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domingo, abril 01, 2007

Gregorio de Laferrere:LAS DE BARRANCO



(Argentina, 1867-1913)
Escritor argentino, nacido en Buenos Aires, que encabeza la época de oro de la escena nacional. Fundó un periódico en el que actuaba con el seudónimo de Abel Stewart Escalada; así se inició en las letras. Se dedicó a la política y viajó a Francia; por esa causa se descubre la formación francesa de su cultura y su atracción por el teatro de vodevil. Creó el Conservatorio Lavardén para el fomento del teatro y de la formación de actores. Su dramaturgia está dentro de la comedia humorística reidera y casi bufona, cuyo escenario es la sociedad porteña entre 1890 y 1910, principalmente la burguesía. Entre sus obras más importantes se pueden señalar: ¡Jettatore! (1905), Bajo la garra (1906), Las de Barranco (1908) y Los invisibles (1911).
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LAS DE BARRANCO
Acto primero

La escena representa un vestíbulo guarangamente amueblado. Como detalles de rigor: un gran cuadro con el retrato al óleo de un capitán del ejército y otro un poco más chico conteniendo condecoraciones militares: cordones, medallas, etc. Sobre una mesa hay una gran caja de cartón y delante de ésta se encuentra de pie doña María examinando unas blusas que va sacando del interior de la caja. A pocos pasos, en actitud de espera, un muchacho.

DOÑA MARÍA. - (Concluyendo de examinar las blusas.) ¡Qué preciosura! ¡Son una monada!... (Mirando al muchacho.) Dígale que muchas gracias, que se las agradezco muchísimo. (Acentuando.) Y que Carmen le manda muchos recuerdos... Dígale así. (Haciendo un gesto después que el muchacho saluda y se va por la derecha.) Son regularcitas, no más... (Gritando.) ¡Carmen! (Volviendo al comentario.) Algún saldo que no le servía... (Gritando con más fuerza.) ¡Carmen!... (A Carmen, que aparece por la izquierda.) Mirá, mirá el regalo que te manda Rocamora, el del registro: una blusa para vos y otra para cada una de tus hermanas...

CARMEN. - (Frunciendo el ceño.) ¿Blusas?

DOÑA MARÍA. - (Sin apercibirse del gesto de Carmen.) Sí, aquí las tenés. No son feas, sobre todo la tuya... mirá. (Levanta en alto una blusa.)

CARMEN. - (Sin preocuparse de la blusa y con fastidio.) ¡No debía de habérselas recibido!

DOÑA MARÍA. - (Encarándose con ella.) ¡Che... che... che!... ¿Estás loca?... ¿Qué querés decir?

CARMEN. - (Con aflicción.) Pero ¿usted no sabe acaso, que Rocamora me pretende?

DOÑA MARÍA. - ¡Vaya una novedad!... ¿y qué hay con eso?

CARMEN. - ¿Usted no sabe que le he dicho que no consentiré nunca en casarme con él?

DOÑA MARÍA. - Sí, y demasiado bueno es el pobre que todavía te hace regalos. ¡Razón de más para agradecérselos... me parece! ¿O es que querés prohibirle ahora que sea generoso si quiere serlo?... ¡Es lo único que faltaba!

CARMEN. - (Con soberbia.) ¡Sí, mama!... ¡que se guarde sus generosidades porque yo no las necesito!

DOÑA MARÍA. - ¿Que no las necesitás?... (La mira un momento y después desdeñosamente.) ¡No me hagás reír, infeliz! Pero, decime, ¿qué es lo que te has creído? ¿qué te imaginás que sos?... ¿No comprendés, acaso, que en nuestra situación necesitamos de todo el mundo? ¿Que es preciso vivir?... ¿Que los ciento cinuenta miserables pesos que nos da de pensión el gobierno no alcanzan para nada? ¿A qué vienen esos aires, entonces? ¿A quién vas a engañar con eso?

CARMEN. - (Con abatimiento.) ¡Si yo no pretendo engañar, mama!

DOÑA MARÍA. - (Con irritación.) ¡Explicate, explicate, entonces!... (Brusca transición, con sincera alarma.) ¡O qué!... ¿te ha faltado acaso?

CARMEN. - (Con altanería.) ¿Faltarme?

DOÑA MARÍA. - (Con naturalidad.) ¿Y entonces?

CARMEN. - (Con amargura.) ¡Pero si sabe que no lo puedo ver!... ¡Si lo sabe!... ¡y precisamente por eso es que se empeña, como si quisiera someterme... obligarme! (Con arranque.) ¡Eso es lo que no puedo soportar, mama!

DOÑA MARÍA. - (Con indiferencia.) ¡Bah, no seas zonza!... Con recibirle los regalos y ponerle buena cara, estás del otro lado... Nadie te pide otra cosa... una sonrisa a tiempo ¡y se acabó!

CARMEN. - (Con angustia.) ¡Pero si precisamente es lo que no puedo! No lo hago por él... ¡lo hago por mí! En cada uno de sus regalos veo el pago anticipado de esa sonrisa que me pretende arrancar... y me subleva tanto, me da tanta rabia y tal vergüenza ¡que siento ganas de tirarle por la cara la porquería que me trae! (Con un gesto de rabia.) ¡Ah, la sola idea de que pueda creerlo!... (Cambiando bruscamente de tono y con desaliento.) ¡Pero ya sé, mama, que usted no me entiende!...

DOÑA MARÍA. - (Con acento reconcentrado y mucha amargura.) Te equivocás... te equivocás, ¡pretenciosa ridícula! ¡Demasiado que te entiendo! Lo que tiene es que tengo un poco más de mundo que vos y conozco mejor la vida... ¡Ya lo creo que te entiendo! ¡Sos el retrato de tu pobre padre! (Mira al óleo del capitán.) ¡Así era él también y se le llenaba la boca con las mismas pavadas! (Ahuecando la voz.) ¡El capitán Barranco no se vende!... ¡el capitán Barranco no se humilla!... ¡El capitán Barranco cumplirá con su deber!... (Volviendo a la voz natural y con acento despreciativo.) Y el capitán Barranco, entre miserias y privaciones, terminó en un hospital... porque no había en su casa recursos para atenderlo. ¡Eso es lo que sacó el capitán Barranco con sus delicadezas! (Exaltándose y con acento duro.) Pero la viuda del capitán Barranco es otra cosa, ¡entendelo bien! No vive de ilusiones... Sabe que tiene tres hijas que mantener, tres zánganas, ¡a cual más inútil!, que se lo pasan preocupadas de moños y composturas, mientras la pobre madre tiene que buscarse como Dios le ayude el zoquete diario que han de llevarse a la boca para no morirse de hambre. ¡Por eso también, la viuda del capitán Barranco sabe lo que tiene que hacer! (Con tono imperativo y lleno de amenaza.) Y ahora, lleve adentro esas blusas y ¡cuidado con que cuando venga Rocamora no le dé usted las gracias con toda amabilidad!... (Carmen, en silencio, se dirige sumisamente hacia el sitio donde se encuentra la caja de blusas y en ese momento golpean las manos hacia la derecha.) Pero, ¡miren cómo han puesto el suelo de papeles! (Empieza a levantar papeles.) ¡Si no digo! ¡Estas haraganas no sirven para nada! (Gritando.) ¡Manuela!... (Aproximándose hacia la izquierda y en voz alta hacia el exterior.) ¡Manuela!...

Voz de MANUELA - (Desde el interior.) ¿Qué quiere?

DOÑA MARIA. - Vení para acá. (Sigue recogiendo papeles.) Vení a ver cómo está esto.

Voz de MANUELA - No puedo, me estoy haciendo los rulos...

DOÑA MARÍA. - (Gritándole mientras sigue en la tarea de recoger papeles.) ¡Yo te voy a dar rulos, sinvergüenza! ¡Deja no más! (En otro tono leyendo la inscripción de un trozo de papel que recoge del suelo.) Se alquila... (Leyendo la del otro papel.) ¡Mire, esto! Se alquila con h. ¡Para qué les habrá servido la escuela a estas inservibles! (Leyendo rápidamente la inscripción de otro papel.) ¡Otra!... pieza con z... (Como dudando.) Con z... con z... (Resolviendo el caso.) ¡Qué barbaridad! ¡Parece mentira!... (Interrumpiendo bruscamente la tarea para aproximarse de nuevo a la izquierda y gritando.) Decime, ¿le prendieron el cabo de vela a San Antonio?

Voz de MANUELA - No sé, yo le dije a Pepa. (Gritando.) ¡Pepa! ¡te llama mama!...

(Aparece por la derecha doña Rosario saludando con la cabeza y precedida de Carmen.)

CARMEN. - Mama, esta señora viene por la pieza desalquilada.

DOÑA MARÍA. - (Muy amable.) Pase adelante, señora, pase adelante. (Tira a un lado una pelota de papel que ha ido formando con los pedazos recogidos del suelo.)

DOÑA ROSARIO. - Sí, señora. Como vi papel en el balcón.

Voz de MANUELA - (En el interior.) ¡Pepa!

DOÑA MARÍA. - Sí, sí... tome usted asiento. (Le señala una silla.)

DOÑA ROSARIO. - (Sentándose.) Pero me dice esta señorita que la pieza es muy chica...

DOÑA MARÍA. - ¿Chica? ¡Qué ha de ser chica, señora! (Dirige una mirada furibunda a Carmen.) Es una pieza muy decente... Ya la verá usted... (A Carmen.) Andá, abrila, que enseguida vamos nosotras.

Voz de MANUELA - (Mientras Carmen vase por el foro.) ¡Pepa, te digo que te llama mama!

DOÑA MARÍA. - (A doña Rosario.) Pues ayer precisamente quedó desocupada. ¡Oh!, estoy segura que le va a gustar mucho.

Voz de MANUELA - ¡Bueno, a mí qué me importa!... ¡Yo te digo lo que dice ella!

DOÑA MARÍA. - (Después de dirigir una mirada de inquietud hacia la izquierda y con cierta nerviosidad.) Durante mucho tiempo ha vivido la viuda de un coronel. ¡Como ésta es una casa tan tranquila!... No tengo sino otro inquilino, un estudiante de las provincias.

Voz de MANUELA - (Levantando el diapasón.) Más zonza serás vos... ¿entendés?

DOÑA MARÍA. - (Apresuradamente y muy nerviosa.) Estudiante de medicina... ¿Sabe? de medicina.

Voz de MANUELA - ¡La idiota sos vos!... ¿Qué te has creído?

DOÑA MARÍA. - (Con tono de reconvención, en alta voz y mirando hacia la izquierda.) ¡Manuela!

Voz de PEPA. - (Más lejana que la de Manuela.) ¿A que no me lo repetís?

DOÑA MARÍA. - (Levantando la voz.) ¡Niñas!...

Voz de PEPA. - (Con el mismo diapasón que la de Manuela.) ¡Guaranga!

Voz de MANUELA. - ¡Estúpida! (Se produce una gritería en la que las dos voces se insultan.)

DOÑA MARÍA. - (Sofocada.) Discúlpeme usted... (Dirigiéndose precipitadamente hacia la izquierda.) ¡Niñas!... ¡niñas!...

PEPA. (Apareciendo bruscamente por la izquierda y con la cara descompuesta.) ¿Es cierto que usted me llama?... (Se detiene sorprendida al encontrarse con doña Rosario.)

DOÑA MARÍA. - (Con voz contenida por la ira.) Esta señora viene a alquilar la pieza... (Señala a doña Rosario.)

PEPA. (A doña Rosario y tratando de sonreír.) Perdone, señora... ¡estábamos jugando!

MANUELA. - (Apareciendo a su vez por la izquierda, muy sofocada y con la cabeza llena de papelitos.) ¡Mentira!, mama, ¡ha sido ella!... (Se detiene confusa.)

CARMEN. - (Apareciendo por el foro.) Ya está abierta la pieza, pueden pasar.

DOÑA MARÍA. - (A doña Rosario con voz apagada y señalando a Manuela, Pepa y Carmen.) Son mis tres hijas... (En otro tono.) ¿Quiere que pasemos?... (Le indica el foro.)

DOÑA ROSARIO. - - Vamos, señora. (Se dirigen ambas hacia el foro, y Manuela, Pepa y Carmen las miran salir en silencio. Antes de desaparecer doña María, y sin que doña Rosario se aperciba, hace señas de amenaza a Manuela y Pepa.)

PEPA. (A Manuela.) Ahí tenés lo que has sacado... ¿ves?

MANUELA. - (Encogiéndose de hombros.) ¡Oh!... ¿y acaso tengo yo la culpa?... ¿por qué no viniste cuando te llamé?

CARMEN. - ¿Qué ¿Qué ha sucedido?

PEPA. - Esta guaranga que se puso a gritar, haciendo un escándalo que ha oído esa vieja.

CARMEN.- (Con tristeza.) ¡Ustedes siempre lo mismo!... (Mientras se adelanta unos pasos hacia la derecha.) ¿Cuándo acabarán estas cosas?

PEPA. - (Con acritud.) ¡Adiós! ¡Ya salió la otra!... (Avanzando hacia Carmen y con visible irritación.) Pero, decime, ¿qué es lo que te has figurado?... ¡Cualquiera diría que te creés mejor que las demás! (Carmen, sin responder, hace un movimiento de hombros.)

MANUELA. - (A Pepa, tomándola del brazo.) ¡Dejala, mujer!... ¡si es una romántica!

PEPA. - (Resistiéndose y con aire provocativo.) ¡No... es que ya estoy hasta aquí... (Se pasa un dedo por la frente.) ...de las pavadas de ésta!

MANUELA. - (Tironeándola del brazo.) Bueno... dejala, no hay que hacerle caso.

PEPA. - (Sin cejar y con acento despreciativo.) ¿Qué se habrá creído esta infeliz?... (Mira a Carmen de arriba abajo.)

MANUELA. - (Soltando bruscamente el brazo de Pepa y separándose de ella unos pasos para examinarle los botines que lleva puestos.) ¡Che... che... che!... ¿Y esos botines?

PEPA. - (Encarándose con Manuela.) ¿Qué te importa?

MANUELA. - ¿Cómo, qué me importa?... ¡Ya te he dicho que no quiero que te pongás mis botines!

PEPA. - (Dirigiéndose a salir por la izquierda.) ¡Oh... no seas zonza!

MANUELA. - (Exasperada y siguiéndola.) ¡Es que te los vas a sacar!

PEPA. - (Dándose vuelta antes de salir y con mucha irritación.) Mirá, ¿eh?... ¡no me vengás con cuestiones! (Vase.)

MANUELA. - (Saliendo detrás de Pepa.) ¡Te digo que me des los botines!... ¡dame los botines! (Siguen las voces hasta perderse.)

(Morales ha aparecido un momento antes por el foro y deteniéndose en la puerta ha oído las últimas palabras de la escena anterior.)

MORALES. - (Riendo.) ¡Lo de siempre!... (Se adelanta.)

CARMEN. - (Sonriendo.) ¡Qué quiere usted!... ¡No pueden vivir sin pelear! (En otro tono.) ¿Ya se va al hospital?

MORALES. - (Mirando al reloj.) Sí, a las tres tengo clase. (Transición.) ¿Quién es esa señora que está en el fondo con su mamá?

CARMEN. - (Sonriendo.) Una futura vecina suya.

MORALES. - (Con cómica sorpresa.) ¿Viene a alquilar la otra pieza?

CARMEN. - Así parece.

MORALES. - (Riendo.) ¡Pues la felicito! (Ambos ríen. Transición.) Y ¡qué milagro!... ¿No ha venido nadie?

CARMEN. - Nadie... ¿por qué?

MORALES. - (Con intención.) ¡Como al Rocamora ese lo veo con tanta frecuencia!...

CARMEN. - (Haciendo un gesto de indiferencia.) ¡Ah!... (Deja de reír.)

MORALES. - Y anteanoche había otro nuevo... Me dijeron que se llama Barroso... ¿no?

CARMEN. - Sí, es un dentista de aquí de la esquina.

MORALES. - (Con acento reconcentrado y después de mirarla un instante en silencio.) ¡Ah! ¡Carmen!... ¡Carmen!... (Se adelanta hacia ella.)

CARMEN. - (Vivamente.) ¡Por favor, Morales!... no empecemos. Ya sabe lo convenido. Si hemos de ser amigos... (Con amargura.) ¡No me mortifique usted también!...

MORALES. - (Apresuradamente y con pena.) Sí... sí... me callo... (En otro tono y sacando del bolsillo un sobre del que toma un papelito.) Aquí le he traído el palco... no encontré bajo, pero es adelante. (Le extiende el billete.)

CARMEN. - (Con sorpresa y sin tomar el billete.) ¿Palco?... ¿qué palco?

MORALES. - Pero, el que me pidió su mamá en nombre suyo...

CARMEN. - (Frunciendo el ceño.) Yo no he pedido nada, Morales.

MORALES. - (Sorprendido.) ¡Pero si me dijo la señora que usted deseaba ir al teatro, y que quería que yo le consiguiera una localidad!

CARMEN. - (Con dureza.) Es mentira, Morales.

MORALES. - ¿Mentira?

CARMEN.- (Con irritación.) ¡Sí!, mentira, ¡la eterna mentira que ya me tiene enferma! Son cosas de mi madre... Yo no le he pedido a usted nada. ¡Llévese ese palco!

MORALES. - (Sorprendido.) Bueno, Carmen, bueno... ¡no es para tanto! Además tenga en cuenta que yo...

CARMEN. - (Interrumpiéndolo y reaccionando.) ¡Discúlpeme!... (En tono de súplica.) Pero... ¡yo se lo ruego!... ¡entiéndame usted bien!... ¡No quiero que me traiga usted nunca nada! (Levantando la voz.) Y aunque se lo digan... ¿oye?... ¡aunque se lo digan, no lo crea! (Exaltándose.) ¡Porque si mi madre y mis hermanas... (Deteniéndose y con desaliento.) Pero... (Haciendo un gesto de abatimiento y resignación.) ¡Al fin es mi madre y son mis hermanas!... (Con voz apagada.) No hablemos más, Morales.

MORALES. - (Con gravedad y mirándola fijamente.) Sí, Carmen, sí, lo comprendo...

CARMEN. - (Exaltándose de nuevo.) ¡Que hagan lo que quieran!... ¡Pero por lo menos que me dejen a mí!... ¡que no me mezclen a mí! (Con desesperación.) ¡Yo no quiero!... ¡yo no puedo!

MORALES. - Cálmese. No me perdono haberle causado esta contrariedad.

CARMEN. - (Exaltada.) ¡Es que es de todos los días!... ¡A cada rato!... ¡usted lo sabe!... ¡es con todos los que vienen a esta casa! ¡Y siempre soy yo el precio!... ¡siempre!... ¡Ah!... ¡Si supieran el efecto que me hacen estas cosas!... ¡Si supieran cómo me duelen!... ¡cómo me lastiman!... ¡todo lo que sufro!... (Doña María y doña Rosario aparecen por el foro discutiendo.)

DOÑA ROSARIO. - Imposible, señora, imposible... ¿Para qué?

DOÑA MARÍA. - (Agriamente.) ¡Pues no sé dónde va a encontrar mejor, ni más barata!

DOÑA ROSARIO. - Eso es cuestión mía, señora. Adiós. (Se dirige hacia la derecha, haciendo un saludo con la cabeza a Carmen y a Morales.)

DOÑA MARÍA. - (Gritándole rabiosa.) ¡Alquile la plaza Victoria, y así tendrá jardín!...

DOÑA ROSARIO. - (Dándose vuelta antes de salir.) ¡Y usted a su pieza póngale unos palitos y le resultará pajarera... (Desaparece por la derecha.)

DOÑA MARÍA. - (Avanzando rabiosa, a gritos.) ¡Con usted adentro como lechuza! (Después de asomarse hacia el exterior.) ¡Miren la facha! (A Carmen con irritación.) Enseguida das vuelta a San Antonio del lado de la pared. ¡Bonitos inquilinos los que trae!...

CARMEN. - (Observando.) Pero, mama...

DOÑA MARÍA. - (Encarándose con ella y remedándole la voz.) Mama... mama... (Volviendo a su voz natural y rabiosa.) Ahí tenés lo que sacás... ¿ves?... ¿Por qué le dijiste que la pieza era chica?

CARMEN. - ¡Pero si de todos modos iba a verla! ... ¿O usted cree que no la alquila por lo que yo le dije?

DOÑA MARIA. - (Rabiosa.) ¿Pero qué necesidad tenías de decírselo?

CARMEN. - (Sonriendo.) ¿Y para qué mentir, mama?

DOÑA MARÍA. - (Exasperada.) ¡Idiota!... ¡ni siquiera servís para eso!... (Dejando a Carmen y encarándose con Morales.) ¿Y usted, por supuesto, se olvidó de mi encargo?... ¡Cuándo no!

MORALES. - (Sonriendo.) No, señora, aquí lo tengo. (Saca del bolsillo del chaleco el boleto del palco.) Pero... (Mirando a Carmen.) Carmen no lo quiere.

DOÑA MARÍA. - (Dirigiendo una mirada furibunda a Carmen.) ¿Que no lo quiere?... (Aproximándose bruscamente a Morales.) ¡Traiga para acá, hombre!... (Le saca el boleto de las manos.) ¡Si se está muriendo de ganas! ... (Mira indignada a Carmen.) ¡Es de puro remilgada que es! ¡Usted no la conoce!...

CARMEN. - (Con arranque.) No diga eso, mama, porque yo...

DOÑA MARÍA. - (Con furia e interrumpiéndola.) ¡Usted... usted... se calla la boca! (Mira fijamente a Carmen que, intimidada, guarda silencio y baja los ojos. Después de convencerse de que Carmen la obedece, dirigiéndose a Morales y en tono desdeñoso.) Desde anoche no hace más que hablar del palco... (Mirando a Carmen con desprecio.) ¡Y quién la ve después!... (Gravemente a Morales y mientras guarda en el bolsillo el billete del palco.) Muchas gracias, Morales.

MORALES. - (Mirando el reloj.) Me voy. (Afectuosamente al pasar por delante de Carmen mientras se dirige a salir por la derecha.) Hasta luego, Carmen.

CARMEN. - Hasta luego, Morales.

DOÑA MARÍA. - (Gritándole a Morales antes de que salga.) ¿Va para el hospital?

MORALES. - (Deteniéndose.) Sí, señora.

DOÑA MARÍA. - (Amablemente.) Entonces... si llega a ir la mujer de las empanadas... ¡a ver si se trae unas empanaditas, pues!

MORALES. - (Sonriendo.) ¡Cómo no! (Desaparece loor la derecha.)

DOÑA MARÍA. - (Duramente a Carmen, después de quedar solas.) ¿Con que ya le habías dicho que no?... (Desdeñosa.) ¡Ah! ¡infeliz! (Secamente.) Llevate esas blusas para adentro y mostráselas a tus hermanas. (Carmen en silencio se acerca a tomar las cajas de las blusas.)

(Manuela entra corriendo por la izquierda y sale en igual forma por la derecha.)

MANUELA. - (Al pasar.) ¡¡Ahí está!!

DOÑA MARÍA. - (Mirándola salir.) ¡Oh!... ¿y ésta?

CARMEN. - (Mientras se dirige a salir por la izquierda con la caja de las blusas.) Debe ser el rubio flaco, a quien habrá visto desde el balcón...

DOÑA MARÍA. - ¿Qué rubio flaco?

CARMEN. - (Deteniéndose un momento.) Ese que se para siempre en la esquina, y que desde hace unas cuantas tardes había desaparecido. (Con firmeza.) Usted debía prohibirles eso... ¡es un escándalo! (Vase por la izquierda.)

DOÑA MARÍA. - (Con fastidio.) ¡Ah! ... ¡es el de los pantalones cortos! (Mientras empieza de nuevo a recoger papeles del suelo.) ¡Mire que perder el tiempo con semejantes tipos!... (Con pena.) Y que todos los de Manuela sean iguales... ¡qué desgracia de muchacha!

MANUELA. - (Entrando por la derecha y riendo con fuerza.) ¡Qué casualidad! El flaco que tiraba la carta a la escalera... (Muestra una carta que trae en la mano.) ¡Y Morales que bajaba!... ¡No tuvo más remedio que alcanzármela!

DOÑA MARÍA. - (Muy seria.) ¡Hum!... ¡ya no me está gustando mucho el flaco ese!... ¿Qué es lo que quiere? Si sólo lo hacés por entretenerte, nada tengo que decir; pero que no se vaya acercando demasiado... ¡yo no quiero atorrantes en mi casa!

MANUELA. - (Riendo.) No, mama... ¡si ni piensa en venir!

DOÑA MARÍA. - (Dignamente.) Y cuidadito con contestarle las cartas... ¿eh?

MANUELA. - (Escandalizada y en tono de reproche.) ¡Pero, mama, por Dios!... ¿Cómo se le ocurre que le voy a escribir? (Con naturalidad.) Le contesto por señas desde el balcón.

DOÑA MARÍA. - (Natural.) Y eso mismo, que no sea cuando pase mucha gente. (Oyendo golpear las manos hacia la derecha.) A ver, a ver, ahí golpean las manos... debe ser un inquilino. (Mientras Manuela vase por la derecha.) ¡Seguro!... ¡Si ya se sabe! ¡castigándolo San Antonio no falla! (Se asoma por el foro la cocinera con una cacerola en la mano.)

COCINERA. - Señora, no hay...

DOÑA MARÍA. - (Interrumpiéndola indignada.) Mándese mudar, ¡atrevida! ¿Quién le pregunta si hay o no hay? ¡A la cocina! (La cocinera desaparece.)

MANUELA. - (Entrando por la derecha con un ramo de flores en la mano.) Es un ramo que manda el dentista para Carmen.

DOÑA MARÍA. - ¿Qué dentista?

MANUELA. - Barroso, el de la esquina... (Doña María la mira como si no comprendiese.) ¡Ese tilingo que se lo pasa en la azotea mirando con anteojo!

DOÑA MARÍA. - ¡Ah!... (Con fastidio.) ¡Si será zonzo!... ¡mire que venirse tan luego con ramos!... Si fuera algo que sirviera. (Imperativa.) A ver, traé para acá. (Toma el ramo, lo examina y después de una pausa, bruscamente.) Decile a la cocinera que se lo lleve a la mujer del boticario y le diga de mi parte que los cumpla muy felices.

MANUELA. - (Sorprendida y tomando el ramo.) ¡Ah!... ¿es el santo?... ¿Y usted cómo lo sabe?

DOÑA MARÍA. - ¡Qué sé yo si es o no es! pero, aparentando creerlo tendrá que quedar agradecida, y puede que mande algo... (Manuela, con el ramo sale corriendo por el foro. Entra Pepa, furiosa por la izquierda, trayendo una blusa en la mano.)

PEPA. - (Con voz temblorosa por la rabia.) ¿Y por qué han de elegirme la más fea para mí?... (Agita la blusa con furor.)

DOÑA MARÍA. - ¡Che... che... che! ... ¡Dejate de historias! Eso se lo decís a Rocamora, si querés. Cada una traía el nombre escrito.

MANUELA. - (Que ha entrado por el foro aproximándose a Pepa y examinando la blusa.) ¿Qué es esto?... ¿qué es?

PEPA. - (Estrujando 1a blusa.) ¡Pero si es horrible!... ¡¡horrible!!... (Entra la cocinera por el foro con el ramo en la mano y sale por la derecha.)

DOÑA MARÍA. - (A Manuela.) Ahí hay otra para vos.

MANUELA. - (Encantada.) ¿Para mí?... ¡para mí también! ... (Sale corriendo por la izquierda.)

DOÑA MARÍA. - (A Pepa.) ¿Qué estás haciendo?... ¡la vas a romper! (Le quita la blusa de las manos.)

PEPA. - (Exasperada.) ¡Que se rompa!... ¡qué me importa!... (Golpeando rabiosa el suelo con el pie.) ¡Me las va a pagar!... ¡Oh!... ¡me las va a pagar!

(Se oye golpear las manos a la derecha.)

DOÑA MARÍA. - (Con autoridad.) ¡Bueno... bueno... basta! ¡Ve quién golpea las manos... A ver, pronto!

PEPA. - (Siempre enfurecida y besándose los dedos en cruz mientras se dirige hacia la derecha.) ¡Por éstas que me las va a pagar! (Deteniéndose antes de salir y con acritud.) ¡Ah!... y déjese de viejas... ¿eh? ¡La pieza hay que alquilarla a algún mozo bien! (Vase por la derecha.)

MANUELA. - (Apareciendo muy risueña por la izquierda, con la blusa puesta y a tiempo de oír las últimas palabras de Pepa.) ¿Un inquilino?

DOÑA MARÍA. - Debe ser...

MANUELA. - (Mostrando la blusa que trae puesta.) ¿Qué tal me queda?... (Se contonea.)

DOÑA MARÍA. - A ver, acercate. (Después de examinarle un instante la blusa, tocándosela en distintas partes.) Aquí podrías ponerle un...

PEPA. - (Entrando bruscamente por la derecha para salir en igual forma por el foro.) Vienen a cobrar el alquiler. (Desaparece.)

MANUELA. - (Siguiéndola apresuradamente.) ¡Lindo inquilino!

DOÑA MARÍA. - (Enfurecida.) ¡Manuela! (Manuela se detiene.) Lo encerrás a San Antonio..., ya sabés dónde!... (Encrespándose y al público mientras Manuela desaparece por el foro.) ¡Yo le voy a enseñar a hacer milagros aunque no quiera!... (Asomándose por la derecha.) ¡Adelante!

(Aparece Castro por la derecha con una valija en la mano.)

DOÑA MARÍA. - (Con mucha amabilidad.) Entre... Entre... ¿cómo le va?

CASTRO. - . - (Secamente.) Aquí traigo los recibos. (Abre la valija y va a sacar algo de ella.)

DOÑA MARÍA. - (Sonriendo con mucha amabilidad.) ¡Ah!... ¿los recibos? Bueno... mire... ni los saque. De todos modos, hasta la semana que viene no se los voy a poder pagar... (Señalándole una silla.) Siéntese.

CASTRO. - (Secamente y quedándose de pie.) Muchas gracias... Pero le prevengo que no voy a poder esperar más. Hace un mes que he recibido orden de demandarla...

DOÑA MARÍA. - (Insinuante.) ¡Bah!... ¡si es cuestión de unos días!... Le prometo que para la semana que viene sin falta...

CASTRO. - (Meneando la cabeza.) ¡Siempre me dice usted lo mismo! Se van a juntar tres recibos y es para mí una gran responsabilidad.

DOÑA MARÍA. - (Con el mismo tono de antes.) ¡Pero hombre!... ¡Quien ha esperado lo más, espera lo menos!

CASTRO. - ¡No!... lo siento mucho; pero hoy mismo iniciaré la demanda. (Hace ademán de retirarse.)

DOÑA MARIA.- (Alarmada.) ¡No hará usted eso! ¡No puede ser!... ¡Sería una mala acción de su parte!... (Gritando.) ¡Carmen!... ¡Carmen!

CASTRO. - (Menos resuelto.) ¡Si no tengo otro remedio!

DOÑA MARÍA. - (Con convicción.) ¡No!... ¡qué esperanza! ¡Eso no lo hace un amigo como usted!... (Gritando más fuerte.) ¡Carmen!

CARMEN.- (Apareciendo por la izquierda.) ¿Qué hay?

DOÑA MARÍA. - (Sonriendo.) Mirá, mirá quién está aquí... (Señala a Castro

CARMEN. - (Sin entusiasmo.) ¡Ah!... ¿Cómo le va?

CASTRO. - . - (Adelantándose a darle la mano y con amabilidad.) Muy bien, señorita... ¿y usted?

DOÑA MARÍA. - (Con aire socarrón.) ¿Qué te parece?... Este señor quiere echarnos a la calle... ¡Así son los amigos! (Carmen permanece impasible.)

CASTRO. - (Confuso.) ¡Señora... yo no hago sino lo que me mandan!

DOÑA MARIA. - (Intencionada.) ¡Cállese, hombre! ¡si al fin no se trata sino de unos cuantos días!... ¡de puro malo no más!... (Con sorna.) Pero, siéntese! ¡Supongo que no pretenderá crecer!... (Dándose vuelta hacia Carmen y en tono amenazador, mientras Castro se vuelve para tomar una silla.) ¡O le ponés otra cara o me las pagás después! (Castro se sienta y doña María y Carmen hacen lo mismo.)

CASTRO. - (Dulcificado.) Si por mí fuera sería otra cosa, pero...

DOÑA MARÍA. - ( A Carmen, muy insinuante. Pero... decile... decile a este hombre para que se convenza. Nada más que una semana...; me parece que no es una cosa del otro mundo... (Dirigiendo una mirada amenazadora a Carmen y marcando las palabras al ver que ésta no dice nada.) Con ese dinero que vamos a recibir, todo quedará arreglado.

CARMEN. - (Con tono un tanto vacilante.) ¿No podría usted esperarnos una semana?

CASTRO. - (Indeciso.) ¿Una semana?...

CARMEN. - Sí.

CASTRO. - Si fuera algo seguro...

DOÑA MARÍA. - (Vivamente.) Pero, ¡ya lo creo!... (A Carmen, con calor.) ¡Decile... decile... vos sabés muy bien!...

CARMEN. - (Con voz apagada que quiere ser firme.) Sí, señor... es seguro...

CASTRO. - (Decidiéndose.) Bien... esperaré...

DOÑA MARÍA. - (Triunfante.) ¡Ya decía yo!... ¡no podía ser de otro modo!... (En tono de amable reproche a Castro) ¡Las ocurrencias suyas!... ¡parece mentira!

CASTRO. - (Defendiéndose.) Pero, señora... es que...

DOÑA MARÍA. - (Interrumpiéndole.) Bueno, hombre, bueno... no hablemos más. Esto ya está arreglado y hasta olvidado...

CASTRO. - (Con alarma.) ¿Cómo olvidado?...

DOÑA MARÍA. - (Con precipitación.) Bueno, arreglado. .. Lo mismo es. ¿Quiere tomar un mate?

(Entra la cocinera por la derecha y sale por el foro.)

CASTRO. - No, muchas gracias, no tomo mate.

DOÑA MARÍA. - Pues otra cosa no puedo ofrecerle... ¡Esta es casa de pobres! (A Carmen, indicándole la corbata de Castro.) Mirá, Carmen, qué bonita corbata... ¡como la que vos querías!

CASTRO. - (Sorprendido y tocándose la corbata.) ¿Esta?

DOÑA MARÍA. - ¡Es preciosa!... Carmen está desde hace tiempo deseando una corbata así, y no puede encontrarla en ninguna parte. ¡Mire que ha andado esta muchacha!

CASTRO. - (Sonriendo.) Pues es muy fácil... (A Carmen.) Si usted quiere se la enviaré, es nueva...

CARMEN. - (Vivamente.) No, señor, no.

DOÑA MARÍA. - (Intencionada.) ¡Bah!... ¿Y por qué no, zonza?... ¿Qué puede importarle a él una corbata? Si fuera algo de valor... (A Castro.) No le haga caso y mándesela.

CARMEN. - (Poniéndose bruscamente de violencia.) ¡Y yo le repito que no me mande nada! (Vase por la izquierda y haciendo un gesto de desesperación.)

CASTRO. - (Sorprendido y poniéndose de pie.) ¡Pero señorita Carmen!... (Hace ademán de seguirla.)

DOÑA MARÍA. - (Con naturalidad.) ¡Deje, hombre, no vale la pena! ¿Se va a preocupar ahora por semejante pavada?... Con mandársela no más...

CASTRO. - (Confuso y sin saber qué hacer.) Es que no quisiera que... (Mira a la izquierda.)

(Aparece por el foro Manuela, que viene corriendo.)

MANUELA. - (Sorprendida al encontrar todavía a Castro.) ¡Ah!... (Se queda cortada.)

DOÑA MARÍA. - (Sonriendo.) Aquí tiene otra de mis hijas.

CASTRO. - (Distraídamente.) Sí... sí... la conozco. (Dirige una última ojeada a la izquierda.) Bueno, señora, hasta la semana que viene, entonces... (Le da la mano.)

DOÑA MARÍA. - Adiós...

CASTRO. - (Suplicante.) Y que no sea como siempre... ¿eh?

DOÑA MARÍA. - (Con aplomo.) Vaya tranquilo.

CASTRO. - (Dándole la mano a Manuela.) Adiós, señorita. (Se dirige hacia el foro.)

MANUELA. - Que le vaya bien. (Le saca la lengua, mientras Castro desaparece por la derecha.)

DOÑA MARÍA. - (Acompañando a Castro y gritando hacia el exterior.) ¡Que le vaya bien!... ¡que le vaya bien! (A Manuela con naturalidad.) Ya podés sacar a San Antonio. ¡No te decía!... Si es hijo del rigor. (Se ríe.)

MANUELA. - (Vivamente.) No, déjelo otro ratito... Yo también le he pedido una cosa.

DOÑA MARÍA. - (Muy seria.) No, che, no hay que abusar. Sacalo no más...

MANUELA. - (Pesarosa.) ¡Qué lástima!

DOÑA MARÍA. - ¿Dónde anda Pepa?

MANUELA. - (Vivamente) . ¡Ah!, eso venía a avisarle. ¡Es una bruta!... me ha tirado con una maceta... ¡mire! ... (Le muestra el hombro, donde tiene restos de tierra.)

DOÑA MARÍA. - (Con ansiedad.) ¿Y la ha roto?

MANUELA. - No, si era uno de los Carritos de lata... (Con hipocresía.) ¡Fíjese que porque le dije que le pidiera a San Antonio un novio!... ¡Qué bárbara!... (Se limpia el hombro.)

DOÑA MARÍA. - Y ¿para qué le hablás de novios? Ya sabés que la pobre se exaspera...

MANUELA. - (Con hipocresía.) La verdad... ¿eh? Mire que no haber tenido nunca a nadie que le diga nada... ¡parece mentira! (Se ríe con malicia.)

DOÑA MARÍA. - (Con desdén.) Sí, ¡por bonitos que son los tuyos!... ¡Como para hablar!

(Aparece Petrona por la derecha.)
PETRONA. - Buenas tardes, tía.

DOÑA MARÍA. - (Con fastidio.) Che... ¿ya estás aquí? ¡Vos parece que no tenés nada que hacer en tu casa!...

PETRONA. - (Sonriendo.) Me mandó mamá a comprar unas cosas, y aproveché para venirme un ratito. (Se acerca a Manuela y la toma cariñosamente del brazo.)

DOÑA MARÍA. - (Con fastidio.) ¡Ya sé qué ratito es ése!... ¡Para pasártelo en el balcón haciéndole gracias a los que pasan!

PETRONA. - (Con tristeza.) ¡Como en casa no hay balcón, es tan difícil encontrar quien se fije en una!

MANUELA. - (Convencida.) ¡Ya lo creo!... ¡el balcón es una gran cosa!

DOÑA MARÍA. - Bueno, cuidado con lo que hacen...

PETRONA. - (Riendo.) Pierda cuidado, tía. (A Manuela, alegremente.) Vamos. (Petrona y Manuela tomadas de la cintura van a dirigirse hacia la izquierda, cuando Manuela se detiene de pronto.)

MANUELA. - (A doña María.) ¡Ah!... mire que Pepa se quedó en el cuarto de Morales registrándole los baúles.

DOÑA MARÍA. - (Con indiferencia.) ¡Bah!... ¡para lo que tendrá que esconder!...

MANUELA. - (Afligida.) Es que después puede creese Morales que esta vez he sido yo también... ¡El otro día se puso furioso!

DOÑA MARÍA. - (Despreocupada.) Sí, por no sé qué historia de retratos y de cartas... Ya me dijo...

MANUELA. - (Riendo.) Son cartas de la madre. ¡si viera qué risa!... ¡no sabe casi escribir! (Va a salir por la izquierda con Petrona.)

(Aparece por el foro Pepa y se detiene al entrar, mostrando un tarro grande de vidrio que trae en las manos.)

PEPA. - ¡Qué hombre cochino!... ¡Miren lo que tiene dentro del baúl!

MANUELA. - (Deteniéndose para avanzar después hacia Pepa.) ¿Qué es, che?... ¿qué es? (Examina el tarro de cerca.)

PETRONA. - (A Manuela, al verla dirigirse hacia Pepa.) Te espero en el balcón. (Desaparece por la izquierda.)

PEPA. - (A Manuela.) Yo no sé, parece una oreja...

MANUELA. - (Riendo y muy gozosa.) Sí, es una oreja. Venga, mama... ¡venga, vea qué raro! ... (A Pepa, con sobresalto.) ¡Cuidado!... ¡no lo movás!

DOÑA MARIA. - (Acercándose.) ¿Oreja de qué?

PEPA. - ¡Qué,sé yo!... tiene una cosa así como dedos... mire... (Las tres juntas examinan el contenido del tarro.)

DOÑA MARÍA. - (Con enojo, enseguida del examen.) ¡Enseguida tiren eso! ¡Es lo que falta! ¡que nos venga a traer las pestes del hospital!... (Imperiosa.) ¡Llévenselo al fondo!

PEPA. - (Alarmada.) ¡Pero si se lo he sacado del baúl!

DOÑA MARÍA. - ¡Qué importa!... ¡en mi casa no se tienen esas cosas!

PEPA. - (Afligida.) ¡Es que estaba con llave... lo he abierto con una mía!

DOÑA MARÍA. - (Exasperada.) ¡Aunque sea con la de San Pedro! ¡Quién le manda traer porquerías aquí!... ¡Ligero! ¡Al fondo con eso!... (Hace un ademán enérgico. Pepa y Manuela se dirigen hacia el foro sosteniendo entre ambas el tarro, que no se cansan de examinar.)

PEPA. - (Empujando con el codo a Manuela.) Dejalo... ¡lo vas a voltear!... (Desaparece por el foro discutiendo.)

PETRONA. - (Asomando la cabeza por la izquierda y con mucho interés.) ¿Y Manuela?

DOÑA MARÍA. - Fue para el fondo.

PETRONA. - (Pesarosa.) ¡Caramba!... (Desaparece bruscamente.) (Golpean las manos hacia la derecha y doña María encaminándose hacia el sitio, asoma la cabeza al exterior.)

DOÑA MARÍA. - Adelante.

(Aparece Linares por la derecha.)

LINARES. - He visto que se alquila aquí una pieza.

DOÑA MARÍA. - (Con volubilidad.) Sí, señor, sí... una lindísima pieza... Acaba de dejarla la viuda de un coronel y estoy segura que...

LINARES.- (Interrumpiéndola.) ¿Puede verse?

DOÑA MARÍA. - (Muy amable.) ¡Cómo no ha de poder verse!... ¡ya lo creo!... pero siéntese. (Linares no se da por aludido.) Todos los que la han ocupado hasta ahora...

LINARES. - (Interrumpiéndola y con cierta sequedad.) Desearía verla.

DOÑA MARÍA. - (Que al invitarle a sentarse a su vez lo ha hecho y que se pone de pie al apercibirse de que Linares no lo hace. Con seguridad.) Bueno, hombre, bueno... (Llamando en voz alta.) ¡Carmen!... ( A Linares con despecho.) Siéntese un momento.

LINARES. - Gracias, estoy bien. (Se queda de pie.)

DOÑA MARÍA. - (Con fastidio.) Bueno... ¡no se siente entonces! (Acercándose hacia la izquierda.) ¡Carmen!... (Después de un momento, a gritos y acercándose más a la izquierda.) ¡Carmen!... (A Carmen que aparece por la izquierda.) Acompaña al señor a ver la pieza.

CARMEN. - (A Linares.) Por aquí, señor... (Señala hacia el foro.)

(Linares se adelanta hacia el foro y antes de salir se detiene.)

LINARES. - (A Carmen.) Pase usted... (Linares la sigue dándose vuelta para mirar con curiosidad a doña María, que a su vez lo sigue mirando y se asoma al foro después de verlo desaparecer.)

DOÑA MARÍA. - (Volviéndose al público.) ¿De dónde habrá salido ese erizo?... (Transición.) ¡Hum! ¡me parece que ahora aunque le guste, no se la alquilo!... ¡¡Yo soy así!!

(Aparece Pepa por el foro dando vuelta la cabeza, como si siguiera con la mirada a los personajes que acaban de salir.)

PEPA. - (A doña María.) ¿Es algún inquilino?

DOÑA MARÍA. - Un inquilino.

PEPA. - (Con acritud.) ¡Es claro!... ¡y ya lo mandó con Carmen! ¿Por qué no me avisó a mí?... (Ante un movimiento de hombros de doña María.) ¡Aunque haga así! ¡es la verdad! ¡Aquí parece que no existiera sino Carmen!

DOÑA MARÍA. - (Con fastidio.) ¡No digas zonceras, mujer!

PEPA. - (Con amargo despecho.) ¡Todo el mundo con Carmen!... ¡Cualquiera diría que lo que no sea Carmen no sirve para nada!...

DORA MARÍA. - (Impaciente.) ¡Pero, decime, estúpida!, ¿acaso tengo yo la culpa de que nadie se haya ocupado nunca de vos?... ¿Qué querés que yo le haga?

PEPA. - (Con rabia.) ¿Y cómo se han de ocupar si usted no hace más que meterles a Carmen por los ojos?... ¡Usted tiene la culpa!

DOÑA MARÍA. - (Con sorna.) ¡Ah, sí!... ¡no ves que es por eso!... ¡pavota!...

PEPA. - ¡Claro que es por eso! (Con irritación.) ¿Y por qué ha de ser entonces?... ¿O usted también cree que Carmen es mejor que nosotras?

DOÑA MARÍA. - (Impaciente.) ¡Callate... callate... no me hagas hablar!

PEPA. - (Exasperada.) ¡Hable!... ¡qué me importa! (Amenazadora.) ¡El día menos pensado yo sé lo que va a suceder!

DOÑA MARÍA. - (Perdiendo la paciencia y con imperio.) ¡Te digo que basta! ¿eh?... (La mira con fijeza.) ¡Oh!... (Pepa, intimidada, guarda silencio, estrujando nerviosamente una punta de la bata que tiene puesta. Entra Manuela corriendo por el foro y se dispone a salir en igual forma por la izquierda.)

MANUELA. - (Al pasar.) ¡Me había olvidado del rubio flaco!

DOÑA MARÍA. - (Gritándole.) ¡Che!... (Manuela se vuelve después de haber salido.) Y ¿el inquilino?

MANUELA. - Ahí venía... (Con mucha ironía a Pepa.) ¡Puede ser, Pepa, que lo mande San Antonio!... (Lanza una carcajada y desaparece.)

PEPA. - (Enfurecida queriendo precipitarse detrás de ella.) ¡Sinvergüenza!... ¡yo te voy a dar!...

DOÑA MARÍA. - (Tomándola bruscamente de un brazo.) ¡Sosegate! (Aparecen por el foro Carmen y Linares.)

LINARES. - Señora, he visto la pieza y me conviene.

DOÑA MARÍA. - (Con sorna.) ¿Ah, sí?... ¿con que le gusta, entonces?

LINARES. - Sí, señora, desde este momento corre por mi cuenta.

DOÑA MARÍA. - (Dándose importancia.) Bueno... bueno... pero ahora soy yo la que necesita ciertos informes... algunos antecedentes respecto a su persona. Necesito saber qué es usted... necesito...

LINARES. - (Metiendo la mano en el bolsillo e interrumpiéndola.) Voy a darle a usted una seña y volveré mañana. (Le extiende un billete.)

DOÑA MARÍA. - (Encantada y tomando el billete.) ¡Ah!... perfectamente... perfectamente. (Mientras guarda el billete.) ¿Quiere usted un recibito?

LINARES. - No hay necesidad. (Saludando.) Hasta mañana. (Hace ademán de irse.)

PEPA. - (A doña María, rápidamente.) Pregúntele siquiera cómo se llama.

DOÑA MARÍA. - (A Linares muy amablemente.) ¿Su nombre?... ¿Quiere decirnos su nombre?

LINARES. - (Deteniéndose un momento.) Eduardo Linares, servidor... (Vuelve a saludar y desaparece por la derecha.)

DOÑA MARÍA. - (Que lo ha acompañado hasta salir, a gritos y con grandes ademanes.) ¡Que le vaya bien, don Eduardo!... ¡Adiós!, ¡adiós!... (Saludando hacia el exterior.) ¡No, deje no más, no cierre!, ¡adiós! (Mirando después el billete que saca del bolsillo y que vuelve a guardar.) ¡Al fin!... (Golpean las manos hacia la derecha.) Carmen, ve quién es. (A Pepa, mientras Carmen vase por la derecha.) Decile a Manuela que te ayude a limpiar la pieza.

PEPA. - Acuérdese que no hay palangana...

DOÑA MARÍA. - (Contrariada.) ¡Es verdad!... (Después de meditar rápidamente.) Bueno, pónganle la de ustedes... que ya se la sacaremos al tomar confianza.

(Entra Carmen por la derecha con un frasco en la mano.)

CARMEN. - La boticaria mando este frasco de agua de colonia.

DOÑA MARÍA. - (Muy apurada tomando el frasco.) ¡Ah! ¡sí!... ya sé. Traé para acá.

CARMEN. - Dice que aunque no es su santo le agradece lo mismo el recuerdo.

DOÑA MARÍA. - (Interrumpiéndola.) Bueno... bueno... ¡qué tanto hablar! ¡está el frasco aquí y se acabó! (Toma el frasco y se lo entrega a Pepa.) Ponémelo en mi cuarto.

PEPA. - (Sorprendida mientras toma el frasco.) ¿Qué recuerdo es ése?

DOÑA MARÍA. - (Con enojo.) ¡No te importa! (Transición.) Y cuidadito con gastar de esta agua, ¿eh? (Con aspavientos.) Esta es para cuando yo tenga esos dolores de cabeza tan fuertes que me suelen dar...

PEPA. - (Con acritud, señalando a Carmen.) Prevéngaselo a ella también. (Con rabia, viendo que Carmen sonríe.) ¿De qué te reís?... ¿por qué no te lo han de prevenir a vos como a mí?... (Se encara con ella y Carmen no contesta.)

DOÑA MARÍA. - (A Pepa, con autoridad.) ¡Basta!... ¡vaya para adentro! (Viendo que Pepa no obedece.) ¡Que se vaya, le digo!... (A gritos.) ¡Pronto! (A Carmen, con aire indiferente, mientras Pepa vase por la izquierda después de dirigir una mirada rencorosa a Carmen y haciendo gestos de rabia.) Ahí te mandó unas flores el dentista Barroso. No sé por dónde andarán... (Mira distraídamente a los lados, como buscándolas.)

CARMEN. - (Con fastidio.) ¿Barroso?... ¿y por qué se las recibió?

DOÑA MARÍA. - ¡Eso es! ¡Si te creerás que hemos de estarle haciendo guarangadas a la gente porque a vos se te ocurra! (Con acritud.) ¡Lo mismo que hoy!... ¿por qué no le aceptaste la corbata al cobrador?... (Viendo que Carmen guarda silencio.) ¿Con qué derecho lo desairaste? (Impaciente al ver que Carmen no contesta.) ¿Por qué... decí?... (Carmen, sin responder, hace un gesto de impaciencia y quiere retirarse.) ¿Qué?... ¿qué modos son ésos?... (La toma con rabia de un brazo.) ¡Contestá!

CARMEN. - (Con irritación.) ¿Qué quiere que le conteste?

DOÑA MARÍA. - ¿Por qué le dijiste que no te mandara la corbata?

CARMEN. - (Con acento reconcentrado.) ¡Porque era una indecencia!

DOÑA MARÍA. - (Con gesto amenazador.) ¿Qué decís?... ¿qué decís, atrevida? (Extiende la mano como si fuera a pegarle.)

CARMEN. - (Retrocediendo y con voz reconcentrada.) ¡Mama... mama... por Dios! ¡No me toque!

DOÑA MARIA. - (Conteniéndose, pero furiosa.) ¿Esa es una amenaza? ¿Es ésa una amenaza?... ¡A mí!... ¡a tu madre!...

CARMEN. - (Con voz sorda.) ¡No, mama, no! No es una amenaza; pero considere... ¡ya es demasiado!... ¡se lo pido por mi padre, mama!... (Señala el retrato del capitán.) ¡No me haga usted hacer una locura!

DOÑA MARÍA. - (Exasperada.) ¿Qué querés decir?... ¿Qué querés decir con eso?... ¡Explicate... pronto! ¡Explicate!

CARMEN. - (Con voz sorda.) Que si continúa usted sometiéndome a esta vida de humillaciones y de vergüenzas, ¡el día menos pensado no me verá usted más!

DOÑA MARÍA. - (Azorada.) ¿Qué decís?

CARMEN. - (Con firmeza y casi amenazadora.) ¡Yo no he nacido para vivir así, mama!... ¡y aunque quisiera, no podría!

DOÑA MARÍA. - (Después de un momento de vacilación, como si no supiera qué partido tomar, indecisa entre pegarle o no) ¡Ay!... ¡ay!... ¡es lo único que me faltaba!... (Se deja caer sobre una silla.) ¡Ya veo que te has propuesto matarme a disgustos! ¡Eso es lo que querés!... ¡Ay! ¡ay!... ¡me ahogo! ... (Se lleva las manos a la garganta.) ¡Me ahogo!

CARMEN. - (Acercándose alarmada.) Pero, mama...

DOÑA MARÍA. (Rechazándola con ademán trágico.) ¡Salí!... ¡es tu obra, es lo que buscás! ¡hija desnaturalizada!... ¡Ay!... ¡ay!... ¡me muero... (Aparenta una especie de convulsión)

CARMEN. - (Afligida.) ¡No, mama, no!... ¡por Dios, mama!... (Aproximando su cara a la de doña María.)

DOÑA MARÍA. - (Con voz desfallecida.) ¡Me muero!... (Echa la cabeza para atrás, cierra los ojos y queda inmóvil.)

CARMEN. - (Con un grito de desesperación.) ¡Manuela!... ¡Pepa!... (Vase corriendo por la izquierda y después que ha desaparecido, doña María sin variar de posición, ni levantar la cabeza, se rasca con fuerza una pierna y vuelve a quedar inmóvil.)

(Entran precipitadamente por la izquierda Manuela, Pepa y Petrona. Manuela viene comiendo algo que tiene en la mano.)

MANUELA. - (Corriendo hacia Doña María.) ¿Qué es eso, mama?... ¿qué tiene?

PETRONA. - ¿Qué le pasa, tía? (Se inclina sobre doña María.)

DOÑA MARÍA. - (Abriendo los ojos como si volviera de un desmayo y con voz desfallecida.) ¿Dónde estoy?

MANUELA. - Aquí, en casa...

DOÑA MARÍA. - (Suspirando.) ¡Entonces; no es nada!... (Buscando a Carmen con la mirada.) ¿Dónde está Carmen? (A Carmen, que ha entrado por la izquierda y se acerca a ella.) ¡Te perdono, hija, te perdono! (Le coloca la mano encima de la cabeza en actitud de protección.)

PEPA. - (Con acritud.) ¿La perdona?... ¿y qué es lo que ha hecho? (Mirando a Carmen con irritación.) ¡Cuándo no!

DOÑA MARÍA. - (Con aire resignado.) Nada... nada... se acabó. (Suspira, y después a Manuela con vos triste.) ¿Qué estás comiendo?

MANUELA. - Queso.

DOÑA MARÍA. - (Después de suspirar fuertemente otra vez.) Dame un poquito. (Manuela le da lo que tiene en la mano y doña María come, mientras Petrona vase corriendo por la izquierda, como si se volviera al balcón.)

PEPA. - (A Manuela.) ¿Querés que arreglemos la pieza?

MANUELA. - Bueno.

DOÑA MARÍA. - (Suspirando.) Y yo tengo que lavar el piso de la cocina... ¡qué trabajo!

PEPA. - Pero, mama, deje que lo lave la cocinera.

DOÑA MARÍA. - (Siempre melancólica.) Sí, pero tengo que estar... (A Pepa.) Andá, traeme los botines de Morales para no mojarme los pies. (Mientras Pepa vase por el foro, se sienta doña María y se prepara, discretamente, a sacarse los botines que tiene puestos. Después golpean las manos hacia la derecha.)

MANUELA. - (Echándose un poco para atrás y haciendo como que mira el sitio donde golpean las manos.) ¡Ahí está Rocamora!

DOÑA MARÍA. - (A Manuela, con precipitación y poniéndose de pie.) ¡Pronto! ¡Que entre! (Mientras Manuela se dirige hacia la derecha, a Carmen, que ha querido huir, con voz suplicante.) Por favor, Carmen, no estés seria con Rocamora... (Marcando el tono de súplica.) ¡Reíte un poco! (Carmen, resignada, se queda inmóvil.)

MANUELA. - (Hablando hacia el exterior.) Entre, Rocamora, entre... (Extiende la mano, inclinando el cuerpo como si indicara el paso a alguien que viniera de afuera.)


Telón

Acto segundo

La misma decoración del acto anterior. Carmen se encuentra cosiendo en escena. De cuando en cuando interrumpe su tarea llevándose el pañuelo a los ojos, para continuarla después silenciosamente. Al cabo de un momento aparece por el foro la cocinera llevando sobre el brazo algunas piezas de ropa blanca y sale sin decir nada por la izquierda. Un momento después aparece por el foro Linares y se detiene al entrar.
LINARES. - (Desde el foro.) ¿Podría usted proporcionarme una aguja?

CARMEN. - (Levantando los ojos de la costura y tratando de sonreír.) ¡Cómo no! ¿Para qué la quiere?

LINARES. - (Adelantándose hacia Carmen.) Tengo que darle una puntada a esta corbata... (Muestra una corbata que trae en la mano.)

CARMEN. - (Extendiedo la mano) Traiga yo se la daré.

LINARES. - No, ¡no hay necesidad de que usted se moleste!...

CARMEN. - (Insistiendo.) Pero si nada me cuesta. Démela.

LINARES. - (Entregándole la corbata.) Muchas gracias. (Mientras Carmen examina la corbata y se prepara a coser, Linares se sienta a cierta distancia frente a ella y después de un momento en que Carmen cose.) ¿Y su mamá?

CARMEN. - (Sin levantar los ojos.) Salió a tiendas con las muchachas. (Después de una pausa, sin dejar de coser.) ¿Qué le pasó a usted anoche al entrar?

LINARES. - (Sonriendo.) ¡Ah! ... ¿me sintió usted? ¡Fue una maceta que me llevé por delante!

CARMEN. - (Sin levantar la vista.) ¡Es tan angosta la galería!...

LINARES. - (Sonriendo.) Bueno... ¡y como yo todavía no conozco bien el camino!... Anoche he salido por primera vez después de dos semanas.

CARMEN. - (Interrumpiéndole con cierta sorpresa y levantando los ojos.) ¿Dos semanas ya?

LINARES. - (Sonriendo.) ¡Cómo no! Mañana hace dos semanas que me mudé.

CARMEN. - (Después de pensar un momento.) Es verdad, fue un viernes... ¡tiene razón! (Mientras continúa cosiendo.) ¡No parecía!... (Después de una pausa.) ¿No le hace a usted daño escribir tanto?

LINARES. - ¡Qué voy a hacer! Lo necesito... (Sonriendo.) Vivo de lo que escribo.

CARMEN. - Ya está. (Señalando la corbata.) ¿Quiere que cosa el forro también?

LINARES. - (Sonriendo.) Si no es abuso...

CARMEN. - (Haciendo un movimiento de hombros.) ¡Bah!... (Sonriendo mientras examina la corbata.) ¡Aquí se ve la mano de usted!

LINARES. - (Riendo.) ¿Por qué?

CARMEN. - (Riendo.) ¡Por lo mal cosido que está!

LINARES. - (Riendo.) ¡Pues se equivoca! Esa mano no es la mía.

CARMEN. - (Con risueña sorpresa.) ¿No? (Examinando la corbata con más atención.) De mujer no es...

LINARES. - (Haciendo con la cabeza una señal afirmativa.) ¡Y nada menos que de mi novia...! ¡figúrese!

CARMEN. - (Riendo.) ¡Caramba!... discúlpeme entonces.

LINARES. - (Riendo.) ¡No hay de qué!

CARMEN. - (En tono de broma.) Bueno... estarían ustedes conversando mientras ella cosía... ¿no es eso? (Vuelve a ponerse a coser.)

LINARES. - (Sonriendo.) Es muy posible...

CARMEN. - Así se explica...

LINARES. - (Sonriendo.) No conversemos entonces; no sea que esta costura también salga mal...

CARMEN. - (Con repentina gravedad y como si bruscamente se pusiera en guardia.) No es el mismo caso. (Linares la mira sorprendido y un tanto desconcertado, mientras Carmen sigue cosiendo.)

MORALES. - (Entrando por la derecha.) Buenas tardes.

CARMEN. - (Levantando apenas la vista para seguir después su tarea.) Buenas tardes.

LINARES. - ¿Cómo?... ¿Ya está de vuelta?

MORALES. - (Malhumorado.) Salí sin unos apuntes que necesito para la clase de la tarde. ¿No ha venido nadie?

LINARES. - ¡Que yo sepa!

MORALES. - (A Carmen, con cierta nerviosidad.) ¿A que no sabe, Carmen, a quién he visto hace un rato, como viniendo para aquí?

CARMEN. - ¿A quién? (Lo mira dejando de coser.)

MORALES. - ¿No se le ocurre?

CARMEN. - No.

MORALES. - (Irónico.) Adivine...

CARMEN. - (Sonriendo y mientras se dispone a continuar la costura.) No, ¡es mucho trabajo! (En otro tono a Linares, mostrándole la corbata.) Voy a dar vuelta esta parte... ¿no le parece? (Linares hace una señal de asentimiento y Carmen cose.)

MORALES. - (Insistiendo y con creciente ironía que comienza a ser agresiva.) ¿No adivina entonces?

CARMEN. - (Con cierto fastidio.) ¡Déjese de zonceras, hombre!

MORALES. - (Con brusquedad.) ¡Eso es! ¡Enójese ahora!... ¡Como si yo tuviera la culpa!... ¡Me parece que no es por mí por quien viene!...

LINARES. - (Sonriendo.) Pero, ¿de quién se trata?

MORALES. - (Agresivo.) De un amigo de Carmen... ¡uno que se mueve como con cuerda y habla con tanta solemnidad que parece que estuviese siempre de luto! (Cambiando de tono, a Linares que sonríe.) ¡Hombre!, usted lo conoce; ese que cuando anoche estábamos en la puerta vimos entrar con un chico que traía unas cajas al hombro...

CARMEN. - (Haciendo una exclamación de dolor.) ¡Ay!...

LINARES. - (A Carmen.) ¿Qué?... (Va a ponerse de pie.)

CARMEN. - (Llevándose el dedo a la boca.) Nada, me he pinchado.

MORALES. - (Cada vez más agresivo.) ¿Y qué diablos trae en esas cajas, Carmen? ¡Porque es curioso!... ¡Nunca lo he visto sin el chico y las cajas!... ¡Parecen San Rafael, Tobías y el pescado!

CARMEN. - (Visiblemente molesta, poniéndose de pie y extendiendo a Linares la corbata.) Ahí tiene la corbata, señor Linares.

LINARES. - (Tomándola) Gracias.

(Carmen se dirige sin decir nada a salir por la izquierda.)

MORALES. - (Después de un momento de indecisión, adelantándose unos pasos hacia la izqquierda.) ¡Carmen!

CARMEN. - (Deteniéndose) ¿Qué?

MORALES. - (En tono de arrepentimiento.) ¿Se ha enojado?

CARMEN. - (Sin poder disumular su fastidio.) ¡No hombre, no! (Vase por la izquierda y Morales hace un gesto de abatimiento.)

LINARES. - (Después de ver salir a Carmen.) Amigo Morales, ha estado usted mal. ¡Lo desconozco!

MORALES. - (Abatido) Sí... ¡Y lo peor es que sin razón!... ¡porque yo mismo lo comprendo, la pobre no tiene la culpa!... (Exaltándose.) Pero... ¡qué quiere! ¡es que no puedo! Me da rabia de verla tan... ¡qué sé yo! Tan paciente... tan sumisa...

LINARES. - ¿Quién es el individuo?

MORALES. - (Con abatimiento.) Un tal Rocamora, dueño de un registro. (Con rabia.) ¡Una bestia a quien le da por los regalos y que se ha empeñado en volcar aquí todas las porquerías que no le sirven en su casa!

LINARES. - Pero... ¿y Carmen?

MORALES. - (Con amargura.) ¡Carmen!... Carmen no le hace caso, pero ¡bah!... ¡para él no valen ni los desprecios ni los desaires! Suceda lo que suceda continúa impasible, firme en sus trece y convencido del resultado; pues en su caletre no cabe que nadie pueda resistirse a la larga a un hombre que regala, vuelve a regalar y continúa regalando... Así lo entiende y no hay quién le haga comprender otra cosa. ¡Dígame si no es irritante!...

LINARES. - (Riendo.) ¡Curioso!...

MORALES. - (Indignado.) El hecho es que tiene encantada a la familia y que no sale de aquí. Lo mismo que el dentista Barroso... ¿Todavía no se ha visto usted con Barroso? (Linares hace un gesto negativo.) ¡Pues ése es otro!... No hace más que reírse, ¡de todo se ríe! ¿De veras no lo ha visto?... (Con rabia.) ¡Dan ganas de pegarle para ponerlo triste!

LINARES. - (Con malicia.) ¡Hum!... ¡me parece que ha de bastar ser pretendiente de Carmen para no caerle a usted en gracia!

MORALES. - (Un tanto desconcertado.) ¿A mí?... ¡No, hombre! ¡A mí qué me importa!... ¡Es que me indignan!... ¡En dos años he visto desfilar a tantos!... ¡Ahora son éstos, mañana serán otros, y la pobre Carmen es la víctima!... (Con arranque.) ¡Es que usted no sabe!... ¡pero, esa vieja!... ¡¡¡ esa vieja!!!

LINARES. - (Riendo.) ¡Pero, hombre! A1 fin es lo natural. Querrá casar a la hija...

MORALES. - (Sarcásticamente.) ¿Casarla?... ¡no sea usted inocente!... ¡Dios la libre a Carmen de pensar en casarse! Si mañana llegara a tener interés por alguno, la madre sería la primera en no dejarlo poner los pies más aquí. ¡No ve que casándose Carmen se concluye el filón y la casa se derrumba!...

LINARES. - (Sorprendido.) Pero, entonces... (Se detiene no atreviéndose a concluir la frase.)

MORALES. - (Rápidamente.) ¡Ah! ¡no!, eso no. No confundamos...

LINARES. - ¡Pues, no entiendo!...

MORALES. - Sí, yo antes tampoco lo entendía, pero así es... (Con mucha intención y amargura golpeándole el hombro.) Aquí, amigo, sólo se compran amabilidades y sonrisas; tienen su precio... ¡como que de eso se vive! Lo que sí que esas sonrisas son con frecuencia simples muecas con que se trata de contener las lágrimas que quieren brotar...

LINARES. - (Sentido.) Me lo imagino. La pobre Carmen...

MORALES. - (Marcando mucho.) La pobre Carmen vive en una continua rebelión y en un constante sometimiento. No puede sublevarse del todo. Lo intenta, lo quiere; pero no puede... ¡la voluntad brutal de la madre concluye por dominarla siempre!...

LINARES. - (Mirando hacia la derecha.) Parece que hay gente... (Ambos miran hacia la derecha y escuchan. Después se oye golpear las manos.)

MORALES. - (En alta voz.) Adelante. (Nadie responde.)

LINARES. - No le han oído...

MORALES. - (Acercándose hacia la derecha y asomándose por la puerta.) Adelante.

(Aparece Castro por la derecha.)

CASTRO. - (A Morales.) ¿Cómo está? (Le da la mano.) ¿Y la señora?

MORALES. - Ha salido.

CASTRO. - (Desconfiado.) Salido... ¿de veras?

MORALES. - Sí, hombre, ¡sí! Ha salido.

CASTRO. - ¿No podría hablar con la señorita Carmen?

MORALES. - Tampoco está.

CASTRO. - (Con desaliento.) ¡Pues, amigo, esta gente me tiene loco!... ¡Ya no sé qué hacer!

MORALES. - (Conciliador.) Hay que tener un poco de paciencia. Espérese unos días, cuando cobren la pensión es posible que...

CASTRO. - (Interrumpiéndolo.) ¡No, hombre, no! ¡Si es una pura embrolla!... ¡ya lo estoy viendo!... ¡no me van a pagar!

MORALES. - (Sin convicción.) ¿Pero, por qué ha de creer eso?

CASTRO. - (Con abatimiento.) ¡Y lo peor es que yo también voy a ir a la calle, pues he faltado a mi deber esperando más de lo que debía! (Con un gesto de resignación.) ¡En fin!... Yo lo he hecho por la señorita Carmen... ¡que si no!... (Con cierto reproche.) Pero ella también ha procedido mal, porque... (Transición.) Bueno... hasta la vista. (Hace ademán de irse.)

MORALES. - (Por decir algo.) Cuando lleguen les diré que ha venido usted.

CASTRO. - (Con sorna.) Sí, ¡lo van a sentir mucho!... (Vase por la derecha.)

MORALES. - (Acercándose a Linares y cruzándose de brazos.) ¡Ya lo ve usted! ¡Siempre Carmen!... ¡Y en todo es lo mismo!

LINARES. - (Con curiosidad.) Pero, dígame, ¿y las hermanas, las otras muchachas?...

MORALES. - (Haciendo un gesto significativo.) ¡¡¡¡Uf!!!...

LINARES. - ¿Siguen a la madre?

MORALES. - Manuela es una tilinguita, usted la ha visto, una tilinguita hipócrita y nada más; pero la otra ¡la Pepa!... (Con cómico terror.) ¡Dios lo libre de la Pepa, amigo! Imagínese usted una mujer que hasta ahora no ha encontrado, ni por casualidad, un hombre que le diga una palabra; pero así, ¡como lo oye! Ni uno solo, ¿entiende?... ¡calcule cómo será!... ¡Es claro!... ya no es una mujer, ¡es una fiera!... (Linares ríe.) ¡No, no se ría!... Muerde y araña como cualquier perro o cualquier gato... ¡póngasele a tiro y verá!

LINARES. - (Riéndose.) Por lo pronto, no he conseguido todavía que me conteste cuando le doy las buenas tardes.

MORALES. - (Encogiéndose de hombros.) ¡Qué va a contestar!... (Bruscamente.) ¡No, de veras! ¡No es broma! ¡A esa mujer hay que encontrarle un novio; de otro modo nos va a devorar!...

LINARES. - (Riéndose.) ¡Vaya una familia!

MORALES. - (Con amarga ironía.) Usted escribe novelas, ¿no?

LINARES. - (Sonriéndose.) Novelas, no.

MORALES. - Bueno, cuentos... (Señalando hacia la izquierda.) Pues ahí tiene tema para uno. Llámelo "Flor de Pantano". (Dirigiéndose hacia el foro.) Voy a buscar los apuntes para la clase. (Vase por el foro.)

LINARES. - (Mirando hacia la izquierda y con tristeza.) ¡Pobre muchacha!... (Se dirige después hacia el foro y en el momento en que va a salir golpean las manos hacia la derecha. Se detiene y volviendo la cabeza.) ¡Adelante!

BARROSO. - (Apareciendo por la derecha y deteniéndose al entrar.) ¿La señora de Barranco?... (Ríe imbécilmente.)

LINARES. - (Sin moverse de su sitio.) No está, señor.

BARROSO. - ¡Cómo! ¿Que no está? (Ríe lo mismo.)

LINARES. - (Resolviéndose a aproximarse y un tanto sorprendido.) ¡Pues, hombre!... No estando... ¿qué le ve usted de extraño?

BARROSO. - ¡No!, ¡si digo, nomás!... (Ríe.)

LINARES. - (Después de observarle un momento, bruscamente y mirándolo con fijeza.) ¡Ah!... Usted se llama Barroso... ¿no?

BARROSO. - (Riendo.) Sí, señor. Leónidas Barroso... ¿en qué me ha conocido?

LINARES. - (Sonriendo.) ¡Se me ocurre, no más!...

BARROSO. - (Riendo.) ¡Ya sé! ¿Le habrán hablado de mí?...

LINARES. - Sí, mucho.

BARROSO. - (Riendo y muy contento.) ¿Quién?... ¿quién?... Diga quién...

LINARES. - (Serio.) ¿Conque buscaba usted a la señora?

BARROSO. - Sí, señor... (Riendo.) Pero, ¿usted quién es? (Lo examina con curiosidad.)

LINARES. - Pues la señora ha salido.

BARROSO. - (Serio.) ¡Caramba! ¿Y las muchachas? (Ríe.)

LINARES. - También.

BARROSO. - (Con pena.) ¡Pero vea!... y yo que les traía unos encargos que me habían hecho... (Muestra unos paquetes que trae en la mano.)

LINARES. - Si quiere usted dejarlos... (Le señala un mueble como indicando que puede dejarlos encima de él.)

BARROSO. - (Vacilando.) No, más bien volveré. ¿No sabe usted si tardarán mucho? (Linares hace un gesto indicando que no sabe.) Bueno... no importa, volveré. (Extendiéndole la mano.) Adiós, señor, ¿eh?... mucho gusto. (Ríe.)

LINARES. - (Acompañándolo hasta la puerta de la derecha.) Adiós, señor Barroso, que le vaya bien.

BARROSO. - (Aclarando.) Leónidas, Leónidas Barroso. (Riendo.) ¿Y usted quién es?

LINARES.- (Palmeándolo familiarmente.) Adiós, ¡eh!... adiós. (Lo empuja hacia afuera hasta hacerlo desaparecer y se dirige después hacia el foro, por donde bruscamente aparece Morales, que viene sin cuello de camisa y sin corbata, visiblemente irritado.)

MORALES. - (Mostrando algo que trae en la mano.) ¡¡Pero no ve, hombre!!... ¡¡Si da una rabia!!... ¡me han puesto a la miseria la brocha de afeitar!

LINARES. - (Aproximándose.) ¿Qué le han hecho?

MORALES. - Llena de pintura verde. ¿No ve?

LINARES. - (Riendo.) Me explico. Hoy vi a Pepa pintando las tinas del patio... ¡Debe ser eso!...

MORALES. - (Exasperado.) ¡Es claro!... ¡la han agarrado de pincel! ¡¡Si no digo!!... ¡¡Esta familia!! (Con exaltación.) ¡¡Ah!!, si no fuera porque no quiero... (Dirigiendo una mirada hacia la izquierda) ...porque no puedo irme, ¡mañana mismo me mandaba mudar!...

LINARES. - (Con malicia.) ¿Y por qué no puede?... (Con sorna.) ¡¡Con irse!!

MORALES. - (Con fastidio.) ¡Eso es! ¡Venga a embromar usted también!... (Se dirige a salir por el foro.)

LINARES.- (Gritándole.) ¡Oiga!... ¿Sabe quién vino?

MORALES. - (Deteniéndose.) ¿Quién?

LINARES. - Barroso.

MORALES. - (Volviéndose precipitadamente.) ¿Barroso? ¿y dónde está?... (Mira alarmado hacia la izquierda.)

LINARES. - (Sonriendo.) Se fue. Le dije que no había nadie.

MORALES. - (Con entusiasmo.) ¡Muy bien hecho! (Le estrecha efusivamente la mano.)

LINARES. - (Retirando con viveza la mano.) ¡Eh!... ¡cuidado con la pintura!...

MORALES. - ¡No, hombre, no! (Con fastidio oyendo que golpean las manos hacia la derecha.) ¡Ahí golpean otra vez! (Vase bruscamente por el foro levantándose las solapas del saco.)

(Mientras Linares se adelanta, aparecen simultáneamente Rocamora por la derecha y Carmen por la izquierda.)
ROCAMORA. - (Saludando con la cabeza a Linares.) Buenas tardes. (Apercibiendo a Carmen, cuya presencia en escena no ha notado todavía Linares y adelantándose hacia ella.) ¿Cómo está, Carmencita? (Le da la mano.)

CARMEN. - (Llamando a Linares, que al apercibirse de la presencia de Carmen ha intentado retirarse por el foro.) Señor Linares... (Presentando a Rocamora.) El señor Linares, el señor Rocamora...

ROCAMORA. - (Solemne y afectado , dándole la mano.) Mucho gusto, señor. (A Carmen.) ¿La señora y sus hermanitas?...

CARMEN. - Han salido.

LINARES. - (Haciendo una inclinación de cabeza.) Con el permiso de ustedes. (Hace ademán de retirarse por el foro.)

CARMEN. - (Vivamente.) ¡Señor Linares! (Linares se detiene y Carmen vacila como si no supiera qué decirle.) Vea, hágame el favor; dígale a Morales que venga un momento. (Linares hace una señal de asentimiento y vase por el foro.)

ROCAMORA. - (Con solemnidad, después de salir Linares.) ¿Quién es ese joven? (Hace ademán de ir a tomar una silla para sentarse.)

CARMEN. - El nuevo inquilino. (Nerviosamente y quedando de pie.) Mire, Rocamora, discúlpeme; pero... no estando mi madre ni las muchachas, me parece que lo natural... (Se detiene vacilando.)

ROCAMORA. - (Deteniéndose antes de llegar a sentarse y demostrando extrañeza.) ¿Qué?...

CARMEN. - (Más resuelta.) Que volviese usted cuando ellas estuvieran.

ROCAMORA. - (Decepcionado.) ¡Como a usted le parezca! Pero le diré que no veo el motivo...

CARMEN. - (Vacilando.) Usted comprende, estando sola...

ROCAMORA. - (Con fastidio.) Acaba usted de llamar al estudiante, y justamente la he encontrado acompañada por ese otro (Señala el foro) que, al fin y al cabo... En fin, no sé. ¡Pero si ellos están, no veo por qué no puedo estar yo!...

CARMEN. - (Con firmeza.) Morales y Linares son nuestros inquilinos. Viven aquí, están en su casa.

ROCAMORA. - (Ofendido.) Bueno... bueno... me iré entonces...

(Transcurre un instante en que Rocamora la mira fijamente sin moverse del sitio y sin demostrar intención de irse. Después la cocinera entra por la izquierda y se dirige a salir por el foro.)

CARMEN. - (Impetuosamente a la cocinera.) ¡Dígale a Morales que lo estoy esperando! (La cocinera vase por el foro.)

ROCAMORA. - (Después de hacer un gesto de fastidio se dirige a tomar su sombrero, que ha dejado encima de una silla, y volviendo enseguida a Carmen y en tono de reproche.) ¿Que le pareció a usted la sombrilla de anoche?

CARMEN. - (Con voz contenida.) ¡Ah!, a propósito, Rocamora... ¿No le he pedido a usted que me haga el favor de no traerme nada? ¿Por qué se empeña en hacerlo?

ROCAMORA. - (Meloso.) ¡Oh!... ¡tratándose de usted, Carmen!...

CARMEN. - (Conteniéndose.) ¡Pero, si no es eso!... Desde que yo se lo pido, desde que le digo que no quiero que me traiga nada (con energía) , que no quiero...

ROCAMORA. - Lo hago con tanto gusto...

CARMEN. - (Con impaciencia.) ¡Pues aunque lo haga usted con gusto!... ¡Desde que yo me opongo!...

ROCAMORA. - Para mí no es sacrificio.

CARMEN. - (Exasperada.) ¡Ah! ¡qué duro!, ¡qué duro es usted!... (Se pasea ,nerviosamente.)

ROCAMORA. - (Sin inmutarse.) ¡Bah!... Usted sabe que la quiero, y al fin he de convencerla.

CARMEN. - (Exasperada, encarándose con él.) ¿Usted?... ¿Usted?...

ROCAMORA. - (Sonriendo con afectación.) Sí, yo Carmencita, yo. (Enfáticamente.) Si no soy rico, por lo menos...

CARMEN. - (Con extraordinaria violencia.) ¡Nunca!... ¡nunca! ¡Entiéndalo usted bien!... ¡Primero cualquier cosa!... ¡todo!... ¡menos casarme con usted!

ROCAMORA. - (Imperturbable.) No crea, no crea... (Se sonríe con fatuidad.)

LINARES. - (Asomando por el foro.) Señorita Carmen, me pide Morales que lo disculpe. Se está vistiendo. (Hace ademán de retirarse.)

CARMEN. - (Impetuosamente.) ¡Entre, señor Linares! Hágame el favor, espérese. (Linares se adelanta entonces algunos pasos. Durante un instante los tres personajes guardan silencio. Rocamora no parece resuelto a irse. Carmen, en actitud de espera, no oculta su extrema violencia y Linares, después de dirigir una significativa mirada a ambos, se decide tranquilamente a tomar asiento y adopta una posición cómoda, demostrando a las claras que está dispuesto a esperar todo el tiempo que sea necesario para que Rocamora se vaya.)

ROCAMORA. - (Bruscamente, pero sin abandonar su solemnidad.) ¡Perfectamente! ¡Servidor de ustedes! (Se coloca ruidosamente el sombrero y vase por la derecha.)

LINARES. - (Que se ha puesto de pie siguiendo con la mirada a Rocamora.) He comprendido. La presencia de ese hombre la estaba molestando a usted.

CARMEN. - (Muy excitada y estrujándose nerviosamente las manos.) ¡Sí, señor!... Sí, me molesta, ¡me desespera! y ya no puedo... ¡no puedo más!

LINARES. - Pero... ¿Por qué no se lo dice usted claramente?

CARMEN. - (Con desesperación.) ¡Si se lo he dicho!... ¡hasta el cansancio se lo he dicho!, pero ¡es inútil! ¡Oh! ¡usted no lo conoce!... Insiste e insistirá siempre, ¡convencido que con sus regalos va a comprar poco a poco mi voluntad! (Exaltándose.) ¡Y si él supiera el efecto que me hacen! ... (Con extrema exaltación.) ¡Hay momentos en que desearía ser hombre para darle de bofetadas!... (Cubriéndose el rostro con las manos y rompiendo a llorar, mientras se deja caer sobre una silla profundamente abatida.) ¡Dios mío!... ¡Dios mío! ¡qué desgraciada soy!...

LINARES. - (Aproximándose a Carmen.) Vamos, ¡no sea niña! Levante esa cabeza, no llore... ¡No hay que afligirse así! (Carmen sigue, sollozando.) (Aparece Morales por el foro, concluyendo de atarse la corbata y muy apurado. Al apercibirse de la actitud de Carmen se acerca a ella precipitadamente.)

MORALES. - ¿Qué es eso? ¿Qué tiene Carmen?

CARMEN. - (Poniéndose de pie y enjugándose las lágrimas.) Nada Morales, no es nada. (Se dirige a salir por la izquierda.)

MORALES. - (Afligido y siguiéndola.) ¿Cómo nada? ¿Por qué llora? (Volviéndose a Linares, al ver que Carmen sin responder vase por izquierda.) ¿Qué le ha pasado?

LINARES. - No sé, parece que ha tenido una escena con el individuo ése... el Rocamora.

MORALES. - ¡Ah! ¡canalla!... pero, ¡cómo! ¿Estaba Rocamora aquí cuando Carmen me llamó? (Con exaltación al ver una señal afirmativa que hace Linares con la cabeza.) Y, ¿por qué no me lo dijo, hombre?... ¿por qué no me lo dijo?... (Se pasea nerviosamente y haciendo ademanes de indignación.)

LINARES. - (Sonriendo.) ¿Para qué?, ¿para qué nos hubiera dado un espectáculo viniéndose en camisa?...

PETRONA. - (Entrando por la derecha.) Buenas tardes. (Al ver que nadie le contesta.) Buenas tardes...

LINARES. - Buenas tardes.

PETRONA. - ¿No está tía? (Ante una señal negativa de Linares.) Bueno, con permiso. (Se dirige hacia la izquierda.)

MORALES. - (Con irritación.) ¿Ya se va al balcón?

PETRONA. - (Deteniéndose.) Sí, ¿y qué tiene?

MORALES. - (En el mismo tono.) ¿A buscar novio?

PETRONA. - (Deteniéndose.) Sí, ¿y qué tiene?

MORALES. - (Remedándole la voz.) No, no tiene nada. ¡Vaya no más!... (Mientras haciendo un gesto de fastidio Petrona se va por la izquierda.) ¡¡¡Cretina!!!... (Se pasea desordenadamente.)

LINARES.- (Riendo.) ¡Hemos quedado muy nerviosos, amigo Morales!

(Entran por la derecha doña María, Pepa y Manuela. Estas dos últimas vienen discutiendo en voz alta.)

MANUELA. - ¡Ah, sí! ¡Cómo no! ¡Ya lo creo!

PEPA. - (Rabiosamente.) ¡Ya verás! ¡Ya verás! ¿Qué te has creído?

MANUELA. - ¡Estás fresca! ¡Cómo no!

DOÑA MARÍA. - (A gritos y cortando la discusión.) ¡Basta! (A Manuela.) Andá ligero a preparar el mate. Vengo muerta de sed. (A Morales v a Linares, mientras se saca la gorra.) ¿Ustedes aquí? (Manuela se va por el foro sacándole la lengua a Pepa, mientras Morales y Linares se acercan a doña María. Pepa se precipita sobre la canastilla de costura que había utilizado Carmen al principio del acto.)

PEPA. - (Muy irritada.) ¡No ve!, ¡ya han andado con mi canasta de costura! (Enfurecida aproximándose hacia la izquierda, después de examinar la canastilla ligeramente.) ¡Carmen!...

LINARES. - (A doña María.) Todavía no he ido por la imprenta, señora. Así que no tengo las invitaciones...

PEPA. - (Enfurecida asomándose por la izquierda.) ¡¡¡Carmen!!!

DOÑA MARÍA. - Bueno, tráigamelas mañana. No sea como este embrollón... (Señala a Morales.)

MORALES. - (Secamente.) Embrollón, ¿por qué?...

PEPA. - (Volviéndose hacia doña María y exasperada al ver que Carmen no ha respondido.) ¡Ahí tiene!... ¿ve? ¡Carmen me ha andado revolviendo la costura!... (Muestra la canastilla que tiene en la mano.) ¿No dice usted que son invenciones mías?

DOÑA MARÍA. - (Fastidiada.) ¡Bueno, hombre, bueno! ¡Qué tanto alboroto! ¡Vaya una cosa del otro mundo!...

PEPA. - (Enfurecida.) ¡Es que sabe que no quiero y lo hace de gusto por hacerme rabiar!

LINARES. - (Muy amablemente.) Señorita, yo, tal vez, tengo la culpa.

PEPA. - (Interrumpiéndole con violencia y adelantándose hacia él.) ¿Usted también? ¡Venga a disculparla ahora!... ¿qué tiene que mezclarse usted? Diga... ¿qué tiene que mezclarse?

LINARES. - (Sorprendido y retrocediendo.) Pero, es que...

DOÑA MARÍA. - (Imperiosa a Pepa y desde lejos.) Te mando que te calles la boca. ¿Entiendes?

MORALES. - (Acercándose al oído a Linares.) ¡Mire que muerde!...

PEPA. - (Dirigiéndose enfurecida a Morales.) ¿Qué le está diciendo en voz baja? ¡Usted es un zonzo! ¿sabe? ¡Ya le he dicho que no se meta conmigo...

DOÑA MARÍA. - (Irritada.) ¡Pepa!

MORALES. - (Indignado y avanzando hacia Pepa.) ¡Sí! Y a título de que soy zonzo, pinta usted las tinas del patio con mi brocha de afeitar... ¿no es cierto?

PEPA. - (Encarándose con él.) Yo no he pintado nada, ¿entiende?... Yo no necesito nada de lo suyo, ¿sabe?... ¿Qué es lo que se ha creído?

MORALES. - (A gritos.) Y yo le digo que sí ha pintado. ¡Y también le digo que no volverá a pintar, porque ya estoy hasta aquí! (Se señala la frente.) ¿Comprende?... ¡hasta aquí!

PEPA. - (Enfurecida y desafiándolo.) ¿Y qué?... ¿y qué?...

DOÑA MARÍA. - (A gritos, a Pepa, mientras se interpone entre los dos.) ¡Callate la boca! (A Morales en igual forma.) ¡Y usted también! (Aprovechando un silencio.) ¿Qué se han imaginado? ¿Que así no más me van a faltar al respeto?... (Transición después de un momento en que Morales y Pepa se han dirigido miradas de rencor sin decir nada.) ¡¡Parecen chicos! ! (A Linares y muy calmada.) ¿Qué le parece?... ¡Tamaños zánganos peleándose como criaturas!... (A Pepa, imperiosa.) Andá a llamar a tu hermana Carmen. (Con mucha naturalidad, a Linares.) Siéntese, Linares. (Le señala un asiento.)

(Mientras Pepa vase en silencio por la izquierda sin cesar de dirigir miradas de indignación a Morales, que le corresponde en igual forma, doña María toma asiento y la imita Linares. Morales queda de pie.)

MANUELA. - (Apareciendo por el foro.) Mama, hay poca yerba.

DOÑA MARÍA. - (Muy amable a Linares.) ¿Usted es aficionado al mate?

LINARES. - (Sonriendo.) Sí, señora, suelo tomar.

DOÑA MARÍA. - (Insinuante.) ¿Por qué no va entonces hasta el almacén de la esquina y se trae un poco de yerba? Tomaremos unos matecitos... ( Morales se da vuelta con un ataque de risa que inútilmente intenta contener y doña María no cesa de dirigirle miradas de irritación.)

LINARES. - (Sonriendo.) No hay inconveniente, señora. (Metiendo la mano en el bolsillo.) Pero, ¿no sería lo mismo que fuese la cocinera? (Saca dinero.)

DOÑA MARÍA. - (Apresuradamente.) Sí, ¿por qué no? lo mismo es. (A Manuela, señalando el dinero que tiene en la mano Linares y sin descuidar a Morales, que por ratos vuelve a reír.) Decile a Gertrudis que se traiga un kilo de yerba. (Mientras Manuela toma el dinero de manos de Linares.) ¿Le gusta con azúcar quemada?

LINARES. - (Sonriendo.) ¡Como lo tomen ustedes! ¡Me es igual!...

DOÑA MARÍA. - (Apresuradamente a Manuela.) Entonces que traiga un kilo de azúcar también. (Mira nuevamente a Morales, mientras Manuela vase por el foro y después con mucha tranquilidad a Linares.) ¡Yo no sé qué le pasa a esta muchacha! Desde hace días tiene algo extraño... (Con intención.) ¿No se lo ha notado?

LINARES. - (Con sorpresa.) ¿Yo?... no, señora.

DOÑA MARÍA. - (Mirándolo de reojo y con intención.) Yo creo que está enamorada.

MORALES. - (Estallando de risa.) ¿Quién está enamorada? ¿Manuela?

DOÑA MARÍA. - (Con acritud a Morales.) ¿Y por qué no ha de estarlo? ¿Cree usted que la pobrecita no puede enamorarse como cualquiera? (Con fastidio, viendo que Morales no cesa de reír.) ¡No sé a qué viene esa risa!... (Fulminándolo con la mirada.) ¡Vaya una pavada!

LINARES. - (Interviniendo.) Bueno, ¡como yo la conozco tan poco!...

DOÑA MARÍA. - ¡Es claro, si se lo pasa escribiendo en su cuarto!... (En tono de amable reconvención.) Es usted muy poco sociable; pero con nosotros déjese de cumplimientos y véngase todos los días a tomar mate.

LINARES. - (Sonriendo.) Muchas gracias.

MORALES. - (A Linares, soltando a reír otra vez.) Aquí a la vuelta hay una yerba muy rica. Apenas se dobla la esquina... (Acompaña a la palabra el ademán.)

DOÑA MARÍA. - (Con mucha rabia.) ¡Gracioso!... ¡Serán todos como usted!... ¡que es Nuestra Señora del Triunfo! (Entra la cocinera por el foro y vase por la derecha.)

PEPA. - (Entrando por la izquierda.) Ya va a venir Carmen. (Se sienta aislada a la izquierda y en actitud que revela mal humor.)

DOÑA MARÍA. - (A Pepa.) Pero, acercate, mujer... ¿por qué te vas tan lejos?

PEPA. - (Malhumorada.) Déjeme, estoy con dolor de cabeza.

DOÑA MARÍA. - (A Morales.) Morales, ¿quiere ver por qué no viene Manuela con el mate?

MORALES. - ¡Pero si recién sale! No tiene tiempo...

DOÑA MARÍA. - (Insinuante.) No importa, vaya.

MORALES. - ¡Pero si recién sale!

DOÑA MARIA. - No importa, ¡hágame el favor!

MORALES. - Pero...

DOÑA MARÍA. - (Sulfurándose.) ¡Le digo que vaya! (A Linares en tono confidencial, mientras Morales haciendo un gesto de rabia obedece yéndose por el foro.) Pues esta muchacha me tiene preocupada. Fíjese y verá: está pálida, triste...

LINARES. - (Con aparente ingenuidad.) Le habrá hecho daño alguna cosa.

DOÑA MARÍA. - (Impacientándose.) ¡No, hombre! ¡No es eso lo que le digo! (Lo mira con recelo, pero se tranquiliza ante su impasibilidad.) Me refiero a cierta clase de preocupaciones... Esta tarde, sin ir más lejos, nos han ido siguiendo dos jóvenes muy bien que la festejan. ¡Pues ni por casualidad se ha dado vuelta para mirarlos! (A Pepa.) ¿Cómo es que se llama el rubio, Pepa?

PEPA. - (Siempre displicente.) ¿Qué rubio?

DOÑA MARÍA. - El de Manuela.

PEPA. - (En igual tono.) Ruiz.

(Entra Manuela con el mate y se dirige a Linares.)

DOÑA MARÍA. - (A Linares.) ¿No ve? Ruiz. El sobrino del ministro Ruiz...

MANUELA. - (Con ingenuidad a doña María.) ¿Quién? ¿el rubio?... ¡No, mama!, lo han criado en la casa. (Ofrece el mate a Linares.)

DOÑA MARIA. - (Con fastidio a Manuela.) ¡Qué sabés vos, mujer!

MORALES. - (Cruza apresuradamente el foro a derecha, mirando el reloj.) ¡No alcanzo la clase!

DOÑA MARÍA. - (Gritándole.) ¡No se olvide de lo que me prometió! (Morales desaparece por la derecha.)

LINARES. - (Devolviendo el mate a Manuela.) Muchas gracias, señorita.

MANUELA. - (Con zalamería.) ¿Estaba a su gusto? (Toma el mate.)

LINARES. - (Sonriendo.) ¡Como de sus manos!

MANUELA. - (Riendo.) ¡Gracias! (Se dirige a salir por el foro.)

DOÑA MARÍA. - (Que ha observado con malicia la escena.) ¡Manuela! (Manuela se detiene.) Quedate vos; que siga cebando Pepa. (A Pepa imperiosamente.) Vení, Pepa. seguí cebando. (Se ha puesto de pie y colocada un poco detrás de Linares hace señas a Manuela indicándole que debe sentarse al lado de éste.)

PEPA. - (Displicente.) ¿Yo?...

DOÑA MARÍA. - (Terminantemente.) Sí, vos. (Pepa de mala gana se dirige al sitio donde ha quedado parada Manuela. Doña María pasando por detrás de Manuela y muy rápidamente mientras la empuja hacia Linares.) ¡Contribuí siquiera con la yerba! (Se dirige hacia la izquierda por donde aparece en ese momento Carmen.)

MANUELA. - (A Linares, aproximándose y entregando al pasar el mate a Pepa, que vase por el foro.) ¡Ah!... me olvidaba de decirle que hoy estuvieron a buscarlo. (Se le sienta al lado.)

LINARES. - ¿A mí?... ¿quién? (Siguen conversando en voz baja.)

(Entra la cocinera por la derecha trayendo unos grandes paquetes y sale por el foro.)

DOÑA MARÍA. - (Secamente a Carmen.) ¿Por qué has tardado tanto?

CARMEN. - Estaba arreglando una ropa.

DOÑA MARÍA. - Encontramos a Rocamora en la calle. ¿No has querido recibirlo? ¿No?

CARMEN. - (Con fastidio.) ¡Desde que estaba sola!

DOÑA MARÍA. - ¡Jesús! ¡Ni que te fuera a comer!... (Amenazadora.) Ahora va a venir a tomar mate. ¡Cuidado con lo que hacés! ¿Eh?

MANUELA. - (A doña María en voz alta y muy admirada.) ¡Mama! ¿Sabe quién es el joven que estuvo esta mañana?

DOÑA MARÍA. - (Acercándose a ella mientras Carmen se sienta aislada en el sitio que antes ocupó Pepa.) ¿Quién? (Entra Pepa por el foro con un mate que le da a doña María.)

MANUELA. - Un diputado amigo del señor Linares.

DOÑA MARÍA. - (Haciendo un movimiento de sorpresa y acercándose a Linares.) ¿Amigo suyo?

LINARES. - Sí, señora, hemos sido condiscípulos.

DOÑA MARÍA. - (Con ansiedad.) ¿Pero, entonces usted podría hacerme aumentar la pensión? (Devuelve el mate a Pepa que vase por el foro.)

LINARES. - Lo intentaré por lo menos...

DOÑA MARÍA. - (Agitada.) ¡Pero hombre de Dios! ¡Y no decía usted nada!... (llamando a Carmen.) ¡Carmen! (A Manuela imperiosamente.) ¡Salí vos de ahí! Andá, seguí cebando mate. (A Carmen, mientras Manuela hace un gesto de contrariedad y se va por el foro.) ¿Has oído? El señor Linares va a hacernos aumentar la pensión. Explícale bien de lo que se trata. (La toma del brazo y la quiere hacer sentar en la silla que ha dejado vacía Manuela.) Explícale... (Impaciente viendo que Carmen no se sienta.) ¡Sentate mujer, sentate!

LINARES. - (Apresurándose a ponerse de pie viendo la situación violenta de Carmen.) Tenemos tiempo, señora.

DOÑA MARÍA. - (Alarmada.) ¿Se va?

LINARES. - Voy hasta mi cuarto a corregir unas pruebas.

DOÑA MARÍA. - (Solícita.) ¿No necesita que le ayuden?

LINARES. - (Sonriendo.) No, señora, no.

DOÑA MARÍA. - Pero se va a ocupar de nosotras, ¿no es cierto que se va a ocupar? Lo ha prometido...

LINARES. - Sí, señora, esté tranquila. (Saluda y se dirige hacia el foro.)

DOÑA MARÍA. - (Afectuosamente.) ¡Y no trabaje tanto que se puede enfermar! (Solícita.) Si precisa algo, avise... (Linares sonríe, saluda y vase por el foro.)

DOÑA MARÍA. - (Apresuradamente a Carmen y en tono de súplica.) ¡Carmencita! ¿Te das cuenta? ¡Es preciso, es preciso que este hombre nos haga aumentar la pensión! ¡Yo te lo suplico, Carmencita!

CARMEN. - Pero, ¡y qué quiere que yo haga!

DOÑA MARÍA. - (Insinuante.) ¡Ser de otro modo, mujer! ¡No ponerle esa cara de vinagre con que ahuyentás a la gente! ¡Sé amable, reíte un poco!... (Con mucha suavidad.) Pero, ¿es posible que alguna vez no entrés en razón? Pensá en tu pobre madre que está enferma y vieja, que pocos años le quedan de vida, y que nada te cuesta complacerla! ¿Lo harás?... ¿no es verdad que lo harás?

CARMEN. - (Confusa.) ¡Pero si yo no sé qué!...

(Por el foro entra Manuela con el mate y doña María se lo toma bruscamente de las manos.)

DOÑA MARÍA. - (Extendiéndole el mate a Carmen.) Andá, llevale este mate.

CARMEN. - (Protestando.) Pero, mama. ¡Si estará en su cuarto!...

DOÑA MARÍA. - (Tranquilamente y con el brazo estirado.) ¡Y qué importa!... Se lo alcanzás desde la puerta, andá.

CARMEN. - (Resistiendo y sin tomar el mate.) Pero, mama...

DOÑA MARÍA. - (Imperiosamente.) Vamos, pronto, ¡andá! (Carmen no parece decidirse, cuando se presenta por la derecha Rocamora.)

ROCAMORA. - Aquí me tienen ustedes. (Asomándose después hacia el exterior.) Entra...

CARMEN. - (Después de echar una rápida ojeada a Rocamora, arrebatándole el mate de las manos a doña María y con mucha resolución.) ¡Traiga! (Vase bruscamente por el foro.)

DOÑA MARÍA. - (Muy amable.) Adelante, adelante. (Se dirige hacia Rocamora seguida por Manuela, en tanto que aparece por la derecha un muchacho trayendo al hombro una caja de cartón.)

ROCAMORA. - (Al muchacho.) Dejala allí. (Señala una silla sobre la que el muchacho deposita la caja.) Andá no más. (El muchacho vase por derecha y Rocamora mira después a su alrededor como buscando a alguien, mientras doña María y Manuela observan con curiosidad la caja sin decir nada.)

DOÑA MARÍA. - (Después de un momento de espera.) Siéntese, pues; lo estábamos esperando. (Siéntanse los tres personajes y en ese momento aparece por el foro Pepa y se detiene al entrar, contrariada por encontrarse con Rocamora.)

PEPA. - ¡¡Oh!!!... (Vacila entre irse o quedarse.)

DOÑA MARÍA. - (Que la apercibe.) Entrá, Pepa, entrá.

PEPA. - (De mal humor.) Buenas tardes. (Toma asiento en el otro extremo del salón, en el sitio que ocupó antes y adopta una actitud de absoluta indiferencia para el resto de los personajes.)

ROCAMORA. - Me pareció ver a Carmen al entrar...

DOÑA MARÍA. - (Muy amable.) Ya viene. Es que se ha empeñado en prepararle ella misma el mate... ¡Está lo más contrariada por no haberlo podido recibir hoy!

ROCAMORA. - (Disimulando su despecho.) ¡Oh!... ¡qué importa!

DOÑA MARÍA. - (Con zalamería:) ¡Como en esta casa se le quiere a usted tanto!... ¡Todo el día se habla de usted! Carmen con la sombrilla de anoche está encantada, no sabe qué hacer... (Mira disimuladamente a la caja.)

MANUELA. - (Con aspavientos.) ¡Como que es preciosa! ¡También tiene usted un gusto!... (Junta las manos en señal de admiración y mira a la caja.)

ROCAMORA. - (Echándose para atrás.) ¡Psh!, el hábito, la costumbre...

DOÑA MARÍA. - ¡Ah! ¡eso sí! ¡Todos sus regalos son del mejor gusto! ¡Yo no sé cómo hace usted para elegir tan bien! ... (Quiere mirar a la caja y se contiene.) Siempre lo estamos diciendo. ¿No es verdad, Pepa?

PEPA. - (Desde su sitio y displicente.) ¿Qué?...

DOÑA MARÍA. - (Expresiva.) Los regalos de Rocamora... ¡tan bonitos!

PEPA. - (Con displicencia.) Sí, muy bonitos.

ROCAMORA. - (Tratando de sonreír sin abandonar su importancia.) Es mi lado flaco. ¡Toda la vida me ha dado por los regalos! (Con mucho énfasis.) ¡Psh!... al fin es un placer como otro cualquiera. (A doña María.) ¿No le parece?... ¡Desde que se puede!

DOÑA MARÍA. - (Con muchos aspavientos.) ¡Ya lo creo! ¡Es lo que yo siempre digo! ¡Se goza regalando! (Hace un movimiento con los brazos, como quien tira un montón de cosas por delante.)

ROCAMORA. - (Mirando hacia el foro y tratando de sonreír.) Pero, ¿saben ustedes que se hace esperar el mate?

DOÑA MARIA. - (Con calma.) Es que debe estar quemando el azúcar... ¡Esta Carmen es tan prolija!

BARROSO. - (Apareciendo bruscamente por la derecha con un montón de paquetes y deteniéndose al entrar.) Buenas tardes. (Ríe imbécilmente.)

DOÑA MARÍA. - - (Levantándose bruscamente y precipitándose sobre Barroso.) ¡Ah! ¿lo trajo? Justamente iba a mandar para allá! (Al acercársele, en voz baja.) ¡Estamos con un loco! ¡Salga ligero! (Barroso, con cara de susto, mira a Rocamora por encima del hombro de doña María y desaparece por la derecha retrocediendo seguido de doña María que sale también.)

ROCAMORA. - (A Manuela.) ¿Quién en ese hombre?

MANUELA. - (Vacilando.) No sé, no lo conozco. (A Pepa.) Pepa, ¿no lo conocés vos?

PEPA. - (Displicente siempre.) Yo no.

ROCAMORA. - (Con mucha solemnidad.) Tiene cara de asesino.

MANUELA. - (Fingiéndose asustada.) ¡Ay!... ¿de veras? ¿Le parece?... (Se pone de pie.)

ROCAMORA. - (Muy grave.) ¡Por lo que he visto no me gusta nada!

MANUELA. - ¡Pobre mama! Voy a ver... (Va a dirigirse por la derecha cuando aparece por ésta doña María.)

DOÑA MARÍA. - (Trayendo en los brazos los paquetes de Barroso y con mucha naturalidad.) ¡Estas tiendas están imposibles! (Aludiendo a los paquetes.) Unas compras de esta mañana, que recién me las traen. (A Manuela.) Tomá, Manuela, llevá estas compras para adentro.

MANUELA. - (Que se ha adelantado a recibir los paquetes, en voz baja.) ¿Qué le dijo?

DOÑA MARÍA. - (Aparte y rápidamente.) Que era un pariente loco que le daba por pegar. (Manuela vase con los paquetes por la izquierda y doña María vuelve a su asiento.)

ROCAMORA. - (Muy grave.) Pues el mate no llega... (Mira hacia el foro.)

DOÑA MARÍA. - (Con calma.) ¡Oh!... no puede tardar. (A Pepa.) Pepa, ¿por qué no le recitás a Rocamora esas versos tan bonitos que sabés?

PEPA. - (Sorprendida.) ¿Yo?

DOÑA MARÍA. - (Muy seria.) Naturalmente, hija. ¡Si recitás muy bien!... Vení, ¡dejate de vergüenzas!... (Pepa la mira asombrada y no sabe si enojarse o no. Termina por hacer un gesto y vuelve a su actitud de indiferencia.)

LINARES. - (Entrando por el foro y dirigiéndose a salir por la derecha llevando el sombrero en la mano.) Buenas tardes. (Vase por la derecha y Rocamora no contesta.)

DOÑA MARIA. - Buenas tardes. (A Manuela que aparece por la izquierda y con mucha resolución.) Andá, decile a Carmen que venga enseguida, que se deje de tantos preparativos, que no la vamos a criticar. (Manuela vase por el foro.)

ROCAMORA. - (Secamente.) Ese joven que salió es el nuevo inquilino, ¿no?

DOÑA MARÍA. - (Con aparente desdén.) ¿Ese?... sí, el inquilino.

ROCAMORA. - ¿Cómo se llama?

DOÑA MARÍA. - Linares...

ROCAMORA. - ¿Es argentino?

DOÑA MARÍA. - Creo que sí.

ROCAMORA. - ¿En qué se ocupa?

DOÑA MARÍA. - En nada. Escribe... (Rocamora saca ceremoniosamente una libreta de apuntes y toma notas sin levantar los ojos. Entretanto entra muy apresurada Manuela por el foro y le dice algo muy rápido en el oído a doña María. Esta se levanta y vase por el foro, mientras Manuela se sienta en la silla que aquélla deja vacía.)

ROCAMORA. - (Mientras sigue escribiendo.) ¿Cuántos años tiene?

MANUELA. - (Sorprendida.) ¿Quién?

ROCAMORA. - (Dándose cuenta.) ¡Ah!... (Continuando el interrogatorio.) ¿Cuántos años tiene el nuevo inquilino?

MANUELA. - ¿Cuántos les parece? Tendrá veinticinco, treinta y cuatro... (Rocamora escribe.)

ROCAMORA. - ¿Soltero?

MANUELA. - ¡Naturalmente!

ROCAMORA. - ¿Sabe leer?

MANUELA. - (Hace un gesto de ignorancia y después.) Escribir sabe... (Rocamora anota.)

ROCAMORA. - ¿Ha estado alguna vez preso?

MANUELA. - (Azorada.) Yo no sé.

ROCAMORA. - (Guardando la libretita muy ceremoniosamente.) ¡Cuando hable con él dígale que lo tengo reventado!...

MANUELA. - ¿Por qué?... ¿por qué?... (Rocamora hace un movimiento con la mano como indicando que hay que darle "tiempo al tiempo".)

(Aparece por el foro Carmen con un mate en la mano y seguida por doña María, que la viene empujando con disimulo.)

DOÑA MARÍA. - (Triunfante.) ¿No le decía yo? ¡Empeñada en lucirse con usted!... Aquí la tiene... (Rocamora sin mirar a doña María ni a Carmen y haciéndose el que no nota su presencia, se levanta de pronto y con aire solemne, con la manifiesta intención de producir un golpe teatral, dirígese lentamente al sitio en que está colocada la caja a que antes se ha hecho referencia; la toma después y en actitud majestuosa se aproxima al sitio donde está Pepa y la coloca delante de ella.)

ROCAMORA. - (Solemne.) Esto es para usted, Pepa. (Se inclina ceremoniosamente.)

PEPA. - (Poniéndose de pie bruscamente y con azoramiento.) ¿Para mí?... ¿para mí?...

ROCAMORA. - (Tratando de ser lo más suave posible.) Sí, para usted.

(Doña María, Carmen y Manuela han permanecido inmóviles a la distancia, presenciando curiosamente la escena. Pepa, con una gran nerviosidad, abre la caja y saca de ella un lujoso botón que levanta en alto y examina ávidamente.)

PEPA. - (Con voz un poco temblorosa por la emoción.) ¿Es para mí?

ROCAMORA. - (Galantemente.) ¡Esto y todo cuanto usted quiera! (Echa una rápida mirada hacia Carmen, lo más disimulada posible.)

PEPA. - (Con voz emocionada.) Muchas gracias, Rocamora, muchas gracias. (Se aleja unos pasos y se deja caer sobre una silla.)

DOÑA MARÍA. - (Azorada, a Manuela y mientras Carmen se adelanta con el mate en la mano.) ¿Qué quiere decir esto?

CARMEN. - (A Rocamora, ofreciéndolo el mate.) ¿Quiere un mate, Rocamora?

ROCAMORA. - (Haciéndose el sorprendido y aparentando desdeñosa indiferencia.) ¡Ah!... ¿es usted, Carmen? (Toma el mate, lo chupa y devolviéndoselo enseguida.) Está frío, gracias. (Sin preocuparse más de ella se dirige hacia Pepa, a quien habla en voz baja y con mucha afectación.)

DOÑA MARÍA. - (A Carmen, que pasa hacia el foro llevando e1 mate.) ¡A las mil maravillas, hija!... ¡Con Linares iba a ser una complicación!

(Carmen sonríe y vase por el foro. Doña María se lleva después el dedo a los labios indicando a Manuela que lo que corresponde es guardar silencio, yendo ambas a sentarse juntas en el extremo opuesto, desde donde observan siempre a Rocamora y a Pepa, aparentando conversar entre ellas.)

PEPA. - (A Rocamora en voz baja y emocionada y con mirada tierna.) ¡Fíjese en lo que está diciendo!

ROCAMORA. - (Con calor.) ¡Es que es así, Pepa!

PEPA. - (Con voz temblorosa.) ¡No, no es cierto! ¡Me está usted engañando, Rocamora!

ROCAMORA. - (Con pasión.) ¡Yo se lo juro! (Dirige una rápida ojeada al grupo, deseoso de ver si Carmen está presente. Doña María y Manuela, que desde un instante antes guardan silencio, se ponen inmediatamente a conversar, disimulando.)

PEPA. - (Mirando a Rocamora, siempre lánguidamente.) Y entonces, ¿por qué?... (Se detiene.)

ROCAMORA. - ¿Qué?

PEPA. - (Con ansiedad.) ¿Por qué todo hacía suponer otra cosa?

ROCAMORA. - (Haciéndose el sorprendido.) ¿Otra cosa?

PEPA. - (Con suavidad.) ¡Oh!... ¡Usted sabe muy bien lo que le digo! (Entra Carmen por el foro con el mate y se lo ofrece a doña María.)

ROCAMORA. - (Después de convencerse con una rápida ojeada de la presencia de Carmen.) ¡Pero, cómo!... ¿y ha podido creer usted en eso?... (Con vehemencia y accionando mucho para aparentar gran interés en lo que debe suponer Carmen que está diciendo.) ¡Si yo, Pepa, hace mucho que he deseado vivamente el momento feliz de podérselo decir!... (Rápida mirada a Carmen.) ¡Si he ansiado la oportunidad de poder expresarle todo lo que siento, revelando este secreto, Pepa, que ya no podía contener más tiempo! Si yo (nueva ojeada a Carmen) la quiera a usted en silencio desde el primer momento que la vi. (Carmen recibe el mate de manos de doña María y vase por el foro.) Desde aquella tarde, Pepa, en que entrando usted al registro me pareció que el sol había entrado, que todo era luz, y que por todas partes... (Rápida ojeada que le permite asegurarse de la ausencia de Carmen, lo que apaga bruscamente su inspiración. Después, sin entusiasmo.) Desde entonces, Pepa...

PEPA. - (Que lo ha escuchado con arrobamiento.) ¡Ah!... ¡no me engañe, Rocamora! ¡No me engañe!... ¡:Sería un crimen que me engañara usted!

ROCAMORA. - (Tendiéndole la mano.) ¡No diga usted eso! Hasta mañana. (Recobra su solemnidad habitual.)

PEPA. - (Tendiéndole la mano.) Hasta mañana. (Se pone de pie y lo sigue, mientras Rocamora se aproxima a doña María y a Manuela, que parecen estar muy entretenidas en una conversación que no les permite apercibirse de nada.)

ROCAMORA. - (Solemnemente a doña María.) Me voy, señora.

DOÑA MARÍA. - (Haciéndose la sorprendida.) ¡Ah!... ¡tanto gusto, Rocamora! (Le da la mano.)

ROCAMORA. - Adiós, Manuela. (Se dirige hacia la derecha y de pronto dase vuelta y con afectación mira a los lados. Después, aparentando indiferencia.) No nada, es que no me acordaba si estaba Carmen aquí... (Saluda ceremoniosamente y vase.)

(Inmediatamente después de salir Rocamora, doña María y Manuela corren hacia la caja que contiene el batón, al que comienzan las dos a examinar nerviosamente. Entre tanto Pepa ha quedado en pie cerca de la puerta derecha, con la vista fija en el suelo y revelando una profunda preocupación.)

PEPA. - (Después de un momento de silencio y con la cara resplandeciente de felicidad.) ¡Ay!... mama... mama... ¡qué contenta estoy!

DOÑA MARÍA. - (Preocupada, examina el batón.) ¡Y tenés razón! ¡Porque es precioso!

MANUELA. - (Ocupada en lo mismo.) ¡Lindísimo!

PEPA. - (Con voz desfallecida.) ¡No!... mama, no. ¡No es por eso!... (Se deja caer sobre una silla y a pesar de tener la cara sonriente y expresando gran contento, se lleva el pañuelo a los ojos para contener las lágrimas que de ellos brotan.)

DOÑA MARÍA. - (Después de mirarse con Manuela demostrando asombro, se acerca unos pasos seguida de ésta.) ¿Qué tenés? (Pepa sin contestar apoya la cabeza sobre los brazos y llora en silencio, lo que hace detenerse a la distancia a doña María y a Manuela, que revelan estupor. Después Manuela quiere precipitarse sobre Pepa y doña María la detiene con el brazo extendido.) ¡Dejala! ¡Ni cuando murió su padre la había visto llorar!...


Telón

Acto tercero

La misma decoración del acto anterior. Se oye la voz de doña María que gradualmente viene aproximándose y llamando a Manuela.

DOÑA MARÍA. - (Apareciendo por el foro.) ¡Manuela! (Haciendo un gesto al ver aparecer a Manuela por la izquierda.) ¡Al fin, mujer!... ¿De dónde salís? Desde hoy te estoy llamando.

MANUELA. - No la he oído, estaba en el balcón.

DOÑA MARÍA. - ¿Pero vos te lo pasás todo el día en el balcón.

MANUELA. - (Sonriendo.) ¡Está en la esquina el morocho ese.

DOÑA MARÍA. - (Remedándole la voz.) ¡El morocho gordo!... (En tono desdeñoso.) ¡Bonito mamarracho!

MANUELA. - (Con fastidio.) ¡Oh!... ¿y qué quiere o hay otro?... ¡Qué fastidio!¡Siempre con lo mismo!

DOÑA MARÍA. - Bueno, andá, ayudá a tu hermana Pepa.

MANUELA. - ¿Dónde está?

DOÑA MARÍA. - Amasando las tortas fritas que le prometió a Rocamora. Andá a ayudarla. (Manuela vase por el foro y doña María se dirige hacia la izquierda) ¡Carmen! (Repitiendo el llamado.) ¡Carmen! (Golpean las manos a la derecha y y entonces doña María se dirige hacia ella.) ¡Adelante!

(Aparece por la derecha Jenaro.)

DOÑA MARÍA. - ¡Ah!... ¿sos vos?... ¿qué hay?

JENARO. - Dice el señor Barroso que conforme despache a un cliente que lo está embromando va a venir a tomar mate.

DOÑA MARÍA. - Bueno, decile que lo esperamos, y que no se olvide de lo que prometió. (Hace ademán de despedir a Jenaro, pero éste parece indeciso y no se va.) ¿Qué esperás?

JENARO. - (Vacilando.) ¿Y la niña Carmen? (Levantándose sobre la punta de los pies mira hacia la izquierda, por sobre el hombro de doña María.)

DOÑA MARÍA. - ¿Qué querés con Carmen?

JENARO. - (Resolviéndose.) Es que me dijo que a escondidas le diera esto. (Con mucho trabajo saca del pecho un ramito de violetas que trae oculto.)

DOÑA MARÍA. - (Tomándolo.) ¿Violetas?... Bueno, lo mismo es... Andate. (Jenaro desaparece por la derecha y doña María se aproxima a la puerta de la izquierda mientras huele desdeñosamente el ramito.) ¡Papanatas!... (Asomándose por la puerta izquierda.) ¡Carmen!

(Aparece Carmen por la izquierda.)

DOÑA MARÍA. - ¿No has oído que te llamaba?

CARMEN. - (Con suavidad.) Estaba vistiéndome.

DOÑA MARÍA. - (Extendiéndole ,el ramito.) De parte de Barroso. (Carmen sin decir nada, toma el ramito, lo arroja a la distancia y queda impasible mirando a doña María, que a su vez sin enojarse y con toda calma, se acerca a recogerlo y lo vuelve a tirar hacia el exterior por la puerta izquierda.) Tiralo por lo menos adentro, para que cuando venga no lo vea. (Volviéndose hacia Carmen, con naturalidad.) ¿No le has preguntado a Linares si necesita algo?

CARMEN. - No, mama; tenía la pieza cerrada.

DOÑA MARÍA. - (Con naturalidad.) Golpeale la puerta. ¡Andá!

CARMEN. - (Con impaciencia.) Pero, ¿para qué?

DOÑA MARIA. - (Imperativa.) ¡Te digo que vayás! ¡Qué tanta pregunta!

CARMEN. - (Suplicante.) Pero oiga, mama, oiga... ¡Me está usted haciendo hacer cosas que al mismo Linares le chocan! (Ante un movimiento de impaciencia de doña María.) ¡Si no es para que se enoje!... Pero escuche, ¡haga el favor (Doña María parece resignarse a escuchar.) Durante estos últimos días he estado yendo a su pieza a cada rato. ¡Y siempre con pretextos ridículos!... ¿Usted cree que él mismo no se da cuenta? ¡Si me lo dice, mama!... ¿Sabe lo que me dijo ayer? ¡Que me tenía lástima!

DOÑA MARÍA. - ¿Lástima? ¿Y por qué te va a tener lástima?

CARMEN. - ¡Porque ve! ¡Porque comprende! ¡Porque no es como los otros, mama!... ¡Eso es lo que usted no quiere entender!

DOÑA MARÍA. - (Desdeñosamente ¡Pues no sé que tenga de distinto a los demás!... Lo que es a mí, hijita, me parece igual a todos.

CARMEN. - (Con convicción.) ¡Oh!... ¡no es lo mismo! (Mueve la cabeza para uno y otro lado.)

DOÑA MARÍA. Con desdén.) ¡Bah!... (Maliciosamente.) ¿Te ha dicho algo?

CARMEN. - ¿Algo de qué? (Doña María sonríe con malicia y Carmen comprendiendo hace una señal negativa con la cabeza.)

DOÑA MARÍA. - (Incrédula.) ¿No te ha hecho el amor? (Con sorpresa ante otra señal negativa de Carmen.) ¿No?

CARMEN. - No, y precisamente por eso le estoy agradecida.

DOÑA MARÍA. - (Desconcertada.) Pues, hijita, ¡no entiendo!... (Incrédula.) Pero, entonces, ¿cómo se ha ocupado del asunto de la pensión? Ya ves, en sólo quince días ya tiene el despacho favorable...

CARMEN. - ¿Y qué tiene que ver? ¿No le digo que es distinto a los demás?... (Doña María hace con la cabeza una señal de incredulidad.) Ya ve, se ha empeñado en que copie los originales que escribe... ¡Imagínese las copias que haré! Pues él no me dice nada, me deja hacer; pero estoy segura que lo único que se propone es que aprenda a escribir... ¡Para eso sirven mis copias!

DOÑA MARÍA. - (Sin dejarse convencer.) Sí, pero muy bien que de esa manera hemos conseguido que se tome interés por nosotros.

CARMEN. - Hubiera hecho lo mismo sin necesidad de estas cosas.

DOÑA MARÍA. - ¡Eso no lo sabemos!... (En otro tono). Y como ahora es preciso que se trate el asunto en la Cámara, dejate de zonceras (Empujándola suavemente.) y andá, hijita, ¡andá!

CARMEN. - (Queriendo resistir.) Pero, escuche, mama...

DOÑA MARÍA. - (Perdiendo la paciencia e imperiosamente.) ¡Te digo que vayás! ¡¡Oh!!

(Carmen hace un gesto de resignación y vase por el foro. Aparece Petrona por derecha.)

PETRONA. - (Corriendo a abrazar a doña María y muy contenta.) ¡Ahora va a venir!

DOÑA MARÍA. - (Con extrañeza.) ¿Quién?

PETRONA. - (Alarmada.) ¿Cómo quién?... ¡mi novio! (Con ansiedad.) ¿Qué, no le dijo nada Manuela?

DOÑA MARÍA. - (Recordando.) ¡Ah, sí!... ¡ni me acordaba!

PETRONA. - (Volviendo a recuperar la alegría.) Está en la esquina y espera una seña desde el balcón. (Se frota las manos de contento.)

DOÑA MARÍA. - (Recapacitando.) Despacio, despacio y vamos a cuentas... Quiere decir que vos tenés un novio y que, con el pretexto de venir a coser con las muchachas, querés verte aquí con él, ¿no es eso?

PETRONA. - Sí, pues, sin que mama sepa nada.

DOÑA MARÍA. - (Categórica y resolviendo el punto.) Pues no puede ser.

PETRONA. - (Angustiada.) ¿No? ¿Por qué?

DOÑA MARÍA. - Porque me vas a meter en un lío con tu madre, y yo no quiero líos.

PETRONA. - (Afligida.) ¡¡Tía!!... ¡si usted lo conociera!... ¡es tan decente!... ¡tan bueno!...

DOÑA MARÍA. - (Desconfiada.) Y entonces, ¿por qué no lo quiere tu madre?

PETRONA. - ¡Por nada!... ¡por capricho!

DOÑA MARÍA. - ¿En qué se ocupa?

PETRONA. - Es de un diario.

DOÑA MARÍA. - (Con un poco más de interés.) ¡Ah!... ¿periodista? (Marcando el interés.) ¿No sabés si escribe en la "vida social"

PETRONA. - Eso no sé.

DOÑA MARÍA. - (Después de meditar un momento.) No, hijita, ¡no puede ser! (Da por terminada la conversación, pero Petrona va a insistir, cuando aparece por el foro Pepa trayendo una fuente de tortas y seguida por Manuela.)

PEPA. - (Riendo.) ¡Ya no hay más que freírlas! (Mostrando la fuente.) ¡Miren qué lindas!...

(Manuela ha corrido hacia Petrona y ambas conversando animadamente se dirigen hacia la izquierda y de pronto, como si hubieran tomado una brusca resolución, salen por ésta, corriendo.)

DOÑA MARÍA. - (A Pepa, examinando las tortas.) Muy bien, muy bien, ¡cuidado con quemarlas ahora!

PEPA. - (Riendo.) ¡Qué esperanza! ¡Ya va a ver!... (Se dirige hacia el foro.) ¡De chuparse los dedos!...

DOÑA MARÍA. - (Antes de que llegue a salir.) ¿Y Carmen?

PEPA. - (Deteniéndose.) Conversando con Linares. (Resolviéndose de pronto a volver.) ¡Ah!... Desde hace días quería decírselo: me parece que Linares se ocupa demasiado de aconsejar a Carmen. ¡Quién sabe qué cosas le está metiendo en la cabeza!...

DOÑA MARÍA. - ¿Aconsejarla?... ¿Qué le aconseja?

PEPA. - Ayer al pasar oí que le decía que, aunque se lo mandasen, no debía hacer eso...

DOÑA MARÍA. - ¿Qué?

PEPA. - ¡Ah! ¡yo no sé de lo que estarían hablando!

DOÑA MARÍA. - (Con preocupación.) ¡Bah!... ¡bah!... Dejate de pavadas, y a ver si te apurás con las tortas...

PEPA. - ¡Oh! enseguida están, ya verá. (Vase por el foro, mientras entran corriendo por la izquierda Manuela y Petrona.)

MANUELA. - (Riendo.) ¡Ahí sube!

DOÑA MARÍA. - ¿Quién?

PETRONA. - ¡Mi novio!

MANUELA. - ¡El novio!

DOÑA MARÍA. - (Con enojo.) ¿Qué?... ¿Y por qué han hecho eso?

PETRONA. - (Abrazándola.) ¡Sí, tía, si! ¡No sea mala!

PÉREZ. - (Apareciendo por la derecha y deteniéndose al entrar, en actitud encogida.) Servidor... (Da vueltas el sombrero entre las manos.)

PETRONA. - (Entusiasmada.) ¡Entrá! (Corrigiéndose.) Entre, entre. (Señalando a doña María.) Esta señora es mi tía.

PÉREZ. - (Volviendo a saludar desde lejos y siempre cohibido.) Mucho gusto.

DOÑA MARÍA. - (A Petrona y con fastidio, después de haber estado observando a Pérez curiosamente.) ¿Este es tu novio?

PETRONA. - Sí, tía. (A Pérez, con impaciencia, comprendiendo que su empaque lo está perjudicando.) ¡Pero, entre, hombre, entre! (Pérez adelanta un paso.)

DOÑA MARÍA. - (Con retintín.) ¿Conque usted es periodista?

PÉREZ. - (Con dejo de compadre.) Por lo menos de la familia... ¡Soy tipógrafo!

DOÑA MARÍA. - (Dirigiendo una furibunda mirada a Petrona.) ¡Ya decía yo!

PÉREZ. - (En igual forma.) Y en mis ratos desocupados me dedico a la fotografía. ¡Tengo gran afición!

DOÑA MARÍA. - (Sin oírlo bien, tratando de asumir una actitud digna) . Pues lo que ustedes pretenden es imposible. Si mi cuñada se opone a las relaciones de ustedes, no es justo que yo las favorezca. ¡Al fin es la madre y tiene derecho! Así que ya sabe... (Hace un movimiento con el brazo señalando la salida.)

PETRONA. - (Angustiosamente.) ¡Tía!... ¡tía!... (La abraza.) ¡Por favor!

MANUELA. - (Suplicante.) ¡Déjelos, mama!

DOÑA MARÍA. - (Con energía.) ¡No y no! ¡sería faltar a mi deber! (Hace un ademán majestuoso.)

PÉREZ. - (Socarrón.) ¿Y ni me permitirá, siquiera, que les forme un grupo?

MANUELA. - (Saltando de alegría.) ¡Sí, mama, un grupo!

DOÑA MARÍA. - (Con extrañeza.) ¿Grupo?... ¿grupo de qué?

PÉREZ. - Un retrato, señora ¿No le digo que soy un gran aficionado? Me vengo con la maquinita, y en un momento, ¡zás!... ¡en todas las posturas!

DOÑA MARÍA. - (Agradablemente sorprendida.) ¡Cómo!... ¿nos puede retratar?

PÉREZ. - (Riendo.) ¡Ya lo creo! ¡Mejor que Vicón!

MANUELA. - (Con aspaviento.) ¡Si vieras qué bien, mama!...

DOÑA MARÍA. - (Animándose.) Ah, eso sí... ¿por qué no? (Con arranque.) ¡Pero, entonces, hombre!... ¿a qué salió con la pavada del tipógrafo? ¡Hubiera empezado por ahí, por lo del grupo!

PETRONA. - (Apresuradamente) ¡Venite mañana a las tres!

DOÑA MARÍA. - (En tono de reproche.) ¡Niña!... ¿qué es eso?

PETRONA. - (Muy compungida y corrigiéndose.) Venga si puede a las tres.

PÉREZ. - (Riendo.) ¡Aquí estaré con la maquinita! ¡Vayan pensando en las posturas! (Saluda con la cabeza y va a salir.)

DOÑA MARÍA. - (Con mucho interés.) No vaya a olvidarse, ¿eh?...

PÉREZ. - (Riendo.) ¡Qué esperanza!... (Vase por la derecha conteneándose compadronamente.)

DOÑA MARÍA. - (Después de salir Pérez, con naturalidad a Petrona.) Hija, has tenido una buena idea. (Transición.) Acompáñenme a matar el grillo que estuvo gritando anoche; vamos a echar agua en el zócalo.

MANUELA. - (Adelantándose, mientras doña María y Petrona se dirigen hacia la izquierda.) ¡Voy primero un ratito al balcón! (Vase por la izquierda corriendo.)

PETRONA. - (Abrazando bruscamente a doña María.) ¡Cuánto la quiero! ¡Qué buena es usted! (Demuestra una gran nerviosidad.)

DOÑA MARIA. - (Separándola con fastidio.) ¡Dejate de pavadas! (Ambas vanse por la izquierda.) (Aparece Rocamora por la derecha y lo sigue un muchacho trayendo unas cajas.)

ROCAMORA. - (Al muchacho, después de cerciorarse que no hay nadie.) Esperame afuera. El muchacho vuelve a salir por la derecha, llevándose las cajas

CARMEN. - (Aparece por el foro y se detiene sorprendida al encontrar a Rocamora.) ¿No saben que está usted aquí? (Apresuradamente.) Voy a avisarles. (Hace ademán de salir por la izquierda.)

ROCAMORA. - (Adelantándose en forma brusca.) ¡Oiga, Carmen! (Carmen se detiene.) ¿Continúa usted pensando lo mismo?

CARMEN. - (En tono de amenaza, pero conteniendo la risa.) Se lo cuento a Pepa... ¿eh? (Lo amenaza con el dedo.) No continúe.

ROCAMORA. - (Con despecho.) Déjese usted de Pepa y conversemos... ¿quiere?

CARMEN. - (Siempre en tono de cómica amenaza.) A la primera palabra voy y se lo digo todo. (Señala hacia el foro.)

ROCAMORA. - No, no lo hará usted.

CARMEN. - (Riendo.) ¿Que no?... ¡Lo va usted a ver! (Hace ademán de salir por el foro.)

ROCAMORA. - (Alarmado.) ¡Oiga, Carmen, oiga! (Carmen se detiene y Rocamora queda un tiempo silencioso mirándola fijamente.) ¡Qué buen humor tiene usted ahora! ¡Desde hace pocos días la he visto reír por primera vez!

CARMEN. - (Entre seria y risueña, suspirando con fuerza.) ¡Oh!... ¡Rocamora! ¡Es que usted no puede darse cuenta de lo que significa verse libre de usted!... Ahora la tengo a Pepa... ¡cuidado!

ROCAMORA. - (Con amargura.) Otras causas debe haber también. La noto a usted muy distinta.

CARMEN. - (Un tanto confusa.) ¿A mí? ¡vaya! (Transición.) Bueno, mire que Pepa le ha prohibido conversar conmigo, ¿eh?... ¡Ahora no más viene! (Mira hacia el fondo.)

ROCAMORA. - (Mirando al foro también y con cierta alarma.) Sí, no avise nada, volveré más tarde. (Suspira con fuerza y retrocede unos pasos hacia la derecha.)

CARMEN. - (Burlonamente.) Hasta luego, entonces.

ROCAMORA. - (Deteniéndose antes de salir y queriéndola tentar.) ¡Si viera usted qué encajes más bonitos traigo ahí!... (Señalando hacia la derecha.) ¡Son una maravilla!

CARMEN. - (En tono burlón.) Déselos a Pepa.

ROCAMORA. - (Con pasión y avanzando otra vez.) ¡Carmen!... ¡Carmen!...

CARMEN. - (Dándose rápidamente vuelta hacia el foro y gritando.) ¡Pepa! ¡Pepa!

ROCAMORA. - ¡No! ¡No! (Vase bruscamente por la derecha y Carmen queda riendo.)

(Entra por la izquierda doña María seguida de Petrona.)

DOÑA MARÍA. - ¿Qué grito ha sido ése? (Transición al apercibirse de la risa de Carmen.) ¡Che!... ¡che!... ¡che!... ¿Te estás riendo sola? (Mira a los lados.) ¡Avisá!...

CARMEN. - (Conteniéndose, pero siempre risueña.) Llamaba a Petrona. (A Petrona.) Dice Pepa que vayas a ayudarle a sacar las tortas; no quiere que yo las toque. (Petrona vase por el foro.)

DOÑA MARÍA. - (A Carmen.) ¿Y Linares?

CARMEN. - (Abandonando el aire risueño.) Está en su cuarto.

DOÑA MARÍA. - ¡Pero, hombre!... ¿te aburriste tan pronto?

CARMEN. - (Secamente.) ¿Y qué quiere que hiciera? Se ha puesto a escribir... (Con imperceptible despecho.) ¡Ya sabe que todo el día escribe! (Aparece Morales por la derecha.)

MORALES. - (Secamente.) Buenas tardes. (Se dirige hacia el foro.)

CARMEN. - (Afablemente.) Buenas tardes, Morales. (Sonriendo.) ¿Qué significa ese aire tan grave? ¿Qué le pasa?

MORALES. - (Volviéndose para encararse con doña María.) ¿Y qué significa, señora, ese aumento de dos pesos en el alquiler de la pieza que me ha notificado esta mañana Pepa?

DOÑA MARÍA. - (Con naturalidad.) ¿Cómo que significa? ¡Que se le aumentan dos pesos! ¿Y de ahí?...

MORALES. - ¡Pero es un aumento ridículo, señora!

DOÑA MARÍA. - (Con sorna.) Si lo encuentra tan ridículo, le aumentaremos diez. ¿Qué le parece?

MORALES. - (Con tristeza avanzando hacia el foro después de dirigir una mirada a Carmen.) Lo que me parece es que usted abusa contando con que me he de callar. ¡Si así no fuera!... (Va a salir.)

DOÑA MARÍA. - (Insinuante.) Vaya, le propongo un trato.

MORALES. - (Deteniéndose.) ¿Qué trato?

DOÑA MARÍA. - En lugar de pagar dos pesos a fin de mes, pague uno adelantado.

MORALES. - (Después de vacilar un momento y haciendo un gesto de fastidio.) ¡Psh!... en definitiva... ¡qué me importa! (Mete la mano al bolsillo y va a sacar dinero.)

DOÑA MARÍA. - (Deteniéndole con un ademán.) No, déselo a Pepa, no más. (Morales vase por el foro.)

CARMEN. - (En tono de reproche, después de salir Morales.) ¿Y por qué ha hecho eso, mama? ¡Pobre Morales!...

DOÑA MARÍA. - (Con naturalidad.) Vos, callate. ¿No ves que es para las tortas?...

MANUELA. - (Entrando por la izquierda y muy desconsolada.) ¡Qué rabia! ¡No ha vuelto el morocho!

PETRONA. - (Apareciendo por el foro.) ¡Ya están las tortas! ¡Riquísimas!...

BARROSO. - (Apareciendo por la derecha y riéndose.) ¡Aquí estoy yo!

DOÑA MARÍA, MANUELA y PETRONA. - (Saliendo a su encuentro.) ¡Barroso! ¡Señor Barroso! ¡Qué suerte! ¡Tanto gusto! (Apretones de mano.)

(Carmen aprovechando la confusión intenta desaparecer por el foro, pero es apercibida por doña María.)

DOÑA MARÍA. - (Imperiosamente.) ¡Carmen! (Carmen se detiene cerca del foro.)

BARROSO. - (Adelantándose hacia Carmen.) ¿Cómo está, Carmencita? (Le da la mano.)

PEPA. - (Entrando por el foro y extendiéndole la mano a Barroso.) Tanto gusto, Barroso. (A Carmen con malicia.) ¡Ahí está! ¿cómo decías que no había de venir?...

CARMEN. - (En tono de protesta.) ¡Yo no he dicho nada!

DOÑA MARÍA. - (Interviniendo rápidamente.) ¡Eso es! ¡Disimulá ahora! (A Barroso.) No la crea. Desde hoy no hace otra cosa que mirar el reloj.

BARROSO. - (Conmovido y acercándose más a Carmen.) Muchas gracias, Carmen, muchas gracias.

CARMEN. - (Impetuosamente.) Pero si yo... (Con aire resignado se calla al apercibirse de las señas desesperadas que le hace doña María.)

MANUELA. - (Desde lejos.) Aquí, siéntese aquí, Barroso. (Le prepara una silla. Barroso se aproxima y doña María, Pepa y Petrona, rodeándolo, le siguen. Carmen se dirige hacia el otro extremo del escenario.)

DOÑA MARÍA. - (A Barroso, mientras van hacia Manuela.) ¡Dos días sin venir!... ¿Qué le había pasado?

BARROSO. - (Riendo.) ¡Los clientes, señora, los clientes me tienen loco!

PEPA. - Pero, hombre, hágase negar. ¡No faltaba más!

MANUELA. - ¡Es claro! Dígales que no está. (Mostrándole la silla.) Siéntese. (Obedece Barroso y a un lado se le sienta doña María y al otro va a sentarse Manuela.)

PEPA. - (Encarándose con Manuela.) Dejame a mí ahí.

MANUELA. - (Sentándose.) No quiero.

PEPA. - (Sulfurándose.) ¡Te digo que me dejés!

DOÑA MARÍA. - (Con tono de reproche.) ¡Pepa!

PEPA. - (Reaccionando y poniéndose a reír.) Bueno... bueno... No quiero enojarme. (Va a sentarse en otro sitio.)

DOÑA MARÍA. - (Levantándose de su silla al notar que Carmen ha ido a sentarse al otro extremo.) Carmen, sentate acá. (Se aproxima a Carmen y ésta parece que quiere resistirse, pero ante la mirada amenazadora de doña María, obedece y cambia de asiento con ella.)

PEPA. - (Iniciando la conversación.) ¡Pues lo hemos extrañado mucho!

BARROSO. - (Riendo.) Muchas gracias.

MANUELA. - (Señalándose un diente.) Va a tener que arreglarme este diente.

BARROSO. - (Riendo.) ¡Cuando quiera!

PETRONA. - (Apresuradamente.) Y a mí, Barroso.

BARROSO.- (Riendo.) ¡Cómo no!

PEPA. - Mi emplomadura se me ha aflojado.

DOÑA MARÍA. - (Agriamente.) ¡Ah!... eso quería decirle. La mía también... ¿sabe? (En tono de reconvención.) ¡Parece mentira, hombre! ¡Después de darle a una tanto trabajo!...

BARROSO. - (Riendo.) ¡Qué le vamos a hacer! (A Carmen.) ¿Y usted, Carmencita?

CARMEN. - Yo no necesito nada.

BARROSO. - (Compungido.) ¡Qué lástima!

CARMEN. - (Riendo.) Muchas gracias.

BARROSO. - (Confundido.) No, si digo no más...

DOÑA MARÍA. - (Haciendo como que contiene la risa.) ¿Lástima, dice? ¡Ja!... ¡ja!... ¡ja!... ¡Qué Barroso éste!... ¡siempre tan gracioso!...

BARROSO. - (Cada vez más confundido.) ¿Yo? No, señora. Si es que...

DOÑA MARÍA. - (Apresuradamente.) ¡Cállese, buena pieza! ¡Si ya sabemos lo pícaro que es usted!... ¡ja!... ¡ja!... ¡ja!... (Pepa, Manuela y Petrona acompañan en las risas a doña María hasta que Barroso toma el partido de reírse también, festejándose ruidosamente las buenas ocurrencias del dentista.)

DOÑA MARÍA. - (Cesando de reír bruscamente y con tono imperativo.) Pepa, andá a preparar el mate. (A Manuela, mientras Pepa vase por el foro.) Y vos traeme un pañuelo. (A Petrona, mientras Manuela vase por la izquierda.) Decile a la cocinera si se acordó de lo que le dije. (A Barroso, mientras Petrona vase por el foro.) Con permiso, ya vuelvo. (Vase majestuosamente por el foro.)

BARROSO. - (A Carmen, después de quedar solos y poniendo los ojos en blanco.) ¡Carmen! (Carmen no contesta.) ¡Carmencita!

CARMEN. - (Con abatimiento.) ¿Qué?

BARROSO. - ¡Yo la amo, Carmen!

CARMEN. - (Con suavidad.) Y ya le he dicho que yo no, Barroso. ¿Por qué insiste? ¡Dése cuenta!... ¿Qué saca con insistir?

BARROSO. - (Afligido.) ¡Pero es preciso!... Ya ve, su mamá quiere, sus hermanitas quieren, yo también quiero...

CARMEN. - (Con una leve sonrisa.) ¡Pero yo no!

BARROSO. - (Confuso.) Y entonces, ¿cómo hacemos?

CARMEN. - (Riendo.) ¡Qué sé yo!

BARROSO. - (Después de un momento de silencio y tomándole bruscamente una mano.) ¡Es que yo la amo! ¡La amo!

CARMEN. - (Poniéndose violentamente de pie.) ¡No sea zonzo! ¿Eh?...

BARROSO. - (Afligido y poniéndose de pie también.) ¿La he ofendido? (Carmen parece que va a decir algo pero se contiene.) Si la he ofendido, perdóneme; pero yo...

CARMEN. - (Apaciguándose y resignada.) Bueno... basta. (Se sienta.) Siéntese.

BARROSO. - (Sentándose a su vez y después de un instante de silencio.) ¡Porque yo la amo! (Carmen lo mira y no puede menos de sonreír ligeramente.) ¡Se ríe!... ¡se ríe!... ¡ja!... ¡ja!... ¡ja!... (Dándole un golpecito sobre el hombro.) ¡Así me gusta! ¡ja!... ¡ja!...

CARMEN. - (Indignada y poniéndose bruscamente de pie.) ¡Le he dicho que no me toque!

BARROSO. - (Afligido y poniéndose de pie a su vez.) ¿La he ofendido?...

CARMEN. - (Con rabia.) ¡Imbécil! (Con repentina resolución corre hacia el foro y asomándose por él.) ¡Mama! ¡Mama!

BARROSO. - (Suplicante y aproximándose.) Pero escuche, Carmen, ¡escuche!...

CARMEN. - (Sin atenderlo y a gritos.) ¡Mama! (Con voz vibrante de ira, a doña María que aparece por el foro.) ¡Quédese usted si quiere! ¡porque yo me voy! (Desapareciendo violentamente por la izquierda.)

DOÑA MARÍA. - (A Barroso después de presenciar sorprendida la salida de Carmen.) ¿Qué ha pasado?

BARROSO. - (Confundido.) Yo no sé; yo no le he hecho nada... ¡no le he hecho nada! (Se besa los dedos en cruz.)

DOÑA MARÍA. - (Con calma.) Sí, hombre, sí... Usted no necesita jurar, siéntese... (Se sientan ambos.)

MANUELA. - (Entrando por la izquierda, y a Barroso mientras entrega a doña María un pañuelo que trae en la mano.) Ahí acaban de salir de su casa dos señoras, muy paquetas. Las vi desde el balcón...

BARROSO. - (Riendo.) Sí, las clientas, ¡me tienen loco!...

DOÑA MARÍA. - (A Manuela, después de haber mirado con curiosidad el pañuelo.) ¿Y para qué me das esto?

MANUELA. - (En tono de reproche.) Pero, mama, el pañuelo que me pidió...

DOÑA MARÍA. - (Dándose cuenta.) ¡Ah!... ¡es cierto!... (Se suena gravemente la nariz.)

(Entra Pepa por el foro.)

PEPA. - Barroso, la cocinera tiene dolor de muelas ¿tendría inconveniente en verla?

BARROSO. - (Poniéndose de pie y riendo.) Con mucho gusto.

PEPA. - (A Manuela.) Acompañá a Barroso, Manuela.

MANUELA. - (A Barroso.) ¿Vamos?...

(Manuela y Barroso desaparecen por el foro.)
PEPA. - (Apresuradamente a doña María.) Ahora no más viene Rocamora. ¡Voy a vestirme ligero! (Vase por la izquierda.)

DOÑA MARÍA. - (Gritándole.) ¡Decile a Carmen que venga! (Oyendo golpear las manos hacia la derecha, en alta voz.) ¿Quién es? (Después de un momento de espera, viendo que no contestan, se dirige hacia la derecha y se asoma por ella.) ¿Qué se le ofrece? (Impaciente.) ¿Qué se le frunce, hombre? (Vase por la derecha haciendo un gesto de fastidio y al cabo de un instante entra leyendo un papel que trae en la mano.) La demanda del almacenero (Desdeñosamente.) ¡Bah! (Hace una pelota con el papel y la tira en un rincón.)

(Aparece Linares por el fondo.)
LINARES. - (Con cierta nerviosidad.) ¿Y Carmen, señora? (Mira a los lados como buscándola.)

DOÑA MARÍA. - (Muy amable.) Ahí está, ¿qué necesita?

LINARES. - (Vacilando.) Es para pedirle que me haga unas copias. ¿Quiere hacerme el favor de decirle que cuando se desocupe venga un momento por mi cuarto?

DOÑA MARÍA. - ¡Cómo no! (Gritando hacia la izquierda.) ¡Carmen! (Después a Linares.) ¿Y mi asunto, señor Linares? ¿Cómo va?

LINARES. - (Distraídamente.) Esta semana quedará despachado.

DOÑA MARÍA. - (Muy gozosa.) ¿De veras?... ¡Oh, cuánto se lo vamos a agradecer! No se imagina todo lo que se lo vamos a...

LINARES. - (Que está preocupado y no parece haberla oído siquiera.) ¿Ese que está adentro es el dentista, ¿no?

DOÑA MARÍA. - Sí, Barroso... ¿por qué?

LINARES. - (Nerviosamente.) ¿Hace mucho que vino?

DOÑA MARÍA. - No, recién llega. (Apresuradamente.) ¿Qué?... ¿precisa algo? Es muy buen amigo y no hay más que decírselo... (Hace ademán de arrancar un diente.)

LINARES. - No, gracias. (Transición.) Le ruego que no se olvide de prevenirle a Carmen que la espero ¿eh?...

DOÑA MARÍA. - ¡Oh! enseguida. (Asomándose por la izquierda mientras Linares vase por el foro.) ¡Carmen! ¡El señor Linares pregunta por vos!

(Aparece Carmen por la izquierda.)
CARMEN. - ¿Dónde está Linares? (Lo busca con la mirada mientras doña María la contempla con visible irritación.)

DOÑA MARÍA. - (Con furor contenido.) ¿Por qué no venías? (Con creciente irritación ante el silencio de Carmen.) ¡Te prevengo que me estás quemando la sangre (Sacudiéndole el brazo.) ¿Qué es lo que te has creído vos?

CARMEN. - (Con energía, separándose de ella, bruscamente.) ¡Déjeme! (Mirándola de frente.) ¡Ya le he dicho que no quiero que me ponga las manos encima!

DOÑA MARÍA. - (Con furor reconcentrado.) ¡Carmen! ¡Carmen!...

CARMEN. - (Con resolución y mirándola de frente.) ¡Y sépalo de una vez por todas! ¡Esto se acabó!... ¡se acabó para siempre!

DOÑA MARÍA. - (Con estupor.) ¿Qué?

CARMEN. - (Con resolución.) ¡Que ya no soporto más!

DOÑA MARÍA. - (Exasperada.) ¡Es a tu madre!... ¡es a tu madre! ¡bandida!... ¡a la que estás hablando! (Levanta el brazo amenazándola.)

CARMEN. - (Echándose para atrás, con la mirada extraviada y en la mayor exaltación.) ¡Cuidado!... mama. ¡Cuidado! (Doña María se detiene con el brazo levantado y va después bajándolo con lentitud mientras ambas se miran fijamente y en silencio, hasta que llega a descansar la mano sobre la cabeza y se retira unos pasos con afectado estupor, en tanto que Carmen continúa con acento reconcentrado.) ¡No porque sea usted mi madre, tiene derecho de hacer lo que está haciendo!

DOÑA MARÍA. - (Volviéndose bruscamente hacia Carmen.) ¿Quién te ha enseñado eso?... ¿de dónde has sacado eso?

CARMEN. - (Levantando las manos hacia el óleo del capitán y con acento lleno de angustia.) ¡Padre!... ¡padre!... ¿por qué te has muerto? (Se deja caer sobre una silla y rompe en sollozos ocultándose la cara.)

DOÑA MARÍA. - (Con irritación.) ¡Si tu padre viviera no me estarías faltando el respeto!

CARMEN. - (Levantando la cabeza y con profunda amargura.) ¡Si mi padre viviera!... ¡Si pudiera darse cuenta!... ¡toda una vida honrada, llena de privaciones, llena de sacrificios! ¿para qué?... ¡Señor!... ¿para qué?... (Llora desconsoladamente, mientras doña María visiblemente desconcertada no sabe qué partido tomar.)

DOÑA MARÍA. - (Por decir algo.) Por eso en la casa de tu padre había hambre...

CARMEN. - (Irguiéndose.) ¡Sí!, ¡pero había también vergüenza!

DOÑA MARÍA. - (Tomando su partido.) ¡Ay!... ¡ay!... ¡me vas a matar!... (Se deja caer sobre una sillla.) ¡Me muero!... ¡me muero!... (Simula una convulsión.)

CARMEN. - (Poniéndose de pie con toda calma y secándose las lágrimas con el pañuelo.) No se desmaye, mama, porque es inútil. (Se retira unos pasos.)

DOÑA MARÍA. - (Levantándose bruscamente.) ¡Ah! ¡canalla! (Avanza furiosa hacia ella.) ¡Conque es inútil! (Carmen la mira serenamente y doña María se contiene de nuevo.)

CARMEN. - (Con firmeza.) Usted no quiere creerme; pero le repito que esto se acabó, se acabó para siempre. (Con resolución.) Ahora mismo voy a echar a la calle a ese imbécil... (Señala hacia el foro.)

DOÑA MARÍA. - (Azorada.) ¿Vos?... ¿vos?...

(Se oyen las voces de Barroso, Manuela, Petrona y Morales que se aproximan hacia el foro.)
CARMEN. - Sí, yo, ¡ahora lo verá usted! (En actitud de desafío, mira hacia el foro con aire resuelto.)

DOÑA MARÍA. - (Exasperada.) ¡Carmen! ¡Cuidado con lo que hacés!

(Las voces se acercan.)

CARMEN. - (Con resolución.) ¡Hago lo que debo!

DOÑA MARÍA. - (Amenazadora, aproximándose.) ¡Carmen! (Aparecen por el foro Barroso, Manuela. Petrona y Morales conversando y riendo todos a la vez. Carmen, en actitud de decir algo, avanza hacia ellos y en ese instante doña María adelantándose se precipita sobre Barroso, hablando muy ligero.)

DOÑA MARÍA. - Bueno... bueno... ¡cómo no! ¡Sí, ¡hasta mañana! (Empuja suavemente a Barroso hacia la derecha y éste, sorprendido, se deja llevar.)

MANUELA y PETRONA. - (Después de apercibirse de la actitud de Carmen y dándose cuenta de que algo grave sucede, ayudando a doña María.) ¡Hasta mañana, Barroso! Hasta mañana. Lo esperamos. Hasta mañana. (Van conduciéndolo suavemente hasta hacerlo desaparecer por la derecha y en tanto que una de ellas le entrega el sombrero, mientras Morales queda en el foro observando a Carmen que, en actitud de desafío, presencia la escena.)

MANUELA. - (Después de salir Barroso y mirando alternativamente a doña María y a Carmen.) ¿Qué hay?, ¿qué ha sucedido? (Doña María sin contestar se dirige resueltamente hacia Carmen, que ha continuado inmóvil en el mismo sitio, y en el momento en que, presa del mayor furor, va a decirle algo, aparece Linares por el foro.)

LINARES. - (Desde el foro y en alta voz a Carmen.) Carmen, haga el favor un momento, ¿quiere?

CARMEN. - ¡Cómo no! (Se dirige hacia el foro.)

DOÑA MARÍA. - (Mientras Carmen desaparece por el foro, sonriendo y con mucha melosidad para que la oiga Linares.) Andá, andá. ¡Desde hoy se lo estoy diciendo!

(Morales después de ver salir a Carmen y a Linares se dirige hacia el foro con la manifiesta intención de salir también.)

DOÑA MARÍA. - (Rápidamente a Morales.) ¡Morales!

MORALES. - (Sin detenerse.) Ya vuelvo. (Desaparece por el foro.)

DOÑA MARÍA. - (Gritando.) ¡Oiga! (Viendo que no vuelve, a Petrona.) Corré, llamalo. (Petrona sale apresuradamente por el foro y se la oye gritar llamando a Morales.)

MANUELA. - (Acercándose con curiosidad a doña María.) ¿Qué hubo, mama? (Doña María no contesta.)

PETRONA. - (Volviendo a entrar por el foro.) ¡No me ha hecho caso!... ¡Se fue!

(Golpean las manos a la derecha y aparece Castro, en tanto que Petrona se lleva con espanto las manos a la cabeza al ver al cobrador.)

CASTRO. - (Secamente.) Buenas tardes.

DOÑA MARÍA. - (Al ver a Castro.) ¡Hola!... ¡tanto gusto! (Rápidamente a Manuela.) Decile a Carmen que venga. (Manuela vase corriendo por el foro.)

CASTRO. - (Secamente.) Le vengo a avisar que mañana presento la demanda.

DOÑA MARÍA. - (Haciéndose la sorprendida.) ¿La demanda? ¿Pero está usted en su juicio? ¿Por qué?

CASTRO. - (Con brusquedad.) Porque no me paga. ¡Me parece suficiente razón!

DOÑA MARÍA. - ¡Pero, hombre de Dios!... ¿y no se le pagó?

CASTRO. - Sí, un mes, y se me debían tres... ¡y con este cuatro!

DOÑA MARÍA. - (Rápidamente a Petrona, que después sale corriendo por el foro.) ¡Que se apure! (A Castro.) Pues así como se le pagó uno, se le pagarán los demás. (Señalándole una silla.) Siéntese.

CASTRO. - (Secamente.) No, no me siento. Adiós. (Hace ademán de irse.)

DOÑA MARÍA. - (Con aflicción.) ¡Castro! ¡Castro! ¿Es posible, Castro?

CASTRO. - Es inútil, señora; queda usted notificada.

(Manuela llega corriendo hasta el foro y de alllí, disimulando, se adelanta con paso natural.)

DOÑA MARÍA. - (Al ver que Castro se va.) ¡Pero, Castro! ¡Un hombre como usted!... ¡siempre tan bueno y complaciente! (Castro, sin darse por entendido, desaparece por la derecha.)

MANUELA. - (Rápidamente a doña María.) ¡No quiere venir!

DOÑA MARÍA. - (Suspirando y precipitándose hacia la derecha.) Bueno, escuche, Castro; le voy a pagar, venga. (Asoma la cabeza al exterior.) Entre.

CASTRO. - (Volviéndose receloso.) ¿Me va a pagar?

DOÑA MARÍA. - Sí, escuche... (Mientras Castro adelanta un paso, a Manuela, con voz angustiada.) ¡Decile que por favor! (Manuela vase apresurada por el foro.)

CASTRO. - (Desconfiado.) ¿Los cuatro meses?

DOÑA MARÍA. - (Insinuante y para ganar tiempo.) Sí, sí, los cuatro meses y hasta otros cuatro adelantados, si usted quiere...

CASTRO. - (Receloso y moviendo la cabeza.) Señora... señora...

(Entra Petrona por el foro.)
DOÑA MARIA. - (Indignada.) ¡Vaya una desconfianza, hombre!... ¿qué es lo que se ha creído? ¿Con quién cree usted que está hablando?

PETRONA. - (Rápidamente a doña María.) ¡Es inútil! ¡No quiere!

DOÑA MARÍA. - (Con altivez.) ¡Soy la viuda del capitán Barranco, que era todo un caballero... (Señalando el cuadro.) ¡Ahí están sus medallas!...

CASTRO. - (Con sorna.) Y aquí están los recibos... (Le presenta los recibos y doña María los toma.)

(Entra Manuela por el foro y mirando a doña María le hace con disimulo señas de que Carmen no viene.)

DOÑA MARÍA. - (A Castro, con dignidad, mientras le devuelve tranquilamente los recibos.) Le repito que se los voy a pagar. Vuelva el lunes que viene.

CASTRO. - (Con indignación tomando los recibos.) ¡Ya verá qué lunes le voy a dar mañana! (Vase bruscamente por la derecha.)

DOÑA MARÍA. - (Persiguiéndolo.) ¡Castro! ¡Castro! (Volviéndose rabiosa al ver que Castro no le hace caso y se va.) ¿Dónde está esa canalla?

PETRONA. - Está con Linares y Morales.

MANUELA. - (Intrigando.) Y mire, mama: es Linares el que la aconseja. Estoy segura que él no la dejaba venir...

DOÑA MARÍA. - (Con furor.) ¡Ah! ¿sí? ¿Linares?... (Con aire amenazador se dirige hacia el foro; pero, de pronto, se detiene, vuelve y habla con voz natural.) ¿Cuándo dijo Linares que se reunía la Cámara?

MANUELA. - Pasado mañana me parece.

DOÑA MARÍA. - (Con calma.) Bueno, vamos a contar la ropa para la lavandera. (Las tres se dirigen hacia la izquierda.)

MANUELA. - ¡Ah! mama, dijo la mujer que no la llevaba más.

DOÑA MARÍA. - (Con despreocupación.) Buscaremos otra. (En ese momento golpean las manos hacia la derecha y las tres se detienen. Aparece por la derecha Jenaro.)

JENARO. - Dice el señor Barroso que se ha olvidado el bastón y los guantes.

DOÑA MARÍA. - ¿El bastón y los guantes? (Mira alrededor como buscándolos.) ¿Pero dónde tendrá la cabeza ese hombre? A ver, a ver, Manuela, buscalos.

MANUELA. - (Señalando un sitio.) Allí está el bastón. (Se adelanta a tomarlo.) Y los guantes... los guantes... (Mira a todos lados como buscándolos.)

DOÑA MARÍA. - (Apresuradamente a Jenaro.) Bueno... bueno... Llevale el bastón y decile que aquí no hay ningún guante; que no debe haberlos traído... (Manuela entrega a Jenaro el bastón.)

PETRONA. - (Mirando hacia un punto.) Allí, me parece... (Quiere correr hacia el sitio.)

DOÑA MARÍA. - (Reteniéndola de la muñeca, mientras con toda indiferencia habla a Jenaro.) ...que los hemos buscado por todas partes y que no está. (Jenaro vase por la derecha llevando el bastón.)

PETRONA. - (Que mientras Jenaro salía se ha acercado a examinar el sitio que señaló antes.) ¡No son!

DOÑA MARÍA. - (Con naturalidad.) Bueno, si se encuentran les servirán para no estropearse las manos cuando barran. (Aparece por la izquierda Pepa luciendo el batón que le regaló Rocamora en el final del segundo acto, y que debe ser un poco llamativo, pero sin exageración.)

PEPA. - (A Manuela.) Te prevengo que está el morocho en la esquina. (A doña María, riendo mientras Manuela vase corriendo por la izquierda.) Salí al balcón para hacer rabiar a la hija del relojero. (Se arregla unos pliegues del batón.)

DOÑA MARÍA. - (En tono de reproche.) ¡Dejate de pavadas! ¿Eh?... ¡Mirá que el reloj del comedor ya anda atrasando!...

PEPA. - (Riendo.) ¡Se ha puesto la batita verde! ¡Si viera!... ¡parece una cotorra! (A Petrona, aludiendo al batón que tiene puesto.) ¿Qué tal me queda de lado?

PETRONA. - (Contemplándola admirada.) ¡Lindísimo, che! (Aparece por el foro Carmen seguida de Linares y Morales. Doña María se limita a dirigir una furibunda mirada a Carmen y ésta sin darse por aludida se coloca hacia la derecha, junto al foro, donde se pone a conversar aparte con Morales.)

LINARES. - (Adelantándose hacia doña María y después de contemplar sonriendo a Pepa.) Presénteme a esta señorita... (Doña María sonríe a su vez.)

PEPA. - (Encantada.) ¡Jesús! ¿Y no me lo ve todas las tardes?... (Se mira el batón.) ¡No sé qué tiene de particular!

LINARES. - (Con cómica sorpresa.) ¡Ah!... ¿es usted? No la había conocido. (Ríe.)

DOÑA MARÍA. - (Con intención) . ¿Y las copias, Linares?

LINARES. - Ya se las encargué a Carmen. (Dando vuelta la cabeza.) ¡Carmen! (Carmen interrumpe su conversación con Morales para escuchar a Linares.) No se vaya a olvidar de las copias, ¿eh?...

CARMEN. - Esta noche las hago. (Inmediatamente continúa su conversación con Morales. Doña María va a sentarse aislada hacia la izquierda, primer término, y queda pronto silenciosa y pensativa. Linares, Pepa y Petrona forman grupo aparte, al centro.)

MANUELA. - (Entrando por la izquierda, a Pepa y en tono de reproche.) ¡Mentirosa!

PEPA. - ¡Se habrá ido! Ahí estaba...

LINARES. - (Sonriendo, a Manuela.) ¿Qué le pasa?

MANUELA. - (Muy zalamera.) A usted tengo que pedirle un servicio.

LINARES. - Con mucho gusto.

MANUELA. - Usted tiene tantos amigos, ¿quiere averiguarme cómo se llama el morocho?

LINARES. - ¿Qué morocho?

MANUELA. - ¡Pero, hombre! Mi simpatía...

LINARES. - ¡No sé quién es!

MANUELA. - Era un amigo del rubio flaco, ¿se acuerda? Pasaban juntos... Despuén el rubio se fue y quedó él.

PEPA. - (Riendo.) ¿Y cómo querés que sepa si no lo conoce?

MANUELA. - Pues por eso, que averigüe. (Sigue hablando en voz baja.)

DOÑA MARÍA. - (Desde lejos y con voz apagada.) ¡Petrona! (Petrona abandona el grupo de Linares, Pepa y Manuela y se acerca a doña María.) A ver, pues, no estés de haragana. Ahí encima de mi cama hay unas costuras. Traelas.

PETRONA. - (Suplicante.) ¡Ahora después! ¡Déjeme otro ratito!

DOÑA MARÍA. - (Imperativa y recobrando otra vez sus bríos.) ¡Le digo que vaya! ¿Se ha figurado que va a estar de florcita? ¡Aquí todo el mundo trabaja! (Mientras Petrona sin responder vase por la izquierda, en tono de nuevo apagado, a Linares.) ¡Linares!

LINARES. - (Interrumpiendo su conversación con Pepa y Manuela, pero sin moverse de su sitio.) Señora...

DOÑA MARÍA. - (En igual forma.) Venga un momento. (Linares, antes de separarse de Pepa y Manuela, dirige una mirada de extrañeza al grupo de Carmen y Morales, que continúan conversando aparte. Cuando Linares da vuelta para acercarse a doña María, Manuela le hace por la espalda una mueca y le saca la lengua.)

DOÑA MARÍA. - (Amablemente a Linares.) Siéntese.

MANUELA. - (A Pepa, mientras Linares va a tomar una silla.) ¡Le tengo una rabia! ¡Ojalá que se muriera! (Señala a Linares.)

PEPA. - (Riendo.) ¿Por qué?

MANUELA. - ¡De gusto no más!

PEPA. - (Riendo.) ¡No seas tilinga! Vení, ayudame. (Se sientan junto al foro en el rincón de la izquierda, preparándose a un trabajo de labor que saca Pepa de los bolsillos del batón.)

DOÑA MARÍA. - (A Linares, en tono confidencial.) Después que me haga despachar el aumento de la pensión tengo que pedirle otro favor.

LINARES. - Si depende de mí... (Dirige una mirada al grupo de Carmen y Morales.)

DOÑA MARÍA. - Es para una amiga mía, una excelente mujer que está en la miseria...

LINARES. - ¿Y yo qué puedo hacer? (Impaciente, mirando a Carmen y a Morales, pero tratando de sonreír y consultando el reloj.) ¡Pero, amigo Morales!... Usted ya ha perdido la clase, ¿sabe qué hora es?

MORALES. - (Interrumpiendo apenas su conversación con Carmen para contestar.) Ya me voy. (Sigue conversando.)

DOÑA MARÍA. - (Insistiendo.) ¡Cómo que va a hacer usted! Con sus relaciones en la cámara.

LINARES. - (Sonriendo.) ¿Qué? ¿Otra pensión?

DOÑA MARÍA. - Naturalmente... (Linares vuelve a mirar a Carmen y a Morales.) Es hija de un compañero del ilustre general... del general... (Como si tratara de recordar.) ¿cómo es que se llamaba?... Espérese. (Después de un momento desistiendo.) ¡Vaya! ¡No me acuerdo! Pero, era una gran cosa. ¡De lo mejor!

LINARES. - (Que comienza a demostrar cierta nerviosidad, mirando de cuando en cuando a Carmen y a Morales.) No, señora, es imposible.

DOÑA MARÍA. - Pero si hizo toda la campaña del Paraguay... ¡y hasta fue herido!

LINARES. - ¿Quién?

DOÑA MARÍA. - El general.

LINARES. - (Con fastidio.) ¿Y qué tiene que ver, señora?

DOÑA MARÍA. - Es que además de compadres, eran íntimos, y el general no ha dejado hijos ni nada... (Linares hace un movimiento de hombros sin contestar, mientras observa a Morales y a Carmen.)

PETRONA. - (Entrando por la izquierda, a Manuela.) Ahí está el morocho en la esquina. (Manuela vase corriendo por la izquierda y Petrona ocupa su asiento.)

DOÑA MARÍA. - (A Linares, decepcionada.) Entonces, ¿no se puede?

LINARES. - (Distraídamente y mirando a Carmen y a Morales.) No, señora, no. (Carmen interrumpe su conversación con Morales.) ¿Cuándo va a hacer las copias?

CARMEN. - (Con naturalidad.) Pensaba hacerlas esta noche; pero si las quiere antes...

LINARES. - Sí, ¿sabe?... Porque son de apuro... Discúlpeme.

CARMEN. - Bueno... bueno. Entonces enseguida las haré. (Sigue conversando con Morales.)

(Entra Manuela por la izquierda y se acerca a Petrona.)
MANUELA. - (Decepcionada a Petrona.) ¿Para qué mentís? Es el amigo, el del pajizo... (Se sienta con Petrona y Pepa.)

DOÑA MARÍA. - (Volviendo a la carga, a Linares.) Pues le prevengo que se le podría sacar bastante, porque está en muy buena posición...

LINARES. - (Después de dirigir una mirada de irritación hacia Carmen y Morales.) ¿Quién?

DOÑA MARÍA. - La persona de quien le hablo.

LINARES. - (Impaciente.) Pero, ¿no dice que estaba en la miseria?

DOÑA MARIA. - (Con calma.) ¡Ah!, ¡bueno, pero no tanto!...

LINARES. - (Nervioso.) No, señora, yo no puedo. ¡No soy corredor de pensiones! (Se pone de pie.)

MANUELA. - (A Linares, desde su asiento y muy zalamera.) ¿Quiere un mate?

LINARES. - Bueno.

MANUELA. - (Levantándose.) Se lo voy a cebar yo. ¡No quiero que se lo cebe nadie sino yo!

LINARES. - (Tratando de sonreír.) Muchas gracias. (Demostrando mucha nerviosidad dase vuelta para mirar de nuevo a Carmen y a Morales y al volver la espalda a Manuela, ésta le saca la lengua y vase por el foro después.)

DOÑA MARÍA. - (Con voz apagada.) Vení, Pepa. (Pepa se levanta y se aproxima a doña María, mientras Linares, como si tomara de pronto una resolución, se acerca a Petrona y se sienta bruscamente en frente de ella en el asiento que deja Pepa y dando la espalda al grupo de Carmen y Morales, aparentando después iniciar conversación con Petrona.)

PEPA. - (A doña María.) ¿Qué quiere?

DOÑA MARÍA. - (En tono confidencial.) Es bueno que cuando venga Rocamora le echés unas indirectas a propósito del mantel. Mirá que el que hay ya no se puede poner... (En ese momento Petrona se ríe fuerte de algo que le dice Linares y Carmen con naturalidad da vuelta la cabeza para mirarlos; los ve juntos y vuelve después a seguir la conversación con Morales.)

PEPA. - (A doña María.) El otro día se lo insinué; pero no me entendió.

DOÑA MARÍA. - ¡No se lo harías comprender claro! (Tiene de pronto un estremecimiento.)

PEPA. - ¿Qué es eso?

DOÑA MARÍA. - No sé, una especie de escalofrío. ¿Cómo es que dicen? (Sonriendo, pero con cierta tristeza en la voz.) ¡Ah! ¡sí!... ¡Deben haber pasado por encima del sitio donde me van a enterrar!

PEPA. - (Riendo.) ¡Qué ocurrencia! (Se dirige a salir por izquierda. En este momento Petrona se ríe con más fuerza que antes y Carmen -ahora nerviosamente-, vuelve a dar vuelta la cabeza y, después de observarlos un instante, sigue de nuevo su conversación con Morales, pero sin disimular cierta preocupación.)

DOÑA MARÍA. - (A Pepa.) ¿Qué vas a hacer?

PEPA. - Me tiene nerviosa la tardanza de Rocamora. Voy un rato al balcón.

DOÑA MARIA. - (Bruscamente.) ¿Qué ruido es ése? ¿Has oído?

PEPA. - (Deteniéndose y señalando los cuadros.) Es uno de esos cuadros. Hace tiempo que están sonando, y el día menos pensado se van a venir al suelo.

CARMEN. - (Aprovechando el pretexto para interrumpir la conversación con Morales y adelantándose hacia doña María.) ¡Ah! ¡sí! Hay que cambiarles las cuerdas. Hace mucho que se lo quería advertir... (Mira con extrañeza a Linares y a Petrona que no se dan por apercibidos de nada, pareciendo muy entretenida esta última en escuchar a Linares.)

DOÑA MARÍA. - Bueno, veremos...

MORALES. - (Mirando el reloj.) ¡Qué barbaridad! ¡Las tres! (Vase precipitadamente por la derecha y Pepa por la izquierda.)

CARMEN. - (Acercándose a cierta distancia de Linares y tratando de sonreír.) Entonces... ¿voy a hacer las copias?

LINARES. - (Interrumpiendo apenas su conversación con Petrona y aparentando indiferencia.) Bueno. (Carmen, sorprendida, los observa un instante y después, sin decir nada, se dirige hacia la izquierda por donde parece que va a salir, pero de pronto se detiene como si no se resolviera a hacerlo y en momentos en que Manuela entra con el mate y se dirige a Linares, ella va lentamente a asomarse por la puerta de la derecha.)

MANUELA. - (Entregando el mate a Linares.) A ver qué le parece...

LINARES. - (Después de chupar el mate.) Riquísimo.

DOÑA MARÍA. - (A Carmen, que vuelve a asomarse por la puerta de la derecha.) ¿Qué hay?

CARMEN. - (Secamente.) Nada, me pareció que llamaban.

LINARES. - (Entregando el mate a Manuela, que después vase por el foro.) Gracias. (Sigue su conversación con Petrona.)

DOÑA MARÍA. - (A Carmen, pasándose la mano por la frente.) ¡Qué raro!... ¡pues al mirar la puerta, yo también hubiera jurado que había visto entrar a alguien!

CARMEN. - (Vacilando, a Linares desde lejos.) Hay que copiar de un solo lado del papel, ¿no?

LINARES. - (Con indiferencia.) Sí, de un solo lado. (Sigue conversando con Petrona. Carmen parece que va a decir algo, pero se calla.)

DOÑA MARÍA. - (A Carmen.) En el cuarto de Pepa tenés tinta. (En ese momento Linares y Petrona ríen con fuerza y Carmen bruscamente, sin mirarlos, vase por la izquierda.)

DOÑA MARÍA. - (Dándose vuelta para mirar a Linares y a Petrona.) ¡Caramba!... ¡Qué alegres están ustedes!

LINARES. - (Sonriendo.) ¡Es que a Petrona de todo le da risa! (Entra Manuela por el foro con el mate y se dirige a doña María.)

DOÑA MARÍA. - (Suspirando.) ¡Pues a mí no sé lo qué me ha entrado!... De golpe me he puesto así, sin saber por qué... (Demuestra abatimiento. Linares y Petrona siguen conversando.)

MANUELA. - (Ofreciendo el mate a doña María.) ¿Quiere? (Doña María lo toma.) ¿Qué dice que tiene?

DOÑA MARÍA. - Nada, hija, estoy un poco cansada. (Chupa el mate.)

PETRONA. - (A Linares, riendo.) ¿Y quién era el que entró?

LINARES. - El amor.

PETRONA. - (Con mucho interés.) ¿Y el gigante qué hizo?

LINARES. - Tiró las botas y se quedó dormido. (Petrona ríe con fuerza y la conversación continúa.)

DOÑA MARÍA. - (Devolviendo el mate a Manuela.) ¡Tomá, hombre! ¡Es pura yerba! (Manuela vase por el foro en tanto que Carmen entra bruscamente por la izquierda, se cerciora con una rápida mirada de que Petrona y Linares continúan juntos y aparenta después buscar algo mirando a los lados.)

DOÑA MARÍA. - (Suavemente.) ¿Qué querés?

CARMEN. - Nada; creí que había dejado la... (Termina la frase entre dientes y se dirige hacia la izquierda, por donde vuelve a desaparecer. )

DOÑA MARÍA. - (Con extrañeza y junto con la salida de Carmen.) ¿Qué?...

LINARES. - (A doña María, aparentando indiferencia.) ¿Qué dice Carmen que le ha pasado?

DOÑA MARÍA. - ¡No le entendí! (Haciendo un brusco movimiento.) Pero... ¿han oído?

LINARES. - ¿Qué?

DOÑA MARÍA. - (Mirando a los cuadros.) Siguen crujiendo los cuadros.

LINARES. - No, señora, son ilusiones suyas.

DOÑA MARÍA. - (Mirando con un poco de temor al óleo del capitán.) ¡No, si hacen ruido!

PETRONA. - (A Linares, impaciente.) ¿Y después... ¿después?... (Entra Manuela por el foro y se acerca a Linares con un mate.)

LINARES. - (A Petrona.) Después vino la princesa... (Toma el mate de manos de Manuela y sigue conversando con Petrona, mientras Manuela se adelanta hacia doña María.)

MANUELA. - (A doña María.) La llama la cocinera.

(Entra Carmen por la izquierda y se acerca resueltamente a Linares trayendo unos papeles en la mano.)

DOÑA MARÍA. - (A Manuela.) Bueno, ahora iré.

CARMEN. - (Bruscamente a Linares.) Hay aquí unas palabras que no entiendo...

LINARES. - Déjelas en blanco. (Va a seguir su conversación con Petrona.)

CARMEN. - (Con voz alterada.) ¿Cómo en blanco?

LINARES. - (Con tranquilidad y sin mirarla.) Sí, yo después las pondré.

CARMEN. - (Extendiéndole violentamente los papeles a Linares.) En esa forma... discúlpeme; ¡pero yo no puedo hacerle sus copias! (Linares sonriendo toma los papeles y se levanta, entregando al mismo tiempo el mate a Manuela, mientras Carmen se separa bruscamente del sitio y se dirige hacia la derecha, primer término, donde queda inmóvil y de pie. En momentos en que Manuela le toma el mate a Linares, se asoma Pepa por la izquierda.)

PEPA. - (Muy apurada.) ¡Manuela! ¡Manuela! ¡Ahí está! (Desaparece.)

MANUELA. - (Haciendo que tome nuevamente el mate Linares.) ¡Tenga!, ¡tenga!, ¡tenga, hombre! (Le abandona el mate y vase corriendo por la izquierda.)

DOÑA MARÍA. - (Con calma y poniéndose de pie.) ¡Ah! ¡trastornadas!... Petrona, llevá ese mate para adentro. (Mientras Petrona vase por el foro.) Voy a ver qué quiere la cocinera. (Vase lentamente por el foro y con cierto abatimiento que no le es habitual. Durante un instante Linares y Carmen conservan sus posiciones y guardan silencio. Linares contempla a Carmen que no lo mira, observando una actitud altanera.)

LINARES. - (Adelantándose hacia ella.) Carmen, ¿se ha fastidiado?

CARMEN. - (Con altivez.) ¿Por qué? (Linares la contempla un momento.)

LINARES. - (Con suavidad.) Le pido que me perdone.

CARMEN. - (Dulcificándose.) ¿Perdonarlo?... ¡Qué ocurrencia! (Sonriendo mientras toma de la mano los papeles.) ¡Déme eso! (Linares la mira fijamente al entregarle los papeles y Carmen, riendo, se dirige hacia la izquierda.) ¡Voy a hacer las copias!

LINARES. - (Sonriendo y con intención.) ¿Y las palabras que no entienda?

CARMEN. - (Riendo.) ¡Las dejaré en blanco! (Va a salir por la izquierda, pero de pronto se detiene y vuelve hacia Linares.) Ah, vea: Morales me estaba hablando de una hermana que se le está por casar y a quien los padres no la dejan...

LINARES. - (Con intención.) ¿Sí? Bueno. Y, ¿para qué me cuenta eso?

CARMEN. - (Turbada.) Es que me pareció... (Vacilando.) ¡Vaya! ¡Tiene razón! ¡Son zonceras mías! (Quiere correr hacia la izquierda.)

LINARES. - ¡Oiga! (Carmen se detiene.) ¿De veras? ¿De eso conversaban?...

CARMEN. - (Acercándose.) De veras.

LINARES. - (Con intención.) ¿De nada más?

CARMEN. - (Con firmeza.) De nada más.

LINARES. - (Sonriendo.) Pues ya que me dice usted lo que hablaba con Morales, yo también quiero decirle lo que conversaba con Petrona. Le estaba contando un cuento.

CARMEN. - (Incrédula.) ¡Un cuento!

LINARES. - (Riendo.) Un cuento de gigantes y princesas.

CARMEN. - (Incrédula.) ¡Sí, cómo no!

LINARES. - (Sonriendo.) ¿No me cree?

(Entra Petrona por el foro y se dirige a salir por la izquierda.)
CARMEN. - No.

LINARES. - (Riendo y en alta voz a Petrona.) ¿Qué le parecieron, Petrona, los casamientos del gigante?

PETRONA. - (Sin detenerse y riendo a carcajadas.) ¡Lindísimos! (Desaparece por la izquierda.)

CARMEN. - (Sin poder reprimir un movimiento de gozo.) ¡Era cierto! (Transición.) ¡Y usted que demostraba tanto interés al hablarla!

LINARES. - ¡Como usted en escuchar a Morales!

CARMEN. - (Con ímpetu.) ¡Yo estaba aburrida!

LINARES. - (Riendo.) ¡Y yo también! (Ambos se miran un instante en silencio.)

CARMEN. - (Bruscamente.) ¡Me voy! (Hace ademán de irse.)

LINARES. - (Con emoción.) ¡No, Carmen, no! ¡Falta algo todavía!... ¡Tenemos otra cosa que decirnos, y que ya es inútil callar! (La toma de las manos y la mira intensamente.) ¡Que nos queremos!

CARMEN. - (Mirando con miedo hacia el foro.) ¡Cuidado!

LINARES. - (Con pasión.) ¡Que te quiero, Carmen! ¡Que con toda mi alma te quiero!


Telón



Acto cuarto

La misma decoración del acto anterior. Entra Carmen por la izquierda con una canastilla de costura y se adelanta hasta la mitad de la escena, cuando aparece Linares por la derecha, que viene con sombrero puesto. Al verse, ambos se detienen, vacilan un momento, se cercioran de que nadie los ve y adelantándose después el uno hacia el otro, toma Linares entre las manos la cabeza de Carmen y simula darle un beso sobre la frente, apresurándose enseguida a desaparecer por el foro, mientras Carmen, dando señales de agitación, queda con la mirada fija hacia la izquierda, como temerosa de haber sido espiada. Un instante después entra Manuela corriendo por la izquierda y al encontrarse con Carmen se detiene bruscamente y trata de hacerse la disimulada, aparentando buscar algo a su alrededor.
CARMEN. - (Sonriendo amargamente.) ¿Me habías perdido de vista?

MANUELA. - (Fingiendo sorpresa.) ¿Por qué?

CARMEN. - ¡No seas tonta! ¿Crees que no sé que desde hace días me andás espiando por encargo de mama?

MANUELA. - (Un poco confusa.) ¿Yo? ¡Qué más te quisieras!... ¡para lo que a mí me importa!

CARMEN. - (Con amargura.) ¡Hija!... ¡bonito oficio! (Le da la espalda.) ¡Seguí no más!

(Aparece doña María por la izquierda.)

DOÑA MARÍA. - (Con acritud.) ¿Qué están haciendo aquí? (Fija la vista en Carmen.)

CARMEN. - Salgo recién del cuarto. (Mostrando la canasta.) Iba a coser.

DOÑA MARÍA. - (Siempre mirando a Carmen, mientras Manuela se aproxima hacia la puerta izquierda y se detiene cerca de ella.) ¿Está adentro el sinvergüenza ése?

CARMEN. - (Con dureza.) ¡No sé a quién se refiere!

DOÑA MARÍA. - No sabés... ¿eh? Pues me refiero a tu Linares, a quien felizmente ya voy a tener pocos días más.

CARMEN. - (Alarmada.) ¿Pocos días?

DOÑA MARÍA. - Hoy le he pedido el desalojo. ¡No quiero sinvergüenzas en mi casa!

CARMEN. - (Irritada.) ¡No era sinvergüenza cuando se trataba de conseguirle un aumento de la pensión! ¡Así agradece!

DOÑA MARÍA. - (Ahuecando la voz.) ¡El aumento!... (Desdeñosa.) ¡Bonita porquería!... ¡cincuenta pesos!... (Bruscamente.) Pero, sobre todo, aquí no se trata de aumentos, ¿entendés? ¡No quiero que hablés con él! ¡No quiero que lo veas! (Exaltándose.) ¡Eso es lo que no quiero!

CARMEN. - (Con firmeza.) ¡Desde que va a casarse conmigo!

DOÑA MARÍA. - (Furiosa.) ¿Casarse?... ¡Yo le voy a dar casarse a ese atorrante! ¡¡Canalla!! ¡¡Muerto de hambre!!

(Entra Pepa por la derecha con sombrero puesto y paquetes; deja el sombrero y los paquetes sobre un mueble mientras Manuela se le aproxima.)
CARMEN. - (Indignada.) ¡No hable así mama! ¿Con qué derecho habla así?

DOÑA MARÍA. - (En el colmo del furor.) ¡Hablaré como me dé la gana!, ¿entendés? ¿Qué es lo que te has creído? ¡Es lo que me faltaba ahora, que en mi propia casa no pueda decir lo que quiera de un zaparrastroso! ¡De un pillo! ¡De un ladrón!

CARMEN. - (Estallando.) ¡Cállese! ¡Cállese! ¡Debía darle vergüenza hablar de esa manera! (Vase bruscamente por la izquierda.)

DOÑA MARÍA. - (A gritos, a Pepa.) ¡Ahora mismo le decís a ese bandido que no quiero que pase el día de mañana sin que se mande mudar! (En momentos en que Pepa va a salir por el foro.) ¡Y que me han dicho que le han visto en la azotea! ¡Que no quiero que suba a la azotea, porque yo misma a empujones lo voy a bajar! (A Manuela, mientras Pepa vase por el foro.) Y vos andá a ver a esa hipócrita, ¡no la perdás de vista! Es capaz de escribirle.

MANUELA. - (Encantada.) ¡No hay cuidado! (Vase por la izquierda.)

(Aparece por el foro Morales, revelando en su actitud, abatimiento.)

MORALES. - Señora, desde mañana puede disponer de la pieza.

DOÑA MARÍA. - (Sorprendida.) ¿Se va?... ¿Por qué se va?

MORALES. - (Después de un momento de vacilación.) He resuelto mudarme...

DOÑA MARÍA. - Pero, tendrá algún motivo...

MORALES. - No, señora, no. Quiero estar más cerca del hospital. Eso es todo.

DOÑA MARÍA. - (Incrédula.) Pero, ¿de veras se va?

MORALES. - (Con una sonrisa triste.) De veras.

(Entra Manuela por la izquierda.)

DOÑA MARÍA. - (A Morales.) Espéreme un momento, tenemos que hablar. (Imperativa.) ¡Usted no puede irse así!

(Morales indica con un gesto que tiene su resolución tomada y doña María vase por la izquierda.)

MORALES. - (Sonriendo.) ¿Y qué tal los novios, Manuela?

MANUELA. - (Sonriendo.) Novios, no; simpatías no más.

MORALES. - Bueno, las simpatías.

MANUELA. - Esta de ahora me parece que... (Hace un gesto significativo, queriendo expresar que la considera asegurada.) ¡Quién sabe!...

MORALES. - ¿Cómo se llama?

MANUELA. - ¡Ah!, el nombre no sé. Yo le llamo el del pajizo.

MORALES. - (Riendo.) ¡Ah!... ¡ahora es el del pajizo!

MANUELA. - (Con naturalidad.) Sí, era un amigo del morocho, ¿se acuerda? Siempre lo acompañaba cuando venía por aquí.

MORALES. - ¿Y el morocho qué se hizo?

MANUELA. - (Con melancolía.) Se fue.

MORALES. - ¿Dejando al amigo? ¡Menos mal!

MANUELA. - (Con tristeza.) ¡Así es!

MORALES. - (Como si de pronto escuchara algún ruido extraño hacia la izquierda.) ¿Qué es?

MANUELA. - ¿Qué?

MORALES. - Oiga. (Indica hacia la izquierda y ambos hacen como que escuchan.)

MANUELA. - No es nada. Mama que está queriendo hacerle abrir la puerta a Carmen, que se ha encerrado.

MORALES. - (Haciendo un gesto de lástima.) ¡Pobre Carmen!

PEPA. - (Entrando por el foro y muy irritada.) ¡Qué hombre más torpe! (Mostrando las manos.) ¡Miren cómo me he puesto las manos a fuerza de golpearle la puerta! ¡Y resulta que estaba en la azotea! (A Manuela.) ¿Dónde anda mama?

MANUELA. - Está adentro.

(Pepa vase por la izquierda, cuando aparece por ésta doña María.)

DOÑA MARÍA. - (Con irritación.) ¿Le dijiste?

PEPA. - Sí.

DOÑA MARÍA. - ¿Qué contestó?

PEPA. - Que está bien.

(Pepa vase por la izquierda y doña María se aproxima a Morales y a Manuela.)

DOÑA MARIA. - (A Manuela.) Colocátele delante de la puerta. (Antes de que Manuela concluya de salir por la izquierda.) Y no te movás, ¿eh?... (Después de salir Manuela y en otro tono.) Siéntese, Morales. (En tono confidencial después de sentarse ambos.) Yo sé por lo que usted se va.

MORALES. - Señora, ya se lo he dicho: el hospital.

DOÑA MARÍA. - No, no es cierto. Pero le voy a dar una noticia que lo hará cambiar de parecer. (Con mucha intención.) Linares se muda. A Linares le he exigido que me deje la pieza. Linares no continuará viviendo en esta casa.

MORALES. - (Con tristeza.) ¡Y bien, señora!... ¡Eso no modifica en nada mi resolución!

DOÑA MARÍA. - (Con enojo.) Tiene que modificarla, ¿cómo no la va a modificar? (Insinuante.) Usted se va porque Linares lo incomoda, porque estoy segura que se ha imaginado entre Carmen y él lo que en realidad no existe; pero, de todos modos, yéndose Linares, no tiene por qué irse usted.

MORALES. - (Protestando débilmente.) No, señora, no. ¡Si no es eso!

DOÑA MARÍA. - ¡Qué no ha de ser, hombre! ¿O usted cree que soy ciega y no comprendo las cosas? ¡Déjese de zonceras y no trate de hacer comedias conmigo! ¿No ve que he nacido mucho antes que usted? (Viendo que Morales no contesta.) ¡Vaya!... usted se queda, Linares se va, y todo vuelve como antes.

MORALES. - (Con profunda amargura.) ¡Y dice usted que no es ciega! ¡En medio de todo va a concluir usted por darme lástima! (Se pone de pie paseándose nerviosamente.)

DOÑA MARÍA. - (Sorprendida.) ¿Qué dice?

MORALES. - (Encarándose bruscamente con ella.) ¡No, señora, no! ¡No se haga usted ilusiones! ¡No se engañe respecto a la situación que usted misma se ha creado con su atolondramiento y sus inconsciencias!... ¡Ya su imperio se acabó!

DOÑA MARÍA. - ¡Morales! ¿Qué quiere decir esto? (Se pone de pie y toma una actitud de dignidad ofendida.)

MORALES. - (Atenuando el tono.) ¡Sí, señora! ¡Lo que tenía que suceder ha sucedido! ¡Es preciso resignarse! ¡Hasta ahora su egoísmo ha sido la única fuerza, subordinándolo todo a su servicio! ¡De hoy en adelante hay algo que puede más que su egoísmo: el amor, señora, el amor!... ¡que es el más fuerte!

DOÑA MARÍA. - (Indignada) . ¡No diga usted disparates! ¿A qué viene eso?

MORALES. - (Con tristeza.) Carmen y Linares se quieren, ¡déjelos que sean felices! No trate de oponerse usted... ¡sería inútil cuanto hiciera! Ya ve, yo también me resigno!... ¡Y sabe Dios lo que me cuesta!

DOÑA MARÍA. - (Violentamente.) ¡Usted no es nadie! ¡Pero yo soy su madre y mientras viva no se ha de hacer aquí sino mi voluntad!

MORALES. - (Con amargura.) ¡No se engañe! La autoridad de madre, en su alto concepto, no la tiene, no la puede tener. ¡Usted misma se ha encargado de perderla! Ahora usted manda, pero no convence. Inspira usted temor, pero no respeto. ¡Su autoridad es de esas a las que se obedece en todo lo que se ve y cuando está presente! ¡No es la santa autoridad de madre a la que por el placer de obedecerle se la obedece siempre!

DOÑA MARÍA. - (Con arrogancia.) ¡Pues con eso me basta! ¡Y se hará lo que yo mande! (Con violencia.) ¡Y por lo pronto salga usted de aquí! (Le señala la puerta de salida con un ademán enérgico.)

MORALES. - (Sin alterarse) . Sí, señora, me voy; pero... ¡cuidado! ... ¡no se equivoque! Carmen no está preparada para la lucha. Ha secado usted en ella todas las nobles fuentes de resistencia, y no ha sabido usted cultivar ninguno de los sentimientos elevados capaces de imponer el sacrificio. No tiene siquiera una noción clara de lo que es la vida, y aunque por instinto sabe que no es lo que le ha enseñada usted, el instinto no basta, la confusión se establece, y concluye el espíritu por perder el rumbo al contacto diario de miserias y flaquezas. ¡Vea que ese cariño es el único halago generoso y puro que ha conocido en la vida! ¡La primera bocanada de aire sano que acaricia sus pulmones! ¡Se aferra a él porque siente que la levanta y la dignifica! ¡No cometa el error de oponerse! ¡Carmen no puede luchar! ¡Es un leño al que azotan todas las olas!... ¡Cuidado!... ¡no lo arrastre la corriente! (Se coloca el sombrero y vase por la derecha, dejando a doña María suspensa y perpleja durante un instante.)

DOÑA MARÍA. - (Corriendo hacia la puerta derecha y asomándose por ella.) ¡Morales! (Después de un rato, levantando la voz.) ¡Morales! (En el momento de asomarse doña María a la puerta derecha ha aparecido Carmen por la izquierda y, al ver a doña María de espaldas, vase apresuradamente por el foro sin que ésta se aperciba. Después de salir Carmen, doña María hace un gesto de indiferencia al ver que Morales no vuelve y va a retirarse de la puerta, cuando de pronto, como si oyera algún ruido hacia el exterior, vuelve de nuevo a asomarse y escucha un momento.) ¿Quién anda ahí? (Escuchando.) ¡Oh! ¿qué es eso?

(Entra Petrona por la derecha llorando con fuerza.)

DOÑA MARÍA. - ¡Adiós! ¡Es lo que faltaba! ¿Alguna pelea con el embrollón de tu novio?

PETRONA. - (Llorando.) ¡¡Es un cobarde!! ¡En el zaguán mismo acaba de darme una cachetada!

DOÑA MARÍA. - (Sorprendida.) ¿Una cachetada?

PETRONA. - (Llorando.) Venía siguiéndome desde casa, ¡y aprovechó cuando entré! ¡Es un cobarde! (Mostrando una mejilla.) ¡Vea cómo me ha puesto!

DOÑA MARÍA. - (Azorada.) ¿Qué estás diciendo, mujer? ¿Tu novio te cachetea?

PETRONA. - (Siempre llorando.) ¡Con el pretexto de que tiene celos, me pega siempre! ¡Ya no puedo más! ¡El domingo, en la isla de Maciel fue lo mismo!

DOÑA MARÍA. - ¡En la isla de Maciel! ¿Vos has ido con tu novio a la isla de Maciel? ¿Cuándo?... ¿con qué motivo? (Viendo que Petrona no contesta.) ¡Contestá! ¿qué quiere decir esto? (Al ver que no contesta, en otro tono.) ¡Che... che... che...! ¿sabés que no me está gustando el asunto? Hoy mismo le voy a avisar a tu madre.

PETRONA. - (Con angustia.) ¡No, no por Dios! ¡Si se lo dice no me va a dejar verlo más!...

DOÑA MARÍA. - (Sorprendida.) ¿Verlo?... ¿Y todavía pensás en verlo después de lo que te ha hecho?

PETRONA. - (Con angustia.) ¡Y cómo quiere que no lo vea! (Llora.)

DOÑA MARÍA. - (Indignada.) ¡A ese miserable! ¡A ese canalla!

PETRONA. - (Con angustia.) Canalla no es.

DOÑA MARÍA. - (Indignada.) ¿No es canalla el que le pega a una mujer? ¿Qué es entonces?

PETRONA. - Me pega porque tiene celos y tiene celos porque me quiere, ¡y eso no es ser canalla! ¿sabe?

DOÑA MARÍA. - (Azorada.) Pero, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo, desgraciada? ¿Quiere decir que encontrás muy bien que te maltrate? ¿Que te gusta que te golpee?

PETRONA. - (Secándose las lágrimas.) ¡Eso no! ¡Pero desde que no hay otro remedio, qué se va a hacer!... ¡Para eso es hombre! (Transición.) Deje que me moje un poco la cara y me voy. (Da unos pasos hacia la izquierda.)

DOÑA MARÍA. - ¡Sí, y para no volver!

PETRONA. - (En tono de súplica y deteniéndose.) ¡Pero tía!

DOÑA MARÍA. - (Resueltamente.) ¡Ni una palabra! Elegí: o le aviso a tu madre, o no volvés a poner los pies más aquí.

PETRONA. - (Resignada.) En ese caso, no volver. (Vase tristemente por la izquierda y doña María la sigue con la mirada sin salir de su asombro.)

DOÑA MARÍA. - (Acercándose después hacia la izquierda, por cuya puerta se asoma.) ¡Manuela! (En voz más alta.) ¡Manuela!

(Después de un instante aparece Manuela por la izquierda.)

DOÑA MARÍA. - (Con enojo.) ¿Dónde estabas?

MANUELA. - (Vacilando y confusa.) Ahí, donde usted me dijo. ¿Dónde quiere que estuviera?

DOÑA MARÍA. - Andá, golpeale otra vez. ¡Decile que si no abre le voy a echar la puerta abajo! (Manuela vase apresuradamente por la izquierda a tiempo que entra por la misma Pepa, a quien por poco lleva por delante.)

PEPA. - (Sulfurándose y a gritos hacia el exterior.) ¡Eh!... ¡más cuidado! ¿No tenés ojos? (Arreglándose el vestido.) ¡Qué burra! (Transición.) ¿Sabe quién está en el balcón de enfrente con la hija del relojero? ¡Barroso! (Se ríe.) ¡Dicen que se casa! ¿Será cierto?

DOÑA MARÍA. - (Distraída.) ¿Está cerrada la puerta del cuarto de Carmen?

PEPA. - No, si en el cuarto no está.

DOÑA MARÍA. - (Alarmada.) ¿Cómo que no está? ¿Quién no está?

PEPA. - Carmen. Vi a Petrona lavándose la cara. No hay nadie más.

DOÑA MARÍA. - (Nerviosa.) ¿Qué no está en el cuarto Carmen? ¿Estás segura? (Entra Manuela por la izquierda con cara de espanto.)

MANUELA. - Se ha salido.

DOÑA MARÍA. - (Avanzando hacia ella furiosa.) ¿No te dije que no te movieras del lado de la puerta? (Levanta el brazo amenazándola.)

MANUELA. - (Agachándose y defendiéndose con los brazos.) ¡Me había asomado un ratito al balcón.

DOÑA MARÍA. - (Agitada.) ¡A ver!... ¡ligero! ¡Corré! ¡Ligero! ¡Debe estar hablando con ese canalla!... (Doña María, Manuela y Pepa se dirigen precipitadamente hacia el foro, cuando aparece por éste Carmen, que viene muy abatida y enjuagándose las lágrimas.)

DOÑA MARÍA. - (Con mucha irritación al ver a Carmen.) ¿De dónde salís? ¿Qué has estado haciendo?

CARMEN. - (Con voz temblorosa, señalando a Pepa y a Manuela.) Dígales que se vayan, que nos dejen un momento. (Manuela hace ademán de irse pero Pepa permanece impasible; entonces Manuela también se detiene.)

CARMEN. - (Con voz suplicante a Pepa y a Manuela.) ¿Por favor ! ¡Vayánse! (Pepa y Manuela, sin decir nada, vanse por la izquierda.)

DOÑA MARÍA. - (Nerviosa.) ¿A qué viene esto, ahora?

CARMEN. - (Sollozando después de ver salir a Pepa y a Manuela.) ¡Mama!... ¡mama! ¡Téngame lástima! (Corre hacia ella.) ¡Usted no puede desear mi desgracia! ¡Al fin es mi madre!... ¡Y no va a querer que yo sea desgraciada!

DOÑA MARÍA. - (Rechazándola.) ¿Te has vuelto loca? ¿Qúe estás diciendo?

CARMEN. - Linares no puede irse solo de aquí. ¡Linares me quiere! ¡Consienta, mama, en que nos casemos!

DOÑA MARÍA. - (Con irritación.) ¡Salí! ¿Y para esto soy tu madre? ¿Cómo podés imaginarte que voy a consentir en semejante disparate?

CARMEN. - (Con voz suplicante y sollozando.) ¡Es mi felicidad la que le pido!

DOÑA MARÍA. - (Con sorda irritación.) ¡Tu felicidad! ¡Es claro!... ¡y con eso creés haberlo dicho todo! ¿Quiere decir entonces que yo no soy nadie? ¿Que yo no significo nada? (Exaltándose.) ¿Creés que te he criado, que te he alimentado, que te hecho lo que sos, ¡sacrificándome toda la vida! para que así, el mejor día, ¡porque se te ocurre! me dejés por un bribón cualquiera. ¿Encontrás eso muy natural, muy razonable?

CARMEN. - (Con angustia.) Pero, ¿qué mayor satisfacción para usted, mama, que verme contenta y feliz al lado del hombre que quiero?

DOÑA MARÍA. - (Exaltada.) Pero, ¿y yo?... ¿y yo? ¿No pensás en mí? ¿No pensás en mi situación cuando vos estés lejos? ¿No soy nadie para vos? ¿Qué dirías si tus hermanas hicieran lo mismo? Si me dejaran, si todas me abandonaran... (Con voz quejumbrosa.) ¿No te da lástima imaginarte esta pobre vieja, ¡enferma y sola! tirada por sus hijas al medio de la calle, con el pretexto de que cada una ha querido buscar la felicidad a su manera?

CARMEN. - (Con angustia.) ¿Y yo qué puedo hacer, mama?... ¿qué puedo hacer yo? ¡Piense un poco también en mí! ¡Si lo quiero!... ¡¡lo quiero!!

DOÑA MARÍA. - ¡Olvidarlo! ¡No acordarte más de él! ¡Eso es lo que tenés que hacer!... ¡No acordarte de que existe en el mundo semejante pillo!...

CARMEN. - (Con mucha ternura.) ¡Pero, si para mí, mama, Linares es la vida! ¡Sin él no podría vivir! ¡He llegado a quererlo tanto, que cuando pienso así, que pudiera faltarme, que pudiera no volverlo a ver!... No sé explicarle lo que me pasa, no podría decirle lo que siento, pero es un vacío tan grande, una angustia tan extraña, que sólo se me ocurre llorar... y lloraría, ¡lloraría siempre, sin importarme de nada, ni preocuparme de otra cosa que de continuar llorando, hasta que lo volviera a ver!

DOÑA MARÍA. - Pero... ¿y yo?, ¿y yo? ¡Pensá en nosotras! ¡Pensá en mí!

CARMEN. - (Con aflicción.) ¡Si no puedo! ¡Pienso en que lo quiero... y no puedo pensar más!

DOÑA MARÍA. - (Imperativa.) ¡Basta de ridiculeces! ¡Es preciso y se acabó!

CARMEN. - (Angustiada.) ¿Pero usted no sabe entonces lo que es querer? ¡Querer mucho!... querer así, ¡como yo quiero! ¿Acaso porque sea preciso se va a dejar de querer?... ¿Cómo puede decir eso, mama, usted que también tiene que haber querido?...

DOÑA MARÍA. - (Imperativa.) ¡Basta, he dicho!

CARMEN. - (Desesperada.) ¡Oh! ¡no! ¡Se lo suplico!

DOÑA MARÍA. - (Exasperada.) ¡Te digo que basta!

CARMEN. - (Sollozando.) ¡Se lo suplico! ¡Mama, se lo suplico! ¡Fíjese por Dios en lo que hace! ¡¡Por última vez, mama!! (Cae de rodillas delante de doña María.)

DOÑA MARÍA. - (Fuera de sí.) ¡Basta! ¡Basta! ¿No entendés?

CARMEN. - (Con repentina resolución y enderezándose.) Está bien, basta. (Vase silenciosamente por la izquierda y doña María la sigue con la mirada hasta que desaparece.) (Entra Petrona por la izquierda y se dirige a salir por la derecha.)

PETRONA. - (Sin detenerse.) Adiós, tía.

DOÑA MARÍA. - (Secamente.) Adiós.

PETRONA. - (Deteniéndose antes de salir y con mucha humildad.) ¿Entonces, ¿no quiere que vuelva?

DOÑA MARÍA. - ¡No! ¡Que te aprovechen las cachetadas! ¡Seguí no más!...

PETRONA. - (Con mucho sentimiento.) ¡Oh, no, tía estoy segura que ahora está esperándome en la esquina! ¡Cada vez que me pega se pone después de cariñoso y de bueno!... ¡Pobre! ¡Da lástima! (Desaparece por la derecha a tiempo que golpean las manos y en seguida vuelve a aparecer.) Tía, aquí está el señor Rocamora. (Da paso a Rocamora y al muchacho que lo sigue con unas cajas y vase nuevamente.)

ROCAMORA. - (Adelantándose a dar la mano a doña María, mientras el muchacho deja las cajas sobre una silla y vase por la derecha) . Buenas tardes.

DOÑA MARÍA. - Un momento, Rocamora, voy a avisar a Pepa. Siéntese. (Se dirige a la izquierda) .

ROCAMORA. - Estoy bien, gracias. (Doña María vase por la izquierda y Rocamora empieza a pasearse a lo largo del escenario. Al cabo de un instante se asoma Linares por el foro, observa la escena sin que Rocamora lo aperciba y desaparece inmediatamente. Después de un momento aparece Carmen por la izquierda y vase apresuradamente por el foro aprovechando un instante en que Rocamora en sus paseos le da la espalda. En seguida de salir Carmen aparece Manuela muy agitada por la izquierda y mira a todos lados, como buscando a alguien.)

MANUELA. - (Bruscamente a Rocamora.) ¿No ha venido Carmen por aquí?

ROCAMORA. - (Sin interrumpir sus paseos.) No. (Manuela vuelve a desaparecer apresuradamente por la izquierda.)

(Entran por la izquierda doña María y Pepa.)

PEPA. - (Secamente, adelantándose a Rocamora.) ¡Qué horas de venir!

ROCAMORA. - (Dándole la mano.) Discúlpeme. Un quehacer urgente.

PEPA. - (Nerviosamente.) Sí, sí, muy bonito. (En voz baja y olfateándole la ropa.) ¡Qué olor tan raro! ¿De dónde salís?

ROCAMORA. - (En igual forma.) Del registro.

PEPA. - (Nerviosamente y aparte.) ¡Mentira! ¡Decí, decí!... ¿de dónde? (Rocamora aparenta darle explicaciones en voz baja, accionando mucho.)

MANUELA. - (Entrando muy agitada por la izquierda y aparte a doña María.) ¡No la puedo encontrar!

DOÑA MARÍA. - ¿A quién?

MANUELA. - ¡A Carmen!

DOÑA MARÍA. - (Alarmada.) ¿No está en su cuarto? ¿Has visto bien?

MANUELA. - (Apresuradamente.) Vuelva a ver usted! ¡Yo entretanto voy al fondo! (Mientras Manuela vase corriendo por el foro, doña María vase precipitadamente por la izquierda.)

ROCAMORA. - (Solemne y después de dirigir una mirada a su alrededor.) Nos han dejado solos.

PEPA. - (Con falso pudor.) ¡Es verdad! (Mira a los lados y de pronto, aunque Rocamora ha permanecido impasible.) ¡No quiero! ¡Estáte quieto! (Retrocede.)

ROCAMORA. - (Solemne.) ¿Qué?

PEPA. - (Haciéndose la confundida.) ¡Ah! no, yo creía. (Baja los ojos.)

ROCAMORA. - (Aproximándose a Pepa siempre solemne tratando de dar a la voz cierta emoción.) ¡Pepa! (Entra corriendo Manuela por el foro y sale por la izquierda sin preocuparse de Pepa ni de Rocamora.)

PEPA. - (Fingiéndose alarmada.) ¡Ahí tenés lo que sacás! ¡Nos ha visto!

ROCAMORA. - (Sorprendido.) ¿Y qué puede habernos visto?

PEPA. - (Bajando los ojos.) ¡Es una imprudencia!

ROCAMORA. - (Con emoción.) ¡Pepa!... (Se aproxima mucho a ella.)

PEPA. - (Con pasión) ¡Filiberto!... (Se miran un momento y después Rocamora, con mucha solemnidad, le da un beso en la frente y en ese instante entran bruscamente por la izquierda Manuela y doña María, con la manifiesta intención de salir en igual forma por el foro. Vase Manuela corriendo por el foro sin apercibirse de nada, pero doña María, que sorprende el beso de Rocamora, se detiene bruscamente y mira durante un instante con expresión de estupor a Rocamora y a Pepa, que permanecen confusos y sin saber qué hacer.)

DOÑA MARÍA. - (Avanzando con dignidad.) ¿Qué quiere decir esto? (Rocamora y Pepa bajan la cabeza sin responder.) ¿Es ésta la manera que tiene usted de corresponder a la confianza con que se le recibe en esta casa? (Rocamora no responde.) ¡Conteste! ¡so sinvergüenza! (Gesto de indignación de Rocamora.) ¿Es así como responde usted a las bondades que con usted se tienen? (Con mucha energía.) ¡Inmediatamente sale usted de aquí! (Le señala la puerta.)

PEPA. - (Levantando la cabeza.) ¡Eso no, mamá!

DOÑA MARÍA. - (Sin preocuparse de Pepa.) ¡Salga usted en seguida! (Rocamora hace ademán de irse.)

PEPA. - (Fuera de sí, precipitándose sobre Rocamora y tomándolo de los brazos.) ¡No! ¡No! ¡Vos no podés irte! ¡No le hagás caso! ¡No! ¡No!

DOÑA MARÍA. - (A gritos.) ¡Pepa! ¡Fijáte en lo que hacés!

PEPA. - (Luchando con Rocamora que quiere desasirse de ella.) ¡Quedate! ¡No le hagás caso! ¡Vos no te vas!

ROCAMORA. - (Desprendiéndose violentamente de Pepa, que cae de rodillas con el choque.) ¡Perfectamente! (Vase por la derecha.)

DOÑA MARÍA. - (Precipitándose sobre las cajas que trajo un momento antes Rocamora a las que toma y arroja por la derecha.) ¡Y llévese también sus porquerías!

PEPA. - (Levantándose del suelo ha corrido hacia la derecha y asómase por ella gritando con desesperación.) ¡Rocamora! ¡Rocamora!

DOÑA MARÍA. - (Tironeándola sin resultado.) ¡Sosegate! ¡No hagás caso!

PEPA. - (Con angustiosa desesperación.) ¡Rocamora! (Volviéndose como una fiera hacia doña María, al convencerse de que Rocamora no vuelve.) ¿Qué es lo que ha hecho? ¿Qué ha hecho usted? ¡Vieja loca! ¿Con qué derecho me quita lo que es mío? (Amenazadora.) ¡Diga!... ¿con qué derecho? (Levanta el brazo como si fuera a pegarle.)

DOÑA MARÍA. - (Retrocediendo asustada.) ¡Pepa! ¿estás en tu juicio?

MANUELA. - (Gritando desde el interior del foro.) ¡Mama! ¡Mama! (Apareciendo.) ¡Carmen y Linares no están por ninguna parte!

DOÑA MARÍA. - (Azorada.) ¿Qué?... ¿Qué decís? (Se abalanza hacia Manuela.)

MANUELA. - ¡Que Carmen se ha ido, mama!

DOÑA MARÍA. - (Precipitándose por el foro.) ¿Que se ha ido? (Con voz angustiosa.) ¡Carmen! ¡Carmen! ¡Carmen! (Manuela ha salido junto con ella y la voz de doña María se va apagando gradualmente hasta apagarse del todo. Después de salir doña María, Pepa vacila un momento, concluye por hacer un gesto enérgico y poniéndose precipitadamente el sombrero desaparece a su vez por la derecha. La escena queda un instante vacía y después se derrumba con estrépito el cuadro de las medallas y el telón comienza a descender lentamente mientras se oye de nuevo la voz de doña María que se aproxima llamando a Carmen.)


Telón

Rabindranath Tagore:El cartero del rey


(India, 1861-1941)
Poeta y filósofo indio, premio Nobel, que contribuyó a estrechar el entendimiento mutuo entre las civilizaciones occidental e india. Su nombre en bengalí es Ravìndranatha Thakura y nació en Calcuta en el seno de una familia acomodada, hijo del filósofo Debendranath Tagore. Empezó a escribir poesía de niño y publicó su primer libro a los 17 años. Después de una breve estancia en Inglaterra (1878) donde estudió Derecho, volvió a la India, y pronto se convertiría en el autor más importante y famoso de la época colonial. Escribió poesía, cuentos, novelas y obras de teatro, y además compuso centenares de canciones populares. En 1929 empezó también a pintar. Internacionalista decidido y educador, en 1901 fundó en su propiedad bengalí la escuela Santiniketan, para la enseñanza de una mezcla de filosofías orientales y occidentales, que en 1921 se convertiría en la Universidad Internacional Visva-Bharati. También viajó y dió conferencias por todo el mundo. Tagore escribió en lengua bengalí. Su obra, muy imaginativa y profundamente religiosa, está impregnada por su amor a la naturaleza y a su tierra. En 1913, le fue concedido el Premio Nobel de Literatura y en 1915 el rey Jorge V le nombró caballero, título al que renunció tras la matanza de Amritsar en 1919, cuando las tropas británicas mataron a 400 manifestantes indios. Muchas de sus obras fueron traducidas al español por Zenovia Camprubí.
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Rabindranath Tagore
El cartero del rey



Personajes


Madav

Amal: hijo adoptivo de Madav.

Sada: niña que vende flores.

El médico.

El lechero.

El guarda.

El viejo.

El jefe de la aldea: un fanfarrón.

El heraldo del rey.

El médico real.

Chiquillos de la aldea.

(En casa de Madav).



Acto primero


Escena primera



(Madav y el médico)



Madav.- ...¡Yo no sé qué es esto!



Antes de venir él, todo me era lo mismo, ¡y me sentía tan libre! Pero ahora que ha venido, Dios sabe de dónde, su cariño me llena el corazón. Y estoy seguro de que mi casa no será ya casa si él se va... (Al médico). ¿Tú crees?...



El médico.- Si su destino es que viva, vivirá años y años; pero, por lo que los libros dicen, me parece...



Madav.- ¡Ay, cielo santo, qué...!



El médico.- Bien claro lo dicen:



“Humor bilioso o parálisis ajitante *, resfriado o gota, todo empieza lo mismo...”

Madav.- ¡Déjame en paz con los libros, hombre! Con tanta y tanta cosa, no consigues sino preocuparme más. Lo que quiero que me digas es lo que se puede hacer...



El médico (tomando rapé).- Pues sí; el enfermo necesita el más escrupuloso cuidado...



Madav.- Eso ya lo sé yo... Pero dime qué hago...



El médico.- Ya te lo tengo dicho:



que de ninguna manera se le deje salir de casa.



Madav.- ¡Pobre criatura! Tenerlo encerrado todo el día... Eso es demasiado...



El médico.- Pues no hay otro remedio. Este sol de otoño y esta humedad pueden hacerle mucho daño, porque, como dicen los libros: “En ahoguidos, en desmayos, en temblor nervioso, en ictericia y en ojo de plomo...”



Madav.- ¡Hombre, por Dios, déjame ya de libros!... Entonces, no queda otro remedio que encerrar al pobrecillo, ¿eh? ¿No se puede hacer otra cosa?



El médico.- No, no; “viento y sol”...



Madav.- Pero ¡qué me importa a mí ahora que si esto o que si lo otro!... Vamos a dejarnos de tonterías. Al grano. Lo que tú dices es muy duro para la pobre criaturita...; y como además él lo lleva todo con esa paciencia, y hace cuanto se le dice... ¡Me parte el corazón ver su cara cuando está tomando esa medicina que le has mandado!...



El médico.- Pues cuantos más visajes haga, mejor. Ya lo dice el sabio Chiavana: “Medicina y buenos consejos; lo que menos gusta es lo que mejor sienta...” Sí, sí... Y me voy corriendo, que tengo mucho que hacer... (Sale).



Escena segunda


(Madav y el viejo)



Madav.- (Al viejo, que entra).



...¡Bueno! Pero, ¿ahí estás tú, viejo maldito?



El viejo.- ¡No tengas cuidado, hombre, que no te voy a morder!



Madav.- Sí; pero es que eres el diablo; siempre les estás llenando de viento la cabeza a las criaturas...



El viejo.- Tú no eres ningún niño, ni tienes niños en tu casa... ¿Qué más te da?



Madav.- Es que ahora tengo un niño...



El viejo.- ¡Un niño!... ¿De verdad?



¿Pues qué ha pasado?



Madav.- Tú recordarás que mi mujer estaba siempre con el capricho de que recojiéramos un niño...



El viejo.- Pero eso ya es muy antiguo; y además, que a ti no te hacía chispa de gracia...



Madav.- Tienes razón. ¡Tú no sabes lo que me ha costado juntar este dinerillo! Y que el hijo de otro se me entrara por las puertas a tirarme lo que yo, con tanto sudor, había ido ahorrando... ¡No podía con eso!... ¡Pero este chiquillo se me ha metido en el corazón de una manera tan rara...!



El viejo.- ¡Buena la hemos hecho! Y ahora se te irá todo en darle gusto al niño... ¡Y tan contentos de que se vaya!



Madav.- El dinero, antes era como un vicio para mí. Trabajaba por avaricia. Ahora, como sé que es para este niño, que quiero tanto, ¡lo gano con una alegría...!



El viejo.- Bueno, bueno; y ¿dónde encontraste ese niño?



Madav.- Es hijo de un hombre que era hermano de leche de mi mujer. Su madre murió poco después de nacer él, y no hace mucho se quedó también sin padre...



El viejo.- ¡Pobrecillo! Así le hago yo más falta...



Madav.- El médico dice que no hay parte sana en su cuerpecito, y que no tiene esperanza de que viva.



Dice que lo único que hay que hacer es guardarlo de este viento del otoño y de este sol... ¡Pero tú eres el demonio!... ¡Cuidado con tu manía de irte por ahí, a tus años, con los chiquillos!



El viejo.- ¡Bendito Dios! ¿Conque tan malo como el viento y el sol del otoño, eh? ¡Pues también sé hacer que se estén los niños quietecitos en casa, amigo!... Esta tarde, cuando acabe el trabajo, me vendré por aquí a jugar con tu niño...



(Sale).





Escena tercera




(Madav y Amal)

Amal (entrando).- Tío; oye, tío...



Madav.- Amal, hijo, ¿eres tú?



Amal.- ¿No me dejas salir un poquito del patio?



Madav.- No, rey de mi corazón, no salgas...



Amal.- ¡Anda, un poquito nada más!... Voy con tita, a verla majar las lentejas. ¡Mira la ardilla, allí sentada con su rabo tieso; mira cómo coje con sus manitas las semillas y se las come!... ¿Voy de una carrera?



Madav.- No, vida mía, no...



Amal.- ¡Ojalá fuera yo una ardilla!



¡Iba a jugar más!... Tío, ¿por qué no me dejas ir donde yo quiera?



Madav.- Porque el médico dice que no es bueno para ti, hijo.



Amal.- ¿Y cómo lo sabe él, di?



Madav.- ¡Qué ocurrencias tienes!



¿Cómo no ha de saberlo, con esos libros tan gordos que lee?



Amal.- ¿Y en los libros lo pone todo?



Madav.- Claro, ¿no sabes que sí?



Amal (suspirando).- Yo qué sé...



Como yo no leo libros...



Madav.- Pues para que lo sepas; los hombres sabios, que lo saben todo, son como tú; nunca salen de casa...



Amal.- ¿De veras? ¿Nunca?



Madav.- Nunca. ¿Cómo quieres que salgan? Desde que se levantan hasta que se acuestan, están dale que le das a los libros, y no les queda tiempo, ni tienen ojos para otra cosa. Cuando tú seas mayor, serás sabio. Siempre estarás metido en casa, leyendo librotes. Y la jente que pase se quedará mirándote, y dirá: “!Lo que sabe! ¡Es una maravilla!”

Amal.- ¡No, tío, no; por tus queridos pies; no, yo no quiero ser sabio; no quiero, no quiero!...



Madav.- Pues mira, mira, mi suerte hubiera sido ser sabio...



Amal.- A mí me gustaría más ir a muchos sitios y ver todo lo que hay que ver.



Madav.- ¡Tontón, ver! ¿Y qué quieres ver? ¡Vamos! ¿Qué es eso que tiene tanto que ver?



Amal.- Mira esa montaña que se divisa desde la ventana... ¡Algunas veces me dan unas ganas de irme corriendo por encima de ella!



Madav.- ¡Eres tonto! ¿Tú crees que no hay más que ir y subirse a la punta de la montaña? ¿Y luego qué, vamos a ver?... ¡Tú estás loco, hijo! ¿No comprendes tú que si esa montaña está ahí de pie, como está, está para algo? Si pudiéramos ir más allá, ¿para qué amontonar tanto pedrote? ¿A qué habrían hecho una cosa tan grande? Vamos hombre...



Amal.- ¿Tú crees, tío, que la han hecho para que nadie pase? Pues a mí me parece que es que como la tierra no puede hablar, levanta las manos hasta el cielo y nos llama; y los que viven lejos y están sentados, solos siempre, en su ventana, la ven llamar... Pero será que los que son sabios...



Madav.- ¡Te figurarás tú que los sabios no tienen que pensar más que en esas tonterías! ¡Tendrían que estar tan locos como tú!...



Amal.- Pues oye, ayer conocí a uno que está entonces tan loco como yo...



Madav.- ¡Dios santo! ¿De veras?



¿Quién?



Amal.- ...Llevaba un palo de bambú al hombro, con un lío en la punta, y llevaba un perol en las mano, y tenía puestas unas botas más viejas...



Iba, camino de los montes, por aquel prado que está allí... Y yo le grité: “?Dónde vas?” Él contestó: “Qué sé yo, no sé, a cualquier parte...” Y yo le pregunté otra vez: “?Por qué te vas?” Y me dijo:



“Voy a buscar trabajo...” Tío, di, ¿tú no tienes que buscar trabajo?



Madav.- ¡Claro que sí! Hay mucha jente que busca trabajo por ahí...



Amal.- ¡Qué gusto! Pues yo me voy a ir también por ahí a buscar cosas que hacer...



Madav.- Pon que no encuentres nada.



¿Entonces?



Amal.- ¡Eso sí que sería divertido!



Pues entonces iría más lejos todavía... Tío, yo estuve mirando mucho tiempo a aquel hombre que se iba, despacio, despacio, con sus botas viejas... Cuando llegó a ese sitio por donde el arroyo pasa debajo de la higuera, se puso a lavarse los pies... Luego, sacó de su lío una poca de harina de grama, le echaba un chorrito de agua, y se la comía... Luego, ató su lío y se lo cargó otra vez al hombro; se recojió el faldón hasta la rodilla, y pasó el arroyo... Ya le he dicho yo a tita que me tiene que dejar ir al arroyo a comerme mi harina de grama, como él...



Madav.- ¿Y qué te ha dicho tita?



Amal.- Me dijo: “Ponte bueno, y entonces te llevaré al arroyo...” Di tú, ¿cuándo voy a ponerme bueno?



Madav.- Ya pronto, vida mía.



Amal.- ¡Qué bien! Entonces, en cuantito esté bueno otra vez, me iré, ¿verdad?



Madav.- Y ¿adónde quieres ir, di?



Amal.- No sé. Me iré andando, andando... Pasaré muchos arroyos, metiéndome en el agua. Toda la jente estará dormida, con las puertas cerradas, porque hará ya mucho calor... Y yo seguiré andando, andando; y buscaré trabajo lejos, muy lejos, más lejos cada vez...



Madav.- Bueno; pero creo que primero debes procurar ponerte bien, y después...



Amal.- Entonces, ¿ya no vas tú a querer que yo sea sabio, verdad, tío?



Madav.- ¿Y qué te gustaría ser a ti, vamos a ver?



Amal.- Ahora no lo tengo pensado; pero ya te lo diré yo luego.



Madav.- Y mira: no quiero que llames a ningún desconocido ni que te pongas a hablar con todo el que pasa, ¿sabes?



Amal.- ¡Si a mí me gusta tanto hablar con ellos!



Madav.- ¿Y si te robaran?



Amal.- ¡Eso sí que me gustaría!



Pero no; nadie me lleva nunca; todos quieren que me quede siempre aquí...



Madav.- Tengo que irme a trabajar, hijo. ¿Verdad que tú no saldrás?



Amal.- No, tío, no saldré pero déjame estar en este cuarto que da al camino... (Sale Madav).







Escena cuarta


(Amal y el lechero)





El lechero (fuera).- ...¡Quesitos, quesitos, a los ricos quesitos!



Amal.- ¡El de los quesitos, oye, el de los quesitos!



El lechero (entrando).- ¿Me has llamado, niño? ¿Quieres comprarme quesitos?



Amal.- ¿Cómo quieres que te los compre, si no tengo dinero?



El lechero.- Entonces, niño, ¿para qué me llamas? ¡Uf! ¡Vaya una manera de perder el tiempo, hombre!



Amal.- Si yo pudiera, me iría contigo...



El lechero.- ¡Conmigo!... ¿Qué estás diciendo?



Amal.- Sí; ¡me entra una tristeza cuando te oigo pregonar allá lejos, por el camino!...



El lechero (dejando en el suelo su balancín).- Y tú, ¿qué es lo que haces aquí, hijo?



Amal.- El médico me ha mandado que no salga, y aquí donde tú me ves estoy sentado todo el día...



El lechero.- ¡Pobre! ¿Qué tienes?



Amal.- No sé; como no soy sabio, no sé qué tengo. Pero di tú, lechero; tú, ¿de dónde eres?



El lechero.- De mi pueblo...



Amal.- ¿De tu pueblo? ¿Y está muy lejos de aquí tu pueblo?



El lechero.- Mi pueblo está junto al río Shamli, al pie de los montes de Panchmura.



Amal.- ¿Los montes de Panchmura has dicho? ¿El río Shamli? Sí, sí; yo creo que he visto una vez tu pueblo; pero no sé cuándo ha sido...



El lechero.- ¿Que has visto tú mi pueblo? ¿Tú has ido hasta los montes de Panchmura?



Amal.- No, yo no he ido; pero me parece que me acuerdo de haber visto tu pueblo... Tu pueblo está debajo de unos árboles muy grandes, muy viejos que hay allí, ¿no?; junto a un camino colorado, ¿no?



El lechero.- Sí, sí, allí está...



Amal.- Y en la ladera está el ganado comiendo...



El lechero.- ¡Qué maravilloso! El ganado comiendo... Pues es verdad...



Amal.- Y las mujeres, con sus saris granas, van y llenan los cántaros en el río, y luego vuelven con ellos en la cabeza...



El lechero.- Así mismo. Las mujeres de mi pueblo lechero todas van por agua al río; pero no creas tú que tienen todas un sari grana que ponerse... Pues sí, no cabe duda; tú has estado alguna vez de paseo en el pueblo de los lecheros...



Amal.- Te digo, lechero, que no he estado nunca allí. Pero el primer día que me deje el médico salir, ¿vas tú a llevarme a tu pueblo?



El lechero.- Sí; me gustaría mucho que vinieras conmigo.



Amal.- ¿Y me vas a enseñar a pregonar quesitos, y a ponerme el balancín en los hombros, como tú, y a andar por ese camino tan largo, tan largo...?



El lechero.- Calla, calla... ¡Pues estaría bueno! ¿Y para qué ibas tú a vender quesitos? No, hombre; tú leerás unos libros muy grandes, y serás sabio...



Amal.- ¡No, no; yo no quiero ser sabio nunca! Yo quiero ser como tú... Vendré con mis quesitos de un pueblo que está en un camino colorado, junto a un viejo baniano, y los iré vendiendo de choza en choza...



Qué bien pregonas tú: “!Quesitos, quesitos, a los ricos quesitos!” ¿Me quieres enseñar a echar tu pregón?



El lechero.- ¿Para qué quieres tú saber mi pregón? ¡Qué cosas tienes!



Amal.- ¡Sí, enséñamelo! Me gusta tanto oírte... Yo no te puedo explicar lo que me pasa cuando te oigo en la vuelta de ese camino, entre esa hilerita de árboles...



¿Sabes? Lo mismo que siento cuando oigo los gritos de los milanos, tan altos, allá en el fin del Cielo...



El lechero.- Bueno, bueno; anda, ten unos quesitos; ten, cójelos...



Amal.- Pero si no tengo dinero...



El lechero.- ¡Deja el dinero! ¡Me iría tan alegre si quisieras tomar esos quesitos!



Amal.- ...Lechero, ¿te he entretenido mucho?



El lechero.- No, hombre, nada. No sabes tú lo contento que me voy...



Ya ves; me has enseñado a ser feliz vendiendo quesitos (Sale).







Escena quinta


(Amal solo)





Amal (pregonando).- ...¡Quesitos, quesitos, a los ricos quesitos del pueblo de los lecheros, en el campo de los montes de Panchmura, junto al río Shamil! ¡Quesitos, a los buenos quesitos! ¡Al amanecer, las mujeres ponen en fila las vacas, debajo de los árboles, y las ordeñan; por la tarde, hacen quesitos con la leche! ¡Quesitos, quesitos, a los ricos quesitos!...



Ya está ahí el Guarda... Ahora viene para abajo (Al Guarda).



¡Guarda, oye, ven a hablar un ratito conmigo!







Escena sexta


(Amal y el guarda)





El guarda (entrando).- Pero, ¿qué escándalo es éste? ¿No me tienes miedo a mí?



Amal.- ¿Yo? ¿Por qué voy a tenerte miedo?



El guarda.- ¡A que te llevo preso!



Amal.- ¿Adónde me llevarías, di?



¿Muy lejos? ¿Más allá de esos montes?



El guarda.- Me parece que a quien voy a llevarte es al Rey.



Amal.- ¡El Rey! Sí, sí, llévame, ¿quieres? Pero el médico no me deja salir... ¡Nunca puede nadie llevarme!... ¡Todo el santo día tengo que estar aquí sentado!



El guarda.- ¿No te deja el médico, verdad? ¡Pobrecillo! Sí que estás descolorido; y ¡qué ojeras tan negras tienes, hijo mío! ¡Cómo te resaltan las venas en las manos tan delgaditas!



Amal.- ¿Quieres tocar el gongo, guarda?



El guarda.- Después, que todavía no es tiempo.



Amal.- ¡Qué raro! Unos dicen que el tiempo no ha venido y otros que el tiempo ha pasado. Pero yo estoy seguro que si tocas el gongo será el tiempo.



El guarda.- No, hombre; eso no puede ser; yo no puedo tocar el gongo sino cuando es el tiempo.



Amal.- Sí; y ¡cómo me gusta oír el gongo! Al mediodía, cuando acabamos de comer, mi tío se va al trabajo, y mi tita se duerme leyendo su Ramayana; y el perro, con el hocico metido en su rabo enroscado, se echa a la sombra de la pared... Entonces tu gongo suena: ¡Don, don, don!...



Di, ¿por qué tocas tu gongo?



El guarda.- Pues lo toco para decirles a todos que el tiempo no se espera, sino que está siempre andando...



Amal.- ¿Y adónde, a qué pueblo va el tiempo, di?



El guarda.- ¡Eso sí que no lo sabe nadie!



Amal.- Entonces será que nadie ha estado allí nunca... ¡cómo me gustaría a mí irme con el tiempo a ese país que nadie ha visto!



El guarda.- Todos tenemos que ir allí algún día, hijo.



Amal.- ¿Y yo también?



El guarda.- Sí; tú también...



Amal.- Pero como el médico no me deja salir...



El guarda.- Quizás él mismo te lleve de la mano algún día...



Amal.- ¡No, no lo hará, estoy seguro! ¡Tú no lo conoces! ¡Si tú vieras; no quiere más que tenerme aquí encerrado!



El guarda.- Pero hay uno más grande que él, y viene, y nos abre la puerta...



Amal.- Pues que venga ya por mí ese gran médico, y me saque de aquí, ¡que ya no puedo más!



El guarda.- No debías decir eso, hijo...



Amal.- Bueno, no lo digo, Aquí me estaré, donde me han puesto, y no me moveré ni un poquito. Pero cuando tocas tu gongo: Don, don, don. ¡me da una cosa!... Di, guarda...



El guarda.- ¿Qué quieres?



Amal.- ¿Qué hay en esa casa grande del otro lado del camino, que tiene arriba, volando, una bandera? Entra y sale más jente, más jente...



El guarda.- ¡Ah! Es el Correo nuevo...



Amal.- ¿El Correo nuevo? ¿Y de quién es?



El guarda.- ¿Pues de quién ha de ser? Del Rey...



Amal.- Y entonces, ¿vienen cartas del Rey aquí, a su Correo nuevo?



El guarda.- Claro está. El día menos pensado hay una carta para ti.



Amal.- ¿Para mí? Si yo soy un niño chico...



El guarda.- Sí; pero es que el Rey también escribe cartitas a los niños chicos.



Amal.- ¡Qué bien! Y ¿cuándo recibiré yo mi carta, di? ¿Quién te lo dijo a ti, guarda?



El guarda.- Si no, ¿para qué iría a poner el Rey su Correo frente a tu ventana abierta, con su bandera amarilla volando?



Amal.- Pero, ¿quién va a traerme la carta de mi Rey, cuando me escriba?



El guarda.- El Rey tiene muchos carteros... ¿Tú no los ves cómo corren por ahí? Unos que llevan un redondel dorado en el pecho...



Amal.- ¿Y adónde van, di?



El guarda.- Pues a todas partes...



Amal.- ¡Ay, qué bien! ¡Yo voy a ser cartero del Rey cuando sea grande!



El guarda (riéndose).- ¡Qué ocurrencia! ¡Cartero! ¿Pero tú sabes lo que dices? Que llueva o que haga sol, al rico y al pobre, de puerta en puerta, cartas y más cartas, siempre, siempre, siempre... ¡Vamos! ¡Que creerás tú que eso no es trabajo!



Amal.- ¡Ya lo creo que es! ¡Cómo me gustaría! ¿Por qué te ríes? ¡Si ya sé yo que tú también trabajas mucho!... Cuando, al mediodía, hace tanto calor, y no se oye nada, tu gongo suena: Don, don, don... Y algunas veces que me despierto de pronto, por la noche, y que se ha apagado la mariposa, oigo en la oscuridad tu gongo, muy despacito:



Don, don, don...



El guarda.- ¡Ahí viene el jefe! Me voy, que si llega a cojerme hablando contigo, para qué quiero más...



Amal.- ¿El jefe? ¿Dónde?



El guarda.- Ya está aquí, míralo.



¿No ves ese quitasol grande de palma, que parece que viene saltando?



Ése.



Amal.- Será que el Rey le ha dicho que sea jefe de aquí, ¿no?



El guarda.- El Rey... ¡No!... ¡Es un tío fastidioso! ¡No le gusta más que molestar! Si vieras... Hace todo lo que puede por ser desagradable, y no hay quien lo pueda ver.



Eso es lo que les gusta a los que son como él, jeringar a todo el mundo... Bueno, me voy. ¡Fuera pereza! Ya me dejaré caer por aquí mañana temprano y te contaré todo lo que pase por el pueblo... (Sale).







Escena séptima


(Amal solo)





Amal.- ¡Si yo recibiera todos los días una carta del Rey!... Las leería aquí en la ventana... Pero si no sé leer todavía... ¿Quién querría leérmelas? Quizás tita entienda la letra del Rey... Como lee su Ramayana... Y si no sabe nadie, entonces las tendré que guardar con mucho cuidadito y las leeré cuando sea mayor... Y ahora que me acuerdo, ¿y si el cartero no sabe quién soy? (Al jefe). ¡Señor jefe, señor jefe!, ¿puedo decirte una cosa?




Escena octava


(Amal y el jefe)



El jefe (entrando).- ¿Qué gritos son éstos? ¡Y en el camino! ¡Vaya con el monigote!



Amal.- ¿Tú eres el jefe, verdad?



Todo el mundo hace lo que tú dices, ¿no?



El jefe (con satisfacción).- ¡Pues no faltaría más que no lo hicieran!



Amal.- ¿Y también mandas tú en los carteros del Rey?



El jefe.- ¡También! ¡Tendría que ver!



Amal.- ¿Querrías decirle al cartero, que Amal es el niño que está sentado aquí en la ventana?



El jefe.- ¿Y para qué?



Amal.- Porque si viniera una carta para mí...



El jefe.- ¡Para ti! ¿Quién va a escribirte una carta a ti?



Amal.- Quizás me la escriba el Rey...



El jefe (a risotadas).- ¡El Rey!



¡Vamos, tú estás soñando! ¡Pues no digo nada, lo que quiere el niño!



¡Claro, como que tú eres su mejor amigo, y no os habéis visto en tanto tiempo, el Rey no puede con el disguto, y...¡ ¡Sí, espera ahí sentado, que mañana tendrás la carta!



Amal.- Señor jefe, ¿por qué me hablas así? ¿Estás enfadado conmigo?



El jefe.- Contigo, ¿eh? ¡Conque el Rey!... ¡Pues no se da tono Madav, que digamos! ¡Claro, como ha ganado ese fortunón, ya no se habla más que de reyes y padishas en su casa! ¡Que yo lo vea y no va a ser Rey lo que le voy a dar...! Y tú, mequetrefe, ¡ya diré yo que te traigan la carta del Rey; ten la seguridad!



Amal.- No, no; si te molesta, que no me la traigan.



El jefe.- ¡Sí, hombre!, ¿por qué no?; ¡si se lo voy a decir ahora mismo al Rey! ¡No te apures, que no tardará la carta! ¡En cuanto el Rey lo sepa, te mandará un criado suyo a saber de ti! ¡No faltaba otra cosa!... ¡Valiente impertinencia! ¡Lo que es como el Rey se entere, ya le dará a Madav tono, ya!... (Sale).







Escena novena




(Amal y Sada)



Amal.- ¿Quién eres tú, niña? ¡Cómo repican tus ajorcas! ¡Espérate un poquito!, ¿quieres? (Entra una niña).



Niña.- ¡No puedo, no tengo tiempo, es muy tarde!



Amal.- Ya lo sé. Pero, ¿no quieres esperarte? ¡Tampoco a mí me gusta quedarme aquí!



Niña.- ¿Qué tienes, que pareces una estrella tardía de la mañana?



Amal.- No sé; el médico no quiere que salga...



Niña.- ¡Ay, pues no salgas! Debes hacer caso de lo que te diga el médico, porque si eres malo, se va a enfadar contigo. Ya sé yo que te cansará mucho estar siempre mirando por esa ventana... Deja que te la cierre un poquito...



Amal.- No, no la cierres. Ésta es la única ventana que hay abierta...



Todas las demás están cerradas...



¿Quieres decirme quién eres tú? Me parece que no te conozco...



Niña.- Yo soy Sada.



Amal.- ¿Sada? ¿Qué Sada?



Sada.- Yo soy la hija de la vendedora de flores del pueblo. ¿No lo sabías?



Amal.- Y tú, ¿qué haces, di?



Sada.- ¿Yo? Yo cojo flores en mi canasto.



Amal.- ¡Cojes flores! ¡Por eso tienes tan alegres los pies, y tus ajorcas cantan tan contentas cuando vas andando! ¡Quién pudiera irse por ahí, como tú!... Yo te cojería flores de las ramas más altas, que ya no se ven...



Sada.- ¿De veras? ¿A que no sabes tú tantas cosas de las flores como yo?



Amal.- Sí, tanto como tú. Sé todo lo de Champaca, el del cuento de hadas, y sus siete hermanos. Y si me dejaran un momentito siquiera, me iría corriendo al bosque aquel tan grande, y me perdería; y en aquel sitio en donde el colibrí que chupa la miel se mece en la punta de su ramita, me abriría yo como una flor de champaca... ¿Quieres tú ser mi hermana Parul?



Sada.- ¡Qué tontísimo eres! ¿Cómo voy yo a ser tu hermana Parul, si yo soy Sada, y mi madre es Sasi, la que vende flores? ¡Si supieras tú las biznagas que tengo que hacer todos los días!... ¡Ay! ¡Que no me iba a divertir yo si pudiera estarme aquí sin hacer nada, como tú!



Amal.- ¿Y qué ibas a hacer en todo el día, tan largo?



Sada.- ¡Pues poco que iba yo a jugar con mi muñeca Beney, la novia, y con la gata Meni, y con...! Pero mira, es muy tarde, y no puedo quedarme más; que si no, me voy a volver sin una flor.



Amal.- ¡Espérate otro poquito, anda, que estoy tan bien contigo!



Sada.- ¡No seas así! Si eres bueno y te estás aquí quietecito, cuando vuelva yo con las flores, me pararé a hablar contigo.



Amal.- ¿Y me vas a traer una flor?



Sada.- ¡No puedo!... Tienen que comprarse...



Amal.- Yo te la pagaré cuando sea grande, antes de irme a buscar trabajo más allá de aquel arroyo que está allí...



Sada.- Bueno.



Amal.- Di, ¿vas a volver, cuando hayas cojido las flores?



Sada.- Sí, volveré.



Amal.- ¿De veras volverás?



Sada.- Sí, de veras.



Amal.- ¿Te acordarás bien de mí? Yo soy Amal, acuérdate bien...



Sada.- ¡Ya tú verás cómo me acuerdo!



(Sale).







Escena décima


(Amal y unos chiquillos)



Amal.- ¿Adónde vais, hermanos? ¡No os vayáis todos; estaos conmigo un poquito!



Chiquillos (entrando).- Si vamos a jugar...



Amal.- ¿A qué vais a jugar, hermanos?



Chiquillos.- Vamos a jugar a los aradores.



Primer chiquillo (con un palo).- ¡Aquí está el arado!



Segundo chiquillo.- Y éste y yo somos la yunta de bueyes.



Amal.- ¿Y os vais a pasar jugando todo el día?



Chiquillos.- ¡Todo el día!



Amal.- Y cuando oscurezca, volveréis a casa por el camino de la ribera, ¿no?



Chiquillos.- Por la mismita orilla...



Amal.- ¿Y pasaréis por aquí delante?



Chiquillos.- ...¡Anda, vente a jugar con nosotros, vente!



Amal.- ¡Si no me deja salir el médico!



Chiquillos.- ¿El médico? ¿Y tú haces caso del médico? ¡Anda, vámonos, que es ya muy tarde; anda, vente!



Amal.- No, no. ¿Por qué no jugáis aquí en el camino, delante de mi ventana, para que yo os vea?



Chiquillos.- ¿Y a qué vamos a jugar aquí?



Amal.- ¡Yo os daré todos mis juguetes! ¡Sí, ya está; tened mis juguetes! Yo no puedo jugar solo, y se están empolvando; ¿para qué los quiero yo?



Chiquillos.- ¡Ay, qué juguetes tan bonitos! ¡Un barco! ¡Aquí está la abuela Yatai! ¡Qué cipayo tan precioso! Y ¿nos los vas a dar todos?



¿No te importa dárnoslos?



Amal.- No, no, tenedlos; yo, ¿para qué los quiero?



Chiquillos.- ¿No los querrás ya nunca más?



Amal.- No, no; para vosotros. A mí no me sirven para nada.



Chiquillos.- ¡Mira que van a reñirte!



Amal.- No, no me riñe nadie. Pero, ¿vais a venir a jugar con ellos delante de mi puerta, todas las mañanas?... Cuando se rompan, yo os daré otros...



Chiquillos.- Pues ¿no hemos de venir? ¡Vamos a jugar a la guerra!



¡Poned en fila estos cipayos!



¿Dónde habrá un fusil? Esta caña sirve... Pero, ¿ya te estás durmiendo?



Amal.- Me parece que me está dando sueño... ¡Qué sé yo! Muchas veces me pasa. Como estoy siempre sentado, me canso; y luego, me duele tanto la espalda...



Chiquillos.- ¡Pero si no es más que mediodía!... ¡No te duermas, hombre! Oye el gongo; ahora está dando la primera vela...



Amal.- Sí... Don, don, don... ¡Qué sueño tengo!



Chiquillos.- Pues entonces, mejor será que nos vayamos, y mañana por la mañana volveremos.



Amal.- ¡Esperad un momento! Vosotros que estáis siempre por el camino, ¿no conocéis a los carteros del Rey?



Chiquillos.- ¡Sí, ya lo creo!



Amal.- ¿Cómo se llaman? ¿Quiénes son?



Chiquillos.- Uno, Badal. Otro, Sarat. Otro... ¡Hay muchos!



Amal.- ¿Y me conocerían si viniese una carta para mí?



Chiquillos.- Claro que sí. Si pone tu nombre...



Amal.- Cuando vengáis mañana por la mañana, ¿queréis traerme a uno para que sepa quién soy?



Chiquillos.- Bueno, si tú quieres...













Acto segundo




Escena primera


(Amal -”en la cama”- y Madav)



Amal.- ¿Y tampoco me deja ya el médico sentarme en la ventana?



Madav.- Ya ves que te has puesto peor de estar siempre echado en ella...



Amal.- Puede que me haya puesto peor; pero mientras estoy en la ventana, ¡me encuentro tan bien!...



Madav.- Eso te parece a ti; pero no, hijo. Luego, sacas la cabeza y te pones a hablar con todo el que pasa, como si fuera esto una feria; y tú, hijo, estás malo y no puedes hacer eso. ¡Mira qué carita tienes!



Amal.- ...Y mi faquir, como no me verá en la ventana, se irá.



Madav.- ¿Tu faquir? ¿Quién es tu faquir?



Amal.- Pues mi faquir... Viene, y me cuenta cosas de todos los sitios donde él ha estado. ¡Unas cosas más bonitas!



Madav.- Pero, ¿qué es lo que dices?



Yo no conozco a ningún faquir...



Amal.- Pues ya no tardará... ¡Anda, por tus queridos pies; dile que entre aquí un ratito a hablar conmigo!







Escena segunda


(Amal, Madav y el viejo -”que viene vestido de faquir”-)



Amal.- ¡Míralo, ahí está! ¡Faquir, faquir, vente conmigo! ¡Siéntate aquí en mi cama!



Madav.- ¡Tonto!, pero si es...



El viejo (guiñándole un ojo a Madav).- ¡Yo soy el faquir!



Madav (al viejo).- ¡El diablo eres! ¡Si no lo viera, no lo creería!



Amal.- ¿Dónde has estado hoy, faquir?



El viejo.- Pues ahora mismo vengo de la Isla de los Loros.



Madav.- ¿La Isla de los Loros?



El viejo (a Madav).- ¡Sí, la Isla de los Loros! ¡Qué! ¿Te crees, hombre, que yo soy como tú?... No tengo más que cojer mis pies, y me voy adonde quiero; ¡y sin costarme nada!...



Amal (palmoteando).- ¡Qué bien!

¡Qué gusto debe dar eso! ¿No olvidarás que me has prometido llevarme en tu comitiva cuando esté bueno?



El viejo.- Sí. ¡Y te voy a enseñar unas mantras de caminantes, que nada, por mares, bosques ni montañas, podrá cerrarte el paso!



Madav.- Pero ¿qué enredo es éste?



El viejo.- Amal, hijo; nada, en mares ni montañas, puede hacerme retroceder... Ahora, que si el médico y este tío que tienes se conjuran contra mí, no hay majia que me valga...



Amal.- No; tío no se lo dirá al médico, y yo te prometo no moverme de la cama. Pero el primer día que me ponga bueno, me iré contigo; ¡y nada, en mares, ni montañas ni torrentes, podrá cerrarme el paso!



Madav.- Me das pena, hijo, siempre pensando en irte...



Amal.- Oye, faquir, ¿cómo es la Isla de los Loros?



El viejo.- Pues es la tierra de las maravillas. Allí viven todos los pájaros del mundo, y no hay un hombre siquiera; y no creas tú que se habla allí ni se anda; sólo cantar y volar.



Amal.- ¡Qué hermosura! ¿Y hay algún mar allí junto?



El viejo.- ¡Claro!, la Isla está en medio del mar...



Amal.- ¡Y habrá unos montes muy verdes!...



El viejo.- Toda la Isla está llena de montes verdes. Y cuando va a ponerse el sol, y las laderas, rojas, resplandecen, los pájaros vuelven en bandadas, volando con sus alas verdes, a sus nidos.



Amal.- ¿Y hay cascadas?



El viejo.- ¡Pues no ha de haberlas!



Todos los montes tienen su cascada; y parecen de diamantes derretidos.



¡Si tú vieras lo que juega el agua, y cómo cantan las piedras con ella cuando se echa al mar, saltando!



¡Al agua sí que no la para ningún diantre de médico!... Sigo; los pájaros me miraban como miran a los hombres. Ya tú ves, ¡como nosotros no tenemos alas!... Y no querían nada conmigo... Si no fuera por eso, yo te aseguro que me haría una choza entre los nidos y me pasaría allí mi vida contando las olas del mar.



Amal.- ¡Ay, si yo fuese pájaro! Entonces...



El viejo.- Pero eso ya no podría ser, Amal. A mí me han dicho que tú le has hablado al lechero para vender quesitos con él, cuando seas mayor; y como a los pájaros no les gustan los quesitos, me parece que te saldría mal tu negocio...



Madav.- ¡Vamos, me vais a volver loco entre los dos! ¡No puedo con vosotros! ¡Me voy!



Amal.- ...Tío, ¿vino el lechero?



Madav.- ¿Pues querías que no viniera? Él no se romperá la cabeza entre los nidos de la Isla de los Loros, llevando recados a tu faquir favorito; pero ha dejado una lata de quesitos para ti, y me ha dicho que te diga que no ha podido detenerse más porque como se casa su sobrina, tenía que ir a Kamlipara por la banda de música.



Amal.- ¡Si me iba a casar a mí con su sobrinita!



El viejo.- ¡Dios del cielo! ¡Pues buena la hemos hecho!



Amal.- ...Me dijo a mí que ella iba a ser mi novia chiquitita, y que iba a estar tan linda con sus zarcillos de perlas en las orejas y vestida con un preciosísimo sari grana... Y al amanecer, ella ordeñaría con sus propias manos la vaca negra, y me traería la leche calentita, toda llena de espuma, en un cantarillo nuevo, para que yo me la bebiera. Y cuando oscureciese, iría ella al establo con la lámpara, a dar una vuelta... Y luego vendría y se sentaría a mi lado a contarme el cuento de Champaca y sus siete hermanos...



El viejo.- ¡Qué bien! La verdad es que, aunque soy un faquir, ¡me están dando unas tentaciones!... ¡Pero no te importe a ti que se case la sobrina del lechero! ¡Déjalo! ¡Lo que te sobrarán serán sobrinas del lechero cuando tú vayas a casarte!



Madav.- ¡Cállate de una vez! ¡No puedo oírte con calma! (Sale).





Escena tercera


(Amal y el viejo)



Amal.- Oye, faquir, ahora que se ha ido mi tío; ¿no habrá venido al Correo nuevo una carta del Rey para mí?



El viejo.- La carta sé yo que ha salido ya del palacio; pero todavía viene de camino.



Amal.- ¿De camino? ¿Y por dónde vendrá? ¿Vendrá por esa veredita que viene dando vueltas entre los árboles?; la veredita esa que se ve hasta lo último del campo, cuando sale el sol después de llover...



El viejo.- Por ahí, por ahí viene.



¿Cómo lo sabías tú?



Amal.- Sí; todo lo sé.



El viejo.- Ya lo estoy viendo; pero, ¿cómo lo has sabido?



Amal.- Pues no sé cómo; pero lo veo tan clarito... Me parece que lo he visto muchas veces en unos días que pasaron hace ya mucho tiempo... No sé cuánto... ¿Sabes tú cuánto?, di... ¡Si vieras qué bien lo veo todo! El cartero del Rey viene bajando la cuesta del monte, solo, con un farol en la mano izquierda y un saco muy grande, lleno de cartas, en la espalda... Viene bajando, bajando, ¡hace ya mucho tiempo!, sin descansar, ¡muchos días, muchas noches!, y cuando va llegando a aquel sitio de la montaña donde la cascada es ya el arroyo, coje por la orilla y sigue, sigue andando entre el centeno... Luego, entra en el cañaveral, por ese callejón estrecho que hay entre las cañas de azúcar, esas tan altas;... y no se ve...



Luego, sale a la pradera grande, donde cantan los grillos... Mira, no hay nadie más que él; sólo las perdices, picoteando en el barro y meneando la cola... Lo siento venir más cerca, más cerca cada vez...



¡Estoy más contento!



El viejo.- Mis ojos, hijo ven ya poco; pero me cuentas de una manera las cosas, que lo veo todo como cuando era niño...



Amal.- Di, faquir, ¿conoces tú al Rey que ha puesto aquí este Correo?



El viejo.- Sí, mucho; todos los días voy a pedirle mi limosna.



Amal.- ¿Sí? Cuando yo me ponga bueno, iré también a pedirle mi limosna, ¿no?



El viejo.- Tú no tendrás que pedírsela, hombre; él te la dará por su gusto...



Amal.- No, no; yo iré a su portal y gritaré: ¡Viva mi Rey! Y bailando al son del tamboril, le pediré mi limosna. ¿No crees tú que estaría bien así?, di...



El viejo.- ¡Ya lo creo; estaría magnífico! Y si fuéramos juntos, me tocaría a mí buena parte; pero, ¿qué le vas a pedir?



Amal.- Le diré: “!Hazme cartero tuyo, para ir con mi farol repartiendo cartas de puerta en puerta!



¡No me tengas en casa todo el día!”

El viejo.- Pero, vamos a ver, ¿por qué estás tú tan triste en tu casa?



Amal.- ¡No, si no estoy triste! Al principio, cuando me encerraron aquí, ¡me parecían más largos los días!; pero desde que han puesto enfrente el Correo del Rey, cada vez estoy más contento en mi cuarto...; y luego, como sé que un día voy a tener una carta... ¡Sí, no me importa nada estarme aquí quieto, aunque esté solo!... Oye, ¿y sabré yo leer la carta del Rey?



El viejo.- ¡Qué más te da! ¿No tienes bastante con que ponga tu nombre?







Escena cuarta


(Dichos y Madav)



Madav (entrando).- ¡Buena la habéis hecho entre los dos!



El viejo.- ¿Qué te pasa? ¿Qué ocurre?



Madav.- ¡Pues que, por culpa vuestra, todo el mundo anda diciendo que el Rey ha puesto ahí enfrente su Correo para estaros escribiendo siempre a los dos!



El viejo.- Bueno, ¿y qué?



Madav.- Que Panchanan, el jefe, se lo ha hecho decir al Rey en secreto...



El viejo.- ¿Y no sabemos todos que el Rey se entera de cuanto pasa?



Madav.- Entonces ¿por qué no tienes más cuidado? ¡No debieras nombrar en vano al Rey! ¡Me vas a arruinar con tus cosas!



Amal.- Faquir, faquir, ¿de veras se enfadará el Rey?



El viejo.- ¡Qué se ha de enfadar, hombre! ¡Con un niño como tú y un faquir como yo!... ¡A ver si tengo que ir a decirle cuatro frescas!



Amal.- ...Faquir; desde esta mañana estoy sintiendo como un velo por delante de los ojos... ¡Me parecen más raras las cosas!... No tengo ganas de hablar... Si me pudiera estar quieto... ¿Cuándo va a venir la carta del Rey?... Si este cuarto se deshiciera de pronto y...



Si...



El viejo (abanicando a Amal).- Seguramente vendrá hoy la carta, hijo mío...







Escena quinta


(Dichos y el médico)



El médico (entrando) (a Amal).- ¿Cómo estás hoy?



Amal.- Muy bien, señor médico; hoy no me duele nada.



El médico (a Madav, aparte).- No me gusta esa sonrisa. Mala señal que se sienta tan bien. Chakradan dice...



Madav.- ¡Bueno, por amor de Dios, déjame de Chakradan!; lo que quiero saber es cómo está hoy mi niño...



El médico.- Me parece que tenemos para poco tiempo... Ya te lo dije... Aseguro que se ha vuelto a enfriar...



Madav.- No, pues el niño no ha salido; eso te lo digo yo. Hasta las ventanas han estado cerradas.



El médico.- ¡No sé qué tiene hoy el aire! ¡Había una corriente por la puerta principal cuando entré...!



Lo mejor sería cerrar la puerta con llave... Creo que no te importará no recibir visitas en dos o tres días; y si alguien tiene necesidad de verte, ahí está la puerta falsa... Y esas maderas también debieran cerrarse... Los rayos del sol poniente no sirven más que para desvelar al enfermo.



Madav.- ...Ha cerrado los ojos.



Debe haberse dormido. ¡Qué carita tiene! ¡Ay, médico, yo me lo traje como si fuera mío, y después de haberle tomado este cariño, perderlo para siempre!...



El médico.- ¿Quién, quién es? ¡Este jefe, que tiene que meterse en todo!



¡Valiente hombre!... Bueno, tengo que irme. (A Madav). Mejor será que vengas conmigo a ver si está todo bien cerrado... En cuanto llegue a casa, mandaré una buena dosis de esa medicina, a ver si así conseguimos algo... Aunque me parece...



(Salen Madav y el Médico).







Escena sexta


(Amal, el viejo y el jefe)



El jefe (entrando).- ¡Hola, mequetrefe!



El viejo (levantándose aprisa).- ¡Calla!



Amal.- No importa, faquir; ¡si no estaba dormido! Todo lo estoy oyendo... Y también unas voces muy lejanas... Mira, mi padre y mi madre... están sentados aquí a mi cabecera, y me están hablando...







Escena séptima


(Dichos y Madav -”que entra”-)



El jefe.- Oye, Madav; me han dicho que te tuteas ya con personajes...



Madav.- ¡No andes con bromas, jefe!



Ya sabes que somos unos infelices...



El jefe.- Pero tu niño está esperando una carta del Rey...



Madav.- Déjalo en paz al pobre, que es un tontaina...



El jefe.- No, no; ¿por qué no había de recibirla? ¿Pues dónde va a encontrar el Rey familia mejor?



¡Por algo ha puesto su Correo nuevo frente a tu casa!... (A Amal). ¡Tú, monigote!; aquí traigo una carta del Rey para ti...



Amal (incorporándose con sobresalto).- ¿Dónde? ¿Es verdad?



El jefe.- ¡Pues va a ser mentira!



¡Si eres su mejor amigo! ¡Mírala!



(Mostrando un papel en blanco).



¡Tenla! (A carcajadas).



Amal.- ¡No te burles de mí!...



Faquir, di tú, ¿es verdad?



El viejo.- Sí, hijo mío. ¡Yo que soy faquir, te digo que ésa es la carta del Rey!



Amal.- ¡Pero si no veo nada! ¡Me parece que está todo tan en blanco!



Señor jefe, ¿qué dice la carta?



El jefe.- Dice el Rey: “Voy corriendo a verte. Prepárame arroz dorado, que la comida de palacio empieza a fastidiarme...” (A carcajadas).



Madav (suplicando con las manos).- ¡Jefe, te ruego que no bromees más con esto!



El viejo.- ¿Eh? ¡Que se atreva!



Madav.- ¿También tú te has vuelto loco?...



El viejo.- ¿Loco? ¡Pues bueno, estoy loco! Y aquí dice bien claro que el Rey en persona viene a ver a Amal, con el médico de la corte...



Amal.- ¡Faquir, faquir, oye!... ¡La trompeta del Rey!... ¡Oye!...



El jefe (a carcajadas).- Me parece que tendrás que perder otro poquito más la cabeza para oírla!...



Amal.- Señor jefe, yo creía que tú estabas enfadado conmigo y que no me querías... ¿Cómo me había de figurar que fueras tú quien me trajera la carta del Rey? ¡Déjame que te quite el polvo de los pies!



El jefe.- ...La verdad es que esta criatura tiene instinto de veneración. Es un poco simple, pero su corazón no es malo...



Amal.- Creo que ya es la cuarta vela. Escucha el gongo: Don, don, din... Don, don, din... ¿Ha salido ya la estrella de la tarde? No sé qué tengo, que no veo...



El viejo.- Es que está todo cerrado, hijo. Voy a abrir... (Llaman fuera).



Madav.- ¡Llaman! ¿Quién será? ¡Qué fastidio! Llamar a estas horas...



(Una voz afuera).- ¡Abrid la puerta!



Madav.- ¿Lo has oído, jefe? ¡A ver si son ladrones!



El jefe.- ¿Quién llama? ¡Lo pregunta Panchanan, el jefe! ¡Atreveos!... Ya lo estáis viendo; se acabó el ruido... ¡Que no puede nada la voz de Panchanan!... ¡A ver, venga ese ladrón valiente!



Madav (mirando receloso por la ventana).- Sí, sí; ¿no habían de callar? ¡Como que han echado abajo la puerta!







Escena octava


(Dichos y el Heraldo del Rey)



El Heraldo del Rey (entrando).- ¡Nuestro Rey soberano llega esta noche!



El jefe.- ¡Dios santo!



Amal.- ¡Heraldo, Heraldo!, ¿a qué hora llegará?



El Heraldo del Rey.- En la segunda vela.



Amal.- ¿Cuando mi amigo el guarda toque el gongo en las puertas del pueblo: Din, don, din... Din, don, din?...



El Heraldo del Rey.- Sí, entonces.



Y el Rey manda delante a su médico más sabio, para que cuide a su amiguito.







Escena novena


(Dichos y el Médico Real)



El Médico Real (entrando).- ¿Qué es esto? ¿Por qué está todo tan cerrado? Abrid de par en par...



(Toca a Amal). ¿Cómo estás tú, hijo mío?



Amal.- Muy bien, señor médico del Rey; estoy muy bien. Ya no me duele nada. ...¡Ay, qué gusto da esto tan abierto y tan fresco!



¡Ahora sí que veo temblar las estrellas en la oscuridad!



El Médico Real.- ¿Crees que podrás levantarte esta noche, a las velas medias, cuando llegue el Rey?



Amal.- ¡Ya lo creo que sí! ¡Tengo unas ganas de levantarme hace tanto tiempo! Le voy a decir al Rey que me enseñe la estrella polar... Debo haberla visto muchas veces, pero no sé bien cuál es...



El Médico Real.- Él te lo dirá todo. (A Madav). Adornad de flores el cuarto, para el Rey.



(Señalando al Jefe). Y ése, que se vaya de aquí...



Amal.- ¡No, déjalo, señor médico, que es amigo mío! Él fue quien me trajo la carta del Rey...



El Médico Real.- Muy bien, hijo mío; si es tu amigo, que se quede.



Madav (hablando al oído a Amal).- Amal, hijo, ya ves cuánto te quiere el Rey, que él mismo viene a verte... Pídele algo, que ya tú sabes lo desgraciados que somos...



Amal.- Sí, sí, tío; no te apures tú; ya lo tengo pensado.



Madav.- ¿Y qué le vas a pedir?



Amal.- Le voy a pedir que me haga cartero suyo, para ir de puerta en puerta, por todas partes, repartiendo sus cartas...



Madav (golpeándose la frente).- ¡Pobres de nosotros! ¿Eso le vas a pedir?



Amal.- ...Tío, ¿y qué le daremos al Rey, cuando venga?



El Heraldo del Rey.- Ha dicho que se le prepare arroz dorado...



Amal.- ¡Arroz dorado! ¡Señor jefe, tú tenías razón! ¡Sí, tú fuiste el primero que lo dijo! ¡Tú lo sabías todo, todo!...



El jefe (al Heraldo).- Si avisan a mi casa, podría el Rey...



El Médico Real.- No es necesario... Y ahora, callad todos, que se está durmiendo... yo me sentaré a su cabecera... Se está quedando dormido... Apagad la lámpara...



Que sólo entre el resplandor de las estrellas... Callad, que se ha dormido...



Madav (al viejo).- ¿Qué haces ahí, como una estatua, con esas manos juntas?... ¡Estoy más nervioso!



...?Tú crees que es bueno todo esto? ¡Este cuarto tan oscuro!



...Yo no creo que le haga ningún beneficio al niño la luz de las estrellas...



El viejo.- ¡Descreído, calla!






Escena décima


(Dichos y Sada)



Sada (entrando).- ¡Amal!



El Médico Real.- Está dormido.



Sada.- Es que le traía unas flores... ¿Me dejas que se las ponga en sus manos?



El Médico Real.- Sí, pónselas.



Sada.- ¿Cuándo se despertará?



El Médico Real.- Cuando el Rey venga y lo llame.



Sada.- ¿Quieres decirle bajito una cosa de mi parte?



El Médico Real.- ¿Qué quieres que le diga?



Sada.- Dile que Sada no lo ha olvidado...