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sábado, marzo 10, 2007

Alejandro Casona:La barca sin pescador

La barca sin pescador
Alejandro Casona



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(1945)


Comedia en tres actos












"En el más remato confín de la China vive un Manda¬rín inmensamente rico, al que nunca hemos visto y del cual ni siquiera hemos oído hablar. Si pudiéramos heredar su fortuna, y para hacerle morir bastara con apretar un botón sin que nadie lo supiese, ¿quién de nosotros no apretaría ese botón?"

(Chateaubriand. "El genio del Cristianismo")



"Después me asaltó una amargura mayor. Empecé a pensar que el Mandarín tendría una numerosa familia que, despojada de la herencia que yo consumía en platos de Sèvres, iría atravesando todos los infiernos tradicionales de la miseria humana los días sin arroz, el cuerpo sin abrigo, la limosna negada…"

(Eça de Queiroz. "El Mandarín")






Personajes









ESTELA
FRIDA
LA ABUELA
ENRIQUETA
RICARDO JORDÁN
EL CABALLERO DE NEGRO
Tío MARKO
JUAN
BANQUERO
CONSEJERO 1º
CONSEJERO 2°


ACTO PRIMERO





Despacho del financiero Ricardo Jordán. Lujo frío. Sobre la mesa, ticker y teléfonos. En las paredes, mapas eco¬nómicos con franjas de colores, banderitas agrupadas en los grandes mercados y cintas indicadoras de comunicaciones

Una gran esfera terrestre, de trípode. Reloj de péndulo.

Invierno.

Enriqueta, sentada. Ricardo acude de mal humor al telé¬fono que llama desde que se levanta el telón. Mientras él habla, ella retoca su maquillaje.



RICARDO.
- ¡Hola! ¿Larga distancia...? Sí, sí, diga... Aquí también: otros cuatro enteros en media hora. Pero le repito que no hay ningún motivo de alarma. No, eso nunca; mis órdenes son ter¬minantes y para todos los mercados. ¡Pase lo que pase, comprenden! ¡Nada más! ¡Gracias! (Cuelga. Mira el ticker que señala la cotización del momento.)

ENRIQUETA.
- ¿Siguen las malas noticias?

RICARDO.
- Así parece.

ENRIQUETA.
- ¿Graves?

RICARDO.
- Peores las he conocido y he sabido capear el temporal. Cuando se ve de dónde viene el gol¬pe es mas fácil evitarlo.

ENRIQUETA.
- SI te limitaras a evitarlo... Pero te conozco; no eres hombre que se conforme con encajar un golpe sin devolver otro.

RICARDO.—(Ofreciéndole un cigarrillo.)
- Es lo que he hecho siempre. ¿Voy a acobar¬darme ahora?

ENRIQUETA.
- No se trata de valor, sino de cifras. ¿Cuánto han subido hoy las acciones de la Canadiense?

RICARDO.
- Catorce enteros más. Los mismos que hemos bajado nosotros.

ENRIQUETA.
-¿Y hasta dónde puedes resistir la baja?

RICARDO.
- No me importa el límite, puesto que se trata de una baja provocada artificialmente. El jue¬go está bien claro: o la Canadiense o yo. Vere¬mos quién ríe el último.

ENRIQUETA.
- Ellos pueden permitirse el lujo de perder in¬definidamente con tal de hundirte. No se trata de una empresa que defienda sus intereses. Es un hombre que te odia. Josué Méndel.

RICARDO.
- Josué Méndel... Un aprendiz. Los primeros negocios sucios que hizo en su vida los aprendió conmigo. Yo le enseñaré a respetar a su maes¬tro.

ENRIQUETA.
- Pero hoy es el gran conductor de la indus¬tria y de la banca. Sabe sonreír en los salo¬nes; y las mujeres le admiran.

RICARDO.
- Ya veo, ya.

ENRIQUETA.
- Sin ironías, Ricardo. Es un juego peligroso. Puedes arrastrar a la ruina a mucha gente contigo.

RICARDO.
- No puedo perder mi tiempo pensando en los demás. ¿Tienes miedo?

ENRIQUETA.
- Por ti. Tú eres un apasionado, capaz de poner la vida entera a una carta. El tiene los ojos fríos, camina despacio... y llega siempre adonde quiere ir.

RICARDO.
- Nunca te imaginé tan pesimista. ¿Qué es lo que me aconsejas? ¿Rendirme?

ENRIQUETA.
- Pactar.

RICARDO.
- ¿Con Méndel? Nunca. Él ha querido la gue¬rra, pues tendremos guerra. Y por favor, deje¬mos esto: no me parece elegante para ti. ¿Por qué no me llamaste anoche?

ENRIQUETA.
- Después de un día tan agitado supuse que necesitarías descanso. Estuve cenando en el Claridge... con unas amigas.

RICARDO.
-¿No hay teléfono en el Claridge?

ENRIQUETA.
- No quise despertarte.

RICARDO.
- Qué extraño... Nunca me ha gustado el Claridge. Es donde suele reunirse la gente de Méndel.

ENRIQUETA.
- ¿Qué quieres insinuar...?

RICARDO.
- Seamos claros, Enriqueta. Hasta ayer nunca habías visto a ese hombre. ¿Dónde aprendiste que Méndel tiene los ojos fríos?

ENRIQUETA.
- ¡Ricardo...! ¿Una escena de celos ahora?

RICARDO.
- Perdona. (Entra Juan con una bandeja, dos vasos, coctelera y soda.)



DICHOS y JUAN

JUAN.
- Con permiso, señor.

RICARDO.
- ¿Quién ha pedido eso?

JUAN.
- Como el señor lleva tres noches sin dormir, me he permitido... ¡Pruébelo y me lo agrade¬cerá!; pero con cuidado. ¡Es una fórmula para soñar de pie!

RICARDO.
- Gracias Juan.

JUAN.—(Dejando la bandeja.)
- El Director del Banco y los Consejeros es¬peran.

RICARDO.
- ¿Tranquilos?

JUAN.
- Pálidos. El señor Director ha encendido tres cigarrillos seguidos y no ha fumado ninguno.

RICARDO.
- Que pasen. (Sale Juan.) Será mejor que te retires si no quieres presenciar una sesión bo¬rrascosa.

ENRIQUETA.
- Escúchalos con calma. En estos momentos todo consejo puede ser útil. ¿Por qué me miras así?

RICARDO.
- No sé. Te encuentro muy extraña. Demasia¬do razonable, quizá. En fin, querida; será que vamos envejeciendo. (La besa fríamente.)

ENRIQUETA.
- Piénsalo, Ricardo. Piénsalo. (Sale. Ricardo la mira ir pensativo. Se sirve un vaso. Juan abre la puerta corredera del fondo, dejando pasar al Director del banco y dos Consejeros.)



RICARDO, BANQUERO, CONSEJEROS 1º y 2º

RICARDO.
- Adelante, señores. ¿Algo nuevo?

CONSEJERO 1º.
- Demasiadas cosas en poco tiempo. ¿Ha visto el curso de las cotizaciones? Ayer cerramos a ciento ochenta y hoy hemos abierto a ciento sesenta y cinco. Desde entonces acá...

RICARDO.
- Ya sé. Hemos bajado catorce enteros más.

CONSEJERO 2º.
- Perdón; diez y ocho en este momento. Antes del cierre serán veinte, quizá treinta.

BANQUERO.
- He salido de la Bolsa cuando se lanzaban al mercado cuatro mil acciones más. He visto el desconcierto de los agentes, los corrillos nerviosos de cien pequeños accionistas, las cifras derri¬tiéndose como manteca en las pizarras.

RICARDO.
- Sin embargo puedo garantizarles que es una falsa alarma.

BANQUERO.
- No es una alarma. ¡Es el pánico! Una jauría aullando de terror y apretujándose por despren¬derse de unos valores que se desploman.

CONSEJERO 1º.
- Una alarma puede cortarse con un golpe de audacia. Contra el pánico no hay fuerza huma¬na que resista.

RICARDO.
- Ahí está la única palabra; resistir. ¡Resistir! ¿A quién favorece este pánico? A Méndel. Por eso lo paga. Cuando nuestras acciones estuvie¬ran en el suelo, él vendría tranquilamente a recogerlas y apoderarse de la empresa. Hace falta ser muy estúpido para no ver el juego.

CONSEJERO 2º.
- ¿Es decir, que usted se empeña en no ver en todo esto más que una simple especulación?

RICARDO.
- Lo he hecho yo muchas veces y conozco el sistema: la prensa comprada, los saboteadores a sueldo, los rumores alarmistas...

BANQUERO.
- Desgraciadamente no son todo rumores: tam¬bién hay realidades. La huelga se extiende en las refinerías amenazando con el paro total.

RICARDO.
- Se compra a los líderes. Bastará doblar el precio que les haya ofrecido Méndel.

BANQUERO.
- ¿Y nuestros yacimientos de petróleo al otro lado de la frontera? El golpe de estado nacio¬nalista no reconoce los intereses extranjeros.

CONSEJERO 1º.
¬- ¡Nuestros pozos serán expropiados al precio que ellos fijen!

RICARDO.
- Propaganda política que nadie se atreverá a confirmar. ¡El petróleo no tiene patria!

CONSEJERO 2º.
- No es una amenaza. Es noticia confirmada por nuestra agencia. Vea este cable.

BANQUERO.—(Mientras Ricardo lee el cable.)
- Cuando esto se sepa en la Bolsa, la baja se convertirá en una caída vertical.

CONSEJERO 1º.
- Hay que salvar lo que se pueda, antes que sea tarde.

RICARDO.
- En resumen: ¿qué es lo que me proponen? ¿Entregarnos a Méndel?

CONSEJERO 1º.
- Hoy todavía estamos a tiempo de pactar. Mañana nos tendrá atados de pies y manos.

RICARDO.
- Rotundamente, ¡no! Mientras yo tenga la dirección de la empresa, mi única orden es resis¬tir. ¡Y luego, pegar!

BANQUERO.
- ¿Con qué capital? En estas condiciones mi Banco no puede arriesgar nuevos créditos.

RICARDO.
- ¿También usted ha perdido la fe en mí?

BANQUERO.
- ¿Y quién puede tenerla cuando el grito de alarma ha salido de este mismo despacho? Esas cuatro mil acciones lanzadas al mercado esta misma mañana son de la señorita Enriqueta. ¡Su propia amiga!

RICARDO.
- ¡No es posible!

BANQUERO.
- Anoche la vieron cenando con Méndel. En el Claridge.

RICARDO.
- ¡Mienten! ¿Quién la ha visto?

CONSEJERO 1º.
- Yo, señor Director.

CONSEJERO 2º.
- Y yo.

RICARDO.
- ¿Luego también ustedes estaban? Ahora veo clara la maniobra. El barco se hunde y las ratas se apresuran a abandonarlo. ¿No es eso? Pues no, señores. Yo sabré ponerlo a flote una vez más. Y si el capital de la empresa no basta, yo lucharé con el mío, hasta el último céntimo. (Vuelve a oírse el ticker.)

BANQUERO.
- Piénselo fríamente. Puede ser la ruina.

CONSEJERO 1º.—(Que ha corrido a observar el tic¬ker.)
- Mire estas cifras. ¡Es el desplome total!

CONSEJERO 2º.
- Los accionistas exigen su dimisión. ¡Es lo único que puede salvarnos a todos!

RICARDO.
- ¡Basta! ¿Qué esperan? Vayan a arrodillar su miedo a los pies de Méndel. Por mi parte sólo conozco una fórmula de lucha; o todo o nada. Es mi última palabra.

BANQUERO.
- Está bien. También nosotros diremos la nues¬tra. ¡Vamos! (Salen.)

RICARDO.—(Solo, murmura, entre dientes.)
- Cobardes... cobardes... ¡Y ella...! (Se deja caer abismado en un sillón. Bebe de nuevo en silencio.

Rumor de lluvia. Las luces bajan visiblemente mientras se oye un extraño fondo de música, obsesiva y monótona. La puerta corrediza del foro se abre. Sola, lentamente, sin ruido alguno, dando paso al Caballero de Negro. Vuelve a cerrarse a su espalda con un discreto misterio. El Caballero de Negro viste chaqué y trae al brazo su carpeta de negocios. Solamente su sonrisa fría, su nariz rapaz y su barbilla en punta denuncian, bajo la apariencia vulgar, su perdurable personalidad. Avanza en silencio y habla sobre el hombro de Ricardo con cierta solemnidad confidencial.)



RICARDO y el CABALLERO DE NEGRO

CABALLERO.
- No lo pienses más, Ricardo Jordán. Tu amante te ha traicionado. Tus amigos, también. Estás al borde de la ruina. Tal vez de la cárcel. En estas condiciones, el único que puede salvarte soy yo. (Ricardo mira sorprendido a su alrede¬dor y luego al desconocido, como si tardara en darse cuenta.)

RICARDO.—(Se levanta.)
- ¿Quién es usted?

CABALLERO.
- Un viejo amigo. Cuando eras niño y tenías fe, soñabas conmigo muchas noches. ¿No te acuerdas de mí?

RICARDO.
- Creo que he visto esa cara alguna vez... no sé dónde.

CABALLERO.
- En un libro de estampas que tenía tu madre, donde se hablaba ingenuamente del cielo y del infierno. ¿Recuerdas? Pagina octava... a la iz¬quierda.

RICARDO.—(Mirándole fijamente.)
- ¿Entre una nube de humo? ¿Con una capa roja y una pluma de gallo?

CABALLERO.
- Era el traje de la época. Ha habido que cambiar un poco la tramoya y la guardarropía, para ponerse a tono.

RICARDO.—(No queriendo creer.)
- ¡No...!

CABALLERO.
- Sí.

RICARDO.—(Se restriega los ojos.)
- Hablemos en serio, por favor... ¿no preten¬derá hacerme creer que estoy tratando con... con...?

CABALLERO.
- Dilo sin miedo. Con el Diablo en persona.

RICARDO.
- ¡Demonio!

CABALLERO.
- También. Todos mis nombres se usan como exclamación.

RICARDO.—(Tratando de reaccionar.)
- Desconocido señor: yo no sé de qué manico¬mio se ha escapado usted ni qué es lo que se propone. Pero le advierto que ha elegido muy mal momento.

CABALLERO.
- ¿Malo, por qué? ¿No estabas desesperado cuando llegué?

RICARDO.
- Eso sí; puede jurarlo.

CABALLERO.
- ¿Entonces...? Yo siempre elijo para los hom¬bres ese mal cuarto de hora que vosotros elegís para las mujeres.

RICARDO.
- ¿Pero se da cuenta de lo absurdo de esta si¬tuación? Usted no puede estar ahí, aunque lo crea. El diablo no es un personaje de carne y hueso. Es una idea abstracta.

CABALLERO.
- Y sin embargo aquí me tienes. De vez en cuando, hasta las ideas abstractas necesitamos salir a estirar las piernas.

RICARDO.
- No puede ser. Una aparición en estos tiem¬pos... ¡y con esa facha!

CABALLERO.—(Ofendido, mirándose.)
- ¿Facha?

RICARDO.
¬- Perdón; quiero decir, con ese aspecto provinciano, de pequeño burgués.

CABALLERO.
- Te diré; en realidad hay tres diablos distintos según la jerarquía de las almas. Hay uno aris¬tocrático y sutil, para tentar a los reyes y a los santos. Hay otro, apasionado y popular, para uso de los poetas, y los campesinos. Yo soy el diablo de la clase media.

RICARDO.
- Ahora me explico el chaqué; y hasta la carpeta de negocios. ¿No le parece demasiada naturalidad?

CABALLERO.
- La naturalidad siempre está bien. Incluso para lo sobrenatural. Con permiso. (Se sienta tran¬quilamente y se sirve un vaso.)

RICARDO.
- Ea, basta de bromas estúpidas. O usted se retira ahora mismo o haré que lo pongan en la calle.

CABALLERO.
- Creo que vas a perder el tiempo: pero intén¬talo. (Se sirve soda. Bebe. Ricardo aprieta en vano el timbre y luego trata de llamar al telé¬fono. El Caballero de Negro comenta sin mirar.) Es inútil. El timbre no sonará. El teléfono tam¬poco.

RICARDO.—(Llamando en voz alta.)
- ¡Juan...! ¡Juan...!

CABALLERO.
- No te canses; mientras yo esté aquí, nadie se moverá ni escuchará tu voz. El tiempo mismo se quedará dormido en los relojes. (Ricardo mira el reloj. El péndulo se detiene.)

RICARDO.
- Pero entonces... es verdad. ¿No estoy so¬ñando?

CABALLERO.
- Pronto te convencerás del todo. Siéntate tran¬quilo y hablemos como dos buenos amigos.

RICARDO.
- Eso de amigos...

CABALLERO.
- No seas modesto, siéntate.

RICARDO.
- SI no hay otro remedio... (Se sienta. Saca su pitillera.) ¿Un cigarrillo?

CABALLERO.
- Gracias; me hace daño el humo.

RICARDO.—(Enciende el suyo.)
- ¿Y bien? ¿Puede saberse a qué has venido?

CABALLERO.
- Pasaba por la bolsa, ¡donde tengo tantos clientes! He visto tu caso y vengo a proponerte un negocio. Naturalmente, un negocio espiritual.

RICARDO.
- ¡Tú siempre romántico!

CABALLERO.
- Siempre; es mi destino. Mientras vosotros os preocupáis sólo de la mecánica y la economía, yo sigo ocupándome exclusivamente del alma.

RICARDO.
- ¿Crees que la mía merece la pena?

CABALLERO.
- En este caso, sí. Se trata de un experimento.

RICARDO.
- No creo que perder mi alma te cueste mucho trabajo; la pobre debe estar bastante perdida ya.

CABALLERO.—(Sacando una ficha de su cartera.)
- En efecto; según la ficha que llevo de ella está ya casi madura para la condenación. Pero todavía le falta un empujoncito: el último.

RICARDO.
- Menos mal.

CABALLERO.
- Tu lista está bien nutrida de traiciones, ba¬jezas, escándalos y daños. Ni el dolor humano te ha conmovido nunca, ni has guardado jamás la fe jurada, ni has respetado la mujer de tu pró¬jimo. En cuanto a aquello de no codiciar los bienes ajenos creo que será mejor no hablar, ¿verdad?

RICARDO.
- Si; realmente, sería muy largo.

CABALLERO.
- En una palabra; todo lo que la Ley te manda respetar, lo has atropellado; todo lo que te pro¬híbe, lo has hecho. Hasta ahora, sólo un man¬damiento te ha detenido: "No matarás".

RICARDO.—(Inquieto, levantándose.)
- ¿Es un crimen lo que vienes a proponerme?

CABALLERO.
- Exactamente; lo único que falta en tu lista. Atrévete a completarla, y yo volveré a tus manos las riendas del poder y del dinero, que acabas de perder.

RICARDO.
- No, gracias. Habré llegado muy bajo, no lo niego. Pero un crimen es demasiado.

CABALLERO.
- ¿Tan seguro estás de no haber cometido nin¬guno? Hay crímenes sin sangre, que no están en el Código.

RICARDO.
- ¿Por ejemplo...?

CABALLERO.
- Por ejemplo... (Consulta nuevamente la fi¬cha.) Cuando eras niño pobre rondabas los mue¬lles buscando plátanos podridos para saciar tu hambre. Treinta años después hacías arrojar al mar centenares de vagones, para hacer subir los precios. ¿Cómo llamarían a eso los niños hambrientos que siguen rondando los muelles?

RICARDO.
- No puedo detenerme en sentimentalismos. El corazón es un mal negocio.

CABALLERO.
- De acuerdo. Entonces dejemos los sentimien¬tos y vamos a los números, que es tu fuerte. (Vuelve a consultar la ficha.) En tu empresa trabajan tres mil hombres respirando los gases de las minas y el humo de las fábricas. Según las estadísticas todos ellos mueren cinco años an¬tes de lo normal. Tres mil hombres a cinco años, son ciento cuarenta siglos de vida truncada. ¡Linda cifra, eh! La historia del mundo no tiene tanto.

RICARDO.
- Tampoco de eso es mía la culpa. Yo no inven¬té el sistema.

CABALLERO.
- Pero vives de él cómodamente. Y todo esto sin contar a los que tosen en plena juventud gracias a ti; y a los que engendran hijos ra¬quíticos, gracias a ti; y a los viejos prematuros, y a los mutilados...

RICARDO.
- ¡Tenemos los mejores hospitales del país!

CABALLERO.
- Lo de siempre: primero fabricáis los enfer¬mos y después los hospitales.

RICARDO.
- Entendámonos. ¿Has venido a perder mi alma o a darme una lección de moral?

CABALLERO.
- Nunca he sabido hacer lo uno sin lo otro.

RICARDO.
- Vergüenza debiera darte. Si en vez de un pre¬dicador trasnochado fueras un diablo serio, es¬tarías orgulloso de mí.

CABALLERO.
- ¿Y quién dice que no? Desde mi punto de vista todo lo que has hecho hasta ahora es perfecto.

RICARDO.
- ¡Ah! Pero de esos males de que me acusas, no soy el responsable yo sólo. Somos muchos. ¡Todos!

CABALLERO.
- En eso no te falta razón. Para emplear tu lenguaje yo diría que son... "crímenes anóni¬mos, de responsabilidad limitada".

RICARDO.
- Exacto.

CABALLERO.
- Por eso vengo a proponerte uno que sea ex¬clusivamente tuyo; con plena responsabilidad.

RICARDO.
- Es inútil. ¡No mataré...! ¡No mataré!

CABALLERO.
- Calma. Un hombre de presa como tú no re¬chaza un negocio sin escuchar las condiciones.

RICARDO.
- Por buenas que sean. Una cosa es encogerse de hombros ante la vida de los demás, y otra muy distinta matar con las propias manos.

CABALLERO.
- ¿Y si no hicieran falta las manos?

RICARDO.
- ¿Qué quieres decir?

CABALLERO.
- Que el hecho material no me importa. Basta con la intención moral. Pon tú la voluntad de matar, y yo me encargo de lo demás.

RICARDO.
- No me fío. Un negocio con tantas facilidades siempre es sospechoso.

CABALLERO.
- Ah, ¿ya empieza a parecerte fácil?

RICARDO.
- ¿Y a quién no? Si la víctima cae lejos, sin que yo tenga que verla, ¿qué puede importarme?

CABALLERO.
- Lo que esperaba. Para sufrir con el dolor aje¬no, lo primero que hace falta es imaginación: y tú no la tienes. Por ese lado, puedes estar tranquilo. Es un negocio limpio.

RICARDO.
- ¿Sin sangre?

CABALLERO.
- Sin sangre. ¿Aceptado?

RICARDO.
- La proposición es tentadora. Pero, ¿quién me responde de ti?

CABALLERO.
- Nunca he faltado a mis pactos. Yo te prome¬to que nadie lo sabrá, ni habrá ley humana que pueda castigarte. ¿Dudas aún?

RICARDO.
- Dicen que los criminales sueñan con sus víc¬timas.

CABALLERO.
- Tú no. Ni siquiera necesitarás conocerla. Pue¬des elegir un nombre cualquiera en cualquier lugar de la tierra. Cuanto más lejos, mejor. Por ejemplo... (Se levanta; se descalza un guante que deja sobre la mesa, y hace girar la esfera. Después la detiene con el dedo, al azar.) Aquí. Al otro lado del mar. Una pequeña aldea de pescadores en el Norte. ¿Has estado en el Norte alguna vez?

RICARDO.
- Nunca.

CABALLERO.
Mejor; conocer un paisaje es casi conocer al hombre. Ahora haz un esfuerzo mental, y sígue¬me. (La luz baja más dejando sólo iluminadas las dos figuras junto a la esfera.) Mira, ya es de noche en la aldea. Ahí tienes a Péter Anderson —un pescador como otro cualquiera— su¬biendo la cuesta de su casa, frente al mar. Sopla un viento fuerte. ¿Lo oyes...? (Se oye, primero vagamente y después cada vez más próximo, el silbido del viento.)

RICARDO.
- No sé... Es algo así como si me zumbaran los oídos...

CABALLERO.
- Concéntrate más. Péter Anderson acaba de comprarse una barca, y sube alegremente la cuesta, cantando una vieja canción... ¿La oyes? (Se oye la canción lejana, acercándose. Fondo de acordeón.)

RICARDO.
- La siento acercarse. ¿No es una ilusión mía?

CABALLERO.
- No, es que tu alma está ahora allí. Péter An¬derson ha bebido un poco de whisky... el des¬peñadero sobre la playa es peligroso... y corre un viento capaz de derribar a un hombre. Maña¬na, cuando lo encuentren en el fondo del acantilado, todo el mundo creerá que fue el viento. (Pausa. Se oye más clara la canción y el silbar del viento.) ¿Qué esperas? Un simple esfuerzo de voluntad, y toda la fortuna y el poder volve¬rán de golpe a tus manos. Si no te basta, puedo ofrecerte también la ruina de Méndel... ¿Qué esperas...?

RICARDO.
- No sé... no puedo...

CABALLERO.
¡Tiene que ser ahora mismo, al doblar la cues¬ta! ¡Cierra los ojos, Ricardo Jordán! Es sólo un momento.

RICARDO.—(Baja instintivamente la voz.)
- ¿Qué tengo que hacer?

CABALLERO.—(Poniendo el contrato sobre la mesa.)
- Con una firma es bastante. Aquí (Ricardo moja la pluma y vacila. Crece el rumor del viento y la canción. El Caballero de Negro escucha, ar¬tísticamente conmovido.) Al final de la cuesta hay una ventana iluminada... Péter levanta la mano para saludar... ¡Firma ahora! ¡Es el momento! (Ricardo firma. Entonces, como sa¬liendo de la esfera misma, se oye un grito des¬garrado de mujer.)

GRITO.
- ¡Péter! (La canción se corta y el viento cesa repentinamente. Silencio absoluto.)

CABALLERO.
- Pobre Péter Anderson...

RICARDO.—(Sobrecogido, sin voz.)
- ¿Ya...?

CABALLERO.
- Ya. ¿Ves qué sencillo? Una ráfaga de viento negro sobre el despeñadero, y un pescador me¬nos en la aldea. Es cosa de todos los días. (Guar¬da el documento.) En cuanto a tus negocios, pronto recibirás buenas noticias. Enhorabuena. (Se dispone a salir.)

RICARDO.
- Espera... ¿quién dio ese grito?

CABALLERO.
- ¿Qué importa eso ya?

RICARDO.
- Péter no estaba solo. Lo he oído perfectamen¬te... ¡fue un grito de mujer!

CABALLERO.
- No preguntes. ¡Cuanto menos sepas, tanto mejor para ti!

RICARDO.
- Pero ese grito... ¡Si por lo menos no hubiera oído ese grito...!

CABALLERO.—(Irónico.)
- ¿Ya empezamos...? No vuelvas a pensar en ello. Y sobre todo, no olvides tus propias pala¬bras: el corazón es un mal negocio. (Se vuelve junto a la puerta con una sonrisa ambigua.) De todos modos, pobre Péter Anderson ¿verdad? Cantaba como un enamorado... Y parecía tan fe¬liz. (Se inclina cortésmente.) Muchas gracias. (La puerta se abre silenciosamente y sola como cuan¬do entró y se cierra de nuevo tras él. Vuelve la luz normal. Ricardo, obsesionado, contempla en la esfera "el lugar del hecho". Por fin reacciona restregándose los ojos como si despertara. Mira el reloj. El péndulo vuelve a marchar.)

RICARDO.
- No puede ser. Aunque lo haya visto con mis propios ojos ¡no puede ser! (Golpea impaciente el timbre, llamando al mismo tiempo.) ¡Juan...! ¡Juan...! (Juan abre la puerta del fondo.) ¡Detén a ese hombre! ¡Tráelo acá otra vez!



JUAN y RICARDO

JUAN.
- ¿A quién, señor?

RICARDO.
- Tienes que haberte cruzado con él. ¡Acaba de salir por esa misma puerta!

JUAN.
- Imposible. Yo estaba sentado, como siempre, ahí en el vestíbulo.

RICARDO.
- ¿Y no lo has visto? Un caballero vestido de ne¬gro... con una carpeta...

JUAN.
- Puedo jurarle que aquí no ha entrado ni salido nadie.

RICARDO.
- ¿Vas a hacerme creer que estoy loco? ¿Y el viento? ¿Tampoco lo has oído?

JUAN.
- ¿Viento? En el jardín no se mueve ni una hoja.

RICARDO.
- ¿Y una canción? ¡Y ese grito... ese grito de mujer, ahí mismo!

JUAN.—(Mirando sospechosamente la coctelera.)
- Si el señor me permite un consejo, creo que le conviene acostarse. Ya le advertí que la fórmula del cóctel, es para soñar de pie.

RICARDO.
- Ojalá no hubiera sido más que un sueño. Pero lo he visto tan claro... (Pausa.) Dime, Juan ¿tú crees en el Diablo?

JUAN.—(Digno.)
- No creo que el señor tenga derecho a hacerme esa pregunta. La libertad de conciencia está ga¬rantizada en la Constitución.

RICARDO.
- Perdona: no he querido ofender tus conviccio¬nes. (Pensativo.) De todos modos, es extraño... muy extraño...

JUAN.
- ¿Por qué ha de ser extraño? El señor lleva tres noches sin dormir, tiene trastornados los ner¬vios... y ha bebido dos vasos.

RICARDO.
- ¿Dos...? ¿Quién te asegura que fui yo el que bebió los dos?

JUAN.—(Con los vasos en la mano.)
- La señorita habría dejado en el borde una mar¬ca de carmín. Aunque modesta, también yo ten¬go mi experiencia.

RICARDO.
- Lo malo es que yo no recuerdo haber bebido más que el primero.

JUAN.
- Tranquilícese; después del primero, no hay quien recuerde los otros.

RICARDO.
- Tienes razón. Todo puede explicarse por las le¬yes naturales. Además, lo otro sería tan absur¬do... tan anacrónico. (Respira profundamente, aliviado.) Gracias, Juan. No sabes el peso que me acabas de quitar de encima.

JUAN.
- No vale la pena; conozco mi oficio, simplemen¬te. (Recoge todo en la bandeja. Ricardo va a en¬cender un cigarro.) ¿Este guante negro es del señor?

RICARDO.—(Nuevo sobresalto. Tira el cigarrillo.)
- ¿Un guante negro? (Lo toma y lo mira fija¬mente.) ¡Exacto! Por fin un rastro de realidad. ¿Qué me dices ahora? Cuando tú sueñas con un árbol de manzanas, no te encuentras una man¬zana al despertar, ¿verdad?

JUAN.
- No es lo corriente.

RICARDO.
- Pues aquí está la manzana. Si este guante que vemos los dos es verdad, quiere decir que tam¬bién fue verdad la mano... y el hombre de la mano.

JUAN.—(Inquieto.)
- ¿Le ocurre algo al señor?

RICARDO.
- Nada que tú puedas comprender. Lo que ha ocurrido aquí es un misterio; y el misterio no esta previsto en la Constitución. (Suena el telé¬fono.) Puedes retirarte. (Sale Juan, meneando la cabeza compasivamente. Ricardo acude al te¬léfono.) ¿Hola? Sí, yo mismo; diga... ¿Ya? sí, sí, lo esperaba; pero no tan pronto. Suspendan todas las compras hasta nueva orden. Gracias. (Mira la cinta del ticker que vuelve a funcionar. Se sienta pesadamente. Entra Enriqueta, radiante.)



RICARDO y ENRIQUETA

ENRIQUETA.
- ¡Ricardo! ¡Qué alegría encontrarte solo! He ve¬nido corriendo; quería ser la primera en darte la noticia...

RICARDO.—(Fríamente.)
- ¿Que he triunfado? Si no lo supiera ya, me bastaría verte aquí otra vez para comprenderlo.

ENRIQUETA.
- ¿Te lo han dicho?

RICARDO.
- Sí. Ha habido un vuelco total en la Bolsa, y nuestros valores están subiendo más rápido que bajaron.

ENRIQUETA.
- ¡Si lo hubieras visto! Ha sido un espectáculo emocionante. Y de repente... como una descarga eléctrica. ¡Es para creer en milagros!

RICARDO.
- Me extraña esa alegría. Si tu jugaste a vender y yo a comprar, es mala noticia para ti.

ENRIQUETA
- No iras a reprocharme que haya tenido miedo. Me hicieron creer que todo estaba perdido, y tra¬te de salvar algo... pensando en los dos

RICARDO.
- Muy generoso. ¿Pero quiénes eran los dos?

ENRIQUETA.
- Te juro que lo hice por ti. ¡Sólo por ti!

RICARDO.
- Gracias, querida; no esperaba menos. Pero con el otro no seas tan impaciente. Conviene que el oso este bien muerto antes de repartirse la piel. Abajo tienes el coche, es mi último regalo.

ENRIQUETA.
- ¿Debo entender que me pones en la calle?

RICARDO.
- Te dejo donde te encontré. Mis saludos a Méndel.



DICHOS y CONSEJEROS 1º y 2º

Que aparecen al mismo tiempo por distintas puertas.
Después el DIRECTOR del Banco.

CONSEJERO 1º.
- ¡Señor Jordán...!

CONSEJERO 2º.
- ¡Señor Jordán...!

RICARDO.
- Sin prisa, señores. ¿Grandes noticias, verdad?

CONSEJERO 1º.
- ¡Espléndidas! ¡Nuestros pozos del sur están a salvo!

CONSEJERO 2º.
- El conflicto de las refinerías se ha solucionado. El comité de huelga retira todas sus de¬mandas.

CONSEJERO 1º.
- Y el alza sigue vertiginosamente. ¡Las cifras suben como fiebre!

RICARDO
- ¿Nada más? Eso es solo la primera parte. Algo más espectacular tiene que ocurrir aún. (Viendo llegar al Director del Banco que agita triunfalmente un cablegrama.)

BANQUERO.
- ¡Sensacional!

RICARDO.
- Quizá esté ahí ya.

BANQUERO.
- Cable urgente. ¡Los pozos de petróleo de Méndel están ardiendo!

CONSEJERO 1º.
- ¡Soberbio! Hay que hacer publicar esa noticia inmediatamente ¡Extra! iExtra!

BANQUERO.
- Permítame felicitarle. Sólo un cerebro como el suyo podía organizar una jugada así.

RICARDO.
- Gracias, señores, gracias. No esperaba menos. (Sin aceptar la mano que el Director le tiende.) ¿Y bien? ¿Que vienen a buscar ahora? ¿Todos, heroicamente, a ayudar al vencedor?

BANQUERO
- Yo siempre tuve fe en usted.

CONSEJERO 1º.
- Solo tratábamos de aconsejarle.

RICARDO.
- No tengan miedo por sus migajas. La rueda de la fortuna está en marcha y nadie puede detenerla ya. Pero ¿habrá bastante dinero en el mundo para borrar esa gota de sangre?

ENRIQUETA.
- ¿Sangre?

BANQUERO.
- ¿Dónde?

RICARDO.
- ¡Allá! En un playa cualquiera de cualquier pueblo. Mañana un revuelo de gaviotas descu¬brirá el sitio... y algún niño será el primero en encontrarlo... (Se miran todos confusos.) A ustedes les pregunto, hombres que todo lo com¬pran y todo lo venden. ¿Cuánto cuesta arrancar¬se de los oídos un grito de mujer? ¿Qué río de oro puede devolver la luz a esos ojos azules donde se están enfriando las estrellas?

ENRIQUETA.
- ¡Ricardo!

BANQUERO.—(Deteniéndola, en vos baja.)
- Calma. Son los nervios.

RICARDO.
- ¿Qué esperan aún? ¿No comprenden que lo que necesito ahora es estar solo...? ¡Solo!... ¡¡Solo!! (El Director se lleva del brazo a Enri¬queta. Van saliendo todos. Vuelve a oírse el viento. Ricardo hace girar la esfera rápidamente.)

RICARDO.
- ¡Ese viento...! ¡Ese viento...! ¡Si pudiera de¬jar de oírlo alguna vez...! (Se deja caer en un asiento. A su alrededor se oyen voces obsesivas que repiten como hablándole al oído.)

VOCES.
- Péter Anderson... ¡Péter...! ¡Péter...! ¡Péter Anderson! (Se oye nuevamente el grito. La esfera sigue girando.)





TELÓN


ACTO SEGUNDO





Tiempo después en casa de Péter Anderson. Hogar humilde de pescadores en una costa nórdica, con el remo clavado en la puerta y redes colgadas en las barandas. Sobre una repisa pequeños modelos de barcos, unos a medio hacer y otros ya terminados, en botellas o fanales de cristal. Mesa rústica de comedor, alacena con platos y cubiertos, una vieja estufa de hierro o chimenea de leña. A un lado entrada a la cocina; al otro, arranque de escalera y salida al huerto. Por la ventana y puerta del fondo se ve el acantilado, y más lejos la silueta del promontorio sobre el mar. Luz de tarde.

La Abuela, sola, tiende la mesa mientras piensa y rezonga en voz alta.



La ABUELA sola. Después, FRIDA.

ABUELA.
- Mantel para el almuerzo, mantel para la cena. Cuando el mantel se dobla, se abre la sábana; y cuando la sábana se tiende ya hay que volver al mantel. Y silencio. Ahora los dos platos. Y los dos cubiertos. Ayer también fueron dos; y antes de ayer... y así para siempre. Cuando éramos tres, la casa se llenaba de voces, y se hablaba de mañana... ¡Mañana! A veces se derramaba el vino y nos reíamos echándole sal. Desde que hay un plato menos, la mesa es de¬masiado grande. Falta el plato del hombre, y donde falta el plato del hombre ya no hay risas, ni vino... ni mañana. Dos mujeres solas, ahí está todo: el mantel frío, la sábana fría, y el silencio. ¡Maldita, maldita la casa de mujeres solas! (Frida, que ha aparecido en la puerta hace un momento escuchando extrañada, la lla¬ma.)

FRIDA.
- Abuela.

ABUELA.
- ¿Tú? Dichosos los ojos. Ya creí que se te había olvidado el camino de esta casa.

FRIDA.
- Oí la voz desde fuera y no me atrevía a pa¬sar. Creí que estabas con alguien.

ABUELA.
- Conmigo misma, y gracias. Por lo visto soy la única que todavía me aguanta.

FRIDA.
- Como te oí hablar alto...

ABUELA.
- ¿Y qué quieres que haga con todas las pala¬bras que me están escociendo aquí? ¿Tragár¬melas? ¡A volar, aunque nadie las oiga! Lo que no se dice se pudre dentro, y es peor. (Sigue arreglando la mesa. Frida la ayuda.) ¿Tu marido?

FRIDA.
- En casa; trabajando.

ABUELA.
- Cuanto menos lo dejes solo, mejor. De un tiempo a esta parte Cristián bebe demasiado; ojo con él. ¿Y el niño?

FRIDA.
- Está bien.

ABUELA.
- Está bien, está bien... ¡Eso es todo lo que se te ocurre decir de un hijo! ¿No ata cacha¬rros a la cola del gato? ¿No hace ruido con los zuecos en las baldosas? ¿No vuelca la marmita del agua caliente? ¿No tira piedras a las gavio¬tas? ¡Nunca! ¡Hasta ahí podíamos llegar! Los hijos de mis nietos se limitan a estar bien, y se acabó.

FRIDA.
- Pero, abuela, si lo has visto ayer mismo.

ABUELA.
- Mi trabajo me costó, que ya no tengo las pier¬nas para cuestas, y si yo no subo a nadie se le ocurre bajar. Podías haberlo traído contigo.

FRIDA.
- Pasaba nada más. No sabía si iba a entrar.

ABUELA.
- No sería la primera vez que te veo rondar y pasar de largo con la cabeza gacha.

FRIDA.
- No es por ti.

ABUELA.
- ¿Por quién entonces? ¿Por tu hermana?

FRIDA.
- ¿Está en casa?

ABUELA.
- Podando el huerto. ¿La llamo?

FRIDA.
- No, deja. Prefiero decírtelo a ti sola.

ABUELA.
- Cualquiera diría que le tienes miedo. ¿Es tu hermana la que te hace bajar la cabeza y pa¬sar de largo por mi puerta?

FRIDA.
- Estela no es la misma de antes. Desde la muerte de Péter, a todos nos mira como enemigos. Como si alguien tuviera la culpa de su desgracia.

ABUELA.
- Siempre hay que perdonar a los que sufren. Ella se quedó sin nada, tú tienes todo lo que hace falta para ser feliz. Y en tu mesa siem¬pre sobra el pan.

FRIDA.
- ¿Crees que eso me basta? Todo lo mío me parecería poco para dárselo. Pero no acepta nada de mí.

ABUELA.
- Ni de ti ni de nadie. El dolor de los pobres es muy orgulloso.

FRIDA.
- ¿Comprendes ahora por qué paso de largo muchas veces sin levantar los ojos? Me duele ver a mi hermana cosiendo redes ajenas, o tra¬bajando la tierra como un hombre, o tallando esos barcos en las noches de invierno.

ABUELA.
- Ella lo dice: la mejor manera de recordar a los que se fueron es ocupar su puesto.

FRIDA.
- ¿Por qué condenarse a esta soledad? Mi casa es grande; allí podríamos vivir todos juntos.

ABUELA.
- ¿Abandonar estas paredes ella? Con los pies hacia adelante tendría que ser. Un día le pro¬puse alquilar esa habitación que da al mar; siempre hay algún forastero que pagaría bien. Pero tampoco. Ni saldrá de aquí, ni consenti¬ría que ningún extraño se asome a la ventana donde se asomaba Péter.

FRIDA.
- ¿Y hasta cuándo puede resistir así? Para sos¬tener una casa con las redes colgadas y una barca que no sale al mar, no basta el trabajo de una mujer.

ABUELA.
- Ya van casi dos años, y hasta ahora, mal que bien, vamos saliendo adelante.

FRIDA.
- No, Abuela. Tú lo sabes igual que yo: la renta de la huerta está sin pagar, y lo único que tenéis para responder es la barca. ¿Vais a dejarla perder?

ABUELA.
- Esa nadie nos la quitará. La defenderemos con uñas y dientes.

FRIDA.
- No hay más defensa que una: pagar.

ABUELA.
- Cincuenta coronas es demasiado para una ca¬sa sin hombre.

FRIDA.
- En la mía hay uno, sano y fuerte. Eso es lo que venía a decirte. La barca de Péter está salvada.

ABUELA.
- ¿Cristián pagó? ¿Y te escondes de tu herma¬na para decirlo?

FRIDA.
- Si ella supiera que ese dinero es nuestro, qui¬zá no lo aceptaría.

ABUELA.
- Pero entonces... ¿qué me estáis ocultando las dos? ¿Ha ocurrido algo entre vosotras?

FRIDA.
- Por mi parte, no. Por ella... ojalá fueran so¬lamente imaginaciones mías. (Se acerca, confi¬dencial.) Dime, abuela, ¿Estela no te ha dicho nunca nada?

ABUELA.
- ¿De quién?

FRIDA.
- No sé... De mí... De Cristián...

ABUELA.
- ¿De tu marido? ¿Qué tiene ella que ver con tu marido?

FRIDA.
- Era el compañero de Péter; siempre estaban juntos.

ABUELA.
- Compañeros, sí; amigos, no lo fueron nunca, bien lo sabes. ¿Por qué recuerdas eso ahora?

FRIDA.
- Por nada.

ABUELA.
- Por nada, no. Algo ibas a decir.

FRIDA.—(Se aparta.)
- Cosas que se le meten a una en la cabeza. Ya pasó.

ABUELA.
- ¡Así, hija, así! Si algo te está mordiendo el alma, calla y repúdrete por dentro. Como ella. Como todos. Silencio, silencio siempre. ¡Y yo aquí en medio, llena hasta la garganta de pa¬labras, sin tener con quién repartirlas!

FRIDA.
- Todo lo que tenía que decirte te lo he dicho ya. Lo que te pido es que no lo sepa Estela.

ABUELA.
- ¿Que no? En cuanto entre por esa puerta. ¡Pues buena soy yo para andar con secretos al escondite! Así nací y así me quedo. ¿Ves que a otros niños los asustan con la oscuridad? Pues a mí me asustaban con el silencio. Y vete
tú a saber si, en el fondo, no son la misma co¬sa. (Aparece en la puerta tío Marko. Tipo de pescador torpón y lento. Trae un barquito de vela y tallas marineras en una canasta de mim¬bre.)



ABUELA, FRIDA y Tío MARKO

MARKO.
- Buenas.

ABUELA.
- Otro que tal. ¿Le has oído alguna vez un sa¬ludo completo? "Buenas". Las tardes ya tienes que ponerlas tú. Apostaría a que no has vendido nada.

MARKO.
- Y apuesta bien. Ni una talla.

ABUELA.
- ¿Con tanta gente como llegó en el barco de hoy? ¡Y qué gente! De esos que viajan porque sí y traen dinero de lejos, que siempre vale más.

MARKO.
- Miran. Pasan. Vuelven a mirar. Los foraste¬ros sólo vienen a ver.

ABUELA.
- Y tú ahí, quieto como un poste, mirándoles pasar. Cuando la mercancía no les entra por los ojos, hay que metérsela por los oídos.

MARKO.
- Será que no sirvo. Cada uno es cada uno.

ABUELA.
- Ni uno ni medio ni nada. Al demonio se le ocurre mandarte a vender a ti, con ese aire de lagarto triste, y zurdo de las dos manos.

MARKO.
- Sin faltar, eh. Que uno aguanta y aguanta, y aguanta... y un día no aguanta, y a ver qué pasa.

ABUELA.
- ¡Ojalá! Más te quisiera reventando espuma que cruzado de brazos; pero ¡quiá! Si ya cuando te bautizaron, en lugar de ponerte sal, te pu¬sieron azúcar.

FRIDA.—(Recogiendo el barquito para llevarlo a la repisa.)
- No es suya la culpa. Ya nadie compra estas cosas como antes. Hoy las fábricas lo hacen to¬do más barato y te lo ponen en casa.

ABUELA.
- ¿Cuánto pediste?

MARKO.
- Lo que me mandaron; diez coronas.

ABUELA.
- ¿Sin rebajar? Naturalmente, así todo parece caro. ¡Si me dejaran a mí! (Tomando el bar¬quito de manos de Frida.) "¿Cuánto vale este barquito? —Quince coronas, señor. Madera de abeto. ¡Todavía huele a bosque! —Es muy caro. —Por ser usted se lo dejo en doce, y pierdo. —Es mucho. —¿Mucho? Son veinte noches de trabajo, señor. ¡Veinte noches de mujer con las manos frías! —No doy más que diez. —¿Diez? —Diez. —¡Tómelo!" Y ya está. (Se sacude las manos y devuelve el barco a Frida que va a or¬denarlo junto a los otros.)

MARKO.—(Después de un esfuerzo de meditación.)
- Pues no veo la diferencia. Con más palabras o con menos el precio es el mismo.

ABUELA.
- ¿Y es que las palabras no valen nada? Si el domingo en lugar de emborracharte hubieras ido a la iglesia, habrías oído lo que dijo el pastor. Y qué bien habla el condenado... Decía: "Cuando Jesús de Galilea envió por toda la tie¬rra a sus discípulos, que eran unos pobres pes¬cadores como vosotros, ¿creéis que les dio para luchar la espada o el caballo? ¡No! Les dio la palabra. Y con la palabra sola conquistaron el mundo".

MARKO.
- No es lo mismo. Los apóstoles eran hombres, y ya sabía Él que no iban a abusar.

ABUELA.
- ¿Punzaditas, eh? Pues mira qué bien te va a ti con tanto ahorrar la lengua.

MARKO.
- Vender no vendí. Pero hablar, si hablé.

ABUELA.
- ¿Con quién?

MARKO.
- No lo conozco. Un pasajero del barco. Estaba abajo en la playa, mirando hacia el despeña¬dero con los ojos fijos. Me preguntó: —¿Hace usted esos barcos? —Yo no; la mujer de Péter Anderson. Al oír ese nombre se le mudó el co¬lor, y hasta me pareció que le temblaran los labios así como si hiciera frío. Repitió dos ve¬ces en voz baja: "Péter Anderson... Péter Ander¬son..."

FRIDA.
- Qué extraño... ¿y después?

MARKO.
- Después señaló hacia acá, como si conociera el pueblo, y me dijo: "La casa es aquella, al fi¬nal de la cuesta, ¿verdad?" Sí, señor; aquella. Entonces volvió a quedarse callado, mirando... Y eso fue todo.

ABUELA.
- ¿Y eso fue todo? Pero maldito de Dios; ¿de modo que llega un hombre que viene de otras tierras, que ha conocido a Péter, que pregunta por su casa... y ahí lo dejas sin más, como si fuera el pan de cada día? (Llama a gritos.) ¡Estela...! ¡Estela!

FRIDA.—(Disponiéndose a salir para evitar el en¬cuentro.)
- Adiós, abuela...

ABUELA.
-¡Quieta! ¿Qué prisa te ha entrado de repente?

FRIDA.
- Es tarde ya. El niño estará solo...

ABUELA.
- ¡Que esperes te digo! (Estela aparece en la puerta y detiene imperativa a la hermana.)

ESTELA.
- ¿Te ibas porque llego yo?

FRIDA.
- Se me ha hecho tarde.

ABUELA.
- Nunca es tarde para poner las cosas claras. Con que si algo tenéis que hablar lo habláis, y aquí paz y después gloria. (Frida vuelve a esce¬na. Estela deja rastrillo y podadera, y dispone so¬bre la mesa un brazado de ramas verdes.)

ESTELA.
- ¿Para eso me llamabas a gritos?

ABUELA.
- Tío Marko tiene la culpa. Imagínate que ha llegado al puerto un amigo de Péter pregun¬tando por la casa, y aquí nos tienes sin saber quién es, ni qué quiere, ni por qué ha venido, ni adónde va.

ESTELA.
- ¿Un amigo...?

MARKO.
- Yo no he dicho que sea un amigo. Sólo dije que parecía conocer el nombre y la casa.

ESTELA.
- ¿De dónde viene?

ABUELA.
¿De dónde va a venir? Del sur. Llegó en el barco.

ESTELA.
- El Sur no es ningún sitio, abuela.

ABUELA.—(A Marko.)
- ¿Es alto y enjuto? ¿Tiene el pelo de estopa y los ojos azules? ¿A que no?

MARKO.
- No.

ABUELA.
- ¿Lo ves? Del sur. ¡Vas a decirme a mí lo que es el sur!

ESTELA.—(Pensativa.)
- Puede ser. Péter había navegado por los cua¬tro rumbos del mar; y todos los que le cono¬cieron le querían.

ABUELA.
- ¿La estás oyendo? ¿Qué esperas que no co¬rres a buscar a ese hombre?

MARKO.
- Nadie me lo mandó. ¿Voy?

ESTELA.
- Ve. La casa de Péter Anderson siempre estuvo abierta para sus amigos. (Sale Marko.)

ABUELA.—(Pajarea impaciente.)
- ¡Un amigo! ¡Un amigo que viene sabe Dios de dónde, y nosotras sin nada que ofrecerle! ¡Hay que arreglar bien todo! ¡Hay que encender el fuego! ¡Hay que sacar brillo a los cobres! (Deteniéndose ante Frida.) Espera... ¿Qué me encargaste que no le dijera a tu hermana? Ah, si; lo de la renta. ¡Ella pagó las cincuenta co¬ronas!

FRIDA.
- ¿No podías callarte una vez siquiera?

ABUELA.
- ¿Callarme yo? ¿Estarme quieta yo? No, hija; ya habrá tiempo cuando tenga encima dos va¬ras de tierra. (Saliendo hacia la cocina.) ¡Ay, si pudiera una cantar y volar al mismo tiempo, como los pájaros y las campanas!



ESTELA y FRIDA

ESTELA.
- ¿Por qué lo has hecho? Cien veces te he dicho que quiero sostener mi casa yo sola.

FRIDA.
- ¿No lo harías tú por mí? ¿No lo has hecho siempre? Cuando éramos solteras las dos no ha¬bía entre nosotras ni tuyo ni mío.

ESTELA.
- Ahora es distinto. Lo que hay en la casa de la mujer casada es del marido.

FRIDA.
- Cristián no lo sabe. Son ahorros míos.

ESTELA.
- ¿Has dispuesto de ese dinero sin decírselo?

FRIDA.
- Temía que viniendo de él pudiera parecerte una humillación.

ESTELA.
- Nunca he pedido nada a nadie. No lo necesito.

FRIDA.
- Es dinero mío, y para salvar la barca de Péter. ¿Vas a hacerme la ofensa de tirármelo a la cara?

ESTELA.
- No, Frida. Te lo devolveré con el mismo amor con que me lo has traído. Eso es todo. Gracias. (Descuelga una red que tiende sobre sus rodi¬llas y se sienta a coserla.)

FRIDA.
- ¿Te estorbo?

ESTELA.
- Al contrario; te lo agradezco. Hace mucho tiempo que no nos vemos.

FRIDA.—(Se sienta a su lado procurando ayudarle.)
- No es mía la culpa; pero cuando vengo te en¬cuentro tan distinta, tan lejos... Trato de ha¬blarte y ni siquiera me oyes; como si estuvie¬ras en otra cosa.

ESTELA.
- Para mí no hay otra cosa. Siempre estoy en la misma.

FRIDA.
- ¿Por qué ese afán de atormentarte? Muchas en el pueblo pasaron antes lo que pasas tú, y supieron resistir. Hay que respetar la voluntad de Dios.

ESTELA.
- Ellas podían hacerlo si lo creían así. Pero la muerte de Péter no la quiso Dios.

FRIDA.
- ¿Quién maneja el viento?

ESTELA.
- No fue un golpe de viento lo que lo empujó al despeñadero. Fue una mano de hombre.

FRIDA.
- ¿Sigues pensando que hubo un culpable?

ESTELA.
- Yo lo vi desde esa ventana. Pero de nada me sirvió gritar. Fue de repente, como un relám¬pago de sombra. Lo vi lanzarse contra él a trai¬ción, y desaparecer luego en la noche.

FRIDA.
- ¿Por qué no dijiste eso cuando el juez te preguntó?

ESTELA.
- No podía jurar quién fue. Y aunque pudiera, no me dejaría el miedo. Tú sabes cómo querían todos a Péter; si yo señalara un culpable, el pueblo entero lo arrastraría por esa misma cuesta.

FRIDA.
- Pudo ser un engaño de tus ojos. El viento hace bailar las sombras de los árboles y forma remo¬linos de bruma.

ESTELA.
- Era un hombre; eso es lo único que sé. Un hombre de carne y hueso. (Suspende su labor y queda con los ojos fijos.) ¿Pero, quién...? Cuando duermo todos desfilan por mis sueños, uno a uno, como una procesión de niebla. Unos se esfuman al pasar; otros quedan quietos, con los ojos bajos y escondiendo las manos. A to¬dos les pido la verdad de rodillas. ¡Pero nadie me responde! ¡Nadie compadece este dolor de mujer sola, con el sueño lleno de preguntas! (Pausa. Sigue cosiendo.)

FRIDA.
- Comprendo que te apartes de todos. ¿Pero de mí, por qué? Desde tu puerta a la mía hay ape¬nas cien pasos para venir yo; para ir tú es como si hubiera cien leguas.

ESTELA.
- Quiero vivir clavada aquí, como ese remo. Lo poco que me queda, todo está aquí dentro.

FRIDA.
- ¿No soy yo nada tuyo?

ESTELA.
- Tú no me necesitas. Tienes a tu marido, y a tu hijo.

FRIDA.
- Parece que lo dices con rencor, como si el ver felices a otros aumentara tu desgracia.

ESTELA.
- ¿Puedes creer eso de mí? No, Frida; nunca he sabido lo que es envidia del bien ajeno. Y en cuanto a ti, óyelo bien por si alguna vez lo dudaste: si estuviera en mi mano aliviar este dolor a costa de uno tuyo, antes me cortaría la mano que hacerte daño.

FRIDA.
- Entonces, si no tienes nada contra mí, ¿por qué te niegas a poner los pies en mi casa? (Se acerca más.) ¿Es por Cristián? (Hay una pausa tensa.) Contesta.

ESTELA.—(Con la voz velada.)
- ¿Quieres desenredarme la lanzadera? Tengo torpes los dedos.

FRIDA.
- No trates de desviar las palabras. ¡Contesta! ¿Es por Cristián?

ESTELA.—(Con esfuerzo, sin mirarla.)
- Cristián es otra cosa. Los que no fueron ami¬gos de Péter no pueden serlo míos.

FRIDA.
- ¡Todavía...! Creí que había llegado la hora de olvidar resentimientos.

ESTELA.
- Dejemos eso en paz. Son cosas pasadas.

FRIDA.
- No, Estela; aunque nos cueste trabajo a las dos es mejor hablar claro de una vez. Tú siempre has creído que mi marido odiaba al tuyo.

ESTELA.
- Odio, no sé; rivalidad, sí. Sin que ellos lo buscasen, la vida los puso frente a frente mu¬chas veces.

FRIDA.
- La primera, por ti. Antes de tu noviazgo con Péter, Cristián sólo tenía ojos para tu ventana.

ESTELA.
- ¿A qué recordar viejas historias?

FRIDA.
- Si entonces hubo celos entre ellos es cosa que ya no cuenta. El mismo día nos casamos las dos, y después de la boda volvieron a ser amigos como antes.

ESTELA.
- Pero la rivalidad seguía en pie con cualquier motivo. Cuando salían juntos al mar, Péter era el mejor pescador. Cuando cantaban en la capilla o en la taberna, la voz de Péter era la más her¬mosa.

FRIDA.—(Se levanta.)
- Bah, rencillas de aldea. Hoy reñían y mañana volvían a abrazarse.

ESTELA.
- Después fue la lucha por la barca. Los dos soñaban con la misma; los dos trabajaban día y noche para conseguirla. La tuvo el que traba¬jó más y el que más la necesitaba. Ese día ri¬ñeron por última vez... pero ya no volvieron a abrazarse. (Hondamente.) Fue la noche en que murió Péter.

FRIDA.
- ¿Y es bastante una pelea de amigos para justificar una separación así? Tú lo has dicho: primero celos de muchachos por una misma mu¬jer, y después celos de pescadores por una mis¬ma barca. Eso fue todo. ¿Puedes acusar a Cristián de algo más?

ESTELA.
- ¿Lo he acusado alguna vez?

FRIDA.
- No te pregunto lo que dices en voz alta; lo que quiero saber es lo que te está royendo por dentro.

ESTELA.
- Estate tranquila. No tengo nada contra Cristián, nada... (Con voz contenida.) Si algo tu¬viera, me bastaría pensar en ti y en tu hijo para callar.

FRIDA.—(Sobrecogida de pronto, la mira intensa¬mente.)
- ¡Estela! ¿Te das cuenta de lo que acabas de decir?

ESTELA.—(Angustiada.)
- ¡Yo no he dicho nada!

FRIDA.
- ¡Has dicho demasiado, y ahora ya es tarde para volverse atrás! (Levantándole el rostro.) ¡Levanta esa cara! ¡Mírame! ¡Por qué recor¬daste antes que riñeron la misma noche que murió Péter!

ESTELA.—(Desesperada.)
- ¡Por lo que más quieras! ¡Calla!

FRIDA.
- ¿Quién es ese hombre que aparece en tus sueños? ¿Ese que aparta los ojos... ese que esconde las manos? ¿Es Cristián?

ESTELA.
- ¡Yo no lo he dicho! ¡No quise decirlo! (Es¬conde la cabeza entre los brazos.)

FRIDA.—(Queda rígida, repitiendo sin voz, como an¬te una revelación imposible.)
- ¡Es él... él...! ¿Y es mi propia hermana la que ha podido pensarlo? (Frida se sienta pesa¬damente, sin lágrimas, con los ojos perdidos. Es¬tela se arrodilla junto a ella refugiándose en su regazo.)

ESTELA.
- Perdóname, Frida. Te juro que tampoco yo quisiera creerlo; que daría toda mi vida por no creerlo. ¡Pero es más fuerte que yo! Una puede crispar los puños y apretar los dientes echando cadena a las palabras. Pero al pensamiento no lo encierra nadie. Tú no sabes cómo he luchado contra esa idea de brasa, los gritos que he sofo¬cado contra la almohada repitiéndome: "No puede ser. Cristián es bueno. La mala eres tú, mujer de sangre amarga". ¡Pero volvía a dormir¬me, y allí estaba Cristián, de pie en el sueño, como un relámpago negro sobre la sangre del despeñadero!

FRIDA.—(Inmóvil, sin mirarla.)
- Pretenderás aún que te agradezca el silencio. Más te hubiera valido acusarlo lealmente. Él habría sabido defenderse.

ESTELA.
- Esperaba poder convencerme a mí misma de su inocencia. Nadie más feliz que yo si un día pudiera perdonar. Pero no; cada paso que da no hace más que levantar nuevas sospechas. ¿Por qué, cuando Péter estaba ahí tendido, fue el único que no vino a verlo? ¿Por qué bebe ahora, él que nunca bebía? ¿Por qué no ha vuel¬to a sentarse a mi puerta y fumar una pipa sin temblarle la mano?

FRIDA.
- ¡Basta! No puedo oírte más. (Se levanta.) Quizá seas tú más digna de lástima que yo; pero algo muy hondo se ha roto hoy entre las dos.

ESTELA.
- No te vayas así. Espera.

FRIDA.
- ¿Qué más puedo esperar? Cuando salí de casa dejé allí a un hombre que era toda mi fe y al que podía besar con la risa en la boca. Ahora vuelvo con un silencio triste para enfriar la mesa. ¿Y eres tú la que se cortaría la mano antes de hacerme daño? Me has hecho el peor que podías hacerme, el más inútil; porque no has conseguido nada para recobrar tu paz, pero en cambio has envenenado la mía. Esa es tu obra. ¡Córtate la mano, Estela! ¡Córtate la ma¬no! (Sale ahogada en sollozos. Ha caído la tarde. Estela llora de rodillas. Hay una pausa larga. Suenan lejanas las campanas de la ora¬ción. Estela enciende la lámpara. Vuelve la Abue¬la, secándose las manos.)



ESTELA y la ABUELA

ABUELA.
- Ya están la loza y los cobres como un ascua. Pobres podrá encontrarnos, eso sí, pero limpias como la plata. ¿Por qué no te arreglas un poco? En el fondo del cofre hay un pañuelo grande de seda y un frasco de agua de olor.

ESTELA.
- ¿Para quién voy a arreglarme? ¿No te pa¬rezco bien así?

ABUELA.
- No digo eso. Como mujer, mujer, no tienes nada que envidiar a nadie. Ni yo misma cuan¬do tenía tus años era mejor moza. Pero los hombres en todo se fijan; y más los foraste¬ros, que traen los ojos nuevos. (Limpia y arregla todo lo que encuentra a mano.) ¡La de co¬sas que habrá visto ese! Viajes, países, gente que va y viene.

ESTELA.
- Muy nerviosa te ha puesto esa visita.

ABUELA.
- Nerviosa es poco. ¿Querrás creer que estoy tiritando de pies a cabeza?

ESTELA.
- Ya veo, ya. Pero, ¿por qué?

ABUELA.
- ¡Casi nada! Después de tanta soledad, pen¬sar que va a entrar por esa puerta un hombre que viene de lejos. ¡Sentir otra vez en la casa pasos de hombre! ¡Oír una voz de hombre!

ESTELA.
- ¿No te basta mi voz?

ABUELA.
- ¿Qué vale una conversación de dos mujeres? Es como cuando llueve en el mar. Nosotras po¬demos ser todo lo soberbias que tú quieras y hasta desviar los ojos, porque está bien, y por¬que así nos lo enseñaron. Pero un hombre es un hombre. Cuando lo tienes cerca hasta las paredes parece que están más seguras. ¡Si ellos no te miran, ni siquiera te das cuenta de que eres mujer! ¡Y las casas con hombre huelen fuerte: a tabaco tranquilo y a buen sueño!

ESTELA.
- Abuela...

ABUELA.—(Escuchando nerviosa.}
- Silencio... ¡Ahí está... ahí está!... (Con un rezago de instinto se arranca el delantal y se arregla los cabellos grises. Entra Tío Marko, conduciendo a Ricardo.)



DICHOS, TÍO MARKO y RICARDO

MARKO.
- Estela Anderson... La abuela... (Se saludan sin palabras). Él no sé cómo se llama.

RICARDO.—(Avanza cohibido.)
- Jordán. Ricardo Jordán. (Se miran en silen¬cio. Pausa. Ricardo contempla con emoción la casa.)

MARKO.
- Como ven, tampoco el señor es de mucho ha¬blar, con que, por mi parte, creo que está todo. ¿No?

ESTELA.
- Gracias, Tío Marko.

MARKO.
- Buenas. (Volviéndose a la abuela, más fuerte.) ¡Noches! (Sale.)



ESTELA, la ABUELA y RICARDO

ESTELA.
- Ricardo Jordán... No recuerdo haber oído ese nombre.

ABUELA.
- No es extraño. Cuando Péter volvía de sus viajes hablaba de los barcos y los árboles y las chimeneas grandes. Pero de la gente, poco. Le gustaba más hablar de cosas que de personas.

ESTELA.
- ¿Fue usted amigo suyo?

RICARDO.
- Amigos no es la palabra. Le conocí sólo un momento, hace tiempo, cantando una canción. Pero fue algo tan importante en mi vida que no podré olvidarlo nunca. Ese recuerdo es el que me trajo aquí.

ESTELA.
- ¿Hizo el viaje por él? ¿No sabía... ?

RICARDO.
- Sí, lo sabía. Pero me atraía el afán de cono¬cer su aldea, las cosas que fueron suyas, las gentes que él quería.

ESTELA.
- Las cosas pocas son: estas cuatro paredes y una barca inútil amarrada al puerto. La gente que le quería, el pueblo entero, y nosotras.

ABUELA.
- ¿Cómo puede recordarle tanto si le conoció sólo un momento?

RICARDO.
- Hay momentos que valen una vida; aquel fue uno. Mi fortuna o mi desgracia dependían de una firma, y el nombre de Péter Anderson lo decidió todo. Lo que yo no imaginaba entonces es que la fortuna y la desgracia pudieran ser una misma cosa.

ESTELA.
- ¿Lo supo él?

RICARDO.
- Él no podía saberlo. Pero lo cierto es que todo lo que tengo se lo debo. Y si aún fuera posi¬ble, todo me parecería poco para pagar aquella deuda.

ESTELA.
- Gracias por el buen recuerdo. Pero lo que falta en esta casa, no hay dinero que pueda pagarlo.

RICARDO.
- Lo temía. Cien veces estuve a punto de hacer este viaje y otras tantas volví a dejarlo por mie¬do a que fuera inútil.

ABUELA.
- Eso no. ¿Qué venía usted a buscar? ¿Un ami¬go? Pues aquí tiene dos. ¿Creía que nos debía algo? Pues con haber venido ya nos ha pagado de sobra. Habla tú, Estela; tú eres la que manda. ¿Qué habría dicho Péter si estuviera aquí?

ESTELA.
- Sólo tenía una frase para los que llegaban a él: esta es mi mesa, este es mi tabaco, esta es mi casa. Suyos son.

RICARDO.
- No se apresure a ofrecer. ¿Ha pensado antes si lo merezco?

ESTELA.
- Al que viene de lejos no se le pregunta para dar. Para recibir, sí. Es lo que nos enseñaron los viejos.

RICARDO.—(La mira emocionado, con respeto.)
- Gracias... señora.

ABUELA.
- ¡Has oído: Señora...! Qué bien sabe decir "señora" esta gente del sur. (Acercándole una silla.) Siéntese, por favor; así, de pie, parece que se nos va a ir en seguida. ¿No está cansado del viaje?

RICARDO.
- Tengo costumbre.

ABUELA.
- ¿Cuándo vuelve a salir el barco?

RICARDO.
- Mañana, al amanecer.

ABUELA.
- ¿Tan pronto? ¿Pero esta noche cenará con nosotras, verdad? No, no, no, no me diga que no. ¿Quiere beber algo? Puedo traer un jarro de cerveza.

RICARDO.
- Gracias. No tengo sed.

ABUELA.
- ¿Y frío? ¿Quiere que encienda el fuego?

RICARDO.
- Tampoco; no se moleste.

ABUELA.—(Casi enfadada.)
- No está cansado, no tiene sed, no tiene frío... ¡Algo tiene que tener! La gente siempre tiene algo.

ESTELA.—(Sonríe.)
- No se lo tome a mal. La abuela quisiera que todo el mundo tuviera sed para darle de beber, y frío para encenderle el fuego. Es su manera de ser feliz.

ABUELA.
- En menos de un credo está lista la cena. Eso sí, no hay más que arenques, y que no falten. Pero no al humo como por allá; frescos, frescos, del mar a la sartén. ¿Le gusta el arenque?

RICARDO.
- No se preocupe por mí. A su lado, ya estoy viendo que acabaría por gustarme todo. Muchas gracias.

ABUELA.
- ¿A mí? ¿Gracias a mí? A usted habría que dárselas, hombre de Dios, aunque sólo sea una noche. Pon el otro plato, Estela. (Con un leve temblor en la voz.) Usted no sabe lo triste que es una mesa cuando sólo hay dos platos... y uno es el de la abuela. (Saliendo feliz.) ¡Tres platos otra vez!... ¡Tres platos...! (Ricardo la mira ir embelesado. Estela en silencio pone el otro plato.)



ESTELA y RICARDO

RICARDO.
- Deliciosa mujer... ¡Qué garbo a su edad!

ESTELA.
- Va a cumplir setenta años de juventud.

RICARDO.
- ¿Y es siempre así?

ESTELA.
- Siempre; en el buen tiempo y en el malo. Hay árboles que nunca pierden las hojas.

RICARDO.
- Son ustedes un pueblo tranquilo y fuerte. En las granjas he visto muchachas haciendo tra¬bajos de hombre y cantando al mismo tiempo. Todas tenían una sonrisa clara y los pañuelos dispuestos al saludo. Todas tenían los ojos azules.

ESTELA.
- Es de tanto mirar al mar. ¿Le gusta el país?

RICARDO.
- Acabo de conocerlo y ya quisiera que fuera el mío.

ESTELA.
- Gracias.

RICARDO.
- Tío Marko me dijo que usted también trabaja.

ESTELA.
- No es ninguna maldición. ¿Qué haría si no?

RICARDO.
- Pero más de lo que pueden resistir esas ma¬nos. Incluso cultivar la tierra.

ESTELA.
- Bah, un pequeño huerto, ahí mismo.

RICARDO.
- ¿Hacía ese trabajo antes?

ESTELA.
- Antes no era necesario. Cuando vivía Péter plantábamos rosales. Después hubo que sembrar. Lo más triste de las casas donde falta el hom¬bre es que hay que convertir en huertos los jardines.

RICARDO.
- ¿Por qué se niega a aceptar mi ayuda? Con lo que yo he gastado en una noche puedo com¬prar lo que no produciría ese huerto en cien años.

ESTELA.
- Su noche es suya. Mi trabajo es mío. Y me ayuda a recordar.

RICARDO.
- Espero que no habrá interpretado mal mis palabras.

ESTELA.
- No; sé que son sinceras, y limpias, se lo agra¬dezco. (Pausa.) Parece que no es usted muy fe¬liz con su fortuna.

RICARDO.
- ¿Para qué me sirve? Ya lo ve: ni puedo aho¬rrar con ella una fatiga de mujer, ni comprar una hora de sueño tranquilo.

ESTELA.
- ¿Tiene algo que olvidar?

RICARDO.
- Ojalá pudiera...

ESTELA.
- El tiempo le ayudará. Y los viajes. ¿Va muy lejos?

RICARDO.
- No me espera nadie en ninguna parte. Me gustaría perder ese barco mañana y aguardar aquí el regreso.

ESTELA.
- Es una pobre aldea. No se acostumbraría usted.

RICARDO.
- Es tan poco lo que necesito... y tan difícil de encontrar.

ESTELA.
- ¿Descanso?

RICARDO.
- Descanso. Quién sabe si no está aquí la paz que ando buscando.

ESTELA.—(Lo mira pensativa).
- ¿Cuánto tarda en regresar su barco?

RICARDO.
- Un par de semanas.

ESTELA.—(Desvía los ojos).
- Si le basta una mesa de pino y una ventana al mar... arriba hay una habitación vacía.

RICARDO.
- ¿En esta casa? ¿Y es usted, Estela Anderson, la que me ofrece su techo?

ESTELA.
- Siempre procuro hacer lo que hubiera hecho él. ¿Por qué baja los ojos?

RICARDO.
- No sé... la falta de costumbre. Vengo de un mundo donde todo se hace por dinero; hasta el más cobarde de los crímenes. Allí a todo desco¬nocido se le mira como a un enemigo posible. En cambio usted no me pregunta quién soy ni de dónde vengo para abrirme su puerta. ¿Com¬prende por qué bajé los ojos? ¡Son treinta años de vergüenza que se me han subido a la cara!

ESTELA.
- No piense ahora en eso. Lo que siento es lo poco que puedo ofrecerle. ¿Ha sido usted rico siempre?

RICARDO.
- Siempre no; de niño supe lo que es el ham¬bre... y ahora estoy empezando a recobrar la memoria.

ESTELA.
- Entonces todo será más fácil.

RICARDO.
- Pero mi pobreza no era voluntaria como la suya. Sé que su barca es la más hermosa del pueblo y que muchos serían felices de poder comprarla.

ESTELA.
- Antes pediría mi pan por los caminos que vender esa barca. Sería como venderlo a él.

RICARDO.
- Conozco la historia. Péter la compró el mismo día que murió.

ESTELA.
- Qué fácil es decir: "la compró". Una sola pa¬labra y ya está. ¡Pero cuántos días de fatiga y cuántas noches sin sueño hasta llegar ahí! Cuan¬do era imposible salir al mar, Péter trabajaba con el hacha en el bosque. Por la noche, tallábamos juntos esos barcos, ahorrando el fuego. Pero todo era poco. Un día hubo que suprimir el vino en la mesa. Otro día, el tabaco. Cada nuevo escalón era una semana de siete angustias. Hasta las trece monedas de la boda hubo que poner. ¡Y el montón no crecía! ¡Ese pequeño montón de plata capaz de quebrar a un hom¬bre, y que cabe después en un pañuelo! (Pausa de aliento.) Por fin llegó el gran día. Yo no sé lo que será el temblor de la mujer que espera un hijo, pero no puede ser más. Péter bajó al puerto, feliz, con su camisa limpia. Yo había puesto otra vez junto a su plato la pipa bien cargada, y le esperaba detrás de esos cristales, con un alegrón de avispas en las venas. Desde lejos le sentí venir, cantando, con aquella voz llena y madura de hombre entero. Al doblar la cuesta levantó la mano para saludarme... y de repente, ahí mismo, delante de mis ojos... (Se le rompe la voz.) ¡No! No pudo ser la voluntad de Dios. ¡Dios no hubiera elegido esa noche! (Se domina con esfuerzo.) Disculpe. No he debi¬do recordar estas cosas. (Vuelve la abuela con la hogaza y la fuente de pescado.)



ESTELA, RICARDO y la ABUELA

ABUELA.
- ¡A la mesa, que se enfría! ¿Tardé mucho, ver¬dad? No sé qué me pasa hoy que todo se me salta de las manos. Me hubiera gustado ponerle una rodaja de limón, pero, sí, sí, limones aquí... Claro que con dos gotas de vinagre y una hoja de menta es casi lo mismo. La hogaza es de tri¬go, y tierna, tierna, recién traída; el pan de casa está bien para los otros días. (Señalando a Ricardo la cabecera.) Aquí. El sitio del hombre es este. Así. (Se sientan los tres.)

ESTELA.—(Tendiéndole el cuchillo.)
- ¿Quiere partir? Aquí siempre es el hombre el que parte el pan y bendice la mesa.

RICARDO.
- Gracias. Partiré el pan. En cuanto a la ora¬ción, por mucho que quisiera no sabría encon¬trar las palabras. (Corta el pan, que ofrece pri¬mero a la Abuela y después a Estela. Se oye un Coro lejano de voces viriles que se acerca cantando la canción de Péter con acompañamiento de acordeón. Ricardo deja caer el cuchillo. Es¬tela crispa la mano sobre el mantel para domi¬narse.)

ESTELA.
- Esa ventana, abuela... esa ventana... (La Abuela cierra las maderas. Sigue oyéndose la canción más apagada.)

ABUELA.
- Son los muchachos que van de ronda. Qué saben ellos lo que cantan... (Se sienta de nuevo.)

ESTELA.
- Señor: bendice en el bosque el hacha del le¬ñador. Bendice en el mar las redes del pescador. Haz que no falten en nuestra mesa el pan y los peces, como lo hizo tu hijo en la montaña del milagro. Danos la paz en el trabajo y en el sueño. Y si a alguien hemos hecho mal, perdónanos Señor, así como nosotros perdonamos... (Respira hondo.) Así como nosotros perdona¬mos... (Solloza angustiada sobre el mantel.) ¡No! ¡Es mentira! ¡Yo no he perdonado! ¡No puedo perdonar!... (Se oye más fuerte el coro de pescadores.)





TELÓN



ACTO TERCERO





En el mismo lugar. Dos semanas después. Tarde clara de sol. Tío Marko, silbando entre dientes mezcla el polvo y la cola en un bote de pintura, probándolo después en una tabla. Entra del huerto la Abuela con una fuente de legumbres verdes.



La ABUELA y Tío MARKO

MARKO.
-¿Ya empezó la cosecha?

ABUELA.
- Los primeros guisantes de la temporada, me¬nudos y tiernos como gotas de miel. Es una glo¬ria verlos trepar enroscándose a las varas y es¬tirando el zarcillo para buscar el sol. El sol... También yo treparía si pudiera alcanzarlo. (Se sienta a desgranar. Tío Marko llena su pipa des¬paciosamente.) Pensar que hay países que tie¬nen sol todo el año y todavía se quejan.

MARKO.
- Tampoco la niebla está mal. Es más tranquila.

ABUELA.
- Tranquilidad, tranquilidad... ¿Quieres más todavía? Sentado naciste y sentado has de mo¬rir. ¡Si yo tuviera tus años, cualquiera iba a quitarme este día de sol, con el bosque esta¬llando resina, con los árboles temblando de pá¬jaros, y con todos esos caminos adornados de novios! Pero tú, siempre en el séptimo.

MARKO.
-¿En qué séptimo?

ABUELA.
- ¡En "el séptimo descanso"!

MARKO.
- No soy hombre de fiesta. Así me criaron y ya es tarde para volverse atrás. Si uno pudiera vi¬vir dos veces...

ABUELA.
- Volverías a hacer lo mismo. Siete vidas tiene un gato y nunca pasa de cazar ratones.

MARKO.
- ¡Y dale! No me busque la lengua, no me bus¬que la lengua...

ABUELA.
- Por mí ya la puedes colgar de un clavo. ¡Pa¬ra lo que te sirve! (Pausa. Ella desgrana, él con¬templa un barquito de madera blanca, sin ter¬minar.) ¿Vas a pintar?

MARKO.
- No: éste lo empezó el señor Jordán y quiere terminarlo él mismo antes de despedirse.

ABUELA.
- No hables de despedidas. Ya llegará la hora sin que la llames. ¿Cuándo sale el barco?

MARKO.
- Anochecido.

ABUELA.
- ¿Tan pronto? ¡Y con lo cortas que son aquí las tardes! ¡Por qué tendría que llegar hoy ese dichoso barco!

MARKO.
- Para hoy estaba anunciado.

ABUELA.
- Podía haberse perdido. O pasar de largo.

MARKO.
- Le ha tomado cariño a su huésped. ¿Eh?

ABUELA.
- ¿Y quién no? Todos en el pueblo son amigos suyos; para todos tiene buena palabra. Y cuan¬do se sienta en el pretil a hablar con los viejos, parece uno de los nuestros.

MARKO.
- Como querer, sabe hacerse querer. Y mal dis¬puesto no es: en dos semanas ha aprendido a tirar las redes como el mejor.

ABUELA.
- Y luego, siempre de humor; y tan llano con todos. ¡Con el mundo que ha visto y las cosas que sabe!

MARKO.
- ¡Alto ahí! Por ese lado ya no vamos bien. Co¬mo cabal y amigo, lo que se pida. Pero saber, lo que se dice saber de verdad, no sabe nada de nada.

ABUELA.
- ¿Vas a darle lecciones tú?

MARKO.
- No sería la primera vez. Esta mañana, sin ir más lejos, cuando vio brotar las amapolas en el musgo del techo, me preguntó muy serio quién se dedicaba a sembrar flores en los tejados. ¿Pero quién va a ser, señor? ¡El viento!

ABUELA.
- ¡Valiente cosa! Como si él no tuviera nada más importante que guardar en la cabeza.

MARKO.
- Sí, sí, mucho de escuelas y de libros. Pero la verdad es que ni sabe distinguir un fresno de un abedul, ni si va a haber tormenta, por el vuelo de las gaviotas, ni cuánto falta para la noche, por la inclinación de la hierba. Para averiguar
la hora tiene que echar mano al reloj. ¡Y eso es saber! El que lo sabe es el reloj.

ABUELA.
- Esas son cosas de acá. Cada uno sabe las de su tierra.

MARKO.
- Sí. ¡Pues déjelo de noche en el bosque y a ver si es capaz de guiarse por las estrellas! ¿O es que tampoco hay estrellas en su tierra?

ABUELA.
- A lo mejor son otras...

MARKO.—(Sorprendido.)
- ¿Otras? ¿Pero es que hay otras... ?

ABUELA.
- Digo yo...

MARKO.—(Se tranquiliza.)
- ¡Ah! Eso bueno. Podrá haber otras plantas y otras maneras de hablar, que eso es cosa de aquí abajo; pero las estrellas no hay quien las mueva. El que clavó ahí la Polar, sabía lo que necesitaban los pescadores. (Llega Estela, fres¬ca de campo. Trae al brazo un cestillo cubierto de hojas.)



ABUELA, MARKO y ESTELA

ESTELA.
- Qué fuerza trae el sol después de tanto tiempo. Aturde como si bajara dando trallazos por el pinar.

ABUELA.
- ¿Sola...?

ESTELA.
- Ricardo viene en seguida. Tenía que bajar al puerto.

ABUELA.
- ¿Qué traes ahí?

ESTELA.
- Arándanos. Está lleno el brezal, pero hay que buscarlos de rodillas. Saben agazaparse entre la hoja como las fresas asustadas.

ABUELA.
- ¿Le gustaron a Ricardo?

ESTELA.
- ¿Y cuándo has visto algo que no le guste aquí? Si hasta al aire quisiera darle las gracias por la resina y la sal. Es como un ciego que empieza a descubrir el mundo. La primera vez que vio un arco-iris de noche creía que era un milagro. Y ahora, comiendo los arándanos, se reía con toda la cara morada chorreando el jugo, como los chicos. (Deja el cestillo. Se vuelve a Tío Marko.) Baje al puerto con él; puede necesi¬tarle.

MARKO.
- Voy... (Desde la puerta.) Una pregunta, Es¬tela. ¿Sabía el señor Jordán lo que son arán¬danos?

ESTELA.
- No. ¿Por qué?

MARKO.—(Mirando satisfecho a la abuela.)
- Nada. Curiosidad. (Sale.)



ESTELA y ABUELA

ABUELA.
- ¿A qué bajó tan pronto?

ESTELA.
- A arreglar el pasaje y a decirle adiós a los amigos. Ya empieza la despedida.

ABUELA.
- ¡La despedida! Maldito quien inventó esa pa¬labra. La gente debía llegar siempre. No debía irse nunca.

ESTELA.
- Tenía que ser así. Ya lo sabías desde el pri¬mer día.

ABUELA.
- También sabe una desde el primer día que tiene que morirse, y eso no es un consuelo cuan¬do llega la hora.

ESTELA.
- Ya te acostumbrarás otra vez. Dos semanas no es tiempo para cambiar una vida.

ABUELA.
- Por lo que trae dentro se mide el tiempo; y estas dos semanas estuvieron tan llenas. ¿Qué quieres ahora? ¿que le vea marchar sin más que levantar el pañuelo y buen viaje, como si tal cosa?

ESTELA.
- Lo que te pido es que, si sientes algo más, aprendas a callar. Los hombres vienen y van; las mujeres quedamos. Es nuestro destino.

ABUELA.
- Vas a decirme que tú estás muy contenta, ¿no?

ESTELA.
- Siempre dejan tristeza los barcos que se van.

ABUELA.
- Centenares he visto pasar y nunca he sentido lo que hoy. La culpa la tiene una. No se debía tomar cariño más que a los árboles: esos no se mueven de ahí... y siempre puedes estar segura de marcharte antes que ellos.

ESTELA.—(Nerviosa.)
- ¡Basta, abuela! La vida de Ricardo está allá; la nuestra aquí. Es lo mejor para todos.

ABUELA.
- Yo no digo que se quede. Ya sé que lo que no puede ser no puede ser. Pero de eso a no sentirlo... Cuando él llegó fue como si le salie¬ran ventanas a la casa por todas partes. Tú misma empezabas a verlo todo con otros ojos. Y ahora... (Se le acerca mirándola de frente.) De mujer a mujer, Estela. Si estuviera en tu mano detener ese barco...

ESTELA.—(Firme.)
- No la levantaría. Ricardo debe marcharse; eso es lo único que sé. Ojalá hubiera seguido viaje aquella misma noche.

ABUELA.
- ¿Tienes algo contra él?

ESTELA.
- Lo tengo contra mí, que es peor. ¿No lo estás viendo? Antes, por lo menos, sabía lo que que¬ría; y sabía que mañana iba a querer lo mismo que hoy. Ahora en cambio ya no puedo pensar tranquila en nada ni tener el pulso quieto, como cuando alguien te está mirando lo que haces por detrás de los hombros. ¡No quiero seguir así! Necesito volver a estar en paz conmigo mis¬ma. Un remo clavado en la puerta, y sentarse a esperar. Eso es todo.

ABUELA.
- Figuraciones. Te estás echando culpas por co¬sas que sólo pasan por tu cabeza.

ESTELA.
- No soy yo sola la que lo siente así. Cuando estamos juntos hay una falsa alegría, pero tam¬poco él tiene sosiego, como si algo le remordie¬ra por dentro.

ABUELA.
- No irás a pensar que está ocultando alguna mala intención. Ricardo es un hombre cabal; un verdadero amigo para ti.

ESTELA.
- No, abuela; los amigos verdaderos se hablan tranquilos, mirándose a la cara. Nosotros, no. Siempre hay algo oscuro entre los dos.

ABUELA.
- Nunca me lo habías dicho.

ESTELA.
- Hoy mismo cuando nos reíamos buscando arándanos en el matorral, nos tropezamos las manos sin querer, y de repente los dos quedamos callados, sin mirarnos... Fue como una pedrada en un árbol de pájaros. Yo si sé por qué no me atrevía a levantar los ojos. ¿Pero él...? ¿por qué se callaba él?

ABUELA.
- Siendo así, quizá tengas razón tú. Lo que no puede seguir, más vale terminarlo a tiempo.

ESTELA.
- Gracias. Es lo que esperaba oír de ti. (Respira aliviada. Pausa.) ¿La ropa está preparada?

ABUELA.
- Arriba. Planchada con agua de salvia para que lleve olor de aquí.

ESTELA.
- ¿Cerraste el equipaje?

ABUELA.
- Eso no es cuenta mía. Para abrir equipajes, todo lo que quieras. Para cerrarlos, ya estoy muy vieja.

ESTELA.—(Dirigiéndose a la escalera.)
- Siempre fuiste la más joven de la casa; y la más fuerte. No se te vaya a olvidar a última hora. (Sube.)

ABUELA.
- Pierde cuidado, que si algo tengo, nadie lo va a notar. (Queda sola. Rezonga mientras recoge el cestillo y los guisantes.) Y claro que lo tengo. Pues bueno sería que no lo tuviera. ¿Pero no hay más remedio que despedirse? Pues "feliz viaje, amigo... y siga todo derecho, a ver si es verdad que el mundo es redondo". Después un nudo a la garganta, y vuelta a empezar, por los días de los días, ¡amén! (Llega Ricardo. De¬trás Tío Marko.)



ABUELA, RICARDO, MARKO

RICARDO.
- Salud, abuela. ¿Estaba hablando sola?

ABUELA.
- Hay que ir acostumbrándose otra vez. No to¬dos tienen tanta paciencia como usted.

RICARDO.
- No es paciencia. Me encanta oírla; de verdad.

ABUELA.
- Por lo menos lo disimula bastante bien. Y en último caso. ¿Qué trabajo cuesta? Si yo no le pido a nadie que me conteste. Ni que me escu¬che siquiera. Con que me miren y muevan la cabeza de vez en cuando ya estoy contenta. ¿Es mucho pedir?

RICARDO.
- Le tiene usted un verdadero miedo al silencio.

ABUELA.
- Esa es la palabra: miedo. Y con razón. ¿Cuán¬do se calla el mar? Cuando va a haber tormen¬ta. ¿Cuándo se calla el bosque? Cuando pasan los hombres con escopetas. Siempre que hay un gran silencio, es que está el peligro en el aire. (Evocadora, íntima.) Me acuerdo una vez, sien¬do muy niña. Éramos nueve hermanos, ocho varones grandes y yo. Una noche no sé lo que había pasado en casa; a mi madre se le caían las lágrimas; mi padre apretaba los puños con¬tra el mantel, y los ocho hermanos hombres es¬taban pálidos, con los ojos clavados en el plato. Nadie se atrevía a moverse ni a respirar siquie¬ra. Había un silencio tan frío que se metía en la sangre. Sólo se oía una gota de agua que es¬curría del cántaro. ¡Glú-glú... glú-glú... glú-glú...! Gracias a ella no me eché a llorar. Y mire lo que son las cosas; después de sesenta años, de aquello tan terrible que ocurrió en mi casa ya no me acuerdo. Pero lo que no podré olvidar nunca, para darle las gracias, es aquél glú-glú de agua, que era el único que se atre¬vía a hablar para que yo no tuviera miedo. (Ri¬cardo le aprieta cariñosamente los hombros. Pausa.)

RICARDO.
- ¡Abuela!

MARKO.
- Buena gota de agua... Un chaparrón diario es lo que usted necesita.

ABUELA.—(En brusca transición.)
- Qué raro que no pegaras tu el coletazo. Siem¬pre lo dije, eh: ya de pequeño eras medio bru¬to, ¡y hay que ver lo que has crecido! (Ricardo contempla su barquito, alisándolo con la esco¬fina.) ¿Va a trabajar ahora?

RICARDO.
- Me hubiera gustado dejarlo terminado; pero ya no hay tiempo.

ABUELA.
- Con qué ganas ha tomado el trabajo. Como si no lo hubiera hecho nunca.

RICARDO.
- Quizá sea eso.

MARKO.
- ¿De qué se ocupaba allá en su tierra?

RICARDO.
- Jugaba a la Bolsa.

MARKO.
- Ajá. (Pequeña pausa.) ¿Y después de jugar en qué trabajaba?

RICARDO.
- La Bolsa no es un juego. Es un mercado.

MARKO.
- ¿Un mercado?

RICARDO.
- Pero no como los de acá. Ustedes compran y venden las cosas. Nosotros, los nombres de las cosas.

MARKO.
- No lo entiendo. ¿Cómo se puede comprar y vender trigo, sin trigo?

RICARDO.
- Muy sencillo. Por ejemplo... (Toma cuatro va¬sos de la alacena y va disponiéndolos en fila sobre la mesa.) Usted acaba de sembrar un tri¬go que no recogerá hasta la cosecha del año que viene. Pero como hasta entonces necesita ir vi¬viendo, yo le abro un crédito de cien coronas a cuenta de ese trigo. (Pone el primer vaso.) Aquí está la carta de crédito. ¿Entendido?

MARKO.
- Entendido.

RICARDO.
- Ahora bien, si al llegar el verano la cosecha se ha perdido, no importa; usted puede pagar¬me lo mismo con cien monedas de plata. ¿No es así?

MARKO.
- Así es.

RICARDO.—(Coloca el segundo vaso.)
- Aquí están las cien monedas por el valor del trigo. Pero como la plata anda escasa, el Banco la retira y pone en su lugar un papelito que dice: "Vale cien coronas". (Pone el tercer vaso.) Aquí está el billete. Si a la hora de pagar usted no tiene a mano el papel, tampoco importa: me firma un pagaré por el valor del billete. (Colo¬ca el cuarto vaso.) Aquí está el pagaré. Y ahí empieza el milagro. (Señalando.) Cien coronas del crédito, cien de la plata, cien del billete y cien del pagaré; total, cuatrocientas coronas en el mercado y ni un solo grano de trigo verdadero. (Se sacude las manos.) ¿Ha comprendido ahora?

MARKO.—(Convencido.)
- Ahora sí. Hace dos años pasó por aquí otro señor que hacía lo mismo; pero aquel lo hacía con un sombrero de copa y salían palomas. Lo que me gustaría es que nos explicara usted la trampa.

RICARDO.
- Aquí no hay trampa, tío Marko. Es decir... no sé...

ABUELA.—(Recogiendo los vasos.)
- ¿Y esto es la Bolsa? Señor, señor, lo que in¬venta la gente cuando no tiene nada que hacer.

RICARDO.
- Parece que no lo han tomado muy en serio.

ABUELA.
- La falta de costumbre. Yo no sé cómo serán las cosas allá por el sur. Pero aquí, el poco trigo que hay, siempre es de verdad. Y el ham¬bre también. (Se oye la voz de Estela, que grita bajando la escalera.)

ESTELA.
- ¡Abuela...! ¡Abuela...! ¿No oyen?

ABUELA.
- ¿Qué? (Prestan atención. Estela abre la puerta. Se oye una campana aguda, insistente, to¬cando a rebato.)

ESTELA.
- Es la campana del faro. ¡Alguien está en pe¬ligro!

ABUELA.
- ¿En el mar? Imposible. Las barcas no salen hasta mañana.

ESTELA.
- Puede ser una avalancha. O un incendio. Co¬rra a ver, tío Marko.

ABUELA.
- ¿Este? Pues si que nos íbamos a enterar de nada.

RICARDO.
- Yo iré.

ABUELA.
- Usted atienda a lo suyo, que ya va a caer el sol. ¡Vamos! (Sale rápida con tío Marko. Estela escucha desde la puerta.)



ESTELA y RICARDO

RICARDO.
- Déjeme ir con ellos. Puedo hacer falta.

ESTELA.—(Le detiene con el gesto. Imponiéndole silencio.)
- Ya se oye más espaciada... Ya se va per¬diendo... Si era un aviso de peligro, pasó. Si fue una desgracia, no tiene remedio. (Cierra la puerta.) Era un día demasiado hermoso para terminar bien.

RICARDO.
- Desde que estoy aquí no había visto otro más feliz. Parecía una fiesta, con todo el puerto blanco de velas y las redes brillantes de sal. Nunca vi a la gente más alegre.

ESTELA.
- Es el primer día de sol y están aparejando para salir. El vuelo de los petreles anuncia que ya suben los peces de los mares calientes. Ma¬ñana todas las barcas saldrán lejos. (Baja la voz.) Todas, menos una. (Empieza a caer el sol.)

RICARDO.
- ¿Qué puede haber ocurrido para que suene esa campana?

ESTELA.
- ¡La hemos oído tantas veces! La vida aquí es un peligro de todos los días.

RICARDO.
- No quisiera marchar sin saber qué fue.

ESTELA.
- ¿Tanto le interesa? Hace dos semanas esos hombres no eran nada para usted.

RICARDO.
- Porque entonces no los conocía. El que me lo dijo lo sabía bien: "Para sufrir con el dolor aje¬no, lo primero que hace falta es imaginación". Un día sabemos que va a morir un pescador en una aldea del Norte, y nos encogemos de hombros. Otro, leemos que en un frente de guerra han caído treinta mil hombres, y seguimos to¬mando el café tranquilamente, porque aquellas treinta mil vidas no son para nosotros, más que una cifra. Y no es que tengamos duro el corazón, no. Es la imaginación la que tenemos muerta.

ESTELA.
- ¿No sabía eso antes?

RICARDO.
- No. He necesitado llegar hasta aquí para aprender esta lección tan simple: que en la vida de un hombre está la vida de todos los hombres.

ESTELA.—(Le mira con gratitud.)
- Me gusta oírle hablar así. ¿Sabe lo que me pa¬rece a veces? Que usted ha nacido aquí, entre nosotros; que luego ha vivido lejos muchos años con la memoria perdida. Y que ahora está empe¬zando otra vez a reconocer a los suyos.

RICARDO.
- Ojalá fuera así. Poder sentir esta tierra como propia y vivir siempre en ella.

ESTELA.
- No se deje engañar por la impresión de unos días. Usted ha vivido feliz dos semanas de va¬caciones, cuando ya braman los ciervos en el alisal y las noches son blancas. Pero no sabe lo que es un invierno de ocho meses con el hielo pegado a los cristales, y esas noches intermina¬bles, de dieciocho horas, desde la primera nie¬ve hasta el canto del cuclillo.

RICARDO.
- ¿Por qué no habría de soportar yo lo que pue¬de soportar una mujer?

ESTELA.
- Yo, es distinto. Me acostumbré desde niña, y tengo una fe que me ayuda.

RICARDO.
- ¿Cuáles son las cosas en que usted cree? Me gustaría poder creer en las mismas.

ESTELA.
- En realidad son muy pocas; pero esas pocas las siento muy hondo. Creo que la vida, aunque a veces amargue, es un deber. Creo que en la tierra y en el mar está todo lo que necesitamos. Y creo que Dios es bueno. Con eso me basta.

RICARDO.
- Estela... (Le aprieta la mano sobre la mesa. Ha caído la tarde.)

ESTELA.
- Es la hora de encender la lámpara... Como el día que usted llegó.

RICARDO.
- ¿Me permite que hoy la encienda yo?

ESTELA.
- Gracias. (Ricardo enciende. Se oye la sirena del barco llamando. Ella se estremece, pero se domina ) La sirena del barco. Creí que era más temprano.

RICARDO.
- Es el primer toque. Todavía hay tiempo.

ESTELA.
- ¡Tiempo de que! (Angustiada.) Váyase ya, Ri¬cardo. Yo no sé despedirme. ¿Qué se puede decir cuando están contados los minutos?

RICARDO.
- No es usted la que tiene que hablar, Estela. El que tiene que hablar ahora soy yo. (Se acerca.) Vine desde lejos para decirle una cosa; sólo una... y cada vez que iba a decirla, un nudo de miedo y de vergüenza me apretaba la garganta.

ESTELA.
- Si ha de ser triste, no la diga. Es mejor des¬pedirse así, como amigos leales.

RICARDO.
- No puedo callar más. Necesito decirlo y que us¬ted me oiga. Por mucho que nos duela a los dos, tiene que oírme.

ESTELA.—(Con miedo instintivo.)
- Hable.

RICARDO.
- Se trata de la muerte de Péter. (Estela desvía los ojos.) Usted me lo dijo el primer día; aquella muerte no la quiso Dios. Pues bien, tenía razón, Estela. Fue un hombre el que lo hizo. ¡Y ese hombre esta aquí!

ESTELA.—(Reacciona angustiada.)
- ¿Cómo lo ha descubierto' ¡Yo no he acusado a nadie! ¡No puedo acusarlo! ¡Y si lo hiciera otro, yo diría cien veces que es mentira! Aunque haya destrozado mi vida tiene que ser así... ¡Porque mi hermana y su hijo están entre los dos!

RICARDO.
- ¿Pero de quién esta hablando'

ESTELA.
- ¡De Cristián!

RICARDO.
- ¿Sospecha de él?

ESTELA
- Ojalá no fuera más que una sospecha. ¡Pero no! Yo reconocí desde esa ventana su zamarra de cuero. Yo misma borré a la madrugada la huella de sus botas. Me he mordido las manos callando, noche a noche, mientras el alma se me rompía a gritos. ¿Y ahora quiere usted deshacer mi obra? Por ese niño, Ricardo, ¡cállese!

RICARDO.
- ¡Ahora menos que nunca! Sabiendo lo que piensa, sería yo el último de los cobardes si me callara un momento más. (La toma de las ma¬nos.) ¡Estela...!

FRIDA.
- ¡Estela...! ¡Estela...!

ESTELA.—(Sobrecogida.)
- ¡Es Frida! Silencio... por favor... (Entra Frida. Trae un manto sobre los hombros y un farol que deja al paso. Se echa sollozando en brazos de la hermana.)



ESTELA, RICARDO, FRIDA

FRIDA.
- ¡Estela!

ESTELA.
- ¿Ha ocurrido algo en tu casa?

FRIDA.
- ¿No oíste la campana del faro? Cristián había salido a probar el timón nuevo; al doblar el can¬til, una racha lo arrastró y un golpe de mar le abrió el pecho contra la escollera como un zar¬pazo rabioso.

ESTELA.
- ¿Grave?

FRIDA.
- Eso he preguntado a todos. Pero nadie me con¬testa y todos bajan los ojos... ¡Yo sé lo que quie¬re decir cuando los hombres se callan así alrede¬dor de la sangre!

ESTELA.
- ¿Y él... él...?

FRIDA.
- Él sólo pronuncia un nombre: el tuyo. No pue¬des dejarle morir así. Cristián te está llamando. ¡Con nadie quiere hablar más que contigo! (Se deja caer en un asiento abrumada.)

ESTELA.
- ¿Conmigo...? (A Ricardo.) ¿Quiere dejarnos solas un momento?

RICARDO.
- Perdón... (Sube.)

ESTELA.—(Espera a que haya salido.)
- ¿Te das cuenta de lo que significa eso, Frida? Si Cristián se siente morir y me llama, sólo puede ser para decirme una cosa. (Inclinada sobre su hombro, con la voz ahogada.) ¿Es?

FRIDA.—(Vacila. Por fin afirma sin mirar.)
- ¡Es!

ESTELA.
- ¿Te lo ha confesado a ti?

FRIDA.
- No necesitaba decírmelo. La tarde que salí de aquí maldiciéndote, iba con la frente orgullosa, pero ya llevaba la espina dentro. Desde aquel día no dejé de pensar y unas cosas fueron tiran¬do de otras. Entonces comprendí por qué cuando le hablaba de repente, sacudía la cabeza y los párpados como si despertase; y por qué se le apa¬gaba tantas veces la pipa entre los dientes; y aquellos insomnios de cien noches con los ojos clavados en el techo. ¡Toda mi sangre se negaba a creerlo! Ahora ya no puedo dudar.

ESTELA.
- Vuelve a su lado. Dile que yo ya lo sabía, y que seguiré callando. ¡Pero no me obligues a oírlo!

FRIDA.
- Tienes que ser tú misma. ¿No comprendes que lo que siente Cristián no es el miedo a la muer¬te? Cien veces la ha desafiado en la tierra y en el mar sin temblar como ahora. Es otro miedo más hondo, que sólo una palabra es capaz de curar. Y esa palabra no puede decírsela nadie más que tú. ¡Por todos nuestros recuerdos, no se la niegues!

ESTELA.
- Pobre Frida. No imaginaba que le querías tanto.

FRIDA.
- Tampoco yo. Creí que esta verdad me separa¬ría de él. Y precisamente ahora que le veo des¬hecho y culpable y temblando como un niño, ahora es cuando siento que le quiero más. ¡Que le querría siempre y por encima de todo!

ESTELA
- Le llevaré la única fuerza que puedo darle. ¡Vamos! (Le echa el manto sobre los hombros, toma el farol y sale con ella.)

FRIDA.
- Gracias, Estela, gracias... (Un momento la escena sola. Ricardo baja la escalera, mirando pensativo hacia la puerta.)

RICARDO.—(Repite confuso, como para sí mismo.)
- Cristián... Cristián... ¿Será posible? (Se di¬rige a la puerta en actitud de seguirlas. La luz pierde realidad visiblemente. Y vuelve a oírse la extraña música del primer acto. En el umbral del huerto aparece el Caballero de Ne¬gro.)



RICARDO y el CABALLERO DE NEGRO

CABALLERO.
- Buenas noches, Ricardo Jordán.

RICARDO.
- ¿Tú aquí? ¡Demasiado tarde para engañarme otra vez! Ahora ya sé la verdad. (Avanza resuel¬to hacia él.) No fui yo quien mató a Péter Anderson. Tú sabías que aquello iba a ocurrir, y la hora y el sitio en que iba a ocurrir. ¿Por qué me hiciste creer que fui yo?

CABALLERO.
- ¡Calma! ¡No vas a tener más razón por levan¬tar la voz!

RICARDO.
- ¿Qué es lo que te proponías? ¡Contesta!

CABALLERO.
- Ya te dije que se trataba de un experimento. Y hasta ahora no me ha salido del todo mal.

RICARDO.
- No me importan tus experimentos. Lo único que está claro es que yo no maté. Todo fue obra tuya.

CABALLERO.
- ¿Mía? El que puede disponer de la vida y de la muerte, no soy yo. Es... el Otro. (Señala va¬gamente.) Esto lo saben hasta los chicos de las aldeas. Solamente los que habéis leído muchos libros llegáis a olvidar las cosas más sencillas.

RICARDO.
- ¿Quién lo mató, entonces?

CABALLERO.
- ¿No lo sabes ya? Cristián. Sólo Cristián.

RICARDO.
- ¿Y si tú mismo lo confiesas, qué vienes a bus¬car ahora? Yo estoy libre de culpa.

CABALLERO.
- Ahí es donde te equivocas. No has matado, de acuerdo. Pero has querido matar. Y para mí esa es la verdad que vale. También te dije aquel día que el hecho material no me importaba. Mi úni¬co mundo es el de la voluntad.

RICARDO.
- Pero el mío es el de los hechos. Y por un mal pensamiento no hay ninguna ley ni tribunal de la tierra que pueda castigarme.

CABALLERO.—(Digno.)
- ¡Un momento!; yo no soy un leguleyo, soy un moralista. Todavía hay clases.

RICARDO.
- ¡Palabras! ¿Cómo puedo ser responsable si todo fue mentira?

CABALLERO.
- Eso es lo que vamos a ver. Tus manos no ma¬taron porque Cristián se te adelantó un segun¬do. Pero es verdad que quisiste matar, ¿sí o no?

RICARDO.
- Verdad.

CABALLERO.
- Y el dinero que recibiste en cambio, fue de verdad. ¿Sí o no?

RICARDO.
- Verdad.

CABALLERO.
- ¿Y el remordimiento que te asaltó después, y que ahora mismo te hizo llegar al borde de la confesión? ¿Y aquella secreta esperanza de que Péter Anderson fuera un canalla, para justifi¬carte ante ti mismo? ¿Y aquel afán que te im¬pulsó hasta aquí, como arrastra a todos los cri¬minales hacia el lugar del crimen? ¿No fue todo verdad? Es asombrosa la cantidad de verdades que puede engendrar una mentira.

RICARDO.
- Ahora comprendo. ¿Era ese tu experimento?

CABALLERO.
- Sólo la primera parte: medir hasta dónde lle¬ga el poder creador de una idea. Pero queda una segunda parte más grave: el pago de la culpa.

RICARDO.
- Estoy dispuesto a pagar.

CABALLERO.
- ¿Con qué? ¿Con unos golpecitos de pecho y unas lágrimas de arrepentimiento? No, hijo mío; es un truco viejo y demasiado fácil.

RICARDO.
- Renuncio a todo lo que me diste. Llévate tu dinero sucio, hasta el último céntimo.

CABALLERO.
- Tampoco basta. Ese ya hace tiempo que no te servía de nada.

RICARDO.
- ¿Qué pretendes entonces? ¿A qué vienes?

CABALLERO.
- Simplemente a avisarte que tu contrato sigue en pie. (Lo saca de su cartera.) Aquí está fir¬mada tu voluntad de crimen. Cuando llegue "la hora" yo presentaré esta cuenta.

RICARDO.—(Piensa un momento.)
- ¿Qué dice ese contrato?

CABALLERO.
- Pocas palabras, pero claras. "Ricardo Jordán se compromete a matar a un hombre."

RICARDO.
- Sin sangre.

CABALLERO.
- Sin sangre.

RICARDO.
- Está bien. La mejor manera de liquidar un contrato es cumplirlo. He prometido matar y mataré.

CABALLERO.—(Le mira sorprendido.)
- ¿A quién?

RICARDO.
- Al mismo que firmó ese papel. ¿Recuerdas el día que llegaste a mi despacho? Allí encontraste a un cobarde dispuesto a cualquier crimen con tal de no presenciarlo. Un cómodo traficante del sudor ajeno. Un hombre capaz de arrojar al mar cosechas enteras sin pensar en el hambre de los que las producen. Contra ese estoy luchando des¬de que llegué aquí; contra ese lucharé ya toda mi vida. Y el día que no quede en mi alma ni un solo rastro de lo que fui, ese día Ricardo Jor¬dán habrá matado a Ricardo Jordán. ¡Sin san¬gre! (El diablo baja la cabeza confuso.) ¡Ya es¬tamos los dos en el mundo de la voluntad! No lo esperabas, ¿verdad... ?

CABALLERO.
- No, sinceramente. El que firmó este contrato era tan distinto... ¿Quién te ha dado esa fuer¬za nueva? ¿Ella?

RICARDO.
- Ella. Hasta que no llegué a esta casa no supe de verdad lo que es una casa. Hasta que no co¬nocí a Estela no supe de verdad lo que es una mujer.

CABALLERO.
- Me lo temía. El amor... Siempre se me olvida ese pequeño detalle, y siempre es el que me hace perder.

RICARDO.
- ¿Qué esperas ahora?

CABALLERO.
- Nada... Ahora, todo lo que intentara contra ti ya sería inútil. Toma tu contrato. Lástima... Era un lindo negocio.

RICARDO.
- Pobre diablo. Te has quedado mustio, ¿eh?

CABALLERO.—(Con una melancolía elegante.)
- Oh, no tiene importancia. En una profesión tan difícil como la mía, imagínate si estaré acostumbrado al fracaso. Pero ninguno como éste. Vine a perder tu alma, y yo mismo te he puesto sin querer en el camino de la salvación. ¡Es para jubilarse de una vez! (Va lentamente hacia la puerta del huerto. Se detiene.) ¿Puedo pedirte un favor... de amigo a amigo?

RICARDO.
- Di.

CABALLERO.
- No le cuentes a nadie lo que ha pasado entre nosotros. A la gente le divierte verme siempre en ridículo; y los más hipócritas hasta serían ca¬paces de sacar una moraleja. ¿Prometido?

RICARDO.
- Prometido.

CABALLERO.
- Gracias. Buenas noches, Ricardo... Anderson... (Sale. Luz normal. Ricardo echa un vistazo al contrato, y lo tira arrugado sobre la mesa al sentir abrir la puerta. Vuelve Estela con la fatiga de quien ha cumplido un gran es¬fuerzo.)



RICARDO y ESTELA

RICARDO.
- ¿Hay alguna esperanza?

ESTELA.
- ¡Quién puede saberlo! El filo de la escollera le rasgó el pecho como un cuchillo. Pero Cristián es más fuerte que la misma roca. Ahora ya está tranquilo para esperarlo todo; la vida o la muer¬te. (Se sienta pesadamente.) ¡Nunca imaginé que una palabra sola tuviera tanta fuerza!

RICARDO.
- ¿Perdón?

ESTELA.
- Perdón. Parece que no es nada, y ¡qué almen¬dra de milagro lleva dentro! Creí que no iba a ser capaz de pronunciarla, y cuando se me cayó de los labios, como una fruta madura, no fue sólo a Cristián a quien devolvió la paz. Yo misma me sentí más limpia, más fuerte, con todos los nudos sueltos. (Se oye nuevamente el clamor de la sirena. Estela se levanta sobresaltada.) La sirena otra vez. ¿Qué espera? ¡Su barco está ya soltando amarras!

RICARDO.
- ¿Adónde voy a ir? Acabo de saber que he per¬dido toda mi fortuna. No tengo un país que me llame, ni un solo amigo que me espere.

ESTELA.
- ¡Pero su vida está allá!

RICARDO.
- Escúcheme, Estela. Ya no soy un extraño que viene a comprar el sueño por dinero. Ahora soy un hombre sin más riqueza que las manos, como se viene al mundo. Uno de los suyos. Déjeme tra¬bajar a su lado.

ESTELA.
- ¿Aquí? (Sin atreverse a creer.) No se engañe a sí mismo. ¿Cree que podría acostumbrarse a esta pobreza?

RICARDO.
- No hay nada que un hombre no sea capaz de hacer cuando una mujer le mira. ¿No lo sabe?

ESTELA.
- Lo sé. Esa es su gran fuerza.

RICARDO.
- La única fuerza que puede hacer salir al mar todas las barcas y plantar otra vez rosales en los huertos. (Le tiende las manos.) Estela... Tiene heladas las manos; está temblando.

ESTELA.
- No es nada. El primer día de sol siempre ha¬ce mas frío por la noche. Encenderemos juntos el fuego. (Viendo el contrato sobre la mesa.) ¿Le sirve ese papel?

RICARDO.
- No. Ya no.

ESTELA.
Gracias. (Lo prende en el farol y se arrodilla a encender el fuego. Ricardo se inclina junto a ella. Se oyen tres toques largos de sirena. Es el barco que se va. Telón final.)

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