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viernes, febrero 23, 2007

JEAN PAUL SARTRE:LA MUJERZUELA RESPETUOSA


LA MUJERZUELA RESPETUOSA
JEAN PAUL SARTRE





PERSONAJES


LIZZIE

EL NEGRO

FRED

JOHN

JAMES

EL SENADOR

PRIMER HOMBRE

SEGUNDO HOMBRE

TERCER HOMBRE









DECORADO



Un cuarto amueblado en cualquier parte del Sur de los Estados Unidos. LA MUJERZUELA RESPETUOSA fue representada por primera vez en el Teatro Antoine (dirección Simone Berriau) el 8 de noviembre de 1946.

PRIMER CUADRO
Un cuarto en una ciudad americana del Sur. Paredes blan¬cas. Un diván. A la derecha una ventana, a la izquierda una puerta (cuarto de baño). Al fondo una pequeña antesala a la que da la puerta de entrada.


ESCENA I
LIZZIE - Luego EL NEGRO


(Antes de levantarse el telón, ruido de tormenta en escena. LIZZIE está sola, en mangas de camisa; maniobra con el aspirador. Llaman. LIZZIE vacila, mira hacia la puerta del cuarto de baño. Llaman de nuevo. Detiene el aspirador y va a entre-abrir la puerta del cuarto de baño.)



LIZZIE (a media voz). — Llaman, no te asomes. (Abre. El NEGRO aparece en el marco de la puerta. Es un negro grueso y alto, de pelo blanco. Permanece rígido.) ¿Qué pasa? Se habrá equivocado de dirección. (Una pausa.) ¿Pero qué quie¬re? Hable, hombre.
EL NEGRO (suplicante). — Por favor, señora, por favor.
LIZZIE. — ¿Qué? (Lo mira mejor.) Espera. ¿Eras tú el que estaba en el tren? ¿Pudiste escapar? ¿Cómo encontraste mi dirección?
EL NEGRO. — La busqué, señora. La busqué por todas partes (hace un movimiento para entrar.) ¡Por favor!
LIZZIE. — No entres: Tengo gente. ¿Pero qué quieres: EL NEGRO. — ¡Por favor!
LIZZIE. — ¿Pero qué? ¿Quieres dinero?
EL NEGRO. — No, señora. (Una pausa.) Por favor, dígale que no hice nada.
LIZZIE. - ¿A quién?
EL NEGRO. — Al juez. Dígaselo, señora. Por favor, dígaselo.
LIZZIE. — No diré absolutamente nada.
EL NEGRO. — ¡Por favor!
LIZZIE. — Absolutamente nada. Tengo bastantes líos en mi pro¬pia vida, no quiero cargar con los ajenos. Vete.
EL NEGRO. — Usted sabe que no hice nada. ¿Acaso hice algo?
LIZZIE. — No hiciste nada. Pero no iré a ver al juez. No quie¬ro saber nada con jueces ni con polizontes.
EL NEGRO. — Dejé a mi mujer y a mis hijos, di vueltas toda la noche. No puedo más.
LIZZIE. — Vete a la ciudad.
EL NEGRO. —Vigilan las estaciones.
LIZZIE. —¿Quiénes vigilan?
EL NEGRO. — Los blancos.
LIZZIE. — ¿Qué blancos?
EL NEGRO. — Todos los blancos. ¿No salió usted esta mañana?
LIZZIE. — No.
EL NEGRO. — Hay mucha gente en las calles. Jóvenes y viejos; se hablan sin conocerse.
LIZZIE. — ¿Qué quiere decir eso?
EL NEGRO. — Quiere decir que sólo me queda dar vueltas hasta que me atrapen. Cuando blancos que no se conocen se ponen a hablar entre sí, es que va a morir... un negro. (Una pausa.) Diga que no hice nada, señora. Dígaselo al juez; dígaselo a la gente del diario. Quizá lo publiquen. ¡Dígaselo, señora, dígalo! ¡Dígalo!
LIZZIE. — No grites. Tengo gente. (Una pausa.) En cuanto al diario, no lo esperes. No es el momento de hacerme señalar.
(Una pausa.) Si me obligan a declarar, te prometo que diré la verdad.
EL NEGRO. — ¿Les dirá que no hice nada?
LIZZIE. — Lo diré.
EL NEGRO. — ¿Me lo jura, señora?
LIZZIE. - Sí, sí.
EL NEGRO. — Por el buen Dios que nos está viendo.
LIZZIE. — ¡Oh! ¡Vete al infierno! Te lo prometo, que te baste con eso. (Una pausa.) ¡Pero vete! ¡Vete, hombre!
EL NEGRO (bruscamente). — ¡Por favor, escóndame!
LIZZIE. — ¿Esconderte?
EL NEGRO. — ¿No quiere, señora? ¿No quiere?
LIZZIE. — ¿Esconderte? ¿Yo? Toma. (Le da con la puerta en las narices.) Basta de historias. (Se vuelve hacia el cuarto de baño.) Puedes salir.
(FRED sale en mangas de camisa, sin cuello ni corbata.)

ESCENA II
LIZZIE - FRED
FRED. — ¿Quién era?
LIZZIE. — Nadie.
FRED. — Creí que era la policía.
LIZZIE. — ¿La policía? ¿Tienes alguna cuenta con la policía?
FRED. — No, mujer. Creí que era por ti.
LIZZIE (ofendida). — ¡Anda! ¡Nunca le quité un centavo a nadie!
FRED. — ¿Y nunca tuviste cuentas con la policía?
LIZZIE. — Nunca por robos, en todo caso.
(Se afana con el aspirador. Ruido de tormenta.)
FRED (irritado por el ruido). — ¡Ah!
LIZZIE (gritando para hacerse oír). — ¿Qué hay, querido mío?
FRED (gritando). — Me aturdes.
LiZZIE (gritando). — Termino en seguida. (Una pausa.) Yo soy así.
FRED (gritando). — ¿Cómo?
LIZZIE (gritando). --- Digo que soy así.
FRED (gritando). — ¿Así cómo?
LIZZIE (gritando). — Así. Por la mañana, es algo más fuerte que yo: tengo que tomar un baño y pasar el aspirador. (Deja el aspirador.)
FRED (señalando la cama). — Ya que estás, cubre eso.
LIZZIE. — ¿Qué?
FRED. — La cama. Te digo que la cubras. Huele a pecado.
LIZZIE. — ¿Pecado? ¿De dónde sacas lo que dices? ¿Eres pas¬tor?
FRED. — No. ¿Por qué?
LIZZIE. — Hablas como la Biblia. (Lo mira.) No, no eres pas¬tor; te cuidas demasiado. Muestra los anillos. (Con admira¬ción.) ¡Oh, vaya, vaya! ¿Eres rico?
FRED. - Sí.
LIZZIE. - ¿Muy rico?
FRED. — Mucho.
LIZZIE. — Mejor. (Le echa los brazos al cuello y le ofrece los labios.) Creo que es mejor para un hombre ser rico; eso da confianza.
(Él duda en besarla, luego se vuelve.)
FRED. — Cubre la cama,
LIZZIE. — Bueno. ¡Bueno, bueno! Voy a cubrirla. (La cubre, se ríe sola.) "Huele a pecado". A mí no se me hubiera ocurrido. Vamos, es tu pecado, querido. (Gesto de FRED.) Sí, sí; mío también. Pero yo tengo tantos en la conciencia .. . (Se sienta. sobre la cama y obliga a FRED a sentarse junto a ella.) Ven. Ven a sentarte sobre nuestro pecado. Era un hermoso pecado, ¿eh? Un lindo pecado. (Se ríe.) Pero no bajes los ojos. ¿Te doy miedo? (FRED la estrecha brutalmente contra sí.) ¡Me haces daño! ¡Me haces daño! (La suelta.) ¡Bicho raro! No tienes buena cara. (Una pausa.) Dime tu nombre. Será la primera vez. El apellido es muy raro que lo digan, y los comprendo. ¡Pero el nombre de pila! ¿Cómo .quieres que os distinga a unos de otros si no sé vuestros nombres? Dímelo, dímelo, querido.
FRED. — No.
LIZZIE. — Entonces será el señor Sin Nombre. (Se levanta.) Espera. Terminaré de arreglar. (Desplaza algunos objetos.) Así, así. Todo está en orden. Las sillas en círculo alrededor de la mesa: es más distinguido. ¿No conoces un vendedor de grabados? Quisiera poner figuras en la pared. Tengo una en la valija, linda. El cántaro roto, así se llama; es una mu¬chacha; ha roto el cántaro, la pobre. Es francesa.
FRED. — ¿Qué cántaro?
LIZZIE. —No sé; el cántaro de ella. Debía de tener un cán¬taro. Quisiera una vieja abuela para hacer juego. Tejiendo o contando una historia. a sus nietos. ¡Ah! Voy a correr las cortinas y abrir la ventana. (Lo hace.) ¡Qué buen tiempo! Un día que empieza. (Se estira.) ¡Ah! Me siento a mis an¬chas: el tiempo es bueno, tomé un buen baño, hice bien el amor; ¡qué bien estoy, qué bien me siento! Ven a ver mi calle; ¡ven! Tengo una hermosa vista. Sólo árboles, dan apariencia de riqueza. Dime, tuve suerte, ¿eh?; de entrada encontré un cuarto en los mejores barrios. ¿No vienes? ¿No te gusta tu ciudad?
FRED. - Me gusta desde mi ventana.
LIZZIE (bruscamente). — ¿No trae desgracia, por lo menos, ver un negro al despertar?
FRED. ¿Por qué?
LIZZIE. — Yo... hay uno que pasa por la acera de enfrente.
FRED. — Siempre trae desgracia ver negros. Los negros son el diablo. (Una pausa.) Cierra la ventana.
LIZZIE. - ¿No quieres que ventile?
FRED. — Te digo que cierres la ventana. Así. Y corre las cor¬tinas. Enciende de nuevo la luz.
LIZZIE. — ¿Por qué? ¿Por los negros?
FRED. — Imbécil.
LIZZIE. — Hay un lindo sol.
FRED. — Nada de sol aquí. Quiero que tu cuarto quede como estaba anoche. Cierra la ventana, te digo. El sol lo encontraré afuera.
(Se levanta, se le acerca y la mira.)
LIZZIE (vagamente inquieta). — ¿Qué hay?
FRED. — Nada. Dame la corbata:
LIZZIE. — Está en el cuarto de baño. (Sale, FRED abre rápida-mente los cajones de la mesa y burga. LIZZIE vuelve con la corbata.) ¡Aquí está! Espera. (Le hace el nudo.) ¿Sabes?, no me gusta trabajar con clientes de paso porque hay que ver demasiadas caras nuevas. Mi ideal sería ser una querida cos¬tumbre para tres o cuatro personas de cierta edad, uña el martes, otra el jueves, otra para el week-end. Te lo digo: eres un poco joven, pero tienes tipo serio; cuando te sientas ten¬tado... Bueno, bueno, no digo nada. ¡Lo pensarás! ¡Oh, oh! Eres lindo como el sol. Bésame, precioso; bésame en recom¬pensa. ¿No quieres besarme? (Él la besa brusca y brutalmen¬te, luego la rechaza.) ¡Uf!
FRED. — Eres el Diablo.
LIZZIE. — ¿Eh?
FRED. — Eres el Diablo.
LIZZIE. — ¡Otra vez la Biblia! ¿Qué te pasa?
FRED. — Nada. Estoy fastidiado.
LIZZIE. — Valiente manera tienes de fastidiarte. (Una pausa.) ¿Estás contento?
FRED. — ¿Contento por qué?
LIZZIE (lo imita sonriendo). — ¿Contento por qué? ¡Qué estú¬pido eres, nenito!
FRED. ¡Ah! Ah, sí. . . Muy contento. Muy contento. ¿Cuán¬to quieres?
LIZZIE. — ¿A qué viene eso? Te pregunto si estás contento, bien puedes contestarme amablemente. ¿Qué hay? ¿No es¬tás realmente contento? ¡Oh! Me sorprendería, ¿sabes?, me sorprendería.
FRED. — Cierra el pico.
LIZZIE. — Me apretabas fuerte, tan fuerte. Y además me dijiste bajito que me querías.
FRED. — Estabas borracha.
LIZZIE. — No.
FRED. — Sí, estabas borracha.
LIZZIE. — Te digo que no.
FRED. — En todo caso yo lo estaba. No recuerdo nada.
LIZZIE. — Es una lástima. Me desvestí en el cuarto de baño y cuando volví a tu lado te pusiste todo rojo, ¿no te acuer¬das? Lo mismo cuando dije: "Aquí está mi arañita". ¿No recuerdas que quisiste apagar la luz y que me amaste en la oscuridad? Me pareció amable y respetuoso. ¿No te acuer¬das?
FRED. — No.
LIZZIE. — ¿Y cuando jugábamos a los dos recién nacidos que están en la misma cuna? ¿De eso, te acuerdas?
FRED. — Te digo que cierres el pico. Lo que se hace de noche pertenece a la noche. De día, no se habla.
LIZZIE (desafiante). — ¿Y si me da la gana de hablar? Me di-vertí mucho, ¿sabes?
FRED. — ¡Ah! ¡Te divertiste mucho! (Se acerca a ella, le acari¬cia suavemente los hombros y cierra sus manos alrededor del cuello.) Siempre os divertís cuando creéis haber enredado a un hombre. (Una pausa.) Yo me olvidé de tu noche. Me ol¬vidé completamente. Vuelvo a ver el dancing, eso es todo. El resto lo recuerdas tú, sólo tú.
(Le aprieta el cuello.)
LIZZIE. — ¿Qué haces?
FRED. — Te aprieto el cuello.
LIZZIE. — Me lastimas.
FRED. — Sólo tú. Si apretara un poquito más, ya no habría nadie en el mundo para recordar esta noche. (La suelta.) ¿Cuánto quieres?
LIZZIE. — Si te has olvidado es porque trabajé mal. No quiero que pagues trabajo mal hecho.
FRED. — Nada de historias: ¿cuánto?
LIZZIE. — Escúchame: estoy aquí desde anteayer, tú eres el pri¬mero que me visita; al primero me entrego por nada; me traerá suerte.
FRED. — No necesito tus regalos.
(Deja un billete de diez dólares sobre la mesa.)
LIZZIE. - No quiero tu dinero, pero voy a ver cuánto me esti¬mas. ¡Espera que adivine! (Toma el billete y cierra los ojos.) ¿Cuarenta dólares? No. Es demasiado y además habría dos billetes. ¿Veinte dólares? ¿Tampoco? Entonces es que son más de cuarenta dólares. ¿Cincuenta? ¿Cien? (Durante todo este tiempo, FRED la mira riendo silenciosamente.) Paciencia, abriré los ojos. (Mira el billete.) ¿No te has equivocado?
FRED. — No lo creo.
LIZZIE. — ¿Sabes lo que me has dado?
FRED. — Sí.
LIZZIE — Llévatelo. Llévatelo en seguida. (Él lo rechaza con un gesto.) ¡Diez dólares! ¡Diez dólares! ¡Vete al infierno! ¡Muchachas como yo por diez dólares! ¿Viste mis piernas? (Se las muestra.) ¿Y mis senos, los viste? ¿Son senos de diez dólares? ¡Llévate el billete y lárgate antes de que pierda los estribos! ¡Diez dólares! El señor me besaba por todas partes, el señor quería empezar todo el tiempo, el señor me pidió que le contara mi infancia; y esta mañana, el señor se permitió malos humores, me pone una cara como si me pa¬gara por mes; ¿todo esto por cuánto? No por cuarenta, no por treinta, no por veinte: por diez dólares.
FRED. — Por una porquería es bastante.
LIZZIE. —¡Puerco serás tú! ¿De dónde has salido, patán? Tu madre debía de ser una buena arrastrada, si no te enseñó a respetar a las mujeres.
FRED. — ¿Vas a callarte?
LIZZIE. — ¡Una buena arrastrada! ¡Una buena arrastrada!
FRED (con voz blanca). — Un consejo, nenita: no hables demasiado a menudo de sus madres a los muchachos de aquí, si
no quieres que te estrangulen.
LIZZIE (acercándosele). — ¡Estrangúlame, entonces! ¡Estrangúla¬me a ver!
FRED (retrocediendo). — Estate tranquila. LIZZIE toma un jarrón de la mesa con la intención evidente de rompérselo en la cabeza.) Aquí tienes diez dólares más, pero quédate tran¬quila. ¡Quédate tranquila o te meto en chirona!
LIZZIE. — ¿Meterme tú en chirona?
FRED. — Yo.
LIZZIE. — ¿Tú?
FRED. — Yo.
LIZZIE. — No digas.
FRED. — Soy el hijo de Clarke.
LIZZIE: — ¿Qué Clarke?
FRED. — El senador.
LIZZIE — ¿De veras? Y yo soy la hija de Roosevelt.
FRED. — ¿Viste la cara de Clarke en los diarios?
LIZZIE — Sí... ¿Y qué?
FRED. — Aquí tienes. (Muestra una foto.) Estoy a su lado, se apoya en mi hombro.
LIZZIE (súbitamente calmada). — ¡Pero mira! ¡Qué bien está tu padre! Déjame ver.
(FRED le arranca la foto de las manos.)
FRED. - Ya basta.
LIZZIE. — ¡Qué bien está! ¡Parece tan justo, tan severo! ¿Es cierto lo que dicen, que su palabra es de miel? (Él no res¬ponde.) ¿El jardín es vuestro?
FRED. — Si.
LIZZIE. — Parece tan grande. Y las niñas que están en los si-
Rones, ¿son tus hermanas? (Él no responde.) ¿Está sobre la colina tu casa?
FRED. — Sí.
LIZZIE. — Entonces, por la mañana, cuando tomas el breakfast, ¿ves toda la ciudad desde; la ventana?
FRED. — Sí.
LIZZIE. — ¿Tocan la campana, a las. horas de las comidas, para llamaros? Bien podrías contestarme.
FRED. — Golpean un gong.
LIZZIE (extasiada.) — ¡Un gong! Te comprendo. A mí con una familia semejante y una casa semejante, tendrían que pagarme para que me levantara. (Una pausa.) Por lo de tu mamá, me disculpo; estaba enojada. ¿Está también en la foto?
FRED. — Te prohibí que me hablaras de ella.
LIZZIE. — Bueno, bueno. (Una pausa;) ¿Puedo hacerte una pre¬gunta? (Él no responde.) Si el amor te disgusta, ¿qué viniste a hacer a mi casa? (Él no responde, LIZZIE suspira.) ¡En fin! Mientras esté aquí, intentaré acostumbrarme a vuestro modo de ser.
(Una pausa. FRED se peina un poco delante del espejo.) FRED. — ¿Vienes del Norte?
LIZZIE. — Sí.
FRED. — ¿De Nueva York?
LIZZIE. — ¿Qué te importa?
FRED. — Hablaste de Nueva York hace un rato.
LIZZIE. — Todo el mundo puede hablar de Nueva York, eso no prueba nada.
FRED. — ¿Por qué no te quedaste allá?
LIZZIE. — Estaba hasta la coronilla.
FRED. — ¿Inconvenientes?
Por supuesto: los atraigo, hay naturalezas así. ¿Ves esta serpiente? (Le muestra el brazalete.) Trae mala pata.
FRED. — ¿Por qué te la pones?
LIZZIE. — Ahora que la tengo, debo llevarla. Parece que son terribles las venganzas de las serpientes.
FRED. — ¿Eres tú la que el negro quiso violar?
LIZZIE. — ¿Qué?
FRED. — ¿Llegaste en el rápido de las seis?
LIZZIE. — Sí.
FRED. — Entonces eres tú.
LIZZIE. — Nadie quiso violarme. (Se ríe con un poco de amar-gura.) ¡Violarme! ¿Te das cuenta?
FRED. — Eres tú; Webster me lo dijo ayer, en el dancing.
LIZZIE. — ¿Webster? (Una pausa.) ¡Entonces era por eso!
FRED. — ¿Qué?
LIZZIE. — Entonces era por eso que te brillaban los ojos. Te excitaba, ¿eh? ¡Cochino! Con un padre tan bueno.
FRED. — ¡Imbécil! (Una pausa.) Si pensara que te has acostado con un negro.. .
LIZZIE. — ¿Y qué?
FRED. — Tengo cinco criados de color. Cuando me llaman por teléfono y uno de ellos descuelga el aparato, lo limpia antes de tendérmelo.
LIZZIE (silbido admirativo). — ¡Ya veo!
FRED (suavemente). — No nos gustan mucho los negros, aquí. Ni las blancas que se divierten con ellos.
LIZZIE. — Suficiente. No tengo nada contra ellos, pero no qui¬siera que me tocaran.
FRED. — ¿Qué sabe uno? Eres el Diablo. El negro también es el Diablo.. . (Bruscamente.) ¿Y? ¿Quiso violarte?
LIZZIE. — ¿Pero qué te importa?
FRED. — Subieron dos a tu compartimiento. Al cabo de un momento se te echaron encima. Pediste socorro y llegaron unos blancos. Uno de los negros sacó la navaja y un blanco lo derribó de un tiro. ¡El otro negro escapó!
LIZZIE. — ¿Eso es lo que te contó Webster?
FRED. — Si.
LIZZIE. — ¿De dónde lo sabía?
FRED. — Toda la ciudad habla de eso.
LIZZIE. — ¿Toda la ciudad? Suerte la mía. ¿No tenéis nada más que hacer?
FRED — ¿Las cosas pasaron como lo dije?
LIZZIE. — Nada de eso. Los dos negros estaban tranquilos y hablaban entre sí; ni siquiera me miraron. Después subieron cuatro blancos y dos de ellos me acosaron. Acababan de ga¬nar un match de rugby, estaban borrachos. Dijeron que ha¬bía olor a negro y quisieron echar a los negros por la por¬tezuela. Los otros se defendieron como pudieron; por fin un blanco recibió un puñetazo en el ojo; entonces sacó el revól¬ver y disparó. Eso es todo. El otro negro saltó del tren al llegar a la estación.
FRED. — Es conocido. No perderá nada con esperar. (Una pau¬sa.) Cuando te llame el juez, ¿contarás esta historia?
LIZZIE. — ¿Pero qué puede importarte?
FRED. — Responde.
LIZZIE. — No iré a ver al juez. Te digo que me horrorizan las complicaciones.
FRED. — No tendrás más remedio que ir.
LIZZIE. — No iré. No quiero tener más cuestiones. con la po¬licía.
FRED. - Vendrán a buscarte.
LIZZIE. — Entonces diré lo que vi.
(Una pausa.)
FRED. — ¿Te das cuenta de lo que vas a hacer?
LIZZIE. — ¿Qué es lo que voy a hacer?
FRED. — Vas a declarar contra un blanco por un negro.
LIZZIE. — Si es el blanco el culpable.
FRED. — No es culpable.
LIZZIE. — Si ha matado, es culpable.
FRED. — ¿Culpable de qué?
LIZZIE. — ¡De haber matado!
FRED. — Pero ha matado a un negro.
LIZZIE. - ¿Y qué?
FRED. — Si hubiera culpa cada vez que se mata a un negro...
LIZZIE. — No tenía derecho.
FRED. - ¿Qué .derecho?
LIZZIE. — No tenía derecho.
FRED. — Tu derecho viene del Norte. (Una pausa.) Culpable o no, no puedes hacer castigar a un tipo de tu raza.
LIZZIE. — Yo no quiero hacer castigar a nadie. Me preguntarán lo que he visto y lo diré.
(Una pausa. FRED se le acerca.)
FRED. — ¿Qué hay entre tú y el negro? ¿Por qué lo proteges?
LIZZIE. — Ni siquiera lo conozco.
FRED. - ¿Y entonces?
LIZZIE. — ¡Quiero decir la verdad!
FRED. — ¡La verdad! ¡Una ramera de diez dólares que quiere decir la verdad! No hay verdad; hay blancos y negros, eso es todo. Diecisiete mil blancos, veinte mil negros. No esta¬mos en Nueva York, aquí; no tenemos el derecho de bromear. (Una pausa.) Thomas es mi primo.
LIZZIE. — ¿Qué?
FRED. — Thomas, el tipo que mató: es mi primo.
LIZZIE (impresionada). — ¿Eh?
FRED. — Es un hombre de bien. Para ti no significará gran cosa, pero es un hombre de bien.
LIZZIE. — Un hombre de bien que se arrimaba todo el tiempo a mí y trataba de levantarme las faldas. ¡Vaya con el hom¬bre de bien! No me asombra que seáis de la misma familia.
FRED (levantando la mano). — ¡Porquería! (Se contiene.) Tú eres el Diablo; con el Diablo sólo se puede hacer el mal. Te' levantó las faldas, baleó a un negro sucio, lindo asunto; son gestos que se hacen sin pensar, no importan. Thomas es un jefe, eso es lo que importa.
LIZZIE. — Es posible. Pero el negro no hizo nada.
FRED. — Un negro siempre ha hecho algo.
LIZZIE. — Jamás entregaré un hombre a la policía.
FRED. — Si no es él, será Thomas. De todas maneras, entre¬garás a uno. Te corresponde elegir.
LIZZIE. — Y ahí está. Metida en la basura hasta el cuello; para cambiar. (Al brazalete.) ¡Porquería, podredumbre, siempre lo mismo! (Lo arroja al suelo.)
FRED. — ¿Cuánto quieres?
LIZZIE. — No quiero un centavo.
FRED. - Quinientos dólares.
LIZZIE. — Ni un centavo.
FRED. — Necesitarás mucho más de una noche para ganar qui¬nientos dólares.
LIZZIE. — Sobre todo si trato con tacaños como tú. (Una pau¬sa.) Entonces, ¿por eso me hiciste señas anoche?
FRED. — ¡Vaya!
LIZZIE. -- Así que era por eso. Te dijiste: ahí está la chica, la acompañaré a su casa y la obligaré a decidirse. ¡Así que era por eso! Me sobabas las manos pero estabas frío como el hielo, pensabas: ¿cómo se lo diré? (Una pausa.) Pero dime, muchachito... Si subiste para proponerme tu negocio no tenías necesidad de acostarte conmigo. ¿Eh? ¿Por qué te acostaste conmigo, cochino? ¿Por qué te acostaste conmigo?
FRED. — Al diablo si lo sé.
LIZZIE (se desploma llorando sobre una silla). — ¡Cochino! ¡Cochino! ¡Cochino!
FRED. — ¡Quinientos dólares! ¡No chilles, Dios! ¡Quinientos dólares! ¡No chilles! ¡No chilles! ¡Vamos, Lizzie! ¡Lizzie'. ¡Sé razonable! ¡Quinientos dólares!
LIZZIE (sollozando). — No soy razonable. ¡No quiero tus qui¬nientos dólares, no quiero levantar falso testimonio! ¡Quiero volver a Nueva York, quiero irme! ¡Quiero irme! (Llaman. Ella se interrumpe en seco. Llaman otra vez. En voz baja.) ¿Quién es? Cállate. (Largo timbrazo.) No abriré. Quédate tranquilo.
(Golpes en la puerta.)
UNA VOZ. — Abra. La Policía.
LIZZIE (en voz baja). — Los polizontes. Tenía que suceder. (Muestra el brazalete.) Es por él. (Se agacha y vuelve a ponérselo en el brazo.) Todavía será preferible que lo guarde. Escóndete.
(Golpes en la puerta.)
LA VOZ. ¡La Policía!
LIZZIE. — Pero escóndete, hombre. Vete al cuarto de baño. (FRED no se mueve. Ella lo empuja con todas sus fuerzas. ¡Pero vete! ¡Vete, hombre!
LA VOZ. — ¿Estás ahí, Fred? ¿Fred? ¿Estás ahí? FRED. — ¡Estoy aquí!
(La rechaza; ella lo mira con estupor.)
LIZZIE. — Entonces era por eso.
(FRED va a abrir, JOHN y JAMES entran.)

ESCENA III
LOS MISMOS - JOHN y JAMES

(La puerta de entrada permanece abierta.)
JoHN. — La policía. ¿Lizzie Mac Kay, eres tú?
LIZZIE (sin oírlo, continúa mirando a FRED). — ¡Era por eso! JOHN (sacudiéndola por el hombro.) — Responde cuando te hablan.
LIZZIE. — ¿Eh? Sí, soy yo.
JOHN. — Tus papeles.
LIZZIE (se ha dominado, duramente). — ¿Con qué derecho me interroga? ¿Qué vienen a hacer en mi casa? (JOHN muestra la estrella.) Cualquiera puede ponerse una estrella. Ustedes son compañeros del señor y se han puesto de acuerdo para hacerme cantar.
(JOHN le mete una credencial debajo de las narices.)
JOHN. — ¿Conoces esto?
LIZZIE (señalando a JAMES). — ¿Y él?
JOHN (a JAMES). — Muestra tu credencial. (JAMES la muestra. LIZZIE la mira, luego se dirige a la mesa sin decir nada, saca papeles y los entrega. Señalando a FRED.) ¿Lo trajiste a tu
casa, anoche? ¿Sabes que la prostitución es un delito?
LIZZIE. — ¿Están seguros de que tienen derecho a entrar sin mandato, en casa de la gente? ¿No temen que les haga líos?
JOHN. — No te preocupes por nosotros. (Una pausa.) Te preguntan si lo trajiste a tu casa.
(LIZZIE ha cambiado desde que entraron los policías. Se ha vuelto más dura y más vulgar.)
LIZZIE. — No se expriman el seso. Por supuesto que lo traje a mi casa. Sólo que hice el amor gratis. ¿Terminamos?
FRED. — Encontraréis dos billetes de diez dólares sobre la mesa. Son míos.
LIZZIE. - Pruébalo,
FRED (sin mirarla, a los otros dos). — Los saqué del banco ayer a la mañana, con otros veintiocho de la misma serie. No tendréis más que verificar los números.
LIZZIE (violentamente). — Los rechacé. Rechacé ese dinero su¬cio. Se lo arrojé a la cara.
JOHN. — Si los rechazaste, ¿cómo es que se encuentran sobre la mesa?
LIZZIE (después de un silencio). — Estoy avivada. (Mira a FRED con una especie de estupor, y con voz casi dulce.) ¿Entonces era por eso? (A los otros.) ¿Y? ¿Qué quieren de mí?
JOHN. — Siéntate. (A FRED.) ¿La pusiste al tanto? (FRED hace una señal con la cabeza.) Te digo que te sientes. (La em¬puja a un sillón.) El juez está de acuerdo en soltar a Tho¬mas si tiene tu declaración escrita. La han redactado para ti, no tienes más que firmar. Mañana te interrogarán según las reglas. ¿Sabes leer? (LIZZIE se encoge de hombros, él le tien¬de el papel.) Lee y firma.
LIZZIE. — Es falso de una punta a la otra.
JOHN. — Es posible. ¿Y qué?
LIZZIE. — No firmaré.
FRED. — Ponedla a la sombra. (A LIZZIE.) Son dieciocho meses.
LIZZIE. — Dieciocho meses, sí. Y cuando salga, la pagas con el pellejo.
FRED. — No, si puedo evitarlo. (Se miran.) Deberían telegrafiar a Nueva York; creo que ha tenido engorros allá.
LIZZIE (con admiración). — Eres cochino como una mujer. Nun¬ca hubiera creído que un tipo podía ser tan cochino.
JOHN. — Decídete. Firmas o te pongo a la sombra.
LIZZIE. — Prefiero estar a la sombra. No quiero mentir.
FRED. — ¡Mentir no, pendanga! ¿Y qué hiciste toda la noche? Cuando me llamabas querido, amor mío, mi hombrecito, ¿no mentías? Cuando suspirabas para hacer creer que te hacía gozar, ¿no mentías?
LIZZIE (desafiante). — Así quedarías bien, ¿eh? No, no mentía. (Se miran. FRED aparta los ojos.)
FRED. — Acabemos. Aquí está mi estilográfica. Firma.
LIZZIE. — Puedes guardártela.
(Un silencio. Los tres hombres están turbados.)
FRED. — ¡Y ahí está! ¡A dónde hemos llegado! Es el mejor de la ciudad y su suerte depende de los caprichos de una chica. (Camina de una punta a la otra de la habitación, luego se vuelve bruscamente junto a LIZZIE.) Míralo. (Le muestra una foto.) Has visto hombres en tu perra vida. ¿Hay muchos que se le parezcan? Mira esa frente, mira ese mentón, mira esas medallas sobre el uniforme. No, no: no apartes los ojos. Llega hasta el fin: es tu víctima, tienes que mirarla de frente. ¡Ya ves qué porte joven, qué aspecto orgulloso tiene, qué guapo es! Quédate tranquila; cuando salga de la cárcel, después de diez años, estará más arruinado que un viejo, habrá perdido el pelo y los dientes. Puedes estar contenta, es un lindo trabajo. Hasta ahora escamoteabas el dinero de los bolsillos; esta vez, elegiste el mejor y le quitas la vida. ¿No dices nada? ¿Estás podrida hasta los huesos? (La tira de rodillas.) ¡De rodillas, perra! ¡De rodillas delante del retrato del hombre al que quie¬res deshonrar!
(CLARKE entra por la puerta que han dejado abierta.)

ESCENA IV
LOS MISMOS y EL SENADOR

EL SENADOR. - Déjala. (A LIZZIE.) Levántese.
FRED. - ¡Helio!
JOHN. — ¡Helio!
EL SENADOR. - ¡Helio! ¡Helio!
JOHN (a LIZZIE). — Es el senador Clarke.
EL SENADOR (a LIZZIE). - ¡Helio!
LIZZIE. — ¡Helio!
EL SENADOR. - Bueno. Ya han terminado las presentaciones. (Mirando a LIZZIE.) Así que ésta es la muchacha. Tiene un aire muy simpático.
FRED. - No quiere firmar.
EL SENADOR. - Tiene perfecta razón. Entráis en su casa sin derecho. (A un gesto de JOHN, con fuerza.) Sin el menor derecho; la brutalizáis, y queréis hacerla hablar contra su conciencia. Ésos no son procedimientos americanos. ¿El ne¬gro la ha violentado, hija mía?
LIZZIE. — No.
EL SENADOR. — Perfecto. Eso está claro. Míreme a los ojos. (La mira.) Estoy seguro de que no miente. (Una pausa.) ¡Po¬bre Mary! (A los otros.) Bueno, muchachos, venid. No tene¬mos nada más que hacer aquí. Sólo nos queda disculparnos de la señorita.
LIZZIE. - ¿Quién es Mary?
EL SENADOR. — ¿Mary? Es mi hermana, la madre del infortu¬nado Thomas. Una pobre y querida vieja que morirá. Adiós, hija mía.
LIZZIE. — ¡Senador!
EL SENADOR. - ¿Hija mía?
LIZZIE. — Lo lamento.
EL SENADOR. - ¿Qué es lo que hay que lamentar si ha dicho usted la verdad?
LIZZIE. — Lamento que sea... esa verdad.
EL SENADOR. Nada podemos ni el uno ni el otro y nadie tiene el derecho de pedirle un falso testimonio. (Una pausa.) No. No piense más en ella.
LIZZIE. - ¿En quién?
EL SENADOR. — En mi hermana. ¿No pensaba usted en mi her¬mana?
LIZZIE. — Sí:
EL SENADOR. — Veo claro en usted, hija mía. ¿Quiere que le diga lo que pasa por su cabeza? (Imitando a LIZZIE.) "Si yo firmara, el senador iría a verla a su casa y le diría: «Lizzie Mac Kay es una buena mujer, ella te devuelve a tu hijo». Y- son-reiría a través de las lágrimas y diría: ¿Lizzie Mac Kay? No olvidaré este nombre». Y habría una viejecita muy sencilla que pensaría en mí en su gran casa, 'habría una madre ameri¬cana que me adoptaría en su corazón, a mí, que no tengo fa¬milia y a quien el destino ha desterrado de la sociedad". Pobre Lizzie, no lo piense más.
LIZZIE. — ¿Tiene el pelo blanco?
EL SENADOR. — Completamente blanco, Pero el rostro sigue joven. Y si conociera su sonrisa ... No sonreirá nunca más. Adiós. Mañana dirá la verdad al juez.
LIZZIE. — ¿Se marcha usted?
EL SENADOR. — Pues sí; voy a casa de mi hermana. Tengo que contarle nuestra conversación.
LIZZIE. — ¿Ella sabe que está usted aquí?
EL SENADOR. - Vine a instancias suyas.
LIZZIE. — ¡Dios mío! ¿Y está esperando? Y usted le dirá que me negué a firmar. ¡Cómo va a detestarme!
EL SENADOR (poniéndole las manos sobre los hombros). — Mi pobre niña, no quisiera verme en su lugar.
LIZZIE. — ¡Qué historia! (Al brazalete.) Eres tú, porquería, la causa de toco.
EL SENADOR. - ¿Cómo?
LIZZIE. — Nada. (Una pausa.) En el punto a que han llegado las cosas, es una desgracia que el negro no me haya violado de verdad.
EL SENADOR (emocionado). - Hija mía.
LIZZIE (tristemente). -- Para usted hubiera sido un gusto tan grande y a mí me hubiera costado tan poco.
EL SENADOR, — ¡Gracias! (Una pausa.) Cómo quisiera ayudarla. (Una pausa.) Ay, la verdad es la verdad.
LIZZIE (tristemente). - Claro que sí.
EL SENADOR. — Y la verdad es que el negro no ha querido violarla.
LIZZIE (el mismo juego). — Claro que sí.
EL SENADOR.' — Sí. (Una pausa.) Por supuesto, se trata aquí de una verdad de primer grado.
LIZZIE (sin comprender). De primer grado...
EL SENADOR. — Sí, quiero decir, una verdad... popular.
LIZZIE. — ¿Popular? ¿No es la verdad?
EL SENADOR. — Sí, sí, es la verdad. Sólo que... hay varias cla¬ses de verdad.
LIZZIE. — ¿Piensa usted que el negro me ha violado?
EL SENADOR. — No. No, no la ha violado. Desde cierto punto de vista, no la ha violado en absoluto. Pero mire usted, yo soy un hombre que ha vivido mucho, que se ha equivocado a menudo y que, desde hace unos años, se equivoca un po¬quito menos. Y mi opinión sobre todo es diferente de la • suya.
LIZZIE. — ¿Pero qué opinión?
EL SENADOR. — ¿Cómo explicárselo? Escuche: imaginemos que la Nación americana se le apareciera de pronto. ¿Qué le diría a usted?
LIZZIE (aterrada). — Supongo que no tendría gran cosa que de¬cirme.
EL SENADOR. — ¿Es usted comunista?
LIZZIE. — ¡Qué horror; no!
EL SENADOR. — Entonces la Nación tiene mucho que decirle. Le diría: "Lizzie, has llegado a un punto en que te es pre¬ciso escoger entre dos de mis hijos. Es preciso que uno o el otro desaparezca. ¿Qué se hace en casos parecidos? Se conserva el mejor. Pues bien, busquemos quién es mejor. ¿Quieres?".
LIZZIE. — Ya lo creo. ¡Oh, perdón! Creí que era usted el que hablaba.
EL SENADOR. — Hablo en su nombre. (Prosigue.) "Lizzie, ese negro al que proteges, ¿para qué sirve? Ha nacido al azar, Dios sabe dónde. Lo he nutrido y él, ¿qué hace por mí en cambio? Absolutamente nada; vagabundea, ratea, canta, se compra trajes rosa y verde. Es mi hijo, y lo amo igual que a mis otros hijos. Pero te lo pregunto: ¿lleva una vida de hom¬bre? Ni siquiera me daría cuenta de su muerte".
LIZZIE. — Qué bien habla usted.
EL SENADOR (enlazando): — "El otro, por el contrario, ese Tho¬mas, ha matado a un negro, y eso está muy mal. Pero lo necesito. Es un americano cien por cien, descendiente de una de nuestras familias más viejas, ha hecho sus estudios en Harvard, es oficial —me hacen falta oficiales—, emplea dos mil obreros en su fábrica —dos mil desocupados si llegara a morir—, es un jefe, una sólida defensa contra el comunismo. el sindicalismo y los judíos. Tiene el deber de vivir y tú tienes el deber de conservarle la vida. Eso es todo. Ahora, elige".
LIZZIE. — Qué bien habla usted.
EL SENADOR. — ¡Elige!
LIZZIE (sobresaltándose). — ¿Eh? Ah, sí... (Una pausa.) Me ha embarullado, ya no sé dónde estoy.
EL SENADOR. — Míreme, Lizzie. ¿Tiene usted confianza en mí ?
LIZZIE. — Sí, senador.
EL SENADOR. — ¿Cree que puedo aconsejarle una mala acción?
LIZZIE. — No, senador.
EL SENADOR. — Entonces hay que firmar. Aquí está mi pluma.
LIZZIE. — ¿Cree usted que estará contenta de mí?
EL SENADOR. — ¿Quién?
LIZZIE. — Su hermana.
EL SENADOR. La amará desde lejos como a una hija.
LIZZIE. — ¿Tal vez me envíe flores?
EL SENADOR. — Tal vez.
LIZZIE. — O su foto con un autógrafo.
EL SENADOR. — Es muy posible.
LIZZIE. — La colgaré en la pared. (Una pausa. Camina, agitada., ¡Qué historia! (Volviendo hacia el SENADOR.) ¿Qué le harán al negro, si firmo?
EL SENADOR. --¿Al negro? ¡Bah! (La toma por los hombros.) Si firmas, toda la ciudad te adopta. Toda la ciudad. Todas las madres de la ciudad.
LIZZIE. — Pero...
EL SENADOR. — ¿Crees que una ciudad entera puede equivocar-se? ¿Una ciudad entera, con sus pastores y sus curas, con sus médicos, sus abogados y sus artistas, con su alcalde y sus ayu¬dantes y sus asociados de beneficencia? ¿Lo crees?
LIZZIE. — No. No. No.
EL SENADOR. — Dame la mano. (La obliga a firmar.) Ya está. Te lo agradezco en nombre de mi hermana y de mi sobrino, en nombre de los diecisiete mil blancos de nuestra ciudad, en nombre de la Nación americana a la que represento en estos lugares. Tu frente. (La besa en la frente.) Vosotros, ve¬nid. (A LIZZIE.) Volveré a verte esta noche; tenemos que se¬guir hablando.
(Sale.)
FRED (saliendo). — Adiós, Lizzie.
LIZZIE — Adiós. (Salen. Ella se queda aplastada: luego se pre¬cipita hacia la puerta.) ¡Senador! ¡Senador! ¡No quiero! ¡Rompa el papel! ¡Senador! (Vuelve a la escena, toma el as¬pirador maquinalmente.) ¡La, Nación americana! (Establece contacto.) Tengo la impresión de que me han estafado.
(Maneja el aspirador con rabia.)
TELÓN


SEGUNDO CUADRO
El mismo decorado, doce horas más tarde. Las lámparas están encendidas, las ventanas abiertas a la noche. Rumores crecientes. El NEGRO aparece en la ventana, salta su marco y se mete en la habitación desierta. Llega al centro de la escena. Llaman. Se esconde detrás de una cortina. LIZZIE sale del cuarto de baño, va basta la puerta de entrada, abre.

ESCENA I
LIZZIE - EL SENADOR - EL NEGRO escondido

LIZZIE. — ¡Entre! (EL SENADOR entra.) ¿Y?
EL SENADOR. — Thomas está en brazos de su madre. Vengo a traerle su agradecimiento.
LIZZIE. — ¿Es feliz?
EL SENADOR. — Completamente feliz.
LIZZIE. — ¿Lloró?
EL SENADOR. — ¿Llorar? ¿Por qué? Es una mujer fuerte.
LIZZIE.— Usted me dijo que lloraría.
EL SENADOR. — Es una manera de decir.
LIZZIE. — No se lo esperaba, ¿eh? Creía que yo era una mala mujer y que declararía a favor del negro.
EL SENADOR. — Se había confiado a las manos de Dios.
LIZZIE. — ¿Qué piensa de mí?
EL SENADOR. — Le da las gracias.
LIZZIE. — ¿No preguntó cómo era yo?
EL SENADOR. — No.
LIZZIE. — ¿Considera que soy una buena mujer?
EL SENADOR. — Piensa que ha cumplido usted con su deber.
LIZZIE. — ¿Ah, sí?....
EL SENADOR. — Míreme, Lizzie. (La toma por los hombros.) ¿Continuará usted cumpliéndolo? ¿No querrá decepcionarla?
LIZZIE. — No se aflija. Ya no puedo rectificar lo que dije, me taparían la boca. (Una pausa.) ¿Qué son esos gritos?
EL SENADOR. — Nada.
LIZZIE. — No puedo soportarlos más. (Va a cerrar la ventana.) Senador...
EL SENADOR. — ¿Hija mía?
LIZZIE. — ¿Está usted seguro de que no nos hemos equivoca-do, de que hice lo que debía?
EL SENADOR. — Absolutamente seguro.
LIZZIE. — Ya no me entiendo; usted me ha embarullado; piensa demasiado rápido para mí. ¿Que hora es?
EL SENADOR. - Las once.
LIZZIE. — Ocho horas aún antes del día. Siento que no podré cerrar los ojos. (Una pausa.) Las noches son tan calurosas como los días. (Una pausa.) ¿Y el negro?
EL SENADOR. — ¿Qué negro? Ah, bueno, pues lo están bus¬cando.
LlZZIE. — ¿Qué le harán? (El SENADOR se encoge de hombros, los gritos aumentan. LIZZIE se acerca a la ventana.) ¿Pero qué son esos gritos? Hay hombres que pasan con linternas eléctricas y perros. ¿Es un desfile de antorchas? 0... ¡Díga¬me qué es, senador! ¡Dígame qué es!
EL SENADOR (sacando una carta del bolsillo). — Mi hermana me ha encargado que le entregue esto.
LIZZIE (vivamente). — ¿Me ha escrito? (Rompe el sobre, saca un billete de cien dólares, revisa para encontrar una carta, no la encuentra, arruga el sobre y lo arroja al suelo. Su voz cambia.) Cien dólares. Usted ha de estar contento: su hijo me había prometido quinientos, es una linda economía.
EL SENADOR. - Hija mía.
LIZZIE. — Agradecerá usted a su señora hermana. Le dirá que hubiera preferido un jarrón o medias de nylon, alguna cosa que ella se hubiera tomado el trabajo de elegir. Pero lo que importa es la intención, ¿verdad? (Una pausa.) Sí que me embaucó usted.
(Se miran. El SENADOR se acerca.)
EL SENADOR. — Se lo agradezco, hija mía; conversaremos un poco a solas. Atraviesa usted una crisis moral y necesita mi apoyo.
LIZZIE. — Sobre todo necesito dinero, pero creo que usted y yo nos arreglaremos. (Una pausa.) Hasta hoy había preferi¬do a los viejos por su aire respetable, pero empiezo a pre¬guntarme si no son todavía más marranos que los otros.
EL SENADOR (divertido). — ¡Marranos! Quisiera que mis colegas la oyeran. ¡Qué naturalidad deliciosa! ¡Hay algo en usted que los desórdenes no han gastado! (La acaricia.) Sí. Sí. Algo. (Ella se deja hacer, pasiva y desdeñosa.) Volveré, no me acompañe.
(Sale. LIZZIE permanece clavada en su sitio pero toma el billete, lo estruja, lo tira al suelo, se deja caer en la lejanía. El NEGRO sale de su escondite. Se planta delante de ella. LIZZIE levanta la cabeza y lanza un grito.)

ESCENA II
LIZZIE - EL NEGRO

LIZZIE. — ¡Ah! (Una pausa. Se levanta.) Estaba segura de que vendrías. Estaba segura. ¿Por dónde entraste?
EL NEGRO. - Por la ventana.
LIZZIE. - ¿Qué quieres?
EL NEGRO. - Escóndame.
LIZZIE. — Te dije que no.
EL NEGRO. — ¿Los oye, señora?
LIZZIE. — Sí.
EL NEGRO. - La caza del negro ha empezado.
LIZZIE. - ¿Qué caza?
EL NEGRO. -- La caza del negro.
LIZZIE. — ¡Ah! (Una larga pausa.) ¿Estás seguro de que no te vieron entrar?
EL NEGRO. --Seguro.
LIZZIE. - ¿Qué te harán, si te pescan?
EL NEGRO. — Nafta.
LIZZIE. — ¿Qué?
EL NEGRO. — Nafta. (Hace un ademán explicativo.) Me pegarán fuego.
LIZZIE. — Ya veo. (Se dirige a la ventana y corre las cortinas.) Siéntate. (El NEGRO se deja caer en una silla.) Tenías que ve¬nir a mi casa. ¿Pero no terminará nunca? (Se le acerca, ame¬nazadora.) Les tengo horror a los líos, ¿comprendes? (Pata¬leando.) ¡Horror! ¡Horror! ¡Horror!
EL NEGRO. — Creen que le hice daño, señora.
LIZZIE. — ¿Y qué?
EL NEGRO. - No vendrán a buscarme aquí.
LIZZIE. — ¿Sabes por qué te cazan?
EL NEGRO. — Porque creen que le hice daño.
LIZZIE. — ¿Sabes quién se lo ha dicho?
EL NEGRO. — No.
LIZZIE. — Yo. (Largo silencio. El NEGRO la mira.) ¿Qué te parece?
EL NEGRO. — ¿Por qué lo hizo, señora? Oh, ¿por qué lo hizo?
LIZZIE. — Yo también me lo pregunto.
EL NEGRO. — No tendrán compasión; me azotarán en los ojos, me echarán latas de nafta. ¡Oh! ¿Por qué lo hizo? Yo no le hice daño.
LIZZIE. Oh, sí, me hiciste daño. ¡No puedes saber hasta qué punto me hiciste daño! (Una pausa.) ¿No tienes ganas de es¬trangularme?
EL NEGRO. — Muchas veces obligan a la gente a decir lo con¬trario de lo que piensa.
LIZZIE. — Sí. Muchas veces. Y cuando no pueden obligarlos, los embrollan con sus discursos. (Una pausa.) ¿Y? ¿No? ¿No me estrangulas? Eres de buena índole. (Una pausa.) Te es¬conderé hasta mañana a la noche. (El NEGRO hace un movi¬miento.) No me toques; no me gustan los negros. (Gritos y disparos fuera.) Se acercan. (Se dirige. a la ventana, aparta las cortinas y mira la calle.) ¡Estamos aviados!
EL NEGRO. — ¿Qué hacen?
LIZZIE. — Han puesto centinelas en las dos esquinas y regis¬tran todas las casas. Tenías que venir aquí. Seguramente alguien te vio entrar en la calle. (Mira de nuevo.) Ya está. Nos toca a nosotros. Suben.
EL NEGRO. - ¿Cuántos son?
LIZZIE. — Cinco o seis. Los otros esperan abajo. (Vuelve hacia él.) No tiembles. ¡No tiembles, por Dios! (Una pausa, al bra¬zalete.) ¡Serpiente cochina! (Lo arroja al suelo y lo patea) ¡Porquería! (Al NEGRO.) Tenías que venir aquí. (El NEGRO se levanta y hace un movimiento para marcharse.) Quédate. Si sales, estás listo.
EL NEGRO. — Los techos.
LLZZIE. -- ¿Con esta luna? Puedes ir, si te sientes con ganas de servir de blanco. (Una pausa.) Esperemos. Hay dos pisos que registrar .antes del nuestro. Te digo que no tiembles. (Largo silencio. Camina de una punta a la otra. El NEGRO perma¬nece abrumado en la silla.) ¿No tienes armas?
EL NEGRO. - Oh, no.
LIZZIE. — Bueno.
(Hurga en un cajón y saca un revólver.)
EL NEGRO. - ¿Qué quiere usted hacer señora?
LIZZIE. — Voy a abrirles la puerta y les rogaré que entren. Hace veinticinco años que me engatusan con sus ancianas madres de cabellos blancos y los héroes de la guerra y la Nación americana. Pero he comprendido. No me estafarán hasta el final. Abriré la puerta y les diré. "Está ahí. Está ahí pero no hizo nada; me han sonsacado un falso testimonio. juro por Dios que no hizo nada".
EL NEGRO. — No le creerán.
LIZZIE. — Es posible. Es posible que no me crean; entonces los apuntarás con el revólver, y si no se van, dispararás.
EL NEGRO. -- Vendrán otros.
LIZZIE. — Dispararás también a los otros. Y si ves al hijo del senador, trata de no errar, porque él fue quien lo tramó todo. Estamos acorralados, ¿no? Y de todos modos, es nues¬tra última historia porque te aseguro que si te encuentran en mi casa no doy un centavo por mi piel. Por lo tanto, es preferible reventar en numerosa compañía. (Le tiende el re¬vólver.) ¡Tómalo! Te digo que lo tomes.
EL NEGRO. — No puedo, señora.
LIZZIE. — ¿Qué?
EL NEGRO. — No puedo disparar contra blancos.
LIZZIE. — ¡De veras! Ellos se enfadarán.
EL NEGRO. — Son blancos, señora.
LIZZIE. — ¿Y qué? ¿Porque son blancos tienen el derecho de sangrarte como a un cerdo?
EL NEGRO. - Son blancos.
LIZZIE. — ¡Imbécil! Mira, te pareces a mí, eres tan bobalicón como yo. En fin, si todo el mundo está de acuerdo...
EL NEGRO. — ¿Por qué no dispara usted, señora?
LIZZIE. — Te digo que soy una bobalicona. (Se oyen pasos en la escalera.) Ahí están. (Risa breve.) Poner buena cara. (Una pausa.) Métete en el cuarto de baño. Y no te muevas. Con¬tén la respiración.
(El NEGRO obedece, LIZZIE espera. Campanillazo, se persig¬na, recoge el brazalete y va a abrir. Hombres con fusiles.)

ESCENA III
LIZZIE - TRES HOMBRES

PRIMER HOMBRE. - Buscamos al negro.
LLZZIE. — ¿Qué negro?
PRIMER HOMBRE. — El que violó a una mujer en el tren e hirió al sobrino del senador a navajazos.
LIZZIE. — Por Dios, no es en mi casa donde deben buscarlo. (Una pausa.) ¿No me reconocen?
SEGUNDO HOMBRE. — Sí, sí, sí. Yo la vi bajar del tren ante-ayer.
LIZZIE. — Perfecto. Porque fue a mí a quien violó, ¿compren-den? (Rumor. La miran con ojos llenos de estupor, codicia y una especie de horror. Retroceden ligeramente.) Si se pre¬senta por aquí, probará esto.
(Los hombres ríen.)
UN HOMBRE. -- ¿No tiene ganas de verlo colgar?
LIZZIE. — Vengan a buscarme cuando lo encuentren.
UN HOMBRE. — No tardará mucho, mi terroncito de azúcar: sabemos que está escondido en esta calle.
LIZZIE. — Buena suerte.
(Salen. Ella cierra la puerta. Va a depositar el revólver sobre la mesa.)
ESCENA IV
LIZZIE - Luego el NEGRO
LIZZIE. — Puedes salir. (El NEGRO sale, se arrodilla, y le besa el ruedo del vestido.) Te dije que no me tocaras. (Lo mira.)
Con todo ya has de ser un tipo especial para tener a toda la ciudad detrás de ti.
EL NEGRO. — No hice nada, señora, usted bien lo sabe.
LIZZIE. — Dicen que un negro siempre ha hecho algo. EL NEGRO. — Nunca hice nada. Nunca. Nunca.
LIZZIE (se pasa la mano por la frente). — Ya no sé qué pensar. (Una pausa.) Con todo, una ciudad entera no puede estar completamente equivocada. (Una pausa.) ¡Demonio! No com¬prendo nada.
EL NEGRO. — Es así, señora. Siempre es así con los blancos.
LIZZIE. — ¿Tú también te sientes culpable?
EL NEGRO. — Sí, señora.
LIZZIE. — ¿Y sin embargo no has hecho nada?
EL NEGRO. — No, señora.
LIZZIE. — ¿Pero qué tienen entonces para que uno esté siempre de su parte?
EL NEGRO. — Son blancos.
LIZZIE. — Yo también soy una blanca. (Una pausa. Ruido de pasos fuera.) Vuelven a bajar. (Se acerca a él instintivamen¬te. El NEGRO tiembla pero le pasa la mano alrededor de los hombros. Los pasos se pierden. Silencio. Ella se desprende bruscamente.) ¿Eh, qué? ¿Estamos solos? Parecemos dos huér¬fanos. (Llaman. Escuchan en silencio. Llaman otra vez.) Corre al cuarto de baño.
( Golpes en la puerta de entrada. El NEGRO se esconde, LIZZIE va a abrir.)
ESCENA V
FRED - LIZZIE
LIZZIE. — ¿Estás loco? ¿Por qué llamas a mi puerta? No, no entrarás, ya te conozco bastante. ¡Vete, vete, cochino, vete, vete! (Él la empuja, cierra la puerta y la toma por los hombros. Largo silencio.) ¿Y?
FRED. — ¡Eres el Diablo!
LIZZIE. — ¿Para decirme esto querías hundir la puerta? ¡Qué cara! ¿De dónde sales? (Una pausa.) Responde.
FRED. — Han atrapado a un negro. No era el verdadero. Pero con todo, lo lincharon.
LIZZIE. - ¿Y qué?
FRED. — Yo estaba con ellos.
(LIZZIE silba.)
LIZZIE. — Ya veo. (Una pausa.) Parece que te hace efecto ver linchar a un negro.
FRED. — Tengo ganas de tí.
LIZZIE. - ¿Qué?
FRED. — ¡Eres el Diablo! Me has hecho un maleficio. Estaba con ellos, tenía el revólver en la mano y el negro se balan¬ceaba en una rama. Lo miré y pensé : tengo gañas de ella. No es natural.
LIZZIE. — Suéltame. Te digo que me sueltes.
FRED. — ¿Qué me ocultas? ¿Qué es lo que me has hecho, bruja? Miraba al negro y te vi. Te vi balancearte sobre las ramas. Disparé.
LIZZIE. — ¡Porquería! Suéltame., ¡Suéltame! Eres un asesino.
FRED. — ¿Qué me has hecho? Te pegas a mí como los dientes a las encías. Te veo por todas partes, veo tu vientre, tu sucio vientre de perra, siento tu calor en mis manos, tengo tu olor en las narices. Corrí hasta aquí, no sabía si para matarte o para tomarte a la fuerza. Ahora lo sé. (La suelta brusca-mente.) Sin embargo, no puedo condenarme por una ramera. (Vuelve hacia ella.) ¿Es cierto lo que me dijiste esta mañana?
LIZZIE. — ¿Qué?
FRED. — ¿Qué te había hecho gozar?
LIZZIE. — Déjame tranquila.
FRED. — jura que es cierto. ¡Júralo! (Le tuerce la muñeca. Se oye ruido en el cuarto de baño.) ¿Qué hay? (Escucha.) Aquí hay alguien.
LIZZIE. — Estás loco. No hay nadie.
FRED. — Sí. En el cuarto de baño.
(Se dirige al cuarto de baño.)
LIZZIE. -- No entrarás.
FRED. -- Ya ves que hay alguien.
LIZZIE. — Es mi cliente de hoy. Un tipo que paga. Eso. ¿Estás contento?
FRED. — ¿Un cliente? No tendrás más clientes. Nunca más. Eres mía. (Una pausa.) Quiero verle la cara. (Grita.) ¡Salga de ahí: LIZZIE (gritando). — No salgas. Es una trampa.
FRED. — Maldita hija de perra. (La aparta violentamente, se acerca a la puerta y la abre. El NEGRO sale.) ¿Éste es tu cliente?
LIZZIE. — Lo escondí porque querían hacerle daño. No tires, bien sabes que es inocente.
(FRED saca el revólver. El NEGRO toma impulso bruscamente, lo empuja y sale. FRED lo corre. LIZZIE va hasta la puerta de entrada por donde han desaparecido los dos y empieza a gritar.)
LIZZIE. — ¡Es inocente! ¡Es inocente! (Dos disparos; LIZZIE vuelve, con el rostro duro. Se acerca a la mesa, toma el re¬vólver. FRED regresa. LIZZIE se vuelve hacia él, de espaldas al público, con el arma detrás. Él arroja la suya sobre la mesa.) ¿Y? ¿Lo conseguiste? (FRED .no responde.) Bueno, pues ahora te toca a ti.
(Le apunta con el revólver.)
FRED. — ¡Lizzie! Tengo madre.
LIZZIE. — ¡Vete al infierno! Ya me han hecho ese cuento.
FRED (caminando lentamente hacia ella). — El primer Clarke desmontó todo un bosque él solo; mató dieciséis indios por su mano antes de morir en una emboscada; su hijo construyó casi toda esta ciudad; tuteaba a Washington y murió en Yorktown por la independencia de Estados Unidos; mi bisabuelo era jefe de Vigilantes, en San Francisco, salvó a veintidós personas durante el gran incendio; mi abuelo vino a esta¬blecerse aquí, hizo cavar el canal del Misisipí y fue gober¬nador del Estado. Mi padre es senador; yo seré senador des¬pués de él: soy su único heredero varón y el último de mi nombre. Hemos hecho este país y su historia es la nuestra. Hubo Clarkes en Alaska, en las Filipinas, en Nuevo México. ¿Te atreverías a disparar contra toda América?
LIZZIE, — Si das un paso, te espicho.
FRED. — ¡Tira! ¡Pero tira! ¿Ves?, no puedes. Una mujer como tú no puede tirar a un hombre como yo. ¿Quién eres? ¿Qué haces en el mundo? ¿Por lo menos conociste a tu abuelo? Yo tengo derecho a vivir: hay muchas cosas por emprender y me esperan. Dame ese revólver. (Ella se lo da. FRED se lo mete en el bolsillo.) En cuanto al negro, corría demasiado rápido; erré el tiro. (Una pausa. Le rodea los hombros con el brazo.) Te instalaré sobre la colina, del otro lado del río, en una hermosa casa con un parque. Pasearás por el parque, pero te prohíbo que salgas; soy . muy celoso. Iré a verte tres veces por semana, al caer la noche : el martes, el jueves y para el week-end. Tendrás criados negros y más dinero del que nun¬ca soñaste, pero habrá que tolerarme todos los caprichos. ;Y vaya si los tendré! (Ella se abandona un, poco más en sus brazos.) ¿Es cierto que te hice gozar? Responde: ¿es cierto?
LIZZIE (con cansancio). — Sí, es cierto.
FRED (palmeándole la mejilla). — Entonces todo ha vuelto al orden. (Una pausa.). Me llamo Fred.

TELÓN

jueves, febrero 01, 2007

Donizetti - El Elixir de Amor(Opera)


Donizetti - El Elixir de Amor


Intro: El primer gran éxito de Gaetano Donizetti (Bérgamo 1797 - Bérgamo 1848) en el género bufo fue precisamente L'Elisir d'Amore. El ambiente de un pueblecito italiano y las melodías sencillas y folclóricas ganaron las simpatías del público desde el primer momento.

El estreno tuvo lugar el 12 de mayo de 1832 en Milán, Teatro de la Canobbiana, siendo una de las obras de Donizetti más representadas, sobre todo desde que el gran tenor Enrico Caruso la convirtió en una de sus predilectas. Hay que destacar que la partitura incluye una de las arias más conocidas del mundo de la ópera como es "Una furtiva lacrima".

La acción se desarrolla en la Italia rural, en una época indeterminada

Personajes

ADINA
NEMORINO

BELCORE

DULCAMARA

GIANNETTA
Rica Aldeana
Enamorado de Adina

Sargento

Médico Ambulante

Aldeana
Soprano
Tenor

Barítono

Bajo

Soprano


ACTO PRIMERO


Escena Primera

(Una granja. Un río en el que algunas
lavanderas preparan la colada. En el medio
de la escena un gran árbol, sobre el cual
reposan Giannetta, segadores y segadoras.
Adina, separada del resto, se encuentra
leyendo. Nemorino la observa de lejos)

GIANNETTA Y CORO
¡Buen consuelo para el segador,
cuando el sol está más ardiente,
poder reposar y respirar en el valle,
al pie de un árbol!
El vivo ardor del mediodía
templan el río y la umbría;
pero del amor la llama ardiente
ni sombra ni río pueden apagar.
¡Afortunado el segador
que resguardarse de eso es capaz!

NEMORINO
(observando a Adina que lee)
¡Qué belleza y qué adorable!
Más la veo, y más me gusta,
pero en aquel corazón soy incapaz
de inspirar el más leve afecto.
Ella lee, estudia, aprende...
No he visto cosa que ella ignore...
Yo soy un idiota
y sólo sé suspirar.
¿Quién la mente me iluminará?
¿Quién me enseñará a hacerme amar?

ADINA
(riendo)
¡Bendito sea este libro!
¡Es una bizarra aventura!

GIANNETTA
¿De qué te ríes?
Déjanos participar de tu agradable lectura.

ADINA
Es la historia de Tristán.
Es una historia de amor...

CORO
¡Léela, léela!

NEMORINO
(para sí)
A ella despacio me acercaré,
para mezclarme con ellos.

ADINA
(leyendo)
"Por la cruel Isolda
el bello Tristán ardía,
y en su alma enamorada
pensaba en poseerla un día.
Cuando se puso a los pies
de un sabio hechicero,
que le dio un vaso
con cierto elixir de amor.
Por lo que la bella Isolda
de él no, no pudo huir jamás."

CORO
Qué elixir tan perfecto
y de rara calidad,
¡Quién conociera su receta,
o fuera capaz de hacerlo!

ADINA
(continúa leyendo)
"Apenas él bebió un sorbo
del mágico brebaje
y el rebelde corazón de Isolda
se estremeció.
Cambiada en un instante
aquella cruel belleza,
fue de él la amante,
y vivió fiel a Tristán;
y aquel primer sorbo
por siempre veneró."

CORO
Qué elixir tan perfecto
y de rara calidad,
¡Quién conociera su receta,
o fuera capaz de hacerlo!

Escena Segunda

(Suena el tambor y entra en escena Belcore,
encabezando una tropilla de soldados que
permanecen alineados al fondo. Se acerca a
Adina, la saluda y le ofrece flores)

BELCORE
Así como el galante Paris,
dio la manzana a la más bella,
mi adorada campesina,
yo te entrego estas flores.
Pero que él más glorioso,
más feliz yo soy,
porque en premio de mi regalo
me darás tu bello corazón.

ADINA
(a las mujeres)
¡Es modesto el señor!

GIANNETTA Y CORO
Sí, es verdad.

NEMORINO
(para sí)
¡Oh! ¡Tormento mío!

BELCORE
Veo claro en tu rostro
que te he abierto una brecha en el pecho.
No es cosa sorprendente;
soy sargento y soy galante;
no hay belleza que se resista
ante la vista de un soldado;
a Marte, Dios de la guerra,
hasta la madre de Cupido se rinde.

ADINA
(a las muchachas)
¡Es modesto!

GIANNETTA Y CORO
Sí, es verdad.

NEMORINO
(para sí)
¡Ella le sonríe! ¡Oh, dolor!

BELCORE
Así pues, si me amas, como yo te amo
¿qué tanto tardas en rendirte a mis brazos?
Ídolo mío, capitulemos:
¿Qué día te desposaras conmigo?

ADINA
Señor, no tengo prisa:
lleva su tiempo pensarlo.

NEMORINO
(para sí)
¡Ah, infeliz seré si ella acepta!
Desesperado moriré.

BELCORE
No pierdas tanto tiempo, por Dios:
los días vuelan, y las horas también:
en la guerra y en el amor
es un error esperar.
¡Al vencedor ríndete;
de mí no podrás escapar!

ADINA
¡Mirad estos hombres,
lo presumidos y vanidosos que son!
Ya cantan victoria
sin antes haber luchado.
No es, no es tan fácil
conquistar a Adina.

NEMORINO
(para sí)
¡Si el amor me diera al menos
un poco de coraje!
Le diría cuanto sufro
y quizás encontrara piedad.
Pero soy muy tímido
y no me es posible hablar.

GIANNETTA Y CORO
(para sí)
Sería cosa de risa
si Adina cayera en sus brazos,
si a todos nos vengase
este militar.
Sí, sí, pero es zorra vieja
y a él victoria, no le dejará cantar.

BELCORE
Mientras tanto, chiquilla mía,
la plaza ocuparé.
Concede a mis compañeros
unos instantes
a la sombra descansar.

ADINA
Desde luego.
Sería aún más afortunada
si puedo ofrecerles una botella.

BELCORE
Obligado.

(para sí)

¡Ya soy de la familia!

ADINA
(a los campesinos)
Y apodéis retomar
la labor interrumpida.
El sol está cayendo.

TODOS
¡Vamos, vamos!

(salen Belcore, Giannetta y el coro)

Escena Tercera

NEMORINO
¡Una palabra, oh Adina!

ADINA
¡El mismo fastidio!
¡Los mismos suspiros!
Harías mejor en irte a la ciudad,
a ver a tu tío, dicen que está muy enfermo.

NEMORINO
Lo de él no es nada, comparado con lo mío.
Partir no puedo...
Miles de veces lo he intentado...

ADINA
¿Pero si muere
y deja como heredero a otro?

NEMORINO
¿Qué me importa?

ADINA
De hambre morirás, y sin apoyo alguno...

NEMORINO
¡De hambre o de amor!...
para mí es lo mismo.

ADINA
Óyeme. Tu eres bueno y modesto,
no como aquel sargento
que cree inspirarme afecto;
por eso te hablo claro
y te digo que en vano esperas amor.
Soy caprichosa y no hay ningún deseo
que en mí no muera apenas haya nacido.

NEMORINO
¡Oh!... ¡Adina!... Y eso ¿por qué?...

ADINA
¡Vaya pregunta!
Pregúntale al brisa luminosa
por qué vuela sin descanso
sobre la azucena, la rosa
el prado o el arroyo;
te dirá que es su naturaleza
la de ser voluble e infiel.

NEMORINO
¿Entonces debo?...

ADINA
¡A mi amor renunciar, y huir de mí!

NEMORINO
¡Querida Adina!... No puedo.

ADINA
¿No puedes? ¿Por qué?

NEMORINO
¡Por qué!
Pregúntale al río por qué
desde la gruta en donde nace
se dirige raudo hasta el mar
y en el seno del mar muere;
te dirá que está hechizado
por un poder que no sabrá decirte.

ADINA
¿Entonces quieres?...

NEMORINO
¡Morir como él, morir siguiéndote!

ADINA
Ama a otra: nadie te lo impide.

NEMORINO
¡Ah! No es posible...

ADINA
Para sanar de esa locura,
pues locura es el amor constante,
debes seguir mi ejemplo
y cambiar cada día de amante.
Como un clavo saca otro clavo,
así el amor aleja al amor.
De esta manera yo disfruto,
de esta manera tengo libre el corazón.

NEMORINO
¡Ah! En cada objeto
que esta a mi vista,
te veo, te siento solo a ti:
en vano intento olvidarte,
tu rostro grabado está en mi pecho...
Cambiando como tú haces,
puede cambiarse cualquier otro amor,
pero jamás podré borrarte de mi corazón.

(salen)

Escena Cuarta

(Plaza de la ciudad. Gente que va y viene.
Se oye una trompeta. Salen mujeres del
interior de las casas, por curiosidad)

MUJERES
¿Qué significará esa trompeta?

HOMBRES
¡La gran novedad, venid a ver!

MUJERES
¿Qué sucede?

HOMBRES
En una carroza dorada
ha llegado un señor forastero.
¡Ved qué noble semblante!
¡Qué vestiduras! ¡Qué brillante equipaje!

TODOS
Cierto, cierto, debe ser un gran personaje...
Un barón o un marqués de viaje...
Alguien muy importante...
Quizás un duque... o algo más.
Observad... avanza, se acerca:
¡Quitaos las gorras, vamos, vamos!

Escena Quinta

(El Doctor Dulcamara, de pie en la dorada carroza,
teniendo en la mano papeles y botellas. Detrás de
él, un servidor toca la trompeta. Todos los
campesinos lo rodean)

DULCAMARA
Oid, oid, rústicos campesinos;
atentos y no digáis ni una palabra.
Ya supongo e imagino
que lo mismo que yo sabéis
que soy aquel gran medico,
doctor enciclopédico,
llamado Dulcamara,
cuya virtud distinguida
y su infinito portento
son conocidos en el universo... y otros lados.
Soy benefactor de los hombres,
curador de males,
en pocos días evacuo
y limpio los hospitales,
y voy vendiendo la salud
por todo el mundo.
Compradla, compradla,
que os la doy barato.
Y es este odontológico
y admirable licor,
de insectos y ratones
poderoso destructor,
cuyo certificado
auténtico, embotellado,
tocarlo, mirarlo y leerlo
a cualquiera dejo yo.
Gracias a este específico
y simpático milagroso,
un hombre sexagenario
valetudinario
aún se convirtió
en abuelo de diez niños.
Por este "toca y sana"
en breves semanas
más de una afligida viuda
de llorar cesó.
Vosotras, severas matronas
¿queréis rejuvenecer?
Vuestras arrugas incomodas
con esto se quitarán.
¿Queréis, doncellas,
tener suave la piel?
¿Queréis, jóvenes galantes
tener siempre amantes?
¡Compradme mi específico
que por poco lo doy!
Mueve al paralítico,
sana al apopléjico,
al asmático, al asfixiado,
al histérico, al diabético,
restablece el tímpano,
robustece al raquítico,
y hasta cura el dolor de hígado
que últimamente está muy de moda.
¡Compradme mi específico
que por poco lo doy!
Lo he traído por correo
desde miles de millas lejanas.
Me diréis: ¿cuánto cuesta?
¿Cuánto vale la botella?
¿Cien escudos?... ¿Treinta?... ¿Veinte?
No... que nadie se desanime.
Para probar mi agradecimiento
por tan cálido recibimiento
os lo dejaré, oh buena gente,
por un escudo nada mas.

CORO
¡Un escudo! ¿Es verdad?
Hombre más generoso nunca habrá.

DULCAMARA
¡Aquí esta: el estupendo,
el balsámico elixir!
A toda Europa lo he vendido
a no menos de nueve liras:
pero como es cierto
que he nacido en este país,
por tres liras os lo dejo;
solo tres liras a vosotros pido:
Esta claro como el sol
que cualquiera que lo quiera
un escudo contante y sonante
en su bolsillo hago entrar.
¡Ah, cálido afecto de la patria!
¡Grandes milagros puedes hacer!

CORO
¡Es verdad: traed acá!
¡Que gran doctor sois!
Tendremos de vuestra llegada
un largo y prolongado recuerdo.

Escena Sexta

NEMORINO
(para sí)
¡Coraje! Quizás el cielo mando,
expresamente por mi bien,
a este hombre milagroso al pueblo.
Su ciencia pondré a prueba...

(en voz alta al doctor)

¡Doctor!... perdone...
¿Es verdad que poseéis
portentosos secretos?...

DULCAMARA
¡Sorprendentes!
Mis bolsillos son como la Caja de Pandora.

NEMORINO
¿Entonces tendréis... por ejemplo...
el brebaje amoroso
de la reina Isolda?

DULCAMARA
¡Ah!... ¿qué?... ¿qué cosa?

NEMORINO
Quiero decir... el estupendo
elixir que el amor despierta.


DULCAMARA
¡Ah! Sí, sí, ahora entiendo.
Yo mismo lo destilo.

NEMORINO
¿Es cierto entonces?

DULCAMARA
Sí. Es de gran consumo
en esta época.

NEMORINO
¡Oh! ¡Fortuna!... y ¿lo vende?

DULCAMARA
Cada día, a todo el mundo.

NEMORINO
¿Y el precio?

DULCAMARA
Poco... bastante... es... de acuerdo...

NEMORINO
Un ducado... nada más tengo...

DULCAMARA
Es el precio exacto.

NEMORINO
¡Ah! ¡Démelo, doctor!

DULCAMARA
Aquí está el mágico licor.

NEMORINO
¡Gracias, ah! ¡Sí, muchas gracias!
Soy feliz, estoy contento.
Elixir de tal bondad,
¡Bendito el que te creó!

DULCAMARA
(para sí)
Por los países que he recorrido,
más de un tonto encontré,
pero uno igual a este,
en verdad que no se encuentra, no.

NEMORINO
¡Eh!... Doctor... un momentito...
¿De qué modo debe usarse?

DULCAMARA
Con cuidado, muy despacio.
La botella se agita un poco...
Luego se destapa... pero ten cuidado
que el vapor no se esparza.
Luego a los labios la acercas
y lo bebes a sorbitos,
y el sorprendente efecto
no tardarás en sentir.

NEMORINO
¿Al momento?

DULCAMARA
A decir verdad,
es necesario un día entero.

(para sí)

Tiempo suficiente
para irme de aquí y huir.

NEMORINO
¿Y el sabor?...

DULCAMARA
¡Excelente!

(para sí)

¡Es vino de Burdeos, no elixir!

NEMORINO
¡Gracias, ah! ¡Sí, muchas gracias!
Soy feliz, estoy contento.
Elixir de tal bondad,
¡Bendito el que te creó!

DULCAMARA
(para sí)
Por los países que he recorrido,
más de un tonto encontré,
pero uno igual a este,
en verdad que no se encuentra, no.

(en voz alta)

¡Jovencito, hey, hey!

NEMORINO
¡Señor!

DULCAMARA
Sobre todo, ni una palabra... silencio...
En estos tiempos despertar el amor
es un negocio muy envidiado,
las autoridades
podrían enojarse un poco.

NEMORINO
Le doy mi palabra:
ni un alma siquiera lo sabrá.

DULCAMARA
Ve, mortal afortunado
un tesoro te he entregado:
todo el sexo femenino
bajo tu dominio suspirará.

(para sí)

Pero mañana al alba
estaré bien lejos de acá.

NEMORINO
¡Ah! Doctor, le doy mi palabra
que lo beberé por una sola:
por otra cualquiera aunque sea más bella,
ni una gota cataré.

(para sí)

Verdaderamente una estrella benéfica
lo ha guiado hasta acá.

(Dulcamara entra en la posada)

Escena Séptima

NEMORINO
Querido elixir ¡Eres mío!
Sí, todo mío...
¡Qué potente debe ser tu virtud que,
aún antes de haberlo bebido,
de tanta alegría ya me colmas el corazón!
¿Pero por qué razón el efecto
no se podrá ver
sin que transcurra un día?
Bebamos.
¡Oh, qué bueno! ¡Oh, excelente!
Otro sorbo más.
¡Oh, de una vena a otra
me recorre un dulce calor!...
¡Ah! Quizás también...
Quizás ella... pueda sentir la misma llama
Me lo anuncia el apetito y el júbilo
que en mí se ha revelado
en apenas un instante.

(se sienta en una mesa de la posada
comenzando a cantar)

Trallaralara, la, la, la, la.

Escena Octava

ADINA
(para sí)
¿Quién es aquel loco?
¿Estoy soñando, o es Nemorino?
¡Tan alegre! ¿Y por qué?

NEMORINO
(para sí)
¡Demonios! Es ella...

(se levanta para correr hacia ella,
pero se detiene y se sienta de nuevo)

Pero no... no debo tener prisa.
Mis suspiros no la deben cansar por ahora.
Da lo mismo... mañana me adorará
ese corazón ingrato.

ADINA
(para sí)
¡Ni siquiera me mira!
¡Cómo ha cambiado

NEMORINO
Trallaralala, la, la, la, la.
Trallaralala, la, la, la, la.

ADINA
(para sí)
No se si su alegría
es fingida o de verdad

NEMORINO
(para sí)
Por ahora aún no siente amor.

ADINA
(para sí)
Quiere hacerse el indiferente.

NEMORINO
(para sí)
¡Ríete cruel,
por poco tiempo de mis penas!
Mañana todo habrá terminado,
mañana me amarás.

ADINA
(para sí)
El muy desgraciado,
en vano quiere romper sus cadenas;
pero más pesadas
ahora las sufrirá.

NEMORINO
Trallaralala, la, la, la, la.

ADINA
(acercándose le da una bofetada)
¡Muy bien!
¡Aprende esta lección!

NEMORINO
Es verdad:
la estoy poniendo a prueba.

ADINA
¿Y tus penas?

NEMORINO
Olvidarlas, eso espero.

ADINA
¿Y el antiguo ardor?

NEMORINO
Se extinguirá poco a poco.
Sólo hay que esperar un día
y el corazón sanará.

ADINA
Me alegro...
pero eso ya lo veremos.

Escena Novena

BELCORE
(Entra cantando)
Tran, tran, tran, tran, tran, tran.
En la guerra y en el amor
el asedio aburre y cansa.

ADINA
(para sí)
A tiempo llega Belcore.

NEMORINO
(para sí)
Aquí llega ese pesado.

BELCORE
(cantando)
Uso arma blanca
en la guerra y en el amor...

ADINA
Y bien, gentil sargento,
¿la plaza ha sido de su agrado?

BELCORE
Se defiende con valentía,
y es vano el ataque.

ADINA
¿Y el corazón no le dice
que pronto cederá?

BELCORE
¡Ah! ¡Ojalá fuera ese el deseo de Cupido!

ADINA
Quizás si lo desea.

BELCORE
¿Cuándo? ¿Será posible?

NEMORINO
(para sí)
¡Demonios, tiemblo!

BELCORE
Habla entonces, oh ángel bello;
¿Cuándo nos casaremos?

ADINA
Muy pronto.

NEMORINO
(para sí)
¿Qué escucho?

BELCORE
¿Pero cuando?

ADINA
(mirando a Nemorino)
Dentro de seis días.

BELCORE
¡Oh! ¡Alegría! ¡Dichoso soy!

NEMORINO
(riendo)
¡Ah, ah! Todo marcha bien.

BELCORE
(para sí)
¿De qué se reirá
ese estúpido?
Terminare golpeándolo,
si de aquí no se va.

ADINA
(para sí)
¡Y se queda tan alegre y feliz
cuando oye que me caso!
No pudo esconder más
la rabia que me da.

NEMORINO
(para sí)
¡Fanfarrón! Ya se imagina
tocando el cielo con las manos.
Pero al borde de la trampa
mañana se encontrará.

Escena Décima

(Suena el tambor. Entran Giannetta con
las muchachas y los soldados de Belcore)

GIANNETTA
Señor sargento, señor sargento,
le requieren sus compañeros.

BELCORE
Estoy aquí. ¿Qué sucede?
¿Por qué tanta prisa?

SOLDADO
Hace dos minutos que en una carreta
ha llegado un correo para vos.

BELCORE
(leyendo)
¡El Capitán... ah! ¡Todo va bien!
¡Vamos, camaradas: debemos partir!

CORO
¡Partir!... ¿Y cuando?

BELCORE
Mañana al alba.

CORO
¡Oh, cielos! ¡Tan pronto!

NEMORINO
(para sí)
Adina está afligida.

BELCORE
Expresa es la orden. No sé qué hacer.

CORO
¡Maldito oficio!
¡Cambiar a menudo de guarnición!
¡El deber nos hace a los amantes abandonar!

BELCORE
Expresa es la orden. No sé que haré.

(a Adina)

¡Querida! ¿Oíste? ¡Mañana, adiós!
Al menos recuerda mi amor.

NEMORINO
(para sí)
Sí, sí, mañana oirás algo nuevo.

ADINA
De mi constancia una prueba te daré:
recordaré mi promesa.

NEMORINO
(para sí)
Sí, sí, mañana te la repetiré.

BELCORE
Si a mantenerla estas dispuesta,
¿Por qué no anticiparla? ¿Qué te cuesta?
¿Por qué no casarnos hoy mismo?

NEMORINO
(para sí)
¿Hoy mismo?

ADINA
(para sí, mirando a Nemorino)
Parece perturbado.

(a Belcore)

Está bien: ¡hoy mismo!...

NEMORINO
¡Hoy mismo! ¡Oh, Adina!
¿Hoy mismo, dices?...

ADINA
¿Y por qué no?

NEMORINO
Espera al menos hasta mañana.

BELCORE
¿Y tu por qué te metes? ¿Qué te importa?

NEMORINO
Adina, créeme, te lo ruego...
No puedes casarte... te lo aseguro...
Espera tan solo... un día.
Un breve día... yo sé por qué.
Mañana, querida, te arrepentirías
y lo sentirás igual que yo.

BELCORE
¡Da gracias al cielo, babuino,
que, o estás loco, o preso del alcohol!
Te estrangularía, te haría mil pedazos
si estuvieras en tus cabales.
Pero aprovecha que hoy estoy de buenas...
¡Vete! ¡Desaparece de mi vista!

ADINA
Compadécelo, tan sólo es un muchacho:
imprudente y medio loco.
Se ha empeñado que debo amarlo,
porque por mí delira de amor.

(para sí)

Voy a vengarme, voy a atormentarlo,
hasta que arrepentido caiga a mis pies.

GIANNETTA
¡Mirad a ese ingenuo!

CORO
Tiene la osada presunción
de buscárselas con un sargento.
a un hombre de mundo, sin par.
¡Oh, sí, por Baco, la bella Adina
es un bocado demasiado bueno para ti!

ADINA
(con resolución)
¡Vamos Belcore,
vayamos a buscar al notario!

NEMORINO
(inquieto)
¡Doctor, doctor!
¡Socorro! ¡Ayuda!

GIANNETTA, CORO
Está loco de verdad.

NEMORINO
¡Doctor, doctor!

ADINA
(para sí)
Me las pagarás.

(a los demás)

¡A un banquete festivo,
amigos, os invito!

BELCORE
¡Giannetta, muchachas,
espero que hoy bailen!

GIANNETTA, CORO
¡Un baile! ¡Un banquete!
¿Cómo podríamos rechazarlo?

ADINA, GIANNETTA, BELCORE, CORO
Entre alegría y armonía, queridos amigos,
vayamos contentos a pasar la jornada.
Presente en la fiesta el Amor estará.

(para sí, mirando a Nemorino)

Él pierde la cabeza: me hace reír.

NEMORINO
El sargento me desprecia,
se burla de mí la muy ingrata,
soy el hazmerreír de toda la aldea.
Mi corazón oprimido no tiene ya esperanzas.
¡Doctor, socorro! ¡Piedad!

(Adina da la mano a Belcore y salen.
Nemorino se enfurece aún más y sale
corriendo entre risas y burlas del coro.)




ACTO SEGUNDO


(Interior de la casa de Adina. En una mesa
se encuentran sentados Adina, Belcore,
el Doctor Dulcamara y Giannetta. Los
lugareños van llegando y cantando. Los
músicos del Regimiento han montado una
especie de orquesta. Suena la trompeta)

Escena Primera

CORO
Cantemos, brindemos
por los amables novios.
Para que sean largos y constantes
los días de placer.

BELCORE
Para mí, amor y vino,
siempre serán dos divinidades.
Todas las preocupaciones
compensan la mujer y el botellón.

ADINA
(para sí)
¡Si estuviera aquí Nemorino!
Podría burlarme de él.

CORO
Cantemos, brindemos
por los amables novios.
Para que sean largos y constantes
los días de placer.

DULCAMARA
Puesto que os gusta cantar,
oídme, señores, un momento.
Tengo aquí una cancioncilla
que he compuesto hace poco,
vivaz, graciosa,
que puede ser de vuestro gusto
si es que la bella esposa
me hace el honor de acompañarme.

TODOS
¡Sí, sí seguro nos gustará!
Debe ser cosa rara
si el gran Dulcamara
la ha compuesto.

DULCAMARA
(extrae de su casaca algunas
partituras y da una a Adina.)
"La gondolera Nina,
y el Senador Tredenti"
Barcarola a dos voces: ¡Atentos!

TODOS
¡Atención!

DULCAMARA
Yo soy rico y tú eres bella,
yo tengo ducados y tú belleza.
¿Por qué a mis deseos te resistes,
Nina mía, qué más deseas de mí?

ADINA
¡Cuánto honor!
¡Un senador viene mi amor a suplicar!
Pero, yo modesta gondolera,
quiero casarme con uno como yo.

DULCAMARA
Ídolo mío, cesa el rigor
y haz feliz a un senador.

ADINA
¡Excelencia! Es mucho honor.
Yo no merezco un senador.

DULCAMARA
¡Adorada barquera,
toma el oro y abandónate al amor!
Este es pasajero y ligero vuela;
aquel es pesado y siempre queda.

ADINA
¡Cuánto honor!
¡Un senador viene mi amor a suplicar!
Pero Zanetto es joven y me gusta,
con él me quiero casar.

DULCAMARA
Ídolo mío, cesa el rigor
y haz feliz a un senador.

ADINA
¡Excelencia! Es mucho honor.
Yo no merezco un senador.

TODOS
¡Bravo! ¡Bravo! ¡Dulcamara!
La canción es cosa rara.
La elección ha sido del gusto
de un experto cantor.

DULCAMARA
El doctor Dulcamara
en toda arte es profesor.

(entra un notario)

BELCORE
¡Silencio!

(todos callan)

Está aquí el notario,
que viene a certificar el acta
de mi felicidad.

TODOS
¡Sea bienvenido!

DULCAMARA
(al notario)
Te abrazo y te saludo
primer oficial, reclutador del amor.

ADINA
(para sí)
¡Llegó el notario y Nemorino no viene!

BELCORE
Vamos, mi bella Venus...
Pero en tu tierna mirada
¿hay una sombra?

ADINA
No es nada.

(para sí)

Si él no se presenta
mi venganza no estará completa.

BELCORE
Vamos a firmar el acta, el tiempo apremia.

CORO
Cantemos, brindemos
por los amables novios.
Para que sean largos y constantes
los días de placer.

(salen todos, Dulcamara regresa
y se sienta a la mesa)

Escena Segunda

DULCAMARA
La fiestas nupciales,
son muy placenteras;
pero lo que más me gusta de ellas
es la agradable visión del banquete.

NEMORINO
(muy pensativo)
He visto al notario:
Sí, lo he visto... No hay esperanza
para ti, Nemorino; tengo el corazón roto.

DULCAMARA
(cantando entre dientes)
Ídolo mío, cesa el rigor
y haz feliz a un senador.

NEMORINO
¡Usted aquí, doctor!

DULCAMARA
Sí, me han invitado a una cena,
estos amables esposos;
y me entretengo con estas sobras.

NEMORINO
Yo estoy desesperado,
estoy fuera de mi, Doctor,
tengo necesidad de ser amado...
antes de mañana... ahora mismo...

DULCAMARA
(se levanta de la silla, para sí)
¡Cielos, esta loco!

(a Nemorino)

Bebe el elixir y todo se solucionará.

NEMORINO
¿Y verdaderamente seré amado por ella?...

DULCAMARA
Por todas: te lo prometo.
Si quieres anticipar el efecto del elixir
bebe ahora mismo otra dosis.

(para sí)

Yo partiré en media hora.

NEMORINO
Querido doctor, deme otra botella.

DULCAMARA
Con mucho gusto
me agrada poder ayudarte.
¿Tienes monedas?

NEMORINO
¡Ah, ni una sola!

DULCAMARA
Querido mío,
La cosa cambia de aspecto.
Ven en el momento en que las tengas.
Estaré aquí cerca, en la hostería de la Perdiz.
Un cuarto de hora tienes de plazo.

(sale)

Escena Tercera

NEMORINO
(se sienta en un banco)
¡Oh, qué infeliz soy!

BELCORE
La mujer es un animal extravagante.
Adina me ama,
de casarse conmigo esta contenta,
pero difiere el compromiso hasta esta noche.

NEMORINO
(para sí, mesándose los cabellos)
¡Aquí viene mi rival! Le rompería la cabeza
con mis propias manos.

BELCORE
(para sí)
¡Y bien! ¿Qué hace aquí este baqueano?

(a Nemorino)

¡Hey, hey, tú, jovencito!
¡Qué te perturba!

NEMORINO
Estoy desesperado...
Porque dinero no tengo...
Y tampoco sé dónde encontrarlo.

BELCORE
¡Eh, estúpido!
Si dinero no tienes,
alístate como soldado...
y veinte escudos tendrás.

NEMORINO
¡Veinte escudos!

BELCORE
¡Bien sonantes!

NEMORINO
¿Cuándo? ¿Ahora mismo?...

BELCORE
¡Al instante!

NEMORINO
(para sí)
¿Qué debo hacer?

BELCORE
Y con el dinero,
gloria y honor hallarás en el regimiento.

NEMORINO
¡Ah! No es ambición
lo que seduce a mi corazón.

BELCORE
Si es amor, en la guarnición
no te puede faltar el amor.

NEMORINO
(para sí)
Al peligro de la guerra
sé bien que estoy expuesto.
Que mañana a la madre patria,
tío, amigos, ¡ay! abandonaré.
Pero sé que este es
el único camino que me queda
para poder triunfar en un sólo día
en el corazón de Adina.
¡Ah, si consigo el corazón de Adina,
bien podría morir después!

BELCORE
Al son vivaz del tambor,
entre las filas y banderas,
le gusta al amor vagar,
con las alegres cantineras.
Siempre alegre, siempre contento,
tendrás mujeres por centenares,
de constancia no te aburrirás,
no tendrás tiempo de suspirar.
Créeme, la verdadera alegría,
acompaña al militar,

NEMORINO
¡Veinte escudos!

BELCORE
Al instante.

NEMORINO
Entonces, me alistaré. Preparadlos.

BELCORE
Pero el contrato
primero debes firmar.
Haz una cruz aquí.

(Nemorino firma y toma los veinte escudos)

NEMORINO
(para sí)
A Dulcamara voy corriendo a buscar.

BELCORE
Dame la mano, jovencito,
Me alegro de la adquisición:
me parece que, mejor o peor,
tu eres un buen muchacho.
Pronto serás cabo
si sigues mi ejemplo

(para sí)

He alistado a mi rival.
¡Otra cosa que narrar!

NEMORINO
¡Ah! No sabes por qué me he decidido
a dar este paso.
¡Tú no sabes cómo palpita el corazón
bajo estas simples vestiduras!
¡Ah, no puedes imaginar
lo que vale tanto para mí.

(para sí)

¡Ah, no habrá tesoro igual,
si consigo hacerme amar!

(Salen ambos.)

Escena Cuarta

(plaza del pueblo como en el acto primero).

CORO
¿Sería posible?

GIANNETTA
Muy posible.

CORO
Pero no probable.

GIANNETTA
Muy probable.

CORO
¿Pero cómo entonces? ¿Cómo lo sabes?
¿Quién te lo dijo? ¿Quién? ¿Dónde?

GIANNETTA
No hagáis escándalo: hablad bajo,
nadie debe esparcir el secreto.
Sólo lo sabe el mercader ambulante,
que en confianza me lo ha dicho.

CORO
El mercader ambulante ¡te lo ha dicho!
¡Será verdad entonces!... ¡Oh, qué suerte!

GIANNETTA
Sabed entonces que el otro día
el viejo tío de Nemorino murió,
que al jovencito le ha dejado
una magnifica e inmensa herencia...
Pero, silencio... despacio... por favor.
No debe divulgarse.

CORO
No se dirá.

GIANNETTA
Ahora que Nemorino es millonario...
es el magnate del vecindario...
Un hombre de valía, un buen partido...
¡Feliz de aquella que lo tenga por marido!
Pero, silencio... despacio... por favor.
No debe divulgarse.

(ven a Nemorino que se acerca y se retiran
a un lado, observándolo curiosamente.)

Escena Quinta

NEMORINO
De este elixir admirable
he bebido abundantemente,
y me ha prometido el médico
que tendré a todas las doncellas.
En mí hay un sólo deseo
y es que renazca la esperanza;
el efecto de este fármaco
ya, ya se empieza a sentir.

CORO
(en voz baja)
Aún tiene un aire negligente y humilde;
seguro que todavía no lo sabe.

NEMORINO
(disponiéndose a salir)
¡Vamos!

GIANNETTA
(deteniendo a Nemorino e inclinándose)
Su sierva humildísima.

NEMORINO
¡Giannetta!

CORO
(acercándose una por una)
Mis respetos.

NEMORINO
(para sí, maravillado)
¿Qué les pasa a estas jóvenes?

GIANNETTA, CORO
¡Querido Nemorino!
En verdad que eres amable,
tienes aires de caballero.

NEMORINO
(para sí)
Ahora lo entiendo:
es la labor del mágico licor.

Escena Sexta

(Adina y el Doctor Dulcamara entran por
diferentes lados. Se detienen maravillados,
al ver a Nemorino con las campesinas.)

ADINA, DULCAMARA
¿Qué veo?

NEMORINO
(viendo a Dulcamara, dice:)
¡Ah! ¡Ah! ¡Es magnífico!
Doctor, usted estaba en lo cierto.
Gracias a la virtud del elixir
he tocado el corazón de todas.

ADINA
¿Qué escucho?

DULCAMARA
¡Estoy forzado a creerlo!

(a las campesinas)

¿Os gusta?

CORO
Oh sí, en verdad.
Es un joven que merece
nuestro afecto y honor.

ADINA
(para sí)
Creía encontrarle llorando,
y lo encuentro festejando y divirtiéndose.
Eso sólo significa una cosa:
¡Ya no piensa en mí!

GIANNETTA, CORO
(en voz baja)
¡Oh qué gentil es el querido joven!
De él no puedo alejarme.
Haré lo imposible
por inspirarle amor.

NEMORINO
(para sí)
No tengo palabras
que puedan expresar
el inmenso júbilo que siento.
Si todas, todas ellas me aman,
entonces ella también me querrá.

DULCAMARA
(para sí)
Estoy totalmente pasmado,
este sí es un caso verdaderamente extraño.
¿Seré verdaderamente poseedor
de un filtro mágico?

GIANNETTA
(a Nemorino)
Aquí cerca, en la sombra,
se va a dar un baile,
¿irás?

NEMORINO
Sí, sin falta

CORO
¿Y bailarás?

GIANNETTA
¡Conmigo!

NEMORINO
Sí.

CORO
¡Conmigo!

NEMORINO


GIANNETTA
¡Yo soy la primera!

CORO
¡Soy yo, soy yo!

GIANNETTA
¡Yo he sido quien lo ha invitado!

CORO
¡Yo también! ¡Yo también!

GIANNETTA y CORO
(quitándoselo una a la otra)
¡Ven!

NEMORINO
Despacio.

CORO
Elige.

NEMORINO
(a Giannetta)
Está bien...
... tú serás la primera;
luego tú... y después tú...

DULCAMARA
¡Misericordia!
¡Con todas!
Licor igual al mío no hay.

ADINA
(avanzando)
Hey, Nemorino.

NEMORINO
(para sí)
¡Oh, cielos! ¡También ella!

DULCAMARA
¡Con todas, con todas!

ADINA
Acércate.
Belcore me ha dicho,
que, deslumbrado
por unas pocas monedas,
te has hecho soldado.

CORO
¡Soldado! ¡Oh, diablos!

ADINA
Has hecho muy mal.
Quiero hablar contigo.

NEMORINO
Habla entonces.

GIANNETTA y CORO
¡Al baile! ¡Al baile!

NEMORINO
Es verdad, es verdad.

(a Adina)

Después te escucharé

(para sí)

Ya me imagino
que cosa me va a decir.
Ya siente el efecto del fármaco,
ya su corazón me ama.
Los anhelos y los pálpitos
de un corazón amante,
en un solo instante
vas a probar.

ADINA
(para sí)
¡Oh! Tan rápido
ha cambiado;
que siento en el corazón.
un despecho insólito.
¡Oh!, amor, te vengas
de mi indiferencia,
su desprecio
me obliga a amarlo.

DULCAMARA
(para sí)
Sí, todas lo aman.
¡Oh, maravilloso!
¡Querida y admirable
botella mía!
Ya veo llover sobre mí,
miles de monedas,
Me convertiré
en un Creso

GIANNETTA, CORO
(para ellos)
De todos los muchachos
del pueblo,
ella imagina
que debe ser cortejada,
Pero este joven será,
lo juro,
un hueso
duro de roer.

(Nemorino sale con Giannetta
y las campesinas.)

Escena Séptima

ADINA
¡Que contento se va!

DULCAMARA
El mérito es todo mío.

ADINA
¿Vuestro, doctor?

DULCAMARA
Sí, todo.
La alegría esta bajo mi mando,
yo destilo el placer y el amor
como agua de rosas; y ahora es eso
lo hace maravillas en aquel jovencito,
él es todo un portento de mi gran invención.

ADINA
¡Locuras!

DULCAMARA
¿Locuras, dices?
¡Incrédula! ¡Locuras!
¿Conoces el poder de la alquimia?
¿El gran valor del elixir de amor
de la Reina Isolda?

ADINA
¿Isolda?

DULCAMARA
Isolda.
Lo tengo en todas las mezclas y sabores.

ADINA
(para sï)
¿Qué oigo?

(a Dulcamara)

¿Y le has vendido el elixir a Nemorino?

DULCAMARA
Él me lo pidió
para obtener el afecto
de una cruel mujer...

ADINA
¿Y aún la ama?

DULCAMARA
Languidecía y suspiraba
sin una luz de esperanza;
y por beber una gota del fármaco encantado,
vendió la libertad alistándose como soldado.

ADINA
(para sí)
¡Cuánto amor! ¡Y yo, cruel, atormento
a tan noble corazón!

DULCAMARA
(para sí)
Ella también se ha enamorado:
necesita urgentemente el licor

ADINA
¡Entonces... así pues... Nemorino
¡es afortunado en el amor!

DULCAMARA
Todo el sexo femenino
por el jovencito está enloquecido.

ADINA
¿Y a qué muchacha ama él?
¿Cuál de entre todas es la preferida?

DULCAMARA
Es como el gallo del corral,
a todas sigue, a todas galantea.

ADINA
(para sí)
¡Y yo sola, insensata,
rechacé tan noble corazón!

DULCAMARA
(para sí)
Ella también se ha enamorado,
necesita urgentemente el licor.

(a Adina)

¡Bella Adina! Espera un momento...
ven más cerca... levanta la cabeza.
Estás confundida...
lo sé por ese aire afligido y abatido.
¿Si tú lo deseas?...

ADINA
¿Si deseo qué... qué cosa?

DULCAMARA
¡Levanta la cabeza, caprichosa!
Si lo deseas, tengo la receta,
que podrá curar tu mal.

ADINA
¡Ah, doctor! Sería estupend,
pero para mí no hay virtud que valga.

DULCAMARA
¿Quieres ver miles de amantes
afligidos y lánguidos a tus pies?

ADINA
No sabría qué hacer con tantos,
mi corazón sólo a uno quiere.

DULCAMARA
¿Deseas poner locas de celos a doncellas,
esposas e incluso viudas?

ADINA
No me tienta, no me place,
de turbar a otras la paz.

DULCAMARA
¿Conquistar quieres a un rico?

ADINA
Las riquezas no me preocupan.

DULCAMARA
¿Un conde? ¿Un marqués?

ADINA
Yo sólo quiero a Nemorino.

DULCAMARA
Toma, pues, mi receta,
que te hará el efecto deseado.

ADINA
¡Ah, doctor! Sería estupenda:
pero para mí no hay virtud que valga.

DULCAMARA
¡Desconfiada!
¿Crees que no tiene valor alguno?

ADINA
Yo respeto el elixir,
pero para mí hay otro mejor:
Nemorino, a todas las otras dejará,
y todo mío, solo mío será.

DULCAMARA
(aparte)
¡Ah! ¡Doctor! Es muy astuta;
ésta sabe más que tú.

ADINA
Una tierna miradita,
una sonrisa, una caricia,
es capaz de vencer hasta al más obstinado
y ablandar incluso al más duro.
He visto tantos y tantos suspirando
y aferrados como locos a mis pies,
que Nemorino seguro
no podrá huir de mí. No.
La receta es mi mirada,
en estos ojos está el elixir.

DULCAMARA
Si, ya lo veo, bribonzuela,
sabes más, mucho más que yo de mi arte.
Esta boca tan hermosa,
es la botica del amor:
eres como un alambique
pues filtras el amor que deseas;
como un el horno más cálido que un volcán
para convertir en cenizas lo que deseas.
¡Ah! Quisiera cambiar por las tuyas
mis redomas de elixir.

(Ambos salen de escena. Entra Nemorino.)

Escena Octava

NEMORINO
Una furtiva lágrima,
en sus ojos despuntó…
A aquellas jóvenes alegres
parecía envidiarlas…
¿Qué más puedo desear?
Me ama, sí, me ama, lo veo, lo veo.
¡Un solo instante el pálpito de su corazón
deseo sentir!…
¡Mis suspiros confundir
con los suyos!
Cielos, así podré morir,
no quiero más que eso.
Aquí está.
¡Oh, cómo acrecienta su belleza
el naciente amor!
Seguiré haciéndome el indiferente
hasta que venga ella misma a declararse.

Escena Novena

ADINA
(entrando)
¡Nemorino! ¿Qué te sucede?

NEMORINO
No sé dónde estoy...
Todas, jóvenes y viejas,
bellas y feas, me quieren por esposo.

ADINA
¿Y tú?

NEMORINO
No puedo decidirme
por ninguna,
Pues espero todavía mi felcidad...

(para sí)

¡Que confío que venga pronto!

ADINA
Escúchame

NEMORINO
(alegre, para sí)
¡Ya se declara!

(a Adina)

Te escucho, Adina.

ADINA
Dime: ¿por qué partes?
¿por qué has resuelto hacerte soldado?

NEMORINO
¿Por qué?…
Porque quise intentar cambiar mi destino,
y pensé que podría mejorar.

ADINA
Tu persona,… tu vida
es apreciada aquí... vengo de comprar
el fatal contrato de Belcore.

NEMORINO
¡Lo has hecho!…

(para sí)

Es natural: es obra del amor.

ADINA
Toma: gracias a mí eres libre,
quédate en el suelo patrio,
no hay destino por malo que sea
que no pueda cambiar en un solo día.

(le da el contrato de alistamiento)

Aquí, donde todas te aman,
discreto, amoroso, honesto;
pero siempre triste e infeliz.
No, ya no será más así.

NEMORINO
(para sí)
Ahora, ahora se declarará.

ADINA
¡Adiós!

NEMORINO
¡Qué! ¿Me dejas?

ADINA
Yo... sí.

NEMORINO
¿Nada más tienes que decirme?

ADINA
Nada más.

NEMORINO
¡Entonces, toma!

(le devuelve el contrato)

Puesto que no soy amado
voy a morir como soldado;
para mí ya no hay más paz,
si me ha engañado el doctor.

ADINA
¡Ah! Él fue sincero contigo,
escucha a tu corazón.
Tienes que saberlo al fin, sí:
¡Te amo!
Quiero hacerte tan feliz
como antes desgraciado;
olvida mi desdén
pues te juro amor eterno.

NEMORINO
¡Oh, alegría indescriptible!
No me engañó el doctor.

(Nemorino se arrodilla ante ella)

Escena Décima

(Entran Dulcamara y todo el pueblo,
seguidos por Belcore y los soldados.)

BELCORE
¡Alto!… ¡De frente!… ¿Qué veo?
¡Le presento armas a mi rival!

ADINA
Así es, Belcore:
y conviene dejar las cosas como están.
Él es mi esposo y lo hecho…

BELCORE
… hecho está.
Quédatelo, pues, bribona; peor para ti.
El mundo está lleno de mujeres
y miles y miles Belcore tendrá.

DULCAMARA
Te las proporcionará este elixir de amor.

NEMORINO
Querido doctor:
soy feliz gracias a vos.

TODOS
¿Gracias a él?

DULCAMARA
Sí, gracias a mí.
Sabed que Nemorino se ha transformado
en el hombre más rico del pueblo…
puesto que ha muerto su tío…

ADINA, NEMORINO
¡Muerto mi / su tío!

GIANNETTA, CORO
Ya lo sabíamos…

DULCAMARA
Yo también lo sabía.
Pero lo que no sabíais,
ni podríais saber, es que este
sobrehumano elixir puede en un momento,
no sólo remediar el mal de amores,
sino que también enriquecer a los pobres.

CORO
¡Oh, qué gran licor!

DULCAMARA
Él corrige todo defecto,
todo vicio de la naturaleza.
y vuelve bella
a la más fea criatura;
hace caminar al tullido,
aplasta jorobas, alisa bocios,
y cura todo tipo de incómodos tumores
sí, los deja… como si no hubieran existido...

CORO
¡Acá, doctor; a mí ,doctor!…
¡Un frasco… dos… tres!...

DULCAMARA
Él es un seductor soborno
para los guardianes escrupulosos;
es un somnífero excelente
para viejas y celosos;
da coraje a las jovencitas
que tiene miedo de dormir solas;
un excitante para el amor
aún más potente que el café.

CORO
¡Acá, doctor… a mí ,doctor!…
¡Un frasco… dos… tres!...

(Entra el carromato de Dulcamara, que
sube a él y mientras todos lo rodean.)

DULCAMARA
Favorecidos por las estrellas,
yo os dejo un gran tesoro,
todo reside en él: salud y belleza,
alegría, fortuna y oro.
Reverdeced, floreced,
engordad y enriqueceos:
que al amigo Dulcamara
esto os haga por siempre recordar.

CORO
¡Viva el gran Dulcamara,
el Fénix de los doctores!

NEMORINO
A él le debo mi esposa.

ADINA
¡Él me hizo feliz!
El efecto de su fármaco
nunca podré olvidar.

BELCORE
Maldito charlatán,
¡ojalá te despeñes!

(El sirviente de Dulcamara toca la
trompeta. La carroza se mueve. Todos lo
despiden, tirando al aire las gorras)

CORO
¡Viva el gran Dulcamara,
el Fénix de los doctores!
Con salud y con tesoros
muy pronto a nosotros volverá.