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sábado, marzo 10, 2007

José de Espronceda:"Blanca de Borbón"





José de Espronceda
Blanca de Borbón


PERSONAJES


DON PEDRO EL CRUEL.

ENRIQUE DE TRASTAMARA, su hermano Bastardo.

GARCÍA DE PADILLA. Consejero del rey.

CASTRO. Caballero. Hermano de Blanca

DON HERNANDO. Viejo.

PRIMER CABALLERO que habla.

SEGUNDO CABALLERO.

TERCER CABALLERO.

DON TELLO. Alcaide de la prisión de Blanca.

ABENFARAX, asesino. Su carácter marcado: la estupidez y la ferocidad.

BLANCA, esposa de don Pedro el Cruel.

LA PADILLA, su manceba.

LA MAGA, madre del asesino.

LEONOR, hija del alcaide.





Acto primero


ESCENA I

El teatro representa un cuarto de la prisión de Blanca, con dos rejas de hierro en el fondo y dos puertas, una a la derecha y otra a la izquierda de los espectadores.

BLANCA y DON TELLO. Varios SOLDADOS requisan las rejas y se oye a lo lejos música y el siguiente coro:


Honor al valiente,
Loor a las bellas,
Volad, caballeros.
La lid os espera.
Los fieros encuentros
Las damas recelan,
Y allá entre sí mismas
El triunfo os desean.
Honor al valiente.
Loor a las bellas.


(Siguen vivas y ruidos del pueblo que van poco a poco alejándose.)

DON TELLO
Las voces suenan en la alegre fiesta
Del nuevo infante, que la gloria aviva
Y el contento del rey, cual nueva joya
De la rica corona de Castilla.
Todos festejan hoy, todos gozosos
Al rey proclaman en ardientes vivas.
Soldados, pronto, requerid las rejas;
Nos aguarda el placer.


BLANCA
¡Fatal desdicha!
En medio el gozo, que decís que reina,
Cuando mi esposo entre placeres brilla,
Yo sola gimo y para siempre cubre
Negra noche de horror el alma mía.
¿Un infante, decís?


DON TELLO
Un noble infante,
Hijo feliz de la feliz Padilla.


BLANCA
¡Ah, para siempre me olvidó el impío!
Siempre esclavo feliz de sus caricias,
En brazos, ¡ay!, de esa mujer perversa
El vivirá, mientras que yo afligida
En perpetua prisión yaceré siempre,
Entregada al horror que aquí me inspira.
Hasta mi vida misma. Y ella en tanto
Feliz será: cuando gozosa ría,
Verá corresponderla al mismo tiempo
En los labios de Pedro la sonrisa;
Si ella derrama lágrimas... ¡Dios mío!
¡Nunca su mano enjugará las mías!


DON TELLO
(Con aspereza.)
Nunca castiga Dios sin que el delito
Haga el rayo brillar de su justicia.


BLANCA
Dios mirará piadoso mi inocencia:
Que yo, infeliz, no provoqué su ira.


DON TELLO
Vos blasfemáis de Dios.


BLANCA
Tened, Don Tello:
Mostrad respeto a la desgracia mía:
Ya que la triste que tu lengua ultraja,
Que fue tu reina desleal olvidas,
Al menos, ¡ah!, cual castellano noble,
Con una dama usad de cortesía.


DON TELLO
¡Cortesía! ¿Y con quién?... Callaré y basta
(A los soldados.)
¿Están las barras dobles? La alegría
Salgamos a gozar que en tanta fiesta
Del pueblo entero el corazón anima.


(Vase con los soldados por la derecha y entra LEONOR por la izquierda.)

ESCENA II

BLANCA, LEONOR

LEONOR
Mi padre se alejó; ya en fin respiro
Y la reina llorando... ¡Qué abatida
La desdichada está! (A BLANCA.) ¡Triste señora,
Ni un momento de paz!


BLANCA
Dulce hija mía,
¿Eres tú mi Leonor, tú, mí consuelo
En mi amargo pesar? Sola tú alivias
De mi suerte el rigor. ¿Lloras? Tu llanto,
Dulce Leonor, mi corazón reanima.
Yo perdono a tu padre: no es culpable
El que obedece, no.


LEONOR
Mas, ¿qué os agita?
Nunca cual hoy os vi tan angustiada,
Nunca en tan cruda y mísera agonía.
La crueldad de mi padre, la insolencia,
Ese cuidado eterno que le excita
A cerrar, a observar, que le arrebata
El sueño y la quietud, tan abatida
No os pusieron jamás: noble firmeza,
Noble resignación os sostenía.


BLANCA
Secas las fuentes ya de la amargura
Y colmado el rigor de mi desdicha,
Yo, querida Leonor, necia pensaba
Que el vaso amargo de la suerte impía
Había agotado ya: que tantas penas,
Tanta crueldad, a fuerza de sufrirlas,
Eran ya para mí leves pesares,
Que ni arrancarme lágrimas podrían.
Mas hoy renuevan su fatal martirio,
Hoy renacen en mí, mi pecho agitan
Con la misma violencia, el mismo imperio
Con que me atormentaron aquel día,
Cuando lejos del rey, ya para siempre,
Hallé mi dicha y mi quietud perdida.
¿Iba con ella, di, Leonor, le has visto?


LEONOR
Sí, yo he visto hoy al rey; su frente altiva,
Coronada de plumas ondeantes,
Al leve soplo de la blanda brisa
Sobre otros mil guerreros se elevaba
En medio del palenque, allí blandía
El asta formidable, y a los rayos
Del sol naciente deslumbrando, ardían
Sus relucientes armas. Los relinchos
De cien caballos, los ardientes vivas,
El rumor del concurso, enajenaron
Mis ojos un momento. Entristecida
Yo los volví después a vuestra cárcel,
Y en medio de la pública alegría
Se cubrieron de lágrimas. ¡Dios mío!
Bizarro estaba el rey, pero a su vista,
no sé por qué me estremecí; sus ojos
Yo no sé qué terror, qué espanto inspiran,
Que tiemblo siempre al verlos.


BLANCA
¿Y ella, dime?


LEONOR
Ella también allí, la de Padilla,
Orgullosa, arrogante se mostraba
Coronada de perlas; elegida
Reina de la hermosura y los amores
Por vuestro esposo infiel, ella ceñía
La sien del rey con orlas de laureles,
Recibiendo gozosa sus caricias.


BLANCA
Calla, calla por Dios; dulce me fuera,
Más que vivir así, la muerte misma;
Leonor, dime: ¿después?...


LEONOR
Yo suspirando
Volví luego a llorar vuestra desdicha,
Sin querer ya ver más.


BLANCA
¿Y qué? ¿Ninguno
Ya se acuerda de mí? ¿No se lastima
Ninguno de mi suerte? ¡Desgraciada!
El que adoraste más, ese te olvida.


LEONOR
No todos, no, que acaso el descontento
También en medio a los placeres brilla
Y algunos hay que, con atentos ojos,
Las rejas de esta fortaleza miran,
Y os nombran suspirando. Oculto un joven
En derredor de este castillo gira
En la noche callada: yo, mil veces,
Extático le he hallado, con la vista
Fija en estas murallas, contemplando
Siempre este sitio en ansia pensativa.
Él me ha hablado tal vez; mi mano entonces
Por vos al preguntarme retenía,
Y alguna ardiente lágrima brillaba
Acaso de sus ojos desprendida.


BLANCA
¡Inútil compasión! Tal vez la muerte,
Si le observan aquí, sus pasos siga.
No, mi amada Leonor; si a verle vuelves,
Dile que huya.


LEONOR
El infeliz decía
Que si estimaba yo vuestra ventura
Le diese entrada en vuestra cárcel misma
Un momento no mas, y yo he ofrecido
Hacerle entrar hoy mismo.


BLANCA
¿Tú, hija mía,
Te has de exponer también, tú has de arriesgarte?
No, mi dulce Leonor, mi única amiga,
Si te apartan de mí... Tu padre acaso...
LEONOR
Mi padre allá en la fiesta se confía.
De sus guardias no más, que entre el bullicio
Entretenidos, su deber descuidan,
Vuelvo a buscarle, sí. (Vase.)


ESCENA III

BLANCA, sola
¿Leonor, qué haces?
¿Y quién sabe quién es, ni quién podría
Acordarse de mí, cuando encerrada
Hace ya tanto tiempo, en mi desdicha
Nunca en esta prisión ha penetrado
Ni un rayo de esperanza fugitiva?
¡Cielos! Si Enrique... Es imposible, Enrique
Desterrado, infeliz, incierto gira,
Devorando su amor en el silencio,
Errante acaso en extranjero clima.
¡Y si él fuera, tal vez! Si arrebatado
De su loca pasión... Si se imagina
Valerse, oh Dios, de mi infelice suerte...
¡Ah! No, nunca, jamás, la suerte impía
No cambiará mi corazón. Su hermano,
Sólo a su hermano adoraré rendida,
Ya sepultada en negros calabozos,
Ya víctima infeliz de su injusticia.
Es mi fatalidad: siempre he de amarle.
Amarle a mi pesar.


ESCENA IV

BLANCA, LEONOR, ENRIQUE, embozado

LEONOR
Entrad, propicia
Nos es la suerte: si mi padre llega,
Yo al punto advertiré. (Vase.)


ENRIQUE
¡Dichoso día!
Al fin te encuentro, idolatrada Blanca.



BLANCA
¡Enrique! ¡Oh Dios! ¿Y tú te sacrificas
Generoso por mí? ¿Qué intento ahora
Pudo traerte hasta mi cárcel misma
A aumentar mi inquietud? ¿Acaso, Enrique,
No conoces tu riesgo?


ENRIQUE
Tranquiliza,
Blanca, tu corazón: mi único intento
Es salvarte o morir: toda mi dicha,
Mi ventura mayor cifro en salvarte.
Salvarte, sí, para que Enrique viva.
Este déspota atroz, ese inhumano
Tigre, que en ti furioso se encarniza,
Salva de su furor, libre ha de verte
Cuando mas en sus garras te imagina.
Prófugo, en mi destierro yo he llevado
Siempre tu imagen en mi mente fija,
Y entregada al dolor, en triste cárcel,
Contino ante mis ojos te veía;
Por ti, gozoso en el mayor peligro
Me lanzaba con ávida codicia,
Por ti, contra mi rey, contra mi hermano,
Fiero empuñé la espada vengativa,
junté guerreros, me arrojé al combate,
Luché con él en desigual porfía:
La suerte en las batallas caprichosa,
Mostróse a mis valientes enemiga.
Entonces, ¡ah!, mis odios, mi venganza,
Mi rabia, cual jamás sentí encendida
Roer mi corazón, no me es bastante.
El nombre de traidor que me designan
Es para mí un blasón. ¡Ah! Si es forzoso
Para salvarte arrebatar su vida,
Quiero añadir al nombre de rebelde
El título también de fratricida.


BLANCA
¡Cielos, Enrique! ¿Adónde despeñado
La cólera te arrastra? Tú deliras:
Huye, Enrique, por Dios. ¡Ah! No conoces
Cuánto se arriesga hasta mi vida misma
Si el rey descubre tu imprudente arrojo.
¿Quién sabe si ahora mismo cien espías
Te han conocido ya, siguen tus pasos,
Te cercan, oyen, si pendiente brilla
Sobre tu propio corazón la daga
Que a asesinar a entrambos se destina?


ENRIQUE
Primero yo la enclavaré en el suyo.
Oyeme, Blanca: mi dolor respira
Sólo venganza; la ternura, el fuego
En que otro tiempo el corazón me ardía,
Esta insaciable sed los ha trocado
Ya en desesperación. ¡Ah! ¿Tú creías
que era sólo por ti? ¿Tal vez pensabas
Que esta pasión que el alma me domina
Me la inspirabas tú, tú únicamente?
No, Blanca, no, que por venganza gritan
Madre y hermanos por mi hermano muertos,
Y el seno dejan de la tumba fría,
Sombras inexorables: mis furores
No has encendido tú; la saña mía,
Horror tan negro, tan funesta llama...
Es imposible, no, tú no la inspiras.


BLANCA
Basta, Enrique, no mas: yo le idolatro:
Yo a mi pesar le adoro, aunque me oprima
Y me desprecie y me abandone.


ENRIQUE
¿Acaso
Yo te hablaba del rey? ¡Oh, Dios! ¡Qué ira!
Un astro mismo, sí, cuando nacimos,
Blanca, tú y yo, sin duda presidía.
Feroz el rey te oprime, te abandona;
A una ramera vil te sacrifica...
Y tú le adoras, y su nombre odioso
Está y su imagen en tu pecho escrita...
Y yo, entre tanto, que doquier me vuelvo
En torno al mundo la anhelante vista
Un solo punto en todo el universo
Encuentro para mí: yo, que mi vida
Cifrara en poseerlo; yo, arrojado
Lejos de allí y opreso de codicia,
Como un segundo Tántalo, a mis labios
Llegó apenas el agua apetecida.


BLANCA
Sí, Enrique, sí, es verdad; los dos nacimos
Para ser infelices: destruida
Nuestra esperanza está; nunca yo he visto,
Desque a tu hermano amé, lucirme un día
De ventura y quietud. La blanda calma,
Los dulces juegos, la inocente risa,
Placer de los amantes venturosos,
No halagarán jamás el alma mía.
¡Desdichada de mí! Si acaso busco,
Durante el curso de mi corta vida,
Momentos de placer, sólo me quedan
Tristes memorias de los breves días
de mi infancia feliz, tristes memorias
Que, acaso más, mi pecho martirizan.
Y tú también sin esperanza, Enrique,
Por un mísero amor, cual yo, suspiras.


ENRIQUE
¿Y tú lloras por mí? Blanca, tu llanto
Es regalado bálsamo que alivia
Mi amargo padecer: jamás mi pecho,
Jamás sintió tan plácida alegría.
Yo no soy infeliz; yo soy dichoso;
La más dulce esperanza me reanima,
Yo puedo liberarte, hacer que vuelvas
Al seno de tu patria, a las delicias
De tu primera edad: tu alma inocente
Allí tal vez reposará tranquila.
Los años vuelan y el pesar con ellos;
Allí se trocará en melancolía,
En recuerdo pacífico y sensible,
Ese dolor que el corazón te agita.
Yo puedo liberarte. Óyeme, Blanca:
Aún tengo amigos; Aragón, Castilla,
Sevilla misma, auxiliarán mi empresa;
Mil descontentos de su rey me brindan
Con todo su poder; Lara, Manrique,
Sólo esperan mi voz, todos me animan
A volver a lidiar... Guerra y venganza
Contra mi hermano en su poder respiran.
Hoy mismo, cuando salgan del torneo,

vendrán conmigo a concertar el día
Que debemos romper.


BLANCA
¿Y qué...? ¿Mi esposo...?


ENRIQUE
Si es necesario...


BLANCA
¡Enrique, me horrorizas!


ENRIQUE
Si es necesario, morirá. Es forzoso
Que tú seas libre; ante las aras mismas,
Sobre la hostia lo juré. Esta tarde,
Al declinar el sol, cuando sombría
Tienda la noche su estrellado manto,
Yo volveré a avisarte la hora fija
En que libre has de ser. Tú, a alguna reja
De las que al Betis sobre el margen miran,
Atenta esperarás, y cuando un barco
Atraviese las aguas cristalinas,
La voz del trovador y el son del arpa
Te anunciarán cantando mi venida.


ESCENA V

Dichos, LEONOR, muy apresurada.

LEONOR
¡Cielos! ¡Mi padre!... ¡Apresuraos!


BLANCA
¡Enrique!


LEONOR
Aún es tiempo, venid...


ENRIQUE
¡Blanca divina!
O muero, o te liberto. Adiós.


(Vase con LEONOR por otra puerta.)

ESCENA VI

BLANCA, sola
Tu furia
Te perderá, ¡infeliz! ¡Ah! Si la dicha
Lograra yo de abandonar por siempre
Este suelo fatal... Cuál me palpita
Entre el temor y la esperanza el pecho,
¿Qué será de mi suerte?


ESCENA VII

BLANCA, DON TELLO y DIEGO GARCÍA

DON TELLO
Aquí, García,
La inocente tenéis.


GARCÍA
Basta, don Tello:
Ya os podéis retirar. El rey me manda.


BLANCA
¡Nuevos ultrajes siempre! ¡No hay momento
De quietud para mí!


GARCÍA
Siempre la calma
Huyó del criminal.


BLANCA
¡Dios! ¿Hasta cuándo
La vil calumnia me herirá? ¿No basta,
A par del reino, arrebatarme injusto



Mi propia libertad, y verme hollada,
Lejos del rey que se llamó mi esposo,
Por la que ser debiera mi vasalla?
¿No está, tal vez, cansada mi enemiga
De verme padecer?


GARCÍA
Está cansada
La paciencia del rey; cuando engañado
Cedió otro tiempo a las inicuas tramas
Del pérfido Albuquerque, y con su mano
Os ciñó la diadema soberana,
Nunca pensó que a un tiempo con su esposa
La discordia en el reino penetrara.
Vuestro alevoso amor con D. Fadrique
Benigno os perdonó, cual leves faltas...


BLANCA
¡Es falso, es falso! La calumnia sólo
Pudo inventar iniquidad tan baja.
¿Qué delito, decid, he cometido
Para que el rey jamás me perdonara?
Yo inocente, ¡ay de mí!, feliz vivía
Allá en el seno de mí dulce patria
Con mis ilustres padres. Sus heraldos
vinieron en su nombre, y cuando ufana
Firmemente adorándole, mi dicha
Eterna entre sus brazos figuraba,
Otra mujer, ¡gran Dios!, ya poseía
El único tesoro de mi alma...
¡Y soy yo criminal...! ¡Y él me perdona...!
Yo sin razón de su injusticia esclava...


GARCÍA
Yo doy que entonces inocente fueseis,
Blanca, ¿y ahora me diréis osada,
Si os pruebo yo vuestro reciente crimen,
Que es injusta la lengua que os agravia?
¿Tenéis, ahora, el corazón tranquilo?
¿Nada os remuerde la conciencia?


BLANCA
Nada.


GARCÍA
¿Nada os reconvenís? Mitad que escucha
El Dios de la verdad vuestras palabras.


BLANCA
El ve mi corazón.


GARCÍA
Decid: ¿Si Enrique...?


BLANCA
(Aparte.)
Enrique, oh Dios!


GARCÍA
Estáis muy agitada,
Blanca, calmaos. Al escuchar su nombre,
¿Por que tu corazón se sobresalta?
¿Sabríais acaso de él?


BLANCA
(Aparte.)
¡Cielos! ¿Podrían
Ya saber su intención?


GARCÍA
(Con sarcasmos.)
¡Ah! Sus desgracias
Os conmueven tal vez; tranquilizaos;
¿Qué? ¿No sois inocente? ¿No son falsas
Calumnias vuestros crímenes? ¿Y ahora
Por qué no respondéis? ¿Acaso os ata
La inocencia la lengua?


BLANCA
(Con dignidad.)
¿Y cómo puedo
Responder a denuestos y palabras
De escarnio y de baldón?


GARCÍA
¿Y es eso sólo
Lo que tanto te turba, desdichada?


BLANCA
Me turba tu insolencia.


GARCÍA
¿Mi insolencia?


BLANCA
De un pérfido cual tú la indigna audacia.


GARCÍA
(Con serenidad.)
Pérfido es el traidor, el vil rebelde
Que contra el rey y su señor se alza,
El que olvidando su deber, perjuro,
Mueve guerra civil contra su patria;
El que eleva pendón en vuestro nombre.
Y a un vil bastardo por su rey proclama.
Pérfida es la infame que promueve
Esa vil rebelión, la que en su alma,
Bajo el vellón de tímido cordero,
Del tigre encubre la traidora garra.
¿Dónde está ese candor, esa inocencia
De que tanto os jactáis? ¿Veis esta carta?
Ella os alegrará: vuestros amigos
Con ella animarán vuestra esperanza.
Lástima es que el noble don Enrique
No esté reunido ya con los que aguardan
Proclamarle por rey, los que anhelantes,
Por sólo daros libertad se arman;
Los insensatos que el infierno mismo
A eterna muerte y perdición arrastra.
Vedla y negad después.


BLANCA
¡Fatal desdicha!
¡Desventurado Enrique! Mi desgracia
Se extiende a ti también.


GARCÍA
Todo os confunde.
¿No os hallabais acaso preparada
A golpe tan fatal?


BLANCA
( ¡Ah! ¡Ya respiro! )
No es para mí esta carta.


GARCÍA
No; esta carta
Es Para Enrique. Mas, decid: ¿Acaso
No habla siempre de vos? ¿Su confianza
No está cifrada en la extranjera hueste
Que por su influjo de la Francia aguarda?
¿Qué? ¿No le ofrecen la corona a Enrique?
¿No le ofrecen tu mano, si te salva?
¡Infeliz! ¡Infeliz! Tú, sí, tú misma,
A par del suyo, tu sepulcro labras.
¡Mísero Enrique! Acaso se imagina
Que el rey ignora su traidora trama,
Y mientra oculto aquí necio se piensa,
Ya tu mansión, su intento, sus palabras...
Todo patente está. Sus enemigos
Han penetrado ya dentro su alma.
¿Os turbáis otra vez?


BLANCA
(Aparte.)
¡Oh, Dios! ¡Si fuese
Fingido este papel!... ¡Ah! Si intentara
Sorprenderme y saber... Decid, García:
¿Cómo, por quién se os entregó esta carta?


GARCÍA
¿Dudáis de su verdad? Yo os aseguro
Vuestra duda calmar. ¿Veis esta banda?


BLANCA
¡Teñida en sangre! ¡Oh, Dios!
GARCÍA
(Con calma.)
Prenda de Enrique,
Aguilar el rebelde la enviaba,
y el triste mensajero la traía
Para entregar y acreditar su carta.


BLANCA
¿Y él mismo os la entregó?


GARCÍA
(Sin alterarse.)
Sin duda, él mismo
Nos la entregó, cuando entregó su alma
Al infierno también.


BLANCA
¡Qué horror! ¡Acaso
La misma mano ensangrentada amaga
Ya el corazón de Enrique!


GARCÍA
(Una pausa.)
En vano ahora
Los hechos negarás con tus palabras:
Harto sabidos son y en vano fuera
Por más tiempo fingir. Óyeme, Blanca:
Tú ves en mí tan sólo un enemigo,
Digno ministro de mi altiva hermana;
Tú imaginas que gozo en tu desdicha,
Que vengo ansioso aquí para amargarla.
Pues no, te engañas: mi venida es otra,
otro mi intento; tu única esperanza
Se cifra en mí no más. Sí, yo he venido
Sólo para salvarte.


BLANCA
¿Mi esperanza
Sólo se cifra en ti? ¡Pérfido! ¿Intentas
Deslumbrarme, tal vez? ¡Ah! Tus palabras
Son astutas y falsas: son floridas
Como el sendero del infierno.


GARCÍA
Acaba;
Desahógate, sí: bastante tiempo
Aquí exhalaste en lágrimas calladas
Tu penoso dolor. Justo es ahora,
Que libre puedas desahogar tus ansias.
Óyeme, por tu bien; mayor tormento,
Desventura mayor, Blanca, te aguarda,
Si no escuchas mi voz.


BLANCA
¿Y qué tormento,
Qué desdicha mayor, puede mi alma
Padecer que tu vista?


GARCÍA
(Con frialdad.)
¿Qué? La muerte.


BLANCA
Ella me librará de mis desgracias
A par de tus insultos.


GARCÍA
No; la muerte
Yo sé que acaso el infeliz la ansía.
Sé que jamás se estremeció turbado
Un corazón valiente al arrostrarla.
Mas no es la muerte por que el triste anhela
El espantoso fin que te amenaza;
Es la muerte cruel, ignominiosa,
Lenta, bárbara, atroz, acompañada
De tormentos horribles, de agonía,
Cubierta del oprobio que arrebata
Hasta el placer efímero, muriendo,
De inspirar compasión, la que acompaña
La amarga pena de dejar al mundo
Indigna, vil y sempiterna fama.
Tú, ante tus ojos, mirarás a Enrique
Morir penando en angustiosas ansias,
Mientras maldita por el pueblo entero
Como adúltera...


BLANCA
¡Oh, Dios! ¡Ah! ¿No bastaba
La muerte sólo por castigo mío?
¿Era forzoso, aún, añadir la infamia?


GARCÍA
He aquí la muerte que te espera, muerte
Que aún, puedes evitar: tus dulces gracias,
Tu amable juventud, tu desventura,
Todo en mi corazón por ti me habla.
Tú amas a Enrique; pero Enrique en vano
Presume libertar la que idolatra.
Tú tienes ambición; tal vez deseas
Lograr del rey y tu rival venganza,
Volver de nuevo al esplendor perdido
Y el cetro augusto asegurar de España.
Yo te puedo auxiliar; triunfo y corona
Partiremos los dos: yo te amo, Blanca.
Todo lo ignora el rey; yo, únicamente,
Sé donde Enrique está, sé de esta carta,
Y nunca al rey la mostraré, si ofreces
Callar, ceder, cumplir con mi demanda;
Y yo te doy la libertad, la vida,
Mi corazón...


(Se acerca a BLANCA y trata de arrebatarle una mano.)

BLANCA
(Con dignidad.)
Jamás.


GARCÍA
(Con frialdad.)
Cálmate, Blanca;
Siento piedad por ti, tú eres hermosa,
Y la muerte es cruel; tal vez mañana
Serás cadáver ya; sí, considera
Tu respuesta mejor; cálmate, Blanca.




BLANCA
Tranquila estoy: mi corazón, García,
Sólo se turba atónito a tu infamia.
¡Huye, monstruo, de mí!


GARCÍA
Blanca, ¿deliras?
Piensa en las dichas que el vivir te guarda;
Piensa que están tu libertad, tu vida,
Pendientes de mi voz: tiembla, si agravias
Al que te ofrece tanto. Un solo premio,
Y el trono mismo ocuparás de España,
Augusta Reina, independiente, libre;
Yo te lo juro por mi honor y espada.
Ya no exijo tu amor, tu nombre ahora
Sólo exijo de ti; cédeme, Blanca:
Aquí la dicha y el placer te esperan,
Allí la muerte y el dolor te aguardan.
Nada hay ya que dudar: elige y tiembla.


BLANCA
Tu odiosa vista con horror me espanta,
Tu corazón está más corrompido
Que el aire del sepulcro. ¡Alma villana!
Vuélvete al rey, inventa tus calumnias,
Cubre mi nombre con eterna infamia,
Y apresura mi muerte: yo no tiemblo.


GARCÍA
Tú, pues lo quieres, morirás. Mi alma
He mostrado ante ti; la muerte sólo,
Una vez dicho, mi secreto guarda,
Si alguno lo escuchó.


BLANCA
Basta, García;
Basta de insultos ya. (Vase.)


ESCENA VIII

GARCÍA
Sí, Blanca, basta;
Y, pues lo quieres tú ¡morirás! Tu muerte
Lisonjeará el orgullo de mi hermana,
Y al ver a Enrique perecer contigo
Yo gozaré cumplida mi venganza.
¡Morirás! ¡Morirás!... ¿Sois vos, Don Tello?


ESCENA IX

Dichos y DON TELLO

DON TELLO
Un hombre ahora encapotado acaba
De salir del castillo. Entre los bosques
Le vi perderse con ligera planta;
Quise en vano seguirle. Aún no he podido
Conocer cómo entró. Todos los guardias
Niegan haberle visto.


GARCÍA
Bien; dejadle,
Y si vuelve otra vez... Enrique vaga
Siempre alrededor de aquí. Vuestra cabeza
Responde al rey de la prisión de Blanca.
Adiós, Don Tello. (Vase.)


DON TELLO
Sí: ya te he entendido;
Yo doblaré mi celo y vigilancia,
Y si intentan librarla, yo te juro
Que antes muerta tal vez podrás hallarla.











Acto segundo


Un salón del Alcázar de Sevilla, adornado de una columnata morisca que termina en un jardín en el fondo del teatro. (Adorno de la época.)

ESCENA I

LA PADILLA, GARCÍA

GARCÍA
Sí, no lo dudes; pronunció tu nombre
Con orgullo y desdén. «En vano intenta
Mi enemiga humillarme -dijo altiva-;
Ella es súbdita, al fin, yo soy su reina.»


LA PADILLA
¡Mi reina! ¡Sí, mí reina! Su arrogancia
Es la del necio que apagar quisiera
El resplandor del sol de un leve soplo.
¿Y aún osa en su prisión llamarse reina?


GARCÍA
¿Y acaso no lo es? ¿Qué? ¿Te imaginas,
Tal vez que lo eres tú? ¡Mísera, tiembla!
Tiembla que el rey se reconozca un día,
Y a ti te olvide por amarla a ella!
Blanca es su esposa al fin.


LA PADILLA
¡Ah, sí! ¡Su esposa!
¡Y yo...! ¡Yo, sólo soy...!


GARCÍA
Tú, su manceba.


LA PADILLA
¡Calla, lengua infernal!


GARCÍA
¿Tanto te irrita
Escuchar la verdad? ¿Acaso piensas
Que, allá en tu pecho, tus amigos mismos
De otro modo que yo te consideran?
¿Que te dan otro nombre? No, te engañas;
Si ellos te adulan hoy, si se prosternan
Ante tus pies, cual cortesanos viles,
No menos te abominan y desprecian.
Amarga es la verdad; mas yo, tu hermano,
Yo, que te puedo en la difícil senda
De la corte guiar, yo no te amara
Si revistiese de oropel mi lengua.
Si cuando al lado del monarca mismo
Brillabas sola en la pomposa fiesta,
Dama del rey te titulaba el pueblo;
Y para más ajar nuestra soberbia,
Por nombre vil te llaman La Padilla,
Mientras a Blanca la titulan reina.


LA PADILLA
Y bien, ¿qué importa? A su despecho mismo
El polvo de mis pies humildes besan.


GARCÍA
¡Guarda, no sea bajo el suyo un día
Te sepulten tal vez!


LA PADILLA
Míseros tiemblan
A mi vista no más; ¿y osar podrían?...


GARCÍA
Todo osarán, si a despertarse llegan
Del letargo en que están, y Blanca entonces,
Libre, aclamada por Castilla entera...


LA PADILLA
¡Oh, Blanca! ¡Blanca! ¡Aborrecido nombre!
Siempre en mi oído con espanto suena.


GARCÍA
Con más espanto sonará algún día,
Cuando humillada ante sus pies te veas
Y al pronunciar su labio tu castigo,
Llorosa implores su fatal clemencia.


LA PADILLA
¿Yo implorar su clemencia? ¿Yo postrada
Al pie de mi rival? ¿Yo, su insolencia,
Su escarnio he de sufrir? ¡Mil veces antes
Padezca yo las incesantes penas
Del mismo infierno, al filo del cuchillo
Entregando yo misma mi cabeza!


GARCÍA
Enrique oculto aquí...


LA PADILLA
¿Qué escucho? ¿Enrique?


GARCÍA
Sin duda, él mismo. ¿Pero qué? ¿Te aterras
Sólo de que esté aquí? ¿Qué? ¿Te sorprende?


LA PADILLA
¿Cómo? ¿Y adónde está?


GARCÍA
¿Tanto te inquieta
Saber adónde está? ¿Tú no burlabas
Hace un momento de él? ¿Por qué ahora tiemblas?
¿Temes a un miserable?


LA PADILLA
¿Yo temerle?
Nunca temió el león en su caverna
Al cordero infeliz, que osó atrevido
Penetrar en su umbral.


GARCÍA
No; mas si fuera
Enrique ahora el cazador astuto,
Que vigilante sin cesar le acecha...
Si él intentara sorprenderte...


LA PADILLA
Entonces
Su propia sangre pagará su ofensa.


GARCÍA
Antes que llegues a saber tu riesgo,
Abatirá su mano tu soberbia.
¡Insensata mujer! Piensa que Enrique
Adora a Blanca, que elevarla intenta
Al trono de tu amante, que te odia,
Que ya Castilla en su favor se apresta,
Que él ansía sólo libertar a Blanca
Para ofrecerte en holocausto a ella;
Y es necesario...


LA PADILLA
(Con ansiedad.)
¿Qué?


GARCÍA
Sacrificarlos
A nuestro bien, nuestra quietud: que mueran.


LA PADILLA
¿Pedro consentirá?


GARCÍA
¿Pedro? Su muerte
Es lo que más su corazón desea.
Pedro aborrece a Enrique.


LA PADILLA
¿Y sus amigos?


GARCÍA
Uno, no más, mi previsión recela:
Castro impaciente, belicoso joven
Ansioso ahora de vengar su afrenta
Y la oprobiosa muerte de su hermana
Que el monarca engañó. Castro no piensa
Sino en vengarse, o perecer. Su arrojo,
Su orgulloso valor, su independencia
Fueran temibles, si imprudente él mismo
No ya el camino de su muerte abriera
Con su loco furor.


LA PADILLA
¿Y tanta sangre...?


GARCÍA
¿Aún no estás acostumbrada a verla
Continuo derramar? Bastantes veces
Pedro, tu mismo amante, en tu presencia
La hizo correr; elige ahora:
Verter la tuya, o derramar la ajena;
Vivir humilde y despreciable a todos,
O ser de todos absoluta reina.


LA PADILLA
Determinada estoy. El rey, García.


ESCENA II

Dichos, EL REY, HERNANDO y acompañamiento

EL REY
¿Por qué, María, en tu semblante muestras
Señas de turbación? Tú, que gozosa
Hoy fuiste gala de la alegre fiesta,
Hora con triste faz... Habla, responde.


LA PADILLA
La traición contra ti su dardo asesta.


EL REY
(Sonriéndose con desdén.)
¿La traición contra mí? Tu fantasía
Engaña tu razón; los que se atrevan
En mí a fijar sus ojos enemigos,
Fíjenlos sin temor; di: que perezcan.


HERNANDO
No os sorprendáis, señor, de sus temores;
Un dulce miedo la hermosura aumenta.


LA PADILLA
Oye, Pedro: no frívolos recelos
De un miedo mujeril mi pecho encierra.
Cercado está tu trono de peligros,
Y oculto acero la traición apresta.


EL REY
Él volverá contra el cobarde pecho
Del que ose alzarlo, cuando brille apenas.


GARCÍA
Pensad, señor, que con atento oído
El consejo que dicta la prudencia
Debe escuchar un rey.


EL REY
(Con altivez.)
Un rey tan sólo
Debe escuchar su voluntad suprema.


GARCÍA
Vuestro interés, el bien de vuestro reino,
A hablar sin miedo la verdad me fuerzan;
Me son más caros que mi vida misma.
Si os causa enojo lo que sólo prueba
Fidelidad y amor, si os hiere tanto
La audacia de un vasallo y su firmeza
Al hablar la verdad, alzad el brazo
Y al punto yo vuestro castigo sienta:
Mas antes pido que me oigáis.


EL REY
García,
Esas palabras arrogantes templa;
¡Piensa que hablas al rey...!


GARCÍA
Nunca mi labio
Disfrazar supo la verdad austera.

EL REY
(Arrojándose a él.)
¡Traidor! ¿Y osas a mí...?


LA PADILLA
Señor, teneos.
Perdonadle, señor, ¡ah!, si me amas,
Si de una amante tímida las quejas
Pueden mover tu corazón altivo,
Ya que tu propio bien no te conmueva,
Óyele por mi amor: cuando le escuches
Premiarás su lealtad.


EL REY
Basta; sosiega,
Hermosa, tu inquietud.


GARCÍA
Rey de Castilla,
Vuelve la vista al riesgo que te cerca,
Contra el que todo tu poder sería
Ahora nada sin mí: vuélvela y piensa
Si habrás de oír al que a tus propios ojos
Su celo y tu peligro te presenta.


EL REY
Di lo que has de decir; cansan, García,
Frívolas y atrevidas advertencias.


GARCÍA
Es un misterio; retirad la corte.


EL REY
Dejadnos solos; alejaos.


(Vanse los cortesanos.)

LA PADILLA
Mis penas
Compadece, señor; por ti yo vivo,
Guarda por mí la vida que desprecias.


EL REY
Yo sabré defenderte. ¡Miserable
De aquel que insano contra ti se atreva!


(Vase LA PADILLA.)

ESCENA III

EL REY, GARCÍA

(EL REY, como indiferente al principio.)

GARCÍA
Rey de Castilla, la verdad escucha.
Mientras que en medio de pomposas fiestas,
Augusto rey, en tu opulenta corte,
Al dulce sueño del placer te entregas,
Maquina la traición, y acaso el rayo
Está pronto a estallar; Castilla entera
Levanta ya su bélico estandarte
En favor de un rebelde, las revueltas
Tornan a renacer, y aun aquí mismo
Blanca en su cárcel con amigos cuenta,
Mientras que Enrique...


EL REY
(Interrumpiéndole muy furioso.)
¡Enrique!


GARCÍA
Enrique ahora
Trama aquí mismo levantar la guerra.


EL REY
¿Dónde se oculta, di? ¡Pronto! Responde.
Morirá al fin, pues en morir se empeña.


GARCÍA
Aquí le ha descubierto un moro esclavo
Que sus intentos de continuo observa,
Y hoy sorprendió a un rebelde mensajero
Del traidor Aguilar; en lid sangrienta
Con él luchando, le arrancó esta carta.


EL REY
(Tomando la carta sin leerla.)
Hazle venir a mi presencia: es fuerza
Que yo mismo le hable, es necesario
Ya que Enrique me busca, que me vea.


GARCÍA
¿Y qué, señor, pensáis...?


EL REY
Tráeme ese esclavo;
No me fatigues más.


(Vase GARCÍA.)

ESCENA IV

EL REY, solo
(Muy agitado.)
¿Y qué? ¿Mi ofensa
No he de vengar yo mismo? ¡Miserable!
Un vil bastardo arrebatarme intenta
Mi trono y mi poder. ¡Ah! Yo le juro:
Yo anegaré en su sangre su soberbia.
¡Mi hermano...! Sí; mi hermano... Cuando ahora
Dentro en su corazón mi espada sienta,
Cuando yo mismo sus entrañas rasgue,
Cuando expirar en su dolor le vea...
Entonces yo le nombraré mi hermano.
¿Y Blanca? Blanca... el insensato piensa
Libertarla. ¡Infeliz! Entre tus brazos
Yo te la arrojaré, sí; pero muerta.


ESCENA V

EL REY, GARCÍA y ABENFARAX, vestido de un marsellés, una faja, un puñal, calzones anchos, la pierna desnuda y babuchas moriscas. Rudo y bárbaro en su apostura.


GARCÍA
He aquí, señor, el que vigila a Enrique.


EL REY
¿Tu nombre?


ABENFARAX
Abenfarax.


EL REY
¿Cuándo, en qué sitio
Le has encontrado, di?


ABENFARAX
Vile ha dos días
Vagando en torno del castillo mismo
Donde la reina está.


EL REY
¿Le conociste?


ABENFARAX
(Con estupidez.)
No; mas mi madre, la potente maga
De la caverna del espectro, dijo
Que el hombre aquel que pareció ocultarse,
Era hermano del rey.


EL REY
¿Y tú has seguido
Siempre sus pasos desde entonces?


ABENFARAX
Siempre
(Sonriéndose ferozmente.)
Y tuve ya dos veces el cuchillo
Puesto a su corazón cuando dormía.


EL REY
¿Y qué te anima tanto a perseguirlo?


ABENFARAX
La sed de sangre, y alcanzar tu premio.


EL REY
¿Y el mensajero de Aguilar?


ABENFARAX
(Con sonrisa.)
Tendido
Quedó en el campo; el golpe de mi daga
Siempre en el corazón halla el camino.
¿Cuánto me pagarás si te presento
Manando sangre el de tu hermano mismo?


GARCÍA
¡Abenfarax, respeta a tu monarca!


ABENFARAX
Vosotros, cortesanos, sus caprichos
Aduláis con palabras; yo tan sólo
Sé con sangre adular.


EL REY
Tiembla, asesino,
Tiembla, no sea que te dé mi mano
El premio que merecen tus delitos.


ABENFARAX
¿Es un crimen servirte?


EL REY
¡Miserable!
Servirme es tu deber. Junto al castillo
Esta noche estarás en tu caverna;
Yo iré allá solo y llevarásme al sitio
Donde habita el traidor. (Aparte.): El me buscaba;
El me hallará, le acortaré el camino.
Déjame, Abenfarax. (Vase ABENFARAX.)


ESCENA VI

Dichos, menos ABENFARAX, LA PADILLA, LEONOR

LA PADILLA
¡Cómo! ¿Y te atreves
A alzarte contra mí? ¿Burlas conmigo?
¡Teme mi rabia...!


LEONOR
Perdonad, señora;
Es para el rey; dejadme, yo he ofrecido
Entregársela a él mismo.


LA PADILLA
¿Y tu osadía
Se niega a obedecerme?


LEONOR
Mi designio
Es entregarla al rey. ¡Ah! Perdonadme:
Ved, señor, esta carta. (Se la da al REY.)


LA PADILLA
¡Ultraje indigno!
¡Carta de Blanca! ¡De tu esposa...! ¿Y dejas
Que así se alegre en el tormento mío
Esta aleve mujer?


EL REY
(Con ironía.)
¿Blanca te envía?
¿Pide su libertad? ¿Teme el castigo
Que merecen sus crímenes?


GARCÍA
Sin duda
Os dará quejas con dolor mentido,
Os dirá ingrato, os hablará de amores
Con dolosas palabras de cariño.
Por consejo de Enrique...


EL REY
(Repasando la carta.)
¿Y pide verme?


LEONOR
Muestra, señor, el pecho compasivo,
Y oye la voz de tu inocente esposa.
Yo os ofendo, tal vez; mas si vos mismo
Llorar la vieseis en su triste cárcel,
Pálida y abatida, sin alivio
En su acerbo dolor, era forzoso
Tener el corazón empedernido
Para no sentir lástima. En sus labios
Se escucha vuestro nombre de continuo.


EL REY
(Con sarcasmo.)
¿Sólo mi nombre? ¿Y el de Enrique, dime,
No la oíste jamás juntar al mío?


LA PADILLA
¿No te cansas de oírla? ¿No te enoja
A par de su maldad ver su artificio?


LEONOR
No os irritéis; la reina es inocente.
No deis, señor, a la calumnia oídos;
La reina es inocente; ella os adora;
Su amor aumenta su fatal martirio
En su negra prisión. Sola, en perpetuo
Abandono y horror, nunca el delito,
Manchó su alma. Su continuo llanto,
Su único pensamiento, sus gemidos,
Son tan sólo por vos. ¡Ah!, pide hablaros,
Vos, su sola esperanza, si ahora impío
Sus quejas desoís...


EL REY
(Con sarcasmo.)
¡Yo, su esperanza!
Bien; me verá: la mostraré yo mismo
Su atrevimiento y su maldad.


GARCÍA
Si acaso
Útil creyerais el consejo mío,
Temed verla, señor; un alma fuerte
Suele tal vez rendirse a los suspiros
De una débil mujer.


LA PADILLA
(Aparte.)
Y yo, ¿ultrajada,
Habré de verme ante sus ojos mismos?
¡Antes perecerá!


EL REY
Leonor, ve y dile
Que ha descubierto el rey un intento inicuo,
Su perversa traición; que ya es inútil
Cubrir so el velo del candor fingido
Su corazón hipócrita; que es tiempo...


LEONOR
Piedad, señor, piedad; en su martirio
Vais a darla la muerte.


EL REY
Sí, ve y dile
Que me verá mañana.


LEONOR
(Aparte.)
¡Ya rendido
A mi súplica está! ¡Mísera reina!
Va a endulzar la esperanza tu destino. (Vase.)


ESCENA VII

Dichos, menos LEONOR


EL REY
Sí, me verá y encontrará su amante
Galán y hermoso, cual jamás le ha visto
Yo mismo, yo, le mostraré a sus ojos.
¡Oh! Cuán alegre su cadáver frío
Contemplará, cuando le mire yerto,
Y a mí gozoso y en su sangre tinto.
Sí, me verá.


LA PADILLA
Los celos te arrebatan.
¡Tú la adoras infiel! Sí, tu delirio
Es delirio de amor: si tú la odias,
Es porque Blanca adora a tu enemigo,
Por celos, nada más.


EL REY
¿Celos? Yo nunca
La amé, ni aborrecí; su suerte ha sido
Siempre a mi vista indiferente; ahora
Es mi enemiga; justo es el castigo.


GARCÍA
Harto es penoso su fatal tormento.
Muera, si es justo; pero no impasivo
Querréis, señor, que la crueldad sentencie,
En vez de la justicia, sus delitos.


EL REY
¿Tú me aconsejas la piedad? ¿Te olvidas
Que hablaste del rigor?


GARCÍA
Rigor benigno,
Propio de la justicia.


EL REY
¿Y tú imaginas
Que debo yo marchar por el camino
que te dignes trazarme?


GARCÍA
(Muy turbado.)
Yo... tan sólo...
Intentaba, señor...


EL REY
¡Calla! Ya he visto
Cual era tu intención.


LA PADILLA
(Con sentimiento.)
¡Y yo la tuya!
¡Su castigo! ¡Infeliz! ¡Y yo he de verme
De esa tu esposa al insolente arbitrio,
Posternada a tus pies!... Antes la muerte
Terminará el rigor de mi destino,
Que verla yo gozando tus caricias,
Y árbitra, ¡oh Dios!, del corazón que es mío:
Árbitra, sí, del corazón que un día
Mi único orgullo y mi ventura hizo,
Que era mi único bien.


EL REY
¡Cómo! ¿Tú piensas
Que postrada a mis pies, débil suspiro,
Falso como su alma, me enternezca?
Yo sé oponer a frívolos gemidos
Un corazón de bronce.


LA PADILLA
Tú imaginas
Que podrás oponerlo; un falso brío
Engaña tu razón: Blanca es hermosa
Y aun más hermosa la verás; el brillo
De su lánguida faz bañada en llanto
Realzará su dolor; tú, compasivo,
La verás a tus pies, oirás sus quejas,
Y, acaso de sus lágrimas sentido,
Olvidarás mi amor; y yo, entre tanto,
Ya de su orgullo mísero ludibrio,
Iré a llorar en su prisión un día
Que osé elevar mi pensamiento altivo
Al amor de un monarca, en que gozosa,
Feliz me contemplé madre de un hijo...
Dulce ilusión de mí esperanza; ahora,
¡Hijo infeliz para llorar nacido
Con su madre también! ¡Ah! Tú creías
Que Blanca, presa y en perpetuo olvido,
Jamás podría dominar un pecho
Que todo entero imaginaste mío.
¿Tú lo piensas aún? Tú no me amas;
Yo he sido sólo efímero capricho
De tu inconstante corazón; ahora,
Al ver tu esposa que ama a tu enemigo,
Los celos se apoderan de tu alma
Viendo a tu odioso hermano preferido.
Sí, no lo dudes; el amor de Enrique
Es a tu vista el único delito
Que ha cometido Blanca.


EL REY
Y bien, mañana
Tú brillarás sobre su trono mismo,
Al lado de su esposo: ante sus ojos
Desplegarás la pompa, el atavío
Por que suspira Blanca, y tú, tú propia
Decretarás altiva su castigo,
Y harás tu voluntad; el reino todo
Se postrará obediente a tu albedrío,
Y, ¡ay del que osado a murmurar se atreva
De la beldad ante quien yo me rindo!


GARCÍA
Castro, señor, el temerario Castro,
Intrépido se acerca hacia este sitio.


ESCENA VIII

Dichos y CASTRO

CASTRO
Un noble ante su rey pide justicia.


EL REY
¡Justicia! ¿Contra quién?


CASTRO
Contra ti mismo.


EL REY
¿Y de qué contra mí?


CASTRO
¿Qué? De la afrenta
Con que tú propio has empañado el limpio
Lustre de mi familia, de la mancha
Con que has borrado el esplendente brillo
Del ínclito blasón de mis abuelos,
Que en vano con mi sangre yo he querido
Intacto conservar; del torpe engaño
Con que víctima fue de tu capricho
La honra de mi hermana. Sí, justicia,
justicia ahora contra ti yo exijo.


EL REY
¡Silencio! Castro, tu furor perdono;
Necio, no intentes encender el mío.
¡Yo soy tu rey!


CASTRO
¡Mi rey! Yo soy un noble,
¡Yo soy igual a ti! Sí, tan antiguo
Es mi linaje como el tuyo; ahora,
Si tu lascivia lo dejó abatido,
Tuyo es el crimen, la vergüenza mía.
Sólo porque eres rey justicia exijo.


EL REY
¿Y si no fuera rey, habla, qué harías?


CASTRO
Ya hubiera hollado tu cadáver frío.


EL REY
Piensa que no lo soy; no te deslumbre
El brillo de mi frente; muestra el brío
De que tanto te jactas, ¡miserable!


CASTRO
¿Yo, miserable? Ven. ¿Mi regocijo
Tú no conoces ya?


EL REY
Yo te prometo
Humillar tu altivez.


GARCÍA
Señor, no es digno
De que vos mismo vuestra regia espada
En su sangre empañéis.


CASTRO
(A GARCÍA.)
¡Cobarde inicuo!
Tú sí mereces derramar la tuya
En un cadalso vil.


GARCÍA
(Aparte.)
(Yo necesito
Que tú vivas aún, necio; no es este
El precipicio a donde yo te guío.)


EL REY
¡Cómo! ¿Y aún osas insultar a todos?
Tú, delante del rey, osas altivo
Su cólera irritar? ¡Mal caballero!


CASTRO
Yo, delante del rey, justicia exijo;
Tú, por tu voluntad dejas de serlo
Y yo, ya igual a ti, tan sólo pido
Que decidan las armas.


EL REY
Bien, las armas

Decidirán. Si un hombre en mis dominios
Más valiente que yo se figurara...
¡Vive Dios...!


LA PADILLA
¿Y por qué ciego, al capricho
Has de arrojarte de la suerte? Piensa
Que eres rey de Castilla, que el destino
De un pueblo entero de tu vida pende;
Que eres mi único bien, padre de mi hijo
Que quedará en la tierra sin amparo,
Si tú faltas, señor.


CASTRO
(Colérico.)
Hijo maldito,
Que en pecado y deshonra concebiste,
Ramera despreciable; si tu brío
Contiene una mujer; rey de Castilla,
No hagas alarde de él: vuelve en ti mismo,
Y abandónala ya: la espada empuña,
Al campo corre a batallar conmigo;
Allí te vengarás, o mi venganza
Satisfecha será con tu suplicio.


EL REY
(Arrojándose a él.)
¡El tuyo aquí satisfará la mía!
(LA PADILLA Y GARCÍA le contienen.)
¿Y vos me contenéis, y así ese inicuo
Se ha de burlar de mí?


GARCÍA
Señor, dejadle.


LA PADILLA
Despreciadle, señor; venid conmigo,
No más tiempo escuchéis sus demasías.


EL REY
(Retirándose entre GARCÍA Y LA PADILLA como a despecho suyo.)
¡He de arrancarte el corazón yo mismo!


ESCENA IX

CASTRO, solo
Anda, cobarde, más para verdugo
Que para el cetro y el poder nacido.
¡Tiembla! Mil brazos se armarán; mi furia
Encenderá la guerra en tus dominios,
Guerra cruel, interminable, eterna,
Guerra de maldición: en sangre tinto
Tú me verás ante tu propio trono
Arrojarme a matarte. Sí, el cariño
Goza de tu manceba; mi venganza
Será cruel cual tu delito ha sido.
¡Yo he de hacer ver al asombrado mundo
Otro nuevo Julián y otro Rodrigo!


ESCENA X

HERNANDO, CABALLEROS y dichos.

HERNANDO
Huye, Castro, de aquí. Pedro me envía,
En ira y saña contra ti encendido,
Para prenderte.


CASTRO
¿Y qué? ¿Piensas, Hernando,
Sus órdenes seguir?


HERNANDO
¿Y tú, hijo mío,
Lo preguntas? Jamás: Huye, no sea
Que cumpla su mandato un enemigo
Nuestro.


CASTRO
Yo huiré, para volver más tarde
A clavarle un puñal.


PRIMER CABALLERO
En estos sitios
Ha llegado ya Enrique; está dispuesto
Todo para romper.


HERNANDO
¿Y aquí tranquilos
A conspirar os atrevéis?


PRIMER CABALLERO
La reina
Mañana mismo dejará el castillo,
Y libre al fin, se asentará en el trono,
Que con Enrique cobrará el perdido
Castellano esplendor.


CASTRO
De su venganza
Seré yo ejecutor: si mi destino
Es perecer vengándome, ¡dichoso
Rendiré entonces mi postrer suspiro!
Yo daré el primer golpe, yo el primero
Me arrojaré a la lid, yo mi cuchillo
El primero hincaré.


SEGUNDO CABALLERO
Nosotros todos
Secundaremos tu animoso brío.


HERNANDO
¡Qué! ¿No tembláis de conspirar ahora,
Del rey cruel en el palacio mismo?
¿Queréis hacer vuestro valor inútil,
Dando tal vez del alzamiento indicios?
Vamos presto de aquí.


PRIMER CABALLERO
Vamos a Enrique,
A libertar a Blanca.


CASTRO
El asesino
De mi hermana caerá; yo os lo prometo.
El agravio de Blanca ya es el mío.













Acto tercero


El teatro representa el campo; a la derecha está el castillo, prisión de BLANCA, con rejas de hierro salientes; a la izquierda se eleva una montaña escabrosa, toda coronada de rocas, entre las cuales, a cierta altura, se ve la boca de una caverna. De la cima de esta montaña, así como alrededor y al lado del castillo, siguen dos bosques dejando un claro por donde se descubre el Guadalquivir. El fondo del teatro es la otra orilla del río. Es de noche y sólo alumbra la luz que arde dentro de la caverna.

ESCENA I

LA MAGA y ABENFARAX, aguzando un puñal.

ABENFARAX
Mejor después lo aguzaré en su sangre.
(Mostrándole el cuchillo a su madre.)
¿No está bastante ya? Pronto en su pecho
Ha de hacerse la prueba.


LA MAGA
No, hijo mío;
Tú no le has de matar; su hermano mismo
Tiene que asesinarle. ¿No concibes
Mi regocijo, cuando Enrique muerto
Por la espada de Pedro yo contemple,
Al un hermano hollar del otro el cuerpo?


ABENFARAX
Sí, madre, sí; pero su sangre entonces
No verás humeando en el acero
De tu hijo; ni al dártelo en tu mano;

Oiré las carcajadas del espectro
Que vaga en la caverna.


LA MAGA
Cuando Enrique
A los pies de su hermano caiga yerto,
En las redoblará: yo le he ofrecido
Un fratricidio horrible; en el infierno
Festejarán al recibir a Enrique,
Y aprestarán a Pedro otro festejo.
¡Jamás sentí tan puro regocijo!
Ni aunque volviera al fortunado tiempo
Cuando, en mi patria venturosa y joven,
Libre viví de los cristianos hierros,
¡Tanto gozo y placer sentir pudiera!
Es imposible, no; los amos nuestros
Entre sí se encarnizan. ¡Ah!, su sangre
Al fin mi pecho beberá sediento.
Y venganza juré: para saciarla
Yo os evoqué, demonios del Infierno,
Y vosotros vinisteis, y mi dicha,
Mi único gozo, mi mayor contento,
Fue cuando vi que, a mi furor sensibles,
Un hijo como tú me concedieron:
Un hijo en que a mi vista se retrata
La propia forma y el semblante de ellos.


ABENFARAX
(Con alegría brutal.)
Tus furores, ¡oh madre!, son mi halago;
Son mi mayor placer, cuando te veo
Correr el bosque en la sombrosa noche,
Con alaridos y horrorosos gestos;
Cuando te escucho hablando solitaria
Y oigo de los demonios el acento,
Entonces yo con júbilo y con risa
Contemplo tu furor.


LA MAGA
¡Júbilo horrendo
Que refresca mi alma! Sí, tu risa
Es la luz del relámpago funesto,
Precursora del rayo. ¡En tu miseria,

Tú, al cabo, eres feliz! Tu horrible aspecto
Es terror de los hombres, tu cuchillo
De su maldita sangre está cubierto,
Goteándola siempre; tu alegría
Es verlos a tus pies; hasta el tormento,
La furia misma de tu misma madre
Es para mí un placer.


ABENFARAX
Yo te prometo
Darle el tuyo también; pronto a ofrecerte
Vendré de Enrique o de su hermano el cuerpo,
Y, sin ir a excavar las sepulturas
Para traerte descarnados huesos,
Su vil cadáver palpitante acaso,
Servirá a tus encantos.


LA MAGA
Y otro luego
Me servirá también: la del castillo,
La que allí gime en miserable encierro,
También perecerá. Blanca es cristiana,
Y esposa fue del delincuente Pedro.
La Padilla, celosa, la detesta,
Y aguarda sólo mí fatal consejo
Para matarla; sí, Regó ya el día
De hartar de sangre mi sediento pecho.


ABENFARAX
Regocíjate, ¡oh, madre! Yo te juro
Traértela también.


LA MAGA
Allá entreveo
Por el bosque una sombra; si es Enrique,
Antes que llegue, en la caverna entremos.


ABENFARAX
Si me dejaras, madre, asesinarle...


LA MAGA
No; su hermano lo hará.


(Entran en la caverna.)

ESCENA II

LA PADILLA, sola
(Aparece por la espalda del castillo.)
¡Qué hondo silencio
Reina en la soledad! ¡Qué triste calma!
Tal vez el ruido súbito del viento
Me hace estremecer. ¡Oh cuánto el crimen
Aquí en la soledad remuerde el pecho!
No hay voz de cortesanos que lo halague;
No aquí lo aplaude el engañado pueblo,
Y el grito de la tímida conciencia
Se eleva a resonar en el silencio,
Más tremendo que nunca, y nunca el día
Llega de arrepentirme. Amor funesto,
Precipita mis pasos en el crimen;
Y yo su senda abandonar no puedo,
Y arrastrada por mano del destino
La sigo con vergüenza a mi despecho.
Pero la sigo, al fin. Tal vez mañana
Reciba yo el castigo que merezco.
(Se para delante del castillo.)
Aquí está mi rival; he aquí su cárcel.
¿Quién sabe acaso si rompió sus hierros,
Y, libre al lado de su amante Enrique,
Espera ahora recobrar el cetro
Que mi amor le robó? ¿Quién, si yo misma
Vendré a ocupar el solitario encierro
Donde yo la arrojé? Tal vez... ¡Ah! Blanca
Al fin inspira compasión al pueblo.
Mientras que yo, infeliz, yo únicamente
Puedo esperar su escarnio y su desprecio.
¿Y mi hijo? ¡Gran Dios! ¡Ah! Nunca, nunca
Yo me arrepentiré, no; consultemos
La Maga de estos bosques; sus furores
Yo misma igualaré: cólera y fuego
Brotará el corazón. ¡Oh!, si es forzoso
Perder al fin el esperado reino
Y verme puesta a voluntad de Blanca
Implorando perdón, yo haré un veneno
Que ella habrá de gustar, y ambas entonces
Gozaremos al ver nuestros tormentos
Moribundas las dos: nuestra venganza
Así veremos satisfecha a un tiempo.
(Se acerca a la cueva y dice):
Maga de la caverna, yo te imploro;
Una infeliz demanda tus consejos.


ESCENA III

LA MAGA
desde la caverna, responde:
¿Quién interrumpe con su grito ahora
Mi trabajo infernal? Mujer, tu intento
Me es conocido ya; yo sé quién eres;
Vienes, Padilla, a consultar mi espectro.
¡No entres en la caverna!


LA PADILLA
Si mis males
Te ha revelado el poderoso genio
Que te protege, ¡oh Maga!, sé piadosa,
Ten de mí compasión.
(Se oye un ruido dentro de la caverna, seguido de una carcajada horrible.)

LA MAGA
(Dentro.)
Inútil ruego.
¡Compasión! ¡Compasión! ¡Ah! Los cristianos
Imploran compasión... ¿Y cuándo ellos
La tuvieron jamás? Mas tú, María,
Eres también querida del infierno,
Querida como yo; tú, sí, mereces
Llegar a ver cumplidos tus deseos.
Ánimo y me verás.
(Sale de repente con una antorcha en la mano, desgreñada y como de en medio de las llamas.)
¡Mujer!, qué, ¿tiemblas?
Acostúmbrate ya. ¿Ves este incendio...?
En él ha de acabarse tu hermosura.
Tus gustos, tu poder. ¡Ese es el fuego
Que en el infierno abrasará tu alma
Toda una eternidad! ¡Qué! ¿Te amedrentas?
Acostúmbrate ya; justo, muy justo,
Es que corone tu trabajo un premio
Digno de tu maldad. ¿Cuándo gozará
Placer el triste, si, después de muerto,
No pudiera reír del poderoso
Y burlar de su angustia?


LA PADILLA
Esos tormentos
Te guarda el cielo a ti. ¡Calla! ¿No sabes
Que yo, si irritas mi furor, te puedo
Hacer arrepentir? ¿No me conoces?
¿Sabes tú quién yo soy?


LA MAGA
En ti yo veo
La manceba del rey. ¡Desventurada!
Tu furia es impotente; mi recreo
Es verte así sufrir, verte así humilde
Ajar tu orgullo y tu esplendor soberbio
¿Y qué puedes tú hacerme? Tu destino
Está en mi mano; en mi poder yo tengo
Tu vida, todo; y el monarca mismo,
Que humilde pone ante tus pies su cetro
Y que te anima a amenazarme, sólo,
Cuando tú fueras muerta, con lamentos
Te pudiera vengar; tú no conoces
Que, árbitra yo de poderosos genios,
Trastornar puedo a mi placer el mundo,
Hacer dejar sus tumbas a los muertos,
Mover tormentas, a mi voz calmarlas,
Hacer estremecerse los infiernos
Y mostrar sus abismos. ¡Miserable!
Yo sí que ahora aniquilarte puedo
Sólo de una mirada; si no fuera
Que seres como tú son instrumentos
Siempre de mi furor, aquí, ahora mismo,
Se abrieran a tus pies bocas de fuego
Para sumir tu orgullo.


LA PADILLA
(Con temor.)
¡Ah! Yo te pido
Que me escuches no más. Ya que encubierto
No hay nada para ti, di: ¿mi destino
Será siempre feliz, o quizá adverso
Ha de tornarse pronto? ¿El rey acaso
Olvidará mi amor? ¿Veré yo el reino
Gobernado por Blanca?
Aparece la luna por cima del monte y refleja el río.)

LA MAGA
No, tu estrella
Radiante siempre brillará en el cielo,
Aunque ahora alumbre opaca y temerosa.
Mas te es forzoso exterminar primero
La esposa de tu rey. Blanca es forzoso
Que muera al punto. El inconstante pecho
De Pedro la amará, si tú retardas
La muerte de su esposa que...
Se oye una voz cantando acompañada de un arpa, acercándose por el río; todo van sucediendo como dice LA MAGA.
LA VOZ
Lloraba la hermosa Elvira
En su lóbrega prisión,
Donde tirano su esposo
Por otro amor la olvidó.
¡Ay, Elvira! ¡Elvira! ¡Elvira!
Sólo te llora
Tu trovador.


LA MAGA
¡Silencio!
¿No oyes, Padilla, un armonioso canto
Y el son de un arpa resonar no lejos,
Y de un barco el rumor...?


LA VOZ
(Más cerca.)
Todo sirve a recordarla
La libertad que perdió;
Responden sólo a sus quejas
Los ecos de su prisión.
¡Ay, Elvira! ¡Elvira! ¡Elvira!
Sólo te llora
Tu trovador.


LA MAGA
En el castillo
La silenciosa reja han entreabierto;
He allí Blanca y Leonor: aquí a esta sombra
Ocultémonos, pues.
Pasan LA MAGA y LA PADILLA a la derecha del teatro, cerca del castillo de BLANCA, entre los árboles, sin abandonar el foro. La reina y LEONOR, aparecen en una ventana del castillo.

LA VOZ
(Ya junto al foro.)
Todos olvidan la hermosa
Que un tiempo reina brilló,
Sólo la llora el que siempre
Sin esperanza la amó.
¡Ay, Elvira! ¡Elvira! ¡Elvira!
Sólo te llora
Tu trovador.


ESCENA IV

Dichos, BLANCA, LEONOR

BLANCA
¿Leonor, es cierto?
¿Será la voz de Enrique?


LEONOR
Sus promesas
Ved cómo, al fin, cumplió; llegó el momento
En que va a renacer nuestra esperanza,
En que vais a ser libre: yo he de veros,
Reina, otra vez feliz...


BLANCA
¡Ah! Tú deliras
Y te finges, Leonor, sabrosos sueños
Que están lejos de ser.


LEONOR
Dejad, señora,
Esas tristezas ya; mostrad esfuerzo;
Estad alegre como yo; el sonido
Cesó del canto y lo repite el eco;
Ved, Enrique está allí.


ESCENA V

Dichos y ENRIQUE, que embozado en su capa, salta en tierra.

LA MAGA
(A la PADILLA.)
¿No le conoces?
Ve allí el bastardo que se lanza al riesgo
Sin conocer el lazo.


LA PADILLA
¿Es éste Enrique?


LA MAGA
¿Por qué tiemblas, mujer? Tu triunfo es cierto;
Él viene a perecer.
(ENRIQUE pasa al pie del castillo y reconoce a BLANCA.)

BLANCA
¡Enrique!


ENRIQUE
¡Blanca!
¡Cuánto es sabroso al corazón tu acento!
Cobra esperanza ya; mañana el día
Es de tu libertad; cien caballeros
Hoy por la cruz juraron de su espada
Salvarte o perecer: mi hermano mesmo
Nos presta la ocasión. ¡Ah! No lo dudes,
Mañana el cielo auxiliará su esfuerzo.


BLANCA
¿Y tú, dónde estarás? ¡Ah! Teme, Enrique,
Y no al peligro te despeñes ciego.
¿Por qué mañana, di?


ENRIQUE
Nunca, o mañana.
Ninguno es el peligro; el triunfo es nuestro.
Y va a abrirse tu cárcel; mis amigos
La súplica que hiciste al rey supieron,
Y su intento también. Cuando tú salgas
Mañana de su corte y piensen ellos
Volverte a tu prisión, Castro animoso,
Espada en mano, romperá tus hierros,
Sorprendiendo tu guardia: yo, entretanto,
Cerca te aguardaré; todo dispuesto
Allí estará para auxiliar tu fuga,
Y verte libre y en tu patrio suelo.


LA PADILLA
Muerta primero la verás. (Siempre al paño.)


LA MAGA
¡Ah! ¡Libre...!
La habrás de libertar después de muerto.
(Suelta una carcajada.)

BLANCA
¿No has entendido hablar?


ENRIQUE
No temas, Blanca:
Nadie puede escucharnos.


BLANCA
¡Ah! Yo tiemblo.
¿No has sentido una voz?


ENRIQUE
No, nada temas.
(Registra a un lado y a otro y vuelve.)
Era sólo ilusión; reina el silencio.
El ruido melancólico del agua,
O el rumor en los árboles del viento,
Te ha engañado tal vez; mañana el día
Con nueva luz alumbrará sereno
Y calmará tu sobresalto, Blanca,
Nada exijo de ti; ¿nada merezco?
¡Ah! Tú jamás te acordarás de Enrique:
Tus lágrimas, tu amor, tu pensamiento,
Sólo posee el tirano que te oprime,
¿No tendrás una lágrima, un recuerdo
Al menos para mí?


BLANCA
¿Por qué mis penas
Gozas en amargar? ¡Ah! Tu tormento
Agrava, más que todo, mi desdicha.

Yo le idolatro, Enrique, a mi despecho.
Ten lástima de mí: calma tu gente
Y reprime su ardor; retarda al menos
Tu aventurada empresa; si, mañana
Tal vez el rey se doblara a los ruegos
De su esposa infeliz; tal vez entonces
Dichosa y libre me veré, sin riesgo,
Sin que peligres tú.


ENRIQUE
Piensas en vano
Que han de ablandar tus lágrimas el pecho
De un monstruo de crueldad. ¿Cuándo el balido
Del corderillo mísero al hambriento
Lobo compadeció? Llegó ya el día
De alzar la frente, de blandir el hierro,
De lanzarse a la lid: mañana mismo
Es forzoso empezar.


BLANCA
¡Oh! Quiera el cielo
tu vida proteger.


LEONOR
La ronda ahora
Hace mi padre del castillo, y siento
Sus pasos acercarse.


BLANCA
Adiós, Enrique,
Ten compasión de mí.


ENRIQUE
Blanca, a lo menos
Guárdame tu amistad; piensa que Enrique
Es infeliz por adorarte ciego.


(BLANCA y LEONOR cierran la ventana y se retiran.)

ESCENA VI

ENRIQUE se retira por la espalda del castillo, haciendo de modo que cruce a colocarse detrás de la caverna. LA MAGA y LA PADILLA vuelven a donde estaban antes de ocultarse.

LA PADILLA
Blanca ya se alejó.


LA MAGA
Su muerte ahora
Es fuerza apresurar.


LA PADILLA
¿Y quién su brazo
Prestará a mi furor?


LA MAGA
Tienes el hierro,
Y el veneno a elegir: si el rey acaso
No consiente que muera, yo te ofrezco
Asesino y puñal.


(ENRIQUE aparece a poca distancia de ellas, y recatándose.)

ENRIQUE
(Aparte.)
Aquí el encanto
De estas selvas está, la voz que a Blanca
Ahora sobresaltó.


LA PADILLA
Y el vil bastardo
Que intenta darla libertad mañana,
¿Piensa que vencerá?


LA MAGA
¿Vencer?, sus pasos
Sin él saberlo a perecer le guían.
Antes que nuevo sol tienda sus rayos
Habrá expirado; la postrera noche
Es esta de su vida.


LA PADILLA
(Con sarcasmo.)

¡Temerario!
El mismo causará la justa muerte
De su adorada Blanca: el insensato
De nuevo ya mi enemistad provoca:
¡Triste de aquel que, en medio del océano
Desprecie su furor, viéndole en calma!
Él se abrirá para tragarle airado.


ENRIQUE
(Aparte.)
Nombran a Blanca: mis intentos saben;
Los suyos yo descubriré: atendamos.


LA MAGA
(Con alegría infernal.)
Esa orgullosa cólera me alegra.
Me ensancha el alma. ¡Réprobos cristianos!
Corred a la matanza; en vuestra sangre
Hundid los brazos, reteñid los labios;
Hartaos de matar; nunca descanse
Vuestro horrible puñal; exterminaos.
¡Oh!, quién me diera contemplar muriendo
Vuestra maldita raza, vuestras manos
Rasgando vuestros pechos, vuestros hijos
El seno de sus madres destrozando;
Y ver vuestras entrañas palpitantes
De hambrientos perros regalado pasto,
Y el hondo abismo del infierno abierto,
Sus gargantas de fuego, jadeando,
Los demonios abrir, entre humo y llamas,
Ciudades sepultar, reinos cristianos.
(Asiendo fuertemente del brazo a LA PADILLA.)
Mujer que anhelas sangre, un hijo mío
vuestra sed calmará. Sangre en el cráneo
De Blanca beberás.


LA PADILLA
¡Ah! Tus furores
Me estremecen. ¡Gran Dios!


LA MAGA
¿Dios? Es en vano
Que le llames aquí, sólo a ese nombre
Pudiera el cielo responder tronando,
Si te escuchara Dios, Mujer responde:
¿Quieres que muera Blanca? Ya ni un paso
Puedes retroceder; un hondo abismo
Se abre detrás de ti, vano es el llanto,
Vano es rogar, arrepentirse inútil;
Fuerza es seguir por el camino usado.
¿Quieres que muera Blanca?


LA PADILLA
Sí; es forzoso,
Es forzoso que Blanca o yo muramos.


ENRIQUE
(Se presenta delante de ellas con la espada desnuda y armado.)
Nunca; vosotras, infernales furias,
Sí que vais a morir. Temblad; mi brazo
Blande la espada con que el cielo mismo
Va a castigar vuestro delito infando.


LA MAGA
(Sonriéndose.)
¿Vienes tú a castigarnos?


LA PADILLA
Caballero...
¿Y osas cobarde levantar tu mano
Contra mujeres débiles?


ENRIQUE
¿Mujeres?
Con rostro de mujeres, sanguinarios
Corazones de tigres son los vuestros:
Corazones de hiena, cuyo pasto
Es sangre de inocentes.


LA MAGA
Sí; y el tuyo
Inocente es también, infame hermano
Del rey infame del cristiano pueblo.
¡Ah, ya caíste en el tendido lazo!
Cerca está de sonar tu última hora;
La muerte ya con silencioso amago
Te estrecha en derredor, ¡Genios terribles!
¡Espíritus del tártaro, alegraos!
Vuestra víctima es esta: aquí ella misma
Codiciosa su fin viene buscando.
¡Angeles de la muerte, y tú, hijo mío,
Ministros de mi furia, aquí mostraos!


ENRIQUE
Tus gritos no me espantan, ¡miserable!
Llama en tu auxilio los agentes vanos
De tu necio furor, llámalos, grita;
No salvarán tu vida tus encantos.
(Se arroja a ella, y LA MAGA de un salto, deshaciéndose de él, se pone a la boca de la caverna.)

LA MAGA
Impotente es tu cólera, ¡Demonios!
¿No piden sangre vuestros secos labios?
Aquí está vuestra víctima. Hijo mío,
¿No tiembla tu cuchillo entre tus manos?
¡Qué! ¿No te dice el corazón que hay sangre?
¡Ministros de mi furia! ¡Aquí mostraos!


ESCENA VII

Dichos y ABENFARAX, con serenidad estúpida. ENRIQUE retrocede, como asombrado

ABENFARAX
(Sobre las breñas.)
¿Hay, madre, ya que asesinar a alguno?


LA MAGA
Regocíjate, sí.


ABENFARAX
Su mismo hermano,
¿No le había de matar?


ENRIQUE
Hombre o demonio.
Sólo un ser como tú puede ser parto
De esta furia infernal. Baja, que el cielo
Redobla ya el esfuerzo de mi brazo,
Que se alza a castigarte.


ABENFARAX
(Mofándose brutalmente y bajando muy despacio.)
Ya hace tiempo
Que te persigo yo. ¿Te causo espanto?
Nada ternas de mí; yo intento sólo
Retorcer mi puñal, cuando a enclavarlo
llegue en tu corazón.


ENRIQUE
¡Vil asesino!
Vosotros, si matáis, matáis temblando,
No frente a frente. Un solo caballero
Mil como tú desprecia; tú, malvado,
Vas a morir; yo libraré a la tierra
De tu madre y de ti, monstruo inhumano.
(Se va hacia él y LA PADILLA se interpone.)

LA PADILLA
(A LA MAGA.)
Detén tu hijo.


LA MAGA
(A LA PADILLA.)
¡Y qué! ¿No es tu enemigo?


LA PADILLA
Es mi enemigo, sí; pero es hermano
También del rey, y su valor merece
Otra espada más digna, otro contrario.
Detén, Maga, tu hijo.


ABENFARAX
Yo ya es fuerza
Que beba sangre. Para ti he aguzado
Esta noche el puñal.


ENRIQUE
¡Muere, asesino!
(Arrojándose a él y luchando los dos.)

EL REY y GARCÍA, embozados, salen por el lado del castillo.

EL REY
(Aparte a GARCÍA.)
Las voces son en la caverna; en alto
Una espada relumbra; apresuremos
Nuestros pasos allí: pronto, corramos.


LA MAGA
(Animando a su hijo.)
¡Lánzate a él, devórale, hijo mío!


LA PADILLA
(Aparte.)
Dos hombres llegan con veloces pasos.
¡Triste de mí si me conocen! ¡Cielos!
¡Verme reunida a seres tan malvados...!
(Ocúltase entre los árboles.)

GARCÍA
(Al REY.)
Son Enrique y Farax.


EL REY
(En voz alta a los que pelean.)
¡Tened, cobardes!
(Suspenden el combate y miran al REY.)

ENRIQUE
¿Y quién cobarde me apellida? ¿Acaso
Otro asesino vil? ¡Eh! Caballeros,
Quien quiera que seáis, podéis marcharos.


EL REY
O acometerte y arrancarte el alma.
Y darte así de tu traición el pago.


ENRIQUE
¡Traición! ¡Traición! Y bien, acometedme
juntos todos, venid: solo os aguardo.


ABENFARAX
Sobre ti nos verás.


EL REY
(Deteniéndole bruscamente.)
¡Tente, asesino!
Yo juro a Dios que el que adelante un paso
Cae tendido a mis pies.


LA MAGA
Ven, hijo mío;
Ellos se matarán.


EL REY
(Siempre sin descubrirse.)
¡Traidor villano!
Yo vengo a hundir mi espada en tus entrañas
¿Tú me buscabas?, ya me has encontrado:
Yo salgo a recibirte.


ENRIQUE
No imagines
Que el duelo yo retarde; mas si acaso
Iguala tu linaje a tu osadía,
Sepa tu nombre el que aborreces tanto,
El que tu reto acepta.


EL REY
¡Miserable!
No pregunto yo nunca a mi contrario
Su nombre en la batalla; empero, sabe
Que no me nombran, como a ti, el bastardo,
Ni me llaman traidor; que espada en mano
Decido siempre diferencias mías,
Y nunca con traición.


ENRIQUE
¡Traición! ¿Y cuándo
La he cometido yo? Sólo ese nombre
Diera a mis hechos el indigno esclavo
Que el lodo inmundo encenagado vive,
Gozoso en su baldón. Vil cortesano,
Si el rey mi hermano a batallar te envía
Contra el que osaste apellidar bastardo,
Tiembla no sea que mi espada vengue
En ti mi injuria, y que escarmiente al bajo
Cobarde adulador, que a ser se ofrece
Ministro vil del mísero tirano,
A cuya vista tiembla.


EL REY
¿Y qué, tu sólo
No le habías de temblar? Más humillado
Has de verte a sus pies que los que, altivo,
Osas ahora apellidar esclavos.
¡Defiéndete!
(Quítase el embozo y se presenta armado.)

ENRIQUE
(Retrocediendo.)
¡Es el rey!
(LA PADILLA sale de donde estaba.)

LA PADILLA
¿El rey? ¡Oh, cielos!
¿Piensas, Enrique, asesinar tu hermano?


EL REY
Huye de aquí, mujer; mírame, Enrique.
¿Me conoces? Defiéndete.


LA PADILLA
¡Insensato!
Si así tu vida en despreciar te empeñas,
He aquí mi corazón; tu acero insano
Clava bárbaro en él.


ENRIQUE
(Envainando la espada, con extrañeza.)
¿Tú me buscabas?


EL REY
¿No te mostró mi cólera tu hermano?
Yo te buscaba, sí; yo te aborrezco.
Vengo para satisfacer nuestros agravios.
Sé tus ofertas, tu traición, tu infamia;
Todo, Enrique, lo sé; piensas en vano
Tus tramas ocultar: fuerza es ahora
La máscara arrojar, lanzarte al campo,
Exponerte a morir. ¡Pérfido! Sabes
Que estoy al fin de tus maldades harto.


ENRIQUE
¡Tú me llamas traidor! Ese es el nombre
Con que siempre los déspotas tacharon
Al que brioso, independiente y libre,
Osa arrostrar sus bárbaros mandatos.
¿Con qué derecho a tu capricho piensas
Los hombres todos sujetar esclavos?


EL REY
Mi esfuerzo y mi valor me dan seguro,
Y en mi propio derecho me afianzo,
Y al vil traidor que mi enemigo sea
Para hacerle morir basta mi brazo.


ENRIQUE
(Con despecho.)
Eres mi hermano al fin.


EL REY
¡Bajo cobarde!
¿Me das ahora el nombre de tu hermano
Por dar disculpa de tu miedo indigno?
¿No era tu hermano yo cuando has osado
Alzarte contra mí, juntar secuaces,
Salvar a Blanca, arrebatarme el mando
Y aun la vida? ¡Pérfido! Ahora
Hiéreme si te atreves, yo te aguardo,
Diversa sangre por tus venas corre
Que la que hierve en mí. ¿Quién? ¿Tú, mi hermano?
Vergüenza eterna para mí sería
Dar tan honroso título a un bastardo.


ENRIQUE
Quien nos ha dado el ser fue un mismo padre,
Que hizo un hombre de mí; de ti, un tirano.


EL REY
La que te dio a ti a luz fue una ramera
Y de ella hubiste lo cobarde y bajo
De tu alma ruin.


ENRIQUE
¿Y quién más causa
Ha dado a la venganza? Mis agravios,
Tus injusticias, tu altivez, tu furia,
Harto disculpan mi traición si acaso
Llamarse así mis hechos merecieran...


EL REY
Si te resienten mis ofensas tanto,
Yo ante ti mismo las mantengo todas,
Para unir el baldón a los agravios.
Satisfácete ya, la espada sea
Único juez y mediador de entrambos.


LA PADILLA
(Al REY.)
¿Y siempre tú te arrojarás al riesgo
De morir o matar? ¿Nada mi llanto
Puede alcanzar de ti?


EL REY
¿Qué? ¿Tú proteges
También a mi enemigo?


ENRIQUE
Yo retado
Yo al duelo respondí siempre; mi espada
Pronta y mi brazo está para aceptarlo.
Testigo Dios y el universo entero
Que si mi mano contra ti levanto,
Es pesaroso y a despecho mío,
Es porque tú me fuerzas.
(Pone mano al puño de su espada.)

EL REY
Cuanto hago
Y quise hasta aquí hacer está bien hecho
Por haberlo hecho yo, que nunca he dado
De mis gustos razón: Sí, yo insulto,
Yo te fuerzo a lidiar, yo, porque ansío
Verte a mis pies y sin razón alguna,
Sólo por ser mi voluntad lo hago.


ENRIQUE
(Con pesadumbre.)
¿Y habré yo al fin de desnudar la espada
Contra un hermano, yo?


EL REY
Tú, al fin, bastardo
Y cobarde a la vez, la luz del día
Te halle lejos de aquí. Lleva tus pasos
Donde tu nombre yo jamás escuche,
Y olvide así tu nacimiento aciago
Y que existes también; yo te desprecio,
Te juzgo indigno de probar mi brazo,
Y te ordeno partir. ¡Ah!, si mañana
Tus intentos seguir piensas acaso,
Y aún te ocultas aquí, por cielo y tierra
Juro hacerte morir en un cadalso
Para infamia mayor; huye, y si osas
Con los tuyos volver, llámame al campo.
(Le vuelve la espalda. ENRIQUE le mira con desdén y se retira despacio a emboscarse por la derecha.)

GARCÍA
¿Y así dejáis vuestro enemigo libre,
Para que junte su ominoso bando
Y vuelva contra vos?


LA MAGA
(Aparte a su hijo.)
Síguele, y muera.


ABENFARAX
(Aparte a LA MAGA.)
Yo te lo juro: morirá a mis manos.
(Vase por donde se fue ENRIQUE.)

EL REY
Cobarde ahora se mostró a mis ojos;
Yo le desprecio ya; lleno de espanto
Temblará siempre al recordar mi nombre
Y nunca más parecerá en el campo
A arrostrar mi furor. Darle la vida
Es aun mayor castigo que matarlo.
(Va a retirarse, y LA MAGA se presenta delante de él como inspirada de repente.)

LA MAGA
El denso velo que el destino cubre
Miro rasgarse ya. Rey de cristianos,
Oye mi voz, y a mi tremendo acento
Ronco responda el tártaro tonando.
Próximo está tu fin; ya tu enemigo
Con alta pompa y esplendente fausto
Va muy pronto a brillar; óyeme y tiembla:
¡La vida, sí, te arrancará tu hermano!
(EL REY titubea un momento como sorprendido; la mira después con desprecio, y hace ademán de irse, y cae el telón.)










Acto cuarto


Un salón con dos tronos, varios caballeros armados.

ESCENA I

PRIMER CABALLERO
Mano y guante te doy.


SEGUNDO CABALLERO
Yo lo recibo
Y a fe de noble por mi honor te ofrezco
Salvar a Blanca o perecer.


HERNANDO
¿Y Castro?


SEGUNDO CABALLERO
Aguarda sólo la señal.


HERNANDO
Silencio.
Aquí se acerca el suspicaz García.
La cólera ocultad; sus pasos siento.


ESCENA II

Dichos y GARCÍA

GARCÍA
¿De guerra armados, y en la corte ahora?
¡Brillante es el arnés! ¡Cuánto es más bello
Vestido un noble de lucientes armas
Que no de sedas y perfumes lleno!
¿Y qué intento traéis?


PRIMER CABALLERO
Contra Granada
El rey se apresta a desnudar su acero,
Y contra el moro; cual vasallos fieles,
Venimos a ofrecerle nuestro esfuerzo.


GARCÍA
Y el rey lo aceptará; firme está el trono
Que se apoya en tan sólidos cimientos.
Vuestra noble lealtad, vuestra bravura
Harán el cetro de Castilla eterno.


SEGUNDO CABALLERO
(Mirando fijamente a GARCÍA.)
Más brilla el noble en la sangrienta lucha,
Defendiendo su patria y sus derechos,
Que el cortesano vil que torpe emplea
En intrigar y en adular su tiempo.


GARCÍA
(Como enajenado de gozo.)
¡Cuál me palpita el corazón brioso
Al contemplar vuestro valor!


SEGUNDO CABALLERO
(Aparte.)
El miedo
Es quien le hace latir.


HERNANDO
El rey se acerca.
(Aparte a los otros caballeros.)
Vamos lejos de aquí.


PRIMER CABALLERO
(Irónicamente a GARCÍA.)
Pronto volvemos.


GARCÍA
Id, oh, nobles, con Dios.


SEGUNDO CABALLERO
(Con el mismo tono irónico.)
Adiós, García.


(Vanse.)

GARCÍA, solo
Pronto, bien pronto nos veremos, necios.
El volcán va a tronar; yo haré que estalle
Y allá os sepulte en su profundo seno.


ESCENA III

LA PADILLA, EL REY, GARCÍA y acompañamiento

LA PADILLA
(Muy agitada, aparte, a su hermano.)
¿Y viene hermosa, di?


GARCÍA
Sí, pero pronto
Allá en la tumba dejará de serlo.


LA PADILLA
¿Y los que intentan libertarla?


GARCÍA
Apenas
Alcen la voz serán presos o muertos.
(EL REY sube al trono y hace subir a LA PADILLA en el otro.)

EL REY
He aquí, Padilla, el esplendente trono
Donde a la par de mí te doy asiento.
Hoy a tus pies tributará homenaje
Rendido todo el castellano imperio;
Y hoy prosternada mirará tu brillo
La que perdió por crímenes el cetro,
Y aún trama en su prisión. ¡Perezca Blanca!
¡Guardias! Hacedla entrar.


ESCENA IV

Dichos y BLANCA, trémula y temerosa.-LA PADILLA, muy agitada.-Un momento de silencio

EL REY
Todos atentos
A escucharos están, hablad, si el crimen,
¡Oh Blanca de Borbón!, no os turba el pecho.
(BLANCA alza la vista, la fija en el trono en que está LA PADILLA y vuelve a bajarla.)

BLANCA
¿Qué he de decirte yo?


EL REY
¡Basta de llanto!
Si con fingidas lágrimas tu intento
Es ablandar mi corazón, te engañas.
Yo sé que, a tu placer, cambias de aspecto
Sé que sabes mentir.


BLANCA
Y yo te adoro...
Y yo del pecho disipar no puedo
Tan funesta pasión.


EL REY
Blanca, es inútil
Que me finjas amor; yo lo desdeño.


BLANCA
¿Fingirte amor? ¿Por qué? ¿Por qué fingirlo
Cuando por ti y a mi pesar lo siento?
¿Por qué hablarte de amor, cuando a tu lado
Brillante en gloria a mi enemiga veo?
¿Qué he de decirte yo? Yo, aquí traída
Como cautiva mísera entre hierros,
Para adornar con mi humildad su triunfo
Y escarnio ser de su esplendor soberbio.


EL REY
A ti mi justa indignación castiga;
Mi amor a tu rival concede el cetro.


BLANCA
Tú eres rey de la tierra; tú, orgulloso,
Das a tu voluntad castigo y premio.
Y tú, Padilla, a tu placer te entregas
Al verme ahora ante tus pies gimiendo:
Mas hay un Dios, que a los monarcas juzga;
Omnipotente rey, señor del trueno,
Preside en su alto asiento a la justicia,
Y venga siempre al inocente opreso.
El me protegerá; mas no, Dios mío.
Si vibras, ¡ay!, tu rayo justiciero,
¡Víbralo contra mí! Perezca el justo,
Si así se salva el delincuente reo.


EL REY
¡Hipócrita infernal! ¿Y tú inocente
Osas llamarte, ante el monarca mismo,
Cuyo poder arrebatar pretendes?
¿Tú, que presumes elevar al reino
Tu amante Enrique, y en viciosa liga
La alta cerviz del castellano pueblo
Doblar se el yugo del francés indigno...?
¡Huye de aquí, mujer, yo te detesto!


BLANCA
¡Triste de mí, que en mi ilusión creía
Que al fin triunfaran de tu altivo pecho
La inocencia y verdad! ¡Ah! La esperanza
Era el único bien que en tanto duelo
Yo conservaba aún; era la rosa
Que derramaba aroma en el desierto
¡Voló cual humo la esperanza mía!
Tú, que me robas mi postrer consuelo,
No me maltrates más, dame la muerte:
Yo no veré mi desventura al menos,
Y ella será feliz; dame la muerte!
(Mirando a LA PADILLA.)

EL REY
En vano son, ¡oh, Blanca!, tus lamentos.
Si aquí viniste a demandar justicia,
Enjuga el llanto y abandona el miedo;
Habla y no tardes más.


BLANCA
¡Ah! Yo venía
A implorar tu bondad, testigo el cielo
De que siempre te amé; mas, ¡ah!, ¿qué digo?
¡Miserable de mí! Brillante veo
La cólera en tus ojos; no, la muerte,
La muerte sola a demandarte vengo.
Si te irritan mis lágrimas, no tardes;
Ellas brotan de aquí: hiéreme el pecho.


EL REY
(Con ironía.)
Tal vez a Enrique ablandará tu llanto,
Y acaso por tu amor perderá el miedo.


BLANCA
Al mundo todo enternecer pudiera
viéndome así infeliz sin merecerlo.
¿Qué te hice yo nunca? Por ventura,
¿No es mi crimen amarte?

EL REY
El fingimiento
Pudo nunca ser más, Blanca, tu amante
No alcanza tu valor. Con torpe miedo,
Te ha abandonado ya. Basta, y no finjas;
Tu astucia en vano ayudará su esfuerzo:
Ya Enrique te olvidó.


BLANCA
Tú te deleitas
En verme padecer, ¡verdugo fiero!
Si está tu gozo en amargar mi muerte,
Ceba en mí tu furor, rásgame el pecho
Y muéstrate cruel; mas nunca dudes
De que siempre te amé. ¡Ah!, no hay tormento,
No hay injuria mayor; toda mi alma,
Todo mi corazón arde a despecho
De mi propia razón. ¡Ah!, yo te adoro,
La muerte sólo a demandarte vengo.


LA PADILLA
Es insufrible ya.


BLANCA
Mujer, ¡oh!, nunca
A verte llegues como yo me veo,
Sin encontrar piedad; nunca mi nombre
Te traiga un día tan fatal recuerdo.


LA PADILLA
¿Y osas tú maldecirme?


BLANCA
¿Maldecirte?
Muéstrame cómo, y te maldigo luego.
Yo lo oso todo, sí; yo ansío la muerte,
La busco y llamo, por la muerte anhelo:
Ella es mi único bien, ella es el árbol
A cuya sombra reposarme quiero.
Débil mujer cual soy, ¡ah!, me alimenta
La desesperación; ya nada temo,
Yo no sé maldecir, mas si me enseñas,
También maldeciré. (Al REY.) Mas tú que el fuego
Arder hiciste que me abrasa el alma,
(Se va acercando al trono en actitud suplicante.)
Apiádate de mí. Yo te deseo
Siempre felicidad. ¡Ah!, sí, perdona,
Perdóname, ¡infeliz!, sí, yo detesto,
Si ofendo a esta mujer. ¡Ah, tú la adoras!
Benigno quiera perdonarla el cielo,
Cual la perdono yo. (Se abraza a sus rodillas.)
Dame la muerte
Y a Dios por ti le rogaré muriendo.


EL REY
Déjame ya, mujer. ¡Guardias! ¡Llevadla!


BLANCA
No me arrojes de ti. Aquí primero
Yo moriré que separarme; hiere...
Sé piadoso una vez...
(El rey echa mano al puñal; ella le mira con alegría y dice.)
Hiéreme luego.


(El rey deja caer el puñal de la mano.)

EL REY
¡Arrancadla de aquí guardias!
(Los guardias la separan, y cae desmayada.)

BLANCA
¡Dios mío!

(La levantan del suelo y GARCÍA sale con ellos, dándoles prisa por señas.)

ESCENA V

Dichos, menos BLANCA y GARCÍA

EL REY
(Muy disgustado.)
No sé qué pena a mi despecho siento.
Si ella fuera inocente... ¡Ella inocente!
jamás sentí tan agitado el pecho...
Es imposible, no.


LA PADILLA
¿Te compadecen
Su llanto y su beldad? ¿Serás tan ciego
Que acaso dudes que su llanto es falso?


EL REY
Es falso, sí, Padilla... (Levantándose.)
Mas ¿qué estruendo
De voces altas y crujir de espadas
Y sediciosos gritos aquí siento?


(Dentro, ruido de voces y de cuchilladas.)

UNA VOZ
(Dentro.)
¡Al arma! ¡Una traición!


OTRAS VOCES
¡Muera el tirano!


EL REY
(Saltando del trono.)
Es Enrique tal vez. ¡Al arma! ¡A ellos!

(El ruido de armas se acerca.)

DENTRO
¡Muera el tirano y que la reina viva!


EL REY
Dadme mis armas y mi espada presto.
¡Dadme luego mis armas!
(Un escudero le trae el casco y la espada; el rey arroja el manto, se cala el yelmo y desnuda la espada, tirando la vaina, para no tardar en ceñírsela.)
¡A encontrarlos!


(Va a salir y entra CASTRO, herido, luchando con los guardias.)

CASTRO
Tirano, ¿dónde estás?


UN GUARDIA
¡Rinde tu acero!


CASTRO
Cuando atraviese el corazón del tigre,
Allí lo rendiré. Sal ya, perverso:
¡Castro, Castro te llama!


EL REY
(Presentándose delante de él.)
¡Tú, villano!


CASTRO
(Se arroja a matarle con tal precipitación que falla el golpe.)
¡Muere, monstruo feroz!


EL REY
(Clavándole una estocada.)
Vano es tu intento.
(Tírale otro golpe.)
¡Muere tú, miserable! Así perezcan
Mis enemigos todos a mi acero
Y hollados como tú.
(Cae CASTRO y EL REY le pone el pie encima.)

CASTRO
(Moribundo.)
¡Venganza, amigos!
La fortuna es del déspota... yo muero.
(Muere.)

EL REY
Ve a acompañar tus viles partidarios.
Ahí tenéis vuestro jefe: yo os lo vuelvo.
(Cogiendo el cuerpo y asomándose a una ventana. Se oyen mueras y voces en la calle.)

ESCENA VI

Dichos y GARCÍA, que entra precipitadamente.

EL REY
Salgamos a encontrarlos.


GARCÍA
Fugitivo
Corre a salvarse, amedrentado el pueblo
Que a Hernán Castro siguió; los otros nobles
Exhalaron, luchando, sus alientos
Sin querer someterse.


EL REY
(Encendido en cólera.)
Y bien: perezcan.


LA PADILLA
¿Y Blanca? ¿Blanca se salvó? ¿Pudieron
Libertarla tal vez?


GARCÍA
(Con su acostumbrada frialdad.)
Blanca, en su cárcel,
Lamenta ahora sus amigos muertos.
Ella los vio luchar, y en vano, en vano,
Tendió los brazos, su favor pidiendo.
Los vio también morir.


EL REY
¡Mujer malvada!


LA PADILLA
Ella es, señor, la que alborota el pueblo.


GARCÍA
Su nombre al menos los disturbios mueve,
Y aparente razón da a los intentos
Del astuto traidor.


EL REY
(Como reflexivo.)
Si ella es culpable...


GARCÍA
Ella es culpable del tumulto mismo,
Que acaba de estallar; Blanca y Enrique
Hoy tramaron romper; hoy presumieron
Con engaños y lágrimas moverte,
Para clavarte su puñal sin riesgo.
La noche, sí, que perdonaste a Enrique
Castro y los suyos contra ti se unieron,
Por consejo del pérfido y de Blanca;
He aquí, señor, de tu bondad el premio.


EL REY
(Como fastidiado y distraído el resto de la escena, pregunta con indiferencia:)
¿Y Enrique?


GARCÍA
Se salvó.


EL REY
¡Cobarde, al cabo!


GARCÍA
No fue la causa de su fuga el miedo.


LA PADILLA
(Con ironía.)
Fue por volver a su adorada Blanca
Y consolarla, y suplicar de nuevo
Tu clemencia y perdón; fue porque saben
Que siempre tu furor calman sus ruegos.


GARCÍA
Aun ellos guardan la esperanza ahora
De volver a la lid. Oculto hierro
Tal vez con risa la traición prepara,
O la dorada copa del veneno
Acechándote ya.


LA PADILLA
Lo has visto hoy mismo;
Tu vida sólo libertó tu esfuerzo.


GARCÍA
Sólo su muerte libertar pudiera
De la guerra civil que amaga al reino,
Y volvemos la paz; sólo su muerte
Puede calmar la tempestad que siento.
Prudencia en tanto; publicarla ahora
También pudiera apresurar el riesgo
Que yo intento alejar.


EL REY
¡No más, García!


LA PADILLA
¿Dejas a Blanca así?


EL REY
Yo te la entrego. (Vase.)


GARCÍA
Hoy mismo morirá.


LA PADILLA
Vuelve al castillo.
¡Manda que muera! ¡Ve!


GARCÍA
Calma y secreto.


ESCENA VII

Prisión de Blanca.

BLANCA y LEONOR

BLANCA
(Como enajenada.)
¡La Padilla y el rey! ¡Y ella en el trono!
Era un sueño, Leonor, todo era un sueno.
Dime que no es verdad... ¡Ah!, yo la he visto
Y el rey, feroz, sin escuchar mis ruegos
Me ha arrojado de sí. Voces, espadas...
¿Era un sueño, Leonor? Dímelo al menos.


LEONOR
Sosiega, ¡oh reina!, tu dolor.


BLANCA
¿Yo reina?
Para siempre, Leonor, dejé de serlo.
Brillante, altiva, en mi dolor triunfando,
Me vio bañada en lágrimas. Yo sólo
Pedí la muerte, por consuelo mío,
Y él me negó la muerte con desprecio.


LEONOR
¡Cálmate, por piedad! ¡Ah!, la esperanza
No así abandone tu afligido pecho.


BLANCA
No me abandona, no; la muerte al cabo
Es también esperanza. Tú en mi acerbo
Pesar no puedes consolarme; todos
Me abandonaron ya: ya no hay remedio.
Deja que yo desesperada muera
Y se harte en hiel mi corazón sediento;
No me consueles más. Pedro la adora,
La eleva al trono que ocupé yo un tiempo
Bebe el placer en sus impuros labios,
Y de mi pena y de mi amor riendo,
De sí me arroja y mi dolor burlando,
Calma mi sed con copas de veneno.
(Se arroja al suelo.)
He aquí, Leonor, el trono de una reina,
Que ajada, opresa por su esposo mismo,
Sólo en la paz de la callada tumba
Puede esperar a su dolor remedio.


LEONOR
Alguien se acerca; sosegaos.


BLANCA
¡Huyamos!
Los tigres a gozar vienen hambrientos
En su presa infeliz. ¡Leonor, huyamos!
Tintas sus manos en la sangre veo
De sus hermanos mismos.


(Huye precipitadamente, llevándose a LEONOR por la puerta de la derecha.)

ESCENA VIII

GARCÍA, EL ALCAIDE

GARCÍA
Sí, Don Tello;
Hoy intentaba libertarla Enrique;
Hoy el bando rebelde, osado y fiero,
Violó el palacio del monarca augusto,
Y alguno hubo que hasta el trono mismo
Osándose lanzar, midió su espada
Con la espada del rey, y cuerpo a cuerpo.


DON TELLO
¿Con la espada del rey? Decid, García,
Y ¿cómo aún el merecido premio
No han recibido ya crímenes tantos?


GARCÍA
El rey los perdonó; la paz del reino
Sólo exige una víctima; los otros
Son de sus artes instrumentos ciegos.
Blanca...


DON TELLO
¿La reina?


GARCÍA
Sí, Blanca es culpable.
Obedeced del rey el mandamiento.


DON TELLO
¿La condena a morir?


GARCÍA
Y ejecutada
Ha de ser aquí mismo y en secreto.
El rey lo manda.


DON TELLO
Obedecer es fuerza.


GARCÍA
Esta noche a las doce, con silencio
En un sitio apartado en el castillo,
Debe morir, por que lo ignore el pueblo.
Abenfarax, el hijo de la Maga,
Vendrá a cumplir el mandamiento regio.


DON TELLO
¿A las doce, decís?


GARCÍA
Sí; a media noche:
Disponedla a morir. Adiós, Don Tello.


(Vase.)

ESCENA IX

DON TELLO, solo
Es mandado del rey; fuerza es que muera:
Yo cumplo mi deber cuando obedezco.
















Acto quinto


La misma decoración del tercer acto. Una tempestad. Es de noche.

ESCENA I

LA MAGA, con una antorcha en la mano canta estos versos. Su hijo, sentado sobre una roca.

LA MAGA
¡Oh! Salve, oscuro genio
Del hórrido huracán.
Ceñudo tú te sientas
Allá en la tempestad.
Tu augusto trono velan
La noche y el horror.
Tu voz en silbo y trueno
Retumba en derredor.
Las ígneas alas tiendes
Por cima al aquilón,
Y en torno al aire tiñe
Relámpago feroz.
Salud, salud mil veces,
Espíritu infernal;
Desciende a mí en las alas
Del hórrido huracán.
Hoy festeja el averno; hoy, hijo mío,
La luz del rayo su festín alumbra,
Y en la noche los lívidos espectros
Al trueno aterrador sus gritos juntan.
¡Noche de muerte! ¡Regocija el pecho,
¡Hijo de Satanás! Sí, ya vislumbra
A la luz del relámpago tu daga,
teñida en sangre la aguzada punta
¡Noche de muerte es! Vuela, hijo mío;
Con sangre ya mi paladar endulza.


ABENFARAX
Dame, ¡oh madre!, el puñal. ¿Llegó la hora?


LA MAGA
Pronto ya va a sonar. La noche oscura
Sirve a encubrir tus silenciosos pasos.
El genio del averno te conduzca,
Yo te doy mi puñal: marcha al castillo.


ABENFARAX
Yo juro allí satisfacer tu furia.
(Vase de modo que se ve abrir la puerta del castillo, y entra en él.)

LA MAGA
(Vuelve a cantar.)
En medio a la tormenta
Su hora sonará.
La muerte acechadora
Su presa aguarda ya.
Genios del Tártaro,
Venid a mí,
Venid mi júbilo
A repartir.


(Se arroja en la caverna.)

ESCENA II

Cambia la decoración. Prisión de BLANCA, una capilla gótica del castillo, un crucifijo en el fondo del teatro; una lámpara moribunda alumbra la escena. La tormenta se oye a lo lejos.

BLANCA, LEONOR

BLANCA
¿Por qué, Leonor, tu corazón se oprime?
La muerte al fin consolará mí angustia,
Y volará mi alma a la morada
Donde reina la paz; tu llanto enjuga,
Y ahora, en vez de lamentar mi suerte,
Alégrate conmigo en mi ventura.


LEONOR
¿Por qué yo el nombre de tu dulce amiga
De tu boca escuché? ¡Ojalá nunca
Te hubiese visto yo! Yo no llorara
Al ver abierta ante tus pies la tumba.


BLANCA
¡Dulce Leonor! ¡Gran Dios! Calma tu llanto.
¿No ves mi dicha tú? Gloria más pura
En trono eterno el Dios de la inocencia
Guarda, Leonor, para las almas justas.
¿Qué vale el trono de la tierra toda
Cercado de esplendor? Su faz se anubla
Y el pueblo aquel que le temió algún día,
Perdido el brillo, su grandeza burla
No así aquel trono que esplendente siempre
Brilla en la eternidad. Paz y dulzura,
Inocencia y virtud, siempre le ensalzan.
Allí la libertad, la gloria augusta,
Su eterno manantial vierten, regando
Fértiles campos de eternal verdura.
Allí se cifra mi esperanza ahora.
¿Por qué temer la calma de las tumbas,
Si el alma la quietud halla en su seno
Que en la tierra infeliz en vano busca?
Sosiégate, Leonor; yo estoy tranquila.


LEONOR
¿Y vos tan joven moriréis? ¿Y nunca
Os volveré yo a ver? ¡Ah!, no es posible.
Yo nunca os dejaré... ¡Pasos! No hay duda,
Los asesinos son...
(Se abraza a BLANCA.)

BLANCA
Allá en el cielo
Me aguarda la virtud; sus manos puras
Allí nos unirán. Leonor, la muerte
Siento sólo por ti. ¿Lloras? ¿Te angustias?
Tú no me olvidarás.


ESCENA III

Dichos, EL ALCAIDE con una luz, y UN ERMITAÑO

DON TELLO
Sólo un momento
Te queda ya para decir tus culpas,
Blanca; ojalá te las perdone el cielo.
Dejémosla, Leonor; esta hora es suya.


LEONOR
(Abrazándose más a ella.)
Jamás la dejaré.


BLANCA
Tu llanto quema.
No llores más, Leonor, mi alma se turba
Viéndote padecer. Tu amargo lloro
Me inspira compasión. Leonor, escucha:
Un tiempo fue cuando, en mi cárcel misma,
Plácidos sueños de falaz ventura
Regalaban tal vez mi pensamiento,
Y ciertos yo los figuraba, ilusa.
Pensé que clara la inocencia mía,
Se aplacara tal vez la alma sañuda
Del que tanto adoré; pensé, insensata,
Ocupar el asiento que ahora ocupa
La que perdone Dios; feliz pensaba
Premiar entonces en mejor fortuna
Tu constante amistad. Sólo una prenda
(Se quita un anillo del dedo.)
Joya de mi niñez... Tómala; es tuya.
Guárdala tú como único recuerdo
Que te puedo dejar de mi ternura.
Dulce Leonor, adiós; vuelve a abrazarme
Otra vez y otra vez. Basta; tu angustia
Me despedaza el corazón; recibe
Tú mis últimas lágrimas.


LEONOR
¡Oh!, nunca
Me arrancarán de aquí.


BLANCA
(Con dulzura.)
Déjame, basta.
Ten lástima de mí.


DON TELLO
Raudo apresura
El tiempo su carrera; tú, hija mía,
Déjala de una vez; sobre ella luzca
La clemencia de Dios. Blanca, un momento
Alza tu mente al que las almas juzga.
Vamos, Leonor.


BLANCA
¡Adiós! ¡Ah! ¡Para siempre!


(DON TELLO coge del brazo a LEONOR.)

ESCENA IV

EL ERMITAÑO y BLANCA; aquél mira por todos lados, como temeroso de que le oigan.

BLANCA, de rodillas delante del crucifijo.

BLANCA
¡Omnipotente Dios! Piadoso escucha
Mi humilde voz en mi postrero día,
Y el cáliz del dolor benigno endulza.
Dame resignación, fuerza bastante
Para apurar la copa de amargura,
Perdonar, como tú, a mi enemigo,
Y despreciar la vanidad inmunda,
Que me atormenta el corazón.
(Al ermitaño.)
¡Oh!, padre,
En nombre del Señor, oye mis culpas;
La eternidad...


EL ERMITAÑO
La libertad, la vida.
Aun puedo darte yo, Blanca. ¿Lo dudas?
Mírame, Enrique soy; vengo a salvarte.
(Se quita la capucha que le cubría el rostro, y debajo del hábito se descubren las armas.)

BLANCA
¡Cielos, Enrique!


ENRIQUE
Enrique te asegura,
Si obedeces su voz, salvarte ahora
Del borde mismo de la abierta tumba.
El santo traje que mis armas cubre
Para entrar hasta aquí sirvió a mi astucia.
Yo aquí me quedaré; vístelo, Blanca,
Y este disfraz protegerá tu fuga.


BLANCA
¿Y tú quedarte aquí? Jamás, Enrique:
Yo vivo ya sin esperanza alguna
Y la muerte es un bien. ¿Yo aquí dejarte
A morir en mi vez...? ¡Ah!, tú me injurias.


ENRIQUE
Mi vida aquí defenderá mi espada.
No te cuides de mí; ya a darte ayuda
Cien caballeros en el campo aguardan,
Que allá en tu patria te pondrán segura.
Decídete una vez; allí te esperan
Tus amigos, tu patria y la fortuna.


BLANCA
Déjame, tentador; yo amo la vida,
Y la amo a mi pesar; mas si mi fuga
sólo puede lograrse con tu muerte,
Morir prefiero, a la mayor ventura,
Déjame ahora perecer tranquila,
O un medio noble de salvarme busca.


ENRIQUE
Blanca, no hay otro.


BLANCA
Sí; queda la muerte


ENRIQUE
¡Mujer angelical! ¡Alma más pura
Que la lumbre del sol! ¡Oh!, yo te juro
Morir lidiando en obstinada lucha
O arrancarte de aquí. Voy ahora mismo
El castillo a asaltar. En paz segura
Todos duermen; los pocos que vigilan
Es fácil sorprender: la suerte injusta
No salvará mi vida en la batalla,
O si la salva, salvaré la tuya.



(Vase.)

ESCENA V

BLANCA, sola
¡Qué incertidumbre!, ¡oh, Dios! Cada momento
La muerte y libertad me ofrecen juntas.
Hágase, ¡oh Dios!, tu voluntad.
(Da el reloj las doce.)
Las doce.
Alguien siento venir. Pasos se escuchan...
¡Perdóname, gran Dios!


(Se arrodilla delante del crucifijo. En este momento se abre la puerta y entra ABENFARAX, de modo que antes de entrar se haya visto su sombra.)

ESCENA VI

BLANCA, ABENFARAX

BLANCA
(Se levanta precipitadamente, como amedrentada.)
¡Cielos! ¡Qué veo!
¡Espíritu infernal! ¡Ah, de su furia
líbrame tú, Señor!


ABENFARAX
(Lanza una mirada estúpida, mirándola con ojos de complacencia.)
En vano llamas
Tu Dios en tu favor: mi voz le insulta.
Y maldice su nombre y le blasfema.
¿Ves esta daga?


BLANCA
¡Oh Dios!


ABENFARAX
(Con sangre fría.)
Tu fin te anuncia.


BLANCA
(Precipitadamente.)
¡Piedad! ¡Piedad! ¡Qué horror! ¡Ah! Compadece...
Un momento, no más... si acaso oculta
Tu pecho un corazón... ¡Ah!, si en tu infancia
Una mujer te amamantó...


ABENFARAX
Una bruja
Y un hijo de Luzbel fueron mis padres.
(Se oye ruido de espadas y voces de combatientes, que va progresivamente acercándose. ABENFARAX continua, sin interrupción.)
Mi destino es matar. Ven y concluya
Tu vida de una vez.
(BLANCA, retirándose siempre al fondo del teatro, se abraza con el crucifijo.-ABENFARAX la persigue.-Más cerca, los gritos y las espadas.-Dentro, la voz de ENRIQUE.)
¡Nuestro es el triunfo!


BLANCA
¡Por piedad! ¡Por piedad!


(ABENFARAX la agarra de los cabellos y la arranca del crucifijo.)

ABENFARAX
¿Piedad? Ninguna.
(La levanta de los cabellos la cabeza para mirarla.-La clava el puñal al decir:)
Gózate, ¡oh madre!, aquí.


BLANCA
¡Valedme, cielos!


(Cae muerta.)

ESCENA VII

En este momento se abren las puertas violentamente de la capilla y entra ENRIQUE, con la espada desnuda. Varios caballeros, con hachas encendidas y espadas, y LEONOR.

ENRIQUE
¡Libertad, libertad, Blanca!


(ABENFARAX se presenta delante de él.)

ABENFARAX
¿La buscas?
Mírala donde está; síguela y muere.


(Le tira una puñalada, que resisten las armas.)

ENRIQUE
(Clavándole una estocada.)
¡Asesino!


ABENFARAX
¡Oh, furor! (Cae muerto.)


(LEONOR se arrodilla delante de BLANCA, contemplándola.)

LEONOR
¡Muerta! ¡Ya nunca
La volveré yo a ver! ¡Leonor te llama...!
Es en vano; infeliz, tú no la escuchas.


(Se abraza a ella.)

ENRIQUE
¡Qué horror! Tan pura, tan hermosa y joven
Y perderse en su flor... ¡Ah!, Dios confunda
Sus enemigos todos y maldiga
Al que manchado esté de sangre suya.
(Se adelanta y pone la mano sobre el crucifijo.)
Yo lo juro ante Dios. Mi espada juro
Que hasta vengarla brillará desnuda.


FIN

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