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domingo, abril 01, 2007

Gregorio de Laferrere:LOCOS DE VERANO


Gregorio de Laferrere
(Argentina, 1867-1913)
Escritor argentino, nacido en Buenos Aires, que encabeza la época de oro de la escena nacional. Fundó un periódico en el que actuaba con el seudónimo de Abel Stewart Escalada; así se inició en las letras. Se dedicó a la política y viajó a Francia; por esa causa se descubre la formación francesa de su cultura y su atracción por el teatro de vodevil. Creó el Conservatorio Lavardén para el fomento del teatro y de la formación de actores. Su dramaturgia está dentro de la comedia humorística reidera y casi bufona, cuyo escenario es la sociedad porteña entre 1890 y 1910, principalmente la burguesía. Entre sus obras más importantes se pueden señalar: ¡Jettatore! (1905), Bajo la garra (1906), Las de Barranco (1908) y Los invisibles (1911).
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LOCOS DE VERANO

Estrenada en el Teatro Argentino, de Buenos Aires, el 6 de mayo de 1905 por la Compañía Nacional de Gerónimo Podestá.

Reparto del estreno:

LUCIA: Blanca Podestá
SOFIA: Lina Esteves
ELENA: Angela Tesada
JOSEFINA: María Esther Podestá
DOÑA ROSARIO: Josefa Viera
LAURA: Anita Podestá
ROSA: Manuela Martínez
MARIANA: Josefina V. de Lanaro
ANGELA: Dora Nieves
DON RAMON: Geronimo Podestá
ENRIQUE: Enrique Arellano
ARTURO: Arturo Podestá
PEPE: Julio Scarzella
TITO: Elías Alippi
DON SEVERO: José F. Podestá
LEOPOLDO: Arturo Mario
FEDERICO: Francisco Aranaz
MANUEL: Alfredo Lanaro
JUANCITO: Luis Grimaldi
ANTONIO: Enrique Muiño
DON CLAUDIO: Luis Fagioli
SALVADORES: Luis Fagioli
ERNESTO: Federico López
OFICIAL DE JUSTICIA: Federico López
MEDICO: Federico López
REYES: Alberto Ballerini
CARLOS: Alberto Ballerini
ACOMPAÑANTE DEL OFICIAL: Ismael Pandre
CELEDONIO: Celedonio Saura

Con esta comedia se inauguró el Teatro Nacional, el 5 de abril de 1906, con un reparto casi idéntico al del estreno, reemplazando Orfilia Rico a Lina Esteves y Francisco Ducasse a Enrique Arellano.

Acto primero

Salón de casa de familia acomodada. Al levantarse el telón se encuentra PEPE sentado delante de un velador, leyendo un voluminoso legajo de papeles. ERNESTO, MANUEL, CARLOS, LEOPOLDO y ENRIQUE escuchan la lectura, sentados y formando rueda.

PEPE: [leyendo] "Raúl: (entrando de improviso) ¿Qué?...¿la venganza? Edgardo: ¡Sí, la venganza! ¡El placer de los dioses! Raúl: ¡No! ¡El placer de los débiles! Beatriz: ¡Oh! (Retrocede) ¡Se ha consumado el crimen! ¡Todo ha concluído! ¡Horror! ¡Oh!... ¡Ah!... (Cae muerta). Raúl: (a Edgardo) ¡He aquí tu obra miserable!... ¡De rodillas!, ¡de rodillas! ¡Inclina tu frente maldita ante la inocente víctima de tu rencor inhumano! Edgardo: (retrocediendo, espantado) ¡Tú! ¡Ah! ¡Oh! (Se levanta la tapa de los sesos). Raúl: (mirando el cadáver) ¡Sombra y luz! ¡Verdad y mentira! ¡Civilización y barbarie! ¡Aguila que vuela, gusano que se arrastra! ¡Sublime majestad de la justicia! (Se arroja por el balcón.) Ermelinda: ¡Oh!... (Se tira al suelo.) Telón rápido". [PEPE, sofocado, se seca la frente con el pañuelo.]

TODOS: [a excepción de ENRIQUE] ¡Bravo! ¡Bravo! [Aplauden y se ponen de pie.]

ERNESTO: ¡Sublime! ¡Monumental! [Se adelanta y abraza a PEPE.]

PEPE: [conmovido] ¡Gracias! ¡gracias!

LEOPOLDO: Es digno de Shakespeare, querido Pepe. ¡Mis felicitaciones entusiastas! [Le estrecha efusivamente la mano.]

MANUEL: ¡Colosal! ¡colosal! [Le palmea.]

CARLOS: [con énfasis] Es así como haremos teatro, ¡el verdadero teatro de ideas!

ERNESTO: [con entusiasmo] ¡Eso es arte!...

MANUEL: [con calor] ¡Ya lo creo!...

CARLOS: [con autoridad] ¡Basta de frivolidades! ¡Basta de sainetes vacíos y huecos!... ¡Tesis! ¡tesis!

LEOPOLDO: ¡Que triunfen los ideales y que se imponga el talento!

CARLOS: [con énfasis] ¡Y arrojados sean del templo esos viles mercaderes del pensamiento!

LEOPOLDO: [a CARLOS] ¿Has notado?...

CARLOS: ¿Qué?

LEOPOLDO: [con mucho énfasis] Que estamos hablando en verso. [Se pasea con importancia.]

ERNESTO: [palmeando a PEPE] ¡Estupendo, amigo Pepe!

MANUEL: ¡De mano maestra!...

PEPE: [como si dudara] ¿Les parece a ustedes?

ERNESTO: [con convicción] ¡Bueno fuera!

CARLOS: ¡Como que tiene la grandiosidad de Víctor Hugo!

MANUEL: ¡Y la ironía de Molière!

ERNESTO: ¡Con el vuelo de Rostand!

LEOPOLDO: ¡Dentro de la galanura de DAnnunzio!

PEPE: Quién sabe si el público lo entiende...

CARLOS: Ese es el peligro... ése. Nuestro público no está preparado...

LEOPOLDO: ¡Es un público de ignorantes!

ERNESTO: ¡De inconscientes!

MANUEL: ¡De imbéciles!

CARLOS: ¡De vulgares burgueses!

LEOPOLDO: Aplaude las necedades y permanece impasible ante las sublimes manifestaciones del arte.

MANUEL: Cuando no silba como un grosero...

LEOPOLDO: [a MANUEL] Como ocurrió en el estreno de tus Pampeanas .

CARLOS: [sonriendo] En el cartel Pampeanas ; ¡y adentro de la sala, pampero!

MANUEL: [a CARLOS, con fastidio] Si crees haber dicho una espiritualidad, te equivocas. ¿Por qué no tratas, mejor, de inspirarte en el éxito de tu drama Tinieblas ?...

CARLOS: [vivamente] ¡No es lo mismo! ¡Ahí no hubo silba!

MANUEL: ¡Pero duró un día en escena!

CARLOS: Por un capricho absurdo de la empresa...

LEOPOLDO: [sonriendo] Ante la muda elocuencia de un teatro vacío.

CARLOS: ¡Mire qué gracia!... ¡Como que llovía! Tampoco tu comedia Saudades se sostuvo más de dos noches.

LEOPOLDO: [con vivacidad] ¡Ah! No confundamos. Las representaciones de Saudades se suspendieron por la repentina indisposición de cuatro de los actores.

ERNESTO: Sí. A razón de dos por noche. ¡Si sigue una semana muere la compañía!

LEOPOLDO: [a ERNESTO y muy irritado] ¿ Qué querés decir con eso?

PEPE: [interviniendo] ¡Basta, señores! ¡Basta! No vale la pena discutir. Bien sabemos los que estamos en condiciones de apreciar estas cosas, que tanto Pampeanas como Tinieblas y como Saudades son tres obras maestras que no han sido comprendidas por el público.

CARLOS: Tiene razón, Pepe. Ninguna compensación alcanzarán nuestros esfuerzos, mientras no haya público que comprenda y artistas que interpreten.

ERNESTO: ¡Es claro! Por eso yo no me resuelvo a llevar a las tablas mi drama El mataco , que estoy traduciendo al italiano.

PEPE: ¡Triste recurso! ¡Tener que apelar al extranjero! ¡Qué vergüenza para la cultura nacional!

CARLOS: Y no queda otro remedio... Yo ya he escrito a Novelli.

LEOPOLDO: Y yo a Antoine.

MANUEL: Y yo a Coquelin.

ERNESTO: Y yo a Zacconi.

PEPE: ¡Pobre Patria! ¡Ni público, ni artistas! ¡Espantosa indigencia intelectual!

LEOPOLDO: Los actores nacionales, ¡qué sarcasmo!

MANUEL: ¡Qué irrisión!

ERNESTO: ¡Viles histriones!

CARLOS: ¡Mendigos del arte!

PEPE: [con calor] ¡En cambio, sobran los autores de talento!

MANUEL: ¡De prodigiosa fecundidad!

ERNESTO: ¡Y de gran inspiración!

CARLOS: Entre dramas y comedias, tengo nueve obras escritas.

MANUEL: Y yo doce.

ERNESTO: Yo no tengo sino cuatro.

PEPE: Las mías ya son catorce.

LEOPOLDO: Pues las mías dieciséis.

CARLOS: No es porque seamos nosotros, pero... de veras, muchachos, con intérpretes correctos, ¡lo que podríamos hacer!...

LEOPOLDO: ¿Has notado?

CARLOS: ¿Qué?

LEOPOLDO: ¡Que seguimos hablando en verso, sin podernos contener! [Se pasea nerviosamente.]

ERNESTO: [mirando el reloj] Son las cuatro menos cuarto. ¿Vamos?

CARLOS, MANUEL y LEOPOLDO: Vamos. [Caminan algunos pasos hacia el foro, acompañados por PEPE y sin preocuparse de ENRIQUE.] .

CARLOS: [volviendo hacia ENRIQUE] ¡Caramba! No me acordaba. [Le da la mano.]

MANUEL: [haciendo lo mismo] Disculpe...

ERNESTO: [imitándolos] Perdone...

LEOPOLDO: [lo mismo] Disimule usted... [ENRIQUE, que se ha puesto de pie, les estrecha silenciosamente las manos.]

PEPE: [despidiéndoles por el foro] Hasta luego y muchas gracias.

LEOPOLDO: [señalando a ENRIQUE] ¿ Quién dijiste que era ese señor?...

PEPE: Enrique Gómez, mi cuñado, que ayer llegó de Norte América.

CARLOS: [con sorpresa] ¿De Norte América?

ERNESTO: ¡Ah!

MANUEL: ¿Sí?...

LEOPOLDO: [con precipitación] ¡Pero, hombre! ¿Por qué no avisaste antes?

TODOS: [menos PEPE, haciendo una profunda reverencia a ENRIQUE] ¡Señor! [ENRIQUE vuelve a saludar con una inclinación de cabeza.]

TODOS: [a PEPE] Hasta luego, colega. [Vanse por el foro] .

PEPE: Hasta luego. [Volviéndose hacia ENRIQUE.] ¿Y vos no decís nada? ¿Qué te ha parecido? [Se sienta.]

ENRIQUE: ¿Yo? ¿Qué querés que diga?... Poco entiendo de estas cosas y mi opinión no vale mucho.

PEPE: [sonriendo] ¡Vaya... qué modesto estás!

ENRIQUE: Hijo, cada uno en lo que sabe. [Sonriendo] . Si me hablaras de explotaciones industriales...

PEPE: [riendo] ¡No... no... muchas gracias!

ENRIQUE: De la empresa que ha motivado mi viaje o de la maquinaria que he adquirido para la instalación...

PEPE: [con un gesto cómico] ¡Dios me libre!

ENRIQUE: [con ironía] Además, ¿no tenés ya las opiniones entusiastas de esos... personajes? [Señala hacia el foro.] ¡Me parece que es bastante!

PEPE: [con gravedad] ¡Ah!, y te prevengo que los cuatro son muchachos de mucho talento, ¿eh?

ENRIQUE: [sonriendo] No digo que no. ¡Mejor entonces!...

PEPE: Es que lo dices de un modo...

ENRIQUE: Y bueno, ¡qué querés! Pero la verdad es que no me entra a mí este curioso talento de tus amigos a quienes resulta que nadie entiende. [Con ironía.] ¡Yo creía condición esencial del talento hacerse entender!

PEPE: [sonriendo desdeñosamente] ¡Con razón decías que no entendés de estas cosas! [Entra MARIANA por la segunda derecha y se dirige hacia el foro] . ¿Todavía no sirven el té, Mariana?

MARIANA: Sí, señor. Se está calentando el agua. [Vase por izquierda.]

PEPE: Y siempre has alcanzado a estar dos años ausente, ¿ no?

ENRIQUE: Dos años y dos meses. [Entra ANTONIO, por, foro, derecha.]

ANTONIO: [a PEPE] Señor, pregunta su secretario si puede pasar.

PEPE: Que entre. [Desaparece ANTONIO.]

ENRIQUE: ¡Hombre! ¿También tenés secretario?

PEPE: [con intención] ¡Ah! ¡Vaya! Un escribiente. [Entra por el foro, derecha, JUANCITO, que es un personaje que siempre debe tener los ojos extremadamente abiertos. Viene con sobretodo y con el sombrero en la mano. Lo sigue ANTONIO, que se pone a arreglar los objetos que hay encima de una mesa, cerca del foro.]

PEPE: [a JUANCITO] Ahí tiene los cuadernos. [Le señala el legajo de papeles que está sobre la mesa.] Póngales los títulos y se los entrega a la señora que lo necesita a usted después, para que arregle los álbumes de las postales.

JUANCITO: [con mucha gravedad] ¿ Qué título? [Recoge el legajo.]

PEPE: Despertar de almas.

JUANCITO: ¿Qué letra? : ¿gótica?, ¿cursiva?, ¿ inglesa?

PEPE: Gótica. [JUANCITO hace ademán de salir por la izquierda] . ¡Ah!... No... Vea... [JUANCITO se detiene] . Mejor es cursiva... [Camina JUANCITO.] Escuche... [Se detiene JUANCITO y PEPE vacila.] Bueno... póngale la que le parezca... Pero, que sea muy clara, ¡eh! [Vase JUANCITO por la izquierda, al mismo tiempo que ANGELA entra por el foro izquierda y se dirige hacia la primera derecha, llevando una bandeja exageradamente llena de cartas.]

ANTONIO: [aparte, y mirando a ANGELA] ¡Es claro! ¡Detrás del secretario!...

ENRIQUE: [señalando a ANGELA en el momento que ésta desaparece por primera derecha] ¿Y eso, qué es?

PEPE: [con naturalidad] Tarjetas postales para Sofía.

ENRIQUE: [con asombro] ¿Tarjetas postales? Pero si es una montaña de papeles.

PEPE: Pues son tarjetas postales. ¿Qué te extraña? Mi mujer se ha hecho coleccionista.

ENRIQUE: ¡Ah! ¿Y las que van ahí...?

PEPE: Son las cartulinas que le devuelven las personas de quienes ha solicitado autógrafos. Personas de importancia como es natural. [Se pone a hojear unos papeles que ha quedado sobre el velador.]

ENRIQUE: [con ironía] Pues, hijo, veo que en mi ausencia ha crecido mucho el número de los importantes. ¡Qué suerte para el país! [Se pasea. Pausa. Entra ANGELA por primera derecha y se dirige hacia la izquierda, siempre observada por ANTONIO, que la sigue con la mirada. En ese momento aparece por el foro la cabeza de MARIANA y observa a ANTONIO. ANGELA sale por la primera izquierda. ANTONIO hace un movimiento para seguirla y entonces MARIANA se adelanta, dejándose ver.]

MARIANA: [en voz baja y contenida, mientras se arregla lo cabellos con las manos] ¡Antonio! [ANTONIO mira a MARIANA, hace un movimiento de hombros, y sin preocuparse más de ella vase precipitadamente por izquierda. Con profunda tristeza y viéndolo salir] . ¡Todo porque es rubia! [Después de vacilar un instante vase también por primera izquierda. Toda esta escena debe ser muy rápida.]

PEPE: [a ENRIQUE] ¿Y qué te ha parecido la nueva casa? [Pasea la mirada a su alrededor.]

ENRIQUE: [imitándolo] Para ser de alquiler, muy buena... pero echo de menos la antigua, en la que nací. Nunca pude explicarme la razón de esa venta. ¿ Qué es lo que pasó, al fin? [Entra ANGELA por la primera izquierda y sale por el foro.]

ARTURO: [entrando] Buenos días...

ENRIQUE: Me gusta la frescura de tus buenos días. ¡Son las cuatro de la tarde!

PEPE: Es que para este caballerito recién amanece. Se levanta de la cama.

ENRIQUE: ¿Recién te levantas, Arturo?

ARTURO: ¡No, hombre! Hace más de una hora. Este es un exagerado. [Entra ANTONIO por la izquierda y sale por foro, izquierda] .

PEPE: [dirigiéndose a ENRIQUE] Me parece que vas a tener que entrar ejercitando tu autoridad de hermano mayor. La vida que hace este muchacho es imposible.

ARTURO: [con fastidio] ¿Vas a empezar, Pepe? ¡Dejate de pavadas, hombre! [Se recuesta en el sofá.]

PEPE: Se acuesta a las cinco de la mañana y se despierta a las cuatro de la tarde... No almuerza a horas... En fin, un vivo desorden.

ARTURO: [impacientándose] ¡Vaya!, ¡vaya!... ¡basta! Ya sabés que me cargan tus sermones. Si los suprimieses me harías un favor. [Entra MARIANA por izquierda y sale precipitadamente por el foro, izquierda.]

PEPE: [insistiendo] Pero es que te estás haciendo un daño enorme. ¿No lo comprendés? Es por tu bien que te lo digo.

ARTURO: [irritado] ¡Otros se hacen mayor daño escribiendo macanas que los ponen en ridículo, y nadie les dice nada!

PEPE: [sulfurándose] Eso es una impertinencia.

ARTURO: [alzando la voz e incorporándose en el sofá] ¡Impertinencias son las tuyas!

ENRIQUE: [en tono de reproche a los dos] ¡Vamos, hombre! ¿Qué quiere decir esto?

ARTURO: [a PEPE, poniéndose de pie y en tono cada vez más irritado] Al fin yo no tengo que darte cuenta de mis actos. ¡Hago lo que se me da la gana!

PEPE: [a gritos] ¡Si tuvieras que darme cuenta de tus actos, otra cosa sería! ¡Y no se andaría diciendo todo lo que se dice de tu conducta!

ARTURO: [en el mismo tono] Sobre mi conducta nadie dice nada, ¿entendés? Porque a nadie le importa y a vos menos que a nadie.

PEPE: Tu vida de club es un escándalo, y no se habla sino de tus pérdidas de juego.

ARTURO: [exasperado] ¡No seas imbécil! Que pierda o no pierda, no es asunto tuyo. No es con tu dinero que he de pagar. Y te prohibo que me hables de ese modo, ¿ entendés?

ENRIQUE: [con energía] ¡Basta! Esto es ridículo. ¿Quieren hacerme el favor de callarse los dos? ¡Es una vergüenza! ¡Entre cuñados!...

ARTURO: [con rabia] ¡Es que este botarate ya me tiene harto!

PEPE: Más harto me tenés, vos, ¡perdido! [Quieren irse a las manos y ENRIQUE se interpone.]

SOFIA: [entrando con mucha calma por la primera derecha] ¿Pero qué gritos son ésos? ¡Por Dios!...

ENRIQUE: Estas dos monadas, ¿no ves? Tu marido y tu hermano, que parecen chicos.

SOFIA: [sin alterarse] Lo de siempre. ¿ Cuándo acabarán estas cosas? [Mirando a ARTURO] Es que vos, Arturo...

ARTURO: [violentamente] -¡Oh! Dejame de pavadas! [Sale bruscamente por segunda izquierda.]

PEPE: [a SOFIA, con acento irritado] Lo que tenemos que hacer, Sofía, es irnos cuanto antes de esta casa. Ya no se puede vivir aquí. Parece que estuviéramos de limosna.

SOFIA: [con mucha tranquilidad] Calmate, hombre. ¡No es para tanto!...

ENRIQUE: [preocupado] Por lo que veo, estas escenas son frecuentes entre ustedes...

PEPE: [con vehemencia] Es que vos no sabés lo que es Arturo. ¡No se le puede aguantar!

SOFIA: Esto es de todos los días.

ENRIQUE: ¿Y mi padre? ¿Qué dice el pobre viejo de todo esto?

SOFIA: Papá ni se fija.

PEPE: ¿Don Ramón? ¡Bah! [Con ironía.] Don Ramón se ocupa de política, de comentar las cuestiones de Estado y le importa un pito de lo que sucede aquí adentro. ¡Por eso anda todo como anda!

SOFIA: [a PEPE] ¡Es que también vos tenés un genio tan vivo!... ¡Por cualquier cosa te enojás! [A ENRIQUE] . Cuando no es con Arturo es con Elena, ¡y hasta con Tito! Y la que paga el pato soy yo, que tengo que soportar estos disgustos.

PEPE: [a ENRIQUE] ¡Esa es otra! ¡Tu hermanita Elena! Una niña que se sulfura porque se le ocurre que algo no es de buen tono, que todo le parece cursi y que se lo pasa el día entero consultando El libro de oro y leyendo la "Vida Social". [Haciendo un ademán de espera.] ¡Ah! ¡Ya verás las que te esperan! [Se pasea.]

SOFIA: [con cachaza] Bueno, hombre. No hay que tomar las cosas así. [A ENRIQUE.] Te prevengo que tenés que ponerme un pensamiento en una tarjeta postal.

ENRIQUE: [sorprendido] ¿Yo?

TITO: [apareciendo por el foro, izquierda, con una máquina fotográfica en las manos, con la que enfoca al grupo] ¡Un momento! ¡No se muevan! [Aprieta un resorte.] ¡Ya está! [Vase por la segunda izquierda, apurado.]

ENRIQUE: [riendo] ¿Y eso?

PEPE: [con fastidio] Este Tito, que se lo pasa todo el día sacando fotografías, o haciendo sonar un fonógrafo. Ya nos tiene aburridos...

SOFIA: [con calma] Pero como el pobre es tan delicado de salud. [A MARIANA, que en ese momento se asoma por el foro, derecha, mirando a los lados, como buscando algo y hace además de volverse a retirar.] ¿Y ese té, Mariana?

MARIANA: [sin prestarle mayor atención] Sí, señora, se está calentando el agua. [Vase precipitadamente por,el foro izquierda]

ELENA: [entrando nerviosamente por segunda derecha con un diario en la mano] ¿Pero, han visto la lista de concurrentes al recibo de las de Riansares? ¡Qué cachería! ¡Ni un solo apellido conocido! [PEPE dirige una mirada de inteligencia a ENRIQUE y se aproxima al velador, delante del cual se sienta, poniéndose a escribir una carta]

SOFIA: A ver. [Toma el diario, hace que busca la sección correspondiente, y sentándose a cierta distancia se dispone a leer.]

ELENA: [expresándose con mucha, volubilidad] Yo no sé esta gente que no tiene buenas relaciones, a qué se mete a dar recibos. ¡Ganas de ponerse en ridículo, no más!... [A ENRIQUE, sonriendo] . Y vos, Enrique, ¿por qué no has aprovechado para ir a Palermo? Hoy es día de moda.

ENRIQUE: [sonriendo] Hijita, es lo que menos me preocupa.

ELENA: ¡Pero, hombre, por Dios! ¡Ni que fueras Tito!

SOFIA: [mientras mira el diario] ¡Mirá, mirá, las de Sambetti! Deben ser las hermanas del pintor. Lo tengo en la colección.

ELENA: [plegando desdeñosamente los labios] ¿No te digo? ¡Sambetti! ¡Así son todos! [Se retira unos pasos y se pone a hojear una revista.]

SOFIA: [siempre leyendo el diario] ¡Ah! ¡ah! Casotino... Este es un abogado que hace muy bonitos versos.

ENRIQUE: [con ironía] ¿ También lo tenés en la colección?

SOFIA: [sin apercibirse de la ironía] ¡Cómo no! ¡De los primeros! Me escribió un pensamiento con motivo de un paisaje en que había un perro ladrando a la luna. ¡Si vieras qué lindo!...

ENRIQUE: [sonriendo] ¡Me lo imagino!

SOFIA: Y decía que se parecía a él...

ENRIQUE: ¿Quién?, ¿el perro?...

SOFIA: Sí, porque los dos perseguían un imposible.

ENRIQUE: ¡Qué animal!

SOFIA: ¿Quién? ¿Casotino?

ENRIQUE: [con impaciencia] ¡No! El perro. [Comienza a pasearse y SOFIA a seguir leyendo. Entra MARIANA por el foro con los útiles del té, los deja sobre una mesa y vase por el foro.]

ELENA: [a PEPE, que después de terminar su carta se ha puesto de pie] Ya me han dicho que has estado reunido con una punta de tipos.

PEPE: [en tono de reproche] Son amigos míos, Elena.

ELENA: Es que no sé cómo podés entretenerte con semejante gente. ¡Si son como los que vi el otro día! ¡Qué fachas más raras! ¡Dan risa!

PEPE: [amenazador, pero conteniéndose] ¡Te repito que son mis amigos, Elena!

ELENA: [riendo despreciativamente al darle la espalda] ¡Pues podías enseñarles siquiera a vestirse! [PEPE hace un gesto de rabia y guarda silencio, mientras ELENA comienza a preparar las tazas de té.]

SOFIA: [señalando muy gozosa un punto del diario y sin preocuparse de los demás personajes] ¡A éste también lo tengo! [Sigue leyendo.]

ELENA: [refiriéndose al té] El agua está tibia. ¡Esta Mariana es como para matarla! [Sigue preparando el té.] ¡Yo no sé qué hace!

ENRIQUE: [que se ha detenido en un extremo del salón] ¿Y esto? [Muestra una herradura que toma de encima de un mueble.]

PEPE: [acercándose y riendo] Cábulas de tu tío Severo, para ganar en las loterías.

ENRIQUE: [riendo] ¿Mi tío?

PEPE: ¡Claro que sí! Tío y muy tío. ¡Si vieras cómo se tiene estudiada la genealogía de la familia!...

ENRIQUE: Y, a propósito... Tengo que ir a visitar a mi tía Carolina. [Mirando el reloj.] Ayer se lo prometí a Lucía. [Dirigiéndose a ELENA.] Me dicen que está casi tullida, ¿no? [Se acerca a la mesa del té.]

ELENA: [con asombro] ¿Y te vas a costear por esos andurriales? ¡Vive en el Caballito! [Comienza a llenar las tazas de té.]

PEPE: [a ELENA, con sorna y mientras se aproxima también] ¿Encontrarías acaso más chic que la pobre vieja tullida se viniera gateando hasta aquí?

ELENA: [con acritud, a PEPE] Nadie habla con vos, ¿entendés? [A ENRIQUE.] ¿ Supongo que sabrás que están en la miseria? [Le pasa una taza de té.]

ENRIQUE: Me lo imaginé ayer, por el aspecto de Lucía. ¿Pero es que al morir mi tío Eduardo no dejó nada? [Prueba el té.]

ELENA: [desdeñosa] ¡Qué había de dejar! [A SOFIA.] ¿Querés té, Sofía?

ENRIQUE: Está frío.

PEPE: Don Eduardo dejó deudas...

ELENA: Como que lo había jugado todo en la Bolsa. [Probando el té.] ¡Miren qué té! [Deja con rabia la taza de té sobre la mesa y toca un timbre que hay en la misma.]

PEPE: Ese fue un misterio. Mientras vivió don Eduardo nadie pudo sospecharse lo que ocurría; y hasta el último momento se mantuvo en el mismo tren de vida. Después de muerto se encontraron con que había ido vendiendo todo poco a poco, y que no dejaba absolutamente nada.

ENRIQUE: ¿Y de qué viven entonces esas infelices?

ELENA: Nosotras le damos costuras a Lucía. [A MARIANA, que en ese momento aparece por el foro.] Llévese ésto. ¡Es una inmundicia! [Señala los útiles del té.]

TITO: [entrando por segunda izquierda, con la máquina fotográfica] ¡Un momento! ¡Ya está! [Se dirige hacia el foro.]

ELENA: [gritando con rabia] ¡Idiota!

ENRIQUE: [riendo] ¡Vení, Tito!

TITO: [saliendo muy apurado por el foro, izquierda] Me voy a revelar. [MARIANA recoge tranquilamente los objetos de té y vase después por el foro izquierda, en el curso de la escena.]

SOFIA: [dejando de leer] ¿Quién de ustedes conoce a Raúl? [Vuelve a tomar el diario y lee el apellido.] ¿Raúl Maldich?...

PEPE: No lo conozco.

SOFIA: [leyendo el diario] ¿Y a Raúl Ristori?...

PEPE: A ése sí.

SOFIA: [con ansiedad] ¿Es poeta?

PEPE: [riendo] ¿Qué ha de ser poeta! Tiene una zapatería. ¿Por qué?

SOFIA: No... Preguntaba, no más... [Sigue leyendo.]

ENRIQUE: Bueno... hasta luego. [Se dirige al foro.]

PEPE: Te acompaño una cuadra. [Lo sigue.]

ELENA: [avanzando hacia ENRIQUE y con voz melosa] Enrique... tengo que hacerte un pedido. [PEPE se aleja hacia el foro y allí espera.]

ENRIQUE: [deteniéndose] ¿De qué se trata?

ELENA: [con zalamería] ¿Me vas a complacer?

ENRIQUE: Veamos lo que es. Si puedo, con mucho gusto.

ELENA: Esta noche, para sentarte a la mesa, ponete el frac.

ENRIQUE: [sonriendo] ¿El frac?... ¿Por qué?

ELENA: [confusa] Vendría a comer una persona, a la que quiero presentarte...

ENRIQUE: ¡Ah!... ¿Tu novio?... ¿El crítico?...

ELENA: Sí, mi novio...

ENRIQUE: ¿Y para eso querés hacerme vestir de frac?

ELENA: Me parece que es lo correcto...

ENRIQUE: [riendo] ¡Hasta luego, cabeza de chorlito! [Vase ENRIQUE por el foro, derecha, acompañado de PEPE.]

ELENA: [volviéndose hacia SOFIA y sentándose con aire contrariado] Este Enrique no parece que llegara de Europa.

SOFIA: [levantando un momento los ojos del diario para continuar leyendo después] De Norte América, dirás...

ELENA: ¡Lo mismo es! [Después de un momento.] ¡Ponerse el frac! ¡Vaya una cosa del otro mundo! Y viniendo de París...

SOFIA: [repitiendo el manejo anterior] De Nueva York...

ELENA: [con fastidio] ¡Bueno. mujer, lo mismo es!

SOFIA: [con indiferencia y dejando a un lado el diario] ¡Bah! Vos sabés cómo es Enrique. [Levantándose lentamente.] Me voy a concluir una tarjeta postal que estoy iluminando. [Se dirige hacia la primera derecha, con mucha calma.]

ELENA: [rabiosa] Vos todo lo tomás con una pachorra... ¡Jesús! ¡Qué sangre!...

SOFIA: [con un gesto de indiferencia] ¡Vaya! ¡Bueno fuera! [Entra por foro, derecha, ANGELA, trayendo de la mano a JOSEFINA, deteniéndola a mitad del camino.]

JOSEFINA: Buenas tardes, mamá.

SOFIA: Buenas tardes. ¿Has sabido la lección?

JOSEFINA: Sí, me dieron la página que sigue...

SOFIA: [con mucha calma] Bueno. Andá a jugar. ¡Y no pelees con Tito, eh! Mirá que yo no estoy para disgustos. [A ANGELA.] Ahí tenés en el cuarto unos pinceles para limpiar. Y avísame cuando vuelva Severo. [Sale SOFIA calmosamente por la primera derecha y ANGELA la sigue, mientras JOSEFINA se acerca con vivacidad a ELENA:, que parece distraída.]

JOSEFINA: Decime, tía Elena, ¿es cierto que hay una parte, muy lejos de aquí, donde los hombres se casan con muchas mujeres?

ELENA: ¿Quién te ha dicho eso, criatura?

JOSEFINA: Me lo dijo una chica en el colegio. Pero yo creo que son mentiras.

ELENA: Es claro... ¡No puede ser cierto! [Viendo y dirigiéndose a ARTURO, que vistiendo ya traje de calle entra por la segunda izquierda para salir por el foro.] ¡Che, Arturo!

ARTURO: [sin detenerse] Ya vuelvo. [Vase por el foro, izquierda.]

JOSEFINA: Lo que hay es que el novio de ella, ¿sabés?, tiene otra novia al mismo tiempo, y por eso le dice eso... [Haciendo un gesto de malicia.] Pero lo que es a mí... [Se dirige corriendo hacia el foro.]

ELENA: ¿Adónde vas?

JOSEFINA: Voy a la puerta de calle para que no me vea mi tío Tito.

ELENA: [riendo] ¿Por qué?

JOSEFINA: Porque si no, me va a retratar. [Vase por foro, derecha.]

ELENA: ¡Qué criatura más inteligente! ¡Es una monada! [Entra ANTONIO por el foro, izquierda, y mira a los lados como si buscara a alguien, hasta que ELENA lo apercibe]

ANTONIO: ¿No ha venido por acá Angela, niña Elena? [Se asoma por el foro, izquierda la cabeza de MARIANA, espiando a ANTONIO y tratando de no ser vista.]

ELENA: [con sequedad] Aquí no está. [Con rabia, al notar que ANTONIO no tiene puesto el cuello de la camisa.] Pero, dígame, ¿no le he dicho que no quiero que ande sin cuello?

ANTONIO: Pero niña, ¡si me han tenido toda la tarde moliendo café!

ELENA: [exasperada y poniéndose de pie] ¿Y qué tiene que ver eso? ¡Sinvergüenza! ¿ Acaso le han mandado moler café con el pescuezo? ¡Vaya para adentro! [Vase ANTONIO por foro, izquierda, y desaparece también MARIANA. ELENA se vuelve a sentar muy agitada.] ¡Esto no se puede aguantar! ¡Aquí hace falta un gallego... que sepa hablar francés!... [Entra SEVERO por el foro, derecha, aparentando fatiga y trayendo bajo el brazo varios periódicos ilustrados y unos papeles que deja sobre un mueble.]

SEVERO: Aquí estoy de vuelta. ¡No es poco trabajo el que me han dado tus dichosos periódicos! Ahí los tenés. [Le va entregando uno por uno los periódicos.] "Ladies Field", "Le Luxe" y "Le Chic Parisien". Pagué por cada uno un trimestre y he tenido que recorrer media ciudad.

ELENA: [con fastidio] ¡Los cuentos de siempre! Estoy segura que te lo has pasado hecho un pavo delante de las vidrieras de las agencias de lotería, como tenés por costumbre. ¡A vos ya no se te puede encargar de nada!

SEVERO: [sonriendo] ¡Pero no, sobrina! ¡No! ¡Qué ocurrencia!... [Se muerde las uñas.]

ELENA: [con acritud] ¡Dejate esas uñas, hombre! ¿Y trajiste lo de Moussion?

SEVERO: [tomando de los paquetes que dejó sobre el mueble los dos más pequeños] Aquí está. "La crema imperial rusa" y "El Rouge de la Chine". El "Carmín" se ha concluído y no viene hasta la semana próxima. Dicen que este año la temporada de la Opera ha hecho un consumo bárbaro.

ELENA: [con acritud] ¡Oh! ¡No tienen necesidad de advertirlo! ¡Como que parecía aquello una exposición de labios!... No se veían sino ojos y labios por todas partes.

SEVERO: [con aparente ingenuidad] Pues a vos te queda muy bien... [Se muerde las uñas.]

ELENA: Es que yo no uso sino un poquito. ¡Pero hay otras! [Con rabia.] ¡Sacate la mano de la boca! Me ponés nerviosa.

SEVERO: [obedeciendo] Saliendo de allí, encontré a Inés y a Ernestina. Te mandan recuerdos y dicen que no dejés de ir el miércoles. Ahora reciben los miércoles.

ELENA: [siempre con acritud] Ya sé. Han cambiado los días de recibo. Antes eran los sábados, pero los acreedores amontonados en la escalera insultaban a las visitas... Dicen que era un escándalo.

SEVERO: Iban con Misia Cipriana. ¡Qué Misia Cipriana! Siempre tan ocurrente. Al despedirnos me dijo "Dígale a su sobrina Elena que no sea pícara... que..."

ELENA: ¿Y vos muy suelto de cuerpo te dejás decir mi tío?...

SEVERO: ¡Oh! ¿Y acaso no sos mi sobrina? ¡Qué linda cosa!... ¡Es lo único que te faltaba! ¡Renegar del parentesco!... Tené cuidado que tu pobre madre, que en paz descanse, era prima tercera mía; como que nuestros padres eran primos segundos.

ELENA: Sí... sí... ¡Ya conozco la historia! Eso no es parentesco. ¡Son pavadas! [Con rabia.] Pero, ¿dejarás quietas esas uñas?... [Cambiando de tono.] Y vamos a ver: ¿cuánto has gastado? [Por foro izquierda, entra MARIANA llorando.]

MARIANA: Niña Elena, el niño Tito me está insultando...

ELENA: Bueno... bueno... bueno... No me vengas a mí con cuentos... Yo no tengo nada que ver.

MARIANA: [siempre llorando] ¡Porque le han roto unos frascos me ha tratado de animal!... ¡Y dice que va a romperme el alma a patadas!...

ELENA: [exasperada] Te digo que me dejés tranquila. ¡Mandate a mudar!

MARIANA: [llorando con más fuerza, mientras sale por el foro, izquierda] No porque una sea pobre han de tratarle de este modo... Porque yo también tengo... [El resto de la frase queda ahogado por los sollozos, mientras desaparece por el foro.]

ELENA: [sin preocuparse más de MARIANA] Bueno... ¿y cuánto has gastado?

SEVERO: A ver... a ver... [Sumando con los dedos.] 8... 12... 26... 29... 34... 36... 36 pesos.

ELENA: [alarmada] Pero, ¿en qué tanto?

SEVERO: ¡Pero, hija, por Dios!... Es muy sencillo. Los periódicos sólo cuestan más de la mitad, y el resto en lo demás. Sumando: 37.

ELENA: ¿Cómo treinta y siete? ¿No decías treinta y seis?

SEVERO: Eso es; treinta y seis. Me equivoqué. ¡Si es una carestía espantosa!...

ELENA: [como dudando] Pero con todo...

SEVERO: [fingiendo indignación] ¡Elenita, por Dios! ¡Eso importa una desconfianza!...

ELENA: [con fastidio] ¡Bueno... bueno... basta! Ahora te los daré. [Entra TITO muy apurado por foro, izquierda.]

TITO: [a Severo] Severo, ¿me trajiste los cilindros para el fonógrafo?

SEVERO: [tomando uno de los paquetes que dejó sobre el mueble y extendiéndoselo a TITO] Veintiún pesos. [Estira la mano como esperando dinero.]

TITO: [sorprendido] Pero, ¿cómo? ¿ Entonces ahora son más caros?

SEVERO: [con energía y como sorprendido de la observación de TITO] -¡Pero es claro que son más caros! ¡Serán más finos!

TITO: [como si quedara convencido] ¡Ah!... bueno... [Saca dinero del bolsillo y vase apurado por segunda izquierda.]

ELENA: [a SEVERO] ¿Y el asunto del retrato?

SEVERO: Eso va muy bien. [Se muerde las uñas.]

ELENA: ¡Sacá esa mano!

SEVERO: [obedeciendo] Y la semana que viene a más tardar, veremos la linda cara de mi sobrina figurando en la galería de las novias del año. ¡Qué bien estarás! ¡Me parece verte!...

ELENA: [dulcificando el tono] Pero, ¿es seguro?

SEVERO: Hija... así me lo ha prometido ese amigo que tengo en la redacción del periódico... Es que hay un pedido enorme. ¡No dan abasto! [Tomando el paquete más grande que dejó antes sobre el mueble.] Voy a llevarle a Sofía estos encargos.

ELENA: ¿Qué es?

SEVERO: Un álbum para postales. [Se dirige SEVERO por primera derecha, a tiempo que entra ANGELA por la misma. A ANGELA.] ¿Y Sofía?

ANGELA: Está pintando... [Muestra una paleta y unos pinceles que lleva en la mano. Vase SEVERO por primera derecha y ANGELA por el foro, derecha.]

ARTURO: [de mal humor, entrando por el foro izquierdo y bebiendo una taza de té.] ¡Pero, Elena! A ver si siquiera vos te preocupás mañana de que me guarden almuerzo ¡Es una barbaridad! ¡No me han dejado nada!

ELENA: [de malos modos] ¡Eso es! ¡Es lo único en que tengo que pensar: en que te guarden almuerzo! ¿Por que no te levantás a horas?

ARTURO: [sulfurándose] Muy bien que después has de pedirme que te acompañe al teatro, o que te lleve a la carreras... ¡Dejá no más!... [Hace ademán de irse.]

ELENA: [apresurándose y cambiando de tono] ¡No... no... zonzo... ¡Si te digo de gusto! Ya sabés que soy la que menos te reprocha tus trasnochadas... Al fin, si pasás la noche en vela, lo hacés entre gente bien... [Animándose.] Vení, sentate. Contame lo que hacen de noche en el club... ¿Es lindo, che?

ARTURO: [riendo] ¡Cuando hay partida! [Se sienta al lado de ELENA, dejando sobre un mueble la taza de té vacía.]

ELENA: ¡Bah! ¡Vos no pensás más que en jugar! Yo no te digo eso. ¿De qué conversan? ¿Qué hacen?

ARTURO: Se habla de todo: se comentan los sucesos del día se refieren los chismes sociales, se murmura un poco sacándoles el cuero a los que no están... Después entran éstos... y se sigue lo mismo, hablando de los que se ha ido. ¡Es muy entretenido!...

ELENA: [con calor] ¡Ya lo creo! [Pensativa.] ¡Quién pudiera también ir!... [Con curiosidad.] Decime, che. ¿Y toda es gente chic? [Entra ANGELA por el foro y sale por la primera izquierda.]

ARTURO: Pura gente distinguida. Ni un chiquito así [señala la punta de una uña] que no sea distinguido.

ELENA: Y el servicio, por supuesto, todo afeitado...

ARTURO: [con calor] ¡Sin un solo pelo! ¡No faltaba más!... [Entra ANTONIO por el foro, ya con cuello puesto y sale por la primera izquierda.]

ELENA: [señalando a ANTONIO y suspirando] Siquiera este animal, en lugar de esas dos o tres cerdas que tiene, tuviese bigote...

ARTURO: ¿Para qué?

ELENA: Para hacerlo afeitar.

ARTURO: [riendo] ¡Eso sí que no lo entiendo!

ELENA: [con sorpresa] ¡Pero, hombre! No me dirás que es lo mismo. Una cosa es un sirviente afeitado, y otra un chino sin bigote.

ARTURO: [riendo] Tenés razón. [Por el foro entra muy apurada MARIANA, a tiempo que ANGELA entra por primera izquierda. Al apercibirse de esta última, MARIANA se detiene y aparentando indiferencia se pone a arreglar los objetos que hay encima de la mesa, que está cerca del foro, mientras ANGELA sale por este último.]

ELENA: [después de un momento de silencio] Pero, decime, ¿hay gente de esa que va a los clubs que también se afeita toda la cara, no es verdad?

ARTURO: ¡Cómo no! ¡Si es moda inglesa... la última palabra del chic!

ELENA: ¿Y cómo hacen algunos para que no los confundan con el servicio?

ARTURO: ¡Bah! Se conoce enseguida.

ELENA: ¿En qué?

ARTURO: En que cuando les gritan: ¡mozo!, no contestan. [Adentro de la segunda izquierda empieza a funcionar un fonógrafo. Entra JUANCITO por la primera izquierda, con el legajo de papeles en la mano, y después de vacilar un momento, mirando hacia las habitaciones de la derecha, se aproxima a ARTURO y ELENA. Viene sin sobretodo y sin sombrero.]

JUANCITO: [a ARTURO] Tengo que entregar esto a la señora. [Muestra el legajo.]

ARTURO: ¿Qué es eso?

JUANCITO: [con gravedad] Despertar de almas.

ARTURO: [con extrañeza] ¿Qué?

ELENA: ¿Qué?

JUANCITO: [levantando el tono] Despertar de almas.

ARTURO: [poniéndose de pie y en tono amenazador] Me parece que soy yo el que lo despierto a usted. ¿Qué se ha creído?

ELENA: [con desdén] ¡No, Arturo!... Dejalo... Si debe ser el drama de Pepe.

ARTURO: [riendo] ¡Ah! ¡Las chifladuras de mi cuñado!... [Volviéndose a sentar.] ¡Bueno! [Señalando hacia la derecha.] Lléveselo a Sofía.

ELENA: [a MARIANA y con acento irritado] ¡Decile a Tito que haga callar ese fonógrafo! [JUANCITO se dirige con mucha gravedad hacia la primera derecha, a tiempo que ANGELA entra por el foro con unas cartas en la mano y MARIANA sale por segunda izquierda para cumplir la orden de ELENA.]

ANGELA: [desde el foro, aparte y deteniéndose un momento para contemplar a JUANCITO] ¡El ingrato ni siquiera me mira! [Vase JUANCITO por primera derecha y ANGELA se aproxima a ARTURO y ELENA, mientras ANTONIO entra por primera izquierda y sale por foro.]

ARTURO: [a ELENA, poniéndose de pie] Decime ¿a qué hora llega papá?

ELENA: Cuando le cierran las puertas los negros del Congreso. [En ese momento calla el fonógrafo.]

ANGELA: [a ARTURO] Niño... esta carta. [Le entrega una carta.]

ARTURO: [mirando el sobre] Conozco la letra... Un acreedor imbécil... ¡Bah! [Guarda la carta sin leerla.] ¿Y esas otras? [Señala unas que conserva ANGELA en la mano.]

ANGELA: Estas son postales para la señora.

ARTURO: [le da la espalda] Bueno, lleváselas, entonces. [Entra MARIANA por segunda izquierda y vase por el foro.]

ANGELA: [sin moverse del sitio] Vea, niño, hágame el favor... Cuando lea la carta, no tire la estampilla...

ARTURO: [mirándola] ¡Ah! ¿Vos juntás estampillas?... Bueno... [Toma la carta y se la entrega.] Sacásela y rompé la carta.

ANGELA: [tomando la carta] Muchas gracias. [Vase por primera derecha. ARTURO, con toda naturalidad, vuelve a sentarse al lado de ELENA, que durante la escena anterior ha permanecido con la cabeza inclinada sobre el respaldo del sofá, como absorta en sus pensamientos y que continúa en la misma actitud.]

ELENA: [hablando con tono quejumbroso y lleno de melancolía, distinto a la forma que le es habitual] La gente de gustos distinguidos debería tener una gran fortuna. Arturo...

ARTURO: [riendo] Una... o dos...

ELENA: [lo mismo que antes] Es una injusticia del destino...

ARTURO: ¡Bah! Ya te vas demasiado arriba. Dejate de desatinos. Mirá. Yo me contentaba con que los bancos quisieran descontar...

ELENA: [sin tomar en cuenta las palabras de ARTURO] Siquiera vos vas a casarte con una mujer rica...

ARTURO: [riendo] ¡Ah! Me hacés recordar recién que hace dos días que no veo a mi novia ¿ Qué dirá?...

ELENA: [como si hablase consigo misma] ¡Qué suerte que tienen los hombres!

ARTURO: ¡Eso no!, porque lo mismo las mujeres sin fortuna se casan con hombres de dinero. Todos los días se ve esto.

ELENA: Sí... con una diferencia: que ustedes pueden buscar, y buscando encuentran, mientras que nosotras tenemos que esperar a que nos busquen. Lo que es distinto.

ARTURO: La verdad, que lo que es Federico...

ELENA: Federico no tiene nada, pero también imaginate si hubiera tenido que estar esperando a un rico. No te olvidés que ya tengo veinte años. Por lo menos, el infeliz Federico es elegante, es distinguido y lleva un apellido vinculado a la buena sociedad por los casamientos que han hecho las hermanas. ¡Aunque las pobres sean dos monitas!

ARTURO: [encendiendo un cigarrillo] No, si Federico es bueno.

ELENA: Ya ves... Al fin tu novia, rica y todo, también tiene sus defectos: renguea un poco, no se lo puede negar.

ARTURO: [con naturalidad, y echando una gran bocanada de humo] ¡Bah!... Pero como yo no la quiero para parejero...

ELENA: [suspirando] Voy a mi cuarto. [Se pone de pie.] ¿Qué horas serán?

ARTURO: [mirando el reloj] Las cinco menos cinco.

ELENA: [volviendo al tono irritado que le es habitual] ¡Y esta estúpida de Lucía que no me trae la bata! [Dirigiéndose hacia la derecha.] ¡Muy cómoda resulta la protección a los parientes pobres!

ARTURO: [después de un corto silencio] ¿Querés ir un rato por el camino de Palermo? Veremos el regreso de los coches...

ELENA: [deteniéndose bruscamente cerca de la puerta de salida] ¿En qué?

ARTURO: ¿Cómo... en qué? En un carruaje.

ELENA: Pero... ¿en qué carruaje?

ARTURO: En una victoria de plaza.

ELENA: [escandalizada] ¡Estás loco!... [Desaparece por la segunda derecha. Entra SEVERO por la primera derecha con un aire preocupado y mordiéndose las uñas.]

SEVERO: [sin apercibirse de la presencia de ARTURO] Cuatro y dos seis... y tres... nueve. [Se dirige hacia el foro.] Cuatro quintos de lotería...

ARTURO: [llamándolo] ¡Severo!

SEVERO: [volviéndose] ¡Ah!... ¡Arturo!... ¡Qué milagro vos por aquí a estas horas!

ARTURO: Y... ¿me viste al prestamista?

SEVERO: He estado dos veces sin encontrarlo. Y no he vuelto después... ¡Vive tan lejos!

ARTURO: [contrariado] ¡Pero hombre! ¿No te he dicho que tengo apuro? Vémelo hoy mismo.

SEVERO: [como indeciso] Sí... pero... como vive tan lejos... [Se muerde las uñas.]

ARTURO: Con un coche, te vas de una disparada. [Introduce la mano en el bolsillo y saca dinero.] Haceme el favor... [Ofreciéndole un billete.] Tomá.

SEVERO: [con aire resignado y tomando el billete] ¿Cuánto me das?

ARTURO: Diez pesos para el coche. Andá pronto, a ver si esta noche me tenés una respuesta.

SEVERO: [guardando el billete] Voy. [Aparte y gozoso.] Nueve y diez... diez y nueve... ¡Más de un billete entero! [Desaparece por foro. Entra ANGELA por la primera derecha, con un paquete de cartas en la mano y se dirige al foro.]

ARTURO: [dirigiéndose a ANGELA] Che, ¿a qué hora viene todos los días el viejo?

ANGELA: [deteniéndose] Más o menos a esta hora.

ARTURO: [sonriendo] ¿Qué llevás ahí?

ANGELA: Unas cartas para franquear.

ARTURO: [aproximándose] A ver. [ARTURO toca distraídamente las cartas mientras mira con fijeza a ANGELA, y después le pasa la mano por la cara.]

ANGELA: [retirándose bruscamente] ¡Estése quieto, niño!... o le cuento a la señora...

ARTURO: [riendo] Entonces devolveme la estampilla. [ANGELA se dirige hacia el foro.] Decile a Antonio que venga. [Vase ANGELA por el foro, izquierda. ARTURO, una vez solo, empieza a imitar los movimientos de la esgrima, mientras empieza a funcionar el fonógrafo dentro de la segunda izquierda. Por el foro, derecha, entra PEPE, con el sombrero puesto y sale por la primera derecha, sin que ARTURO se aperciba, pero antes de salir se detiene un momento, observa a ARTURO, entregado furiosamente a su ejercicio, y después de mover a uno y otro lado la cabeza, se lleva un dedo a la sien, como quien quiere indicar que tiene por delante a un loco. ARTURO, después de un instante, cesa en sus movimientos, mira la hora de su reloj, toma el diario que ha quedado abandonado sobre un mueble, se sienta y se pone a leer. Inmediatamente entra PEPE por la primera derecha, siempre con el sombrero puesto y llevando debajo del brazo un enorme legajo de papeles, dirigiéndose a salir por el foro, derecha, sin mirar,a ARTURO. Entonces éste, sin que PEPE se aperciba, hace los ademanes propios de quien presencia algo que le hace mucha gracia y se lleva después el dedo a la sien, imitando la mímica anterior de PEPE.]

ANTONIO: [apareciendo por el foro, izquierda] Me dice Angela que usted me llama, niño.

ARTURO: Sí.

SOFIA: [asomando la cabeza por la primera derecha, con acento desesperado] ¡Por favor! ¡Que se calle ese fonógrafo! [Desaparece de nuevo.]

ARTURO: [acercándose unos pasos hacia la segunda izquierda y a gritos] ¡Eh!... ¡Tito!... ¡El fonógrafo!... [Se calla el fonógrafo, y ARTURO se aproxima a ANTONIO] . ¡Ya sabés, eh! A cualquiera que pregunte por mí, le decís que no estoy...

ANTONIO: ¡Oh! Pierda cuidado. Soy como mandado hacer para estas cosas. ¡A mí no me conoce!

ARTURO: Y si viene el animal aquel... el de las patillas... le decís que me he ido al campo.

ANTONIO [riendo] ¡Ah!... ¿el gritón? ¡Si viera qué cosa bárbara! Antes de ayer quiso meter escándalo y tuve que amenazarle con llamar un vigilante...

ARTURO: Sobre todo, que no se enteren aquí adentro.

ANTONIO: ¡Qué esperanza! Si me lo paso todo el día espiando... Esta mañana despaché al alemán joyero, a otro petiso ronco que casi no se le entendía, y a uno de un restaurant. ¡Se fueron lo más contentos!

ARTURO: Bueno... andá no más.

ANTONIO: [sin moverse del sitio] Y diga, niño: ¿no tiene algún datito para mañana?

ARTURO: ¿Para mañana? No he visto el programa. A ver...

ANTONIO: [sacando del bolsillo un programa de carreras] . En la primera la creo fija para Carcamán.

ARTURO: [mirando el programa] No me parece... Rigoleto, con 52 kilos, puede hacer mucho.

ANTONIO: Pero no se olvide que la última vez corrió muy mal...

ARTURO: [que sigue examinando el programa] No importa. El jockey no tenía boletos. [Pausa.] Aquí tenés... ¿ves? ... La tercera es de Balón. ¡En este tiro es robo!

ANTONIO: [mirando por sobre el hombro de ARTURO] Yo creo lo mismo, pero no va a dar nada.

ARTURO: [devolviéndole el programa] Luego te daré datos seguros, por las noticias que haya en el club. ¿Adónde hacés las apuestas? [Entra ANGELA por el foro y sale por la primera izquierda.]

ANTONIO: En una agencia que hay aquí a la vuelta.

ARTURO: ¡Oh!... ¿Y cómo es eso? ¿No estaban prohibidas las agencias?

ANTONIO: ¿Y qué tiene? Lo que han hecho es ponerse un poquito más cerca de las comisarías.

ARTURO: ¿Para qué?

ANTONIO: Porque así, teniéndolas muy encima, no las ven. Y diga, niño... Para la última de hoy en Lomas, ¿no puede decirme algo?

ARTURO: ¿En Lomas?... No sé.

ANTONIO: [riendo] A mí se me hace que la gana Cachupín...

SOFIA: [entrando por la primera derecha, con unas tarjetas postales en la mano] Decime, Arturo...

ARTURO: [bruscamente] No me vengas con las cuestiones con Pepe, porque no quiero saber nada. [ANTONIO guarda el programa y vase por primera izquierda.]

SOFIA: [con calma] ¡No, hombre no! No es eso. Decime... Vos que conocés a tanta gente. ¿No sabés por casualidad quién es un poeta que se llama Raúl?

ARTURO: ¿Raúl? [Encogiéndose de hombros.] ¿Qué sé yo?

SOFIA: Es que debe ser muy conocido, porque hace unos versos espléndidos.

ARTURO: Pues no sé quién es. Bueno, es que tampoco yo conozco poetas, ¿sabés? Una sola vez encontré a uno en una ruleta, pero ése no se llama Raúl.

SOFIA: No, si éste no puede ir a ruletas. ¡Qué ocurrencia! Tiene que ser un hombre de extraordinario talento.

ARTURO: ¡Ah! [Riendo.] ¿Y vos creés que porque tenga talento... ? ¡Al contrario! Si son los peores. ¡Juegan al 32!

SOFIA: ¡No! ¡No!... No es eso. Pero estoy segura que es de otro modo. [Entra por la izquierda ANGELA, llevando sobre el brazo el sobretodo de JUANCITO y seguida de ANTONIO, que le viene hablando muy acaloradamente. ANGELA no contesta y sin detenerse sale precipitadamente por la primera derecha. ANTONIO la sigue con la mirada y después vase por el foro, izquierda, donde ha hecho su aparición la cabeza de MARIANA, para volver a desaparecer al ver a ANTONIO. Esta escena muda debe ser muy rápida.]

ARTURO: Pero... en fin... ¿por qué me preguntas?

SOFIA: Por curiosidad, no más. Por ver si es como yo me lo imagino.

ARTURO: Pero, ¿por qué te interesa?... Vamos a ver.

SOFIA: No es porque me interese. Es que todos los días me manda postales con pensamientos. [Indica las que tiene en la mano.] Y quisiera saber quién es.

ARTURO: [con cierta extrañeza] Pues, hombre. ¿Y qué te dice en esas postales de todos los días? [Hace un movimiento poco acentuado, como para tomar las postales que SOFIA tiene en la mano.]

SOFIA: [sin darse por apercibida del movimiento] A mí no me dice nada. Habla de todo, siempre en verso; y en una forma que algunas veces hace llorar.

ARTURO: ¡Caracoles! [Después de mirarla un momento fijamente y dando a sus palabras mucha intención.] Y decime: ¿por qué no le encargás a Pepe que te averigüe quién es?

SOFIA: Sí. ¿Por qué no? [De pronto, como si algo se le ocurriera y en tono de reproche.] ¡Che, no seas zonzo, eh! No te vayas a creer que en esto haya nada de malo.

ARTURO: [con malicia] Si yo no digo nada de eso...

SOFIA: ¡Al fin es una pavada! [Después de un instante.] A Pepe mejor es no decirle... Pero, ¡lo que es por mí! [Hace un gesto de indiferencia.]

ARTURO: No, hijita, no. Perdé cuidado. ¡Mientras todo quede en postales!... [Haciendo un gesto de despreocupación.] Y de todos modos, ¿a mí qué me importa? [Camina algunos pasos y SOFIA se dirige hacia la derecha, mientras ANGELA, llevando el sobretodo de JUANCITO, entra por primera derecha y sale por primera izquierda.] Decime: ¿tardará mucho el viejo?

SOFIA: [deteniéndose] No, no puede tardar... [Aparece por el foro, derecha, LUCIA, trayendo sobre el brazo un envoltorio.]

LUCIA: [avanzando] Buenas tardes.

ARTURO: [saliendo a su encuentro] ¡Hola, primita! [Le da la mano.]

SOFIA: [sin moverse del sitio] ¡Al fin llegas, Lucía! La has tenido a Elena rezongando toda la tarde. ¿ Le traes la bata?

LUCIA: Aquí está. [Muestra el envoltorio que trae sobre el brazo.]

SOFIA: Te esperaba hoy temprano. [Se aproxima despacio.]

LUCIA: Recién la concluyo. Y eso que he tenido que coser casi toda la noche. [Sonriendo con tristeza.] ¡Elena es demasiado impaciente!

ARTURO: ¿Y mi tía Carolina? ¡Mire que hace tiempo que no la veo!

LUCIA: [sonriendo tristemente] Desde el día que murió papá. Fue la última vez que estuviste en casa. Van a ser dos años.

ARTURO: Es cierto...

SOFIA: ¡Cómo pasa el tiempo! ¿eh? ¡Parece que fuera ayer! [Echa una mirada distraída a las tarjetas que tiene en la mano y se aleja algunos pasos.]

LUCIA: [con tristeza] Es posible... ¡pero lo que es para nosotros es como si hiciera un siglo!

SOFIA: Enrique fue para tu casa.

LUCIA: ¿Sí?... ¡qué suerte!... ¡qué alegría le va a dar a mamá!...

ARTURO: [mirando con fijeza a LUCIA] ¡Qué prima ésta!... ¿Sabés que hace mucho tiempo que no te veía?

LUCIA: [sonriendo] ¡Si nunca estás!...

ARTURO: Y... ¿tenemos novio?

LUCIA: [riendo] ¿Yo?... ¡Qué ocurrencia!

ARTURO: ¡Oh!... Y qué tendría de extraño... [Marcando mucho.] ¡Cuando se es dueña de esa carita!...

LUCIA: [molesta] ¡No seas loco, Arturo!... Voy a ver Elena... Hasta luego.

ARTURO: Hasta luego, prima. [Vase LUCIA por la segunda derecha. Por el foro, derecha, entra ANTONIO y se dirige hacia la izquierda. SOFIA continúa sentada dando espalda al foro, sin preocuparse de los demás personajes mientras lee sus papeles.]

ANTONIO: [a ARTURO, sin detenerse, con misterio y poniendo las manos en los lados de la boca] Despaché al de las patillas... ¡Lo más bien! [Hace señas con las manos como diciendo "todavía va andando". Después, desde la puerta primera izquierda y mientras desaparece por ella.] Jugué Cachupín... [En ese momento dentro de la segunda izquierda empieza a funcionar el fonógrafo.]

ARTURO: [en un arranque de rabia] Este animal nos va romper el tímpano con el fonógrafo. ¡Che, Tito! [Sale apresuradamente por la segunda izquierda y un instante después calla el fonógrafo.]

SOFIA: [declamando con las postales a la vista, después de cerciorarse de que está sola] -"No necesitas que el labio -traduzca, torpe, en sonidos -lo que ha expresado mi alma -a tus ojos con los míos". [Poniéndose de pie y pasando a la segunda postal.] "¿ Acaso yo no comprendo -sin palabras que lo digan -tu desdén o tus caricias -en la luz de tus pupilas?" [Pasando a la tercera postal y cada vez con mayor entusiasmo.] "¿Acaso a mi alma no sientes -agitada, estremecida -estrecharse contra tu alma -cuando mis ojos te miran?" [Cuarta postal.] "Al pasar junto a tu lado -vacilante y conmovido -que de amor por ti me muero -¿tú no sabes qué te digo?" [Leyendo las firmas una por una de las cuatro postales.] ¡Raúl!... ¡Raúl!... ¡Raúl!... ¡Y Raúl! [Ha entrado MARIANA por el foro derecha, aproximándose a SOFIA sin que ésta la sienta.]

MARIANA: Señora...

SOFIA: [sobresaltada] ¿Qué hay?

MARIANA: [entregándole una carta] Esta postal...

SOFIA: ¡A ver!... ¡a ver!... [La toma febrilmente y rompe el sobre para leerla, mientras MARIANA se dirige hacia la primera izquierda y antes de salir, dase vuelta, mira a SOFIA y se lleva el dedo a la sien. SOFIA lee.] ¡Raúl!... [Declamando el contenido.] "Y al buscar con mi mirada -tu mirada siempre esquiva -¿no comprendes que reclamo -que al mirar me des la vida?" [Dejando de leer y con acento afligido.] ¿Pero quién será este hombre que tanto me mira y que yo no lo veo? [Con rabia.] Quiero saber quién es, para contárselo a Pepe. ¡Es un atrevido!... De los que vienen aquí, no puede ser. Ninguno tiene su tipo... ¡lo que tiene que ser su tipo!... Es alguno que me ha visto en el balcón. ¡Es claro! ¡Eso debe ser! ¡Y yo que no me he fijado! ¡Oh! ¡Pero me fijaré! ¡Ya lo creo que me fijaré! [Bruscamente.] ¡Me voy al balcón! [Sale precipitadamente por la primera derecha. Entra ANTONIO por la primera izquierda y después de haber adelantado unos pasos entra ANGELA por la primera derecha.]

ANTONIO: [con enojo] ¿Por qué le estaba registrando los bolsillos al sobretodo del secretario? [Aparece MARIANA por la primera izquierda y desde allí oye lo que sigue de la conversación.]

ANGELA: ¿Y a usted qué le importa?

ANTONIO: ¡Muy bonito! ¡Parece mentira! ¡Todo el día como un pichicho detrás de un tipo que no le hace caso!

ANGELA: [con rabia] Hago lo que se me da la gana, ¿entiende?

ANTONIO: ¡Lindo el mozo! ¡Con esa traza de mona viuda extrañando al difunto!

ANGELA: Mejor que usted, ¿sabe? ¡Vean la facha! ¡Como para reírse de los demás!

ANTONIO: Si yo no me río. Pero lo que es él, tampoco. Si la fealdad doliera, nos aturdiría a gritos...

ANGELA: [fuera de sí] ¡Vaya al demonio, estúpido! [Vase por segunda derecha y ANTONIO intenta seguirla, pero MARIANA lo llama, adelantándose unos pasos.]

MARIANA: ¡Antonio! [Se alisa el pelo con las manos.]

ANTONIO: [deteniéndose] ¿Qué quiere? [De mal modo.]

MARIANA: YA lo he oído.

ANTONIO: Bueno. ¿Y qué?

MARIANA: Le está reprochando que persiga al secretario que no le hace caso, y usted hace lo mismo con ella.

ANTONIO: [con rabia] Bueno. ¿Y qué?

MARIANA: [rompiendo a llorar] ¡Todo porque es rubia!

ANTONIO: ¡Oh! ¡Déjeme de embromar! [Sale bruscamente por el foro, izquierda. Entra SEVERO por el foro, derecha, en momentos que MARIANA va a salir, secándose los ojos con el delantal y arreglándose el pelo.]

SEVERO: ¿Qué tenés? [Quiere tomarla de un brazo.]

MARIANA: [retirándose] Nada. ¡Suélteme! [Brutalmente.] ¡Ya le he dicho que no se meta conmigo, viejo idiota! [Vase por el foro, izquierda.]

SEVERO: [mirándola salir] ¡Es claro: viejo y pobre, corresponde a la categoría de negro! [Haciendo un movimiento de hombros.] Bueno... [Por la segunda izquierda, entra TITO llevando cuidadosamente un aparato de sacar placas fotográficas, y caminando despacio se dirige a salir por la segunda derecha.]

SEVERO: Tito, ¿salió Arturo?

TITO: No. Ahí está en su cuarto. [Señala con la cabeza la segunda izquierda y vase por segunda derecha.]

SEVERO: ¡Caramba! [Vacila un momento, mirando con temor hacia la izquierda.] Bueno, le diré que no lo he encontrado... ¡Vaya un fastidio con su dichoso prestamista! Ahora tengo que hacer. He recorrido más de diez agencias sin poder dar con un billete que sume trece. ¡Es una verdadera fatalidad! Y en resumidas cuentas estoy trabajando para todos, porque lo único que puede salvar a estos destornillados es mi segunda grande. Y digo segunda, porque lo que es de la primera que me saque no pienso dar un peso a nadie. Esa me la guardo para mí, que bastante falta me hace. Es cierto que compro los billetes con dinero de ellos. Yo no lo niego. Pero, ¿qué más quieren, al fin y al cabo? Están colocando plata a rédito, sin sospechárselo siquiera. Vueltito aquí, piquito allá, para ellos no es nada, y puede resultarles mucho. El día menos pensado, con la segunda grande, ¡zas!, situación en salvo, y todo el mundo contento. Veremos si me lo agradecen después; ¡porque ésa es otra!... [Entra ENRIQUE por el foro, derecha.]

ENRIQUE: Buenas tardes, Severo.

SEVERO: ¡Hola, el señor viajero! ¿Qué tal? ¿Has descansado?

ENRIQUE: Estoy bien, gracias. Vengo de ver a tía Carolina. [Juntando las manos.] ¡Qué situación, Dios mío!...

SEVERO: ¿Y qué querés hacerle? Esa es la vida. [Se muerde las uñas.]

ENRIQUE: ¡Pero hombre! Al fin es la viuda de un hermano de mi padre. Tiene una hija que es de nuestra misma sangre.

SEVERO: ¡Y bueno! Las muchachas protegen a Lucía dándole costuras. ¡Demasiado hacen! Creo que sólo Elena ya le debe más de doscientos pesos.

ENRIQUE: [con sorpresa] ¿Le debe?

SEVERO: Sí. En estos últimos tiempos no le ha podido pagar... ¡La pobrecita tiene tantos gastos! Pero es plata segura.

ENRIQUE: ¡Bonita protección [Con vehemencia.] Pero ¿has estado vos en la casa?... ¿Has visto cómo viven?

SEVERO: No. Desde que se fueron del centro...

ENRIQUE: [con calor] ¡Pues hay que verlo! ¡Es de no creerse! ¡Yo no podía imaginarme semejante cosa!

SEVERO: [con indiferencia] ¡Bah! ¡Bah! ¡Bah! No ha de ser tanto. [Se muerde las uñas.]

ENRIQUE: ¡Pero si carecen hasta de lo más indispensable! [Con energía.] ¡No! ¡Es una situación a la que hay que poner remedio! ¡No puede ser! [Se dirige hacia izquierda.]

SEVERO: [como sí de pronto algo se le ocurriera y cambiando de tono] . Decime, ¿pensás comprarles algo?

ENRIQUE: [deteniéndose] Naturalmente.

SEVERO: [muy insinuante] Pues si tenés algunas compra que hacer, yo estoy desocupado y me pongo a tu disposición.

ENRIQUE: [con sequedad] Muchas gracias. [Se dirige hacia primera izquierda.]

ANTONIO: [aparece por el foro, derecha] Ahí está el señor Ruiz.

SEVERO: ¿Ruiz?...

ENRIQUE: [desde la primera izquierda] ¿ Quién es Ruiz?

ANTONIO: Un amigo del señor Pepe.

ENRIQUE: ¡Ah! Alguno de los literatos. [A SEVERO.] Recibilo vos. [Vase por primera izquierda.]

SEVERO: [a ANTONIO] ¿Ruiz, decís? ¿ Literato amigo de Pepe? ¿Esos que leen dramas? Pues yo no lo recibo. Avisale a Arturo. [Vase por primera derecha. Entra TITO por segunda derecha y se dirige hacia la izquierda.]

ANTONIO: [a TITO] Niño... está el señor Ruiz...

TITO: ¿Dónde? [Alarmado sale disparando por la primera izquierda.]

ARTURO: [apareciendo por la segunda izquierda] ¿Qué hay?

ANTONIO: Que está el señor Ruiz...

ARTURO: [de mal humor] ¿Y qué tengo que ver yo con el señor Ruiz? Avísale al secretario de Pepe. [ANTONIO vase por primera derecha y ARTURO hace ademán de volverse a la izquierda, cuando aparece LUCIA por segunda derecha.]

ARTURO: ¿Te vas, primita?

LUCIA: Me voy.

ARTURO: Escuchame...

LUCIA: No. Es muy tarde.

ARTURO: ¿Por qué tanto apuro?

LUCIA: Ha quedado mamá sola. Dejame ir.

ARTURO: Tenés tiempo. Esperate un poco.

LUCIA: Te digo que quiero irme, Arturo.

ARTURO: Bueno mujer, no te enojés. [Mientras, LUCIA, sin volver la cabeza, se dirige nerviosamente a salir por el foro, derecha.] Uno de estos días iré a visitarlas. [Vase ARTURO por segunda izquierda, después de salir LUCIA por foro. Entra por la primera derecha JUANCITO, seguido de ANTONIO que le viene pisando los talones.]

ANTONIO: [con sacarronería] ¡Vamos, hombre! Más ligero.

JUANCITO: [dándose vuelta, muy irritado] ¡Cuidadito, eh! [Le amenaza con el dedo.] ¡No me pise!

ANTONIO: ¡Qué malo!

JUANCITO: ¡Insolente!

ANTONIO: [ahuecando la voz] ¡Secretario!... [Riendo con fuerza se dirige a salir por el foro, mientras JUANCITO, sin decir nada, se pavonea con aire de irritación. Entra ANGELA por la segunda derecha.]

ANGELA: [muy melosa] ¿Necesita usted algo?

JUANCITO: [con sequedad y volviéndole la espalda] Gracias.

ANGELA: [buscándole la cara] ¿ Quiere alguna cosa?

JUANCITO: [con fuerza y dándole la espalda] Gracias.

ANGELA: [buscándole la cara] Pero...

JUANCITO: [con más fuerza y dándole la espalda] Muchas gracias.

ANGELA: [retirándose hacia el foro] ¡Jesús! ¡Qué hombre! [Dándose vuelta.] ¡Y tan buen mozo! [Lo contempla desde lejos.]

ANTONIO: Ahí lo tiene... [Entran por el foro derecha LEOPOLDO y ANTONIO.]

LEOPOLDO: [señalando a JUANCITO] Ando en busca de Pepe.

JUANCITO: [con gravedad] El autor de Despertar de almas no está.

LEOPOLDO: [vacilando] Bueno, hágame el favor de preguntarle a la señora dónde lo podría encontrar.

JUANCITO: [de mal humor] ¡Ya le dije ayer que la señora no estaba!

LEOPOLDO: Ayer... ¡pero hoy sí! Al entrar la he visto en el balcón.

ANTONIO: [avanzando] Sí, señor, está. [A JUANCITO.] Por qué dice que no?

JUANCITO: [indignado] ¡Usted, cállese la boca!... ¡Luciérnaga!

ANTONIO: [con rabia reconcentrada, mostrándole el puño y haciendo un ademán violento] ¡Aurita, no más, te acomodo un castañazo! [JUANCITO retrocede, asustado.]

ANGELA: [precipitándose sobre ANTONIO y dándole un fuerte empellón] ¿No se pase, eh? ¡No tiene vergüenza!

LEOPOLDO: [interviniendo] ¡Pero hombre! [Se interpone.]

ANTONIO: Bueno... ¡Entonces que no me diga malas palabras!... [En esos últimos momentos TITO se ha dejado ver unos instantes por la primera izquierda y sin decir nada ha hecho como si sacara una vista fotográfica del grupo, volviendo después a desaparecer sin que lo notaran, por segunda derecha.]

DON RAMON: [entrando por el foro] Buenas tardes.

ANTONIO: Ahí está el patrón... [Vase ANGELA por primera derecha.]

LEOPOLDO: [saliendo al encuentro de DON RAMON] Señor Gómez...

DON RAMON: [haciéndole una inclinación de cabeza.] -Señor... [Lo mira con atención un momento y después sonríe muy amable.] ¿Usted es el hermano del diputado Montes, no?... [Le extiende la mano muy afectuosamente.]

LEOPOLDO: [dándole la mano] No, señor. Soy Ruiz... un amigo de Pepe. [Vase ANTONIO por el foro, conteniendo la risa.]

DON RAMON: [abandonando su amabilidad] ¡Ah! ¡Me había parecido! [Con aire protector.] ¿Cómo le va? ¿Cómo andan esos papeles?

LEOPOLDO: Bien, muy bien, gracias... [Vase JUANCITO por la primera derecha.]

DON RAMON: Vengo del Congreso. ¡Cómo ha estado el Ministro!... Contestó la interpelación en cuatro palabras, y se puso después a caerle a la oposición... ¡Qué vapuleada jefe!

LEOPOLDO: En cuatro palabras...

DON RAMON: [con enojo] Sí, señor... ¡Y no necesitaba más tampoco!

LEOPOLDO: ¿Y por qué era la interpelación?

DON RAMON: [sorprendido] ¡Pero hombre! ¿ Usted no sabe?... ¿Pero, ustedes viven en la luna? Ese asunto de los colonos que ha dado tanto que hablar. ¡Una zoncera, al fin y al cabo, como lo demostró el Ministro!

LEOPOLDO: ¡Ah!... Sí...

DON RAMON: A mí ya me habían anunciado el resultado en antesalas algunos diputados amigos. Pero, en fin, ¡se decía tanto!... El Congreso estaba lleno... Felizmente, como yo tengo entrada libre a toda la casa, pude oírle pegadito a la silla del secretario. ¡Qué manera de hablar! ¡Parece mentira que con hombres en el gobierno capaces de hablar así, pueda haber todavía oposición!

LEOPOLDO: Es que no está el asunto en hablar bien, señor Gómez...

DON RAMON: [mirándolo con desconfianza] ¡Vaya! ¡Vaya, amigo!... Le estoy viendo demasiado descontentadizo. ¿Es capaz también de ser opositor al gobierno?

LEOPOLDO: Sí, señor.

DON RAMON: [con energía] ¡Pues le prevengo que en mi casa nadie habla contra el gobierno! Y así como yo no me meto en la literatura de ustedes, no se me vengan ustedes a meter en estas cuestiones, que sólo a mí me corresponden! [LEOPOLDO, azorado, no sabe qué responder. En ese momento empieza a funcionar el fonógrafo dentro de segunda izquierda.]

LEOPOLDO: Pero, señor...

DON RAMON: Tal como se lo digo, amigo.

ARTURO: [aparte, asomándose por la segunda izquierda] ¿Qué le habrá dado a este opa por venir todos lo días?

LEOPOLDO: [a DON RAMON] Bueno, señor... Con su permiso, voy a retirarme. [Le da la mano.] Tanto gusto.

DON RAMON: [secamente] Adiós, amigo. [Vase LEOPOLDO por el foro, derecha, y ARTURO riendo, se adelanta hacia DON RAMON. Este, con enojo.] ¡Ya me estaba calentando el mocito imprudente! ¡Tan mal hablados que son estos mequetrefes!

ARTURO: Desde hoy te estoy esperando. Tengo que hablarte.

DON RAMON: ¿Qué hay? [Acercándose hacia la segunda izquierda, donde sigue funcionando el fonógrafo.] ¡Eh, Tito! [Se calla el fonógrafo.]

ARTURO: Necesito que me prestés la firma para un pagaré.

DON RAMON: [con indiferencia] ¿Otra vez?

ARTURO: Es para levantar el otro.

DON RAMON: [con aire bonachón] ¡Cuidado, che! No me vayas a meter en alguna barbaridad.

ARTURO: No, viejo, perdé cuidado... Pronto arreglaré todo. Voy a vender la chacra de Marcos Paz para casarme.

DON RAMON: ¿Pero no dicen que ya has vendido todo lo que tenías? ¿Y que te has comido íntegra la herencia de tu pobre madre?

ARTURO: Esos son cuentos, papá. Apenas si la chacra está hipotecada. Luego te traeré el pagaré, ¿eh?

DON RAMON: Bueno, traelo... ¡Pero si vieras, che, cómo se despachó el Ministro! Imaginate que...

SOFIA: [entrando por primera derecha] ¿ Cómo no te he visto entrar, estando en el balcón?

DON RAMON: ¡Si vieras qué sesión, Sofía! El Ministro destruyó todos los cargos de la interpelación.

SOFIA: Me alegro. ¿Y me conseguiste las tarjetas?

DON RAMON: [sacando cinco postales del bolsillo interno del saco] Aquí las tenés. Cuatro vienen firmadas por diputados, y ésta por el senador que te faltaba. [Entra SEVERO por la primera derecha, sin que DON RAMON y SOFIA se aperciban de él. ARTURO, al verlo, sale a su encuentro y aparenta preguntarte algo con mucho interés. SEVERO aparenta a su vez darle explicaciones y en esa forma se aproximan al foro, donde se separan. SEVERO vase por derecha y ARTURO por segunda izquierda.]

SOFIA: [mirando las tarjetas con cierta decepción] ¡Firmas solas!

DON RAMON: ¡Qué querés! Yo les pedí pensamientos. Pero allí no se puede. ¡Están tan ocupados!...

SOFIA: ¡Ay! ¡Y ésta está manchada!

DON RAMON: [mirando la tarjeta que tiene SOFIA en la mano] Sí... La del diputado Galera. Es que estaba tomando té. Esperé un rato para que concluyera, pero como en seguida pidió otra taza, no quise esperar más. [Dándole rabia.] Es que este hombre siempre que toma té hace un charquito. ¡Es un cochino! Traé para acá. [Toma la tarjeta y la rompe.]

SOFIA: No la rompas. ¡Ah!... ¡Qué lástima!

DON RAMON: No importa... De todas maneras en la Cámara no habla casi nunca...

SOFIA: ¿Y éste?... que no se entiende lo que dice... ¡Pero si es un garabato! ¡El señor este no debe saber firmar!

DON RAMON: ¡Es cierto! ¡Como que es de la oposición! Lo que yo te decía, ¿ves? Te la he traído cediendo a tus exigencias. Pero, la verdad es que de los de la oposición no vale la pena. [Entra FEDERICO por el foro, derecha, trayendo de la mano a JOSEFINA, que no disimula su descontento.]

FEDERICO: Aquí traigo a esta señorita, a quien he encontrado en la puerta de calle conversando con un caballerete...

SOFIA: [saliendo al encuentro de los recién llegados] ¡Ah! ¡Qué criatura! ¡Si me va a matar a disgustos! [A JOSEFINA.] ¿Por qué te salís a la puerta de calle sola? ¡Decí, bandida! [JOSEFINA, empacada, no contesta.]

FEDERICO: Puede pasarle cualquier desgracia.

SOFIA: [a JOSEFINA] ¿Por qué? ¡Contestá!

JOSEFINA: [empacada] No estaba sola.

SOFIA: ¿Y con quién estabas?

JOSEFINA: Con el primo de una chica de la escuela.

DON RAMON: [riendo] ¡Vean la pergenia!...

FEDERICO: [riendo] ¿Qué le parece?

SOFIA: [con exageración] ¡Ah! Es insoportable, ¡Da un trabajo! [A JOSEFINA] ¡Oh! ¡Pero te voy a poner a pupila! ¡Ya verás!

FEDERICO: [a SOFIA] Le traigo la tarjeta firmada por la primadonna de quien le hablé. [La saca del bolsillo y se la entrega.]

SOFIA: [cambiando de fisonomía y muy gozosa] ¡Qué suerte! A ver... [Examinando la tarjeta se adelanta algunos pasos.]

FEDERICO: La he tenido que ir a buscar a un conventillo. ¡Si viera qué porquería!... [Hace un gesto de asco y como si se limpiara las manos.]

SOFIA: [mirando la tarjeta] ¡Qué linda! [Sigue examinándola.]

DON RAMON: [a FEDERICO] ¿No ha estado por el Congreso?

FEDERICO: No. ¿Por qué?

DON RAMON: ¿No ha oído entonces al Ministro?

FEDERICO: No. Vengo de Palermo. [Durante el diálogo anterior JOSEFINA levanta la cabeza, observa si la miran y desaparece rápidamente por el foro, izquierda, sin que nadie se aperciba.]

SOFIA: [refiriéndose a la tarjeta] Es preciosa. Muchas gracias, Federico.

FEDERICO: No hay de qué. ¿Y Elena?

SOFIA: [señalando a ELENA que entra por la segunda derecha.] Ahí la tiene. [FEDERICO se adelanta a saludar a ELENA.]

FEDERICO: [con afectación] ¡Elenita!... [Le da la mano.]

ELENA: [lo mismo] ¡Federico!

FEDERICO: Vengo de Palermo. ¿No me dijo que iría?

ELENA: Sí. Las de Montaldo debieron venir a buscarme; pero no han venido. Y usted, ¿con quién fue?

FEDERICO: Con un joven Rimoldi, a quien usted todavía no conoce.

ELENA: [plegando desdeñosamente los labios] ¿Rimoldi? ¿Qué es eso?

FEDERICO: [con importancia] Un pichila, a quien estoy poniendo en libertad. Es hijo de un licorero enriquecido, y tiene en el coche una yunta que le cuesta diez mil pesos.

ELENA: [cambiando de fisonomía] ¡Ah! Eso es otra cosa. ¿Y qué tal es?

FEDERICO: Gasta seis a siete mil nacionales mensuales.

ELENA: ¡Mirá qué bien!

FEDERICO: [cambiando de tono] ¿Qué le parece este jacket? [Se coloca en actitud de ser examinado.]

ELENA: Lo encuentro un poco corto. Pero será moda...

FEDERICO: [con énfasis] Por el último vapor me lo ha enviado un amigo que está en París.

ELENA: [con agitación] ¡A ver! ¡A ver! ¡Qué lindo! ¡Es de una extremada elegancia! [Junta las manos en señal de admiración.]

SOFIA: [dirigiéndose a FEDERICO y con motivo de la tarjeta que conserva en la mano] ¡Pero, qué firma tan interesante! Debe ser una mujer de mucho talento, ¿verdad?

FEDERICO: [aproximándose a SOFIA seguido de ELENA que le mira el jacket] Hace algunos años hacía furor en el Doria.

ELENA: [aparte a SOFIA] Fijate... [Le indica el jacket.] ¡Ayer lo recibió de París! [Ambas comentan en voz baja el jacket de FEDERICO.]

FEDERICO: [a DON RAMON] ¿No va esta noche al estreno, don Ramón?

DON RAMON: A la asamblea, dirá.

FEDERICO: No, señor, al estreno de la comedia de Mariñones.

DON RAMON: ¡No, amigo! Yo no voy a ver esas cosas. ¡Qué me importa a mí de comedias! Voy a la instalación de un comité, a que me han invitado algunos de mis amigos los diputados.

ELENA: ¿Cómo? ¿Y usted va, Federico?

FEDERICO: Sería de mi deber, porque estoy encargado de hacer la crítica para mi diario; pero prefiero quedarme aquí... [Mira amorosamente a ELENA.]

SOFIA: Eso nos tendrá que agradecer el autor, porque uste es terrible. ¡Quién sabe si no viene a deberle un éxito a su ausencia!

FEDERICO: [sonriendo con afectación] ¡Oh! Escribiré lo mismo. Tengo mi sistema. Diré que la comedia es pésima. Que no puede ser peor. Es la forma de hacerse reputación de crítico, y de que lo tomen a uno en cuenta.

ELENA: ¡Qué malo! ¿Y no siente remordimientos?

FEDERICO: [sonriendo con fatuidad] Algunas veces...

ELENA: [con mimo] ¿Y cuando yo le pida que perdone a alguno?... ¿Lo va a perdonar?

FEDERICO: [sonriendo] De antemano... concedido.

DON RAMON: ¡Ah!... ¿Entonces usted es de la oposición?

FEDERICO: ¿Cómo... de la oposición?

DON RAMON: ¡Es claro!... Así son los de la cámara de diputados, contrarios al gobierno. A todo dicen que no.

FEDERICO: [sonriendo] ¡Pues entonces soy de la oposición! [DON RAMON hace un gesto de descontento y se queda mirando a FEDERICO. Este, sin preocuparse más de DON RAMON, se vuelve hacia ELENA.] ¿Qué le parecería el jacket éste con un pantalón más claro?

ELENA: ¡A ver!... [Toma distancia y observa cerrando un poco los ojos, como quien examina un cuadro.] ¡Muy bien! [Aparecen por la derecha DON CLAUDIO y DOÑA ROSARIO, del brazo.]

DON CLAUDIO: Aquí estamos nosotros.

SOFIA y ELENA: ¡Los tíos! [Salen al encuentro de los recién llegados.]

DON RAMON: ¡Adelante, adelante! [Imita a SOFIA y a ELENA, mientras FEDERICO avanza también algunos pasos. Besos, saludos y apretones de manos.]

ROSARIO: [acercándose a FEDERICO y hablando muy ligero] Me alegra encontrarlo. Necesito que me anuncie un concierto de caridad que damos el jueves. A beneficio del asilo, ¿sabe? La fiesta va a estar espléndida. Escriba... escriba lo que le voy a decir...

LAURA: [a ELENA] ¡Espléndido, che!

ELENA: [muy gozosa] ¡Qué lindo! ¡qué lindo!

FEDERICO: Con mucho gusto, señora. [Saca una cartera de apuntes.] Déme todos los datos. [Escribe formando grupo con DOÑA ROSARIO y ELENA. DON CLAUDIO se encuentra colocado en primer término entre SOFlA y DON RAMON.]

DON RAMON: [a CLAUDIO] ¿Estuviste en el Congreso?

CLAUDIO: No.

SOFIA: ¿Me consiguió la postal?

CLAUDIO: No.

RAMON: ¿Por qué?

SOFIA: ¿Por qué?

CLAUDIO: [a DON RAMON] No pude. [a SOFIA] No pude.

ELENA: [separándose de DOÑA ROSARIO y de FEDERICO para aproximarse rápidamente a DON CLAUDIO.] Ya lo he visto, tío, figurando en el entierro de Amodal... ¡Qué de gente conocida! ¡Así da gusto!...

CLAUDIO: [sorprendido] ¿Qué es lo que da gusto?

ELENA: Asistir a un entierro de esa clase.

SOFIA: [con aire triunfal] ¡Yo tengo el entierro de la reina Victoria en una postal!

DON RAMON: Pues yo no voy sino al de los diputados, par ver los honores de la tropa. ¡Lástima que mueran tan pocos!

FEDERICO: Me acuerdo de uno de esos entierros en que fui hacer la crítica y eché a perder mi mejor levita negra.

DON CLAUDIO: [abriendo mucho los ojos] ¿ Critica usted los entierros?

FEDERICO: ¡Oh!... ¿Y por qué no los he de criticar?

DOÑA ROSARIO: Pues nuestra sociedad ha enterrado hoy cuatro, y ayer a seis. También, ¡uff!, así estoy de rendida. [Se sienta] .

SEVERO: [entrando por el foro izquierdo con un billete de lotería en la mano] ¿Qué les parece el número 9103?

PEPE: [entrando atropelladamente por el foro, derecha] ¡Se aceptó mi drama por la empresa!

ARTURO: [por la segunda izquierda, vestido de smoking] ¿Pero no se come en esta casa? [Dentro de la segunda izquierda empieza a funcionar el fonógrafo.]

ANTONIO: [apareciendo por el foro, izquierda, sin poderse contener al ver a ARTURO, a gritos y haciendo grandes ademanes] ¡Ganó Cachupín!... ¡Siete con veinte!

TODOS: [dándose vuelta, sorprendidos] ¿Qué?

ANTONIO: [recobrando rápidamente su serenidad y adoptando una postura tiesa] ¡Que está la comida en la mesa!

TITO: [por la segunda izquierda con la máquina fotográfica] ¡Ya está!

TODOS: ¡A comer!... ¡a comer!... [Salida por el foro, muy animada, mientras aparece por la izquierda ENRIQUE, que se adelanta uno o dos pasos y queda inmóvil, mirándolos salir con aire preocupado, los brazos cruzados sobre el pecho y moviendo a uno y otro lado la cabeza.]
Telón lento.

Acto segundo

La decoración representa una sala algo más modesta que la del acto primero, presentando a primera vista cierto desorden. Están en ella los mismos muebles que en la anterior, pero en distinta colocación.


ANTONIO: Un momento, señor...

RAMON: ¡Hola, amigo! ¿Esperando a Pepe?

LEOPOLDO: Sí, señor.

RAMON: Bueno... hasta luego, ¿eh? Y disculpe este desorden. Con la mudanza la casa es un alboroto. [Vase y entra PEPE.]

PEPE: ¿Qué tal, Leopoldo?

LEOPOLDO: Como mañana publico en "La Linterna" un suelto referente a Despertar de almas , he querido enseñártelo antes, por si tenés alguna observación que hacerme.

PEPE: ¿Ah, sí? Veamos...

LEOPOLDO: [lee] "Desde hace quince días se ensaya en uno de nuestros principales teatros una obra dramática de alto vuelo. Despertar de almas es el sugestivo título del drama que nos ocupa, y es su afortunado autor uno de los jóvenes intelectuales que más se distinguen entre los nobles cultores del arte de Molière."

PEPE: ¡Muy bien, Leopoldo, muy bien! Muchísimas gracias. ¿ Sale mañana?

LEOPOLDO: Mañana sin falta. Ya sabés que soy muy amigo del director de "La Linterna".

PEPE: Te quedo sumamente agradecido.

LEOPOLDO: De nada, hombre. Y, a propósito, decime: voy a entregar a la empresa del otro teatro el libreto de mi última comedia y necesito que se interesen en la lectura. Si algún diario lo anunciara con algunas líneas...

PEPE: ¡Cómo no! Es muy fácil. Ahora mismo voy a escribir una noticia para "El Farol", donde me publican todo lo que pido. ¿Tenés un lápiz?

LEOPOLDO: Tomalo. [Se lo da y PEPE escribe. Breve pausa.]

PEPE: Escucha.

LEOPOLDO: ¿Tan pronto?

PEPE: ¡Oh! Ya estoy acostumbrado. Estos sueltos me salen al correr de la pluma: "El joven dramaturgo Leopoldo Ruiz, tan aplaudido por nuestro público inteligente, nos tiene reservada una grata sorpresa. Se trata de una hermosa producción de su brillante y fecunda pluma, y se asegura que hay en ella mucho del simbolismo de Ibsen, dentro del vigor extraordinario de Shakespeare".

LEOPOLDO: Shakespeare... es mucho.

PEPE: ¡Hombre! ¡Vaya unos escrúpulos!

LEOPOLDO: No es eso... Es que...

PEPE: Pues le pondremos Schiller, si te parece...

LEOPOLDO: Así sí... Todavía Schiller... Pero, mirá. Mejor es Beaumarchais. Es más mi género... y hasta mi estilo... ¿Comprendés?

PEPE: Bueno, bueno... No hay inconveniente. Mañana lo verás en letras de molde. [Llega FEDERICO.]

FEDERICO: Buenas tardes.

PEPE: Adelante el eximio crítico...

LEOPOLDO: ¡El terror de los malos autores!

FEDERICO: No tanto... no tanto... ¿Cómo les va a ustedes?

PEPE y LEOPOLDO: Bien, gracias. ¿Y a usted?

FEDERICO: Aquí traigo unas líneas que publicaré mañana ¿Quieren que las lea?

PEPE: ¡Cómo no!

LEOPOLDO: A ver... A ver...

FEDERICO: "Se anuncia la representación de una obra que será una obra. Hablamos en la acepción artística de palabra. ¡Voilá quelque chose, à la fin! . El nombre por lo pronto una trouvaille . Se llama Despertar de almas . La sola presentación del coppione ha producido la débâcle entre la fila de los pequeños, de los que con obras vacías de pensamiento y falta de ideas se ha posesionado del escenario nacional, para vergüenza de la letras argentinas".

LEOPOLDO: ¡Tomá mate! Corto, pero sustancioso... ¡Así me gusta!

PEPE: ¡Muy bien!... ¡Pero muy bien!... ¡A usted lo van a matar!

FEDERICO: ¿A mí? ¡Bah! ¡Lo que van es a saber quién soy!

PEPE: Y, a propósito ¿qué me dice usted del éxito de la comedia de Mariñones? ¿Quieren escándalo igual? Hace quince días que se estrenó y el teatro siempre de bote en bote. ¡Para ver eso! ¡Una irrisión!

FEDERICO: ¡Ah! Sí. ¿Pero no ha visto usted lo que le digo yo en mi diario?

PEPE: Sí... pero el teatro sigue lleno.

FEDERICO: ¿Y eso qué importa? Lea, lea lo que le digo esta mañana en el primer suelto, sección teatros...

PEPE: Lo he visto, Federico. A lo que me refiero es a la cantidad de gente que concurre a las representaciones.

FEDERICO: ¡Ah!, bueno. Pero, en cambio, todo lo que le digo yo. ¡Oh! ¡Y eso no es nada!... ¡Ya verán mañana... y pasado... y siempre!

LEOPOLDO: Es terrible este Federico.

PEPE: ¡Una cosa bárbara!

FEDERICO: ¿Y su comedia?

LEOPOLDO: Manana entrego el libreto, de manera que alguna palabrita suya...

FEDERICO: ¿Ah, sí? Pues pasado mañana, sin falta. ¿ Cómo es el título?

LEOPOLDO: Sinfonías .

FEDERICO: ¡Bueno fuera! ¡Ya verá! Para eso somos los amigos.

LEOPOLDO: Muchas gracias. [Ha entrado JUANCITO con una carta, que entrega a PEPE.]

PEPE: [después de leerla] Una carta de Manduca, el crítico de "La Pampa", que rehúsa mi invitación a comer y se niega a escuchar una lectura privada de la obra.

LEOPOLDO: ¡Insolente! ¿Y qué dice?

PEPE: ¡Una sarta de pavadas! Que lamenta no poder aceptar porque sus ocupaciones se lo impiden. Yo deseaba hablarle de la tesis, porque con seguridad no la va a entender. Seguro que no la entiende.

LEOPOLDO: ¡Es claro! Mientras que con una comida...

PEPE: Se la podía explicar. [A JUANCITO.] Vaya y termine no más de arreglar los álbumes de la señora. [Mutis de JUANCITO. Entra SEVERO.]

SEVERO: Buenas tardes. Con el permiso de ustedes. [A PEPE.] Permitime una palabra...

PEPE: [aparte] : ¿Qué hay?

SEVERO: ¿No has visto a Arturo?

PEPE: No. Ya sabés que, con el pretexto de los preparativos de su casamiento, hace una semana que no se le ve la cara. ¿Por qué?

SEVERO: Han venido dos jóvenes a preguntar por él. Así como si temieran una desgracia.

PEPE: ¿Desgracia?

SEVERO: Sí. Parece que jugando en el club, perdió anteanoche una suma fuerte de dinero, y que después no ha vuelto a pagarla, ni se sabe nada de él.

PEPE: ¿Suicidio? ¡Bah, bah! No lo conocen a Arturo. [Llamando.] ¡Federico!

FEDERICO: ¿Eh?...

PEPE: ¿No tiene usted por casualidad noticias de Arturo?

FEDERICO: Hace tres noches lo vi en un palco del Casino.

PEPE: No... Después...

FEDERICO: No.

LEOPOLDO: Yo no estoy seguro si era él; pero anoche, por la calle de Artes pasó en un coche uno muy parecido, en compañía de una señora.

FEDERICO: ¿Qué? ¿Ocurre alguna cosa?

PEPE: No. Nada. No hay que preocuparse. En lo mejor aparecerá.

SEVERO: Entonces, lo dejaremos no más. ¿Sabés que podías regalarme esa corbata?

PEPE: ¡Si es la única que tengo!

SEVERO: Te comprás otra.

PEPE: Bueno, el día del estreno y según como te portés.

SEVERO: ¡Oh! No hay cuidado. Ya le he comprometido a cuatro loteros para que lleven a sus familias, y tengo otros dos en vista, pero viudos y sin hijos.

PEPE: Eso no importa. La cuestión es que aplaudan. [Pasa, de un lateral a otro, ANGELA; la sigue ANTONIO y detrás, como siempre, MARIANA.]

SEVERO: ¡Oh! ¿Y esto?

PEPE: ¿Qué les pasa a ustedes?

ANGELA: Nada, señor.

ANTONIO: ¡Pero nada!

MARIANA: ¡Absolutamente nada! [Vanse los tres.]

FEDERICO: ¡Es original!

LEOPOLDO: Es una salida de comedia. La utilizaré algún día.

PEPE: No los entiendo.

SEVERO: ¡Qué bastón tan bonito! [Tomando el de FEDERICO.]

FEDERICO: Está a su disposición.

SEVERO: Muchas gracias.

ENRIQUE: [entrando] Señores, buenas tardes.

FEDERICO y LEOPOLDO: Señor Gómez...

ENRIQUE: ¿No ha estado Arturo?

PEPE: No. ¿Por qué?

ENRIQUE: Me escribió esta mañana y le contesté que viniera a verme.

SEVERO: Si querés que tome un coche y vaya a buscarlo...

ENRIQUE: ¿Sabés dónde?

SEVERO: ¡Oh! Yendo en coche, yo daré con él.

ENRIQUE: Bueno.

SEVERO: Enseguida.

PEPE: Te estuvimos esperando para almorzar.

ENRIQUE: Almorcé con mi tía Carolina.

PEPE: ¿En la nueva casa?

ENRIQUE: Sí.

PEPE: ¡Hum! Me parece que en esas visitas hay más interés de primo que de sobrino.

ENRIQUE: ¿Qué? ¿Te parece mal?

JOSEFINA: [llega corriendo, perseguida por TITO] ¡Papá! ¡Tito me quiere pegar!

PEPE: ¡Zángano! ¿No tenés otra cosa en qué entretenerte?

ENRIQUE: ¿Y vos, qué le has hecho?

JOSEFINA: Yo, nada. Se enojó porque destornillé el fonógrafo para ver lo que había adentro.

PEPE: Andá para el fondo, Josefina, y no te metás con Tito. [Vanse ambos. Entran ROSARIO y LAURA.]

ROSARIO: Buenas tardes.

ENRIQUE: Tanto gusto, tía Rosario. ¿Cómo te va, Laura?

ROSARIO: ¡Jesús, qué desorden!

PEPE: ¡Qué quiere! La mudanza. ¿Conoce usted a mi amigo Leopoldo Ruiz?

ROSARIO: No, no tengo el gusto.

LEOPOLDO: Señora...

PEPE: La señora de Pérez, hermana de mi suegro.

LEOPOLDO: Tanto gusto.

PEPE: La señorita de Pérez.

LEOPOLDO: Ya he tenido el placer de serle presentado a la señorita.

LAURA: ¡Ay! Es verdad, Discúlpeme. ¡Yo soy tan atolondrada!

ENRIQUE: Pero, siéntense.

ROSARIO: No, hijo, no. Tengo mucho que hacer. La dejo a Laurita y me voy. Luego volveré a buscarla.

ENRIQUE: Por supuesto, siempre las tareas de las sociedades de caridad.

ROSARIO: Sí, hijo, sí. Y te aseguro que dan trabajo. Ahora tengo que ir a un conventillo.

PEPE: ¿A un conventillo? ¿Y para qué?

ROSARIO: ¡Lo de siempre! Imagínense que hay un pícaro mulato que desde hace más de cinco años tiene engañada a una pardita que vive con él; y las señoras, como es natural, estamos empeñadas en casarlos. Bueno, me voy.

PEPE: Espérese, para que la vean las muchachas.

ENRIQUE: ¿Y mi tío Claudio?

ROSARIO: De vuelta de su partida de golf se metió en cama. Dice que está enfermo, pero no creo que sea nada. Mucho cuidado Laura, ¿eh?

LAURA: Perdé cuidado, mamá.

ROSARIO: No te asomés al balcón.

LAURA: Andá tranquila.

ROSARIO: No... Es que lo que ocurre con esta muchacha no pasa con nadie. ¡Es una lluvia de festejantes por todas partes! Ahí deben andar rondando dos que nos han venido siguiendo desde casa.

LAURA: ¡Tres, mamá, tres!

ROSARIO: Bueno... tres, cuatro, o cinco... ¡Peor todavía!

LAURA: ¿Y yo qué culpa tengo? ¡Figúrense ustedes! ¿ Cómo voy a impedirles que me sigan?

LEOPOLDO: En todo caso habría que culpar a la naturaleza por haber sido tan pródiga con esta señorita.

LAURA: No, señor, no. Demasiado sé que soy fea, y que lo hacen porque se les ocurre no más...

FEDERICO: ¡No diga usted eso!

LAURA: Sí, Federico, de puro amable que es. Pero yo no me hago ilusiones.

ENRIQUE: Pero si te siguen es porque les darás motivos.

LAURA: ¿Yo? ¡Qué esperanza! Ni siquiera los miro. ¡Y cuántos más desaires les hago, es peor!

ENRIQUE: ¡Hijita, éstas son historias!

ROSARIO: ¡No, Enrique, no! En eso tiene razón. Y si no, que lo diga el infeliz aquel, que el año pasado...

LAURA: ¡Callate, mamá! Ya te he dicho que nunca me lo recordés.

FEDERICO: ¿Qué? ¿Qué fue?

ROSARIO: Aquel joven que se suicid6 cerca de Palermo. ¿No se acuerda?

PEPE: ¡Claro! Eso lo puede decir.

LAURA: Te digo que te calles, mamá. ¡Qué gusto de mortificarme!

ROSARIO: ¡Vaya tonta! ¿Y acaso vos tenés la culpa de que no te gustara?

PEPE: ¿Qué se habrán hecho estos sirvientes?

ROSARIO: Deje no más. Iremos hasta el cuarto de Elena. Con permiso. [Mutis de ROSARIO y LAURA.]

PEPE: ¡Doña Juana Tenorio! [Suena dentro el fonógrafo.]

ENRIQUE: Pero, ¡qué ganas de decir pavadas!

LEOPOLDO: ¡Qué hermoso fonógrafo! [Entra SOFIA. Luego JUANCITO, que recoge unos papeles y se va.]

SOFIA: Pepe, yo no sé lo que sucede en la puerta de la calle. La gente está amontonada y hay vigilantes.

PEPE: ¿Vigilantes?

ENRIQUE: ¿Ha venido Arturo?

SOFIA: No sé. No lo he visto.

PEPE: Voy a ver lo que es. [Mutis con ENRIQUE.]

SOFIA: ¿Cómo está, señor Ruiz?

LEOPOLDO: ¿Y la señorita Elena?

SOFIA: Buena, gracias. [Rumores dentro.]

FEDERICO: Pero, ¿qué sucede?

SOFIA: Yo no sé. Estaba en el balcón cuando de pronto he visto así a la gente. Es un alboroto toda la cuadra.

LEOPOLDO: Alguna pelea de cocheros.

SOFIA: Es que están todos delante de la puerta, y se conoce que otros adentro del zaguán. Tiene que ser de aquí, de la casa... [Se estremece.]

FEDERICO: ¿Qué? ¿Qué es eso?

SOFIA: Nada, un escalofrío.

FEDERICO: Consecuencias del balcón. ¿Ve? De un tiempo a esta parte usted se lo pasa todo el día en el balcón. ¿ Qué novedad es ésa?

SOFIA: Como salgo tan poco, me entretengo en ver pasar la gente.

LEOPOLDO: Ya vuelven. [Cesa el fonógrafo.]

ENRIQUE: [volviendo] Es Antonio, que ha tenido una cuestión con un individuo,y se ha tomado a golpes.

SOFIA: ¡Qué escándalo!

ENRIQUE: Ahí queda Pepe, tratando de convencer a un oficial de policía que se empeñaba en prender al chino.

FEDERICO: ¡Eso es lo que sabe nuestra policía: llevarse presa la gente!

ENRIQUE: ¡Hombre, hombre! ¡Es una de las cosas que tiene que saber! [Entra PEPE, empujando a ANTONIO. Los siguen ANGELA y MARIANA.]

PEPE: ¡Entrá, sinvergüenza!

ENRIQUE: Y al fin, ¿por qué ha sido?

PEPE: ¡Qué se yo! Me he comprometido a que dentro de un rato irá uno de nosotros a pagar la multa.

SOFIA: ¿Qué ha hecho usted?

ANTONIO: Nada. señora. Era el prójimo de las patillas.

ENRIQUE: ¿Quién es el de las patillas?

ANTONIO: Uno que viene siempre a gritar a la puerta. Y esta vez, porque le dije que se fuera, me pegó esta trompada.

SOFIA: ¡Muy bonito!

ANTONIO: ¡Bonito! Así será, pero le advierto que después se fue rodando las escaleras hasta abajo.

ENRIQUE: Pero, quién es ese hombre?

ANTONIO: Un conocido del niño Arturo.

ENRIQUE: ¡Ah!

PEPE: Sí, las cosas de Arturo. Lo de siempre. Y vos, ¿no tenés vergüenza de hacer un escándalo así, en una casa decente?

ANTONIO: ¡Si no pude hacer nada! ¡Lo viera! ¡Flojo como todo gritón! ¡Lo corrí, pero qué! ¡Parecía hijo de Orbit por lo ligero!

PEPE: Bueno, basta de charla. Andá para adentro. [Vanse ANTONIO y las criadas.] ¿Me acompañas hasta el teatro?

LEOPOLDO: Vamos. [Despidiéndose.] Señora...

SOFIA: No se olvide de la promesa que me hizo ayer.

LEOPOLDO: ¿Las tarjetas? No hay cuidado. Mañana mismo iré a la penitenciaría.

FEDERICO: ¿Se trata de postales?

SOFIA: Sí. Nada menos que con las firmas de doce celebridades.

LEOPOLDO: Las de los doce principales asesinos.

FEDERICO: Pues si se trata de eso, yo le prometo una sorpresa.

SOFIA: ¿Sí? ¿Cuál?

FEDERICO: Los autógrafos de los asesinados.

SOFIA: ¡No diga!

FEDERICO: ¡No se ría! En serio, y muy en serio.

SOFIA: Pero, ¿cómo?

FEDERICO: Tengo un amigo espiritista.

SOFIA: Es cierto. ¡Qué lindo! [Llega ELENA, indignada. La siguen ROSARIO y LAURA.]

ELENA: ¡Qué canallas! ¡Pero han visto qué canallas!

ENRIQUE, FEDERICO y SOFIA: ¿Qué sucede? ¿Qué hay?

ELENA: ¡Mi retrato! ¡Miren mi retrato!

ENRIQUE: ¿Elena Gómez? Pero, ¿qué es esto? ¿ Quién es ésta?

SOFIA: ¡Qué barbaridad! ¡Si es un mono!

FEDERICO: ¡Parece la estatua de Rodin!...

ENRIQUE: ¡Pero mujer! Será otra Elena Gómez. Esta no sos vos.

ELENA: ¡Sí, sí!

LAURA: Vean más arriba.

ENRIQUE: ¡Ah! Aquí está tu retrato. Pero dice...

FEDERICO: ¡Elena Sambetti!

SOFIA: ¡La hermana del pintor!

ELENA: ¡Una cursi!

FEDERICO: ¡Qué indignidad!

ENRIQUE: ¡Vaya, Elena, no es para tanto!

SEVERO: [entrando] ¡Sí, sí, ya sé! Han confundido los retratos.

ELENA: ¡Canalla! ¡Canalla! ¡Vos tenés la culpa!

SEVERO: ¿Yo? Si es un cambio de retratos, hija. ¿Qué culpa voy a tener yo?

ELENA: ¡Canalla! ¡Sos un canalla!... [Crisis de nervios. Se oye otra vez el fonógrafo.]

ENRIQUE: ¡Pero, Elena!

FEDERICO: Elenita, tranquilícese, Elenita...

LAURA: Elena...

ELENA: ¡Dios mío! ¡Cómo se reirán de mí! ¡La República entera a estas horas se está riendo de mí!

ENRIQUE: No digas disparates.

FEDERICO: ¡Bah! La República ya no se ríe de nada.

ELENA: ¡Vos tenés que batirte, Enrique! ¡Vos no podés permitir que así se burlen de tu hermana!

FEDERICO: No. En todo caso...

ENRIQUE: Pero, decime, ¿estás loca?

FEDERICO: Es que si se trata de eso, yo...

ENRIQUE: ¿Qué?...

FEDERICO: Haré rectificar.

ELENA: ¡Dios mío! ¡Dios mío! Todos me abandonan. ¡Ya no puedo más!

SEVERO: ¿Quieren que llame a un médico?

ENRIQUE: ¡No, hombre, no!

ELENA: ¡Monstruo! [A ENRIQUE.]

ROSARIO: Me voy al conventillo. Hasta luego. [Vase por foro, derecha. Por lateral SOFIA, ELENA y LAURA.]

ELENA: [antes del mutis, a SEVERO] ¡Vos! Vos tenés la culpa!

SEVERO: ¿La culpa? ¿Y qué culpa voy a tener yo? [A ENRIQUE.] ¡Ah! A Arturo no lo encontré y me debés dos pesos de coche... [Cesa el fonógrafo, de golpe. Gritos de JOSEFINA, que pasa corriendo, perseguida por TITO.]

FEDERICO: ¡Felizmente la chica lo ha descompuesto!

TITO: Bueno. ¡Si la agarro a Josefina le rompo el alma! [Mutis.]

MARIANA: [corriendo] ¡Señor! ¡Señor! Ahí está Antonio peleando con unos hombres en la galería. [Rumores dentro.]

ENRIQUE: ¿Qué?

MARIANA: ¡Ay! ¡Aquí están! [Entran ANTONIO, un OFICIAL DE JUSTICIA de justicia y su acompañante.]

ENRIQUE: ¿Qué quiere decir esto?

ANTONIO: Estos individuos, señor... Vea cómo me han puesto! [Indica la cara.]

OFICIAL: Venimos en nombre de la justicia a embargar los muebles de esta casa, y este insolente...

ANTONIO: ¡Más insolente será usted!

ENRIQUE: ¡Silencio! ¿A embargar, dice?

OFICIAL: Sí, señor. Aquí está el mandamiento. Juicio ejecutivo contra Arturo Gómez, por cobro de pesos.

ENRIQUE: Esta casa, señor, no es de Arturo Gómez.

OFICIAL: Eso no es cuenta nuestra.

ENRIQUE: Permítame. Pasen ustedes por aquí.

FEDERICO: Yo me voy, Enrique. [Mutis de ENRIQUE, OFICIAL, ACOMPAÑANTE y FEDERICO.]

SEVERO: ¡Empezó el incendio!

ANTONIO: ¡Todavía me las ha de pagar ese tipo madrugador!

SEVERO: ¡Qué bien te han puesto!

ANTONIO: ¡Oh! ¡Deje no más!... ¡No se me ha de ir muy lejos!

MARIANA: [vuelve, con unos parches] -Póngase esto, Antonio.

ANTONIO: ¿Qué es eso?

MARIANA: Unos parches con salmuera.

ANTONIO: ¡Salga de acá con esa porquería!

MARIANA: Le hará bien, Antonio.

ANTONIO: ¡Que salga, le he dicho!... [Vase MARIANA llorosa.] Y diga, don Severo, ¿no quiere que juguemos a medias una redoblona para las carreras del domingo? Tengo tres fijas.

SEVERO: Por lo menos dos. [Por las manchas de la cara.] ¡No te las quita ni el presidente!

ANTONIO: ¡Bah! Deje eso. ¿Quiere que juguemos?

SEVERO: Si me saco mañana la lotería, sí. ¿ Qué te parece? Suma 26... Dos veces 13.

ANTONIO: Es un engaño. Más seguras son las carreras.

SEVERO: ¡Qué disparate!

ANTONIO: A mí me gustan las carreras y la ruleta. ¡Ah, si no estuviera prohibido el juego!

SEVERO: ¡Mire qué gracia! El juego es inmoral y no puede permitirlo el gobierno.

ANTONIO: ¡Esas son historias! Debían dejar divertirse a la gente. ¡Para eso es la vida!

SEVERO: ¿Sí, eh? ¡Muy bonito!

ANTONIO: ¡Es claro! Mire, si no, los pocos años que estamos vivos, y todos los que después estamos muertos... [Gritos adentro.]

SEVERO: Este Tito ha logrado agarrar a Josefína. [Mutis segunda izquierda. Entra ANGELA.]

ANGELA: De parte de la niña Elena, que lleve esta carta a esa imprenta que dice ahí. ¡Oh! [Ríe al verle la cara estropeada.]

ANTONIO: Sí, ríase, no más. ¿Y por qué no la lleva usted?

ANGELA: Porque yo tengo que ir a la botica.

ANTONIO: ¡Qué embromar con la niña Elena! Usted, por quedarse mirando al florcita del secretario... La mandaré con un changador. [Al ir a hacer mutis, lo detiene SOFIA.]

SOFIA: ¡Oh! ¿Qué es eso? ¿Se le ha contagiado el otro ojo?

ANTONIO: ¡No, señora, es la cría! ¡Maldita sea mi suerte! [Mutis furioso.]

SOFIA: ¿Pero está loco, éste?

ANGELA: Es que es un atrevido, señora... [Vase ANGELA y entra MARIANA.]

MARIANA: Señora, esta carta. [Se la entrega y vase.]

SOFIA: [lee la firma] ¡Raúl!... Pero, ¿quién será Raúl, Dios mío? [Lee.] "Deja que el labio enmudezca -pues es rigor del destino -al convertir en ultraje -la expresión de mi cariño. -Que este secreto que guardo -como un crimen, escondido -al penetrarlo tu alma -Ya ha dejado de ser mío. -Y a despecho de las leyes -de la necia humanidad -que en separarnos se empeña -por un absurdo social".

ENRIQUE: [entró un momento antes y la ha escuchado estupefacto] ¡Sofía!

SOFIA: ¿Qué?

ENRIQUE: Pero, ¿has perdido la razón?

SOFIA: ¡Vaya! ¿Por qué? ¡Me has asustado!

ENRIQUE: ¡Declamando versos!

SOFIA: ¡Oh! ¿Y qué tiene? ¡Qué pavada! ¡Todo te parece mal! [Mutis.]

ENRIQUE: ¡Pero, señor, señor! ¿Estarán realmente locos? [Vuelve ANGELA con un paquete.] ¿Qué llevás ahí?

ANGELA: Unos remedios para la niña Elena.

ENRIQUE: ¿Remedios? A ver. [Abre el paquete.] ¿Qué es esto? ¡Morfina! ¿Elena le ha mandado comprar morfina?

ANGELA: Sí, señor.

ENRIQUE: Traiga usted para acá. Yo voy a llevárselo. [Mutis.]

ANGELA: ¡Qué suerte! ¡Otra estampilla! [Recoge el sobre que arrojó SOFIA.]

LAURA: [entrando] ¿No sabe si Sofía está en el balcón?

ANGELA: Creo que sí, niña.

LAURA: ¡Qué lindo! Me voy con ella. [Mutis. Entra MARIANA.]

MARIANA: Angela, ¿quieres prestarme la caja de fósforos? [A ARTURO, que llega de la calle en ese instante.] Niño, ¿quiere hacerme el favor de prestarme los fósforos?

ARTURO: ¿Está Enrique? [Dándole lo que pide.]

MARIANA: Sí, está. [Mutis de ARTURO. Entra SEVERO.] Don Severo, ¿quiere prestarme los fósforos?

SEVERO: Pero me los devolvés, ¿eh? [Le entrega la caja. Llega TITO.]

MARIANA: Niño Tito, ¿me presta los fósforos?

TITO: [le da una caja y luego otra] Ahí tenés otra. Tomá. Me quedan más todavía. [Mutis.]

ANTONIO: [entrando] ¿Entró el niño Arturo?

MARIANA: Sí. ¿Quiere darme un fósforo?

ANTONIO: No tengo.

ARTURO: [reapareciendo] ¿Qué tenés?

ANTONIO: ¡Chist!... [Mutis de ARTURO y ANTONIO.]

MARIANA: [mutis, contando las cajas] 1... 2... 3... 4... 5... y 6... [Entra LUCIA; enseguida LAURA y TITO.]

LAURA: ¿Cómo te va, Lucía?

LUCIA: ¿Cómo estás? ¿Qué tal, Tito?

TITO: ¿Querés que te retrate?

LUCIA: Muchas gracias.

TITO: Entonces me voy. [Mutis.]

LUCIA: ¿Y Sofía?

LAURA: Estábamos en el balcón, pero yo me he entrado porque conforme me han visto, se han puesto a pasar uno tipos...

LUCIA: Eso es lo que tiene ser buena moza.

LAURA: ¡Callate! ¡Si ya estoy aburrida!...

TITO: [dentro] ¡Ligero, Laura, que se va a concluir la luz!...

LAURA: ¡Voy... voy! Hasta luego. [Entra ARTURO.]

ARTURO: Lucía...

LUCIA: Buenas tardes, Arturo. [Va a retirarse.]

ARTURO: Esperate. Tengo que hablarte.

LUCIA: ¿Qué querés?

ARTURO: EL otro día estuve en tu casa, y me dijeron que habías salido.

LUCIA: Sí. Lo supe después.

ARTURO: No es cierto. Estabas.

LUCIA: ¡Te digo que no!

ARTURO: Aunque me lo digas, yo sé. Te escondiste para no verme.

LUCIA: ¡Qué ocurrencia!

ARTURO: En cambio, yo... Pero, decime: ¿por qué sos así conmigo?

LUCIA: Pero, ¿cómo? No te entiendo.

ARTURO: No sé... Pero te noto algo raro. Con otros no sos de esa manera.

LUCIA: ¿Estás loco, Arturo? ¿A qué viene todo eso?

ARTURO: ¡Y ahora, con el protector que te ha salido! ¡Es claro! El puede. ¡El Creso de la familia!

LUCIA: ¿Qué es lo que estás diciendo? ¿Es de Enrique de quien hablás?

ARTURO: De Enrique, sí. De Enrique, que parece que viviera en tu casa. Que todo el día está con ustedes. ¿Te crees que no lo sé? ¡Tonta! ¡Si te tengo vigilada!

LUCIA: ¡Basta! [Medio mutis.]

ARTURO: ¡No! ¡No te irás!

LUCIA: ¡Arturo! ¡Dejame salir, te digo!

ARTURO: ¡Es que aunque no quieras! [La besa a la fuerza.]

LUCIA: ¡Cobarde!

ARTURO: Perdoname...

LUCIA: ¡Cobarde! ¡Sos un cobarde!

ENRIQUE: [entrando] ¿Qué es eso? ¿ Qué has hecho, Arturo?

LUCIA: No... Enrique...

ARTURO: No es para tanto. Le he dado un beso. Eso es todo.

ENRIQUE: ¡Ah, canalla! ¿Y lo decís con esa calma? ¿No tenés vergüenza?

ARTURO: [amenazador] ¡Cuidado, Enrique!

LUCIA: ¡Por Dios! ¡Te lo pido por Dios!

ENRIQUE: ¡Atrevete, miserable!... [Entra TITO y enfoca.]

TITO: ¡Un momento!... ¡Ya está!... [Mutis. Llega ROSARIO.]

ROSARIO: Déjenme que me siente. No sé cómo he podido llegar hasta aquí. ¡Vengo sofocada!

LUCIA: ¿Qué le sucede, tía?

ROSARIO: Haceme dar un poco de agua. ¡No puedo más! [Mutis de LUCIA.] Vengo del conventillo. Pero... ¡Jesús, qué caras!... ¿Qué les pasa a ustedes?

ARTURO: Nada, tía, nada...

ROSARIO: ¡Dios mío!... ¡Qué disgusto tan grande! Cuando llegué, el pícaro mulato acababa de pegarle una paliza a la infeliz pardita; y en seguida empezó a insultarme a mí... ¡Me ha dicho de horrores! ¡Qué boca, Dios Santo! Terminó por agarrar una escoba, declarándome que si volvía a poner los pies en su casa, me iba a barrer mollera! [LUCIA vuelve con un vaso de agua. ROSARIO bebe.] Gracias, hija. [Mutis de LUCIA.] Salí disparando y aquí me tienen para volver mañana; siempre que consintás vos en acompañarme, que es lo que vengo a pedirte.

ENRIQUE: ¿Yo, tía? ¿Yo? ¡Muchas gracias!

ROSARIO: ¡Pero, hijo! Es una buena acción que se tendrá muy en cuenta.

ENRIQUE: ¡No, tía, no! Continúe usted sola sus buenas acciones. ¡Por ese camino la llevarán a usted al cielo las maldiciones de la tierra! [Mutis.]

ROSARIO: ¡Oh! ¿Y qué mosca le ha picado ahora a éste?

ARTURO: No le haga caso, tía. ¡No sabe lo que dice! Usted siga no más, que hace muy bien.

ROSARIO: ¡Cómo se conoce que viene de esa tierra de egoístas, donde a nadie le importa de los demás y viven sólo para sí! ¡Qué diferencia de nosotros!

LAURA: [entrando con TITO] ¿Ya estás de vuelta, mamá? ¿Cómo te va, Arturo? Nos venimos porque Sofía está con dolor de cabeza y se ha recostado.

ROSARIO: ¿Ha quedado sola? Voy a verla. [Mutis izquierda.]

LAURA: Está Lucía con ella. Vamos con Tito a revelar unas placas. Me va a enseñar. ¿No es verdad, Tito?

TITO: Sí, sí. Vamos.

ARTURO: YO voy con ustedes.

TITO: Vos, no.

ARTURO: ¿Por qué?

TITO: Porque yo no quiero. ¡Si venís, no revelo nada!

LAURA: Dejalo que venga. Pero, mirá que te vas a aburrir.

ARTURO: ¿A que no?

LAURA: ¿Estás seguro?

ARTURO: ¡Ya lo creo!

TITO: No revelo más. [Medio mutis, disgustado.]

LAURA: Bueno, bueno, vení. Vamos los dos.

TITO: ¡Pues ahora no quiero! [Mutis.]

LAURA: ¡Vení, zonzo!

ARTURO: Dejalo.

LAURA: Bueno. ¿Es cierto que te casás en estos días?

ARTURO: Así parece.

LAURA: ¿Cuándo, che?

ARTURO: EL otro sábado.

LAURA: ¡Qué pronto! ¿Y no tenés miedo?

ARTURO: ¿Miedo? ¿Y de qué?

LAURA: ¡Qué sé yo! Pero yo creo que cuando me esté por casar me va a dar mucho miedo. A mí me gusta así... tener novios... ¡Pero casarme! [Llega ANTONIO, apresuradamente.]

ANTONIO: ¡Niño Arturo!... ¡Ahí está Mariana revolcándose por el suelo! ¡Dice que se ha comido seis cajas de fósforos!

ARTURO: ¡Qué barbaridad! ¿Entonces está envenenada?

ANTONIO: Así debe ser.

LAURA: ¿Se va a morir?

ANTONIO: No, niña. Estas morenitas son duras para la muerte. ¡Tienen siete vidas, como los gatos!

ARTURO: ¿Y por qué ha sido?

ANTONIO: ¡Yo no sé! Pero se me hace que es mal de amores. Sobre la cama hay un rollito de motas junto con una carta... y, por las florituras del sobre, parece escrita en inglés...

ARTURO: Bueno. ¡Pronto! Avísale a la Asistencia Pública.

LAURA: ¡Qué miedo!... [Medio mutis de ANTONIO. Se detiene.]

ANTONIO: ¡Ah! Y le advierto que a Angela tampoco se la ve por ninguna parte. ¡Quién sabe si también no se ha suicidado!

ARTURO: ¡Andá, hombre!

ANTONIO: [deteniéndose nuevamente] Me olvidaba decirle que vinieron del club a preguntar por usted.

ARTURO: ¡Apurate, animal! [Mutis ANTONIO.] ¡Caramba! Me había olvidado del club. Adiós, Laura.

LAURA: ¿Te vas? [Entra JOSEFINA, con un sombrero de hombre en la mano, estropeado.]

JOSEFINA: Mirá cómo te ha puesto Tito el sombrero...

ARTURO: ¿Tito?

LAURA: ¡Ay! ¡Qué lástima!

JOSEFINA: Lo sacó de la percha del vestíbulo y se puso a darle de patadas en el suelo.

ARTURO: Ahora va a ver. [Mutis, furioso.]

JOSEFINA: ¡Yo me escondo! [Mutis, corriendo. Entra ROSARIO.]

ROSARIO: Despedite de Elena. Nos vamos.

LAURA: Si vieras, mamá. Mariana se ha envenenado con fósforos.

ROSARIO: ¿Envenenada? ¿Y por qué?

LAURA: Por amores no correspondidos.

ROSARIO: ¡Bah, bah! Esas son cosas que no tiene para qué saber una niña.

LAURA: Me hace acordar al del año pasado.

ROSARIO: ¡Vaya! ¡Dejate de zonceras! Y ponete el sombrero, que es tarde. [Entra ENRIQUE, con JOSEFINA. Mutis de LAURA.]

ENRIQUE: ¿Qué me dice Josefina? ¿Mariana se ha envenenado?

ROSARIO: Así dicen. ¡Pícara mulata! ¡Dando trabajo!

ENRIQUE: ¿Y qué han hecho?

ROSARIO: Yo no sé nada.

ENRIQUE: Quedate vos aquí. [Mutis. Entra TITO.]

JOSEFINA: [asustada al verlo, se refugia en ROSARIO] ¡Ay, tía!

ROSARIO: ¡Pero, por Dios, Tito!... ¡Tito!

TITO: Si te agarro, te rompo las muelas. [Mutis.]

RAMON: [entrando] Buenas tardes, Rosario.

ROSARIO: Buenas tardes, Ramón.

RAMON: Vengo del Congreso.

ROSARIO: A propósito, necesito que me recomendés una solicitud que vamos a presentar pidiendo recursos para construir una iglesia.

RAMON: ¡Qué, hija! Si aquello está imposible. Imaginate que al Presidente de la Cámara se le ha puesto impedir la entrada a la antesala a todo el que no sea diputado. ¿Qué te parece? Ganas de hacerse de enemigos ¿eh? ¡Y todo por economizar algunas tazas de té!

ROSARIO: ¡Vaya una tacañería!

RAMON: ¿Has visto? ¿Y qué me decís de los diputados? ¡Ni siquiera se les ha ocurrido protestar en favor nuestro! ¡Son unos carneros!

ROSARIO: ¡Qué sinvergüenzas!

RAMON: Nos tienen en los corredores, ¡muertos de frío! ¡Qué país éste! Si es lo que yo les decía hace un rato a unos amigos: este gobierno no sabe lo que tiene entre manos. ¡Oh!, pero mala tos le siento al gato. ¡Y me parece que las cosas van a andar mal!...

ROSARIO: ¡Lo merecen! ¡Miren que por unas cuantas tazas de té, teniendo millones como tienen! ¡Es una indecencia!

RAMON: Por lo pronto, a uno de los ministros lo han interpelado los senadores para el jueves. Y se me hace que lo van a derrotar. ¡Oh!, como si lo estuviera viendo: ¡de tapón que es, lo convierten en oblea!

ROSARIO: ¡Muy bien hecho! ¡Ya lo creo! Pero vos mejor es que no te metás, ¿eh? No sea el diablo que después...

RAMON: Yo no. A mí no me importa. Ahora que se entiendan ellos como puedan. Yo me lavo las manos. [A SEVERO, que entra.] ¿Qué tal, Severo?

ROSARIO: ¿Por qué no fuiste anoche? Te estuve esperando. Quiero que me comprés algunas cosas que necesito para un bazar de caridad.

SEVERO: Pensaba ir esta tarde. Como a vos todo te parece caro. [A RAMON.] Pagué tus cuentas. En una había error; y me debés 15 pesos que no estaban apuntados.

RAMON: Bueno. [A ROSARIO.] Y tus limosnas, como van?

ROSARIO: ¡Oh!, muy bien. Nuestra Sociedad sola sostiene a su costa a más de quince familias. Les da la leche y el arroz.

SEVERO: Arroz con leche. Muy rico que es...

ROSARIO: Y en cambio sólo les exige que se confiesen dos veces por semana.

RAMON: ¡Vea! Se confesarán de no comer.

ANGELA: [por lateral] Señor...

RAMON ¿Eh?...

ANGELA: Dice la niña Elena que le haga el favor de venir un momento.

RAMON: Bueno, ya voy. [Mutis de ANGELA.] Y, decime... el otro día estaba pensando: ¿por qué a la pobre Carolina y a Lucía no le hacés pasar alguna cosa?

ROSARIO: ¡Bueno fuera! ¡Cómo voy a ir yo a pedir nada para la viuda de uno de mis hermanos, confesando que está en la miseria! ¡Eso sería ponerme en ridículo!

SEVERO: ¡Oh! Y ellas con las costuras ya sacarán. Sí... retacitos... botoncitos...

RAMON: Tenés razón. Yo soy el que me he descuidado. Carolina ya debía tener su pensión de nieta de guerrero de la Independencia, o de viuda de militar del Paraguay. Y lo peor es que ahora ya es tarde.

ROSARIO: ¿Qué estás diciendo? ¡Ni los abuelos de Carolina fueron guerreros de nada, ni el pobre Eduardo, nuestro hermano, conocía del Paraguay otra cosa que no fuera la yerba para el mate!

RAMON: ¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! ¡Qué salida la tuya! ¿Y vos creés que están en distintos casos muchas de las pensionadas ahora? Con un poco de influencia y de buenas relaciones nada es más fácil que hacer una nieta de la Independencia. Se paran un montón de diputados, vuelven a sentarse, y ¡zas!, ya está, como quien saca una instantánea.

ROSARIO: Pero, entonces, podrías para mí...

RAMON: ¿Pero no te he dicho, mujer, que estoy reventado, que no me dejan entrar ni a las antesalas?

SEVERO: ¿Y nietos de guerrero, también hay? [Vuelve LUCIA.]

LUCIA: [a ROSARIO] Sofía se ha metido en cama y quiere verla.

RAMON: ¿Qué? ¿Qué tiene Sofía?

ROSARIO: Nada. Un poco de chucho y dolor de cabeza. [Mutis con LUCIA.]

RAMON: Algún resfrío. Así nos pasa a nosotros en la galería del Congreso. ¡Corren unos chillones! Y si no, que lo diga mi reumatismo.

SEVERO: ¿Ya sabrás que estuvo un oficial de justicia a embargar los muebles de la casa?

RAMON: ¿Cómo?

SEVERO: ¡Ah! ¿No lo sabías?

RAMON: Ta... ta... ta... ¿Ya empezamos? Estas son las consecuencias de las historias del Congreso. ¿Ves? Como saben que uno ahora está sin influencia, se lo quieren llevar por delante. ¡Pero eso lo veremos! ¿Sí, eh? ¿Y éste es el gobierno que se dice de opinión? ¿Y éstos son los hombres que pretenden gobernarnos? ¡Cuidado, cuidado, señor Gobierno, porque la ola avanza y pueden costarle caro los abusos del poder!

LAURA: [por lateral] Tío, es preciso que vaya a ver a Elena.

RAMON: ¿Qué hay?

LAURA: ¡Haga el favor, vaya! Está como loca y no cesa de llorar. [Mutis de DON RAMON.]

SEVERO: ¿Por el asunto de los retratos?

LAURA: ¡Qué sé yo! Parece loca. Después de escribir una carta, que mandó con Antonio a la imprenta de ese diario que publicó los retratos, parece que tuvo una gritería con Enrique a causa de unos remedios que hizo comprar. Y en seguida empezó a romperlo todo. A Angela la ha tenido hasta ahora sin dejarla mover. ¿Dónde está mamá?

SEVERO: En el cuarto de Sofía. [Mutis de LAURA por primera derecha. Llega ANGELA.]

ANGELA: ¡Pobre niña! Yo creo que ha perdido el juicio. ¡Qué cosas dice!...

SEVERO: ¿Qué hace?

LUCIA: [entrando] Dígale a Antonio que llame al médico. Sofía no se encuentra bien.

ANGELA: ¿Que está enferma la señora Sofía?

SEVERO: ¡Cómo! ¿Sigue mal?

LUCIA: Tiene, un chucho muy fuerte y bastante fiebre.

ANGELA: Voy en seguida [Mutis.]

LUCIA: [a SEVERO] Avisale a mi tío.

SEVERO: No, mejor es que me espere. ¡Vaya que la loca ésta vuelva a enfurecerse al verme! Conviene no exponerse. [Música, adentro.] Se compuso el fonógrafo. ¡Es lo único que faltaba! [Mutis LUCIA y SEVERO. Entra por una lateral ENRIQUE y por otra DON RAMON.]

RAMON: ¡Hombre! Me alegro de verte. ¿Qué te ha dado por mortificar a la pobre Elena? Ahí la tenés desesperada.

ENRIQUE: ¿Yo? ¿Pero vos sabés lo que ha sucedido?

RAMON: Ya sé. Y si la pobre tiene sus zonceras como todo el mundo, no es ésa una razón para tratarla así. No me parece bien lo que has hecho. Y si eso es todo lo que has aprendido en tu Norte América, ¡no valía la pena haber ido tan lejos!...

ENRIQUE: Pero, ¿se da usted cuenta de lo que está diciendo?

RAMON: ¡Es lo único que te faltaba! ¡Suponerme un idiota incapaz de saber lo que dice!

ENRIQUE: ¡Pero usted, usted!

RAMON: ¡Che, che, che! Dejate de usted, ¿sabés? Esas serán costumbres de por allá, que por aquí para nada las necesitamos. Siempre me has dicho de vos. Y no veo por qué has de cambiar ahora. ¡Dejate de pavadas!

ROSARIO: [por lateral, con SEVERO] Pero, ese médico, ¿no viene?

RAMON: ¿Qué médico?

ANTONIO: [por foro] Aquí está el doctor. [Entra éste.]

ROSARIO: Apúrese, doctor... Por aquí... [Mutis de ambos por lateral.]

RAMON: Pero, ¿qué es lo que hay?

SEVERO: Que Sofía sigue enferma.

RAMON: ¿Qué decís?

ENRIQUE: Pero, ¿es algo tan serio?

SEVERO: Todavía no se sabe.

ANTONIO: [por foro] Señor, hay dos personas en la puerta de la calle que quieren hablar con usted.

ENRIQUE: ¿Conmigo? ¡Tan luego ahora! ¿Les dijiste que estaba?

ANTONIO: Sí, señor.

ENRIQUE: Bueno, que entren. [Mutis de ANTONIO.] Ve lo que dice el médico y avisame. [Pasa JUANCITO con unos álbumes.]

SEVERO: ¡Eh!, ¿adónde va usted?

JUANCITO: A llevar esto al cuarto de la señora.

SEVERO: No se puede. Está enferma. ¿Qué es eso?

JUANCITO: Unos álbumes que me pidió que le comprara.

SEVERO: ¿Comprar? ¿Y quién lo mete a usted a comprar nada? ¡Salga para afuera!

JUANCITO: Tengo adentro el sobretodo.

SEVERO: Que salga, le digo. ¡Habráse visto atrevimiento igual! [ANTONIO introduce a SALVADORES y REYES. Mutis de JUANCITO y SEVERO.]

SALVADORES: ¿El señor Enrique Gómez?

ENRIQUE: Servidor...

REYES: ¡Ah! ¡Ah!...

SALVADORES: Venimos en representación de nuestro amigo, el señor Eduardo Casas, director del diario "La Verdad".

ENRIQUE: Pero, tomen ustedes asiento

SALVADORES: Muchas gracias. [Se sientan.]

ENRIQUE: ¿En representación del señor Casas, decía usted?

SALVADORES: Sí, señor, a exigirle a usted una reparación por las armas.

ENRIQUE: ¿A mí? ¿Y por qué?

SALVADORES: En virtud de esta carta ofensiva que le ha sido dirigida por usted. [Se la entrega.]

REYES: Con motivo de la publicación de un retrato de una hermana suya, publicación que había sido solicitada.

ENRIQUE: [aparte] (Es claro; letra de Elena.) [Alto.] Efectivamente, esta carta tiene mi nombre al pie, pero no ha sido escrita por mí.

SALVADORES: ¿Cómo así?

REYES: ¡Ah! ¡Ah! ¿Está usted seguro?

ENRIQUE: No tengo ninguna razón para ofender al señor Casas, y lamento únicamente que mi nombre haya podido servir para semejante abuso.

SALVADORES: Esa es otra cosa.

REYES: ¡Ah!, ¡ah! Así debía ser. En efecto.

ENRIQUE: ¿Cómo?

REYES: Que así debía ser, he dicho. Bueno: para dejar arreglado el asunto, ya que usted lo desea, es necesario que nombre sus padrinos.

ENRIQUE: No tengo para qué nombrar padrinos, señor. Esta declaración basta.

REYES: ¡Ah!, ¡ah! ¡Es curioso!

ENRIQUE: ¿Qué quiere decir usted con eso?

REYES: Que con ese sistema, el insulto queda impune. En esas condiciones es muy fácil la ofensa.

ENRIQUE: [poniéndose de pie] Es usted un insolente, a quien por encontrarse en mi casa no le doy su merecido.

SALVADORES: ¡Señor Gómez! [Levantándose también.]

REYES: ¡Este no es el proceder de un caballero!

ENRIQUE: ¡Inmediatamente salga usted de aquí!

SALVADORES: Calma, señor Gómez, ¡calma!

REYES: Me dará usted cuenta de esta cobarde agresión.

PEPE: [acudiendo] ¿Qué es esto? ¿ Qué sucede? [Sujeta a ENRIQUE, que va a lanzarse sobre REYES.]

ENRIQUE: ¡Dejame, hombre, dejame!

REYES: ¡Nos veremos! ¡Nos veremos! [Mutis.]

SALVADORES: Servidor de ustedes. [Mutis]

ENRIQUE: ¡Te digo que me soltés! ¡No lo dejés que se vaya!

PEPE: Estate quieto. ¿Me dirás qué quiere decir este escándalo?

ENRIQUE: Nada. ¡Ese imbécil me ha hecho perder la cabeza!

PEPE: ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? ¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¿Sabes quién es ese hombre? ¡Pues uno de nuestros principales críticos!

ENRIQUE: ¡Y a mí qué me importa!

PEPE: ¡Pero me importa a mí, egoísta! ¡Acabas de hacerme el mayor de los daños! Ese crítico va a vengarse ahora, destrozando mi drama, perjudicando mi reputación, ¡Esa es la ayuda que me prestan ustedes! ¡Esto es lo que tengo que agradecer a mi familia!

ENRIQUE: ¿Pero siquiera sabés lo que ha pasado, para hablar así?

PEPE: ¡Sea lo que sea! Debías haber procedido con más prudencia, por consideración a mí, por lo menos. Pero es que ustedes son egoístas, les importa un pito de los demás. ¡Estando ustedes contentos, que se hunda el mundo!...

ENRIQUE: Por no decirte una barbaridad, prefiero callarme. Sos un inconsciente.

PEPE: ¡Enrique!

ENRIQUE: ¡Recua de imbéciles!

PEPE: Repetímelo.

RAMON: [por lateral, con ELENA y LAURA] ¿Qué gritería es ésa? ¿No han podido elegir otro momento para armar semejante alboroto? Vos, andá a ver a tu mujer, que está enferma. ¡Eso es lo que tenés que hacer!

PEPE: ¡Sofía enferma! ¿Y desde cuándo? [Mutis.]

RAMON: En cuanto a vos... deben ser costumbres de Norte América, ¿no? En vez de preocuparse de averiguar lo que tiene su hermana, ponerse a discutir así. ¡Muy bonito! ¡Es como para felicitarte por las cosas que te han enseñado en tus viajes!

ELENA: ¡Dejalo, papá, es un guarango!

ENRIQUE: ¡No, por Dios, ya es demasiado! Si todos han perdido el juicio en esta casa, entendé que yo...

RAMON: ¡Silencio! Ahí viene el médico. [Entra éste, con SEVERO.]

RAMON: ¿Y?

SEVERO: Lo mismo, no más...

RAMON: ¿Pulmonía?

MEDICO: Todo lo hace creer, por lo menos. Más tarde volveré. [Mutis, con SEVERO.]

ENRIQUE: ¡Cómo! ¿Es pulmonía lo que tiene Sofía?

RAMON: Así dice el médico.

ENRIQUE: ¡Qué fatalidad!

FEDERICO: [con LEOPOLDO, por foro] ¿Es cierto lo que acaban de avisarnos? Sofía...

RAMON: Es cierto.

FEDERICO: ¡Cuánto lo siento!

LEOPOLDO: ¡Quién lo iba a decir!

ROSARIO: [por lateral] Voy hasta casa a traer agua de Lourdes. ¿No te parece?

RAMON: Como quieras.

ROSARIO: Si a causa de Pérez no puedo volver hoy, la mandaré con la sirvienta. Ya sabés que Pérez también se encuentra enfermo.

LAURA: Es que ese médico no sirve. Yo lo conozco. Una vez me festejó en el teatro.

PEPE: [volviendo] ¡Pobrecita! Está delirando con mi drama. ¡Qué lástima me da! [Aparece JUANCITO.]

LEOPOLDO: ¿Sí?

PEPE: Le ha dado con Raúl, el protagonista de la obra. Lo que tiene es que confunde. Habla de versos, y el drama es en prosa, ¡Lo que es la fiebre!

JUANCITO: [aparte, suspirando, encantado] (¡Yo soy Raúl!) [Mutis.]

PEPE: ¿No cree usted que convendría llamar a otro médico?

RAMON: ¿Otro médico? Sí. No estaría de más. ¡Caramba! Si no fuera porque...

PEPE: ¿Qué?

RAMON: Que no quiero pedirle nada a los diputados. Hay uno que, además de diputado, es médico. ¡Siquiera fuese de la oposición!

ROSARIO: ¡Bah! ¡En estos casos hay que hacer cualquier sacrificio! Hasta luego, o mañana. Vamos, niña.

LAURA: ¿Se quedan ustedes?

ELENA: ¿No sería bueno hacer avisar a algún diario para que diese la noticia?

FEDERICO: ¿A un diario? ¿Cómo no? ¡Inmediatamente voy!

LEOPOLDO: Si usted quiere, me quedo.

ELENA: Haga usted lo que quiera. [Mutis ROSARIO, LAURA, ELENA, FEDERICO y LEOPOLDO.]

PEPE: ¿Dónde está mi secretario? Tengo que avisar al teatro que esta noche no me esperen. [Mutis.]

SEVERO: [por foro] Dice el médico que, para evitar confusiones, conviene que sea uno solo el que dirija la compra de los remedios. ¡Yo me encargo! [Gritos dentro.]

RAMON: Ya está Tito peleando con Josefina. Hacé que se callen. [Mutis SEVERO.]

ANTONIO: [por foro] Señor, ahí vienen a avisar que le ha dado un ataque, y está muy mal la señora Carolina.

RAMON: ¡Es lo que faltaba ahora! [Mutis.]

ANTONIO: Dice el boticario que el domingo es otra fija para Old Man. [Mutis. Entra ENRIQUE.]

ENRIQUE: ¿Dónde estarán? [A LUCIA que ha entrado por lateral, y va a salir por foro.] ¡No, no! Vení. No me dejés solo. ¡Ya no puedo más! Es más fuerte que yo. No sé si es rabia o pena. ¡Pero siento algo que me oprime y que me quiere ahogar!

LUCIA: ¡Valor, Enrique, valor!

ENRIQUE: ¡Imbéciles o locos! ¡Y son los míos!

LUCIA: ¡Ni locos, ni imbéciles! Sencillamente humanos. ¡Ese es el mundo... y así es la vida!...
Telón lento

Acto tercero

Salón de casa de familia, algo más modesto que el del acto anterior. Al levantarse el telón aparecen en escena SOFIA y JOSEFINA, sentadas delante de una mesa donde hay útiles de escritorio y algunos libros.

JOSEFINA: Ya está. [Le entrega un dictado, que SOFIA examina.]

SOFIA: Está mejor ¿ves? Todo es cuestión de un poco de cuidado.

JOSEFINA: Sí, ya sé, pero da mucho trabajo.

SOFIA: Bueno. Ahora la lección de historia y terminamos. Vamos a ver.

JOSEFINA: Esperate. Dejame que le dé otro repaso.

RAMON: [por foro] ¿Ha venido alguien a preguntar por mí?

SOFIA: No, papá.

RAMON: Avisame si alguien viene. [Mutis derecha.]

ANGELA: [por izquierda, con ROSA] Señora, una postal.

SOFIA: ¿No le he dicho que nunca me traiga postales? ¿ Cuántas veces hay que decirle las cosas?

ANGELA: Y entonces, ¿qué se hace con ellas?

SOFIA: Tírelas al fuego, o haga lo que quiera. ¿Y en qué anda ahora?

ANGELA: Le estoy enseñando la casa para explicarle lo que tiene que hacer.

SOFIA: Bueno, apúrense. [Mutis de las criadas.]

LUCIA: [por foro] ¿Terminó la clase?

SOFIA: Falta poco.

LUCIA: Ahora vuelvo a buscarte para dar la lección de piano. [Mutis derecha.]

JOSEFINA: ¡Oh! ¿Entonces van a tenerme estudiando todo el día?

SOFIA: Ya te quedará tiempo para jugar. Y, ¿la sabés?

JOSEFINA: Dejame otro ratito.

SEVERO: [por izquierda] ¿Qué te parece? ¡Sambetti se sacó la lotería!

SOFIA: ¿Sí?

SEVERO: Y de rabia vengo a inscribirme en "La liga de la defensa de las mujeres".

SOFIA: ¡Hombre! No veo qué relación hay entre una y otra cosa.

SEVERO: Yo tampoco. Pero no sabía qué hacer... [Se sienta junto a JOSEFINA.]

JOSEFINA: Salí. Vas a derramar el tintero.

SEVERO: ¡Ah! ¿Y conocés la noticia?

SOFIA: ¿Qué noticia?

SEVERO: ¿No has leído los diarios? ¡Claro! Si yo creo que en esta casa, a fuerza de no comprar nada... ¡ya no compran ni diarios! ¡Pero, hija! ¡La vida así es imposible! ¿Qué es lo que ustedes se proponen?

SOFIA: Bueno, bueno. ¿Y cuál es la noticia?

SEVERO: La mujer de Arturo se ha presentado pidiendo divorcio.

SOFIA: ¡Qué escándalo! ¿Y lo publican los diarios?

SEVERO: Sin nombres propios, con iniciales.

SOFIA: ¿Y por qué ha sido?

SEVERO: Lo acusa de que en los cuatro meses que lleva de matrimonio le ha jugado más de la mitad de la fortuna. Y no sé cuántas barbaridades más.

SOFIA: ¡Pero eso no es posible! La mitad de la fortuna... Clotilde es muy rica.

SEVERO: Resulta que no es tanto como se pensaba. Lo que pasa siempre. ¡Pero, de todos modos, es una porquería de la renga! ¡Eso no se hace! ¿Para qué se casó entonces?...

JOSEFINA: ¡Ustedes con el habladero no dejan estudiar nada!

ELENA: [por foro] ¡Lucía! ¿No estará por aquí Lucía?

SOFIA: Recién pasó para su cuarto. ¿Qué querés?

ELENA: ¡Hace un siglo que me está arreglando una pollera y no me la trae!

SEVERO: Dejá. Ya le diré que se apure. [Mutis derecha. ELENA mutis foro.]

PEPE: [por ochava derecha] ¡Hagan el favor de no gritar tanto! [Mutis.]

SOFIA: [a JOSEFINA] Y ahora, ¿la sabés?

JOSEFINA: Me parece que sí.

SOFIA: Veamos. [Toma el libro.]

JOSEFINA: "Las resistencias que oponían a la Revolución de Mayo las autoridades de Córdoba, así como las de Montevideo, Paraguay y Chuquisaca, aseguraban...

SOFIA: Auguraban.

JOSEFINA: Aguraban...

SOFIA: A... u... gu... ra... ban.

JOSEFINA: ...auguraban días de luto y desolación para la patria. La Junta de Buenos Aires, sin tomar en cuenta lo arriesgado de la empresa, ni los inmensos sacrificios que una lucha tan desigual reclamaba, resolvió resistir a los unos e imponer de grado o por fuerza a los otros la emancipación que habían jurado sostener a nombre del pueblo que le confiara tan precioso tesoro..."

SEVERO: [por derecha] ¿Tesoro? ¿ Qué tesoro era ése? ¿El de los incas?

SOFIA: Decíselo.

JOSEFINA: Yo no sé. Así dice el libro.

SOFIA: Pero vos te darás cuenta del significado.

JOSEFINA: Yo no. Yo digo como dice el libro.

SOFIA: ¡Es natural! Semejante palabrerío tratándose de criaturas, ¡Y a esto le llaman texto para escuelas!

SEVERO: ¿Querés que te compre otro?

SOFIA: ¡Es inútil! Todos son iguales. Bueno; andá con Lucía. [JOSEFINA vase por derecha.]

SEVERO: Lo que he visto ahí que están a la miseria son los visillos. ¡Bien podías renovarlos!

SOFIA: No vale la pena... Decime: ¿no habrá error en eso de Arturo? ¿No será una coincidencia de iniciales?

SEVERO: No, mujer. La noticia la tengo de un empleado de los Tribunales. ¡Hombre! ¿Sabés quién? El antiguo secretario de Pepe, tu enamorado.

SOFIA: ¿Y vos hablás con ese individuo? ¿Tenés valor de verlo todavía?

SEVERO: Hija, es por negocios...

SOFIA: ¡Un imbécil a quien le debo tantos disgustos! ¡Que me ha llenado de ridículo!

SEVERO: ¡Bah! ¡Bah! ¡Bah! Esas fueron zonceras de Pepe. ¿Vos qué culpa tenías? La casualidad de encontrarle Angela aquellas postales en el bolsillo del sobretodo, con una declaración en verso.

SOFIA: ¡Versos estúpidos como su cara! ¡Cuando me acuerdo que Pepe llegó a dudar de mí, y que fue necesaria la intervención de Enrique! ¡Pobre Enrique!... ¡Eso le debo!

SEVERO: Bueno; y se explica. En el delirio de tu pulmonía vos nombrabas a cada momento a un Raúl... y tu marido no tenía por qué saber si era el Raúl de las postales o el Raúl del drama, como resultó después.

SOFIA: ¡Claro que sí! ¿O podés siguiera imaginarte que yo iba a delirar con semejante mamarracho? ¡Si de pensarlo tan sólo no sé lo que me pasa!

SEVERO: ¡Juancito es un infeliz! Cuando en los Tribunales no ha podido todavía ponerse práctico en el degüello de clientes... ¡cómo será de pavo!

SOFIA: Juancito... Pero, en definitiva, ¿cómo se llama ese tipo?

SEVERO: Juan R. Rodríguez. La R, quiere decir Raúl.

SOFIA: ¡Juan y Raúl! ¡Sólo a él se le ocurre!

SEVERO: Bueno; el hecho es que el pobre diablo recibió la gran paliza de manos de Antonio, que no sé por qué le tenía tanta rabia. ¡Y que se aprovechó de la ocasión! ¡Qué bruto! ¡Casi lo mata!

SOFIA: ¡La tenía bien merecida!

TITO: [por izquierda] Buenas tardes...

SOFIA: ¡Qué temprano!

TITO: Es que pedí permiso para salir una hora antes de la oficina.

RAMON: [por derecha] ¿No ha venido nadie?

SOFIA: Nadie. [Mutis de RAMON por foro.]

SEVERO: ¿Qué le pasa a Ramón?

SOFIA: No sé; hace días que no sale a la calle; desde la noche de la revolución. ¿No sabés si vendrá Enrique?

TITO: Hoy no lo he visto.

SEVERO: ¿Cómo? ¿No decís que venís de la oficina?

TITO: ¿Y qué tiene? Yo no entro a la gerencia.

SEVERO: Entonces, ¿los empleados son muchos?

TITO: Ahora no. Este mes han quedado cesantes más de la mitad. Aquello anda mal...

SOFIA: Así dicen.

SEVERO: ¡Es claro! También a quién se le ocurre meterse en negocios descabellados. ¡Verdaderos disparates! ¡Puro afán de hacerse el yanqui!

TITO: ¡Qué sabés vos, hombre!

SEVERO: ¡El que no sabe sos vos! ¡Vean al personaje entendido, éste! ¿O te creés que haciendo funcionar fonógrafos se aprende de negocios?

SOFIA: Eso no se lo podés decir ahora. Ya lo ves transformado en todo un hombre de provecho.

SEVERO: ¡Para lo que le ha de durar!

SOFIA: La verdad que parece mentira verte así. Es un milagro de Enrique. ¿Y estás contento?

TITO: Yo sí. Al principio, naturalmente, extrañaba. Pero lo que es ahora me gusta. Me preocupo de aprender, y el trabajo me entretiene, Te aseguro que me siento otro.

SEVERO: ¡Aprovechá entonces para retratarte!

ELENA: [por foro] ¡Lucía! ¡Lucía!

SEVERO: Me dijo que iba a venir.

TITO: ¡Lucía! Te llama Elena.

ELENA: ¡Lo está haciendo de gusto! [Mutis foro.]

TITO: ¡Parece que sopla viento norte!

SOFIA: Como hace ocho días que no sabe nada de Federico. La pobre está con un humor.

LUCIA: [por derecha, lleva una costura en el brazo] Buenas tardes, Tito.

TITO: Buenas tardes, prima. [Mutis de LUCIA, foro.]

SOFIA: Y si los asuntos de Enrique van tan mal, ¿qué hará ahora?

TITO: Yo no sé. Por el momento los trabajos están paralizados por falta de capitales.

SOFIA: Pero, ¿qué fue esa noticia que dieron los diarios de que había organizado una sociedad anónima? A ver, explicame. Yo no entiendo eso.

SEVERO: ¡A buen puerto vas por agua!

TITO: Pues, precisamente, hoy me lo hice yo explicar por el tenedor de libros, con quien ya somos muy amigos; y, aunque creas que no, lo sé al pie de la letra.

SEVERO: Puede ser...

TITO: La sociedad se formó con capitales argentinos, y por gente a quien había convencido Enrique.

SEVERO: La misma que hoy está echando chispas contra él. [Gesto negativo de TITO.] ¡Aunque hagas así! Me lo dijo un corredor de Bolsa que tiene agencia de lotería.

TITO: ¡Así será él!

PEPE: [por ochava derecha, con JOSEFINA] Sofía, esta chica está incomodando. No la dejés volver más.

SOFIA: Vení para acá, Josefina. [Mutis de PEPE por ochava. SOFIA con JOSEFINA por primera derecha.]

TITO: Todo el capital se empleó en completar las maquinarias. Y el directorio abrió después la suscripción de acciones: pero muy pocos quisieron suscribirse.

SEVERO: Como que éste no es país de zonzos!

TITO: Y entonces, hasta los directores asustados empezaron a vender las suyas.

SOFIA: ¡Qué lástima!

TITO: El papel se vino al suelo. Y Enrique tuvo que comprar la mayor parte, para que todo no se lo llevara el diablo.

SEVERO: Pero, como no tenía dinero disponible, fue necesario buscarlo en plaza y ahora le debe a cada santo una vela.

TITO: Eso no es cierto.

SEVERO: ¡Sí, es cierto!

TITO: ¡Qué sabés vos!

SEVERO: El que no sabe sos vos. ¡Fantoche!

RAMON: [por foro] ¿Alguien llamaba?

SOFIA: No, papá. [Mutis de RAMON.]

TITO: Ahora Enrique es dueño de casi todas las acciones. Pero de nada le sirven, porque la empresa no produce sin plata para moverla. Parece que se está haciendo una negociación en Londres; y de lo que allí resulte depende todo.

SEVERO: Sí; ¡como que los ingleses se chupan el dedo!

TITO: ¡Lo de siempre! Los ingleses dirán si es bueno o no lo que tenemos. Dicen que esta mañana estaba Enrique muy nervioso esperando un telegrama de Londres.

SOFIA: ¡Pobre Enrique!

SEVERO: ¡Oh! No tenés por qué compadecerlo. Muy bien que él vive a lo gran señor, en casa sola, y en la que siempre le contestan a uno que ha salido, cuando lo va a visitar.

TITO: ¡Vaya una zoncera! ¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra?

SOFIA: Sobre todo, bien sabés que si se fue de aquí era para dejarle sitio a Lucía, después de la muerte de tía Carolina. En esta nueva casa no había otra pieza.

SEVERO: A Lucía, sí, a Lucía. ¡Esa es otra que bien baila!

TITO: ¿Qué querés decir?

SEVERO: Nada.

SOFIA: EL pretendido noviazgo con Enrique...

TITO: Pero, ¿será cierto? ¿Habrá algo?

SOFIA: ¡Yo no sé, che! Pero se me ocurre que sí.

SEVERO: ¡Es natural, hombre, es natural! Ustedes parecen inocentes. ¿Qué se creen? Acaso que así no más se hacen regalitos, y se...

LUCIA: [por foro] Sofía, la lección la dejaremos para mañana. Ahora no puedo.

SOFIA: Bueno, hija; lo mismo es. [Mutis de LUCIA por derecha.]

TITO: ¿Habrá oído?

SOFIA: No sé.

SEVERO: ¡Y que oiga! ¡Qué importa! ¡Siempre haciéndose la buena! Ya me está cargando con tanta, hípocresía. [Voces adentro y aplausos.]

TITO: ¿Qué es eso?

SOFIA: Es Pepe que está leyéndoles en el escritorio un drama a unos amigos.

TITO: ¿Otro?

SEVERO: Este Pepe no escarmienta. ¡Mire que después de la silbatina de Despertar de almas , insistir todavía!

SOFIA: ¡Oh! ¿Y te creés que lo han de silbar siempre? A Despertar de almas el público no lo entendió.

SEVERO: ¿Qué no lo entendió? ¡Cómo se conoce que no estabas en el teatro! ¡Ya lo creo que lo entendió! Primero se reían, pero de pronto sonaron unos aplausos, y ahí no más se vinieron los silbidos. ¡Parecía una locomotora anunciando peligro! ¡Nunca he visto cosa igual!

SOFIA: ¡Sos un exagerado!

SEVERO: ¿Exagerado? ¡Hubieras visto a tres loteros que yo llevé! ¡Furiosos contra mí! A uno le machucaron a la señora. ¡Y el hombre después me quería matar!... [Nuevos aplausos dentro.]

SOFIA: Fijate. Algo quieren decir esos repetidos aplausos.

SEVERO: Los conozco. Son los mismos que escuché la noche del estreno.

RAMON: [por foro] Pero, ¿qué ruido ha sido ése?

SOFIA: Son unos amigos de Pepe, que están reunidos leyendo un drama.

RAMON: ¿Una reunión? ¡Y en estado de sitio! Pero, ¿se dan cuenta esos temerarios a lo que se exponen? ¡Andá a decirles que se disuelvan! [Mutis de SEVERO.] ¿No ha venido alguien a preguntar por mí?

SOFIA: No, papá, no ha venido nadie.

RAMON: ¿Qué has oído decir del movimiento?

TITO: Ya nadie se acuerda. La gente está muy tranquila, y se ríe esperando el carnaval.

RAMON: ¡Se ríen! ¡Se ríen! ¡Ya les llegará la hora de llorar! Fijate, y ve si por los alrededores de la casa hay alguien vigilando. [Mutis de TITO, izquierda.]

SEVERO: [reapareciendo] Dicen que no han podido contener su entusiasmo, pero que harán un esfuerzo para no aplaudir más.

RAMON: ¡Estamos sobre un volcán! Si el movimiento ha fracasado, se sienten por todas partes los rugidos contenidos de un pueblo que reclama sus derechos y que exige libertades...

SEVERO: Se te ha desatado la cinta del calzoncillo.

RAMON: Hartos de abusos y sedientos de verdad, los partidos del porvenir comienzan a agitarse en las sombras esperando la hora del poderoso estallido, y el ejército...

SEVERO: ¿Qué ejército?

RAMON: EL ejército...

SEVERO: ¡Ah!

TITO: [por izquierda] En la vereda de enfrente hay tres pesquisas.

RAMON: ¿Estás seguro?

TITO: Completamente.

SOFIA: ¿Y en qué los has conocido?

TITO: ¡Vaya! Es muy fácil. En la manera de pararse... en el modo de mirar. Se ve que les gusta que los conozcan, y que están contentos de ser pesquisas.

RAMON: ¡Es claro! ¡Me buscan a mí!

SOFIA: ¿A vos?

RAMON: ¡Silencio! ¡Estas no son cosas para mujeres! [Mutis foro.]

SOFIA: Pero, ¿será cierto?

SEVERO: ¡Oh! ¡Son muy capaces!

SOFIA: ¡Por favor, Tito! Cerciorate de lo que haya. ¡Si lo llegan a prender! [Mutis de TITO, izquierda.]

SEVERO: ¡Bah! Saldrá el retrato en "Caras y Caretas" ¡Es todo lo que le puede pasar!

SOFIA: ¡Dios mío! Estoy intranquila...

SEVERO: ¿Por qué no te asomás al balcón?

SOFIA: No seas zonzo, ¡eh!

SEVERO: ¡Oh! ¿Y por qué?

SOFIA: Disculpame; tenés razón. [Aplausos dentro.]

SEVERO: ¡Continúa el entusiasmo sin poderse contener!

JOSEFINA: [por derecha] Mamá, ¿ querés que haga sonar el fonógrafo que me regaló Tito?

SOFIA: ¡No, por Dios! ¡Dejate de fonógrafos!

JOSEFINA: ¡Oh! ¿Y entonces, para qué sirve?

TITO: [por izquierda] Es a papá a quien esperan.

SOFIA: ¿Seguro?

TITO: Me han mostrado la filiación: Ramón Gómez, sesenta años, ojos pardos, nariz regular, boca regular...

SOFIA: ¡Dios mío! Vamos a avisarle... [Mutis foro, con TITO.]

SEVERO: Josefina...

JOSEFINA: ¿Qué querés?

SEVERO: Te hago un cambio: dame el fonógrafo, que para nada te sirve, y te traigo una muñeca.

JOSEFINA: ¿Linda?

SEVERO: Lindísima.

JOSEFINA: Jurá. [SEVERO lo hace mímicamente. Mutis derecha. SEVERO va a seguirla.]

ELENA: [por foro] ¡Severo!

SEVERO: [volviéndose] ¡Ah! ¿Sos vos?

ELENA: Te necesito. Desde, hace ocho días no sé nada de... Federico.

SEVERO: ¡Qué barbaridad! ¡Vaya un novio!

ELENA: Se ha perdido de aquí. Y yo no puedo quedar en esta situación ridícula. Hay que buscarlo.

SEVERO: Bueno; pero, ¿cómo?

ELENA: No sé. Pero es necesario dar con él.

SEVERO: A no ser que se pusiera un aviso en un diario...

ELENA: ¡No seas bárbaro! ¡Ni que fuese perro! [Rumores.] ¡Uff!... ¡Ya vienen ésos! [Por ochava, PEPE, CARLOS, ERNESTO y MANUEL. Mutis por foro ELENA y SEVERO.]

TODOS: ¡Bien! ¡Muy bien! ¡Estupendo! ¡Admirable!

MANUEL: ¡Colosal! ¡Colosal!

CARLOS: ¡Digno de Shakespeare!

ERNESTO: ¡Es lo mejor que se ha escrito hasta ahora!

PEPE: ¡Si el público lo entiende!

ERNESTO: ¡Bueno fuera! Hasta luego, colegas. [Mutis por izquierda.]

TODOS: Hasta luego.

CARLOS: Y, a propósito, ¿podés prestarme a tu secretario?

PEPE: Ya no lo tengo. Justamente hoy he recibido carta de él. Me anuncia que se incorpora como crítico teatral a "El Látigo", desde donde se propone juzgar mis obras. Una especie de amenaza.

MANUEL: ¿Y Leopoldo? ¿Cómo es que no ha venido?

PEPE: Leopoldo es un desertor. ¡No hay que contarlo entre los nuestros!

CARLOS: ¿Es posible?

MANUEL: ¿De veras?

PEPE: No pudo resistir, y el fracaso de Sinfonías concluyó con él.

CARLOS: ¡Parece mentira!

MANUEL: ¡Abandonar el arte!

PEPE: ¡Lo sublime!

CARLOS: ¡La vida!

TITO: [por izquierda] ¡A ese amigo de ustedes se lo han llevado los pesquisas!

PEPE, MANUEL y CARLOS: ¿Qué?

TITO: ¡Lo confundieron con papá!

PEPE: ¡Es un atropello!

MANUEL: ¡Una iniquidad! [Mutis todos por izquierda. Entra SEVERO, por foro y JOSEFINA, por derecha.]

JOSEFINA: Aquí está el fonógrafo, pero que la muñeca sea linda, ¡eh!

SEVERO: Perdé cuidado. [Por foro RAMON y SOFIA.]

SOFIA: ¡Por favor, papá! ¡Por lo que más quieras!

RAMON: ¡Silencio, he dicho! ¡No parecés de mi misma sangre!

JOSEFINA: [queriendo retenerlo] ¡Abuelito! ¡Abuelito!

RAMON: ¡Voy a cumplir con mi deber! [Mutis izquierda.]

SEVERO: Si hacen otra cosa en que se necesiten balas, avisame.

SOFIA: ¡Por favor! ¡Andá a ver!

SEVERO: ¿Y si me agarran? Yo también me he metido en revoluciones. ¡Fui teniente en la del 74!

SOFIA: ¡Te lo pido por Dios, Severo!

SEVERO: Bueno, mujer... Suceda lo que suceda, iré.

JOSEFINA: Vamos nosotras al balcón, mamá.

SOFIA: ¿Al balcón? Sí... es cierto. En este caso... [Mutis lo tres por izquierda.]

ROSA: [por derecha, con ANGELA] Y si la casa es buena ¿por qué se va usted?

ANGELA: Me ha tomado rabia la señora.

ROSA: ¿Sí?

ANGELA: Y, además, mi novio no quiere que sea mucama. Me ha conseguido un puesto de camarera en un café.

ROSA: ¡Ah!

ANGELA: Sí. A mi novio no le gusta que yo haga este servicio. Es un joven muy bien, a quien conocí en un baile de sociedad.

ROSA: ¿En qué trabaja?

ANGELA: En nada.

ROSA: ¿Y esa cicatriz? ¿Quién se la hizo?

ANGELA: Fue un muchacho que se llama Antonio. Como yo no le hacía caso, antes de irse, me marcó.

SOFIA: [por izquierda, con SEVERO y JOSEFINA] No le dijeron nada, ¿verdad?

SEVERO: Se fue lo más tranquilo. Va Tito con él.

SOFIA: Lo vi dar vuelta la esquina. [A las mucamas.] Y ustedes, ¿terminaron?

ANGELA: Sí, señora.

SOFIA: Venga, entonces. [SOFIA y ANGELA mutis por derecha.]

SEVERO: [a ROSA] ¿Conque usted es la nueva sirvienta?

ROSA: Sí, señor.

SEVERO: A ver, acérquese. ¿Cómo se llama usted?

ROSA: Rosa.

SEVERO: ¿Cuántos años tiene?

ROSA: Diez y ocho.

SEVERO: ¿Tiene hermanos?... [Pausa.] Conteste... [Pausa.] ¿Tiene hermanos? [ROSA se encoge de hombros y se va por la derecha.] ¡Oh! ¿Y ésta?

TITO: [por izquierda] ¡Se lo llevan a papá!

SEVERO: ¿Algún pesquisa?

TITO: Yo no sé si era pesquisa. Es un hombre gordo. Al dar vuelta la esquina, se puso a mirarnos, y papá le dio un empujón. El hombre quiso enojarse y papá le acomodó un garrotazo. Entonces el gordo llamó al vigilante y lo hizo llevar.

SEVERO: Bueno; mejor es no decir nada a las muchachas.

TITO: ¡Es claro! Iremos nosotros.

SEVERO: Si querés, yo puedo contratar algunos individuos para libertarlo por la fuerza. Todo es cuestión de unos pesos.

TITO: ¿Estás loco?

SEVERO: Haremos la tentativa. ¡Qué diablos!

TITO: ¡No hombre, no! ¡Dejate de disparates! Mientras yo averiguo en el Departamento, vos vas a la comisaría. Vamos.

SEVERO: Entonces dame para el coche y para la multa, por si acaso...

TITO: Eso sí. Cómo no... [Mutis los dos por izquierda. Sale LUCIA por derecha, con su costura. Se detiene un instante para doblarla sobre la mesa.]

ANGELA: [por derecha] Adiós, niña. Me voy.

LUCIA: Que le vaya bien, Angela.

ENRIQUE: [por izquierda] Buenas tardes. [Vase ANGELA.]

LUCIA: Buenas tardes, Enrique. [Trata de ocultar la costura.]

ENRIQUE: Es inútil. Ya te he visto. ¡Sos incorregible!

LUCIA: ¡Qué ocurrencia! ¿Por qué? ¿Por esto?

ENRIQUE: De manera que mis pedidos nada significan para vos; que es inútil todo lo que pueda decirte.

LUCIA: ¡Vaya, Enrique, no hay que exagerar! Es una pollera de Elena. La vi descosida, y yo misma la tomé para arreglarla.

ENRIQUE: Estoy seguro que no es así. Pero, aunque así fuera... Te he rogado que no lo hagas y debía bastarte.

LUCIA: Bueno, otra vez...

ENRIQUE: Es necesario que ocupes en esta casa el puesto que te corresponde. Vos no estás para servir a nadie. Sos otra, como las demás.

LUCIA: Con la diferencia que ellas se encuentran en su casa y que yo no estoy en la mía. ¿Verdad? ¡Qué ocurrencias tenés, Enrique!

ENRIQUE: Estás aquí por un derecho de sangre.

LUCIA: ¡Derecho de sangre! Pero, por favor, dejemos esto. No vale la pena.

ENRIQUE: ¡No! Al contrario. Tiene más importancia de lo que creés. Para mí es un caso de conciencia. Y si algo me estimás, es preciso que procedas de otro modo.

LUCIA: Pero, si eso no es posible.

ENRIQUE: ¿Por qué?

LUCIA: Está bueno para decirlo, pero es no darse cuenta de la situación. Sos demasiado bueno, Enrique, y no podés comprender ciertas cosas...

ENRIQUE: Hay en tus palabras un fondo de amargura que necesito que me expliques. ¡Sos tan reservada conmigo! ¿Acaso las muchachas...?

LUCIA: Nada tengo que decir de las muchachas. Se trata de mí, de lo que yo entiendo que debo ser; y de lo que vos querés que sea. Te repito que sos demasiado bueno, Enrique. Juzgando al mundo por vos, no alcanzás a explicarte que se puede llegar a ser como es preciso ser, por ser el mundo distinto.

ENRIQUE: No te entiendo.

LUCIA: Ya sé.

ENRIQUE: Pero, ¿qué buscás, entonces?

LUCIA: Nada: pasar desapercibida.

ENRIQUE: Es un exceso de humildad.

LUCIA: ¡No! Y ya que me es preciso, para terminar de una vez voy a decírtelo todo: no es exceso de humildad lo que vos encontrás en mí. Es probablemente exceso de altivez -entendelo bien- ¡de altivez, Enrique! Porque me siento ahora, en mi desgraciada situación, mucho más altanera que lo que fui en la abundancia. Es por altivez que puedo tolerarlo todo, mirando de arriba para abajo. Y es por altivez que quiero ser humilde, para deslizarme apenas, y que sólo se note mi presencia cuando llega a traducirse en algo útil para los demás. ¿Y sabés por qué? Porque me aterro ante dos ojos que me miran con fijeza, imaginándome que puedan recoger en sus pupilas la imagen melancólica de la protegida, de la que incomoda, de la que se tiene que soportar; para devolvérmela después en el silencio de una mirada, que me eche en cara un pan concedido por la limosna, y que yo entiendo así ganar orgullosamente, a mi manera, dando más de lo que recibo. ¡Ese es el secreto de lo que vos llamás humildad, Enrique, y que yo llamo altivez!

ENRIQUE: ¡No, Lucía! ¡Eso no es altivez! Es una simple manifestación de una enfermedad de tu espíritu. ¡No es posible vivir así, en guardia constante contra las pretendidas pequeñeces de los demás!

LUCIA: Es el resultado amargo de mi experiencia, Enrique.

ENRIQUE: ¡Tu experiencia!

LUCIA: ¡Sí, mi experiencia! ¡Adquirida en dos largos años de privaciones y dolores, en los que muchas noches he visto a mi madre enferma, temblando de frío, en medio de la lluvia que penetraba por las goteras del techo; mientras yo, sola, abandonada de todos, trataba silenciosamente de aumentar su abrigo escaso con los restos inservibles de un vestido de brocato. Eso vos no lo has visto, Enrique. Y el que no ha visto, aunque quiera, no lo puede comprender. No es extraño, pues, que miremos al mundo de distinta manera.

ENRIQUE: ¡Pobre Lucía!...

LEOPOLDO: [por izquierda] ¿Incomodo?

ENRIQUE: No, Ruiz. Entre.

LEOPOLDO: ¿Cómo está, Lucía? [A ENRIQUE, sin darle la mano.] Acaba de llegar un telegrama, y de acuerdo con sus instrucciones me apresuré a traerlo...

ENRIQUE: A ver... [Lo lee.] ¡Al fin!

LEOPOLDO: ¿Qué? ¿Buenas noticias?

ENRIQUE: ¡Excelentes! Puede considerarse concluída la operación.

LEOPOLDO: ¡Vaya! Permítame felicitarlo, entonces.

ENRIQUE: Muchas gracias. Felicitame vos también. ¡Es una gran noticia!

LUCIA: Aunque no entiendo, cuando te pone tan contento...

ENRIQUE: ¡Ya lo creo! ¡No podés imaginarte todo lo que esto significa! ¿Se han retirado los empleados?

LEOPOLDO: Sí, señor.

ENRIQUE: ¿Y el tenedor de libros?

LEOPOLDO: Espera instrucciones.

ENRIQUE: Bueno, voy a darle una carta. ¿Está desocupado el escritorio?

LUCIA: Estaba Pepe con unos amigos; pero creo que se han ido. [Mutis de ENRIQUE y LEOPOLDO por ochava derecha.]

CLAUDIO: [por izquierda] Buenas tardes.

LUCIA: ¿Cómo está, tío Claudio?

CLAUDIO: ¿No ha venido por aquí Rosario?

LUCIA: No.

CLAUDIO: ¿Y Laurita?

LUCIA: Tampoco.

CLAUDIO: ¡Y les dije que vinieran! ¡Qué mujeres éstas! ¡Siempre lo mismo, tan amigas de tapujos! ¿Están las muchachas?

LUCIA: Sí. ¿Quiere que las llame?

CLAUDIO: Sí. Vengo a hablar con ellas, a darles la noticia. Yo soy un hombre franco y me gustan las cosas claras. ¿No te parece?

LUCIA: Como no sé de lo que se trata...

LEOPOLDO: [por ochava] Servidor de ustedes...

LUCIA: Hasta mañana, señor Ruiz. [Mutis de éste por izquierda.]

CLAUDIO: ¿Quién es ese señor?

LUCIA: Un empleado de Enrique. Bueno, voy a llamar a las muchachas.

CLAUDIO: ¡Ah, sí! Con toda franqueza, tengo que darles la noticia.

LUCIA: Pero, tío: desde hoy habla usted de la noticia... ¿ Quiere hacerme el favor de decirme qué noticia es ésa?

CLAUDIO: ¡Cómo no! Ya sabés que a mí no me gustan los tapujos, y que no quiero enredos en la familia. Laurita y Federico se casan.

LUCIA: ¿Qué dice, tío? ¿Federico y Laura?

CLAUDIO: Sí, señor, sí. Con toda franqueza.

LUCIA: ¡Pero, eso es imposible! ¿Cómo va Laura a hacerle eso a Elena? ¡No, tío, no! ¡No puede ser cierto!

CLAUDIO: Pues es así. Sin embargo, Laura dice que ella no tiene la culpa; que no ha podido impedir que Federico se enamore. Y la verdad es que una vez enamorado... ¿qué va a hacer la pobrecita?...

LUCIA: ¿Cómo, qué va a hacer? ¡Lo que haría cualquiera en su lugar! ¡Ponerlo en la puerta de la calle a ese gran sinvergüenza! Pero, ¿es posible, tío? ¿Es posible que Laura haya podido pensar en una acción semejante? ¿No se da cuenta Laura de lo que eso significaría para la pobre Elena, para esa desgraciada que cifra toda su felicidad en su casamiento con Federico?

CLAUDIO: Hija... en los asuntos del corazón, el egoísmo se justifica...

LUCIA: ¡Eso no! No hable usted de corazones, porque entonces sí me olvido del respeto que le debo... y digo todo lo que no quiero decir... ¡Aquí no se trata de corazones! ¡Federico es apenas la rata que huye del barco que hace agua para buscar un rincón cualquiera donde poderse guarecer!

CLAUDIO: ¡Lucía!... Francamente...

LUCIA: Dicen que esta casa se derrumba, que la despreocupación de mi tío, las locuras de Arturo y la inconsciencia de todos, han provocado ese derrumbe, que el mismo Enrique ha comprometido su capital en operaciones desgraciadas, y que todo va barranca abajo...

CLAUDIO: ¡Como que han vivido comiéndose lo que tenían!

LUCIA: Luego, Elena es pobre, y como Laura es rica -porque es rico usted- ahí tiene explicado el misterio, en el que podrían haber intervenido la irreflexión y la falta de vergüenza, pero los corazones, no.

CLAUDIO: Bueno, ¡basta! No te escucho más.

LUCIA: ¡No, tío, no! ¡Se lo suplico! Reflexione usted. No hable todavía con Elena. No le diga nada. ¡Tenga lástima de esa infeliz! Hágale comprender a Laura que debe desistir, que es un daño inútil... ¡que no vale Federico una lágrima de nadie! Que si a todo trance quiere casarse, encontrará a otros; los encontrará a montones, y mejores que ése. ¡El mundo es un mercado abierto a los caprichos del rico, y en él es artículo de venta diaria el hombre pobre para casaderas con fortuna!

CLAUDIO: ¡Insolente!

LUCIA: ¡No, tío, por favor!

SOFIA: [por derecha] ¿Qué es esto? ¿Qué sucede?

LUCIA: ¡Por Dios!... ¡Que no oiga Elena!...

CLAUDIO: ¡No, señor! ¡Con franqueza!... ¡Con toda franqueza!

LUCIA: ¡Por favor, tío, por favor!

SOFIA: Pero... ¿qué hay?

CLAUDIO: Es que...

LUCIA: ¡Por favor! [SOFIA y CLAUDIO mutis derecha.]

ELENA: [por foro gritando] ¡Lucía!... ¡Lucía!... ¡Lucía!...

ENRIQUE: [por ochava] ¿Qué es eso?

LUCIA: Voy, Elena... voy... [Recoge la costura.]

ENRIQUE: ¡Elena!

ELENA: ¿Qué?

LUCIA: Vamos, Elena... vamos...

ENRIQUE: ¿Qué significan esos gritos? ¿Con quién creés que estás tratando?

ELENA: ¿Qué querés decir con eso?

LUCIA: Vamos, Elena... [Intenta llevársela por foro.]

ELENA: Dejame.

ENRIQUE: Quiero decirte que no te permito que tratés de esa manera a Lucía. ¿Qué te has figurado?

LUCIA: ¡Por favor, Enrique!

ELENA: Yo soy la que no te permito que vengás a hacerme observaciones, ¿entendés? Estoy en mi casa, ¡y a la que no le guste, que se vaya!

ENRIQUE: ¡Elena! ¡Elena! No te das cuenta de lo que estás diciendo. ¡Cuidado!

ELENA: ¡Cómo, cuidado! ¡Si ésa es tu... lo que sea... llevátela de una vez!

ENRIQUE: [amenazador] Elena!

LUCIA: ¡Basta! ¡Ni una palabra más! ¡Desgraciada!... [Va a salir por la izquierda.]

ENRIQUE: [interponiéndose] ¡No! ¡Vos no salís de aquí! [A ELENA.] ¡Pedile perdón! ¡Yo te lo mando!

ELENA: ¿Vos?... ¿Vos?...

LUCIA: Dejame salir, Enrique...

SOFIA: [por derecha, con CLAUDIO] ¿ Qué sucede?

ENRIQUE: ¡Pedile perdón!... ¡O no respondo de mí!...

ELENA: ¿Perdón? ¿Y quién es ésta para que yo le pida perdón?

ENRIQUE: ¡Mi mujer! ¡Mi mujer, si ella quiere! ¿Aceptás, Lucía?

LUCIA: ¡No! ¡Ya sabés que yo no recibo limosnas!

ENRIQUE: ¡Elena! ¡Elena! ¡Ya ves lo que has hecho!...

SEVERO: [por izquierda, con un paquete] ¡Ah!, ya te lo han dicho. ¡El muy canalla se casa!

ELENA ¿Qué?

SEVERO: ¡Cómo! ¿No lo sabías?

ELENA: ¿Quién? ¡Decí! ¿Quién se casa?

SEVERO: Federico... tu novio...

ELENA: ¿Federico?

SOFIA: Sí, Elena, es cierto... Se casa con Laura.

ELENA: ¡Ah, canallas! ¡Canallas! [Mutis por foro, llorando. La siguen SOFIA, SEVERO y CLAUDIO.]

CLAUDIO: Elenita... ¡por favor!

ENRIQUE: [a LUCIA] Perdonala... Es una desdichada. [LUCIA vase también por foro.]

ROSA: [que un momento antes pasó de derecha a izquierda, reaparece] Señor, ahí está un hombre que quiere hablar con usted.

ANTONIO: [entrando] Soy yo, señor. Me he permitido entrar, como de confianza... [ROSA mutis izquierda.]

ENRIQUE: ¡Ah! Es usted.

ANTONIO: Sí, señor, para servirlo...

CLAUDIO: [por foro] No es nada. Ya va pasando.

ENRIQUE: ¿Qué hace?

CLAUDIO: Sigue llorando. Eso le hará bien. Como vos comprenderás, lo siento mucho, pero...

ENRIQUE: Entonces, ¿es exacto que Laura se casa con ese...individuo?

CLAUDIO: Con toda franqueza... es cierto.

ENRIQUE: Dígale de mi parte que la felicito. ¡Es una espléndida pareja!

CLAUDIO: ¡Qué querés! ¡Las mujeres! Vaya uno a entender estas cosas... Bueno, adiós.

ENRIQUE: Adiós.

CLAUDIO: ¿Cómo? ¿No me das la mano?

ENRIQUE: Sí, señor. ¿Por qué no? [Se la estrecha reciamente.]

CLAUDIO: ¡Ay! ¡Qué fuerza tenés! ¿Has jugado alguna vez al golf?

ENRIQUE: Sí, señor... Sí, yo he jugado a todo.

CLAUDIO: Se conoce. [Mutis los dos por izquierda.]

SOFIA: [por foro] ¡Antonio! ¿De dónde sale usted?

ANTONIO: Aquí me tiene, señora. Vea: le traigo una postal.

SOFIA: ¡No! ¡No! No quiero saber nada con postales.

ANTONIO: Vea que viene firmada por el Melena.

ENRIQUE: [por izquierda] ¿Y Elena?

SOFIA: Ahí está, la pobre. Le ha dado con Lucía. Y no cesa de llorar pidiéndole que la perdone. Pero ya se va tranquilizando. Voy a ver lo que hace Josefina.

ANTONIO: ¿Y Angela, señora?

SOFIA: ¿Todavía tiene el valor de preguntarme por ella? ¡Bonita hazaña hizo usted! ¡Precisamente hoy se ha ido! [Mutis derecha.]

ANTONIO: ¡Qué quiere, señora! ¡El destino!...

ENRIQUE: ¿Y qué es lo que usted desea?

ANTONIO: Salgo de la cárcel, y vengo en busca del último mes de sueldo que se me quedó debiendo...

ENRIQUE: Pero ese sueldo se le envió a usted a la prisión con Severo. [ROSA pasa de izquierda a derecha.]

ANTONIO: Yo no he recibido nada.

ENRIQUE: Bueno, sígame. [Mutis de ENRIQUE y ANTONIO por ochava derecha.]

SOFIA: [por derecha, con ROSA y JOSEFINA] ¿Dónde está?

ROSA: Esperando en la galería.

SOFIA: Dígale que entre. [Mutis de ROSA, izquierda.]

SEVERO: Aquí tenés la muñeca. ¡Mirá qué linda! [Entrega el paquete a JOSEFINA.] Ya está Elena muy bien. Se vuelve puro abrazar a Lucía, y dice que quiere entrarse de monja.

SOFIA: ¿De monja? ¡Qué disparate!

SEVERO: Pues está muy en ello... Y me manda a que averigüe cómo es el traje, y todo lo demás necesario.

SOFIA: Pero, ¿está loca?

SEVERO: Dice que después me hará nombrar síndico del convento.

JOSEFINA: [que ha deshecho el paquete y examinando la muñeca] ¿Y ésta es la muñeca linda? ¡Sinvergüenza! [La arroja al suelo y vase por derecha.]

SOFIA: ¿Qué le has hecho? [Entra MARIANA, por izquierda.]

SEVERO: ¡Mira quién viene!...

SOFIA: ¡Mariana!

MARIANA: ¿Cómo está, señora? ¿Cómo le va, don Severo?

SEVERO: ¿Cómo te va?...

SOFIA: ¿Qué es de tu vida, mujer? ¿Qué te habías hecho?

MARIANA: Cuando salí del hospital tuve vergüenza de volver a verlos. Ahora plancho, señora, y vengo a pedirles ropa.

SOFIA: ¡Cómo no! Con mucho gusto.

SEVERO: ¿Planchás barato?

MARIANA: Como todas.

SEVERO: Entonces no es gracia. Me voy antes que se me haga tarde. ¿A qué hora cerrarán los conventos?

SOFIA: No sé... Pero es inútil... No vayas.

SEVERO: ¡Oh! ¿Y te creés que así no más voy a perder un puesto como ése?

SOFIA: ¡Si no lo digo por vos! Pero nunca consentiremos que Elena lleve a cabo semejante locura.

SEVERO: Sería una zoncera de parte de ustedes. Desde que es su vocación, ¿para qué contrariarla?

SOFIA: Bueno, bueno, hacé lo que te parezca; pero te prevengo que perdés el tiempo.

SEVERO: Eso lo veremos... [Mutis por izquierda.]

SOFIA: ¿Dónde estás establecida?

MARIANA: Aquí cerca. En un corralón donde él guarda el coche con que trabaja.

SOFIA: ¿El? ¿Quién es él?

MARIANA: Mi marido.

SOFIA: ¿Te has casado? ¿Cuándo?

MARIANA: Hace más de tres meses. El está esperándome en la esquina.

SOFIA: Decile que venga. Quiero conocerlo. ¡Pobre! ¡Cuánto me alegro! [Vase MARIANA por izquierda.]

ELENA: [por foro, con LUCIA] ¿ Dónde está Enrique?

SOFIA: En el escritorio. ¿Cómo te encontrás?

ELENA: Bien, Sofía. Ya para mí no existen los dolores de la tierra... [A ENRIQUE, que entra por ochava.] ¡Enrique! ¡Perdoname! ¡Perdoname!

ENRIQUE: ¡Vaya, tonta! ¡Se acabó!

ELENA: ¡Ya todo ha concluido para mí, Enrique! ¡Ahora no pienso sino en Dios! Necesito ser humilde, para hacer olvidar mis pecados...

ENRIQUE: ¿Tus pecados?

ELENA: Sí, hermano. Pecados de vanidad. Pecados de soberbia. Me he convencido que todo es mentira aquí abajo y que sólo arriba está la verdad. ¡Voy a ser monja!

ENRIQUE: ¡Pero, mujer! Vos no entendés de chicas. Ahora te vas al otro extremo.

ELENA: ¡Es que me he convencido! Aquí tenés esta santa. ¡Casate con ella!

LUCIA: ¡Vaya, Elena! ¡Dejate de zonceras!

ENRIQUE: Lucía... [La toma de las manos.]

LUCIA: Pero, Enrique, ¡qué locura!...

SOFIA: ¡Sí... sí... hermana! [La abraza.]

LUCIA: ¡Por Dios!... ¡Ya es demasiado!

ENRIQUE: Te prevengo que para nadie era un secreto que nos casábamos. Los únicos que hasta ahora no lo sabían, éramos nosotros.

MARIANA: [por izquierda, con CELEDONIO] Aquí está señora...

ANTONIO: [por ochava derecha] ¡Mariana!

MARIANA: ¡Antonio!

SOFIA: [presentando] Es el marido de Mariana.

ANTONIO: ¡Ah!

LUCIA: ¡La felicito, Mariana!

ELENA: Acérquese. Déme la mano.

CELEDONIO: ¡Pero, niña!

ELENA: Déme la mano. Yo soy humilde, y no me importa que sea usted negro... [Le estrecha la mano y luego vase por foro.]

ENRIQUE: Esta Elena, hasta cuando quiere ser humilde la embarra.

ANTONIO: Bueno... Ahora me retiro... Antonio Contreras, servidor de ustedes.

SOFIA y LUCIA: Adiós, Antonio. [Mutis éste por izquierda.]

MARIANA: Con el permiso de ustedes, nosotros también nos vamos.

SOFIA: No dejés de venir mañana por la ropa.

MARIANA: No, señora, no.

CELEDONIO: Celedonio Bustamante, cochero, para servir a ustedes.

TODOS: Adiós, [Mutis izquierda de la pareja, al mismo tiempo que llegan ROSARIO y LAURA.]

LAURA: ¡Pero, qué nos dice papá! ¿Elena se ha disgustado por mi casamiento con Federico?

SOFIA: ¡Pero, hija! ¡Vaya una pregunta! ¿Tal vez pretendieras que le hiciese gracia?

LAURA: ¿Y qué culpa tengo yo? ¡Vamos a ver!

SOFIA: ¡Pero, Laura! ¡Parece mentira, por Dios!

LAURA: ¿Cómo iba a impedirle que se enamorara de mí? ¿Qué iba a hacer yo? ¡Malditos hombres!

ROSARIO: Eso requiere una explicación.

ENRIQUE: ¡No, tía, no! Déjense de explicaciones, y terminemos de una vez. La venida de ustedes es la que no tiene explicación posible.

LAURA: Es que después de lo que ha pasado, yo he resuelto no casarme con Federico.

ROSARIO: La niña tiene demasiado en qué elegir para preocuparse de uno más o menos.

LAURA: Se lo dejo a Elena.

SOFIA: Elena no lo necesita. ¡Muchas gracias!

LAURA: ¡Que se lo tome si quiere!

SOFIA: ¿Pero estás loca? ¿Qué te has creído?

LAURA: ¡Pues entonces que busque el tipo ése con quién casarse! Hace un momento se lo he dicho. ¡Qué más se quisiera que venir a traer disgustos entre nosotros!...

ROSARIO: ¡No faltaba más! ¡Una familia tan unida como la nuestra! ¡Lo que criticarían las malas lenguas que ya no saben qué inventar!

LAURA: ¿Dónde está Elena? Voy a hablar con ella.

ENRIQUE: Pero, ¿no te parece mejor no decirle nada? ¿A qué vienen esas declaraciones ahora? Es complicar la situación.

LAURA: ¿Y te creés que yo puedo quedarme conforme así? ¿Para que Elena crea que no me he portado con ella como debo?

SOFIA: Se lo dirás después.

LAURA: ¡No, no! ¡Qué esperanza!

ENRIQUE: ¡Pero, Laura! [Mutis de ésta, por foro.] Andá vos también, Lucía. [LUCIA sigue a LAURA. Llega PEPE, por izquierda.] ¡Qué gravedad! ¿Te pasa algo?

PEPE: Me han rechazado el nuevo drama.

SOFIA: ¿Sabés lo que ocurre?

LEOPOLDO: [por izquierda] Otro telegrama... [Se lo entrega a ENRIQUE.] ¿Cómo está, señora? [A ROSARIO.]

ENRIQUE: [después de leer] Es la confirmación de la noticia. Ha quedado el asunto terminado.

LEOPOLDO: ¿Y se puede saber?

ENRIQUE: ¡Cómo no! Recibo una fuerte suma por la mitad de mis acciones, y quedo al frente de la nueva sociedad que se organiza con capitales ingleses.

LEOPOLDO: ¡Cuánto me alegro!

ROSARIO: ¿Qué? ¿Alguna buena noticia?...

ENRIQUE: Sí, tía: que he salvado todas mis dificultades.

ROSARIO: ¡Vaya! ¡Te felicito!

ENRIQUE: ¡Será preciso establecer una sucursal en el Rosario. [A LEOPOLDO.] Y si usted se decide a ir allá, le ofrezco un ascenso, bajo la dirección del gerente que se designe.

LEOPOLDO: Acepto, don Enrique, pues mi única aspiración consiste en recuperar el tiempo perdido, olvidando para siempre antiguas ridiculeces. [Mutis por ochava.]

PEPE: ¡Este pobre... está idiota!

ELENA: [por foro, con LAURA y LUCIA.] La he perdonado... ¡La pobre no tiene la culpa!... ¡Nadie tiene la culpa!

ROSARIO: ¡Ya decía yo!...

LEOPOLDO: ¿Cómo está, Elena?

LAURA: ¿Cómo está? [Muy amable.] ¡Tanto tiempo sin verlo! [ELENA, LAURA y LEOPOLDO conversan aparte.]

ENRIQUE: Escuchá, Lucía. [Le habla en voz baja.]

ROSARIO: Voy a pedirle a Enrique una limosna para nuestra sociedad de caridad, ahora que puede.

SOFIA: Déjelo mejor para otro día.

LAURA: ¡Mamá, me ha dicho Elena que Enrique y Lucía se casan!

ROSARIO: ¿Qué decís?

SOFIA: Es cierto.

ROSARIO: ¡Hijta de mi alma! [La besa.]

ARTURO: [por izquierda] ¡Consejo de familias!

SOFIA y ELENA: ¡Arturo!...

LAURA: ¡Che!... ¿Cómo estás?

ROSARIO: ¡Dichosos los ojos que te ven!

ARTURO: Vengo a despedirme. Mañana me embarco. [A PEPE.] ¿Cómo te va?

PEPE: ¿Qué tal?

SOFIA: ¿Para dónde te embarcás?

ARTURO: Para Europa.

ROSARIO: No digás...

LAURA: ¿De veras?

ARTURO: ¿Cómo estás, Enrique? ¿Cómo te va?

ENRIQUE: ¿Qué decís de Europa?

ARTURO: Que mañana me embarco.

ENRIQUE: ¿Con quién?

ARTURO: Solo.

ROSARIO: ¿Solo? ¿Y tu mujer?

SOFIA: ¿Clotilde?

ARTURO: Me voy solo. La renga se queda aquí o hará lo que mejor le parezca... ¡Si viene, la tiro al agua!

LAURA: ¡Qué bárbaro!

ENRIQUE: ¡Pero, Arturo!...

ARTURO: ¡Bah! ¡Bah!... ¡No empecemos! ¡Dejate de reproches! Vengo a despedirme, y no quiero cuestiones con nadie. ¡Si vieran cómo estoy de contento!

ROSARIO: ¿Y por cuánto tiempo?

ARTURO: ¡Por ciento cuarenta mil francos!

ROSARIO: ¿Cómo?

LAURA: Si se entiende, mamá... Hasta que duren, ¿no es eso?

ARTURO: ¡Merecerías haberte casado conmigo! Ahora vayan diciendo lo que quieren que les traiga.

SOFIA: ¡A mí también!

LAURA: Y a mí... ¡Qué lindo!

ARTURO: Bueno... ¿qué?... Vamos a ver...

SOFIA: Yo quiero un vestido.

LAURA: Y yo...

ELENA: Enrique, yo...

ENRIQUE: ¿Qué?

ELENA: Yo... Ya no entro de monja. Me voy al Rosario.

SOFIA y LAURA: ¿Al Rosario?

LUCIA: ¿Qué decís?

ELENA: Me caso con Leopoldo.

TODOS: ¡Ah!...

ELENA: Hace tiempo que Leopoldo me quiere y comprendo que no he nacido para el convento. He nacido para casada.

ENRIQUE: [riendo] ¡Si es por vocación, nada tengo que decir!

ROSARIO: ¡Pícara! ¡Qué guardado te lo tenías! [LAURA se acerca a LEOPOLDO. ELENA se interpone.]

LAURA: ¡Jesús! ¡Ni que te lo fueran a robar!...

LEOPOLDO: [a LUCIA] Y usted reciba también mis felicitaciones.

LUCIA: Muchas gracias, Ruiz.

TITO: [por izquierda] ¿No está por aquí el canalla de Severo?

ENRIQUE: ¿Qué sucede?

TITO: ¡Si lo agarro le rompo el alma!

ENRIQUE: ¡Tito!

SOFIA: ¿Qué pasa?

ARTURO: ¿Qué sucede?

TITO: Ahí viene subiendo las escaleras papá, a quien he tenido yo sólo que sacarlo de la prisión. Severo se guardó la plata de la multa, y no se le ha visto la cara.

SOFIA: ¿Qué? ¿Papá preso?

ENRIQUE: ¿Por qué?

TITO: Por desorden y por revolucionario.

ROSARIO: ¿Qué decís?

ARTURO: ¿Por qué?

SOFIA: Lo prendieron al fin.

RAMON: [Por izquierda] Me prendieron... sí... Pero se acabó. No quiero saber más de política, ni gobierno, ni oposición. ¡Todos son lo mismo! Está visto que la política no es para nosotros, los pipiolos... la carne de cañón. sino para los que de un lado o del otro saben sacarle provecho. ¡Todo pura farsa!

ROSARIO: ¡Es claro!

SOFIA: ¡Al fin!

ENRIQUE: ¡Cuánto me alegra oírte hablar así!

RAMON: ¡Pero el que no me meta en política no quiere decir que no continúe interesándome por el bien de mi patria! En adelante desprecio la oposición y odio a los tiranos, que son siempre los que mandan. "Sí, Rosas, te maldigo. -Jamás dentro de mis venas -la hiel de la venganza -mis horas agitó. -Como hombre te perdono -mi cárcel y cadenas -pero como argentino -las de mi patria, ¡no!" [Mutis derecha.]

ENRIQUE: ¡Pobre papá!... Hay que dejarlo. ¡Y ahora, a preocuparse del porvenir! Mañana mismo hay que buscar otra casa. ¡Casa nueva y vida nueva!

SEVERO: [por izquierda] ¡Elena! ¡Elena! ¡Traigo todos los datos del convento! [Carcajada general.] ¿Qué quiere decir esa risa?

ENRIQUE: Por lo pronto, que inmediatamente te mandés mudar de aquí. ¡Ya estamos hartos de tus raterías!

SEVERO: ¡Ahí tienen!... ¿Ven? ¡La primera vez que para hacer una comisión he ido en coche... y con plata mía!... ¡Sea usted después honrado!

TITO: ¡Qué sinvergüenza!

SEVERO: ¡Ah!... ¿Conque creen no necesitar ya de mí? ¡Se equivocan! ¡Antes de mucho han de volver a caer, porque todos ustedes, aunque no lo quieran, son una punta de locos de verano!...
Telón lento

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