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martes, abril 10, 2007

Roberto Cossa:Yepeto


Yepeto
de Roberto Cossa


PERSONAJES
Profesor
Antonio


LA ACCION TRANSCURRE, ALTERNATIVAMENTE, EN EL DEPARTAMENTO DEL PROFESOR Y EN UN BAR CUALQUIERA DE BUENOS AIRES.
PERO LOS AMBITOS ESTAN APENAS SUGERIDOS. PARA EL DEPARTAMENTO DEL PROFESOR BASTA UNA CAMA Y UNA MESITA DE LUZ CARGADA DE CAJAS Y FRASCOS DE REMEDIOS. HAY, ADEMAS, UNA PEQUEÑA BIBLIOTECA Y LIBROS DESPARRAMADOS POR LA CAMA Y EL SUELO. EL BAR ESTA INDICADO POR UNA MESA REDONDA Y DOS SILLAS "THONET" , LO QUE INDICA QUE SE TRATA DE UNO DE LOS POCOS CAFES ANTIGUOS QUE SUPERVIVEN EN LA CIUDAD.
LOS POCOS ELEMENTOS PUEDEN SERVIR PARA UNO Y OTRO AMBIENTE, DE ACUERDO CON LAS NECESIDADES DE LOS PERSONAJES.
CUANDO LAS LUCES CONECTAN AL ESPECTADOR CON EL ESCENARIO ESTAN LOS DOS PERSONAJES EN ACTITUD DIAMETRALMENTE OPUESTA.
EL PROFESOR ES UN HOMBRE DE ALGO MAS DE CINCUENTA AÑOS. NO ES NECESARIO QUE TENGA LA CLASICA FIGURA DEL INTELECTUAL. MAS BIEN PARECE UN TIPO DE BARRIO Y -QUIZAS- UN EX FUTBOLISTA.
FISICAMENTE REPRESENTA LA EDAD QUE TIENE PERO CUANDO HABLA Y ACTUA PARECE UNOS AÑOS MENOR. ESTA TIRADO EN LA CAMA, ESCRIBIENDO A MANO EN UN CUADERNO, CON SUS ANTEOJITOS PARA VER DE CERCA CALADOS EN LA PUNTA DE LA NARIZ.
ANTONIO ESTA SENTADO EN LA MESA DEL BAR BEBIENDO CONTINUAMENTE GINEBRA. ES UN JOVEN DE VEINTE AÑOS QUE ESTA A PUNTO DE EXPLOTAR. VISTE UN ATUENDO DEPORTIVO Y A SUS PIES DESCANSA UN BOLSO AJADO POR EL USO. TIENE UN ROSTRO SENSIBLE E INTELIGENTE, PERO CON UNA EXPRESION QUE, A PRIMERA VISTA, HACE PRESUMIR UN TIPO VIOLENTO. EN REALIDAD, NO ES MAS QUE UN CHICO ACORRALADO, CON UNA GRAN IRRITACION.
DURANTE UN INSTANTE, EL ESPECTADOR TENDRA ANTE SI ESTAS DOS IMAGENES CONTRAPUESTAS.
HASTA QUE EL PROFESOR, LUEGO DE LEER LO QUE ESTA ESCRIBIENDO DICE, PARA SI:

PROFESOR : Que el tutor esté enamorado de Julio, está claro... Ella es muy joven... hermosa... ¿Pero qué es lo que a Julia le atrae del tutor? ¿Nada más que la inteligencia? Desea físicamente al teniente de húsares, pero se siente atraída intelectualmente por el viejo tutor. (PIENSA) Es muy convencional.
(ARRANCA LA HOJA, LA ESTRUJA Y LA TIRA AL SUELO. VUELVE A ESCRIBIR)
(ANTONIO, AJENO AL PROFESOR, HA ESTADO BEBIENDO HASTA QUE ESTALLA)
ANTONIO : (CON VIOLENCIA CONTENIDA) ¡Déjela tranquila a Cecilia, viejo degenerado! ¡O le rompo el alma a patadas!
(EL PROFESOR -DESTINATARIO DE LA AGRESION- DEJA DE ESCRIBIR, SE QUITA LOS ANTEOJOS Y DICE TRANQUILAMENTE)
PROFESOR : Me parece una conversación desagradable.
(EN TODA LA ESCENA SIGUIENTE EL PROFESOR SE LEVANTA DE LA CAMA Y PRACTICARA TODAS LAS ACCIONES DE QUIEN SE PREPARA PARA SALIR)
ANTONIO : ¿Por qué le dice las cosas que le dice?
PROFESOR : (MIENTRAS SE CEPILLA LOS DIENTES) No quiero mantener una conversación en ese tono. Si querés hablar, hablamos. Dijiste que querías hablar conmigo.
(MIENTRAS EL PROFESOR CONTINUA CON SUS PREPARATIVOS ANTONIO LO OBSERVA)
ANTONIO : (CON TONO DE COMPROBACION) ¡Es un viejo! Cecilia me dijo: "es un hombre grande" Pero es un viejo.
PROFESOR : Depende para qué. A mi edad Thomas Mann escribió "La Montaña Mágica". Goya pintó "Los Fusilamientos" y Tchaikovsky compuso la sinfonía "Patética". Y Bach tuvo hijos. Así que para eso también estoy en edad.
(EL PROFESOR ESTA EN CALZONCILLOS, PONIENDOSE LOS PANTALONES. ANTONIO VUELVE A OBSERVARLO)
ANTONIO : No la entiendo a Cecilia... Se puede ser viejo, pero tener pinta.
PROFESOR : Nunca recibí tantos elogios juntos. Viejo y viejo de mierda al mismo tiempo.
(EL PROFESOR SEGUIRA VISTIENDOSE)
ANTONIO : ¿Pero no se da cuenta que es una nena?
PROFESOR : Supongo que si está en la universidad, es mayorcita. La ley me protege.
ANTONIO : ¡Tiene diecisiete años! Y usted lo sabe. Ella se lo dijo el día que se fueron a caminar por los bosques de Palermo.
PROFESOR : ¿Por los bosques de Palermo?
ANTONIO : Usted le preguntó: "¿qué edad tenés? Ella le dijo: diecisiete. Y usted le dijo: "¿No te da vergüenza?" A ella le pareció muy gracioso.
PROFESOR : ¡Es muy gracioso! Tener diecisiete años es casi una obscenidad.
ANTONIO : (AMENAZANTE) ¡Lo único que le digo es que la deje tranquila!
PROFESOR : ¡Bueno, basta! Cuando me llamaste por teléfono dijiste que querías hablar conmigo. ¡Hablar!
ANTONIO : ¿Sabe de qué tengo ganas ahora? ¡De pegarle una trompada!
PROFESOR : ¿Y por qué no me pegás?
ANTONIO : Porque es un viejo.
PROFESOR : Eso es una ventaja. Espero que el año que viene ya me empiecen a dar el asiento en los colectivos.
ANTONIO : ¿La va a dejar tranquila?
PROFESOR : Insisto en que se trata de una conversación desagradable. Cecilia es una alumna que tiene ganas de charlar con su profesor. Eso es todo. ¡Pero, de pronto, aparece Otelo dispuesto a clavar su daga en el cuello de un inocente que sólo desea que Desdémona entienda, de una vez por todas, que la literatura es un arte cuyo único secreto está en que la palabra alcance la estatura de la imagen! Entre paréntesis... ¿Sabés quiénes fueron Otelo, Yago y Desdémona?
(ANTONIO SE TOMA SU TIEMPO PARA DECIR)
ANTONIO : Usted se la quiere coger.
PROFESOR : (DESPUES DE RECIBIR EL IMPACTO, RECUPERA SU HUMOR) ¡Ah, por supuesto! ¿Qué hombre de mi edad, con sus hormonas en condiciones, rechazaría acostarse con una joven de diecisiete años? Yo tengo seis cursos... En total... (CALCULA) Más de sesenta mujercitas menores de veinte años. Te diré que, salvo tres o cuatro, no rechazaría a ninguna.
ANTONIO : ¡Usted es un viejo degenerado!
PROFESOR : (MANTIENE SU TONO BURLON) ¡Pero con algunos principios! (CAMBIA EL TONO, PARA DEMOSTRAR QUE HABLA EN SERIO) Jamás me acuesto con mis alumnas. (RECUPERA SU ESTILO IRONICO) Ahora... una vez que se gradúan... Conozco el caso de algunas alumnas que terminaron su carrera con el único propósito de conocer mi cama. ¡No sabés lo que es mi casa la semana siguiente a la finalización de los cursos! ¡Un desfile! (A PARTIR DE AQUI MIMARA EL RELATO) Suena el timbre... ¿Señorita? "Soy licenciada en letras". ¿Su diploma? ¡Muy bien! ¡A la cama! (LE HABLA CONFIDENCIALMENTE) Es más... Yo reprobé a Simone De Beauvoir porque pensé... "Esta vieja fulera estudia letras para poder acostarse conmigo". ¿Sabés quién fue Simone De Beauvoir?
ANTONIO : No.
PROFESOR : Lo lamento. Te perdiste un buen chiste.
(EL PROFESOR SE SIGUE PREPARANDO PARA SALIR. ANTONIO NO DEJA DE MIRARLO)
ANTONIO : En la foto parecía más joven.
PROFESOR : ¿Qué foto?
ANTONIO : La que salió en el diario.
PROFESOR : (SIMULA NO RECORDAR) ¿Qué diario?
ANTONIO : La vez pasada... ¡Que se hablaba de usted! Cecilia me la mostró.
PROFESOR : (MIENTE) ¿En el diario...?
ANTONIO : Recortó el artículo y lo lleva en el cuaderno. Se la pasa mirando su foto.
PROFESOR : ¿Pero qué foto?
ANTONIO : Esta. (SEÑALA UNA FOTO PEGADA EN LA PARED)
PROFESOR : ¡Ah...! ¡Pobre Cecilia! Cree en el prestigio de los suplementos literarios. Es muy ingenua.
ANTONIO : Cuando vi la foto se lo dije. No es tan viejo.
PROFESOR : Es una foto de archivo. En esa época todavía no me orinaba encima. Y tenía más pelo.
(SE HACE UNA PAUSA. EL PROFESOR TOMA UN REMEDIO Y SE SIRVE UNA TAZA DE TE. ANTONIO SIGUE BEBIENDO GINEBRA. AL FINAL DICE:)
ANTONIO : Cecilia dice siempre que usted es muy seductor. No la entiendo.
PROFESOR : Ah... No pretendas entender nunca a una mujer. No lo vas a conseguir. Mi primera esposa me dijo un día: "quiero tomar un helado en Plaza Francia". Yo no tenía muchas ganas, pero... ¡bue! ¡Fuimos a tomar un helado en Plaza Francia". Estábamos tomando el helado y, de pronto, se puso a llorar. "¿Pero qué te pasa? ¿Por qué llorás?" "Porque vos no me comprendés" "¿Pero, por qué. Qué te hice?" "¿Como no te diste cuenta que lo que yo quería era tomar un café en San Telmo?" Nos separamos, por supuesto. Mi segunda mujer, me dijo un día... "Quiero tomar un helado en Plaza Francia" A esa altura, te imaginás, yo era un hombre de experiencia. Le dije: "Bueno". Agarré el auto y... (HACE GESTO DE ANDAR) Cuando vió que cruzábamos Independencia se empezó a poner inquieta. "¿A dónde me llevás?" "Esto no es Plaza Francia" (COMPONE A UN DURO) "Yo sé lo que a vos te gusta" La bajé del auto a cachetazos y la metí en un bar de San Telmo. Pedí dos cafés. Ella empezó a tirar sillas contra la pared... rompió dos espejos... arañó a cuatro mozos, mientras gritaba: "¡Quiero tomar un helado en Plaza Francia!" Así terminó mi segundo matrimonio... Con las mujeres hay dos momentos maravillosos: el primero cuando las tenés encima y el segundo cuando te las sacás de encima.
(COLOCA LA TAZA DE TE SOBRE LA MESA Y SE SIENTA FRENTE A ANTONIO QUE SIGUE MUY TENSO Y BEBE CON ANSIEDAD)
Calmate.
ANTONIO : (SE AFLOJA) Quiero pedirle perdón por lo que le dije.
PROFESOR : A mi edad, viejo degenerado suena casi a un elogio. No hubiera soportado que me dijeras viejo aburrido.
(PAUSA)
PROFESOR : ¿Cómo te llamás?
ANTONIO : Antonio.
PROFESOR : Como Machado.
ANTONIO : ¿Cómo quién?
(EL PROFESOR SONRIE IRONICAMENTE, ANTONIO REGISTRA EL GESTO Y REACCIONA AGRESIVO:)
ANTONIO : No. Como Alzamendi.
PROFESOR : ¿El puntero de River...? ¿El uruguayo? A mí me gustaba cuando jugaba en Independiente, pero ya no tiene la misma velocidad de antes.
(ANTONIO RECIBE EL IMPACTO. NO ESPERABA QUE ESTE INTELECTUAL SUPIERA TAMBIEN DE FUTBOL. EL PROFESOR LO ADVIERTE Y DIRA CON LA MISMA PEDANTERIA) ¿Qué te extraña? Siempre les digo a mis alumnos que vean fútbol. Es un espectáculo hermoso. (ANTONIO NO RESPONDE) Hay un tiempo para Shakespeare... otro tiempo para Bach... y otro para Pelé. ¿Sabés quién era Pelé?
ANTONIO : No me cargue más.
PROFESOR : La vez pasada dije en una clase que el mayor placer que puede vivir el hombre contemporáneo es ver el gol que Maradona le hizo a los ingleses... Pero las cien mil personas no gritan "gol". Corean, armónicamente, el Canto a la Alegría de la novena sinfonía de Beethoven. (COREA LA NOVENA SINFONIA DICIENDO GOL, GOL, GOL) ¡Un orgasmo intelectual!
(EL PROFESOR, MUY SATISFECHO CONSIGO MISMO, SACA UNA CAPSULA Y LA BEBE CON EL TE. ANTONIO NO LE SACA LOS OJOS DE ENCIMA, HASTA QUE DICE:)
ANTONIO : ¿La va a dejar tranquila?
PROFESOR : ¿Qué querés decir?
ANTONIO : (SE ALTERA) Que no la joda. Que no la busque más. Que no la lleve a pasear por los bosques de Palermo.
PROFESOR : ¡Y dale con los bosques de Palermo! ¿Acaso Sócrates no le enseñaba a sus alumnos caminando por los jardines de Atenas?
ANTONIO : Eso es lo que usted le dijo para llevársela a los bosques de Palermo.
(EL PROFESOR QUEDA DESCOLOCADO, PERO MANTIENE SU GESTO IRONICO. ANTONIO INSISTE:)
ANTONIO : Cecilia me lo contó. Que usted le dijo: vamos a caminar por los bosques de Palermo. Como Sócrates.
PROFESOR : Y si...
ANTONIO : Y después le contó que Sócrates fue condenado por pervertir a la juventud.
PROFESOR : ¡Es un hecho histórico! (POR PRIMERA VEZ PIERDE SU POSTURA) ¡Pero qué situación desagradable! ¿Qué es esto? Un jovencito me viene a mi casa... primero me insulta... después me invita a tomar un café para charlar... Y termina diciéndome que trato de seducir a su noviecita. Una muchacha que, por otra parte, sabe lo que quiere.
ANTONIO : (EXPLOTA) ¡No sabe lo que quiere! Está confundida.
PROFESOR : De última... ¡es una alumna! Es mi responsabilidad. Esa chica tiene talento. Pero va a tener que trabajar en serio.
ANTONIO : Cuando empezaron las clases me dijo que usted la miraba mucho.
PROFESOR : ¡Pero no te digo! Esa chica tiene algo. Oíme... estoy cansado de darle clases a chiquilines mediocres... Uno se pregunta para qué mierda se dedican a la literatura.
ANTONIO : Y cuando charlaron en el tren...
PROFESOR : (LE RESTA IMPORTANCIA) Ah, sí... Nos encontramos de casualidad.
ANTONIO : Cecilia me contó que usted iba para el centro y ella para Pilar, a la casa de la tía. Que le dijo desde el andén de enfrente que lo esperara... Usted cruzó las vías.
PROFESOR : ¿Cómo que crucé las vías? ¿Qué? ¿Voy a hacer un papelón delante de todo el mundo? Crucé el andén como se debe cruzar.
ANTONIO : (OBCECADO) Pero cruzó el andén.
PROFESOR : ¡Y sí! Tenía que hacer tiempo. Me daba lo mismo ir al centro que ir a Pilar.
ANTONIO : Cuando me lo contó, le dije: te quiere coger. (EL PROFESOR VA A PROTESTAR. ANTONIO SIGUE Y DICE, COMO SI LE HABLARA A CECILIA:)
Escuchame... un tipo que se cruza la vía...
PROFESOR : ¡No crucé la vía!
ANTONIO : Que se cruza el andén... a la edad de él...
PROFESOR : (EXPLOTA) ¡Qué tiene que ver la edad! Hay viejos de ochenta... y pibes de quince... ¡y se la pasan de un andén a otro!
ANTONIO : (INSISTE) Lo que yo le explicaba a Cecilia... Un tipo como él... un profesor... un escritor... que tiene miles de cosas que hacer... Está en el andén de enfrente... Te ve. Se cruza... y se va hasta Pilar... ¡Dejame de joder! ¿Para qué? ¿Para hablarte de literatura?
PROFESOR : Y sí. Hablamos de literatura.
ANTONIO : (SIGUE EN LO SUYO) ¡Ese tipo te quiere coger! Después te invita a caminar por los bosques de Palermo...
PROFESOR : ¡Y dale con los bosques de Palermo! Ya te lo expliqué.
ANTONIO : ¿Qué está buscando? ¡Te quiere coger! Y se lo dije: acostate con él.
PROFESOR : (RECUPERA SU TONO CINICO) No sería mala idea. Pero ya te dije: jamás me acuesto con mis alumnas. Es una cuestión de principios.
(EL PROFESOR COMENZARA A DESPRENDERSE DEL BAR. TOMA LA TAZA DE TE Y LA COLOCA SOBRE LA MESITA DE LUZ. INGIERE UN REMEDIO Y SE TIRA EN LA CAMA. SACA UN CUADERNO Y SE PONE A ESCRIBIR. AL MISMO TIEMPO DICE:)
Eso sí: hacé esfuerzos para que no se gradúe.
ANTONIO : (CON DOLOR) Yo la amo, profesor. Y no quiero perderla.
PROFESOR : No seas convencional.
(EL PROFESOR YA ESTA ACOSTADO ESCRIBIENDO. ANTONIO BEBE. SE HACE UNA PAUSA. HASTA QUE ANTONIO TOMA UNA DECISION. SALE DEL BAR Y SE QUEDA PARADO UN INSTANTE FRENTE A LA CAMA DEL PROFESOR QUE SIGUE ESCRIBIENDO. FINALMENTE, EL PROFESOR DEJA A UN COSTADO EL CUADERNO Y DICE:)
PROFESOR : Pasá y sentate.
(ANTONIO TOMA LA SILLA DEL BAR, LA ACERCA A LA CAMA Y SE SIENTA)
(EL PROFESOR SIGUE ESCRIBIENDO)
ANTONIO : Lo interrumpí.
PROFESOR : (DEJA EL CUADERNO A UN COSTADO) Está bien. (ECHA GOTAS DE UN REMEDIO EN UN VASO)
ANTONIO : Lo siento.
PROFESOR : No importa.
ANTONIO : Justo estaba escribiendo.
PROFESOR : Y te lo agradezco. Me aburre escribir.
(ANTONIO HACE UN GESTO DE INCREDULIDAD)
¡En serio! ¡No sabés que alivio cuando alguien me interrumpe! ¡Y lo que me cuesta, a veces, encontrar una excusa para no escribir! ¡Te agradezco que hayas venido!
(EL PROFESOR BEBE EL REMEDIO. ANTONIO LO MIRA)
ANTONIO : En serio. No quise interrumpirlo.
PROFESOR : (LE GRITA) ¡Y yo te lo agradezco! ¡Me aburre escribir! ¡Porque soy un escritor aburrido! ¡Y el primero que se aburre soy yo! Imaginate los lectores... (BREVE PAUSA) Me divierte la idea que la gente tiene de los escritores. Influencia del cine norteamericano. ¿No viste esas películas? ¡Dostoiewsky! Escribe... escribe... sufre... se caga de frío... Pasan las carillas... pasan las carillas... ¡En cinco minutos se escribió "Crimen y castigo"! ¡Y claro! No se podía interrumpirlo. Si alguien golpeaba la puerta en el momento en que Raskolnikov iba a matar a la vieja... No había crimen... y entonces Dostoiewsky hubiera escrito una novela titulada "La tranquila vida del señor Raskolnikov". Y nos perdíamos uno de los monumentos de la literatura. (MIRA A ANTONIO) ¿Entendiste? (ANTONIO HACE UN GESTO DE ACEPTACION) Cecilia se hubiera reído a carcajadas. Esa chica me entiende. (TRANSICION) Ah, te aclaro. No me acosté con ella. Ni siquiera pude hablarle. Hace una semana que no viene a mis clases.
ANTONIO : Por eso quería hablarle.
(SE PRODUCE UNA PAUSA CREADA POR EL TIEMPO QUE SE TOMA ANTONIO PARA HABLAR. PEDIRA PERMISO PARA SERVIRSE UNA GINEBRA DE LA BOTELLA QUE ESTA EN LA MESA DEL BAR. LUEGO DIRA:)
Cecilia estuvo muy mal. Quería dejar las clases. (EL PROFESOR LO MIRA) Sus clases.
PROFESOR : (AMENAZANTE) Sos vos el que no quiere que venga a mis clases...
ANTONIO : (SE ENCRESPA) ¡Eso no es cierto!
PROFESOR : ¿No te das cuenta que para ella es muy importante...? Como escritora...
ANTONIO : (SE IMPONE) ¡No es cierto! ¿Quiere que le diga una cosa? ¡Estuvimos dos días hablando...! ¡Dos días sin parar! ¡Y no le estoy exagerando! Desde el miércoles a las dos de la tarde hasta el viernes al mediodía.
PROFESOR : A tu edad yo era capaz de estar dos días...
ANTONIO : (SE IMPONE) Ella me dijo que quería dejar sus clases. Así empezó todo. Yo le dije que no. ¡Que nos iba a joder! (SE ALTERA) ¿No se da cuenta que yo quiero lo mejor para ella?
PROFESOR : No creo en la bondad. Y menos en la tuya.
(ANTONIO BEBE. SE HACE UNA PAUSA)
PROFESOR : ¿Va a volver a las clases?
(ANTONIO ASIENTE. EL PROFESOR, ABSTRAIDO, SE SIRVE GINEBRA Y ALZA LA COPA HACIA ANTONIO) Por el amor de los jóvenes. (BEBE) (MIRA A ANTONIO) Cuarenta y ocho horas... (SABIENDO QUE NO ES ASÍ) ¿Qué? ¿Se recorrieron todos los bares de Buenos Aires?
ANTONIO : Un amigo me prestó el departamento. Se va de viaje. Pero fue muy hermoso. Es la primera vez que toco fondo con alguien.
PROFESOR : Nunca vas a tocar fondo con nadie, salvo que quieras conocer el infierno. ¿Leíste a Sartre?
(ANTONIO NIEGA)
Era mi escritor preferido cuando tenía tu edad. (LE ACLARA:) Un escritor de este siglo, ¿eh?
(ANTONIO SONRIE)
No te creas... Siempre pienso que uno de estos días algún alumno me va a preguntar si conocí personalmente a José Hernández.
(ANTONIO RIE FRANCAMENTE)
¿Te reís? El año pasado una alumna, una enana miserable, me preguntó si había conocido a Roberto Arlt.
(COMO SI LE HABLARA A LA ALUMNA:)
¡Nena...! Roberto Arlt murió en 1942.
ANTONIO : El año que nació mi viejo. Pero usted parece mayor que él.
PROFESOR : (SE PONE MAL) Yo soy mayor que todos.
ANTONIO : Digo... Pudo haberlo conocido.
PROFESOR : (SE VA CARGANDO) ¡Lo conocí! Yo salía del colegio con un globo en la mano y Roberto Arlt me lo hizo explotar con un cigarrillo. Yo me puse a llorar y Roberto Arlt salió corriendo mientras gritaba: "Ya tengo la idea para el `Juguete Rabioso".
(ANTONIO RIE FRANCAMENTE. EL PROFESOR BEBE. LA RISA DE ANTONIO LO AFLOJA. TOMA EL CUADERNO Y HACE UNA ANOTACION. LE ACLARA:)
Me puede servir para un cuento.
(EL PROFESOR SE QUEDA UN INSTANTE MIRANDO AL JOVEN)
Me caés bien. Y es raro, porque los jóvenes me rompen las pelotas.
ANTONIO : (INSINUANTE) Pero las jóvenes, no.
PROFESOR : Las jóvenes también me rompen las pelotas. Sólo que con las lindas soy más tolerante. La vez pasada vino a verme una ex alumna... Hermoso mujer... Un poco vieja... Veintisiete años...
(ANTONIO COMENZARA A DIVERTIRSE)
Bueno... estábamos en la cama, a punto ya de... Y no va y me dice: "Quiero recorrer la geografía de tu piel". (EXPLOTA) ¡Ah, no! ¡Cursilerías, no! ¡No pude! ¡La eché! Y estaba muy buena. Pero si la dejaba me iba a decir: "penétrame", "hazme tuya", "correteemos desnudos por las verdes colinas de Yonshire". ¡Un disparate!
(ANTONIO RIE A CARCAJADAS. ESTO ESTIMULA AL PROFESOR)
Y tendría que haberme dado cuenta. ¡Pero soy un pelotudo! Porque me trajo un cuento... ¡No sabés! (FALSAMENTE LLOROSO) ¡Cómo se puede escribir "cual la salida del sol"! ¡"Cual la salida del sol"! Se lo dije: "Es como vender choripanes en la Capilla Sixtina mientras tocan `El Mesías de Haëndel".
(ANTONIO LANZA OTRA CARCAJADA. EL PROFESOR BEBE SATISFECHO POR EL EFECTO DEL CUENTO. ADMITE:)
Fue una frase feliz. Ella también se rió. Como vos. Inclusive, ahí empezó todo. Porque, como ella se rió... yo la abracé y... El humor es una buena estrategia. Afloja. Es permisivo, ¿entendés?
(ANTONIO LO MIRA SIN ENTENDER)
Quiero decir... Vos a una mujer no le podés decir brutalmente, ¡vamos a la cama!
ANTONIO : ¿Por qué no?
PROFESOR : ¿¡Cómo por qué!? Porque no es manera. ¿Cómo vas a llegar a la cama sin una frase inteligente?
ANTONIO : Yo a Cecilia nunca le dije una frase inteligente.
PROFESOR : ¿Y qué? ¿Le dijiste vamos a la cama y ella fue a la cama? ¡Como una puta!
ANTONIO : No. Le dije "qué hermosa sos".
PROFESOR : No es muy original. ¿Y ella qué dijo?
ANTONIO : Vos también sos hermoso.
PROFESOR : ¡Y se fueron a la cama!
ANTONIO : No... La historia empezó en un colectivo. Ahí la conocí. Yo me senté al lado. Nos miramos... Yo le dije: "qué hermosa sos". Ella me dijo: "vos también sos hermoso".
PROFESOR : (ENOJADO) ¡Y se acostaron en el colectivo!
ANTONIO : (DIVERTIDO) No... Fuimos a tomar un café. Charlamos... Y terminamos en el departamento de un amigo.
PROFESOR : ¡El que se va de Buenos Aires!
ANTONIO : No... en la casa de otro amigo. Es músico.
PROFESOR : ¿Y qué? ¿Les tocaba la marcha nupcial en el armonio?
ANTONIO : (RIENDO) No... Tiene guita. Bah... la familia tiene guita. Vive en una casa muy grande... En el fondo tiene un estudio para él solo.
PROFESOR : De todas maneras... Lo que quiero decirte es que las palabras ejercen seducción. Yo me acuerdo... (BEBE OTRO TRAGO Y REFLEXIONA) Puta... No tendría que tomar. (SIGUE CON EL RELATO:) Una hermosa mujer... ¡Pero complicada! Salimos varias veces... Le gustaba mucho la pintura. Ibamos a exposiciones... coloquios sobre plástica... (CAMBIA DE CONVERSACION) Le dije a Cecilia que tiene que acercarse a la pintura. La imagen pura. Como la poesía. La palabra pura. Sólo hay arte en la poesía y en la pintura. Todo lo demás es pura estrategia. El puto ingenio. (DA POR TERMINADA LA CONVERSACION)
ANTONIO : ¿Y qué pasó con la mujer ésa?
PROFESOR : ¿Qué mujer? ¡Ah, sí...! Ibamos a exposiciones... prácticamente todos los días. Y también le gustaba la música medieval. Me acuerdo que en esa época había un conjunto muy bueno Zárate. Y los sábados íbamos a escucharlo.
(SE QUEDA UN INSTANTE MIRANDO A ANTONIO)
No sé por qué te cuento todo esto.
ANTONIO : Porque a las mujeres hay que hablarles.
PROFESOR : ¡Ah! Una mujer que ni dejaba que le agarraran la mano. Y una noche... eran como las tres de la mañana... estábamos en un bar... ya no teníamos de qué hablar y salió el tema de la ecología... (EL PROFESOR HA COMENZADO A PONER EN MARCHA SU HISTRIONISMO. ANTONIO LO ADVIERTE)
Con una intelectual a las tres de la mañana... O estás en la cama o hablás de ecología.
(ANTONIO SE RIE)
¡Ecologista! ¡Preocupada por la extinción de las ballenas! ¡Qué carajo me importan las ballenas!
(ESPERA, BEBIENDO OTRO TRAGO, QUE ANTONIO CALME SU RISA)
Bue... después que lloramos durante horas por los pobres cetáceos... Me pregunta: "¿Cómo se mata a las ballenas?". (MIMA LA RESPUESTA QUE LE DIO A LA MUJER) "Con la indiferencia".
(ANTONIO LANZA LA CARCAJADA. EL PROFESOR RIE TAMBIEN)
¡Y ahí le agarré la mano! A la hora estábamos en la cama. Me dijo: ¡Fue una frase brillante! (BEBE) Una vieja como de treinta años. Y los pechos más hermosos que vi en mi vida. Grandes, pero como si fueran de una adolescente.
(SE HACE UNA PAUSA. EL PROFESOR COMENTA, COMO AL PASAR:)
Cecilia... quiero decir... (SE ROZA EL TORSO) Es más bien chata...
ANTONIO : ¿Cecilia?
PROFESOR : ¡Oíme...! Yo no ando mirando. Digo... las clases son en invierno... ella usa esos pulóveres amplios...
ANTONIO : Cecilia es tetona. Anda jodiendo con que se las quiere achicar. Está loca. Primero, que a mí me gustan grandes...
PROFESOR : (ALCANZA A DECIR) A mí también...
ANTONIO : Además... Si las tiene duras. Pero le da vergüenza. Entonces se las esconde.
(SE HACE UNA PAUSA. EL PROFESOR SE QUEDA PENSATIVO)
PROFESOR : Esa chica tiene talento. Escribió un poema... (LE DICE COMO SI ANTONIO SUPIERA DE CUAL SE TRATA) El de los adolescentes en la playa.
ANTONIO : (ALGO RESENTIDO) Ella no me muestra lo que escribe.
(NUEVA PAUSA. ANTONIO SE TOMA SU TIEMPO PARA DECIR:)
Una vez me mostró uno y le dije "no sé, no lo entiendo". Me dijo que a usted le había gustado mucho. Uno que hablaba sobre el "pito del tipo".
PROFESOR : Uno de los primeros.
ANTONIO : No lo entendí.
PROFESOR : Son búsquedas. Ella está buscando su propio lenguaje. Su identidad.
ANTONIO : Todo lo que le pregunté era si el tipo del pito era yo. Me dijo que no lo sabía.
PROFESOR : ¡También! ¿A quién se le ocurre preguntarle a un escritor sobre el origen de sus imágenes? La gente no acepta la locura del creador. ¡Todo tiene que tener una explicación! Uno de mis primeros cuentos empezaba: "Yo tenía un tío que tocaba el trombón". ¡Si supieras la cantidad de parientes que me llamaron para preguntarme cuál era el tío que tocaba el trombón!
(RIE SATISFECHO POR LA HUMORADA)
ANTONIO : Cecilia me dijo que usted le preguntó lo mismo.
(EL PROFESOR LO MIRA DESCONCERTADO. ANTONIO LE ACLARA:)
Que usted le preguntó si el tipo del pito era usted.
PROFESOR : Pero cómo yo... ¡Justo yo que lo único que les enseño es que un escritor es la palabra en libertad! Eso es todo lo que quiero que aprendan. Se los digo en cada clase... se los repito... ¡Liberen la palabra! ¡No se pregunten de dónde sale! ¡La palabra en libertad! ¡Eso es un escritor: la palabra en libertad!
ANTONIO : (INSISTENTE) Cecilia me lo contó.
PROFESOR : ¡Habrá sido una broma! Cecilia es muy joven y... (EXPLOTA) ¡Pero te cuenta todo!
ANTONIO : Cada cosa que usted le dice.
(EL PROFESOR LO MIRA UN INSTANTE)
Nosotros siempre nos decimos la verdad.
PROFESOR : (SE ENCRESPA) ¿Qué verdad? ¡La verdad no existe! Lo único que existe es la poesía. Proust dice que lo que nos atrae de los demás es su parte desconocida. ¿Leíste "En busca del tiempo perdido"?
(ANTONIO APENAS ALCANZA A DECIR QUE NO. EL PROFESOR REVUELVE ENTRE SUS LIBROS. MIENTRAS DICE:)
PROFESOR : Tiene que estar por acá. Hace poco lo estuve releyendo.
(DESCUBRE UN LIBRO Y SE LO TIENDE A ANTONIO)
¿Lo leíste?
(ANTONIO TOMA EL LIBRO, LO MIRA Y NIEGA CON LA CABEZA)
Se pronuncia Bodeler.
ANTONIO : (MOLESTO) Lo conozco.Cecilia me prestó uno que se llamaba "Las flores del mal". También leí a Rimbaud. (LO PRONUNCIA CORRECTAMENTE)
(EL PROFESOR LO MIRA UN INSTANTE)
Pero se lo dije a Cecilia. Me gustan más las novelas policiales. Ella se enojó.
PROFESOR : Eso te pasa por decir la verdad. Nunca hay que decir la verdad. Y menos a una mujer.
(EL PROFESOR ENCUENTRA EL LIBRO QUE BUSCABA Y LO HOJEA)
ANTONIO : Yo no le conté a Cecilia que usted y yo nos vimos.
PROFESOR : (MIENTRAS SIGUE BUSCANDO) Me parece muy bien.
ANTONIO : Pero tengo que contárselo.
PROFESOR : ¿Para qué? (ENCONTRO EL PARRAFO QUE BUSCABA) ¡Escuchá! (LEE) "Se ha dicho que el silencio es una fuerza terrible" (LEVANTA LOS OJOS DEL LIBRO Y LE REPITE) ¡Terrible! (VUELVE AL LIBRO) "Cuando está a disposición de aquéllos que son amados" ¡El silencio!
ANTONIO : ¿Y si se lo cuenta usted? (ACLARA) si usted le cuenta a Cecilia que nos vimos.
PROFESOR : No tengo por qué contárselo.
(PAUSA)
ANTONIO : ¿Va a volver a hablar con ella?
PROFESOR : ¿Por qué no? (LO MIRA) ¿Vos no querés que hable con ella?
(ANTONIO BEBE UN TRAGO DE GINEBRA. SE TOMA SU TIEMPO PARA DECIR:)
ANTONIO : Yo creo que Cecilia está enamorada de usted.
(EL PROFESOR SE QUEDA UN INSTANTE MIRANDOLO)
PROFESOR : ¿Por qué suponés que está enamorada de mí?
ANTONIO : (EXPLOTA) ¡Porque está enamorada de usted! Yo no soy ningún boludo. ¡Está enamorada de usted! Me acuerdo el día que empezó las clases. Yo la estaba esperando a la salida y le pregunté ¿qué tal el nuevo profesor? ¿Sabe qué me contestó? "Cuando entró pensé: tiene cara de aburrido. A los diez minutos me dí cuenta que era un hombre del que podía enamorarme". Así me dijo.
PROFESOR : Me suele suceder. Pasar desapercibido, hasta que me dejan hablar. Pero no te preocupes. Al tiempo dicen: "Es cierto. Era aburrido". Como un personaje de Chejov.
(EL PROFESOR SE QUEDA MIRANDO A ANTONIO QUE HA VUELTO A CAER EN UN ESTADO DE CONTENIDA ANGUSTIA. SE TOMA SU TIEMPO PARA DECIR:)
Yo voy a hablar con Cecilia.
ANTONIO : (EXPLOTA) ¡No! ¡Justamente, no! No hable con ella... No le diga nada. Ella va a ir a sus clases, porque son importantes. Pero, por favor... ¡Déjela tranquila! Todo está bien ahora entre nosotros.
PROFESOR : Pero yo sólo quiero hablarle para ayudarte.
ANTONIO : ¡Por favor! (BREVE PAUSA. LE RECLAMA:) Prométame que no le va a hablar, prométamelo... Prométamelo.
PROFESOR : Está bien. Te lo prometo. Empeño el silencio.
(EL PROFESOR SE TIRA EN LA CAMA A ESCRIBIR. ANTONIO SACA DEL BOLSO ALGUNA PRENDA Y SE CAMBIA HASTA ADQUIRIR UN ASPECTO DE ALGUIEN QUE PRACTICA DEPORTES. EXTRAE UNA TOALLA Y SE "SECA" EL PELO. ENTRETANTO MIRA AL PROFESOR QUE ESCRIBE)
ANTONIO : Supongo que no me estará poniendo como personaje... (EL PROFESOR LO MIRA. LE ACLARA:) Lo que escribe. No me estará escribiendo a mí.
PROFESOR : No. Esta historia pasa durante las invasiones inglesas. No tenés lugar en esta historia. Salvo que convierta al teniente de húsares en un pendejo, gran fornicador. (TRANSICION) ¿Y por qué no?
ANTONIO : Debe ser lindo escribir. Usted tendría que conocer mi familia. ¡Qué novela escribiría!
PROFESOR : ¡Yo no sé qué cree la gente de los escritores! "Ay, señor, si conociera mi vida, qué novela escribiría"... Tendría que conocer a mi familia. En realidad no quieren escribir a la familia. Quieren destruirla. Y le piden a uno que sea el verdugo.
(EL PROFESOR SE HA QUEDADO RELEYENDO LO QUE ESCRIBIO. ARRANCA LA HOJA, LA ESTRUJA Y LA TIRA AL SUELO)
PROFESOR : ¿Qué pasa con Cecilia? Yo no la veo nada bien. Esa chica está muy angustiada.
ANTONIO : Ayer pasamos la noche juntos. En el departamento de mi amigo. Cogimos como nunca. Después se puso a llorar, se abrazó a mí y se quedó dormida. Esta mañana estaba bien.
PROFESOR : Tomemos unas ginebras, ¿eh?
(ANTONIO SE SIENTA JUNTO A LA MESA DEL BAR. EL PROFESOR TOMA LA BOTELLA DE GINEBRA, UN VASO Y OCUPA LA OTRA SILLA. EL PROFESOR BEBE UN LARGO TRAGO. SE TOMA SU TIEMPO PARA DECIR:)
Lo estuve pensando... Voy a invitarla a Cecilia a tomar un café. Quiero hablar con ella.
ANTONIO : (SE PONE MUY MAL) ¿Pero para qué?
PROFESOR : ¡Porque quiero hablar con ella! ¿O acaso te tengo que pedir permiso?
ANTONIO : La va a joder. ¿No se da cuenta que la va a joder?
PROFESOR : ¿Pero en qué la voy a joder? ¿No me dijiste que está bien? Anoche fornicaron hasta las cinco de la mañana... ella lloró... Pero esta mañana estaba bien.
ANTONIO : Usted me prometió que no le iba a hablar.
PROFESOR : ¡Pero por Dios! Esa chica puede ser una gran poeta, ¿me oíste? Una gran poeta. Y cuando hablo de gran poeta no estoy hablando de un artesano de las palabras. ¡Está lleno de artesanos de las palabras! ¡Cientos! ¡Miles! En la escuela primaria... Escriben una composición sobre la vaca y ya parecen escritores. (GRITA) ¡Pero eso es mierda! A ver si nos entendemos. ¡Pura mierda!
(BEBE UN LARGO TRAGO. EL ALCOHOL COMIENZA A HACER EFECTO)
Yo escribí: "Tengo un tío que tocaba el trombón". ¿Dónde está la poesía? ¿En trombón? ¡Mierda! Para lo único que me sirvió es para que me llamara un primo (SE CARGA DE ODIO:) que ni siquiera era primo... Hijo de una prima de mi madre... ¡Tampoco! Está casado con la hija de una prima de mi madre... (IMITA AL PERSONAJE:) "Gracias por acordarte del tío Cholo..." ¿Qué tío Cholo? (VUELVE AL PERSONAJE) "¿Te acordás que éramos pibes...?" "El día que se casó la tía Delfina". (SE INDIGNA) "¿Qué tía Delfina?" (OTRA VEZ EL PERSONAJE) "¡Y el tío Cholo tocó el trombón!" (EXPLOTA) ¡Qué tío Cholo! ¡Qué tía Delfina! Pero el hijo de puta... el que está casado con una prima de mi madre... ¡Me estaba diciendo que yo tenía un tío que tocaba el trombón! ¡Me cago en la realidad! (CON DOLOR:) Yo había inventado una imagen poética. Pero todo se achata. Se vuelve cotidiano.
(EL PROFESOR SE PONE DE PIE. ES EVIDENTE QUE SE SIENTE MAL)
ANTONIO : ¿Le pasa algo?
PROFESOR : No tengo que tomar.
(ANTONIO VA HACIA EL. LO AYUDA A RECOSTARSE EN LA CAMA. EL PROFESOR LE SAÑALA LA MESITA DE LUZ)
PROFESOR : Alcanzame ese frasco.
(EL PROFESOR SE COLOCA UNA PASTILLA EN LA BOCA)
Esta puta presión... En fin... La crisis de la presbicia la atravesé bien. De última... un escritor con anteojos es casi un lugar común... Pero la presión...
ANTONIO : ¿Quiere que llame a un médico?
PROFESOR : ¡¿Médico?! ¡¡Nooo!! No soy un enfermo. Es un poco de presión nada más. (POR EL REMEDIO) Esta mierda me hace bien. Ya te puedo correr una carrera.
(ANTONIO LE DEVUELVE UN GESTO SOBRADOR)
¿Qué? Cuando tenía tu edad jugaba al rugby. Y era bastante bueno.
ANTONIO : (IRONICO) ¿Cuando usted tenía mi edad ya se había inventado el rugby?
PROFESOR : (MOLESTO) Ese es un chiste mío. No pretendas imitarme. A Cecilia le gusta como sos.
ANTONIO : ¿Qué quiere decir?
PROFESOR : Que vos ganás.
ANTONIO : Claro que gano.
PROFESOR : Porque yo te dejo ganar.
ANTONIO : ¿Cómo que me deja ganar?
(EL PROFESOR SALTA DE LA CAMA. SE TIRA AL SUELO Y QUEDA ERGUIDO, APOYADO SOBRE LOS BRAZOS EXTENDIDOS)
PROFESOR : ¡Flexiones!
(ANTONIO LO MIRA SIN ENTENDER)
Vamos a hacer flexiones. A ver quién aguanta más.
(EL PROFESOR COMIENZA A HACER FLEXIONES, AL MISMO TIEMPO QUE CUENTA CADA UNO DE LOS EJERCICIOS)
ANTONIO : ¡Por favor! ¡Le puede hacer mal!
PROFESOR : ¡Andate a la mierda!
(LOS MOVIMIENTOS DEL PROFESOR SE VAN HACIENDO MAS LENTOS HASTA QUE SUS BRAZOS NO RESPONDEN. SE LEVANTA PESADAMENTE)
PROFESOR : A ver cuántas hacés vos.
ANTONIO : ¿Para qué?
PROFESOR : Para ver cuántas hacés. A ver tu juventud. A verla. ¡Vamos!
ANTONIO : (SONRIENDO) Yo puedo hacer muchas más.
PROFESOR : Seguramente. Pero quiero verlo. A ver esa juventud.
ANTONIO : No le encuentro sentido.
PROFESOR : ¿Pero por qué las cosas tienen que tener sentido? Eso es un síntoma de vejez. La racionalidad. Sólo hago lo que tiene sentido. ¡A tu edad! ¡Cagate en las cosas que tienen sentido! ¡Jugá!
ANTONIO : No sé... Me parece tan absurdo, ponerme a hacer flexiones como un pelotudo.
PROFESOR : ¿No te das cuenta que yo soy más joven que vos? Quincuagenario, présbite e hipertenso... Y soy más joven que vos. (AGRESIVO) ¿No será que Cecilia se habrá dado cuenta? ¿No será por eso que llora?
(ANTONIO SE ARROJA AL SUELO Y COMENZARA A HACER FLEXIONES CON LA SEGURIDAD DE UN DEPORTISTA PROFESIONAL. UNA VEZ QUE SUPERO LA CIFRA DE EJERCICIOS DEL PROFESOR LO MIRA:)
ANTONIO : ¿Quiere más?
(PEGA UN SALTO Y SE PONE DE PIE IMITANDO, CON LOS BRAZOS EN ALTO, EL SALUDO DE LOS ARTISTAS DE CIRCO. LUEGO LE DICE AL PROFESOR :)
En los cien metros estoy a dos décimas de la marca profesional.
PROFESOR : (SE RIE) Yo no estoy hablando del cuerpo. (SE GOLPEA LA FRENTE) La juventud está acá. (SE BURLA:) Dos décimas de la marca profesional. ¿Y para qué sirve eso? Corrés... corrés... ¿Y qué? ¡Al pedo! Nunca entedí a esos pelotudos que corren... corren... ¿A dónde van?
ANTONIO : Yo me siento libre cuando corro.
PROFESOR : (SE ENCRESPA Y SE GOLPEA NUEVAMENTE LA FRENTE) ¡La libertad está acá, pelotudo!
(ANTONIO, MOLESTO, TOMA EL BOLSO Y VA A SENTARSE EN EL CAFE. EL PROFESOR LO MIRA UN INSTANTE. LUEGO LO LLAMA AFECTUOSAMENTE)
Antonio... Tenemos que charlar, vos y yo.
ANTONIO : ¿Para qué? ¿Qué necesidad tiene de hablar con un pelotudo?
PROFESOR : ¡Vamos...! ¿Vos sabés que yo me doy cuenta que empiezo a querer a alguien cuando lo insulto? Hasta que no le digo pelotudo es porque me resulta indiferente.
(EL PROFESOR TOMA EL CUADERNO Y SE PONE A ESCRIBIR. ARRANCA LA HOJA, LA ESTRUJA Y LA TIRA. MIRA UN INSTANTE A ANTONIO)
¿Y Cecilia qué dice de eso de que corras?
(ANTONIO LO MIRA CON ODIO Y NO CONTESTA)
¿No me vas a contestar? ¿Preferís que se lo pregunte yo? ¿Que le hable? (PAUSA) ¿Querés que se lo pregunte?
(ANTONIO TOMA UNA DECISION. VA HACIA EL DEPARTAMENTO DEL PROFESOR)
(SE QUEDA MIRANDOLO UN INSTANTE. EL PROFESOR DEJA DE ESCRIBIR)
PROFESOR : Me alegra que hayas venido. no encontraba un motivo para dejar de escribir.
ANTONIO : (ALGO AGRESIVO) Habló con Cecilia.
(EL PROFESOR LO MIRA Y DIRA CON TONO SINCERO)
PROFESOR : No.
(ANTONIO LE CREE Y SE AFLOJA)
Yo pertenezco a la generación de la barra de café. Cuando dábamos una palabra la cumplíamos. Sobre todo en materia de minas. Empeñábamos el silencio.
(HAY UN TIEMPO. ES EVIDENTE QUE ANTONIO QUIERE DECIRLE ALGO AL PROFESOR. ESTE LO ADVIERTE. TOMA LA BOTELLA Y SIRVE DOS VASOS)
¿Una ginebrita?
(BEBEN. EL PROFESOR ESPERA QUE ANTONIO SE DECIDA. FINALMENTE, ESTE SACA UN PAPEL Y SE LO TIENDE AL PROFESOR.)
ANTONIO : Son cosas que anoté.
(EL PROFESOR SE CALA LOS ANTEOJOS Y LEE. ANTONIO ESTA ANSIOSO)
(EL PROFESOR LE DEVUELVE EL PAPEL)
PROFESOR : (COMO DICIENDO "QUE QUERES QUE TE DIGA") Está bien.
(OTRA PAUSA. ANTONIO SE SIRVE Y BEBE ANSIOSAMENTE)
¿Se lo mostraste a Cecilia?
(ANTONIO NIEGA CON LA CABEZA)
¿Por qué?
ANTONIO : Anoche nos encontramos a las ocho de la noche y empezamos a caminar... Caminamos... caminamos... Hablamos todo el tiempo. Vimos el amanecer en La Boca. Casi se lo muestro. Pero... ¡Qué sé yo! Quería que usted lo viera antes. Yo no soy un escritor.
PROFESOR : Yo tampoco.
(ANTONIO SE PONE MAL)
Hijo... Un escritor no es más que las ganas de escribir. Y yo no tengo ganas de escribir. (LO MIRA) ¡Y a vos te gusta correr! ¡Corré!
ANTONIO : ¡Qué sé yo lo que me gusta! Ahora me gusta escribir.
PROFESOR : Y bueno... En esta ciudad la mitad de la gente quiere escribir y la otra mitad poner un restaurante. Pero ninguno se decide. Por eso encontrás mozos que son poetas y poetas que terminan como dueños de un carrito de la Costanera.
(ANTONIO NO ENTIENDE LA HUMORADA O NO LE PRODUCE GRACIA. EL PROFESOR SE RIE Y ANOTA)
Me puede servir para un cuento.
ANTONIO : Cecilia me dice lo mismo. Si te gusta correr, corré.
(EL PROFESOR SE QUEDA MIRANDOLO UN INSTANTE. SE TOMA SU TIEMPO PARA DECIRLE:)
PROFESOR : A Cecilia le gusta mirarte desnudo ¿no?
(ANTONIO SE SORPRENDE. EL PROFESOR ADVIERTE QUE HA DADO EN EL CLAVO)
Hace que te pares desnudo arriba de una mesa y te contempla.
(ANTONIO SE PONE MAL)
PROFESOR : Como si fueras una estatua. (PAUSA) ¿No es así?
ANTONIO : (MOLESTO) Tengo que irme.
PROFESOR : (INCISIVO) ¿Es así o no es así?
ANTONIO : Ya es hora...
PROFESOR : ¡Te pregunté si es así o no es así!
ANTONIO : (EXPLOTA) ¡Y yo quiero irme!
(TOMA EL BOLSO E INTENTA LA SALIDA)
PROFESOR : (ES CASI UN RECLAMO) Antonio...
(ANTONIO VUELVE)
Quedate un rato... Nos tomamos unos buenas ginebras, ¿eh?
(ANTONIO ESTA INDECISO. EL PROFESOR SIRVE DOS VASOS. LE TIENDE UNO A ANTONIO. LUEGO HABLA CON NATURALIDAD:)
¿Conocés Devoto? (ANTONIO LO MIRA SIN ENTENDER) Era mi barrio... Ahí me crié. Tiene una plaza hermosa... Y enfrente la biblioteca. Cuando tenía tu edad me pasaba las horas leyendo bajo los árboles... Y del otro lado había un boliche... Vaya a saber si está. (MIRA A ANTONIO) Digo... A vos y a Cecilia que les gusta caminar... Váyanse un día.
(EL PROFESOR DEJA DE HABLAR. SU ROSTRO REVELA QUE NO SE SIENTE BIEN)
(INGIERE UNA PASTILLA, ANTONIO LO OBSERVA)
ANTONIO : ¿No se siente bien?
(EL PROFESOR NIEGA CON LA CABEZA PERO NO PUEDE OCULTAR EL MALESTAR)
(ANTONIO SE ANIMA A PREGUNTARLE:)
¿Puedo hacer algo por usted?
(EL PROFESOR MIRA A ANTONIO UN INSTANTE)
PROFESOR : ¿Cómo?
ANTONIO : Le pregunté si puedo hacer algo por usted.
(EL PROFESOR SE TOMA SU TIEMPO PARA DECIR:)
PROFESOR : Desnudate.
(ANTONIO QUEDA SORPRENDIDO. EL PROFESOR INSISTE)
Desnudate. (ANTE LA SORPRESA DE ANTONIO, INSISTE) Me preguntaste qué podés hacer por mí. Bueno... Si querés hacer algo por mí, desnudate.
(ANTONIO TRANSFORMA LA SORPRESA EN CIERTO TEMOR QUE EL PROFESOR ADVIERTE:)
¡No soy homosexual! No me gustan los hombres... ni los jóvenes. Me gustan las mujeres. ¡Todas las mujeres! Si son capaces de generar una poética de la sensualidad.
ANTONIO : Como Cecilia.
PROFESOR : Cecilia es una niña. Y las niñas vienen con la sensualidad puesta, aunque no se lo propongan. ¡Pero las hijas de puta se lo proponen! Descubren la sensualidad cuando cumplen tres años y saben cómo ejercerla hasta que se mueren. Salvo Paula Albarracín de Sarmiento.
(ANTONIO LANZA UNA CARCAJADA. EL PROFESOR SE MUESTRA SATISFECHO POR LA HUMORADA)
¿Ves? También el amor tiene que justificarse, al menos, en una frase ingeniosa. Y, lo ideal, en una imagen poética. Como cuando Cecilia escribe: "Vino hacia mí como una estatua desnuda". ¡Eso! Fijate que no escribió "una estatua de mármol". "Una estatua desnuda". Estaba hablando de un ser humano.
(BREVE PAUSA. BEBE) (MORDAZ) ¿De quién estaba hablando?
(ANTONIO SE PONE A LA DEFENSIVA, PERO NO CONTESTA. EL PROFESOR ESPERA:)
De vos.
ANTONIO : Yo no leí el poema.
PROFESOR : (SE ENCRESPA) ¡Pero de quién carajo estaba hablando sino de vos! ¿No te hace parar sobre la mesa para admirar tu cuerpo desnudo?
ANTONIO : A ella le gusta admirar mi cuerpo. ¡Eso es cierto! ¡Pero yo no me paro sobre la mesa! ¿Qué soy...? Un...
(NO ENCUENTRA LA PALABRA)
PROFESOR : Exhibicionista. ¿Cómo admira tu cuerpo?
ANTONIO : Lo mira... Dice que le gusta mi cuerpo.
PROFESOR : Si lo admira es porque le gusta verlo. ¿Cómo te lo ve?
ANTONIO : ¡Me le ve! Si nos acostamos...
PROFESOR : ¡Eso ya lo sé! Pero... ¿qué? Uno al lado del otro, en la cama, desnudos... Si yo me tiro boca arriba en la cama, no se me nota la panza... Si me paro... Ella dice: "Vino a mí como una estatua desnuda". Las estatuas uno las ve. Las admira. No las toca. No las abraza. ¡¡Las contempla!! ¡Son un hecho estético!
ANTONIO : Usted quiere decir que para Cecilia no soy más que una estatua...
PROFESOR : No lo sé. ¿Por qué no te muestra sus poemas?
(ANTONIO SE PONE MUY MAL. EL PROFESOR SE TOMA SU TIEMPO PARA DECIR:)
Desnudate.
(ANTONIO, MUY ALTERADO, SE DESNUDA Y DICE:)
ANTONIO : ¿Sabe qué me pide? Que me ponga así. Para poder hacer el amor yo me tengo que poner así.
(HA QUEDADO DESNUDO CON LAS MANOS CRUZADAS DETRAS DE LA CABEZA. SU CUERPO ES REALMENTE PERFECTO. EL PROFESOR LO MIRA)
PROFESOR : Yo no entiendo de hombres. Pero sos realmente muy bello. (CAMBIA DE TONO) ¿Sabés como sigue el poema? "Y se convirtió en un puñado de sal".
ANTONIO : (HA VUELTO A VESTIRSE. MIRA AL PROFESOR) La estatua desnuda soy yo. ¿Qué quiere decir que me convierto en un puñado de sal?
PROFESOR : Esa pendeja te está jodiendo.
(ANTONIO BEBE UN LARGO TRAGO. SE TOMA SU TIEMPO PARA EXPLOTAR)
ANTONIO : ¡Eso tiene que ver con usted! ¡Es usted el que le llena la cabeza! Usted es un viejo degenerado.
PROFESOR : Tuteame, si querés.
ANTONIO : ¡Pero yo me cojo a Cecilia! ¡¡Yo!! ¿Y quiere que le cuente lo que le hago? ¿Cómo lo hago? ¿Quiere que se lo cuente?
(ANTONIO SALE DE LA HABITACION DEL PROFESOR Y VA A SENTARSE EN EL BAR. EL PROFESOR ESCRIBE)
PROFESOR : (POR LO QUE ESTA ESCRIBIENDO) ¿Por qué el tutor tiene que ser un hombre joven? Julia podría enamorarse de un hombre mayor...
(ANTONIO SE ESTA SECANDO EL PELO CON UNA TOALLA. ACABA DE ENTRENAR)
ANTONIO : Quiero hablar con usted.
PROFESOR : Estoy escribiendo. (SIGUE CON EL CUENTO) Julia y el teniente de húsares hacen el amor en la playa... El tutor los ve...
ANTONIO : (ALGO AMENAZANTE) Tenemos que hablar...
PROFESOR : (LO CHISTA) ¡Después! Julia se deja deslumbrar por las palabras del tutor... Las palabras... Las palabras... El tutor dice: El arte de amar no es más que eso. La palabra justa en el momento preciso.
(ANTONIO, ALTERADO, INVADE LA HABITACION DEL PROFESOR)
ANTONIO : ¡Me va a escuchar! (LO MIRA) ¿Así que el silencio empeñado?
PROFESOR : ¿Qué te pasa?
ANTONIO : Le habló. (PAUSA) ¡La citó en un bar y le habló!
PROFESOR : ¡No es cierto! ¡Yo no le dí ninguna cita! Yo estaba en el bar haciendo tiempo...
ANTONIO : ¡Pero usted se la pasa haciendo tiempo!
PROFESOR : ¡Y sí! Esta es mi vida. Terminar una clase y hacer tiempo hasta la otra. Este mes me releí "La guerra y la paz".
ANTONIO : Ella me dijo que usted la citó.
PROFESOR : ¡Y eso no es cierto! Se sentó a mi mesa...
ANTONIO : Usted me prometió que la iba a dejar tranquila.
PROFESOR : ¡Se sentó a mi mesa!
ANTONIO : ¡Dejó de ir a una clase para estar con ella!
PROFESOR : Nos quedamos charlando...
ANTONIO : ¡Dos horas!
PROFESOR : ¡Y sí! es más útil dedicarle dos horas a esa chica que esos otros veinte mediocres que en su puta vida van a escribir una línea propia. ¡Mediocres! Cuando encuentran una imagen que vale la pena, la achatan. ¡Parece que lo hicieran a propósito! Y, de pronto, cuando aparece el riesgo de la palabra... ¡Ya está escrito!
(SE CALMA. MIRA A ANTONIO QUE ESTA MUY ALTERADO)
No fue más que una conversación entre un profesor y una alumna.
ANTONIO : (VIOLENTO) ¿¡Ah, sí!? ¿Y por qué la llama Cosette? ¿Qué necesidad tiene de llamarla Cosette?
PROFESOR : ¡No es nada más que un personaje!
ANTONIO : ¡Lo sé! ¡De "Los miserables"! Cecilia me lo dijo. Y me leí la novela.
PROFESOR : Ya lo ves.
ANTONIO : ¡Es una historia de amor!
PROFESOR : Sí... Pero como literatura es pobre. Admitámoslo. Cuando tenía quince años la leí tres veces. Ni Víctor Hugo fue capaz de esa hazaña.
ANTONIO : Cecilia no se parece a Cosette.
PROFESOR : ¡Qué sé yo! Es el recuerdo que yo tengo. De última... Si ella es Cosette, vos serás el joven Mario y yo el viejo Jean Valjean. ¿Qué te preocupa?
(ANTONIO BEBE UN TRAGO. SE TOMA SU TIEMPO PARA DECIR:)
ANTONIO : El fin de semana lo pasamos juntos...
PROFESOR : Ya me lo contaste. (MOLESTO) Hicieron el amor en la playa. Se habrán cagado de frío, supongo.
ANTONIO : (DESCONCERTADO) ¿Qué playa? En el departamento de mi amigo... Se fue de Buenos Aires y...
PROFESOR : ¿No era en la playa? (RECAPACITA) No, está bien... En el departamento del hijo de puta ese que se va de Buenos Aires...
(ANTONIO SE HA QUEDADO MIRANDOLO. EL PROFESOR BEBE)
¡Seguí!
ANTONIO : Bueno... De pronto, Cecilia se puso muy mal... Empezó a llorar y a decirme que quería estar con usted. Que necesitaba hablar con usted. Que era el único hombre verdaderamente inteligente que conocía. ¡Se puso como loca! Tuve que pegarle.
PROFESOR : (ALTERADO) ¿Cómo tuviste que pegarle?
ANTONIO : Estaba como loca.
PROFESOR : (INDIGNADO) ¿Le pegaste?
ANTONIO : Un cachetazo. Nada más que un cachetazo. Pero le hizo bien. Porque se abrazó a mí. Me dijo que todo lo que quería era estar conmigo. Cogimos como nunca. (DIVERTIDO) Diez, veinte veces. No bajamos ni a comer... Lo único que había en el departamento eran galletitas y té. Fue bárbaro.
(EL PROFESOR HA ESTADO BEBIENDO. LA HISTORIA DE ANTONIO LO PUSO MUY MAL. HACE ESFUERZOS PARA PARECER NORMAL:)
PROFESOR : Por lo visto. Cecilia nos precisa a los dos.
ANTONIO : (A LA DEFENSIVA) ¿Qué quiere decir?
PROFESOR : Es como un bello cuento. Julia ama a su tutor, pero se acuesta con el joven teniente de húsares. Mientras los ingleses invaden Buenos Aires.
ANTONIO : ¿Quién es Julia?
PROFESOR : Eso no te importa. (DE PRONTO, EXULTANTE:) Salgamos un día los tres. (ANTONIO LO MIRA) Cecilia, vos y yo.
ANTONIO : ¿Para qué?
PROFESOR : ¿Cómo para qué?
ANTONIO : Habíamos quedado en no decirle nada de...
PROFESOR : ¡No hay nada que decirle! Es más... Vos la citás en un bar... Y yo aparezco, como si fuera una coincidencia. Y nos vamos los tres al cine. El sábado dan "Alejandro Nievsky". ¿Viste "Alejandro Nievsky"?
(ANTONIO ALCANZA A DECIR QUE NO)
¡La película que inventó el cine! ¡Y que lo mató para siempre! La escena de la batalla... Todo lo que ustedes ven hoy... Bergman, Visconti... ¡Está todo ahí!
ANTONIO : ¿Pero para qué?
PROFESOR : ¡Oíme...! Cecilia tiene que ver esa película. La escena de la batalla... Es la única que es poesía pura. Como un cuadro... Yo le expliqué a Cecilia: el cine está muerto. Como esta muerta la novela. Porque necesitan de lo narrativo. ¡Y la anécdota pudre todo! ¡El puto ingenio! Por eso lo único vivo es la pintura... La imagen pura. Y la poesía. La palabra pura. Pero "Alejandro Nievsky"... La escena de la batalla... ¡Cecilia tiene que verla! ¡Vamos los tres! Yo los invito. Después nos vamos a cenar y a tomar un café. Yo los invito.
ANTONIO : ¿Para qué? ¿Para demostrarle a Cecilia que usted es un genio y yo un pobre tipo?
PROFESOR : No... No, hijo, no. Salgamos los tres, ¿eh? Me gusta oír a los jóvenes.
ANTONIO : No es cierto. Lo que le gusta es que los jóvenes lo escuchen a usted.
PROFESOR : Vieja manía de profesor. (PAUSA) "Mas la noche ventosa, la límpida noche que el recuerdo rozaba solamente, está remota, es un recuerdo".
ANTONIO : Eso es muy hermoso, profesor.
PROFESOR : Lo escribió Pavese... ¿Cuándo salimos los tres?
(EL PROFESOR INGIERE UN REMEDIO Y SE TIRA EN LA CAMA)
ANTONIO : Yo no voy a hacer el papel de boludo. Salga usted con ella. Invítela al cine.
PROFESOR : La invité.
(ANTONIO QUEDA PARALIZADO. MIRA AL PROFESOR)
Me dijo que no. Bah... No fue así. Yo le dije: "Algún día me gustaría ir al cine con vos". Se sonrió y me contestó: "Cuando cumpla los dieciocho y me dejen entrar". (YA ESTA SEMIDORMIDO Y ALCANZA A DECIR:) Esa pendeja entiende.
(EL PROFESOR SE QUEDA DORMIDO)
ANTONIO : Cecilia no me dijo nada. ¿Por qué no me dijo que la invitó a ir al cine? ¿Por qué no me lo dijo? ¡¡Por qué me mienten los dos!!
(ANTONIO SE SIENTA EN LA MESA DEL BAR Y SE PONE A ESCRIBIR)
(EL PROFESOR LO MIRA. HABLA POR ANTONIO)
PROFESOR : Anoche fuimos a la plaza Devoto... cogimos en un banco, bajo los árboles... El mismo banco donde el profesor se sentaba a leer "Los Miserables". ¡Ese viejo de mierda! (PAUSA)
(ANTONIO DEJA DE ESCRIBIR Y ALTERADO INVADE LA HABITACION DEL PROFESOR)
ANTONIO : ¡Usted se acostó con Cecilia!
(EL PROFESOR LO MIRA ASOMBRADO PERO NO TIENE TIEMPO PARA CONTESTAR)
(ANTONIO COMIENZA A "ROMPERLE" LA HABITACION)
¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué me lo ocultaron?
PROFESOR : (ALCANZA A DECIR) ¿Qué te pasa...? ¿Te volviste loco?
(ANTONIO SIGUE EN LO SUYO. TIRANDO TODO LO QUE ENCUENTRA EN SU CAMINO)
ANTONIO : Gepeto... (LO DIRA TEXTUALMENTE) Gepeto...
PROFESOR : ¿Quién es Gepeto...?
ANTONIO : ¿Por qué no la dejó tranquila? ¡La amo! ¿No se da cuenta? ¡La amo! ¡Viejo farsante!
(SE PONE A LLORAR)
PROFESOR : ¿Qué estás diciendo...? (INTENTA TOCARLO)
(ANTONIO SE DESPRENDE Y LE GRITA)
ANTONIO : Lo logró... ¡Ganó usted! Hace una semana que no la veo.
PROFESOR : Yo no tengo nada que ver...
ANTONIO : ¡¡No me mienta más!! (LE GRITA) "Por fin anoche, mi admirado profesor, mi amado Gepeto se metió en mi cama, me penetró e hizo de mí un ser humano".
(EL PROFESOR LO MIRA SIN ENTENDER)
Leí el poema... Lo leí.
(EL PROFESOR SE TOMA SU TIEMPO PARA ENTENDER)
PROFESOR : ¡Yepeto...! El viejo carpintero... El que inventó a Pinocho.
(ANTONIO SE CALMA ANTE LA EXPLOSION DEL PROFESOR. LO MIRA)
PROFESOR : No es Gepeto... Es Yepeto... el de los anteojitos... el carcamán... ¡Viejo bondadoso hijo de puta! (A ANTONIO) ¿Cómo decía el poema?
(ANTONIO LO MIRA SIN REACCIONAR)
El poema que escribió Cecilia... El admirado profesor... que la penetró... Repetilo. ¡Repetilo carajo!
ANTONIO : (AHORA MAS CALMADO) "Por fin anoche, mi admirado profesor, mi amado Gepeto..."
PROFESOR : (A PESAR SUYO LE SALE EL PROFESOR) Yepeto, Se pronuncia Yepeto. Seguí.
ANTONIO : "Mi amado Yepeto se metió en mi cama, me penetró e hizo de mí un ser humano".
(SE HACE UNA PAUSA PROLONGADA. EL PROFESOR BEBE. ANTONIO VA A SENTARSE AL BAR. EL PROFESOR -AL BORDE DE LAS LAGRIMAS- DIRA:)
PROFESOR : Para ella no soy más que un viejo titiritero.
(EL PROFESOR NECESITA ACOSTARSE. SE SIENTE FISICAMENTE MAL)
(TOMA UNA PASTILLA. ANTONIO ESCRIBE. TIRA LO QUE ESCRIBIO)
(AMBOS SE QUEDAN EN SILENCIO. HASTA QUE EL PROFESOR DICE:)
Antonio... ¿Qué pasa que no venías a verme?
ANTONIO : Profesor... Necesitaría hablar con usted.
PROFESOR : Antonio, no debería decírtelo, pero tenés que saberlo: ella va a elegir al más vulnerable.
(PAUSA. HASTA QUE ANTONIO, ALEGREMENTE, INVADE LA HABITACION DEL PROFESOR)
ANTONIO : Hola...
PROFESOR : (CONTENTO) Antonio.
ANTONIO : ¿Cómo anda?
PROFESOR : Jodido... (TOMA UNA PASTILLA) Esta es para la presión. Pero me hace mal al hígado. (TOMA OTRA) Esta me cura el hígado... Pero me levanta la presión.
(ANTONIO SE RIE. ESTO ALEGRA EL PROFESOR)
Pero estoy bien. Todo lo que tengo que hacer es dejar el cigarrillo, la bebida, la actividad sexual, caminar cuarenta cuadras por día, comer verdura y leer "Platero y yo". Así puedo llegar a los sesenta.
(ANTONIO RIE FRANCAMENTE. ESTO HACE BIEN AL PROFESOR)
¿Y vos?
ANTONIO : Bien.
PROFESOR : ¿Entrenás?
ANTONIO : A veces.
PROFESOR : ¡Entrená! ¿No era que estabas a dos décimas de... no sé qué?
ANTONIO : De la marca profesional.
PROFESOR : Dos décimas no es nada.
ANTONIO : Eso es lo que usted cree.
PROFESOR : Pensá en mí, correcaminos. Estoy a cien años de Flaubert y a cuatrocientos de Cervantes.
(ANTONIO SACA UN RECORTE DEL BOLSILLO Y SE LO EXTIENDE AL PROFESOR)
ANTONIO : ¿Lo vio?
PROFESOR : Sí... sí...
ANTONIO : Habla muy bien de usted.
PROFESOR : ¡Pero mirá la foto! Parezco el padre de Sábato.
ANTONIO : (COMO SI LE DIERA LA GRAN NOTICIA) Dicen que es un habilidoso estratega del lenguaje.
PROFESOR : Lo leí... (PAUSA) ¿Sabés quién fue Paganini?
ANTONIO : Un músico.
PROFESOR : ¡Bien, correcaminos! Bueno... según se cuenta, Paganini estaba una vez tocando un concierto y se le rompió la cuerda del violín. Pero siguió tocando. Pero hete aquí que se le rompió otra cuerda. ¡Y siguió tocando! ¡Y no va y se le rompe la tercera cuerda! (COMENTA:) Puta que hay que tener mala suerte... ¡Y se le rompe otra cuerda! En fin... lo cierto es que terminó el concierto tocando en una sola cuerda. (PAUSA) Ahora, digo yo... Paganini equivocó la profesión. Tendría que haber sido equilibrista de circo. Moraleja: Paganini fue un habilidoso estratega de la cuerda del violín. (LO MIRA) ¿Entendiste?
ANTONIO : Más o menos.
PROFESOR : No entendiste un carajo, correcaminos. Pero no importa.
(EL PROFESOR LO MIRA)
ANTONIO : (ALEGREMENTE) Queremos invitarlo a salir un día los tres.
PROFESOR : (REACCIONA) ¿Cómo los tres?
ANTONIO : Y sí... Salir una noche los tres. Ir al cine... a comer algo... a charlar...
PROFESOR : (SE VA PONIENDO MAL) ¿De quién fue la idea?
ANTONIO : Mía. Y a Cecilia le pareció bien. Le encantó.
(SE HACE UNA PAUSA PROLONGADA. EL PROFESOR ESTA TOMANDO UNA DECISION HASTA QUE DICE:)
PROFESOR : Dame una ginebra.
ANTONIO : No puede tomar, profesor.
PROFESOR : ¡Que me des una ginebra, carajo!
(ANTONIO LE TIENDE UN VASO)
Por lo menos que me den el derecho a elegir mi presión. Quiero llegar a 28. Batir el record. ¡En algo tengo que ser el mejor!
(EL PROFESOR BEBE UN LARGO TRAGO QUE PARECE CALMARLO. SIN EMBARGO NO PIERDE SU TONO IRONICO:)
Salir los tres... ¡Qué bien! ¿Cómo lo decidieron, correcaminos? Contame.
ANTONIO : Pasamos dos días en el departamento de ese amigo que se va...
PROFESOR : (EXPLOTA) ¡¿Pero dónde carajo se va ese hijo de puta?!
ANTONIO : Al interior... Es viajante de comercio.
PROFESOR : Seguí.
ANTONIO : Y bueno... Hablamos... hablamos mucho de lo que nos pasa... Del futuro... Esas cosas, ¿no? (BREVE PAUSA) Y hablamos de usted. Hablamos mucho de usted.
PROFESOR : Y le contaste que vos y yo nos vemos.
ANTONIO : (DIVERTIDO) Sí.
PROFESOR : Le contaste todo. Desde el primer día que nos encontramos.
ANTONIO : Sí... Desde el día que lo llamé para putearlo.
PROFESOR : ¿Y Cecilia qué dijo?
ANTONIO : Se cagó de risa.
PROFESOR : (CON AMARGURA) No tenías derecho...
ANTONIO : No lo entiendo.
PROFESOR : ¿Por qué le contaste todo?
ANTONIO : Nosotros nos decimos siempre la verdad.
PROFESOR : (ESTALLA) ¡¡Me cago en la verdad de ustedes!! ¿¡Y yo qué soy!? ¿Un sorete?
ANTONIO : (ASOMBRADO) ¿Por qué dice eso, profesor?
PROFESOR : Son dos hijos de puta... Dos pendejos hijos de puta... Ahora sí... Ahora salgamos los tres. Ahora que ella sabe que yo soy el viejo Yepeto. ¡Salgamos los tres! Vamos a ver la retrospectiva del cine sueco así el profesor nos explica el mundo místico de Bergman y su relación con... ¡La concha de su hermana!
ANTONIO : (ALCANZA A DECIR) ¿Qué le pasa, profesor?
PROFESOR : (SIGUE DESCARGANDO) Y después vamos a cenar y el profesor nos va a contar que estuvo presente el día que Flaubert, en un viejo café de París, le contó a Balzac que tenía una idea para una novela sobre la vida de una mujer... Y Balzac le preguntó: "¿Qué título le vas a poner?". Madame Bovary. Y Balzac le dijo: "Es un título de mierda. No la escribas".
ANTONIO : No lo entiendo, profesor...
PROFESOR : ¡Sí que entendés! ¡entendés todo! Cuando salgamos los tres, haceme acordar que se lo cuente a Cecilia. Ella se va a reír. Y después de la cena nos vamos a tomar un café al viejo bar de Villa Devoto donde el profesor iba cuando tenía la edad de ustedes... Y ahí, el viejo titiritero se toma dos ginebras y los puede hacer reír, con frases propias, otras copiadas y, quizás... ¡quizás! si está inspirado, con una frase original. Hasta que, a cierta hora, suelo orinarme encima. En ese caso, por favor, me traen hasta casa. Y después, ustedes se van a copular cuatro días seguidos a la casa del hijo de puta ese del viajante de comercio.
(EL PROFESOR ESTA AGOTADO. SU MEZCLA DE MALESTAR FISICO Y DOLOR ES EVIDENTE. BEBE. ANTONIO LO MIRA UN INSTANTE Y LUEGO DIRA CON TODA INGENUIDAD)
ANTONIO : Cecilia y yo lo queremos mucho.
EL PROFESOR LO MIRA UN INSTANTE. COMENZARA A TIRARLE CON TODO LO QUE TIENE A MANO)
PROFESOR : Es lo peor que podías decirme... ¡Imbécil! (SE LE VA ACERCANDO E INTENTA PEGARLE) ¡¡Imbécil!!
(EL MANOSEO LOS HA ACERCADO FISICAMENTE HASTA QUE EL PROFESOR CONVIERTE LA AGRESION EN UN ABRAZO. POR FIN, EL AFECTO ESTALLA)
Yo también los quiero mucho, correcaminos.
(HAY UN TIEMPO HASTA QUE EL PROFESOR SE ARREPIENTE DE SU DESBORDE EMOCIONAL. SE SEPARA. BEBE)
(ANTONIO, ANTE LA CONFESION DEL PROFESOR, SE SIENTE HABILITADO PARA CONFESAR:)
ANTONIO : Profesor... (SACA UN PAPEL DEL BOLSILLO Y SE LO ENTREGA)
PROFESOR : ¿Qué es esto?
ANTONIO : Le escribí un poema a Cecilia.
PROFESOR : (IRONICO) ¿Pero, por qué, pobre chica? ¿Qué te hizo?
(EL PROFESOR TOMA EL PAPEL, SE CALA LOS ANTEOJITOS Y LEE)
No está mal, correcaminos... No está mal. Claro que "abandonado como un niño en el desierto...". No es muy feliz. No, no. En principio, "abandonado como...". Olvídalo. En 1924 Neruda escribió "abandonado como los muelles en el alba". No es una genialidad, pero hay que superar esa imagen.
ANTONIO : Pero yo no voy a escribir un buen poema...
PROFESOR : ¡Pero Cecilia te lo va a exigir!
(SIGUE LEYENDO)
Mierda... mierda... (LO MIRA COMPASIVAMENTE) ¿Cómo se puede poner la palabra "azabache"? Deberían prohibírsela hasta a los vendedores de artesanías. (LEE Y SE DETIENE) "Desde la profundidad de tu mirada oscura..." (A ANTONIO) Si es profunda es oscura. (TACHA, ESCRIBE Y AL MISMO TIEMPO DICE) "Desde la profundidad de tu mirada azul..."
ANTONIO : (PROTESTA) Pero Cecilia tiene los ojos oscuros...
PROFESOR : ¡Y qué carajo importa Cecilia! ¡Estamos hablando de poesía!
(SIGUE LEYENDO)
Alta mierda... alta mierda... (SE DETIENE Y EXPLOTA) ¡¿Qué es esto?! ¿Lunas redondas? ¿Las tetas? ¿Las tetas dos lunas redondas? ¡Es deplorable! André Breton escribió: "Mi mujer con senos de crisol de rubíes. Con senos de espectro de la rosa bajo el rocío". ¿Cómo podés llamarlas lunas redondas?
ANTONIO : (MOLESTO) Para mí son dos lunas redondas...
PROFESOR : (INDIGNADO) ¡Entonces poné las tetas de Cecilia! ¡Las grandes tetas de Cecilia! ¡Y dejémonos de joder!
(ESTRUJA EL PAPEL Y LO TIRA)
¡Esto es mierda! ¡Pura mierda!
(ANTONIO HA QUEDADO RESENTIDO. EL PROFESOR BEBE. LO MIRA UN INSTANTE. LUEGO DICE:)
¿Para qué le escribiste un poema si podés hacerle el amor?
(AHORA ES ANTONIO EL QUE BEBE Y SE TOMA SU TIEMPO PARA DECIR:)
ANTONIO : Usted está enamorado de Cecilia.
(EL PROFESOR LO MIRA. POR PRIMERA VEZ NO SABE QUE CONTESTAR)
Yo le pregunté a Cecilia si estaba enamorada de usted.
PROFESOR : ¿Y qué te contestó?
ANTONIO : Que no. Entonces le pregunté: pero estuviste enamorada de él. "Estuve enamorada del misterio", me contestó. ¿Qué me quiso decir?
PROFESOR : Esa pendeja es una hija de puta. Sabe mucho.
ANTONIO : Yo no sé si no está enamorada de usted.
PROFESOR : Ya no. Cuando ella escribió el poema mató el misterio. Ya no.
(SE HACE UNA PAUSA PROLONGADA. EL PROFESOR BEBE, PROFUNDAMENTE ANGUSTIADO)
En definitiva, un escritor se apasiona con la realidad sólo cuando le sirve para escribirla. Y, cuando la escribe, deja de apasionarlo. Se acabó el misterio.
(EL PROFESOR SE TOMA SU TIEMPO PARA DECIR:)
Y ahora andate, que tengo que trabajar.
(ANTONIO VA HACIA EL BAR. SE SIENTA JUNTO A LA MESA DONDE PERMANECERA EN LA ACTITUD DE QUIEN ESPERA A ALGUIEN. ESTA TRANQUILO. EL PROFESOR COMENZARA A RECOGER LOS PAPELES QUE FUE TIRANDO AL PISO DURANTE LA OBRA. LOS REVISA. SE SIRVE UN VASO DE GINEBRA Y BEBE. MIRA LOS PAPELES Y ANOTA. DE PRONTO EXCLAMA, ALEGRE:)
¡Claro...! Cuando Julia revela su amor por el teniente de húsares, se acaba el misterio. El tutor deja de amarla. Se libera de su amor. Se libera. Porque se acabó el misterio. Ahí está todo. (PAUSA) Como dijo Prevert: "Sólo amo a aquellos que me aman".
(EL PROFESOR ESCRIBE FRENETICAMENTE. LEE LO QUE ESCRIBIO)
Y el Tutor se preguntará... "¿Cómo pude, alguna vez, amar a Julia?"
(EL PROFESOR ESTA FELIZ. MIRA A ANTONIO Y LE DICE:)
Podés copular con Julia hasta el día de tu muerte.
(VUELVE AL PAPEL. SU ROSTRO SE ENSOMBRECE)
¿Y para qué me sirve? En el mejor de los casos, será un cuento genial.
(SE TOMA SU TIEMPO PARA DECIR ALGO QUE, A ESTA ALTURA DE SU VIDA, ES LA MAS DOLOROSA DE LAS CONCLUSIONES:)
¡Me cago en la literatura!
FIN

Florencio Sánchez:Barranca abajo






PERSONAJES


DOÑA DOLORES, esposa de Don Zoilo.
DON ZOILO, estanciero criollo.
PRUDENCIA, su hija.
ROBUSTIANA, su hija.
RUDECINDA, hermana de Don Zoilo.
MARTINIANA, su vecina.
ANICETO, ahijado de Don Zoilo.
JUAN LUIS, el propietario.
CAPITÁN GUTIÉRREZ.
BATARÁ, peón.
SARGENTO MARTÍN.


La acción en la campaña de Entre Ríos.







Acto I




Representa la escena un patio de estancia; a la derecha y parte del foro, frente de una casa antigua, pero de buen aspecto; galería sostenida por medio de columnas. Gran parral que cubre todo el patio; a la izquierda un zaguán. Una mesa, cuatro sillas de paja, un brasero con cuatro planchas, un sillón de hamaca, una vela, una tabla de planchar, una caja de fósforos, un banquito, varios papeles de estraza, para hacer parches, una azucarera y un mate.



Escena I





ROBUSTIANA, DOÑA DOLORES, RUDECINDA y PRUDENCIA.





(Aparecen en escena DOÑA DOLORES, sentada en el sillón, con la cabeza atada con un pañuelo; PRUDENCIA y RUDECINDA, planchando; ROBUSTIANA haciendo parchecitos con una vela.)



DOÑA DOLORES.- Poneme pronto, m'hija, esos parches.


ROBUSTIANA.- Peresé. En el aire no puedo hacerlo. (Se acerca a la mesa, coloca los parches de papel sobre ella y les pone sebo de la vela.) ¡Aquí verás!


RUDECINDA.- ¡Eso es! ¡Llename ahora la mesa de sebo, si te parece! ¿No ves? Ya gotiaste encima'el paño.


ROBUSTIANA.- ¡Jesús! ¡Por una manchita!


PRUDENCIA.- Una manchita que después, con la plancha caliente, ensucia toda la ropa... Ladiá esa vela...


ROBUSTIANA .- ¡Viva, pues, la patrona!


PRUDENCIA.- ¡Sacá esa porquería de ahí! (Da un manotón a la vela, que va a caer sobre la enagua que plancha RUDECINDA.)


RUDECINDA .- ¡Ay! ¡Bruta! ¡Cómo me has puesto la nagua!


PRUDENCIA .- (Displicente.) ¡Oh! ¡Fue sin querer!


ROBUSTIANA.- ¡Jua, jua, jua! (Recoge la vela y trata de reanudar su tarea.)


RUDECINDA.- ¡A la miseria! ¡Y tanto trabajo que me había dao plancharla! (Muy irritada.) ¡Odiosa!... ¡Te la había de refregar por el hocico!


PRUDENCIA.- ¡No hay cuidao!


RUDECINDA.- ¡No me diera Dios más trabajo!


PRUDENCIA.- (Alejándose.) Pues hija, estarías todo el día ocupada.


RUDECINDA.- ¡Ah, sí! ¡Ah, sí! ¡Ya verás! ¡Zafada! ¡Sinvergüenza! (Corre a PRUDENCIA.)


ROBUSTIANA.- (Al ver que no la alcanza.) ¡Jua, jua, jua!


RUDECINDA.- (Deteniéndose.) Y vos... gallina crespa, ¿de qué te reís?


ROBUSTIANA.- ¿Yo? ¡De las cosquillas!


RUDECINDA.- Pues tomá para que te riás todo el día. (Le refriega las enaguas por la cara.) ¡Atrevida!


ROBUSTIANA.- ¡Ah!... ¡Madre! ¡Bruja del diablo!... (Corre hacia la mesa y toma una plancha.) ¡Acercate ahora! ¡Acercate y verás cómo te plancho la trompa!


PRUDENCIA.- ¡Ya la tienes almidonada, che, Robusta!


RUDECINDA.- (A PRUDENCIA.) Y vos relamida, que te pintás con el papel de los festones para lucirle al rubio...


PRUDENCIA.- Peor es afeitarse la pera, che, como hacen algunas...


ROBUSTIANA.-
¡Jua, jua! (Cantando.)

Mañana por la mañana
se mueren todas las viejas...
y las llevan a enterrar
al...




PRUDENCIA.- ¡Angelitos pal cielo!


DOÑA DOLORES.- Por favor, mujeres, por favor. ¡Se me parte la cabeza! Parece que no tuvieran compasión de esta pobre madre dolorida. Robustiana, preparame esos parchecitos... ¡Ay, mi Dios y la Virgen Santísima!


RUDECINDA .- Si te hicieras respetar un poco por los potros de tus hijas... no pasaría esto.


ROBUSTIANA .- Potro, pero no pa tu doma.


DOÑA DOLORES.- ¡Hija mía, por favor!


ROBUSTIANA.- ¡Oh! ¡Que se calle ésa primero! ¡Es la que busca! (Vuelven a planchar. RUDECINDA, rezongando, limpia las manchas de sebo.) Ahí tiene su remedio, mama. ¡Prontito, que se enfría! (Colocándole los parches.) Aquí... ¿Ta caliente? Ahora otro, ¡ajajá!...


DOÑA DOLORES.- Gracias. Quiera Dios y María Santísima que me haga bien esto.




(RUDECINDA rezonga más fuerte.)



ROBUSTIANA.- (Aludiendo a RUDECINDA.) ¡Juera, pasá juera, canela!




(PRUDENCIA se pone a arreglar las planchas en el brasero.)



DOÑA DOLORES.- (A ROBUSTIANA.) Mirá, hijita mía. Si hay agua caliente, cebame un mate de hojas de naranjo. ¡Ay, mi Dios!


ROBUSTIANA .- Bueno. (Antes de hacer mutis.) ¡Rudecinda! ¿Querés vos un matecito de toronjil? ¡Es bueno pa la ausencia!



(Vase.)



RUDECINDA.- ¡Tomalo vos, bacaray! (A PRUDENCIA.) ¡Ladiá el cuero!... (Toma otra plancha y la refriega sobre una chancleta ensebada.) ¡Coloradas las planchas! ¡Uf! ¡Qué temeridad!...




(Pausa. PRUDENCIA plancha tarareando; RUDECINDA trabaja por enfriar la plancha y DOÑA DOLORES suspira quejumbrosa.)





Escena II





DOÑA DOLORES, RUDECINDA, PRUDENCIA y DON ZOILO.





(DON ZOILO aparece por la puerta del foro. Se levanta de la siesta. Avanza lentamente y se sienta en un banquito. Pasado un momento, saca el cuchillo de la cintura y se pone a dibujar marcas en el suelo.)



DOÑA DOLORES.- (Suspirando.) ¡Ay, Jesús, María y José!


RUDECINDA.- Mala cara trae el tiempo. Parece que viene tormenta del lao de la sierra.


PRUDENCIA.- Che, Rudecinda, ¿se hizo la luna ya?


RUDECINDA.- El almanaque la anuncia pa hoy. Tal vez se haga con agua.


PRUDENCIA.- Con tal de que no llueva mucho.


DOÑA DOLORES .- ¡Robusta! ¡Robusta! ¡Ay, Dios! Traeme de una vez ese matecito.




(DON ZOILO se levanta y va a sentarse a otro banquito.)



RUDECINDA.- (Ahuecando la voz.) «¡Güenas tardes!»... dijo el muchacho cuando vino...


PRUDENCIA.- Y lo pior jue que nadie le respondió. ¡Linda cosa!


RUDECINDA.- Che Zoilo, ¿me encargaste el generito pal viso de mi vestido? (DON ZOILO no responde.) ¡Zoilo!... ¡Eh!... ¡Zoilo!... ¿Tas sordo? Decí... ¿Encargaste el generito rosa?




(DON ZOILO se aleja y hace mutis lentamente por la derecha.)





Escena III





DOÑA DOLORES, RUDECINDA y PRUDENCIA.



RUDECINDA.- No te hagás el desentendido, ¿eh? (A PRUDENCIA.) Capaz de no haberlo pedido. Pero amalaya que no suceda, porque se las he de cantar bien claro... Si se ha creído que debo aguantar sus lunas, está muy equivocao... muy equivocao...


DOÑA DOLORES.- En el papelito que mandó a la pulpería no iba apuntao.


PRUDENCIA.- Yo lo puse...


DOÑA DOLORES.- Pero él me lo hizo sacar.


RUDECINDA .- ¿Qué?


DOÑA DOLORES.- Dice que bonitas estamos para andar con lujos... ¡Ay, mi Dios!


RUDECINDA .- ¿Ah, sí? Dejalo que venga y yo le via preguntar quién paga mis lujos... ¡Caramba! ¡Le han entrao las economías con lo ajeno!




Escena IV





DOÑA DOLORES, RUDECINDA, PRUDENCIA y MARTINIANA.



MARTINIANA.- (Saliendo.) ¡Bien lo decía yo!... De juro que mi comadre Rudecinda está con la palabra. ¡Güenas tardes les dé Dios!


RUDECINDA.- (Con cierto alborozo.) ¿Cómo le va?


PRUDENCIA .- ¡Hola, ña Martiniana!


MARTINIANA .- ¿Cómo está, comadre? ¿Cómo te va, Prudencia? ¡Ay, Virgen Santa! Misia Dolores siempre con sus achaques. ¡Qué tormento, mujer!... ¿Qué se ha puesto? ¿Parches de yerba? ¡Pchss!... ¡Cusí, cusí! Usté no se va a curar hasta que no tome la ñopatía. Lo he visto a mi compadre Juan Avería hacer milagros... Tiene tan güena mano pa darla... Y ¿qué tal, muchachas? ¿Qué se cuenta'e nuevo? Me via sentar por mi cuenta, ya que no me convidan.


RUDECINDA .- ¿Y mi ahijada?


MARTINIANA.- ¡Güena, a Dios gracias! La dejé apaleando una ropita del capitán Butiérrez, porque me mandó hoy temprano al sargento a decirme que no me juera a olvidar de tenerle, cuando menos, una camisa pronta pal sábado, que está de baile.


RUDECINDA.- ¿Dónde?


PRUDENCIA.- Será muy lejos, pues nosotras no sabemos nada.


MARTINIANA .- Háganse no más las mosquitas muertas. ¡No van a saber! El sargento me dijo que la junción sería acá.


PRUDENCIA.- Como no bailemos con las sillas...


RUDECINDA.- ¡Quién sabe! Tal vez piensen darnos alguna serenata. El comisario es buen cantor.


MARTINIANA .- ¡Sí, algo de eso he oído!


DOÑA DOLORES .- ¡Ay, mi Dios! ¡Como pa serenatas estamos!


MARTINIANA .- Lo que es a don Zoilo no le va a gustar mucho. Así le decía yo al sargento.


RUDECINDA.- ¡Oh! Si fuésemos a hacerle caso, viviríamos peor que en un convento.


MARTINIANA .- Parece medio maniático; aurita, cuando iba dentrando, me topé con él y ni las güenas tardes me quiso dar... No es por conversar, pero dicen por ahí que está medio ido de la cabeza. También, hijitas, a cualquiera le doy esa lotería. ¡Miren que quedarse de la mañana a la noche con una mano atrás y otra adelante, como quien dice, perder el campo en que ha trabajado toda la vida y la hacienda y todo! Porque dejuramente entre jueces y procuradores le han comido vaquitas y majadas. ¡Y gracias que dio con un hombre tan güeno como don Juan Luis! Otro ya les hubiera intimidado el desalojo, como se dice. ¡Qué persona tan cumplida y de güenos sentimientos! ¡Oh! ¡No te pongas colorada, Prudencia! No lo hago por alabártelo... Che, decime: ¿tenés noticia de Aniceto? Dicen que está poblando en el Sarandí pa casarse con vos. ¿Se jugará esa carrera? ¡Hum!... «Lo dudo» dijo un pardo y se quedó serio... ¡Ah! ¡Eso sí! Como honrao y trabajador no tiene reparo. Mas ¿qué querés? Se me hace que no harían güena yunta. ¿Es cierto que don Zoilo se empeña tanto en casarlos, che?


PRUDENCIA.- Diga. ¿Me trajo aquella plantita de resedá?


MARTINIANA .- ¿Querrás creer que se me iba olvidando? Sí y no. El resedá se me quedó en casa; pero te traigo unas semillitas de una planta pueblera muy linda.


PRUDENCIA.- (Novelera y acercándose.) ¡A verlas, a verlas!


MARTINIANA.- (Sacando un sobre del seno.) Están ahí adentro de ese papel.


PRUDENCIA .- (Ocultando la carta.) ¿Se pueden sembrar ahora?


MARTINIANA .- Cuando vos querás; en todo tiempo.


PRUDENCIA.- Pues ya mismo voy a plantarlas. (Va hacia el jardincito de la derecha y abre la carta.)


MARTINIANA.- Pues sí, señor, comadre. Dicen que anda la virgüela. ¿Será cierto?


RUDECINDA.- (Que ha seguido con interés los movimientos de PRUDENCIA.) Parece... Se habla mucho. (Deja la plancha y se aproxima a PRUDENCIA.)


MARTINIANA.- (Aparte.) Como calandria al sebo. (Volviéndose a DOÑA DOLORES.) ¡Caramba, caramba con doña Dolores! (Aproximándose con el banco.) Le sigue doliendo nomás...


RUDECINDA.- (Apartada, con PRUDENCIA.) ¿Qué te dice don Juan Luis, che? Leé pa las dos.


PRUDENCIA.- Puede venir el viejo.


RUDECINDA.- A ver. Leé no más.


PRUDENCIA.- (Leyendo con dificultad.) «Chinita mía.»


RUDECINDA.- ¡Si será zafao el rubio!...


PRUDENCIA.- «Chinita mía. Recibí tu adorable cartita y con ella una de las más tiernas satisfacciones de nuestro naciente idilio. Si me convenzo de que me amas de veras»... ¡Sinvergüenza, no está convencido todavía! ¿Qué más quiere? ¡Goloso!


RUDECINDA.- No seas pava. No dice semejante cosa. Hay un punto en la letra sí. «Sí», punto... «me convenzo de que me amas de veras y...»


PRUDENCIA.- ¡Ah, bueno! (Lee.) «... que me amas de veras y espero recibir constantes y mejores pruebas de tu cariño. Tengo una sola cosa que reprocharte. Lo esquiva que estuviste conmigo la otra tarde...»


RUDECINDA .- ¿Ves? ¿Qué te dije?


PRUDENCIA .- Yo no tuve la culpa. ¡Sentí ruido y creí que venía mama!


RUDECINDA.- ¡Zonza! ¡Pa lo que cuesta dar un beso! Seguí leyendo.


PRUDENCIA .- ¡Si no fuera más que uno! (Leyendo.) «La última tarde...» ¡Ay! Creo que llega tata.


RUDECINDA.- No; viene lejos. Fijate prontito, a ver si dice algo pa mí.


PRUDENCIA.- Esperate... «Dile a Rudecinda que esta tarde o mañana iré con el capitán Butiérrez a reconciliarlo con don Zoilo.»


MARTINIANA.- (Como dando una señal.) Muchachas, ¿sembraron ya las semillas?


PRUDENCIA.- (Ocultando la carta.) Acabamos de hacerlo.




Escena V





DOÑA DOLORES, RUDECINDA, PRUDENCIA, MARTINIANA y DON ZOILO.



DON ZOILO.- (Con una maleta de lona en la mano, que deja caer a los pies de DOÑA DOLORES.) Ahí tienen los encargos de la pulpería.


MARTINIANA.- (Zalamera.) Güenas tardes, don Zoilo. Hace un rato no me quiso saludar, ¿eh?


DON ZOILO .- ¿Qué andás haciendo por acá? ¡Nada güeno, de juro!


MARTINIANA.- Ya lo ve, pasiando un poquito.


DON ZOILO .- Ahí se iba tu yegua campo ajuera, pisando las riendas.


MARTINIANA .- (Mirando al campo.) Y mesmo. Mañerasa la tubiana. (Yéndose, a gritos.) ¡Che, Nicolás!; vos que tenés güenas piernas, atajamelá, ¿querés?




Escena VI





DOÑA DOLORES, RUDECINDA, PRUDENCIA y DON ZOILO.



RUDECINDA.- (Que ha estado revisando la maleta, a DON ZOILO, que se aleja.) ¡Che, Zoilo! ¡Eh! (Deteniéndolo.) ¿Y mis encargos?


DON ZOILO.- No sé.


RUDECINDA.- ¿Cómo que no sabés? Yo te he pedido (Recalcando.) por mi cuenta, pagarlo con mi platita, dos o tres cosas y un corte de vestido pa Prudencia, la pobre, que no tiene qué ponerse. ¿Ande está eso?


DON ZOILO .- Tará ahí...




(PRUDENCIA recoge la maleta y se va por la izquierda.)





Escena VII





DOÑA DOLORES, RUDECINDA y DON ZOILO.



RUDECINDA.- ¡Por favor, che! Mirá que voy a creer lo que andan diciendo. Que tenés gente en el altillo.


DON ZOILO.- Así será.


RUDECINDA.- Bueno. Dame entonces la plata; yo haré las compras.


DON ZOILO .- No tengo plata.


RUDECINDA.- ¿Y el dinero de los novillos que me vendiste el otro día?


DON ZOILO.- Lo gasté.


RUDECINDA.- Mentira. Lo que hay es que vos pensás rebuscarte con lo mío, después de haber tirado en pleitos y enredos la fortuna de tus hijos. Eso es lo que hay.


DON ZOILO.- Güeno; ladiate de ái o te sacudo un guantón.




(Mutis.)





Escena VIII





DOÑA DOLORES y RUDECINDA.



RUDECINDA.- ¡Vas a pegar, desgraciao! (Volviéndose.) ¿Has visto, Dolores? Ese hombre está loco o está borracho...


DOÑA DOLORES .- (Suspirando.) ¡Qué cosas, Virgen Santa!


RUDECINDA.- (Tirando violentamente las ropas de planchar.) ¡Oh!... Lo que es conmigo, va a embromar poco... O me entrega a buenas mi parte, o...




Escena IX





DOÑA DOLORES, RUDECINDA y ROBUSTIANA.



ROBUSTIANA.- (Saliendo.) Ahí tiene su mate, mama... ¡Pucha que hay gente desalmada en este mundo! Parece mentira. Es no tener ni pizca...


RUDECINDA .- ¿Qué estás rezongando vos?


ROBUSTIANA.- Lo que se me antoja. ¿Por qué le has dicho esas cosas a tata?


RUDECINDA .- Porque las merece.


ROBUSTIANA.- ¿Qué ha de merecerlas el pobre viejo? ¡Desalmadas! ¡Y parece que les estorba y quieren matarlo a disgustos!


RUDECINDA .- ¡Callate la boca, hipócrita! Buena jesuita sos vos... Tisicona del diablo...


ROBUSTIANA.- Vale más ser eso que unas perversas y unas... desorejadas como ustedes...


RUDECINDA.- (Airada, levantando una plancha.) A ver, repetí lo que has dicho, insolente.


DOÑA DOLORES.- ¡Hijas, por misericordia, no metan tanto ruido! ¿No ven cómo estoy?


ROBUSTIANA.- (Burlona.) ¡Ah, Dios mío! ¡Doña Jeremías! ¡Usted también es otra como ésas! Con el pretexto de su jaqueca y sus dolamas, no se ocupa de nada y deja que todo en esta casa ande como anda. ¡Qué demontres! Vaya a acostarse si no quiere oír lo que no le conviene.




(RUDECINDA y DOÑA DOLORES cambian gestos de asombro.)



DOÑA DOLORES.- (Levantándose.) ¡Mocosa, insolente! ¿Ésa es la manera de tratar a su madre? Te via a enseñar a respetarme.


ROBUSTIANA.- Con su ejemplo no voy a aprender mucho, no hay cuidao...


DOÑA DOLORES.- ¡Madre Santa! ¿La han oído ustedes?




Escena X





DOÑA DOLORES, RUDECINDA, ROBUSTIANA y PRUDENCIA.



PRUDENCIA.- (Que ha oído el final de la escena.) ¡Déjela, mama! ¡La ha picado el alacrán!


ROBUSTIANA.- Callate vos, pandereta.


DOÑA DOLORES.- ¡Qué la via dejar! Vení pa ca... Decí... ¿qué malos ejemplos te ha dao tu madre?


ROBUSTIANA .- No sé... no sé...


PRUDENCIA .- Mirenlá. Retratada de cuerpo presente. ¡Tira la piedra y esconde la mano!


DOÑA DOLORES.- ¡No la ha de esconder! (Tomándola por un brazo.) ¡Hablá, pues, largá el veneno!




(La zamarrea. RUDECINDA y PRUDENCIA la rodean.)



ROBUSTIANA.- ¡Déjeme!


RUDECINDA.- Ahora se te van a descubrir las hipocresías, tísica.


PRUDENCIA .- Las vas a pagar todas juntas, lengua larga.


ROBUSTIANA .- ¡Jesús! ¡Se ha juntao la partida! Pero no les via tener miedo. ¿Quieren que hable? Bueno... ¿Saben qué más? Que las tres son unas... (DOÑA DOLORES le tapa la boca de una bofetada.) ¡Ay... perra vida!... (Enfurecida alza la mano e intenta arrojarse sobre DOÑA DOLORES.)


RUDECINDA.- (Horrorizada.) ¡Muchacha! ¡A tu madre!


ROBUSTIANA.- (Se detiene sorprendida, pero reacciona rápidamente.) ¡A ella y a todas ustedes!




(Se precipita sobre un banco y lo alza con ademán de arrojarlo. Las tres mujeres retroceden asustadas.)





Escena XI





DOÑA DOLORES, RUDECINDA, ROBUSTIANA, PRUDENCIA y DON ZOILO.



DON ZOILO.- (Apareciendo.) ¡Hija! ¿Qué es esto?


ROBUSTIANA.- (Deja caer el banco y se le echa en los brazos sollozando desesperadamente.) ¡Ay, tata! ¡Mi tatita! ¡Mi tatita!


DON ZOILO .- ¡Cálmese! ¡Cálmese! ¿Qué le han hecho, hija? ¡Pobrecita! ¡Vamos! Tranquilícese, que le va a venir la tos. Sí... ya sé que usted tiene razón. Yo, yo la voy a defender.


DOÑA DOLORES.- (Dejándose caer en su sillón.) ¡Ay, Virgen Santísima de los Dolores! ¡Se me parte esta cabeza!




(RUDECINDA y PRUDENCIA hacen que continúan planchando.)



DON ZOILO .- (Entre iracundo y conmovido.) ¡Parece mentira! ¡Tamañas mujeres! Bueno, basta, hijita. (ROBUSTIANA tose.) ¿No ve? ¿Ya le dentra la tos? ¡Cálmese, pues!


ROBUSTIANA.- (Sollozante.) Sí, tata; ya me pasa.


DON ZOILO.- ¿Quiere un poco de agua? A ver ustedes, cuartudas, si se comiden atraer agua pa esta criaturita.




(RUDECINDA va a buscar el agua.)



ROBUSTIANA.- Me pe... garon... porque... les dije... la ver... la verdad... ¡Son unas sinvergüenzas! (Tose.)


DON ZOILO.- Demasiado lo veo. ¡Parece mentira! ¡Canejo! ¡Se han propuesto matarnos a disgustos!


PRUDENCIA.- ¡Fíjese, mama, en el jueguito de esa jesuita!


RUDECINDA .- (Volviendo con un jarro de agua que deja bruscamente.) ¡Ahí tiene agua! Hasta pa augarse.


DON ZOILO .- Tome unos traguitos... ¡Así! ¿Se siente mejor? Trate de sujetar la tos, pues... (Sonriente.) ¡Qué diablos!... Tírele de la riendita. ¿Quiere recostarse un poquito? Venga a su cama.


ROBUSTIANA.- (Mimosa.) ¡No!... Muchas gracias. (Lo besa.) Muchas gracias. Estoy bien; y, además, quiero quedarme aquí porque... ¡quién sabe qué enredos van a meterle ésas!


RUDECINDA.- Mirenlá a la muy zorra. Tenés miedo de que sepa la verdad, ¿no?


DON ZOILO.- ¡Cállese usté la boca!


RUDECINDA .- ¡Oh!... ¿Y por qué me he de callar? ¿Hemos de dejar que esa mocosa invente y arregle las cosas a su modo? ¡No faltaría más! La madre la ha cachetiao, y bien cachetiada, porque le faltó al respeto...


DOÑA DOLORES.- ¡Ay, Dios mío!


PRUDENCIA.- ¡Claro que sí! ¡Cuando menos, ella tendrá corona!


RUDECINDA.- ¡Y le levantó la mano a Dolores!


DON ZOILO .- ¡Güeno, güeno, güeno! ¡Que no empiece el cotorreo! Ustedes, desde un tiempo a esta parte, me han agarrao a la gurisa pal piquete, sin respetar que está enferma y por algo ha de ser... (Enérgico.) ¡Y ese algo lo vamos a aclarar ahora mesmito! ¿Han oído?, ¡ahora mesmito!... (A DOÑA DOLORES.) A ver vos, doña quejidos; vos que sos aquí la madre y la dueña e casa, ¿qué enriedo es éste?


DOÑA DOLORES.- ¡Virgen de los Desamparados, como pa historias estoy yo con esta cabeza!


DON ZOILO.- ¡Canejo! Se la corta si no le sirve pa cumplir con sus obligaciones... (A RUDECINDA.) Y vos, vamos a ver, aclarame pronto el asunto; no has de tener jaqueca también. Respondé...


RUDECINDA.- (Chocante.) ¡Caramba, no sabía yo que te hubiesen nombrao juez!


DON ZOILO.- No. (Mostrando el talero.) A quien nombraron jue a ño rebenque. Así es que no seás comadre y respondé como la gente. Ya se te ha pasao la edá de las macacadas.


RUDECINDA.- Te voy a contestar cuando me digás qué has hecho de mis intereses.


DON ZOILO .- (Airado.) ¿Eh? (Conteniéndose.) ¡Hum!... Ta güeno. Esperate un poco, que te voy a dar lindas noticias. (Hosco, retorciendo el rebenque.) Conque... conque, ¿nadie quiere hablar? (A ROBUSTIANA.) Vamos a ver, hijita. Usted ha de ser güena. Cuéntele a su tata todas las cosas que tiene que contarle. Reposadita y sin apurarse mucho, que se fatiga...


ROBUSTIANA.- No, tata; no tengo nada que decirle.


DON ZOILO .- ¿Cómo es eso?


ROBUSTIANA .- Digo...no. Es que... lo único... es eso... que... Lo único... es eso... que no me tratan bien.


DON ZOILO.- Por algo ha de ser entonces. Vamos... empiece.


ROBUSTIANA .- Porque no me quieren, será.


DON ZOILO .- (Grave.) Bueno, hijita. Hable de una vez; no me vaya a disgustar usted también.


ROBUSTIANA.- Es que... si lo digo se disgusta más.


DON ZOILO .- Ya caíste, matrera. Ahora no tendrás más remedio que largar el lazo... y tire sin miedo que no lo via mañeriar a la argolla. ¡Está bien sogueao el güey viejo!


DOÑA DOLORES.- ¡Ay, hijas! ¡No puedo más! Voy a echarme en la cama un ratito. (Se alza.)


DON ZOILO.- ¡No, no, no, no! ¡De aquí no se mueve nadie! A la primera que quiera dirse, le rompo las canillas de un mangazo. Empiece el cuento.


ROBUSTIANA.- No, no... tata... Usté se va a enojar mucho.


DON ZOILO.- ¡Más de lo que estoy! Y ya me ves; tan mansito. Encomience. Vamos. (Recalcando.) Había una vez unas mujeres...


ROBUSTIANA.- Bueno; lo que yo tenía que decirle era que, en esta casa, no lo respetan a usted, y que las cosas no son lo que parece... (Alzándose.) Y entré por un caminito y salí por otro...


DON ZOILO.- ¡No me juyás!... Adelante, adelante... Sentate. Eso de que no me respetan hace tiempo que lo sé. Vamos a lo otro.


ROBUSTIANA.- Yo creo que nosotros debíamos irnos de esta estancia... Pues... de todos modos ya no es nuestra, ¿verdad?


DON ZOILO .- ¡Claro que no!


ROBUSTIANA.- Y como no hemos de vivir toda la vida de prestao, cuanto más antes mejor!; ¡menos vergüenza!


DON ZOILO.- Es natural, pero no comprendo a que viene eso...


ROBUSTIANA.- ¡Viene a que si usté supiera por qué don Juan Luis nos ha dejao seguir viviendo en la estancia después de ganar el pleito, ya se habría mandao mudar!


RUDECINDA.- ¡Ave María! ¡Qué escándalo de mujer intrigante!... ¡Zoilo!... ¡Pero Zoilo! ¿Tenés valor de dejarte enredar por una mocosa?


DON ZOILO .- Siga, m'hija... siga no más. Esto se va poniendo bonito.


RUDECINDA.- ¡Ah, no! ¡Qué esperanza! Si vos estás chocho con la gurisa, nosotras no, ¿me entendés? ¡Faltaba otra cosa! ¡Mándese mudar de aquí, tísica, lengua larga! ¡Ya!... (A DON ZOILO.) No, no me mirés con esos ojos, que no te tengo miedo. A ver ustedes, qué hacen; vos, Dolores... Prudencia. Parece que tuvieran cola e paja... Muévanse. Vengan a arrancarle el colmillo a esta víbora, pues. (A ROBUSTIANA.) Contestá, ladiada. ¿Qué tenés que decir de malo de don Juan Luis?


DOÑA DOLORES.- ¡Ay, mi Dios!


DON ZOILO.- Siga, m'hija, y no se asuste, porque aquí está don talero con ganas de comer cola.


ROBUSTIANA.- Sí, tata. ¡Vergüenza da decirlo!... ¡Cuando usté se va para el pueblo, la gente se lo pasa aquí de puro baile corrido!


DON ZOILO .- Me lo maliciaba.


ROBUSTIANA .- ¡Con don Juan Luis, el comisario Butiérrez y una runfla más!


DON ZOILO.- ¡Ah! ¡Ah! Adelante.


ROBUSTIANA.- Y lo peor es que... es que... Prudencia... (Llora.) No, no digo más...




(PRUDENCIA se aleja disimuladamente y desaparece por la izquierda.)



DON ZOILO .- ¡Vamos, pues, no llore! Hable. ¿Prudencia, qué?...


ROBUSTIANA.- Prudencia... al pobre... al pobre Aniceto, tan bueno y que tan... to que la quiere... le juega sucio con don Juan Luis.


DON ZOILO.- ¡Ah! Eso es lo que quería saber bien. Ahora sí, ahora sí; no cuente más, m'hija; no se fatigue. Venga a su cuarto; así descansa... (La conduce hacia el foro; al pasar junto a DOÑA DOLORES levanta el talero, como para aplastarla.) ¡No te via pegar! ¡No te asustés, infeliz!




Escena XII





DOÑA DOLORES y RUDECINDA.



RUDECINDA.- (Permanece un instante cavilosa y con aire despectivo.) Bueno, ¿y qué? (Viendo llorar a DOÑA DOLORES.) No te aflijás, hija. Ya lo hemos de enderezar a Zoilo. ¡Mocosa, lengua larga! ¡Quién hubiera creído!




Escena XIII





DOÑA DOLORES, RUDECINDA, DON ZOILO y BATARÁ.



DON ZOILO .- (Saliendo.) ¡Arrastradas! ¡Arrastradas! Merecían que las deslomara a palos... Arrastradas... (Llamando.) ¡Batará! ¡Batará! (Paseándose.) ¡Ovejas! ¡Peores entoavía! ¡Las ovejas siquiera no hacen daño a naide!... ¡Batará!


BATARÁ.- (Saliendo.) Mande, señor.


DON ZOILO.- ¿Qué caballo hay en la soga?


BATARÁ .- ¡El doradillo tuerto, señor!


DON ZOILO.- ¿Aguantará un buen galope?


BATARÁ .- ¡Ya lo creo, señor!


DON ZOILO.- Bien. Vas a ensillarlo en seguida y le bajás la mano hasta el Sarandí. ¿Sabés ande está poblando Aniceto?


BATARÁ .- Sí, señor.


DON ZOILO.- Llegás y le decís que se venga con vos, porque tengo que hablarle... ¡Ah!... Al salir te arrimás a lo de mi compadre Luna a decirle en mi nombre que necesito la carreta con güeyes pa mañana; que me haga el favor de mandármela de madrugada.


BATARÁ .- Ta bien, señor.


DON ZOILO.- Entonces, volá.




(Mutis BATARÁ.)





Escena XIV





DOÑA DOLORES, RUDECINDA y DON ZOILO.



DON ZOILO.- (Después de pasearse un momento, a DOÑA DOLORES.) Y usté, señora, tiene que mejorarse en seguidita de la cabeza; ¿me oye? ¡En seguidital


DOÑA DOLORES .- ¡Ay, Jesús, María y José! ¡Sí, estoy un poco más aliviada ya! ¡Me han hecho bien los parchecitos!


DON ZOILO.- ¡Pues se alivia del todo y se va rápido a arreglar con ésas las cacharpas más necesarias pal viaje; mañana al aclarar nos vamos de aquí!


RUDECINDA.- ¿Y ande nos vamos?


DON ZOILO .- ¡Ande a usté no se le importa! ¡Canejo! ¡Ya, muévanse!... (Continúa paseándose.)


DOÑA DOLORES.- (Yéndose.) Virgen de los Desamparados, ¡qué va a ser de nosotros!




Escena XV





RUDECINDA y DON ZOILO.



RUDECINDA.- Decime, Zoilo. ¿Te has enloquecido endeveras? ¿Ande nos llevás?


DON ZOILO .- ¡Al medio del campo! ¡Qué sé yo! ¡No me va a faltar una tapera vieja ande meterlas!


RUDECINDA.- ¡Ah! ¡Yo no me voy, ¡Soy libre!


DON ZOILO .- Quedate si querés.


RUDECINDA.- Pero primero me vas a entregar lo que me pertenece; mi parte de la herencia...


DON ZOILO .- Pediselá a tu amigo el diablo, que se la llevó con todo lo mío.


RUDECINDA .- (Espantada.) ¿Cómo?


DON ZOILO.- Llevándosela!


RUDECINDA.- ¡Ah! ¡Madre! ¡Ya lo maliciaba! ¿Conque me has fundido también? ¿Conque me has tirado mis pesitos? ¿Conque me quedo en la calle? ¡Ah!... ¡Canalla! ¡Sinvergüenza! La...


DON ZOILO .- (Imponente.) ¡Phss! ¡Cuidado con la boca!


RUDECINDA .- ¡Canalla! ¡Canalla! ¡Ladrón!


DON ZOILO.- ¡Rudecinda!


RUDECINDA .- ¡No te tengo miedo! Te lo via decir mil y cincuenta veces... ¡Canalla! ¡Cuatrero! ¡Cuatrero!


DON ZOILO.- (Hace un ademán de ira, pero se detiene.) ¡Pero hermana! ¡Hermana!... ¿Es posible?


RUDECINDA.- (Echándose a llorar.) Madre de mi alma, que me han dejado en la calle... me han dejado en la calle... Mi hermano me ha robao...




(Se va por el foro llorando a gritos. DON ZOILO abrumado, hace mutis lentamente por la primera puerta de la izquierda.)





Escena XVI





PRUDENCIA y JUAN LUIS.





(Después de una breve pausa, aparece PRUDENCIA. Mira cautelosamente en todas direcciones, y no viendo a nadie corre hacia la derecha, deteniéndose sorprendida junto al portón, donde topa con JUAN LUIS.)



PRUDENCIA.- (Ademán de huir.) ¡Ah!


JUAN LUIS .- Buenas tardes. ¡No se vaya! (Tendiéndole la mano.) ¿Cómo está?


PRUDENCIA.- (Muy avergonzada.) ¡Ay, Jesús!... ¡Cómo me encuentra!...


JUAN LUIS .- (Reteniendo la mano, después de cerciorarse de que están solos.) ¡Encantadora te encuentro, monísima, mi vidita!


PRUDENCIA.- (Apartándose.) ¡No... no!... Déjeme... Váyase... ¡Tata está ahí!


JUAN LUIS .- (Goloso, avanzando.) ¡Y qué tiene! ¡Dormirá! ¡Vení, prenda!


PRUDENCIA .- (Compungida.) No... váyase, sabe todo. Está furioso.


JUAN LUIS.- ¡Oh! Ya lo amansaremos. ¿Recibiste mi carta?


PRUDENCIA .- Sí. (Después de mirar a todos lados, con fingido enojo.) Usté es un atrevido y un zafao, ¿sabe?


JUAN LUIS .- ¿Aceptás? ¿Sí? ¿Irás a casa de Martiniana?


PRUDENCIA .- Este... Jesús, siento ruido. (Huyendo hacia el foro.) ¡Tata! ¡Lo buscan!




(Mutis por segunda izquierda.)



JUAN LUIS.- ¡Arisca la china! (Se pasea.)




Escena XVII





DON ZOILO y JUAN LUIS.



DON ZOILO .- (Saliendo.) ¿Quién me busca? ¡Ah!


JUAN LUIS .- (Confianzudo.) ¿Qué tal, viejo amigo? ¿Cómo le va? ¿Está bueno? Le habré interrumpido la siesta, ¿no?


DON ZOILO .- Bien, gracias; tome asiento.




(Pronto aparecen en cada una de las puertas PRUDENCIA, RUDECINDA y DOÑA DOLORES; curiosean inquietas un instante y se van.)



JUAN LUIS .- No; traigo un amigo y no sé si usted tendrá gusto en recibirlo.


DON ZOILO .- No ha de ser muy chúcaro cuando no le han ladrao los perros.


JUAN LUIS.- Es una buena persona.


DON ZOILO .- Ya caigo. El capitán Butiérrez, ¿no? (Se rasca la cabeza con rabia.) ¡Ta güeno!...


JUAN LUIS .- Y me he propuesto que se den un abrazo. Dos buenos criollos como ustedes no pueden vivir así, enojados. De parte de Butiérrez, ni qué hablar...


DON ZOILO.- (Muy irónico.) ¡Claro! ¡Ni qué hablar! Mande no más, amigazo. ¡Usted es muy dueño! Vaya y digalé a ese buen mozo que se apee... Yo voy a sujetar los perros.


JUAN LUIS .- (A voces desde la verja.) ¡Acérquese no más, comisario! Ya está pactado el armisticio.




(Va a su encuentro.)





Escena XVIII





DON ZOILO, JUAN LUIS y GUTIÉRREZ.



JUAN LUIS.- (Aparatoso; empujando a GUTIÉRREZ.) Ahí lo tiene al amigo don Zoilo, olvidado por completo de las antiguas diferencias... (Hierático.) Pax vobis.


GUTIÉRREZ .- (Extendiendo los brazos.) ¡Cuánto me alegro! ¿Cómo te va, Zoilo?


DON ZOILO.- (Empacado ofreciéndole la mano.) Güen día...


GUTIÉRREZ .- (Cortado.) ¿Tu familia, buena?




(Pausa.)



DON ZOILO.- Tomen asiento.


JUAN LUIS.- Eso es... (Ocupando el sillón.) ¡Siéntese por acá, comisario! (Señala una silla.) Tiempo lindo, ¿verdad? Don Zoilo, ¿usté no se sienta? Arrime un banco, pues... (DON ZOILO se sienta.) Las muchachas estarán de tarea seguramente. Hemos venido a interrumpirlas... Seguro que han ido a arreglarse. Dígales que por nosotros no se preocupen. ¡Pueden salir así no más, que siempre están bien!




(Pausa embarazosa.)



GUTIÉRREZ.- (Por decir algo.) ¡Qué embromar! ¡Qué embromar con las cosas!


JUAN LUIS .- ¿Con qué cosas?


GUTIÉRREZ .- Ninguna. Decía por decir, no más. Es costumbre.




Escena XIX





DON ZOILO, JUAN LUIS, GUTIÉRREZ y RUDECINDA.



RUDECINDA.- (Un tanto transformada y hablando con relativa exageración.) ¡Ay!... ¡Cuánto bueno tenemos por acá!... ¿Cómo está, Butiérrez? ¿Qué milagro es éste, don Juan Luis? Vean en qué figura me agarran.


JUAN LUIS.- Usted siempre está buena moza.


RUDECINDA.- ¡Ave María! No se burle.


GUTIÉRREZ.- (Ofreciéndole su silla.) Tome asiento.


RUDECINDA .- ¡No faltaba más! Usté está bien; no, no, no. Ya me van a traer. (A voces.) ¡Robusta, sacá unas sillas! ¿Y qué tal? ¿Qué buena noticia nos traen? ¿Qué se cuenta por ahí? Ya me han dicho que usté, Butiérrez...


DON ZOILO .- ¡Rudecinda! Vaya a ver qué quiere Dolores.


RUDECINDA.- No; no ha llamado.


DON ZOILO .- (Alzándose.) ¡Va... ya a ver... qué... quiere... Dolores!


RUDECINDA .- (Vacilante.) Este... (Después de mirar a DON ZOILO.) Con permiso.



(Vase.)





Escena XX





DON ZOILO, JUAN LUIS y GUTIÉRREZ.



JUAN LUIS .- ¡Qué muchacha de buen genio esta Rudecinda! ¡Siempre alegre y conversadora... ¿Y no tenemos un matecito, viejo Zoilo? Lo encuentro medio serio. Seguro que no ha dormido siesta. Mi padre es así; cuando no sestea, anda que parece alunao.


GUTIÉRREZ.- (Cambiando de postura.) ¡Qué embromar con las cosas!




Escena XXI





DON ZOILO, JUAN LUIS, GUTIÉRREZ y PRUDENCIA.



PRUDENCIA.- (Con mucha cortedad.) ¡Buenas tardes!


JUAN LUIS .- (Yendo a su encuentro.) ¡Viva!... ¡Salió el sol! ¡Señorita!


PRUDENCIA.- Bien, ¿y usté?


GUTIÉRREZ.- ¡Señorita Prudencia! ¡Qué moza!


PRUDENCIA.- Bien, ¿y usté? Tomen asiento. Estén con comodidad.


JUAN LUIS .- Gracias; siempre tan interesante, Prudencita. Linda raza, amigo don Zoilo.


DON ZOILO.- Che, Prudencia. Andá, que te llama Rudecinda.


PRUDENCIA.- ¿A mí? ¡No he oído!


DON ZOILO.- He dicho que te llama Rudecinda.


PRUDENCIA.- (Atemorizada, yéndose.) ¡Voy! Con licencia.



(Vase.)





Escena XXII





DON ZOILO, JUAN LUIS y GITIÉRREZ.



JUAN LUIS .- Pues yo no he oído.


DON ZOILO.- (Alterado.) ¡Pero yo sí, canejo! ¿Me entiende?


JUAN LUIS.- Bueno, viejo. Tendrá razón; no es para tanto.


GUTIÉRREZ .- ¡Hom!... Qué embromar... Qué embromar con las cosas...


DON ZOILO.- Ta bien. Dispense. (Aproximando su banco a JUAN LUIS.) Diga... ¿Tendría mucho que hacer aura?


JUAN LUIS .- ¿Yo?


DON ZOILO.- El mismo.


JUAN LUIS.- ¡No! Pero no me explico...


DON ZOILO .- Tenía que decirle dos palabritas.


JUAN LUIS .- A sus órdenes, viejo. Ya sabe que siempre...


GUTIÉRREZ .- (Alzándose.) Andate pa tu casa, Pedro, que paece que t'echan.


DON ZOILO.- Quedate no más. Siempre es güeno que la autoridad oiga también algunas cosas... Este, pues, como le iba diciendo. Usté sabe que esta casa y este campo fueron míos; que los heredé de mi padre, y que habían sido de mis agüelos... ¿no? Que todas las vaquitas y ovejitas existentes en el campo, el pan de mis hijos, las crié yo a juerza de trabajo y de sudores, ¿no es eso? Bien saben todos que, con mi familia, jue creciendo mi haber, a pesar de que la mala suerte, como la sombra al árbol, siempre me acompañó.


JUAN LUIS.- No sé a qué viene eso, francamente.


DON ZOILO.- Un día... déjeme hablar. Un día se les antojó a ustedes que el campo no era mío, sino de ustedes; me metieron ese pleito de reivindicación; yo me defendí; las cosas se enredaron como herencia de brasilero, y cuando quise acordar amanecí sin campo, ni vacas, ni ovejas, ni techo para amparar a los míos.


JUAN LUIS .- Pero usted bien sabe que la razón estaba de nuestra parte.


DON ZOILO.- Taría cuando los jueces lo dijeron, pero yo dispués no supe hacer saber otras razones que yo tenía.


JUAN LUIS .- Usted se defendió muy bien, sin embargo.


DON ZOILO.- (Alzándose terrible.) No, no me defendí bien; no supe cumplir con mi deber. ¿Sabe lo que debí hacer, sabe lo que debí hacer? Buscar a su padre, a los jueces, a los letrados; juntarlos a todos ustedes, ladrones, y coserles las tripas a puñaladas, ¡pa escarmiento de bandoleros y saltiadores! ¡Eso debí hacer! ¡Eso debí hacer! ¡Coserlos a puñaladas!


JUAN LUIS .- (Confuso.) ¡Caramba, don Zoilo! ¡Por favor!


GUTIÉRREZ .- (Interviniendo.) ¡Hombre, Zoilo! ¡Calmate! ¡Respetá un poco, que estoy yo acá!


DON ZOILO.- (Serenándose.) ¡Toy calmao! ¡Ladiate de ahí!... ¡Eso debí hacer! ¡Eso! (Sentándose.) No lo hice porque soy un hombre muy manso de sí, y por consideración a los míos. Sin embargo...


JUAN LUIS .- Repito, señor, que no acabo de explicarme los motivos de su actitud. Por otra parte, ¿no nos hemos portado con bastante generosidad? ¡Lo hemos dejado seguir viviendo en la estancia! Nos disponemos a ocuparlo bien para que pueda acabar tranquilamente sus días.


DON ZOILO.- (Irguiéndose.) ¡Cállese la boca, mocoso!... ¡Linda generosidad! ¡Bellacos!


JUAN LUIS .- (Poniéndose de pie.) ¡Señor!...


DON ZOILO .- ¡Linda generosidad! Pa quitarnos lo único que nos quedaba, la vergüenza y la honra, es que nos han dejado aquí... ¡Saltiadores! ¡Parece mentira que haiga cristianos tan desalmaos!... ¡No les basta dejar en la mitad del campo al pobre paisano viejo, a que se gane la vida cuando ya ni fuerzas tiene, sino que todavía pensaban servirse de él y su familia para desaguachar cuanta mala costumbre han aprendido! ¡Ya podés ir tocando de aquí, bandido! Mañana esta casa será tuya... ¡Pero lo que aura hay adentro es bien mío! ¡Y este pleito yo lo fallo! ¡Juera de aquí!


JUAN LUIS .- ¡Pero, señor!


DON ZOILO.- (Agarrando el talero.) ¡Juera he dicho!


JUAN LUIS.- Está bien...



(Se va lentamente.)



DON ZOILO.- (A GUTIÉRREZ, que intenta seguirlo.) Y en cuanto a vos, entrá si querés a sacar tu prenda. ¡Pasá no más, no tengás miedo!


GUTIÉRREZ .- Yo...


DON ZOILO.- ¡Ah!... ¡No querés! Bueno, tocá también. Y cuidadito con ponérteme por delante otra vez (GUTIÉRREZ mutis.) ¡Herejes! ¡Saltiadores! ¡Saltiadores! (Los sigue un momento con la vista, balbuceando frases incomprensibles. Después recorre con una mirada las cosas que le rodean, avanza unos pasos y se deja caer abrumado en el sillón.) ¡Señor! ¡Señor! ¡Qué le habré hecho a la suerte pa que me trate así!... ¡Qué, qué le habré hecho! (Deja caer la cabeza sobre las rodillas.)




Acto II




Representa la escena, a gran foro, telón de campo; a la izquierda un rancho con puerta y ventana practicables. Sobre el mojinete del rancho, un nido de horneros. A la derecha rompimiento de árboles. Un carrito con un barril de los que se usan para transporte de agua. Un banco largo debajo del alero del rancho, un banquito y un jarro de lata. Es de día.



Escena I





ROBUSTIANA y PRUDENCIA.





(Aparecen en escena ROBUSTIANA pisando maíz en un mortero y PRUDENCIA cosiendo un vestido.)



ROBUSTIANA.- ¡Che, Prudencia! ¿Querés seguir pisando esta mazamorra? Me canso mucho. Yo haría otra cosa cualquiera.


PRUDENCIA.- Pisala vos con toda tu alma. Tengo que acabar esta pollera.


ROBUSTIANA.- ¡Que sos mala! Llamala a mama entonces o a Rudecinda.


PRUDENCIA.- (Volviéndose, a voces.) Mama... Rudecinda. Vengan a servir a la señorita de la casa y tráiganle un trono para que esté a gusto.




Escena II





ROBUSTIANA, PRUDENCIA, DOÑA DOLORES y RUDECINDA.



DOÑA DOLORES.- (Saliendo.) ¿Qué hay?


PRUDENCIA .- Que la princesa de Chimango no puede pisar maíz.


DOÑA DOLORES.- ¿Y qué podés hacer entonces? Bien sabés que no hemos venido acá pa estarnos de brazos cruzados.


ROBUSTIANA.- Sí, señora, lo sé muy bien; pero tampoco via permitir que me tengan de piona.


RUDECINDA .- (Asomándose a una ventana.) ¿Ya está la marquesa buscando cuestiones? Cuando no...


ROBUSTIANA .- Callate vos, comadreja.


RUDECINDA.- Andá, correveidile; buscá camorra no más pa después dirle a contar a tu tata que te estamos martirizando.


ROBUSTIANA.- (Dejando la tarea.) ¡Por Dios!... ¿Quieren hacerme el favor de decirme cuándo, cuándo me dejarán en paz? ¿Yo qué les hago pa que me traten así? Bien buena que soy; no me meto con ustedes y trabajo como una burra, sin quejarme nunca a pesar de que estoy bien enferma. ¡Y ahora porque les pido que me ayuden un poco, me echan la perrada como a novillo chúcaro!


RUDECINDA.- (Que ha salido un momento antes con el pelo suelto, peinándose.) ¡Jesús, la víctima! Si no hubiera sido por tus enredos, no te verías en estos trances.


ROBUSTIANA .- Por favor.


RUDECINDA.- (Remedando.) ¡Por favor! ¡Véanle el aire de romántica!... Cómo se conoce que anda enamorada; no te pongás colorada. ¿Te creés que no sabemos que andas atrás de Aniceto?


ROBUSTIANA .- Bueno, por Dios. No hablemos más. Haré lo que ustedes quieran. Trabajaré hasta que reviente. (Continúa pisando maíz.) De todos modos no les voy a dar mucho trabajo, no; pronto no más. (Aparte, casi llorosa.) ¡Si no fuera por el pobre tata, que me quiere tanto!


PRUDENCIA .- (A RUDECINDA.) ¿Te parece que será bastante el ancho? Le puse cuatro paños.


DOÑA DOLORES .- ¡Ave María! ¡Qué anchura!


RUDECINDA.- ¡No, señora... con el fruncido! ¡A ver! ¡A ver! Esperate; tengo las manos sucias de aceite.


PRUDENCIA .- ¿Y si la midiéramos con la tuya lila? ¿Ande la tenés?


RUDECINDA .- A los pies de mi cama. Vení.




(Hacen mutis.)



DOÑA DOLORES.- Ahora van a ver cómo sobra. Ese tartán es muy ancho.




(Mutis.)





Escena III





ROBUSTIANA y DON ZOILO.



ROBUSTIANA.- (Angustiada.) ¡No quieren a nadie! ¡Pobre tatita!




(Apoyada en el mortero llora un instante. Óyense rumores de la izquierda. ROBUSTIANA alza la cabeza, se enjuga rápidamente las lágrimas y continúa la tarea, canturreando un aire alegre. DON ZOILO avanza por la izquierda a caballo, con un balde en la mano, arrastrando un barril de agua. Desmonta, desata el caballo y lo lleva fuera, al volver acomoda la rastra.)



DON ZOILO.- ¡Buen día, m'hija!


ROBUSTIANA.- Día... ¡bendición, tatita!


DON ZOILO .- ¡Dios la haga una santa! ¿Pasó mala noche, eh? ¿Por qué se ha levantao hoy?


ROBUSTIANA.- No; dormí bien.


DON ZOILO .- Te sentí toser toda la noche.


ROBUSTIANA.- Dormida sería.


DON ZOILO.- Traiga, yo acabo.


ROBUSTIANA .- ¡No, deje! ¡Si me gusta!


DON ZOILO .- Pero le hace mal. Salga.


ROBUSTIANA .- Bueno. Entonces yo voy a ordeñar, ¿eh?


DON ZOILO.- ¿Cómo? ¿No han sacao la leche entoavía?


ROBUSTIANA .- No señor, porque...


DON ZOILO .- ¿Y qué hacen ésas? ¿A qué hora se levantaron?


ROBUSTIANA.- Muy temprano...


DON ZOILO.- (Llamando.) ¡Dolores! ¡Rudecinda!


ROBUSTIANA.- Deje... Yo fui, que...




Escena IV





ROBUSTIANA, DON ZOILO y RUDECINDA.



RUDECINDA.- (Saliendo.) ¡Jesús! ¿Qué te duele?


DON ZOILO .- ¿No han podido salir entoavía de la madriguera? ¿Por qué no ordeñan de una vez?


RUDECINDA.- ¡Qué apuro! Ya fue Dolores. (Intencionada.) Te vino con el parte alguna tijereta, ¿no? ¿Cuánto le pagás por viaje?



(Hace una mueca de desprecio a ROBUSTIANA, da un coletazo y desaparece. Pausa.)





Escena V





ROBUSTIANA, DON ZOILO y BATARÁ.





(BATARÁ aparece silbando, saca un jarro de agua del barril y bebe.)



BATARÁ .- ¡Ta fría! (A ROBUSTIANA.) ¡Día! ¡Sión! ¡Madrina! Aquí le traigo pa usté. (Le ofrece una yunta de perdices.)


DON ZOILO .- ¿Y Aniceto?


BATARÁ.- Ái viene; se apartó a bombiar el torito hosco que parece medio tristón.


DON ZOILO.- ¿Encontraron algo?


BATARÁ .- Sí, señor. Cueriamos tres con la ternera rosilla que murió ayer.


ROBUSTIANA.- ¡Ave María Purísima! ¡Qué temeridad!


BATARÁ.- Y por el cañadón grande encontramos un güey echado, y a la lechera chorriada muy seria.


DON ZOILO.- ¿Les dieron güelta la pisada?


BATARÁ .- Sí, señor. Pero pa mí que ese remedio no las cura. ¡Pucha! ¡Pidemia bruta! Se empieza a poner serio el animal, desganao; camina un poco, s'echa y al rato no más queda tieso con una guampa clavada en el suelo. Debe ser algún pasto malo.


ROBUSTIANA.- ¡Qué tristeza! ¡Era lo único que nos faltaba! ¡Que tras de que tenemos tan poco, se nos mueran los animales! ¡Y con el invierno encima!


DON ZOILO .- ¡No hay que afligirse, m'hija! ¡No hay mal que dure cien años! ¡Aistá Aniceto!




Escena VI





ROBUSTIANA, DON ZOILO, BATARÁ y ANICETO.



ANICETO.- (Entra en escena.) Tres... y dos por morir. (A ROBUSTIANA.) Buenos días... (A DON ZOILO.) ¡Hay que mandar la rastra pa juntar los cueros! (Sentándose en cualquier parte.) Dicen que don Juan Luis tiene un remedio bueno allá en la estancia.


DON ZOILO.- Sí, una vacuna... Pero eso debe ser para animales finos.


BATARÁ.- ¡Güena vacuna! Cuando vino el engeniero ése para probar el remedio, se murió medio rodeo de mestizas en la estancia grande; ¡bah!... Ese franchute no más ha de haber sido el que trujo la epidemia.


ANICETO.- Grano malo no es.


DON ZOILO.- Últimamente, sea lo que sea... que se muera todo de una vez. Si fuera mío el campo, ya le habría prendido fuego. ¡Ensillame el overo!




(BATARÁ mutis.)





Escena VII





RUDECINDA, ROBUSTIANA, DON ZOILO y ANICETO.



RUDECINDA.- (Saliendo.) ¡Che, princesa! Podés ir a tender la cama, si te parece. ¿O esperás que las sirvientas lo hagan? Pronto es mediodía, y todo está sucio.


ROBUSTIANA.- No rezongués. Ya voy...



(Vase.)





Escena VIII





RUDECINDA, DON ZOILO y ANICETO.



RUDECINDA.- ¡Movete, pues! (A ANICETO.) Buen día. ¿No han carniado?


DON ZOILO.- No sé qué... ¡Si no te carniamos a vos!


RUDECINDA.- ¡Tas muy chusco! ¡No hablo con vos!


ANICETO.- No hay nada, doña. Anduve mirando si encontraba alguna ternera en buenas carnes y...


RUDECINDA.- Pues yo he visto muchas...


ANICETO.- Ajenas serían...


DON ZOILO.- No perdás tiempo, hijo, en escuchar zonceras.


RUDECINDA .- ¡Zonceras! ¿Y qué comemos entonces? ¿Querés seguir manteniéndonos a pura mazamorra? Charque no hay más.


DON ZOILO.- Pero hay mucho rulo, y mucha moña, y mucha comadrería.


RUDECINDA.- Mejor.


DON ZOILO.- (Con rabia.) ¡Entonces no se queje, canejo!


RUDECINDA .- ¡Avisá si también pensás matarnos de hambre!


DON ZOILO.- Si tenés tanta, pegá un volido pal campo. ¡Carnizas no te han de faltar!... Podrás hartarte con tus amigos los caranchos. Che, Aniceto. Via dir hasta el boliche a buscar un emplasto poroso pa Robusta, que la pobre está muy mal de la tos... Reparame un poco esto, y si se alborotan mucho las cotorras, meniales chumbo no más.



(Vase lentamente por izquierda.)



RUDECINDA.- Eso es; para esa guacha tísica todos los cuidaos; los demás, que revienten. Andá no más... Andá no mas, que poco te va a durar el contento. (A ANICETO.) ¿Y a usté lo han dejao de cuidador? Bonito papel, ¿no? ¡Jua!... ¡Jua!... El maizal con espantajo.




(Mutis.)





Escena IX





ANICETO y luego ROBUSTIANA.



ANICETO.- ¡Pcha que son piores! (Se pone a lavarse las manos junto al barril, echándose agua con el jarro.)


ROBUSTIANA.- (Saliendo.) ¡Esperesé! ¡Yo le ayudo!


ANICETO.- No, dejá. Ya va a estar, hija.


ROBUSTIANA.- (Tomando el jarro y volcándole agua en las manos.) ¡Hija! ¡La facha para padre de familia! ¿Quiere jabón?


ANICETO .- ¡Gracias, ya está! (Intenta secarse con el poncho.)


ROBUSTIANA.- ¡Ave María! No haga eso, no sea... (Va corriendo adentro y vuelve con una toalla.) Ahí tiene. (Fatigada.) ¡Jesús! No puedo correr... Parece que me ahogo.


ANICETO.- ¡Vea! Por meterte acomedida.


ROBUSTIANA.- Ya pasó. (Burlona.) ¡Retemé no más, tatita! ¡No digo! Si tiene andar de padre de familia.


ANICETO .- ¡Oh!... Te ha dado fuerte con eso.


ROBUSTIANA.- ¡Claro! ¡Si me trata con una seriedad...!


ANICETO.- ¿Yo?


ROBUSTIANA.- ¡Siempre que me habla pone una cara! (Remedando.) Así fea. (Ahuecando la voz.) «¡Gracias, m'hija! ¡Hacé esto, m'hija! ¡Buen día, m'hija! «O si no, se pone bueno y mansito como tata y me trata de usted. « ¡Hijita, el rocío puede hacerle mal! Hija, alcánceme eso, ¿quiere?» ¡Ja, ja, ja! Cualquier día, equivocada, le pido la bendición.


ANICETO .- ¡Vean las cosas que se le ocurren! Es mi manera así.


ROBUSTIANA.- ¿Y cómo con otras no lo hace?


ANICETO .- ¡Ah! Porque, porque...


ROBUSTIANA.- ¡Dígalo, pues! ¿A que no se anima?


ANICETO.- Porque, bueno... y si vamos a ver: ¿por qué vos me tratás de usted y con tanto respeto?


ROBUSTIANA.- (Confundida.) ¿Yo? ¿Yo? Este... ¡miren qué gracia! Porque... ¿Quiere que le cebe mate?


ANICETO .- ¡No, señor! ¡Respondé primero!


ROBUSTIANA.- Pues porque... antes, como yo era chica y uste... tamaño hombre, me parecía feo tratarlo de vos.


ANICETO.- ¿Y ahora?


ROBUSTIANA .- (Ruborizada.) Ahora... Ahora porque... porque me da vergüenza.


ANICETO .- (Extrañado.) ¡Vergüenza de mí! ¡De un hermano casi!


ROBUSTIANA.- ¡No... vergüenza no! Este. ¡Sí! ¡No sé qué! Pero... (Como inquietándose por sus propios pensamientos.) ¡Ay! ¡Si nos vieran juntos! ¡Conversando así de estas cosas!...


ANICETO.- ¿De cuáles?


ROBUSTIANA.- ¡Nada, nada! Este. ¡Caramba! Venga a sentarse y hablaremos como dos buenos amiguitos...


ANICETO .- (Con mayor extrañeza y curiosidad.) ¿Y antes cómo hablábamos?


ROBUSTIANA.- (Impaciente.) ¡Jesús... si parezco loca! ¡No sé ni lo que digo! Quería decir... No me haga caso, ¿eh? Bueno. ¡Siéntese! ¡A ver! ¿Qué iba a preguntarle? ¡Ah!... ¡Ya me acuerdo! Diga... ¿Por qué venía tan triste esta mañana del campo?


ANICETO.- (Ingenuo.) ¡Pensando en todas las desgracias de padrino Zoilo!


ROBUSTIANA .- ¡Cierto! ¡Pobre tatita! ¡Me da una lástima! ¡A veces tengo miedo de que vaya a hacer alguna barbaridad! (Pausa.) Pues... ¿Y en qué otra cosa pensaba?


ANICETO.- ¡En nada!


ROBUSTIANA.- ¿En nada, en nada, en nada más? Vamos... ¿A que no me dice la verdad?


ANICETO.- Por Dios, que no...


ROBUSTIANA.- ¿Se curó tan pronto?...


ANICETO .- ¡Ay, hija! ¡No había caído!


ROBUSTIANA.- ¿Otra vez? ¡Bendición tatita!


ANICETO.- Bueno. No te trataré más así si no te agrada...


ROBUSTIANA.- Me agrada. Es que usted piensa siempre que soy una chiquilina. Pero dejemos eso. ¿No venía pensando en... alguna persona?


ANICETO.- No hablemos de difuntos. Aquello tiene una cruz encima.


ROBUSTIANA.- Yo siempre pensé que Prudencia le iba a jugar feo...


ANICETO.- No me quería y se acabó.


ROBUSTIANA.- Hizo mal, ¿verdad?


ANICETO.- Pa mí que hizo bien. Peor es casarse sin cariño.


ROBUSTIANA.- Usted sí que la quería de veras. ¡Qué lástima! (Pausa.) Yo... todavía no he tenido novio... ninguno... ninguno...


ANICETO .- ¿Te gustaría?


ROBUSTIANA.- ¡Miren qué gracia! ¡Ya lo creo! Un novio de adeveras pa que se casara conmigo y lo llevásemos a tata a vivir con nosotros. Siempre pienso en eso.


ANICETO .- ¿Al viejo solo? ¿Y las otras?


ROBUSTIANA.- ¡Ni me acordaba! Bueno; la verdad es que para lo que sirven... Bien se las podía llevar un ventarrón.


ANICETO .- (Pensativo.) Conque... pensando en novios... ¡Está bien! ¡Ta bueno!


ROBUSTIANA .- (Después de un momento.) Diga... ¿Verdad que estoy mucho más gruesa?


ANICETO.- (Sorprendido en su distracción.) ¿Qué?


ROBUSTIANA.- ¡Ave María, qué distraído... ¿No me halla más repuesta?


ANICETO.- ¡Mucho!


ROBUSTIANA.- Si no fuera por la tos, estaría ya tan alta y tan carnuda como Prudencia, ¿verdad? Sin embargo, Dios da pan al que no tiene dientes.


ANICETO.- ¡Así es!


ROBUSTIANA.- Yo en lugar de ella...


ANICETO.- (Alzándose.) En lugar de ella... ¿qué?


ROBUSTIANA .- ¡Ay, qué curioso!


ANICETO.- Diga, pues.


ROBUSTIANA.- (De pie, azorada ante el gesto insistente de ANICETO.) Pero... ¿Yo qué he dicho? No, no me haga caso. ¡Estaba distraída! ¡Ay, me voy! Soy una aturdida. Adiós, ¿eh? (Volviéndose.) ¿No se va a enojar conmigo?


ANICETO .- (Tierno.) ¡Venga, hija, escúcheme!


ROBUSTIANA.- (Vivamente.) ¡Bendición, tata!




(Mutis.)



ANICETO.- ¡Santita!




(Vase lentamente por detrás del rancho mientras sale RUDECINDA.)





Escena X





MARTINIANA, RUDECINDA, DOÑA DOLORES y PRUDENCIA.



MARTINIANA.- (Desde adentro izquierda.) ¡Ave María Purísima! (Con otro tono.) ¡Sin pecado concebida! ¡Apiate no más, Martiniana, y pasá adelante! (Apareciendo.) ¡Jesús, qué recibimiento! ¡Ni que juera el rey de Francia!... ¡Ay, cómo vienen todos! (Saludando.) ¡Reverencias! ¡Reverencias! ¡Quédense sentaos no más! ¡Los perdono!


RUDECINDA.- ¡Ay, comadre! ¿Cómo le va? ¡La conocí en la voz!


MARTINIANA.- Dejuramente, porque ni me había visto... Creí mesmamente que el rancho se hubiese vuelto tapera... (Aparecen sucesivamente DOÑA DOLORES y PRUDENCIA.) ¡Doña Dolores! ¡Prudencita! Estaban atariadas, ¿verdad?


PRUDENCIA.- No... Conversando no más.


RUDECINDA.- (Acercándole un banco.) Tome asiento, comadre.


MARTINIANA.- ¡Siempre cumplida! Tanto honor de una comadre.


PRUDENCIA.- ¿Y qué buenos vientos la traen?


MARTINIANA .- ¡Miren, la pizcueta! Ya sabe que son güenos vientos.


PRUDENCIA.- De aquel rumbo...


MARTINIANA.- No pueden ser malos, ¿eh? Sin embargo, ande ustedes me ven, casi se me forma remolino en el viaje.


RUDECINDA .- ¡Cuente!


PRUDENCIA.- ¿Qué le ocurrió?


MARTINIANA.- Nada. Que venía pa ca, y al llegar al portoncito e la cuchilla, ¿con quién creerán que me topo? ¡Nada menos que con el viejo Zoilo!


PRUDENCIA.- ¡Con tata!


MARTINIANA.- «¿Ande vas, vieja... arcabucera?», me gritó. «Ande me da la rial gana...», le contesté. Y ái no más me quiso atravesar el caballo por delante. Pero yo, que no quería tener cuestiones con él por ustedes, ¿saben?, nada más, talonié la tubiana vieja y enderecé pa ca al galope.


PRUDENCIA.- ¡Menos mal!


MARTINIANA .- ¡Verás, hijita! ¡La cuestión no acabó ái! En cuanto me vido galopiando, adivinen lo que hizo ese viejo hereje. «¿Ande te has de dir, avestruz loco?», me gritó, y empezó a revoliar las boliadoras. Sea cosa, dije yo, que lo haga, y sujeté no más. «¿Vas pa casa?» «¿Qué le importa?» Y se armó la tinguitanga. «Sí, señor; via visitar a mi comadre y a las muchachas, que las pobres son tan güenas y usté las tiene viviendo en la inopia, soterradas en una madriguera», y que tal y que cual. ¡Pcha!... Ahí no más se me durmió a insultos. Pero yo no me quedé tras y le dije, defendiéndolas a ustedes, como era mi obligación, tantas verdades, que el hombre se atoró. Aurita no más me pega un chirlo, pensé. ¡Pero nada!... Se quedó un rato serio rascándose la piojera, y dispués, dentrando en razón dejuramente, me dijo: «Hacé lo que te acomode... ¡Al fin y al cabo!...» ¿Qué les parece? ¡Dispués habrá quien diga que ña Martiniana Rebenque no sabe hacer las cosas! ¡Ah! ¿Y sabés lo que me dijo también al principio?... Que sabía muy bien que don Juan Luis había estao en casa aquel día que yos fuiste, Prudencia, a pasar conmigo. Qué temeridad, ¿no?...




Escena XI





MARTINIANA, RUDECINDA, DOÑA DOLORES, PRUDENCIA y ROBUSTIANA.



ROBUSTIANA.- (Aparece demudada, sosteniéndose en el marco de la puerta, con voz muy débil.) ¿Me quieren dar un poco de agua?


RUDECINDA.- Ahí está el barril.


ROBUSTIANA .- (Tose, tapándose la boca con un pañuelo que debe estar ligeramente manchado de sangre.) ¡No... puedo!


MARTINIANA .- ¿Cómo te va, hija?... ¡Che!... ¿Qué tenés? (Acude en su ayuda.) Vengan, que a esta muchacha le da un mal...


DOÑA DOLORES.- (Alarmada.) Hija... ¿Qué te pasa?


MARTINIANA.- (Avanza sosteniéndola.) ¡Coraje, mujer! No es nada, no se aflija... Con un poco de agua...


PRUDENCIA.- (Que se ha acercado llevando el agua.) Tomá el agua. ¡Parece que echa sangre!


RUDECINDA .- ¡De las muelas será!... ¡Más mañera esa zorra!


ROBUSTIANA.- (Bebe un sorbo de agua, sofocada siempre por la tos, y a poco reacciona un tanto.) No fue nada... Llévenme adentro.


DOÑA DOLORES.- ¡Virgen Santa! ¡Qué susto!


MARTINIANA .- (Conduciéndola con PRUDENCIA.) Hay que cuidar, hija, esa tos. Así... empiezan todos los tísicos... Yo siempre le decía a la finadita hija de don Basilio Fuentes... Cuidate, muchacha... Cuidate muchacha, y ella...




(Mutis.)





Escena XII





DOÑA DOLORES, RUDECINDA, luego MARTINIANA y PRUDENCIA.



DOÑA DOLORES.- Esta hija todavía nos va a dar un disgusto; verás lo que te digo.


RUDECINDA.- No te preocupés. De mimosa lo hace. Pa hacer méritos con el bobeta del padre.


DOÑA DOLORES .- ¡No exagerés! ¡Enferma está!


RUDECINDA.- Bueno... pero la cosa no es pa tantos aspavientos.


MARTINIANA.- (Reapareciendo con PRUDENCIA.) ¡Ya está aliviada!


DOÑA DOLORES .- ¿Se acostó?


MARTINIANA .- Sí... Vestida no más... Sería bueno que usted fuera a verla, doña Dolores... ¡y le diera un tecito de cualquier cosa!


DOÑA DOLORES .- (Disponiéndose a ir.) Eso es... Un té de sauco, ¿será bueno?


MARTINIANA.- Sí, o si no mejor una cucharada de aceite de comer... Suaviza el caño de la respiración.




(DOÑA DOLORES mutis.)





Escena XIII





RUDECINDA, MARTINIANA y PRUDENCIA.



RUDECINDA.- Y después, comadre, ¿qué pasó?


PRUDENCIA .- Tata se fue y...


MARTINIANA.- Y nada más.


PRUDENCIA.- ¿Qué noticias nos trae?


RUDECINDA.- No tenga miedo...


MARTINIANA.- Bueno; dice don Juan Luis que no halla otro remedio, que ustedes deben apurarse y convencer a doña Dolores y mandarse mudar con ella pa la estancia vieja... El día que ustedes quieran él les manda el breque al camino y... ¡a las de juir!...


PRUDENCIA .- ¿Y Robusta? ¿Y tata?


RUDECINDA.- ¿Y Aniceto?


MARTINIANA.- Ése es zonzo de un lao... A Robusta la llevan no más, y en cuanto al viejo, ya verán cómo poniéndole el nido en la jaula, cae como misto. Ta aquerenciadazo con ustedes. Y más si le llevan a la gurisa.


RUDECINDA.- ¿Y cómo?


PRUDENCIA.- Yo tengo miedo por tata. ¡Es capaz de matar a Juan Luis!


MARTINIANA.- ¡Qué va a matar ése! Y además, no tiene razón, porque don Juan Luis no se mete en nada. Son ustedes mesmas las que resuelven. ¿Por qué le van a consentir a ese hombre, después que las ha derrochado el güen pasar que tenían, que las tenga aquí encerradas y muriéndose de hambre? ¡No faltaría más! ¡Si juese pa algo malo, yo sería la primera en decirles: no lo hagan! Pero es pal bien de todos, hijas. Ustedes se van allá: primero lo convencen al viejo y después a vivir la güena vida. Vos con tu Juan Luis, que tal vez se case pronto, como me lo ha asigurao; usted, comadre, con su comisario... que me han dicho que anda en tratos de arriendo pa poblar y ayuntarse... ¿eh? Se pone contenta y todo como antes.


PRUDENCIA.- Sí, la cosa es muy linda. Pero tata, tata...


MARTINIANA.- ¡Qué tanto preocuparte del viejo! Peor sería que juyeras vos sola con tu rubio, como sucede tantas veces; demasiado honrada que sos entuavía, hijita. A otros más copetudos que el viejo Zoilo les han hecho doblar el cogote las hijas, por meterse a contrariarles los amores. Ustedes no van acometer ningún pecao, y además, si el viejo tiene tanta vergüenza de vivir como él dice de prestao, miás vergüenza debería de darle mantenerse a costillas de un pobre como el tape Aniceto, que es el dueño de todo esto.


RUDECINDA.- Claro está. Y últimamente, si él no quiere venirse con nosotras, que se quede; pa eso estaremos Dolores y yo, pal respeto de la casa... ¡qué diablos! (Resuelta.) ¡Se acabó! Voy a conversar con Dolores y verás cómo la convenzo.



(Vase.)



MARTINIANA.- ¡Así me gusta, comadre! Las mujeres han de ser de resolución.




Escena XIV





PRUDENCIA y MARTINIANA.



PRUDENCIA.- Rudecinda no sabe nada de aquello, ¿verdad?


MARTINIANA .- ¡Qué esperanza! ¿Te has creído que soy alguna...? ¡No faltaba más!


PRUDENCIA.- No sé por qué me parece que anda desconfiada.


MARTINIANA.- No hagas caso. Hacé de cuenta que todo ha pasao entre vos y él. Además, pa decir la verdá, yo no vide nada... Taba en la cachimba lavando.


PRUDENCIA .- ¡Pschss!




Escena XV





PRUDENCIA, MARTINIANA y DON ZOILO.



DON ZOILO.- (Saliendo.) ¿Ande está Robustiana?


PRUDENCIA.- Acostada.




(DON ZOILO vase.)



MARTINIANA.- Mire, don Zoilo. Tiene que cuidar mucho a esa gurisa; no la hallo bien. No me gusta ningún poquito esa tos.




Escena XVI





PRUDENCIA, MARTINIANA y RUDECINDA.



RUDECINDA.- (Aparece.) No pude hablar con Dolores; pero es lo mismo. ¿Pa cuándo podrá ser, comadre?


MARTINIANA.- Cualquier día. No tiene más que avisarme. Ya saben que pa obra güena siempre estoy lista.


RUDECINDA .- Bueno; pasao mañana. ¿Te parece, Prudencia? ¡O mejor, mañana no más!




Escena XVII





PRUDENCIA, MARTINIANA, RUDECINDA, ANICETO y el SARGENTO MARTÍN.



ANICETO .- (Saliendo con el SARGENTO MARTÍN.) ¡Pase adelante!


EL SARGENTO MARTÍN.- Güen día. (A RUDECINDA.) ¿Cómo le va, doña? (A PRUDENCIA.) ¿Qué tal moza? ¿Qué hace, ña Martiniana?


PRUDENCIA .- ¿Cómo está, sargento? ¿Y el comisario?


EL SARGENTO MARTÍN.- Güeno. Les manda muchos recuerdos y esta cartita pa usté.


RUDECINDA.- Está bien, gracias.


MARTINIANA.- ¿Anda de recorrida o viene derecho?


EL SARGENTO MARTÍN.- Derecho... Vengo en comisión. (Volviéndose a ANICETO.) ¡Ah!... Y con usted tampoco anda muy bien el comisario. Dice que a ver por qué no jue a la reunión de los otros días; que si ya se ha olvidao que hay elecciones, y superior gobierno, y partidos.


ANICETO .- Digalé que no voy ande no me convidan.


EL SARGENTO MARTÍN.- ¡No se retobe, amigazo! ¡La política anda alborotada y no es güeno estar mal con el superior! ¿Y don Zoilo? (A RUDECINDA.) Me dijo el capitán que no se juesen a asustar las mozas, que no es pa nada malo. Estará un rato en la oficina. Cuando hablen con él, lo largan.




Escena XVIII





PRUDENCIA, MARTINIANA, RUDECINDA, ANICETO, el SARGENTO MARTÍN y DON ZOILO.



DON ZOILO .- (Saliendo.) ¿Qué andás queriendo vos por acá?


EL SARGENTO MARTÍN.- Güen día, viejo. Aquí andamos. Este... vengo a citarlo.


DON ZOILO.- ¿A mí?


EL SARGENTO MARTÍN.- Es verdá.


DON ZOILO.- ¿Pa qué?


EL SARGENTO MARTÍN.- Vaya a saber uno... Lo mandan y va.


DON ZOILO.- ¿Y no tienen otra cosa que hacer que molestar vecinos?


EL SARGENTO MARTÍN.- Así será.




(BATARÁ se asoma, escucha un momento la conversación y se va.)



DON ZOILO.- Ta güeno. Pues... Decile a Butiérrez que si por casualidad tiene algo que decirme, mande o venga. ¿Me has oído?


EL SARGENTO MARTÍN.- Es que vengo en comisión.


DON ZOILO.- ¡A mí qué me importa!


EL SARGENTO MARTÍN.- Con orden de llevarlo.


DON ZOILO .- ¿A mí? ¿A mí?


EL SARGENTO.- Eso es.


DON ZOILO.- ¿Pero han oído ustedes?


EL SARGENTO MARTÍN.- (Paternal.) No ha de ser por nada. Cuestión de un rato. Venga no más. Si se resiste, va a ser pior.


MARTINIANA.- Claro que sí; deve ir no más a las güenas. ¿Qué saca con resistir a la autoridá?


DON ZOILO.- ¡Callá esa lengua vos! Vamos a ver un poco; ¿no estás equivocado? ¿Vos sabés quién soy yo? ¡Don Zoilo Carabajal, el vecino don Zoilo Carabajal!


EL SARGENTO.- Sí, señor. Pero eso era antes, y perdone. Aura es el viejo Zoilo, como dicen todos.


DON ZOILO .- ¡El viejo Zoilo!


EL SARGENTO MARTÍN.- Sí, amigo; cuando uno se güelve pobre, hasta el apelativo le borran.


DON ZOILO.- ¡El viejo Zoilo! Con razón esa mulita de Butiérrez se permite nada menos que mandarme a buscar preso. En cambio, él tiene aura hasta apellido... Cuando yo le conocí no era más que Anastasio, el hijo de la parda Benita. ¡Trompetas! (A voces.) ¡Trompetas! ¡Trompetas, canejo!


ANICETO.- No se altere, padrino. A cada chancho le llega su turno.


DON ZOILO .- ¡No m'he de alterar, hijo! ¡Tiene razón el sargento! ¡El viejo Zoilo y gracias! ¡Pa todo el mundo! Y los mejores a gatas si me tienen lástima. ¡Trompetas! Y si yo tuviera la culpa, menos mal. Si hubiese derrochao; si hubiese jugao; si hubiese sido un mal hombre en la vida; si le hubiese hecho daño a algún cristiano, pase; lo tendría merecido. Pero jui bueno y servicial; nunca cometí una mala acción, nunca... ¡canejo!, y aura, porque me veo en la mala, la gente me agarra pal manoseo, como si el respeto fuese cosa de poca o mucha plata.


EL SARGENTO MARTÍN.- Eso es. Eso es.


RUDECINDA.- ¡Ave María! ¡No exagerés!


DON ZOILO.- ¡Que no exagere! ¡Si al menos ustedes me respetaran! Pero ni eso, canejo. Ni los míos me guardan consideración. Soy más viejo Zoilo pa ustedes, que pal más ingrato de los ajenos... ¡Vida miserable! Y yo tengo la culpa. ¡Yo!... ¡Yo! ¡Yo! Por ser demasiado pacífico. Por no haber dejao un tendal de bellacos. ¡Yo... tuve la culpa! (Después de una pausa.) ¡Y dicen que hay Dios!...




(Pausa prolongada; las mujeres, silenciosas, vanse por foro. DON ZOILO se pasea.)





Escena XIX





DON ZOILO, ANICETO, el SARGENTO MARTÍN y luego BATARÁ.



DON ZOILO.- Está bien, sargento. Lléveme no más. ¿Tiene orden de atarme? Proceda no más.


EL SARGENTO MARTÍN.- ¡Qué esperanza! Y aunque tuviese. Yo no ato cristiano manso.


DON ZOILO.- ¿No sabe qué hay contra mí?


EL SARGENTO MARTÍN.- Decían que una denuncia de un vecino.


DON ZOILO.- ¡También eso! ¡Quién sabe si no me acusan de carniar ajeno! Lo único que me faltaba...


BATARÁ .- (Que se ha aproximado por detrás del rancho a ANICETO.) Si quieren resistir, le escondo la carabina al milico.


ANICETO.- ¡Salí de acá!


DON ZOILO.- (Al SARGENTO MARTÍN.) Cuando guste... Tengo el caballo ensillao. (A ANICETO.) Hasta la güelta, hijo. Si tardo, cuidame mucho a la gurisa... que la pobrecita no está nada bien.


ANICETO.- Vaya tranquilo.


DON ZOILO.- Güeno. Marcharé adelante como preso acostumbrao.


EL SARGENTO MARTÍN.- (A ANICETO.) ¡Salú, mozo!




(Mutis. BATARÁ le sigue azorado.)





Escena XX





ROBUSTIANA y ANICETO.



ROBUSTIANA.- (Saliendo.) Aniceto... ¿Y tata?


ANICETO.- Ahí lo llevan.


ROBUSTIANA .- Preso, ¿verdad?


ANICETO.- Preso.


ROBUSTIANA .- (Echándose a correr.) ¡Ay, tatita!


ANICETO .- (Deteniéndola.) ¡No, no vaya! Se afligiría mucho...


ROBUSTIANA .- ¡Tata no ha dao motivo! ¡Lo llevan pa hacerle alguna maldad! Déjeme ir. ¡Yo quiero verlo! ¡Yo quiero verlo! Capaces de matarlo. ¡Largueme!


ANICETO .- Venga acá. No se aflija. Es pa una declaración.


ROBUSTIANA.- ¡No, no, no, no! ¡Usted me engaña! ¡Ay, tatita querido! (Llora desconsolada.)


ANICETO.- Calmesé... no sea mala.


ROBUSTIANA.- ¡Aniceto! ¡Aniceto! El corazón me anuncia desgracia; ¡dejemé ir!


ANICETO .- ¿Qué sacaría con afligir más a su tata? Es una injusticia que lo prendan sin motivo. ¡Pero qué le hemos de hacer! Calmesé y esperemos. Antes de la noche lo tendremos de vuelta.


ROBUSTIANA .- ¿Pero y mama? ¿Y Prudencia? ¿Y la otra? ¿Qué han hecho por tata?


ANICETO .- ¡Nada, hija! Ahí andan con el rabo caído, con vergüenza dejuramente.


ROBUSTIANA.- ¡Qué idea! ¡Tal vez ellas no más!... Serían capaces las infames. (Enérgica.) ¡Oh!... Yo lo he de saber.


ANICETO.- ¡Quedesé quieta; no se meta con esas brujas que es pa pior!


ROBUSTIANA .- Sí; son ellas, son ellas pa quedar más libres. ¡Ay, Dios Santo! ¡Qué infames!


ANICETO.- No sería difícil. Pero calmesé. Tal vez todo eso sea pa mejor. No hay mal que dure cien años... Estese tranquilita y tenga paciencia.


ROBUSTIANA.- ¡Ah! Usted es muy bueno. El único que lo quiere.


ANICETO.- ¡Bien que se lo merece! Amalaya me saliera bien una idea y verán cómo pronto cambiaban las cosas.


ROBUSTIANA.- ¿Qué idea? Cuéntemela.


ANICETO.- Después; más tarde.


ROBUSTIANA.- ¡No! ¡Ahora! Dígamela pa consolarme.


ANICETO.- Bueno; si me promete ser juiciosa... ¿Se acuerda lo que hace un rato me decía hablando de novios?


ROBUSTIANA.- Sí.


ANICETO .- Pues ya le tengo uno.


ROBUSTIANA.- (Sorprendida.) ¿Cómo yo quería?


ANICETO.- Igualito... De modo que si a usted le gusta... un día nos casamos.


ROBUSTIANA.- ¡Ay, Jesús!


ANICETO.- ¿Qué es eso, hija? ¿Le hice mal? Si hubiera sabido...


ROBUSTIANA.- No... un mareo. ¿Pero lo dice de veras? (Asentimiento.) ¿De veras? ¿De veras? (Id.) ¡Ay!... Aniceto... Me dan ganas de llorar... de llorar mucho. Mi Dios, ¡qué alegría!




(Llora estrechándose a ANICETO que la acaricia enternecido.)



ANICETO.- ¡Pobrecita!


ROBUSTIANA.- ¡Qué dicha! ¡Qué dicha! ¿Ve? Ahora me río... De modo... que usté me quiere... ¿Y... usté cree que yo me voy a curar y a poner buena moza... y nos casamos? ¿Y viviremos con tata los tres, los tres solitos? ¿Sí? Entonces no lloro más.


ANICETO.- ¿Aceta?


ROBUSTIANA .- ¡Dios! ¡Si me parece un sueño! Vivir tranquilos sin nadie que moleste, queriéndose mucho; el pobre tata, feliz, allá lejos... en una casita blanca... Yo sana... sana... ¡En una casita blanca!



(Radiante, va dejando resbalar la cabeza sobre el pecho de ANICETO.)





Acto III




En el rancho. Igual decoración que el acto segundo, más una cama de fierro bajo el alero, junto a la puerta. Es de día.



Escena I





DON ZOILO, RUDECINDA y DOÑA DOLORES.





(Aparece en escena DON ZOILO encerando un lazo y silbando despacito. Al concluir, lo cuelga del alero. Luego de un pequeño momento, hace mutis por el foro, a tiempo que salen del rancho RUDECINDA y DOÑA DOLORES.)



RUDECINDA .- ¡Ahí se va solo! ¡Andá a hablarle! Le decís las cosas claramente y con firmeza. Verás cómo dice que sí; está muy quebrao ya... ¡Peor sería que nos fuésemos, dejándolo solo en el estao en que se halla!


DOÑA DOLORES .- Es que no me animo; me da no sé qué. ¿Por qué no le hablás vos?


RUDECINDA .- Bien sabés que conmigo, ni palabra.


DOÑA DOLORES.- ¿Y Prudencia?


RUDECINDA.- ¡Peor todavía! Animate, mujer. Después de todo no te va a castigar. Y como mujer dél que sos, tenés derecho a darle un consejo sobre cosas que son pal bien de todos.


DOÑA DOLORES.- No. De veras. No puedo. Siento vergüenza, miedo, qué sé yo.


RUDECINDA .- ¡Jesús!... ¿Te dentra el arrepentimiento y la vergüenza después que todo está hecho? Además, no se trata de un delito.


DOÑA DOLORES.- No me convencés... Prefiero que nos vayamos callaas no más... Como pensamos irnos la otra vez.


RUDECINDA .- Se ofenderá más y no quedrá saber después de nada...


DOÑA DOLORES .- ¿Y don Juan Luis no le iba a escribir?...


RUDECINDA .- Le escribió, pero el viejo rompió la carta sin leerla. Resolvete, pues.


DOÑA DOLORES.- No... no... y no.


RUDECINDA .- ¡Bueno! Se hará como vos decís. Pero después no me echés la culpa si el viejo se empaca. ¡Mirá! Ahí llega Martiniana con el breque. Si te hubieses decidido, ya estaríamos prontas. ¡Pase, pase, comadre!




Escena II





RUDECINDA, DOÑA DOLORES y MARTINIANA.



MARTINIANA.- (Saliendo.) ¡Buen día les dé Dios!


RUDECINDA.- ¿Qué es ese lujo, comadre? ¡En coche!


MARTINIANA .- Ya me ve. ¡Qué corte! Pasaba el breque vacío cerca de casa, domando esa yunta, y le pedí al pión que me trujiese. (Bajo.) Allá lo vide al viejo a pie, por entre los yuyos. ¿Le hablaron?


RUDECINDA .- ¡Qué! ¡Esa pavota no se anima! Nos vamos calladas.


MARTINIANA .- Como ustedes quieran. Pero yo, en el caso de ustedes, le hubiese dicho claro las cosas. El viejo, que ya está bastante desconfiao, puede creer que se trata de cosas malas. Cuando íbamos a juir la otra vez, era distinto. Entonces vivía entuavía la finadita Robustiana, Dios la perdone, y era más fácil de convencer.


RUDECINDA.- Ya lo estás oyendo, Dolores.


DOÑA DOLORES .- Tendrán ustedes razón... Pero yo no me atrevo a decirle nada...


RUDECINDA.- Entonces nos quedamos... a seguir viviendo una vida arrastrada, como los sapos, en la humedad de este rancho, ¡sin tener qué comer casi, ni qué ponernos, ni relaciones, ni nada!


DOÑA DOLORES.- No sé por qué... pero me parece que me anuncia el corazón que eso sería lo mejor. Al fin y al cabo no lo pasamos tan mal... Y tenga los defectos que tenga, mi marido no es un mal hombre.


RUDECINDA .- Pero bien sabés que es un maniático. Por necesidad, sería la primera en acetar la miseria... Pero lo hace de gusto, de caprichoso... Don Juan Luis le ofrece trabajo; nos deja seguir viviendo en la estancia como si fuera nuestra. ¿Por qué no quiere? Si no le gustaba que Juan Luis tuviese amores con Prudencia y que Butiérrez me visitase, y que nos divirtiésemos de cuando en cuando... con decirlo, santas pascuas...


MARTINIANA .- Claro está... Yo, comadre...


RUDECINDA.- Todo fue por hacerle gusto a ese ladiao de Aniceto, que andaba celoso de Prudencia, y por los chismes de la gurisa... Por eso no más. Ahora que se acabó el asunto, no veo por qué ha de seguir porfiando.


DOÑA DOLORES.- Bien; no hablemos más, ¡por favor!... ¡Hagan de mí lo que quieran! Pero no me animo, no me animo a hablarle.



(Se va.)





Escena III





RUDECINDA y MARTINIANA.



MARTINIANA .- Últimamente, ni le hablen... Yo decía por decir... Mire, comadre... Vámonos no más. La cosa sería hacerlo retirar hoy de las casas. Vamos a pensar. Si me hubieran avisao temprano, yo le hablo a Butiérrez pa que lo cite como la vez pasada. ¡Estuvo güeno aquello! ¡Lástima que la enfermedá de la gurisa no nos dejó juir! ¡Qué cosa! Si no fuese que se murió la pobrecita, pensaría que lo hizo de gusto. Dios me perdone.


RUDECINDA.- Bueno; ¿y cómo haríamos, comadre?


MARTINIANA .- No se aflija. Ta tratando con una mujer de recursos... ¡Peresé! ¡Peresé!... ¡Vea, ya sé!... Pucha, si lo que invento yo, ni al diablo se le ocurre. Vaya no más tranquila, comadre, a arreglar sus cositas...


RUDECINDA.- ¿Contamos con usted, entonces?


MARTINIANA.- ¡Phss! Ni qué hablar.




(RUDECINDA mutis.)





Escena IV





MARTINIANA y PRUDENCIA.



MARTINIANA .- Güeno. Pitaremos, como dijo un gringo... (Lía un cigarrillo y lo enciende.)


PRUDENCIA.- (Saliendo.) ¿Qué tal, Martiniana?


MARTINIANA .- Aquí andamos, hija... Ya te habrás despedido de toda esta miseria. Mire que se precisa ancheta pa tenerlas tanto tiempo soterradas en semejante madriguera. Fijate, che... ¡La mansión con que te pensaba osequiar ese abombao de Aniceto!... ¿Pensaría que una muchacha decente y educada y acostumbrada a la comodidad, iba a ser feliz entre esos cuatro terrones? ¡Qué abombao! Mejor han hecho su casa aquellos horneritos, en el mojinete... ¡Qué embromar! ¡Che... che!... ¡La cama de la finadita!...¿Sabés que me dan ganas de pedirla pa mi Nicasia? La mesma que lo hago... Dicen que ese mal se pega... pero con echarle agua hirviendo y dejarla al sol... Ta en muy güen uso y es de las juertes. ¡Ya te armaste, Martiniana!... ¡Pobre gurisa!... ¡Quién iba a creer! Y ya hace... ¿cuánto, che? ¡Como veinte días! ¡Dios la tenga en güen sitio a la infeliz! ¡Cómo pasa el tiempo! Che, ¿y era cierto que se casaba pronto con Aniceto?


PRUDENCIA.- Ya lo creo. Aniceto no la quería; ¡qué iba a querer! ¡Pero por adular a tata!...


MARTINIANA.- Enfermedad bruta, ¿eh? ¿Qué duró? Ocho días o nueve y se fue en sangre por la boca. (Suspirando.) ¡Ay, pobrecita! ¿Y el viejo sigue callao no más?


PRUDENCIA.- Ni una palabra. Desde que Robustiana se puso mal, hasta ahora no le hemos oído decir esta boca es mía... Conversa con Aniceto, y eso lejos de la casa... y después se pasa el día dando vueltas y silbando despacito.


MARTINIANA .- Ha quedao maniático con el golpe. La quería con locura.




Escena V





MARTINIANA, PRUDENCIA, ANICETO y DON ZOILO.





(ANICETO cruza la escena con algunas herramientas en la mano y va a depositarlas bajo el alero.)



DON ZOILO.- (Que entra un instante después, silbando en la forma indicada, a ANICETO.) ¿Acabó?


ANICETO.- Sí, señor...


DON ZOILO .- ¿Quedó juerte la cruz?


ANICETO.- Sí, señor... Y alrededor de la verja le planté unas enredaderitas. Va a quedar muy lindo.


DON ZOILO.- Gracias, hijo. (Recomenzando el motivo, tantea el lazo que dejó antes y regresa hacia el barril de agua bebiendo algunos sorbos.)


MARTINIANA.- Güen día, don Zoilo... Yo venía en el breque a pedirle que las dejara a Dolores y a las muchachas ir a pasar la tarde a casa.


DON ZOILO .- ¿Qué?


MARTINIANA .- Ir a casa. Las pobres están tan tristes y solas, que me dio pena...


DON ZOILO .- ¿Cómo no? (Para sí.) Es mucho mejor.




(Mutis.)



MARTINIANA.- Muchas gracias, don Zoilo. Ya sabía... (Volviéndose.) Che, Pruda, corré y avisales que está arreglao; que vengan no más cuando quieran.




(PRUDENCIA vase.)





Escena VI





ANICETO y MARTINIANA.



ANICETO.- ¡Ep! ¡Vieja! En seguidita, pero en seguidita, ¿me oye?, sube en ese breque y se me manda mudar.


MARTINIANA.- Pero...


ANICETO.- No alcés la voz... (Enseñándole el talero.) ¿Ves esto? ¡Güeno!... ¡Sin chistar!


MARTINIANA.- Yo...


ANICETO .- ¡Volando he dicho! ¡Ya!...




(MARTINIANA se va encogida, bajo la amenaza del talerazo con que la amaga durante un trecho ANICETO.)





Escena VII





ANICETO y RUDECINDA.



ANICETO.- (Volviéndose.) ¡Son lo último de lo pior! ¡Ovejas locas!


RUDECINDA.- (Saliendo.) ¿Y mi comadre?


ANICETO .- Se jue.


RUDECINDA .- ¿Cómo? ¡No puede ser!


ANICETO.- Yo la espanté.


RUDECINDA.- (Queriendo llamarla.) Marti...


ANICETO .- (Violento, a la vez.) ¡Cállese! ¡Llame a doña Dolores!


RUDECINDA.- (Sorprendida.) ¿Pero qué hay?


ANICETO.- Llamelá y sabrá.




(RUDECINDA, asomándose a la puerta del rancho, hace señas.)





Escena VIII





ANICETO, RUDECINDA y DOÑA DOLORES.



DOÑA DOLORES.- (Apareciendo.) ¿Qué pasa?


RUDECINDA .- No sé... Aniceto...


DOÑA DOLORES.- ¿Qué querés, hijo?


ANICETO.- Digan... ¿No tienen alma ustedes? ¿Qué herejía andan por hacer?


DOÑA DOLORES.- (Confundida.) ¿Nosotras?


ANICETO .- Las mismas... ¿No les da ni un poco de lástima ese pobre hombre viejo? ¿Quieren acabar de matarlo?


RUDECINDA .- Che... ¿con qué derecho te metés en nuestras cosas? ¿Te dejó enseñada la lección Robustiana?


ANICETO.- Con el derecho que tiene todo hombre bueno de evitar una mala acción... Ustedes se quieren dir pa la estancia vieja... escaparse y abandonarlo cuando más carece de consuelos y de cuidados el infeliz. ¡Qué les precisa darle ese disgusto que lo mataría! Vea, doña Dolores. Usted es una mujer de respeto y no del todo mala. Por favor. Impóngase de una vez... Mande en su casa, resignesé a todo y trate de que padrino Zoilo vuelva a encontrar en la familia el amor y el respeto que le han quitao...


DOÑA DOLORES.- Yo... yo... yo no sé nada, hijo.


RUDECINDA .- Dolores hará lo que mejor le cuadre, ¿has oído? Y no precisa consejos de entrometidos.


ANICETO .- Callesé. ¡Usted es la pior! La que les tiene regüeltos los sesos a esas dos desgraciadas. Ya tiene edá bastante pa aprender un poco e juicio...


RUDECINDA .- ¡Jesús María! ¡Y después quedrán que una no se queje! ¡Si hasta este mulato guacho se permite manosiarla! ¿Qué te has creído, trompeta?


ANICETO.- Haga el favor. ¡No grite! ¡Podría oír!


RUDECINDA.- Bueno. ¡Que oiga! Si lo tiene que saber después, que lo sepa ahora... Sí, señor... Nos vamos pa la estancia, a lo nuestro... Queremos vivir con la comodidad que Zoilo nos quitó por un puro capricho... ¡A eso!... Y si a él no le gusta, que se muerda. ¡No vamos a estar aquí tres mujeres (DON ZOILO aparece por detrás del rancho.) dispuestas a sacrificarnos toda la vida por el antojo de un viejo maniático!


ANICETO .- (A DOÑA DOLORES.) ¿Usté qué dice, señora?


DOÑA DOLORES .- ¡Ay! ¡No sé! ¡Estoy tan afligida!


ANICETO .- Bueno. Si usté no dice nada, yo... yo no voy a permitir que cometan esa picardía.


RUDECINDA.- ¿Vas a orejearle... como es tu costumbre? ¡Si no les tenemos miedo... a ninguno de los dos! Andá, contale, decile que...


ANICETO .- ¡Ah! Conque ni esa vergüenza les queda... ¡Arrastradas!... Conque se empeñan en matarlo de pena. Pues güeno, lo mataremos entre todos; pero les via sobar el lomo de una paliza primero, y todavía será poco. ¡Desorejadas! ¡Pa lo que merecen! ¡Desvergonzadas! ¿Qué se han pensao?... ¿Se creen que soy ciego?... ¿Se creen que no sé que la mataron a disgustos a la pobre chiquilina? ¿Se pensaron que no sé que entre la vieja Martiniana y usté (A RUDECINDA.) que es otra... bandida, como ella, han hecho que a esa infeliz de Prudencia la perdiera don Juan Luis.


RUDECINDA.- ¡Miente!


DOÑA DOLORES.- Virgen de los Desamparados, ¿qué estoy oyendo?


ANICETO.- La verdá. Usté es una pobre diablo y no ha visto nada. Por eso el empeño de irse. Pa hacer las cosas más a gusto... ¡Ésta con su Butiérrez y la otra con su estanciero!... y como si juese todavía poca infamia, pa tener un hombre honrao y güeno de pantalla de tanta inmundicia. (Pausa. DOÑA DOLORES llora.) Y ahora, si quieren ustedes, pueden dirse, pueden dirse... pueden dirse... pero se van a tener que dir pasando bajo el mango de este rebenque.


RUDECINDA.- (Reaccionando enérgica.) ¡Eh! ¿Quién sos vos? ¡Guacho!


ANICETO.- ¿Yo?... (Levanta el talero.)




Escena IX





ANICETO, DOÑA DOLORES, RUDECINDA y DON ZOILO.



DON ZOILO.- (Saliendo, imponente.) ¡Aniceto! (Estupefacción.) Usté no tiene ningún derecho.


ANICETO .- Perdone, señor.


RUDECINDA.- Es mentira, Zoilo.


DON ZOILO .- (A ANICETO.) Vaya, hijo... Haga dar güelta ese breque que se va...


ANICETO.- Ta bien...




(Mutis.)





Escena X





DOÑA DOLORES, RUDECINDA y DON ZOILO.





(DON ZOILO se aproxima silbando al barril, bebe unos sorbos de agua, que paladea con fruición nerviosa, y se vuelve silbando.)



RUDECINDA.- ¿Has visto a ese atrevido insolente? ¡Pura mentira!


DON ZOILO.- (Se sienta.) Sí, eso.


RUDECINDA.- (Recobrando confianza.) Debe estar aburrido de tenernos ya.


DOÑA DOLORES.- ¡Zoilo! Zoilo! ¡Perdoname!


DON ZOILO .- (Como dejando caer lentamente las palabras.) ¿Yo? Ustedes son las que deben perdonarme. La culpa es mía. No he sabido tratarlas como se merecían. Con vos fui malo siempre... No te quise. No pude portarme bien en tantos años de vida juntos. No te enseñé tampoco a ser güena, honrada y hacendosa. ¡Y güena madre, sobre todo!


DOÑA DOLORES.- ¡Zoilo! ¡Por favor!


DON ZOILO .- Con vos también, hermana, me porté mal. Nunca te di un güen consejo, empeñao en hacerte desgraciada. Después te derroché tu parte de la herencia, como un perdulario cualquiera. (Pausa.) Mis pobres hijas también fueron víctimas de mis malos ejemplos. Siempre me opuse a la felicidad de Prudencia. Y en cuanto (Con voz apagada por la emoción), y en cuanto a la otra... a la otra... a aquel angelito del cielo, la maté yo, la maté yo a disgustos. (Oculta la cabeza en la falda del poncho con un hondo sollozo. RUDECINDA se deja caer en un banco, abrumada. Pausa prolongada. DON ZOILO, rehaciéndose, de pie.) Güeno, vayan aprontando no más las cosas pa dirse. Va a llegar el breque.


DOÑA DOLORES .- (Echándose al cuello.) ¡No... no, Zoilo! ¡No nos vamos! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Ahora lo comprendo! Hemos sido unas perversas... unas malas mujeres... Pero perdonanos...


DON ZOILO.- (Apartándola con firmeza.) ¡ Salga!... ¡Dejemé!...Vaya a hacer lo que le he dicho...


DOÑA DOLORES.- ¡Por María Santísima! Te lo pido de rodillas... ¡Perdón... perdoncito!... Te prometemos cambiar pa siempre.


DON ZOILO.- ¡No!... ¡No!... ¡Levántese!


DOÑA DOLORES.- Te juro que via ser una buena esposa... Una buena madre. Una santa. Que volveremos a la buena vida de antes, que todo el tiempo va a ser poco pa quererte y pa cuidarte. ¡Decí que nos perdonas, decí que sí! (Abrazada a sus piernas.)


DON ZOILO.- Salí. ¡Dejame! (La aparta con violencia. DOÑA DOLORES queda de rodillas, llorando, sobre los brazos que apoya en el suelo.) Y usté, hermana. Vamos, arriba... ¡Arriba, pues! (RUDECINDA hace un gesto negativo.) ¡Oh!... ¿Aura no les gusta? Vamos a ver... (Se dirige a la puerta del rancho y al llegar se encuentra con PRUDENCIA.) ¡Hija! ¡Usté faltaba! Venga... ¡Abrace a su padre! ¡Así!




Escena XI





DOÑA DOLORES, RUDECINDA, DON ZOILO y PRUDENCIA.



PRUDENCIA .- ¿Pero, pero qué pasa?


DON ZOILO.- Nada, no se asuste. Quiero hacerla feliz. La mando con su hombre, con su...



(Entra en el rancho.)





Escena XII





DOÑA DOLORES, RUDECINDA y PRUDENCIA.



PRUDENCIA.- ¡Virgen Santa! ¿Qué ocurre? (Afligida.) ¡Mama! Mamita querida... Levántese. Venga. (Se levanta.) ¿Le pegó? ¡Fue capaz de pegarle!


DOÑA DOLORES.- Hija desgraciada. (La abraza.)


PRUDENCIA .- (Conduciéndola a un banco.) ¿Pero qué será esto, Dios mío? (A RUDECINDA.) ¡Vos, contame! ¿Tata fue? (RUDECINDA no responde.) ¡Ay, qué desgracia! (Viendo a DON ZOILO.) ¡Tata, tata! ¿Qué es esto?




Escena XIII





DOÑA DOLORES, RUDECINDA, PRUDENCIA y DON ZOILO.



DON ZOILO .- (Sale del rancho tirando algunos atados de ropa.) Que se van... a la estancia vieja... ¡que fue del viejo Zoilo!... ¿No tenían todo pronto pa juir?¡Pues aura yo les doy permiso pa ser dichosas! (A las tres.) Güeno. Ahí tienen sus ropas... ¡Adiosito! Que sean muy felices.


DOÑA DOLORES.- ¡Zoilo, no!


DON ZOILO .- ¡Está el breque! Que cuando vuelva no las encuentre aquí.



(Se va detrás del rancho lentamente.)





Escena XIV





DOÑA DOLORES, PRUDENCIA, RUDECINDA, MARTINIANA y luego ANICETO.



MARTINIANA.- (Saliendo.) ¡Bien decía yo que no eran más que cosas de ese ladiao de Aniceto! ¿Qué? ¿Y esto qué es? ¡Una por un lao... otra por otro... el tendal!... ¡Hum! Me paece que ño rebenque ha dao junción... ¡Eh! ¡Hablen, mujeres! ¿Jue muy juerte la tunda? ¡No hagan caso! Los chirlos suelen hacer bien pa la sangre... Y después, ¡qué dimontes! ¡No se puede dir a pescar sin tener un contratiempo! ¡Quién hubiera creído que ese viejo sotreta le iba a dar a la vejez por castigar mujeres!... Pero digan algo, cristianas. ¿Se han tragao la lengua?


RUDECINDA.- (Levantándose.) Callesé, comadre.




(Sale ANICETO, y durante toda la escena se mantiene a distancia cruzado de brazos.)



MARTINIANA.- ¡Vaya, gracias a Dios que golvió una en sí! A mí me jue a llamar Aniceto... ¿Qué hay? ¿Nos vamos o nos quedamos?


RUDECINDA.- Sí. Nos vamos... ¡Echadas! ¡Ese guacho de Aniceto la echó a perder! ¡Dolores! ¡Eh! ¡Dolores! ¡Ya basta, mujer!... Tenemos que pensar en irnos... Ya oíste lo que dijo Zoilo.


DOÑA DOLORES.- No. Yo me quedo. Vayan ustedes no más.


RUDECINDA .- ¡Qué has de quedar! ¿Sos sorda entonces? Vos, Prudencia... ¿estás vestida? Bueno andando. (A DOÑA DOLORES.) ¡Vamos, levantate, que las cosas no están pa desmayos! ¡Vaya cargando esos bultos, comadre!


MARTINIANA .- Al fin hacen las cosas como Dios manda... (Recoge los atados.)


RUDECINDA.- ¡Movete, pues, Dolores!


DOÑA DOLORES .- ¡No? Quiero verlo, hablar con él primero; esto no puede ser.


RUDECINDA .- Como pa historias está el otro.


MARTINIANA .- Obedezca, doña... con la conciencia a estas horas no se hace nada. Dicen, aunque sea mala comparación, que cuando una vieja se arrepiente, tata Dios se pone triste. Aura que me acuerdo. ¿No me querría dar o vender esta cama de la finadita? Le vendría bien a Nicasia, que tiene que dormir en un catre de guasquillas. Si cabiera en el pescante, la mesma que la cargaba. ¡Linda! Es de las que duran...


RUDECINDA.- ¡Sí, mujer! Mañana mismo la mandamos buscar. Verás cómo se le pasa. ¡Qué va a'ser sin nosotras!


MARTINIANA.- (A PRUDENCIA.) Comedite, pues, y ayudame a cargar el equipaje. Es mucho peso pa una mujer vieja. Andá con eso no más. En marcha, como dijo el finao Artigas... (Antes de hacer mutis.) ¡Hasta verte, rancho pobre!




(ANICETO las sigue un trecho y se detiene pensativo observándolas.)





Escena XV





ANICETO y DON ZOILO.





(DON ZOILO aparece por detrás del rancho, observa la escena y avanza despacio hasta arrimarse a ANICETO.)



DON ZOILO.- ¡Hijo!


ANICETO.- (Sorprendido.) ¡Eh!


DON ZOILO .- Vaya, acompáñelas un poco... y después repunte las ovejitas pa carniar... ¿eh? ¡Vaya!


ANICETO.- (Observándolo fijamente.) ¿Pa carniar?... Bueno... Este... ¿Me empriesta el cuchillo? El mío he perdido...


DON ZOILO .- ¿Y cómo? ¿No lo tenés ahí?


ANICETO.- Es que... vea... le diré la verdad. Tengo miedo de que haga una locura...


DON ZOILO .- ¡Y de ahí!... Si la hiciera... ¿no tendría razón acaso?... ¿Quién me lo iba a impedir?


ANICETO.- ¡Todos! ¡Yo!... ¿Cree acaso que esa chamuchina de gente merece que un hombre güeno se mate por ella?


DON ZOILO.- Yo no me mato por ellos, me mato por mí mesmo.


ANICETO.- ¡No, padrino! ¡Calmesé! ¿Qué consigue con desesperarse?


DON ZOILO .- (Alzándose.) Eso es lo mesmo que decirle a un deudo en el velorio: «No llore, amigo; la cosa no tiene remedio.» ¡No hay que llorar, canejo!... ¡Si quiere tanto a ese hijo, o ese pariente! Todos somos güenos pa consolar y pa dar consejos. Ninguno pa hacer lo que Dios manda. Y no hablo por vos, hijo. Agarran a un hombre sano, güeno, honrao, trabajador, servicial, lo despojan de todo lo que tiene, de sus bienes amontonaos a juerza de sudor, del cariño de su familia, que es su mejor consuelo, de su honra... ¡canejo!... que es su reliquia; lo agarran, le retiran la consideración, le pierden el respeto, lo manosean, lo pisotean, lo soban, le quitan hasta el apellido... y cuando ese desgraciao, cuando ese viejo Zoilo, cansao, deshecho, inútil pa todo, sin una esperanza, loco de vergüenza y de sufrimientos resuelve acabar de una vez con tanta inmundicia de vida, todos corren a atajarlo. « ¡No se mate, que la vida es güena!» ¿Güena pa qué?


ANICETO .- Yo, padrino...


DON ZOILO.- No lo digo por vos, hijo... Y bien, ya está... No me maté... ¡Toy vivo! Y aura, ¿qué me dan? ¿Me degüelven lo perdido? ¿Mi fortuna, mis hijos, mi honra, mi tranquilidad? (Exclamación.) ¡Ah, no! ¡Demasiado hemos hecho con no dejarte morir! ¡Aura arreglate como podás, viejo Zoilo!...


ANICETO.- ¡Así es no más!


DON ZOILO.- (Palmeándole afectuoso.) Entonces, hijo... vaya a repuntar la majadita... como le había encargao. ¡Vaya!... ¡Déjeme tranquilo! No lo hago. Camine a repuntar la majadita.


ANICETO .- Así me gusta. ¡Viva... viva!


DON ZOILO.- ¡Amalaya fuese tan fácil vivir como morir!... Por lo demás, ¡algún día tiene que ser!


ANICETO .- ¡Oh!... ¡Qué injusticia!


DON ZOILO.- ¿Injusticia? ¡Si lo sabrá el viejo Zoilo! ¡Vaya! No va a pasar nada... le prometo... Tome el cuchillo... vaya a repuntar la majadita...




(ANICETO mutis.)





Escena XVI





DON ZOILO.



DON ZOILO.- (Lo sigue con la mirada un instante, y volviéndose al barril extrae un jarro de agua y lo bebe con avidez; luego va en dirección al alero y toma el lazo que había colgado y lo estira; prueba si está bien flexible y lo arma, silbando siempre el aire indicado. Colocándose después debajo del palo del mojinete trata de asegurar el lazo, pero al arrojarlo se le enreda en el nido de hornero. Forcejea un momento con fastidio por voltear el nido.) Las cosas de Dios... ¡Se deshace más fácilmente el nido de un hombre que el nido de un pájaro!




(Reanuda su tarea de amarrar el lazo, hasta que consigue su propósito. Se dispone a ahorcarse. Cuando está seguro de la resistencia de la soga, se vuelve al centro de la escena, bebe más agua, toma un banco y va a colocarlo debajo de la horca.)