ARCHIVO

jueves, abril 19, 2007

Leopoldo Alas 'Clarín':Salicio y Nemoroso(Fragmento comedia musical)



Salicio y Nemoroso
[comedia musical,
1868. Fragmento]

Leopoldo Alas 'Clarín'

Leopoldo Alas:"Teresa"


Teresa
Ensayo dramático en un acto y en prosa



Leopoldo Alas








PERSONAJES
ACTORES

TERESA. SRTA. GUERRERO.
RITA. SRTA. VALDIVIA.
PALMIRA. SRTA. SORIANO.
ROQUE. SR. PERRÍN (ANTONIO).
FERNANDO. SR. DÍAZ DE MENDOZA.
MINERO 1.º SR. NÚÑEZ.
MINERO 2.º SR. CASIELLES.
MINERO 3.º SR. TORNER.






Acto único

División de escena. A la izquierda del espectador, la carretera; a la derecha, interior de la casa de ROQUE. Entre la carretera y la casa, algún espacio, limitado de la parte de la carretera por un guardacantón y un montón de grava. La carretera desaparece hacia el foro, un poco oblicua en el último término de la izquierda. En el telón de fondo, se figurará la boca de una mina con una choza de madera a la entrada; delante, terraplén. Confusión y obscuridad en este término. Un farol de luz rojiza a la entrada de la mina, la luz desaparece de tarde en tarde. Entre la carretera y la casa, en segundo término, una carreta con las varas apoyadas en tierra; algunos montones de heno, que se supone se está metiendo en el pajar en los días a que corresponde el de la acción. Instrumentos de labranza, esparcidos arbitrariamente. La fachada de la casa, perpendicular al foro. En primer término, una ventana con reja; por fuera, asiento de piedra al pie de la ventana. En segundo término, la puerta de la casa. Tercer término (obscuro, confuso), la entrada al pajar, con un montante. Interior de la casa de ROQUE: cocina ahumada, pobre: en el fondo, a la izquierda, el hogar con lumbre, muy bajo. Caldera colgada de una cadena que baja de una chimenea de campana. Cerca del hogar, arrimado a la pared de la izquierda, un banco de madera; sobre él, un cuchillo muy agudo de cocina entre restos y pellejos de patatas. En el fondo, también a la derecha, escalera tosca muy pina que conduce al pajar. En el ángulo de la escalera con el piso, hueco donde puede ocultarse holgadamente una persona. A la derecha, un armario de madera, pobre, viejo. Cerca de él, una mesa antigua, también de mal aspecto. En primero y segundo término, dos puertas: la del primero es de la habitación de RITA y PALMIRA, la segunda, del interior de la casa. Ajuar de aldeano pobre y algunos utensilios de minero.



Escena I




Anochece. A ser posible, imítese alguno de los ruidos propios del campo, en verano, en los valles del Noroeste de España; por ejemplo, voces lejanas de aldeanos, rechino apagado de carretas. De no conseguir una imitación apropiada, es preferible prescindir de todo esto. Al levantarse el telón, se oirá a lo lejos un aire del país en un instrumento rústico (algo como gaita, dulzaina, caramillo o cosa análoga). RITA (de unos dieciocho años), y PALMIRA (de cinco a siete años). RITA duerme de bruces sobre el montón de grava, viste traje de aldeana del país, mezclado con prendas de artesana de la ciudad, todo maltrecho, pobre. PALMIRA, cerca de ella, sentada sobre el polvo de la carretera, desgreñada, descalza. Llora con cierto ritmo, cansada ya del llanto. Cuando suena la música lejana, deja de llorar. Cesa la música, y vuelve el llanto. Pasan por la carretera algunos grupos de tres o cuatro mineros, unos silenciosos, otros en conversación confusa, lenta, desanimada. Los más, llevan lámpara de minero. Tuercen por el primer término de la izquierda, donde hace curva la carretera, y desaparecen. Después FERNANDO.


PALMIRA.- (Sentada en la carretera.) ¡Madre! ¡madre! ¡Mira: Rita no me da sopa! (Se acerca, arrastrándose, a RITA.) ¡Rita! ¡Ritona! ¡Despierta, que me das miedo! ¡Sopa! ¡Ritona, dame pan! (Le mete una mano entre los labios.)

FERNANDO.- (Llega por la carretera, primer término de la izquierda. Contempla un momento el grupo de niñas. Se acerca a ellas.) Oye, nena, ¿por qué lloras?

PALMIRA.- (Al ver a FERNANDO se levanta de un brinco, y retrocede hacia la casa.) ¡Madre, madre! ¡Rita! ¡Tengo miedo: un hombre!

FERNANDO.- No tengas miedo: ¡Calla, vida mía! Yo... te quiero a ti. ¿Por qué lloras? Ven acá; toma.

PALMIRA.- ¡Madre!

FERNANDO.- ¿Aquí otra niña? ¿Una joven? ¿Qué tiene? ¿Quién es? ¿Está mala?

PALMIRA.- ¡Madre! ¡Rita! ¡Mira este señor...!

FERNANDO.- Oye: si me das un beso, te doy un perro... blanco, mira, un perro blanco. (Le enseña una peseta.)

PALMIRA.- ¡Una peseta! ¿Para mí toda? ¿Para Rita no?

FERNANDO.- No; para ti. ¿Rita es ésta?

PALMIRA.- Sí. (Dejándose besar.)

FERNANDO.- ¿Es tu hermana?

PALMIRA.- No.

FERNANDO.- ¿Cómo te llamas tú?

PALMIRA.- Palmira.

FERNANDO.- (Para sí.) ¡Como mi hermana! Sí: es su hija. Tu madre, ¿es Teresa?

PALMIRA.- Sí; Teresa de Roque.

FERNANDO.- ¿Y Rita? (PALMIRA se encoge de hombros.) ¿Qué es tuyo Rita?

PALMIRA.- Está en casa.

FERNANDO.- ¿Criada?

PALMIRA.- No: de mi padre. ¡Es mala!

FERNANDO.- ¿Te pega?

PALMIRA.- No: me deja sola; se queda así, dormida... ¡Quiero pan!

FERNANDO.- ¿Tienes hambre? ¡Alma mía! ¿Dónde está tu madre?

PALMIRA.- En la fuente, y a buscar a padre. ¡Madre, madre!

FERNANDO.- No te oye: la fuente está lejos. Llamaremos a Rita. ¡A ver, Rita... despierta! (Mueve suavemente a RITA.)

RITA.- ¡Eh! ¿quién? ¡Ay! ¡Palma, calla! (Se pasa las manos por la cabeza, sujeta el pañuelo que le sirve de toca; se quita algunas briznas de heno que trae pegadas a la garganta; se incorpora, y, temblando, al andar, se deja caer sobre el banco de piedra debajo de la ventana. Arrima los brazos a la pared, apoya en ellos la cabeza; el peso hace deslizarse, pared abajo, todo el busto, y cae RITA de bruces sobre el banco, como estaba antes sobre el montón de grava.)

FERNANDO.- Es una marmota. (Reparándola.) No; es un ángel, pero un ángel enfermizo. ¡Oh, qué cansancio el suyo! (Le toma el pulso y le toca la frente.) ¡Infeliz criatura! Agobiada por el trabajo; mal alimentada, de fijo... ¿Quién será? ¿Estará enferma? (Le quita yerbas pegadas a la frente.) ¡Enferma, pero trabaja! (Repara que PALMIRA corre por la carretera, hacia el foro, gritando.)

PALMIRA.- ¡Madre, madre! (Desaparece por el último término izquierda.)

FERNANDO.- Por allí viene gente: un grupo. Serán mineros. Sí: Roque... y Teresa... y más serán. No quiero que me vean. Ahora no. La niña diría lo de la peseta; y ese Roque es altivo, creo. No querrá limosnas, de fijo. Además, le he visto mirarme con malos ojos. Tal vez sospecha. Pero yo he de verla, he de hablar con ella otra vez. Mañana, al ser de día, sale el tren, y he de marchar; no hay remedio. Sí: hablaré a Teresa esta noche. Si puedo, aquí, a solas, cuando él salga, pues sé que sale: va a perorar a la taberna. Y si no, con un pretexto, entraré luego ahí, aunque esté Roque. Se acercan. Ahora, a mi escondite, ahí, en la Foz, entre los árboles, donde la contemplé esta tarde... ¡tan triste, tan pobre, tan dulce en su miseria...! Perdida la lozanía... y más hermosa. ¡Mi pobre ilusión del amor humilde, puro, respetuoso... no desvanecida, no, transformada; deshecha en humo, no: convertida en olorosa nube de ideal incienso, de impasible abnegación, de tristeza inexorable. ¡Oh, realidad, maestra de la vida y de la muerte! ¡Poética en tus desengaños, como este crepúsculo en la aldea! (Se oye a lo lejos rumor de voces en disputa áspera, sorda, lenta: otras veces la voz de PALMIRA que llama a su madre; y por fin, la gaita o caramillo, muy lejos, perdiéndose en la distancia. FERNANDO sale de la escena por el primer término izquierda: al sentir acercarse por la carretera un grupo de mineras.)




Escena II




RITA; ROQUE y varios mineros.




Llega al primer término de la izquierda un grupo de mineros, entre ellos ROQUE, el cual manifiesta al andar que tiene un pie herido: el zapato de este pie, roto por delante.


MINERO 2º.- ¡Con Dios, Roque; y por la fresca, arriba; y otra vez al pozo!

MINERO 1º.- ¡Mal rayo me parta si con estos mandrias se puede hacer una que sea sonada!

MINERO 2º.- Para sonadas, las que hace allá dentro el gas cuando se le hinchan las narices.

MINERO 1º.- Roque, contigo se cuenta. Si ahora te quedas aquí un rato por que no diga Teresa, en casa de la Eulalia te esperamos. No faltes: lleva el papel, ese que tan bien lo relata.

MINERO 2º.- No seas bobo, Roque, no vayas. Gastarás los cuartos, beberás, mañana la dormirás, te meterán en el ajo de la huelga, aunque seas inocente... y ¡adiós pan, Dios sabe hasta cuándo!

MINERO 3º.- Estos de la aldea siempre servilones; burros de reata... reses que van al matadero.

MINERO 2º.- Vaya, con Dios. Ya empieza el predicador... ¡Lilailas! El pobre siempre sudará mucho para comer poco... Los papeles... la taberna... los sermones. ¡Lilailas! Siempre fue lo mismo. Vaya; buenas noches. Roque, cena, si hay qué; y a la cama. (Sale por la izquierda a paso lento bostezando.)

ROQUE.- ¡Gallinas! Vamos andando. Si espero a esa, habrá matraca. ¡A casa de Eulalia! Yo me debo a los míos. Cuando el hombre tiene una idea... se debe a la idea.

MINERO 3º.- Pero ¿no has dicho a Teresa que te quedabas en casa?

ROQUE.- (Se encoge de hombros.) ¡Déjate de mujeres! A casa de Eulalia. El obrero defiende sus ideas donde puede... Si no hay más cátedra, más congreso, más púlpito que la taberna... en la taberna. Jesucristo iba a las tabernas a predicar el socialismo a los publicanos.

MINERO 1º.- ¡Eso! ¡Vivan los publicanos! El papa es ahora publicano también.

MINERO 3º.- ¡Pamplinas! ¡La política...! ¡El clero...! ¡Pamplinas...! No reventar de hambre y de trabajar, esa es la fija.

ROQUE.- Vamos, que va a llegar Teresa. (Bosteza RITA, y estira los brazos despertando.) ¿Quién está ahí? ¡Ah! ¡es mi hermana! ¡Esperad! ¡Rita! (Se acerca a ella.) ¿Has metido la yerba?

RITA.- Sí; toda la que habéis dejado segada. (Soñolienta y otra vez quitándose de la garganta y del pecho briznas del heno pegado a la piel.)

ROQUE.- ¿Qué tienes? ¿sueño?

RITA.- Sí.

ROQUE.- ¿Calor? (Le pasa la mano por la frente y las muñecas.)

RITA.- Mucho.

ROQUE.- (En voz baja.) ¿Y hambre?

RITA.- Sed.

ROQUE.- (En voz baja.) ¿Qué hay de cena?

RITA.- Hay patatas. (Gesto de repugnancia.)

ROQUE.- ¿No cenarás?

RITA.- Si me deja Teresa, me acuesto ahora.

ROQUE.- ¿Sin cenar?

RITA.- Se me abre la cabeza, se me hunde el cuerpo.

ROQUE.- ¿Estás muy cansada?

RITA.- Claro.

ROQUE.- ¿Has trabajado mucho?

RITA.- ¡Qué remedio!

ROQUE.- ¡Teresa!

RITA.- Más que yo y más que tú. ¡Pobre; si no revienta...! Pero esa puede. Tiene más alma.

ROQUE.- Te arde el pellejo. (Vuelve a tocarle las muñecas.)

RITA.- Más adentro ardo.

MINERO 1º.- Roque, ¿vienes, o qué?

ROQUE.- ¡Ah! sí... ¡voy! ¡voy! «¡Rayo en la miseria! ¡Que arda el mundo! Lo mejor es eso, ¡que arda el mundo!» Rita, cena. Cena... chocolate si queda. Ya sabes lo que ha dicho el médico; sin comer no hay vida. (A los mineros.) Vamos.




Escena III




Dichos y TERESA.




El mismo traje aproximadamente que RITA. Trae sobre la cabeza una herrada llena de agua que rebosa y le cae sobre los hombros PALMIRA viene cogida a la falda de su madre.


TERESA.- (Se detiene frente a ROQUE.) Pero ¿marchas? ¿No cenas? ¿No has dicho...?

ROQUE.- Lo que digo es que me debo a los míos.

TERESA.- ¿Los tuyos? (Deja la herrada en tierra.)

ROQUE.- Los míos son mis compañeros; los explotados, los miserables... ¡En fin, a callar! Dale chocolate a Rita y déjala que se acueste.

PALMIRA.- ¡Padre, padre! (En tono de queja.)

ROQUE.- ¿Qué hay, pulga? (Coge en brazos a PALMIRA que te enseña las manos vacías.)

PALMIRA.- Mira; madre me ha quitado la peseta que me había dado un señorito muy bueno.

ROQUE.- ¡Una peseta! (Deja a PALMIRA en el suelo.) ¿Un señorito? A ver tú, (A TERESA.) ¿qué es esto?

MINERO 1º.- Vaya, Roque, hasta luego. Nosotros vamos andando.

MINERO 3º.- Si vas, vas.

ROQUE.- No, espera. Quiero que veáis esto. Teresa, ya sabes mi genio. Aquí ha habido limosna. Esa peseta... ¿dónde está? ¿De quién es? ¿Qué señorito anduvo aquí? Tu señorito; tu antiguo amo, ¿no es eso? El sietemesino burgués que vino ayer a estudiar ahí dentro, en la mina, cómo sudábamos los pobres, cómo exponía la vida el obrero a cada momento. Ése fue. ¡Rayo en él y en ti! Ea, pronto; ¿dónde está esa peseta?

TERESA.- La peseta, aquí está; quien se la dio a la niña, no lo sé. Yo no he visto aquí a ningún señorito; ni al mío, ni a ninguno.

ROQUE.- ¡Rayo de Dios! Nadie te pide excusas. ¿Por qué?

TERESA.- Por nada; pero como dices...

ROQUE.- Tu señorito será un ángel, pero es un señorito, un miserable, como todos, que no creerá en la honra del pobre... venga esa limosna. El obrero no quiere limosna.

TERESA.- Pero... si no es limosna.

ROQUE.- ¡Venga!

PALMIRA.- ¡Es mía! ¡Es mía! (Llorando.)

ROQUE.- ¡Es del diablo! (Arroja la moneda lejos.) ¡A callar todo el mundo! Ya lo veis amigos; yo predico, y hago lo que predico. La limosna envilece. La caridad, ¡pamplina! ¡humillación! ¡Derecho! ¡justicia! ¡venganza!

MINEROS.- ¡Eso, eso!

ROQUE.- ¡Adelante! (Se dirige hacia la izquierda.) Cena y apaga la lumbre. ¡Ah! Y no olvides el chocolate de mi hermana.

MINERO 1º.- Teresa, buenas noches.

MINERO 2º.- Que te alivies, Rita.

ROQUE.- No; pídele a Dios que sane, o que se muera; porque para el pobre, la enfermedad es el infierno. ¡Oh; por qué no habrá un gas malo, allá arriba, en las nubes, para que estallase, y saltara el cielo, el mundo, como revienta allá dentro la mina!...

TERESA.- Pero oye, Roque; (En voz baja.) mira que no hay...

ROQUE.- Que no hay justicia en la tierra; ya lo sé. A eso vamos; a buscarla. ¡Adelante, adelante! (Sale por la izquierda con los demás mineros.)




Escena IV




TERESA, RITA y PALMIRA.




Mientras hablan TERESA y RITA, PALMIRA entra sollozando en la casa; se sube sobre un banco de madera; busca en el cajón de la mesa; saca un pedazo de pan, y llorando y comiendo, se queda dormida en el suelo, junto a la mesa.


TERESA.- No hay justicia... ni hay caldo. ¡Pobre Rita! (Mirándola y sonriendo con tristeza.) Tú bien lo sabes, no hay tal chocolate. (RITA hace un gesto de resignación casi indiferente: extiende los brazos en cruz; hace un esfuerzo para andar, y acercándose a TERESA, le echa un brazo alrededor del cuello.)

RITA.- Perdónale. Nos quiere mucho a todos. A mí... porque mi cariño le recuerda a nuestra madre. Antes de casarse contigo, y después de morir mi madre, yo era todo para él; y como me crié así... (Con desprecio de sí misma; algo airada.) enfermucha, ruin, casi inútil.

TERESA.- ¡Inútil! Si no fuera por ti, no podríamos con tanto. ¿Por qué cargas yerba?

RITA.- ¿Y si llueve? (Habla con dificultad, soñolienta, con voz débil.)

TERESA.- Yo la hubiera recogido.

RITA.- Sí, tú; todo tú. Ni tú ni él podéis con tanto. La mina, el ganado, el maíz, la colada, la ropa al río... Palmira, yo... cargas y más cargas. (Se levanta del montón de grava, donde habrá vuelto a sentarse. Procura seguir a TERESA que habrá entrado en la casa, recogiendo antes la herrada.) Dejadme ayudar; ayudar, o morir. (TERESA habrá dejado la herrada pendiente de un gancho, cerca del hogar. Sin ver a PALMIRA, enciende un quinqué pobre, colgado cerca del hogar también, y vuelve a salir de la casa.) ¡Dios mío; este sueño; este cansancio; esta cabeza! ¡Ah! La Gallarda no sé qué tiene; todo el día anduvo echándose por tierra. ¡Pobre vaca! Como yo; quiere y no puede... Pero ella es vieja; ya sirvió; ya trabajó... y yo... yo... (Muestra gran debilidad, y se deja caer otra vez en el banco de la ventana.)

TERESA.- ¿Tienes hambre?

RITA.- ¡Hambre... puaf! (Repugnancia.)

TERESA.- Bien; pero... necesidad... Iré a casa de la Chinta a pedir un poco de...

RITA.- ¡No! Basta de favores que se echan en cara. ¡Si la oyeras esta tarde! Desde media legua se la oía... ¡qué vergüenza! Si Roque la oye un día, no sé qué va a pasar. Y el Chinto, el judío, el ladrón, también murmura; también echa en cara lo que se le debe. (Pausa.) Es mucho, ¿verdad?

TERESA.- No sé; yo... yo, no mucho. Pero él, tu hermano... como...

RITA.- (Avergonzada.) Sí; ya sé... Cuando esos malditos le sublevan... le emborrachan... ¡Esa Eulalia... con su taberna que Dios confunda! Él es el que paga, para que le oigan leer los papeles, y decir aquello de que él se debe a sus ideas... ¡Oh, pues yo a las mías no les debo nada bueno! (Sombría.) ¡Porque... aquí... entre sueños... entre dormida y loca... tengo unas ideas!... Pero... puede más la fatiga que ellas. (Se levanta.)

TERESA.- Vamos; entra; el sereno puede hacerte daño. Cena un poco, poco; y a la cama.

RITA.- Patatas... no; no puedo. Comeré una corteza... no; tampoco; nada.

TERESA.- ¡Si yo... encontrara esa peseta! (Mira vagamente en torno.)

RITA.- ¿Quién es ese señorito?

TERESA.- ¿Cuál?

RITA.- El que estuvo aquí antes; el que besó a Palmira.

TERESA.- ¿La besó?

RITA.- Sí; y a mí... no sé qué me hizo. Me puso ahí sobre este banco, me parece; y me tornó el pulso. ¿Es médico?

TERESA.- No; creo que también escribe en los papeles; es sabio, ¡qué sé yo! Ahora estudia a los pobres.

RITA.- Pues ya tiene que leer.

TERESA.- (Pensativa.) Es muy bueno.

RITA.- ¿Fue tu amo?

TERESA.- Sí; es el señorito Fernando; el hijo de mi señora.

RITA.- Nosotros nunca servimos. Debe de ser muy malo.

TERESA.- Todo es cruz. (RITA se deja caer otra vez sobre el banco.)

RITA.- Pero es mejor servir al marido, al padre, al hermano.

TERESA.- Ya se sabe; eso... no es servir.

RITA.- Claro. Eso es...

TERESA.- Eso es... ser...

RITA.- Claro; ser... lo que se debe ser.

TERESA.- Pero... ¿y Palmira?

RITA.- (Que se va quedando dormida.) Allá dentro. (TERESA entra en la casa. La niña ya está dormida. La coge en brazos después de quitarle el pan que le sobre y guardarlo en la mesa. Lleva a PALMIRA por la primera puerta de la derecha, y muy pronto vuelve y sale de la casa.)

TERESA.- ¡Rita! ¡Rita! ¿qué es eso? (RITA estará como desmayada o dormida con sopor.) Dormida... ¿o estará mala? ¡Rita! ¡Rita! ¿No cenas? Como un poste. Si la dejo aquí, la mata el fresco. ¡Y sin probar bocado desde medio día! ¡Rita! ¡Bah! ¿qué remedio? Armas al hombro. (Procura cogerla en brazos.) Ay; pero ésta pesa más que mi ángel... No importa; al hombro. (Hace un esfuerzo, y cuando ya la tiene a cuestas, tocando los pies de RITA en tierra, y TERESA inclinándose bajo la carga y buscando, con un brazo extendido, un apoyo, se te pone delante FERNANDO, que llega por el primer término izquierda. Hay luna, y de la casa sale un reflejo del quinqué.) ¿Quién anda ahí? ¡Ah! ¡El señorito!




Escena V




TERESA y FERNANDO; RITA, que no habla más.


TERESA.- ¡Buenas noches, señorito! (Al tratar de incorporarse RITA, se le cae la carga hacia un lado, FERNANDO la sujeta y entre ambos la sostienen.)

FERNANDO.- ¿Está enferma?

TERESA.- Poca salud gasta.

FERNANDO.- Pero, ahora, ¿qué tiene? ¿Está en un accidente?

TERESA.- No. Eso... no será... Será sueño... cansancio... y mala comida... es decir, que, como está así, no tiene buen diente. Y el trabajo... No se sabe lo que es. Muchas noches... y a veces de día... es así... pero no tan de repente... no tanto. Si me ayudara...

FERNANDO.- Pues ya lo creo; vamos adentro. ¡Infeliz! ¿Quién es? ¿Criada? (Entran en casa llevando a RITA dormida.)

TERESA.- No, señor. ¡Qué criada! No. Es hermana de Roque. No tiene padre ni madre. Es Rita; nuestra Rita. (Salen de la escena por la primera puerta de la derecha y vuelven a poco.)




Escena VI




FERNANDO, detrás; y a poco TERESA.


FERNANDO.- Parece que duerme profundamente.

TERESA.- Como un madero. Siempre duerme así. Trabaja mucho y es de pocos alientos... ¡Es decir, alientos...! pero... vamos, que no responde la...

FERNANDO.- Calentura no creo que tenga; el pulso débil, pero regular...

TERESA.- ¿También es médico el señorito?

FERNANDO.- No; pero cualquiera comprende...

TERESA.- ¡Bah! ¡Lo que usted no sepa...! Tanto leer, tanto estudiar. Con las noches que yo le preparé la luz para velar y más velar había para aprender todas las sabidurías del mundo.

FERNANDO.- ¿Te acuerdas de aquellos tiempos, Teresa?

TERESA.- Y la señora, aunque no lo decía, ¡qué orgullosa estaba de tal hijo!

FERNANDO.- ¿Te acuerdas mucho de nosotros; verdad? Tu hija se llama Palmira, como mi pobre hermana.

TERESA.- Murió en mis brazos. ¡Pobre señorita Palmira! Claro; mi hija como ella. A la señora no la vi morir. Ya estaba yo aquí en el valle. Me casé aquel año. Yo me casé en febrero y la señora murió en marzo. (Pausa. TERESA nota que FERNANDO la mira fijamente, y se impacienta, va y viene como desconcertada de la puerta de la calle al hogar.)

FERNANDO.- ¿Extrañas que te mire a la cara; que te observe...?

TERESA.- Yo... no. Es que... ¡Ay Dios! ¡Buena cosa mira! ¿Verdad señorito que parezco una sombra? Es el trabajo; los cuidados; la vida que ahora se hace, tan diferente de aquella, al lado de la señora.

FERNANDO.- (Con resolución.) ¿Eres desgraciada, Teresa?

TERESA.- Eso no; es decir... desgraciada... Todos los pobres son desgraciados. Dicen, que usted, don Fernando, estudia ahora eso. Pues ya irá usted viendo que es así. Y eso que en los libros no se aprende lo que es el que tiene miseria, quiero decir, el que carece... No; ni en los libros, ni viéndolo. No basta verlo, señorito.

FERNANDO.- ¿Eres tú también socialista como tu Roque?

TERESA.- ¿Quién le ha dicho que Roque...?

FERNANDO.- En la mina; sé quién es; que no es aldeano, aunque ahora se ayuda a vivir con esta poca tierra que lleváis en arriendo; sé que era armero allá en la ciudad...

TERESA.- Allí le conocí yo.

FERNANDO.- Y tuvo que dejar el oficio por exaltado, por díscolo, por no tolerar la disciplina.

TERESA.- (Impaciente.) Roque trabaja como un león.

FERNANDO.- Y ruge. Dime la verdad, Teresa; yo tengo derecho a que me digas la verdad. A eso he venido. Cuando te vi hoy por primera vez, después de tantos años, sentí no sé que...

TERESA.- Se le puso una cara muy triste. Como si viera a una muerta. Ya lo esperaba yo: No me miro al espejo, pero sé que parezco otra. Siempre lo pensé: si el señorito vuelve a verme algún día, le pareceré un fantasma.

FERNANDO.- ¿Y tú no esperabas que nos volviéramos a ver?

TERESA.- Esperar... no sé. Ni sí, ni no. Hace mucho tiempo que no espero nada bueno... ni desespero. Todo puede venir. (Silencio.)

FERNANDO.- Mira... Teresa: por no hablarnos como debemos en este poco tiempo que podemos estar a solas, sin que nadie lo sepa, (TERESA vuelve la cabeza hacia la puerta; después da en esta dirección un paso, retrocediendo sin volver la espalda a FERNANDO.) me estás haciendo daño sin querer. Yo tengo que marchar sin falta mañana mismo, muy temprano; no sé cuándo podré volver...

TERESA.- ¡Volver!

FERNANDO.- Sí; pero vuelva cuando vuelva, yo no quiero marchar así, sin saber cómo quedas; si eres muy desgraciada; si es verdad lo que oí en la mina... que tu Roque... ¡te maltrata!

TERESA.- ¡Ah, don Fernando! ¿Quién ha dicho tal?

FERNANDO.- (Con mirada escrutadora.) En casa no sabías mentir.

TERESA.- Es que... es muy largo de explicar... Roque, mi Roque... vale más que esos que dicen... ¡yo no me quejo! ¡Nadie sabe nada! Ellos son los que mienten. (Exaltada.)

FERNANDO.- Tu Roque, sí; tu Roque; ya sabía yo; es tu marido; hay que quererle, sea como sea.

TERESA.- ¡Claro! (Tono especial de convicción; con un timbre como extraño a la voz ordinaria de TERESA.)

FERNANDO.- ¡Ay, ese claro! El claro de mi madre; sonó tu voz como la suya. ¡Claro! Siempre era claro el deber, el sacrificio.

TERESA.- Claro. Y para usted lo mismo. (Acercándose.) ¿A que no ha hecho el señorito en todos estos años, desde que es todo un hombre, y tiene obligaciones graves; a que no ha hecho nada de que tenga que avergonzarse? Pues yo lo mismo. (Voz enérgica, algo seca. FERNANDO, que estará sentado hacia la derecha en primer término, se lleva una mano a los ojos. TERESA le mira, en pie, frente a él. Olvidada de la puerta, se acerca más a FERNANDO, nota que contiene su emoción, y se retira un paso, comprimiendo la suya.)

FERNANDO.- Todo lo sé; todo lo sé. Pero... hay que atender a todos. (Transición.) Sólo te diré una cosa; tu Roque es tuyo; pero yo también... soy algo tuyo.

TERESA.- (Voz temblorosa.) ¡Ya lo creo! ¡El señorito! El hijo de la señora; mi señorito.

FERNANDO.- Sí; pero mi señorito... no es un parentesco.

TERESA.- Yo me entiendo.

FERNANDO.- Pero no me entiendes a mí. A lo que iba: hace un año, solo en el mundo, en una fonda, tuve una enfermedad. Estuve en peligro de muerte. Era nervioso... una angustia infinita; horror de la soledad en que vivía; era como cuando... ¿te acuerdas?

TERESA.- ¡Ah, don Fernando, calle! ¡Por Dios, don Fernando!

FERNANDO.- ¿No me quieres oír? ¿No me das este consuelo?

TERESA.- Sí, sí, hable; pero... Aquello no era nada. Se ponía muy nervioso... ¡unas ansias! Y su madre tenía que cogerle la cabeza; y yo, y todos, le hablábamos, le animábamos...

FERNANDO.- Sí, lo mismo; pero esta vez estaba solo. Llamaba a mi madre, y había muerto; llamaba a Palmira, y había muerto; te llamaba a ti... ¡y estabas tan lejos! (TERESA va acercarse a FERNANDO con ademán de cogerle la cabeza, que él tendrá inclinada hacia adelante, pero se contiene; se aparta; se sienta lejos, y apoya su frente entre las manos.) Después tuve una especie de delirio.

TERESA.- ¿Delirio? Eso, antes no.

FERNANDO.- Ahora sí. Y me dijeron después que llamaba a voces...

TERESA.- A la señora...

FERNANDO.- No, a Teresa; porque ya no tenía en el mundo más que a Teresa. (Pausa.) De modo... que no sé si yo soy algo tuyo; pero ya ves como tú eres algo mío.

TERESA.- (Conteniéndose.) La señora... era tan buena, tan cristiana, que criaba a los hijos y a los criados, como hijos de Adán todos, y todos hermanos en Cristo. Desde niños, nos tratábamos así. A mí me quería tanto... y sobre todo, después que murió la señorita...

FERNANDO.- Sí; pero hay que decirlo todo. Sí, todo, por lo que ya sabes; porque tengo que marcharme... ¡y así no quiero irme! (Se pone en pie exaltado.) Teresa, mi madre quería que el señorito y la criada, se amasen como hermanos; pero si el señorito se hubiese enamorado de la criada, no le hubiese dejado decirle que la quería... casarse con ella. Si un día llegó a temer algo, no se sabe; lo cierto es que la criada salió de casa con un pretexto... y al año se casó; y a poco desapareció del pueblo... y vino a enterrarse en las minas.

TERESA.- Y Dios se lo pague a la señora, de gloria. ¿Qué hubiera sido de mí sin mi Roque? ¿Servir en otra casa? ¡Ay; yo no servía para eso! Otros amos, no.

FERNANDO.- ¿Te buscaron a Roque?

TERESA.- Sí; me lo buscaron Dios y la señora.

FERNANDO.- ¡Dios! ¿Pues merecías tú castigo?

TERESA.- (En pie.) ¡Señorito! También yo tengo que explicarle algo... (Pausa.) Para que nos entendamos. Yo a usted no quiero engañarle. Pero no sé decir lo que quiero. Hay cosas aquí dentro tan revueltas, que no les encuentro el nombre; entiéndame usted como pueda. Después que uno se casa... si se casa bien, como yo...

FERNANDO.- Yo no sé nada de eso; porque yo no me he casado...

TERESA.- Yo sí porque tenía miedo al hambre, a ser esclava, a humillarme, a estar sola en el mundo, a que me perdiera la miseria... usted no entiende de esto, señorito. Por muchas cosas... así... dulces... como de música, que tenga uno allá dentro... viviendo así... al aire libre, sin casa, sin amigos, sin pan seguro... se entrega uno a otra cosa más triste, más fría, más segura... más terca... Pero, después, en esa misma vida que es... como áspera, cuesta arriba, sin gracia, pena de cada día, de cada hora... sin consuelo de soñar, de sentir aquellas cosas de que hablaban los libros que me leía la señora... en esa misma miseria sin luz... va apareciendo una suavidad, una costumbre... un calor, un apego... y... yo, señorito, doy por usted la vida; pero no me hable mal de Roque.

FERNANDO.- Mal, no; pero hay que hablar de él y de mí, y de ti, y de todos. Cuando saliste de casa, porque mi madre sospechaba que yo te admiraba demasiado y temía que no pudiera contener mi... afición, como tanto tiempo la contuve... cuando consentí aquella crueldad...

TERESA.- ¿Crueldad de quién? ¿crueldad de una santa?

FERNANDO.- No; no es eso. Crueldad... del mundo, de las preocupaciones de clase, de los artificios sociales... tú no entiendes esto.

TERESA.- No; no lo entiendo. Sólo sé que Roque habla mucho de eso mismo cuando se exalta, cuando se desespera, cuando le falta la paciencia; y cuando le hacen beber esos miserables.

FERNANDO.- Cuando saliste de casa yo debí oponerme... o seguirte. No hice nada de eso. Entonces no comprendía lo que iba a perder, perdiéndote. La poesía del sacrificio inculcada en mi corazón y en mi cerebro por mi madre, por mis lecturas, por mis meditaciones, me hacía ver muy hermoso el dolor de perderte, de no seguirte, ¡egoísta! sin reparar que había algo más que hacer que ser bueno pasivamente, como un esclavo. Yo debí seguirte, hacerte mía... Pero venció el respeto, venció el sacrificio... lo que creí el deber. Y a poco me vi solo en el mundo; sin mi madre, sin ti. Y a ti, ¡cómo te encuentro! (Pausa.) No hablo de tu hermosura, no: no quiero ofenderte, no quiero molestarte. No quiero, ni puedo explicarte cómo para mí esa palidez, esos ojos tristes, esos pómulos que denuncian el martirio de la miseria como clavos de una crucifixión, hundidos en el rostro... en vez de borrar la gracia que siempre vieron en ti mis ojos y mi alma, la aumentan, la hacen sublime hermosura. ¡Tú no sabes, tú no puedes saber, cómo y por qué yo estoy al cabo de la calle de todos los engaños de la vida, y no creo en clases, y veo en tus harapos atavíos de princesa espiritual; tú no sabes lo que vales; tú no sabes lo que eres; tú no puedes saber cómo ni por qué vínculos que tú respetas, que tú tienes por santos, porque te lo enseñaron mi madre y tu corazón de mártir, para mí son vínculos, barrera, abismos, sólo porque tú quieres! ¡No se hable de que te quise; no se hable de que te quiero, ni de que te necesito; no se hable de que te respeté como a una santa cuando estabas en mi casa, durmiendo cerca de mi lecho, y los dos éramos jóvenes, lozanos, llenos de salud y de ilusión, y de esperanza, y de deseo... y yo leía en tus miradas furtivas, en los relámpagos de gloria que sin querer vertías sobre mi alma, que tú también hubieras sido para mí si te dejaran, si se pudiera!... ¡Ay, sí; se podía! ¡Eso ignorábamos! ¡Se podía!

TERESA.- ¡Basta!... ¡Basta, señorito! Yo también quiero hablar. Mientras callo, le estoy engañando... y no quiero engañarle. Aquí se trata de todo menos de lo que más importa: de Roque, de esta casa, de esa hija que duerme ahí cerca... oiga, oiga cómo respira: ¡qué tranquila! ¡qué confiada! Se durmió sin cenar, con un pedazo de pan en la boca... porque no siempre han de ser patatas... óigala; ¡qué tranquila, qué confiada en su madre! Así trabaja Roque en la mina, en el campo: confiado, seguro de mí, de su casa... Si un miserable mal pensamiento me pasara por aquí, (La frente.) mientras mi hija duerme o mi marido sufre en la mina, gastando la vida en ganarnos el pan... ¡con estas manos, me arrancaba esta cabeza!

FERNANDO.- ¡Teresa, me estás ofendiendo mucho! Ya conozco que no me quieres nada, cuando tan mal me entiendes.

TERESA.- No sé si le ofendo; pero sé que no le quiero mal... Y, si a hacer daño vamos... ¿por qué me habla de lo que no se puede hablar... de lo que no se habló nunca?... Si todo aquello fue gloria, ¿por qué nos la enturbia ahora... desde lejos? Nunca me avergonzó el señorito metiéndose a averiguar lo que yo miraba, lo que yo sentía. Callamos siempre los dos. ¡Bien haya lo que callamos! No se arrepienta; no se arrepienta de haber obedecido a la señora; de haber respetado el único bien que yo tenía... Calle ahora, que importa más que nunca, y no se llame a engaño... créame a mí, que he padecido mucho... A veces... para ciertas penas, las mayores, nadie me acompaña a sufrir... Pero mientras soy buena, me parece que no estoy sola. A los malos se les muere el Ángel de la Guarda.

FERNANDO.- Sé buena; pero no como yo lo fui, dejándote marchar para caer en la miseria. No seas buena, olvidándote tanto de mí. Lo que yo digo es esto: que no puedo sufrir el tormento de que tú, a quien tanto quiero y necesito, y por esto te hablo de que te necesito y te quiero, padezcas hasta el martirio esta clase de dolores groseros, materiales: la miseria, los trabajos forzados; y la soledad de tu alma en el trato soez, áspero y brutal de estos... desgraciados. ¡Yo no puedo consentir eso! No; no puedo. Me remuerde la conciencia y me sangra el corazón. Mira como yo te veo; como yo te tengo que ver; para mí, tú eres mi mujer; mi mujer a quien yo por egoísmo brutal, por estupidez, abandoné un día... y que ahora encuentro cubierta de harapos, arrastrando el peso de una montaña de deberes que la oprimen, la humillan, la matan...! ¡La idea de que tienes hambre, de que te... maltrata un hombre, a ti, a mi Teresa! ¡No; imposible! ¡Todo esto va a acabarse!

TERESA.- (Fría y solemne.) ¿Cómo?

FERNANDO.- No sé; pero se acaba.

TERESA.- No olvide, señorito, que siendo Roque quién es, y cómo es, usted no puede hacernos ningún bien, y puede hacernos mucho daño.

FERNANDO.- Pues ¿cómo es Roque?

TERESA.- Figúrese que hubiera condes y marqueses, de eso que usted decía antes... del... socialismo... o cosa así; en fin, marqueses del orgullo de los pobres. Pues mi Roque es marqués, y duque, y conde. ¿No me entiende? Que para Roque hay clases, y la de usted es maldita; piensa, y no se trata de que tenga razón, sino de que lo piensa, y aquí es el amo, que de los señores no puede venir nada que no manche, que no deshonre si no se lo arranca la justicia del pueblo. Quiere lo que tienen los ricos para repartirlo, o no sé qué, pero no quiere nada de limosna. ¡Ay de mí, si de usted entrara un bocado de pan en mi casa! En cambio, no más con verle a usted aquí a estas horas, solo conmigo, ya creería que el señorito se lo había robado todo; porque, en rigor, ¿qué más tiene él que la honra que yo le guardo?

FERNANDO.- ¡Ah, por Dios, Teresa, lo que dices! ¡Tu honra... a mí! ¡Ay, cuántas cosas has olvidado!

TERESA.- Eso, no, nada. Verá cómo recuerdo. Todas las noches, antes de meterse en su cuarto a velar, cuando la señora y yo nos íbamos a la cama, el señorito se quedaba paseando por aquella galería larga y estrecha. Al extremo estaba mi alcoba. Pasaba yo, y decía: ¡Buenas noches, señorito! (FERNANDO, que tiene oculta la cara entre las manos, inclinada la cabeza, hace signos de asentimiento.) y entraba, y apagaba la luz... y oía sus pisadas que iban y venían... y ni una sola noche me cerré por dentro. Aquello sí que creería yo que sería ofenderle... A lo que usted era para mí... no le daba yo nombre... no soñaba con que usted me quisiera; no lo llamaba así, a lo menos. Pero de que estaba bien guardada por aquel centinela, estaba bien segura. ¿Acordarme? ¿Cómo he de olvidar aquella vida, si, cuando Roque grita furioso diciendo que no hay cielo... yo sé que por lo menos lo hubo? (Esto último lo dirá como ensimismada.)

FERNANDO.- ¡Ay, Teresa!

TERESA.- ¡Silencio! (Ha creído oír algún ruido fuera. Se acerca a la ventana del primer término, y escucha; en el silencio de la escena se oirá, hacia la carretera del primer término izquierda, un rumor lejano, desigual, de voces, como de disputa, algunos gritos más altos a veces; todo vago y sordo todavía.) ¡Ah, bueno fuera! (Se acerca a la puerta, la entreabre y saca fuera la cabeza para oír mejor, y observa.) ¡Sí, es él; su voz; viene con otros... y ya está cerca! Pero, ¿cómo vuelve tan pronto? Y ya están ahí... ¡Señorito, señorito!

FERNANDO.- Pero, ¿qué pasa, qué tienes?

TERESA.- Perdone, don Fernando; pero... tiene que marcharse. No: y por ahí, de frente, no: daría con ellos...

FERNANDO.- ¿Con quién? ¿Qué es esto? ¡Marchar! ¿Por qué?

TERESA.- (Más enérgica.) Sí, marchar, y sin que le vean; no hay más remedio. ¡Por Dios se lo pido! ¡Por mí... por todos!

FERNANDO.- No te entiendo.

TERESA.- (Impaciente.) Pues es bien claro: que viene Roque; que... no vendrá bueno; que no viene solo. Y no ha de verle a usted conmigo; solos aquí, a estas horas. (Le lleva del brazo hasta la puerta, sin oírle, atenta sólo a los de fuera.)

FERNANDO.- ¿Esconderme... yo huir de ti como un criminal? ¡Nunca! Tu marido, ¿qué puede sospechar?

TERESA.- Y pronto, pronto. (Fijándose ahora en lo que FERNANDO ha dicho.) ¿Sospechar? Nada. Todo lo dará por seguro; y con él los otros; ¡y cómo vendrá! -Por ahí, por ahí; por detrás del carro, a la carretera, hacia la mina, arrimado al seto...

FERNANDO.- ¡Nunca!

TERESA.- ¡Ahora mismo! ¡Por la memoria de la señora! No podría usted hacerme mayor daño que quedarse. Si no escapa, le juro que estoy perdida. ¡Por la señora! ¡Por lo que más quiera! (Vuelve a mirar fuera y se vuelve atrás de repente.) ¡Oh, rabia! ¡Mísera de mí! ¿qué culpa tengo yo?

FERNANDO.- Pero, ¿qué es?

TERESA.- Que es tarde; que ya están ahí; que la luna alumbra traidora, y le verán si sale. (Mantiene la puerta cerrada y sujeta.) ¡Don Fernando!

FERNANDO.- Pero... si... parece mentira...

TERESA.- Parece mentira... y hay que esconderse. Viniendo, como de fijo vendrá, ese infeliz; viéndole gente, compañeros; siendo usted un señor, el que yo llamo el señorito, el que me ha hecho a mí servil, como él piensa... y a estas horas, aquí solos, juntos, sin él saberlo... y como vendrá... ¡oh! de seguro, no le respeta.

FERNANDO.- ¡Cómo se entiende!

TERESA.- Si no es por usted; si es por mí... por lo único mío que no es un andrajo, una miseria; por esta honra que tan bien guardaban usted y su madre, allí en el palacio de Soto... ¡Porque yo no quiero que mi Roque me crea mala... y haya aquí sangre... y deshonra!... ¡Por esa hija que duerme con hambre! (Se oyen más cerca los gritos; aparece en el primer término izquierda un grupo, en medio de él, ROQUE, vociferando.)




Escena VII




TERESA y FERNANDO en la casa; fuera ROQUE y grupo de MINEROS.


ROQUE.- ¡Vaya! ¡Basta! No necesito de nadie. Sé andar solo. (Da algunos pasos vacilantes. El pie herido, lo apoya apenas en el suelo; trae destrozado el pantalón por debajo y el zapato con manchas de barro y sangre y medio deshecho.) ¡Ah, rayos! (Grita así al sentir el dolor del pie, que quiere apoyar en tierra. Se inclina para apoyarse en el montón de grava y no caer. Se le acercan los del grupo, que muestran solicitud y animación de gente que ha bebido demasiado.)

MINERO 1º.- Vaya, vaya; a la cama. Teresa, aquí tienes a éste; abre.

TERESA.- (Que habrá estado como deliberando dónde podrá esconder a FERNANDO y persuadiendo a éste.) No, ahí dentro, no; por mal que venga, no se acostará sin ver cómo duermen la niña y Rita. Por ahí tampoco; es nuestro cuarto. No hay más remedio; detrás de esa escalera; en ese hueco. Arriba es el pajar; está cerrado... no está aquí la llave; ahí, ahí detrás. ¡Qué vergüenza, señorito, qué vergüenza! ¡Perdón, perdón!

FERNANDO.- Bueno, calla. ¡Pobrecilla mía! No padezcas tanto. No me importa; algo he de hacer por ti. Allí espero... ¿Allí no irá?

TERESA.- No; primero me mata. ¡Pero, por Dios, don Fernando! Que vea usted lo que vea, oiga lo que oiga... no puede ser nada que me haga más injuria que el salir usted y que se encuentren. (El grupo de fuera habrá estado hablando confusamente.)

MINERO 2º.- Bueno, adiós. Y santas noches. Mañana... ya se sabe, ni uno solo a la mina. Todos a la Foz, al monte. ¿Irás Roque... si te deja la herida?

ROQUE.- ¡Rayos! Iré... y arda el mundo. Y si vienen los guardias, ¡a ellos! ¡Miserables! Son verdugos; son cómplices.

MINEROS.- ¡Buenas noches!

OTROS.- ¡Buenas noches, Roque!

ROQUE.- No, esperad un momento; quiero que se vea... que se vea... ¡Teresa! (Gritando.) que vean que el Chinto miente como un canalla; ¡Teresa! abre de par en par, que pasen éstos; que vean que en mi casa no entra, sin mi permiso, a escondidas, ningún burgués infame... ¡Teresa! ¿No sales? ¿Qué es esto? (Abre TERESA la puerta. ROQUE se incorpora con dificultad.)

MINERO 1º.- No seas loco.

MINERO 3º.- Estás algo... ves turbio.

ROQUE.- No, veo claro... para defender mi honra...

MINERO 1º.- ¡Bah! ¿Quién piensa...? Aquí nadie dice... ni nos importa. El Chinto es una mala lengua.

MINERO 2º.- Te envidia, porque tienes amigos, partido...

UNO.- Y te odia porque le pinchas.

MINERO 3º.- Y haces bien; está vendido a los de arriba, a los que nos explotan.

TODOS.- ¡Buenas noches, buenas noches!

MINERO 1º.- Hasta mañana.

MINERO 3º.- En la Foz. (Desaparecen por varias partes, y a paso lento los MINEROS.)

ROQUE.- ¿Estás sorda? ¿Qué hacías? ¿Por qué no vienes? Abre ahí de par en par; que vean todos que en mi casa no hay señores.




Escena VIII




TERESA y ROQUE; FERNANDO, escondido.


TERESA.- ¿Qué es esto, Roque? ¿Por qué vuelves tan pronto? ¿Qué tienes?

ROQUE.- Se han marchado. No quieren entrar; no quieren ver...

TERESA.- Entra tú.

ROQUE.- ¡Silencio! ¡Déjame! ¡Maldita casa! ¡Maldita mujer!... ¡Cómo atáis; cómo atáis a la miseria... y al miedo... al miedo de perder el pan... y la honra; ¡oh, yo quería ser libre! ¡Para luchar, para vengarme!... Para no deber a ese miserable, a ese judío... que me insulta, porque me tiene atado... porque... ¡Tú tienes la culpa de todo! (Airado.)

TERESA.- ¡Roque, por Dios, Roque! Entra... ¿No puedes andar? ¿Qué tienes?

ROQUE.- ¡Será la borrachera, mujer! ¿Por qué no lo dices? ¿Por qué no me lo echas en cara? Sí, el aguardiente; es eso; el veneno que nos vende el burgués para embrutecernos, y volvernos locos... y tener él razón y perdernos. (Tropieza, y se lastima en el pie herido.) ¡Ah, rayos!

TERESA.- ¿Qué es eso? (Con ansiedad.)

ROQUE.- ¡Eh! (Con desprecio.) Quita... nada.

TERESA.- ¿La herida... otra vez abierta? Entra, entra... (Quiere ayudarle a entrar.)

ROQUE.- ¡No te acerques... o no respondo!... (Entra él solo en la casa con dificultad; se sienta en el banco junto a la mesa; apoya el pie en ésta, y la cabeza en la mano.)

TERESA.- (Entrando.) Pero yo, ¿qué te he hecho? ¿Qué pasa? ¿Por qué vuelves tan pronto? Déjame ver... (Señalando al pie herido.)

ROQUE.- ¡No te acerques! Y abre esa puerta... que me ahogo; y quiero que todos vean mi casa donde no hay burgueses... donde no hay señoritos. (Se levanta.) ¡Digo! Me parece... Habla tú... ¿Hay aquí algún miserable?

TERESA.- ¡Por Dios, Roque, deliras!... ¿Qué es esto?

ROQUE.- ¡Por Dios! ¡Por Dios! La beata; la santurrona; servil, siempre servil. ¡Por ti todo! ¡Por ser quien eres! ¡Por venir de donde vienes! ¡Ah, no sabes lo que sé! El Chinto contaba la historia a grito pelado en la taberna. ¿No lo sabes? Tu señorito, el don Fernando, ese que para ti era un Dios, un ángel, un santo... ¡qué sé yo! ¡El hijo de tu ama, la que te hizo a ti santa, servil... pues ese, ese... viene a las minas a tenernos lástima; a estudiarnos... y a darnos una limosna a ti y a mí... porque dice el Chinto que fuiste su criada, ¡y eso es verdad! Y que allá en el palacio de Soto, te querían mucho, mucho... demasiado... ¡Rayos! ¡Me engañaste miserablemente!... ¡Me buscaron a mí... para...!

TERESA.- ¡Estás loco, pobre Roque! ¿Tú crees en mí...?

ROQUE.- ¡Nada! ¡No! ¡Te mataba! ¡Te aplastaba!... Pero el Chinto lo decía, y yo me arrojé a matarlo... Y basta que lo pueda decir; que tenga algo a que cogerse... Tú siempre con tu señora; con tu palacio de Soto. ¡Yo no quiero mujer! No quiero casa; no quiero honra que guardar; pan que ganar para vosotras... quiero ser solo, y batirme con quien me explota, cuerpo a cuerpo, el burgués y yo. Conspirar; sublevar la mina; y las otras, las del hierro, para hacer puñales, y guillotinas, y balas, y cañones... ¡quiero sangre! La de tus señoritos santos, que explotan al pueblo... y después lo estudian y le tienen lástima, y le arrojan limosna!

TERESA.- Cálmate un poco, Roque. Siéntate. Ese pie sangra. ¡Dios mío, sangre! Déjame ver... ¿pero, qué fue? ¿Cómo fue?

ROQUE.- ¡No te acerques!... Yo estaba leyendo... leyendo el papel a los compañeros; y el Chinto, en otra mesa, se reía, y cuando le insulté por miserable, por vendido a los que nos explotan, a los amos; cuando le dije que él era un esclavo asalariado del burgués y yo un obrero leal, que me debía a mis ideas, -«Cuéntame entre tus ideas» me gritó el Chinto.- ¿Por qué? «Porque a mí también me debes algo.» -Perdí la vista... así como ahora... que no veo; pero allá, por dentro, vi rojo, vi sangre... Me arrojé sobre el bandido, pero caí a tierra; sentí aquí un dolor, tropecé con no sé qué... me sujetaron: y la herida de la mina, del maldito peñasco, echaba sangre, dolía como un infierno... Quise levantarme y matar a aquel hombre, pero no me dejaron. Me sujetaban... y a él la lengua no; y decía... eso... que tú... que el señorito... (Exaltación súbita.) ¡Ah! y todo es posible. Porque los señoritos roban la honra del pueblo como cosa de poco precio. Y tú, tú piensas como ellos; tú te burlas de mí, de mis ideas, me tienes atado, esclavizado... por ti soy servil... aquí... en la mina; por ti no tiene pan mi Rita, la que me dejó mi madre, mi pobre Rita enferma... que no me engaña, que nunca fue, como tú, una miserable criada, esclava... ¿Callas, callas? ¡es que eres culpable! ¡Hipócrita, defiéndete, que te mato! (Avanza amenazador con paso vacilante.)

TERESA.- ¡Estás ciego, loco... Roque! ¡Mira lo que haces, loco, ciego! (Retrocediendo hacia la puerta. Ve a FERNANDO que sale de su escondite para lanzarse sobre ROQUE, el cual le da la espalda, persiguiendo con paso difícil a TERESA. Ésta, al ver la actitud de FERNANDO, se precipita sobre el banco que hay junto al hogar y coge el cuchillo que está allí entre pellejos de patata. Blandiendo el arma contra su pecho, amenaza con herirse con ademán tan enérgico, claro y resuelto, expresión capital que se fía al talento de la actriz, que no deja lugar a duda a FERNANDO respecto del intento. FERNANDO vacila, pero al fin retrocede, se esconde, ante la actitud de TERESA.)

ROQUE.- ¡Ah! ¿qué es eso? ¿Me amenazas? ¿Tú a mí? Aquí anduvo el señorito. Nunca has hecho eso. Consejos del señorito, ¿verdad? Eso quiero yo: ¡guerra, sangre! No: pero yo no te mato... Espera... espera... me falta algo... la luz... ya... sé... la vara del guardia... allá dentro la tengo... Ya la conoces... se la arranqué a un guardia que azotaba a un minero el día de la huelga... ¿Dónde está, mala pécora? ¡Ay de ti si la has escondido! Si no parece, con esto te aplasto. (Sacudiendo en la mano la lámpara de minero que estaba sobre la mesa. Sale, arrastrando el pie, tropezando con todo, por la puerta del segundo término de la derecha. Se ha de notar en su gesto, voz y actitudes, que la excitación aumenta por momentos el desvarío de la embriaguez y la ira.)




Escena IX




TERESA y FERNANDO.




TERESA se deja caer sollozando sobre una silla de paja que hay cerca de la ventana. FERNANDO sale de su escondite.


TERESA.- ¡Oh! (Levantándose asustada al verle.)

FERNANDO.- (Mostrando el efecto que le ha producido la lucha interior mantenida para contenerse, y no salir antes.) ¡Basta!

TERESA.- No; no basta. A la calle; pronto. Huya usted.

FERNANDO.- Ven tú.

TERESA.- ¡Locura, perdición! A la calle; pronto... fuera.

FERNANDO.- No; o vienes o me quedo... y le mato.

TERESA.- (Coge otra vez el cuchillo.) O sale, o escapa, o muero yo: juro por Dios y por la santa señora difunta, que muero yo. Créame, señorito; no he mentido en mi vida... ¡Muero! ¿No me conoce en los ojos que es verdad que muero; que me clavo si él vuelve y usted se queda? ¡Luego, o clavo!...

FERNANDO.- Un instante. Soy un hombre. Huir sería cobarde... ¡Sin defenderse! ¡Sin salvarte!... Va a venir... con la vara del guardia. ¡Ay, que ya la conoces! ¡Ah, maldito!... ¡Y me dices que ese hombre es bueno!...

TERESA.- No digo bueno ni malo; es mi hombre; soy suya.

FERNANDO.- La vara del guardia.

TERESA.- Mentira... sueña... está loco... No pega.

FERNANDO.- ¡Sí pega!

TERESA.- (Mesándose los cabellos.) ¡Pero qué le importa a nadie lo mío! ¡Mi casa es mía! ¡Nuestra vida, nuestra! ¡No me ofenda, señorito! ¡Esta limosna tampoco yo la quiero! ¡Pues salga usted o muero, y muero yo, y morimos todos! (Vuelve a amenazarse con el cuchillo.)

ROQUE.- (Dentro.) ¡Teresa! ¿Con quién hablas? Teresa, ¿qué es esto?

TERESA.- (Arrebatada por el pavor, coge a FERNANDO por medio del cuerpo, le impele hacia la puerta, que cierra por dentro con cerrojo y se vuelve de frente a la habitación en que habla ROQUE. Al arrojar a FERNANDO, en voz baja, enérgica, dice.) ¡Fuera digo; fuera!




Escena X




TERESA y ROQUE en la casa; FERNANDO fuera.




ROQUE aparece en el umbral, donde se detiene, apoyándose en el marco de la puerta. Cada vez anda con más dificultad. Dará muestras de gran fatiga, postración sombría, más furor, pero más ciego, incoherente y de difícil expresión.


ROQUE.- ¿Con quién hablabas?

TERESA.- Sola; con tus injurias.

ROQUE.- No te entiendo... no veo... Tengo aquí plomo, (En la cabeza.) y aquí cien perros de presa. (En el pie herido.)

TERESA.- Déjame ver...

ROQUE.- ¡No te acerques! ¿Qué buscaba yo? ¡Ah!... ¡No sé! (Furioso.) ¡Sí sé! Buscaba... a ese; a ese con quien hablabas. ¡Era tu don Fernando! Luego no mentía el Chinto. Él le vio en la sombra; en el sendero de la Foz, dijo... venía aquí... ¡Mala mujer! dónde le escondes? Que salga ese cobarde, ese burgués maldito, que no cree, ¡como ninguno cree!, en la honra de los pobres. ¡Claro! Por eso se atreven con nuestras hijas, con nuestras mujeres. «¡Como tienen hambre, no tendrán vergüenza!» ¡Oh! que salga el tuyo y verá si muere, si paga por todos. (TERESA habrá estado sacando del armario un vendaje.) ¿Dónde estás? ¿No me oyes?

TERESA.- Sí; aquí...

ROQUE.- ¡Contesta, discúlpate, miserable! ¡Pero no te acerques! Fuera pamemas, no quiero tus cuidados; que venga mi hermana; que me cure ella; a ti te aborrezco. (TERESA insiste en acercarse inclinada para ver la herida de ROQUE. FERNANDO observa, por la ventana entreabierta, con ansiedad. Durante toda esta parte de la escena en que no habla, el actor suplirá con la sobria acción oportuna las palabras que serían inútiles, pues está solo en la calle. Al principio habrá intentado mantenerse en la puerta, para entrar en caso de apuro, pero notará que está cerrada por dentro; mostrará contrariedad, cólera, y se acercará a la ventana, desde la cual seguirá el diálogo de dentro con la expresión y gestos que el actor juzgue del caso.)

TERESA.- ¡Déjame curarte, Roque! ¡Sangras! (TERESA se arrodilla con una pierna, y así, avanza hacia ROQUE como pretendiendo cogerle el pie herido. Procura ROQUE retirarlo, retrocediendo algo, y esquiva a TERESA y llega a amenazarla con la lámpara de minero.)

ROQUE.- ¡No te acerques, causa de mi desgracia, de mi esclavitud, de mi deshonra... servil... criada villana, beata hipócrita!... ¡No te acerques, o te mato!... ¡Quita! (Rechaza a TERESA con la mano que empuña la lámpara, y hiere con ella en la frente a su mujer. Brota sangre de la herida. Grito de dolor y espanto de TERESA, que retrocede hacia la ventana, aturdida.)

TERESA.- ¡Ay de mí!

FERNANDO.- ¡Cobarde! ¡Miserable! (Desde fuera, metiendo los puños crispados entre las rejas de la ventana. TERESA, que había llevado las manos a la frente, encogida, se yergue, se lanza a la ventana y la cierra de golpe; se coloca de espaldas a ella como antes hizo en la puerta. FERNANDO mostrará la ansiedad de su situación, sin osar revelar su presencia; todas sus potencias, en adivinar lo que pasa dentro y no puede ver; pero sin distraer la atención del público, que debe concentrarse en la casa.)

ROQUE.- (Cree que fue TERESA quien habló; esto ha de hacerlo más verosímil el actor por el modo de su acción, y mostrando el progreso del mal en ROQUE, próximo al colapso.) ¡Gracias al diablo que contestas! Mas, quiero eso, eso... ¡Así aplastaré en tu persona las malditas ideas de servidumbre que te enseñó la tunanta de tu ama... la que me endosó esta pécora!... ¡Oh! ¿qué es esto? ¡Me ahogo!... ¡Teresa!... ¡Ven, Teresa! ¡Yo estoy loco! ¡Aquí fuego... y plomo!... ¡Plomo! ¡Cómo pesan estos burgueses! ¡pesan sobre mi honra... aquí... encima del cráneo!... ¡Teresa!... ¡Mi Palmira!... ¡Rita!... ¡Madre!... ¡Teresa!... (Se desploma y cae al suelo, de espaldas, en cruz.)

TERESA.- ¡Roque!... ¡Roque! (Se lanza a él; le sujeta la cabeza, que apoya en sus rodillas.) ¡Ya acabó todo!... ¡Ya pasó la tormenta! Pero, ¡cómo pasa!... ¡cómo acaba! Y hoy más feroz que nunca... Salió sin cenar, excitado; y allá, ese Chinto infame... ¡Ah! Pero no; no será nada. Será lo de siempre: el pasmo de siempre. ¡Triste veneno te dan esos malditos! ¡Pago yo, pagas tú, todos! ¡Santa madre de Dios!... ¡qué vida!... ¡qué vida! ¡Ah, miseria! ¡Mal haya! (Voz de lágrimas.) ¡Todo es la miseria! (Inclina la frente sobre el pecho de ROQUE, cuya cabeza ha dejado suavemente en tierra.) Pero ahora, ¿cómo le levanto de aquí?... ¿Cómo le llevo a la cama... yo sola? No puedo con él. ¡Despertar a Rita... no! Dios hace que duerman siempre como piedras. No saben nada de estas cosas... Rita sí. Algo sabe; pero calla: teme avergonzarme. Hoy no; hoy no ha oído nada. Hoy duerme ella como éste, como el hierro.

FERNANDO.- (Ha notado el silencio del interior; crece su impaciencia: procura violentar la puerta; llama suavemente, y dice.) ¡Teresa!... ¡Teresa! ¡Por compasión!... ¿Qué sucede? ¡No puedo más! ¡Abre, o salta la puerta!

TERESA.- ¡Ah! ¡Don Fernando! Infeliz; lo que habrá padecido... Sí; le abro... Ahora no importa. ¡Que me ayude primero... y después que marche y que en la vida vuelva! (Abre a FERNANDO.)

FERNANDO.- ¿Qué es esto? ¡Mi Teresa! ¿Ese hombre? (TERESA extiende una mano hacia ROQUE.) ¡Ah! sí. Ya veo. Al fin, como un leño. Sus vicios hacen justicia a sus crímenes.

TERESA.- ¡Silencio! ¡Es mi marido!... ¡Y es un hambriento! (Se acerca a ROQUE como amparándole.) Ahora, está así, porque el hambre, el despecho, el afán, el miedo a la miseria... y los que venden veneno a los pobres en aguardiente y en papeles... le echaron ahí como un saco. Pero otras veces estuvo igual, sin dar pie ni mano... porque el gas de la mina le arrojó contra una peña. Y siempre viene a ser lo mismo. ¡Todo es hambre! La suya y la nuestra, que se le sube a la cabeza con el engaño de la traidora bebida...

FERNANDO.- Pero tú, tú... ¿por qué has de sufrir?... Yo no lo sufro. Esto se acabó para siempre. ¡No me exijas más! He padecido en estos momentos, más que en toda mi vida. Por ti... he sido un miserable... ¡Tuve que hacer... lo que haría un cobarde! ¡Oh, rabia!

TERESA.- No. Tampoco ha de insultarse a sí propio. (Sombría.) Nadie tiene la culpa de nada. Ahora, a lo que importa. Voy a sacar el jergón de este infeliz. Si le metiera en la cueva en que dormimos, se ahogaría. Hoy descansará aquí fuera. Me ayudará usted, señorito... Aguarde un momento. (TERESA entra por la puerta segunda de la derecha. En tanto FERNANDO se sienta lejos de ROQUE y oculta la cabeza entre las manos.) ¡Señorito, ánimo, ea! (Sale arrastrando un jergón.) Ayude, y van dos; usted por la cabeza... yo por los pies para que no se lastime. (Colocan a ROQUE sobre el jergón en la misma postura que tenía en tierra.) No hay miedo, no; ahora no despierta. Mañana el pobre Roque no se acordará casi de nada. Algo le picará en la conciencia, pero eso se le quita poco a poco sudando en la mina. Si éstos son pecados, harto los purga allá dentro. (Se arrodilla para curar la herida a ROQUE.)

FERNANDO.- (Acercándose por detrás a TERESA.) Pero tú le perdonas... pero tú olvidas... ¡Oh! ¡esta sangre! (Al ver que le resbala a TERESA por la frente al inclinarse.)

TERESA.- Es la suya...

FERNANDO.- ¡No! Es tuya...

TERESA.- Suya o mía... no importa; ¡es sangre nuestra!

FERNANDO.- ¿Y no aborreces esta vida? ¿No desprecias y maldices al bárbaro y cruel que te maltrata? (TERESA se pone en pie.)

TERESA.- ¡Despreciar! ¡Aborrecer! ¿Con qué derecho? Como su pan; duermo en su cama. Él me ampara contra todos. Me aguanta, le aguanto; esta es la vida. Lo que usted ve ahí... no es lo que yo veo. ¡Ay, señorito! Usted que es tan sabio, que ahora estudia a los pobres... nunca comprenderá lo que es el miserable. Yo lo sé, porque soy carne suya, y donde le duele, me duele. Como le ayudo a lavarse el cuerpo, que parece de diablo, cuando sale negro o encendido de la mina, con el pensamiento le lavo el alma, y se la veo limpia, con cara de domingo; enferma no más del hambre que taladra el cuerpo, y llega a los corazones. ¡Y basta! Y ahora váyase, que aunque duermen como piedras, por milagro podrían despertar Rita o Palmira, y oírle; y ya es tarde, muy tarde... ¡Oh, qué noche! (Se siente desfallecer, y cae sentada cerca de ROQUE.)

FERNANDO.- (Se acerca por detrás; se inclina, y le dice al oído.) De todos te acuerdas... menos de mí... y de ti...

TERESA.- ¡Basta, don Fernando! ¡Que adiós le digo!

FERNANDO.- Y lo que yo he sufrido y sufro... ¿no es nada?

TERESA.- Dios se lo pague, pero hizo lo que debía.

FERNANDO.- Pero fue terrible sacrificio. No importa. Todo está bien. Pero págamelo. ¡Teresa, yo no puedo marchar así! Teresa... sígueme; ven conmigo. Haz algo tú por mí, ven... que yo no puedo dejarte en esta vida de infierno.

TERESA.- Ésta es vida de purgatorio; de infierno, sería esa otra.

FERNANDO.- Llevaremos a tu hija... duerme; sin despertarla. Tal vez podríamos llevar la...

TERESA.- Sí, eso. Robárselo todo. Pero por mucho que le robáramos, no le robaríamos lo que es suyo aquí, en mi corazón.

FERNANDO.- (Retrocede un paso.) ¡Bien! ¡Basta! ¡Adiós! (Va hacia la puerta.) Con eso lo dices todo. En fin, que a él le quieres, y a mí...

TERESA.- ¡Ya lo creo que le quiero! Y a usted, don Fernando, ¿no le quiero? (Acercándosele, pero llevándole suavemente hacia la puerta.) Lo que yo no quiero, es que mi señorito padezca solo... viva solo allá en el mundo; no quiero que cuando le dé el mal de sus angustias, de las ansias, no tenga un regazo en que apoyar la cabeza. ¡Y no lo tiene, no lo tiene! (Ya estará fuera FERNANDO, y TERESA en el umbral.) ¡Búsquelo, señorito! ¡Cásese, cásese por Dios; que tenga quién le quiera, quién le acaricie y le consuele en sus angustias!... No, no esté solo; ¡yo no quiero que mi señorito esté solo!

FERNANDO.- (Enternecido.) ¡Teresa! Pero... ¿y tú?

TERESA.- Yo no estoy sola... Y adiós, adiós; no más, no más estar aquí. ¡No vuelva, no vuelva!

FERNANDO.- Por ahora, no. Mi presencia, para ti es duelo, espanto, desgracia. Tu único bien, pobre mártir, es que yo marche. Adiós, adiós; mi dulce, mi pobre Teresa; hija del alma de mi madre...

TERESA.- ¡Eso! ¡Eso! La santa madre nos bendiga. (Según FERNANDO se aleja lentamente, vuelve el rostro hacia la casa; TERESA, sacando el busto fuera como si quisiera seguirle sin moverse, va dando más expresión de ternura a sus palabras de despedida.) Hasta... cuando Dios quiera... Buenas noches... (Ya no se ve a FERNANDO.) Buenas noches, señorito.




Escena XI




TERESA; ROQUE, en tierra.




Después que pierde el ruido de los pasos de FERNANDO, se vuelve, a ROQUE, aletargado.


TERESA.- ¡Y tú, mi pobre león! ¡Ah, otra vez la sangre! ¡Desatada la venda! (Corre a él; al inclinarse para atar la herida desatada siente la sangre que le resbala por la frente, y le nubla la vista.) ¿Qué es esto? ¡No veo! (Lleva los dedos a la frente; ve en ellos la sangre.) ¡Ah; no es nada! (Rasga con prisa un pedazo de la venda de ROQUE que había desenvuelto, se lo ata como quiera, con fuerza, alrededor de la frente y sigue ligando el pie de ROQUE, siempre inmóvil, en cruz. Como contestando a su pensamiento.) ¡Yo aquí!... ¡Siempre aquí!... ¡Junto al hombre de mi cruz...! ¡Al pie de mi cruz... que sangra! (Telón.)








FIN

33.ª Feria del Libro de Buenos Aires: 16 de abril al 7 de mayo de 2007



"33.ª Feria del Libro de Buenos Aires: 16 de abril al 7 de mayo de 2007"





La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires es uno de los eventos culturales y editoriales más importantes de Latinoamérica, donde se reúnen editores, escritores, autores, libreros, distribuidores, científicos, educadores y más de un millón de lectores.

Horarios de la Feria
Domingos a jueves: 14:00 a 22:00 hs.
Viernes y sábados: 14:00 a 23:00 hs.
Sábado 28 de abril: 14:00 a 02:00 hs.
Lunes 30 de abril: 14:00 a 23:00 hs.
Entradas
lunes a jueves: $5,00
viernes, sábados, domingos y feriado: $7,50
Lugar
La Rural
Predio Ferial de Buenos Aires
Accesos y boleterías
Av. Santa Fe 4201
Av. Sarmiento 2704
Av. Cerviño 4474
Estacionamiento

María Rosa de Gálvez:"Safo"


Safo


Gálvez, María Rosa (1768-1806).Poeta y dramaturga malagueña.


OBRA COLABORACIÓN DE USUARIO


Esta obra fue enviada como donación por un usuario.
Las obras recibidas como donativo son publicadas como el usuario las envía, confiando en que la obra enviada está completa y corregida debidamente por quien realiza la contribución.


Drama trágico en un acto


PERSONAJES


SAFO, poetisa griega.
CRICIAS, sacerdote del Apolo.
FAÓN, su hijo.
NICANDRO, amante de Safo.
ARISTIPO, segundo sacerdote.

MINISTROS DEL TEMPLO.
COMPARSAS DE MARINEROS GRIEGOS.
PUEBLO DE LEUCADIA.


La escena es en la isla de Leucadia. A la derecha se ve la roca del mismo nombre, desde donde se precipita SAFO. Al lado opuesto vista del templo de Apolo con puertas practicables. En el foro mar tempestuoso. La acción empieza de noche. Se oyen algunos truenos. Las nubes se disipan, y el teatro se aclara, según dicen los versos, hasta quedar iluminado enteramente por la salida del sol. [24]


Escena I

SAFO sentada m una piedra inmediata al templo.

SAFO Noche desoladora, fiel imagen
de mis continuos bárbaros tormentos;
no cese tu rigor, no tus furores:
el hórrido silbido de los vientos,
el rayo desprendido de la esfera, 5
el ronco son del pavoroso trueno
halaga un corazón, desesperado.
¡Ah! perezca en tu horror el universo.
(Se levanta.)
Perezca la morada que mantiene
al hombre entre los hombres más perverso: 10
anégale en tus aguas, mar undoso;
y entre tus ondas su cadáver yerto
suba al Olimpo, y del Olimpo baje
a sepultarse en el profundo averno.

(Empieza a serenar.)

Mas tú te calmas; ¿eres insensible 15
a mi fatal plegaria, a mis lamentos?
Eres como Faón... ¡Ay! ni su nombre
piadoso vuelve a repetir el eco.
¡Espantosa quietud! Todo enmudece,
y al tormentoso horror sigue el silencio. 20
Las negras furias que mi amor persiguen,
me privan hasta el bárbaro consuelo
de ver el orbe vacilar al choque
de los embravecidos elementos.

(Se empiezan a disipar los elementos.)

Vecina el alba volverá a la tierra 25
el marchito verdor; plácido el cielo
ofrece al fin serenidad y vida.
Hoy, por la última vez, el firmamento
verán mis ojos de llorar cansados.
Sol, apresura tu brillante vuelo; 30
verás a Safo en su postrera angustia
perecer, u olvidar su ingrato dueño.
(Queda apoyada en el bastidor.)


Escena II

SAFO. CRICIAS. ARISTIPO. COMPARSAS por la puerta del templo.

CRICIAS Corre, Aristipo; la extendida costa
de Leucadia registra: que tu celo
logre salvar las miserables vidas 35
de algunos naufragantes extranjeros:
víctima puede ser un hijo mío
de las iras del mar.
ARISTIPO Ya te obedezco;
calma tus inquietudes entre tanto,
vamos por la ribera, compañeros; 40
y que iluminen las ardientes teas
mientras el sol nos niega sus reflejos.
(Se va con parte de los COMPARSAS.)
CRICIAS Venid vosotros por la orilla opuesta.
SAFO ¡Ay Faón!
CRICIAS Escuchad. ¿Ese lamento
el nombre de Faón no ha pronunciado? 45
Entre estas rocas alumbrad. ¡Qué veo!
SAFO Apartad esa luz.
(A los COMPARSAS que se retiran.)
CRICIAS Infeliz Safo,
No rendida al dolor con tal extremo
aumentes tu desdicha. Poco falta
para que libre de ese amor funesto 50
recobres la quietud. ¿Puedes acaso
por insultar la cólera del cielo,
vagando entre las sombras espantosas
de esta noche de horror, de tu fiel pecho
a Faón arrancar?
SAFO Por piedad, Cricias, 55
déjame: y no repitas del perverso
el nombre odioso.
CRICIAS ¿Tú no le nombrabas?
SAFO Sí, porque se aumentase mi tormento.
CRICIAS De olvidar o morir, Safo, en tu mano
la elección tienes: todo está dispuesto 60
para cumplir tu voto; el sacrificio
que has de ofrecer en el sagrado templo,
las barcas velocísimas que formen
del alto promontorio el ancho cerco;
los nadadores que al socorro tuyo 65
lanzarse deben; y el ansioso pueblo
que ser testigo de tu gloria espera:
todo a cumplir te obliga el juramento
de renovar la fama de Leucadia
en el orbe y siglos venideros. 70
Pero si dudas, si el peligro temes...
SAFO Sacerdote de Apolo, nada temo
sino el quedar con vida. Los socorros
que la costumbre estableció, y el tiempo
para los desgraciados que llegaron 75
al extremo fatal en que me veo,
mi desesperación los abomina;
no los puedo estorbar, y los tolero.
¡Ojalá que este abismo cristalino,
que baña de la roca el fondo inmenso, 80
me sepulte, y a ver la luz no vuelva,
si está el olvido en su profundo seno!
CRICIAS Pues ¿no pretendes, Safo, que se apague
ese insensato y amoroso fuego?
SAFO ¡Ay! no Cricias; detesto mi existencia, 85
si pudiese vivir sin un recuerdo
de mi amado Faón.
CRICIAS Esos delirios
en breve olvidarás.

(El teatro se ha ido aclarando.)

Ya los reflejos
del sol en el oriente se descubren;
Cálmate, Safo, que el feliz momento
de tu dicha se acerca...

(SAFO se quiere ir.)

¿Por qué huyes? 90
SAFO Su resplandor, me oprime: al bosque vuelvo
a contar impaciente los instantes
que faltan para hacer mi amor eterno.

(Se va.)

CRICIAS ¡Plegue a los dioses que tu muerte sea
la que a mis tristes años el sosiego 95
pueda volver! Por ti perdió la patria
el brazo de Faón; por ti, su esfuerzo
envilecido en el deleite infame,
ni el peligro de Atenas, ni el lamento
de este padre infeliz pudo moverle: 100
él era mi esperanza y mi recreo;
y si de otra beldad el atractivo
no borrase tu imagen de su pecho,
en placer vergonzoso todavía
viviera sumergido; mis recelos, 105
mientras tú vives, acabar no pueden;
pues si viese Faón el loco exceso
de tu pasión, tal vez compadecido...
Pero Aristipo vuelve conduciendo
un joven a este sitio.


Escena III

CRICIAS. ARISTIPO. FAÓN. COMPARSAS.

FAÓN ¡Oh padre mío! 110
CRICIAS Faón, hijo querido, ¡dioses! ¿sueño?
Estréchate en mis brazos: ¡tú en Leucadia!
FAÓN Yo en Leucadia, señor; a ser objeto
de todos los furores de los hados.
Yo, que en mi triste corazón albergo 115
las implacables furias del abismo:
ellas me acosan; el remordimiento
grabaron en mi alma; y ni la muerte
me quiso conceder piadoso el cielo.
CRICIAS Hijo ingrato, ¿y es esta la ternura 120
que te debe tu padre? ¿Éste el contento
que muestras a mi vista?
FAÓN ¡Ah padre mío!
No pueden mis delirios ofenderos.
He perdido a mi esposa: sepultada
queda en el mar: los fieles compañeros 125
que la seguían yacen sumergidos:
yo intentaba con ella en el ligero,
esquife libertarme del peligro.
Las ondas la arrancaron de mi seno
al tiempo de arrojarme, y anegaron 130
el mísero bajel en un momento.
¡Oh nunca las piedades de Aristipo
me socorrieran! ¡Ojalá el soberbio
piélago undoso fuera mi sepulcro!
Pues Júpiter sin duda: de su excelso 135
trono lanzaba el rayo en mi ruina:
Safo, elevando el dolorido acento
clamó por mi castigo abandonada,
y se han cumplido sus fatales ruegos.
ARISTIPO Pues qué, ¿Safo...
CRICIAS No más; calla, Aristipo. 140
Hijo mío, modera tu despecho:
antes de amar a tu infeliz esposa,
en lazo criminal tus devaneos
pensaban que no hubiera quien borrase
de Safo los amores: otro objeto 145
en Teagenes hallaste, y otros muchos
feliz pueden hacerte.
FAÓN No lo espero.
De mi joven esposa la belleza
alucinarme pudo: los consejos,
y los mandatos vuestros repetidos, 150
hicieron que en el lazo de himeneo
buscase los placeres; pero en vano:
la lisonjera novedad huyendo
desterró la ilusión; Safo llorosa,
desesperada, y a mis pies gimiendo, 155
mi horrible ingratitud me recordaba
hasta en los brazos de mi nuevo dueño.
Presentes siempre su fatal constancia,
su ternura, sus gracias, sus talentos,
su lira, que a los dioses encantaba... 160
con ninguna beldad logró mi pecho
llenar aquel vacío que nos deja
el delicioso goce del deseo.
¡Oh cuantas veces en la oscura noche,
entre las sombras de un pesado sueño, 165
la vi furiosa, arrebatada, ciega,
clamar por mi castigo, y del averno
invocar las deidades vengadoras
contra un bárbaro amante! El universo
resonó con sus gritos; y sus votos 170
los dioses irritados concedieron.
CRICIAS No con tales ideas, hijo amado,
aumentes tu aflicción; piadosos ellos,
pues te vuelven al seno de tu padre,
ni sus furores ni su rabia oyeron. 175
Entra en mi habitación; descansa en ella
mientras a Apolo un sacrificio ofrezco
que aleje de tu alma los terrores.
FAÓN ¡Con cuánto más placer desde este horrendo
precipicio buscara entre las ondas 180
a mi afligido espíritu consuelo!
CRICIAS No más delirios. Conducidle, amigos. (A los COMPARSAS.)
FAÓN Deidades ¿para qué la vida quiero
Si he abandonado a Safo por amarme,
y por mi amor Teágenes ha muerto. 185

(Se va con los COMPARSAS.)


Escena IV

CRICIAS. ARISTIPO.

ARISTIPO Permite Cricias a un leal amigo
que preguntarte pueda ¿cuál intento
te hace ocultar de la infelice Safo
a Faón la existencia? Sus tormentos
a vista de esta amante, que aún adora, 190
se pudieran calmar; y tu secreto
hace dos desdichados. ¿Es posible
que teniendo a tu arbitrio el solo medio
de salvar una vida, que merece
suerte más venturosa, estés resuelto 195
a verla perecer?
CRICIAS Nunca Aristipo
con mayor causa desearlo puedo.
¿Quieres que vuelva a publicar la Grecia, 200
de mi glorioso nombre en vilipendio,
que aprisionado un hijo mío vive
en los brazos de Safo? ¿y que de nuevo,
olvidando su patria y sus deberes,
como cuando de Esparta el odio fiero 205
amenazaba a Atenas, busque asilo
en los placeres, evitando el riesgo?
No Aristipo; que muera una y mil veces
antes esa mujer.
ARISTIPO ¿Y el himeneo
no pudiera ligar los dos amantes, 210
sin que en su amor, hubiera los excesos
de un trato vergonzoso? Faón libre
lo conduce el destino al mejor tiempo
para estorbar la desgraciada muerte
de la mísera Safo.
CRICIAS Te comprendo; 215
pero sabe, Aristipo, que ella nunca
quiso unirse con él por otros medios
que los de un torpe amor; y pues conoces
cuantas razones de evitarlo tengo,
si eres mi amigo, ayuda por tu parte 220
a que Faón ignore estos momentos
la existencia de Safo; y si no basta
de la amistad el poderoso ruego
a obligarte; que baste la obediencia:
yo por mi dignidad soy el supremo 225
sacerdote de Apolo, y en su nombre
que calles y obedezcas hoy te ordeno.

(Se va.)

ARISTIPO ¡Cruel superstición! ¿Será forzoso
que esté obligado mi sensible pecho
por tu fatal poder a ser testigo 230
de sacrificio tan atroz y horrendo?
Cricias da a su rencor nombre de gloria;
la religión me manda obedecerlo;
Safo y Faón, los dos desesperados,
tal vez perecerán: ¡oh si a lo menos 235
mi persuasión pudiese libertarlos!


Escena V

NICANDRO. ARISTIPO.

NICANDRO Escucha, sacerdote, a un extranjero
que llega al promontorio de Leucadia,
para hacer la experiencia que ya hicieron
los que olvidar o perecer buscaron. 240
ARISTIPO Joven ¿sabes si acaso alguno de ellos
quedó con vida?
NICANDRO No; todo lo ignoro.
ARISTIPO Pues antes de prestar el juramento
que te obligue a lanzarte de su cima,
la voz de la verdad, escucha atento. 245
El mancebo Leucates, perseguido
de las iras de Apolo, llegó huyendo
a esa roca; y desde ella despeñado
se hundió en el mar precipitado y ciego.
Su nombre le ha quedado desde entonces; 250
y para eternizar tan triste ejemplo,
todos los infelices que a la muerte
arrastraban del crimen los excesos,
eran precipitados de esa altura,
ligando muchas aves a sus cuerpos, 255
que hiciesen menos fuerte el duro golpe
con el esfuerzo natural del vuelo.
Uno, entre tantos, que logró salvarse,
olvido de su vida los sucesos;
y todos los amantes desgraciados 260
hacer la misma prueba resolvieron;
pues desde entonces, sin socorro alguno,
creyendo que el olvido está en el seno
de ese profundo abismo, en él se arrojan:
los sacerdotes de ese antiguo templo 265
previenen nadadores, que a la orilla
saquen al miserable. En tanto tiempo
como dura esta bárbara costumbre
ninguno se salvó: si estás resuelto
con este desengaño al precipicio, 270
compadecerte, no evitarlo puedo.
NICANDRO Vana es tu compasión; al templo vamos
que hoy la terrible prueba hacer pretendo.
ARISTIPO Tan presto no podrás.
NICANDRO ¿Por qué motivo?
ARISTIPO Porque para morir llego primero 275
que tú la triste Safo.
NICANDRO ¡Qué he escuchado?
¿La poetisa Safo a tal extremo
reducida se ve? ¿La que de Atenas
mereció los aplausos y los premios?
¿Por la que suspiraron vanamente 280
millares de rendidos, y yo entre ellos?
ARISTIPO ¿Tú la amabas también?
NICANDRO Yo la idolatro;
y el terrible tesón de su desprecio
me conduce a buscar aquí mi muerte.
¡Ah! sin duda Faón será el perverso 285
que ingrato corresponde a sus favores.
Amigo, dime, no podré un momento
hablarla... persuadirla...
ARISTIPO Sí, bien dices;
quizá conseguirá tu rendimiento
piedad de ella y de ti.
(Mira adentro; SAFO aparece al foro.)
Pero se acerca; 290
Mírala que abatida vuelve al cielo.
los ojos, y después al precipicio.
Sin duda considera el monumento

de su amor infeliz; yo me retiro:
los dioses favorezcan tus deseos. 295

(Se va.)


Escena VI

SAFO. NICANDRO.

NICANDRO (Aparte.) Al fin la vuelvo a ver: sus negros ojos
del llanto enrojecidos son aquellos;
y el gracioso semblante, donde ahora
se pinta la aflicción... pero habla.
SAFO ¡Oh Venus! 300
Desciende del Olimpo, cual solías
complacida a escuchar los dulces ecos
de mi suave lira; ven ahora
que te invoca mi voz con el acento
de la mortal angustia; fortalece 305
mi corazón con tu divino fuego.
Estos breves instantes que me restan
de una odiosa existencia.
NICANDRO Yo me acerco.
Si un amante infeliz merece, Safo,
que algún favor concedas a su ruego; 310
otorgarme la triste preferencia
de que pueda arrojarme al mar primero
que tú desde esa roca.
SAFO Por ventura
¿habrás hallado joven extranjero
Alguna mujer pérfida y mudable? 315
¡Ah! no lo extrañaré; que el universo
sólo ingratos encierra; pero sabe
que Faón es el más ingrato de ellos.
Cuéntame tus desgracias, y no pienses
tendrá mayor motivo tu despecho 320
que mi justo dolor.
NICANDRO Escucha, Safo
ni de perfidia ni traición me quejo:
me quejo de un amor tan desgraciado,
que nunca de la cárcel del silencio
pudo salir; me quejo de haber visto 325
víctima de un ingrato el dulce objeto
digno de mi cariño, y de que todos [40]
de merecer se honrasen sus afectos.
Por no verlo penar mi muerte busco.
SAFO ¡Ah! No es igual el tuyo a mi tormento. 330
Tú no has perdido más que una insensible;
pues oye por Faón lo que yo pierdo.
Por él abandoné mi patria y nombre;
por él sufrí de mi envidioso sexo;
la más atroz calumnia; por su causa 335
de los hijos de Apolo el rendimiento
altiva desprecié; y en fin, llevando
mi constante fineza hasta el extremo,
Preferí ser su amante, a ser su esposa,
que amor de libres corazones dueño 340
huye un lazo que impone obligaciones.
¿Qué no me debe? yo elevé su genio
a la luz de las ciencias, y en el trono
del amor, desplegando su talento,
célebre fue..su nombre a par del mío. 345
¡Ay! que en aquellos deliciosos tiempos,
Sólo en él existía; él era sólo
de mi ternura y mis placeres centro.
¡Cuán dulcemente en sus amantes brazos
los elogios que Grecia a mis talentos 350
dedicaba olvide, sacrificando
hasta mi vanidad a sus deseos!
NICANDRO ¡Oh qué feliz otro mortal sería
Safo con tu cariño!
SAFO Yo desprecio
de todos el amor. Faón ingrato, 355
para mí es más amable que el excelso
Júpiter en su solio.
NICANDRO ¡Ah! que tus voces
aumentan mi dolor; pero a lo menos,
pues que los dos a perecer estamos
por diversos motivos ya resueltos, 360
Sabe que te idolatro, y que tú eres
la que siempre adoré.
SAFO ¡Qué escucho, cielos!
NICANDRO Sí, Safo, tú pudieras todavía,
premiando la constancia de mi afecto,
hacer de un desdichado un venturoso; 365
ten piedad de ti misma: a tus pies puesto
te pido que te duelas de mis ansias;
en tu favor consiste mi remedio.
SAFO ¿Yo he de dartelo?
NICANDRO Sí.
SAFO Pues de esa roca
arrójate después que yo haya muerto. 370
NICANDRO ¿Ese, ingrata, me das?
SAFO ¿De qué te quejas,
si el mismo que yo elijo, ese te dejo?
NICANDRO ¡Qué bárbara constancia! ¿No te mueven
ni compasión ni amor?
SAFO Yo lo detesto:
retírate de aquí, si a ser testigo 375
no aspiras de mi muerte.
NICANDRO No: primero
iré a implorar de los supremos dioses
la piedad para ti, que en ti no encuentro.

(Se va.)

SAFO Sólo faltaba a mi tirana suerte
escuchar el osado atrevimiento 380
de un insensato amante. ¡Oh cuanto tarda
el suspirado fin de mi tormento!
Procuremos que llegue.

(Va a entrar en el templo.)


Escena VII

SAFO. ARISTIPO.

ARISTIPO Espera, Safo.
Tú no puedes entrar al sacro templo
en tanto que las víctimas entregan 385
a la dura cuchilla el dócil cuello:
y antes que con tu muerte a cumplir llegues
tu bárbaro y horrible juramento,
oye a un anciano que estorbar procura
con su prudencia tu feroz despecho. 390
Nada hay estable; ni el amor ni el odio;
que todo cede a la impresión del tiempo.
Quizá Faón arrepentido o libre,
a tu constancia y tu dolor cediendo,
volverá a tu cariño; y con la muerte, 400
aún la esperanza, que es el bien postrero
de los amantes, pierdes.
SAFO Ya he perdido
la esperanza, el honor y el sufrimiento.
ARISTIPO Todo, Safo, pudieras recobrarlo:
vive, espera y confía.
SAFO Nada espero. 405
Tú ignoras Aristipo cuánto hice
por ablandar el corazón de hierro
del pérfido Faón, y todo en vano.
Yo lo he seguido por extraños reinos,
después que huyo de Gonno acompañado 410
de mi odiosa rival; pero mis celos
en Sicilia lograron alcanzarlo.
Desesperada su mansión penetro:
corro por todas partes, busco ansiosa
a mi traidor amante; él a mi acento 415
sale y queda mortal, como a la vista
del soberano Juez se queda el reo.
Suplico entonces, amenazo, lloro;
y todo en vano: mi dolor acerbo
me hizo humillar hasta sus pies mi frente, 420
me hizo besar las huellas del soberbio;
y todo en vano: ni mi amargo llanto,
ni mis continuos clamorosos ruegos
pudieron ablandarlo; su fiereza
llegó hasta referirme su himeneo, 425
para borrar del todo mi esperanza
con otra obligación. ¡Hombre perverso!
¿Qué lazo más sagrado que el que unía
mi corazón al tuyo? Pero el cielo
castigará tu abominable crimen: 430
porque si del amor del débil sexo
impunemente se burlase el hombre.
¿Qué mujer no se viera cual me veo?
ARISTIPO Ninguna como tú pudieras, Safo,
de una pasión funesta los excesos 435
precaver sabiamente.
SAFO ¡Ah! que ninguna
hubiera resistido al dulce fuego
que inspiraba Faón, cuando mis ojos
la vez primera por su mal lo vieron.
él volvía de mirtos coronado, 440
a ofrecer sacrificios en el templo
de Júpiter Olimpo, porque Atenas
lo declaró triunfante de los juegos.
Su rostro coloraba la victoria,
embellecido con el bozo tierno 445
de amable juventud; casi desnudo
aún de la lucha, los hermosos miembros
descubría, que envidia el mismo Apolo,
y que amor pueden inspirar a Venus.
También me vio él entonces, y previno 450
con su declaración mi amante fuego.
Si tú Aristipo en juveniles años
has llegado a gozar los embelesos
de amar correspondido; si has logrado
las delicias que logra quien viviendo 455
sólo en su amante, en él se vivifica,
lleno de amor, y de deleites lleno;
no extrañarás que yo que así me he visto,
piense morir cuando gozar no espero.
ARISTIPO Y ¿qué no habrá otras causas que te obliguen 460
a conservar la vida? ¿Qué tu genio
Imitador olvidara la gloria
de la futura edad, y el lisonjero
acento de la fama?
SAFO Son quimeras:
la fama ya no emplea sus acentos, 465
sino en elogio vil del poderoso;
pues ha prostituido el universo
su aplauso al crimen, su favor al vicio,
y oprime las virtudes y el talento.
ARISTIPO Ya que sólo te obliga la memoria 470
del ingrato Faón, quizá viviendo
cediera su desvío a tu constancia;
y volviéndote a ver...
SAFO ¡Volver a verlo!
¿Dónde Aristipo?


Escena VIII

SAFO. ARISTIPO. CRICIAS. COMPARSA DE MINISTROS DEL TEMPLO.

CRICIAS Todo anuncia, Safo,
el fin de tus desgracias. Grato el cielo 475
declara en las entrañas palpitantes
de las víctimas sacras que el consuelo
llega de tus pesares.
SAFO Sacerdote,
sígueme; que ofrecer cuanto poseo
en las aras de Apolo sólo resta, 480
para cumplir la ley que establecieron
la religión y el uso; y que mi muerte
termine de una vez mis sentimientos.

(Se va.)

CRICIAS (Aparte.) Vamos; que tu fin sólo es el que falta
para acabar del todo mis recelos. 485

(Se va con los COMPARSAS.)

ARISTIPO Dioses, pues no es posible disuadirla,
benignos permitid sea el postrero
sacrificio su vida, y que le sirva
a los demás amantes de escarmiento.


Escena IX

NICANDRO. ARISTIPO.

NICANDRO ¡Ay, Aristipo! Todo ha sido en vano: 490
ni tu prudencia, ni mi amante ruego,
la desgracia de Safo estorbar pueden:
en las manos de Cricias deponiendo:
sus brillantes adornos queda ahora.
Estoy fuera de mí: yo me estremezco: 495
¿Qué puedo hacer? Mi corazón palpita
de asombro y de terror: morir resuelvo.
ARISTIPO ¿Y qué conseguirás? Aumentar sólo
de esta superstición el duro imperio.
Bastantes infelices por su influjo 500
víctimas desgraciadas perecieron.
¡Mísero aquel que sin recurso gime
bajo el yugo cruel de sus preceptos!
Esta es mi situación; nací sensible,
y aunque educado en este ministerio, 505
al ver sacrificar mis semejantes,
sin poderlo impedir, lloro en secreto.
NICANDRO Si fuera Cricias como tú piadoso,
jamás recibiría el juramento
de tantos desdichados... ¡Pero dioses! 510

(Dentro música.)

Ya anuncian estos tristes instrumentos
el instante fatal... A socorrerla,
o a perecer con ella, voy resuelto.

(Se va.)

ARISTIPO Las barcas se aproximan;

(Aparecen las barcas con los nadadores.)

y se acercan
hacia este sitio en tropas los isleños; 515
pues ya no puedo libertar a Safo,
cumpla con mis deberes a lo menos.


Escena X

CRICIAS. SAFO. ARISTIPO. COMPARSA DE SACERDOTES y pueblo.

SAFO Laurel glorioso, (Deponiendo el laurel.) que la sabia Atenas
concedió a las tareas de mi genio,
deja mi frente, y queda donde sirvas 520
a mi nombre y mi amor de monumento.
CRICIAS Tú le recobrarás más venturosa:
Vamos.
ARISTIPO ¡Oh Safo, cuánto compadezco
¡Tu ceguedad!
CRICIAS ¿Ahora te detienes?
¿Por qué estás indecisa?
SAFO Considero 525
cuánta es la diferencia de mi suerte
por un traidor amante. En otro tiempo
sólo al nombre de Safo resonaba
con vivas repetidos el liceo
de la célebre Atenas; y a mi vista 530
aplausos tributaba todo un pueblo:
hoy a verme morir otro se junta,
lleno de compasión, de dolor lleno.
¿Y por qué enternecidos al mirarme
lágrimas derramáis? Yo nada siento. 535
¿Qué pudiera sentir cuando el sepulcro
a mis desgracias se presenta abierto?
Aquel es. (Señalando el mar) ¡Oh mujeres de Leucadia!
Vosotras que miráis el ejemplo
de la negra perfidia de los hombres, 540
abominad su amor, aborrecedlos;
pagad sus rendimientos con engaños,
pagad su infame orgullo con desprecios;
giman a vuestros pies; vengadme todas;
humillad para siempre esos soberbios. 545
Y tú, ingrato Faón, hombre nacido
por mi fatalidad, plegue a los cielos
que mi sombra interrumpa tu reposo,
que la tierra te niegue el alimento,
que el sol te oprima, y que la muerte arranque 550
de tus aleves brazos el objeto
que causa tu perfidia; y que a tus ojos
muera, del mismo modo que yo muero.
ARISTIPO Si volvieses a verlo...
SAFO ¡Ay Aristipo!
CRICIAS Si lo vieras en brazos de otro dueño. 555
SAFO Calla, bárbaro: no, no es necesario
me recuerdes la imagen de mis celos,
para que yo al sepulcro vuele ansiosa.
(Sube a la roca.)
CRICIAS (Aparte.) Mi astucia se logró.
ARISTIPO ¡Qué sentimiento!
SAFO (En la roca.) Vosotros, moradores de Leucadia, 560
a Faón le diréis, que Safo ha muerto
víctima de su engaño, y que esta roca
su delito y mi amor harán eternos.

(Se arroja.)

ARISTIPO ¡Favorecedla dioses! ¡Desgraciada!
CRICIAS Logros mi venganza: ya en el centro 565
del mar se han sepultado mis afrentas.


Escena XI

CRICIAS. FAÓN. ARISTIPO COMPARSA DE SACERDOTES y pueblo.

FAÓN ¿Por qué me detenéis. (A los sacerdotes.) ¿Ese lamento
no prenunció mi nombre? ¡Oh padre mío!
¿Cuál es el sacrificio que habéis hecho
en mi favor? El templo resonaba 570
con himnos clamorosos; y aunque quiero
indagar el motivo, me detienen,
hasta que los ministros atropello
que me estorban el paso; respondedme:
¿Por que esta confusión? Decid ¿qué es esto? 575
CRICIAS Esto ha sido impedir que vieses, hijo
de una triste mujer el fin funesto,
que se ha precipitado de esa roca;
en tu estado pudiera ser su ejemplo
causa de renovar tus aflicciones. 580
FAÓN ¿Y quién es?
NICANDRO (Sale.) ¡Ay de mí! ¡ya no hay remedio!
Sin duda ha perecido: ¡oh desdichada!
ARISTIPO Pues ¿qué di, socorrerla no pudieron?
NICANDRO Aún no lo se, Aristipo: al duro golpe
de su caída el mar abrió rugiendo 585
la espalda cristalina, y arrastrando
en doble giro el delicado cuerpo,
por dos veces luchando con las ondas,
los remolinos de este golfo inmenso
la vuelven a la luz: los nadadores 590
se arrojan por salvarla: yo pretendo
antes que ellos lanzarme; pero todos
se oponen, y sujetan mis esfuerzos.
¡Desventurada Safo!
FAÓN ¿Qué pronuncias?
¿Safo es la que perece?... que lo menos 595
muera Faón con ella.
CRICIAS ¿Qué haces, hijo?
NICANDRO ¿Tú eres Faón? ¡Ah bárbaro! mi acero (Empuña la espada.)
tomará en ti venganza de su muerte.
ARISTIPO Detente, (Deteniéndole.) joven.
FAÓN Ven: no me defiendo.
Padre, no os opongáis: yo soy un monstruo. 600
NICANDRO Déjame, sacerdote.
FAÓN He aquí mi seno.
ARISTIPO Insensatos, ¿qué hacéis? Volved los ojos
a ese infelice miserable objeto.


Escena XII

DICHOS, SAFO moribunda, conducida en un lecho de yerbas por los nadadores.

ARISTIPO Ved a qué extremo deplorable arrastran
de un criminal amor los devaneos. 605
NICANDRO ¡Oh dioses! (Observándola.) Aún respira...
FAÓN Qué postrado
pueda yo recibir su último aliento.
CRICIAS Hijo, repara... (Deteniéndole.)
FAÓN Vos no sois mi padre;
Sois un hombre cruel, cuyo secreto
a su rencor sacrifico esta vida. 610
Por vos, manchado de un engaño horrendo,
he sido infiel, traidor, abominable:
ve aquí el fruto atal de los consejos,
de los mandatos vuestros, que me obligan
a ser testigo de mi oprobio eterno. 615
¡Oh Safo sin ventura!
(Arrodillándose inmediato a ella.)
Tú que hiciste
mi corazón feliz en mejor tiempo,
recibe de Faón antes que mueras
el llanto que a tus pies derrama.
SAFO ¡Cielos!...
NICANDRO Habla, oigamos.
SAFO ¡Oh tú... sea, quien fueres... 620
que has visto de mi muerte el triste ejemplo,
publica que es... supersticioso engaño...
buscar aquí el olvido... pues yo muero...
adorando a Faón... y hasta el sepulcro...
su imagen y mi amor conmigo llevo! 625

(Concluye con una actitud propia de la situación.)