tocan y bailan.)

POLICHINELA. -¿Quiénes son éstos pícaros? (Tocan y bailan.)

POLICHINELA. -¡Eh! (Tocan y bailan.)

POLICHINELA. -¡Hola!... ¡Mis lacayos, mis gentes! (Tocan y bailan.)

POLICHINELA. -¡Tendré que matarlos! (Tocan y bailan.)

POLICHINELA. -¡Acribillarlos! (Tocan y bailan.)

POLICHINELA. -¡Tumbarlos! (Tocan y bailan.)

POLICHINELA. -¡Los de Champaña, Poitevin, Picardía; vascos, bretones!... (Tocan y bailan.)

POLICHINELA. -¡Dadme mi mosquete! (Tocan y bailan.)

POLICHINELA. -(Hace como si disparara.) ¡Pum! (Todos los que componen la patrulla se echan a tierra, escabulléndose luego.)

POLICHINELA. -(Riendo con mofa.) ¡Ja, ja, ja! ¿Los he aterrado! ¡Vaya unos imbéciles; se asustan de mí, que estoy muerto de miedo!... Indudablemente, no hay como coger la vez; si yo no me las doy de gran señor y me las hecho de bravo, me aspan!... ¡Ja, ja, ja! (Los ALGUACILES, que se han aproximado y lo escuchan, le echan mano.)

LA RONDA. -¿Venid, que ya es nuestro!... ¡Vamos, traed luces!

BAILABLE

(Los ALGUACILES entran con linternas.)

ALGUACILES. -¡Ah, bribón, traidor, granuja!... ¡Temerario, imprudente, merodeador, ahorcado!... ¿Querías asustarnos?

POLICHINELA. -¡Es que estoy bebido, señores!

ALGUACILES. -¡No te valdrán excusas!... Para que aprendas, ¡a la cárcel!... ¡Vamos, a la cárcel!

POLICHINELA. -¡Señores, que no soy un ladrón!

ALGUACILES. -¡A la cárcel!

POLICHINELA. -Pero ¿qué he hecho yo?

ALGUACILES. -¡Vamos andando! ¡A la cárcel!

POLICHINELA. -¡Déjenme marchar!

ALGUACILES. -¡No!

POLICHINELA. -Os lo ruego.

ALGUACILES. -¡No!

POLICHINELA. -¡Por favor!

ALGUACILES. -¡Qué no!

POLICHINELA. -¡Señores!

ALGUACILES. -¡No, no y no!

POLICHINELA. -¡Por caridad!

ALGUACILES. -¡No!

POLICHINELA. -¡En nombre del cielo!

ALGUACILES. -¡No!

POLICHINELA. -¡Piedad!

ALGUACILES. -¡No, no y no! Es preciso que aprendas. ¡A la cárcel!

POLICHINELA. -¿No habrá nada que pueda enterneceros?

ALGUACILES. -Es fácil conmovernos, porque tenemos un corazón más humano de lo que se cree. Dadnos buenamente seis luises para echar un trago y os dejamos marchar.

POLICHINELA. -Créanme, señores; les aseguro que no llevo ni un céntimo encima.

ALGUACILES. -Pues elegid entre seis luises, treinta cocas o doce palos.

POLICHINELA. -Si no hay otro remedio, prefiero las cocas.

ALGUACILES. - Preparaos, y llevad bien la cuenta.

BAILABLE

(Los ALGUACILES bailan, y al compás de la danza le van dando cocas.)

POLICHINELA. -Uno y dos, tres y cuatro, cinco y seis, siete y ocho, nueve y diez, once y doce, trece y catorce y quince. . .

ALGUACILES. -¡Alto, que ha hecho trampa!... Volvamos a empezar.

POLICHINELA. -¡Bueno está ya, señores, que tengo la cabeza hecha una breva!... ¡Preferibles son los palos!

ALGUACILES. -Está bien. Si al señor le agradan más los palos, estamos dispuestos a complacerle.

BAILABLE

(Bailan y al compás de la danza le apalean.)

POLICHINELA. -Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, ¡ay!... ¡ay!... ¡ay!... ¡No puedo aguantar más!... Ahí van, señores, los seis luises.

ALGUACILES. -¡Hombre más honrado!... ¡Alma más noble! Quedaos con Dios, señor... Adiós, señor Polichinela.

POLICHINELA. -Buenas noches.

ALGUACILES. -Quedaos con Dios, señor... Adiós, señor Polichinela.

POLICHINELA. -Servidor.

ALGUACILES. -Quedaos con Dios, señor... Adiós, señor.

POLICHINELA. -Hasta la vista.

(Los ALGUACILES bailan, haciendo sonar el dinero.)

FIN DEL PRIMER INTERMEDIO

ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA

ANTONIA y CLEONTE

ANTONIA. -¿Qué desea el señor?

CLEONTE. -¿Lo que deseo?

ANTONIA. -¡Ah, sois vos!... ¡Qué sorpresa! ¿Qué venís a hacer aquí?

CLEONTE. -A saber cuál es mi destino; a hablar con Angélica; a consultar los sentimientos de su corazón y conocer su propósito sobre ese matrimonio fatal de que me ha advertido.

ANTONIA. -Sí; pero no es tan fácil hablar con la señorita. Es preciso idear una treta, porque ya sabéis la estrecha vigilancia en que vive, sin que se le permita salir, ni hablar con nadie. Sólo en obsequio a una anciana tía se le concedió aquella vez ir al teatro, donde la conocisteis; y Dios nos libre de hablar de esa aventura.

CLEONTE. -Por eso mismo no he querido venir aquí como Cleonte, sino como amigo del maestro de música de Angélica, al que he podido convencer de que me ceda su puesto.

ANTONIA. -Aquí llega el padre. Retiraos a un lado, que voy a anunciarle la visita.

ESCENA II

ARGAN, ANTONIA y CLEONTE

ARGAN (Consigo mismo, muy perplejo). -El médico me ha ordenado que pasee todas las mañanas, aquí mismo, en mi alcoba, de acá para allá, doce veces a un lado y doce al otro; pero se me olvidó preguntarle si los paseos deben ser a lo largo o a lo ancho de la habitación.

ANTONIA. -Señor... Ahí está...

ARGAN. -¡Habla bajo, pécora! Me aturdes el cerebro, sin tener en cuenta que a los enfermos no se les puede gritar.

ANTONIA. -Quería advertiros de que...

ARGAN. -¡Que hables bajo, te digo!

ANTONIA. -Señor... (Gesticula como si hablara.)

ARGAN. -¿Qué?

ANTONIA. -Os decía... (Hace como si hablara.)

ARGAN. -Pero ¿qué es lo que dices?

ANTONIA (Alto).-Digo que hay ahí un hombre que quiere hablar con el señor.

ARGAN. -Que pase.

(ANTONIA hace señas a CLEONTE para que se acerque.)

CLEONTE. -Señor...

ANTONIA (Con zumba). -No habléis tan alto, que le retiemblan los sesos al señor.

CLEONTE. -Celebro el encontraros levantado y ver que estáis mejor.

ANTONIA (Fingiendo indignación). -¿Quién os ha dicho que está mejor? No es cierto: el señor sigue mal.

CLEONTE. -He oído decir que el señor estaba más aliviado, y a juzgar por el semblante...

ANTONIA. -¿Qué queréis decir con eso del semblante? El señor tiene muy mala cara, y es una impertinencia decir que está mejor. Nunca estuvo tan mal como ahora.

ARGAN. -Tiene razón.

ANTONIA. -Anda, duerme, come y bebe como todo el mundo; pero, a pesar de eso, está muy mal.

ARGAN. -Es verdad.

CLEONTE. -Lo lamento, señor... Yo venía de parte del maestro de música de vuestra hija, que se ha visto precisado a marchar al campo por unos días; y, como tenemos una gran amistad, me ha rogado que continuase las lecciones, temeroso de que, al interrumpirlas, pueda olvidar vuestra hija lo que ya ha aprendido.

ARGAN. -Perfectamente. Llama a Angélica.

ANTONIA. -Será mejor que el señor vaya a buscarla a su alcoba.

ARGAN. -No, dile que venga.

ANTONIA. -Les conviene cierto recogimiento para dar la lección.

ARGAN. -No.

ANTONIA. -Además, que os van a aturdir, y en el estado en que estáis, lo peor es que os carguen la cabeza.

ARGAN. -Te digo que no. La música me deleita y me encontraré muy a gusto... Aquí viene ella. Ve a ver si mi mujer se ha levantado.

ESCENA III

ARGAN, ANGÉLICA y CLEONTE

ARGAN. -Ven acá, hija mía. Tu maestro de música ha tenido que ausentarse y envía a este amigo en su lugar.

ANGÉLICA. -¡Cielos!

ARGAN.- ¿Qué es eso? ¿De qué te sorprendes?

ANGÉLICA. -Es que...

ARGAN. -¿Qué?

ANGÉLICA. -Una extraña coincidencia.

ARGAN. -¿Cuál?

ANGÉLICA. -Esta misma noche, soñando, me encontraba en el trance más arriesgado, y, de improviso, apareció un caballero enteramente idéntico a este señor. Yo le pedí socorro y él, acudiendo en mi ayuda, me libertó del peligro. Figuraos mi sorpresa al encontrar ahora aquí a la persona con quien he estado soñando toda la noche.

CLEONTE. -Feliz ocurrencia la de ocupar vuestro pensamiento, ya en sueños ya en vigilia; pero mi dicha sería mucho mayor si al encontraros en verdadero trance me juzgarais digno de socorreros. No habría peligro al que no me arriesgara...

ESCENA IV

ANTONIA, CLEONTE, ANGÉLICA Y ARGAN

ANTONIA ( Entrando y con zumba). -Señor, me vuelvo atrás de todo lo que os dije ayer y me pongo de vuestra parte. Ahí están el señor Diafoirus y su hijo, que vienen a saludaros. ¡Vaya si vais a enyernar bien! No hay joven más lucido ni más inteligente en el mundo. No ha dicho más que dos palabras y ya me ha hecho tilín; vuestra hija va a quedar encantada.

ARGAN (A CLEONTE, que hace intención de salir). -No os marchéis. Caso a mi hija, y he aquí que le traen a su futuro esposo, al que aún no conoce.

CLEONTE. -Me honráis demasiado, señor, haciéndome testigo de esta escena.

ARGAN. -Él es hijo de un médico afamado. Espero que dentro de cuatro días celebraremos la boda.

CLEONTE. -Muy bien.

ARGAN. -Avisad a vuestro amigo, el maestro de música, para que no falte a la ceremonia.

CLEONTE. -No faltará.

ARGAN. -Y a vos también os ruego que asistáis.

CLEONTE. -Honradísimo.

ANTONIA. -Preparaos, que ya están aquí.

ESCENA V

DICHOS, DIAFOIRUS y TOMÁS DIAFOIRUS

ARGAN (Llevándose la mano al gorro, pero sin quitárselo). - Perdonad, pero tengo prohibido descubrirme. Vos, que sois del oficio, conoceréis las razones.

DIAFOIRUS. -Nuestra presencia debe proporcionar alivio y no incomodidad al enfermo.

ARGAN. -Acepto... (Hablan los dos a un tiempo, interrumpiéndose el uno al otro a cada palabra, lo que ocasiona un verdadero galimatías.)

DIAFOIRUS. -Venimos...

ARGAN. -Con regocijo...

DIAFOIRUS. -Mi hijo Tomás y yo...

ARGAN. -El honor que me hacéis...

DIAFOIRUS. -A testimoniaros...

ARGAN. -Y hubiera deseado...

DIAFOIRUS. -El regocijo que experimentamos...

ARGAN. -Ir a visitaros...

DIAFOIRUS. -Por la merced que nos habéis hecho...

ARGAN. -Para expresaros mi reconocimiento...

DIAFOIRUS. -Accediendo a recibirnos...

ARGAN. -Pero ya sabéis vos...

DIAFOIRUS. -Y honrándonos...

ARGAN. -Lo que es un pobre enfermo...

DIAFOIRUS. -Con esta unión...

ARGAN. -Y que ha de conformarse...

DIAFOIRUS. -Queremos hacer constar de igual modo...

ARGAN. -Con deciros ahora...

DIAFOIRUS. -Que en aquello que dependa de nuestro oficio...

ARGAN. -Que no perderá ocasión ...

DIAFOIRUS. -Como en todo momento...

ARGAN. -De daros a conocer...

DIAFOIRUS. -Estaremos Solícitos...

ARGAN. -Su adhesión...

DIAFOIRUS. -A expresaros nuestro celo. (Se vuelve a su hijo y le dice.) Avanza tú ahora, Tomás, y presenta tus homenajes.

TOMÁS (Es un grandísimo necio, patarroso, que lo hace todo a destiempo.) -¿No es por el padre por quien debo empezar?

DIAFOIRUS. - Sí.

TOMÁS. -Señor: Aquí llego a saludar, reconocer, amar y reverenciar a un segundo padre. Pero a un segundo padre al cual, me atrevo a declararlo, soy más deudor que al primero. El primero me ha engendrado; vos me habéis elegido. Aquél me acogió por obligación; vos me adoptáis graciosamente. Lo que recibí del primero fué obra de la materia; lo que de vos recibo es acto de la voluntad; y por ser las facultades espirituales tan superiores a las materiales, tanto más os debo y tanto más aprecio esta futura unión, por la cual vengo ahora a expresaros anticipadamente mis más humildes y rendidos respetos.

ANTONIA. -¡Bendito sea el colegio de donde salen estos hombres!

TOMÁS. -¿He estado bien, padre?

DIAFOIRUS. -¡Optimo!

ARGAN (A ANGÉLICA.) -Vamos, saluda al señor.

TOMÁS (A DIAFOIRUS.) -¿Debo besarle la mano?

DIAFOIRUS. -Sí, Sí.

TOMÁS (A ANGÉLICA.) -Señora: Con justicia os ha concedido el cielo el título de madre, puesto que...

ARGAN. -Esa no es mi mujer, es mi hija.

TOMÁS. -Pues ¿dónde está?

ARGAN. -Vendrá ahora.

TOMÁS (A DIAFOIRUS.) -¿Aguardo a que venga?

DIAFOIRUS. -Saluda a la hija.

TOMÁS. -Señorita: Así como de la estatua de Memnón salían sonidos armoniosos al ser iluminada por los rayos del sol, de igual manera me siento yo animado de un dulce transporte al recibir los resplandores de vuestra belleza. Y del mismo modo que, según observan los naturalistas, la flor llamada heliotropo gira sin cesar hacia el astro del día, así mi corazón desde ahora girará de continuo atraído por el fulgor de vuestros ojos adorables, que son mi único polo... Permitid, señorita, que deposite en el altar de vuestros encantos la ofrenda de este corazón, que ni alienta ni ambiciona otra gloria que la de ser, mientras viva, vuestro muy humilde, muy obediente y muy fiel servidor y marido.

ANTONIA (En chanza). -¡Ya merece la pena quemarse las pestañas estudiando y poder decir luego cosas tan lindas!

ARGAN (A CLEONTE). -¿ Qué decís vos de esto?

CLEONTE. -Que estoy maravillado de oír al señor, y que si es tan buen médico como orador notable, dará gusto enfermar para ser asistido por él.

ANTONIA. -Seguramente. Si sus curaciones son como sus discursos, será cosa de pasmo.

ARGAN. -Vaya, acérquenme mi butaca, y sentémonos todos. Tú aquí, hija mía. (A DIAFOIRUS.) Os doy la enhorabuena por tener tal hijo; ya veis cómo todos le admiran.

DIAFOIRUS. -Señor: No es porque sea mi hijo, pero tengo motivos sobrados para estar orgulloso. Todo el que le conoce habla de él como de un joven que no tiene pero. Nunca tuvo la imaginación viva, ni esa fogosidad que se echa de ver en algunos; pero por eso mismo auguré siempre que sería juicioso, cualidad indispensable para el ejercicio de nuestra profesión. De pequeño, jamás se le tuvo por un muchacho listo y despejado, como suele decirse: de carácter dulce, apacible y taciturno, no se le vio nunca entretenido en esas múltiples distracciones que se llaman juegos infantiles. A los nueve años aun no conocía las letras, y costó Dios y ayuda enseñarle a leer... "¡Bien! -me decía yo-; los árboles tardíos son los que dan mejores frutos. Por costar más trabajo grabar en el mármol que escribir en la arena, son más duraderos los caracteres. Esta lentitud de comprensión, esta escasez imaginativa son síntomas de buen juicio en el porvenir". Sus primeros años de colegio fueron muy duros; pero su obstinación supo vencer todas las dificultades, haciéndose lenguas sus profesores en elogio de su constancia y asiduidad en el trabajo... Al fin, a fuerza de batir en el yunque, ganó brillantemente su licenciatura; y puedo decir, sin envanecerme, que en las controversias suscitadas en nuestro colegio, desde hace dos años, ninguno armó tanto ruido como él. Es un discutidor formidable, que no deja pasar proposición sin llevar la contraria; y conservando su frialdad en la disputa, aferrado como un turco a sus principios, no cede jamás en sus opiniones y lleva el razonamiento hasta los límites más recónditos de la lógica. Pero sobre todas sus cualidades la que más me agrada es que, guiándose de mi ejemplo, sigue ciegamente los principios de la escuela antigua, sin que haya querido discutir ni prestar atención a esos pretendidos adelantos y experiencias de nuestro siglo, tales como la circulación de la sangre y otras divagaciones de igual calibre.

TOMÁS (Sacando un enorme mamotreto que ofrece a ANGÉLICA.) -He aquí la tesis sostenida por mí contra los partidarios de la circulación. Con la venia de vuestro padre, os la ofrezco como primicia de mi ingenio.

ANGÉLICA. -¿Para qué quiero yo eso si no entiendo jota?

ANTONIA. -Dádmelo, dádmelo a mí, que recortaré la orla y la pondré en mi cuarto.

TOMÁS. -Igualmente con permiso de vuestro padre, os invito a que asistáis uno de estos días a la disección de una mujer. Es un espectáculo muy entretenido y en el que tengo que actuar.

ANTONIA. -Debe ser divertidísimo. Hay quien lleva al teatro a su dama; pero invitarla a una disección es mucho más galante.

DIAFOIRUS. -Por lo demás, en lo que respecta a las cualidades que se requieren para el matrimonio y la propagación de la especie, puedo aseguraros que, según las reglas del arte, está a pedir de boca; posee en un grado loable la virtud prolífica, y su temperamento es justamente el que se requiere para engendrar y procrear hijos fuertes.

ARGAN. -¿Y no entra en vuestros cálculos el irlo introduciendo en la corte y obtenerle una plaza de medico?

DIAFOIRUS. -Si he de deciros la verdad, nuestra profesión al lado de esa gente grande es muy desairada. Yo he preferido siempre vivir del público. Es más cómodo, más independiente y de menos responsabilidad, porque nadie viene a pedirnos cuentas; y con tal que se observen las reglas del arte, no hay que inquietarse por los resultados. En cambio, asistiendo a esos señorones, siempre se está en vilo, porque apenas caen enfermos quieren decididamente que el médico los cure.

ANTONIA. -¡Vaya una gracia! ¡Se necesita ser impertinente para pretender que lo cure el médico! Los médicos no son para eso; los médicos no tienen más misión que la de recetar y cobrar; el curarse o no, es cuenta del enfermo.

DIAFOIRUS. -¡Claro está! Uno no tiene más obligación que la de seguir el formulario.

ARGAN (A CLEONTE). -Haced un poco de música para que los señores oigan a mi hija.

CLEONTE. -Aguardaba vuestro mandato; pero ya había yo pensado, para hacer más agradable esta reunión, que cantáramos algunos pasajes de una obra nueva, recientísima. (Dando unos papeles a ANGÉLICA.) Tomad vuestro papel.

ANGÉLICA. -¿Yo?

CLEONTE (Bajo, a ANGÉLICA). - Os ruego que accedáis y que me dejéis explicaros la escena que va os a representar. Yo tengo poca voz, pero la suficiente para que me escuchen y acompañaros sin desentonar.

ARGAN. -¿Son bonitos los versos?

CLEONTE. -Se trata de una improvisación hecha en prosa rimada a modo de verso libre, con objeto de que los personajes expresen más espontáneamente su pasión.

ARGAN. -Está bien. Ya escuchamos.

CLEONTE. -Un pastor explica a su adorada todo el proceso de su amor, desde el instante en que se conocieron, luego ambos, haciendo la situación suya, se replican cantando. He aquí el asunto. A un pastor que asiste al espectáculo vienen a distraerle de su atención unas palabras violentas que escucha a su lado. Se vuelve, y viendo a un bárbaro que insulta brutalmente a una pastora, toma la defensa del sexo al que todos los hombres deben homenaje. Primeramente aplica al grosero él castigo que merece su insolencia; después, acudiendo al lado de la pastora, descubre los ojos más lindos que jamás se hayan visto, vertiendo las lágrimas más bellas del mundo. "Pero ¿es posible -se dice - que haya alguien capaz de ofender a semejante criatura? ... ¿Qué inhumano salvaje no se estremecería ante estas lágrimas?" El pastor procura contenerlas, y de tal modo la amable pastora agradece su solicitud; con tal encanto, tan tierna y apasionadamente, que el pastor no puede resistir, y cada palabra, cada mirada es un dardo inflamado que penetra en su corazón. "¿Hay algo que pueda merecer tal reconocimiento? -dice él-. ¿Y qué no haría yo..., qué servicios y a qué peligros no me arrojara por merecer un solo instante la atención de alma tan generosa?"... El espectáculo transcurre sin que él le preste la menor atención, y sólo al terminar encuentra que ha sido demasiado breve, pues ha de separarse de ella... Esta primera entrevista, estos solos momentos, producen en su corazón la violencia de un amor alimentado por los años. Hace los imposibles por volver a verla; pero como la vigilancia en que ella vive se lo impide, se resuelve a pedir su mano y obtiene de ella el consentimiento para hacerlo, a la par que le advierte de que su padre ha concertado su matrimonio con otro, y que todo está ya dispuesto para la ceremonia. ¡Juzgad qué golpe tan cruel para el corazón de aquel triste pastor!.. Un sufrimiento moral le aniquila, y no pudiendo soportar la idea de ver a la que ama en brazos de otro, su amor desesperado le hace imaginar una trama con que introducirse en casa de la pastora para conocer sus sentimientos y escuchar de sus labios cuál es el destino que le aguarda. Al llegar, ve los temidos preparativos y conoce al indigno rival que el capricho de un padre opone a las ternezas de su amor. Ve a ese rival ridículo, triunfante al lado de su amable pastora y poseído como el que ha hecho una conquista. Esta presencia le llena de tal cólera que apenas puede dominarse; mira dolorosamente a la que ama, y por respeto a ella y a la presencia del padre, guarda silencio, expresándose sólo con los ojos, hasta que, al fin, no pudiendo contener los transportes de su pasión, habla así: (Canta.)

Mi sufrir, bella Filis,
es excesivo sufrir.
Este duro silencio rompamos
y nuestro pecho abramos.
Mi destino mostradme:
¿vivir debo o morir?

ANGÉLICA

Ya me veis, Tirsis, triste y melancólica
ante los desposorios
que tanto os acongojan.
Abro al cielo los ojos,
os miro,
suspiro...
¿qué más puedo decir?

ARGAN. -¡Demonio! ¿Quién podía sospechar tales habilidades en mi hija?

CLEONTE

¡Oh, bella Filis!
¿Sería tan dichoso,
Tirsis enamorado,
que hueco hubiera hallado
en vuestro corazón?

ANGÉLICA

A tal punto llegados,
defenderme no puedo,
Tirsis, os idolatro.

CLEONTE

¡Oh, frases de esperanza suma!
¿Las he oído bien?
Repetidlas y cesen ya mis dudas.

ANGÉLICA. -Te adoro.

CLEONTE. -Otra vez, por favor.

ANGÉLICA. -Te adoro.

CLEONTE. -Repetidlo cien veces, no os canséis.

ANGÉLICA

Te adoro, sí, te adoro, te adoro,
Tirsis, te adoro.

CLEONTE

Dioses y reyes que contempláis
a vuestros pies la tierra,
¿podríais comparar
con mi dicha la vuestra?
Mas, ¡oh, Filis!, este éxtasis,
la idea de un rival
viene a turbar.

ANGÉLICA

Más que a la muerte mi alma lo detesta
y, lo mismo que a vos,
su vista me atormenta.

CLEONTE

Pero una promesa
paternal os obliga.

ANGÉLICA

Antes morir que consentir,
antes morir.

ARGAN. -Y ¿qué dice a todo esto el padre?

CLEONTE. -Nada.

ARGAN. -¡Valiente majadero, soportar tanta pertinencias sin decir palabra!

CLEONTE. -¡Ay, amor mío!

ARGAN. -¡Basta, basta ya!... ¡La tal comedia es escandalosa! Ese pastor Tirsis es un impertinente, y la pastora Filis, que habla de ese modo delante de su padre, es una impúdica. A ver esos papeles... ¡Ya, ya! ¿Dónde está aquí la letra que habéis cantado? Aquí no hay más que música.

CLEONTE. -Pero ¿no sabéis, señor, que se ha inventado hace poco el medio de escribir letras con los mismos signos de la música?

ARGAN. -Está bien... Para serviros, señor mío. Hasta la vista. Y maldita la falta que nos hacía conocer una obra tan impertinente.

CLEONTE. -Creí que os divertiría.

ARGAN. -Las majaderías no divierten nunca... Aquí está ya mi esposa.

ESCENA VI

BELISA, ARGAN, ANTONIA, ANGÉLICA, DIAFOIRUS y TOMÁS

ARGAN. -Amor mío, te presento al hijo del señor Diafoirus.

TOMAS (Comienza una salutación que traía aprendida; pero se le va la memoria y se corta). -Señora: Con justicia os han concedido los cielos el nombre que tan claramente luce en vuestro rostro y que...

BELISA. -Encantada de conoceros.

TOMÁS. -Que tan claramente puede leerse en vuestro rostro... puede leerse en vuestro rostro. . . Vuestra interrupción, señora, me ha hecho perder el hilo.

DIAFOIRUS (A su hijo). -Reserva el discurso para otra ocasión.

ARGAN. -Hubiéramos deseado verte antes.

ANTONIA. -¡Lo que os habéis perdido, señora!... ¡El segundo padre, la estatua de Memnón, la flor llamada heliotropo!...

ARGAN. -Vamos, hija mía. Enlaza tu mano a la del señor y dale tu palabra de esposa.

ANGÉLICA. -¡Padre!

ARGAN. -¡Padre! ¿Qué quiere decir eso?

ANGÉLICA. -Os ruego, por favor, que no precipitéis las cosas. Concedednos el tiempo necesario para que nos lleguemos a conocer y para que nazca entre nosotros la inclinación indispensable en toda unión.

TOMÁS. -En mí ya nació, señorita, y por mi parte no hay nada que aguardar.

ANGÉLICA. -Si vos sois tan súbito, a mi no me sucede lo mismo; y os confieso que vuestros méritos aún no han logrado hacer una gran impresión en mi alma.

ARGAN. -¡Bah, bah! Todo esto vendrá con el matrimonio.

ANGÉLICA. -Dadme tiempo, padre mío, os lo ruego. El matrimonio es una cadena a la cual no se debe ligar nadie violentamente; y si el señor es un hombre honrado, no debe aceptar por esposa a una mujer que se uniría a él por la fuerza.

TOMÁS. -Nego consequentiam. Señorita, yo puedo ser un hombre honrado y aceptaros de manos de vuestro padre.

ANGÉLICA. -Mal camino para hacerse amar el de la violencia.

TOMÁS. -Señorita, las antiguas historias nos cuentan que era costumbre raptar de la casa paterna a la joven con la cual se iba a contraer matrimonio, precisamente para que no pareciera que se entregaba voluntariamente en brazos de un hombre.

ANGÉLICA. -Los antiguos, señor, eran los antiguos, y nosotros somos gentes de ahora; de una época en que no son necesarios esos subterfugios, porque cuando un marido nos agrada sabemos aproximarnos a él sin que se nos obligue. Tened, pues, paciencia, y si me amáis, mis deseos deben ser también vuestros.

TOMÁS. -Siempre que no se opongan a las intenciones de mi amor.

ANGÉLICA. -Y ¿qué mayor prueba de amor que la de someterse a la voluntad de quien se ama?

TOMÁS. -Distingo, señorita: en aquello que no se refiera a la posesión, concedo; pero en lo que le concierne, nego.

ANTONIA. -¡Así se razona! (A ANGÉLICA.) El señor, sale ahora, vivito y coleando, de la escuela, y siempre tendrá una réplica para quedar encima. ¿A qué viene, esa resistencia y por qué renunciáis a la gloria de uniros con el cuerpo facultativo?

BELISA. -Acaso haya por medio otra inclinación.

ANGÉLICA. -Si la hubiera, sería de tal naturaleza que la razón y la honestidad podrían autorizarla.

ARGAN. -¡Por lo visto, yo no soy más que un monigote!

BELISA. -Yo, en tu caso, hijo mío, no la obligaría a casarse, y... ya sabría yo lo que hacer con ella.

ANGÉLICA. -Comprendo lo que queréis decir, señora, y conozco vuestras caritativas intenciones respecto a mí; pero acaso vuestros deseos no se realicen.

BELISA. -Lo creo; las jovencitas de hoy, muy juiciosas y recatadas, se burlan de la sumisión y obediencia que se debe a los padres. Eso estaba bien en otros tiempos.

ANGÉLICA. -Los deberes de hija tienen un límite, señora, y no hay razón ni ley alguna que obligue a obedecer en todo ciegamente.

BELISA. -Eso quiere decir que no es que desdeñes el matrimonio, sino que quieres elegir un marido a tu gusto.

ANGÉLICA. -Y Si mi padre no quiere dármelo, al menos que no me obligue a casarme con quien no puedo amar.

ARGAN. -Perdonad esta escena, señores.

ANGÉLICA. -Cada cual lleva sus intenciones al casarse. Yo, que no quiero un marido sino para amarle de veras y hacer de él el objeto de mi vida, tengo que tomar mis precauciones. Hay quien se casa para libertarse de la tutela paterna y campar a su gusto; hay también, señora, quien hace del matrimonio un comercio, y quien se casa únicamente por los beneficios, enriqueciéndose a la muerte del marido y pasando, sin escrúpulos, de uno a otro sin más fin que expoliarlos.

BELISA. -Estás muy habladora... ¿ Qué es lo que quieres decir con todo ese discurso?

ANGÉLICA. -¿Qué he de querer decir más de lo que he dicho.?

BELISA. -¡Eres de una estupidez insoportable!

ANGÉLICA. -Si lo que pretendéis es obligarme a que os conteste una insolencia, os advierto que no lo vais a lograr.

BELISA. -¡Hay mayor impertinente!

ANGÉLICA. -Favor que me hacéis.

BELISA. -Tienes una presunción y un orgullo tan ridículos que da lástima.

ANGÉLICA. -Todo cuanto digáis será inútil, porque no he de abandonar mi discreción; y para que no os quede la esperanza de lograrlo, me voy.

ARGAN (A Angélica, que va a salir.) -Escúchame bien: o te casas con el señor dentro de cuatro días o entras en un convento. (A Belisa.) No te sofoques, que ya le ajustaré las cuentas.

BELISA. -Siendo mucho dejarte, hijo mío, pero tengo que salir a un asunto que no admite excusa. Volveré corriendo.

ARGAN. -Anda, amor mío; y de camino pásate por casa del notario y dale prisa para que haga lo que ya sabes.

BELISA. -Adiós, chiquitín.

ARGAN. -Adiós, chacha... He aquí una mujer que me adora hasta lo increíble.

DIAFOIRUS. -Con vuestro permiso nos retiramos.

ARGAN. -Antes os ruego que me digáis cómo estoy.

DIAFOIRUS (Tomándole el pulso.) Vamos, Tomás, tómale la otra mano y veamos si sabes hacer un diagnóstico por el pulso. ¿Quid dicis?

TOMÁS. -Dico que el pulso del señor es el pulso de un hombre que no está bueno.

DIAFOIRUS. -Bien.

TOMÁS. -Que está duriúsculo, por no decir duro.

DIAFOIRUS. -Muy bien.

TOMÁS. -Agitado.

DIAFOIRUS. -Bien.

TOMÁS. -Un poco desigual.

DIAFOIRUS. -Óptimo.

TOMÁS. -Lo cual produce una intemperancia en el parénquima esplénico; es decir, en el bazo.

DIAFOIRUS. -Muy bien.

ARGAN. -No. Purgon dice que mi enfermedad está en el hígado.

DIAFOIRUS. -¡Claro! Quien dice parénquima, lo mismo dice hígado que bazo, a causa de la estrecha simpatía que los une, ya por el vaso breve, por el píloro y, frecuentemente, por los conductos colidocos. Os habrá prescripto, sin duda, que comáis mucho asado.

ARGAN. -No; nada más que cocido.

DIAFOIRUS. -Sí.... asado y cocido vienen a ser lo mismo. Todas las prescripciones están muy atinadas. No podíais haber caído en mejores manos.

ARGAN. -Y decidme, señor: ¿cuántos gramos de sal deben echarse en un huevo?

DIAFOIRUS. -Seis, ocho, diez...; siempre números pares; al revés que en los medicamentos, que siempre son impares.

ARGAN. -Hasta la vista, señor.

ESCENA VII

ARGAN y BELISA

BELISA. -Hijo mío, vengo, antes de marcharme, a prevenirte una cosa. Ahora mismo, al pasar por delante de su alcoba, he visto a Angélica con un hombre que ha huido al verme.

ARGAN. -¡Mi hija con un hombre!

BELISA. -Sí. Luisa estaba con ellos y te lo podrá contar todo.

ARGAN. -Mándamela aquí, amor mío. ¡La muy sinvergüenza!... ¡Ahora me explico su negativa!

ESCENA VIII

ARGAN y LUISA

LUISA. -¿Qué queréis, papá?

ARGAN. -Ven acá. Acércate. Levanta los ojos y mírame a la cara. ¿A ver?

LUISA. -¿Qué, papá?

ARGAN. -¿No tienes nada que contarme?

LUISA. -Os contaré, para entreteneros, el cuento de la piel del burro o la fábula del cuervo y la zorra, que he aprendido hace poco.

ARGAN. -No es eso lo que quiero.

LUISA. -¿Qué es entonces?

ARGAN. -De sobra sabes tú, granuja, a lo que me refiero.

LUISA. -No sé.

ARGAN.-¿Es esta tu manera de obedecerme?

LUISA. -¿En qué?

ARGAN. -¿No te encargué que vinieras inmediatamente a contarme todo lo que vieras?

LUISA. -Sí, papá.

ARGAN. -¿Y lo has hecho?

LUISA. -Sí, papá. Cuando he visto algo, he venido a contároslo.

ARGAN. -Y hoy, ¿no has visto nada?

LUISA. -No, papá.

ARGAN. -¿No?

LUISA. -No, papá.

ARGAN. -¿Seguro?

LUISA. -Seguro.

ARGAN. -Está bien; yo te haré que veas algo. (Coge unas disciplinas)

LUISA. -¡Papá, papá!

ARGAN. -¡Farsante!... ¿No quieres decirme que has visto a un hombre en la alcoba de tu hermana?

LUISA. -¡Papá!

ARGAN. -Yo te enseñaré a mentir.

LUISA. -(Echándose a los pies de su padre.) Perdón, papá, perdón. Mi hermana me rogó que no os dijera nada; pero yo os lo contaré todo.

ARGAN. -Primero te tengo que azotar por haberme mentido; después, ya veremos.

LUISA. -¡Perdón, papá!

ARGAN. -No.

LUISA. -¡No me azotes, papaíto!

ARGAN. -Ahora lo verás.

LUISA. -¡Por Dios, papá!

ARGAN. - (Sujetándola para zurrarle.)¡Vamos, vamos!

LUISA. -¡Me habéis herido!... ¡Me muero! (Cae, haciéndose la muerta.)

ARGAN. -¿ Qué es esto?... ¡Luisa!... ¡Luisa!... ¡Dios mío! ¡Luisa, hija mía!.. ¡Ah, desventurado, que acabas de matar a tu hija! ¿Qué has hecho, miserable? ¡Malditas disciplinas!... ¡Hija mía, Luisa!

LUISA. -No lloréis, papá, que no estoy muerta del todo.

ARGAN. -¡Hay mayor trapacería!... Te perdono por esta vez, pero me has de contar lo que has visto.

LUISA. -Sí, papá.

ARGAN. -Mucho ojo conmigo, porque este meñique lo sabe todo, y si mientes me lo advertirá.

LUISA. -Pero no le digáis a mi hermana que yo os he contado.

ARGAN. -No.

LUISA. -Pues estando yo en el cuarto de Angélica ha llegado un hombre.

ARGAN. -¿Y qué?

LUISA. -Le pregunté qué deseaba y me dijo que era el maestro de canto.

ARGAN. -¡Huy, huy, huy! ¡Ya hemos cogido la hebra!... ¿Qué más?

LUISA. -A poco ha venido mi hermana.

ARGAN. -¿Y qué?

LUISA. -Angélica le ha dicho: "¡Salid, salid, salid de aquí! ¡Por Dios, salid, salid o causaréis mi desesperación!"

ARGAN. -Sigue.

LUISA. -Él no quería marcharse.

ARGAN. -¿Qué le decía?

LUISA. -¡Yo no sé cuántas cosas!

ARGAN. -¿Y qué más?

LUISA. -Seguía hablando: que por aquí, que por allá; que la amaba y que era la criatura más bella del mundo.

ARGAN. -¿Y qué más?

LUISA. -Que se puso de rodillas.

ARGAN. -¿Y después?

LUISA. -Que le besó las manos.

ARGAN. -¿Y después?

LUISA. -Que viendo llegar a mi madrastra, huyó.

ARGAN. -¿Y nada más?

LUISA. -Nada más, papá.

ARGAN. -Mi meñique quiere decirme algo. (Se mete el dedo en el oído.) Aguarda... ¡Sí, sí! Lo ves: dice que has visto algo más y no quieres contármelo.

LUISA. -¡Pues es un embustero vuestro meñique!

ARGAN. -¡Cuidado!

LUISA. -No le hagáis caso, que miente; os lo aseguro.

ARGAN. -Bien, bien; ya veremos. Márchate y ten mucho ojo... ¡Cuántos quebraderos de cabeza! No le dejan a uno tiempo ni para pensar en sus enfermedades... ¡No puedo más! (Se deja caer en su sillón.)

ESCENA IX

ARGAN y BERALDO

BERALDO. -¡Hola, hermano! ¿Cómo te va?

ARGAN. -¡Muy Mal!

BERALDO. -¿Cómo es eso?

ARGAN. -Tengo una debilidad y un decaimiento increíbles.

BERALDO. -¡Vaya por Dios!

ARGAN. -¡Ni para hablar tengo fuerzas!

BERALDO. -Venía a proponerte un gran partido para mi sobrina Angélica.

ARGAN. -(Exaltado y levantándose del sillón.) ¡No me hables de esa bribona!... ¡Es una pícara, impertinente y desvergonzada, a la que encerraré en un convento antes de cuarenta y ocho horas!

BERALDO. -¡Esto va bien! Veo que recuperas las fuerzas y que mi vista te da ánimos. Ya hablaremos de eso luego. Ahora vamos a distraernos; eso te quitará el enojo y dispondrá tu ánimo para lo que hemos de tratar después. Me he tropezado con una comparsa de gitanos disfrazados de moros que bailan y cantan, y persuadido de que vas a divertirte, lo que vale tanto como una receta de Purgon, la he hecho venir... ¡Vamos!

FIN DEL SEGUNDO ACTO

SEGUNDO INTERMEDIO

BERALDO, para distraer a su hermano, da entrada a una comparsa de gitanos y gitanas, disfrazados de moros, que cantan y bailan.

GITANAS. -Aprovechad la primavera
de vuestros años juveniles
y consagraos a sus ternezas.
Los más seductores placeres,
sin el llamear del amor
no tienen bastante atractivo
para llenar mi corazón.
Aprovechad la primavera
de vuestros años juveniles
y consagraos a sus ternezas.
No perdáis sus instantes;
a la belleza
la borra el tiempo,
y presto acude
la edad de hielo,
que trueca los placeres en tristezas.
Aprovechad la primavera
de vuestros años juveniles
y consagraos a sus ternezas.

(Danzan todos, haciendo saltar a unos monos que traen con ellos.)

FIN DEL SEGUNDO INTERMEDIO

ACTO TERCERO

ESCENA PRIMERA

ARGAN, BERALDO y ANTONIA

BERALDO. -¿Qué te ha parecido? ¿No es esto más saludable que un purgante?... Es necesario que hablemos unos momentos mano a mano.

ARGAN. -Aguarda, que ahora vuelvo.

ANTONIA. -Tomad... Ya se os olvidaba que no podéis andar sin apoyaros en el bastón.

ARGAN. -Es verdad.

ESCENA II

BERALDO y ANTONIA

ANTONIA. -Por Dios, no abandonéis a vuestra sobrina.

BERALDO. -Haré cuanto pueda por el logro de sus deseos.

ANTONIA. -Es preciso impedir ese proyecto extravagante que se le ha metido en la cabeza a vuestro hermano. Yo había pensado que metiendo por medio otro médico que desacreditara al señor Purgon adelantaríamos mucho; pero como no tenemos de quién echar mano, he inventado una trama que yo misma voy a representar.

BERALDO. -¿Tú?

ANTONIA. -Una farsa que acaso dé buen resultado. Vos trabajad por vuestra parte y yo por la mía. Ya vuelve.

ESCENA III

ARGAN y BERALDO

BERALDO. -Ante todo, te ruego que me oigas con calma y sin que se te vaya el santo al cielo.

ARGAN. -Conforme.

BERALDO. -Que respondas acorde y sin exaltación a mis palabras.

ARGAN. -Sí.

BERALDO. -Y que discurras sobre el asunto que vamos a tratar sin apasionamiento.

ARGAN. -Sí; pero basta ya de preámbulo.

BERALDO. -¿Cómo es que teniendo una buena fortuna y una sola hija -porque la otra es aún muy pequeña- quieres encerrarla en un convento?

ARGAN. -Porque, siendo yo el cabeza de familia, puedo hacer con ella lo que me dé la gana.

BERALDO. -Y ¿no obedecerá más bien a deseos de tu mujer? ¿No es ella la que te aconseja que te separes de tus hijas? Claro está que ella lo hace con la mejor intención y con el deseo de que sean dos excelentes religiosas.

ARGAN. -¡Ya apareció aquello! Ya salió a relucir esa pobre mujer, a la que no puede ver nadie y a la que se culpa de todo.

BERALDO. -No es eso. No hablemos más de ella; ella es una mujer bonísima, animada de las mejores intenciones para los tuyos, llena de desinterés, que te ama tiernamente y que ha demostrado un afecto inconcebible hacia tus hijos; todo eso es exacto. No hablemos más de ella, y volvamos a tratar de tu hija. ¿Cuál es tu intención al desear casarla con el hijo de un médico?

ARGAN. -Tener el yerno que necesito.

BERALDO. -Por eso a ella no le conviene, sobre todo presentándosele un partido mucho más ventajoso.

ARGAN. -Para mí el más ventajoso es éste.

BERALDO. -Pero el marido ¿es para ella o para ti?

ARGAN. -Para los dos; quiero tener en la familia las personas que me son necesarias.

BERALDO. -Según eso, si Luisa fuera mayor la casarías con un farmacéutico.

ARGAN. -¿Y por qué no?

BERALDO. -Pero ¿es posible que te emperres en vivir zarandeado por médicos y boticarios y que quieras estar enfermo en contra de la opinión de todos y de tu misma naturaleza?

ARGAN. -¿Qué me quieres decir con eso?

BERALDO. -Quiero decirte que no conozco hombre más sano que tú y que no quisiera más que tener una constitución como la tuya. La prueba más palpable de lo bueno que estás y de que tienes un organismo perfectamente sano es que, a pesar de todo lo que has hecho, no has conseguido quebrantar lo saludable de tu naturaleza ni has reventado con tanta medicina.

ARGAN. -¡Gracias a ellas vivo, querido hermano! Y mil veces me ha repetido el señor Purgon que soy hombre muerto con que deje de atenderme nada más de tres días.

BERALDO. -Pues si no pones coto, tanto te atenderá que te enviará al otro mundo.

ARGAN. -Seamos razonables, hermano mío... ¿Tú no crees en la medicina?

BERALDO. -No. Ni veo la necesidad de creer en ella para estar sano.

ARGAN. -¡Cómo!... ¿Tú no tienes por verdadera una cosa establecida en todo el mundo y sancionada por los siglos?

BERALDO. -Lejos de creerla verdadera, te diré que la considero como una de las más desatinadas locuras que cultivan los hombres. Y si estudiamos la cuestión desde un punto de vista filosófico, creo que no hay farsa más ridícula que la de un hombre que se empeña en curar a otro.

ARGAN. -Y ¿por qué no ha de poder un hombre curar a otro?

BERALDO. -Por la sencilla razón de que, hasta el presente, los resortes de nuestra máquina son un misterio en el que los hombres no ven gota; el velo que la naturaleza ha puesto ante nuestros ojos es demasiado tupido para que podamos penetrarlo.

ARGAN. -Según eso, los médicos no saben nada.

BERALDO. -Sí, saben; saben lo más florido de las humanidades; saben hablar lucidamente en latín; saben decir en griego el nombre de todas las enfermedades, su definición y clasificación...; de lo único que no saben una palabra es de curar.

ARGAN. -Pero estarás conforme, al menos, en que de esta materia los médicos saben más que nosotros.

BERALDO. -Saben lo que acabo de decirte, que maldito sí sirve para nada. Todas las excelencias de ese arte se reducen a un pomposo galimatías y una engañosa locuacidad que da palabras por razones y promesas por hechos.

ARGAN. -Pues hay personas tan hábiles y cultas como tú que cuando se encuentran mal llaman a un médico.

BERALDO. -Síntoma de la flaqueza humana, no de la efectividad de ese arte.

ARGAN. -Pero los médicos no tienen más remedio que creer en él, puesto que lo emplean en ellos mismos.

BERALDO. -Es que entre ellos los hay que participan de ese mismo error popular del cual se aprovechan, y los hay también que, sin creer en él, lo explotan. Tu señor Purgon, por ejemplo, es un hombre poco agudo: un médico de pies a cabeza, que cree en las reglas de su arte más que en las demostraciones matemáticas y que no admite discusión sobre ellas. Para él, la medicina no tiene punto obscuro, ni dudoso, ni complicado; impetuoso en sus apreciaciones, con una confianza inquebrantable y una brutalidad falta de sentido común y de raciocinio, suministra purgantes y sangrías a trochemoche, sin que haya nada que le detenga... Haga lo que haga, él no imagina que pueda perjudicarte nunca; con la mejor buena fe del mundo te manda al cementerio y, al matarte, no hace ni más ni menos que lo que hizo con su mujer y con sus hijos y lo que llegado el caso, haría consigo propio.

ARGAN. -Le tienes malquerencia al señor Purgon; pero tú dirás qué es lo que debe hacer uno cuando está enfermo.

BERALDO. -Nada.

ARGAN. -¿Nada?

BERALDO. -Nada... Guardar reposo y dejar que la misma naturaleza, paulatinamente, se desembarace de los trastornos que la han prendido. Nuestra inquietud, nuestra impaciencia es lo que lo echa todo a perder; y puede decirse que la mayoría de las criaturas mueren de los remedios que les han suministrado y no de las enfermedades.

ARGAN. -Convendrás en que hay una porción de cosas que pueden ayudar a la naturaleza.

BERALDO. -Ideas en las que nos agrada refugiarnos. En todas las épocas han germinado entre los hombres una cantidad de fantasías en las que todo el mundo ha creído porque eran halagüeñas, y lo lastimoso es que no fueran ciertas. Cuando un médico habla de ayudar, de socorrer, de aliviar a la naturaleza; cuando dice de quitarle lo que le sobra o de suministrarle lo que le falta; de restablecer la facilidad de sus funciones; de limpiar la sangre; de atemperar las entrañas y el cerebro; de reducir el bazo, normalizar el pecho, reparar el hígado, fortificar el corazón; restablecer y conservar el calor natural...; de secretos, en fin, para prolongar la vida, no hace precisamente más que narrar la novela de la medicina, dentro de la verdad y de la experiencia, no encontramos comprobación ninguna; es, como esos sueños deliciosos que no dejan al despertar más que la tristeza de haber creído en ellos.

ARGAN. -En resumen: toda la ciencia de este mundo está encerrada en tu mollera, y tú sabes más que todos los grandes médicos de nuestro siglo.

BERALDO. -Tus grandes médicos tienen dos personalidades: si los oyes hablar, es la gente más lista del mundo; pero si los ves hacer, no hay hombres más ignorantes que ellos.

ARGAN. -¡Ya, ya! Veo que eres doctísimo; pero celebrarla que se hallara presente alguno de esos señores para que rebatiera tus razonamientos.

BERALDO. -Yo no me dedico a combatir la medicina. Buenas o malas, cada uno tiene sus ideas, y cuanto te he dicho ha sido en el seno de la intimidad y con el propósito de sacarte de tu error. Ahora, para distraerte, te llevaría a ver una comedia de Molière precisamente sobre este tema.

ARGAN. -¡Valiente impertinente está el tal Molière!... ¡Me parece de muy mal gusto hacer chacota de gente tan respetable como los médicos!

BERALDO. -No es de los médicos, sino de lo ridículo de la medicina.

ARGAN. -Y ¿quién le manda a él inspeccionar la medicina? Es una necedad y una inconveniencia burlarse de las visitas y de las prescripciones y elegir un cuerpo de personas tan venerables para sacarle a escena.

BERALDO. -¿Qué ha de sacar más que las diversas profesiones del hombre? ¿No sacan diariamente a reyes y princesas, que han nacido en tan buenos pañales como los médicos?

ARGAN. -¡Por vida del diablo, que si yo fuera médico me vengaría de su impertinencia dejándole morir, sin auxilios cuando estuviera malo! ¡Aunque lo pidiera por Dios, no le recetaría la más leve sangría ni el más ligero purgante! "¡Revienta ahí, y aprende a no burlarte de la Facultad!", le diría yo.

BERALDO. -¿Tan indignado estás con él?

ARGAN. -Sí, porque es un imprudente; y si los médicos procedieran con cordura, harían lo que yo he dicho.

BERALDO. -Él será más cuerdo que los médicos, porque no los llamará nunca.

ARGAN. -Peor para él, si se priva de sus remedios y recursos.

BERALDO. -Tiene sus razones para hacerlo, porque él sostiene que sólo las personas muy vigorosas y robustas pueden resistir a un tiempo los remedios y la enfermedad. Por su parte, él no tiene aguantes más que para soportar la enfermedad.

ARGAN. -¡Vaya una razón estúpida! No hablemos más de ese individuo, porque se me irrita la bilis y acabaré teniendo un ataque.

BERALDO. -Pues cambiemos de conversación... Respecto a lo de tu hija, no está bien que por un ligero altercado tomes una resolución tan violenta como la de encerrarla en un convento. Al elegirles un marido no debemos obedecer ciegamente al mandato de nuestros prejuicios; debemos conceder algo a la inclinación de nuestras hijas, puesto que de eso depende la felicidad de una unión que ha de durar toda la vida.

ESCENA IV

ARGAN, BERALDO y FLEURANT, que llega armado de una lavativa.

ARGAN. -(A Beraldo.) Con tu permiso.

BERALDO. -¡Cómo!... ¿Qué vas a hacer?

ARGAN. -No es más que un ligero lavado. Cuestión de un instante.

BERALDO. -¡Vaya una broma! ¿ Pero es que no puedes pasar un momento sin lavados y sin medicinas? ¡Deja eso para otra ocasión y estate aquí tranquilo!

ARGAN. -Hasta la noche o hasta mañana, señor Fleurant.

FLEURANT (A Beraldo.) -¿Quién sois vos para oponeros a las prescripciones de la medicina e impedir que el señor tome su ayuda? ¡Es un atrevimiento bastante necio!

BERALDO. -¡Ande, ande!... Ya se ve que no estáis acostumbrado a hablar con la gente mirándole a la cara.

FLEURANT. -¡Eso es burlarse de la medicina y hacerme a mí perder el tiempo! Yo no he venido aquí sino en el cumplimiento de mi deber y portador de una receta en regla; pero ahora mismo voy a notificar al señor Purgon que se me ha impedido cumplir sus órdenes y ejecutar mis funciones. ¡Ya veréis vos, ya veréis!... (Se marcha.)

ARGAN. -¡Tú, tendrás la culpa del desastre que se me avecina!

BERALDO. -¿Desastre por no tomar la ayuda recetada por Purgon?... Te vuelvo a repetir otra vez: ¿no habrá manera de curarte de la enfermedad de los médicos y de vivir bajo un continuo chaparrón de recetas?

ARGAN. -Hablas como un hombre que está sano; si estuvieras en mi lugar usarías otro lenguaje. Es muy cómodo perorar contra la medicina cuando se está bueno.

BERALDO. -Pero ¿cuál es tu enfermedad?

ARGAN. -Conseguirás sacarme de mis casillas. ¡Ojalá tuvieras tú lo que yo tengo; ya veríamos si entonces te burlabas como ahora! ¡Ah! Aquí viene el señor Purgon.

ESCENA V

ARGAN, BERALDO, PURGON y ANTONIA

PURGON. -Abajo, en el mismo portal, acaban de comunicarme muy sabrosas nuevas. Me han dicho que hay aquí quien se burla de mis prescripciones y que se han dejado de tomar los remedios que yo había ordenado.

ARGAN. -Señor, es que. .

PURGON. -¡Hay mayor atrevimiento y más extraña rebeldía que la del enfermo contra su médico!

ANTONIA. -¡Eso es espantoso!

PURGON. -¡Una ayuda que yo mismo me había tomado el trabajo de preparar!

ARGAN. -¡Yo no he sido!

PURGON. -Formulada y manipulada con todas las reglas del arte.

ANTONIA. -¡Ha hecho muy mal!

PURGON. -Y que debía producir un efecto maravilloso en el intestino.

ARGAN. -Mi hermano...

PURGON.-¡Rechazada despreciativamente!

ARGAN. -Ha sido él.

PURGON. -¡Es un proceder deleznable!

ANTONIA. -¡Claro que sí!

PURGON. -¡Un terrible atentado a la Medicina!

ARGAN. -Es que...

PURGON. -¡Un crimen de lesa Facultad para el que no hay castigo bastante!

ANTONIA. -Tenéis razón.

PURGON. -Desde ahora mismo quedan rotas nuestras relaciones.

ARGAN. -¡Si ha sido mi hermano!

PURGON. -No quiero más trato con vos.

ANTONIA. -Haréis divinamente.

PURGON. -Y para que no quede lazo alguno entre nosotros, ved lo que hago con la donación que mi sobrino, deseoso de favorecer el proyectado matrimonio.

ARGAN. -Ha sido mi hermano el causante de todo.

PURGON. -¡Despreciar mi lavativa!

PURGON. -Ya estaríais bueno.

ANTONIA. -Lo merece.

PURGON. -Os hubiera dejado limpio, haciéndoos evacuar por completo todos los malos humores.

ARGAN. -¡Ay, hermano mío!

PURGON. -Nada más que con una docena de medicinas os hubiera hecho variar totalmente el saco.

ANTONIA. -Es indigno de vuestra atención.

PURGON. -Pero puesto que no queréis que os cure...

ARGAN. -¡Yo no he tenido la culpa!

PURGON. -Puesto que os habéis substraído a la obediencia que el enfermo debe a su médico...

ANTONIA. -Eso pide venganza.

PURGON. -Puesto que os habéis declarado en rebeldía contra mi tratamiento...

ARGAN. -¡De ningún modo!

PURGON. -Vengo a declaraos que os abandono a vuestra pobre constitución, a la intemperancia de vuestras entrañas, a la corrupción de vuestra sangre, a la acidez de vuestra bilis y a vuestros humores.

ANTONIA. -¡Muy bien hecho!

ARGAN. -¡Dios mío!

PURGON. -¡Antes de cuatro días habréis llegado a una situación incurable!

ARGAN. -¡Misericordia!

PURGON. -¡Caeréis en la bradipepsia.!

ARGAN. -(Suplicante.) ¡Señor Purgon!

PURGON. -De la bradipepsia, en la dispepsia.

ARGAN. -¡Señor Purgon!

PURGON. -De la dispepsia, en la enteritis.

ARGAN. -¡Señor Purgon!

PURGON. -De la enteritis, en la disentería.

ARGAN. -¡Señor Purgon!

PURGON. -De la disentería, en la hidropesía.

ARGAN. -¡Señor Purgon!

PURGON. -De la hidropesía, en la extinción de la vida, a lo que os habrá conducido vuestra locura. (Sale.)

ESCENA VI

ARGAN y BERALDO

ARGAN. -¡Ay, Dios mío, estoy muerto!... ¡Me has matado, hermano!

BERALDO. -¿Por qué?

ARGAN. -¡No puedo más! ¡Ya siento la venganza de la medicina!

BERALDO. -Tú estás loco, y, por muchas razones, no quisiera que te vieran de este modo. Tranquilízate un poco, te lo ruego; vuelve en ti y no te dejes llevar de la imaginación

ARGAN. -¡Ya has oído con qué horribles enfermedades me amenaza!

BERALDO. -¡Qué inocente eres!

ARGAN. -Dice que antes de cuatro días ya no tendré cura.

BERALDO. -Y ¿qué importa que lo diga? ¿Es un oráculo quien te ha hablado? Cualquiera que te escuche creerá que Purgon tiene en sus manos el hilo de tu vida, y que con un poder sobrenatural te la puede alargar o acortar a su antojo. Recapacita en que tu vida está en ti mismo, y en que las amenazas de Purgon son tan inútiles como sus medicinas. Se te presenta una magnífica coyuntura para librarte de los médicos, y sí has nacido con tan contrario sino que no puedes pasarte sin ellos, te será fácil encontrar otro con el cual corras menos peligro.

ARGAN. - Es que éste, conocía perfectamente mi temperamento y la manera de conducírmelo.

BERALDO. -Habrá que convencerse de que eres un maniático que lo ve todo de un modo extravagante.

ESCENA VII

ANTONIA, ARGAN y BERALDO

ANTONIA. -Señor, hay ahí un médico que desea veros.

ARGAN. ¿Quién es ese médico?

ANTONIA. El médico de la medicina.

ARGAN. -Te pregunto quién es.

ANTONIA. -No lo conozco; pero se me parece a mí como se parecen dos gotas de agua. Si no estuviera tan segura de la honradez de mi madre, creería que es un hermanito con el que me ha obsequiado después de la muerte de mi padre.

ARGAN. -Hazle pasar.

BERALDO. -Las cosas te salen a pedir de boca; te abandona un médico y se te presenta otro.

ARGAN. -Temo que me has acarreado una desgracia.

BERALDO. -¿Otra vez piensas en eso?

ARGAN. -Tengo sobre mi corazón todas esas enfermedades que no conocía y que...

ESCENA VIII

ANTONIA, de médico; ARGAN y BERALDO

ANTONIA. -¡Señor!... Permitid que venga a visitaros y a ofreceros mis humildes servicios para todas las sangrías y lavativas de que tengáis necesidad.

ARGAN. -Muy agradecido, señor. ¡Juraría que es Antonia en persona!

ANTONIA. -Perdonad un instante; se me ha olvidado darle algunas órdenes a mi criado. Vuelvo al momento. (Sale.)

ARGAN. -¿No dirías que es Antonia?

BERALDO. -La semejanza es muy grande; pero no es la primera vez que esto se ha visto, y la historia está llena de casos semejantes. Son caprichos de la Naturaleza.

ARGAN. -Me sorprende y...

ESCENA IX

ANTONIA, ARGAN y BERALDO

ANTONIA.(Que se ha quitado el traje de médico tan rápidamente, que nadie creería que fue ella la que apareció antes). - ¿Qué manda el señor?

ARGAN. -¡Cómo!

ANTONIA. - ¿No me había llamado el señor?

ARGAN. -Aguarda aquí para que veas cómo se te parece ese médico.

ANTONIA (Saliendo). -Es cierto, señor; lo he visto ahora abajo.

ARGAN. -Si no los veo juntos no lo creo.

BERALDO. -Yo he leído casos sorprendentes sobre estas semejanzas, y en nuestra misma época hemos visto algún caso que ha traído revuelto a todo el mundo.

ARGAN. -Yo me hubiera engañado en esta ocasión. Juraría que es la misma persona.

ESCENA X

ANTONIA, de médico; ARGAN y BERALDO

ANTONIA. -Perdonadme, señor.

ARGAN. -¡Es admirable!

ANTONIA. -No juzguéis mal de mi curiosidad por ver a un enfermo tan ilustre como vos. Vuestra reputación, que se extiende por todas partes, excusa la libertad que me he tomado.

ARGAN. -Servidor vuestro, señor mío.

ANTONIA. -Veo que me observáis muy atentamente, ¿Qué edad creéis que tengo?

ARGAN. -Todo lo más, veintiséis o veintisiete años.

ANTONIA. -¡Ja, ja, ja, ja, ja! Tengo noventa años.

ARGAN. -¿Noventa años?

ANTONIA. -Sí, señor. Los secretos de mi arte han conservado de este modo mi lozanía y mi vigor.

ARGAN. -¡Por vida de!... ¡Vaya un jovencito de noventa años!

ANTONIA. -Soy médico ambulante, que va de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, buscando materiales para sus estudios: enfermos dignos de ocupar mi atención y de emplear en ellos los grandes secretos de la medicina, descubiertos por mí. Tengo a menos distraerme en menudencias, en enfermedades vulgares, en bagatelas como reumatismos, fluxiones, fiebres, vapores y jaquecas... Yo busco enfermedades verdaderamente importantes: grandes fiebres continuas, con trastornos cerebrales; buenos tabardillos, grandes pestes, hidropesías ya formadas, pleuresías con inflamación de pecho... ; esas son las enfermedades que a mí me gustan y en las que triunfo. Ojalá tuvierais vos, señor, todas estas enfermedades que acabo de nombraros y os hallarais abandonado de todos los médicos, desahuciado, en la agonía, para poderos demostrar las excelencias de mis remedios y el placer que experimentaría siéndoos útil.

ARGAN. -Os agradezco en extremo vuestras bondades.

ANTONIA. -Dadme la mano... ¿Quién es vuestro médico?

ARGAN. -El señor Purgon.

ANTONIA. -En mis anotaciones sobre las eminencias médicas no figura ese nombre. Según él, ¿qué enfermedad tenéis?

ARGAN. -El dice que es el hígado; pero otros afirman que el bazo.

ANTONIA. -Son unos ignorantes. Vuestro padecimiento está en el pulmón.

ARGAN. -Justamente, el pulmón.

ANTONIA. -Sí. ¿Qué es lo que sentís?

ARGAN. -De cuando en cuando, dolor de cabeza.

ANTONIA. - Justamente, el pulmón.

ARGAN. -Con frecuencia se me figura que tengo un velo ante los ojos.

ANTONIA. -El pulmón.

ARGAN. -A veces noto un desfallecimiento de corazón.

ANTONIA. -El pulmón.

ARGAN. -Y una laxitud en todo el cuerpo.

ANTONIA. -El pulmón.

ARGAN. -También suelen darme dolores en el vientre, como si tuviera cólico.

ANTONIA. -El pulmón... ¿Coméis con apetito?

ARGAN. -Sí, señor.

ANTONIA. -El pulmón. ¿Os agrada beber un poco de vino?

ARGAN. -Sí, señor.

ANTONIA. -El pulmón. ¿Sentís cierto sopor después de la comida y os dormís dulcemente?

ARGAN. -Sí, señor.

ANTONIA. -El pulmón y nada más que el pulmón; estoy seguro. ¿Qué plan de alimentación os habían puesto?

ARGAN. -Potajes.

ANTONIA. -¡Ignorantes!

ARGAN. -Caza.

ANTONIA. -¡Ignorantes!

ARGAN. -Ternera.

ANTONIA. -¡Ignorantes!

ARGAN. -Caldos.

ANTONIA. -¡Ignorantes!

ARGAN. -Huevos frescos.

ANTONIA. -¡Ignorantes!

ARGAN. -Y por la noche, ciruelas para aligerar el vientre.

ANTONIA. -¡Ignorantes!

ARGAN. -Y, sobre todo, beber el vino muy aguado.

ANTONIA. -¡Ignorantus, ignoranto, ignorantum! El vino se debe beber puro; y para espesar la sangre, que la tenéis muy líquida, es preciso comer buey viejo, cerdo cebado, queso de Holanda, harina de arroz y de avena, castañas y obleas para aglutinar... Vuestro médico es un animal. Yo os enviaré un discípulo mío, y yo mismo vendré de cuando en cuando a veros, mientras esté aquí.

ARGAN. -¡Cuánto os lo agradeceré!

ANTONIA. -¿Qué demonios hacéis con ese brazo?

ARGAN. -¿ Cuál?

ANTONIA. -Si yo estuviera en vuestro pellejo, ahora mismo me haría cortar ese brazo.

ARGAN. -¿Por qué?

ANTONIA. -¿No estáis viendo que se lleva para sí todo el alimento y no deja que se nutra el otro?

ARGAN. -Sí, pero este brazo me hace falta...

ANTONIA. -También si estuviera en vuestro caso me haría saltar

el ojo derecho.

ARGAN. -¿Saltarme un ojo?

ANTONIA. -¿No os dais cuenta de que perjudica al otro y le roba su alimento- Creedme: que os lo salten lo antes posible y veréis mucho más claro con el ojo izquierdo.

ARGAN. -No corre prisa.

ANTONIA. -Adiós, siento teneros que dejar tan pronto, pero debo asistir a una consulta interesantísima que tenemos ahora sobre un hombre que murió ayer.

ARGAN. -¿Sobre un hombre que murió ayer?

ANTONIA. -Sí. Vamos a estudiar qué es lo que se debía haber hecho para curarlo. Hasta la vista. (Sale.)

BERALDO. -Parece muy inteligente este médico.

ARGAN. -Demasiado radical.

BERALDO. -Todos los grandes médicos son así.

ARGAN. -¡Eso de cortarme un brazo y de saltarme un ojo para que el otro vea mejor!... Prefiero que sigan como están. ¡Bonito remedio, dejarme manco y tuerto!

ESCENA XI

ANTONIA, ARGAN y BERALDO

ANTONIA (Dentro.) - ¡Vaya, vaya, que no estoy para bromas! ¡Para serviros!...(Entra.)

ARGAN. -¿Qué era eso?

ANTONIA. -Vuestro médico, señor, que quería a todo trance tomarme el pulso...

ARGAN. -¡Pero es posible, a los noventa años!

BERALDO. -Y ahora, querido hermano, puesto que el señor Purgon ha tarifado contigo, ¿quieres que hablemos de la colocación de tu hija?

ARGAN. -No. Estoy decidido a meterla en un convento por haberse opuesto a mi voluntad. Veo claramente que hay unos amoríos de por medio, y ella no lo sabe, pero he tenido conocimiento de cierta entrevista secreta...

BERALDO. -¿Y qué? ¿Qué importa que exista una inclinación si no ha de conducir a otro fin que al del matrimonio?

ARGAN. -He resuelto que sea religiosa.

BERALDO. -¿Deseas complacer a alguien?

ARGAN. -Ya sé por dónde vas. Como le tienes ojeriza, crees que es mi mujer...

BERALDO. -Sí. Y puesto que es mejor hablar a cara descubierta, te confieso que es a tu mujer a quien aludo. Tan intolerable como tu obstinación en las enfermedades es la obcecación que padeces por ella, hasta el extremo de no ver los lazos que te tiende.

ANTONIA. -¡No habléis así de la señora! Es una mujer de la que nadie puede decir nada: franca, amante de su esposo...

ARGAN. -Pregúntale si es o no cariñosa.

ANTONIA. -Cierto.

ARGAN. -Y el interés que se toma por mi padecimiento.

ANTONIA. -¡Seguro!

ARGAN.- Y los cuidados y trabajos que soporta por mí.

ANTONIA. -Es la verdad... (A BERALDO.) ¿Queréis que os convenza y os haga ver ahora mismo cómo la señora quiere al señor? (A

ARGAN.) ¿Queréis, señor, que lo desengañemos, dejándole con tres palmos de narices?

ARGAN. -¿ Cómo?

ANTONIA. -La señora volverá dentro de un instante, tumbaos ahí, haciéndoos el muerto, y veréis su desolación cuando yo le dé la noticia.

ARGAN. -Muy bien pensado.

ANTONIA. -Pero no vayáis a prolongar mucho tiempo su desesperación, porque podría costarle la vida.

ARGAN. -Déjame amí.

ANTONIA (A BERALDO). -Escondeos en ese rincón.

ARGAN. -¿Habrá algún peligro en hacerse el muerto?...

ANTONIA. Ninguno... Tumbaos ahí. (Bajo.) Ya veréis cómo le vamos a dar en la cabeza a vuestro hermano... ¡Ya está ahí la señora! ¡Que lo hagáis bien!...

ESCENA XII

BELISA, ANTONIA, ARGAN y BERALDO

ANTONIA (Llorando). -¡Ay, Dios mío, qué desgracia tan grande!

BELISA. -¿Qué es eso, Antonia?

ANTONIA. -¡Ay, señora!

BELISA. -¿Qué pasa?

ANTONIA. -¡Vuestro esposo ha muerto!

BELISA. -¿Mi marido ha muerto?

ANTONIA. -Sí. El pobre ya es cadáver.

BELISA. -¿Estás segura?

ANTONIA. -¡Y tan segura!... Todavía no conoce nadie el accidente, porque estaba yo sola; ha muerto en mis brazos... Vedle, vedle difunto.

BELISA. -¡Loado sea Dios, y qué carga más pesada se me quita de encima!... Pero ¿a qué viene el afligirse de ese modo?

ANTONIA. -Yo creía que había que llorar.

BELISA. -¡No vale la pena, que no es tan gran cosa lo que se ha perdido! ¿Quieres decirme para qué servía este hombre?... Para molestar a todo el mundo con sus lavativas y sus drogas. Siempre sucio, tosiendo, estornudando y moqueando a cada instante; agrio, enojoso, de mal humor y no dejando vivir a nadie ni de día ni de noche...

ANTONIA. -¡Vaya una oración fúnebre!

BELISA. -Ahora es preciso que secundes mis planes, que yo te compensaré si me ayudas. Puesto que, afortunadamente, todavía no conoce nadie la noticia, vamos a llevarle a su cama y a ocultar su muerte hasta que yo haya terminado lo que me interesa. Hay dinero y papeles de los que quiero apoderarme, porque creo que es razón que yo los disfrute, habiéndole sacrificado los mejores años de mi vida. Ven acá. Primero cojamos las llaves.

ARGAN (Incorporándose bruscamente). -¡Poco a poco!

BELISA (Llena de espanto). -¡Ah!

ARGAN. -¿Era ésta vuestra manera de amar, señora esposa?

ANTONIA. -¡El difunto está vivo!

ARGAN (A BELISA, que se marcha). -Celebro haber conocido vuestra estimación y escuchado el panegírico que de mí habéis hecho: es una sabia advertencia que me servirá de enseñanza para el porvenir.

BERALDO (Saliendo de su escondite). -¿Te has convencido?

ANTONIA. -¿Quién iba a pensar esto? Pero aquí llega vuestra hija; volveos a tender y veamos cómo recibe la noticia de vuestra muerte. Ya que estáis en ello, conviene continuar la prueba y enteraros de cómo os quieren en vuestra casa.

ESCENA XIII

ANGÉLICA, ARGAN, ANTONIA y BERALDO

ANTONIA (Llorando). -¡Dios mío, qué desgracia!... ¡Qué día más desdichado!

ANGÉLICA. -¿Qué tienes, Antonia? ¿Qué te pasa?

ANTONIA. -¡Tengo que daros una noticia muy amarga!

ANGÉLICA. -¿Qué?

ANTONIA.-¡Vuestro padre ha muerto!

ANGÉLICA. -¡Muerto mi padre, Antonia!

ANTONIA. -¡Sí!... ¡Vedlo!... Le dio un desvanecimiento, y ahora mismo acaba de morir.

ANGÉLICA. -¡Qué terrible infortunio. Dios mío!... ¡Quién me iba a decir que iba a perder a mi padre, que era lo único que me quedaba en el mundo, y que lo iba a perder en un momento en que se hallaba irritado conmigo!... ¡Qué será ahora de mí, ni qué consuelo podré hallar para tan grande pérdida!

ESCENA XIV

CLEONTE, ANGÉLICA, ARGAN, ANTONIA y BERALDO

CLEONTE. -¿Qué tenéis, Angélica? ¿Por qué lloráis?

ANGÉLICA. -¡Lloro porque acabo de perder lo más grande que puede perderse en la vida! ¡Lo más querido! ¡Lloro la muerte de mi padre!

CLEONTE. ¡Qué catástrofe! ¡Qué suceso tan inesperado!... Habiéndole rogado a vuestro tío que intercediera en mi favor, venía ahora a presentarme a él para rogarle, con todos los respetos, que me concediera tu mano.

ANGÉLICA. -No hablemos más de nada, Cleonte, y olvidemos toda idea de matrimonio. Después de esta desgracia, no quiero pertenecer al mundo; renuncio a él para siempre... ¡Sí, padre querido! Si antes me resistí a vuestros deseos, quiero seguirlos ahora y reparar de este modo la pesadumbre que os causé y de la que ahora me acuso. Aceptad, padre mío, mi promesa y dejad que os abrace para testimoniaros mi ternura.

ARGAN (Incorporase). -¡Hija mía!

ANGÉLICA (Aterrada). -¡Ah!

ARGAN. -¡Ven! ¡No temas! Tú sí eres de mi sangre; mi verdadera hija, cuya bondad me enorgullece.

ANGÉLICA. -¡Qué agradable sorpresa, padre mío! Y ya que, para dicha mía, vuelvo a veros, dejad que me eche a vuestras plantas y que os suplique que, si no estáis dispuesto a favorecer los impulsos de mi corazón, si no queréis darme a Cleonte por esposo, al menos, os lo ruego, no me obliguéis a casarme con otro. Es la única gracia que os pido.

CLEONTE (Echándose a los pies de ARGAN). -Dejaos enternecer, señor, por sus ruegos y por los míos, y no queráis contrariar los transportes de nuestra mutua inclinación.

BERALDO. -¿Te opondrás aún?

ANTONIA. -¿ Permaneceréis insensible a tanto amor?

ARGAN. -Que se haga médico y consentiré en el matrimonio. Haceos médico y os entrego mi hija.

CLEONTE. -Con mucho gusto, señor. Si es esa la condición para llegar a ser vuestro yerno, yo me haré médico, y boticario también, si os agrada. ¡Qué no haría yo por lograr a mi Angélica!

BERALDO. -Se me ocurre una cosa, hermano. ¿Por qué no te haces médico tú también? Esa sería la mejor solución, porque entonces lo tendrías todo en tu mano.

ANTONIA. -Es verdad. Ese sería el mejor medio de curaros; no hay enfermedad tan osada que se atreva a jugársela a un médico.

ARGAN. -¿Os burláis de mí? ¿Estoy yo en edad de ponerme a estudiar?

BERALDO. -¿Estudiar? La mayoría de los médicos no saben lo que tú.

ARGAN. -¿Y el latín? ¿Y el conocimiento de las enfermedades y de su medicación?

BERALDO. -En el instante de vestir los manteos y calarte el birrete te lo sabes todo.

ARGAN. -Pero ¿con sólo vestir los hábitos se sabe medicina?

BERALDO. -¡Claro!... Con una toga y un bonete, todo charlatán resulta un sabio, y los mayores desatinos se admiten como cosa razonable.

ANTONIA. -Además, con esas barbas ya tenéis la mitad del camino ganado; unas buenas barbas hacen a un médico.

CLEONTE. -Y en último caso, aquí estoy yo dispuesto a todo.

BERALDO. -¿Quieres que despachemos ahora mismo?

ARGAN. -¿Ahora mismo?

BERALDO. -Y aquí, en tu misma casa.

ARGAN. -¿En mi casa?

BERALDO. -Sí. Yo tengo amigos en la Facultad que vendrán al instante para que celebremos la ceremonia en la sala. Además, no te costará nada.

ARGAN. -¿Qué hacer?

BERALDO. -Te aleccionan en cuatro palabras y te dan por escrito el discurso que debes pronunciar. Mientras tú te vistes con más decencia, yo voy a avisarles.

ARGAN. -Pues vamos.

ANTONIA. -¿Qué es lo que pretendéis?

BERALDO. -Que nos divirtamos un rato. Los comediantes han concertado una mascarada parodiando la recepción de un médico; propongo que nosotros tomemos también parte en la farsa y que mi hermano represente el papel principal.

ANGÉLICA. -Me parece demasiada burla.

BERALDO. -Más que burlarnos, es ponernos a tonó con sus chifladuras y, aparte de que esto quedará entre nosotros, encargándonos cada uno de un papel, nos daremos mutuamente la broma; el Carnaval nos autoriza. Vamos a prepararlo todo.

CLEONTE (A ANGÉLICA). -¿Consientes?

ANGÉLICA. -Puesto que mi tío nos autoriza...

FIN DEL ACTO TERCERO

INTERMEDIO TERCERO

(Consiste este intermedio en una ceremonia en la cual, entre recitados, cantos y danzas, se hace la proclamación de un médico).

BAILABLE

(Entran una porción de tapiceros, que siempre a compás, disponen la sala y colocan bancos. Después hace su entrada la asamblea, compuesta de ocho lavativeros, seis boticarios, veintidós doctores y el individuo que ha de ser admitido; ocho cirujanos que bailan y dos que cantan. Cada uno ocupa un puesto en el salón, según su categoría.)

PRAESES

Savantissimi doctores,
Medicinae profesores,
Qui hic assemblati estis,
Et vos, altri Messiores,
Setentiarum Facultatis
Fideles executores,
Chirurgiani et apothicari,
Atque tota compania aussi,
Non possum, docti Confreri,
Eu moi satis admirari
Qualis bona inventio
Est medici professio;
Quam bella chosa est et bene trovata,
Medicina illa benedicta,
Quae, suo nomine solo,
Suprenanti miraculo,
Depuis si longo tempore,
Facit a gogo vivere
Tant de gens omni genere.
Per totam terram videmus
Grandam vogam ubi sumus,
Et quod grandes et petiti
Sunt de nobis infatuti;
Totus mundus, currens ad nostros remedios,
Nos regardat sicut deos,
Et nostris ordonnancús
Principes et reges soumissos videtis.
Donque il est nostrae sapientiae,
Boni sensus atque prudentiae,
De fortement travaillare
A nos bene conservare
In tali credito, voga et honore,
Et prandere gardam a non recevere
In nostro docto corpore
Quam personas capabiles,
Et totas dignas remplire
Has placas honorabilis.
Cest pour cela que nunc convocatiestis,
Et credo quod trovabitis
Dignam materiam medici
In savanti homine que voici,
Lequel, in chosis omnibus,
Dono ad interrogandum
Et a fond examinandum
Vostris capacitatibus.

PRIMUS DOCTOR
Si mihi licenciam dat dominus praeses,
Et tanti docti doctores,
Et asistantes illustres,
Tres savanti bacheliero,
Quem estimo et honoro,
Domandabo causam et rationen quare
Opium facit dormire.

BACHELIERUS
Mihi a docto doctore
Domandatur causam et rationem quare
Opium facit dormire?
A quoi respondeo:
Quia est in co
Virtus dormitiva,
Cujus est natura
Sensus assoupire.

CHORUS
Bene, bene, bene, bene, respondere:
Dignus, dignus est entrare
In nostro docto corpore.
Bene, bene respondere.

SECUNDUS DOCTOR
Cum permissione domini praesidis,
Doctissimae Facultatis,
Et totius his nostris actis
Companiae assistantis,
Domandabo tibi, docte bacheliere,
Quae sut remedia,
Quae in maladia
Ditte hidropisia
Convenit facere.

BACHELIERUS
Clisterium donare,
Postea seignare,
Ensuitta purgare.

CHORUS
Bene, bene, bene, bene respondere:
Dignus, dignus est entrare
In nostro, docto corpore.

TERCIUS DOCTOR
Si bonum semblatur domino presidi,
Doctissimae Facultati
Et companiae praesenti,
Domandabo tibi, docti, bachellere,
Quam remedia eticis,
Pulmonicis atque asmatícis,
Trovas a propos facere.

BACHELIERUS
Clisterium, donare,
Postea seignare,
Ensuitta, purgare.

CHORUS
Bene, bene, bene, bene respondere:
Dignus, dignus est entrare
In nostro docto corpore.

CUARTUS DOCTOR
Super illas maladias,
Doctus bachelierus dixit maravillas,
Mais, si non ennuyo dominum praesidem,
Doctissimam Facultatem,
Et totam honorabilem
Companiam ecoutatem,
Faciam illi unara questionem:
Dez hiero maladus unus
Tombavit in meas manus;
Haber grandem fievramum redoublamentis.
Grandam dolorem capitis,
Et grandum malum au. coste,
Cum granda difficultate.
Et pena a repirare; Veillas mihi dire,
Docte, bachiliere, Quid illi facere?

BACHELIERUS
Clisterium donare,
Postea seignare,
Ensuitta purgare.

QUINTUS DOCTOR
Mais sí maladia,
Opinatia Non vult se garire,
Quid illi facere?

BACHELIERUS
Clisterium donare,
Postea seignare,
Ensuitta purgare,
Resignare, repurgare, et reclisterisáre.

CHORUS
Bene, bene, bene, bene respondere:
Dignus, dignus est entrare
In nostro docto corpore.

PRAESES
Juras gardare statuta
Per Facultatem praescripta,
Cum sensu et jugeamento?

BACHELIERUS
Juro.

PRAESES
Essere in omnibus
Cunsultationibus
Ancieni aviso.
Aut bono,
Aut mauvaiso?

BACHELIERUS
Juro.

PRAESES
De non, jamais te servire
De remedúa aucunis,
Quam de ceux seulement de Facultatis;
Maladus dú il crevare
Et muori de suo malo?

BACHELIERUS
Juro.

PRAESES
Ego, cum isto honeto
Venerabill et docto,
Dono tibi et concedo
Virtutem et puissanciam.
Medicandi,
Purgandi,
Signandi,
Pergandi
Tailland i
Cupandi,
Et occidendi
Impune per totam terram.

BAILABLE

(Todos los médicos y boticarios, danzando, vienen a hacer una reverencia al nuevo médico.)

BACHELIERUS
Grandes doctores doctrinae,
De la rhubarbe et du sene,
Ce serait sans douta a moi chosa fola,
Inepta et ridícula,
Si falloibam me engageare
Vobis louangeas donare,
Et eutreprennoibam adjoutare
Des lumieras au soleillo
Et des etoilas au cielo,
Des ondas á Foceano
Et des rosas au printanno
Agreate quavee uno moto,
Pro toto remercimento,
Randam gratiam corpori tamaocti
Vobis, vobis deveo
Bien plus qua naturae et qua patri meo:
Natura et patre meus
Hominem me habent factum;
Mais vos me, ce qui est bien plus,
Avetis factum medicum,
Honor, favor, et gratia,
Qui in hoc corde qui voila,
Imprimant ressentimenta
Qui dureront in secula.

CHORUS
Vivat, vivat, vivat, vivat, cent fois vivat,
Novus doctor, qui tambene parlat!
Mille, mille annis, et manget, et bibat,
El seignet, et tuat!

BAILABLE

(Todos los cirujanos y boticarios cantan y bailan al son de sus instrumentos, batiendo palmas a compás y machacando en los morteros.)

CHIRURGUS
Puisse toti il voir doctas
Suas ordonnancias
Omnium chirurgorum.
Et apotiquarum
Remplire boutiquas.

CHORUS
Vivat, vivat, vivat, vivat, cent fois vivat,
Novus doctor, qui tam bene parlat!
Mille, mille annis, et manget, et bibat,
El seignet, et tuat!

CHIRURGUS
Puisse toti anni
Lui essere boni
El favorabiles,
En nhabere jamais
Quam pestas, verolas,
Feivras, pluresias
Fluxius de sang et dissenterias.

CHORUS
Vivat, vivat, vivat, vivat, cent fois vivat,
Novus doctor, qui tam bene parlat!
Mille, mille annis, et manget, et bibat,
El seignet, et tuat!

ÚLTIMO BAILABLE

(La comitiva de médicos, cirujanos y boticarios, colocados según su categoría, desfila ceremoniosamente.)