viernes, febrero 23, 2007

JEAN PAUL SARTRE:LA MUJERZUELA RESPETUOSA


LA MUJERZUELA RESPETUOSA
JEAN PAUL SARTRE





PERSONAJES


LIZZIE

EL NEGRO

FRED

JOHN

JAMES

EL SENADOR

PRIMER HOMBRE

SEGUNDO HOMBRE

TERCER HOMBRE









DECORADO



Un cuarto amueblado en cualquier parte del Sur de los Estados Unidos. LA MUJERZUELA RESPETUOSA fue representada por primera vez en el Teatro Antoine (dirección Simone Berriau) el 8 de noviembre de 1946.

PRIMER CUADRO
Un cuarto en una ciudad americana del Sur. Paredes blan¬cas. Un diván. A la derecha una ventana, a la izquierda una puerta (cuarto de baño). Al fondo una pequeña antesala a la que da la puerta de entrada.


ESCENA I
LIZZIE - Luego EL NEGRO


(Antes de levantarse el telón, ruido de tormenta en escena. LIZZIE está sola, en mangas de camisa; maniobra con el aspirador. Llaman. LIZZIE vacila, mira hacia la puerta del cuarto de baño. Llaman de nuevo. Detiene el aspirador y va a entre-abrir la puerta del cuarto de baño.)



LIZZIE (a media voz). — Llaman, no te asomes. (Abre. El NEGRO aparece en el marco de la puerta. Es un negro grueso y alto, de pelo blanco. Permanece rígido.) ¿Qué pasa? Se habrá equivocado de dirección. (Una pausa.) ¿Pero qué quie¬re? Hable, hombre.
EL NEGRO (suplicante). — Por favor, señora, por favor.
LIZZIE. — ¿Qué? (Lo mira mejor.) Espera. ¿Eras tú el que estaba en el tren? ¿Pudiste escapar? ¿Cómo encontraste mi dirección?
EL NEGRO. — La busqué, señora. La busqué por todas partes (hace un movimiento para entrar.) ¡Por favor!
LIZZIE. — No entres: Tengo gente. ¿Pero qué quieres: EL NEGRO. — ¡Por favor!
LIZZIE. — ¿Pero qué? ¿Quieres dinero?
EL NEGRO. — No, señora. (Una pausa.) Por favor, dígale que no hice nada.
LIZZIE. - ¿A quién?
EL NEGRO. — Al juez. Dígaselo, señora. Por favor, dígaselo.
LIZZIE. — No diré absolutamente nada.
EL NEGRO. — ¡Por favor!
LIZZIE. — Absolutamente nada. Tengo bastantes líos en mi pro¬pia vida, no quiero cargar con los ajenos. Vete.
EL NEGRO. — Usted sabe que no hice nada. ¿Acaso hice algo?
LIZZIE. — No hiciste nada. Pero no iré a ver al juez. No quie¬ro saber nada con jueces ni con polizontes.
EL NEGRO. — Dejé a mi mujer y a mis hijos, di vueltas toda la noche. No puedo más.
LIZZIE. — Vete a la ciudad.
EL NEGRO. —Vigilan las estaciones.
LIZZIE. —¿Quiénes vigilan?
EL NEGRO. — Los blancos.
LIZZIE. — ¿Qué blancos?
EL NEGRO. — Todos los blancos. ¿No salió usted esta mañana?
LIZZIE. — No.
EL NEGRO. — Hay mucha gente en las calles. Jóvenes y viejos; se hablan sin conocerse.
LIZZIE. — ¿Qué quiere decir eso?
EL NEGRO. — Quiere decir que sólo me queda dar vueltas hasta que me atrapen. Cuando blancos que no se conocen se ponen a hablar entre sí, es que va a morir... un negro. (Una pausa.) Diga que no hice nada, señora. Dígaselo al juez; dígaselo a la gente del diario. Quizá lo publiquen. ¡Dígaselo, señora, dígalo! ¡Dígalo!
LIZZIE. — No grites. Tengo gente. (Una pausa.) En cuanto al diario, no lo esperes. No es el momento de hacerme señalar.
(Una pausa.) Si me obligan a declarar, te prometo que diré la verdad.
EL NEGRO. — ¿Les dirá que no hice nada?
LIZZIE. — Lo diré.
EL NEGRO. — ¿Me lo jura, señora?
LIZZIE. - Sí, sí.
EL NEGRO. — Por el buen Dios que nos está viendo.
LIZZIE. — ¡Oh! ¡Vete al infierno! Te lo prometo, que te baste con eso. (Una pausa.) ¡Pero vete! ¡Vete, hombre!
EL NEGRO (bruscamente). — ¡Por favor, escóndame!
LIZZIE. — ¿Esconderte?
EL NEGRO. — ¿No quiere, señora? ¿No quiere?
LIZZIE. — ¿Esconderte? ¿Yo? Toma. (Le da con la puerta en las narices.) Basta de historias. (Se vuelve hacia el cuarto de baño.) Puedes salir.
(FRED sale en mangas de camisa, sin cuello ni corbata.)

ESCENA II
LIZZIE - FRED
FRED. — ¿Quién era?
LIZZIE. — Nadie.
FRED. — Creí que era la policía.
LIZZIE. — ¿La policía? ¿Tienes alguna cuenta con la policía?
FRED. — No, mujer. Creí que era por ti.
LIZZIE (ofendida). — ¡Anda! ¡Nunca le quité un centavo a nadie!
FRED. — ¿Y nunca tuviste cuentas con la policía?
LIZZIE. — Nunca por robos, en todo caso.
(Se afana con el aspirador. Ruido de tormenta.)
FRED (irritado por el ruido). — ¡Ah!
LIZZIE (gritando para hacerse oír). — ¿Qué hay, querido mío?
FRED (gritando). — Me aturdes.
LiZZIE (gritando). — Termino en seguida. (Una pausa.) Yo soy así.
FRED (gritando). — ¿Cómo?
LIZZIE (gritando). --- Digo que soy así.
FRED (gritando). — ¿Así cómo?
LIZZIE (gritando). — Así. Por la mañana, es algo más fuerte que yo: tengo que tomar un baño y pasar el aspirador. (Deja el aspirador.)
FRED (señalando la cama). — Ya que estás, cubre eso.
LIZZIE. — ¿Qué?
FRED. — La cama. Te digo que la cubras. Huele a pecado.
LIZZIE. — ¿Pecado? ¿De dónde sacas lo que dices? ¿Eres pas¬tor?
FRED. — No. ¿Por qué?
LIZZIE. — Hablas como la Biblia. (Lo mira.) No, no eres pas¬tor; te cuidas demasiado. Muestra los anillos. (Con admira¬ción.) ¡Oh, vaya, vaya! ¿Eres rico?
FRED. - Sí.
LIZZIE. - ¿Muy rico?
FRED. — Mucho.
LIZZIE. — Mejor. (Le echa los brazos al cuello y le ofrece los labios.) Creo que es mejor para un hombre ser rico; eso da confianza.
(Él duda en besarla, luego se vuelve.)
FRED. — Cubre la cama,
LIZZIE. — Bueno. ¡Bueno, bueno! Voy a cubrirla. (La cubre, se ríe sola.) "Huele a pecado". A mí no se me hubiera ocurrido. Vamos, es tu pecado, querido. (Gesto de FRED.) Sí, sí; mío también. Pero yo tengo tantos en la conciencia .. . (Se sienta. sobre la cama y obliga a FRED a sentarse junto a ella.) Ven. Ven a sentarte sobre nuestro pecado. Era un hermoso pecado, ¿eh? Un lindo pecado. (Se ríe.) Pero no bajes los ojos. ¿Te doy miedo? (FRED la estrecha brutalmente contra sí.) ¡Me haces daño! ¡Me haces daño! (La suelta.) ¡Bicho raro! No tienes buena cara. (Una pausa.) Dime tu nombre. Será la primera vez. El apellido es muy raro que lo digan, y los comprendo. ¡Pero el nombre de pila! ¿Cómo .quieres que os distinga a unos de otros si no sé vuestros nombres? Dímelo, dímelo, querido.
FRED. — No.
LIZZIE. — Entonces será el señor Sin Nombre. (Se levanta.) Espera. Terminaré de arreglar. (Desplaza algunos objetos.) Así, así. Todo está en orden. Las sillas en círculo alrededor de la mesa: es más distinguido. ¿No conoces un vendedor de grabados? Quisiera poner figuras en la pared. Tengo una en la valija, linda. El cántaro roto, así se llama; es una mu¬chacha; ha roto el cántaro, la pobre. Es francesa.
FRED. — ¿Qué cántaro?
LIZZIE. —No sé; el cántaro de ella. Debía de tener un cán¬taro. Quisiera una vieja abuela para hacer juego. Tejiendo o contando una historia. a sus nietos. ¡Ah! Voy a correr las cortinas y abrir la ventana. (Lo hace.) ¡Qué buen tiempo! Un día que empieza. (Se estira.) ¡Ah! Me siento a mis an¬chas: el tiempo es bueno, tomé un buen baño, hice bien el amor; ¡qué bien estoy, qué bien me siento! Ven a ver mi calle; ¡ven! Tengo una hermosa vista. Sólo árboles, dan apariencia de riqueza. Dime, tuve suerte, ¿eh?; de entrada encontré un cuarto en los mejores barrios. ¿No vienes? ¿No te gusta tu ciudad?
FRED. - Me gusta desde mi ventana.
LIZZIE (bruscamente). — ¿No trae desgracia, por lo menos, ver un negro al despertar?
FRED. ¿Por qué?
LIZZIE. — Yo... hay uno que pasa por la acera de enfrente.
FRED. — Siempre trae desgracia ver negros. Los negros son el diablo. (Una pausa.) Cierra la ventana.
LIZZIE. - ¿No quieres que ventile?
FRED. — Te digo que cierres la ventana. Así. Y corre las cor¬tinas. Enciende de nuevo la luz.
LIZZIE. — ¿Por qué? ¿Por los negros?
FRED. — Imbécil.
LIZZIE. — Hay un lindo sol.
FRED. — Nada de sol aquí. Quiero que tu cuarto quede como estaba anoche. Cierra la ventana, te digo. El sol lo encontraré afuera.
(Se levanta, se le acerca y la mira.)
LIZZIE (vagamente inquieta). — ¿Qué hay?
FRED. — Nada. Dame la corbata:
LIZZIE. — Está en el cuarto de baño. (Sale, FRED abre rápida-mente los cajones de la mesa y burga. LIZZIE vuelve con la corbata.) ¡Aquí está! Espera. (Le hace el nudo.) ¿Sabes?, no me gusta trabajar con clientes de paso porque hay que ver demasiadas caras nuevas. Mi ideal sería ser una querida cos¬tumbre para tres o cuatro personas de cierta edad, uña el martes, otra el jueves, otra para el week-end. Te lo digo: eres un poco joven, pero tienes tipo serio; cuando te sientas ten¬tado... Bueno, bueno, no digo nada. ¡Lo pensarás! ¡Oh, oh! Eres lindo como el sol. Bésame, precioso; bésame en recom¬pensa. ¿No quieres besarme? (Él la besa brusca y brutalmen¬te, luego la rechaza.) ¡Uf!
FRED. — Eres el Diablo.
LIZZIE. — ¿Eh?
FRED. — Eres el Diablo.
LIZZIE. — ¡Otra vez la Biblia! ¿Qué te pasa?
FRED. — Nada. Estoy fastidiado.
LIZZIE. — Valiente manera tienes de fastidiarte. (Una pausa.) ¿Estás contento?
FRED. — ¿Contento por qué?
LIZZIE (lo imita sonriendo). — ¿Contento por qué? ¡Qué estú¬pido eres, nenito!
FRED. ¡Ah! Ah, sí. . . Muy contento. Muy contento. ¿Cuán¬to quieres?
LIZZIE. — ¿A qué viene eso? Te pregunto si estás contento, bien puedes contestarme amablemente. ¿Qué hay? ¿No es¬tás realmente contento? ¡Oh! Me sorprendería, ¿sabes?, me sorprendería.
FRED. — Cierra el pico.
LIZZIE. — Me apretabas fuerte, tan fuerte. Y además me dijiste bajito que me querías.
FRED. — Estabas borracha.
LIZZIE. — No.
FRED. — Sí, estabas borracha.
LIZZIE. — Te digo que no.
FRED. — En todo caso yo lo estaba. No recuerdo nada.
LIZZIE. — Es una lástima. Me desvestí en el cuarto de baño y cuando volví a tu lado te pusiste todo rojo, ¿no te acuer¬das? Lo mismo cuando dije: "Aquí está mi arañita". ¿No recuerdas que quisiste apagar la luz y que me amaste en la oscuridad? Me pareció amable y respetuoso. ¿No te acuer¬das?
FRED. — No.
LIZZIE. — ¿Y cuando jugábamos a los dos recién nacidos que están en la misma cuna? ¿De eso, te acuerdas?
FRED. — Te digo que cierres el pico. Lo que se hace de noche pertenece a la noche. De día, no se habla.
LIZZIE (desafiante). — ¿Y si me da la gana de hablar? Me di-vertí mucho, ¿sabes?
FRED. — ¡Ah! ¡Te divertiste mucho! (Se acerca a ella, le acari¬cia suavemente los hombros y cierra sus manos alrededor del cuello.) Siempre os divertís cuando creéis haber enredado a un hombre. (Una pausa.) Yo me olvidé de tu noche. Me ol¬vidé completamente. Vuelvo a ver el dancing, eso es todo. El resto lo recuerdas tú, sólo tú.
(Le aprieta el cuello.)
LIZZIE. — ¿Qué haces?
FRED. — Te aprieto el cuello.
LIZZIE. — Me lastimas.
FRED. — Sólo tú. Si apretara un poquito más, ya no habría nadie en el mundo para recordar esta noche. (La suelta.) ¿Cuánto quieres?
LIZZIE. — Si te has olvidado es porque trabajé mal. No quiero que pagues trabajo mal hecho.
FRED. — Nada de historias: ¿cuánto?
LIZZIE. — Escúchame: estoy aquí desde anteayer, tú eres el pri¬mero que me visita; al primero me entrego por nada; me traerá suerte.
FRED. — No necesito tus regalos.
(Deja un billete de diez dólares sobre la mesa.)
LIZZIE. - No quiero tu dinero, pero voy a ver cuánto me esti¬mas. ¡Espera que adivine! (Toma el billete y cierra los ojos.) ¿Cuarenta dólares? No. Es demasiado y además habría dos billetes. ¿Veinte dólares? ¿Tampoco? Entonces es que son más de cuarenta dólares. ¿Cincuenta? ¿Cien? (Durante todo este tiempo, FRED la mira riendo silenciosamente.) Paciencia, abriré los ojos. (Mira el billete.) ¿No te has equivocado?
FRED. — No lo creo.
LIZZIE. — ¿Sabes lo que me has dado?
FRED. — Sí.
LIZZIE — Llévatelo. Llévatelo en seguida. (Él lo rechaza con un gesto.) ¡Diez dólares! ¡Diez dólares! ¡Vete al infierno! ¡Muchachas como yo por diez dólares! ¿Viste mis piernas? (Se las muestra.) ¿Y mis senos, los viste? ¿Son senos de diez dólares? ¡Llévate el billete y lárgate antes de que pierda los estribos! ¡Diez dólares! El señor me besaba por todas partes, el señor quería empezar todo el tiempo, el señor me pidió que le contara mi infancia; y esta mañana, el señor se permitió malos humores, me pone una cara como si me pa¬gara por mes; ¿todo esto por cuánto? No por cuarenta, no por treinta, no por veinte: por diez dólares.
FRED. — Por una porquería es bastante.
LIZZIE. —¡Puerco serás tú! ¿De dónde has salido, patán? Tu madre debía de ser una buena arrastrada, si no te enseñó a respetar a las mujeres.
FRED. — ¿Vas a callarte?
LIZZIE. — ¡Una buena arrastrada! ¡Una buena arrastrada!
FRED (con voz blanca). — Un consejo, nenita: no hables demasiado a menudo de sus madres a los muchachos de aquí, si
no quieres que te estrangulen.
LIZZIE (acercándosele). — ¡Estrangúlame, entonces! ¡Estrangúla¬me a ver!
FRED (retrocediendo). — Estate tranquila. LIZZIE toma un jarrón de la mesa con la intención evidente de rompérselo en la cabeza.) Aquí tienes diez dólares más, pero quédate tran¬quila. ¡Quédate tranquila o te meto en chirona!
LIZZIE. — ¿Meterme tú en chirona?
FRED. — Yo.
LIZZIE. — ¿Tú?
FRED. — Yo.
LIZZIE. — No digas.
FRED. — Soy el hijo de Clarke.
LIZZIE: — ¿Qué Clarke?
FRED. — El senador.
LIZZIE — ¿De veras? Y yo soy la hija de Roosevelt.
FRED. — ¿Viste la cara de Clarke en los diarios?
LIZZIE — Sí... ¿Y qué?
FRED. — Aquí tienes. (Muestra una foto.) Estoy a su lado, se apoya en mi hombro.
LIZZIE (súbitamente calmada). — ¡Pero mira! ¡Qué bien está tu padre! Déjame ver.
(FRED le arranca la foto de las manos.)
FRED. - Ya basta.
LIZZIE. — ¡Qué bien está! ¡Parece tan justo, tan severo! ¿Es cierto lo que dicen, que su palabra es de miel? (Él no res¬ponde.) ¿El jardín es vuestro?
FRED. — Si.
LIZZIE. — Parece tan grande. Y las niñas que están en los si-
Rones, ¿son tus hermanas? (Él no responde.) ¿Está sobre la colina tu casa?
FRED. — Sí.
LIZZIE. — Entonces, por la mañana, cuando tomas el breakfast, ¿ves toda la ciudad desde; la ventana?
FRED. — Sí.
LIZZIE. — ¿Tocan la campana, a las. horas de las comidas, para llamaros? Bien podrías contestarme.
FRED. — Golpean un gong.
LIZZIE (extasiada.) — ¡Un gong! Te comprendo. A mí con una familia semejante y una casa semejante, tendrían que pagarme para que me levantara. (Una pausa.) Por lo de tu mamá, me disculpo; estaba enojada. ¿Está también en la foto?
FRED. — Te prohibí que me hablaras de ella.
LIZZIE. — Bueno, bueno. (Una pausa;) ¿Puedo hacerte una pre¬gunta? (Él no responde.) Si el amor te disgusta, ¿qué viniste a hacer a mi casa? (Él no responde, LIZZIE suspira.) ¡En fin! Mientras esté aquí, intentaré acostumbrarme a vuestro modo de ser.
(Una pausa. FRED se peina un poco delante del espejo.) FRED. — ¿Vienes del Norte?
LIZZIE. — Sí.
FRED. — ¿De Nueva York?
LIZZIE. — ¿Qué te importa?
FRED. — Hablaste de Nueva York hace un rato.
LIZZIE. — Todo el mundo puede hablar de Nueva York, eso no prueba nada.
FRED. — ¿Por qué no te quedaste allá?
LIZZIE. — Estaba hasta la coronilla.
FRED. — ¿Inconvenientes?
Por supuesto: los atraigo, hay naturalezas así. ¿Ves esta serpiente? (Le muestra el brazalete.) Trae mala pata.
FRED. — ¿Por qué te la pones?
LIZZIE. — Ahora que la tengo, debo llevarla. Parece que son terribles las venganzas de las serpientes.
FRED. — ¿Eres tú la que el negro quiso violar?
LIZZIE. — ¿Qué?
FRED. — ¿Llegaste en el rápido de las seis?
LIZZIE. — Sí.
FRED. — Entonces eres tú.
LIZZIE. — Nadie quiso violarme. (Se ríe con un poco de amar-gura.) ¡Violarme! ¿Te das cuenta?
FRED. — Eres tú; Webster me lo dijo ayer, en el dancing.
LIZZIE. — ¿Webster? (Una pausa.) ¡Entonces era por eso!
FRED. — ¿Qué?
LIZZIE. — Entonces era por eso que te brillaban los ojos. Te excitaba, ¿eh? ¡Cochino! Con un padre tan bueno.
FRED. — ¡Imbécil! (Una pausa.) Si pensara que te has acostado con un negro.. .
LIZZIE. — ¿Y qué?
FRED. — Tengo cinco criados de color. Cuando me llaman por teléfono y uno de ellos descuelga el aparato, lo limpia antes de tendérmelo.
LIZZIE (silbido admirativo). — ¡Ya veo!
FRED (suavemente). — No nos gustan mucho los negros, aquí. Ni las blancas que se divierten con ellos.
LIZZIE. — Suficiente. No tengo nada contra ellos, pero no qui¬siera que me tocaran.
FRED. — ¿Qué sabe uno? Eres el Diablo. El negro también es el Diablo.. . (Bruscamente.) ¿Y? ¿Quiso violarte?
LIZZIE. — ¿Pero qué te importa?
FRED. — Subieron dos a tu compartimiento. Al cabo de un momento se te echaron encima. Pediste socorro y llegaron unos blancos. Uno de los negros sacó la navaja y un blanco lo derribó de un tiro. ¡El otro negro escapó!
LIZZIE. — ¿Eso es lo que te contó Webster?
FRED. — Si.
LIZZIE. — ¿De dónde lo sabía?
FRED. — Toda la ciudad habla de eso.
LIZZIE. — ¿Toda la ciudad? Suerte la mía. ¿No tenéis nada más que hacer?
FRED — ¿Las cosas pasaron como lo dije?
LIZZIE. — Nada de eso. Los dos negros estaban tranquilos y hablaban entre sí; ni siquiera me miraron. Después subieron cuatro blancos y dos de ellos me acosaron. Acababan de ga¬nar un match de rugby, estaban borrachos. Dijeron que ha¬bía olor a negro y quisieron echar a los negros por la por¬tezuela. Los otros se defendieron como pudieron; por fin un blanco recibió un puñetazo en el ojo; entonces sacó el revól¬ver y disparó. Eso es todo. El otro negro saltó del tren al llegar a la estación.
FRED. — Es conocido. No perderá nada con esperar. (Una pau¬sa.) Cuando te llame el juez, ¿contarás esta historia?
LIZZIE. — ¿Pero qué puede importarte?
FRED. — Responde.
LIZZIE. — No iré a ver al juez. Te digo que me horrorizan las complicaciones.
FRED. — No tendrás más remedio que ir.
LIZZIE. — No iré. No quiero tener más cuestiones. con la po¬licía.
FRED. - Vendrán a buscarte.
LIZZIE. — Entonces diré lo que vi.
(Una pausa.)
FRED. — ¿Te das cuenta de lo que vas a hacer?
LIZZIE. — ¿Qué es lo que voy a hacer?
FRED. — Vas a declarar contra un blanco por un negro.
LIZZIE. — Si es el blanco el culpable.
FRED. — No es culpable.
LIZZIE. — Si ha matado, es culpable.
FRED. — ¿Culpable de qué?
LIZZIE. — ¡De haber matado!
FRED. — Pero ha matado a un negro.
LIZZIE. - ¿Y qué?
FRED. — Si hubiera culpa cada vez que se mata a un negro...
LIZZIE. — No tenía derecho.
FRED. - ¿Qué .derecho?
LIZZIE. — No tenía derecho.
FRED. — Tu derecho viene del Norte. (Una pausa.) Culpable o no, no puedes hacer castigar a un tipo de tu raza.
LIZZIE. — Yo no quiero hacer castigar a nadie. Me preguntarán lo que he visto y lo diré.
(Una pausa. FRED se le acerca.)
FRED. — ¿Qué hay entre tú y el negro? ¿Por qué lo proteges?
LIZZIE. — Ni siquiera lo conozco.
FRED. - ¿Y entonces?
LIZZIE. — ¡Quiero decir la verdad!
FRED. — ¡La verdad! ¡Una ramera de diez dólares que quiere decir la verdad! No hay verdad; hay blancos y negros, eso es todo. Diecisiete mil blancos, veinte mil negros. No esta¬mos en Nueva York, aquí; no tenemos el derecho de bromear. (Una pausa.) Thomas es mi primo.
LIZZIE. — ¿Qué?
FRED. — Thomas, el tipo que mató: es mi primo.
LIZZIE (impresionada). — ¿Eh?
FRED. — Es un hombre de bien. Para ti no significará gran cosa, pero es un hombre de bien.
LIZZIE. — Un hombre de bien que se arrimaba todo el tiempo a mí y trataba de levantarme las faldas. ¡Vaya con el hom¬bre de bien! No me asombra que seáis de la misma familia.
FRED (levantando la mano). — ¡Porquería! (Se contiene.) Tú eres el Diablo; con el Diablo sólo se puede hacer el mal. Te' levantó las faldas, baleó a un negro sucio, lindo asunto; son gestos que se hacen sin pensar, no importan. Thomas es un jefe, eso es lo que importa.
LIZZIE. — Es posible. Pero el negro no hizo nada.
FRED. — Un negro siempre ha hecho algo.
LIZZIE. — Jamás entregaré un hombre a la policía.
FRED. — Si no es él, será Thomas. De todas maneras, entre¬garás a uno. Te corresponde elegir.
LIZZIE. — Y ahí está. Metida en la basura hasta el cuello; para cambiar. (Al brazalete.) ¡Porquería, podredumbre, siempre lo mismo! (Lo arroja al suelo.)
FRED. — ¿Cuánto quieres?
LIZZIE. — No quiero un centavo.
FRED. - Quinientos dólares.
LIZZIE. — Ni un centavo.
FRED. — Necesitarás mucho más de una noche para ganar qui¬nientos dólares.
LIZZIE. — Sobre todo si trato con tacaños como tú. (Una pau¬sa.) Entonces, ¿por eso me hiciste señas anoche?
FRED. — ¡Vaya!
LIZZIE. -- Así que era por eso. Te dijiste: ahí está la chica, la acompañaré a su casa y la obligaré a decidirse. ¡Así que era por eso! Me sobabas las manos pero estabas frío como el hielo, pensabas: ¿cómo se lo diré? (Una pausa.) Pero dime, muchachito... Si subiste para proponerme tu negocio no tenías necesidad de acostarte conmigo. ¿Eh? ¿Por qué te acostaste conmigo, cochino? ¿Por qué te acostaste conmigo?
FRED. — Al diablo si lo sé.
LIZZIE (se desploma llorando sobre una silla). — ¡Cochino! ¡Cochino! ¡Cochino!
FRED. — ¡Quinientos dólares! ¡No chilles, Dios! ¡Quinientos dólares! ¡No chilles! ¡No chilles! ¡Vamos, Lizzie! ¡Lizzie'. ¡Sé razonable! ¡Quinientos dólares!
LIZZIE (sollozando). — No soy razonable. ¡No quiero tus qui¬nientos dólares, no quiero levantar falso testimonio! ¡Quiero volver a Nueva York, quiero irme! ¡Quiero irme! (Llaman. Ella se interrumpe en seco. Llaman otra vez. En voz baja.) ¿Quién es? Cállate. (Largo timbrazo.) No abriré. Quédate tranquilo.
(Golpes en la puerta.)
UNA VOZ. — Abra. La Policía.
LIZZIE (en voz baja). — Los polizontes. Tenía que suceder. (Muestra el brazalete.) Es por él. (Se agacha y vuelve a ponérselo en el brazo.) Todavía será preferible que lo guarde. Escóndete.
(Golpes en la puerta.)
LA VOZ. ¡La Policía!
LIZZIE. — Pero escóndete, hombre. Vete al cuarto de baño. (FRED no se mueve. Ella lo empuja con todas sus fuerzas. ¡Pero vete! ¡Vete, hombre!
LA VOZ. — ¿Estás ahí, Fred? ¿Fred? ¿Estás ahí? FRED. — ¡Estoy aquí!
(La rechaza; ella lo mira con estupor.)
LIZZIE. — Entonces era por eso.
(FRED va a abrir, JOHN y JAMES entran.)

ESCENA III
LOS MISMOS - JOHN y JAMES

(La puerta de entrada permanece abierta.)
JoHN. — La policía. ¿Lizzie Mac Kay, eres tú?
LIZZIE (sin oírlo, continúa mirando a FRED). — ¡Era por eso! JOHN (sacudiéndola por el hombro.) — Responde cuando te hablan.
LIZZIE. — ¿Eh? Sí, soy yo.
JOHN. — Tus papeles.
LIZZIE (se ha dominado, duramente). — ¿Con qué derecho me interroga? ¿Qué vienen a hacer en mi casa? (JOHN muestra la estrella.) Cualquiera puede ponerse una estrella. Ustedes son compañeros del señor y se han puesto de acuerdo para hacerme cantar.
(JOHN le mete una credencial debajo de las narices.)
JOHN. — ¿Conoces esto?
LIZZIE (señalando a JAMES). — ¿Y él?
JOHN (a JAMES). — Muestra tu credencial. (JAMES la muestra. LIZZIE la mira, luego se dirige a la mesa sin decir nada, saca papeles y los entrega. Señalando a FRED.) ¿Lo trajiste a tu
casa, anoche? ¿Sabes que la prostitución es un delito?
LIZZIE. — ¿Están seguros de que tienen derecho a entrar sin mandato, en casa de la gente? ¿No temen que les haga líos?
JOHN. — No te preocupes por nosotros. (Una pausa.) Te preguntan si lo trajiste a tu casa.
(LIZZIE ha cambiado desde que entraron los policías. Se ha vuelto más dura y más vulgar.)
LIZZIE. — No se expriman el seso. Por supuesto que lo traje a mi casa. Sólo que hice el amor gratis. ¿Terminamos?
FRED. — Encontraréis dos billetes de diez dólares sobre la mesa. Son míos.
LIZZIE. - Pruébalo,
FRED (sin mirarla, a los otros dos). — Los saqué del banco ayer a la mañana, con otros veintiocho de la misma serie. No tendréis más que verificar los números.
LIZZIE (violentamente). — Los rechacé. Rechacé ese dinero su¬cio. Se lo arrojé a la cara.
JOHN. — Si los rechazaste, ¿cómo es que se encuentran sobre la mesa?
LIZZIE (después de un silencio). — Estoy avivada. (Mira a FRED con una especie de estupor, y con voz casi dulce.) ¿Entonces era por eso? (A los otros.) ¿Y? ¿Qué quieren de mí?
JOHN. — Siéntate. (A FRED.) ¿La pusiste al tanto? (FRED hace una señal con la cabeza.) Te digo que te sientes. (La em¬puja a un sillón.) El juez está de acuerdo en soltar a Tho¬mas si tiene tu declaración escrita. La han redactado para ti, no tienes más que firmar. Mañana te interrogarán según las reglas. ¿Sabes leer? (LIZZIE se encoge de hombros, él le tien¬de el papel.) Lee y firma.
LIZZIE. — Es falso de una punta a la otra.
JOHN. — Es posible. ¿Y qué?
LIZZIE. — No firmaré.
FRED. — Ponedla a la sombra. (A LIZZIE.) Son dieciocho meses.
LIZZIE. — Dieciocho meses, sí. Y cuando salga, la pagas con el pellejo.
FRED. — No, si puedo evitarlo. (Se miran.) Deberían telegrafiar a Nueva York; creo que ha tenido engorros allá.
LIZZIE (con admiración). — Eres cochino como una mujer. Nun¬ca hubiera creído que un tipo podía ser tan cochino.
JOHN. — Decídete. Firmas o te pongo a la sombra.
LIZZIE. — Prefiero estar a la sombra. No quiero mentir.
FRED. — ¡Mentir no, pendanga! ¿Y qué hiciste toda la noche? Cuando me llamabas querido, amor mío, mi hombrecito, ¿no mentías? Cuando suspirabas para hacer creer que te hacía gozar, ¿no mentías?
LIZZIE (desafiante). — Así quedarías bien, ¿eh? No, no mentía. (Se miran. FRED aparta los ojos.)
FRED. — Acabemos. Aquí está mi estilográfica. Firma.
LIZZIE. — Puedes guardártela.
(Un silencio. Los tres hombres están turbados.)
FRED. — ¡Y ahí está! ¡A dónde hemos llegado! Es el mejor de la ciudad y su suerte depende de los caprichos de una chica. (Camina de una punta a la otra de la habitación, luego se vuelve bruscamente junto a LIZZIE.) Míralo. (Le muestra una foto.) Has visto hombres en tu perra vida. ¿Hay muchos que se le parezcan? Mira esa frente, mira ese mentón, mira esas medallas sobre el uniforme. No, no: no apartes los ojos. Llega hasta el fin: es tu víctima, tienes que mirarla de frente. ¡Ya ves qué porte joven, qué aspecto orgulloso tiene, qué guapo es! Quédate tranquila; cuando salga de la cárcel, después de diez años, estará más arruinado que un viejo, habrá perdido el pelo y los dientes. Puedes estar contenta, es un lindo trabajo. Hasta ahora escamoteabas el dinero de los bolsillos; esta vez, elegiste el mejor y le quitas la vida. ¿No dices nada? ¿Estás podrida hasta los huesos? (La tira de rodillas.) ¡De rodillas, perra! ¡De rodillas delante del retrato del hombre al que quie¬res deshonrar!
(CLARKE entra por la puerta que han dejado abierta.)

ESCENA IV
LOS MISMOS y EL SENADOR

EL SENADOR. - Déjala. (A LIZZIE.) Levántese.
FRED. - ¡Helio!
JOHN. — ¡Helio!
EL SENADOR. - ¡Helio! ¡Helio!
JOHN (a LIZZIE). — Es el senador Clarke.
EL SENADOR (a LIZZIE). - ¡Helio!
LIZZIE. — ¡Helio!
EL SENADOR. - Bueno. Ya han terminado las presentaciones. (Mirando a LIZZIE.) Así que ésta es la muchacha. Tiene un aire muy simpático.
FRED. - No quiere firmar.
EL SENADOR. - Tiene perfecta razón. Entráis en su casa sin derecho. (A un gesto de JOHN, con fuerza.) Sin el menor derecho; la brutalizáis, y queréis hacerla hablar contra su conciencia. Ésos no son procedimientos americanos. ¿El ne¬gro la ha violentado, hija mía?
LIZZIE. — No.
EL SENADOR. — Perfecto. Eso está claro. Míreme a los ojos. (La mira.) Estoy seguro de que no miente. (Una pausa.) ¡Po¬bre Mary! (A los otros.) Bueno, muchachos, venid. No tene¬mos nada más que hacer aquí. Sólo nos queda disculparnos de la señorita.
LIZZIE. - ¿Quién es Mary?
EL SENADOR. — ¿Mary? Es mi hermana, la madre del infortu¬nado Thomas. Una pobre y querida vieja que morirá. Adiós, hija mía.
LIZZIE. — ¡Senador!
EL SENADOR. - ¿Hija mía?
LIZZIE. — Lo lamento.
EL SENADOR. - ¿Qué es lo que hay que lamentar si ha dicho usted la verdad?
LIZZIE. — Lamento que sea... esa verdad.
EL SENADOR. Nada podemos ni el uno ni el otro y nadie tiene el derecho de pedirle un falso testimonio. (Una pausa.) No. No piense más en ella.
LIZZIE. - ¿En quién?
EL SENADOR. — En mi hermana. ¿No pensaba usted en mi her¬mana?
LIZZIE. — Sí:
EL SENADOR. — Veo claro en usted, hija mía. ¿Quiere que le diga lo que pasa por su cabeza? (Imitando a LIZZIE.) "Si yo firmara, el senador iría a verla a su casa y le diría: «Lizzie Mac Kay es una buena mujer, ella te devuelve a tu hijo». Y- son-reiría a través de las lágrimas y diría: ¿Lizzie Mac Kay? No olvidaré este nombre». Y habría una viejecita muy sencilla que pensaría en mí en su gran casa, 'habría una madre ameri¬cana que me adoptaría en su corazón, a mí, que no tengo fa¬milia y a quien el destino ha desterrado de la sociedad". Pobre Lizzie, no lo piense más.
LIZZIE. — ¿Tiene el pelo blanco?
EL SENADOR. — Completamente blanco, Pero el rostro sigue joven. Y si conociera su sonrisa ... No sonreirá nunca más. Adiós. Mañana dirá la verdad al juez.
LIZZIE. — ¿Se marcha usted?
EL SENADOR. — Pues sí; voy a casa de mi hermana. Tengo que contarle nuestra conversación.
LIZZIE. — ¿Ella sabe que está usted aquí?
EL SENADOR. - Vine a instancias suyas.
LIZZIE. — ¡Dios mío! ¿Y está esperando? Y usted le dirá que me negué a firmar. ¡Cómo va a detestarme!
EL SENADOR (poniéndole las manos sobre los hombros). — Mi pobre niña, no quisiera verme en su lugar.
LIZZIE. — ¡Qué historia! (Al brazalete.) Eres tú, porquería, la causa de toco.
EL SENADOR. - ¿Cómo?
LIZZIE. — Nada. (Una pausa.) En el punto a que han llegado las cosas, es una desgracia que el negro no me haya violado de verdad.
EL SENADOR (emocionado). - Hija mía.
LIZZIE (tristemente). -- Para usted hubiera sido un gusto tan grande y a mí me hubiera costado tan poco.
EL SENADOR, — ¡Gracias! (Una pausa.) Cómo quisiera ayudarla. (Una pausa.) Ay, la verdad es la verdad.
LIZZIE (tristemente). - Claro que sí.
EL SENADOR. — Y la verdad es que el negro no ha querido violarla.
LIZZIE (el mismo juego). — Claro que sí.
EL SENADOR.' — Sí. (Una pausa.) Por supuesto, se trata aquí de una verdad de primer grado.
LIZZIE (sin comprender). De primer grado...
EL SENADOR. — Sí, quiero decir, una verdad... popular.
LIZZIE. — ¿Popular? ¿No es la verdad?
EL SENADOR. — Sí, sí, es la verdad. Sólo que... hay varias cla¬ses de verdad.
LIZZIE. — ¿Piensa usted que el negro me ha violado?
EL SENADOR. — No. No, no la ha violado. Desde cierto punto de vista, no la ha violado en absoluto. Pero mire usted, yo soy un hombre que ha vivido mucho, que se ha equivocado a menudo y que, desde hace unos años, se equivoca un po¬quito menos. Y mi opinión sobre todo es diferente de la • suya.
LIZZIE. — ¿Pero qué opinión?
EL SENADOR. — ¿Cómo explicárselo? Escuche: imaginemos que la Nación americana se le apareciera de pronto. ¿Qué le diría a usted?
LIZZIE (aterrada). — Supongo que no tendría gran cosa que de¬cirme.
EL SENADOR. — ¿Es usted comunista?
LIZZIE. — ¡Qué horror; no!
EL SENADOR. — Entonces la Nación tiene mucho que decirle. Le diría: "Lizzie, has llegado a un punto en que te es pre¬ciso escoger entre dos de mis hijos. Es preciso que uno o el otro desaparezca. ¿Qué se hace en casos parecidos? Se conserva el mejor. Pues bien, busquemos quién es mejor. ¿Quieres?".
LIZZIE. — Ya lo creo. ¡Oh, perdón! Creí que era usted el que hablaba.
EL SENADOR. — Hablo en su nombre. (Prosigue.) "Lizzie, ese negro al que proteges, ¿para qué sirve? Ha nacido al azar, Dios sabe dónde. Lo he nutrido y él, ¿qué hace por mí en cambio? Absolutamente nada; vagabundea, ratea, canta, se compra trajes rosa y verde. Es mi hijo, y lo amo igual que a mis otros hijos. Pero te lo pregunto: ¿lleva una vida de hom¬bre? Ni siquiera me daría cuenta de su muerte".
LIZZIE. — Qué bien habla usted.
EL SENADOR (enlazando): — "El otro, por el contrario, ese Tho¬mas, ha matado a un negro, y eso está muy mal. Pero lo necesito. Es un americano cien por cien, descendiente de una de nuestras familias más viejas, ha hecho sus estudios en Harvard, es oficial —me hacen falta oficiales—, emplea dos mil obreros en su fábrica —dos mil desocupados si llegara a morir—, es un jefe, una sólida defensa contra el comunismo. el sindicalismo y los judíos. Tiene el deber de vivir y tú tienes el deber de conservarle la vida. Eso es todo. Ahora, elige".
LIZZIE. — Qué bien habla usted.
EL SENADOR. — ¡Elige!
LIZZIE (sobresaltándose). — ¿Eh? Ah, sí... (Una pausa.) Me ha embarullado, ya no sé dónde estoy.
EL SENADOR. — Míreme, Lizzie. ¿Tiene usted confianza en mí ?
LIZZIE. — Sí, senador.
EL SENADOR. — ¿Cree que puedo aconsejarle una mala acción?
LIZZIE. — No, senador.
EL SENADOR. — Entonces hay que firmar. Aquí está mi pluma.
LIZZIE. — ¿Cree usted que estará contenta de mí?
EL SENADOR. — ¿Quién?
LIZZIE. — Su hermana.
EL SENADOR. La amará desde lejos como a una hija.
LIZZIE. — ¿Tal vez me envíe flores?
EL SENADOR. — Tal vez.
LIZZIE. — O su foto con un autógrafo.
EL SENADOR. — Es muy posible.
LIZZIE. — La colgaré en la pared. (Una pausa. Camina, agitada., ¡Qué historia! (Volviendo hacia el SENADOR.) ¿Qué le harán al negro, si firmo?
EL SENADOR. --¿Al negro? ¡Bah! (La toma por los hombros.) Si firmas, toda la ciudad te adopta. Toda la ciudad. Todas las madres de la ciudad.
LIZZIE. — Pero...
EL SENADOR. — ¿Crees que una ciudad entera puede equivocar-se? ¿Una ciudad entera, con sus pastores y sus curas, con sus médicos, sus abogados y sus artistas, con su alcalde y sus ayu¬dantes y sus asociados de beneficencia? ¿Lo crees?
LIZZIE. — No. No. No.
EL SENADOR. — Dame la mano. (La obliga a firmar.) Ya está. Te lo agradezco en nombre de mi hermana y de mi sobrino, en nombre de los diecisiete mil blancos de nuestra ciudad, en nombre de la Nación americana a la que represento en estos lugares. Tu frente. (La besa en la frente.) Vosotros, ve¬nid. (A LIZZIE.) Volveré a verte esta noche; tenemos que se¬guir hablando.
(Sale.)
FRED (saliendo). — Adiós, Lizzie.
LIZZIE — Adiós. (Salen. Ella se queda aplastada: luego se pre¬cipita hacia la puerta.) ¡Senador! ¡Senador! ¡No quiero! ¡Rompa el papel! ¡Senador! (Vuelve a la escena, toma el as¬pirador maquinalmente.) ¡La, Nación americana! (Establece contacto.) Tengo la impresión de que me han estafado.
(Maneja el aspirador con rabia.)
TELÓN


SEGUNDO CUADRO
El mismo decorado, doce horas más tarde. Las lámparas están encendidas, las ventanas abiertas a la noche. Rumores crecientes. El NEGRO aparece en la ventana, salta su marco y se mete en la habitación desierta. Llega al centro de la escena. Llaman. Se esconde detrás de una cortina. LIZZIE sale del cuarto de baño, va basta la puerta de entrada, abre.

ESCENA I
LIZZIE - EL SENADOR - EL NEGRO escondido

LIZZIE. — ¡Entre! (EL SENADOR entra.) ¿Y?
EL SENADOR. — Thomas está en brazos de su madre. Vengo a traerle su agradecimiento.
LIZZIE. — ¿Es feliz?
EL SENADOR. — Completamente feliz.
LIZZIE. — ¿Lloró?
EL SENADOR. — ¿Llorar? ¿Por qué? Es una mujer fuerte.
LIZZIE.— Usted me dijo que lloraría.
EL SENADOR. — Es una manera de decir.
LIZZIE. — No se lo esperaba, ¿eh? Creía que yo era una mala mujer y que declararía a favor del negro.
EL SENADOR. — Se había confiado a las manos de Dios.
LIZZIE. — ¿Qué piensa de mí?
EL SENADOR. — Le da las gracias.
LIZZIE. — ¿No preguntó cómo era yo?
EL SENADOR. — No.
LIZZIE. — ¿Considera que soy una buena mujer?
EL SENADOR. — Piensa que ha cumplido usted con su deber.
LIZZIE. — ¿Ah, sí?....
EL SENADOR. — Míreme, Lizzie. (La toma por los hombros.) ¿Continuará usted cumpliéndolo? ¿No querrá decepcionarla?
LIZZIE. — No se aflija. Ya no puedo rectificar lo que dije, me taparían la boca. (Una pausa.) ¿Qué son esos gritos?
EL SENADOR. — Nada.
LIZZIE. — No puedo soportarlos más. (Va a cerrar la ventana.) Senador...
EL SENADOR. — ¿Hija mía?
LIZZIE. — ¿Está usted seguro de que no nos hemos equivoca-do, de que hice lo que debía?
EL SENADOR. — Absolutamente seguro.
LIZZIE. — Ya no me entiendo; usted me ha embarullado; piensa demasiado rápido para mí. ¿Que hora es?
EL SENADOR. - Las once.
LIZZIE. — Ocho horas aún antes del día. Siento que no podré cerrar los ojos. (Una pausa.) Las noches son tan calurosas como los días. (Una pausa.) ¿Y el negro?
EL SENADOR. — ¿Qué negro? Ah, bueno, pues lo están bus¬cando.
LlZZIE. — ¿Qué le harán? (El SENADOR se encoge de hombros, los gritos aumentan. LIZZIE se acerca a la ventana.) ¿Pero qué son esos gritos? Hay hombres que pasan con linternas eléctricas y perros. ¿Es un desfile de antorchas? 0... ¡Díga¬me qué es, senador! ¡Dígame qué es!
EL SENADOR (sacando una carta del bolsillo). — Mi hermana me ha encargado que le entregue esto.
LIZZIE (vivamente). — ¿Me ha escrito? (Rompe el sobre, saca un billete de cien dólares, revisa para encontrar una carta, no la encuentra, arruga el sobre y lo arroja al suelo. Su voz cambia.) Cien dólares. Usted ha de estar contento: su hijo me había prometido quinientos, es una linda economía.
EL SENADOR. - Hija mía.
LIZZIE. — Agradecerá usted a su señora hermana. Le dirá que hubiera preferido un jarrón o medias de nylon, alguna cosa que ella se hubiera tomado el trabajo de elegir. Pero lo que importa es la intención, ¿verdad? (Una pausa.) Sí que me embaucó usted.
(Se miran. El SENADOR se acerca.)
EL SENADOR. — Se lo agradezco, hija mía; conversaremos un poco a solas. Atraviesa usted una crisis moral y necesita mi apoyo.
LIZZIE. — Sobre todo necesito dinero, pero creo que usted y yo nos arreglaremos. (Una pausa.) Hasta hoy había preferi¬do a los viejos por su aire respetable, pero empiezo a pre¬guntarme si no son todavía más marranos que los otros.
EL SENADOR (divertido). — ¡Marranos! Quisiera que mis colegas la oyeran. ¡Qué naturalidad deliciosa! ¡Hay algo en usted que los desórdenes no han gastado! (La acaricia.) Sí. Sí. Algo. (Ella se deja hacer, pasiva y desdeñosa.) Volveré, no me acompañe.
(Sale. LIZZIE permanece clavada en su sitio pero toma el billete, lo estruja, lo tira al suelo, se deja caer en la lejanía. El NEGRO sale de su escondite. Se planta delante de ella. LIZZIE levanta la cabeza y lanza un grito.)

ESCENA II
LIZZIE - EL NEGRO

LIZZIE. — ¡Ah! (Una pausa. Se levanta.) Estaba segura de que vendrías. Estaba segura. ¿Por dónde entraste?
EL NEGRO. - Por la ventana.
LIZZIE. - ¿Qué quieres?
EL NEGRO. - Escóndame.
LIZZIE. — Te dije que no.
EL NEGRO. — ¿Los oye, señora?
LIZZIE. — Sí.
EL NEGRO. - La caza del negro ha empezado.
LIZZIE. - ¿Qué caza?
EL NEGRO. -- La caza del negro.
LIZZIE. — ¡Ah! (Una larga pausa.) ¿Estás seguro de que no te vieron entrar?
EL NEGRO. --Seguro.
LIZZIE. - ¿Qué te harán, si te pescan?
EL NEGRO. — Nafta.
LIZZIE. — ¿Qué?
EL NEGRO. — Nafta. (Hace un ademán explicativo.) Me pegarán fuego.
LIZZIE. — Ya veo. (Se dirige a la ventana y corre las cortinas.) Siéntate. (El NEGRO se deja caer en una silla.) Tenías que ve¬nir a mi casa. ¿Pero no terminará nunca? (Se le acerca, ame¬nazadora.) Les tengo horror a los líos, ¿comprendes? (Pata¬leando.) ¡Horror! ¡Horror! ¡Horror!
EL NEGRO. — Creen que le hice daño, señora.
LIZZIE. — ¿Y qué?
EL NEGRO. - No vendrán a buscarme aquí.
LIZZIE. — ¿Sabes por qué te cazan?
EL NEGRO. — Porque creen que le hice daño.
LIZZIE. — ¿Sabes quién se lo ha dicho?
EL NEGRO. — No.
LIZZIE. — Yo. (Largo silencio. El NEGRO la mira.) ¿Qué te parece?
EL NEGRO. — ¿Por qué lo hizo, señora? Oh, ¿por qué lo hizo?
LIZZIE. — Yo también me lo pregunto.
EL NEGRO. — No tendrán compasión; me azotarán en los ojos, me echarán latas de nafta. ¡Oh! ¿Por qué lo hizo? Yo no le hice daño.
LIZZIE. Oh, sí, me hiciste daño. ¡No puedes saber hasta qué punto me hiciste daño! (Una pausa.) ¿No tienes ganas de es¬trangularme?
EL NEGRO. — Muchas veces obligan a la gente a decir lo con¬trario de lo que piensa.
LIZZIE. — Sí. Muchas veces. Y cuando no pueden obligarlos, los embrollan con sus discursos. (Una pausa.) ¿Y? ¿No? ¿No me estrangulas? Eres de buena índole. (Una pausa.) Te es¬conderé hasta mañana a la noche. (El NEGRO hace un movi¬miento.) No me toques; no me gustan los negros. (Gritos y disparos fuera.) Se acercan. (Se dirige. a la ventana, aparta las cortinas y mira la calle.) ¡Estamos aviados!
EL NEGRO. — ¿Qué hacen?
LIZZIE. — Han puesto centinelas en las dos esquinas y regis¬tran todas las casas. Tenías que venir aquí. Seguramente alguien te vio entrar en la calle. (Mira de nuevo.) Ya está. Nos toca a nosotros. Suben.
EL NEGRO. - ¿Cuántos son?
LIZZIE. — Cinco o seis. Los otros esperan abajo. (Vuelve hacia él.) No tiembles. ¡No tiembles, por Dios! (Una pausa, al bra¬zalete.) ¡Serpiente cochina! (Lo arroja al suelo y lo patea) ¡Porquería! (Al NEGRO.) Tenías que venir aquí. (El NEGRO se levanta y hace un movimiento para marcharse.) Quédate. Si sales, estás listo.
EL NEGRO. — Los techos.
LLZZIE. -- ¿Con esta luna? Puedes ir, si te sientes con ganas de servir de blanco. (Una pausa.) Esperemos. Hay dos pisos que registrar .antes del nuestro. Te digo que no tiembles. (Largo silencio. Camina de una punta a la otra. El NEGRO perma¬nece abrumado en la silla.) ¿No tienes armas?
EL NEGRO. - Oh, no.
LIZZIE. — Bueno.
(Hurga en un cajón y saca un revólver.)
EL NEGRO. - ¿Qué quiere usted hacer señora?
LIZZIE. — Voy a abrirles la puerta y les rogaré que entren. Hace veinticinco años que me engatusan con sus ancianas madres de cabellos blancos y los héroes de la guerra y la Nación americana. Pero he comprendido. No me estafarán hasta el final. Abriré la puerta y les diré. "Está ahí. Está ahí pero no hizo nada; me han sonsacado un falso testimonio. juro por Dios que no hizo nada".
EL NEGRO. — No le creerán.
LIZZIE. — Es posible. Es posible que no me crean; entonces los apuntarás con el revólver, y si no se van, dispararás.
EL NEGRO. -- Vendrán otros.
LIZZIE. — Dispararás también a los otros. Y si ves al hijo del senador, trata de no errar, porque él fue quien lo tramó todo. Estamos acorralados, ¿no? Y de todos modos, es nues¬tra última historia porque te aseguro que si te encuentran en mi casa no doy un centavo por mi piel. Por lo tanto, es preferible reventar en numerosa compañía. (Le tiende el re¬vólver.) ¡Tómalo! Te digo que lo tomes.
EL NEGRO. — No puedo, señora.
LIZZIE. — ¿Qué?
EL NEGRO. — No puedo disparar contra blancos.
LIZZIE. — ¡De veras! Ellos se enfadarán.
EL NEGRO. — Son blancos, señora.
LIZZIE. — ¿Y qué? ¿Porque son blancos tienen el derecho de sangrarte como a un cerdo?
EL NEGRO. - Son blancos.
LIZZIE. — ¡Imbécil! Mira, te pareces a mí, eres tan bobalicón como yo. En fin, si todo el mundo está de acuerdo...
EL NEGRO. — ¿Por qué no dispara usted, señora?
LIZZIE. — Te digo que soy una bobalicona. (Se oyen pasos en la escalera.) Ahí están. (Risa breve.) Poner buena cara. (Una pausa.) Métete en el cuarto de baño. Y no te muevas. Con¬tén la respiración.
(El NEGRO obedece, LIZZIE espera. Campanillazo, se persig¬na, recoge el brazalete y va a abrir. Hombres con fusiles.)

ESCENA III
LIZZIE - TRES HOMBRES

PRIMER HOMBRE. - Buscamos al negro.
LLZZIE. — ¿Qué negro?
PRIMER HOMBRE. — El que violó a una mujer en el tren e hirió al sobrino del senador a navajazos.
LIZZIE. — Por Dios, no es en mi casa donde deben buscarlo. (Una pausa.) ¿No me reconocen?
SEGUNDO HOMBRE. — Sí, sí, sí. Yo la vi bajar del tren ante-ayer.
LIZZIE. — Perfecto. Porque fue a mí a quien violó, ¿compren-den? (Rumor. La miran con ojos llenos de estupor, codicia y una especie de horror. Retroceden ligeramente.) Si se pre¬senta por aquí, probará esto.
(Los hombres ríen.)
UN HOMBRE. -- ¿No tiene ganas de verlo colgar?
LIZZIE. — Vengan a buscarme cuando lo encuentren.
UN HOMBRE. — No tardará mucho, mi terroncito de azúcar: sabemos que está escondido en esta calle.
LIZZIE. — Buena suerte.
(Salen. Ella cierra la puerta. Va a depositar el revólver sobre la mesa.)
ESCENA IV
LIZZIE - Luego el NEGRO
LIZZIE. — Puedes salir. (El NEGRO sale, se arrodilla, y le besa el ruedo del vestido.) Te dije que no me tocaras. (Lo mira.)
Con todo ya has de ser un tipo especial para tener a toda la ciudad detrás de ti.
EL NEGRO. — No hice nada, señora, usted bien lo sabe.
LIZZIE. — Dicen que un negro siempre ha hecho algo. EL NEGRO. — Nunca hice nada. Nunca. Nunca.
LIZZIE (se pasa la mano por la frente). — Ya no sé qué pensar. (Una pausa.) Con todo, una ciudad entera no puede estar completamente equivocada. (Una pausa.) ¡Demonio! No com¬prendo nada.
EL NEGRO. — Es así, señora. Siempre es así con los blancos.
LIZZIE. — ¿Tú también te sientes culpable?
EL NEGRO. — Sí, señora.
LIZZIE. — ¿Y sin embargo no has hecho nada?
EL NEGRO. — No, señora.
LIZZIE. — ¿Pero qué tienen entonces para que uno esté siempre de su parte?
EL NEGRO. — Son blancos.
LIZZIE. — Yo también soy una blanca. (Una pausa. Ruido de pasos fuera.) Vuelven a bajar. (Se acerca a él instintivamen¬te. El NEGRO tiembla pero le pasa la mano alrededor de los hombros. Los pasos se pierden. Silencio. Ella se desprende bruscamente.) ¿Eh, qué? ¿Estamos solos? Parecemos dos huér¬fanos. (Llaman. Escuchan en silencio. Llaman otra vez.) Corre al cuarto de baño.
( Golpes en la puerta de entrada. El NEGRO se esconde, LIZZIE va a abrir.)
ESCENA V
FRED - LIZZIE
LIZZIE. — ¿Estás loco? ¿Por qué llamas a mi puerta? No, no entrarás, ya te conozco bastante. ¡Vete, vete, cochino, vete, vete! (Él la empuja, cierra la puerta y la toma por los hombros. Largo silencio.) ¿Y?
FRED. — ¡Eres el Diablo!
LIZZIE. — ¿Para decirme esto querías hundir la puerta? ¡Qué cara! ¿De dónde sales? (Una pausa.) Responde.
FRED. — Han atrapado a un negro. No era el verdadero. Pero con todo, lo lincharon.
LIZZIE. - ¿Y qué?
FRED. — Yo estaba con ellos.
(LIZZIE silba.)
LIZZIE. — Ya veo. (Una pausa.) Parece que te hace efecto ver linchar a un negro.
FRED. — Tengo ganas de tí.
LIZZIE. - ¿Qué?
FRED. — ¡Eres el Diablo! Me has hecho un maleficio. Estaba con ellos, tenía el revólver en la mano y el negro se balan¬ceaba en una rama. Lo miré y pensé : tengo gañas de ella. No es natural.
LIZZIE. — Suéltame. Te digo que me sueltes.
FRED. — ¿Qué me ocultas? ¿Qué es lo que me has hecho, bruja? Miraba al negro y te vi. Te vi balancearte sobre las ramas. Disparé.
LIZZIE. — ¡Porquería! Suéltame., ¡Suéltame! Eres un asesino.
FRED. — ¿Qué me has hecho? Te pegas a mí como los dientes a las encías. Te veo por todas partes, veo tu vientre, tu sucio vientre de perra, siento tu calor en mis manos, tengo tu olor en las narices. Corrí hasta aquí, no sabía si para matarte o para tomarte a la fuerza. Ahora lo sé. (La suelta brusca-mente.) Sin embargo, no puedo condenarme por una ramera. (Vuelve hacia ella.) ¿Es cierto lo que me dijiste esta mañana?
LIZZIE. — ¿Qué?
FRED. — ¿Qué te había hecho gozar?
LIZZIE. — Déjame tranquila.
FRED. — jura que es cierto. ¡Júralo! (Le tuerce la muñeca. Se oye ruido en el cuarto de baño.) ¿Qué hay? (Escucha.) Aquí hay alguien.
LIZZIE. — Estás loco. No hay nadie.
FRED. — Sí. En el cuarto de baño.
(Se dirige al cuarto de baño.)
LIZZIE. -- No entrarás.
FRED. -- Ya ves que hay alguien.
LIZZIE. — Es mi cliente de hoy. Un tipo que paga. Eso. ¿Estás contento?
FRED. — ¿Un cliente? No tendrás más clientes. Nunca más. Eres mía. (Una pausa.) Quiero verle la cara. (Grita.) ¡Salga de ahí: LIZZIE (gritando). — No salgas. Es una trampa.
FRED. — Maldita hija de perra. (La aparta violentamente, se acerca a la puerta y la abre. El NEGRO sale.) ¿Éste es tu cliente?
LIZZIE. — Lo escondí porque querían hacerle daño. No tires, bien sabes que es inocente.
(FRED saca el revólver. El NEGRO toma impulso bruscamente, lo empuja y sale. FRED lo corre. LIZZIE va hasta la puerta de entrada por donde han desaparecido los dos y empieza a gritar.)
LIZZIE. — ¡Es inocente! ¡Es inocente! (Dos disparos; LIZZIE vuelve, con el rostro duro. Se acerca a la mesa, toma el re¬vólver. FRED regresa. LIZZIE se vuelve hacia él, de espaldas al público, con el arma detrás. Él arroja la suya sobre la mesa.) ¿Y? ¿Lo conseguiste? (FRED .no responde.) Bueno, pues ahora te toca a ti.
(Le apunta con el revólver.)
FRED. — ¡Lizzie! Tengo madre.
LIZZIE. — ¡Vete al infierno! Ya me han hecho ese cuento.
FRED (caminando lentamente hacia ella). — El primer Clarke desmontó todo un bosque él solo; mató dieciséis indios por su mano antes de morir en una emboscada; su hijo construyó casi toda esta ciudad; tuteaba a Washington y murió en Yorktown por la independencia de Estados Unidos; mi bisabuelo era jefe de Vigilantes, en San Francisco, salvó a veintidós personas durante el gran incendio; mi abuelo vino a esta¬blecerse aquí, hizo cavar el canal del Misisipí y fue gober¬nador del Estado. Mi padre es senador; yo seré senador des¬pués de él: soy su único heredero varón y el último de mi nombre. Hemos hecho este país y su historia es la nuestra. Hubo Clarkes en Alaska, en las Filipinas, en Nuevo México. ¿Te atreverías a disparar contra toda América?
LIZZIE, — Si das un paso, te espicho.
FRED. — ¡Tira! ¡Pero tira! ¿Ves?, no puedes. Una mujer como tú no puede tirar a un hombre como yo. ¿Quién eres? ¿Qué haces en el mundo? ¿Por lo menos conociste a tu abuelo? Yo tengo derecho a vivir: hay muchas cosas por emprender y me esperan. Dame ese revólver. (Ella se lo da. FRED se lo mete en el bolsillo.) En cuanto al negro, corría demasiado rápido; erré el tiro. (Una pausa. Le rodea los hombros con el brazo.) Te instalaré sobre la colina, del otro lado del río, en una hermosa casa con un parque. Pasearás por el parque, pero te prohíbo que salgas; soy . muy celoso. Iré a verte tres veces por semana, al caer la noche : el martes, el jueves y para el week-end. Tendrás criados negros y más dinero del que nun¬ca soñaste, pero habrá que tolerarme todos los caprichos. ;Y vaya si los tendré! (Ella se abandona un, poco más en sus brazos.) ¿Es cierto que te hice gozar? Responde: ¿es cierto?
LIZZIE (con cansancio). — Sí, es cierto.
FRED (palmeándole la mejilla). — Entonces todo ha vuelto al orden. (Una pausa.). Me llamo Fred.

TELÓN

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