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martes, abril 10, 2007

Florencio Sánchez:Mano Santa

Mano Santa

Florencio Sánchez





Personajes

María Luisa Doña Anunziata
Carlos Doña Eduarda.
Doña Lina



Acto único
En la habitación de conventillo habitada por CARLOS y LUISA. Puerta única al foro. Cama de fierro de dos plazas, ropero, mesa de luz, lavatorio y otros muebles hacinados casi a la derecha. La mitad izquierda, ocupada por una mesa, una cómoda con platos y cristalería, encima una máquina de coser, sillas, brasero y trebejos de cocina. En las paredes en sitio de honor, un gran retrato de Carlos Marx y diversos cromos y alegarías socialistas.





Escena I


MARÍA LUISA.

MARÍA LUISA. -(Con el pelo suelto en tren de adornarse para salir, colocando presurosa algunos platos y recipientes con comida sobre la mesa.) ¡Ay! La una ya... ¿Pero este Carlos no piensa venir? ¡Qué fastidio!... (Yendo a la puerta a veces.) ¡Chico!... ¡Torito!... ¿Querés llegar hasta el almacén a ver si está mi marido? Sí, andá... Te voy a dar un níquel. Prontito ¿eh? Si está, dile que la comida se enfría... Que hace una hora que está servida. (Volviéndose.) Y si no está que se amuele. (Ante el espejo terminando el peinado.) Lo que es yo no pierdo la consulta hoy. Ya me he costeado tres veces de balde, y todo por llegar tarde. (Buscando algo.) ¿Ahora, dónde habré dejado la peineta? ¿No digo? ¡Si todos son inconvenientes! (Impacientándose.) Pero si recién la tuve en la mano... Aquí... Aquí mismo la puse con las horquillas y el relleno. (Busca sobre la mesa, revisa la cómoda, la máquina, cada vez más irritada.) ¿No digo? ¡Si es como para perder la cabeza!... ¡Ufff!... Y Carlos que no acaba de llegar... Comerá todo frío... Pero la peineta... Después no quieren que uno se enferme... ¡Señor! ¿Hay duendes en esta casa? (Revisa de nuevo por diferentes sitios, arrojando ropas y objetos al suelo.) ¡Ufff! ¡Qué rabia! (Compungida.) ¿Ahora con qué me sujeto el pelo? ¡Vamos a ver! ¿Con qué?... Me entran ganas de romperme las mechas a puñados... y de no ir a ninguna parte. (Se lleva las manos a la cabeza, nerviosamente.) ¿No digo? Después dirán que no es cosa de rabiar. La tenía en la cabeza... Y perdiendo el tiempo... (Con un gesto violento arroja la peineta al suelo.)





Escena II


Dicha y DOÑA LINA.

LINA. -Con el permiso. ¿Se puede? (Después de cerciorarse de que no hay nadie más.) ¡Ave María, mujer!... Todavía está en eso... Mire que son como... más de la una y allí hay que llegar temprano si no se quiere hacer el viaje al botón... Creí encontrarla pronta... ya cuando menos...

MARÍA LUISA. -¿Qué quiere que haga? Todo se junta para fastidiarme. ¿Quiere creer que Carlos no ha venido a almorzar todavía?

LINA. -Qué trastorno hija... Y hoy que la cosa se presentaba tan linda... Vengan, tráigala no más, me dijo don Salvador, que yo le voy a dar la preferencia, si las veo temprano y con una pasadita le arreglo esos nervios... porque por las señas, lo que debe tener esa señora, es un pasmo nervioso y eso, con mi fluido se quitaría en un segundo. Tiene, viera, la mar de sartificados... y de gente copetuda... Están los Unsueses, los Anchorenas, los de... ¡qué sé yo! Familias bien, todas... desahuciadas por cuanto médico carero hay en este Buenos Aires, y que no han tenido otro remedio sino rebajarse a que las curara el Mano Santa... y así son, para que vea: imagínese que no permiten publicar los sartificados, que si no ya tendría don Salvador, más casos nuevos que Mojarrieta, para publicar.

MARÍA LUISA. -¡Uf! ¡Qué rabia! No digo... Estoy condenada a no salir ni mañana.

LINA. -¿Qué le pasa?

MARÍA LUISA. -¡Nada! ¡Qué sé yo! No puedo sujetar el rodete... ¿No ve? ¿No ve? (Moviendo la cabeza.) ¡Queda flojo... torcido... como el diablo!... También estas malditas horquillas... (Rabiosa, retorciendo una horquilla.) ¡Hum!... ¡Hum!... Ya está... ¡No salgo y no salgo!... (Se deja caer en una silla.)

MARÍA LUISA. -Calma mujer... Cuando más reniegue, peor...

MARÍA LUISA. -También tiene ancheta mi señor marido... No sé qué hace que no llega de una vez...

LINA. -Ya vendrá... no se aflija... Tome una horquilla buena, acabe ese peinado tranquilamente y espiantamos... Que nier... nier... nier... niervos... La costumbre, sabe... Que niervos mujer. Hay que cuidarse; eso no puede ser bueno. No me explico porque don Carlos no quiere que usted se atienda con Mano Santa... ¿Le sirvió la horquilla? Más vale así...

MARÍA LUISA. -(Concluyendo el peinado.) Si viene Carlos, usted se despide y se va... Nos veremos en la esquina...

LINA. -Eso le iba a decir... Pues... para mí, toda la oposición de su marido a Mano Santa, son cosas que le enseña el doctor Repetto y ese otro doctor Ingenieros, la facha, que como son socialistas no quieren que los demás vivan de su trabajo y sepan curar mejor que ellos...

MARÍA LUISA. -¿Quiere alcanzarme una bata que está sobre esa silla?

LINA. -Con mucho gusto, hija... ¡Qué mona la blusa!... ¡Ah!... ¿Pero no ha visto las Caras y Caretas de hoy?

MARÍA LUISA. -No; las debe traer Carlos... (Abre el ropero y se cambia de bata detrás del espejo.)

LINA. -No sabe lo que ha perdido... Pues... publica nada menos que el retrato de doña Anunziata, la gringa del tres...

MARÍA LUISA. -¡Qué me cuenta! ¿Por...?

LINA. -Con el sartifícao... ¿No ve que le curó la ciática, pues?... Vea... mientras usted se acaba de vestir, cruzo el patio y le pido el número. Verá... (Asomándose.) Allí está en la puerta... (a voces) Doña Anunziata. ¿Quiere prestarme el número para mostrarle a doña Luisa...? ¡Ah, sí!... (Volviéndose.) Ahí viene la tana, toda ancha...

MARÍA LUISA. -¿Me hace el favor?...

LINA. -¿Prenderle? Cómo no, mujer... ¡Qué gracioso!... No es sonsa la gringa... Mandó un retrato de cuando era joven, sacado allá en Italia. Y salió bien, lo más buena moza.





Escena III


Dichas, ANUNZIATA y 3 ó 4 chicos

ANUNZIATA. -(Desde afuera con marcado acento italiano.) Caminen... Váyanse, les digo, a casa... ¿Qué tienen que hacer con su madre?... ¿Se puede pasar?

MARÍA LUISA. -Sí, adelante, señora.

ANUNZIATA. -Permiso... Ya, mándense mudar... Es un trabajo de todos los diablos con estas criaturas, siempre prendidas de las polleras de la mama, como si fueran alfileres... (Avanza con un chico en brazos y seguida de tres o cuatro criaturas más.) Buenas tardes... Con que querían verme al escracho... aquí se lo traigo... Está todo sucio ya, sabe... También es un bochinche... todo el patio alborotado porque quieren verme...

MARÍA LUISA. -A ver...

ANUNZIATA. -¿Qué le parece, eh?

MARÍA LUISA. -Muy bien... ¡A ver qué dice! (Leyendo.) «De prodigio en prodigio». «Nuevas maravillas del fluido misterioso. Siete años de sufrimiento».

ANUNZIATA. -Eso es la verdad... Lea y verá el certificado que le meto allí. (Los chicos van por la escena.)

MARÍA LUISA. -¡Ah! sí... (Leyendo) «Señor don Salvador Rodríguez. Tengo el placer de agradecerle por la presente, la cura maravillosa que usted me ha hecho, después de siete años de constante padecer en manos de mal llamadas celebridades médicas, sufriendo de varias enfermedades, entre ellas una gastritis nerviosa de suma gravedad y una ciática pertinaz. (Hablando.) Eso es lo que debo sufrir yo...

LINA. -¿Ciática?

MARÍA LUISA. -No... eso nervioso... gastritis nerviosa...

MARÍA LUISA. -El médico dice que no es nada... pero yo sé que estoy enferma, me encuentro mal, cada vez peor... ¿Qué era lo que sentía señora, para la gastritis?...

ANUNZIATA. -Bueno... para decirle la verdad... pero sosiéguense, muchachos... ¿Quieren que les pegue unos palos? Bájese usted de ahí que se va a caer, ¡caramba!... Como le iba diciendo... esa cosa yo no sé lo que es... Tal vez será el dolor de cabeza que me daba cuando andaba mucho al sol, pero sabe, don Salvador me dijo que yo sufría de esa gastritis, o qué sé yo, y me lo puso en el papel. Y cuando él lo dice, será porque lo sabe.

MARÍA LUISA. -¿No andaba media trastornada, con ganas de llorar y así, nerviosa, enojada, rabiosa? ¡Qué sé yo!

ANUNZIATA. -Tampoco... ¡Qué esperanza! Soy muy pacífica... ¡Ah!... pero cuando mi marido se emborracha... entonces sí que me enojo de veras y me da rabia... Pero vean lo que están haciendo esos muchachos... ¡Ah! Pedazos de pícaros... ¡Como si no acabasen de comer tamaño coso de minestra!... Ya, váyase de ahí, atrevido... Y usted, sinvergüenza... Ya van a ver en casa qué paliza... Usted disculpará...





Escena IV


Dichas y CARLOS.

CARLOS. -Buenas... Caramba, cuánto bueno por acá...

ANUNZIATA. -Venía a mostrarle una cosa a su señora, pero con estos muchachos no puedo estar tranquila en ninguna parte... ¡Ya se pueden mandar mudar, atrevidos! (Los chicos huyen.)

CARLOS. -(A MARÍA LUISA.) ¿Cómo está mi negra? ¿Muy enojada? Tiene razón, pero sucedió que se descompuso una linotipo...

MARÍA LUISA. -Ahí tenés vos, que tanto te burlas del Mano Santa, la cura maravillosa que ha hecho...

CARLOS. -¡Adiosito!... ¿Volvemos?...

MARÍA LUISA. -No... lee, lee y te convencerás... aquí está... de cuerpo presente la vecina, buena y sana después de...

CARLOS. -¡Ta, ta, ta! (Recalcando.) Después de siete años de constante padecer, desahuciada por las notabilidades médicas... ¿No es así?... ¡Vaya! ¿A que adivino el final? «Y en prueba de mi gratitud lo autorizo a publicar este certificado, deseando que contribuya a divulgar su acción benéfica para la humanidad doliente!» ¿Qué te parece?

ANUNZIATA. -(A los chicos.) ¡Váyanse! (Viendo que se han ido.) ¡Ah! ¡No está nesuno!...

MARÍA LUISA. -Me parece que no tenés tanta confianza con la vecina para reírte de ella...

CARLOS. -De ninguna manera... Me río de esta explotación inicua...

LINA. -¿Explotación? Y mientras tanto ahí la tiene usted vendiendo salud, después de haberse pasado la vida trabajando para el médico y el boticario... ¿No es cierto, doña?

MARÍA LUISA. -Y postrada en cama, con una... ¿cómo es?... gastritis nerviosa, gastritis nerviosa, ¿has entendido? ¡tremenda!...

CARLOS. -¡Caramba! ¿Nada menos?

LINA. -¿Y la ciática?

MARÍA LUISA. -Y de yapa eso... Una ciática tan tremenda que no le paraba alimento en el estómago...

CARLOS. -¿Ciática en el estómago? ¡Es terrible esa enfermedad! ¿Se curó bien, señora?

ANUNZIATA. -Sí, señor. A veces cuando hace mal tiempo me duele un poco, sabe...

CARLOS. -¿El estómago?

ANUNZIATA. -No; la ciática... Esta es cosa que me operaron en el hospital, la vez pasada, aquí en la pierna...

CARLOS. -¡Ah!... ¿Y eso fue lo que le curó Mano Santa?

ANUNZIATA. -Vea; para decirle la verdad, yo no sé bien lo que tenía, pero don Salvador me dijo que ya quedaba sana y a mí me parece que sana estoy. ¿No es así? Apetito al menos no me falta, gracias a Dios...

CARLOS. -Y a mí tampoco... No tendré que consultar a Mano Santa para comer bien...

ANUNZIATA. -¡Caramba!... Ustedes todavía sin almorzar y yo aquí entreteniéndolos...

CARLOS. -Por nosotros, señora...

ANUNZIATA. -Tengo que hacer, también; así es que buen provecho y hasta luego...

LINA. -Yo también me marcho... Tengo que salir y... buen provecho. (Mutis.)





Escena V


MARÍA LUISA y CARLOS.

CARLOS. -¡Buen provecho!... Podían haberse ido antes... Traigo un hambre... (Revisando la comida.) Bastante mistongo el almuercito... Como para enfermos de gastritis... o de ciática al estómago, como dice la gringa...

MARÍA LUISA. -Bien se conoce que has tomado aperital.

CARLOS. -¿Por la hambruna?

MARÍA LUISA. -Por lo que has hecho... Reírte de esa pobre mujer. ¿Ese es tu socialismo?

CARLOS. -Ya lo creo... Impedir que se explote la ignorancia y la credulidad de la pobre gente, es también socialismo... Pero dejémosnos de cosas y comamos de una vez... No me queda mucho tiempo...

MARÍA LUISA. -Si hubieras venido antes...

CARLOS. -Pero mujer... Sucedió que en la imprenta...

MARÍA LUISA. -No necesito disculpas... Comé callado que será mejor...

CARLOS. -Eso espero hace rato: poder comer...

MARÍA LUISA. -Nadie te lo priva...

CARLOS. -¿Y tú no vienes?

MARÍA LUISA. -No tengo ganas...

CARLOS. -Podrías servirme al menos... ¿O me has rebajado a la categoría de animalito doméstico?... Vamos, déjate de pavadas; para reproches es bastante... (Cariñoso.) Hagamos las paces, negrita, y...

MARÍA LUISA. -No; no me vengas con zalamerías... Ahora no tengo tiempo de atenderte...

CARLOS. -(Resentido.) Bueno... Está bien... ¡Pichicho! ¡Pichicho! ¡Carlitos!... Ahí tiene su zoquete... póngase a comer... (Se dispone a comer.)

MARÍA LUISA. -Y además tengo que salir... (Toma el sombrero y se lo pone.)

CARLOS. -¡Ahora me explico!... No me había fijado en la paquetería... ¿Con que te vas? ¿De veras?... (Canturreando con música del himno de Riego):

Adiós, ingrata Panchita
Adiós por siempre jamás, amén.

MARÍA LUISA. -Y en seguida... Cuando salgas cerrá y dejale la llave a la vecina...

CARLOS. -¡Ah, no!

MARÍA LUISA. -¿Cómo?

CARLOS. -¡Que no! Primero me va usted a decir dónde va...

MARÍA LUISA. -Si quiero, será.

CARLOS. -(Severo.) ¡María Luisa!

MARÍA LUISA. -¿Es decir que no puedo ir a ver a mi madre que está enferma?

CARLOS. -(Alzándose, demudado.) ¿Cómo? ¿Cómo?

MARÍA LUISA. -(Confundida.) Hoy... me mandó avisar que fuera. Por Dios que es cierto...

CARLOS. -¡Ah, no! ¡Ah, no! ¿Dónde ibas? Pronto. Responde.

MARÍA LUISA. -¿Yo? ¿Yo?... ¿No te he dicho? A verla...

CARLOS. -¡Mentira! Acabo de encontrarme con ella y me anunció que vendría en seguida para acá... ¡Mentira!... ¿A dónde ibas?...

MARÍA LUISA. -¿No ven? ¿No ven? ¿No ven si soy desgraciada? (Echándose a llorar.) ¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío! Quisiera morirme ahora mismo... ¡Ahora mismo!...

CARLOS. -No te van a salvar las lágrimas... Decí, decí, decí, ¿a dónde ibas? Pronto, porque me siento capaz de...

MARÍA LUISA. -No, no quiero... No puedo...

CARLOS. -¿Qué es eso?

MARÍA LUISA. -¡Sí... sí! quiero... Pero dejame... ¿No ves que me vuelvo loca?

CARLOS. -Quien se enloquece soy yo si no hablas pronto... ¿Por qué mentías? ¿Por qué? (Tomándola por un brazo con alguna violencia.) Vamos a ver... ¿por qué?...

MARÍA LUISA. -Eso es... ¡Pegame si te parece!... ¡Pegame!...

CARLOS. -(Soltándola.) ¡Yo!... ¡Pegarte! No pienso en eso, pero... (Dominándola.) Vamos, tranquiliza esos nervios, y dime la verdad... La verdad, ¿eh?

MARÍA LUISA. -Yo no miento nunca, ¿sabe? ¡Nunca!

CARLOS. -¡Acaba usted de probarlo, señora!

MARÍA LUISA. -No es cierto... ¿Sabe qué más?... Usted no la ha visto a mamá... Quiere sacarme de mentira a verdad. La pobre está enferma en cama...

CARLOS. -Por favor, María Luisa... ¡No jugués con mi paciencia! ¿Dónde ibas? Mentí de nuevo si querés... ínventá otra cosa... Disculpate siquiera de algún modo... pero no sigas exponiéndome con tus monerías. Hace tiempo que me tienes con la sangre hirviendo.

MARÍA LUISA. -Sí, ya sabía que estás cansado de mí y que querés matarme a disgustos...

CARLOS. -¡Yo!... ¡Yo!...

MARÍA LUISA. -Sí, señor. Usted mismo. Y no conformo con ser un desconsiderado y tenerme aquí enferma, muriéndome, sí, muriéndome, por falta de asistencia, ahora pretende ponerme la mano encima.

CARLOS. -(Exasperado.) ¡Pero se ha visto descaro igual! ¡Ah, no!... Esto no puede seguir así... ¡Ah, no!...

MARÍA LUISA. -También digo lo mismo... ¡Ay, madre mía, que soy desgraciada!... ¡Que soy desgraciada!... ¿Eso es lo que te han enseñado los socialistas? ¿A maltratar a las mujeres? ¡Ah, ah, ah!... ¡No puedo más!... Me voy, me voy de esta casa...

CARLOS. -Sí, señora... ¡Ya lo creo que sí!... Pero antes tiene usted que darme una explicación...

MARÍA LUISA. -Yo soy libre, ¿sabe?

CARLOS. -¿Libre?... (Dominándose.) Tienes razón... Completamente libre... Era lo establecido... Pero esa libertad misma debió haberte impedido engañarme y traicionarme... Yo te lo dije, enseñándote mi moral: «El matrimonio no nos vinculará más que nuestro amor.» Si dejas de quererme, me lo dices honradamente y recobrarás tu libertad... De modo que no tenías por qué engañarme, no tenías necesidad de engañarme... Y eso es lo que me subleva y me enfurece... Porque, vamos a ver, ¿por qué lo has hecho? Por pura maldad, por pura perversidad...

MARÍA LUISA. -Pero Carlos... ¿qué cosas estás diciendo? ¿Te has vuelto loco?

CARLOS. -(Cruzándose de brazos ante ella.) ¿Es decir que ni siquiera el derecho de razonar me dejas?...

MARÍA LUISA. -(Ingenua.) Yo lo hacía a escondidas, porque sabía que no te gustaba...

CARLOS. -Se precisa tupé...

MARÍA LUISA. -Si me hubieras dado permiso, no pasaría esto...

CARLOS. -¡Yo!... ¡Para esas cosas!...

MARÍA LUISA. -Sí, vos mismo... ¿Serías capaz de negarlo?... Y bien claro que me lo decías: «No le hagas caso... es un charlatán...»

CARLOS. -¿Estaré en mi juicio? ¿Cuándo ha sucedido eso y de quién me hablas?

MARÍA LUISA. -¿De quién? ¡De don Salvador!... ¡De Mano Santa!

CARLOS. -Mano Santa... ¿De Mano Santa?... De modo que... Vamos... Esto debe aclararse con calma... ¿A dónde ibas?...

MARÍA LUISA. -¿No te lo he dicho? Con doña Lina a ver a Mano Santa...

CARLOS. -No mientas...

MARÍA LUISA. -¡Carlos!

CARLOS. -¿Has tenido tiempo para inventarla, no?

MARÍA LUISA. -¿De modo que tú... que tú sospechabas?...

CARLOS. -Sí, sí; sospechaba... y sospecho...

MARÍA LUISA. -Que yo... ¡Ah, Dios mío! ¡Si seré desgraciada!... ¡Si seré desgraciada!... (Paseándose nerviosa.) ¡Pensar de mí, semejantes cosas!... ¡Dudar de mí!... ¡Qué infamia!... ¡Madre de mi alma!...

CARLOS. -No podrás decir que me hayan faltado motivos...

MARÍA LUISA. -¡No lo ven!... ¡No lo ven!... Ahora me echa las culpas. ¡Oh!... Pero esto no puede quedar así... Bien me parecía que querías deshacerte de mí... ¡Que estabas harto!... Por eso me enseñabas esa moral de los socialistas... Libertad absoluta... El día que te canses de mí... Adiosito. Con casamiento y todo...

CARLOS. -¡Pero qué audacia!...

MARÍA LUISA. -(Encarándosele.) ¿Y no has podido hallar mejor pretexto que el de ofenderme así? ¡Sos un infame! Ahora mismo me marcho de esta casa... Ahora mismo. Y si querés averiguar la verdad, puedes preguntárselo a doña Lina.

CARLOS. -No; tú no te marchas...

MARÍA LUISA. -Pues ya verás si me voy... (Ademán de irse.)

CARLOS. -(Deteniéndola.) ¡No te vayas!

MARÍA LUISA. -Eso lo veremos...

CARLOS. -¡No! Si Vos te vas...

MARÍA LUISA. -(Con un movimiento brusco lo aparta y sale: CARLOS vacila un instante y corre detrás. Voces y rumor de lucha. Después de una pausa reaparece MARÍA LUISA llorando a gritos y corre a tirarse en la cama.)

MARÍA LUISA. -¡Me ha pegado!... ¡Me ha pegado el infame!... ¡Me ha pegado, madrecita! ¡Madrecita!...

CARLOS. -(Abrumado, mirando al suelo, avanza unos pasos y se deja caer en una silla; después de un instante.) ¡Fue sin querer!

MARÍA LUISA. -¡Madrecita! ¡Que soy desgraciada!... ¡Pegarme a mí!... ¡Insultarme y pegarme!... (Exasperándose.) ¡Ay, ay, ay!... ¡Yo me quiero morir! ¡Me muero!... ¡Me muero?...

CARLOS. -Oh... Estas mujeres. (Se alza y se acerca a la cama suplicante.) ¡María Luisa!... ¡María Luisa!... ¡Fue sin querer!...

MARÍA LUISA. -Salga... No se me acerque... ¡Infame! ¡Monstruo!...

CARLOS. -Fue casual... ¡Te lo juro!...

MARÍA LUISA. -No se me acerque... ¡Ay, madrecita!... ¡Me muero, me muero!... ¡Me muero!...

CARLOS. -(Conmovido.) ¡No se exaspere, mi negra!... Perdóneme... ¡Perdón!... Le aseguro, que un mal movimiento del brazo... Quería detenerla, y como estaba así tan nervioso... ¡Cálmese... negrita, por favor!...

MARÍA LUISA. -Retírese, hipócrita... Todo ha concluido entre nosotros... ¡Para siempre!... ¡Ay, ay, ay!... Pegarme delante de todo el mundo...

CARLOS. -(Aparte.) ¡Tiene razón, pobrecita!





Escena VI


Dichos y DOÑA EDUARDA.

EDUARDA. -(Abalanzándose.) ¡No me diga! ¿Dónde está mi pobre hija?... Ya me han contado en el patio todo el escándalo... ¡Luisa querida!... (Le tiende los brazos.)

MARÍA LUISA. -¡Ay, mamita de mi alma! (Se le echa al cuello.)

EDUARDA. -(A CARLOS.) Ahí tiene su obra.

CARLOS. -(Alejándose.) ¡Hum!... El asunto se complica ahora... No podría haber venido esta señora más oportunamente...

EDUARDA. -Cálmese, hijita... No me cuente nada porque todo me lo han dicho las vecinas... Cálmese, séquese esas lágrimas, acomódese el pelo y en seguida nos vamos a casa. Bien le decía yo que ese hombre no era bueno.

MARÍA LUISA. -(Más tranquila, ante el espejo.) Ay, cómo tengo esta cabeza... desgreñada...

EDUARDA. -Pues arréglese y en marcha... Usted no debe estar un minuto más en esta casa...

MARÍA LUISA. -(Arreglándose ante el espejo y con voz entrecortada.) Ya lo sé... ¡Qué desgracia!.. Quién hubiera creído, después de tanto tiempo de vida feliz... Y yo que lo quería tanto...

EDUARDA. -Así paga el diablo a quien bien lo sirve...

MARÍA LUISA. -Si yo le hubiera dado algún motivo, el más insignificante motivo, disculparía todo... Pero, nada, mamá, nada... Ni esto... Tuvimos una peleíta y porque yo quise irme para su casa... ¡Zas!...

EDUARDA. -Hijita, lo que es ahora perdé cuidado... Saldrás con tu madre y veremos si hay quien se atreva a impedirlo...

CARLOS. -Si alude a mí, señora, puede estar tranquila. María Luisa tiene razón: la he ofendido gravemente, y si no me perdona, es muy dueña de disponer de su voluntad...

MARÍA LUISA. -Ya lo creo que me has ofendido...

CARLOS. -No lo niego, hijita, confieso mi culpa... pero al mejor lo pongo en mi caso...

EDUARDA. -¿Qué le ha hecho? ¿Vamos a ver? ¿Qué le ha hecho ella?

CARLOS. -No pienso discutir, señora... menos con usted... Decime, María Luisa: ¿no he sido siempre bueno, leal, condescendiente, amable, afectuoso, cariñoso contigo? Respondé...

MARÍA LUISA. -No sé.

CARLOS. -Sí que lo sabes muy bien... Constituíamos un modelo de afinidad y convivencia, el hogar más feliz, cuando de repente sin saber cómo, ni por qué, empiezan a brotar incidentes y conflictos en la casa... malos gestos, caprichos, celos...

MARÍA LUISA. -Bien sabes que estaba enferma...

CARLOS. -Hasta eso... ¡enfermedades imaginarias!... Y yo con toda paciencia, soportándolo todo... Vea, señora, cómo no le miento... Este es el almuerzo que me esperaba hoy; no lo he tocado. Este, esta porquería y servido así... (Pausa.) La bomba estaba cargada y estalló por el peor de los lados... (Lentamente.) Y sucedió lo que sucede siempre... unas palabras... una duda... un lío... (como rectificándose.) Sí, un lío estúpido, ¡estúpido!... y... todo lo demás...

EDUARDA. -Podrá ser cierto lo que usted dice, pero nunca hay razón para apalear a una mujer indefensa... y delante de todo el mundo...

MARÍA LUISA. -Eso no... No exageres, mamá... Me pegó así, despacito en el cuello...

CARLOS. -(Animándose, aparte.) Parece que mejora mi causa...

EDUARDA. -Fuerte o despacio, la vergüenza es la misma. ¿Estás pronta?... Vámonos de esta casa...

MARÍA LUISA. -(Vacilante.) ¡Sí, señora!... Nos vamos... pero... espérese... creo que dejo algo...

EDUARDA. -Ya lo mandaremos a buscar... Vamos... (Secamente a CARLOS.) Servir a usted...

MARÍA LUISA. -(Volviéndose.) Ah... Mañana vendrán a buscar mis cosas...

CARLOS. -No te incomodes... Te las mandaré...

EDUARDA. -(Desde la puerta.) Apurate, muchacha...

MARÍA LUISA. -Vaya caminando que ya la alcanzo... (A CARLOS.) Ah... Y para que se convenza, ahora vendrá doña Lina a decirle dónde íbamos... (Se va sin volverse.)

CARLOS. -Está muy bien, señora... (Cuando la ve trasponer la puerta.) ¡María Luisa!

MARÍA LUISA. -¿Qué?

CARLOS. -Podríamos darnos la mano, siquiera...

MARÍA LUISA. -¡Ah! ¿La mano? ¡Bueno!...

CARLOS. -(Atrayéndola.) Y... si me perdonaras...

MARÍA LUISA. -(Efusiva.) ¿Me perdonarías tú...? (Se estrechan y se besan.)





Escena VII


Dichos, DOÑA ANUNZIATA con un chico en brazos, a poco DOÑA EDUARDA.

ANUNZIATA. -(Con su chico en brazos.) Con el permiso... Venía a buscar las «Caras y Caretas», que se me quedaron olvidadas y toda la gente viene a ver mi retrato y lo que dice de Mano Santa...

MARÍA LUISA. -(Acariciando al chico.) ¿Has visto, Carlos, qué ricura de chico?... (Besándolo.) ¡Angelito!...

CARLOS. -¡Aquí tiene su revista!...

ANUNZIATA. -Gracia. Disculpe, ¿eh? Hasta luego... (Yéndose.) Si la precisa, ya sabe... (Mutis.)

CARLOS. -Yo no... Pero si tú quieres estudiar de nuevo las curas maravillosas del Mano Santa...

MARÍA LUISA. -(Tomándole la mano.) ¡No!... Tengo aquí mi «Mano Santa». ¡Ésta me curó de veras!...

EDUARDA. -¿Venís o no venís?... ¡Ave María, qué desvergüenza!...


Telón.

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