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sábado, marzo 10, 2007

Alejandro Casona:LOS ÁRBOLES MUEREN DE PIE


LOS ÁRBOLES MUEREN DE PIE
Alejandro Casona


OBRA COLABORACIÓN DE USUARIO


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Comedia en tres actos
Esta obra se estreno en el teatro Ateneo, de Buenos Aires, el día 1 de abril de 1949, con el siguiente reparto:



PERSONAJES ACTORES

MARTA-ISABEL ................ Luisa Vehil.
LA ABUELA...................... Amalia S. Ariño.
GENOVEVA ..................... Teresa Serrador.
HELENA, secretaria.......... Carmen Domenech.
AMELIA, mecanógrafa ..... Leda Zanda.
FELISA, doncella ............ Soledad Marcó.
MAURICIO ..................... Esteban Serrador.
SEÑOR BALBOA................. Francisco L. Silva.
EL OTRO ........................ Alberto Closas.
EL PASTOR-NORUEGO ......... Francisco Donadío.
EL ILUSIONISTA ................ José M. Navarro.
EL CAZADOR .................... Cayetano Blondo.
EL LADRÓN DE LADRONES ..... José Couto.


ACTO PRIMERO



A primera vista estamos en una gran oficina moderna, del más aséptico capitalismo funcional. Archivos metálicos, fi¬cheros giratorios, teléfonos, audífono y toda la comodidad mecánica. A la derecha —del actor—, la puerta de secre¬taría; a la izquierda, primer término, la puerta de la di¬rección. Segundo término, salida privada. La mitad derecha del foro está ocupada por una librería. La izquierda, en medio arco, cerrada por una espesa cortina, que al correrse descubre un vestuario amontonado de trajes exóticos y una mesita con espejo alumbrado en los bordes, como en un camarín de teatro.

En contraste con el aspecto burocrático hay acá y allá un rastro sospechoso de fantasía: redes de pescadores, carátu¬las, un maniquí descabezado con manto, un globo terrá¬queo, armas inútiles, mapas coloristas de países que no han existido nunca; toda esa abigarrada promiscuidad de las almonedas y las tiendas de anticuario.

En lugar bien visible, el retrato del Doctor Ariel, con su sonrisa bonachona, su melena blanca y su barba entre artística y apostólica.

Al levantarse el telón la Mecanógrafa busca afanosamente algo que no encuentra en los ficheros. Consulta una nota y vuelve a remover fichas, cada vez más nerviosa. Entra Helena, la secretaria, madura de años y de autoridad, con sus carpetas que ordena mientras habla.

HELENA.
¿Qué, sigue sin encontrarla?

MECANÓGRAFA.
Es la primera vez que me ocurre una cosa así. Estoy segura de que esa ficha la extendí yo mis¬ma; el fichero está ordenado matemáticamente y soy capaz de encontrar lo que se me pida con los ojos cerrados. No comprendo cómo ha podido desaparecer.

HELENA.
¿No estará equivocada la nota?

MECANÓGRAFA.
Imposible; es de puño y letra del Jefe. (Ten¬diéndosela.) 4-B-43. No puede haber ningún error.

HELENA.
Hay dos.

MECANÓGRAFA.
¿Dos?

HELENA.
Primero, no pronuncie nunca aquí, la palabra Jefe; parece otra cosa. Diga simplemente Direc¬tor. Y segundo ¿cómo quiere encontrar a una muchacha de diez y siete años en las fichas azu¬les? Hasta cumplir la mayor edad van en cartu¬lina blanca.

MECANÓGRAFA.
Dios mío ¡pero dónde tengo la cabeza hoy!

HELENA.
Mucho cuidado con eso; tratándose de meno¬res la ley es inflexible.

MECANÓGRAFA.
Siempre se me olvida ese detalle del color.

HELENA.
Recuerde que en esta casa cualquier pequeño detalle puede ser una catástrofe. Muchas vidas están pendientes de nosotros, pero el camino está lleno de peligros; y lo mismo podemos me¬recer la gratitud de la humanidad que ir a parar todos a la cárcel esta misma noche. No lo olvide.

MECANÓGRAFA.
Perdón. Le prometo que no volverá a ocurrir.

HELENA.
Así lo espero. Y ahora, a ver si es verdad esa seguridad de sus manos. Póngase ante el fiche¬ro de menores con los ojos cerrados y déme el 4-B-43.

MECANÓGRAFA.
¿Es éste?

HELENA.
Muy bien, la felicito. (Lee.) "Ernestina Pineda. Padre desconocido y madre demasiado conocida. Abandono del hogar. Peligro. Urgente. Véase mo¬delo H-4." (Busca en sus carpetas repitiendo.) Modelo H-4... modelo H-4. H-4. (Un vistazo y frunce el ceño.) ¡Ahá! por lo visto es grave. (To¬ma unas notas rápidas en su bloc.)

MECANÓGRAFA.
¿Puedo hacerle una pregunta? Ya sé que no se debe, pero a mí me ocurrió algo parecido y es¬toy muerta de curiosidad.

HELENA.
Acostúmbrese a obedecer sin preguntar; es me¬jor para todos. (Arranca la hoja del bloc y se la da con la ficha y la carpeta.) (La mecanógra¬fa va a salir.) Otra cosa; si llega una muchacha de ojos tristes, con boina a la francesa y tarjeta azul, hágala pasar inmediatamente.

MECANÓGRAFA.
¿La del ramo de rosas?

HELENA.
¿Cómo lo sabe?

MECANÓGRAFA.
No fue culpa mía; lo oí, sin querer, cuando se lo estaba diciendo el Jefe.

HELENA.
Director.

MECANÓGRAFA.
Disculpe. (Sale. La Secretaria se sienta a ordenar papeles y tomar notas. Entra, de secretaría, el Pastor protestante; un tipo demasiado per¬fecto para ser verdadero. Viene de un humor nada evangélico.)



HELENA y PASTOR

PASTOR
Esto ya es demasiado. ¡Protesto! Respetuosa¬mente, pero protesto.

HELENA.—(Sin abandonar su trabajo.)
¿Otra vez?

PASTOR.
Yo he sido llamado aquí como especialista en idiomas: nueve lenguas vivas y cuatro muertas, cuarenta años de estudios, cinco títulos univer¬sitarios... y total ¿para qué? ¿Hasta cuándo me van a tener ocupado en trabajos inferiores?

HELENA.
¡Cómo! ¿A un problema de conciencia, con dudas religiosas y en una dama escocesa, le llama usted un trabajo inferior?

PASTOR.
¡Pero otra solterona! Ya llevo cuatro en menos de una semana. Y si hay algo en este mundo que un solterón no puede soportar es una sol¬terona.

HELENA.
Muy galante.

PASTOR.
No lo digo por usted. Usted no es una mujer.

HELENA.
Gracias.

PASTOR.
Quiero decir que es un amigo, un camarada. Por eso le hablo con el corazón en la mano. ¡Pro¬testo, protesto y protesto! (Se arranca una pa¬tilla. Helena se levanta.)

HELENA.
Cálmese, reverendo.

PASTOR.—(Repentinamente alarmado mira en torno y baja la voz). ¿Por qué me llama reverendo? ¿Hay alguien?

HELENA.
Nadie; tranquilícese.

PASTOR.
Ah. (Se arranca la otra patilla.)

HELENA.
Y cámbiese inmediatamente. (Le tiende un papel.) Tiene otra misión delicada para hoy.

PASTOR.—(Sin ilusión.)
Sí, ya sé. ¡Barco noruego a la vista! ¿Tengo que ser yo el que vaya al puerto?

HELENA.
No tenemos otro que conozca ese idioma. ¡Pien¬se en la emoción de esos muchachos al escuchar tan lejos una vieja canción de la tierra!

PASTOR.
¡No irá a decirme que un trabajo así justifica cinco títulos universitarios!

HELENA.—(Dejando el tono amistoso para impo¬nerse.)
Aquí nadie tiene el derecho de elegir sus con¬signas. ¡O se obedece a ciegas o se abandona la lucha!

PASTOR.
En fin... todo sea por la causa. (Deja resignado su biblia y sus lentes. Corre la cortina descubriendo el vestuario, se quita la levita, y mientras sigue el diálogo va poniéndose una camiseta marinera y las altas botas de agua sobre el mismo pantalón.)

HELENA.
¿Consiguió tranquilizar la conciencia de esa dama?

PASTOR.
¿Qué dama?

HELENA.
Miss Mácpherson. La solterona escocesa.

PASTOR.
Ah, sí, supongo que sí. Era un caso corriente. ¿Por qué no iba a resultar?

HELENA.
No sé; temí que pudieran surgir complicacio¬nes en la discusión religiosa. Como usted es ca¬tólico y ella protestante...

PASTOR.
Para un profesor de idiomas eso no es dificul¬tad: el protestantismo es un dialecto del catoli¬cismo.

HELENA.
Entonces, si todo salió bien ¿a qué viene ese mal humor?

PASTOR.
¿Le parece poco? Sólo se cuenta conmigo para trabajos de principiante. ¿Por qué no se me dio parte en el golpe del Club Náutico? ¡Eh! ¿Por qué se me dejó fuera cuando el Baile de las Embajadas? ¡Eh! Allí había gente de todos los paí¬ses. ¡Era mi gran oportunidad!

HELENA.
Esa noche nuestro interés no estaba en el sa¬lón de baile, sino en las cocinas. Una equivoca¬ción en el narcótico lo habría echado todo a rodar. ¿Alguna otra queja?

PASTOR.
Lo de los nombres. Pase que en el cumplimien¬to del deber se me llame el "F-48". Pero aquí dentro, entre compañeros...

HELENA.
Es mejor que nadie sepa el nombre de nadie. Puede prestarse a indiscreciones peligrosas.

PASTOR.—(Ofendido.)
¿Piensa que yo soy un delator?

HELENA.
Ni remotamente. Pero, ¿que pasaría si alguno de los nuestros, por una torpeza, cayera en ma¬nos de la policía? ¡Toda la organización descu¬bierta !

PASTOR.—(Se levanta convencido.)
Ni una palabra más. ¿A qué hora llega ese maldito barco?

HELENA.
¿Por qué maldito?

PASTOR.
Quiero decir, ese dichoso barco.

HELENA.
¿Por qué dichoso? No lo diga con ese gesto. Sonría. Una buena sonrisa es la mitad de nues¬tro trabajo.

PASTOR.
Está bien. (Con una sonrisa que no le sale.) ¿A qué horas deben llorar esos muchachos noruegos oyendo las viejas canciones de su país?

HELENA.
Así, muy bien. (Consulta su reloj). A las once. Tiene usted cuarenta minutos. (El Pastor encien¬de las luces del espejo y se sienta a maquillarse. Uno de los libros se ilumina tres veces con una luz roja, al mismo tiempo que se oyen tres llamadas sordas de chicharra. Una parte de la libre¬ría comienza a abrirse lentamente hacia adentro descubriendo una entrada secreta. Pasa el ilu¬sionista; un tipo humildemente estrafalario, con una gran carrik anacrónica o levita larga. Trae en la mano un racimo de globos infantiles. La puerta se cierra sola tras él.)



HELENA, PASTOR, ILUSIONISTA

ILUSIONISTA.
Salud, compañeros.

HELENA.
Salud.

PASTOR.
Salud.

ILUSIONISTA.—(Cuelga sus globos y pasa a dejar el sombrero de copa sobre la mesa.)
Dígame, señora ¿esto de los globos es absolu¬tamente necesario?

HELENA.
¿Es otra protesta?

ILUSIONISTA.
Pregunto, simplemente. Cada uno tiene el sen¬tido de su profesión; y esto de los globitos, la verdad, no me parece digno de una organización seria ni de mí.

HELENA.
Ah, ¿usted también? Por lo visto ya empieza a filtrarse aquí la indisciplina. Pues no señores, no; sin autoridad y obediencia no hay lucha po¬sible. ¡Piénsenlo bien antes de dar un paso más!

ILUSIONISTA.
Yo no he hecho más que preguntar.

HELENA.—(Autoritaria.)
¡Ni eso! El que no esté dispuesto a entregarse a la causa con el alma entera tiene abierta la puerta. Sólo se le pedirá al salir el mismo juramento que se le pidió al entrar: silencio abso¬luto. ¿Tienen algo más que decir?

ILUSIONISTA.
Nada.

PASTOR.
Nada.

HELENA.
Gracias. (Sale. El Pastor, que ha completado su maquillaje con una sotabarba roja, viene al cen¬tro de la escena poniéndose la zamarra. El Ilusio¬nista se sienta aburrido. Mientras habla hace las cosas más inesperadas con una naturalidad des¬concertante: cada vez que busca algo en sus in¬mensos bolsillos van apareciendo enredados cintajos de colores, abanicos japoneses, frutas, una flauta, un trompo de música. Lo más curioso es que ni él hace el menor caso al Pastor mientras dialogan, ni el Pastor muestra la menor extrañeza ante sus trucos pueriles. Hay frente a frente un tono doctoral y una sorna plebeya resignada.)



ILUSIONISTA y PASTOR

PASTOR
Cada día se está poniendo esto más duro. ¡Si no fuera porque, en el fondo, somos unos idea¬listas!

ILUSIONISTA.
Le diré a usted: a mí los idealismos... (Aplas¬ta contra el suelo su bastón y se lo guarda en el bolsillo).

PASTOR.
¿Mucho trabajo?

ILUSIONISTA.
Nada; viejos, niños, criadas... ¡Matinée! (Buscando algo saca una flauta en la que sopla un acorde y la pasa al otro bolsillo.) Y usted ¿con¬tento?

PASTOR.
Desarraigado. Yo he nacido para la Universi¬dad. (Nostálgico.) La Sorbona, Oxford, Bolonia...

ILUSIONISTA.
Yo para el circo: Hamburgo, Marsella, Barce¬lona... (Repite el juego con unos pañuelos que al deslizarse entre sus manos cambian de color.)

PASTOR.
La biblioteca hasta el techo, la campana, el claustro gótico...

ILUSIONISTA.
La vieja carpa de lona, los caminos...

PASTOR.
¡Cuarenta años de estudiar sentado!

ILUSIONISTA.
¡Cuarenta países a pie!

PASTOR.
En cambio ahora...

ILUSIONISTA.
A lo que hemos llegado, compañero. ¿Una ba¬nana?

PASTOR.
No, gracias. (El Ilusionista pela y come filosó¬ficamente la suya.) Sé que tenemos una gran responsabilidad social. Pero esos nombres de espías... ¿Hay derecho a que un hombre como yo se llame el "F-48"?

ILUSIONISTA.
¿Y...? Yo soy el "X-31", y me aguanto.

PASTOR.
¿Pero no siente la angustia de estar muerto debajo de esa letra y ese número?

ILUSIONISTA.
Le diré a usted: a mí la angustia metafísi¬ca... (Come.)

PASTOR.
Mi nombre verdadero es Juan. Poca cosa, ¿verdad? ¡Pero humano, señor, humano! Milla¬res de Juanes han escrito libros y han plantado árboles. Millones de mujeres han dicho alguna vez en cualquier rincón del mundo "te quiero, Juan". En cambio ¿quién ha querido nunca al "F-48"? Juan sabe a pueblo y a eternidad: es el hierro, la madera de roble, el pan de trigo. "F-48" es el nylon. (El Ilusionista termina de comer su banana y guarda la cáscara en el bol¬sillo.)

ILUSIONISTA.
A mí me gusta el nylon; es cómodo y barato. ¡El porvenir! (Se limpia con un pañuelo rojo, que al soltarlo, vuelve rápidamente a su sitio.)

PASTOR
¡No, no me diga que soy yo el único en sentir esta angustia! ¿Podría usted resignarse a ser eternamente el "X-31"?

ILUSIONISTA.
Cuesta un poco. La primera vez que me oí llamar así creí que estaban llamando a un sub¬marino. (Saca una especie de cigarrera que abre a resorte y se ilumina.) ¿Un cigarrillo?

PASTOR.
Tengo que acostumbrarme a esta maldita pi¬pa. (El Ilusionista enciende con un fósforo que rasca en el codo.) Y a cantar, y hasta a bailar si es preciso. ¡Pero ese nombre, ese nombre...! ¿Cómo pudo decir Guillermo que el nombre no significa nada? (Recita.)

"¡Montesco o no Montesco, tú eres tú!
En cambio un nombre ¿qué es? Ni pie ni mano
ni brazo ni semblante
ni cosa alguna que al hombre pertenezca."

¡No estoy conforme!

ILUSIONISTA.
¿Con quién?

PASTOR.
Con Shakespeare.

ILUSIONISTA.
Le diré a usted; a mí Shakespeare... (Se aprieta con el índice un oído soltando por el otro un largo chorrito de agua.)

PASTOR.
¡Pero a mí sí, a mí sí! Puedo recitar sus obras completas de memoria. Algún día hasta soñé con escribirlas parecidas. (El Ilusionista lanza en el suelo un trompo de música.) ¿Y en qué he ve¬nido a parar?

ILUSIONISTA.—(Mirándole por primera vez de fren¬te.)
No somos nadie, hermano: usted, un catedrá¬tico sin cátedra; yo, un ilusionista sin ilusio¬nes. Podemos tratarnos de tú. (Recoge el trom¬po en la palma de la mano mirándole bailar. De pronto, oyendo la voz de la Secretaria, que se acerca, se incorpora y lo guarda imponiendo silencio. El Pastor cierra apresuradamente la cortina del vestuario. Entra Helena, con la mu¬chacha de los ojos tristes y la boina a la francesa. Anticipadamente la llamaremos Isabel.)



DICHOS, HELENA e ISABEL

HELENA.
Pase, señorita. Es una verdadera alegría que se haya decidido a venir a vernos. ¿Tienen la bondad de dejarnos solas? (El Pastor se inclina cortés; el Ilusionista, como en un saludo de pista. Recoge sus globos y se encamina a la se¬gunda izquierda detrás del Pastor. Se aprieta la boca del estómago con el dedo haciendo un ruido de bocina. El Pastor le deja paso. Isabel los mira salir desconcertada.)



ISABEL y HELENA

HELENA.
Siéntese, por favor.

ISABEL.—(Sin sentarse.)
¿Fue usted la que me llamó?

HELENA.
Yo no puedo tomar iniciativas; sólo obedezco órdenes. Pero estoy segura de que el señor Di¬rector va a ser feliz cuando lo sepa. Un momen¬to. (Va al audífono.) ¡Hola! ¿Dirección? (Se oye en el audífono la voz del Director.)

VOZ.
Diga, Helena.

HELENA.
Tengo una gran noticia para usted.

VOZ.
Si quiere darme la mejor del día dígame que los ojos tristes que esperábamos acaban de lle¬gar.

HELENA.
Efectivamente, aquí está.

VOZ.
Salúdela en mi nombre y dígale que en cuan¬to termine aquí tendré el mayor gusto en atenderla. De corazón.

HELENA.
A sus órdenes. (Corta.) ¿Ha oído?

ISABEL.
Realmente no sé cómo agradecerles... Pero ¿podría saber quién me llamó y para qué me han traído aquí?

HELENA.
El señor Director le explicará. ¿No quiere sen¬tarse? Parece un poco nerviosa.

ISABEL.
Mucho. Y sobre todo, desconcertada. Fue una cita tan extraña y en un momento de mi vida tan... tan... (Ahoga un sollozo y se deja caer en un asiento.)

HELENA.
Vamos, señorita, tranquilícese. Le aseguro que está entre amigos... ¡quién sabe si compañe¬ros! ¿Quiere tomar algo?

ISABEL.
Nada, gracias. (Sonríe disculpándose mientras se seca una lágrima.) Ya pasó.



ISABEL, HELENA y MECANÓGRAFA. Después, BALBOA

MECANÓGRAFA.—(En la puerta.)
Hay un señor que quiere hablar con la di¬rección.

HELENA.
Que espere.

MECANÓGRAFA.
Viene recomendado por el Doctor Ariel.

HELENA.
¿Por el Doctor Ariel en persona? ¡Pero hága¬lo pasar inmediatamente! Adelante, señor, ade¬lante. (Entra el Señor Balboa: un anciano correctísimo y pulcro, un poco tímido. Trae en la mano una tarjeta azul.)

BALBOA.
Señorita...

HELENA.
Encantada. ¿Es usted amigo del Doctor Ariel?

BALBOA.
Tengo ese honor.

HELENA.
Entonces supongo que el doctor le habrá in¬formado ya... ¿no?

BALBOA.
No, nada; me dio simplemente esta dirección y me dijo que aquí lo sabría todo... si es que algo podían hacer por mí.

HELENA.
Esperemos que sí. Tome los datos, Amelia. (La Mecanógrafa recoge la tarjeta del señor Balboa y se sienta a tomar los datos para el fichero. Helena le indica un asiento y dice por Isabel.) No sé si tengo derecho a hacer las presentacio¬nes o si prefieren reservarse los nombres. En cualquier caso considérense como amigos.

BALBOA.
Honradísimo.

ISABEL.
Gracias, señor. (El señor Balboa toma asiento junto a Isabel. Pequeña pausa. En la segunda izquierda aparece un momento el Pastor Noruego.)



DICHOS y PASTOR

PASTOR.
Un momento, compañera ¿basta cantar o ten¬go que llevar también el acordeón?

HELENA.—(Impaciente ante la imprudencia.)
No me parece momento oportuno para pedir instrucciones. ¡Espere ahí dentro!

PASTOR.
Perdón. (Sale. La Secretaria sonríe un poco tontamente sin saber cómo explicar la extraña aparición.)

HELENA.
Otro amigo... (Toma de la mesa el sombrero de copa para llevárselo. Del sombrero sale un conejo blanco. Ella se apresura a esconderlo, nerviosa.) Disculpen... ¡estos empleados!... (Sale con el sombrero por segunda izquierda. Isa¬bel y el señor Balboa, a quienes ha sorprendido tanto el noruego como el conejo, se miran des¬concertados. Después contemplan inquietos el lu¬gar. La Mecanógrafa termina de anotar y de¬vuelve la tarjeta.)

MECANÓGRAFA.
Nada más, señor; muchas gracias. (Coloca en el clasificador la ficha que acaba de extender. Suena el teléfono; atiende mecánicamente.) Di¬ga. Sí, yo misma. ¿Cómo? ¡Pero no! Ese asunto de los niños secuestrados quedó archivado defi¬nitivamente. Resultado negativo. Ah, eso ya es otra cosa. Espere, creo que tengo aquí a mano los datos. (Sin soltar el auricular busca en un indicador, repitiendo.) Fumadero de opio... Fu¬madero de opio... Fumadero... (La Secretaria ha aparecido a tiempo de sorprender la nueva imprudencia. Avanza rápida.)

HELENA.
¡Deje eso! (Toma el auricular y contesta en un tono tan amable que es evidentemente fal¬so.) ¡Hola! ¿Ah, es usted? Encantada siempre. Lo siento pero ahora no me es posible. No, por favor, no insista. (Subrayando.) Le repito que en este momento es imposible. Yo le llamaré. De nada. (Cuelga.) Vamos, señorita; el trabajo no puede esperar. Con permiso. (Vacila un mo¬mento. Desconecta el teléfono y sale con la Me¬canógrafa. Isabel y el señor Balboa se miran cada vez más perplejos. Él se enjuga la frente con el pañuelo; ella tamborilea los dedos nervio¬sa. Sonríen forzadamente sin saber qué decirse. Por fin el señor Balboa da el primer paso, con¬fidencial.)



ISABEL y BALBOA

BALBOA.
Dígame, señorita, ¿usted tiene una idea apro¬ximada de dónde estamos?

ISABEL.
Yo no. ¿Y usted?

BALBOA.
Tampoco. ¿Es curioso, no? Ninguno de los dos sabemos dónde estamos y sin embargo aquí es¬tamos los dos.

ISABEL.
¿No habremos equivocado la dirección?

BALBOA.
Comprobemos. ¿Cuál es la suya?

ISABEL.—(Saca de su bolso una tarjeta azul.) Avenida de los Aromos 2448.

BALBOA.—(Mirando la suya.)
Dos, cuatro, cuatro, ocho. Correcto. Es induda¬ble que en toda la ciudad no puede haber más que una Avenida de los Aromos.

ISABEL.
Y es indudable que en toda la avenida no puede haber más que un dos, cuatro, cuatro, ocho.

BALBOA.
Entonces estamos bien, no hay discusión. ¿Pe¬ro dónde? ¿Qué significa esta mezcla de ofici¬na y de utilería?

ISABEL.
Es lo que yo me estoy preguntando desde que llegué.

BALBOA.
Y ese fumadero de opio... y esos niños se¬cuestrados... ¡No irá a decirme que todo esto es natural!

ISABEL.
Quién sabe. A veces unas palabras sueltas pue¬den prestarse a confusiones.

BALBOA.
De acuerdo. Pero... ¿es natural criar cone¬jos en un sombrero de copa?

ISABEL.
Eso sería lo de menos. Para mí lo más sos¬pechoso es lo otro; lo del pescador.

BALBOA.
¿Por qué?

ISABEL.
Porque ese pescador noruego que acaba de sa¬lir, cuando entró no era noruego ni pescador. Era un pastor protestante.

BALBOA.—(Se levanta sobresaltado.)
¡Demonio! ¿Quién le ha dicho eso?

ISABEL.
Yo lo vi, en un banco del parque: un pastor protestante discutiendo con una inglesa pelirro¬ja. Es decir... a menos que la señora estuvie¬ra disfrazada también.

BALBOA.
Pero entonces no hay duda. ¡Hemos caído en una trampa! (Se oye dentro un golpe de acor¬deón.)

ISABEL.
Silencio. Ahí viene. (Balboa se sienta rápida¬mente disimulando. Cruza el Pastor, que ha com¬pletado su estampa nórdica de lobo de mar; vie¬ne terminando de sujetarse el acordeón en ban¬dolera. Se detiene mirando compasivamente a uno y otra.)



ISABEL, BALBOA y el PASTOR

PASTOR.
Primer día, ¿no?

BALBOA.—(A ver qué sale.)
Primer día.

PASTOR.—(Sibilino.)
Si quieren un buen consejo, retírense ahora que todavía están a tiempo. Y si no, miren mi ejemplo: cuarenta años de estudios por un pla¬to de lentejas... y ahora ¡a la taberna del puer¬to, a cantar para esos muchachotes rubios que lloran cerveza! (Sale por secretaría rezongando entre dientes.) F-48... F-48... (Isabel y Balboa le siguen con los ojos. Después vuelven a mirar¬se atónitos.)



ISABEL y BALBOA

BALBOA.—(Repite mecánicamente.)
F-48... ¿Usted ha entendido algo?

ISABEL.—(Resuelta.)
Yo sí: ¡que hay que salir de aquí antes que sea tarde! (Se levanta dispuesta a correr. Él la detiene.)

BALBOA.
¡Por ahí no! ¿Quiere meterse usted misma en la boca del lobo? Calma, señorita; mientras ten¬gamos la cabeza sobre los hombros, usémosla fríamente. Reflexionemos. (Respira hondo para tranquilizarse y medita en voz alta.) A primera vista, todo lo que estamos presenciando aquí só¬lo puede ocurrir en un teatro o en una filmado¬ra de películas o en un circo.

ISABEL.
Ojalá no fuera más que eso.

BALBOA.
Y, sin embargo, es evidente que no estamos en un circo ni en un teatro ni en una filma¬dora.

ISABEL.
Evidente.

BALBOA.
Tampoco cabe pensar en una logia.

ISABEL.
¿Y en una secta?

BALBOA.
¿De qué?

ISABEL.
Qué sé yo. Una secta secreta.

BALBOA.
¿Religiosa? No es cosa de estos tiempos. ¿Po¬lítica? ¿Una organización terrorista?

ISABEL.
¿Contra un viejo y una pobre mujer sola? No valdría la pena.

BALBOA.—(Desesperado.)
Pero entonces ¿dónde diablos nos hemos meti¬do? Yo soy un poco distraído y puedo equivo¬carme; pero usted... ¿Es posible que haya ve¬nido aquí sin saber adónde venía?

ISABEL.
Cuando me llamaron estaba tan desesperada que no podía negarme. Si en aquel momento me hubieran citado a la puerta del infierno habría ido lo mismo.

BALBOA.
¿Quién la citó?

ISABEL.
Ni lo sé. Era un anónimo.

BALBOA.
¡Me lo estaba imaginando! ¿Con amenazas?

ISABEL.
Al contrario: con la más hermosa de las promesas.

BALBOA.
¡Haber empezado por ahí! ¿Se da cuenta aho¬ra del peligro, criatura? Una muchacha, joven, linda, sola... ¿Cómo no sospechó esta intriga tenebrosa?

ISABEL.—(Aterrada corriendo a refugiarse a su la¬do.)
¡No me diga! ¿Un secuestro?

BALBOA.
¿Qué otra explicación puede haber? Pero no tenga miedo; viejo y todo, soy un caballero. ¡Que se atrevan esos rufianes! (En este momen¬to el libro vuelve a encenderse tres veces, con tres llamadas de chicharra, y la puerta falsa de la librería empieza a girar. Los dos retroceden despavoridos, imponiéndose silencio mutuamente y vuelven a sus asientos. Por la puerta secreta entra el Mendigo: una figura sórdida escapada de la Corte de los Milagros, con mugrienta capa romántica, ancho fieltro y parche en un ojo.)



ISABEL, BALBOA y el MENDIGO

MENDIGO.
Salud. (Pasa con toda naturalidad, sin hacerles caso, hacia la mesa y sobre una bandeja de plata va depositando distintos objetos que extrae de sus profundos bolsillos: un collar de per¬las, varios relojes con cadena, algunas carteras. Después señala un número en el teléfono inte¬rior.)

MENDIGO.
Hola. Aquí el S-S-2. Misión cumplida. Sin complicaciones. No, esté tranquilo, no me ha segui¬do nadie. Respondo. Gracias. (Se quita el par¬che del ojo y se dirige a la segunda izquierda. De pronto se detiene contemplando admirado al señor Balboa.) ¡Exacto, exacto, exacto! Un ver¬dadero hallazgo. (Avanza un paso con el dedo tendido.) ¡Usted es el coronel de las siete he¬ridas para recuerdos de guerra! ¿A que sí?

BALBOA.
¿Eh...?

MENDIGO.
¿Ah, no? ¡Qué lástima! Con una perilla blan¬ca, era el tipo justo. (A Isabel.) Salud compañe¬ra. (Sale. En cuanto se cierra la puerta el señor Balboa se levanta pálido pero iluminado.)



ISABEL y BALBOA. Diálogo rapidísimo

BALBOA.
¡Por fin! ¿Está claro ahora? ¡Hemos caído en una mafia!

ISABEL.
¡Hay que salir de esta cueva como sea!

BALBOA.
¿Por dónde? ¿No comprende que todas las puertas estarán tomadas?

ISABEL.
Puede haber una ventana. (Descorre la cortina del vestuario, asoma la cabeza y lanza un grito. El Sr. Balboa se tapa los ojos dramáticamente.)

BALBOA.
¡No me diga más! ¡Un ahorcado!

ISABEL.
Un ropero: disfraces, pelucas, máscaras...

BALBOA.
Lo que me imaginaba; una banda de impos¬tores.

ISABEL.—(Corre de nuevo la cortina.)
¿Y si llamáramos a la policía por teléfono?

BALBOA.
¿Cree que son tontos? Ya habrán cortado el hilo.

ISABEL.
¿Y si pidiéramos socorro a gritos? (Va a gri¬tar. Él la detiene bajando la voz.)

BALBOA.
¿Está loca? Se nos echarían encima ahora mismo.

ISABEL.
Quizá esta salida secreta... (Palpando la li¬brería.) Tiene que haber algún botón por aquí.

BALBOA.
¡Quieta! ¿Y si se equivoca de botón y saltamos hechos pedazos? Espere. Estudiemos la situación serenamente. (Se vuelven sobrecogidos oyendo un grito tirolés que retumba en secretaría. Se abre la puerta de una patada y entra el Ca¬zador con dos perros en traílla. Calzón corto de pana, canana, escopeta y sombrero de pluma. Tipo de una vitalidad desbordante, entra a gri¬tos y zancadas, chorreando júbilo.)



ISABEL, BALBOA y el CAZADOR

CAZADOR.
¿No lo dije? ¡Éxito total! Y yo solo ¡solo! Pa¬ra que luego digan de la iniciativa privada. ¿Me hace el favor un momento? (Entrega el dogal de los perros al señor Balboa, que no acierta a negarse, tan espantado de los perros como del dueño. El Cazador se abalanza al teléfono can¬tando ópera italiana.)

CAZADOR.
Fígaro cuí. Fígaro la... ¡Hola! ¿Departamen¬to de material? Sí, yo mismo. Feliz. ¿No se me nota en la voz? Anote rápido: para mañana al amanecer tres docenas de conejos. ¿Cómo? ¡Pe¬ro no, hombre de Dios! ¿Para que me iban a servir muertos? ¡Vivos, vivos y coleando! De acuerdo. (Va a colgar cantando. Se detiene de pronto.) Ah, espere, otra cosa. Necesito más pe¬rros. Todos los que pueda: ocho perros, catorce perros ¡cincuenta perros! ¿Hambrientos? No se preocupe; de la alimentación me encargo yo. (Ríe.) Queda usted invitado. A las órdenes, camarada. (Cuelga y toma rápido una nota can¬tando. Comenta entusiasmado.) ¿Es prodigioso? ¡Si lo hubieran ustedes visto! Cuatro hombres felices con el mínimo de gasto. (Cruza a recoger sus perros cantando.) "¡Lucévano le stelle!" Gracias, señor, muy amable, gracias. (Grandes palmadas. Al notar su asombro, mira a uno y otra receloso, mira a las puertas, y baja la voz confidencial.) ¿Nuevos?

ISABEL.—(Sin voz.)
Nuevos.

CAZADOR.
Pero... ¿iniciados ya o en período de obser¬vación?

BALBOA.
Mitad y mitad.

CAZADOR.
Ah, ya: catecúmenos.

ISABEL.
Catecúmenos.

CAZADOR.
Ánimo, compañeros, el principio es lo único que cuesta. Después... ¡es maravilloso! (A los perros.) ¡Quieto, Romeo! ¡Vamos Julieta! (Abre de otra patada la puerta de la dirección gri¬tando.) ¡Señor Director! ¡Señor Director...! (Y desaparece con el mismo alarido gutural que anunció su llegada. Isabel queda en pie, pasma¬da. El señor Balboa cae desfallecido en un si¬llón.)



ISABEL y BALBOA

BALBOA.
Es inútil. Ni secta, ni logia, ni mafia. Pero entonces ¿qué? ¡Una luz, Señor, una luz!
ISABEL.—(Se acerca con un temblor de emoción en la voz.) ¿No estaremos soñando?

BALBOA.
¿Los dos al mismo tiempo?

ISABEL.
Sin embargo, este mundo arbitrario, esta con¬fusión de trajes y personajes, sólo puede pro¬ducirse en sueños.

BALBOA.—(Enjugándose la frente, vencido.)
Yo no entiendo ya nada de nada. Si en este momento se abre esa puerta y entra Napoleón a preguntarme qué hora es... ni frío ni calor.

ISABEL.—(Obsesionada.)
Napoleón... Napoleón... Nap... (Con una sospecha repentina se lleva la mano a los labios ahogando un grito.) ¡Ya está!

BALBOA.
¿Qué está?

ISABEL.
¿Pero cómo no se me ocurrió antes? ¡Si no podía ser otra cosa!

BALBOA.
¿Qué cosa? ¡Hable de una vez!

ISABEL.—(Aferrándole de un brazo.)
¿No ha oído contar el caso de aquel sanatorio donde un día se sublevaron todos los locos, ata¬ron a los enfermeros y ocuparon sus puestos?

BALBOA.—(Se levanta estremecido.)
¿No...?

ISABEL.
¡Aquí lo tenemos otra vez! ¡Hemos caído en una pandilla de locos sueltos! (Se oye dentro una algarabía de perros aullando, una verdadera jauría.) ¡Los perros...! ¡¡Los cincuenta perros hambrientos!! (Corre aterrada a secretaría y en¬cuentra la puerta cerrada. Golpea a gritos hasta caer sin fuerzas de rodillas.) ¡Socorro! ¡Abran, por compasión! ¡Los perros!... ¡Los perros!... (Abre Helena. Isabel retrocede instintivamente. La algarabía de perros va calmándose hasta des¬aparecer.)



ISABEL, BALBOA, HELENA. Luego el DIRECTOR

HELENA.
Pero, señorita ¿qué gritos son éstos? ¿Ha ocu¬rrido algo?

BALBOA.
¿Y lo pregunta usted, que es la organizadora de todo? ¡Paso, señora; apártese de esa puerta!

HELENA.
No comprendo.

BALBOA.
¡Demasiado comprende! Esta muchacha ha venido aquí engañada miserablemente; pero no está sola. Tiene derecho a salir, y saldrá conmi¬go. ¡Apártese! (Se abre la primera izquierda y aparece el Director, que dice severamente, con una autoridad tranquila.)

DIRECTOR.
¿No ha oído, Helena? Deje libre el paso.

HELENA. — (Se inclina respetuosa.)
El señor Director. (Se aparta. Isabel y Balboa se vuelven mirando al Director que, contra lo que pudiera esperarse, es un hombre joven, son¬riente, con una cordialidad llena de simpatía y una elegancia natural ligeramente bohemia. Su sola presencia calma la situación. Anticipada¬mente le llamaremos Mauricio.)

MAURICIO.
Seguramente ha habido alguna confusión lamentable, y el señor tiene derecho a una explicación. (Avanza sonriente.) Lo único que me apresuro a aclarar es que nada de lo que haya podido sospechar hasta ahora es la verdad. No está entre secuestradores, ni entre rufianes, ni entre locos. En cuanto a esta señorita, no ha venido aquí engañada miserablemente, al contrario: está en el camino de su salvación. (A ella.) Pero si se ha arrepentido y prefiere seguir viviendo como hasta ayer, la puerta está abierta. Usted decidirá. (Pausa de vacilación. Balboa da un paso hacia la puerta y ofrece el brazo a Isabel.)

BALBOA.
¿Vamos?

ISABEL. — (Que no ha apartado los ojos un momento de Mauricio. Reacciona resuelta.)
No. ¡Ahora necesito saber! (Avanza hacia él.) ¿Por qué ha dicho "si prefiere seguir viviendo como hasta ayer"? ¿Quien es usted?

MAURICIO.
¿Qué importa eso? No se trata de mi vida si¬no de la suya.

ISABEL.
¿Qué es lo que pretende saber de mí?

MAURICIO.
Sólo una cosa. Pero demasiado íntima para hablar delante de testigos. (Isabel duda un momento mirándole fijamente. Se acerca a Bal¬boa, con una súplica.)

ISABEL.
Déjenos solos.

BALBOA.
¿Aquí?

ISABEL.
Sin miedo. Ese hombre no miente; estoy se¬gura.

MAURICIO.
Acompañe al señor, Helena. Y nada de secre¬tos con él; dígale lisa y llanamente toda la ver¬dad.

BALBOA.—(A Isabel.)
La espero.

ISABEL.
Gracias. Es usted el primer hombre, el úni¬co, que ha dado un paso para defenderme. (Le estrecha las manos.) Gracias. (Balboa le besa la mano. Una leve inclinación al Director, y sale con la Secretaria.)



ISABEL y MAURICIO

MAURICIO.
¿Tranquila ya?

ISABEL.
Tranquila.

MAURICIO.
¿De verdad no tiene miedo?

ISABEL.
No. Ahora es algo más profundo. No sé lo que va a decirme pero siento que toda mi vida está pendiente de esas palabras. ¡Hable, por favor!

MAURICIO.
Conteste primero. (Da un paso hacia ella.) Señorita Quintana, ¿qué le ocurrió anoche?

ISABEL.—(Retrocede turbada.)
¡No, eso no! ¿Con qué derecho me lo pregun¬ta?

MAURICIO.
Es necesario. Conteste.

ISABEL!
¡Déjeme! ¡No me obligue a recordarlo! (Se de¬ja caer en un asiento sollozando ahogadamen¬te.)

MAURICIO.
Vamos, no sea niña. Míreme a los ojos: no son los de un policía ni los de un juez. Confiese sin miedo. ¿Qué le ocurrió anoche?

ISABEL.
Estaba desesperada... ¡no podía más! Nunca tuve una casa, ni un hermano, ni siquiera un amigo. Y, sin embargo, esperaba... esperaba en aquel cuartucho de hotel, sucio y frío. Ya ni siquiera pedía que me quisieran; me hubiera bastado alguien a quien querer yo. Ayer, cuando perdí mi trabajo, me sentí de pronto tan fraca¬sada, tan inútil. Quería pensar en algo y no po¬día; sólo una idea estúpida me bailaba en la cabeza: "no vas a poder dormir... no vas a poder dormir". Fue entonces cuando se me ocu¬rrió comprar el veronal. Seguramente las calles estaban llenas de luces y de gente como otras noches, pero yo no veía a nadie. Estaba llovien¬do, pero yo no me di cuenta hasta que llegué a mi cuarto tiritando. Hasta aquel pobre vaso en que revolvía el veronal tenía rajado el vidrio. Y la idea estúpida iba creciendo: "¿por qué una noche sola...? ¿Por qué no dormirlas todas de una vez?" Algo muy hondo se rebelaba dentro de mi sangre mientras volcaba en el vaso el tubo entero; pero ni un clavo adonde agarrarme; ni un recuerdo, ni una esperanza... Una mujer terminada antes de empezar. Había apa¬gado la luz y sin embargo cerré los ojos. De re¬pente sentí como una pedrada en los cristales y algo cayó dentro de la habitación. Encendí temblando... Era un ramo de rosas rojas, y un papel con una sola palabra: "¡mañana!" ¿De dónde me venía aquel mensaje? ¿Quién fue ca¬paz de encontrar entre tantas palabras inútiles la única que podía salvarme? "Mañana." Lo único que sentí es que ya no podía morir esa noche sin saberlo. Y me dormí con la lámpara encendida, abrazada a mis rosas ¡mías! las pri¬meras que recibía en mi vida... y con aquella palabra buena calándome como otra lluvia: "¡mañana, mañana, mañana...!" (Pausa recobrándose.) A la mañana siguiente cuando des¬perté. .. (Busca en su cartera.)

MAURICIO.
Cuando se despertó había debajo de su puer¬ta una tarjeta azul diciendo: "No pierda su fe en la vida. La esperamos". (Isabel lo mira des¬concertada, con su tarjeta azul en la mano. Se levanta sin voz.)

ISABEL.
¿Era usted?

MAURICIO.
Yo.

ISABEL.
¿Pero por qué? Yo no le conozco ni le he vis¬to nunca. ¿Cómo pudo saber?

MAURICIO.—(Sonriente.)
Tenemos una buena información. Cuando su¬pe que había perdido su trabajo y la vi caminar sin sentir la lluvia, comprendí que debía seguir¬la.

ISABEL.
Yo no lo había pensado aún. ¿Cómo adivinó lo que iba a suceder?

MAURICIO.
El tubo de veronal ya era sospechoso, pero mucho más al verla entrar en la pensión sin cerrar la puerta; cuando una mujer sola deja abierta su puerta es que ya no tiene miedo a nada.

ISABEL.
¡Por lo que más quiera, no se burle de mí! ¿Quién es usted? ¿Y qué casa es ésta donde to¬do parece al mismo tiempo tan natural y tan absurdo? (Mauricio la toma de la mano y la ha¬ce sentar.)

MAURICIO.
Ahora mismo va a saberlo. Pero, por favor, no lo tome tan dramáticamente. Sonría. No hay ninguna cosa seria que no pueda decirse con una sonrisa. (Da unos pasos y queda de espaldas a ella, frente al retrato.) ¿Ha oído hablar alguna vez del Doctor Ariel?

ISABEL.
Solamente el nombre; hace un momento.

MAURICIO.
Aquí lo tiene; es el fundador de esta casa. Un hombre de una gran fortuna y una imaginación generosa, que pretende llegar a la caridad por el camino de la poesía. (Vuelve hacia ella.) Des¬de que el mundo es mundo en todos los países hay organizada una beneficencia pública. Unos tratan de revestirla de justicia, otros la acep¬tan como una necesidad, y algunos hasta la explotan como una industria. Pero hasta el doc¬tor Ariel nadie había pensado que pudiera ser un arte.

ISABEL.—(Desilusionada.)
¿Y eso era todo? ¿Una institución de caridad? (Se levanta digna.) Muchas gracias, señor. No era una limosna lo que yo esperaba.

MAURICIO.
Calma, no se impaciente. No se trata del asi¬lo y el pedazo de pan. Lo que estamos ensayan¬do aquí es una beneficencia pública para el alma.

ISABEL.—(Se detiene.)
¿Para el alma?

MAURICIO.
De los males del cuerpo ya hay muchos que se ocupan. Pero ¿quién ha pensado en los que se mueren sin un solo recuerdo hermoso? ¿En los que no han visto realizado un sueño? ¿En los que no se han sentido estremecidos nunca por un ramalazo de misterio y de fe? No sé si empieza a ver claro.

ISABEL.
No sé. Por momentos creo que está hablando en serio, pero es tan extraño todo. Parece una página arrancada de un libro.

MAURICIO.
Precisamente a eso iba yo. ¿Por qué encerrar siempre la poesía en los libros y no llevarla al aire libre, a los jardines y a las calles? ¿Va comprendiendo ahora?

ISABEL.
La idea, quizá. Lo que no entiendo es cómo puede realizarse todo eso.

MAURICIO.
Lo entenderá en seguida. ¿Recuerda aquel fantasma que se apareció siete sábados en el Caserón de las Lilas?

ISABEL.
¿Cómo no, si fue en mi barrio? En mi taller no se habló de otra cosa en tres meses.

MAURICIO.—(Interesado.)
¿Y qué se decía en su taller?

ISABEL.
De todo: unos, que alucinaciones, otros, que lo habían visto con sus propios ojos. Muchos se reían, pero un poco nerviosos. Y por la noche se recordaban esas viejas historias de almas en pena.

MAURICIO.
En pena, ¡pero de almas! Un barrio de co¬merciantes, donde nunca se había hablado más que de números, estuvo tres meses hablando del alma. Ahí tiene el ramalazo del misterio.

ISABEL.
¡Pero no es posible! ¡Usted no puede creer que aquel fantasma se apareció en verdad!

MAURICIO.
¡Y cómo no voy a creerlo si era yo! (Isabel se levanta de un salto.)

ISABEL.
¿Usted?

MAURICIO.—(Ríe.)
Por favor, no empecemos otra vez. Le juro que estoy hablando en serio. ¿No cree que sembrar una inquietud o una ilusión sea una labor tan digna por lo menos como sembrar trigo?

ISABEL.
Sinceramente, no. Creo que puede ser un jue¬go divertido, pero no veo de qué manera puede ser útil.

MAURICIO.
¿No...? (La mira fijo un momento. Baja el tono.) Dígame ¿estaría usted aquí ahora si yo no hubiera "jugado" anoche?

ISABEL.—(Vacila turbada.)
Perdón. (Vuelve a sentarse.)

MAURICIO.
Si viera nuestros archivos se asombraría de lo que puede conseguirse con un poco de fan¬tasía... y contando, naturalmente, con la fantasía de los demás.

ISABEL.
Debe ser un trabajo bien difícil. ¿Tienen éxito siempre?

MAURICIO.
También hemos tenido nuestros fracasos. Por ejemplo: una tarde desapareció un niño en un parque público mientras la niñera hablaba con un sargento... Al día siguiente desaparecía otro niño mientras la mademoiselle hacía su tricota. Y poco después, otro, y otro, y otro... ¿Recuer¬da el terror que se apoderó de toda la ciudad?

ISABEL.
¿También era usted el ladrón de niños?

MAURICIO.
Naturalmente. Eso sí, nunca estuvieron mejor atendidos que en esta casa.

ISABEL.
Pero ¿qué es lo que se proponía?

MAURICIO.
Cosas del pedagogo. Realmente era una pena ver a aquellas criaturas siempre abandonadas en manos extrañas. ¿Dónde estaban los padres? Ellos en sus tertulias, ellas en sus fiestas socia¬les y en sus tés. Era lógico que al producirse el pánico se aferraran desesperadamente a sus hi¬jos ¿verdad? ¡Desde mañana todos juntos al parque!

ISABEL.
¿Y no resultó?

MAURICIO.
Todo al revés de como estaba calculado. El pá¬nico se produjo, pero los padres siguieron en sus tertulias, las madres en sus tés ¡y los pobres chicos en casa, encerrados con llave! Un fracaso total.

ISABEL.
¡Qué lástima! Era una bonita idea.

MAURICIO.
No volverá a ocurrir: ya hemos expulsado al pedagogo y hemos tomado en su lugar a un ilusionista de circo. (Isabel sonríe ya entregada.) Gracias.

ISABEL.
¿A mí? ¿Por qué?

MAURICIO.
Porque al fin la veo sonreír una vez. Y conste que lo hace maravillosamente bien. Usted aca¬bará siendo de los nuestros.

ISABEL.
No creo. ¿Son ustedes muchos?

MAURICIO.
Siempre hacen falta más. Sobre todo, mujeres.

ISABEL.
Dígame... Una especie de tirolés que pasó por aquí a gritos, con unos perros...

MAURICIO.
Bah, no tiene importancia. Un aficionado.

ISABEL.
¿Pero a qué se dedica?

MAURICIO.
Anda escondido por los montes soltando co¬nejos y perdiendo perros. Es un protector de ca¬zadores pobres.

ISABEL.
Ya, ya, ya. ¿Y un mendigo que entró muy misterioso por esa librería, con un collar de per¬las...?

MAURICIO.
¿El ladrón de ladrones? Ese es más serio. ¡Tiene unas manos de oro!

ISABEL.
¿Para qué?

MAURICIO.
Está especializado en esos muchachos que sa¬len de los reformatorios con malas intenciones... (Gesto de robar.) ¿Comprende?
ISABEL.
Comprendo. Cuando ellos... ¿eh? (Gesto de ro¬bar con los cinco dedos.) él los sigue, y... (Re¬pite el gesto delicadamente con el índice y el pulgar.) ¿Eh...?

MAURICIO.
¡Exactamente! (Ríen los dos.) ¿Ve cómo ya va entrando?

ISABEL.
Claro, claro. ¿Y después?

MAURICIO.
Después los objetos robados vuelven a sus due¬ños, y el ladronzuelo recibe una tarjeta diciendo: "Por favor muchacho, no vuelva a hacerlo, que nos está comprometiendo". A veces da resultado.

ISABEL.
¿Sabe que tiene unos amigos muy pintorescos? Artistas profesionales, supongo.

MAURICIO.
Artistas sí; profesionales, jamás. Los actores profesionales son muy peligrosos en los mutis, y el que menos pediría reparto francés en el cartel.

ISABEL. — (Mira en torno complacida.)
Es increíble. Lo estoy viendo y no acaba de entrarme en la cabeza. (Confidencial.) ¿De ver¬dad, de verdad, no están ustedes un poco?...

MAURICIO.—(Ríe.)
Dígalo, dígalo sin miedo; tal como va el mundo todos los que no somos imbéciles necesitamos es¬tar un poco locos.

ISABEL.
Me gustaría ver los archivos; deben tener histo¬rias emocionantes ¡tan complicadas!

MAURICIO,
No lo crea; las más emocionantes suelen ser las más sencillas. Como el caso del Juez Mendizábal. ¡Nuestra obra maestra!

ISABEL.
¿Puedo conocerla?

MAURICIO.
Cómo no. Una noche el Juez Mendizábal iba a firmar una sentencia de muerte; ya había firm¬ado muchas en su vida y no había peligro de que le temblara el pulso. Todos sabíamos que ni con súplicas ni con lágrimas podría conseguirse nada. El Juez Mendizábal era insensible al dolor humano, pero en cambio sentía una profunda ternura por los pájaros. Frente a su ventana abierta el Juez redactaba tranquilamente la sen¬tencia. En aquel momento, en el jardín, rompió a cantar un ruiseñor. Fue como si de pronto se oyera latir en el silencio el corazón de la noche. Y aquella mano de hielo tembló por primera vez. Sólo entonces comprendió que hasta en la vida más pequeña hay algo tan sagrado y tan alto, que jamás un hombre tendrá el derecho de qui¬társela a otro. Y la sentencia no se firmó.

ISABEL.
¡Ah, no, no, no, por favor, esto es demasiado! ¡No irá a decirme que también aquel ruiseñor era usted!

MAURICIO.
No, yo no he llegado a tanto. Pero tenemos un imitador de pájaros ¡prodigioso! Algunas noches de verano, en señal de gratitud, le hacemos volver a cantar al jardín de Mendizábal. ¿Está ya claro todo?

ISABEL.
Todo. Lo que no me explico es por qué tienen que esconderse, como si estuvieran haciendo algo ilegal.

MAURICIO.
Es que desdichadamente es así. No hay ningu¬na ley que autorice a robar niños, ni está permi¬tido sobornar a los jueces aunque sea con el canto de un ruiseñor. (Se le acerca, íntimo.) Ahora piénselo. Aquí tiene una casa, unos bue¬nos amigos, y un hermoso trabajo. ¿Quiere que¬darse con nosotros?

ISABEL.
Se lo agradezco, pero ¿qué puedo hacer yo? La más torpe, la última. Estoy cansada de oírlo cientos de veces en el taller. ¡No sirvo para nada!

MAURICIO.
Primero crea que sirve, y luego servirá. Y no piense que hacen falta grandes cosas; ya ha vis¬to que, a veces, basta un simple ramo de rosas para salvar una vida. Usted, por lo pronto, tiene una sonrisa encantadora.

ISABEL.
Gracias, muy amable.

MAURICIO.
Cuidado, entendámonos: no es una galantería, es una definición. Le estoy hablando como direc¬tor, y mi deber es convertir esa sonrisa, que no es más que encantadora, en una sonrisa útil.

ISABEL.
¿Cree que una sonrisa puede valer algo?

MAURICIO.
Quién sabe. ¿Ha paseado alguna vez por detrás de la cárcel?

ISABEL.
¿Para qué? Es un baldío triste, lleno de hierro viejo y de basura.

MAURICIO.
Pero sobre ese baldío hay una reja, y aferrado a esa reja un hombre siempre solo, sin más que ese paisaje sucio delante de los ojos. Pase usted por allí mañana al mediodía, mire hacia la reja, y sonría. Nada más. Al día siguiente, vuelva a pasar a la misma hora. Y al otro, y al otro...

ISABEL.
No comprendo.

MAURICIO.
La peor angustia de la cárcel es el vacío, que hace inacabable el tiempo. Cuando ese hombre vea que el milagro se repite, hasta las noches le serán más cortas, pensando: "mañana, al medio¬día..." (Le tiende la mano.) ¿Compañeros?

ISABEL.—(Resuelta.)
Compañeros.

MAURICIO.
Gracias. Estaba seguro. (Se dirige al audífono alegremente. Dentro empieza a oírse el canto del ruiseñor.) ¡Hola! ¿Helena? Ya puede venir. Y tráigame a ese señor.

ISABEL.—(Escuchando inmóvil.)
¡Realmente es prodigioso!

MAURICIO.
¿El qué?

ISABEL.
Su imitador de pájaros.

MAURICIO.
¿Eso? Nunca. El nuestro lo hace mucho mejor ¡un artista! (Despectivo.) Ese que está cantando es un ruiseñor de verdad. (Vuelve la secretaria con el Sr. Balboa.)



ISABEL, MAURICIO, HELENA, BALBOA

HELENA.
¿Todo resuelto?

MAURICIO.
Todo; la señorita se queda con nosotros.

HELENA.
¡Por fin! Felicitaciones.

MAURICIO.
Déle la habitación sobre el jardín y preséntela a todos. Va a empezar mañana mismo.

HELENA.
A sus órdenes. Por aquí, señorita. (Se dirige a primera izquierda. Isabel estrecha las manos al señor Balboa.)

ISABEL.
Encantada, señor. ¡Ha sido un secuestro ma¬ravilloso!

MAURICIO.—(Deteniéndola cuando llega a la puerta.) Un momento, compañera; primer ensayo. Ahí, el baldío; aquí, la reja. A ver.

ISABEL.—(Sonríe feliz.)
¿Así?

MAURICIO.
Así. Muchas gracias. (Isabel sale sin dejar de mirarle y sonreír. Mauricio queda un momento con la mano en alto, detenido en el saludo. Pare¬ce que, contra sus teorías, la sonrisa le ha inquie¬tado extrañamente. Trata de hojear unas car¬petas distraído, silbando entre dientes, pero sus ojos vuelven a la puerta. El señor Balboa tose ostensiblemente para llamar su atención. Mau¬ricio se vuelve bruscamente.)



MAURICIO y BALBOA

MAURICIO.
Oh, perdón, se me había olvidado. ¿Señor?...

BALBOA.
Balboa. Fernando Balboa.

MAURICIO.
Supongo que la secretaria le habrá puesto al corriente de todo. ¿Está tranquilo ya?

BALBOA.
Confieso que pasé lo mío. Ahora, si no fuera lo que me trae aquí, casi me darían ganas de reír; pero todavía tengo seca la garganta.

MAURICIO.
Si no es más que eso, pronto se arregla. (Abre un pequeño bar.) ¿Whisky... Jerez?...

BALBOA.
Cualquier cosa húmeda. (Mauricio sirve.) Cuan¬do el Doctor Ariel me recomendó esta dirección vine sin grandes esperanzas. Pero después de lo que acabo de oír veo que tenía razón; si hay al¬guien capaz de salvarme, ese alguien es usted.

MAURICIO.
Haremos lo que se pueda. (Le tiende una copa.) Hábleme sin ninguna reserva. (Mientras el se¬ñor Balboa habla, Mauricio toma alguna nota rápida.)

BALBOA.
La historia viene de lejos pero cabe en pocos minutos. Imagínese una gran familia feliz don¬de la desgracia se ensaña de pronto hasta dejar solos a los dos abuelos y un nieto. El miedo de perder aquello último que nos quedaba nos hizo ser demasiado indulgentes con él. Esa fue nues¬tra única culpa. Amistades sospechosas, noches enteras fuera de casa, deudas de juego. Un día desaparecía una alhaja de la abuela. "Es un cabeza loca... no le digas nada." Cuando quise imponerme ya era tarde. Una madrugada volvió con los ojos turbios y una voz desconocida. Era apenas un muchacho y ya tenía todos los gestos del hombre perdido. Le sorprendí forzando el cajón de mi escritorio. Fue una escena que no quisiera recordar. Me insultó, llegó hasta levan¬tar la mano contra mí. Y doliéndome en carne propia, yo mismo le crucé la cara y lo puse en la calle.

MAURICIO.
¿No volvió?

BALBOA.
Nunca. Su única virtud era el orgullo. Cuan¬do tratamos de encontrarlo se había embarcado como polizón en un carguero que salía para el Canadá. Hace de esto veinte años.

MAURICIO.—(Anota).
Complejo de culpa. ¿Puedo anotar veinte años de remordimiento?

BALBOA.
No. Fue la noche peor de mi vida pero si vol¬viera a ocurrir, cien veces volvería a hacer lo mismo. El tiempo se encargó de darme la razón.

MAURICIO.
¿Tuvo noticias de él?

BALBOA.
Ojalá no las hubiera tenido. De la trampa de juego pasó al contrabando y a la estafa; de la pelea de barrio a los papeles falsos y la pistola en el bolsillo. Un canalla profesional. Natural¬mente, la abuela sigue sin saber nada de esto, pero nuestra casa estaba destruida. Nunca me dijo una palabra de reproche, pero aquel piano cerrado, aquel sillón vuelto de espaldas a la ven¬tana y aquel silencio tenso de años y años eran la peor de las acusaciones; como si yo fuera el culpable. Al fin un día llegó a sus manos una carta del Canadá.

MAURICIO.—(Impaciente.)
¿Pero en qué estaba usted pensando? ¿No pudo impedir que cayera en sus manos una car¬ta así, que podía matarla?

BALBOA.
Al contrario: era la carta de la reconciliación. Mi nieto pedía perdón y llenaba tres páginas de hermosas promesas y de buenos recuerdos.

MAURICIO.
Disculpe; me había adelantado estúpidamente.

BALBOA.
No, ahora es cuando se está adelantando. Aque¬lla carta era falsa; la había escrito yo mismo.

MAURICIO.
¿Usted?

BALBOA.
¿Qué otra cosa podía hacer? La pobre vieja se me iba muriendo en silencio día por día. Y con aquellas tres páginas el piano volvió a abrir¬se y el sillón volvió a mirar otra vez hacia el jardín.

MAURICIO.
Muy bien. Un poco elemental, pero eficaz. (Anota.) "Mentira piadosa." ¿Y después?

BALBOA.
Después no quedaba otro camino que seguir la farsa. La abuela contestaba feliz, y cada dos o tres meses, una nueva carta del Canadá para alimentar el fuego.

MAURICIO.
Comprendo; es la bola de nieve.

BALBOA.
Un día mi nieto se graduaba en la Universi¬dad de Montreal; otro día, era un viaje en tri¬neo por bosques de abetos y lagos; otro, abría su estudio de arquitecto. Después se enamoraba de una muchacha encantadora. Finalmente, por mucho que traté de prolongar el noviazgo, no tuve más remedio que casarlos. Y todo era poco; las mujeres siempre quieren más, más... Y aho¬ra... (Le falla la voz emocionada.)

MAURICIO.
Vamos, ánimo. Algo ha venido a trastornar sus planes ¿verdad?

BALBOA.
La semana pasada, al volver a casa, mi mujer salió a abrazarme loca de alegría, con un ca¬blegrama. ¡Después de veinte años de ausencia su nieto anunciaba el regreso!

MAURICIO.
Disculpe, pero ahora sí que no lo entiendo. ¿Qué diablos se proponía usted con ese cable absurdo?

BALBOA.
Yo nada. Es que, de repente, la vida se metía en la farsa... Y el cable era verdadero.

MAURICIO.
¿De su nieto?

BALBOA.
De mi nieto. Hace ocho días se embarcó en el "Saturnia".

MAURICIO.
¡Diablo! Esto empieza a ponerse interesante. (Anota.) "La vuelta del nieto pródigo."

BALBOA.
¿Se da cuenta de lo que habré pasado estas noches pensando en ese barco que se me venía encima? La cortina de humo iba a descorrerse y de nada valía ya cerrar los ojos. El aula de la Universidad iba a convertirse en la celda de presidio; el viaje por el bosque, en una persecu¬ción policial sobre el asfalto. ¡Y aquel muchachote alegre y sano de las cartas, en esa pil¬trafa del "Saturnia"!

MAURICIO.—(Se levanta iluminado.)
¡No me diga más! Hay que salvar la mentira cueste lo que cueste. Organizaremos una embos¬cada en el puerto, abordaremos el barco disfra¬zados... ¡Yo no sé lo que inventaremos, pero esté tranquilo: su nieto no llegará! ¿No era eso lo que venía a pedirme?

BALBOA.
No.

MAURICIO.
¿Ah, no?

BALBOA.
Para impedir que llegue mi nieto ya no hace falta inventar nada. ¿No ha leído los diarios de anoche? El "Saturnia" se ha hundido en alta mar con todo el pasaje.

MAURICIO.
¿Muerto?

BALBOA.
Muerto.

MAURICIO.
Es triste, pero es una solución. ¿Lo sabe la abuela?

BALBOA.—(Levantándose resuelto.)
¡Ni debe saberlo! He hecho desaparecer todos los diarios, he cortado el teléfono; si es preciso clavaré puertas y ventanas. Pero esa noticia, ¡no! ¿Sabe usted lo que es esperar veinte años para vivir un solo día y cuando ese día llega encontrarlo también negro y vacío?

MAURICIO.
Lo siento, ¿pero qué puedo hacer yo? Hasta ahora hemos inventado algunos trucos ingenio¬sos contra muchos males. Contra la muerte no hemos encontrado nada todavía.

BALBOA.
¿Pero es posible que no haya comprendido aún? ¿Qué importa ya el nieto de mi sangre? Al que hay que salvar es al otro; al de las cartas hermosas, al de la alegría y la fe... ¡el único verdadero para ella! Ese es el que tiene que lle¬gar.

MAURICIO.—(Comprendiendo al fin.)
¡Un momento! ¡No pretenderá usted que yo sea su nieto!

BALBOA.
¿Y por qué no? Cosas más difíciles ha hecho. ¿No ha sido usted ladrón de niños y fantasma de caserón y falsificador de ruiseñores?

MAURICIO.
Pero un hombre no es tan fácil de trucar co¬mo un fantasma: tiene una cara propia, y unos ojos y una voz...

BALBOA.
Afortunadamente nunca envió fotografías; y veinte años cambian completamente a un mu¬chacho.

MAURICIO.
¿Y el naufragio?

BALBOA.
Pudo perder ese barco y tomar otro. Puede llegar mañana mismo en avión.

MAURICIO.
Aunque así fuera. Supongamos que ya llegué, ya estoy en la casa, ya paso el primer abrazo. Y mañana ¿qué? Yo puedo cruzar por una vida un momento, pero no puedo quedarme.

BALBOA.
Ni yo iba a pedirle tanto. Sólo una semana, unos días... ¡una noche siquiera! (Aferrándose a él, suplicante.) ¡No, no me diga que no! ¡O todas sus teorías son mentira, o usted no pue¬de negarle a esa mujer una hora, una sola ho¬ra feliz, que puede ser la última!

MAURICIO.
Calma, calma. No digo que sí, pero tampoco he dicho todavía que no. Déjeme despejar un poco la cabeza. (Se desabrocha el cuello resoplando. Bebe un trago de whisky. Repasa sus notas. Finalmente mira a Balboa y sonríe vol¬viendo a su tono jovial.) ¡Y lo peor de todo es que el asunto me gusta de alma!

BALBOA.
¿Sí?...

MAURICIO.
¡En buena nos hemos metido, amigo! Lo de la Universidad, pase. Lo de los viajes, con un poco de geografía, pase. Pero estas complicaciones inútiles... ¿Por qué tenía que hacer arqui¬tecto a su nieto? Yo no entiendo una palabra de matemáticas.

BALBOA.
No se preocupe; la abuela tampoco.

MAURICIO.
Y sobre todo ¿por qué demonios tenía que casarlo? En la farsa, como en la vida, se defien¬de mucho mejor un soltero. ¿No podíamos inventarle un divorcio repentino?

BALBOA.
Peligroso. Sobre eso la abuela tiene ideas muy firmes.

MAURICIO.
¿Y si hiciera el viaje él solo?

BALBOA.
¿Con qué disculpa?

MAURICIO.
Cualquiera... complicaciones familiares.

BALBOA.
La chica no tiene familia. Al padre, que era el último, lo maté el año pasado en un acci¬dente de caza.

MAURICIO.
Podemos organizarle otro accidente a ella. Una enfermedad.

BALBOA.
¿Y él, tan enamorado, iba a dejarla así, sola?

MAURICIO.
Cuando yo digo que esa mujer nos va traer de cabeza. ¿Morena?

BALBOA.
Rubia.

MAURICIO.
Peor. Rubia, enamorada, huérfana... (Da unos pasos pensativo. De pronto se fija en el imper¬meable que Isabel ha dejado sobre la silla. Se le iluminan los ojos.) ¡Espere! (Se precipita al audífono.) ¡Hola! ¿Helena? ¡Por favor, aquí las dos! ¡Rápido! (Vuelve.) ¿Se ha fijado bien en esa muchacha que llegó cuando usted? ¿Cree que podría servir?

BALBOA.
¡Justa! ¡El tipo ideal! (Le abraza.) ¡Gracias, señor, gracias!...



MAURICIO, BALBOA, HELENA e ISABEL

HELENA.
¿Llamaba el señor Director?

MAURICIO.
¡Orden urgente! Prepare un equipaje com¬pleto para la compañera: diez trajes de calle, seis de deporte y tres de noche. Unas fotos con fondo de nieve. Una rama de abeto. Y en los baúles: "Hotel Ontario. Hálifax. Canadá".

HELENA.
¡Cómo! ¿La señorita va a ir al Canadá?

MAURICIO.
¡Al contrario: va a volver! Y nada de seño¬rita. Señora: tengo el gusto de presentarle al abuelo de su esposo. (Dentro se oye el canto del ruiseñor.)





TELÓN



ACTO SEGUNDO

En casa de la Abuela, Salón con terraza al foro sobre el jardín. Primera derecha, puerta a la cocina. Primera izquierda, a las habitaciones. Al foro derecha, un pequeño vestíbulo, en que se supone el acceso al exterior. A la izquierda, segundo término, una amplia escalera con ba¬randal. Todo aquí tiene el encanto esfumado de los viejos álbumes y la cómoda cordialidad de las casas largamente vividas.

Genoveva —más que criada, amiga y confidente de la señora— dispone en la gran mesa los platos y cubiertos de una cena para dos. Felisa, doncella, baja la escalera con unas cortinas.

Es de noche. El jardín en sombra.



GENOVEVA y DONCELLA. Después, la ABUELA

GENOVEVA.
¿Colgó las cortinas nuevas?

FELISA.
Son las que acabo de quitar. ¿No eran las antiguas las que quería la señora?

GENOVEVA.
Por eso pregunto. ¿Puso las flores en la habi¬tación?

FELISA.
Siete veces ya. Primero que no eran bastante frescas, después que eran demasiado frescas; la señora, que rosas; el señor, que rama de pino; ella, que el aroma es lo que importa, él que las flores de noche son malsanas. Desde hace una semana no hay manera de entenderse en esta casa.

GENOVEVA.
¿Pero qué dejó por fin?

FELISA.
De todo; que elijan ellos. Ya estoy que no puedo más de subir y bajar escaleras, de poner y quitar cortinas, de colgar y descolgar cua¬dros. ¿Es que no van a ponerse de acuerdo nunca?

GENOVEVA.
La cosa no es para menos, Felisa. ¿No se pone usted nerviosa cuando su novio la hace esperar media hora? ¡Imagínese lo que es espe¬rar a un hombre veinte años! ¿Puso las sábanas de hilo crudo?

FELISA.
Las de algodón. El señor dice que las de hilo son demasiado pesadas.

GENOVEVA.
Pero la señora no quiere otras. ¿Tanto le mo¬lesta tener que cambiarlas?

FELISA.
No es por el trabajo; es que no sabe una a quién atender. Como la famosa discusión de las camas ¿se acuerda? El señor empeñado en que dos camas gemelas, y la señora que la cama matrimonial. ¿No sería mejor esperar a que lle¬guen ellos y digan de una vez lo que prefieren?

GENOVEVA.
Eso no es cuenta nuestra. Cuando la señora manda una cosa y el señor otra, se dice que sí al señor y se hace lo que manda la señora.

FELISA.
En resumen ¿dejo las de algodón o subo las de hilo? (Entra la Abuela, de la cocina. Es la vieja señora llena de vida nueva pero aferrada a sus encajes, a sus nobles terciopelos y a su bastón.)

ABUELA.
Las de hilo, hija, las de hilo crudo. Las he bordado yo misma y es como poner sobre ellos algo de estas manos. ¿Comprende?

FELISA.
Ahora sí. (Toma las sábanas de un respaldo y sube con ellas.)

ABUELA.
Cierre bien la puerta de la sala y corra la cortina doble; se oye demasiado el carillón del reloj y puede despertarlos.

FELISA.
Bien, señora.

ABUELA.
En cambio la ventana déjela abierta de par en par.

FELISA.
¿Y si entran bichos de los árboles?

ABUELA.
¡Que entre el jardín entero! (La doncella des¬aparece.) De muchacho toda su ilusión era dor¬mir al aire libre. Algunas noches de verano, cuando creía que no le sentíamos, se descolgaba por esa rama del jacarandá que llega a la ven¬tana. ¿Recuerda que hace años el señor quiso cortarla?

GENOVEVA.
No le faltaba razón; tapa los cristales y quita toda la luz.

ABUELA.
¡Qué importa la luz! Yo estaba segura de que había de volver, y quién sabe si alguna noche no le gustará descolgarse otra vez como entonces.

GENOVEVA.
Ahora ya no sería lo mismo. Esa rama puede resistir el peso de un chico, pero el de un hom¬bre no.

ABUELA.
¿Por qué? También el jacarandá tiene veinte años más. Los platos, así. En las cabeceras que¬dan muy lejos.

GENOVEVA.
Es la costumbre.

ABUELA.
La nuestra. Ellos no hace tres años que se han casado. ¡Una luna de miel! No se enfriará el horno, ¿verdad? He dejado a media lumbre la torta de nueces. Todavía le estoy oyendo, a gritos, cuando volvía del colegio: "¡Abuela, torta de nuez con miel de abejas!" ¿Por qué mueve la cabeza así?

GENOVEVA.
La torta de nueces, el jacarandá... siempre como si fuera un muchacho. ¿Cree que un hom¬bre que levanta casas de treinta pisos va a acor¬darse de cosas tan pequeñas?

ABUELA.
¿No las recuerdo yo? Los mismos años han pasado para mí que para él.

GENOVEVA.
Los mismos, no: usted aquí, quieta; él, por el mundo.

ABUELA.
¿Qué puede ocurrir? ¿Que traiga una voz más ronca y unos ojos más cansados? ¿Dejará por eso de ser el mío? Por mucho que haya crecido no será tanto que no me quepa en los brazos.

GENOVEVA.
Un hombre no es un niño más grande, señora; es otra cosa. Si lo sabré yo que tengo tres perdidos por esos mundos de Dios.

ABUELA.—(Repentinamente alerta.)
¡Chist... calle! ¿No oye un coche? (Escuchan un momento las dos.)

GENOVEVA.
Es un poco de viento en el jardín. (La Abuela se sienta respirando hondo con la mano en el pecho.) Cuidado con esos nervios, señora.

ABUELA.
Hay que ser fuerte para una alegría así; si fuera algo malo, ya está una más acostumbra¬da. Un poco de agua, por favor.

GENOVEVA.
¿Quiere tomar otra pastilla?

ABUELA.
Basta ya de remedios; el único verdadero es ese que va a llegar. ¿Cree que si no salí al puerto fue por miedo a la fatiga? Fue por no repartirlo con nadie allí entre tanta gente. De esta casa salió y aquí le espero. ¿Qué hora es?

GENOVEVA.
Temprano todavía. Son largos los últimos mi¬nutos ¿eh?

ABUELA.
Pero llenos, como si ya fueran suyos. Muchas veces sentí esto mismo al recibir sus cartas: daba vueltas y vueltas al sobre sin abrirlo y hasta cerraba los ojos tratando de adivinar antes de leer. Parece tonto, pero así las cartas duran más. (Alerta nuevamente.) ¿No oye?...

GENOVEVA.
El viento otra vez. Ya no pueden tardar.

ABUELA.
No importa. Es como dar vueltas al sobre. (Sus¬pira.) ¿Cómo será ella?

GENOVEVA.
¿Quién?

ABUELA.
¿Quién va a ser? Isabel, su mujer.

GENOVEVA.
¿No le hablaba en las cartas?

ABUELA.
¿Y eso qué? Los enamorados todo lo ven como lo quisieran. No es que yo tenga nada contra ella; pero esas mujeres que vienen de lejos...

GENOVEVA.
¿Celosa?...

ABUELA.
Quizá un poco. Una los cuida, los va viendo crecer día por día, desde el sarampión hasta el álgebra, y de repente una desconocida, nada más que porque sí, viene con sus manos lavaditas y te lo lleva entero. Ojalá que, por lo menos, sea digna de él. (Se levanta repentinamente.) ¡Y ahora! ¿Oye ahora?... (En efecto, se oye un motor acercándose.)

GENOVEVA.
¡Ahora sí! (La luz de unos faros ilumina un momento el jardín. La doncella aparece en lo alto de la escalera. Dos bocinazos fuera, llamando.)

FELISA.
Señora, señora... ¡Ya están ahí!

ABUELA.
¡Salga a abrir, Felisa! ¡Pronto! (Detiene a Genoveva.) Usted no. Aquí, conmigo. Sé que voy a ser fuerte, pero por si acaso. (Campanilla. La doncella sale rápida. Se oye la voz de Mau¬ricio gritando alegremente.)

VOZ.
¡Abuela! ¡Abran o salto por la ventana! Abue¬la!... (La campanilla insiste impaciente.)

ABUELA.
¿Lo está oyendo? ¡El mismo loco de siempre! (Entra primero Mauricio, que se detiene un momento en el umbral. Después el señor Balboa e Isabel, con equipaje de mano; y finalmente la doncella con algunas maletas, que deja, vol¬viendo a buscar el resto.)



ABUELA, GENOVEVA, MAURICIO, BALBOA, ISABEL

ABUELA.
¡Mauricio!...

MAURICIO.
¡Abuela!...

ABUELA.
¡Por fin!... (Se estrechan fuertemente. La Abuela lo besa, lo mira entre risa y llanto, vuel¬ve a abrazarlo. Mauricio deriva inmediatamente la situación hacia un tono jovial.)

MAURICIO.
¿Quién había dicho que estaba débil mi vie¬ja? Todavía hay fuerza en estas manos tan del¬gadas. (Se las besa.)

ABUELA.
Déjame que te vea. Mis ojos ya no me ayu¬dan mucho, pero, recuerdan, recuerdan. (Le con¬templa largamente.) ¡Qué cambiado estás mi muchachote!

MAURICIO.
Son veinte años, abuela. Una vida.

ABUELA.
¡Qué importa ya! Ahora es como volver a abrir un libro por la misma página. A ver... Un poco más claros los cabellos.

MAURICIO.
Algunos se habrán perdido por ahí lejos.

ABUELA.
La voz más hecha, más profunda. Y sobre todo, otros ojos... tan distintos... pero con la misma alegría... A ver, ríete un poco.

MAURICIO.—(Riendo.)
¿Con los ojos?

ABUELA.
¡Así! Esa chispita de oro es lo que yo esperaba. La misma de entonces; la que me hacía perdo¬nártelo todo... y tú lo sabías, granuja.

MAURICIO.—(Tranquilizado.)
Menos mal que algo queda.

ABUELA.—(Vuelve a abrazarlo emocionada.)
¡Mi Mauricio!... ¡Mío, mío!...

MAURICIO.
Lágrimas, no. ¿No ha habido bastantes ya?

ABUELA.
No tengas miedo; éstas son otras, y las últi¬mas. Ven que te vea mejor... aquí, a la luz... (El señor Balboa que ha permanecido inmóvil junto a Isabel, se adelanta.)

BALBOA.
Un momento, Eugenia. Mauricio no viene solo. Ni mal acompañado.

ABUELA.
Oh, perdón...

MAURICIO.
Ahí tienes a tu linda enemiga.

ABUELA.
Mi enemiga ¿por qué?

MAURICIO.
¿Crees que no se te notaba en las cartas? "¿Quién será esa intrusa que viene a robarme lo mío?" (Toma de la mano a Isabel presentándola.) Pues aquí está la intrusa. La rubia, Isa¬bel, la devoradora de hombres. ¿No se le conoce en la cara?

ABUELA.
Por favor, no vaya a hacerle caso. Es su ma¬nera de hablar.

ISABEL.
Si le conoceré yo. (Avanza tímida y le besa las manos.) Señora...

ABUELA.
Así no; en los brazos. (La besa en la frente.) No te extrañará que te hable de tú desde ahora mismo ¿verdad? Así todo es más fácil.

ISABEL.
Se lo agradezco. (La abuela la contempla in¬tensamente.)

MAURICIO.
¿Qué le andas buscando? ¿Algo escondido detrás de los ojos?

ABUELA.
No; son claros, tranquilos...

MAURICIO.
Y no saben mentir; cuando te mira una vez ya lo ha dicho todo. (Avanza sonriente hacia Genoveva tendiéndole la mano.) Supongo que ésta es la famosa Genoveva.

BALBOA.
La misma.

GENOVEVA.
¿Conocía mi nombre el señor?

MAURICIO.
La abuela me escribía siempre todo lo bueno de esta casa; y entre lo bueno no podía faltar usted. Dos hijos emigrados en México, y otro en un barco del Pacífico ¿no? ¿Todos bien?

GENOVEVA.
Bien. Muchas gracias, señor. (Vuelve la don¬cella con el resto del equipaje.)

FELISA.
Dice el chofer que si vuelve a la aduana a buscar los baúles.

ISABEL.
Mañana; por esta noche con el equipaje de mano sobra.

MAURICIO.
Súbanlo, por favor. (Ayudando a la doncella.) Y entre nosotros no tiene por qué llamarle "el chofer". Llámele simplemente Manolo, como los domingos. (Guiña un ojo. La Doncella ríe ru¬borizada.)

FELISA.
Gracias. (Subiendo el equipaje con Genove¬va.) Simpático, ¿eh?

GENOVEVA.
Simpático. Y señor. (Mauricio contempla la casa extasiado.)



MAURICIO, ISABEL, la ABUELA, BALBOA

MAURICIO.
La casa otra vez... ¡por fin! Y todo como entonces: la mesa familiar de cedro, los abani¬cos de rigodón, la poltrona de los buenos consejos...

ABUELA.
Todo viejo; otra época. Pero a las casas les sientan los años como al vino. (A Isabel.) ¿Te gusta?

ISABEL.
Más. Me pone no sé qué en la garganta. Una casa así es lo que yo había soñado siempre.

ABUELA.
¿Quieres conocerla toda? Te acompaño.

MAURICIO.
No hace falta; hemos hablado tanto de ella que Isabel podría recorrerla entera con los ojos cerrados.

ABUELA.
¿No?...

ISABEL.
Casi. (Avanza hacia el centro de la escena con los ojos entornados.) Ahí la cocina de leña, con la escalera de trampa que baja a la bodega. Allá el despacho del abuelo tallado en nogal, y la biblioteca hasta el techo. Los libros de la abuela, abajo, en el rincón de cristales. Arriba, la sala grande de los retratos y un reloj suizo de carillón que suena como una catedral pe¬queña. (Se oye arriba el carillón, y luego una campanada. Isabel levanta los ojos emocionada.) ¡Ese! ¡Lo hubiera reconocido entre mil!

ABUELA.
¡Sigue, Isabel, sigue!...

ABUELA.
Frente al reloj, una puerta con doble cortina de terciopelo rojo. Y sobre el jardín, el cuarto de estudiante de Mauricio, con la rama del jacarandá asomada a la ventana.

ABUELA.
¿También eso?

ISABEL.
Mauricio me lo dijo tantas veces: "si algún día regreso quiero volver a trepar por aquella rama".

ABUELA.—(Radiante.)
¿Lo ves, Fernando? ¿Ves cómo no se podía cortar? Ven acá, hija. ¡Dios te bendiga!

ISABEL.
¡Abuela...! (Se echa en sus brazos. El juego la ha ganado y solloza ahogadamente.)

ABUELA.
¿Pero qué te pasa, criatura? ¿Ahora vas a llo¬rar tú?

MAURICIO.
No hay que hacerle caso; es una sentimental. ¿No has oído que siempre había soñado una casa así?

ABUELA.
¡Y la tendrá, no faltaba más! ¿O para qué es arquitecto su marido?

MAURICIO.
Las casas viejas no las hacemos los arquitec¬tos. Las hace el tiempo.

ABUELA.
Pon tú lo de fuera y basta. Lo de dentro ya lo pondrá ella. ¿Prometido?

MAURICIO.
Prometido.

ABUELA.
¿Así nada más? Aquí en tu tierra cuando un marido hace una promesa la firma de otra ma¬nera.

BALBOA.
Quizá Isabel no sepa las costumbres.

ISABEL.
Sí, abuelo. (Besa a Mauricio en la mejilla.) Gracias, querido. (A la abuela.) ¿Así?

ABUELA.—(Un poco decepcionada.)
Eso, allá vosotros. Si no recuerdo mal apenas lleváis tres años de casados.

MAURICIO.
Por ahí.

ABUELA.
Por ahí no. Tres exactamente el seis de oc¬tubre.

ISABEL.
Justo; el seis de octubre.

ABUELA.
¿Y a los tres años ya se besan así por allá? Por lo visto la tierra manda mucho.

MAURICIO.
¿Lo estás viendo? Siempre esa dichosa timi¬dez. ¿Qué va a pensar la abuela de nosotros y del Canadá? ¡Un poco de patriotismo!

ISABEL.
Tonto. (Vuelven a besarse, ahora apasionada¬mente; un poco excesivo por parte de Isabel. La Abuela sonríe encantada. Las criadas, que aparecen en lo alto de la escalera, también. Bal¬boa tose inquieto, cortando.)



DICHOS, GENOVEVA y FELISA

BALBOA.
¡Muy bien! Pacto sellado. ¿Y ahora no sería cosa de pensar algo práctico? Quizá estén can¬sados; quizá tengan hambre. ¡Genoveva! (Ba¬jan las dos.)

MAURICIO.
Ni hablar de eso. En el barco no se hace más que comer a todas horas.

ISABEL.
Yo lo que quisiera es cambiarme un poco.

ABUELA.
¿De verdad no vais a tomar nada? Genoveva se había esmerado tanto preparando la cena.

GENOVEVA.
Después de todo, más vale así. Con tantas co¬sas se me había olvidado la cocina; y el ponche caliente ya estará frío y el caldo frío ya estará caliente.

ABUELA.
Por lo menos hay una cosa que no puedes re¬chazarme. ¿Te acuerdas cuando volvías del co¬legio gritando?...

MAURICIO.—(Con ilusión exagerada.)
¡No...! ¿Torta de nuez con miel de abejas?

ABUELA.—(Feliz, a Genoveva.)
¿Lo oye? Cosas pequeñas ¿eh? ¡Cosas peque¬ñas! Pronto, sáquelas del horno, y antes que se enfríen, una dedada de miel bien fina por encima.

GENOVEVA.
En seguida.

FELISA.
¿Algo más, señora?

ABUELA.
Nada, Felisa; buenas noches.

FELISA.
Buenas noches a todos. (Una inclinación es¬pecial a Mauricio.) Buenas noches, señor. (Sale con Genoveva.)



ABUELA, ISABEL, MAURICIO, BALBOA

ABUELA.
Ven, Isabel, voy a mostrarte tu cuarto. Y a ver si no me das la razón.

ISABEL.
¿En qué, abuela?

ABUELA.
Una discusión con el viejo. Imagínate que se había empeñado en poner dos camas gemelas; que si los tiempos, que si patatín, que si patatán. Pero nosotras a la antigua ¿verdad, hija? ¡Co¬mo Dios manda!

ISABEL.—(Sobresaltada.)
¿A la antigua?

BALBOA.—(Rápido en voz baja.)
Hay al lado otra habitación comunicada. Esté tranquila.

ABUELA.
¿No me contestas, Isabel?

ISABEL.
Sí, abuela; como manda Dios. Vamos.

BALBOA.
Despacio, Eugenia; cuidado con las escaleras.

ABUELA.—(Subiendo.)
Déjame ahora de monsergas. Cuando un co¬razón aguanta lo que ha aguantado éste, ya no hay quién pueda con él.

ISABEL.
Apóyese en mí.

ABUELA.
Eso sí. Con un brazo joven al lado, vengan años y escaleras. ¡Y sin bastón! (Se lo da a Isabel.) Así. Con la fuerza de mis dos pies. Con la fuerza de mis dos nietos. ¡Así...! (Sale ergui¬da del brazo de Isabel. Balboa y Mauricio al quedarse solos respiran como quien ha salido de un trance difícil.)



MAURICIO y BALBOA

MAURICIO.
¿Qué tal?

BALBOA.
Asombroso. ¡Qué energía alegre y qué fuego! ¡Es otra... otra! (Le estrecha las manos.) Gra¬cias con toda el alma. Nunca podré pagarle lo que está haciendo en esta casa.

MAURICIO.
Por mi parte, encantado. En el fondo soy un artista, y no hay nada que me entusiasme tanto como vencer una dificultad. Lo único que siento es que a partir de ahora todo va ser demasiado fácil.

BALBOA.
¿Cree que lo peor lo hemos pasado ya?

MAURICIO.
Seguro. Lo peligroso era el primer encuentro. Si en aquel abrazo me falla la emoción y la dejo mirar tranquila, estamos perdidos. Por eso la apreté hasta hacerla llorar; unos ojos tur¬bios de lágrimas y veinte años de distancia, ayu¬dan mucho.

BALBOA.
De usted no me extraña; tiene la costumbre y la sangre fría del artista. Pero la muchacha, una principiante, se ha portado maravillosamente.

MAURICIO.—(Concesivo.)
No está mal la chica. Tiene condiciones.

BALBOA.
Aquella escena del recuerdo fue impresionante: la catedral pequeña, el rincón de cristales, la rama asomada a la ventana... ¡Si a mí mismo, que le había dibujado los planos, me corrió un escalofrío!

MAURICIO.
Hasta ahí todo fue bien. Pero después... aquel sollozo cuando se echó en brazos de la abuela...

BALBOA.
¿Qué tiene que decir de aquel sollozo? ¿No le pareció natural?

MAURICIO.
Demasiado natural; eso es lo malo. Con las mujeres nunca se sabe. Les prepara usted la escena mejor calculada, y de pronto, cuando llega el momento, mezclan el corazón con el ofi¬cio y lo echan todo a perder. No hay que soltar¬la de la mano.

BALBOA.
Comprendo, sí; es tan nueva, tan espontánea... Puede traicionarse sin querer.

MAURICIO.
¡Y con esa memoria de la abuela! Cuanto me¬nos las dejemos solas mejor.

BALBOA.
¿Y qué piensa hacer ahora?

MAURICIO.
Lo natural en estos casos: la velada familiar, los recuerdos íntimos, los viajes...

BALBOA.—(Mirando receloso a la escalera y bajan¬do la voz.)
¿No se le habrá olvidado ningún dato?

MAURICIO.
Pierda cuidado; donde falle la geografía está la imaginación. Procure usted que la velada no sea muy larga, por si acaso. Y pasada esta pri¬mera noche, ya no hay peligro.

BALBOA.—(Sintiendo llegar.)
Silencio. (Aparece la Abuela en lo alto de la escalera.)



BALBOA, MAURICIO, la ABUELA

BALBOA.
¿Sola?

ABUELA.
No le hago ninguna falta; conoce la casa mejor que yo.

MAURICIO.
¿Qué tal la pequeña enemiga?

ABUELA.—(Bajando.)
Deliciosa de verdad. Sabes elegir, ¡eh! Dos co¬sas tiene que me encantan.

MAURICIO.
¿Dos nada más? Primera.

ABUELA.
La primera esa manera tan natural de ha¬blar el castellano. ¿No era inglesa la familia?

MAURICIO.
Te diré; los padres sí, eran ingleses; pero el abuelo... un abuelo, era español.

BALBOA.—(Apresurándose a aceptar la justificación.) Claro, así se explica: es el idioma de la infancia, el de los cuentos...

ABUELA.
Qué infancia ni qué cuentos. Para una mujer enamorada el verdadero idioma es siempre el del marido. Eso es lo que a mí me gusta.

MAURICIO.
Bien dicho. ¿Y la otra cosa?

ABUELA.
La otra, ni tú mismo te habrás dado cuenta. Es algo que tienen muy pocas mujeres: tiene la mirada más linda que los ojos. ¿Te habías fijado?

MAURICIO.—(Que ni lo sospechaba.)
Ya decía yo que le notaba algo... pero no sa¬bía qué.

ABUELA.
Pues ya sabes qué. Ahora aprende a conocer lo tuyo. (Al Abuelo.) ¿Le has hablado ya?

BALBOA.
¿De qué?

ABUELA.
Ya me imaginaba que no ibas a tener valor. Pero es necesario... y ahora que estamos solos, mejor.

MAURICIO.
¿Algún secreto?

ABUELA.
Lo único que no me atreví a recordarte nunca en las cartas. Aquella última noche... cuando te fuiste... ¿comprendes? El Abuelo no supo lo que hacía; estaba fuera de sí.

BALBOA.
Por favor, basta de recuerdos tristes.

ABUELA.
Afortunadamente supiste abrirte paso. Pero un muchacho solo por el mundo... Si la vida te hubiera arrastrado por otros caminos... (Con una mirada de reproche al Abuelo.) ¿De quién sería la culpa? Eso es lo que el abuelo no se ha atrevido a confesar en voz alta. Pero en el fondo de su conciencia yo sé que no ha dejado un solo día de pedirte perdón.

MAURICIO.
Al contrario; hizo lo que debía. Y si a algo debo respeto y gratitud es a esta mano que me hizo hombre en una sola noche. (Se la estre¬cha fuerte.) Gracias, abuelo. (Se abrazan. La Abuela respira aliviada.)



DICHOS, GENOVEVA e ISABEL

GENOVEVA.—(Entrando con una bandeja.) Un poquito tostadas, pero oliendo a bueno.

MAURICIO.—(A Isabel, que aparece en la escalera con un nuevo vestido.)
¡Pronto, Isa! ¡Han llegado las tortas de nuez con miel de abeja!

ABUELA.
La primera para ti.

ISABEL.—(Baja corriendo.)
¡Con lo que Mauricio me había hablado y las ganas que tenía yo de probarlas! (Prueba la que le tiende la Abuela.)

BALBOA.
¿Te gustan?

ISABEL.
Sabrosas de verdad.

MAURICIO.—(Con exagerada fruición.)
¡Hum! Sabrosas es poco. Habría que inventar la palabra, y tendrían que hacerla esas mismas manos. ¿Qué te decía yo?

ISABEL.
Tenías razón: es como una comunión de campo.

ABUELA.
¿No hay de estas cosas en tu tierra?

ISABEL.
Allí hay de todo: grandes fábricas de miel, bosques enteros de nogales y millones de casas con abuelas. Pero así, todo junto, y tan nues¬tro... ¡así solamente aquí!

ABUELA.
¡Adulona! (Isabel muerde otra.)

MAURICIO.
Despacio, se te van a atragantar.

ABUELA.
Con un vinillo alegre entran mejor.

BALBOA.
Hay un Rioja claro y un buen Borgoña viejo.

MAURICIO.
De eso ya estamos cansados. ¿No hay de aquel que se hacía en casa con mosto de pasas y cás¬cara de naranja?

GENOVEVA.
¿El dulce?

ABUELA.—(Feliz.)
¡El mío, Genoveva, el mío...! (Genoveva lo busca en el aparador y sirve.) No es un vino de verdad; es un licor para mujeres, pero enreda¬dor como un diablo pequeño. Verás, verás.

BALBOA.
¿Vas a beber tú?

ABUELA.
Esta noche sí, pase lo que pase. Y no te eno¬jes porque va a ser igual. (A Isabel.) Te gusta la repostería casera, ¿verdad?...

ISABEL.
A mí... la repostería...

BALBOA.—(Cortando.)
Le encanta. Es lo primero que me dijo al lle¬gar al puerto.

ABUELA.
Entonces vamos a tener mucho que hacer jun¬tas. (Levanta su copa. Todos en pie.) ¡Por la noche más feliz de mi vida! ¡Por tu tierra, Isabel!

MAURICIO.
Todos, Genoveva. Para la abuela lo que hay debajo de su techo todo es familia.

GENOVEVA.
Gracias, señor. Salud y felicidad.

TODOS.
Salud. (Beben.)

ABUELA.
¿Qué tal?

ISABEL.
Travieso; un verdadero diablo pequeño. Tiene que darme la receta ¿o es un secreto de familia?

ABUELA.
Para ti ya, no puede haber secretos en esta casa.

BALBOA.—(A Genoveva.)
Retírese a descansar. Gracias.

GENOVEVA.
¿A qué hora el desayuno?

MAURICIO.
Nunca tenemos hora. O nos dormimos como troncos hasta media mañana o salimos al río con el sol.

GENOVEVA.
Hasta mañana, y bien venidos.

TODOS.
Hasta mañana, Genoveva. Buenas noches. (Sa¬le Genoveva.)



ABUELA, BALBOA, MAURICIO e ISABEL

ABUELA.
Eso del río no será verdad. Corta como un cuchillo.

MAURICIO.
¿Qué sabéis aquí lo que es el frío? (Animan¬do a Isabel para meterla en situación.) ¡Que te diga Isabel si es bueno bañarse en los torrentes con espuma de nieve!

ISABEL.
¡Aquellos torrentes blancos, con los salmones saltando contra la corriente!

ABUELA.
Recuerdo; una vez me lo escribiste, cuando el viaje por el San Lorenzo. ¿No fue allí donde grabaste mi nombre en un roble?

MAURICIO.
Allí fue.

ABUELA.
¡Me gustaría tanto oírtelo a ti mismo!

MAURICIO.
¿La excursión a los grandes lagos? ¡Algo de cuento! Imagínate un trineo tirado por catorce perros con cascabeles; ahí los rebaños de cier¬vos; allá, los bosques de abetos como una navi¬dad sin fin... y al fondo el mar dulce de los cinco lagos, con las montañas altísimas metien¬do la cresta de nieve en el cielo.

ABUELA.
¡Cómo! ¿Pero hay montañas en la región de los lagos? (El Abuelo tose.)

ISABEL.
Mauricio es un optimista y a cualquier cosa llama montañas. Una vez vimos un gato montés subido a un árbol y estuvo una semana hablando del tigre y la selva.

MAURICIO.
Quise decir colinas. En Nueva Escocia, como es tan llano, cualquier colina parece una mon¬taña.

ABUELA.
Pero Nueva Escocia está al este. ¿Qué tiene que ver con los cinco lagos que están a la otra punta?

MAURICIO.—(Dispuesto a discutirlo.)
¿Ah, sí? ¿De manera que está al este?

ABUELA.
¿Vas a decírmelo a mí, que he seguido todos tus viajes día por día en el atlas grande del abuelo?

BALBOA.—(Tose nuevamente cortando el tema.)
Un gran país el Canadá... ¡un gran país! ¿Otra copita?

MAURICIO.
Sí, gracias.

ABUELA.
A mí también; la última.

BALBOA.—(Sirviendo.)
¿Y qué tal tus negocios?

MAURICIO.
¿Cuáles?

ISABEL.
¿Cuáles van a ser?, las casas, los grandes hoteles.

ABUELA.
¿Has hecho alguna iglesia?

MAURICIO.
No; arquitectura civil nada más.

ABUELA.
¡Qué lastima! Me hubiera gustado verte re¬solver a ti aquel problema de las catedrales gó¬ticas; un tercio de piedra, dos tercios de cristal. ¡El trabajo que me dio a mí aquello!

MAURICIO.—(Inquieto.)
¿También has estudiado arquitectura?

ABUELA.
No entendía una palabra, pero era una mane¬ra de acompañarte desde lejos, cuando los exá¬menes. ¿Querrás creer que todavía recuerdo al¬gunas fórmulas? "La cúpula esférica, suspen¬dida entre cuatro triángulos curvos, debe tener el diámetro igual a la diagonal del cuadrado del plano." Qué ¿por qué me miras con esa cara? ¿No es así?

MAURICIO.—(Al Abuelo.)
¿Es así?

BALBOA.—(Ríe nervioso.)
¡Qué bromista! y me lo pregunta a mí. ¿Otra copita, Mauricio?

MAURICIO.
¡Un vaso, por favor!

ABUELA.
¡Bien dicho! A mí también.

BALBOA.
Tú no; que se te suba a la cabeza tu nieto, pase, pero con este vino casero, cuidado.

ABUELA.—(Graciosamente alegre, sin perder dig¬nidad.)
La última de verdad, Fernando, Fernandito, Fernanditito... un dedito así no más... así, así, así... (Poniéndolo vertical poco a poco. Al ver lo que le sirve.) ¡Tacaño!

MAURICIO.
De manera que la cúpula esférica suspendida entre cuatro triángulos curvos... ¡Eres formi¬dable, abuela!

ABUELA.
Y si un día estudiaras medicina, yo venga microbios. Y si estudiaras astronomía, yo con un gorro de punta y un telescopio así. Pero no; tu oficio es el mejor de todos; los hombres, a hacer casas; las mujeres, a llenarlas... (Levan¬ta su copa.) ¡Y viva la arquitectura civil!

ISABEL.
Vamos abuela; han sido demasiados nervios, y hay que descansar.

ABUELA.
¿Esta noche? ¿Dormir yo esta noche después de veinte años esperándola? ¡Esta noche no me lleva a mí a la cama ni la guardia montada del Canadá! (Bebe.)

BALBOA.
Eugenia, por tu bien...

ABUELA.
¡Y ahora, música, Isabel! Las ganas que tenía yo de oírte tocar aquella balada irlandesa: "My heart is waiting for you".

ISABEL.
¿Qué?

ABUELA.
"My heart is waiting for you." ¿No se dice así en inglés?

ISABEL.—(Aterrada.)
Oh, yes... yes...

ABUELA.
Es la canción que más me gusta. La misma que tú estabas tocando el día que te conoció Mauricio ¿no te acuerdas?

ISABEL.—(Con mayor soltura.)
¡Oh, yes, yes, yes!

ABUELA.
¡Al piano, querida, al piano! (Va al piano sin abandonar su copa, abre la tapa y quita el paño.)

BALBOA.
No seas loca ¡música a estas horas!

MAURICIO.—(Rápido a Isabel tomándola de un bra¬zo.)
¿Sabes tocar el piano?

ISABEL.
¡El "Bolero" de Ravel, con un dedo!

MAURICIO.
¡Qué espanto! Esta noche no, abuela: Isabel está rendida del viaje.

ABUELA.
No hay descanso como la música. ¡Vamos, vamos!

MAURICIO.
Mañana, otro día...

ABUELA.
¿Y por qué no ahora?

MAURICIO.
Serán supersticiones pero siempre que Isabel se ha puesto a tocar esa balada, siempre ha ocu¬rrido algo malo. (En este momento, se oye el cristal de una copa que se rompe. Isabel, que se ha acercado a la mesa, de espaldas al pú¬blico, da un grito y retira la mano.) ¿No te dije? ¿Qué ha sido?

ISABEL.
Nada... el cristal...

ABUELA.
¿Te has herido la mano?

ISABEL.
No tiene importancia; un arañazo apenas.

BALBOA.
Pronto: alcohol, una venda...

ABUELA.
Deja; con el licor y el pañuelo es lo mismo. (Empapa su pañuelo en el licor y le venda la mano.) Así... pobre hija ¿te duele?

ISABEL.
Les juro que no es nada. Lo único que siento es que hemos dejado a la abuela sin música.

MAURICIO.
Eso no. Tocaré yo algo mío.

ABUELA.
¿Pero tú compones también?

MAURICIO.
A ratos... tonterías para vengarme de los nú¬meros. Como ésta. (Se sienta al piano y juega ágilmente los dedos como improvisando.) El mes de abril en el bosque... está empezando el des¬hielo. Este es el deshielo. (Acordes en los graves.) Las ardillas saltan de rama en rama. Estas son las ardillas. (Arpegios saltarines en los agudos.) Y el canto del cuco anuncia el buen tiempo. Aquí está el cuco. (Canta.)

Cucú, cucú
cucú, cucú,
cu-cuando salga el sol
cucú, cucú,
cucú, cucú,
florecerá el amor.

El sol dijo "quizá":
la noche dijo "no".
¿Cu-cuándo dirá "sí"
el cuco del amor?

Cucú, cucú
cucú, cucú,
¡cu-cuándo dirá sí
cucú, cucú,
cucú, cucú,
tu co-co-corazón!

¿Te gusta?

ABUELA.
¡Tuya tenía que ser! (Levanta su copa.) Por el nieto más nieto de todos los nietos... ¡y viva la música civil! ¡¡Hoopy!! (Risas.) A ver, otra vez. ¡Todos! El deshielo; primero el deshielo. Las ardillas: ahora las ardillas. ¡Y ahí sale el cuco! (Repiten la canción, llevando Mauricio la voz cantante y contestando ellos el canto del cuco y coreando los versos pares. Risas. Aplausos.) Otro dedito, Fernando. Por el cuco del buen tiem¬po. El último, último, últ... (Desfallece un mo¬mento llevándose la mano al corazón. Isabel co¬rre a sostenerla.)

ISABEL.
¡Abuela!

BALBOA.
Basta, Eugenia. A descansar.

ABUELA.—(Se recobra. Sonríe.)
No ha sido nada. Este maldito pequeño que me da todo lo bueno y todo lo malo. Pero no vayáis a creer que estoy marea¬da. Un poco de niebla, eso sí... ¿Tengo que acos¬tarme ya, tan pronto?

ISABEL.
Es mejor así. Mañana seguiremos.

ABUELA.
¡Mañana! Con lo largas que son las noches. Que descanses, Mauricio. Hasta mañana, hija. (La abraza. Isabel la acompaña hasta la puerta.)

BALBOA.—(A Mauricio.)
Si tienes costumbre de leer antes de dormir ya sabes dónde está la bibliote¬ca. ¿Quieres algún libro?

MAURICIO.
¡Un tratado de arquitectura y un atlas del Ca¬nadá!

ABUELA.
¿Vamos, Fernando? Mañana, la balada irlandesa, ¿eh? Y a ver si sois capaces de soñar algo mejor que vosotros mismos. (Sale con el abuelo riendo feliz y repitiendo el estribillo. Al quedarse solos, Mauricio resopla desabrochándose el cuello. Isabel se deja caer agotada en un sillón.)



ISABEL y MAURICIO

MAURICIO.
Vaya, por fin salimos del paso.

ISABEL.
Ojalá terminara todo aquí. Yo no he sentido una angustia más grande en mi vida; es como esos equilibristas que andan descalzos entre cuchillos.

MAURICIO.
Realmente la señora es peligrosa. ¡Tiene una memoria inexorable!

ISABEL.
Son años y años de no pensar en otra cosa. ¿Qué sería de esa pobre mujer si de pronto des¬cubriera la verdad?

MAURICIO.
De nosotros depende. Nos hemos metido en este callejón y ya es tarde para volverse atrás.

ISABEL.
¿Y mañana esta farsa otra vez? ¿Y hasta cuándo?

MAURICIO.
Solamente unos días. Después, un falso cable llamándonos urgentemente, y ahí queda el re¬cuerdo para siempre.

ISABEL.
¿Por qué me encargó a mí esto? ¡No puedo, Mauricio, no puedo!

MAURICIO.
¿Tanto miedo tienes?

ISABEL.
Por ella. Será hermoso lo que estamos haciendo, pero al verla entregada como una niña feliz, tuve que hacer un esfuerzo para no gritar la verdad y pedirle perdón. Es un juego demasiado cruel.

MAURICIO.
Lo que yo me temía: el corazón metiéndose en la comedia. Así no iremos a ninguna parte.

ISABEL.
He hecho todo lo que pude. ¿No me he portado bien?

MAURICIO.
Al principio, sí; aquella timidez de la llegada, aquella escena de la evocación, muy bien. Pero después, aquel sollozo cuando te echaste en sus brazos...

ISABEL.
No podía más. También yo sé lo que es vivir sola, y esperando.

MAURICIO.
Eso es lo que hay que corregir desde el prin¬cipio. El arte no se hace aquí señorita. (El cora¬zón.) Se hace aquí, aquí. (La frente.)

ISABEL.
¿Usted no se emocionó ni un momento?

MAURICIO.
La emoción verdadera nunca es artística. Por ejemplo; ¿te fijaste con qué ilusión me comí las tortas de nuez con miel? Pues si hay dos cosas que yo no puedo aguantar son la miel y las nueces. Esto es lo que yo llamo una conciencia artística. (Dando por hecho que no.) ¿A ti te gustaron?

ISABEL.
¡Deliciosas!

MAURICIO.
Es una opinión.

ISABEL.
¿Entonces aquel temblor en la voz al verla por primera vez...?

MAURICIO.
Es un recurso elemental; hasta los racionistas de teatro lo saben.

ISABEL.
¿Y aquel abrazo, largo y en silencio, hasta ha¬cerla llorar...?

MAURICIO.
Todo estaba previsto: con lágrimas en los ojos es más difícil ver claro. ¿Comprendes ahora? (Isabel lo mira como si hubiera descendido de estatura.)

ISABEL.
Ahora sí. Por lo visto tengo mucho que apren¬der.

MAURICIO.
Bastante; pero tú llegarás, Isabel.

ISABEL.
¿Por qué me sigue llamando Isabel si nadie nos oye? Mi nombre es Marta.

MAURICIO.
Aquí no. Estamos viviendo otra vida y hay que olvidar completamente la nuestra. Nada de con¬fusiones.

ISABEL.
Está bien. Dígame las faltas de esta noche para corregirlas.

MAURICIO.
Por lo pronto, el beso. Mejor dicho, los dos be¬sos. El primero, demasiado...

ISABEL.
¿Fraternal?

MAURICIO.
Fraternal. Tres años de matrimonio no es tiem¬po bastante para esa frialdad. En cambio el se¬gundo... ¡el segundo tampoco era un beso de tres años!

ISABEL.
¿Demasiado fuerte?

MAURICIO.
Demasiado. En arte, la medida es el todo.

ISABEL.
Disculpe; no volverá a ocurrir.

MAURICIO.
Así lo espero. Segundo: no me trates nunca de usted. Recuerda que soy tu marido.

ISABEL.
Pero estando solos...

MAURICIO.
Ni estando solos; hay que acostumbrarse. ¿Tú sabes lo que hacen los amantes inteligentes cuan¬do tienen que vivir en sociedad? Se acostumbran a tratarse de usted en la intimidad para no equi¬vocarse luego en público. Nosotros tenemos que hacer lo mismo, al revés.

ISABEL
Perdón, no sabía. Y lo del idioma ¿cómo lo arreglamos?

MAURICIO.
¿Qué idioma?

ISABEL.
El mío, el inglés. La abuela ya has visto que lo sabe. Y yo, por muy básico que sea, no pre¬tenderás que me lo estudie en una noche.

MAURICIO.
Habrá que hacer un esfuerzo. Hoy el inglés se ha convertido en un idioma tan importante que hasta los norteamericanos van a tener que apren¬derlo.

ISABEL.
Oh, yes, yes.

MAURICIO.
¿Te estás burlando?

ISABEL.
¿Del maestro? Sería una falta de respeto im¬perdonable.

MAURICIO.
No, no, sin ironías; a ti te está pasando algo. Desde hace un momento no me miras como an¬tes. Pareces otra.

ISABEL.
¿No serás tú el que me está pareciendo otro a mí? (Se acerca amistosa.) Escucha, Mauricio: el otro día cuando me dijiste que tu imitador de pájaros cantaba mejor que el ruiseñor verdade¬ro, hablabas en serio ¿no?

MAURICIO.
Completamente en serio. Un simple animal, por maravilloso que sea, no puede compararse nunca con un artista.

ISABEL.
Entonces ¿de verdad crees que el arte vale más que la vida?

MAURICIO.
Siempre. Mira ese jacarandá del jardín: hoy vale porque da flor y sombra, pero mañana, cuan¬do se muera como mueren los árboles, en silen¬cio y de pie, nadie volverá a acordarse de él. En cambio si lo hubiera pintado un gran artista, vi¬viría eternamente. ¿Algo más?

ISABEL.
Nada más. Es todo lo que quería saber. (Se dirige a la escalera.)

MAURICIO.
Un momento. Hasta ahora sólo te he corre¬gido los errores; pero no sería justo si no elo¬giara también los aciertos.

ISABEL.
¿He tenido algún acierto? Menos mal.

MAURICIO
Uno sobre todo: el truco para no tocar el pia¬no.

ISABEL.
Ah, lo de la mano herida. ¿Estuvo bien?

MAURICIO.
Ni yo mismo lo hubiera hecho mejor. ¿Con qué te pintaste el rojo de la sangre? ¿Con la barra de labios?

ISABEL.
Con la barra de labios.

MAURICIO.
Me lo imaginé en seguida. ¡Felicitaciones! (Le estrecha la mano. Isabel reprime una queja re¬tirando la mano. Mauricio la mira sorprendido.) ¿Qué te pasa?

ISABEL.
Nada... los nervios. (Va a la escalera. Mau¬ricio la detiene imperativo y la arranca el pa¬ñuelo.)

MAURICIO.
¡Espera! ¿Pero te has clavado el cristal de verdad?

ISABEL.
No se me ocurrió otra cosa. Una mentira hay que inventarla; en cambio la verdad es tan fácil. Buenas noches. (Vuelve a ponerse el pañue¬lo y comienza a subir.)

MAURICIO.
¿No te ofenderás si te digo una cosa?

ISABEL.
Di.

MAURICIO.
Tienes demasiado corazón. Nunca serás una verdadera artista.

ISABEL
Gracias. Es lo mejor que me has dicho esta noche. (Va a seguir. Se vuelve.) ¿Y tú no te ofen¬des si yo te digo otra?

MAURICIO.
Di.

ISABEL.
Si algún día tuvieran que desaparecer del mun¬do todos los árboles menos uno... a mí me gus¬taría que fuera ese jacarandá. ¿Perdonada?

MAURICIO.
Perdonada.

ISABEL.
Buenas noches, Mauricio.

MAURICIO.
Hasta mañana... Marta-Isabel. (Queda apo¬yado en la baranda mirándola subir. Arriba vuel¬ve a oírse el carillón.)





TELÓN


ACTO TERCERO

PRIMER CUADRO

En el mismo lugar unos días después. Tarde. La escena sola. Llama el teléfono, y a poco acude la doncella. Mau¬ricio baja la escalera.



FELISA y MAURICIO

FELISA.
¡Hola! ¿Cómo? Pero no, señorita, ha marcado mal otra vez. De nada.

MAURICIO.
¿Quién era?

FELISA.
Número equivocado. Ya van tres veces que lla¬ma la misma voz y preguntando por la misma dirección.

MAURICIO.
Habrá un cruce en la línea. ¿Por quién pre¬guntaba?

FELISA.
Avenida de los Aromos, dos, cuatro, cuatro, ocho. ¡Imagínese, al otro extremo! (Mauricio toma una manzana del frutero, la limpia con la manga y la muerde.) ¿Necesita algo el señor?

MAURICIO.
Nada, gracias.

FELISA.
¿Le traigo un cuchillo y un plato?

MAURICIO.
¡Nunca! Con plato y cuchillo sería un alimen¬to; así es una naturaleza muerta.

FELISA.
¿Cómo?

MAURICIO.
Nada, Felisa. Hasta luego.

FELISA.
Para servirle, señor. (Mauricio espera a que salga y luego acude al teléfono. Habla mientras come su manzana.)

MAURICIO.
¡Hola! ¿Helena? Sí, claro que comprendí. ¿Al¬guna novedad? ¡Ajá! Supongo que el "F-48" es¬tará contento con esos dos barcos griegos: ¡su idioma predilecto! Pero, por favor, que no les ha¬ble a los muchachos del Partenón. Por aquí, es¬pléndido; salvo la primera noche, que hubo sus tropiezos, todo sobre ruedas. La abuela, un encanto; si uno pudiera elegir yo no elegiría otra. ¿Quién, Isabel? Feliz y progresando día por día; va a ser una colaboradora excelente. Por ella aquí nos quedaríamos toda la vida, pero ha lle¬gado la hora de echar este telón. Prepáreme un cable del Canadá con el siguiente texto: "Apro¬bado oficialmente proyecto casas baratas barria¬da obrera urge presencia inmediata". Firma... Hámilton. Repita. De acuerdo. Hágamelo llegar mañana temprano. Y para la tarde dos falsos pasajes de avión. Nada más. Gracias, Helena. Hasta mañana. (Cuelga y sale hacia el jardín silbando su canción. Por izquierda entra la Abue¬la, nerviosa, seguida por Genoveva.)



ABUELA y GENOVEVA

ABUELA.
No, no, Genoveva, no puede ser; por más vuel¬tas que le doy no acaba de entrarme en la cabe¬za. ¿Está usted segura?

GENOVEVA.
Tampoco yo quería creerlo; pero cuando le digo que lo he visto con mis propios ojos.

ABUELA.
¿Por qué no me avisó antes?

GENOVEVA.
La verdad, no me atreví; son cosas tan deli¬cadas. Si la señora no me hubiera acorralado a preguntas, nunca habría dicho una palabra.

ABUELA.
Mal hecho; hay que poner eso en claro de una vez, y cuanto antes mejor.

GENOVEVA.
¿Y si fuera yo la que está equivocada?

ABUELA.
No sería usted sola. También yo he ido atando cabos todos estos días, y por todas partes sali¬mos a lo mismo. Ya me decía el corazón que algo extraño había aquí.

GENOVEVA.
¿La señora sospechaba también?

ABUELA.
Desde la primera noche: una mirada aquí, una palabra suelta allá... Pero cualquier cosa podía imaginar menos esto. ¿Dónde está Isabel?

GENOVEVA.
¿Va a hablarle?

ABUELA.
Y ahora mismo. ¿Le parece que soy yo mujer para andar espiando la verdad por detrás de las puertas? ¿Dónde está Isabel?

GENOVEVA.
Regando las hortensias.

ABUELA.
Llámela.

GENOVEVA.
Por favor, señora, piénselo...

ABUELA.
¡Que la llame digo! (Genoveva se asoma al jardín llamando.)

GENOVEVA.
¡Isabel... Niña Isabel!... Ya viene.

ABUELA.
Déjenos solas. (Sale Genoveva hacia la cocina. Llega Isabel con un brazado de hortensias.)



ABUELA e ISABEL

ISABEL.
¿Me llamaba?

ABUELA.
Acércate. Mírame de frente y contesta sin va¬cilar. ¿Qué me andas ocultando todos estos días?

ISABEL.
¿Yo?...

ABUELA.
Los dos.

ISABEL.
¡Abuela!...

ABUELA.
Sin desviar los ojos. ¡Contesta!

ISABEL.
No la entiendo.

ABUELA.
De sobra me entiendes, y es inútil seguir fin¬giendo. Comprendo que es una confesión dema¬siado íntima, quizá dolorosa; pero no te estoy hablando como una abuela a una nieta. De mu¬jer a mujer, Isabel ¿qué pasa entre Mauricio y tú?

ISABEL.
Por lo que más quiera ¿qué es lo que está sos¬pechando?

ABUELA.
No son sospechas, hija, es la realidad. Esta mañana, cuando Genoveva subió el desayuno, tú estabas dormida en tu cuarto sola. Mauricio estaba durmiendo en la habitación de al lado. ¿Puedes explicarme qué significa eso?

ISABEL.—(Aliviada.)
¿Lo de las habitaciones?... ¿Y eso era todo? (Ríe, nerviosa.)

ABUELA.
No veo que tenga ninguna gracia; al contra¬rio. ¿Esa misma risa nerviosa, no quiere decir nada?

ISABEL.
Nada. Es que me hablaba usted en un tono... como si hubiera descubierto algo terrible.

ABUELA.
¿Te parece poco? Por lo pronto, un matrimo¬nio que duerme separado es una inmoralidad. Pero puede significar algo peor: un amor terminado.

ISABEL.
¡Pero no, abuela! ¿Cómo puede ni pensarlo si¬quiera?

ABUELA.
¿No tendría motivos?

ISABEL.
Ninguno. Simplemente lo que pasa es que por la ventana del jardín entran mosquitos. Mauri¬cio no puede resistirlos.

ABUELA.
¿Y tú sí? ¿Qué matrimonio es éste que se deja separar por un mosquito?

ISABEL.
No era uno, ni dos, ni tres. ¡Era una plaga!

ABUELA.
¡Ni aún así! ¡Cuando yo tenía tu edad no me hubieran separado de mi marido ni las diez pla¬gas de Egipto! Tienes que prometerme que no volverá a ocurrir.

ISABEL.
Pierda cuidado. ¿Pero qué importancia tiene una separación de momento?

ABUELA.
No es un momento lo que me preocupa; son todos los minutos de toda la vida. Cuando se lle¬ga a mi edad ya no hay más felicidad posible que presenciar la de los otros; y sería muy triste que por verme feliz a mí estuvierais fingiendo algo que no sentís.

ISABEL.
¿Ha llegado a pensar que Mauricio y yo no nos queremos?

ABUELA.
Delante de mí, demasiado; pero después... Ayer cuando tomabais el té en el jardín yo esta¬ba en la ventana. Ni una mirada ni una palabra
entre los dos; él pensando en sus cosas, tú re¬volviendo tu té con los ojos bajos. Cuando fuis¬te a tomarlo ya estaba frío.

ISABEL.
Un silencio no quiere decir nada. Hay tantas maneras de estar juntos un hombre y una mujer.

ABUELA.
¿Podrías jurarme, con la mano en el corazón, que eres completamente feliz?

ISABEL.
¿Por qué me lo pregunta?

ABUELA.
No sé... hay algo raro entre vosotros. Te noto acobardada delante de él, como si él fuera el que manda. Y en el verdadero amor no manda nadie; obedecen los dos.

ISABEL.
¡Mauricio es tan superior a mí en todo! No necesita mandar para que yo sea feliz obede¬ciendo.

ABUELA.
Malo es que lo pienses, pero por Dios que no lo sepa él o estás perdida. Siempre se ha dicho que el amor es un poco como esos carritos chi¬nos: uno muy cómodo, sentado dentro, y el otro tirando. Por lo visto esta vez te ha tocado a ti tirar el carrito.

ISABEL.
¡Y qué importa si es mío lo que va dentro! Ojalá fuera más pesada la carga y más duro el camino para merecerlo mejor a la llegada.

ABUELA.
¡Pero qué estás diciendo! Hablas de tu mari¬do como si no fuera tuyo; como si tuvieras que ganártelo aún.

ISABEL.
Es que usted no puede imaginar todo lo que es Mauricio para mí. Es más que el amor, es la vida entera. El día que le conocí estaba tan des¬esperada que me habría dejado morir en un rin¬cón como un perro con frío. Él pasó junto a mí con un ramo de rosas y una palabra; y aquella palabra sola me devolvió de golpe todo lo que creía perdido. En aquel momento comprendí des¬de dentro que iba a ser suya para siempre, aun¬que fuera de lejos, aunque él no volviera a mi¬rarme nunca más. ¡Y aquí me tiene, atada a su carro, pero feliz porque es suyo!

ABUELA.
¿Tan loca estás, hija?

ISABEL.
Si la locura es eso, bendita sea la locura. Ben¬ditos los ojos que me miran aunque no me vean. Bendita su mano en mi cintura aunque no sea más que un sueño. Escuche, abuela... (Se arro¬dilla a su lado.) El otro día me preguntaba us¬ted por qué no quería hablar otro idioma que el de Mauricio. ¿Comprende ahora por qué? Un idioma no son las palabras, son las cosas, es la vida misma. Cuando yo era niña mi madre me decía "querida"; era una palabra. Cuando iba a la escuela la maestra me decía "querida"; era otra palabra. Pero la primera vez que Mauricio, sin voz casi, me dijo "¡querida!", aquello ya no era una palabra: era una cosa viva que se abra¬zaba a las entrañas y hacía temblar las rodillas. Era como si fuera el primer día del mundo y nunca se hubiera querido nadie antes que nos¬otros. Por la noche no podía dormir. "¡Querida, querida, querida!..." Allí estaba la palabra viva rebotándome en los oídos, en la almohada, en la sangre. ¡Qué importa ahora que Mauricio no me mire si él me llena los ojos! ¡Qué importa que el ramo de rosas siga diciendo "mañana" si él me dio fuerzas para esperarlo todo! Si no hace falta que nos quieran... ¡si basta querer para ser fe¬liz, abuela, feliz, feliz!... (Ha ido exaltándose con sus propias palabras hasta terminar lloran¬do en el regazo.)

ABUELA.
Basta, criatura, basta. La verdad es que no sabe una a qué carta quedarse. Hace un momen¬to tenía la preocupación de que no le querías bastante y ahora casi me da miedo verte que¬rerle tanto. Pero de esto ni una palabra a él, ¿lo oyes? Aprovecha ahora que eres joven para su¬birte al carro; y que tire él un poquito, que para eso es hombre. (Vuelve Mauricio. Isabel se le¬vanta.)



ABUELA, ISABEL, MAURICIO

MAURICIO.
¿Confidencias de suegra y nuera? Malo para el marido.

ABUELA.
¿Por qué supones que estábamos hablando de ti? ¿No hay otras cosas de qué hablar en el mundo?

MAURICIO.
Desde luego, y mucho más importantes. ¿Pue¬do saber cuáles?

ISABEL.
No vale la pena; cosas de mujeres.

MAURICIO.
Me lo imaginé. Hablando de trapos; seguro.

ABUELA.
Seguro. Dios te conserve el olfato, hijo. A los hombres tan inteligentes como tú no les vendría mal de vez en cuando bajar de las nubes... (Mi¬rando a Isabel.) y darse una vuelta por esta po¬bre tierra.

MAURICIO.
¿Isabel te ha dicho algo contra mí?

ISABEL.
Al contrario; le estaba contando todo lo feliz que soy.

MAURICIO.
Ya. ¿Y por eso has llorado?

ABUELA.
Algunas mujeres tienen una extraña manera de ser felices. Aprende tú, que estás demasiado acostumbrado a que todo te caiga de arriba. Y ojo cómo la tratas en adelante, que no está sola; ahora ya somos dos. (Saca del armario una cajita de cartón.) Toma, hija; por si te hace falta.

MAURICIO.
¿Qué es esto?

ABUELA.
Contra los mosquitos. (Sale al jardín.)



ISABEL y MAURICIO

MAURICIO.
¿Qué mosquitos?

ISABEL.
Unos que he tenido que inventar. Esta maña¬na Genoveva te encontró durmiendo en la habi¬tación de huéspedes.

MAURICIO.
¡Tenía que ser! El único día que se me olvidó echar la llave.

ISABEL.
No te preocupes, que ya está arreglado.

MAURICIO.
¿Seguro? ¿No habrá sospechado nada?

ISABEL.
Nada. A tu lado se aprende a mentir con tan¬ta naturalidad.

MAURICIO.
Es una manera muy delicada de llamarme em¬bustero.

ISABEL.
Imaginativo. Era un elogio profesional.

MAURICIO.
Supongo que habrás pasado un mal rato de nervios, como siempre.

ISABEL.
A todo se acostumbra una.

MAURICIO.
Afortunadamente ya queda poco. Tengo una gran noticia para ti.

ISABEL.
Menos mal.

MAURICIO.
Mañana temprano recibiremos un cable del Canadá, y por la tarde dos pasajes de avión.

ISABEL.—(Se estremece.)
¿No?... ¿Quieres decir que nos vamos ya?

MAURICIO.
Ya. Helena se encarga de todo.

ISABEL.
¿Y ésa era la gran noticia?

MAURICIO.
Si te parece poco. Se acabaron los sobresaltos y esa especie de remordimiento que no te dejaba dormir. Ahora, la última velada familiar, una despedida llena de promesas... ¡y al aire libre otra vez! Misión cumplida. ¿No estás contenta?

ISABEL.
Mucho... muy contenta.

MAURICIO.
Con esa cara nadie lo diría.

ISABEL.
Así de pronto duele un poco...

MAURICIO.
No pensarías que íbamos a quedarnos toda la vida. Tú misma me has dicho muchas veces que era una farsa cruel, superior a tus fuerzas.

ISABEL.
Así era al principio. Sólo yo sé lo que me cos¬tó entrar en esto; veremos añora lo que me cues¬ta salir. ¿Mañana?

MAURICIO.
Mañana.

ISABEL.
No podrías esperar un poco más, ¿un día si¬quiera?

MAURICIO.
¿Para qué? Todo lo que podía hacerse por esa mujer está hecho ya.

ISABEL.
No es por ella, Mauricio, ahora es por mí. Ne¬cesito acostumbrarme a la idea.

MAURICIO.
Cada vez te entiendo menos. Te he dado para empezar uno de los trabajos más difíciles; lo has hecho con una naturalidad pasmosa, como una recién casada feliz de verdad. Y ahora, cuando ya está cayendo el telón ¿vas a temblar otra vez?

ISABEL.
No sé... Me da miedo eso que tú llamas la gran escena final.

MAURICIO.
¿La despedida? Es la más fácil de todas: un pequeño temblor al hacer los baúles, largas mi¬radas a la casa como si fueras acariciando uno por uno todos los rincones... Ni siquiera es ne¬cesario hablar. De vez en cuando deja caer algo de las manos, así como sin querer: una cosa que cae en silencio tiene más emoción que una pa¬labra. ¿Por qué me miras así?

ISABEL.
Te admiro.

MAURICIO.
¿Ironías otra vez?

ISABEL.
Sin ironías; te admiro de verdad. Es asombro¬sa esa manera que tenéis los soñadores de no ver claro más que lo que está lejos. Dime, Mauricio ¿de qué color son los ojos de la Gioconda?

MAURICIO.
Aceituna oscuro.

ISABEL.
¿De qué color son los ojos de las sirenas?

MAURICIO.
Verde mar.

ISABEL.
¿De qué color son los míos?

MAURICIO.
¿Los tuyos?... (Duda. Se acerca a mirar. Ella entorna los párpados. Sonríe desconcertado.) No lo tomes a mal. Parecerá una desatención pero te juro que en este momento tampoco sa¬bría decirte cómo son los míos.

ISABEL.
Pardos, tirando a avellana. Con una chispita de oro cuando te ríes. Con una niebla gris cuan¬do hablas y estás pensando en otra cosa.

MAURICIO.
Perdona.

ISABEL.
De nada. (Sonríe dominándose.) Y si mañana, al hacer los baúles, se me resbala algo entre las manos "así como sin querer" pierde cuidado que no será la emoción; sólo será porque he tenido un buen maestro. Gracias, Mauricio. (Sale al jardín. Ha ido oscureciendo. Fuera, las sombras largas de la tarde. Mauricio enciende pensativo un cigarrillo. Se oye la campanilla de la calle, y a poco la doncella cruza a abrir. El señor Bal¬boa viene de sus habitaciones, con un libro en la mano.)



MAURICIO, FELISA, BALBOA

BALBOA.
Si son los diarios, páselos a mi despacho sin abrir.

FELISA.
Bien, señor. (Sale al vestíbulo.)

BALBOA.
¿No era éste el libro que andabas buscando? "Los últimos descubrimientos de la arqueología."

MAURICIO.
No tiene interés. He hecho yo uno más sensa¬cional.

BALBOA.
¡Tú! ¿Cuándo?

MAURICIO.
Ahora mismo. Después de largas excavaciones, acabo de descubrir que soy un perfecto imbécil. (Tira el cigarrillo que acaba de encender y sale al jardín llamando.) ¡Isabel!... (Vuelve la don¬cella.)

FELISA.
Es una visita para el señor.

BALBOA.
¡A estas horas! No espero a nadie ni estoy para nadie. (La Doncella va a obedecer. El Otro apa¬rece en el umbral.)



BALBOA y el OTRO

OTRO.
Para mí, sí. He hecho un viaje demasiado lar¬go para que se me cierre esta puerta.

BALBOA.
¿Con qué derecho entra así en mi casa? Dé¬jenos, Felisa. (La doncella sale. Balboa enciende las luces.) ¿Quién es usted?

OTRO.—(Avanza unos pasos. Tira el sombrero so¬bre un sillón.) ¿Tanto he cambiado en estos veinte años?

BALBOA.—(Inmóvil, sin voz.)
¡Mauricio!...

OTRO.
No veo que sea para asombrarse así, como si fuera un fantasma. ¿No recibiste mi cable anun¬ciando el viaje?

BALBOA.
No es posible... El "Saturnia" se hundió en alta mar con todo el pasaje.

OTRO.
Y tú te alegraste al saberlo ¿verdad? Es natu¬ral; la mancha de la familia lavada lejos y para siempre. Pero ya ves que no; cuando se lleva una vida como la mía nunca se viaja en el barco que se anuncia; ni con el nombre propio. ¡La policía suele ser tan curiosa!

BALBOA.
Basta, Mauricio. ¿A qué vienes?

OTRO.
¿Y necesitas preguntarlo? ¡Qué falta de imaginación! Por lo menos no supondrás que ven¬go a ponerme de rodillas y llorar sobre mis pecados.

BALBOA.
No; te conozco bien. He seguido toda tu vida y sé lo que puede esperarse de ti.

OTRO.
Me alegro; así se ahorran muchas explicacio¬nes enojosas. Sobre todo para ti.

BALBOA.
¿Para mí?

OTRO.
Es lo menos que podía esperar. ¿No te has sentido responsable en ningún momento de esa vida que yo arrastraba lejos de mi casa?

BALBOA.
No trates de descargar tus culpas sobre los de¬más. Todo lo que has hecho allá, ya lo habías empezado aquí.

OTRO.
¿De manera que la conciencia tranquila?

BALBOA.
Hice lo que debía, y si es necesario volveré a hacerlo cien veces.

OTRO.
Por tu gusto, quizá; pero ahora me temo que no vas a poder. Aquel muchacho de entonces está ya un poco duro.

BALBOA.
¿Es una amenaza?

OTRO.
Una advertencia simplemente. Sé por experien¬cia que no hay caminos hechos para nadie; cada uno tiene que abrirse el suyo como pueda. Y el mío, hoy, pasa por esta casa.

BALBOA.
De una vez, por favor ¿qué es lo que vienes a buscar?

OTRO.
Si fuera a reclamar mis derechos, todo lo que me quitaste en una noche: una vida regalada, una buena mesa, una familia honorable...

BALBOA.
¡No habrás pensado quedarte a vivir aquí!

OTRO.
No, estate tranquilo. Eso que tú llamas hogar no se ha hecho para mí, y sería demasiado in¬cómodo para los dos.

BALBOA.
¿Qué pretendes entonces?

OTRO.
Te he dicho primero todo lo que podría exigir. Pero soy razonable y voy a conformarme sólo con una parte. En una palabra, abuelo, necesito dinero.

BALBOA.
No podía ser otra cosa. ¿Cuánto?

OTRO.
Ahí está lo malo, que por mucho que lo sienta no puedo hacerte un precio de amigos. (Dejando repentinamente el tono irónico.) Estoy compro¬metido gravemente ¿sabes? No con la policía, que a eso ya estoy acostumbrado. Ahora es con los compañeros, y esos no perdonan.

BALBOA.
No te pido explicaciones. ¿Cuánto?

OTRO.
¿Te parecería mucho doscientos mil?

BALBOA.
¿Estás loco? ¿De dónde piensas que puedo sa¬car yo esa cantidad?

OTRO.
Desde luego no esperaba que la tuvieras ahí en el bolsillo. Pero puedes encontrarla; y sin ir muy lejos... sin salir de aquí. Si no he calcu¬lado mal, solamente la casa vale el doble.

BALBOA.
¡La casa! ¿Vender esta casa?

OTRO.
Para dos viejos solos es demasiado grande.

BALBOA.
¿Serías capaz de dejarnos en la calle?

OTRO.—(Rencoroso.)
¿No me dejaste tú a mí hace veinte años? To¬davía recuerdo aquel portazo, y a veces todavía me arden tus dedos aquí. Fue la primera y la última vez que alguien se atrevió a ponerme la mano en la cara.

BALBOA.
Eso es lo que te trajo, ¿verdad? ¡Qué bien te comprendo ahora! No es sólo el dinero; es toda esa resaca turbia de la venganza y el resentimiento.

OTRO.
Sería cosa de discutirlo, pero no tengo tiem¬po. Necesito esa cantidad mañana mismo. ¿He¬cho?

BALBOA.
¡Ni mañana ni nunca!

OTRO.
Piénsalo despacio, abuelo. Por mí ya sé que no te importaría. Pero tú tienes un nombre inta¬chable. ¿Te gustaría verlo en letras de escándalo en los periódicos y en las fichas policiales?

BALBOA.
No puedo. Aunque quisiera te juro que no pue¬do.

OTRO.
De ti no me extraña; siempre te costó trabajo abrir la caja de hierro. Pero hay alguien que no me dejará morir estúpidamente junto a un farol pudiendo salvarme. ¿Dónde está la abuela?

BALBOA.
¡No! ¡La abuela, no! Pediré a mis amigos, reuniré lo que pueda. Llévate los valores, las alhajas...

OTRO.
No he venido a pedir limosna. Vengo a bus¬car lo mío, y tú sabes muy bien que la abuela no sería capaz de negármelo. ¿Por qué no quie¬res que hable con ella?

BALBOA.
Escucha, Mauricio, por piedad. La abuela no sabe nada de tu verdadera vida. Para ella aquel muchacho loco de hace veinte años es ahora un hombre feliz que vuelve lleno de recuerdos a casa de los suyos.

OTRO.
¡Ahá! Una historieta ejemplar. Lo malo es que ya pasé la edad y no me gustan las historietas. ¿Dónde está la abuela? (Avanza. El abuelo le corta el paso.)

BALBOA.
¡Piensa todo lo que puedes destruir en un mo¬mento!

OTRO.
No tengo tiempo que perder. ¡Aparta!

BALBOA.
¡No! ¡De aquí no pasas!

OTRO.—(Sujetándole.)
No habrás pensado que puedes levantarme la mano otra vez. Eso es fácil con un niño; con un hombre ya no es lo mismo. ¡Aparta, digo! (Lo aparta, bruscamente y llama en voz alta.)
¡Abuela!... (A la última réplica aparece Mau¬ricio en la terraza. Avanza resuelto, con una ira contenida que le asorda la voz.)



DICHOS y MAURICIO. Después, la ABUELA e ISABEL

MAURICIO.
Sin voces. Cuando un hombre está dispuesto a todo no grita. Salga de esta casa conmigo.

OTRO.
¿Puedo saber quién es usted?

MAURICIO.
Después, ahora, en este mismo momento, la abuela va a entrar por esa puerta ¿lo oye bien? Si pronuncia delante de ella una palabra, una palabra sola, lo mato.

OTRO.
¿A mí?...

MAURICIO.—(Cortando.)
¡Por mi alma que lo mato aquí mismo! (Se oye reír llegando.) Silencio. (Entra la Abuela con Isabel.)

ABUELA.
En mi vida había oído un disparate igual. ¿Serás tonta? Ir a decirme a mí que esa lucecita verde que encienden las luciérnagas... Oh, perdón; creí que estaban solos.

MAURICIO.
No es nada. El señor, que no conoce bien esto y se había confundido. (Con intención.) Yo voy a indicarle el camino. (Desde la puerta.) ¿Vamos?

OTRO.—(Avanza resuelto.)
Vamos.

ISABEL.—(Con un presentimiento ante el tono de desafío que traslucen las palabras de los hom¬bres.)
¡Mauricio! (El Otro se vuelve sorprendido al oír su nombre. Mira fijamente a Isabel y a Mau¬ricio.)

MAURICIO.
Es un momento, Isabel. En seguida vuelvo. Por aquí... (El Otro vacila. Por fin se inclina levemente.)

OTRO.
Disculpen. Señora... (Sigue a Mauricio. Isa¬bel y la Abuela quedan inmóviles mirándoles sa¬lir.)





TELÓN



SEGUNDO CUADRO

En el mismo lugar al día siguiente. En un rincón un baúl abierto. Sobre la mesa una maleta y ropa blanca. ISABEL dobla la ropa en silencio. GENOVEVA termina de hacer el baúl.



ISABEL y GENOVEVA

GENOVEVA.
Los zapatos abajo, ¿verdad?

ISABEL.—(Ausente.)
Abajo.

GENOVEVA.
Y los vestidos ¿van bien, doblados así?

ISABEL.
Es igual.

GENOVEVA.
Igual no; usted lo sabrá mejor que yo, que no he viajado nunca. ¿Es así?

ISABEL.—(Sin mirar.)
Así. (Genoveva suspira resignada y cierra la lona. Se oye arriba el carillón. Isabel levanta los ojos escuchando. Cuatro campanadas.)

GENOVEVA.
Por su bien ¿no ve que es peor callar? ¡Diga algo, por favor!

ISABEL.
¿Qué puedo decir?

GENOVEVA.
Cualquier cosa, aunque no venga a cuento; como cuando una tiene que pasar por un sitio oscuro y se pone a cantar. Con este silencio pa¬rece un entierro.

ISABEL.
Algo hay de eso. ¿Cuántos vestidos has metido en ese baúl?

GENOVEVA.
Siete.

ISABEL.
Siete vestidos pueden ser toda una vida: el claro de la primera mañana, el de regar las hor¬tensias, el azul de tirar piedras al río, el de aquella noche que se quemó el mantel de fiesta con un cigarrillo. Ahora, ahí apretados, ya no hay fiesta ni hortensias ni río. Sí, Genoveva, ha¬cer un equipaje es como enterrar algo.

GENOVEVA.
Lo malo no es para los que se van. Ustedes vuelven a lo suyo, con toda la vida por delante. Pero la señora...

ISABEL.
¿Habló con ella?

GENOVEVA.
Ni yo ni nadie; ahí sigue encerrada en su cuarto sin mover una mano ni despegar los labios.

ISABEL.
¿Pero por qué ese silencio como una protesta? Ya sabía que tarde o temprano tenía que llegar este momento. ¿Es mía la culpa?

GENOVEVA.
La culpa es del tiempo, que siempre anda a contramano. Recuerdo, cuando el barco iba lle¬gando, que cada minuto parecía un siglo en esta casa. "¡El lunes, Genoveva, el lunes!" Y aquel lunes no llegaba nunca. En cambio ahora ¿cuándo pasó aquel día y el siguiente y los otros? Mi madre lo decía: hay un reloj de esperar y otro de despedirse; el de esperar siempre atrasa. (Se le resbalan de entre las manos unos pañuelos.) Disculpe; no sé dónde tengo las manos.

ISABEL.
Al contrario. Gracias, Genoveva.

GENOVEVA.
¿Gracias por qué?

ISABEL.
Por nada; son cosas mías. (Llega Mauricio de la calle, preocupado.)

GENOVEVA.
Volveré a lavarlos. Todavía pueden secar. (Sa¬le hacia la cocina. Isabel se dirige impaciente a Mauricio.)



ISABEL y MAURICIO

ISABEL.
¿Hay alguna esperanza de arreglo?

MAURICIO.
Ninguna. Todo lo que se le podía ofrecer se ha hecho ya sin resultado. Dentro de unos mi¬nutos va a venir él mismo con la última palabra.

ISABEL.
¿Y vas a permitirle entrar en esta casa?

MAURICIO.
Desgraciadamente es la suya. Ni razones ni sú¬plicas ni amenazas valen nada con él. Ese hom¬bre viene dispuesto a todo y no dará un paso atrás.

ISABEL.
Es decir que toda nuestra obra va ser des¬truida en un minuto, delante de nosotros ¿y va¬mos a presenciarlo con los brazos cruzados?

MAURICIO.
Es inútil que tú tengas la razón. Él trae la fuerza y la verdad.

ISABEL.
No te reconozco. Oyéndote hablar el primer día parecías un domador de milagros, con una magia nueva en las manos. No había una sola cosa fea que tú no pudieras embellecer; ni una triste realidad que tu no fueras capaz de burlar con un juego de imaginación. Por eso te seguí a ojos cerrados. Y ahora llega a tu puerta una verdad, que ni siquiera tiene la disculpa de su grandeza... ¡y ahí estás frente a ella, atado de pies y manos!

MAURICIO.
¿Qué puedo hacer? Al descubrir el juego he¬mos puesto todas las cartas en su mano. Ahora ya no necesita pedir; puede jugar tranquilamen¬te al chantaje. No hay nada que esperar, Isa¬bel. Nada.

ISABEL.
Aún puedes hacer un bien en esta casa: el último. Confiésale tú mismo a la abuela toda la verdad.

MAURICIO.
¿Qué ganaríamos con eso?

ISABEL.
Es como quitar una venda. Tú puedes hacerlo poco a poco, con el alma en los dedos. No espe¬res a que él se la arranque de un tirón.

MAURICIO.
No puedo, no tendría valor. No quiero ver una herida que yo mismo he contribuido a abrir y que ya no soy capaz de curar. ¡Vámonos de aquí cuanto antes!

ISABEL.
¿A tu casa cómoda y tranquila? ¿A divertirnos fabricando sueños que tienen este despertar? No, Mauricio; vuelve tú solo.

MAURICIO.
¡No habrás pensado quedarte aquí!

ISABEL.
Ojalá pudiera. Pero tampoco quiero salir de esta vida inventada para volver contigo a otra tan falsa como ésta.

MAURICIO.
¿Adónde entonces? ¿Piensas volver a tu vida de antes?

ISABEL.
Parece increíble, ¿verdad? Y sin embargo ésa es la gran lección que he aprendido aquí. Mi cuarto era estrecho y pobre, pero no hacía falta más; era mi talla. En el invierno entraba el frío por los cristales, pero era un frío limpio, ceñido a mí como un vestido de casa. Tampoco había rosas en la ventana; sólo unos geranios cubier¬tos de polvo. Pero todo a mi medida, y todo mío: mi pobreza, mi frío, mis geranios.

MAURICIO.
¿Y es a aquella miseria adonde quieres vol¬ver? No lo harás.

ISABEL.
¿Quién va a impedírmelo?

MAURICIO.
Yo.

ISABEL.
¿Tú? Escucha, ahora ya no hay maestro ni discípula; vamos a hablarnos por primera vez de igual a igual, y voy a contarte mi historia como si no fuera mía para que la veas más clara. Un día la muchacha sola fue sacada de su mundo y llevada a otro maravilloso. Todo lo que no había tenido nunca, se le dio allí de re¬pente: una familia, una casa con árboles, un amor de recién casada. Sólo se trataba, natu¬ralmente, de representar una farsa. Pero ella "no sabía medir" y se entregó demasiado. Lo que debía ser un escenario se convirtió en una casa verdadera. Cuando decía "abuela" no era una palabra recitada, era un grito que le venía de dentro y desde lejos. Hasta cuando el falso ma¬rido la besaba le temblaban las gracias en los pulsos. Siete días duró el sueño, y aquí tienes el resultado: ahora ya sé que mi soledad va a ser más difícil, y mis geranios más pobres y mi frío más frío. Pero son mi única verdad, y no quiero volver a soñar nunca por no tener que despertar otra vez. Perdóname si te parezco in¬justa.

MAURICIO.
Solamente en una parte. ¿Por qué te empeñas en pensar que esa historia es la tuya sola? ¿No puede ser la de los dos?

ISABEL.
¿Qué quieres decir?

MAURICIO.
Que también yo he necesitado esta casa para descubrir mi verdad. Ayer no había aprendido aún de qué color son tus ojos. ¿Quieres que te diga ahora cómo son a cada hora del día, y cómo cambian de luz cuando abres la ventana y cuando miras al fuego, y cuando yo llego y cuando yo me voy?

ISABEL.
¡Mauricio!

MAURICIO.
Siete noches te he sentido dormir a través de mi puerta. No eras mía, pero me gustaba oírte respirar bajo el mismo techo. Tu aliento se me fue haciendo costumbre, y ahora lo único que sé es que ya no podría vivir sin él; lo necesito junto a mí y para siempre, contra mi propia almohada. En tu casa o en la mía ¡qué importa! cualquiera de las dos puede ser la nuestra. Eli¬ge tú.

ISABEL.
¡Mauricio...! (Se echa en sus brazos.)

MAURICIO.
¡Marta-Isabel! ¡Mi verdad! (La besa larga¬mente. Se oye la campanilla del vestíbulo. Se miran en sobresalto, abrazados. La campanilla vuelve a sonar impaciente.) Ahí está. (Va a salir a su encuentro. Ella lo detiene.)

ISABEL.
¡Tú no! ¡Déjame sola con él!

MAURICIO.
¿Estás loca? (La doncella pasa a abrir.)

ISABEL.
Quizá una mujer pueda conseguir lo que no has conseguido tú. ¡Déjame! (Se besan nueva¬mente, rápidos.)

MAURICIO.
Estaré cerca.

ISABEL.
No tengas miedo: ahora soy fuerte por los dos. (Mauricio sale al jardín. Vuelve la Doncella.)

FELISA.
Es el mismo hombre de anoche. Pregunta por la señora.

ISABEL.
Dígale que pase. (La Doncella va a obedecer. El Otro aparece en el umbral.)

FELISA.
No hace falta; por lo visto es su costumbre. (El Otro le ordena salir con un gesto. Después avanza. Mira a Isabel de arriba a abajo.)



ISABEL y el OTRO

OTRO.
Mi falsa esposa ¿no?

ISABEL.
Su falsa esposa.

OTRO.
Mucho gusto. Por lo menos no han elegido mal.

ISABEL.
Gracias.

OTRO.
Ya sé todo el tinglado que han armado aquí; las cartas, el matrimonio feliz, la emoción de la abuela. Una bonita fábula con moraleja y todo. Lástima que se acabe tan estúpidamente.

ISABEL.
No se ha acabado todavía.

OTRO.
Por mi parte, si quieren ustedes seguirla, ya saben el precio.

ISABEL.
Demasiado alto. Malvender esta casa; lo único que les queda a esos dos viejos para morir en paz.

OTRO.
También yo puedo caer en una esquina si vuelvo sin el dinero. Mis amigos no entienden de fantasías, y en cambio tiran bien.

ISABEL.
¿Es su última palabra?

OTRO.
¿Otra vez? Su novio me pidió anoche un plazo para arreglar. Les he dado hasta ahora, y basta de largas. ¿Hay plata o no hay plata?

ISABEL.
Usted sabe tan bien como yo que es imposible.

OTRO.
Eso pronto vamos a verlo. Supongo que a la vieja la tienen encerrada en su cuarto ¿verdad? No se moleste; conozco el camino. (Avanza. Isa¬bel le cierra el paso.)

ISABEL.
¡Quieto! ¡Ni un paso más!

OTRO.
Le advierto que a mí no me han detenido nun¬ca las mujeres que se ofrecen; las que amena¬zan, mucho menos. ¡Aparte!

ISABEL.
¡Por lo más sagrado, piénselo antes que sea demasiado tarde! ¿Sabe que una sola palabra suya puede matar a esa mujer?

OTRO.
No será para tanto.

ISABEL.
Desgraciadamente, sí. Sólo esta ilusión la man¬tenía de pie, y un golpe así puede serle fatal.

OTRO.
¿Tanto le interesa la vida de esa mujer?

ISABEL.
Más que la mía propia.

OTRO.
Entonces ¿para qué perder tiempo? Podemos plantear las cosas como a mí me gusta; como un negocio redondo. Doscientos mil pesos vale la vida de la abuela. Barato ¿no?

ISABEL.
¡Canalla...! (Avanza con la mano crispada. Se abre la puerta de izquierda y aparece la Abuela.)



El OTRO, ISABEL, la ABUELA

ABUELA.
¿Qué pasa aquí, Isabel?

ISABEL.—(Corriendo a ella.)
¡Abuela...!

ABUELA.
Si no me equivoco, el señor es el mismo que estuvo aquí anoche. (Avanza unos pasos.) ¿Bus¬ca a alguien en esta casa?

ISABEL.
A nadie. Sólo venía a despedirse. (Suplicante.) ¿Verdad que se iba ya, señor?

OTRO.
No he hecho un viaje tan largo para volverme con las manos vacías.

ISABEL.
¡Mentira! ¡No le escuche, abuela, no le escu¬che!

ABUELA.
¿Pero estás loca? ¿Qué manera es ésta de re¬cibir a nadie? Discúlpela; está un poco nerviosa. Déjanos; parece que el señor tiene algo impor¬tante que decirme.

ISABEL.
¡Él no! ¡Se lo diré yo después, solas las dos!

ABUELA.—(Enérgica.)
¡Basta, Isabel! Sal al jardín y no vuelvas con ninguna disculpa hasta que yo te llame ¿lo oyes? ¡Con ninguna disculpa! Déjanos. (Isabel sale rápida ocultando el rostro. Pausa. La Abuela mira largamente al desconocido y avanza serena.)



La ABUELA y el OTRO

ABUELA.
Por lo visto debe de ser cosa grave. (Se sienta.) ¿Quiere sentarse?

OTRO.
No, gracias. Con pocas palabras va a ser bastante.

ABUELA.
¿De modo que ha hecho un largo viaje para hablar conmigo? ¿De dónde?

OTRO.
Del Canadá.

ABUELA.
Un hermoso país. Mi nieto llegó también de allá hace unos días. ¿Conoce a mi nieto?

OTRO.
Mucho. Por lo que veo, mucho mejor que usted misma.

ABUELA.
Es posible. ¡Yo he estado separada de él tanto tiempo! Cuando se fue de esta casa...

OTRO.
Cuando lo expulsaron sin razón.

ABUELA.
Exacto. Cuando el abuelo lo expulsó de esta casa, tuve miedo de él. Era una cabeza loca; pero yo estaba segura de su corazón. Sabía que le bastaría acordarse de mí para no dar un mal paso. Y así fue. Después vinieron las cartas, la nueva vida, y por fin él mismo.

OTRO.
Conozco el cuento; lo que no me explico es cómo ha podido tragárselo a sus años.

ABUELA.
No comprendo.

OTRO.
Dígame, señora ¿no se le ocurrió nunca sos¬pechar que esas cartas pudieran ser falsas?

ABUELA.
¿Falsas las cartas?

OTRO.—(Brusco.)
¡Todo! ¡Las cartas, y esa historia ridícula, y hasta su nieto en persona! ¿Es que se ha vuelto ciega o es que esta jugando a cerrar los ojos?

ABUELA.—(Se levanta.)
¿Pero qué es lo que pretende insinuar? ¿Que ese muchacho alegre y feliz que está viviendo bajo mi techo no es mi nieto? ¿Qué el mío verdadero, la última gota de mi sangre... es este pobre canalla que está delante de mí? ¿Era eso lo que venías a decirme, Mauricio?

OTRO.
¡Abuela...!

ABUELA.
¿Y para dar este golpe a una pobre mujer has atravesado el mar? Puedes estar orgulloso. ¡Es una hazaña de hombre!

OTRO.
¡Acabáramos! ¿De manera que también tú es¬tabas metida en la farsa?

ABUELA.
No. Yo no lo supe hasta anoche. Aquel se¬gundo que te vi aquí me abrió los ojos de re¬pente; después no me costó trabajo obligar al abuelo a confesar. ¡Era algo tan atroz que mis entrañas se negaban a creerlo! Sólo una espe¬ranza me quedaba ya: "por lo menos, delante de mí no se atreverá". Y he esperado hasta el último momento una palabra buena, un gesto de piedad, una vacilación siquiera... ¡algo a que poder aferrarme para perdonarte aún! Pero no. Has ido directamente a la llaga con tus manos sucias... ¡adonde más dolía!

OTRO.
No podía hacer otra cosa, abuela. ¡Necesito ese dinero para salvar la piel!

ABUELA.
Conozco la cifra; acabo de oírtela a ti mismo: doscientos mil pesos vale la vida de la abuela. No, Mauricio, no vale tanto. Por una sola lágrima te la hubiera dado entera. Pero ya es tarde para llorar. ¿Qué esperas ahora? ¡Ni un centavo para esa piel que no tiene dentro nada mío!

OTRO.
¿Vas a dejarme morir en la calle como un perro?

ABUELA.
¿No es tu ley? Ten por lo menos la dignidad de caer en ella.

OTRO.—(Con una angustia ronca.)
¡Piensa que no solamente pueden matarme; que puedo tener que matar yo!

ABUELA.
¡Por tu alma, Mauricio, basta! Si algo te que¬da de hombre, si algo quieres hacer aún por mí sal de esta casa ahora, ¡ahora mismo!

OTRO.
¿Tanto te estorba mi presencia?

ABUELA.
¡Ni un momento más! No ves que se me acaban las fuerzas, que me están temblando las rodillas... ¡y que no quiero caer delante de ti! ¡Fuera!

OTRO.
¡Tuya será la culpa!

ABUELA.
¡Fuera! (El Otro, con un gesto crispado sale bruscamente. La Abuela, vencida, cae sollozan¬do en su poltrona.) ¡Cobarde... cobarde...!

(Pausa. Entra el señor Balboa y acude a ella.)

BALBOA.
Mi pobre Eugenia... ¿No te dije que iba a ser superior a ti?

ABUELA.
Ya ves que no. El dolor fuerte pasó ya. Lo malo es la huella que deja; esa pena que viene después en silencio y que te va envolviendo lenta, lenta... Pero a esa ya estoy acostumbra¬da; somos viejas amigas. (Se rehace.) Los mu¬chachos no habrán oído nada ¿verdad?

BALBOA.
¿No piensas decírselo?

ABUELA.
Nunca. Les debo los días mejores de mi vida. Y ahora soy yo la que puede hacer algo por ellos. (Se levanta. Llama en voz alta.) ¡Mauricio! ¡Isabel...!

BALBOA.
¿Pero de dónde vas a sacar fuerzas?

ABUELA.
Es el último día, Fernando. Que no me vean caída. Muerta por dentro, pero de pie. Como un árbol. (Entran Isabel y Mauricio.)



BALBOA, la ABUELA, ISABEL, MAURICIO

ABUELA.
¿Qué caras tristes son ésas? Ya habrá tiem¬po mañana.

ISABEL.
¿Se fue ese hombre?

ABUELA.
En este momento. ¡Qué tipo extraño! Dice que ha hecho un viaje largo para hablarme, se queda mirándome en silencio, y al final se va como había venido.

MAURICIO.
¿Sin hablar?

ABUELA.
Parecía que iba a decir algo importante, pero de pronto se le quebró la voz y no pudo seguir.

ISABEL.
¿Y no dijo nada? ¿Ni una palabra siquiera?

ABUELA.
Una sola: perdón. ¿Tú lo entiendes? Algún loco suelto. ¿Cerraste el equipaje?

ISABEL.
Todavía hay tiempo.

ABUELA.—(Al abuelo.)
Córtales un tallo del jacarandá; les gustará llevárselo como recuerdo. De la ventana. (Bal¬boa sube lentamente la escalera.) Ah, y la re¬ceta del licor, no se nos vaya a olvidar a última hora. ¿Tienes lápiz y papel?

MAURICIO.
Sí, abuela. (Se lo entrega a Isabel, que se sienta a escribir a la mesa.)

ABUELA.
Anota, hija, y a ver cómo te sale. Todas las mujeres de esta casa lo hemos hecho bien. Anota: agua destilada y alcohol a partes igua¬les. (Tono íntimo.) ¿Cuándo sale el avión?

MAURICIO,
Mañana al amanecer.

ABUELA.
¡Mañana!... Mosto de uva pasa, un cuarto. Moscatel si puede ser. (Vuelve al tono íntimo.) ¿Me seguirás escribiendo, Isabel?

ISABEL.
Sí, abuela, siempre, siempre.

ABUELA.
¡Me gustaría ver los grandes bosques y los tri¬neos...! Dos claras batidas a punto de nieve. Y el día de mañana... cuando tengáis un hijo... ¿Un hijo...? (Queda como ausente en la promesa lejana. Isabel suelta el lápiz y oculta el rostro contra el brazo. Mauricio le aprieta los hombros en silencio y le devuelve el lápiz.) Cáscara de naranja amarga, bien macerada... Una corteza de canela en rama para perfumar... Dos gotas de esencia de romero... (Telón.)





Fin de
"LOS ÁRBOLES MUEREN DE PIE"

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