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miércoles, noviembre 04, 2009

"SALOMÉ" Richard Strauss




SALOMÉ

Personajes

HERODES
HERODÍAS
SALOMÉ
JOKANAÁN
NARRABOTH
Tetrarca de Judea
Esposa de Herodes
Hija del Primer Matrimonio de Herodías
Profeta (Juan el Bautista)
Jefe de la Guardia
Tenor
Mezzosoprano
Soprano
Barítono
Tenor

La acción se desarrolla en el palacio de Herodes Antipas de Jerusalén hacia el año 30 d.c.

ACTO ÚNICO

(Una amplia terraza en el palacio de Herodes. Narraboth y dos
soldados están montando guardia en la cisterna en donde se encuentra
preso Jokanaán; un paje de Herodías se encuentra también en la
terraza. En el interior del palacio de Herodes se está celebrando un
Banquete)





Escena 1

NARRABOTH
¡Qué bella está la princesa Salomé
esta noche!

PAJE
Mira la luna,
¡qué aspecto tan extraño tiene!
Parece una mujer
surgiendo de una tumba.

NARRABOTH
Es muy extraña.
Como una princesa cuyos pies
fueran blancas palomas.
Se diría que están bailando.

PAJE
Como una mujer muerta.
Se desliza tan lentamente.

PRIMER SOLDADO
¡Qué alboroto!
¿Qué clase de fieras
aúllan ahí dentro?

SEGUNDO SOLDADO
Son los judíos. Siempre están igual.
Discutiendo sobre su religión.

PRIMER SOLDADO
Encuentro ridículo
discutir sobre esas cosas.

NARRABOTH
¡Qué bella está la princesa Salomé
esta noche!

PAJE
Siempre estás mirándola.
La miras demasiado.
Es peligroso
mirar a las personas de ese modo.
Puede ocurrir algo terrible.

NARRABOTH
Está tan bella esta noche.

PRIMER SOLDADO
El tetrarca tiene un aspecto sombrío.



SEGUNDO SOLDADO
Sí, tiene un aspecto sombrío.

PRIMER SOLDADO
¿A quién está mirando?

SEGUNDO SOLDADO
No lo sé.

NARRABOTH
Qué pálida está la princesa.
Nunca la había visto tan pálida.
Parece la sombra
de una rosa blanca
sobre un espejo de plata.

PAJE
No deberías mirarla.
La miras demasiado.
Puede ocurrir algo terrible.

VOZ DE JOKANAÁN
Después de mí vendrá otro,
mucho más fuerte que yo.
Yo no soy digno siquiera
de desatar las correas
de sus sandalias.
Cuando Él venga,
se regocijarán los desiertos.
Cuando Él venga,
los ojos de los ciegos
verán la luz.
Cuando Él venga,
se abrirán los oídos de los sordos.

SEGUNDO SOLDADO
¡Ordénale que se calle!

PRIMER SOLDADO
Es un santo varón.

SEGUNDO SOLDADO
Siempre está diciendo tonterías.

PRIMER SOLDADO
Es muy pacífico.
Cada día,
cuando le llevo la comida,
me da las gracias.

UN CAPADOCIO
¿Quién es?

PRIMER SOLDADO
Un profeta.

UN CAPADOCIO
¿Cuál es su nombre?



PRIMER SOLDADO
Jokanaán.

UN CAPADOCIO
¿De dónde viene?

PRIMER SOLDADO
Del desierto.
Siempre le seguía
multitud de discípulos.

UN CAPADOCIO
¿De qué habla?

PRIMER SOLDADO
Es imposible entender
lo que dice.

UN CAPADOCIO
¿Se le puede ver?

PRIMER SOLDADO
No, el tetrarca lo ha prohibido.

NARRABOTH
¡La princesa se levanta!
Abandona la mesa.
Está muy excitada.
Viene hacia aquí.

PAJE
¡No la mires!

NARRABOTH
Sí, viene hacia nosotros.

PAJE
Te lo ruego, ¡no la mires!

NARRABOTH
Parece una paloma extraviada.

SALOMÉ
¡No quiero quedarme!
¡No puedo quedarme!
¿Por qué el tetrarca me mira así,
con esos ojos de topo
bajo sus párpados trémulos?
Es extraño
que el marido de mi madre
me mire de ese modo.
¡Qué fresco es aquí el aire!
Aquí puedo respirar.
Allá dentro están unos judíos
de Jerusalén,
que ha faltado poco
para que se despedazasen
entre sí por sus imbéciles ritos.
Silenciosos y astutos egipcios;
brutales y groseros romanos,
con su tosca jerga.
¡Oh, cómo odio a esos romanos!





PAJE
(a Narraboth)
Va a ocurrir algo terrible.
¿Por qué la miras de ese modo?

SALOMÉ
¡Qué bonito es contemplar la luna!
Es como una flor de plata,
fría y casta.
Sí, como la belleza de una doncella
que aún conserva su virginidad.

VOZ DE JOKANAÁN
Mirad, he aquí al Señor,
el Hijo del Hombre está ya cerca.

SALOMÉ
¿Quién es ése que grita?

SEGUNDO SOLDADO
El profeta, princesa.

SALOMÉ
¡Ah, el profeta! ¿Es ése
a quien tiene tanto miedo el tetrarca?

SEGUNDO SOLDADO
Nada sabemos de eso, Princesa.
El que ha gritado ha sido
el profeta Jokanaán.

NARRABOTH
(a Salomé)
¿Queréis, princesa,
que mande a buscar
vuestra litera?
La noche en el jardín es bella.

SALOMÉ
Él dice cosas terribles
acerca de mi madre, ¿verdad?

SEGUNDO SOLDADO
Nunca entendemos lo que dice,
princesa.

SALOMÉ
Sí,
él dice cosas terribles sobre ella.

UN ESCLAVO
Princesa,
el tetrarca os ruega
que volváis a la fiesta.



SALOMÉ
¡No quiero volver!

(a Narraboth)

¿Es viejo, ese profeta?

NARRABOTH
Princesa,
sería mejor que volvierais adentro.
Permitidme que os acompañe.

SALOMÉ
¿Es viejo, ese profeta?

PRIMER SOLDADO
No, princesa, es muy joven.

VOZ DE JOKANAÁN
No te regocijes,
tierra de Palestina,
porque se haya quebrado la vara
de aquel que golpeaba.
Pues del semen de la serpiente
nacerá un basilisco,
y sus crías devorarán
a los pájaros.

SALOMÉ
¡Qué voz tan extraña!
Me gustaría hablar con él.

SEGUNDO SOLDADO
Princesa,
el tetrarca no permite
que nadie hable con él.
Incluso al sumo sacerdote
le ha prohibido
hablar con él.

SALOMÉ
Desearía hablar con él.

SEGUNDO SOLDADO
Es imposible, princesa.

SALOMÉ
Quiero hablar con él.
¡Sacad de ahí a ese profeta!

SEGUNDO SOLDADO
No nos está permitido, princesa.

SALOMÉ
¡Qué oscuridad
reina ahí dentro!
Debe ser terrible vivir
en una cueva tan oscura!
Es como una tumba.




(a los soldados)

¿No me habéis oído?
¡Sacad de ahí al profeta!
¡Me gustaría verlo!

PRIMER SOLDADO
Princesa, no nos está permitido
hacer lo que nos pedís.

SALOMÉ
¡Ah!

EL PAJE
¿Qué va a ocurrir?
Lo sé,
sé que algo terrible va a ocurrir.

SALOMÉ
(a Narraboth)
¿Vas a hacerlo por mí,
verdad, Narraboth?
Yo siempre fui benévola contigo.
Vas a hacerlo por mí.
Sólo quiero ver
a ese extraño profeta.
Es tanto lo que la gente
ha hablado de él.
Creo que el tetrarca
le tiene miedo.

NARRABOTH
El tetrarca
ha prohibido terminantemente
que nadie levante la
tapa de esta cisterna.

SALOMÉ
Pero tú lo harás por mí,
Narraboth, y mañana,
cuando en mi litera pase
ante la gran puerta
donde se agolpan
los vendedores de ídolos,
dejaré caer para ti
una pequeña flor,
una pequeña florecilla verde.

NARRABOTH
No puedo,
princesa, no puedo.

SALOMÉ
(sonriendo)
Lo harás por mí,
Narraboth.
Tú sabes que lo harás por mí.
Y mañana temprano,
bajo mis velos de muselina,
posaré sobre ti mi mirada,
Narraboth,
te miraré y puede que
hasta te sonría.
Mírame, Narraboth,
mírame.
¡Ah! ¡Sabes perfectamente
que harás lo que te pido!
¡Lo sabes!
Yo sé que lo harás.
¡De sobra lo sabes!



NARRABOTH
¡Dejad salir al profeta!
La princesa Salomé
desea verle.

SALOMÉ
¡Ah!

JOKANAÁN
¿Dónde está aquel
cuya copa rebosa pecado?
¿Dónde está aquel que un día,
ante todo su pueblo,
envuelto en un manto de plata,
morirá?
Decidle que venga,
para que escuche la voz
de Aquel que clama en el desierto
y en las moradas de los reyes.

SALOMÉ
¿De quién está hablando?

NARRABOTH
Nadie puede decirlo, princesa.

JOKANAÁN
¿Dónde está aquella
que se entregó
a la lujuria de sus ojos,
que gozó contemplando
imágenes pintadas de hombre
y que envió ministros
al país de los caldeos?

SALOMÉ
Está hablando de mi madre.

NARRABOTH
No, no, princesa.

SALOMÉ
Sí, está hablando de mi madre.




JOKANAÁN
¿Dónde está aquella
que se entregó
a los capitanes de Asiria?
¿Dónde está la que se ha entregado
a los jóvenes egipcios,
los que lucen finos vestidos de lino
y piedras de jacinto,
que llevan escudos de oro,
y tienen cuerpos de gigante?
Id y decidle que abandone
el lecho de sus abominaciones,
el lecho de su incesto;
que escuche la palabra
de aquel que prepara
los caminos del Señor,
y que se arrepienta
de sus pecados.
Y si no se arrepiente en seguida,
decidle que venga,
pues el brazo del Señor
ya empuña su flagelo.

SALOMÉ
Es terrible.
Realmente, es terrible.

NARRABOTH
¡No permanezcáis más tiempo aquí,
princesa, os lo ruego!

SALOMÉ
Lo más terrible de todo
son sus ojos.
¡Son como los negros abismos
donde habitan los dragones!
Son como negros lagos
sobre los que vacila errante
la luz de la luna.
¿Creéis que volverá a hablar?

NARRABOTH
No permanezcáis más tiempo aquí,
princesa, os lo ruego,
no permanezcáis más tiempo aquí.

SALOMÉ
¡Qué demacrado está!
Parece una imagen de marfil.
Seguro que es casto como la luna.
Sus carnes serán frías como el marfil.
Me gustaría contemplarlo
más de cerca.

NARRABOTH
No, no, princesa.

SALOMÉ
Debo contemplarlo más de cerca.

NARRABOTH
¡Princesa! ¡Princesa!

JOKANAÁN
¿Quién es esta mujer que me mira?
No quiero tener sobre mí
sus ojos.
¿Por qué me mira de ese modo,
con esos ojos de oro,
bajo sus párpados resplandecientes?
No sé quién es.
No quiero saber quién es.
Decidle que se vaya.
No quiero hablar con ella.





SALOMÉ
Soy Salomé,
hija de Herodías,
princesa de Judea.

JOKANAÁN
¡Atrás, hija de Babilonia!
¡No te acerques al elegido del Señor!
Tu madre ha colmado la tierra
con el vino de su lujuria,
y la desmesura de sus pecados
clama a Dios.

SALOMÉ
Habla de nuevo, Jokanaán,
tu voz suena a música
en mis oídos.

NARRABOTH
¡Princesa! ¡Princesa! ¡Princesa!

SALOMÉ
¡Habla de nuevo, Jokanaán!
¡Habla de nuevo!
¡Dime qué he de hacer!

JOKANAÁN
¡Hija de Sodoma, no te acerques!
¡Mejor será que cubras
tu rostro con un velo,
que derrames ceniza sobre tu cabeza
y que te pongas en camino
hacia el desierto,
en busca del Hijo del Hombre!

SALOMÉ
¿Quién es el Hijo del Hombre?
¿Es acaso tan bello como tú,
Jokanaán?

JOKANAÁN
¡Aléjate de mí!
Oigo batir sobre el palacio
las alas del ángel de la muerte.

SALOMÉ
¡Jokanaán!

NARRABOTH
¡Princesa, os lo suplico, entrad!




SALOMÉ
¡Jokanaán!
¡Estoy enamorada de tu cuerpo,
Jokanaán!
Tu cuerpo es blanco, como los lirios
de un campo
jamás segado por el segador.
Tu cuerpo es blanco,
como la nieve
de los montes de Judea.
Ni las rosas
del jardín de la reina de Arabia
son tan blancas como tu cuerpo,
ni las rosas
del jardín de la reina
ni las pisadas del alba
sobre las hojas,
ni los senos
de la luna sobre la mar.
Nada en el mundo es tan blanco
como tu cuerpo.
Déjame tocar tu cuerpo.

JOKANAÁN
¡Atrás, hija de Babilonia!
A través de la mujer
vino la desgracia
al mundo.
No me hables.
¡No quiero escucharte!
Yo solamente oigo la voz del Señor,
mi Dios.

SALOMÉ
Tu cuerpo es espantoso.
Es como el cuerpo de un leproso.
Es como un muro blanqueado
por el que se deslizasen culebras;
como un muro blanqueado
donde anidasen escorpiones.
Es como un sepulcro blanqueado
lleno de restos nauseabundos.
Tu cuerpo es asqueroso.
Estoy enamorada de tus cabellos,
Jokanaán.
Tus cabellos son
como racimos de uva,
como racimos de uvas negras,
de las viñas de Edom.
Tus cabellos son
como los cedros,
los cedros gigantes del Líbano,
los que cobijan bajo su sombra
a los leones y bandidos.
Las largas y oscuras noches
en que la luna se esconde
y sienten miedo las estrellas,
no son tan negras como tus cabellos.
Ni el silencio del bosque...
Nada en el mundo
es tan negro como tus cabellos.
¡Déjame tocar tus cabellos!

JOKANAÁN
¡Atrás, hija de Sodoma!
¡No me toques!
¡No profanes
el templo del Señor,
mi Dios!



SALOMÉ
¡Tus cabellos son asquerosos!
Están cubiertos
de polvo e inmundicias.
Son como una corona de espinas
que ciñese tu frente.
Son como un nudo de serpientes
aferradas a tu cuello.
Ya no amo tus cabellos.
Es tu boca lo que codicio, Jokanaán.
Tu boca es una cinta escarlata
en una torre de marfil.
Es como una granada partida
por un cuchillo de plata.
Las flores del granado
de los jardines de Tiro
no son tan rojas como tu boca.
Las rojas fanfarrias de trompetas,
mensajeras de la presencia real,
ante las que se estremecen
los enemigos,
no son tan rojas
como el rojo de tu boca.
Tu boca es más roja que los pies
que en el lagar pisan las uvas.
Es más roja
que las patas de las palomas
que en el templo moran.
Tu boca es como
una rama de coral
arrancada del fondo del mar,
como la púrpura que se oculta
en las minas de Moab,
como la púrpura de los reyes.
Nada en el mundo
es tan rojo como tu boca.
¡Déjame besar tu boca!

JOKANAÁN
¡Nunca, hija de Babilonia,
hija de Sodoma! ¡Nunca!

SALOMÉ
¡Quiero besar tu boca,
Jokanaán!
¡Quiero besarte en la boca!

NARRABOTH
Princesa, princesa,
vos, sois como un jardín de mirra,
sois como una paloma,
no miréis a ese hombre.
No le dirijáis tales palabras.
No puedo soportarlo.

SALOMÉ
¡Quiero besar tu boca,
Jokanaán!.
¡Quiero besarte en la boca!

(Narraboth se apuñala y muere)

¡Déjame besar tu boca,
Jokanaán!

JOKANAÁN
¿No hay nada que te asuste,
hija de Herodías?




SALOMÉ
¡Déjame besar tu boca,
Jokanaán!

JOKANAÁN
Hija de la fornicación,
existe sólo Uno que puede salvarte.
¡Ve y búscalo! ¡Búscalo!
Está sobre una barca
en el mar de Galilea,
predicando a sus discípulos.
Póstrate a la orilla del mar
e invócale, invócale por su nombre.
Cuando Él vaya hacia ti,
pues siempre va hacia aquellos
que lo llaman,
entonces humíllate a sus plantas,
para que Él perdone tus pecados.

SALOMÉ
¡Déjame besar tu boca,
Jokanaán!

JOKANAÁN
¡Yo te maldigo,
hija de la madre incestuosa!
¡Yo te maldigo!

SALOMÉ
¡Déjame besar tu boca,
Jokanaán!

JOKANAÁN
No quiero mirarte.
Estás maldita, Salomé.
Estás maldita. ¡Estás maldita!

(Herodes y Herodías entran)

HERODES
¿Dónde está Salomé?
¿Dónde está la princesa?
¿Por qué no ha regresado
al banquete,
como yo le ordené?
¡Ah! ¡Aquí está!

HERODÍAS
No debes mirarla.
¡No dejas de mirarla!

HERODES
¡Qué aspecto
tiene esta noche la luna!
¿No tiene acaso
un aspecto extraño?
Parece como una mujer demente,
que por doquier buscase amantes.
Como una mujer ebria,
tambaleándose entre las nubes.

HERODÍAS
No,
la luna sólo se parece a la luna.
Entremos de nuevo.

"SALOMÉ" Richard Strauss /Continuación











HERODES
Quiero quedarme aquí.
¡Manases, coloca aquí las alfombras!
¡Encended antorchas!
¡Quiero beber más vino
con mis invitados!
¡Ah! He resbalado.
He pisado sangre,
es un mal presagio.
¿Por qué hay sangre aquí?
¿Y este cadáver?
¿De quién es este cadáver?
¿De quién es el cadáver?
No quiero verlo.

PRIMER SOLDADO
Es nuestro capitán, señor.

HERODES
Yo no he mandado
matarle.

PRIMER SOLDADO
Él mismo se ha matado, señor.

HERODES
Eso me resulta extraño.
Ese joven sirio, tan hermoso.
Ya recuerdo,
ponía ojos lánguidos
cuando miraba a Salomé.
¡Lleváoslo!
Hace frío aquí. Sopla el viento.
¿Acaso no sopla el viento?

HERODÍAS
No, no sopla ningún viento.

HERODES
Yo digo que sí:
que sopla el viento,
y oigo en el aire algo,
como un batir de poderosas alas.
¿No las oís vosotros también?

HERODÍAS
Yo no oigo nada.

HERODES
Ahora ya no las oigo.
Pero las oía.
Era el viento.
Ya ha pasado.
¡Escucha!
¿No lo oyes ahora?
Como el batir de poderosas alas.


HERODÍAS
Estás enfermo.
Entremos.

HERODES
No estoy enfermo.
Pero tu hija
está enferma de muerte.
Nunca la había visto tan pálida.

HERODÍAS
Ya te he dicho
que no debes mirarla.

HERODES
¡Escanciadme vino!
Salomé, ven y bebe conmigo,
es un vino exquisito.
El propio César me lo ha enviado.
Moja en él tus pequeños labios,
tus pequeños labios rojos,
luego, yo vaciaré la copa.

SALOMÉ
No tengo sed, tetrarca.

HERODES
(a Herodías)
¿Oyes cómo me contesta
esta hija tuya?

HERODÍAS
Tiene razón.
¿Por qué no dejas de mirarla?

HERODES
¡Traed frutas maduras!
Salomé, ven y come conmigo
de estas frutas.
Es tan agradable la huella
de tus pequeños dientes blancos
en una fruta.
Muerde sólo un poco,
sólo un poco, de esta fruta,
luego, yo comeré lo que quede.

SALOMÉ
No tengo hambre, tetrarca.

HERODES
(a Herodías)
¿Ves cómo has educado
a esta hija tuya?




HERODÍAS
Mi hija y yo provenimos
de una estirpe de reyes.
Tu padre era camellero,
tu padre era un ladrón
y, además, bandido.

HERODES
Salomé, ven y siéntate a mi lado.
Yo quiero que te sientes
en el trono de tu madre.

SALOMÉ
No estoy cansada, tetrarca.

HERODÍAS
Ya ves cómo te aprecia.

HERODES
Traedme... ¿qué es lo que quería?
Lo he olvidado.
¡Ah! ¡Ah! Ya me acuerdo.

VOZ DE JOKANAÁN
Mirad, la hora ha llegado,
el día del que os hablé ya está aquí.

HERODÍAS
¡Hazle callar!
¡Ese hombre me injuria!

HERODES
No ha dicho nada contra ti.
Además,
es un gran profeta.

HERODÍAS
Yo no creo en los profetas.
Pero tú le tienes miedo.

HERODES
Yo no le tengo miedo a nadie.

HERODÍAS
Te digo que le tienes miedo.
¿Por qué no lo entregas
a los judíos
que te lo piden hace meses?

PRIMER JUDÍO
¡En verdad, sería mejor
que lo pusierais en nuestras manos!

HERODES
¡Basta ya!
No lo pondré
en vuestras manos.
Es un santo varón.
Un hombre
que ha visto a Dios.



PRIMER JUDÍO
Eso no puede ser.
Desde el tiempo del profeta Elías
nadie ha visto a Dios.
Él fue el último de este país
que vio cara a cara a Dios.
En nuestros días,
Dios no se manifiesta.
Dios se esconde.
Es la razón por la que han llovido
tantos males sobre el país.

SEGUNDO JUDÍO
Nadie sabe, en verdad,
si Elías vio realmente a Dios.
Tal vez lo único que vio
fue la sombra de Dios.

TERCER JUDÍO
Dios no se ha ocultado nunca.
Él se muestra en todo tiempo
y en todo lugar.
Dios está tanto en lo malo
como en lo bueno.

CUARTO JUDÍO
(dirigiéndose al tercer judío)
No deberías decir eso:
es una doctrina muy peligrosa
que procede de Alejandría.
Y los griegos son paganos.

QUINTO JUDÍO
Nadie puede decir cómo obra Dios.
Sus caminos son muy oscuros.
A nosotros sólo nos es dado
inclinar la cabeza ante su voluntad,
porque Dios es muy poderoso.

PRIMER JUDÍO
Tú dices la verdad.
Ciertamente, Dios es terrible.
Pero, por lo que toca a este hombre,
él nunca ha visto a Dios.
Desde el tiempo del profeta Elías
nadie ha visto a Dios.
Él fue el último, etc.

SEGUNDO JUDÍO
Nadie sabe, en verdad, etc.
Dios es terrible,
parte en pedazos al fuerte,
al fuerte tanto como al débil,
pues para él todos son iguales.
Tal vez, etc.

TERCER JUDÍO
Dios no se ha ocultado
en ningún tiempo, etc.


CUARTO JUDÍO
No deberías decir eso, etc.
Ni siquiera han sido circuncidados.
Nadie puede decir cómo obra Dios,
porque Dios es muy poderoso.
Destruye tanto al fuerte
como al débil.
Dios es poderoso.

QUINTO JUDÍO
Nadie puede decir
de qué modo
obra Dios, etc.
Es posible que las cosas
que nosotros llamamos buenas
sean muy malas,
y que las cosas que llamamos malas
sean muy buenas.
No sabemos nada de nada.

HERODÍAS
(a Herodes)
Haz que se callen,
me aburren.

HERODES
Pero yo he oído decir
que Jokanaán es,
en verdad, vuestro profeta Elías.

PRIMER JUDÍO
Eso no puede ser.
Desde los tiempos del profeta Elías
han transcurrido
más de trescientos años.

PRIMER NAZARENO
Yo estoy seguro
de que es el profeta Elías.

PRIMER JUDÍO
Eso no puede ser, etc.

LOS OTROS JUDÍOS
¡Él no es, en absoluto,
el profeta Elías!

HERODÍAS
¡Haz que se callen!

VOZ DE JOKANAÁN
Mirad, está cerca el día,
el día del Señor,
y sobre los montes oigo
las pisadas de Aquel
que será el Salvador del mundo.

HERODES
¿Qué quiere decir eso
de Salvador del mundo?

PRIMER NAZARENO
El Mesías ha llegado.



PRIMER JUDÍO
¡El Mesías no ha llegado!

PRIMER NAZARENO
Ha llegado
y por doquier hace prodigios.
En ocasión de una boda en Galilea,
transformó el agua en vino.
Y sanó a dos leprosos
en Cafarnaúm.

SEGUNDO NAZARENO
¡Con sólo tocarlos!

PRIMER NAZARENO
También ha sanado a ciegos.
¡Y le han visto sobre un monte
hablando con los ángeles!

HERODÍAS
¡Oh, no! Yo no creo en prodigios,
¡he visto ya demasiados!

PRIMER NAZARENO
A la hija de Jairo la despertó
del sueño de la muerte.

HERODES
¡Cómo! ¿Resucita a los muertos?

PRIMERO, SEGUNDO
NAZARENOS
Cierto. Resucita a los muertos.

HERODES
Le prohíbo hacer eso.
¡Sería terrible,
si los muertos resucitasen!
¿Dónde está ahora ese hombre?

PRIMER NAZARENO
Señor, él está en todas partes,
pero es difícil encontrarle.

HERODES
Hay que encontrar a ese hombre.

SEGUNDO NAZARENO
Se habla que ahora está en Samaría.

PRIMER NAZARENO
Hace unos días
que salió ya de Samaría,
creo que en estos momentos
anda cerca de Jerusalén.

HERODES
Escuchadme:
¡le prohíbo
resucitar a los muertos!
¡Sería terrible
que los muertos regresaran!



VOZ DE JOKANAÁN
¡Ah, contra esa mujer lujuriosa,
hija de Babilonia,
habla el Señor, nuestro Dios!

HERODÍAS
Ordénale que se calle.

VOZ DE JOKANAÁN
¡Que una muchedumbre
se agolpe a su alrededor,
que tomen piedras
y la lapiden!

HERODÍAS
¡Verdaderamente
esto es ignominioso!

VOZ DE JOKANAÁN
¡Los capitanes de los ejércitos
la atravesarán
con sus espadas
y la aplastarán
con sus escudos!

HERODÍAS
¡Que se calle! ¡Que se calle!

VOZ DE JOKANAÁN
¡Es así como yo extirparé
toda maldad
y como enseñaré a todas las mujeres
a no caminar por la senda
de sus abominaciones!

HERODÍAS
¿Oyes lo que dice contra mí,
y permites que me injurie,
a mí, a tu mujer?

HERODES
Él no ha mencionado tu nombre.

VOZ DE JOKANAÁN
Vendrá un día
en que el sol se oscurecerá,
como cegado por un negro paño.
Y la luna se volverá como sangre
y las estrellas del cielo
caerán sobre la tierra,
como los higos que,
aún no maduros,
caen de la higuera.
Vendrá un día en que
los reyes de la tierra
sentirán espanto.




HERODÍAS
¡Ja, ja! Este profeta
habla como un borracho.
No puedo soportar
el sonido de su voz,
odio su voz.
Ordénale que se calle.

HERODES
Baila para mí, Salomé.

HERODÍAS
No quiero que baile.

SALOMÉ
No tengo ningún deseo de bailar,
tetrarca.

HERODES
¡Salomé, hija de Herodías,
baila para mí!

SALOMÉ
No quiero bailar, tetrarca.

HERODÍAS
Ya ves cómo te obedece.

VOZ DE JOKANAÁN
Estará sentado
en su trono vestido
de escarlata y púrpura.
Y el ángel del Señor
le golpeará.
Y su cuerpo será devorado
por los gusanos.


HERODES
¡Salomé!
¡Salomé, baila para mí,
te lo ruego!
Me siento triste esta noche,
baila para mí.
¡Salomé, baila para mí!
Si bailas para mí,
podrás pedirme cuanto desees.
Y yo te lo daré.

SALOMÉ
¿De verdad me darás
todo lo que te pida, tetrarca?

HERODÍAS
No bailes, hija mía.

HERODES
Todo, todo,
todo lo que me pidas,
aunque sea la mitad
de mi reino.

SALOMÉ
¿Lo juras, tetrarca?





HERODES
Lo juro, Salomé.

SALOMÉ
¿Por qué lo juras,
tetrarca?

HERODES
Por mi vida,
por mi corona,
por mis dioses.

HERODÍAS
¡No bailes, hija mía!

HERODES
¡Oh, Salomé, baila, Salomé!

SALOMÉ
Has prestado un juramento,
tetrarca.

HERODES
Lo he jurado, es verdad.

HERODÍAS
Hija mía, no bailes.

HERODES
Aunque sea la mitad de mi reino.
Serás una reina bella,
inconmensurablemente bella.
¡Ah! Hace frío aquí.
Sopla el viento helado,
y oigo...
¿por qué oigo en el aire
ese batir de alas?
¡Ah! Es como
si un enorme pájaro negro
revolotease sobre la terraza.
¿Por qué no puedo ver ese pájaro?
Ese batir de alas
es terrible.
Es como un viento cortante.
Pero no, no es frío,
es ardiente.
Derramad agua
sobre mis manos,
dadme a beber hielo,
desabrochadme el manto.
¡Rápido!
¡Rápido!
¡Desabrochadme el manto!
¡No! ¡Dejadlo!
Es la corona que me oprime.
Estas rosas son como fuego.
¡Ah! Ahora puedo respirar.
Ahora me siento feliz.
¿Quieres bailar para mí, Salomé?

HERODÍAS
¡No quiero que baile!

SALOMÉ
Quiero bailar para él.

VOZ DE JOKANAÁN
¿Quién es el que viene de Edom?
¿Quién es el que viene de Bosra
y cuyas ropas
están teñidas de púrpura,
y aparece envuelto en el resplandor
de sus atuendos,
caminando poderoso en su grandeza?
¿Por qué tus ropas
se tiñen de escarlata?

HERODÍAS
Entremos.
La voz de ese hombre
me enloquece.
No quiero que mi hija
baile en tanto él
no cese de gritar.
No quiero que baile
en tanto tú
la mires de ese modo.
En una palabra:
no quiero que baile.
¡No quiero que baile!

HERODES
No te levantes, esposa mía,
reina mía.
No te ha de servir para nada,
pues no entraré
hasta que ella haya bailado.
¡Baila, Salomé, baila para mí!

HERODÍAS
¡No bailes, hija mía!

SALOMÉ
Estoy dispuesta, tetrarca.

(Danza de los siete velos)

HERODES
(a Herodías)
¡Ah! ¡Magnífico!
¡Maravilloso, maravilloso!
Ya ves,
tu hija ha bailado para mí.
¡Acércate, Salomé!
Acércate,
has de recibir tu recompensa.
Quiero recompensarte regiamente.
Todo cuanto tu corazón
pueda apetecer, te lo daré.
¿Qué es lo que deseas? ¡Habla!





SALOMÉ
Deseo que me traigan
en una bandeja de plata...

HERODES
En una bandeja de plata...
Por supuesto...
en una bandeja de plata.
¿Verdad que es encantadora?
¿Qué es lo que deseas que te traigan
en una bandeja de plata?
¡Oh dulce, oh hermosa Salomé,
tú que eres más bella
que todas las hijas de Judea!
¿Qué es lo que te han de traer
en una bandeja de plata?
¡Dímelo!
No importa lo que sea,
lo tendrás.
Mis reinos
te pertenecen.
¿Qué deseas, Salomé?
¡Dímelo!

SALOMÉ
La cabeza de Jokanaán.

HERODES
¡No, no!

HERODÍAS
¡Ah! ¡Bien dicho, hija mía!
¡Bien dicho!

HERODES
¡No, no, Salomé!
¡No es eso lo que tú deseas!
No escuches la voz de tu madre.
Ella siempre te dio
malos consejos.
No le prestes atención.

SALOMÉ
Yo no presto atención
a la voz de mi madre.
Es para mi propio placer,
para lo que quiero que me entregues
la cabeza de Jokanaán
en una bandeja de plata.
Has prestado un juramento, Herodes.
Has prestado un juramento.
¡No lo olvides!

HERODES
Ya sé
que he hecho un juramento.
Lo sé muy bien.
Lo he jurado por mis dioses.
Pero te lo suplico,
Salomé,
pídeme cualquier otra cosa.
Pídeme la mitad de mi reino.
Te lo entregaré.
Pero no me pidas
lo que tus labios
acaban de pedir.

SALOMÉ
Te pido la cabeza
de Jokanaán.

HERODES
No, no,
no te la quiero dar.

SALOMÉ
Has prestado un juramento,
Herodes.

HERODÍAS
Sí, has prestado un juramento.
Todos lo han oído.

HERODES
Silencio, mujer,
no estoy hablando contigo.

HERODÍAS
Mi hija ha hecho bien
en pedir
la cabeza de Jokanaán.
Él me ha cubierto
de insultos y de afrentas.
Se nota que ella ama a su madre.
¡No cedas, hija mía,
no cedas!
Él ha prestado un juramento.

HERODES
¡Cállate, no me hables!
¡Salomé,
te lo suplico;
no seas obstinada!
Escucha...
yo siempre te he tenido cariño.
Puede incluso que te quiera.
No me pidas eso.
La cabeza de un hombre,
separada del cuerpo,
no es un espectáculo agradable.
¡Escucha lo que te digo!
Tengo una esmeralda.
Es la esmeralda
más hermosa del mundo.
¿Verdad que te gustaría poseerla?
Pídemela y te daré
la esmeralda más hermosa.

SALOMÉ
¡Exijo la cabeza de Jokanaán!

HERODES
No me estás escuchando,
no me estás escuchando.
¡Deja que te explique, Salomé!





SALOMÉ
¡La cabeza de Jokanaán!

HERODES
Dices eso para atormentarme,
porque te he estado mirando tanto.
Tu belleza me ha turbado.
¡Oh! ¡Oh! ¡Traedme vino!
¡Tengo sed!
¡Salomé, Salomé seamos amigos!
¡Reflexiona!
¡Ah! ¿Qué quería yo decir?
¿Qué era? ¡Ah! ¡Ya lo tengo!
Salomé, tú has visto
mis hermosos y blancos
pavos reales,
que pasean en el jardín
entre los mirtos.
Te los daré todos,
absolutamente todos.
No hay en el mundo
otro rey que tenga
unos pavos reales como esos.
Sólo tengo cien.
Pero te los daré todos.

SALOMÉ
¡Dame la cabeza de Jokanaán!

HERODÍAS
¡Bien dicho, hija mía!

HERODES
¡Cállate, mujer!
Graznas como un ave de rapiña.

HERODÍAS
(a Herodes)
Y tú te pones en ridículo
con tus pavos reales.

HERODES
Tu voz me tortura.
¡Cállate de una vez!
Salomé, reflexiona.
¿qué pretendes hacer?
Quizás lo ha enviado Dios.
Es un hombre santo.
Lo ha tocado el dedo de Dios.
¿Te gustaría acaso que me sucediera
una desgracia, Salomé?
Entonces, ¡escúchame!

SALOMÉ
Quiero la cabeza de Jokanaán.

HERODES
¡Ah, no quieres escucharme!
Tranquilízate, Salomé.
Ya ves, estoy tranquilo.
Escucha:
tengo escondidas joyas,
joyas que ni siquiera tu madre
ha visto.
Tengo un collar con cuatro
hileras de perlas.
Topacios, amarillos
como ojos
de tigre.
Topacios, rosados
como los ojos
de palomas torcaces
y topacios verdes
como ojos
de gato.
Tengo ópalos que siempre brillan
como una llama fría en el hielo.
¡Te los daré todos, todos!
Tengo crisolitos y berilos,
crisopacios y rubíes.
Tengo sardónicos y jacintos,
y piedras de Calcedonia.
Te las daré todas,
todas y muchas cosas más.
Tengo un cristal
que a ninguna mujer
le ha sido permitido ver.
Escondidas en un cofrecillo de nácar
guardo tres turquesas maravillosas:
aquel que las luzca en su frente
podrá ver cosas que no existen.
Son tesoros de un valor incalculable.
¿Qué más puedes desear, Salomé?
Te daré todo lo que me pidas,
todo menos una cosa:
todo menos la vida de ese hombre.
Te daré el manto
del sumo sacerdote.
Te daré el velo
del Templo.

LOS JUDÍOS
¡Oh! ¡Oh!

SALOMÉ
¡Dame la cabeza de Jokanaán!





HERODES
¡Que le den lo que pide!
¡Es, en verdad,
digna hija de su madre!
¿Quién me ha quitado el anillo?
Tenía un anillo en mi mano derecha.
¿Quién se ha bebido el vino?
Había vino en mi copa.
Estaba llena de vino.
Alguien se lo ha bebido.
¡Oh, seguro
que a alguien le ocurrirá
una desgracia!

HERODÍAS
¡Mi hija ha obrado como debía!

HERODES
Estoy seguro de que
va a ocurrir una desgracia.

SALOMÉ
No se percibe ningún ruido.
No oigo nada.
¿Por qué no grita ese hombre?
¡Ah! ¡Si alguien viniese a matarme,
yo gritaría, me defendería,
no se lo permitiría!
¡Golpea!
¡Golpea! ¡Naamán!
¡Golpea, te digo!
No, no oigo nada.
¡Hay un silencio terrible!
¡Ah! Ha caído algo al suelo.
He oído caer algo.
Era la espada del verdugo.
Ese esclavo tiene miedo.
¡Ha dejado caer la espada!
No se ha atrevido a matarlo.
Ese esclavo es un cobarde.
¡Enviad allí soldados!


(al paje)

Ven aquí, tú eras amigo suyo,
¿verdad?
Pues bien, escucha lo que te digo:
todavía no ha habido
bastantes muertos.
Ve a los soldados y ordénales
que bajen y que me traigan
lo que he pedido,
lo que el tetrarca me prometió,
¡lo que me pertenece!

(a los soldados.)

¡Aquí, soldados,
bajad a la cisterna
y traedme la cabeza de ese hombre!
¡Tetrarca, tetrarca,
ordena a tus soldados
que me traigan
la cabeza de Jokanaán!

(a la cabeza de Jokanaán)

¡Ah!
¡No quisiste que yo besara
tu boca, Jokanaán!
Pues bien, ¡ahora voy a besarla!
Quiero morderla con mis dientes,
como se muerde una fruta madura.
Sí, ahora quiero besar
tu boca, Jokanaán.
Te lo dije,
¿No es verdad que te lo dije?
¡Ah, ah! Ahora quiero besarla.
Pero, ¿por qué no me miras,
Jokanaán?
Tus ojos tan terribles,
llenos de furia y desprecio,
están ahora cerrados.
¿Por qué están cerrados?
¡Abre los ojos!
¡Levanta los párpados,
Jokanaán!
¿Por qué no me miras?
¿Me temes, Jokanaán,
y por eso no quieres mirarme?
Y tu lengua,
Jokanaán,
ya no profiere ni una palabra,
esa víbora escarlata,
que contra mí escupía su veneno.
¿No resulta extraño?
¿Cómo es que ya no se mueve
esa roja víbora?
Hablaste contra mí,
en contra de Salomé,
hija de Herodías,
princesa de Judea.
¡Pues bien!
¡Yo vivo, pero tú estás muerto,
y tu cabeza, tu cabeza me pertenece!
Puedo hacer con ella
lo que me plazca.
Puedo arrojársela a los perros
y a las aves.
Lo que dejen los perros
se lo comerán las aves.
¡Ah! Jokanaán, Jokanaán,
eras tan hermoso.
Tu cuerpo era
una columna de marfil
edificada sobre pies de plata.
Era un jardín lleno de palomas,
sembrado de lirios de plata.
Nada en el mundo
era tan blanco como tu cuerpo.
Nada en el mundo
era tan negro como tus cabellos.
En el mundo entero
nada era tan rojo como tu boca.
Tu voz olía como un incensario
y, cuando te miraba,
oía una música misteriosa.





¡Ah!
¿Por qué no quisiste mirarme,
Jokanaán?
Sobre tus ojos pusiste la venda
que llevan los que sólo ven a Dios.
¡Pues bien!
Ya has visto a tu Dios, Jokanaán,
pero a mí, a mí, nunca me viste.
¡Si me hubieses visto,
me habrías amado!
Tengo sed de tu belleza.
Tengo hambre de tu cuerpo.
Ni el vino ni las manzanas
podrán apaciguar mi deseo.
Y ahora,
¿qué he de hacer, Jokanaán?
Ni los ríos ni los mares
son capaces de apagar
mi pasión abrasadora.
¡Oh! ¿Por qué no me miraste?
Si me hubieses mirado
me habrías amado.
Bien lo sé, me habrías amado.
Y el misterio del amor
es más grande
que el misterio de la muerte.

HERODES
(a Herodías)
Tu hija es un monstruo.
¡Te digo que es un monstruo!

HERODÍAS
Mi hija ha obrado bien.
Quiero quedarme aquí.

HERODES
¡Ah!
¡Ya habló la mujer de mi hermano!
Ven, no quiero permanecer
más tiempo aquí.
¡Ven conmigo!
Sin duda
va a ocurrir algo terrible.
Ocultémonos
en el palacio, Herodías,
empiezo a temblar.
¡Manases, Isacar, Ozías,
apagad las antorchas!
¡Ocultad la luna,
ocultad las estrellas!
Algo terrible va a ocurrir.

SALOMÉ
¡Ah!
He besado tu boca,
Jokanaán.
¡Ah!
He besado tu boca,
había un sabor amargo en tus labios.
¿Era el sabor de la sangre?
¡No!
Tal vez no era sino
el sabor del amor.
Dicen que el amor
tiene un sabor amargo.
Mas, ¿qué importa?, ¿qué importa?
He besado tu boca,
Jokanaán.
Yo he besado tu boca.

HERODES
(girándose y mirando a Salomé)
¡Matad a esa mujer!

(Los soldados se abalanzan sobre
Salomé y la aplastan bajo sus
escudos.)



-Final-