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martes, abril 03, 2007

Juan Cruz Varela:"DIDO"



Poeta argentino (1794-1839). Estudió teología en la Universidad de Córdoba, en donde se graduó. Fue secretario del Congreso General Constituyente de 1826, y al caer el gobierno unitario, se radicó en Montevideo. Es un autor dramático con influencias clásicas, en especial, en Virgilio y Horacio, de cuyas obras tradujo algunos fragmentos. Le pertenecen las tragedias "Dido", en tres actos, paráfrasis de un canto de "La Eneida", y "Argía", en cinco actos, con influencia de Alfieri. Se destaca especialmente como poeta de temas románticos, como por ejemplo, "La Elvira" y "El jardín de Delia". Como poeta civil, cantó las jornadas guerreras de la Revolución de Mayo y la época posterior: "A los valientes defensores de la libertad en la llanura de Maipo"; "Al triunfo de Ayacucho"; "Al triunfo de Ituzaingó"; "Canto a San Martín y Balcarce"; "El 25 de mayo de 1838", etc.




DIDO

Juan Cruz Varela (1794-1839)

DEDICATORIA

Al Sr. D. Bernardino Rivadavia
Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores
Señor:

En una época en que todo marcha en nuestro país rápidamente hacia la perfección, cada individuo particular se siente arrebatado del movimiento común, y sus ideas insensiblemente se elevan. Mi pobre musa también ha sido envuelta en esta revolución general; y olvidándose que, cuando más, sólo puede serle permitido el tocar la lira, ha tenido la audacia de aspirar a mayor sublimidad, y se atreve a ofrecer a V.S. su primer ensayo en la tragedia. He meditado tanto sobre este género de composiciones, y estoy tan penetrado de las dificultades que ellas presentan aun a los mejores poetas, que conozco que hay algo de temeridad en haber emprendido esta obra; pero dedicándola a V.S.

"¿QUID TENTASSE NOCEBIT?"



La indulgencia con que V.S. ha mirado siempre mis composiciones en otro género, me ha inspirado esta confianza. Mi DIDO será feliz si, en alguno de los ratos que dejen a V.S. libres sus vastas atenciones, consigue excitarle ese dulce placer que nace de saber sentir. Por lo demás, yo quisiera que mi temeridad sirviera de estímulo a algunos de nuestros jóvenes privilegiados por la naturaleza; que ejercitarán sus talentos en el drama; y que algún día una musa argentina llegue a merecer que se diga de ella:

"SOLA SOPHOCLEO TUA CARMINA DIGNA COTHURNO"



Tengo el honor de ser, con el más profundo respeto, Señor, atento servidor,
Juan Cruz Varela

ACTORES

DIDO, viuda de Siqueo, y reina de Cartago.
ANA, hermana de Dido.
ENEAS, rey elegido por los troyanos que escaparon del incendio de su patria.
NESTEO, jefe troyano.
SERGESTO, jefe troyano.
BARCENIA, dama del palacio de Dido.

La escena es en Cartago, en un salón del palacio de la reina.
Acto primero

Escena I: Sergesto, Nesteo

SERGESTO
Fuera mengua, en verdad, si hubiera Eneas
formado tal designio: mas, Nesteo,
¿no miras tus sospechas disiparse
bien como el humo se disipa al viento?
El amor a la gloria y a la fama
es superior a todo; y los inciensos
que los héroes ofrecen, nunca suben
en honor de otro Dios, ni en otro templo.
Dido es hermosa, es reina; nuestras naves
en paz amiga recibió en sus puertos;
y desde aquella noche en que, pendiente
de los labios de Eneas, el suceso
oyó de Troya, y nuestros crudos males,
la flecha del amor hirió su pecho
Todo es verdad; pero jamás podría
nuestro rey humillarse hasta el extremo
de olvidarse de sí mismo, porque Dido
no se acuerda de sí. Nunca, Nesteo,
me quise persuadir que el mismo Eneas
manchase así la historia de sus hechos.
En fin, ya tú lo ves: nuestros bajeles
las velas hoy ofrecerán al viento;
y mañana la aurora, al levantarse,
nos verá en alta mar, lejos de un puerto
do se respira un aire ponzoñoso
destructor de la gloria, y en que el tiempo
en ocio muelle y femenil halago
se pierde sin honor y sin provecho.
Eneas, juntamente con nosostros,
se lanzará a la mar; él el primero
en paz serena afrontará el peligro,
y a insultar a la muerte aprenderemos.


NESTEO
Mi sospecha, Sergesto, si crecía,
era porque crecía mi deseo
de abandonar cuanto antes unas playas
que a los troyanos ha negado el cielo.
Los restos de Ilión son destinados
para dar nueva forma al universo,
y hacer que las edades venideras
repitan con asombro nuestros hechos.
¿Qué debía yo creer, cuando miraba
pasarse tantos soles, y con ellos
Eneas entregarse a los placeres
que, de la reina en el delirio ciego,
le ofrece este palacio? Es necesario
de bronce duro amurallarse el pecho
contra el halago de mujer que adora,
contra la astucia del amor artero.
Eneas lo hizo ya: cuando la noche
cielos y tierra con oscuro velo
cubra, y entregue los mortales todos
al letargo pacífico del sueño,
entonces nuestras naves silenciosas
al mar se confiarán; tal es al menos
la orden que Eneas a Cloanto diera
cuando a su estancia lo llamó en secreto
al rayar este día, en que la gloria
a mostrársenos vuelve. Yo, Sergesto,
reviví con la nueva; y de mi engaño
yo sólo sé con qué placer he vuelto.
Otra vez en Eneas hallo al héroe
que, de mi patria en el fatal incendio,
me enseñó en una noche solamente
cómo puede un mortal hacerse eterno.


SERGESTO
Siempre debiste hacer esa justicia
al mérito de Eneas. Tantos hechos,
tantas proezas, y un renombre claro
no se mancillan pronto, y mucho menos
por el débil amor, cuyos placeres
tan sólo afectan mujeriles pechos.


NESTEO
Cuando inundaron los troyanos campos
las falanges inmensas de los griegos,
tres lustros no contabas, y de entonces
sonó en tu oído de la guerra el eco.
Diez años de un combate continuado
a la ruina de Troya precedieron,
y, en tan largo período, el pecho tuyo
sólo en justa venganza estuvo hirviendo.
Gritos feroces, moribundos ayes,
ríos de sangre, asolación y muertos,
tal era el cuadro de la patria nuestra
en tantos días de furor inmenso;
y tal escuela a conocer no enseña
el corazón del hombre. Yo, Sergesto,
con pocos años más de los que cuentas,
sé cuánto puede amor. Cuando los griegos
vinieron sobre Troya, las troyanas
solamente bastaran a vencerlos,
si los griegos tuvieran corazones
que no fueran de tigres o de acero.
Cuando yo a Aquiles conocí, y a Ulises,
y a los dos hijos del soberbio Atreo,
ya había conocido la violencia
con que arde a veces del amor el fuego.
Y cuán difícil es ahogar su llama
a quien se goza con su mismo incendio.
Por esto, amigo, cuando ya seis lunas
ha que pisamos de Cartago el suelo,
sin que hasta hoy Eneas se acordase
de su honor y de Italia, en el silencio
mi sospecha oculté: pero he temido
que en el altar de amor quemara incienso,
y que la gratitud de ser amado
amante lo tornara, posponiendo
su antigua gloria, y la mayor que resta
con llenar del destino los decretos.


SERGESTO
Pues de otro modo ha sido. El sol brilla
[Dice esto como en actitud de mirar afuera por alguna ventana del salón]
sobre la cima de los altos cerros
que a Cartago dominan: el instante
es ya llegado en que cumplir debemos
la orden que, por medio de Cloanto,
Eneas nos ha dado. Con secreto
de nuestra pronta fuga, y de la hora
en que es preciso concurrir al puerto,
avisemos a todo los troyanos:
y do el honor nos llama, allá volemos,
y nunca Eneas sienta haber nombrado
por uno de sus jefes a Sergesto.


NESTEO
Vamos, amigo. ¡Malhadada reina!
[Aparte.]
¡Cuánto tu suerte y tu dolor lamento!


[Se van los dos]
Escena II: Dido y Ana

DIDO
¡Ay, Ana! Tú lo sabes: la primera
te abrí mi corazón; y mi secreto,
hasta que el fondo te mostré del alma,
tus ojos penetrantes no leyeron.
Mi ardor no es obra tuya: yo no imputo
ni imputaré jamás a tus consejos
el repentino estrago de esta llama
que ya en pavesas convirtió mi pecho,
Frenética era ya, cuando tu lengua
aún no aprobara mi furor inmenso,
ni tu cariño a la infelice Dido
te hiciera tolerables sus excesos.
Esta insana pasión me llena toda,
y todo abrasa cuanto en torno veo.
¿Será que tal volcán, Ana querida,
en mi daño los Dioses encendieron?
perdona mi dolor: deja que llore,
y derrame mis ansias en tu seno...
Yo no sé, yo no sé qué abismos hondos
cavarse bajo de mi planta siento.


[Se inclina unos instantes en el seno de su hermana]

ANA
¿De cuándo acá, mi Dido, ese lenguaje
de desesperación? ¿esos afectos
de una inquietud ansiosa y afligente,
contrarios hoy a los de ayer serenos?
Troya y Eneas en igual renombre
sonaban en Cartago, y el incendio
de la ciudad más populosa de Asia
ya llenaba de asombro el universo.
Tú admirabas al héroe que, entre llamas,
penates, padre, esposa, el hijo a un tiempo
supo salvar con valerosa mano;
sin que Atridas los soldados fieros,
ni los horrores de la noche infanda
pudieran contrastar su noble esfuerzo.
Tú lo admirabas; y en las nuevas salas
sirven de adorno a tu palacio regio
los animados lienzos, do trazaron
tantas hazañas los pinceles diestros.
En ellos ¡cuántas veces hemos visto
entre esconbros y ruina, humo y fuego,
vibrar de Eneas la tremenda espada,
y circundar mil muertes a los griegos!
Allí se mira entre falange espesa
las puntas despreciar de cien aceros,
solo animar desperanzada hueste,
solo triunfar del bárbaro Androgeo
y vengar solo los airados manes
de los fuertes de Ilión, que perecieron
en el largo período de diez años
contra toda la Grecia combatiendo.
¡Dido!, tú lo mirabas; y el destino
todavía ocultaba entre sus velos
del grande Eneas la futura suerte,
y tu suerte también: ni al pensamiento
pudo venir jamás que nuestras playas
vieran de Troya los preciosos restos.
Ellos se fiaron a merced del ponto;
y al ponto amotinaron tantos vientos
cuantos de Juno a la inmortal venganza
y al eterno rencor obedecieron.
Otro Dios los salvó: las rotas naves
arribaron por fin a nuestros puertos,
y Eneas a tus ojos se presenta
muy mayor que su fama. Cuando el cielo
se ocupa de un mortal, y lo reserva
para obrar sus prodigios, ¿qué recelo
puede inspirarte la pasión más digna
que abrigara jamás humano pecho?
¿Temes amar lo que los Dioses aman?
¿O son que Dido las deidades menos?


DIDO
¡Ay, hermana! perdona... no es mi llama,
es mi destino cruel al que yo temo.
Yo le vi, tú le viste; y era Eneas,
más que un mortal, un Dios; hijo de Venus,
amable, tierno, cual su tierna madre,
grande su nombre como el universo,
me miró, me incendió; y el labio suyo,
trémulo hablando del infausto fuego
que devoró su patria, más volcanes
prendió con sus palabras aquí dentro,
que en el silencio de traidora noche
allá en su Troya los rencores griegos.
Amor y elevación eran sus ojos,
elevación y amor era su acento;
y, al mirar, y al hablarme, yo bebía,
sedienta de agradarle, este veneno
en que ya está mi sangre convertida
y hará mi gloria o mi infortunio eternos.
Al principio dudé si el pecho mío
sería digno de su heroico pecho.
No he fijado, aunque reina, las miradas
de los moderadores de los cielos;
no soy más que mortal; y yo creía
ver brillar en Eneas un reflejo
de aquella lumbre celestial, que pasa
del rostro de los Dioses al de aquellos
que su amor soberano arrebataron,
o de tan alto origen descendieron.
Mi temor era justo; pero pronto
no pudo más el alma obedecerlo,
y cedió a su pasión: los ojos míos
declararon por fin al extranjero
el ardor que en mis venas discurría,
penetrando sutil hasta los huesos.
Su corazón, hermana, sólo es duro
enfrente de la muerte, cuando, lleno
de coraje sañudo en los combates,
la venganza y furor hinchan su pecho:
pero, al lado de Dido, si es que pudo
resistir al amor, no quiso al menos
negar el paso a los ardores míos,
y los dejó llegar hasta su seno.
Mil de veces pedíle en ruego blando
que me quisiera referir de nuevo
los hados de su patria, y mil de veces
los escuché con redoblado anhelo.
¡Astucias de mi amor! Mientras su labio
pendiente me tenía, yo en los besos
me gozaba de Ascanio, y en el hijo
encontraba a su padre mi deseo.
Todo fue Eneas para mí de entonces;
Eneas eran mis dichosos sueños,
Eneas era mi vigilia ansiosa,
y mi palacio, de su nombre lleno,
y Cartago también, de mis furores
testigos todos con asombro fueron.
Esta ciudad reciente, cuyos muros
emprendí con afán, de su cimiento
no los ve ya subir; los torreones
que elevar a las nubes se debieron
para defensa de Cartago un día,
apenas se alzan del nivel del suelo;
e, interrumpidas ya las obras todas
mi sola ocupación es mi amor ciego.
Pero ayer... ¡ay, hermana!... los destinos,
los destinos de Dido la perdieron.
No nací para tanto... ¡Nunca, nunca,
llegaron sus bajeles a mis puertos!
¡Y nunca, nunca tu infeliz hermana
sufriera tan atroz remordimiento!
¡Ay, Ana! ¿Ya lo sabes? ¿Qué querías
de una flaca mujer, contra el incendio
que, entre, la sombra de callada selva,
la abrasaba en presencia de su objeto?
¡Día de perdición, ayer luciste!
¡Silencio de los bosques! ¡Oh silencio
peligroso al pudor! Deja que oculte
mi verguenza, Ana mía, y mi secreto.


[En ademán de irse]

ANA
[Deteniéndola]
¿Y así rehúsas nuevamente abrirte
a la que sola te dará consuelos?
Ignoro tu pesar: pero ¿en qué parte
vas a encontrar alivio a tu tormento,
si en mi seno amoroso y compasivo
no quieres descargar su enorme peso?
Cuanto más delicada, es más expuesta
una intensa pasión a contratiempos,
y cuanto más incendio, más temores
tal vez circundan los amantes pechos.
Háblame, Dido; que quizá tu llanto
discurre en vano por tu rostro bello;
y quizá en vano se atormenta un alma
que debiera nadar entre contentos.
Las veces de razón, querida hermana,
la amistad hace en los amantes ciegos,
y la mía merece lo que anhela,
porque no anhela más que tu sosiego.


DIDO
Ver no quiero, Ana mía, convertidos
tu amistad y cariño en menosprecio.
Si desato mi lengua, y en su claro
te pongo el corazón, todo tu afecto
se cambia en odio a la infelice Dido,
y todo, todo, hasta mi hermana pierdo.
Ya se vengaron los airados Dioses,
y ya el castigo de mi culpa siento:
no aumentes mi dolor con la verguenza
de confesar yo misma mis excesos.
No me creí culpable; pero anoche
crimen y pena me ha mostrado un sueño,
y estoy abandonada a la venganza,
a la justa venganza de los cielos.
No me aborrezcas, Ana, en mi desdicha
que bastante yo misma me aborrezco.


ANA
¡Ingrata! ¡Ingrata! ¿Alguna vez por suerte
te faltó mi amistad? ¿o en largo tiempo
el dolor te amargó, sin que mi mano
derramara dulzuras en tu seno?
¡Aborrecerte yo! ¿Pudiste, Dido,
así ofenderme, cuando no te ofendo?
¿Este retorno a las finezas mías
debiste prepararme,o yo temerlo?
Si Eneas y su amor te ocupan toda,
y si él solo te basta, por lo menos,
la amistad de tu hermana merecía
un galardón mejor que tu desprecio.


DIDO
No insultes mi dolor, ni más agravies
un tierno corazón, en que reservo
la sola parte que mi hermana toca
sin entregarla al que prendió este fuego.


ANA
¿Y en qué te obstinas, o por qué no admites
la sola mano que te da el remedio?


DIDO
No hay remedio, querida; si mi labio
el misterio revela, no por eso
esperes aliviar las ansias mías.


ANA
Te ayudaré a sentir, si más no puedo,
y ¡qué dulce es llorar, cuando se mezclan
lágrimas de amistad al llanto nuestro!


DIDO
¿Lo quieres? Está bien. ¡Así quisiera
mis ansiedades aquietar el cielo!
Oye la causa de mi mal, y mira
si te sabré querer, cuando me atrevo
a descubrirte la vergüenza mía.
¡Oh!, ¡si como es oculta al universo,
así lo fuese a las deidades todas
cuya venganza desde anoche temo.
y que en sueño espantoso me mostraron
que fui culpable, sin pensar en serlo!
Sal; ve si alguno el importuno paso
hacia esta estancia mueve, y al momento
hazlo retroceder, no siendo Eneas.
El solo escuchar puede los tormentos
que desde anoche el corazón desgarran;
él solo puede, pues por él padezco.


[ANA se va]
Escena III: Dido

DIDO
¿Qué la voy a decir? Por do mi lengua
primero empezará? Si no refiero
el crimen que me abruma, ni la causa
de mis terrores referirla puedo...
¡Crimen! Eneas es esposo mío:
si decirlo a la faz del orbe entero
de mi estrella el rigor no me permite,
testigo ha sido de mi unción el cielo.
En el fuego del rayo que cruzaba
prendió su antorcha el plácido himeneo,
fue nuestro altar un álamo del bosque,
y la selva frondosa nuestro templo.
¡Crimen! Mi corazón exento y libre
quedó desde la muerte de Siqueo;
y si no quise darlo al duro Yarbas,
al blando Eneas entregarlo puedo...
Mas, Dido, tú deliras... Te fascinan
tu pasión miserable y tu deseo.
Si la culpa no es tuya, ¿cómo anoche
¡criminal!, ¡criminal! , te, dijo el cielo?
¿Y cómo tu razón, cuando volviste
del horrífico espanto de aquel sueño,
te empezó a condenar y te condena
siempre que a la razón das un momento?
¡Dioses que el fondo de mi pecho visteis,
y las ansias miráis en que peleo!
¿sois Dioses sin piedad?... ¿Y abandonada
podré verme de Eneas?... ¿Será cierto,
lo que entre sombras vi? Vuelve, querida;
¡ay, Ana!, vuelve, y me darás consuelo.


[Dice esto como llamando a su hermana; y, en acabando de hablar, quedará la escena en silencio por un breve rato, pasado el cual ANA se presentará en ella.]
Escena IV: Dido y Ana

ANA
Nadie se acerca, hermana: del palacio
dicen que Eneas se ausentó, al momento
que el primer rayo, precursor del día,
con oro el horizonte fue vistiendo.
Cloanto iba con él, y a poco rato
Nesteo, añaden que salió, y Sergesto
[Mientras ANA está refiriendo esto, DIDO muestra su sorpresa e inquietud.]
Es rara esta conducta; yo a Barcenia
encargué que indagara con secreto
el motivo que pueda ocuasionarla,
y que a informarnos regresara luego,
Mas no vendrá tan pronto que no puedas...
Pero, Dido, ¡qué extraño abatimiento!
Heme a tu lado nuevamente, amiga;
deposita tus penas en mi pecho;
que, si acaso aliviarte no me es dado,
sabré contigo perecer al menos.


DIDO
¡Cruel! ¡cruel! ¿Qué nueva me has traído?
¡Qué puñal, sin saberlo, hasta mi seno...!
¿Lo ves? ¿lo ves?... ya se cumplió... No había
la luz del sol esclarecido el cielo,
cuando Eneas... ¡oh, Dios! ¿Y dónde ha ido?
¿A qué fin a la aurora, y en silencio,
del palacio salir? ¡Qué nuevos pasos!
¡Qué no debo temer de este misterio!
¿Ves cómo era verdad; verdad terrible,
la que anunciaba mi horroroso sueño?


ANA
Depón, querida, turbación tan grande,
¿Qué sueño es ése, que a tan duro extremo
de dolor se arrebata? Ya no es justo
atormentarme más con tu silencio.


DIDO
Pues oye, y tiembla, como yo he temblado,
y ve si encuentras a mi mal remedio.
Desde que Eneas arribó a mis playas
no tuve más afán que complacerlo,
estudiar sus miradas, sus acciones,
anticiparme a todos sus deseos,
idolatrarlo, en fin. Diestro en la flecha,
era la caza su mayor recreo;
y tú me has visto las mañanas todas
acompañarle por el bosque espeso,
por la llanura de los verdes valles,
y por la cumbre de los altos cerros.
Ayer sereno, como nunca, el día
en oriente lució: los compañeros
de Eneas, los magnates de mi corte,
y Ascanio mismo, con nosotros fueron.
Mas, no bien se esparciera por los campos
el venatorio bando, cuando el treuno
empezó a retumbar y en negra nube
cubrirse el sol, y encapotarse el cielo.
Ardiendo el rayo sin cesar cruzaba,
y el aire todo convertido en fuego,
el miedo santo a las eternas causas,
el pavor inspiraba, y el respeto.
Toda la comitiva disipóse;
y en las cabañas, o en los hondos senos
de las cavernas do las fieras moran
buscaron un asilo los dispersos.
A Eneas y a tu hermana un bosque amigo
amparo les prestó, y en su silencio
sólo la voz de amor fue triunfadora,
y empezó a resonar dentro del pecho.
Ana, si Dido fue culpable, ha sido
cómplice de su culpa el mismo cielo.
El suspendió sus rayos y sus iras
en el momento que en el bosque espeso
penetró nuestra planta; cual si fuera
la tormenta terrible, de himeneo
la precursora pompa. Aquel instante
estalló el volcán y... ¿qué te puedo
decir yo con mi voz, que no te diga
mejor que con mi voz, con mi silencio?
[Cubriéndose el rostro, como avergonzada]

ANA
Prosigue, Dido: de tu blanda hermana
no esperes otra cosa que consuelos.


DIDO
Tal es mi culpa, si llamarse culpa
puede el amor, y la pasión que debo
a un héroe que ya miro como esposo,
y que sin duda lo es... pero yo tiemblo
al recordar la noche que ha seguido
a un día que empezó tan placentero.
Llegó la hora en que recibe a todos
en paz amiga el regalado sueño,
y en que los miembros fatigosos hallan
el plácido descanso en blando lecho.
No bien entré en el mío, y mis sentidos
ocupaba el sopor, cuando del templo
donde reposan en la yerta tumba
las frígidas cenizas de Siqueo,
de repente las bóvedas temblaron;
y, arrojando con furia el pavimento
las losas sepulcrales, fue mi esposo
entre los descarnados esqueletos
el que primero conmoverse miro,
y acercarse hacia mí con paso lento.
Su mirar era horrible, y en mi oído,
sonó ronca su voz, cual suena el trueno
cuando, de monte en monte retumbando,
lejos se escucha resonar el eco.
"¡Perjura!" , dijo, y al decirlo airado,
me arrancó con violencia de mi lecho,
y, llevándome al borde de su tumba,
"éste es", añade, "tu debido premio.
Has toto el juramento sacrosanto
que pronunciaste al expirar Siqueo,
y que oyeron los Dioses infernales,
que presiden la muerte y el silencio:
ven a sufrir tormentos espantosos
en la mansión callada de los muertos."
Sus palabras horrísonas entonces
los cadáveres todos repitieron,
y ya lanzaban en la horrenda huesa
a tu hermana infeliz, cuando su acento
"¡Eneas!", exclamó; "ven al librarme
de los horrores que por ti padezco."
A mi voz los espectros, silenciosos,
el mar se señalaron, y cubierto
de bajeles el mar, el mismo Eneas
iba huyendo de Dido en uno de ellos.
Entonces desperté, y, abandonada
al furor de las sombras, aquel sueño
hubiera puesto término a mi vida,
si en fuerza del pavor no me despierto.
Un sudor frío, anunciador de muerte,
bañaba todos mis cansados miembros,
y la imaginación me presentaba
en cada nuevo instante horrores nuevos.
Al fin brilló la luz, que nunca, nunca
ha tardado hoy a mi deseo.
Ana, ya tú lo viste: el alba apenas
apagaba su lumbre a los luceros,
cuando volé a tu estancia, de la mía,
y de mi lecho, y de mí misma huyendo.
Ya sabes mi delito y mis temores:
si el primero no es tal, ¡pluguiera al cielo
que éstos no fuesen más que sombra vana,
y que volasen cual voló mi sueño!


ANA
¿Y así, Dido, te entregas al prestigio
de una ilusión soñada? ¡Qué!, ¿los celos
es tan fuerte pasión que sus furores
lleve hasta las mansiones de los muertos?
A los que yacen en la tumba ¿piensas
que ni tú ni tu amor...?


DIDO
Sí, ya lo veo:
mas, si nada hay de común entre el que goza
la luz del día, y el que fue, a lo menos
es muy posible que un amante ingrato
a quien vive por él deje muriendo.


ANA
Mas ¿qué razón a tus temores hallas?
¿Qué mudanza ves tú que yo no veo?


DIDO
Esta es la hora, y éste mismo el sitio
a que todos los días el primero
concurre Eneas, y de aquí a la caza
conmigo sale. ¿Dónde está? Yo temo
que la primera vez que falta Eneas
no sé qué me prepara de funesto.


ANA
Tal vez no tardará: pero siquiera,
en tanto que el motivo no sabemos,
no anticipes tu mal. ¿A quién, hermana,
para ser infeliz le falta tiempo?
Tú verás cómo Eneas... mas Barcenia
hacia aquí viene ya: todo el misterio
de su labio sabrás; verá cuál vuelves
a tu tranquilidad y a tu sosiego.


Escena V: Dido, Ana y Barcenia

[Sale BARCENIA]
DIDO
¿Qué me dices, Barcenia? ¿Son fundados,
o no debo dar crédito a mis sueños?


BARCENIA
No os comprendo, señora; ni tampoco
de comprender acabo lo que vengo
de escuchar y de ver: de nuestras playas
hoy los troyanos se despiden creo.
Unos a otros en secreto se hablan,
en confuso tropel bajan al puerto,
y Eneas, y Cloanto, y otros jefes,
parecen ordenar un movimiento
que debe hacer la armada. En tal conducta
hay algo ciertamente de misterio:
los tirios y troyanos ya no forman
como hasta el día de hoy, un solo pueblo;
desconfían, se evitan, y parecen
mostrarse mutuamente algún recelo.
Se habla de un modo vario de la causa
que ha producido tan extraño efecto:
todos se encuentran, se preguntan todos,
y nadie sabe responder lo cierto;
pero yo temo que tal vez mañana...


DIDO
[Prorrompe con ímpetu y su agitación irá creciendo por grados hasta finalizar el acto] Basta, Barcenia. ¿Y es posible, cielos,
que así se burle, sin hallar castigo
de una reina infeliz un extranjero?
¿Qué más he de saber? ¡Hermana! ¡amiga!
Ve, di a ese monstruo que deseo verlo,
verlo la última vez. Tú sola puedes
librarme en tantas ansias: el perverso
a ti sola se abría, y te confiaba
su doble corazón y sus secretos
Ana, él te amaba, y a tu hermana triste
mostraba sólo su mentido fuego.


ANA
No más insultes mi amistad, querida;
que ya bastante en tu dolor padezco.
Buscaré a tu enemigo; mal he dicho:
no lo será tal vez... En fin, yo vuelo
a encontrarme con él. Es imposible
que quepa tal perfidia en tales pechos.


DIDO
Ve, vuela, llama al cruel: dile que Dido
arde más en su amor cada momento;
dile que se consumen mis entrañas
en destructor inapagable incendio,
y que todo mi ser... no digas nada...
deja que me abandone. Yo ¿qué pierdo
si he perdido mi paz, mi dulce calma,
y quizá mi virtud, por un perverso?
La muerte nada más... tal vez la hora
es ésta ya en que, tranquilo y quieto,
se lanzará a la mar, y de mi pena
se burlará con otros, convirtiendo
hacia Cartago la insultante vista
y gozando en mi mal... ¿Ves cómo el tiempo,
Ana mía, se va? Vuela, querida,
pide, ruega, importuna. Yo no creo
que tanto mienta el exterior de un hombre...
¡Tórnelo yo a mirar, y parta luego!
Pero no huya de mí sin que mi lengua
"¡ingrato!,¡ingrato!", le repita al menos.


Fin del acto primero


Acto segundo

Escena I: Eneas y Nesteo

ENEAS
Era mejor que el corazón, amigo,
hecho de bronce o de diamante fuera,
y que nunca, jamás, en él tuviesen
algún poder las impresiones tiernas.
Mi trabajada vida ningún paso
me ofreció tan difícil; y más cuesta
en la lucha de afectos encontrados
hacer que al corazón la gloria venza,
que insultar los peligros y la muerte
en el ardor feroz de la pelea,
y arrollar con denuedo imperturbable
en negra noche las falanges griegas
¿Quién creería que un pecho acotumbrado
a los horrores de la cruda guerra,
fuese pecho amador, blando, sensible,
que a los encantos del amor cediera?
Ello es así. De mi valor, Nesteo,
el esfuerzo mayor es esta ausencia.
Dido se quejará de su destino,
pero nunca de mí. Por dondequiera
lléveme el hado; mas la imagen suya
estará siempre en mi memoria impresa;
que el amor no degrada, y nunca puede
ser generoso quien ingrato sea.


NESTEO
La pasión de la reina es acreedora
a una pasión igual, y si no fueran
las órdenes del cielo...


ENEAS
No, Nesteo;
es grande mi pasión, mas no me ciega;
y yo estoy bien seguro de mi triunfo,
pues mi primer deber lucha con ella.
La victoria es costosa, pero al cabo
siempre fue necesaria; estas riberas
no son las que un día los troyanos
hallar su patria y su fortuna esperan.
Las reliquias de Troya, reservadas
para formar una nación soberbia,
deben sólo fijarse en las regiones
do el Tíber corre, y el latino reina.
El oráculo santo lo ha ordenado;
y a nosotros, amigo, sólo resta
obedecer al cielo, y engreírnos
de ser los instrumentos que quisieran
los Dioses elegir, para que un día
su voluntad suprema se cumpliera.
Mas, aunque las deidades sus designios
hubieran ocultado, nunca Eneas
pudiera permitir que tantos héroes
como han sobrevivido a la funesta
destrucción de su patria, peregrinos
en la extensión de la anchurosa tierra,
mendigasen asilos extranjeros,
y esclavos fuesen de una ley ajena.
Atravesando mares, e insultando
la muerte, la desgracia, y la miseria,
debiéramos buscar de cualquier modo
entre nuevos peligros, glorias nuevas.
La historia de los héroes pocos días
debe marcar oscuros, y la nuestra
ha de servir de ejemplo a las edades,
por más que cueste al corazón violencia.


NESTEO
Tal es mi parecer; y el labio mío
jamás desmiente mi interior. Quisiera
que, mudos los oráculos, dejaran
a nuestra sola decisión la empresa
de conquistar la fama; y que la gloria
de un inmortal renombre la debieran
a sí mismos, no al cielo, los troyanos.
Mas, por mucho que el alma se posea
de esta noble ambición, no puedo menos
que lamentar la suerte de una reina...


ENEAS
Es justo, amigo: como tú lamento
su desventura yo: ¿ni quién pudiera
con más razón dolerse de sus males,
que el mismo que los causa? La demencia
de la pasión de Dido, sus tranportes,
el fuego abrasador en que se incendia,
estériles no han sido, y a mi pecho
harto cuesta el sentirlos. Era fuerza
esperar en Cartago a que volviese
la estación mansa de la primavera,
para lanzar a un mar desconocido
nuestras pequeñas naves; y la reina
en todo este período ha fomentado
la infundada esperanza de que Eneas,
prestándose por fin a un himeneo,
no saldría ya más de estas riberas.
Su amor pasó a mi pecho, pero nunca
su ceguedad pasó; ni de mi lengua
el dictado de esposa escuchar pudo,
por más que quiso que su esposo fuera.
Si yo no me debiese a los destinos,
sólo Dido, Nesteo, me debiera;
porque al cabo la amé, ni vendrá día
en que de haberla amado me arrepienta.


NESTEO
¡Difícil posición! Y ¡cómo a veces
los cuidados que el cielo nos dispensa,
y el interés que en nuestra dicha toma,
suspiros mil al corazón le cuestan!
Mas por esto, señor, mejor sería,
pues no hay otro remedio, que la ausencia
fuese como la fuga, sin mostraros
otra vez a la vista de la reina.
¿A qué fin exponeros a reproches
que ciertamente la razón condena,
pero que el corazón, por más que luche,
encuentra justos, y en silencio aprueba?
Bien veis que a Dido ni el amor de gloria
ni el destino arrebata: amante y ciega,
ni escucha más razón que su cariño,
ni siente más que su pasión intensa.
¿O queréis que, abatida, desolada,
desesperada después, vuestra presencia
encone más la herida de su pecho,
y se deje llevar...? ¡Señor! es fuerza
que huyamos de una vez; en su delirio
una mujer amante todo atenta,
y quién sabe si Dido... Mas, vos mismo,
al rayar este día, con la idea
estabais de partir sin ser notado.
¿Qué causa puede haber que así convierta...?


ENEAS
Es verdad, lo pensé; mas yo creía
ocultar nuestra fuga de la reina,
y que su desengaño le viniese
cuando, lejos del puerto nuestras velas,
ni yo viera su llanto, ni ella misma
que yo insultaba su dolor creyera.
Se frustró mi disignio, el movimiento
en que están los troyanos, la presteza
con que acuden al puerto, mi salida
temprano del palacio, y la sorpresa
que ha causado a la reina el que este día
faltase yo del sitio en que me espera
para ir a la caza, han excitado
su amarga duda, y su cruel sospecha.
Yo lo temí cuando en la playa misma
en medio del concurso vi a Barcenia,
y la curiosidad que la agitaba;
y, sin embargo, resistí esta prueba.
Mas la hermana de Dido de repente
ansiosa entre el tumulto se me acerca,
me aparta de Cloanto, de su hermana
me pinta la aflicción, llora, me ruega,
y yo entonces prometo... ¿Quién resiste
consolar a su amante, cuando ella
no exige más consuelos que la vista
del causador de sus amargas penas?
Le prometí volver; he vuelto, amigo,
y ¡ojalá que mi pecho no sintiera
lo terrible del lance! Mas, al menos
yo puedo resistir...


NESTEO
Podéis; pero ella
ni sabrá, ni podrá: no son consuelos,
son causas de furor las que la reina
en su delirio busca; la esperanza
aún quizá la promete... ¿Quién consuela
a una mujer frenética? Es preciso
que vuestra pronta fuga la convenza
que ya no hay esperar: entonces puede
que, por creeros ingrato...


ENEAS
¿Y yo debiera
darla motivo para que algún día
me impute con razón nota tan fea,
y recuerde mi nombre como el nombre
de un insensible, que el dolor desprecia?
No, Nesteo; he de verla: estoy seguro
de no olvidarme de quien soy: la reina
sabrá que, si la dejo, en ningún tiempo
la dejaría, si no fuese Eneas.
Pronto debe venir hasta este sitio:
retírate, Nesteo. En la ribera
que todo se prepare, y vuelve al punto
en que deba mi nave dar la vela.


[Se va NESTEO]
Escena II: Dido y Eneas

[Al empezar esta escena habrá algunos momentos de silencio, en los que DIDO mirará a ENEAS con cierto aire de indignación; y éste manifestará lo indeciso y difícil de su posición actual. Al cabo DIDO prorrumpirá exaltada; y en toda la escena ambos actores variarán de voz, de expresión y de afecto, según lo que expresen los versos.]
DIDO
¿Pudiste, pérfido, esperar; creíste
que el disimulo tu maldad cubriera?
¿Y así, callado, entre ignominia y llanto
dejarme abandonada? ¿Menosprecias
el hospedaje que te di oficiosa,
y que pude no darte? ¿la obsecuencia,
la amistad de los tirios? más que todo,
¿la pasión impetuosa de una reina?
¡Perjuro! ¿Sabes lo que a mí me debes?
¿O el burlarte en mi mal crees que a tu nombre
puede añadir honor? ¡Qué es esto, Eneas!
Mi amor, la mano que te di de esposa,
este fuego voraz, que por mis venas
circula, y cunda, y me consume toda,
sin dejarme sentir más existencia
que la que siento para amarte, ¿nada,
nada es bastante para hacer que vuelvas
a contemplar a Dido, y los horrores
en que la dejas para siempre envuelta?
Bien lo predijo mi espantoso sueño...
La tumba, nada más, la tumba yerta,
la venganza terrible de los manes,
ése es el premio que mi amor espera.
Anoche yo te vi, te vi, perjuro,
abandonar a Dido; y Dido, en presa
a los espectros; y a la horrenda muerte,
conoció tarde lo que amarte cuesta.
Yo te llamaba, y te llamaba en vano;
heme ya junto a ti: puedes siquiera
librarme de ti mismo, de los males
que, aun en idea, sin piedad me aterran
¡Ingrato! ¡ingrato! tan siquiera aguarda
a que, más decidida, te prometa
un viaje fácil la estación propicia.
Un día, nada más, un día espera.
Yo no pretendo que en Cartago siempre
vivas, y reines, y a mi lado mueras.
¡Oh!, ¡si pudiera ser! Pero te ruego
que un breve espacio, una pequeña tregua
prestes a mi dolor, mientras mi pecho
a vivir muertes en la horrible ausencia
se puede preparar; mientras la suerte
a saber ser tan infeliz me enseña.
¿Me lo podrás negar? ¿Tendrás acaso
de bronce el corazón? Parta mi Eneas,
parta a Italia, y en remotos climas
un bello reino y una amante bella
busque es buenhora; pero deme al menos
derramar mi dolor en su presencia;
y este inmensa pasión siquiera logre
que quien la vio nacer, un día vea
hasta dónde llegó... ¡Mísera Dido!
¡Oh, Dioses! ¡Que furor!... Y si tuvieras
pecho de bronce y corazón de roca,
¿qué más harías con tu amante? ¿Cierras
el labio mentidor? ¿Nada respondes?
¿Llegar pudiste hasta esperar mi afrenta
para entonces, malvado, y sólo entonces,
abandonarme así? ¡Oh, luz funesta
la que ayer me alumbró! ¿Por qué no vino
una fiera del bosque?... ¡Oh, Dios! ¿Tu lengua
hora calla, traidor? Mejor callara
cuando a tu amante en su delirio oyeras.
¡Cruel! ¿Y no se asoma por tus ojos
ni mentida, una lágrima siquiera?


ENEAS
¡Dido! ¡Mísera reina! Yo conozco
la razón de tu amor: jamás Eneas
se olvidará de lo que a Dido debe,
y de los males que por él la cercan.
Si yo solo de mí y de mis acciones,
como tú de las tuyas, dispusiera,
nunca tendrías que llamarme ingrato,
por más que fuese tu pasión violenta.
No es para mí la vida que los cielos
con afán cuidadoso me dispensan:
me debo a sus designios; y el Olimpo,
cuando escoge a un mortal, marca la senda
por do debe marchar, ni le permite
un solo paso separarse de ella.
No es una sombra vana, no es un sueño
al que obedezco yo, ¿ni quién pudiera
así curarse de ilusiones tales?
Un Dios es, Dido, quien a mí me ordena
buscar entre peligros y borrascas
más allá de los mares otra tierra.
Un Dios es, Dido, quien mis pasos mueve:
a la deidad, no a mí...


DIDO
¡Malvado! ¿Piensas
que también no hay un Dios que a Dido cuida,
y del perjurio y la traición la venga?


ENEAS
No soy perjuro ni traidor, querida:
si así te llama y te llamó mi lengua,
nunca, jamás, la desmintió mi pecho,
donde tu imagen y tu amor se encierran.
Bastantes días ya, bastantes días
me reclama la gloria, que debieran
solamente en buscarla haberse empleado,
si nunca ardido en tu querer hubiera.
Mis compañeros de infortunio,aquéllos
que quisieron ponerme a su cabeza,
y llamarme su rey, desde el momento
en que, entre el fuego y la matanza griega,
los libré del incendio de su patria,
después que el cielo decretó perderla;
ésos han acusado con justicia
mi estación en Cartago: ellos esperan,
confiados en la fe de los oráculos,
que Italia admire de la Troya nueva
el naciente esplendor: yo mismo, Dido,
a acusarme llegué; ni pudo Eneas
esperar a que un Dios lo concitara
si no te hubiera amado con vehemencia.


DIDO
No insultes más en mi presencia al cielo.
¿De cuándo acá los Dioses aconsejan
el perjurio, el engaño; y autorizan
a que un mortal sacrílego se atreva
a cubrir con su nombre sacrosanto
las abominaciones que detestan?


ENEAS
Siempre el perjurio y la traición me imputas,
cuando mis sentimientos no se mezclan
con crímenes tan feos, ¿En qué tiempo
su juramento ha quebrantado Eneas?
Te juré que te amaba; y te amo, Dido,
y te amaré, mientras la lumbre vea
del sol vivificante, y esta vida
me dispense el destino que me fuerza.
Yo debí obedecerle, y fue eso
que consentir no quise en que encendiera
Himeneo su antorcha, y nuestras almas
por siempre uniese en ligadura eterna.
Nunca mi esposa te llamé, ni nunca
se escapó de mis labios una prenda
de tamaño valor: te alucinaste
y a los delirios de tu pasión ciega
diste una realidad que...


DIDO
Tú, tú mismo
me hiciste concebir tan lisonjeras,
tan dulces esperanzas. ¿Con qué objeto
fomentabas mi llama, y en mis venas
el veneno fatal a cada instante
vertían tus palabras halagüeñas?
Pero yo ¿dónde voy? ¿Cómo pretendo
con llanto débil ablandar la peña
de que es formado el corazón de un monstruo?
Mis lágrimas ¿qué valen?... Nada... Aumentan
el triunfo del malvado, y, engreído,
contempla mi dolor y lo desprecia.
¿Se le oye algún suspiro? ¿Algún sollozo
interrumpe su hablar? Quiere que crea
que lo violenta un Dios; como si fuesen
los Dioses como Dido, que no piensa
en nada más que en él; como si un hombre,
un hombre solo interesar pudiera
a los que en lo alto de su gloria miran
como nada los cielos y la tierra.
¡Un Dios! ¡Blasfemo! Parte; parte, inicuo;
la ambición es tu dios: te llama; vuela
donde ella te arrebata, mientras Dido
morirá de dolor: sí. Pero tiembla,
tiembla cuando, en el mar, el rayo, el viento,
y los escollos que mi costa cercan,
y amotinadas las bramantes olas,
en venganza de Dido se conmuevan.
Me llamarás entonces, pero entonces
morirás desoído. Cuando muera
tu amante, desolada, entre los brazos
de tierna hermana expirará siquiera.
Y sus reliquias posarán tranquilas,
y bañadas de llanto en tumba regia:
pero tú morirás, y tu cadáver,
al volver de las ondas, será presa
de los marinos monstruos; e, insepulto,
ni en las mansiones de la muerte horrenda
descansarán tus manes. Parte, ingrato,
no esperes en Italia recompensas
hallar de tu traición: parte; que Dido
entonces al menos estará contenta
cuando allá a las regiones de las almas
de tu espantable fin llegue la nueva.


[Se va con precipitación]
ESCENA III: Eneas

ENEAS
¡Dido! ¡Dido infeliz! Ya no me escucha,
La triste se abandona a la violencia
de su pasión fatal; y yo, que la amo,
¿qué puedo hacer por mitigar su pena?
Nada me es dado; nada: yo conmigo
me llevo su dolor; pero esta ausencia
se juzga ingratitud; y mi memoria,
manchada de una nota que detesta
mi corazón sincero, será odiada
de la mujer que adoro. Más valiera,
sí, más valiera que la suerte oscura
me hubiese confundido entre la inmensa
muchedumbre vulgar: mi nombre entonces
cuando muriere yo, también muriera,
sin emplearse la fama en transmitirlo
de una edad a otra edad; empero, exenta,
mi vida fuera mía, y mi cariño
no costara a mi amante lo que cueste.
¿Oh, cielos! El tormento que yo sufro
no debería ser la recompensa
del sacrificio doloroso y grande
que a vuestra voluntad consagra Eneas.
Perdonadme, deidades inmortales:
pero, ya que me disteis resistencia
para acallar los gritos de mi pecho,
y no escuchar más voces que las vuestras,
mirad a Dido con piedad un día;
y llegue a persuadirse que su amante
hasta un extremo tal supo quererla,
que a una pasión tan dulce, nada, nada,
que no fueran los Dioses prefiriera.
Pero, Eneas, ¡qué es esto! ¿Tu cariño
puede cegarte ya? Sigue la senda
que la gloria te marca: los troyanos
te eligieron tu rey; toda la tierra
está pendiente de un destino nuevo:
las esperanzas de los tuyos llena,
cual debieras hacerlo, aunque el Olimpo
no se dignara dirigir la empresa.
Mucho tarda nesteo; nuestras naves
pudieran ya partir; nada interesa
el esperar la noche, porque Dido
ya penetró el misterio. ¡Qué violentas
son ya las horas que en Cartago pasan!
Mas ¿qué será? La hermana de la reina
hacia esta estancia se dirige. ¡A mi alma
nuevos combates por mi mal esperan!


Escena IV: Ana y Eneas

[Sale ANA]
ANA
En nueva vez os busco, para daros
por mi infeliz hermana nuevas quejas.
¿Era posible que en el pecho vuestro
se anidara, señor, una dureza
que el exterior desmiente, y que parece
no poderse hermanar con vuestras prendas?
En mí no veréis llanto; y esto mismo
me cierra la esperanza. Al que no muevan
las lágrimas preciosas de su amante,
¿qué podrá ya mover? Pero, ¿no piensa
el héroe de Ilión en la desgracia
de Cartago, los tirios, y la reina?
Cuando arribasteis vos a nuestros puertos
en hora fortundada, estas riberas
recién dejaba el implacable Yarbas.
Bien lo sabéis, señor; en la demencia
de su pasión feroz, pidió de Dido
el tálamo partir, y que la diestra
le entregara mi hermana, consintiendo
en un enlace que el amor detesta.
Dido se denegó, y el mismo entonces
se presentó en Cartago. La fiereza
de un carácter atroz, unida al fuego
de un amor tan furioso como aquélla
se dejó ver en Yarbas: Dido opuso
más tenaz y más justa resistencia
al temerario empeño; y, desperado
el amante feroz se ausenta de ella.
pero, al partir, "Yo volveré", le dijo,
"no ya como a rogarte; ni la tea
que mi mano traerá podrá apagarse
sin que en cenizas a Cartago vuelva.
Tú sola escaparás de tal incendio;
pero no más que para ser la presa
en que se cebe mi rencor. Armada
a toda la Getulia en mi defensa
pronto verás venir; y arrebatada
de en medio de los tuyos, en mis tierras
serás esclava, pagarás bien caro
tu orgullo, tus insultos, y mi afrenta;
y, si aquí a Yarbas conociste amante,
allá conocerás cómo se venga",
dijo, y partió; y en los confines nuestros
ya bramaban las furias de la guerra,
cuando entraron, preñadas de troyanos,
a este puerto, señor, las naves vuestras.
Dido las recibió; y al ver un héroe
de cuyo nombre sus comarcas llenas
estaban de antemano, y los soldados
que pelearon diez años contra Grecia,
ni ya temió de Yarbas los insultos,
ni pensó en levantar las fortalezas
que en el cimiento veis, y en que debían
ampararse los tirios en la guerra.
La Fama al punto discurrió, y de Yarbas
llevó al oído la funesta nueva
de tan próspero arribo, y los amores
que en el pecho encendisteis de la reina.
Lo supo; y si, temiendo a los troyanos,
contuvo sus furores la impotencia,
la sed de su venganza más se enciende:
¿y cuál será su efecto cuando vea
que, abandonada la infelice Dido
del brazo que se alzaba en su defensa,
en presa queda a los rencores suyos?
¿Cómo será su rabia, cuando aumentan
los celos su furor? ¡Señor!, al menos
esperad unos meses, mientras puedan
levantarse los muros de Cartago,
ya que nos falta quien su vez hiciera.
Esperad unos meses: el delirio
calmará de la reina, y ya dispuesta
a miraros partir, no hará en su pecho
el estrago que temo vuestra ausencia.
¡Eneas! ¿No escucháis? Si en su infortunio
a mi hermana mirarais, no cupiera
más resistencia en vos: yo la he dejado
en poder de sus tristes compañeras
abandonada a su dolor terrible,
a un dolor que la mata: ni su lengua
pronuncia ya más voz que la de muerte ,
ni ya mi esfuerzo a consolarla llega.


ENEAS
Señora, vuestra hermana es la que causa
que el favor que los cielos me dispensan
tenga por infortunio; y que la gloria
me parezca enfadosa, cuando vuelan
todos mis compañeros en su busca,
y ellos me llaman cual me llama aquélla.
¿Y qué queréis de mí? Yo adoro a Dido;
empero más adoro la suprema
voluntad de los Dioses: ellos mismos
abatirse se dignan hasta Eneas,
lo futuro me enseñan, y me mandan
que parta al punto de esta dulce tierra.
Y yo, ¿qué puedo hacer? Mi amante mismo,
la misma Dido, ¿en mi lugar qué hiciera?
¿Teme de Yarbas el rencor innoble?
Y antes que yo viniese, ¿cuál defensa,
que no fueran los tirios, a la rabia
del tirano vecino se opusiera?
Los tirios bastarán; estas murallas
tienen tiempo de alzarse, antes que pueda
el duro Yarbas concitar su pueblo,
reunirlo, armarlo, y emprender la guerra,
Además, el amor no dura mucho
en su pecho feroz; la llama tierna
es extranjera en él, arde de paso,
y luego lo abandona a su rudeza.
Así de Yarbas la pasión insana
tal vez no existe ya, ni...


ANA
Si existiera
en vuestro pecho la que en otros días
a mi hermana jurasteis, no pudiera
la ingratitud dictaros los efugios
que vuestro mismo corazón condena.


ENEAS
Ni yo ni nadie condenarme puede.
Entre las esperanzas lisonjeras
de que una nueva Troya allá en Italia
emule de la antigua la grandeza,
y de ver a los míos presidiendo
los grandes cambios que la tierra espera,
sólo Dido me aflige, sólo Dido
al hondo pecho los tormentos lleva
que amargan mi ventura, y que me impiden
ser feliz de una vez. Jamás ausencia
fue más justa en amante que la mía:
jamás hubo ninguno que cediera
a una necesidad más imperiosa
que la que a mí me arrastra. Si la reina
piensa que sólo en su ulcerado pecho
la hiel amarga del dolor se ceba,
es porque todavía no ha acabado
de conocer el corazón de Eneas.
Pero Nesteo viene.


ANA
¡Oh, Dios!


ENEAS
¡Señora!
Quizá el momento de partir se acerca:
volad a vuestra hermana, consoladla;
si a mí me fuera dado, yo lo hiciera.
Vuélvanla la razón vuestros consejos,
mas no la aconsejéis que me aborrezca.


Escena V: Ana, Eneas y Nesteo

ENEAS
¡Cuál tardaste, Nesteo! ¡No tardaras
si lo que siento yo también sintieras!


NESTEO
No de otro modo pudo ser: las naves
estaban prontas ya, y sólo a Eneas
esperaba el navío de Cloanto,
para tender al viento nuestras velas.
Yo volaba a llamaros, cuando siento
el náutico clamor desde la tierra,
y observo a los pilotos prepararse,
cual para resisteir fiera tormenta.
El lejano horizonte iba cubriendo
caliginosa nube, y densa niebla
nos ocultaba el mar, mientras brillaba
en el seno del cielo, más serena,
del almo sol la esplendorosa lumbre...


ANA
¿No veis, no veis, señor, lo que os espera
si a la merced del pérfido elemento
exponéis otra vez vuestra existencia?


NESTEO
No, señora; los cielos han hablado
más que nunca esta vez. En la ribera
conmigo estaba el sacerdote santo;
y, humillando su faz hasta la tierra,
invocó en alta voz a las deidades
que al troyano protegen, y su lengua
enmudeció después; sus actitudes,
su mirar, sus acciones, todo muestra
que lo agitaba un Dios, y que a su vista
los celestes arcanos se presentan.
Al cabo prorrumpió. "No pienses", dijo,
"troyana gente, que segura senda
nos abrirá la mar, mientras tiña
la sangre de las víctimas la arena,
y no presencie Eneas y sus jefes
el sacrificio que Neptuno ordena.
La conquista de Troya costó al griego
sacrificar en Aulida a Ifigenia,
y el mismo día se inmoló en las aras
del Dios del mar una hecatombe entera.
Sin sangre de una virgen al troyano
el ponto se abre cuando a Italia vuela;
que, inmolados tres toros a Neptuno,
el mar y el viento su favor nos prestan."
Dijo, y al punto el horizonte limpio
quedó de nubes y de obscura niebla.
Yo dispuse al momento que Cloanto,
Sergesto, y los demás, que a la cabeza
están de nuestra gente, se impusiesen
del celestial portento; y, con presteza,
las naves por un rato abandonando,
saltasen nuevamente a la ribera.
Os aguardan, señor, y el sacerdote,
para empezar el sacrificio, espera
que concurráis también: cuando termine,
el bélico clarín hará la seña
del reembarco de todos.


ENEAS
¡Ana! Ahora,
decid, ¿nos habla el cielo? ¿Puede Eneas
ser acusado con razón de ingrato?
Vamos, Nesteo.


ANA
Sí; la triste reina
también es una víctima inocente
que sacrifica Eneas. Ifigenia,
al puerto de Calcas inmolada,
en Aulida expiró. Su misma tierra
verá morir a Dido, porque quiso
un bárbaro troyano que muriera.


ENEAS
No más, señora, atormentéis mi pecho;
si vuestro labio sin razón se niega
a consolar a Dido, y al contrario
su desesperación tal vez aumenta,
Eneas hará más; vendrá de nuevo
a ver si alcanza mitigar la fuerza
del dolor de su amante. Los momentos
que, en concluyendo el sacrificio, pueda
permanecer aquí, serán de Dido;
y cuando los clarines den la seña
del instante postrero, de su lado
recién me apartaré; que la terneza
del que llamasteis bárbaro se extiende
a más de lo que creéis. ¡Pueda mi lengua
persuadir a mi amante, y las deidades
apartar de sus ojos esa venda
que no la deja ver, y que su hermana
se empeña en no rasgar, como debiera!


Fin del acto segundo




Acto tercero

Escena I: Dido y Ana

DIDO
¿Aún dura el sacrificio? ¿Y el malvado
el castigo no teme de su audacia?
Implora a las deidades que le ayuden
a faltar a su fe. ¿Cuál arrogancia
es igual a la suya? ¿Piensa acaso
que un sacrificio en las mentidas aras
comprometa a los Dioses, como a Dido
comprometer pudieran sus palabras?
Pero ¡hermana! ¿se va?, ¿se va, querida?
¿Nada dice de mí? ¿Y abandonada
así me deja a los furores míos,
así me deja a la pasión de Yarbas,
y a los horrores que en idea veo,
y a la muerte infeliz que me amenaza?
¡Ana! ¿No volverá? Quizá mi llanto
penetrará una vez en sus entrañas,
y un pecho ablandará que no es de bronce;
que al menos no lo fue. Dime, ¿lloraba
cuando tú le pintaste mis dolores?
¿Dio un suspiro a tus quejas, ya que nada
a mis lágrimas dio? ¿Nada te dijo?
¿Ni siquiera te dijo que me amaba?


ANA
Lo repitió, querida; pero el duro
miente como mintió; ni hay esperanza
de vencerle jamás. Deja que vuele
a hallar la muerte en su anhelada Italia.
Tú, ya piensa en ti misma; y este llanto
que sea el postrer llanto que derrama
por un infame tu dolor terrible.
Llora, mas con tus lágrimas apaga
hasta el último resto del incendio
que furioso en tu pecho se cebaba.
Llorar más de una vez por un ingrato
es un delirio que quizá...


DIDO
Ya basta;
Basta, traidora, de rasgar mi pecho.
Cuando Dido indecisa batallaba
entre la fe a Siqueo, y este fuego
en que de pronto ardió, ¿no fue mi hermana,
no fueron sus consejos lisonjeros
los que, adulando mi funesta llama,
hicieron que, cediendo a su violencia,
mi fe y mis juramentos olvidara?
Tuya es la culpa, tuya: ¿y cómo ahora
pretendes que desame? ¿Piensas, falsa,
que hay poder en los cielos ni en la tierra
capaz de hacer que de mi pecho salga
la imagen del perjuro que idolatro,
y que en medio del alma está enaclavada?
Sábelo si lo ignoras: este incendio
que reduce a pavesas mis entrañas,
y en vez de sangre por mis venas corre,
no es amor, no es pasión; es la venganza
de algún ser superior, es el enojo
de todas las deidades, conjuradas
en contra de esta triste; así llegaron,
ya llegaron al colmo mis desgracias,
y mi sufrir excede la medida
que a un mortal la natura le señala.
¿Lo sabes? -oye más-. Sí: tú, tú misma,
en mis males horrendos empeñada,
quieres abandonarme. ¿A qué, perjura,
a qué me aconsejaste que le amara,
si era de haber un día en que tu labio
así se desmintiera, en que tu hermana,
lejos de hallar consuelo en tu cariño,
viera en ti a su enemiga? ¡Oh, Dios! ¡Ingrata!
¿Quieres que deje que de mí se aparte?
¿Quieres que deje que se ausente a Italia,
y otra mujer feliz, y otros amores,
y mi abandono... ? ¡Cielo! ¡Qué! ¿Pensabas
que hay vida para mí sin que conmigo
viva el amante que idolatra el alma?
¿Qué puede hacerme dulce la existencia?
ni tu amor, ni tu fe. -¡Qué fe!- Ya falta
de tu pecho también: ya te pusiste
del bando del malvado, y...


ANA
¡Dido! ¡Amada!,
Amada de mi vida, ¿qué furores,
qué poder invencible te arrebata,
y de tal modo trastornarte puede,
que aún contra mí tu corazón se alarma?
¡Cielos! ¡yo tu enemiga! ¿yo ponerme
del bando del perverso? Me faltaba
este género nuevo de tormento
sobre el dolor que tu dolor me causa.
¡Yo engañarte, querida!, ¡yo, que vivo
para que vivas tú!


DIDO
Perdona, hermana;
perdóname otra vez. ¿De mí qué esperas?
Mi pecho sabe amarte como me amas,
pero yo estoy en presa a mis furores,
y esta pasión... ¡oh, Dios! Mi furia insana
¿tal vez pudo ofenderte? Dulce amiga,
¿me querrás perdonar?


ANA
Vuelva la calma,
vuelva, mi Dido, a tu angustiado pecho.
¿No soy tu hermana yo? ¿no tienes tantas
pruebas de mi amistad? El labio mío,
si alguna vez te dijo que le amaras,
fue porque nunca sospeché que Eneas...


DIDO
No me le nombres más; deja que parta
do le llame el destino. ¿Será cierto
que le llama tal vez? ¡Siquiera, gratas
las deidades que implora, fácil senda
por entre el mar y los escollos le abran!
y, ¡ojalá que no en vano se derrame
la sangre de la víctima en las aras,
y los fervientes votos que alza al cielo
no los disipe el viento en nuestras playas!
Yo curaré mi mal: también a Dido
la escuchará algún Dios. ¿No miras, Ana,
cuál la tranquilidad vuelve a mi pecho,
y la razón, triunfando de mi llama,
ni grita en vano, ni el furor impide
que la obedezca ya?


ANA
¡Ah! No burladas
mis esperanzas queden. ¡Qué dichosas
fuéramos ambas, si el amor dejara
su sitio a mi amistad! ¡Cómo mi mano
derramaría bálsamo en tus llagas!
Házmelo consentir.


DIDO
Ana; yo nunca
mis sentimientos te oculté: las ansias
te revelé de mi pasión furiosa.
¿Y podré reservarte la mudanza
que han obrado los cielos en mi pecho,
cuando menos mi pecho lo esperaba?


ANA
¡Ay, Dido! ¿Será cierto? ¡Oh, Dios! ¡Qué nueva
tan lisonjera y dulce para mi alma!
Bien: no lo veas más. Llama a Barcenia,
llámala de una vez: de aquí que vaya
hasta el lugar del sacrificio, y diga
a tu enemigo que al momento parta;
que no le quieres ver; que...


DIDO
No es posible.
¡Que no le quiero ver! Ana, te engañas,
y me engaño yo misma... No, no creas
que le amo ya; mas antes de que salga
para siempre de aquí... ¡Dios!, ¡para siempre!
¡Qué idea tan atroz! ¡Cómo desgarra
de nuevo el corazón!


ANA
¡Ah, Dido! ¡Dido!
¡Cómo te burlas de tu triste hermana!
Modera tus transportes, y refrena
esa pasión frenética...


DIDO
¡Inhumanas,
más que inhumanas las deidades todas
que el mortal reverencia! Dido: basta,
basta ya de sufrir; venga la muerte,
y ahogue de una vez en mis entrañas
este mal insanable, este veneno
que me emponzoña toda. ¿Piensas, Ana,
que hay vida para Dido, si se lleva
Eneas mi vivir? Pero ¿qué aguarda
mi furor que no tienta los socorros
que pueden valer? Sí: que a las armas
vuelen mis tirios, y con los troyanos
en la defensa de mi amor combatan;
incendien sus bajeles y destruyan
de la agua en las orillas esas aras
que alzó la iniquidad, y en las que ahora
el incienso en mi daño se levanta.
Venguen los tirios a su reina, y luego...


ANA
¿Qué dices, Dido? ¿Bastarán las armas
de un puñado de hombres, que contigo
de la Fenicia huyeron, contra tantas
legiones que obedecen al inicuo,
y que arden todas por marchar a Italia?
Pon un freno, querida, a tus transportes,
y deja que la mar vengue mañana
sobre tu misma costa...


DIDO
No lo creas:
Eneas partirá, que nada basta
a poder detenerlo. Y a Cartago
verá venir al indomable Yarbas;
verás destruir desde el cimiento mismo
mi naciente ciudad; oirás la llama
más que en Troya estallar; y yo, cautiva,
después que de los míos la matanza
y el exterminio vea, a los rencores
seré de un rey feroz abandonada.
Eneas entretanto...


ANA
¿Y desde ahora
por qué no prevenimos las desgracias
que acabas de pintar? ¿Por qué tus tirios
no seguirán alzando estas murallas,
como antes que vinieran los troyanos
a sembrar el horror en tus comarcas?


DIDO
Déjame ya. Barcenia en los altares
no sé qué puede hacer que tanto tarda.
Yo también a los Dioses en mi templo
quise rogar por mí: también prepara
ya la sacerdotisa el sacrificio
que aplaque a Venus, y en la tumba helada
la sombra aplaque del esposo mío.
¡Ultimo efugio que me resta, hermana!
Si éste me falta, ¿encontraré por suerte
el que de tu amistad mi pecho aguarda?


ANA
¿Y lo podrás dudar?


DIDO
Di: ¿me prometes
servirme de una vez? y de las ansias
que mi pecho devoran ¿serán dado
que por la ayuda de una mano cara
libre me pueda ver?


ANA
Háblame, Dido;
háblame por piedad. ¿Qué quieres que haga
para verte tranquila? Yo, ¿qué cosa
te podré denegar?


DIDO
¡Querida! Nada.


ANA
Nada, querida; nada: si mi muerte
puede librar tu vida...


DIDO
Bien; pues arma,
arma tu mano de un puñal, y luego
aquí, donde está el fuego, aquí, mi amada,
húndelo todo...


Ana
¡Oh, Dios! ¡Qué horror! ¿Y Dido
tal se atreve a esperar? ¡Ingrata! ¡ingrata!
¿Este es el premio de cariño tanto?
¿Así, cual nunca, mi amistad agravias?
¿No te estremeces, Dido?


DIDO
No: la muerte
por una mano tan querida dada,
¡qué dulce me sería! ¿Lo rehúsas?
Puede ser que lo sientas.


ANA
¡Cielo! ¡Hermana!
Ten piedad de ti misma. ¡Oh, Dios! Barcenia
[Aparte] se acerca; del horror viene agitada;
y su rostro... ¿Será, será que a tantos
otro motivo de furor se añada?


Escena II: Dido, Ana y Barcenia

[Se presenta BARCENIA como horrorizada, y hasta en su modo de hablar indicará el espanto. DIDO se poseerá cada vez más de los mismos sentimientos.]
DIDO
¿Qué te agita, Barcenia? ¿Qué terrores
aumentas a los míos? habla; acaba
de matarme tal vez ¿Pudiera el cielo...?


BARCENIA
Señora; el cielo sin piedad aparta
su bondad de nosotros. ¡Ah! Yo tiemblo
de repetir, señora, lo que pasa
en el templo. ¡Qué horror!


DIDO
[Con una inquietud animosa y afligente.]
Prosigue.


ANA
[con interés]
Nada;
nada será, querida: el miedo turba
muy fácilmente las vulgares almas.


BARCENIA
No enojéis más al cielo, y a los Dioses
que presiden la muerte. Yo la causa
de tal portento ignoro, pero nunca
la deidad al mortal mostró tan clara
su venganza terrible. De la reina
obedecí el mandato, y a las aras
con la sacerdotisa me conduje.
Recién las libaciones preparaba
y los santos licores, que debían
verterse por sus manos en la llama,
cuando el incienso ardió; y obscuro, y denso,
el humo, lejos de subir, se abaja,
por insvisible mano rechazado
del aire y los altares. Azorada
la intérprete del cielo, los licores
iba en el fuego a echar; pero apagada
la lumbre estaba ya, y el vino todo
en negra sangre convertido...


DIDO
[Temblando.]
¡Hermana!


ANA
[Con una emoción que procurará dominar al momento.]
¡Dido! ¡qué horror!


BARCENIA
La tumba de Siqueo
tres veces se abre entonces, y otras tantas
cerrada con estrépido horroroso,
sus hondas cavidades retumbaban.
El espanto, señora, me ha apartado
del ominoso templo, y, encargada
por la sacerdotisa de que os llame,
pude apenas llegar hasta esta estancia.
Solo os espera; porque sola, dice,
que con la reina las deidades hablan.


ANA
No vayas, Dido, no: deja que aplaque
Semira a la deidad, si está irritada.


BARCENIA
No, señora; volad: Semira inmóvil
en la puerta del templo...


DIDO
Sí: mi planta
apenas muevo ya; mas voy: los Dioses
a la muerte, no al templo, a Dido llaman.
Ninguna de las dos mis pasos siga,
ninguna de las dos. Semira, aguarda.


[Dirá estos últimos dos versos con imperio, y con una serenidad como la de la desesperación. Se va.]
ESCENA III: Ana y Barcenia

ANA
¡Qué has hecho, incauta! ¿No pudiste acaso
moderar tu pavor? Mira: mi hermana
ya sabes que ama a Eneas; mas no sabes
cuántos horrores desde anoche a su alma
un sueño trajo, en que Siqueo mismo
en vengadora voz la amenazaba;
no sabes la partida del troyano
el atentado que tal vez prepara:
nada sabes, en fin; pero yo temo
lo que debes temer: vuela, insensata;
no abandones a Dido ni un momento;
no la abandones a su furia insana.
Yo tardo unos instantes porque espero
al que sus penas horrorosas causa,
y conviene que le hable, antes que Dido
pueda volver aquí: ¡Parte!, ¡qué tardas!
Un momento que pase es una furia
que entra de nuevo a devorarla...


BARCENIA
¿Y Ana,
y Dido misma a la infeliz Barcenia
no quisieron hacer una confianza,
que era justa quizá, que cuando menos?...


ANA
No era preciso, amiga: yo bastaba,
o creía bastar. Pero ha llegado
el instante en que tú... ¡Querida! ¿Aguardas
a que otra vez mi lengua te repita
que Dido está en peligro?


BARCENIA
¡Oh, Dios! ¡Y tanta
amistad que mi pecho le profesa!
Voy, señora; ya voy donde me llama
más que todo, el cariño.


ANA
Sí, mi amiga;
obsérvala de cerca, y desalada
vuela hacia mí en el punto en que...
[Suena un clarín como a lo lejos. Se supone ser en la ribera] ¡Dios santo!
¿Oyes la seña? Esa es. ¿Oyes? Mi hermana
la escuchará también: ya parte Eneas:
fue mentida su vuelta. Vamos, nada
no puede detener: vamos a Dido;
volemos, dulde amiga, a consolarla;
que este instante decide para siempre
de su suerte, Barcenia, y ya se pasa
[Se van con precipitación.]

Escena IV: Eneas, Nesteo

[La escena estará un breve rato en una soledad y en un silencio profundo; pasado éste, se presentarán los dos actores.]
NESTEO
¡Qué insólito silencio! Este palacio
que siempre resonó...


ENEAS
Nesteo, calla.
Vengo a cumplir los últimos deberes
que me impone el amor, y apenas basta
a resistir mi corazón. Amigo;
te lo debo decir, si así te llama
mi pecho con verdad: voy a ausentarme
para siempre de Dido; y estas playas
en jamás volverán a ver a Eneas,
ni Eneas a su amante desolada.
Así lo quiere el cielo: mas mi vista
de mirarla, Nesteo, no se sacia:
el instante final es el más fuerte
de todos los instantes: nunca estalla
con más furia el amor, que en el momento
en que es preciso abandonar su amada.
No me increpes, amigo: todo está hecho
para la gloria ya; permite que haga
algo por mis amores, y mi pecho
que tanto ha suspirado en esta estancia,
suspire en ella por la vez postrera,
y oiga mi Dido mis postreras ansias.
Ya la seña se dio; nuestras legiones
embarcándose están. Mientras que tarda
la última seña, que a partir nos fuerza,
y no permite espera, es justo salga
amor y nada más del pecho mío,
amor y nada más. ¡A bien que faltan
muy menguados instantes! Pero Dido,
¿dónde se ocultará? ¿No habrá su hermana
llegado a persuadirla que su amante
la adora más que nunca la adoraba?
Nesteo, ¿dónde está? ¿Será que crea,
que todavía crea que es ingrata
un alma en que ella vive, y fuera suya,
si fuese mía, como son las almas
de todos los felices?


NESTEO
Es muy justo,
es muy justo, señor, que se deshaga
un rato el corazón entre suspiros
que una noble pasión del pecho arranca.
Os dignasteis llamarme vuestro amigo;
lo soy, señor, lo soy: vuestra confianza
probadme en esta vez: no se repriman
vuestros sollozos más; nunca degrada
el quere con nobleza: un pecho grande
sensible debe ser.


ENEAS
Nesteo, basta.
Si el débil llanto de los ojos míos
brotar pudiera alguna vez, brotara
sólo en esta ocación. En ella al menos
lo arrancaría la más digna causa,
y el secreto dichoso de tal llanto
en pecho como el tuyo se encerrara.
Mas el silencio del palacio crece,
ni hay quien se acerque a estos lugares...


NESTEO
Ana
parece dirigirse hacia este sitio.
¿No es ella? ¿No la veis?


ENEAS
Sí, amigo. ¡Cuántas
tristes ideas con su vista llenan
de sinsabor y de inquietud el alma!


Escena V: Ana, Eneas y Nesteo

[Sale ANA sin reparar en ENEAS al principio]
ANA
Tal vez no hay remedio. -¡Oh, Dios!- ¡Qué veo!
¿Qué hacéis aquí, señor?


ENEAS
¿Y vuestra hermana?


ANA
[Con cierto aire de ironía.]
Mi hermana sufre más de lo que Eneas
es capaz de gozar, cuando le llaman
cielos y gloria a un tiempo, y cuando llegan
las horas de partir. ¡Señor!, el alma
de los grandes campeones no se vence
con amor ni con llanto. ¡Qué pensara
de un héroe el universo, si pudiera
ceder el héroe a las pasiones blandas!
En buen hora partid: lo que ya importa
es que Dido no tenga la desgracia
de volveros a ver; la herida suya
está sangrando sin cesar, y es rara
especie de crueldad venir vos mismo
otra vez, y otra vez a desgarrarla.


ENEAS
¿Hasta cuándo, señora, mis dolores
han de ser descreídos? Esta llama
que mentida pensáis, y que en mi pecho
encendió la pasión de vuestra hermana,
es una llama noble, duradera,
que de un soplo improviso no se apaga,
ni se complace en insultar los males
del objeto adorado que la causa.


ANA
Que sea cual decís: nada interesa
a Dido ser querida o engañada
de vos en adelante. Mas, si es cierto
que os llega a lastimar su suerte infausta,
partid en el momento; mis esfuerzos
bastarán, si es posible, a consolarla;
y si no, lloraré, como ya lloro,
los males que su amante la prepara.


ENEAS
A prepararla vengo, y a pedirla
de nuevo que me crea. Mis palabras
la podrán persuadir de mis amores,
y de la obligación que me arrebata
tan lejos de su lado. Nunca Dido
llegue a juzgarme ingrato: entonces, Ana,
me ausentaré forzado, pero al menos
me ausentaré sin que padezca el alma
con la idea feroz de que mi amante
juzga mentida mi pasión tirana.


ANA
Del corazón en el primer desorden
¿cómo os podrá escuchar? Vuestras miradas,
vuestras voces, señor, serán puñales
que en su pecho entrarán. Cuando la calma
la restituya su razón, entonces
yo os prometo... lo haré... me obligo a hablarla.
Y a decirle tal vez cuanto vos mismo
le pudierais decir. Ahora, parta,
parta cuanto antes vuestra nave. Dido
no tardará en volver hasta esta estancia;
sola en su templo con Semira queda;
Barcenia está esperándola que salga
para no abandonarla un solo instante
a sus terrores y a su furia.


NESTEO
De Ana
el consejo seguid: vuestra presencia
funesta puede ser; y quien pensaba
darla consuelos en su mal, acaso
torne incurable la profunda llaga.


ANA
Sí, sed piadoso en esta vez siquiera:
si amáis a Dido, por piedad dejadla,
ya que no puede siempre a vuestro lado...


ENEAS
A pesar de la fuerte repugnancia
que siente el corazón, estoy resuelto.
Adiós, señora, adiós. ¡Puedan mis ansias
ser creídas de Dido, y mi memoria
no ser jamás aborrecida! parta,
parta sin verla yo: decís que, si amo,
lo debo hacer...


ANA
[Viendo a DIDO, y saliéndole al encuentro.]
¡Oh, Dios!


Escena VI: Dido, Ana, Eneas, Nesteo y Barcenia

[DIDO saldrá con toda precipitación, como horrorizada. Al encontrarse con su hermana sin reparar en nadie, hará las exclamaciones con que empieza esta escena y permanecerá como en un delirio en los brazos de ANA, hasta que vuelva a hablar BARCENIA, que la venía siguiendo.]
DIDO
¡Piedad! ¡Hermana!


ANA
¿Qué es esto, cielo santo? ¡Qué terrores!
Barcenia, tú la sigues. ¿De qué causa
arranca este furor?


BARCENIA
Señora, tiemblo
de mirar a la reina. Cuanto pasa
me amedrenta y me aterra. Un atentado
revuelve allá en su mente, y nada alcanza
a poder refrenarla. En los umbrales
del templo me dejasteis: azorada
de repente la reina sale, y entra
furiosa en su aposento. Mis pisadas
de cerca la seguían; y observando
que la observaba yo, vi que llevaba
la mano hacia su seno: y sin hablarme,
salió otra vez despavorida...


DIDO
Nada,
nada es, amiga. ¡Cielos! ¿Todavía
¡bárbaro! todavía no se sacia,
tu impiedad de afligirme? ¿Qué haces? ¿Vienes
a mirar ya completa y consumada
tu obra de iniquidad? ¡Malvado! ¿Esperas...?


ENEAS
Espero, Dido, consolarte.


DIDO
¡Cuánta,
cuánta crueldad en ese pecho anidas!
¡Hijo de Venus tú! la tigre hircana,
cuya leche ferina fue, en naciendo,
tu sustento primero, tus entrañas
a ser feroces enseñó. ¿Pensaste
que Dido acaso tu favor aguarda?
¿A qué vienes aquí? Parte, perverso.
A mí, ¿lo ves?, la tumba helada
se me abre a cada paso... Allí Siqueo
me espera. Sí, ¿no ves cómo me llama
a jurarme de nuevo entre las sombras
un amor eternal? ¡Cenizas caras
de mi primer objeto confundidas
con las mías seréis! ¿No miras, Ana,
no miras en contorno los sepulcros,
y los espectros, y la muerte?...


ANA
¡Hermana!
¡Dido de mi alma! Por piedad te ruego...


DIDO
No hay piedad para mí: si la encontrara
maldijera el hallarla. Ni en los cielos
la quiero ya esperar. -Parte a tu Italia.
¿Qué aguardas ya? lo ruego, te lo mando:
ésa es, Eneas, tu dichosa patria,
y no aquel suelo engendrador de sierpes,
que sostuvo de Troya las murallas,
y que algún día la justicia griega
estéril hizo en vengadora llama.
¡Vuela, vuela de mí! Mis mismos Dioses
impiadosos me arrojan de sus aras.
Y cuanto toco se convierte en sangre,
y cuanto miro en derredor me espanta,
y las serpientes de las Furias moran
[Oprimiéndose con la mano el corazón]
aquí, aquí, ¿Las ves cómo desgarran
el corazón sangriento, y envenenan
hasta el aliento que mi labio exhala?
¿Qué haces aquí, malvado? ¿Ni a la tumba
quieres que baje con placer?


ENEAS
¡Amada!
¡Amada más que nunca! No tu pecho
así abandones al furor...


[Suena como en la ribera la última seña del clarín.]
DIDO
¿Te llaman,
te llaman, Dido, las terribles voces
que en los sepulcros retumbando vagan?
Ana, ¿no las escuchas?


ANA
¡Dios! ¡Eneas!
¡No pudierais partir sin que sonara
otra vez un clarín que anuncia muerte?
¿Esto hace, Eneas, quien a Dido amaba?


ENEAS
Parte, Nesteo; que Cloanto espere
un momento no más...


NESTEO
[Como increpándole su debilidad.]
¡Señor!


DIDO
No partas;
deja que muera la infelice Dido.
A los que vuelan a buscar a Italia
gloria y renombre, ¿interesar pudiera
una flaca mujer, la débil llama
de un corazón indigno de los héroes?
No, Nesteo... ¡Ah! Yo tiemblo... Puedes, Ana,
rogar al cielo... pero, ¡qué!... Semira
a mi lado en el templo le rogaba,
y el templo todo repitió mil voces
de muerte , y nada más... muerte , sonaban
las espaciosas bóvedas, y muerte
las tumbas respondían.


ANA
Basta, basta;
vuelve en tu acuerdo; te lo ruego, Dido:
yo soy quien te lo ruego.


DIDO
Sí, mi hermana:
tranquila estoy, tranquila; también puedes
tranquilizarte tú. Dido lo manda.


Escena VII: Dido, Ana, Eneas, Nesteo, Sergesto, Barcenia

SERGESTO
Ya se ha dado, señor, la última seña:
ya se empieza a mover toda la armada;
sólo a vos y Nesteo en la ribera
un corto resto de mi tropa aguarda.
El viento es favorable: apenas riza
la suma superficie de las aguas;
y el sacerdote dice que los Dioses
ya os acusan, señor.


ENEAS
Nesteo, ¿falta
aún algo que añadir a mis dolores?
¿Por qué no me ausenté sin que llegara
a este sitio la reina? ¿Cómo puedo
en medio del furor abandonarla?


DIDO
Nada temas, Eneas... parte... -¿Dido?...
ya voy, ya voy, Siqueo... ¡Sombra airada,
no me persigas más!... ¡Qué sudor frío
discurre por mis miembros! ¡Dios! Helada
una mitad de mí ya no la siento.
¡Ana! ¡Barcenia! Pero, ¡qué! ¿No basta
mi mano a libertarme de mí misma? ¡Mira, traidor, y aprende!


[Saca precipitadamente un puñal que habrá traído oculto, y se hiere.]
ENEAS
¡Dido!


ANA
¡Hermana!


NESTEO
¡Qué horror!


SERGESTO
¡Señor! ¿Qué hacéis?, ¿qué hacéis? Huyamos
de este sitio espantoso.


DIDO
[Moribunda.]
¡Sombra amada!...
Perdóname... te sigo... ¡Hermana!... ¡Eneas!
yo te amaba... ¡cruel!... y tú me matas. [Muere]

ENEAS
Nesteo, ¿qué hago yo?


NESTEO
Partir al punto.


ENEAS
¡Qué funesto presagio llevo a Italia!

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