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martes, abril 03, 2007

Martín Coronado:"La piedra de escándalo" / 1899


La piedra de escándalo / 1899
Drama en tres actos y en verso

Martín Coronado (1850-1919)


Poeta, dramaturgo y novelista nacido en Buenos Aires. En 1873 publicó su primer libro de poesía y obtuvo elogios de la crítica. Pero el teatro fue su verdadera vocación. “La rosa blanca”, su primera obra, fue estrenada en 1877. Después escribió numerosos dramas y comedias con diálogos en verso y escenas ambientadas en la realidad del momento. Las más exitosas fueron “La piedra del escándalo” y “La chacra de Don Lorenzo”.
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Estrenado en el teatro Apolo el 16 de junio de 1902

DON LORENZO, 85 años: Antonio Podestá
DON PEDRO, 60 años: Juan Podestá
PASCUAL, 36 años: José J. Podestá
ELIAS, 26 años: Humberto Scotti
LEONOR, 39 años: Herminia Mancini
CARLOS, 23 años: José Petray
ROSA, 20 años: Lea Coni
MANUEL, 23 años: Pablo Podestá
ALEJO, 28 años: Arturo Navas
MATEA, 50 años: Esther Podestá
CIRIACO, 24 años: Humberto Torterolo

La acción pasa en 1899, en una chacra en los alrededores de Buenos Aires.

Acto primero

Habitación de campo, sencillamente amueblada, en la chacra de don Pedro. En el fondo, a la derecha, una puerta, y en el centro una ventana con reja, que dan ambas sobre un patio. Puertas laterales, una a la derecha y otra a la izquierda, que conducen al interior de la casa. En el muro del fondo, una escopeta colgada de un clavo junto a la ventana. Esta está abierta, y por ella se ven los sembrados de la chacra, y en último término un chalet.
Escena primera: Elías, Carlos y Leonor

(Todos de pie; agrupados a la izquierda y hablando con animación.)
ELIAS
Es inútil esperar
que ceda: con él, no hay medio
de hacerle entender razones
por más que nos empeñemos.
Ya saben lo que es Pascual;
no he visto un hombre más terco.


LEONOR
¡Y más tonto! A mí me tiene
cansada ya. Cuando pienso
que por él, por sus caprichos,
llevo la vida que llevo,
encerrada en esta chacra
que para mí es un destierro,
me dan ganas de romper
con todo, sin miramientos
de ninguna clase.


CARLOS
Es claro.


ELIAS
El caso es que nos tenemos
que aguantar; pues él dirige
y manda aquí, con el cuento
de que el hermano mayor
tiene todos los derechos.
A todo cuanto le dicen,
opone el gran argumento
de que hay en nuestra familia
una mancha, que debemos
ocultar como él lo entiende
haciendo vida de presos;
para que nadie se fije
en nosotros y ande luego
la historia de boca en boca
y nos marquen con el dedo.


LEONOR
Esa no es razón.


CARLOS
Es claro.


LEONOR
Eso no es más que un pretexto.
Lo que es a mí no me importa
lo que digan, ni me creo
obligada a pagar culpas
de nadie.


CARLOS
Claro.


LEONOR
¡Y tan luego
por Rosa, que puede ser
que a la fecha se esté riendo
de nosotros! Es la niña
como para hacerle duelo.


CARLOS
Naturalmente.


LEONOR
Que él lo haga,
si es su gusto: yo no quiero,
y desde hoy en adelante,
lo que es Pascual... les prometo
que no le he de sufrir más
sus caprichos.


CARLOS
Por supuesto.


ELIAS
¿Y qué harás? O mejor dicho,
todos nosotros, ¿qué haremos?


LEONOR
Irnos. La chacra dichosa
me tiene hasta aquí. (La frente.)


ELIAS
Yo pienso
lo mismo. Muy bien está
que en paciencia la sufriésemos
cuando no valía nada,
y no había otro remedio.
Pero ahora que esto vale
un dineral...


CARLOS
¡Ya lo creo!
a un paso de la ciudad...


ELIAS
¿Por qué no hemos de venderlo?
Al fin es lo que hacen todos,
en esta época. Es cierto
que en la chacra hemos nacido,
que está llena de recuerdos,
y que en ella han enterrado
nuestro padre y nuestro abuelo,
muchos años de su vida
y la savia de su cuerpo;
pero estas cosas, si tienen
su valor para los viejos
no es justo que nuestro hermano
las invoque en su provecho.
Si Pascual fuera algún rústico,
me explicaría su apego
a la tierra; pero es que él
no tiene ni ese pretexto.
Pascual ha sido educado
en los mejores colegios,
como todos, y conoce
lo que es la vida de pueblo,
para preferir el campo
y los bueyes.


LEONOR
Lo que veo
es que quiere mandar siempre
en la casa, y mantenernos
sometidos a su santa
voluntad.


CARLOS
Claro que es eso.


LEONOR
Pero a mí, que se despida...
Yo me caso con Alejo
y me voy.


ELIAS
Será si él quiere
que te cases.


LEONOR (Sulfurándose.)
¿Sí?, pues bueno
sería... ¡que hagan la prueba!


ELIAS
¡Oh! no le faltan deseos
de impedirlo. Por milagro
no ha levantado ya el vuelo
tu novio. Yo, en lugar suyo,
si me pusieran un gesto
como el que Pascual le pone
cada vez que viene a vernos,
y me hablaran como a él le habla,
te juro...


LEONOR
¡Si es un grosero!


CARLOS
Claro.


ELIAS
Es que no le conviene
que te cases, porque siendo
tú soltera, siempre estamos
en lo mismo, y no podemos
hacer nada en lo que toca
a intereses lo de menos
(Leonor lo mira sin comprender.)
sería pedir la parte
de nuestra madre. Sí, pero
¿qué dirían de nosotros?
Nos pondrían como un suelo:
nos llamarían ingratos,
malos hijos; y el primero,
Pascual.


LEONOR
No lo extrañaría.


ELIAS
Pero estando de por medio
tu marido, ya las cosas
cambiarían. El es dueño
de exigir, cuando le plazca,
tu parte; y estos terrenos
tendrían que dividirse,
o venderse.


LEONOR
Yo prefiero
que los vendan.


CARLOS
Yo también,
¿Para qué diantre queremos
la tierra? ¿Para mirarla?


ELIAS
Pues se vendería. Y luego,
a Buenos Aires, a hacer
otra vida.


CARLOS
A echar el resto,
como dicen. Por mi parte,
en cuanto caigan los pesos
en mi poder...


LEONOR
¿Y yo, Carlos?
Ya verás: iré a Palermo,
en coche, y tendré modista,
y mucama...


ELIAS
Todo eso
depende de que te cases.


LEONOR
Pues me caso. Van a verlo,
y muy pronto.


(DON PEDRO sale por la derecha, andando lentamente, muy abatido y mirando al suelo y se queda de pie junto a la puerta, con la barba apoyada en la mano y sin ocuparse de los otros.)

Escena 2: Elías, Carlos, Leonor y Don Pedro

CARLOS
¿Y esa venta
que dices, quién la hace?


ELIAS
Entiendo
que el juez. Alejo me ha dicho
que cuando algún heredero
no tiene la edad...


LEONOR
Aquí,
lo que es la edad, la tenemos
todos, me parece. Saca
la cuenta.


ELIAS
Sí, todos; menos... (Titubeando.)


LEONOR
¿Menos quién?


ELIAS
Rosa.


(DON PEDRO, al oír este nombre, levanta la cabeza estremecido.)

LEONOR (Con disgusto.)
¿También
la cuentas?


ELIAS
¡Y qué remedio!
Tan hermana es como todos.


LEONOR
Es que, como Rosa ha hecho
lo que ha hecho, yo pensaba,
con el poco entendimiento
que Dios me ha dado, que a ella
no le tocaría en esto
nada, y que sería... vamos,
como si se hubiera muerto.


ELIAS
¡Es nuestra hermana!, ¿qué quieres?


LEONOR
¡Linda hermana! Yo no acepto
hermanas que me deshonran.


DON PEDRO
¡Por Dios, hija!


ELIAS (Con inquietud.)
¡Estaba oyendo!


(Todos se vuelven vivamente.)

DON PEDRO
Siquiera por caridad
deberías...


LEONOR
Usted es dueño
de olvidar y perdonarla;
lo que es yo, padre, no puedo,
no está en mí.


DON PEDRO
La Providencia
puede castigarte,


LEONOR
Creo
que bastante castigada
estoy ya sin merecerlo,
por causa de ella.


DON PEDRO (Tristemente.)
¡Dios sabe
lo que estará padeciendo!


(Vuelve a su actitud de abatimiento. En el mismo instante, por la ventana del fondo, vese llegar a PASCUAL.)

LEONOR (Observándole con disgusto.)
Ahí viene el otro. Lo mismo
que siempre: ¡tiene un empeño
en rebajarse!


ELIAS (Bajo.)
Delante
de él ni palabra.


CARLOS (Llevando la uña a los dientes.) Yo ni esto.

Escena 3: Elías, Carlos, Leonor, Don Pedro y Pascual

(PASCUAL sale por el fondo. Viste blusa de trabajo, botas y sombrero de paja de anchas alas. En la mano trae una azada, que deja en un rincón.)
LEONOR
Estás... Pareces nacido (con ironía)
para peón. Yo no comprendo
como hay personas que humillen
su familia hasta ese extremo.
(Le vuelve la espalda desdeñosamente.)


PASCUAL
Parece que no les hace
mucha gracia el aparejo.
Tengan paciencia. Algún día,
cuando ustedes hayan puesto
alfombras y cortinados,
y hayan colgado del techo
una araña de diez luces,
para borrar el recuerdo
de las lonjas de tocino
que les velaron el sueño,
yo también pondré a esa altura
las prendas que les dan miedo,
y me ajustaré de talle
y andaré ahorcado del cuello.
Pero ahora, todavía
no es el caso de hacer gestos,
porque no se limpian surcos
de maíz -y de eso vengo-
ni con levita de cola
ni con galera de pelo.


LEONOR
Mira, vergüenza debieras
tener.


PASCUAL
Yo no me avergüenzo
de ser quien soy, ante nadie,
y en mi casa mucho menos;
aquí, de mi padre abajo,
todos somos chacareros.
Me avergonzaría, sí,
de parecerme a... ese Alejo,
que debe a todos los Bancos,
y se morirá debiendo.


LEONOR (Con rabia.)
Hablas de envidia.


ELIAS
A decir
verdad, me parece feo
que trates a Alejo...


CARLOS
Claro
que es feo; y más, pretendiendo
a Leonor...


PASCUAL
Sé lo que digo;
y al fin, a ustedes no tengo
que darles explicaciones;
ya saben por qué. Y volviendo
a ese hombre, Leonor, ¿te has dado
cuenta clara del objeto
que le trae? ¿Estás segura
de que es amor verdadero
el amor que te pregona,
y no un interés, un medio
de arruinar a tu familia,
haciéndote su instrumento?


LEONOR
Ni te quiero contestar
ni a ti te importa saberlo.
Lo que ahora viene al caso,
lo que importa, lo que debo
decirte, es que te equivocas
si te crees con el derecho
de mandarme.


DON PEDRO
Leonor, hija,
entre hermanos...


LEONOR
Es que es tiempo
de que sepa que también
tengo voluntad.


DON PEDRO
Sí; pero,
¿a qué viene?


LEONOR
Lo he sufrido
demasiado y ya no puedo
consentir...


PASCUAL (Con sorna.)
Vas a casarte;
haces bien. Tú lo has resuelto
y basta; ¿para qué más?
No necesitas consejos
de nadie; no tienes padre;
te gobiernas.


LEONOR
Me gobierno,
sí, señor. Y si hago mal,
a nadie le importa.


PASCUAL (Serio y con firmeza.)
Creo
que te engañas. Nos importa,
y mucho, porque tenemos
el deber de no dejarte
hacer locuras. Y luego,
no es verdad que en tales casos
sean libres por entero,
las mujeres que han nacido
honradas, y quieren serlo;
que a ésas las encadena
todo, hasta el propio respeto,
y la libertad las mata,
como a los esclavos viejos.


LEONOR
Eso a mí no me lo tienes
que decir, porque yo pienso
casarme como Dios manda,
y no seguir el ejemplo
de Rosa, tu preferida...


DON PEDRO
¡Por Dios, Leonor!


LEONOR
Tu modelo
de bondad, y que de buena
tomó la calle del medio.


DON PEDRO
¡Hija!


PASCUAL
No hables de tu hermana
Leonor, que escupes al cielo,
pues su culpa es culpa tuya.


LEONOR
¡Mía! pero ¿no oyen esto
ustedes?


PASCUAL
Niña sin madre,
privada del bien supremo
que borra todas las lágrimas
con el calor de sus besos,
en esa edad peligrosa
de inquietudes y de anhelos,
en que la razón no sabe
luchar con el sentimiento,
no halló en ti, su única hermana,
sino frialdad y despego,
y en vez de abrirle tus brazos
para defenderla en ellos,
la empujaste en la caída
con tus desvíos de hielo.


DON PEDRO (Dolorosamente.)
¡Es verdad!


LEONOR
Muy inocente
era la niña: sus hechos
lo han probado.


PASCUAL
Todos somos
culpables, no te lo niego,
pero tú... tú mucho más.
Tú sabías el secreto
de su amor y las angustias
de su corazón enfermo,
y nunca fuiste capaz
de llevar calma y consuelo
a aquel corazón; y nunca
cruzó por tu pensamiento
la idea de que debías,
por deber y por derecho,
ampararla como madre.


DON PEDRO
Es verdad.


LEONOR (Con irritación)
Seguirte oyendo,
sería tener paciencia
de santo.


(Se dispone a marcharse.)

ELIAS
Vámonos: veo
que aquí Pascual es el único
que tiene voz.


PASCUAL
Lo que tengo
es juicio.


LEONOR
Puedes hablar
solo.


(Vase por la izquierda, ELIAS y CARLOS siguen tras ella.)

CARLOS
Claro: nos iremos.


Escena 4: Don Pedro y Pascual

DON PEDRO
Pero, tantas discusiones,
¿por qué son? Yo no comprendo.


PASCUAL
Ni trate de comprender,
padre, es inútil. Dejemos
que hay que hablar de algo más serio.


DON PEDRO
¿De qué?


PASCUAL
¿Se acuerda usted, padre,
del día que es hoy?


DON PEDRO
Me acuerdo,
sí, Pascual. Bien te lo dicen
mi pena y mi abatimiento.
Hoy es, sí; ¿no he de acordarme?
Tu bien sabes: sólo muerto...


(Se deja caer en una silla con desaliento; luego hunde la cabeza entre las manos y se queda abstraído. Oyense dentro, en el fondo, ladridos de perros.)
PASCUAL
Tres años se cumplen hoy
desde aquel día funesto,
tres años hace que Rosa
nos dejó.


DON PEDRO
¡Parece un sueño!


(Llaman a la puerta.)

PASCUAL
¿Quién?


ALEJO (Se asoma.)
¿Se puede?
(Empuja la puerta que queda abierta, y sale a escena)
Con permiso.


Escena 5: Don Pedro, Pascual y Alejo

PASCUAL (Con manifiesto disgusto.)
(¡Mal haya!)


ALEJO (Con el sombrero en la mano.)
Señor don Pedro...


DON PEDRO
Muy buenas tardes.


(Contesta distraído y vuelve a su cavilación.)

ALEJO
Salud,
don Pascual.


PASCUAL (Bruscamente.)
(En qué momento viene.) Servidor.


(Un momento de silencio, durante el cual ALEJO, muy incómodo, vuelve los ojos a todos lados, como buscando quién lo saque del paso.)

ALEJO
Pasaba
y entré.


PASCUAL
Bien hecho.


(Otra pausa.)

ALEJO
¡Hace un tiempo
tan hermoso! Me he venido
en el tilbury.


PASCUAL
Bien hecho.


ALEJO
¡Estamos tan cerca!


PASCUAL
Pues.


ALEJO
¿Y por aquí todos buenos?


PASCUAL
Ya lo ve. (Empieza a impacientarse.)
Según parece
usted no puede estar quieto
en su palomar... chalet,
quise decir...


ALEJO
Cuando puedo,
salgo: usted ve, en el campo...


PASCUAL
Es natural, allá dentro
cuántas veces en el día
se dirá usted ¡estoy fresco!
Porque, con esas paredes
como cáscaras de huevo,
debe ser un frigorífico
aquello en el mes de enero.
En cambio, lo que es ventanas
no le faltan. ¿Más o menos,
cuántas ventanas tendrá
su chalet? De aquí le veo
unas ocho para el sol,
otras ocho para el viento,
y otras ocho...


ALEJO (Riendo forzadamente.)
No son tantas.


(Aparece LEONOR en la puerta de la izquierda. ALEJO va hacia ella con un suspiro de satisfacción.)

Escena 6: Don Pedro, Pascual, Alejo y Leonor

LEONOR (Muy amable.)
¡Alejo, al fin viene a vernos!


ALEJO (Le da la mano.)
Leonorcita...
No he podido,
nunca faltan contratiempos.


LEONOR (Con intención.)
Lo vi a usted por la ventana
del comedor. De paseo,
¿no es verdad? De todos modos,
créame que le agradezco
la visita. Usted bien sabe
que en esta casa tenemos
mucho gusto...


PASCUAL (Con rabia.)
¡Mucho!


ALEJO (Volviéndose sorprendido.)
Gracias.


LEONOR (Lanzando a su hermano una mirada de cólera.)
Aquí está todo revuelto:
(Recalcando.)
parece cuarto de peones.
Venga usted: allá estaremos
mucho mejor.


ALEJO (A los otros.)
Con permiso.


LEONOR
Déjese de cumplimientos;
¿para qué?


(Con un gesto de desdén. Vase por la izquierda. ALEJO la sigue.)
PASCUAL
(¡Lástima grande
que estén atados los perros!)


(Va a cerrar la puerta tras ellos, y vuelve al lado de su padre, que permanece en su actitud de abatimiento.)
Escena 7: Don Pedro y Pascual

DON PEDRO
¡Tres años, tres años ya!
¡Tres años sin ver a mi hija!
Dios me prueba.


PASCUAL
No se aflija;
Rosa es buena, y volverá.
El tiempo todo lo alcanza;
es el mejor consejero;
y al fin...


DON PEDRO
No, ya no la espero;
he perdido la esperanza.
¡Quién sabe si no está muerta!


PASCUAL
Eso no: ya se sabría.
Verá usted: el mejor día
vendrá a llamar a esta puerta.
(Se inclina sobre él cariñosamente.)
Esas palomas que dan
en ser más tontas que malas,
y abriendo al viento las alas,
detrás de un sueño se van,
siempre, con pesar eterno,
y con las alas caídas,
llorosas y arrepentidas
vuelven al hogar paterno.
Padre, si esto sucediera,
usted... ¿la perdonaría?


DON PEDRO
¡Y si es mi hija! No podría
rechazarla, aunque quisiera.
La echaría, y el perdón
que le negara mintiendo,
se lo estaría ofreciendo
a gritos mi corazón.


PASCUAL
Pues bien, padre, -y oiga en calma
lo que le voy a decir-:
Rosa ha mandado pedir
su perdón.


DON PEDRO (Se pone de pie nerviosamente.)
¡Hija de mi alma!
Pero, ¿dónde... dónde está?
Quiero ir.


PASCUAL
Es muy distante.


DON PEDRO
No hay distancia que me espante:
quiero ir... vamos allá.


(Resueltamente.)

PASCUAL (Cerrándole el paso.)
Calma, padre; si así empieza,
si se agita de ese modo,
no le digo...


DON PEDRO
Sí, sí, todo...
como a un hombre, con franqueza.
(Tratando de dominarse.)
No creas, hijo. Ya estoy
tranquilo. (Lo hace.) Mira, me siento
otra vez; fue un mal momento,
nada más.


PASCUAL
Rosa no es hoy
lo que fue. La desgraciada
está sufriendo la pena
de su culpa, y por ser buena
ha sido más castigada.
Llanto, miseria, dolores,
abandono: eso le cuesta
su locura; eso le resta
del sueño de sus amores.


DON PEDRO
¡Pobrecita!


PASCUAL
Y así viene.


DON PEDRO (Levantándose a medias de la silla.)
¿Viene mi hija?


PASCUAL
Y el perdón
que le pide en su aflicción
bien ganado que lo tiene.


DON PEDRO
Viene... ¿cuándo?


PASCUAL (Saca una carta.)
Vea, aquí
tengo una carta de Rosa.


DON PEDRO
Léemela.


PASCUAL
Mire que es cosa
muy triste: ¿se anima?


DON PEDRO (Con resignación.)
Sí.
Léela, no tengas cuidado.
Lo que a mí me mataría,
viniendo de ella, sería
el saber que me ha olvidado.


PASCUAL (lee) :
"Sí todavía se acuerdan de mí, ténganme lástima. He sufrido y sufro muchísimo, no sólo por la aflicción que me causa mi falta, sino también por la situación de miseria en que me encuentro, sola y desamparada, en un paraje desconocido. Desde que él me abandonó el invierno pasado, no he hecho más que rodar, viviendo casi de limosna. Ahora estoy sirviendo como cocinera en la casa donde me han recogido..."

(Suspende la lectura emocionado y arruga la carta violentamente y la guarda.)

En fin, lo que usted se puede
figurar. Se queja, llora, nos ruega...


DON PEDRO (Vuelve a ponerse de pie con agitación.)
Iremos ahora,
¿quieres? Por lejos que quede.


PASCUAL
Ya vendrá.


DON PEDRO
¿Sola? ¿Sin mí?


PASCUAL
Sola, no: Manuel ha ido.
La carta que le he leído,
ha tiempo la recibí.
Manuel, en ir y volver,
podrá echar una semana.


DON PEDRO
Pero, ¿viene?


PASCUAL
Sí, mañana...
hoy tal vez...
(Va a la puerta del fondo, observa hacia la derecha y vuelve.)
Vamos a ver:
y si dentro de un momento
llegara, usted, ¿que diría?


DON PEDRO
Hijo, yo...

(Quiere lanzarse al fondo, y se detiene viendo a PASCUAL sonreír.)

La esperaría
tranquilo. ¿Crees que te miento?
(Vuelve a sentarse.)
Sí, señor. ¿Qué te has pensado?
¿que no me voy a enojar
con ella? ¿qué aquí va a entrar,
después de lo que ha pasado
por más amor que le tenga,
sin un reto soberano?
Te juro...


PASCUAL
No jure en vano;
ya veremos cuando venga.

(MANUEL se presenta en la puerta del fondo, se quita respetuosamente el sombrero, y espera de pie en el dintel. PASCUAL lo ve.)

O más bien, cuando la vea,
porque venir, ya ha venido.


DON PEDRO
¡Cómo!


PASCUAL
Manuel la ha traído:
ya está aquí.


DON PEDRO
¡Bendito sea!


PASCUAL
Ya está en casa. Si hice mal,
a Dios, y a mi madre apelo.
Voy a avisar al abuelo;
estos otros... me es igual.


(Después de mirar a la izquierda, se encoge de hombros, y vase por la derecha.)

Escena 8: Don Pedro y Manuel

MANUEL (Avanzando con timidez.)
Señor, yo aquí no soy nada,
más que un pobre recogido
por caridad. Ni apellido
tengo, como cosa hallada.
Usté ha sido para mí
un padre hasta el día de hoy,
y le debo cuanto soy
desde el día que nací.


DON PEDRO (Con los ojos fijos en la puerta del fondo, y afectando serenidad.)
¿Y Rosa?


MANUEL
Sé que me estima,
don Pedro, y disculpará
mi atrevimiento...


DON PEDRO
¿No va
a entrar?


MANUEL
Es que no se anima.
La pobre está de afligida...
no sabe lo que le pasa.
Desde que ha pisao la casa
anda toda confundida.
Pues, yo le vengo a pedir
por ella... ¡Aunque a usté le sobre
la razón, tiene la pobre
tantas penas que sentir!
Ya sabe que yo la quiero...
nos hemos criao juntos... Vea,
don Pedro, aunque más no sea
que porque soy el primero
que le trae su bien perdido,
no la trate con rigor,
para que sienta mejor
la falta que ha cometido.


(Va hacia el fondo conmovido, tiende la mano a ROSA que aguarda oculta, y después de empujarla suavemente hacia su padre, vase sin volver la cabeza)

ESCENA 9: Don Pedro y Rosa

ROSA (Avanza lentamente, y se deja caer de rodillas)
Padre...

(Sin alzar los ojos, DON PEDRO, dominándose a duras penas, permanece inmóvil, afectando serenidad. ROSA se aproxima, arrastrándose de rodillas y le toma las manos.)
Soy muy desdichada...
téngame lástima, padre...
¡Se lo pido por mi madre!
(Le besa las manos con humildad. DON PEDRO, que ya no puede más, se pone de pie y la levanta frenético en sus brazos.)


DON PEDRO
¡Hija! ¡mi hija idolatrada!
(La abraza y la besa como en delirio; luego la aparta, de sí bruscamente.)
¡Mi Rosa! ¡Qué mala has sido!


ROSA
Perdóneme.


DON PEDRO
¡Mala!... ¡Ingrata!
Tu ausencia casi me mata...
¡las penas que he padecido!


ROSA
Padre, ¿por qué me habla así?
Míreme... ¿ya no me quiere?


DON PEDRO
¡Muy bien! su padre se muere
de dolor, y ella de mí
ni se acuerda.
(ROSA se echa a llorar en silencio, él se aflige y la acaricia.)
Si es en broma,
¡tonta! Vaya... ¿y lo has creído?
Pero, ¿no ves que es fingido?
¿que el corazón se me asoma
a los labios al hablarte,
y que esta rudeza mía,
es disfraz de mi alegría,
y es ansia de perdonarte?
Ven acá, no llores más.
Haz cuenta que no ha pasado
nada... que estás a mi lado,
feliz, como tiempo atrás.
Serás mi gloria, mi encanto;
mi amor curará tus penas.


ROSA
Las hijas que no son buenas,
padre, no merecen tanto.
A mí me basta saber
que mi padre no abandona
a su hija, y que la perdona...
lo demás, no puede ser.
Yo sé muy bien que he perdido
el puesto que aquí tenía.


DON PEDRO
No, Rosa.


ROSA
Nunca podría
volver a ser lo que he sido.
Nunca, padre. Me doy cuenta
de todo. ¿Quién va a mirar
sin desprecio en nuestro hogar,
a la causa de su afrenta?


DON PEDRO
¿Quién? ¿Y yo?


ROSA
Por más que hiciera,
¿podría ser igualada
a mi hermana, que es honrada?
El sitio que usted me diera
en su mesa, serviría
para abochornarme más.


DON PEDRO
Pero, hijita.


ROSA
Y además,
yo no lo consentiría.
No, padre. Mi puesto aquí,
el que quiero, el que le pido,
es el único en que he sido
digna de usted y de mí.
El de criada... En un rincón
haré mi cama en el suelo...
No quiero otro: es el anhelo
que traigo en mi corazón.


DON PEDRO
¡Tú, servir!


ROSA
Para borrar
mi pasado, y esconder
mi rubor... y no tener
más vergüenzas que llorar.
Para que nadie pretenda
mi cariño, ni me mire,
ni me ultraje, ni retire
la mano que yo le tienda.
Así, humilde y resignada,
podrá mi padre, tal vez,
llamarme su hija otra vez
con la frente levantada.


DON PEDRO
¡Tú servir, pobre hija mía!


(Sale por la derecha PASCUAL, seguido de DON LORENZO; éste, en actitud hostil, llega blandiendo en la mano trémula, su pipa de barro. DON LORENZO habla con marcado acento italiano, y usa aretes.)
Escena 10: Don Pedro, Rosa, Pascual y Don Lorenzo

PASCUAL (A DON LORENZO, señalando a ROSA.)
No lo engaño, ya lo ve:
es Rosa, Rosina.


DON LORENZO
¿A qué
vuelve aquí? Falta no hacía.
No, señor. ¿Se va? ¡Se queda!
Yo no la quiero por nada.


PASCUAL
Abuelo, si usted se enfada
con ella...


DON LORENZO
A mí no me enreda.


PASCUAL
En su triste situación,
da lástima.


DON LORENZO
Yo no entiendo
de nada. (A don Pedro) ¿Qué estás haciendo?
¡Lagrimeando! ¡Cobardón!
(Empieza a hablar a gritos para disimular su emoción.)


DON PEDRO
Padre, Dios nos vuelve a Rosa.


DON LORENZO
Sí, ¿eh?


PASCUAL
No sea usted malo,
y abrácela.


DON LORENZO
Con un palo
la he de abrazar. ¡Linda cosa!
se va, se pierde, camina...
y allá queda el pobre vieco
más triste que un árbol seco.


PASCUAL
¿Ya no la quiere a Rosa?
Está bien.


ROSA (Aproximándose humildemente.)
Tiene razón
en no quererla: ha dejado
solito y abandonado,
sin llevar su bendición,
al pobre abuelito anciano,
que sin ella no podía
vivir.


PASCUAL
Y que todavía
no puede. Dame esa mano.
(Se interpone vivamente, toma a ROSA de la mano y la coloca delante del abuelo.)
Dile que vienes aquí,
buscando amparo y consuelo.
Si los brazos del abuelo
ya no se abren para ti,
tendremos el sentimiento
de echarte, que si él se obstina,
no hay más remedio...


DON LORENZO (A gritos, fuera de sí.)
¿A Rosina?
¿despedirla? ¡Sacramento!
(Estrella la pipa en el suelo y le abre los brazos sollozando. ROSA se arroja en ellos.)


Escena 11: Don Pedro, Rosa, Pascual, Don Lorenzo y Leonor. Luego, Elías y Carlos. Después, Alejo

LEONOR (Empuja la puerta de la izquierda y se asoma.)
¿Qué es esto?
(Sale y observa sin comprender.)
¿Qué es lo que pasa?
¿Por qué gritan?


DON PEDRO
¿No la ves?


LEONOR (Aterrada.)
¡Rosa aquí!


PASCUAL
Sí, ella es;
alégrate.


LEONOR
¡Rosa en casa!


(Quiere irse y al salir por la izquierda, encuentra a sus hermanos, que la detienen. ROSA, muy abochornada se aparta de su abuelo y se queda inmóvil, mirando al suelo.)

PASCUAL (A LEONOR.)
¿Te parece mal?


ELIAS (Al salir.)
¿Ha vuelto Rosa?
(Bajo.)
Mira, Carlos, mira.


CARLOS
¡Diantre! ¡Parece mentira!
Esto sí que se ha revuelto.


(Se mantienen los tres retirados a la izquierda.)

PASCUAL (Ceñudo.)
A ustedes, ¿les incomoda?
¿Por qué ponen esas caras?


LEONOR (Indicando a ALEJO, que sale.)
Pero, Pascual, ¿no reparas?


PASCUAL (Con ironía.)
¡Leonor, si viene a tu boda!


ALEJO (Aparte, a LEONOR.)
¿Quién es?


LEONOR (Turbada.)
No sé... debe ser...
ni siquiera me doy cuenta...
Debe ser... una sirvienta
de que me hablaron ayer.


DON LORENZO (Mirándoles sin comprender)
Es Rosina; está cambiada,
pero es Rosina.


LEONOR (Aparte, a ALEJO, con apresuramiento.)
Le da...
con la vejez...


ALEJO (Lo mismo.)
Sí, ya, ya...
(Se pone a mirar a ROSA con insistencia.)
(Y no es fea.)


DON PEDRO
(¡Nada! ¡Nada!
¡Ni siquiera un movimiento
de piedad!)


DON LORENZO
Fíquense bien.
Vengan aquí. ¿No me creen?
Es Rosina..... ¡Sacramento!
No la pueden conocer
porque está con el pañuelo.
(Le quita el que tiene ROSA atado en la cabeza. Los cabellos de ésta le caen por la espalda, y él los señala con orgullo.)
Fíquense.


ALEJO
¡Qué hermoso pelo!


LEONOR (Mordiéndose los labios.)
¿Le parece?


PASCUAL (Conteniendo a DON LORENZO, que quiere lanzarse hacia ellos, indignado.)
¿Qué va a hacer?
(Bajo.)
Espere a que se haya ido
el otro.


DON PEDRO
(¡Dios mío! ¡Son
implacables!)


ALEJO
(¡Con razón
la escondían!)


PASCUAL (Alto, con intención.)
¡Se han lucido!
(Cambia de tono, y exclama de pronto.)
Pero, ¿en qué estamos pensando?
(Por ALEJO.)
El señor quería irse...
ha venido a despedirse;
y nosotros... estorbando.


ALEJO
(Esto, y echarme...)


LEONOR (Aparte, a PASCUAL, aproximándose rápidamente y con rabia.)
¡Grosero!


PASCUAL (En el mismo tono, y aparte.)
¡Desalmada!


ALEJO
Leonorcita...
(Tendiéndole la mano y dispuesto a marcharse.)
Es verdad, tengo...


LEONOR
¿Es visita
de doctor?


ALEJO
Lo siento, pero...
Me aguardan en la ciudad;
tengo que tomar el tren.
Que ustedes lo pasen bien.
(Me ha gustado: la verdad.)


(Sin perder de vista a ROSA, saluda y se retira por el fondo. LEONOR, CARLOS y ELIAS le acompañan hasta la puerta. DON LORENZO se mueve nerviosamente en su sitio.)

LEONOR
Alejo, no nos olvide
en nuestro destierro. Aquí
tiene amigos.


ALEJO
Oh, por mí...
adiós...


(Vuelve a estrechar la mano a LEONOR, lanza una última mirada a ROSA, y vase. CARLOS y ELIAS le siguen hasta dejarle fuera, y vuelven.)

PASCUAL (Alto, con intención de modo que lo oiga ALEJO.)
Que no se descuide
con los perros.


(LEONOR, apenas desaparece ALEJO, se acerca furiosa a PASCUAL.)

Escena 12: Don Pedro, Rosa, Pascual, Don Lorenzo, Leonor, Elías y Carlos

LEONOR
Ya esto pasa
de grosería. Te estás
luciendo. ¡Si te creerás
que eres un amo en la casa!
Si otra vez sucede aquí
una cosa semejante,
aunque haya gente delante,
te vas a acordar de mí.


DON PEDRO
¡Por Dios Leonor!


PASCUAL
¡Es audacia
la tuya!


LEONOR
Es un caballero;
hay que sacarle el sombrero.


DON LORENZO (Con ira, a LEONOR, y acercándose a ROSA para acariciarla.)
¡Mala hermana!


PASCUAL (Señalando a Rosa)
La desgracia
de esa infeliz, la ha traído
sola y triste a nuestro lado,
y tú, Leonor, la has mirado,
pero no la has conocido.
Has cerrado a la piedad
y al cariño el alma avara,
¡y vienes a echarme en cara
mis faltas de urbanidad!
Hay sobrada diferencia
en lo que ambos hemos hecho,
para que tengas derecho
de hablar con tanta insolencia.
Para ti tal vez se llame
grosería el ser sincero;
pero, si he sido grosero,
tú, Leonor, has sido infame.


ELIAS (Alzando la voz)
¿Querías que pregonara
en público lo que ha habido?


LEONOR
Demasiado me han salido
los colores a la cara.
Para nadie es un secreto
que me caso; y exponer
mi porvenir...


ELIAS
¿Qué iba a hacer?


PASCUAL
¡Por semejante sujeto!
¡Por un industrial de amores
que anda olfateando dinero,
como perro perdiguero
azuzado de acreedores!
¡Por ése tanto interés
y por Rosa, ni siquiera
compasión!...


LEONOR
¡Pues bueno fuera!


ELIAS
Ponte en su caso: ya ves.


CARLOS
Claro.


PASCUAL (Impaciente)
Guarda tu opinión.


ELIAS
Pero hombre...


PASCUAL (A Carlos.)
Tú no eres más
que el eco de los demás,
cuando no tienen razón.
Y tú no me hagas hablar,
Elías, que en este instante
está mi padre delante,
y no lo quiero olvidar.


LEONOR
Ante el hombre que ha de ser
mi marido hoy o mañana,
decir que tengo una hermana
que ha faltado a su deber,
es mucho exigirme, mucho:
mi virtud no llega a tanto.


ROSA (Con amargura.)
Dice bien.


PASCUAL (Excitado.)
Yo no me espanto
de nada; pero te escucho,
y dudo si estoy en mí,
si esto es verdad o es mentira,
y toda mi sangre... ¡Mira,
sal, Leonor, vete de aquí!


(Le señala con imperio la puerta de la izquierda.)

LEONOR
Me iré muy pronto, descuida;
no me lo dirán dos veces...
y del todo.


PASCUAL
No mereces
que ninguno te lo impida.


LEONOR (Se dirige a la izquierda.)
Verás.


ROSA
No, Leonor, tú no.
(Se aparta de su padre y de su abuelo con resolución.)
Sé mi deber, y comprendo
todo el mal que estoy haciendo:
quien debe irse, soy yo.


LEONOR (Con sequedad.)
Harás bien.
(Vase.)


DON LORENZO
¡Cristo!


DON PEDRO
¡Hija mía!
¡Irte tú! ¡Sería horrible!


(CARLOS y ELIAS vanse también por la izquierda hablando aparte con excitación.)

Escena 13: Don Pedro, Rosa, Pascual y Don Lorenzo

ROSA
Sí, padre: no me es posible
quedarme aquí un solo día.
Me voy, es justo. Fue vana
la ilusión que aquí me trajo...
La miseria y el trabajo,
¿qué me importan?, es mi hermana.
¿Por qué he de unirla a mi suerte?
Yo no quiero hacerle mal.


PASCUAL
El golpe será fatal.
(Le señala a su padre.)
para él; será la muerte.
Si esto te es indiferente,
puedes irte, Rosa.


DON PEDRO (Desesperado.)
¡No!
¡No me dejes!


DON LORENZO (Irguiéndose.)
Digo yo,
¿por qué me aflique esta quente?
¡Se va! Tendría que ver...
¿Quién manda aquí? ¡Que se mueva,
Sacramento!
(Se le pone delante y se cruza de brazos.)
¡Que se atreva!
(Con ademán de amenaza.)
¡Así la voy a poner!


Escena 14: Don Pedro, Rosa, Pascual, Don Lorenzo y Manuel

MANUEL (Sale por el fondo, muy agitado, con el sombrero puesto.)
Don Pascual, oiga una cosa.


PASCUAL
¿Qué quieres?


MANUEL (Le lleva aparte.)
Oiga.


(Le habla bajo.)

PASCUAL (Con arrebato.)
Manuel,
¿no te engañas?


MANUEL (Bajo.)
No, si es él.


PASCUAL
(¡Aquí el seductor de Rosa!)
(Con un movimiento rápido se apodera de la escopeta.)


MANUEL
Lo he visto, como lo miro
a usté.


(Se dirigen los dos al fondo.)
DON PEDRO (Inquieto.)
¿Qué hay? ¿Adónde van?


PASCUAL (Brusco y sombrío.)
Nada, padre.
(Vase por el fondo.)


MANUEL (Con rabia.)
Un gavilán,
que anda con ganas de un tiro.
(Vase detrás de PASCUAL.)


Telón.





Acto segundo

El patio de la chacra, que se prolonga a derecha e izquierda. A la derecha, un árbol grande, debajo del cual hay una mesa de pino, y bancos. Otro árbol semejante a la izquierda. A la izquierda también, la cocina, con puerta sobre la escena. En el fondo, la fachada de la casa, de la cual se ven la puerta y la ventana del acto primero, la primera, practicable, a la derecha, y la segunda a la izquierda. Entre la cocina y la casa, un espacio libre, que conduce a los terrenos sembrados.

Escena 1: Matea, Ciriaco y Manuel

(Los dos primeros, sentados delante de la mesa están concluyendo de comer. El último está sentado a la izquierda, bajo el árbol, puntea una guitarra.)

MATEA
Che, Manuel, ¿por qué te has ido
tan lejos con la guitarra?
¿Es por estar separao
de los pobres?


MANUEL
No es por nada,
ña Matea; es que me gusta
no estorbar.


MATEA (Con ironía.)
Pues no es tan ancha
tu persona, que no quepa
de este lao.


CIRIACO (Cesa de comer.)
Déjelo.


MANUEL
Vaya,
que a usté se le ocurren cosas...


MATEA
Parece que nos miraras
de arriba. Te estás poniendo
más entonao.


MANUEL (Con sorna.)
Muchas gracias:
no tomo.


MATEA
¿Y para quién son
las décimas? Yo, malhaya
si me importa; pero, en fin,
como te vas a cantarlas
arrimao a la cocina,
ya las tendrás dedicadas
a alguna persona.


MANUEL (Turbado.)
¿Yo?


MATEA
No, si he de ser yo.


CIRIACO
¡Caráspita,
señora! A usté, ¿qué le va
ni le viene? ¿quién la manda
meterse?


MATEA
Es que éste anda engreído
hace días, y con ganas
de que le canten el punto.


CIRIACO
Bueno, sí; ¿y usté qué saca
con hablar?
(Limpia el cuchillo, se escarba los dientes con él, y lo coloca luego en la cintura.)


MATEA
Saco que vea
que no soy de esas que tragan
saliva cuando las tienen
en menos...
(Amontona los platos.)


MANUEL (Con calma.)
Usté se engaña;
ni he pensao.


MATEA
Otros mejores
que aquel...


CIRIACO (Impaciente.)
¡Dale a la matraca!
Déjelo: cada uno es dueño.


(Saca una pipa y una bolsita con tabaco para cargarla. Al hacer esto, se le cae un papel de Banco, que recoge con viveza.)

MATEA
¡Qué se ha créido! ¿Y esa plata?
¿de ande sale?


CIRIACO
¿Se figura
que la he robao?


MATEA
Encontrada
no ha de ser; de esos papeles
no se pierden en la chacra.
Y como sé que ya va
para un mes que no trabajas,
¿qué quieres? no se me ocurre
de ande viene.


CIRIACO
¿Qué le extraña?
¿O cree que no puede un hombre
tener plata sin hallarla
o robarla? ¿Qué sería
de su ahijao, si no agenciara
unos pesos? ¿con qué come,
con qué pita?


MATEA
No te falta,
al menos lo que es comida,
mientras esté yo en la casa.


CIRIACO
Así es usté: hasta el bocao
que como, me lo echa en cara.


(Se levanta, balanceando el cuerpo, y se pone a fumar recostado en el árbol. MANUEL empieza a cantar sin preocuparse de ellos.)

MANUEL
Sobre el alero escarchao
encontré esta madrugada
una palomita helada
que el viento había extraviao.
Porque es tuya, la he cuidao
con cariño y con desvelo,
y la cinta color cielo
con que venía adornada,
al cuello la tengo atada,
porque es cinta de tu pelo.


(ROSA sale vivamente de la cocina, izquierda, con una cafetera en la mano, y se pone a escuchar.)

ESCENA 2: Matea, Manuel y Rosa

MATEA (Bajo a Ciriaco.)
¿Qué te decía yo? ¿No ves?
El Manuel no da puntada
sin nudo.


CIRIACO
¿Y qué se le importa a usté?
(Observa de reojo a ROSA; luego se va a la derecha, hacia el fondo, y allí se queda, después de buscar algo en uno de sus bolsillos.)


MATEA
Más claro, echarle agua.
(Toma los platos, y vase con ellos por la izquierda, entrando a la cocina.)


ESCENA 3: Ciriaco, Manuel y Rosa.

MANUEL (Sigue cantando, sin ver a Rosa.)
Triste está la palomita,
ausente de la querencia,
y yo sé que el mal de ausencia
es un mal que no se quita.
No hay más remedio mi hijita,
para curar su aflicción,
que pagarme la pasión
con que siempre te he querido,
y que hagan juntas el nido
las dos en mi corazón.


ROSA (Emocionada.)
¿Quién te ha enseñado esas décimas,
Manuel?


MANUEL (Turbado.)
¿Por qué ¿No le agradan?
(Se levanta y va a dejar la guitarra sobre la mesa.)


ROSA
A mí, sí; me gustan mucho.
¡Y luego, como las cantas
con tanta expresión!


MANUEL
Pues vea
Rosita, yo ni pensaba...
Como es domingo, agarré
la guitarra, por probarla,
y me acordé sin querer
de unos versos que cantaba
un pobre que no tenía
más bienes que la esperanza.
Cuando canta y cuando toca,
uno a veces se entusiasma,
y van saliendo de adentro
todas las penas guardadas,
y en las cuerdas poco a poco,
se le va enredando el alma.


ROSA
Es muy triste no tener
familia.


MANUEL
Lo que me falta
por ese lao, no lo siento,
créame. Si fue tan mala
mi madre, que me echó al mundo
para tirarme a una zanja,
como no puedo quererla,
no tengo por qué extrañarla...
y allá arriba hay para todos
una madre que no cambia.
(Con animación.)
Otras penas son las mías
de esas que uno se las guarda,
porque no hay en este mundo
remedio para curarlas.


ROSA
¿Tienes penas, y no puedo
yo saberlas? Soy tu hermana
casi... hasta puedo decir
que tengo derecho. Me hablas
como si yo nada fuera
para ti, como a una extraña.
Haces mal. ¿A quién mejor
podrías comunicarlas
que a mí, que sé comprenderlas,
Manuel, porque tengo tantas?


MANUEL (Reaccionando.)
No haga caso de locuras,
Rosita. Yo soy un maula;
me estoy quejando de vicio...
Cuando el hombre no trabaja,
cavila, y por cualquier cosa
se pone triste, y acaba
por creer que son verdaderas
las penas imaginarias.
No se detenga por mí;
la están esperando: vaya.


ROSA
Bueno; pero vas a hacerme
un favor. Luego o mañana
vas a enseñarme las décimas.


MANUEL (Con desaliento.)
¿Para qué?


ROSA (Con intención.)
Para copiarlas,
y sacar de ellas, si puedo,
el secreto que me callas.
No digas que no; hay cosas
que se salen a la cara,
y yo adivino tus penas
por las mías.


(Se aleja por el fondo. CIRIACO, sigilosamente, cruza la escena y le corta el paso.)

MANUEL (Para sí.)
¡Qué desgracia,
(Oprimiéndose el corazón.)
que tenga el hombre acá adentro
este bruto que lo manda!


(Se queda triste y cabizbajo.)

CIRIACO (Bajo a ROSA.)
Oigame.


ROSA
¿Querías algo,
Ciriaco?


CIRIACO (Con misterio.)
Tengo una carta para usté.


(Busca en un bolsillo. Manuel levanta la cabeza y presta atención.)

ROSA (Con asombro.)
¡Carta! ¿Y de quién?


CIRIACO
De una persona... Faltaba
que se me hubiera perdido.
(Sigue buscando.)


ROSA
¡Carta a mí! ¿Cosa más rara?
¿Quién puede escribirme aquí?


CIRIACO
Yo no sé cómo se llama,
ni quién es, lo que yo sé
es que la conoce.


MANUEL (Aproximándose.)
(Este anda en algo). ¿Por qué detienes
a la niña?


(CIRIACO le vuelve la espalda con disgusto.)

ROSA
Me avisaba
que tiene...


CIRIACO
No le dé cuenta;
¡ni el patrón que fuera!


(Deja de buscar en el bolsillo, y quiere irse.)

ROSA
Aguarda;
¿y la carta?


CIRIACO (Con desabrimiento.)
La he perdido.


ROSA
Búscala, que es una lástima
que no sepa yo quién es
la persona que la manda.
No te olvides. Si la encuentras
me la traes.


CIRIACO (Con intención.)
Veré de hallarla.


(ROSA vase por la puerta del fondo llevando la cafetera. Apenas ella desaparece, MANUEL se lanza hacia CIRIACO.)

Escena 4: Ciriaco y Manuel

MANUEL
¿Qué carta es ésa?


CIRIACO
¿Te importa?


MANUEL
Sí, me importa; porque basta
que haya pasao por tus manos
para saber que se trata
de una ruindad, y te juro
que si la ofendes...


CIRIACO
¡La facha
para mandar! ¿Quién te ha dao
autoridad?


MANUEL
¿Quién? Las mañas
que te conozco.


CIRIACO
Bien dice
mi madrina. Si te agarra
el viento, te va a llevar
como a esos globos que largan
en el pueblo. ¡Quién te ha visto,
y quién te ve!


MANUEL (Exaltándose.)
Poco o nada,
valgo por mí, ya lo sé;
pero bien puede que valga
por ellos; y te prevengo,
Ciriaco, para tu guarda,
que si le traes a Rosita
algún mensaje con mala
intención, no ha de faltar
quién te enseñe a respetarla.


CIRIACO (Con sorna.)
¡Vean lo que son los celos!
Bien dicen...


MANUEL (Fuera de sí.)
Mira: ¡te callas
ahora mismo, o te rompo
en los lomos la guitarra!


(Con un gesto de amenaza y dando un paso hacia la mesa donde está la guitarra.)

CIRIACO (Tanteándose el cuchillo.)
Pudiendo... estaba una mosca
en las telas de una araña.


MANUEL (Que ha tomado la guitarra, y se vuelve.)
¡Otra cosa no merece
quien come el pan que no gana,
y hace daño todavía,
y traiciona a quien le mata
el hambre!


MATEA (Asomándose por la izquierda al ruido de las voces.)
¿Qué es eso?


PASCUAL (Saliendo por la derecha.)
A ver,
¿qué es lo que hay?


CIRIACO (Retobado.)
Cosas que pasan
cuando un hombre es mal hablao,
y los otros no le aguantan.


(Entra en la cocina junto con MATEA.)

Escena 5: Manuel y Pascual

MANUEL
Don Pascual, usted bien sabe
lo que es Ciriaco...


PASCUAL
No te hagas
tan poco favor. ¿Te piensas
que entre tú y ese... canalla,
podría dudar? ¡Un ebrio,
haragán, que se levanta
y se acuesta sin tomar
en las manos una azada,
por miedo de que le duelan
la cintura o las espaldas!
Sería no conocer
las personas; y a Dios gracias,
las conozco bien.


MANUEL
Ese hombre,
don Pascual, si no lo atajan,
es capaz...


PASCUAL
Lo sé. La culpa
la tengo yo, que por lástima
hasta ahora no lo he puesto
en la calle. Que se vaya,
es lo mejor. La madrina
puede hacer lo que le plazca,
irse o quedarse; pero ese
holgazán, ése, no pasa
del día de hoy.


MANUEL
Le aseguro
don Pascual, que no le falta
razón. Usted no se puede
imaginar...


PASCUAL
Gente vaga
¿para qué sirve? Algún día
tenía que ser. Mi casa
no es refugio de compadres;
y ahora mismo...


(Se dirige a la izquierda. MANUEL se le pone adelante.)

MANUEL
Tenga calma,
y espere unos días. Hay
que averiguar en lo que anda,
que no ha de ser cosa buena,
y si usté lo echa a las malas,
no podrá saberse. Yo,
don Pascual, no es que me valga
de la ocasión, ni que tenga
ideas de ruin venganza.
Para Ciriaco, yo solo
basto y sobro ande me salga.
Pero soy agradecido,
y aunque me dé repugnancia
hablar mal de otro, no siendo
frente a frente y cara a cara,
callarme en esta ocasión
pudiera ser una causa
de disgusto en su familia...


PASCUAL
Sí, Manuel, habla... (Con ansiedad.) ¿Qué sabes?
no me ocultes...


MANUEL
Vea, yo,
tengo mucha desconfianza
de que Ciriaco le sirve
de mensajero en la chacra
a alguno de afuera.


PASCUAL
¡Alguno
de afuera! Tal vez... ¡Dios haga
que sea ese miserable
que ha costado tantas lágrimas
a mi familia! ¡Dios quiera
que su insolencia lo atraiga
a ponerse donde alcancen
mis manos a su garganta!
Desde aquel día en que vino
a insultar nuestra desgracia,
paseándose ante nosotros
orgulloso de su infamia,
nunca por aquí lo han visto
otra vez: la suerte ingrata,
no ha querido que se cumplan
los sueños de mi venganza.
Pero ahora... ¡Tiene ese hombre
tal cinismo, tanta audacia,
a tal punto nos desprecia,
que es capaz de creer que basta
su presencia para hacernos
temblar, y que en esta casa,
entre tantos como somos
no hay uno que tenga un alma!
(Transición.)
Pero tú, ¿por qué sospechas?
¿Qué has visto? ¿De dónde sacas?


MANUEL
Ciriaco ha estao en el pueblo;
ha venido hoy de mañana,
con plata, que se conoce
que le han dao; y con la caña
que tiene adentro, aquí mismo,
hace un rato...


(Se detiene al oír la voz de LEONOR que sale con ELIAS y CARLOS por la puerta del fondo.)
Escena 6: Manuel, Pascual, Leonor, Elías y Carlos

LEONOR
Ustedes hablan
como si tuvieran miedo.


PASCUAL (A MANUEL imponiéndole silencio.)
Aguarda.


LEONOR
¡Pero se trata
de mi porvenir, y a mí
me gustan las cosas claras, Pascual!


(Se dirige a él resueltamente.)

PASCUAL (Con disgusto.)
¿Qué deseas?


LEONOR
¿Quieres
permitirme una palabra?
Tenemos aquí un asunto...


(Mirando a MANUEL con intención.)

MANUEL
Voy a mudarle la estaca
al caballo.


(En ademán de marcharse.)

PASCUAL
¡No te alejes!
Te necesito.


MANUEL
Me llama
Cuando quiera.


(Vase por el fondo, izquierda.)
CARLOS (Bajo a ELIAS.)
Este a lo menos
sabe cuando estorba.


ELIAS
Calla.


Escena 7: Pascual, Leonor, Elías y Carlos

(LEONOR, después de un momento de vacilación, habla a PASCUAL con cierto despecho. ELIAS y CARLOS se mantienen detrás lo ella atentos y silenciosos.)

LEONOR
Hace ya días, Pascual,
que nosotros no cambiamos
una palabra.


PASCUAL (Fríamente.)
Así estamos
siquiera en paz: menos mal.


LEONOR
Tú no comes en la mesa
con nosotros; ni nos ves
ni nos oyes. A mí me es
igual, y no me interesa.
Pero en ciertas situaciones
debe ignorar un extraño
estas cosas, que hacen daño
a todos, por mil razones.
Así lo entiendo, y confío
en que tú lo entenderás
de igual modo y cederás
en un caso como el mío.
Pues hoy, si me acerco a hablarte,
es porque Alejo...


PASCUAL
No sigas;
todo lo que de él me digas
no hará más que condenarte.
Por él, niegas a tu hermana,
y eso, Leonor, no lo olvido.


LEONOR
Está muy bien. Yo he cumplido:
haz lo que te dé la gana.


(Se vuelve colérica dispuesta a marcharse. ELIAS interviene.)

ELIAS
Pero hombre, no la has dejado
terminar.


CARLOS
Claro; no deja.


ELIAS
La noticia será vieja,
pero no se ha publicado.
Y lo que quiere Leonor,
es hacértela saber...
ella cree que es un deber,
eres su hermano mayor.
En fin, que está decidido
que hoy mismo vendrá a pedirla
Alejo. Tienes que oírla,
ya lo ves.


CARLOS
No es mal partido.
Hoy día, un novio de veras
no se encuentra así no más;
y Alejo...


LEONOR
¿Te callarás,
tonto? Quieras o no quieras
(Volviendo a acercarse a PASCUAL.)
me caso con él y debes
respetar a quien yo elijo,
no por él -poco me aflijo
de que apruebes o no apruebes
mi elección- sino por mí,
que soy tu hermana, y que puedo
vanagloriarme sin miedo
de mi conducta hasta aquí.
Puedes tener cuanta idea
quieras; que es un falso amigo;
que va a casarse conmigo
por codicia, o lo que sea.
Pero en buena sociedad
esa no es razón bastante
para llevar por delante
mi amor y mi dignidad.
No vayas a hacer, Pascual,
otra vez en su presencia...


PASCUAL
Pues si lo hiciera en conciencia
creo que no haría mal.
También me has abochornado
llamando a Rosa "sirvienta"
delante de él, y esa afrenta
es él quien te la ha inspirado.
Podría, pues, con razón,
como pena merecida,
decirle, cuando nos pida
mujer para su ambición,
que esa pobre criatura
que por sirvienta le das,
es tu hermana, y vale más,
mucho más, que tu futura.
Pero como no he de estar
presente...


ELIAS
Precisamente
queremos que estés presente.


CARLOS
Claro.


PASCUAL (A LEONOR.)
Te puede pesar.
Porque si yo me encontrara
con él en ese momento,
lo que pienso y lo que siento
se lo diría en su cara.
Y luego, aún siendo en mi daño,
yo jamás permitiría
que viniera ese hombre un día
a acusarme de un engaño.
Le diría la verdad
clara y neta sobre Rosa,
que el orgullo es una cosa,
y otra cosa es la lealtad.
No me importa saber quién
es el que pide tu mano:
hasta para el más villano
hay que ser hombre de bien.


ELIAS
Para hacer eso es mejor
que no intervengas.


CARLOS
Es claro.


LEONOR (Irritada.)
¡Si es inútil!


PASCUAL
Yo no amparo
traiciones.


LEONOR (A ELIAS.)
Hazme el favor
de no insistir. Que haga y diga
lo que quiera. Yo no ruego
a nadie. Vamos.


PASCUAL
¡Y luego
dicen que Dios no castiga!
Ya empiezan en tu conciencia
a luchar el egoísmo
y el miedo.


LEONOR (Sin comprender.)
¿Miedo?


PASCUAL
A ese mismo
que esperas con impaciencia.


LEONOR
¿A Alejo?


PASCUAL
¿Quién te asegura
que al saber la verdad toda
no se resiste a la boda,
y te quedas en futura?


LEONOR (Con apresuramiento.)
¡Como si no me quisiera
lo bastante!...


PASCUAL (Con ironía.)
¿Quién responde
que ese hombre, que sabe dónde
le aprieta el amor, no altera
sus planes de buena gana,
y que herencia por herencia,
no le da la preferencia,
por más joven a tu hermana?


LEONOR (Trémula de ira.)
Sobre todo, por honrada,
¿no es verdad?


PASCUAL (Con calma.)
¿Ves cómo puedo
afirmar que tienes miedo?
Yo al fin no aseguro nada.


ELIAS
Pero lo supones.


CARLOS
Claro.


PASCUAL
Todo cabe en lo posible;
este novio es muy sensible...
y sé los bueyes con que aro.


(Vase por el fondo izquierda.)

Escena 8: Leonor, Elías y Carlos

LEONOR (A PASCUAL que se aleja, luego se vuelve colérica.)
¡Eres un vil!
Para mí
siempre ha de ser el tormento.
¡Y todo por ella! ¡Siento
un ansia de huir de aquí!


(Golpea el suelo con el pie, y se queda cavilando.)

ELIAS
No le hagas caso; lo que habla
Pascual, no tiene sentido:
es que ya se ve perdido,
y se agarra de una tabla.
Tu matrimonio es un hecho;
no es él quien lo ha de impedir.


LEONOR
Ni yo se lo he de sufrir;
no tiene ningún derecho.


CARLOS
Claro.


ELIAS
Lo que importa ahora
es aprovechar la ayuda
de Alejo.


CARLOS
No tiene duda.


ELIAS
Ya va larga la demora;
y tengo mucho recelo
de que al punto a que ha llegado,
el día menos pensado
se venga la tierra al suelo.
Y en tanto el tiempo se pasa,
y es preciso apresurar
las cosas.


CARLOS
Claro.


LEONOR (Cavilosa siempre.)
Y pensar...
¿Por qué habrá vuelto a esta casa?


(Empieza a pasearse nerviosamente.)

ELIAS
¿Sabes a cómo han vendido
este domingo pasado?
Terreno mitad bañado,
lo más bajo del Partido,
casi casi una laguna...
Pues a cuarenta centavos.


CARLOS
Si así se venden los clavos,
esto vale una fortuna.


ELIAS
Poniéndose en lo seguro,
aquí no baja de ochenta
la vara. Saca la cuenta.


CARLOS
Yo para cuentas soy duro.
Pero en fin, ¿cuánto le toca
a cada uno?


ELIAS
Partiendo
entre cinco...


CARLOS
Yo no entiendo.
¿Cuánto?


ELIAS (Riendo.)
Pues... una bicoca:
veintiocho mil...


CARLOS
¡Sacramento!
como dice el abuelito.
(Se restrega las manos muy alegre.)


ELIAS
Más o menos.


CIRIACO (Sale bruscamente de la cocina, izquierda.)
Le repito,
señora, que sé mi cuento.


(Permanece apoyado en la puerta, fumando, y atento a lo que pasa en la escena, sin que los demás fijen en él la atención.)

Escena 9: Leonor, Elías, Carlos y Ciriaco

LEONOR (Cada vez más excitada.)
¡Oh! ¡Pascual es muy capaz...
y el otro que va a venir!


CARLOS
¿Oyes, Leonor? va a salir
la parte...


LEONOR (Impaciente.)
Déjame en paz.
(Se detiene, y vuelve a unirse a ellos.)
Les juro que la echaría
si pudiera.


ELIAS
¿A quién?


LEONOR
¿A quién
ha de ser? Saben muy bien
ustedes cuánta agonía,
cuánta vergüenza he pasado
por ella desde que vino...
Ya que tomó ese camino,
allá se hubiera quedado.
Nadie sabría que yo
tengo semejante hermana...
Por mí, se iría mañana,
mañana mismo... ¡pues no!


ELIAS
¿Mañana?, pero si es hoy
que Alejo...


CARLOS
Mira, ya está
en la tranquera.


(Señala a LEONOR la derecha.)

LEONOR (A ELIAS.)
Anda allá;
recíbelo.


ELIAS (Se dirige a la derecha.)
Sí, sí, voy.


CARLOS
Yo voy también. ¡Un futuro!
no faltaba más.


(Vase detrás de ELIAS: LEONOR les sigue con la mirada.)

Escena 10: Leonor y Ciriaco

CIRIACO (Apenas se van los otros, se acerca con misterio.)
Yo puedo
servirla.
(LEONOR se vuelve con recelo.)
No tenga miedo,
y tome esto, que es seguro.


(Saca una carta y se la da: LEONOR la toma maquinalmente y sin mirarla.)

LEONOR
¿Una carta? ¿Es para mí?


CIRIACO
No es para usté; pero lea
y verá. ¿No es que desea
hacerla salir de aquí?
Esa carta es de un fulano,
(Con malicia.)
que usté lo ha de conocer.


LEONOR (Fijándose en el sobre.)
¡Para Rosa!


CIRIACO (Con sorna.)
Así ha de ser.


LEONOR (Rompe el sobre y lee con avidez. Con honda satisfacción.)
¡Ah!


CIRIACO
Yo la dejo en su mano.
Es como si la entregara,
¿no es cierto?


LEONOR
Sí, claro está.
(Guarda la carta en el seno.)


CIRIACO
Usté luego se la da.


LEONOR
Sí, sí; bueno.


CIRIACO
Y si repara
que está abierta, digalé
que la abrió porque pensó
que era suya. Lo que es yo,
no sé leer.


LEONOR (Distraída.)
Sí, ya lo sé.
(Vuelve a fijar toda su atención en el punto por donde espera a ALEJO, y se aproxima a la derecha para observar mejor.)


CIRIACO
Por lo que me dijo, saco
que el hombre manda en Rosita...
(Salen por la puerta del fondo DON PEDRO y DON LORENZO. Ciriaco al verlos, se prepara a retirarse.)
Si en algo me necesita
ya sabe, aquí está Ciriaco.


(Vuelve a entrar en la cocina.)

Escena 11: Leonor, Don Pedro, Don Lorenzo, luego, Elías, Alejo y Carlos

LEONOR (Sin atender a CIRIACO, y lanzándose hacia la derecha en cuya dirección desaparece un momento.)
¡Alejo, adelante!


DON LORENZO (Viene fumando su pipa.)
En fin,
se casa.


DON PEDRO
Pero a disgusto
de Pascual.


DON LORENZO
¡Eh! si es su gusto,
hay que decarla, Pedrín.
La muchacha no es nacida
de ayer, ¡qué diablos! Ya tiene
sus treinta años.


DON PEDRO (Le toca en el codo, señalando a los que llegan.)
Allí viene.


CARLOS (Sale el primero por la derecha, muy alegre, y corre a la puerta de la cocina.)
Sillas, Matea; en seguida.


ALEJO (Sale con LEONOR y ELIAS detrás de CARLOS.)
Señor don Pedro... Señor,
(Saludando a DON LORENZO.)
¿Usted siempre sano y fuerte?


DON LORENZO
¡Eh! no me quiere la muerte.


CARLOS
Adentro hay mucho calor.
Aquí a la sombra estaremos
muy bien.


DON LORENZO
Por mí, más que todo,
me gusta la aria


CARLOS
¿De modo
que están por que nos quedemos?

(Sale MATEA de la cocina, atraviesa la escena y se va por la puerta del fondo. ROSA, un momento después, abre la ventana, y se pone a mirar desde allí al través de la reja.)

Aquello es un horno: el techo
(A ALEJO.)
de zinc... figúrese usted.


ALEJO
Ya le he dicho, tengo sed
de aire libre.


ELIAS
Muy bien hecho.


DON PEDRO (A ALEJO.)
Como usted guste.


CARLOS (Ap. a LEONOR.)
Conviene,
lejos de la otra.


LEONOR (Lo mismo.)
Sí,
haces bien.


(Echa una ojeada al fondo. ROSA ha desaparecido ya, y no se ve sino a Matea que vuelve trayendo algunas sillas.)

CARLOS
Matea, aquí.


(Le indica un sitio en medio de los árboles. MATEA deja allí las sillas y vase a su cocina.)

MATEA
Ella trae más: aquí tiene.


(ROSA sale a su vez por la puerta del fondo, trayendo sillas. Se acerca humildemente y las deja sin ser notada retirándose en seguida. Pero a mitad del camino se detiene, atraída por la curiosidad, y se queda observando desde lejos.)

Escena 12: Don Pedro, Don Lorenzo, Leonor, Alejo, Elías, Carlos y en el fondo Rosa

(Siéntanse todos en este orden: DON LORENZO, DON PEDRO, ALEJO, ELIAS, CARLOS y LEONOR, que se mantiene alejada del grupo.)

CARLOS
Es lo mejor. El gran paso
debe darse así, a la luz
del sol.


LEONOR (Bajo, abochornada.)
¡Carlos, por la cruz
del Señor!


ELIAS (A ALEJO.)
No le haga caso.
(A CARLOS.)
¿Te quieres callar?


CARLOS
Que diga
si no es cierto. La cuestión
es empezar... La ocasión
(A ALEJO, reclinándose sobre el respaldo de la silla.)
hay que aprovecharla: siga.


ALEJO
Es muy justo. Usted, señor,
(A DON PEDRO.)
sabrá cuál es el objeto
que me trae; no es un secreto
para nadie: amo a Leonor;
y si usted me la concede,
hará mi felicidad.


CARLOS (Sin poder contenerse.)
¡Eso es hablar!, la verdad:
con Alejo no se puede.


ELIAS (Con impaciencia.)
¿Te callarás?


DON PEDRO
El pedido
con que usted nos favorece,
si es leal, como parece,
y Leonor lo ha consentido,
puede usted estar seguro
de que en mí no ha de encontrar
oposición... Va a esperar,
eso sí -no hay tanto apuro-,
hasta mañana o pasado
mi respuesta decisiva.
Dueña es en definitiva
Leonor de tomar estado:
Pero en fin, el matrimonio
es muy serio. Hablaré a mi hija...


CARLOS (Riendo.)
¡Oh!, por ella no se aflija...


LEONOR (Bajo y con ira.)
¡Calla, tonto del demonio!


DON LORENZO (Ha concluido de fumar, y golpea su pipa en la palma de la mano para vaciarla. Luego arroja los residuos detrás de la silla, y al hacerlo, ve a ROSA.)
¿Qué estás haciendo, Rosina?
¿Por qué no te acercas?


ROSA (Con timidez)
¿Yo,
señor?


(Todos fijan en ella la atención.)

DON LORENZO
Señor se murió...
Acercate aquí, camina.
(ROSA obedece en silencio.)
Mira que esto te interesa,
Rosina.
(Observa que todas las sillas están ocupadas.)
¿No hay un asiento
para ella? ¡Sacramento!
¿Es porque sirve la mesa?
¿Es porque anda mal vestida
y sin moños en el pelo?
¿La han de sentar en el suelo
por eso?


LEONOR (Levantándose sofocada.)
Abuelo, ¿se olvida...
(Señala a ALEJO.)


DON LORENZO (Sin atenderla.)
El vieco ve todavía,
y ve lecos y ve claro...
(Se levanta a su vez. ELIAS y CARLOS lo imitan.)
¿No hay silla?, pues yo me paro,
y que se siente en la mía.


ELIAS (Aproximándose a LEONOR, bajo.)
¿Qué te parece?


LEONOR (Lo mismo.)
¡Si es cosa
de tirar piedras!


ROSA (Con la vista en tierra y afligida.)
Por mí,
señor...


DON LORENZO
No hay señor aquí
te he dicho...


ALEJO (A DON LORENZO.)
¿Se llama Rosa?


DON LORENZO (Bruscamente.)
Sí, señor.


ALEJO (Fijo en ella los ojos.)
Nombre de flor;
un lindo nombre.


DON LORENZO (Halagado y dulcificándose.)
Lo mismo
que la madre. En el bautismo,
no hallamos otro mecor.


LEONOR (Aparte y vivamente a ELIAS.)
Por, Dios, ¡sácalo de aquí,
me va a dar un arrebato!


ELIAS (Lo lleva a un lado.)
Oiga, abuelito,


ALEJO
(Aquí hay gato)


DON LORENZO
¿Es algún secreto?


ELIAS
Sí.
Venga; vamos.


(Se lo lleva por la derecha y desaparecen los dos.)

DON LORENZO
Pero...


ELIAS
Escuche.


CARLOS
Y yo, ¿no puedo saber?


(Vase tras ellos. DON PEDRO se levanta y permanece en su sitio meditabundo. ALEJO va a reunirse con LEONOR. ROSA vuelve a retirarse al fondo.)

Escena 13: Don Pedro, Leonor, Alejo y Rosa

LEONOR
Ya ve usted si hay que tener
paciencia. Por más que luche,
no consigo armonizar
ni voluntades ni gustos;
aquí todos son disgustos.


ALEJO
Es viejo: hay que disculpar.
Ya sabe usted: viejo y niño...
el pobre bien lo merece;
y luego, según parece,
le tiene mucho cariño.


LEONOR (Con despecho.)
¿A Rosa?, sí.


ALEJO
Se le ve.
Y es simpática; sería
una buena compañía
para nosotros.


LEONOR (Mordiéndose los labios.)
¿Lo cree?


ALEJO
Es decir, si usted quisiera,
porque en aquel aislamiento.


LEONOR (Con celosa cólera.)
Hay personas que al momento
se interesan por cualquiera.
Pero aquí, gracias a Dios,
nada valen simpatías.
(Cambiando de tono y hablándole confidencialmente.)
Se va dentro de unos días...
¿para qué más que los dos?
(Muy nerviosa va a buscar a ROSA y le entrega la carta.)


ALEJO (Pensativo.)
¿Se va?


LEONOR
Me acaban de dar
esta carta para ti.


ROSA
¿Es la de hoy?


LEONOR
Creo que sí.
Tú verás.

(ROSA lee con agitación creciente y por fin se echa a llorar con silenciosa desesperación. LEONOR vuelve triunfante al lado de ALEJO, que se dispone a marcharse.)

¿Nos va a dejar?,
¿tan pronto?


ALEJO (Se acerca a dar la mano a DON PEDRO.)
Vendré mañana,
a conocer mi sentencia.


DON PEDRO
Ya la oirá: tenga paciencia.


(PASCUAL sale en este momento por el fondo, izquierda, y al ver la aflicción de ROSA, se precipita hacia el grupo lanzando un grito de cólera.)

PASCUAL
¿Leonor, qué has hecho a tu hermana?


Escena 14: Don Pedro, Leonor, Alejo, Rosa y Pascual después, Manuel

ALEJO
(Bien dije.)


DON PEDRO (Corriendo al lado de su hija.)
¿Qué tienes?


ROSA (Sollozando y conteniéndose.)
Nada.


PASCUAL
¿Por qué llora? ¿Por qué está
de ese modo?


LEONOR (Con altivez.)
Ella sabrá...
¿qué me importa?


PASCUAL
¡Desalmada!
¿No te ha bastado humillarla?
¿Por qué razón la atormentas?


LEONOR
No tengo que darte cuentas
de nada.
(Le vuelve la espalda.)


ALEJO (Caviloso.)
(Hermana... y negarla...)


PASCUAL
Rosa llora por tu culpa,
bien lo sé, veo tu mano...
¡Ah! ¡Leonor!
(Va al lado de ROSA.)

ROSA (Se enjuga los ojos.)
Déjala, hermano,
su situación la disculpa.
Yo no quiero que por mí
sufra nadie.


(MANUEL sale por el fondo izquierda y se une a PASCUAL.)

LEONOR (A ALEJO.)
Ya lo ve;
me acusan... ni sé por qué...
siempre me tratan así.
Si Dios lo quiere algún día
sabrá usted, hay cosas tales...
no todas somos iguales...
(Viendo que ALEJO va a marcharse.)
No se vaya todavía.
Me han culpado, y necesito
sincerarme. Es que esta hermana...


PASCUAL (Violentamente.)
La nombra de mala gana,
la oculta como un delito.
Es porque tiene la calma
de pensar, para querer,
y esta pobre, sin saber,
amó a un hombre, y le dio el alma.
Si aquel hombre fue un villano,
si no supo merecerla,
y sólo para perderla
mintió amor y juró en vano,
de la infame seducción
que manchó su vida entera,
ella ha salvado siquiera
la honradez del corazón.
(MATEA sale de la cocina con una pila de platos, ya limpios, y entra con ellos en la casa por la puerta del fondo.)
Ya le he dicho lo bastante;
haga lo que le parezca.
No creo que usted merezca
sacrificio semejante.
Pero es mi deber: me cuesta
cumplirlo, mas no me arredro.


ALEJO (Con afectación.)
Mañana, señor don Pedro,
volveré por su respuesta.
(A PASCUAL.)
Su opinión es muy injusta:
se lo pruebo de este modo.


LEONOR
¡Gracias!
(Le estrecha la mano con efusión.)


ALEJO (Después de saludar a todos, se dirige a la derecha.)
(Con historia y todo
lo que es la Rosa me gusta.)
(Se vuelve una vez más para mirar a Rosa, y vase.)


ESCENA 15: Don Pedro, Leonor, Rosa, Pascual y Manuel

LEONOR (Con sorda cólera.)
(¡Ella siempre! ¡Qué destino
el mío!)
(A Rosa, con ironía.)
¿Te has enterado?


ROSA
Por Dios, Leonor, yo no he dado
motivo...


LEONOR (Con dureza.)
Es un desatino
que piense la que se aparta
una vez de su deber,
que ya no ha de obedecer
al que le escribe esa carta.
(Vase con orgulloso ademán por la puerta del fondo.)


Escena 16: Don Pedro, Rosa, Pascual y Manuel

PASCUAL (Aturdido.)
¡La carta!


MANUEL
¡No le decía!


ROSA (Tendiéndole la carta a PASCUAL.)
¡Mirá cuánta es mi desgracia,
y a dónde llega la audacia
de ese hombre!


PASCUAL (Que ha leído.)
¡Es mucha osadía!
¡Si es mentira! ¡Si no tiene
ni la sombra de un derecho!
¿No le basta lo que ha hecho
el infame? ¿por qué viene?
Oiga, padre: y tú Manuel,
tú también que la has salvado;
oigan esto, lo que ha osado
escribir, que es digno de él.

(Se pone a leer a trozos la carta, temblando de indignación.)

"Eres mía, mía para siempre. Aunque quisieras, no podrías nunca dejar de pertenecerme. En un momento de locura te abandoné, acosado por mi familia. Hoy conozco que no puedo vivir sin ti; te necesito y te quiero. Lo pasado me da sobre ti todos los derechos; esos lazos no se rompen. En la primera ocasión propicia, iré a buscarte. Oirás mi señal, la misma de antes: tres toques de mi silbato. Puedes salir confiada: te esperaré con un caballo."

(Con exaltación estrujando la carta.)
¡Con qué insolente desprecio
habla aquí!
Quiere que Rosa
le siga, ¿no oyen? ¡Es cosa
de reír? Su orgullo necio
sin duda lo ha enloquecido.
¿No viene el vil seductor
a buscar como un señor
a la esclava que ha perdido?
Sólo de pensarlo, siento
que toda mi sangre sube
como espesa y roja nube
a nublarme el pensamiento.
Y al fin llegará a cegarme,
y como él de deshonrar,
seré capaz de matar...
¡de matar o de matarme!


DON PEDRO
Hijo, cálmate: ¿es razón
que él lo diga?


ROSA
No, Pascual,
ese cariño fatal
ha muerto en mi corazón.
Déjalo; que se convenza
y se vaya. ¡Yo a su lado
otra vez! No me ha quedado
de ese amor sino vergüenza.
Que venga, padre, que intente
arrancarme de sus brazos...
(Se abraza a DON PEDRO con exaltación.)
(A PASCUAL.)
Devuélvele hecha pedazos
su carta, por insolente.


DON PEDRO
Sí, Rosa, nadie podrá
separarte ya de mí,


PASCUAL
El que la trajo hasta aquí
la respuesta llevará.
(Se acerca a la izquierda y llama.)
¡Ciriaco!


MANUEL
Bien merecido
lo tiene.


(Sale CIRIACO por la izquierda de la cocina.)

Escena 17: Don Pedro, Rosa, Pascual, Manuel y Ciriaco

PASCUAL
Ya no hay paciencia...
(A CIRIACO.)
¿Ves esto?, ¿con qué licencia
a mi casa lo has traído?


CIRIACO (Con rabia, buscando la mirada de MANUEL.)
¿Ya le han soplao?


MANUEL
No me escondo,
yo he sido.


PASCUAL
Pues que te atreves
a tanto, justo es que lleves
la respuesta. Así respondo.
(Rompe la carta, arroja al suelo los fragmentos, los pisotea. En seguida le señala la derecha.)
¡Y ahora a la calle!


CIRIACO (Retobado.)
¿Quién?
¿Yo?


PASCUAL
¡Sal!


CIRIACO
¿Me echarán por algo?


PASCUAL
Sal, te he dicho.


CIRIACO (Mirando a MANUEL.)
Si yo salgo,
tienen que echarlo a él también.


PASCUAL
¿Quieres que de otra manera
te lo diga?


CIRIACO
Yo no soy
menos que él; y si me voy
ha de ser...


PASCUAL
¡Canalla! ¡afuera!


(Avanza hacia él amenazador, y se le pone delante, cruzándose de brazos. CIRIACO retrocede, echando sigilosamente mano al mango del cuchillo: DON PEDRO y ROSA se acercan vivamente con inquietud.)

DON PEDRO
Hijo...


ROSA
¡Por Dios!


PASCUAL (Sin levantar la voz)
¿Te has creído,
Juan Moreira de cartón,
que un hombre de corazón
retrocede ante un bandido?
Déjate de compadradas,
y vete, que de otro modo,
harás, con cuchillo y todo
que te saque a bofetadas.


CIRIACO (Con un relámpago de ira.)
¿A mí?


PASCUAL
Por vil, por borracho,
por vago, vas a la calle.


CIRIACO (Encogiéndose, dominado y cobarde.)
Por cuentos, diga.

(Retrocede nuevamente y se vuelve a MANUEL para desahogar su rabia.)

¡Que te halle
sin padrino, y verás, guacho!


MANUEL
Podría verse.


(Con sombría calma, avanza un paso hacia CIRIACO. Este saca entonces resueltamente su cuchillo.)

ROSA
Manuel
no te expongas.


CIRIACO (Con rabia.)
Se ha de ir...
los dos hemos de salir,
y el primero ha de ser él.
Por chismoso y atrevido;
porque aquí donde lo ven,
éste que ni sabe a quién
le debe el haber nacido,
sin acordarse siquiera
de que falta a sus patrones,
anda en locas pretensiones
de que Rosita lo quiera.


(MANUEL mientras Ciriaco habla, ha estado conteniéndose a duras penas, y no bien termina, salta sobre él, con un golpe violento sobre el brazo le hace saltar el cuchillo, y luego, después de una corta lucha, le echa ambas manos al cuello para ahogarle.)

MANUEL
¡Ah! ¡canalla! ¡tu insolencia
no la pagas con mil vidas!


PASCUAL (Con severidad y energía.)
Manuel ¿qué es eso? ¿te olvidas
que estás en nuestra presencia?


MANUEL
¡Déjenme! la culpa es de él.


DON PEDRO
Pascual, impide...


MANUEL
No, no;
déjenme.


ROSA
¡Dios mío! yo
te lo pido; yo, Manuel.
Si me quieres, si es verdad
lo que ha dicho, hazlo por mí,
perdónalo.


MANUEL (Ablandado de súbito.)
Bueno... sí; por usté.
(Lo suelta y le da un empellón.)
¡Anda, ruindad!

(CIRIACO retrocede tambaleando, y no pudiendo hablar, hace una cruz con los dedos y la besa, como si hiciera juramento mudo de vengarse. Luego se va por la derecha.)

Si aquí no dejas el cuero,
si hoy otra vez has nacido,
será porque te han pedido,
o será... porque yo quiero.
Pero es triste compadrear
para ponerse amarillo,
y andar sacando el cuchillo
para hacérselo quitar.


(Vase, desdeñoso y altivo, por el fondo izquierda, en el momento en que aparecen, por la derecha el abuelo, CARLOS y ELIAS, y por el fondo MATEA, que acuden sorprendidos a ver lo que ocurre.)

Telón.











Acto tercero

La misma decoración del acto primero. Es de noche, y hay sobre una mesa una lámpara encendida. En un rincón del fondo, a la izquierda y apoyada en el muro, se encuentra la escopeta indicada en el primer acto. La puerta y la ventana del fondo están cerradas. Cuando se abren, vese el exterior iluminado vivamente por la luz de la luna.

Escena 1: Pascual y Don Lorenzo

(El primero, de pie y meditabundo, en medio de la escena; el segundo, sentado a la derecha y luchando con el sueño.)

DON LORENZO
¡Tengo un sueño! No está el vieco
para estos negocios. Tanto
van a hacer, si no se apuran,
que me van a hallar roncando
en la silla. Pascualín,
¿qué horas serán?


PASCUAL
Es temprano
todavía, son las nueve
más o menos.


DON LORENZO
En el campo,
a las nueve es media noche.
¿Qué harán esos condenados,
que no vuelven? Los caminos
están buenos; los caballos
que llevan, no son tan lerdos,
y con la luna, está claro
como de día... Yo haría
el viaque de aquí a Belgrano
con el carito y el moro,
en media hora...
(Observando que PASCUAL no le atiende.)
Mochacho,
¿te estás durmiendo también?
pues hay que aguantar, ¡qué diablo!


PASCUAL
¡No es sueño lo que yo tengo,
abuelo, es que estoy pensando
en tantas cosas!


DON LORENZO
¿Qué vas
a remediar para el caso
con esas cavilaciones?
Lo mecor es poner ancho
el lomo a la mala suerte,
y no pensar y decarlos.


PASCUAL
Qué quiere, ¡abuelo! no puedo.
No está en mí... ¡Si no me acabo
de convencer todavía
que ese hombre vil de tan bajos
procederes, puede entrar
en mi familia, y tengamos
que sufrirle el parentesco
sin derecho de negarlo!
Y sin embargo, ya ese hombre
no es en mi casa un extraño,
y a estas horas ya Leonor
sin duda se habrá casado.


DON LORENZO
A eso ha ido, y a menos
de suceder un milagro,
nadie sabría impedirlo.


PASCUAL
Usted lo ha visto; he luchado
hasta el último momento
por salvarla: ha sido en vano.
Ella misma se castiga
con ese hombre, y pronto acaso
la traerán aquí llorosa
pesares v desengaños.
Pero si bien el castigo
es justo y es necesario,
por tanto que nos ha hecho
sufrir a todos, hay algo
dentro de mí, que me duele
cuando la veo buscando
su desgracia, y en el fondo
de mis recuerdos lejanos,
miro marchar en silencio
tras el surco del arado
a mi noble y santa madre
con Leonor entre los brazos,
arrojando la semilla,
que era el pan de mis hermanos.


DON LORENZO
¡Eh! bastante se lo has dicho:
si le sucede algo malo,
de nadie será la culpa:
ella se lo habrá buscado.
¡Ay, Pascualín, pica fuerte
el amor a los treinta años!


(Sale MANUEL por el fondo.)

Escena 2: Pascual, Don Lorenzo y Manuel

PASCUAL
¿Vienen ya?


MANUEL
Me ha parecido.
Allá por atrás del tambo
se divisan unas luces;
han de ser ellos.


PASCUAL
Lo raro
sería que fuesen otros,
porque coches no hay cuidado
que se vean por aquí
a estas horas. Pronto vamos
a saberlo. No se duerma,
abuelo; dentro de un rato
estarán en casa. ¿Me oye?
(Observando que DON LORENZO no les escucha.)
No se duerma.


DON LORENZO
Ni pensarlo;
¡qué me he de dormir!


(Se acomoda en su silla, y se va amodorrando hasta que el sueño le vence. Un momento de silencio durante el cual MANUEL, indeciso y preocupado mira a PASCUAL como si quisiera decirle algo.)

PASCUAL
Si quieres
hablar conmigo...
(Le lleva a la izquierda.)
He notado
desde que entraste...


MANUEL
Es verdad,
don Pascual; venía a hablarlo.


(Con misterio, indicando con el gesto al abuelo.)

PASCUAL
No te oirá: no tengas miedo
por él. Como está cansado,
y es tan viejo, se ha dormido
el pobre... Puedes hablar.


MANUEL
Pues vea, sucede un caso
particular: a los perros
alguno les ha dao algo
con mala intención.


PASCUAL
¿Aquí?


MANUEL
Si no están envenenaos,
no sé qué le diga. El cuento
es que ahí están largo a largo,
tendidos en la tranquera,
y en las últimas. Temprano,
esta tarde, le aseguro,
no tenían nada extraño,
y cuando entraron los coches,
estaban buenos y sanos.
Si han comido algún veneno,
ha sido esta noche.


PASCUAL (Caviloso.)
Es raro.
¿Y no has visto si andaba alguien?


MANUEL
No, señor; y lo que es rastros,
no hay ninguno. Pero vea,
aquí en esto anda una mano
que para mí no se esconde,
por más que haga.


PASCUAL
¿Y quién?


MANUEL
Ciriaco.
El solamente ha podido
arrimarse sin cuidado
de que le ladren los perros.
Y para hacer este daño
y usar de esta cobardía,
se necesita ser malo
como él y sinvergüenza,
como él.


PASCUAL
O estar borracho.
Porque esa crueldad no tiene
objeto.


MANUEL
Como lo echaron,
habrá querido vengarse
en los perros.


PASCUAL
O sacarlos
del medio, ¿no te parece?


MANUEL
En eso estaba pensando.
Puede ser que le estorbasen
a alguno, y le habrán pagado
para que limpie el camino.
El que se vende sin asco
a cualquiera, por diez pesos,
y anda trayendo y llevando,
es capaz de cualquier cosa.


PASCUAL
Es verdad; y en ese caso,
¿quién más que aquel miserable
se lo puede haber mandado?
¿Quién más que él con el propósito
de entrar en casa, y robarnos
a Rosa?


MANUEL (Sombrío.)
¡Que Dios lo libre!


PASCUAL
Tal vez ahora el malvado
no está lejos de nosotros;
¡tal vez nos esté acechando,
seguro de que le basta
presentarse y ordenarlo,
para que Rosa lo siga,
como sigue el perro a su amo!
(Se pasea nervioso y airado.)
¡Es tan audaz! ¡A tal punto
ciega el orgullo insensato
a esos tenorios de oficio
que no han sido castigados!
Yo no olvido: no se borran
así no más el escarnio
y el insulto... lo que ha dicho
lo recuerdo, y se lo guardo.


(Oyese dentro, en el fondo, el ruido de los coches que llegan. ROSA viene enseguida por la izquierda.)

Escena 3: Pascual, Don Lorenzo, Manuel y Rosa

ROSA
Ahí están. ¡Pobre abuelito!
(Se acerca a él y lo toca.)


DON LORENZO (Despertando con sobresalto.)
¡Eh! ¿qué es eso? Me he quedado
dormido. Lo que es ser vieco,
¡Sacramento! Hace diez años
todavía era yo otro hombre...
¡Las noches que me he pasado
espiando al negro Aniceto!
¿Se acuerdan? Aquel bellaco
que lo único que hacía
era cuidar el caballo,
y que me robaba siempre
para abastecer el rancho,
primero, porque era gringo,
y después porque era blanco.
¡Sacramento!


(Salen por el fondo DON PEDRO y los recién casados; y detrás de ellos ELIAS y CARLOS. MANUEL se retira al fondo, y se queda meditabundo.)

Escena 4: Pascual, Don Lorenzo, Rosa, Manuel, Don Pedro, Alejo, Leonor, Elías y Carlos

LEONOR (Al salir, esquivando a ROSA, que se dirige a ella.)
No se aflijan
por nosotros, que nos vamos
enseguida.


ROSA
(¡Siempre mala!)
(Se retira tristemente hacia la izquierda.)


DON PEDRO
Yo hasta aquí los acompaño.


ELIAS
Sí, sí, nosotros iremos
hasta el chalet.


CARLOS
No hay cuidado
por eso, claro.


DON PEDRO
Y después ¿cómo vuelven?


ELIAS
Está a un paso:
en cualquiera de los coches.


CARLOS
Con ofrecerle un habano
al cochero...


DON LORENZO
Yo no iría.
Que se vayan por su lado
ellos. Meterse entre novios
no conviene.


PASCUAL (Con intención.)
En este caso
tal vez les convenga, abuelo.
que da más sombra... o más fruta;
y hay algunos tan cargados
que con sólo abrir la boca
la reparten de regalo...
cuando no llegan primero,
y se la comen los pájaros,
que como pájaros suelen
ganar a muchos de mano.
(Se aproxima a MANUEL, y le habla aparte.)


LEONOR (Bajo a ALEJO.)
Ya empiezan las groserías;
vámonos.


ALEJO (Caviloso.)
(¡Si habrá otro gato!)


MANUEL
Me voy a dar una vuelta:
(Aparte a PASCUAL.)
esta noche no descanso
hasta saber...


PASCUAL (Bajo.)
Y me avisas
enseguida: aquí te aguardo.
(¡Si fuera!...)


LEONOR
Vámonos. Pobre
abuelito...


(Se dirige a ellos para despedirse, MANUEL vase por el fondo, cerrando tras sí la puerta.)

Escena 5: Pascual, Don Lorenzo, Rosa, Don Pedro, Alejo, Leonor, Elías y Carlos

PASCUAL (Interponiéndose vivamente.)
Los abrazos
vendrán luego. Por lo pronto,
y como hemos de encontrarnos
muy pocas veces después
de esta noche, es necesario
que hablemos de ciertas cosas,
como conviene, a cuñados
(Acentuando.)
que resuelven sus cuestiones
de interés:
(A ALEJO, con rudeza.)
Voy a ser franco
con usted.


LEONOR
No es el momento,
me parece; y si has pensado
herirnos...


PASCUAL
No te acalores;
no hay motivo para tanto.
Las cuestiones de familia
se discuten sin escándalo,
con mucha calma y prudencia.
(Mira a la izquierda, inquieto.)
Rosita, hay luz en tu cuarto,
y algo podría quemarse
con el viento que está entrando.


ROSA
Ay, es verdad; me he venido
apurada y no he cerrado
la ventana.


PASCUAL (Ceñudo.)
¿Y quién la ha abierto?


ROSA (Con sencillez.)
Yo, para mirar al patio.


(Vase por la izquierda. PASCUAL la sigue con la mirada, y luego se encara con ALEJO.)

Escena 6: Pascual, Don Lorenzo, Don Pedro, Alejo, Leonor, Elías y Carlos

PASCUAL
Creo cumplir un deber
poniendo en claro este asunto
el llanto sobre el difunto,
dicen, y así debe ser.
Son siempre muy enojosas
las cuestiones de dinero,
porque el amor verdadero
no se ocupa de estas cosas,
y al casarse con Leonor,
de fijo usted no lo ha hecho
para invocar un derecho
reñido con el amor.
Pero, como hay por ahí
malas lenguas que sostienen
lo contrario...


LEONOR
¿Y a qué vienen
tus historias?


ALEJO
¡Oh!, por mí...


PASCUAL
Muchas veces de un detalle
depende toda la vida,
y ante la duda sentida
no es justo que yo me calle.
Según dicen, es la herencia
de mi madre...


ALEJO
Yo protesto...


LEONOR
¿Y para que oigamos esto
nos detienes? ¡Qué insolencia!


PASCUAL
Leonor, tienes que excusarme:
será insolencia, o capricho,
pero hay dudas, ya lo he dicho,
y no soy hombre de andarme
con rodeos...


LEONOR
Lo que ganas
es hacerte despreciar.


PASCUAL
Ni de dejarme embaucar
por dar gusto a mis hermanas.
¿Qué le importa, al fin de todo
(Con creciente ironía.)
a él que tiene intenciones
tan puras? Si hay corazones
que se agitan en el lodo,
que han hecho de la codicia
el imán de sus deseos,
y sienten, como los reos,
el miedo de la justicia
otros hay envanecidos
de su nobleza y valor,
que no tienen más temor
que el de no ser comprendidos.
El suyo ¿es de los primeros,
o de los últimos? Vamos
a saberlo.


LEONOR
Es que no estamos
para oír...
(Se retira impaciente hacia el fondo.)


PASCUAL
Los chacareros,
gente positiva y ruda,
y curada de escarmientos,
no usamos de cumplimientos
cuando nos pincha una duda.


ALEJO
Pero esa duda no debe
existir... Yo me he casado
por amor, y nunca he dado
motivo.


PASCUAL
Cuando lo pruebe,
lo creeré. Será muy puro
su cariño, muy honrado,
pero yo soy desconfiado,
y deseo estar seguro.


ELIAS
Tiempo sobra: ya tendrás
ocasión...


CARLOS
Claro: no puedes
ahora...


PASCUAL
No es con ustedes;
es por él. Por lo demás,
es un caso de conciencia
para mí.


LEONOR (Nerviosa.)
Pero, ¿hasta cuándo?...


PASCUAL
Calma, ya vamos llegando,
al final: tengan paciencia.


(Una pausa. ROSA vuelve a salir por la izquierda y se queda escuchando junto a la puerta.)

Escena 7: Pascual, Don Lorenzo, Don Pedro, Alejo, Leonor, Elías, Carlos y Rosa

PASCUAL (A ALEJO.)
La primera reja de arado,
que removió estos terrenos,
que hoy son nuestros y no ajenos,
porque Dios nos ha ayudado,
la dio él, la dio este anciano
(Por DON LORENZO.)
que aún nos conserva el cielo:
él hizo fecundo suelo,
abrió el surco, y echó el grano.
Por su trabajo tenaz,
por su esfuerzo infatigable,
tuvo el hogar miserable,
contento, abundacia y paz.


LEONOR (Aproximándose otra vez.)
Será muy lindo tu cuento
pero ahora, ¿quién soporta?


CARLOS
Es claro.


LEONOR
A nadie le importa.


DON LORENZO (Inquietándose.)
Es que es verdad, ¡Sacramento!


PASCUAL
Cuando mi padre compró
la tierra, su eterno sueño,
y pudo llamarse dueño
de la casa en que nació,
hizo de aquella memoria,
y por cariño y respeto,
cumplió el anhelo secreto,
de mi madre que esté en gloria.


DON LORENZO
Era una santa muquer,
y me quería, y en fin,
hicos, no hay más, que Pedrín...
Le hice el gusto, ¿qué iba a hacer?


DON PEDRO (Abstraído hasta entonces, ha ido interesándose poco a poco en lo que se habla.)
La pobre tuvo el consuelo
de verlo.


PASCUAL
Y tan es así,
que esta chacra, y todo aquí,
está a nombre del abuelo.


ELIAS (Sin poder contenerse.)
No puede ser.


CARLOS (Lo mismo)
Claro.


DON LORENZO
Cómo
que no puede ¡Sacramento!


CARLOS
Se me ha cortado el aliento,
(Bajo a ELIAS.)
¿y a ti?


ELIAS (Lo mismo.)
Tengamos aplomo.


PASCUAL (A ALEJO, que está cabizbajo.)
No vendrá a nuestro poder
la chacra por consiguiente,
sino en el orden siguiente
cuando llegue a suceder:
tiene que morir primero
nuestro abuelo el propietario,
y después es necesario
que se muera su heredero.
Es cosa de echarse atrás
el más heroico pariente
porque usted ve, tanta gente
no se muere así no más.


ALEJO
(¡Y para esto me he casado!)


LEONOR
¡Esa es otra grosería
como tuya!


PASCUAL (Con sorna.)
Se diría
que el cuento no le ha gustado.


DON LORENZO
No es cuento: yo la firmé
la compra.


PASCUAL
Leonor no tiene
nada. Conque, si usted viene
por herencias, échele
un galgo al caudal soñado,
y resígnese, y no olvide
la lección.


LEONOR
El nada pide,
nada, ¿qué te has figurado?
El tiene más corazón
que tú, y piensa de otro modo,
¿entiendes? y, sobre todo,
tiene más educación.
Pero al fin llega un momento
en que el mejor educado
no se calla...


CARLOS
(¡Me han fumado!)


LEONOR
Y vas a quedar contento,
Vas a oír. Háblale, Alejo,
como él lo merece, claro
y sin vueltas; ya el reparo
es inútil.


ELIAS
(¡Y que el viejo nos embrome!...)


(El y CARLOS se han separado del grupo, y se mantienen cavilosos en el fondo. ALEJO mira al suelo y medita.)

LEONOR (A ALEJO.)
¡Dile!


ALEJO (Levantando la cabeza con disgusto.)
¿Yo?
¿para qué?


LEONOR
Soy tu mujer...
Hazle sentir, hazle ver
que sólo el cariño...


ALEJO (Con desaliento.)
No.
Sería indigno de mí
defender mis sentimientos...
(Ay, Señor, qué malos vientos
me trajeron por aquí!)
Que crea que piense mal;
mi conciencia...


PASCUAL
Tiene cara
de eso.


ALEJO
(¡Si al menos llevara
la otra!)
(Mirando de reojo a ROSA.)


LEONOR (Furiosa.)
Mira, Pascual,
si por propia dignidad
él no quiere defenderse,
porque sería ponerse
al nivel de tu ruindad,
yo te digo por los dos
que por grosero y por necio
sólo mereces desprecio.


DON PEDRO
¡Hija!


LEONOR
¡Pronto!, vámonos.
(Toma el brazo de ALEJO y le arrastra hacia el fondo, y ya en la puerta, se vuelve por última vez.)
Adiós, padre; adiós, abuelo;
será hasta que Dios lo quiera.
(Vase rápidamente con su marido.)


Escena 8: Pascual, Don Lorenzo, Don Pedro, Elías, Carlos y Rosa

ROSA
¡No me ha mirado siquiera,
qué mala!


PASCUAL
El va de duelo,
y ella... En fin, es el castigo;
no puede darse una pena
más dura que la cadena
que los dos llevan consigo.


DON PEDRO
¡Pobre mi hija!, ¡lo que tiene
que sufrir!


DON LORENZO
¡Eh! no hay que hacer...


PASCUAL (A ELIAS y CARLOS.)
¿Y ustedes? vamos a ver,
¿qué esperan?, ¿qué los detiene?
¿no van con ellos?


ELIAS
Sí, sí...
es que nos han aturdido
con la discusión.


PASCUAL
¿O ha sido
el desengaño?


CARLOS
Por mí...
¡qué ocurrencia!, ni que fuera
uno...


ELIAS (Disgustado.)
Deja. Vamos, Carlos,
tenemos que acompañarlos.


CARLOS
Claro: por cumplir siquiera.


(Se dirigen al fondo tristemente.)

PASCUAL (Yendo tras ellos.)
Tengo que advertirles esto
a los dos: desde mañana,
aquí cada cual se gana
la vida; yo lo he dispuesto.
Y espero que no lo tomen
a mal, es bueno que acaben
las holganzas. Ya lo saben:
si no trabajan, no comen.


(Vuelve a su sitio. DON PEDRO y DON LORENZO contemplan la escena suspirando. CARLOS y ELIAS se van por el fondo discutiendo entre sí con grandes ademanes de indignación y protesta.)

Escena 9: Pascual, Don Lorenzo, Don Pedro y Rosa

DON LORENZO
Lo merecen, sí.


PASCUAL
Muy caro
les va a costar lo que han hecho.


DON PEDRO
¡Bien lo sienten!


ELIAS (Dentro, gritando.)
No hay derecho.


CARLOS (Lo mismo.)
Es claro.


ELIAS (Lo mismo.)
¡El no manda!


CARLOS (Lo mismo.)
¡Claro!


DON PEDRO (Con inquietud.)
¿Qué dicen?


PASCUAL
Van disputando...
el golpe ha sido tremendo.
(Con súbito abatimiento.)
Padre, yo me estoy riendo,
y debiera estar llorando.
Esto ya no tiene vuelta;
todo lo que hoy ha pasado,
es el hogar destrozado,
es la familia disuelta.
¡Cómo ha de ser!
(Oyese el ruido de los coches que parten. DON PEDRO se enjuga los ojos en silencio. ROSA corre a la ventana y la entreabre para verlos.)
Bueno, ahora
a descansar: es preciso.


DON LORENZO
Pues, hico, con tu permiso,
voy a dormir.


PASCUAL (Observando a su padre.)
¿Por qué llora?
Nos queda la más querida,
Rosa, que es nuestro consuelo.


DON PEDRO
¡Es verdad!


PASCUAL
Vayan, abuelo,
vayan que yo iré en seguida.


(Vanse DON LORENZO y DON PEDRO por la derecha.)

Escena 10: Pascual y Rosa

PASCUAL
Rosa, cierra esa ventana,
y escúchame.
(ROSA obedece.)
No es la hora
muy a propósito, pero
¿qué quieres?


ROSA
Tiempo me sobra
para dormir; habla.


PASCUAL
El caso
es que para hablarte a solas,
no he tenido hoy un momento
con los lances de la boda.
Quiero soltar de una vez
este peso que me ahoga.


ROSA
Habla, Pascual.


PASCUAL
Hoy es día,
para mí, de ver las cosas,
como las ve el pensamiento
que está lleno de zozobras.
Tal vez te ofendan mis dudas,
pero ante mí se amontonan
tantas visiones sombrías
y sufro penas tan hondas,
que bien pueden disculparse
las sospechas que me acosan.


ROSA
¡Sospechas!, ¿de quién?, ¿de mí?


PASCUAL
De ti, sí, Rosa, y perdona
si hiero tus sentimientos
y te hago sufrir.


ROSA
No importa,
dime lo que quieras.


PASCUAL
¿Nada
me ocultarás?


ROSA
Nada: ahora
menos que nunca.


PASCUAL
Pues bien:
¿por qué de una vez no arrojas
de tu alma, esa tristeza
incesante que te agobia?
Cuando en la casa te miro
vagando como una sombra,
siempre humilde y resignada,
solitaria y silenciosa,
sin que pueda remediarlo
me asaltan ideas locas.
Me figuro que el pasado
se levanta en tu memoria,
que suspiras por la ausencia
del autor de tu deshonra.
(Exaltándose.)
que lo quieres todavía...
que no es cierto que esté rota
la cadena que te ataba
al infame... ¡que aún lloras
por él, y que si viniera,
irías como una tonta
a vivir envilecida
otra vez!


ROSA (Con energía.)
¡No! Te equivocas.
Eso que piensas de mí,
no es verdad. La pobre Rosa
de otros días, la ignorante,
la inocente soñadora,
ésa, Pascual, ya no existe;
no lo creas, no estoy loca.
Yo no puedo amar a ese hombre,
que ha destruído una tras otra
mis ilusiones de niña
con su vida licenciosa
para abandonarme luego
como un juguete que estorba.
Sería ya no tener
vergüenza. Lo que desdora,
lo que afrenta, no se olvida
jamás, por lo que abochorna,
pero una cosa es la mancha
de infamia, que no se borra,
y otra cosa es el amor,
que muere cuando se enloda.


PASCUAL
Y entonces, ¿por qué estás triste?
¿por qué en silencio te gozas
en sufrir? ¿por qué no vences
esa pena que devora
tu juventud? Con veinte años,
como tú, no se abandona
una mujer, ni se entrega
al desaliento. Las hojas
que caen del árbol marchitas,
cuando la helada las toca,
sobre la rama desnuda,
cada año de nuevo brotan.
¿Por qué el corazón sería
menos que el árbol? Por honda
que sea la herida abierta,
el corazón no se agota,
y surge tarde o temprano
la vida de que rebosa,
y un nuevo amor se levanta
con fuerza avasalladora,
y otra ilusión tiende al viento
sus alas de mariposa.
Si no te liga al pasado
nada ya, ¿por qué te inmolas?


ROSA
Padecer es mi destino;
¿qué quieres que te responda?
Fui mala, y estoy pagando
mi deuda.


PASCUAL
Mi pobre Rosa,
con sacrificios inútiles
la vida no se conforma.
Tú puedes ser todavía
feliz, llamarte la esposa
de un hombre honrado que tenga
ambición para ti sola.
Alguien hay cerca de ti
que otra dicha no ambiciona...
Manuel te quiere.


ROSA (Con un estremecimiento.)
¡Manuel!
(Una pausa; luego con tristeza y suspirando.)
Yo no puedo ser dichosa.


(MANUEL empuja la puerta del fondo y sale a la escena. ROSA se retira a la izquierda.)

Escena 11: Pascual, Rosa y Manuel

PASCUAL (Saliéndole al encuentro.)
¿Nada has visto?


MANUEL
No, señor.
(Mirando a ROSA con inquietud.)
Pero me han dicho...


PASCUAL
No importa
que ella lo sepa.


MANUEL
Me han dicho
los cocheros, una cosa
que me ha dejao cavilando.
Allá en el bajo, ande dobla
el camino, y junto a un cerco
muy tupido que hace sombra,
han visto un coche parao
y sin luces. Con la historia
del apuro que tenían
por llegar, pusieron poca
atención; pero uno de ellos
alcanzó a ver dos personas
que corriendo se escondían
atrás del coche.


PASCUAL
¿Oyes, Rosa?


ROSA
Sí, Pascual.


PASCUAL
¿Y si viniera?


ROSA
¿Quién?


PASCUAL
Ese hombre. Acaso forja
mi imaginación peligros
que no existen, pero ¿ignoras
lo que pasa?


ROSA
No sé nada.


PASCUAL
Una mano misteriosa
ha envenenado los perros
esta noche. Los que roban,
los que asaltan se abren paso
suprimiendo lo que estorba.
¿Quién nos dice que él no ha sido?
¿que esta maldad no es la obra
de la traición que prepara
su camino? Esta es la hora
de la soledad tranquila
en que los cuerpos reposan
fatigados del trabajo
que ha empezado con la aurora.
¿Qué mejor para sorpresas?
No hay nada que se le oponga;
los pobres perros no pueden
dar la alarma acusadora.


MANUEL
Es la verdad: bien pudiera...


PASCUAL
Además, cree que estás pronta
a seguirle, si él lo manda
y que le basta y le sobra
con querer, para imponerte,
su voluntad caprichosa.


ROSA (Estremecida.)
¡Oh! si viniera...


PASCUAL
Ya ves
que es posible. A mí me toca
velar a todos el sueño:
tú velarás por la honra.
(Se dirige a la derecha. ROSA le detiene.)


ROSA
Pascual, ¿dudas todavía,
no es verdad? Por la memoria
de mi madre, te lo juro;
si ese hombre viene, si logra
llegar hasta mí y no tengo
a nadie que me socorra,
tendrá que llevarme muerta;
viva, ¡nunca! ¡ni a la gloria!
¿Y sabes por qué, Pascual?
Porque hay un abismo ahora
entre él y yo; porque he dado
a otro amor el alma toda,
y sería muy infame,
o tendría que estar loca,
si al amor que regenera
prefiriese el que deshonra.


PASCUAL (Con alegría.)
¿Quieres a otro? ¿me has dicho
que quieres a otro, Rosa?


ROSA (Resueltamente.)
Sí, Pascual.


PASCUAL
¿A Manuel?


ROSA
Sí.


PASCUAL
¡Gracias a Dios! Eso borra
de mi espíritu angustiado
la última duda. No invoca
el recuerdo de una madre,
ni se ampara con su sombra,
sino un amor noble y puro.
La elección que has hecho colma
mis esperanzas. Que venga
ese hombre. Te dejo sola
con Manuel. No hay en el mundo
otro hombre, que yo conozca,
más digno de ti; y el hielo
es preciso que se rompa.


(Vase por la derecha. ROSA y MANUEL turbados e inquietos, se mantienen lejos el uno del otro, sin atreverse a mirarse.)

Escena 12: Rosa y Manuel

MANUEL (Con timidez.)
¿Es verdad?


ROSA
Ya lo has oído.
Yo no sé con qué derecho
puedo amar... pero en mi pecho
un nuevo amor ha nacido.
(Se van aproximando el uno al otro.)
Mi corazón no ha podido
callar más, ¿y a qué ocultarlo?
No es delito confesarlo,
y tengo, en caso de serlo,
a ti para comprenderlo,
y a Dios para perdonarlo.


MANUEL
¿Usté... me quiere?


ROSA
Aquel día
que a mi padre me trajiste,
y vi en tu mirada triste
la pena que yo sentía,
te entraste en el alma mía
tan de golpe, que olvidada
de mi desdicha pasada,
llegué a creer que en el camino
la sombra de mi destino
se iba quedando borrada.
Desde entonces he vivido
llorando el mal sin remedio,
que no nos deja otro medio,
que la ausencia y el olvido,
para salvar redimido,
y puro y digno siquiera,
este amor que nada espera,
y a nada puede aspirar,
como no sea a llenar
de ilusión la vida entera.
Muy tarde se ha revelado,
por desgracia, tu cariño.


MANUEL
Yo la quise desde niño...
(Trémulo de emoción.)
¡siempre! ¡siempre!


ROSA
¡Y lo has callado!
Tu amor me hubiera salvado,
como el otro me ha perdido,
que el amor que no hace el nido
mirando al hogar paterno,
sólo deja llanto eterno
cuando se ha desvanecido.


MANUEL
Me callé, porque tenía
miedo de espantar mi sueño;
yo no podía ser dueño
de prenda de su valía.
En sueños, la fantasía
se sube al cielo, y lo toca;
pero la esperanza loca
que siente su presunción,
no sale del corazón
para asomarse a la boca.
¿Qué era yo, pobre ignorante,
sin familia ni apellido
para aspirar, atrevido,
a su cariño de amante?
La miraba tan distante
de mi pasión desdichada,
que no podía hallar nada,
en mis ansias de ternura,
que me subiese a la altura
donde estaba colocada.
Después... ¡lo quiso la suerte!
con rabia de mi impotencia
lloré el dolor de la ausencia,
"¡Quiera Dios que no despierte!",
cada noche me decía,
y cuando apuntaba el día,
la luz me desesperaba,
porque la luz me alumbraba
el alma en que usted vivía.
Una y mil veces bendigo
su desgracia y mi tormento,
que han mezclado el sufrimiento
para juntarla conmigo.
Como a mi Dios se lo digo,
hoy que puedo merecerla:
yo nací para quererla,
para usté sola. Privao
de madre, tengo sobrao
corazón ande ponerla.


ROSA
¡Ay! ¡Manuel! Es que al hacerte
la confesión de este amor,
el sacrificio mayor
de todos voy a imponerte.
Eres hombre, y serás fuerte;
separémonos... ¿qué hacer?
Ni yo tuya puedo ser,
ni tú vivir a mi lado.


MANUEL
Eso es matarme.


ROSA
¿Has pensado
en lo que he sido hasta ayer?
Yo no soy de esas mujeres
que pueden honrar a un hombre.


MANUEL
Yo no tengo más que nombre.


ROSA
Yo he faltado a mis deberes.


MANUEL
Yo la quiero.


ROSA
Sí, me quieres,
y yo también, y es sagrada
nuestra pasión, pero nada
ni el poder del cielo mismo,
colmaría el hondo abismo
de mi existencia pasada.
Hoy amarnos ya no es más
que sentir la despedida:
te seré fiel por la vida,
pero tu mujer, jamás.
Lo he jurado. Tú te irás.
¿no es verdad?


MANUEL (Dolorosamente.)
Si usté dispone...


ROSA
El sacrificio se impone,
Manuel, no hay otro camino.
Sufrir es nuestro destino
y al destino ¿quién se opone?


MANUEL (Con ansiedad.)
¿Y no cambiará algún día
de parecer?


ROSA
¡Nunca! He dado
a tu amor, mi amor honrado,
lo que tengo todavía.
En tu hogar, yo no podría
entrar alzando la frente
como la esposa que siente
que es la reina consagrada;
entraría abochornada,
a escondidas de la gente.
¡Eso no! morir primero.
Yo puedo humillarme aquí
a solas, pero ante ti...
no Manuel, ¡nunca! no quiero.
Sería hundir por entero
esta ilusión de pureza,
que es la única belleza
que me queda.


MANUEL (Con pasión, luego con abatimiento.)
Siendo Rosa,
siempre la he de hallar hermosa,
como el sol de mi tristeza.
Si usted me falta en el mundo,
¿a quién pediré consuelo?
Si en este amor que es mi cielo
toda mi esperanza fundo,
si he de vivir moribundo,
lejos de mi bien querido,
¿ande iré solo y perdido,
llorando mi negra suerte,
que no me llame la muerte
para ofrecerme el olvido?...


(Oyese dentro, a lo lejos y en el fondo, tres toques de un pequeño silbato. ROSA y MANUEL sin darse cuenta de lo que ocurre se acercan instintivamente el uno al otro como al amago de un peligro. PASCUAL empuja con violencia la puerta de la derecha y sale a la escena airado y amenazante.)

Escena 13: Rosa, Manuel y Pascual

PASCUAL
¡Miserable! ¡es la señal!


(Se vuelve y cierra la puerta de la derecha.)

ROSA (Desesperada.)
¡Ay, ya lo había olvidado!


PASCUAL
Al fin Dios me lo ha entregado...
¡al fin!
(Corre al fondo y toma la escopeta.)


ROSA
¿Qué intentas Pascual?
(Quiere estorbarle el paso hacia el fondo; él la rechaza.)


PASCUAL
Nos va a pagar la traición.
Apaga esa luz, hermana.
(ROSA obedece temblando; la escena queda a oscuras.)
Manuel, abre esa ventana;
(MANUEL lo hace a medias.)
quiero ver bien al ladrón.
Más; abre más.

(MANUEL abre por completo la ventana. En el fondo solitario sólo se ven los sembrados iluminados de lleno por la luna.)

Alguien trata
de robar aquí; y al que entra
a robar, y se le encuentra
en lo ajeno, se le mata.


ROSA (Suplicante.)
Matar ¡no! cualquier castigo...


PASCUAL
Matar, sí, que es mi derecho.
¡Oh! lo que ese infame ha hecho...
(Oyese por segunda vez la señal.)
¿Oyes, Rosa? eso es contigo.


ROSA
¡Dios mío!


(Con las manos juntas y alzando los ojos al cielo. Un momento de silencio. Después aparece en el fondo saliendo con sigilo de los sembrados, un hombre correctamente vestido, con un gabán claro de verano, cuyo cuello levantado le oculta la mitad de la cara. Este hombre tiene en la mano un revólver, y avanza paso a paso hacia la ventana.)

PASCUAL
¡Ahora!
(Con salvaje júbilo levanta el arma.)
¡Señor,
que no me tiemble la mano!
¡Nunca he muerto a un ser humano...
pero es él... y es por mi honor!


(Va a apuntar, pero MANUEL se lo impide. Se lanza sobre él de un salto, y le empuja violentamente, después de arrebatarle la escopeta.)

MANUEL
¡Usted no, no debe ser!


PASCUAL (Fuera de sí.)
¡Maldición!


MANUEL
Deje que muera
a mis manos; yo siquiera,
nada tengo que perder.


(Apunta con rapidez al desconocido, y hace fuego. El asaltante, herido de muerte, bate los brazos, gira sobre sí mismo, y cae en tierra pesadamente. ROSA, aterrada, se desploma de rodillas.)

PASCUAL
¡Me has robado mi venganza!


MANUEL
No, señor; yo sé lo que hago:
era mi deuda y la pago.
(Arroja lejos la escopeta: luego va hacia ROSA y la levanta en sus brazos.)
¡Adiós, Rosa, mi esperanza!


(Con un grito de dolorosa ternura. La estrecha sobre su corazón, y la rechaza resuelto en seguida dirigiéndose al fondo para irse. En este momento, vense por la ventana, otros dos hombres, igualmente armados, que llegan corriendo y se precipitan sobre el caído. CIRIACO aparece detrás de ellos, con el cuchillo en mano.)

PASCUAL
¿Adónde vas? mira.


(Le señala el grupo del fondo.)

MANUEL (Mirándolos.)
Sí,
ya veo.
(Con sombría calma, desenvainando su cuchillo. Con mucha energía.)
Yo no me entrego, don Pascual.


ROSA
Manuel... te ruego...
no salgas... ¡hazlo por mí!


PASCUAL
¡Quédate! ¡yo te lo mando!...


MANUEL (Ya en la puerta del fondo. Con tristeza.)
¿A qué?


ROSA
Manuel... por favor...


(Le tiende los brazos.)

MANUEL
¡Adiós!


PASCUAL
Son muchos.


MANUEL
¡Mejor,
no hay más que morir matando!


(Se lanza fuera de la habitación, cuchillo en mano. El telón cae en el momento en que los tres hombres se ven y se arrojan sobre él levantando sus armas. ROSA desesperada, se abraza de PASCUAL, que la arrastra hacia el fondo.)
Agosto 26 de 1899.

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