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lunes, marzo 26, 2007

Patricia Suárez:"Alberico"


Alberico


Por Patricia Suárez

Personajes:
Odín
Alberico

Alberico sale del interior de un árbol. Odín está furioso junto a la entrada, a un costado hay una carretilla. Alberico es pequeñito y Odín ancho y fuerte y colorado. Lleva una corona ladeada que se le cae un poco debido a tanta impetuosidad.

Odín: ¡Hace como un cuarto de hora que estoy acá!
Alberico: Estaba ocupado.
Odín: ¿Cómo ocupado, cómo ocupado? ¡Yo soy el padre de los dioses! Si yo toco el árbol, hay que salir enseguida del árbol.
Alberico: Sí, pero yo estaba ocupado.
Odín (lo zamarrea de la oreja): ¡Otra vez con lo mismo!
Alberico: Eh, su Majestad. Despacito que son recién compradas.
Odín: Insolente. (Larga pausa). Vengo aquí urgido por divina necesidad y soy tratado de este modo...
Alberico: ¡Haberlo dicho antes! La divina necesidad puede hacerla detrás del matorral de toronjil aquel... Ahí no ve nadie. Aunque una vez estaba de paso la valquiria Olafa una que anda todo el día comiendo bellotas y de pronto también se vio urgida de urgente necesidad, como usted, Majestad, y ella creía que nadie la veía y ver no la veía nadie, ¡pero un olor! ¡qué peste! Las margaritas se levantaron los pétalos, echaron a andar y se fueron para otra parte...
Odín: ¡Pero qué falta de respeto!
Alberico: Es lo mismo que dijeron las margaritas ese día... Además como son muy chismosas después anduvieron por el bosque contando a cuanto ser vivo pasaba por ahí, la de bellotas que la valquiria Olafa se echa al buche y lo que es peor, ¡cuando salen del buche!
Odín: ¡Basta, demonio, basta!
Alberico: Alberico, Majestad. Demonio es otro. Vive más abajo, no sé si usted tal vez lo conoce, es especialista en...
Odín: ¡Que te calles!
Alberico: Sólo era una aclaración, por el bien de la conversación. Porque si uno deja que el visitante ande confundido, y el anfitrión no hace aclaración, después nadie se entiende con nadie y el visitante se va por el caminito del bosque hecho un idiota.
Odín: ¡Idiota yo! ¡Idiota yo!
Alberico: Cuando uno se aprecia poco a sí mismo suele pensar que es un idiota, y eso no es bueno, no.
Odín: ¡Llamarme idiota a mí que lo sé todo!
Alberico: Yo no quería tampoco exagerar.
Odín: ¡Me llamaste idiota, sanguijuela retorcida!
Alberico: Alberico, Majestad. ¿Se le había olvidado mi nombre? ¿Probó ya algún tónico para la memoria?
Odín: ¿Me estás diciendo desmemoriado?
Alberico: No, no, no. Jamás. Bueno, ¿se va para el matorral de toronjil o se le pasaron las ganas?
Odín: ¿De qué matorral me estás hablando?
Alberico (cómplice y socarrón): Epa, epa. ¿La memoria nos hace jueguitos, eh?
Odín: Vengo a buscar el tesoro.

Larguísimo silencio.

Odín: ¡Dije que vengo a buscar el tesoro de los Nibelungos!

Otro silencio.

Alberico (haciéndose el distraído): ¿A mí me habla?
Odín: ¿A quién si no?
Alberico: Bueno, no sé. Sobre aquella rama hay un mirlo, a lo mejor...
Odín: ¡Yo no hablo con los mirlos!
Alberico: Yo sí. No todos los días, claro, porque es un idioma muy cansador, que hace trabajar mucho los pulmones, ¡hay que silbar tanto!
Odín: ¿Dónde está el tesoro de los Nibelungos?

Tercer silencio.
Odín propina un coscorrón a Alberico.

Alberico: Ay.
Odín: ¿Ahora recuerdas?
Alberico: ¿Qué recordar o no recordar, Majestad? Otro golpe así y me va a dar amnesia.

Odín le da otro coscorrón.
Alberico queda medio mareado y cae sentado.

Odín: Para prevenir que no te vaya a dar amnesia. (Pausa.) Quiero el tesoro de los Nibelungos.
Alberico: No sé qué decirle, Majestad. Los muchachos... ¿usted presentó la solicitud en tres copias y la autenticada?
Odín: ¡Soy el padre de los dioses!
Alberico: Sí, eso ya me lo dijo. Por mí puede ser el padre de los dioses y el hijo de Tutankamón, que yo soy el guardián del tesoro y mis primos los Nibelungos me tienen prohibido regalar la más mínima pepita de oro a cualquier...
Odín: ¡Soy el padre de los dioses!
Alberico: Ay, pero será posible. ¡Parece un disco rayado, Majestad!
Odín: Ya mismo me lo vas trayendo.

Larguísimo silencio.

Odín: ¡Que te muevas!
Alberico: ¿A mí me habla?
Odín: Te ordeno, enano Alberico, que traigas el tesoro en aquella carretilla o te resignes a terminar hecho cisco por el poder de mi rayo.
Alberico: Ah, qué vivo. Con un argumento así cualquiera.
Odín: ¡Que cargues la carretilla!
Alberico: Verá, Majestad. Es que tengo un problemita: la espalda. Los años no vienen solos y la joroba crece con la edad. Me paso una pomada de tarántula cada noche para ver si disminuye, ¿pero sabe usted que la pomada me saca sarpullido? Y eso que es de tarántula buena, de los sotos más profundos de la selva y embotellada en París. Pero no hay caso, cuando uno tiene la piel sensible, tiene la piel sensible...

Odín lo sacude con un coscorrón brutal, lo levanta y lo zarandea por el aire.

Odín: ¡La carretilla!

Alberico, lloriqueando y lamentándose de su dolor de espalda, lleva la carretilla al interior del árbol-caverna y la carga con los tesoros. Regresa con la carretilla cargada; mientras habla con Odín mantiene un puño cerrado en el que oculta el anillo. Odín contempla y manosea los tesoros con codicia.

Odín (enumerando): La corona de cristal, el collar de esmeralda, los lingotes de oro ley, los diamantes, las perlas, ¿y esto qué es? (muestra una especie de piedra blanca del tamaño de un puño.)
Alberico: Ah. Es el primer diente de leche que se le cayó a mi primo Fafner, el gigante...
Odín (lo tira por el aire): Qué asco. (Sigue enumerando.) Los corales, las monedas de plata, el brazalete de la Reina Mab, la varita de la Fata Morgana, ¿y esto qué cosa es? (es un calzoncillo con pintitas o corazones)
Alberico (avergonzado, se lo arrebata): Ay, ay. Fue de aquella vez que anduve urgido en el toronjil...
Odín: Parece que está todo. Dame ahora lo que tenés en el puño izquierdo.
Alberico: ¿Quién? (Cambia de mano el anillo)
Odín: ¿Qué tenés en la mano derecha?
Alberico (nuevo cambio): ¿En cuál mano...?
Odín: ¡Que abras la mano!

Alberico abre una: no hay nada.

Odín: ¡La otra, enano estúpido!

Mismo que lo anterior.

Odín: ¡Estás jugando conmigo, que soy el padre de los dioses!
Alberico: ¡Pero qué idea fija con la paternidad!

Odín lo zamarrea, le quita el anillo por la fuerza.

Alberico (llorando): ¡Mi anillo! ¡Mi anillito de oro del Rin! ¡No me lo quites, Majestad, que es un recuerdo sentimental, un alhajita, que hice inspirado en las chicas de las orillas del río Rin!
Odín (probándose el anillo): ¡Mentira!
Alberico: Verdad.
Odín: Mentira.
Alberico: Le aseguro que es verdad, Majestad.
Odín: ¡Cómo me vas a venir a mentir a mí que soy...
Alberico: Ya, ya. “El padre de los dioses”.
Odín: Exacto. (Larga pausa.) Te enamoraste de todas ellas, Alberico, y como ellas se te rieron en la cara porque les pareciste feo, más que feo, te propusieron contarte un secreto para consolarte...
Alberico: Usted está inventando, Majestad.
Odín: ¡Silencio, salamandra retorcida!
Alberico: ¡Y dale con lo de retorcido!
Odín: Te confesaron que quien renunciara al amor podría sacar el oro de las aguas del Rin y con él forjar un anillo poderoso como el mundo.
Alberico (amargado): uf. Ya no se puede ni tener un secreto! ¡Esas chismosas!
Odín: No fueron las chicas del Rin las que me lo contaron, sino yo, Odín, el gran Odín, el padre...
Alberico: Sí, ya. ¿Eh? Basta con esa cantilena. Me voy adentro mejor.
Odín: Un momento, Alberico. Hay que ayudar al camión de mudanzas.
Alberico: ¿A quién?
Odín: A los muchachos que hacen las mudanzas, así cargan el tesoro.
Alberico: No, yo me voy para adentro.

Alberico se va.
Apagón.

En off:
Odín: ¿Irse? ¿Irse? ¿Desobedecerme a mí? ¡Que soy el padre de los dioses!

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