jueves, enero 25, 2007

William Shakespeare"EL REY LEAR"



EL REY LEAR

DRAMATIS PERSONAE

LEAR, rey de Britania
El REY DE FRANCIA
El DUQUE DE BORGOÑA
GONERIL, hija mayor de Lear
REGAN, hija segunda de Lear
CORDELIA, hija menor de Lear
El Duque de ALBANY, esposo de Goneril
El Duque de CORNWALL, esposo de Regan
El Conde de KENT
El Conde de GLOSTER
EDGAR, hijo de Gloster
EDMOND, hijo bastardo de Gloster
El BUFÓN
OSWALD, mayordomo de Goneril
CURAN, cortesano
Un ANCIANO, siervo de Gloster
Un CAPITÁN
Un HERALDO

Caballeros, criados, mensajeros, soldados, acompañamiento.

LA TRAGEDIA DEL REY LEAR

I.i Entran [los Condes de] KENT y [de] GLOSTER, y EDMOND.

KENT
Creí que el rey estimaba más al Duque de Albany que al de Comwall.
GLOSTER
Eso creíamos nosotros. Pero ahora que divide su reino, no está claro a cuál de los dos aprecia más, pues los méritos están tan igualados que ni la propia minuciosidad sabría escoger entre uno y otro.
KENT
Señor, este joven, ¿no es hijo vuestro?
GLOSTER
Su crianza ha estado a mi cargo. Reconocerle me ha dado siempre tal sonrojo que ahora ya estoy curtido.
KENT
No concibo...
GLOSTER
Pues su madre sí que concibió. Por eso echó vientre y se encontró con un hijo en la cuna antes de tener un marido en la cama. ¿Se huele a pecado?
KENT
No quisiera corregirlo, viendo el feliz resultado.
GLOSTER
También tengo otro hijo, señor, de legítimo origen, un año mayor que éste, pero no más querido. y aunque este mozo vino al mundo por la vía del vicio sin que nadie lo llamase, su madre era hermosa, gozamos al engendrarlo y el bastardo debe ser reconocido. ––Edmond, ¿conoces a este noble caballero?
EDMOND
No, señor.
GLOSTER
El Conde de Kent. Recuérdale siempre como mi honorable amigo.
EDMOND
A vuestro servicio, señor.
KENT
Os doy mi amistad y aspiro a conoceros mejor.
EDMOND
Señor, me afanaré por merecerlo.
GLOSTER
Lleva fuera nueve años y se marcha otra vez.


Clarines.

Llega el rey.

Entran el rey LEAR, [los Duques de] CORNWALL y de ALBANY, GONERIL, REGAN, CORDELIA y acompañamiento.


LEAR
Gloster, traed a los Señores de Francia y de Borgoña.
GLOSTER
Sí, majestad.

Sale.

LEAR
Mientras, voy a revelar mi propósito secreto
Dadme ese mapa. Sabed que he dividido
en tres mi reino y que es mi firme decisión
liberar mi vejez de tareas y cuidados,
asignándolos a sangre más joven, mientras yo,
descargado, camino hacia la muerte.
Mi yerno de Cornwall y tú, mi no menos querido
yerno de Albany, es mi voluntad en esta hora
hacer pública la dote de mis hijas
para evitar futuras disensiones. Los príncipes
de Francia y de Borgoña, rivales pretendientes
de mi hija menor, hacen amorosa permanencia
en esta corte y es forzoso responderles.
Decidme, hijas mías, puesto que renuncio
a poder, posesión de territorios
y cuidados de gobierno, cuál de vosotras
diré que me ama más, para que mi largeza
se prodigue con aquélla cuyo afecto
rivalice con sus méritos. Goneril,
mi primogénita, habla tú primero.
GONERIL
Señor, os amo más de lo que expresan las palabras,
más que a vista, espacio y libertad,
mucho más de lo que estimen único o valioso;
no menos que a una vida de dicha, salud,
belleza y honra; tanto como nunca
amara hijo o fuese amado padre;
con un amor que apaga la voz y ahoga el habla.
Mucho más que todo esto os amo yo.
CORDELIA [aparte]
¿Qué dirá Cordelia? Amará en silencio.
LEAR
De todas estas tierras, desde esta raya a ésta,
ricas en umbrosas florestas y campiñas,
ríos caudalosos y muy extensos prados,
te proclamo dueña. Sean de los descendientes
tuyos y de Albany a perpetuidad. –
¿Qué dice mi segunda hija,
mi muy querida Regan, esposa de Cornwall?
REGAN
Yo soy del mismo metal que mi hermana
y no me tengo en menos: en el fondo de mi alma
veo que ha expresado la medida de mi amor.
Pero se ha quedado corta, pues yo me declaro
enemiga de cualquier otro deleite
que alcancen los sentidos en su extrema
perfección y tan sólo me siento venturosa
en el amor de vuestra amada majestad.
CORDELIA [aparte]
Entonces, ¡pobre Cqrdelia!
Aunque no, pues sin duda mi cariño
pesará más que mi lengua.
LEAR
Quede para ti y los tuyos en herencia perpetua
este magno tercio de mi hermoso reino,
tan grande, rico y placentero
como el otorgado a Goneril. ––Y ahora, mi bien,
aunque última y menor, cuyo amor juvenil
las viñas de Francia y los pastos de Borgoña
pretenden a porfía, ¿qué dirás por un tercio
aún más opulento que el de tus hennanas?. Habla.
CORDELIA
Nada, señor.
LEAR
¿Nada?
CORDELIA
Nada.
LEAR
De nada no sale nada. Habla otra vez.
CORDELIA
Triste de mí, que no sé poner
el corazón en los labios. Amo a Vuestra Majestad
según mi obligación, ni más ni menos.
LEAR
Vamos, vamos, Cordelia. Corrige tus palabras,
no sea que malogres tu suerte.
CORDELIA
Mi buen señor, me habéis dado vida,
crianza y cariño. Yo os correspondo como debo:
obedezco, os quiero y os honro de verdad.
¿Por qué tienen marido mis hennanas,
si os aman sólo a vos? Cuando me case,
el hombre que reciba mi promesa
tendrá la mitad de mi cariño, la mitad
de mi obediencia y mis desvelos. Seguro
que no me casaré como mis hermanas *.
LEAR
Pero, ¿hablas con el corazón?
CORDELIA
Sí, mi señor.
LEAR
¿Tan joven y tan áspera?
CORDELIA
Tan joven, señor, y tan franca.
LEAR
Muy bien. Tu franqueza sea tu dote,
pues, por el sacro resplandor del sol,
por los ritos de Hécate y la noche
y toda la influencia de los astros
que rigen nuestra vida y nuestra muerte,
reniego de cariño paternal,
parentesco y consanguinidad,
y desde ahora te juzgo una extraña
a mi ser y mi sentir. El bárbaro escita,
o aquél que sacia el hambre devorando
a su progenie, hallará en mi corazón
tanta concordia, lástima y consuelo
como tú, hija mía que fuiste.
KENT
Majestad...
LEAR
¡Silencio, Kent!
No te pongas entre el dragón y su furia.
La quise de verdad y pensaba confiarme
a sus tiernos cuidados. ––¡Fuera de mi vista! –
Así como mi muerte será mi descanso,
así le niego ahora el corazón de un padre. –
¡Llamad al Rey de Francia! ¡De prisa!
¡Y al Duque de Borgoña! ––Cornwall y Albany,
añadid su tercio al de mis otras dos hijas.
Que la case su orgullo, que para ella es franqueza.
A los dos conjuntamente os invisto
con mi poder, supremacía y magnos atributos
que rodean a la realeza. Yo me reservaré
cien caballeros, que habréis de mantener,
y residiré con vosotros
por turno mensual. No conservaré
más que el título y los honores de un monarca;
el mando, rentas y ejercicio del poder,
queridos hijos, vuestros son. Para confirmarlo,
compartid entre los dos esta corona.
KENT
Regio Lear, a quien siempre
honré como mi rey, quise como a un padre,
seguí como señor, recordé como patrón
en mis plegarias...
LEAR
El arco está tenso; esquiva la flecha.
KENT
Pues que se dispare, aunque la punta
me traspase el corazón. Kent será irreverente
si Lear está loco. ¿Qué pretendes, anciano?
¿Tú crees que el respeto teme hablar
cuando el poder se pliega a la lisonja?
Si la realeza cae en la locura,
el honor ha de ser franco. Conserva tu poder
y, con mejor acuerdo, frena
tu odioso arrebato. Respondo con mi vida
de que tu hija menor no te ama menos
y de que no están vacíos aquéllos
cuya voz apagada no resuena en el vacío.
LEAR
¡Kent, por tu vida, basta!
KENT
Mi vida siempre tuve por apuesta
en las partidas contra tus enemigos
y no temo perderla por salvarte.
LEAR
¡Fuera de mi vista!
KENT
Mira bien, Lear, déjame que sea
por siempre la guía de tus ojos.
LEAR
¡Por Apolo…!
KENT
Pues, por Apolo, rey,
que invocas a tus dioses en vano.
LEAR
¡Miserable, descreído!
ALBANY y CORNWALL
¡Deteneos, señor!
KENT
Mata a tu médico y da la paga
a la inmunda enfermedad. Anula tu regalo
o, mientras pueda gritar esta garganta,
te diré que eres injusto.
LEAR
¡Óyeme, traidor, por tu lealtad escúchame!
Por intentar que falte a mi promesa,
cual yo nunca osé, e interponerte
con soberbia entre mi decisión y mi poder,
que ni mi carácter ni mi condición
pueden consentir, en prueba de mi potestad
aquí tienes tu premio. Cinco días te concedo
para que te proveas contra los males
de este mundo y el sexto vuelvas tu odiada espalda
a mis dominios. Si el séptimo día
encuentran en mi reino tu cuerpo desterrado,
será tu muerte. ¡Fuera! ¡Por Júpiter,
que no habrá revocación!
KENT
Ya te dejo, rey, si ése es tu deseo;
fuera hay libertad y aquí está el destierro.
[A CORDELIA]
Los dioses, muchacha, te otorguen su amparo,
pues con tanto acierto piensas y has hablado.
[A GONERIL y REGAN]
Que vuestra elocuencia se pruebe en la acción,
y puedan dar fruto palabras de amor.––
Príncipes, adiós. En nuevo lugar
su viejo camino Kent proseguirá.

Sale.

¡Clarines. Entra [el Conde de] GLOSTER con [el REY DE] FRANCIA, [el DUQUE DE] BORGOÑA y acompañamiento.
CORNWALL
Majestad, los príncipes de Francia y de Borgoña.
LEAR
Mi señor de Borgoña, me dirijo
a vos primero, rival con este rey
en la mano de mi hija. ¿Qué mínimo
aceptáis en pago de su dote
para no renunciar a vuestra petición?
DUQUE DE BORGOÑA
Excelsa Majestad, no pido más
de lo que habéis ofrecido, ni vos
queréis dar menos.
LEAR
Muy noble duque, cuando ella
tenía mi cariño, cara fue su dote.
Mas ahora ha caído su precio. Ahí está:
si algo de este ser tan insignificante
o todo él, con mi disgusto añadido,
y nada más, satisface a Vuestra Alteza,
ahí la tenéis, es vuestra.
DUQUE DE BORGOÑA
No sé qué responder.
LEAR
Con todas sus flaquezas, sin amigos,
adoptada por mi odio, con la dote
de mi maldición y el rechazo de mi juramento,
¿la tomáis o la dejáis?
DUQUE DE BORGONA
Perdón, Majestad. En tales circunstancias
no es posible decidir.
LEAR
Entonces dejadla, pues por los dioses
que me hicieron, ésos son sus bienes. ––,
Gran rey, de vuestro afecto no osaría
desviarme para uniros con quien odio
y os ruego que pongáis vuestro cariño
en ser más digno que esta desgraciada
a quien la naturaleza se avergüenza
de reconocer por propia.
REY DE FRANCIA
Es extraodinario que quien sólo hace un momento
era vuestro bien, objeto de vuestro elogio,
bálsamo de vuestra vejez, la mejor y predilecta,
en un instante incurra en tal atrocidad
que quede despojada de toda vuestra gracia.
O ha cometido una ofensa tan atroz
o vuestro afecto declarado caerá en falta.
y creer eso de ella requiere tanta fe
que sin milagro no lo admite la razón.
CORDELIA [a LEAR]
Suplico a Vuestra Majestad
que, si es porque no tengo labia ni soltura
para decir lo que no siento, pues lo que pretendo
lo hago antes de hablar, hagáis saber
que no es ninguna mancha, crimen o vileza,
indecencia, ni acto ignominioso
lo que me priva de vuestra gracia y favor,
sino algo cuya falta me enriquece:
mirada obsequiosa y una lengua
que me alegra no tener, aun cuando no tenerla
me haya costado vuestro afecto.
LEAR
Más te valdría no haber nacido,
antes que haberme contrariado.
REY DE FRANCIA
¿Sólo es eso, un encogimiento
que a veces no pennite demostrar
lo que pretende? Mi señor de Borgoña,
¿tomáis a la dama? No es amor
lo que se mezcla con cuestiones
ajenas a su objeto. ¿La tomáis?
Ella misma es una dote.
DUQUE DE BORGOÑA
Majestad, dad la parte que vos mismo
propusisteis y tomo a Cordelia por esposa
y Duquesa de Borgoña.
LEAR
¡Nada! Lo he jurado y lo mantengo.
DUQUE DE BORGOÑA
Me apena que por perder a vuestro padre
también perdáis un marido.
CORDELIA
Quede en paz el Duque de Borgoña.
Si su amor es el rango y la fortuna,
yo no seré su esposa.
REY DE FRANCIA
Hermosa Cordelia, tan rica por ser pobre,
excelsa por rechazada, querida por desairada,
te acojo con todas tus virtudes.
Si es lícito, me llevo lo que otros desechan.
¡Oh, dioses! ¡Qué extraño que tal desamor
encienda en mi afecto tanta admiración!––
Tu hija sin dote, a mí abandonada,
es, rey, nuestra reina de la bella Francia.––
La tibia Borgoña no ha dado hombre egregio
que pueda comprarme esta joya sin precio.––
Por mal que te traten, di adiós, mi Cordelia.
Ganarás con creces todo lo que pierdas.
LEAR
Ya la tienes, rey, pues tuya ahora es
la que fue mi hija, y no volveré
a verle la cara. ––Vete sin que yo
te dé mi cariño ni mi bendición.
Venid, Duque de Borgoña.

Clarines. Salen [todos menos el REY DE FRANCIA y las hermanas].

REY DE FRANCIA
Despídete de tus hermanas.
CORDELIA
Alhajas de mi padre, Cordelia os deja
con ojos llorosos. Sé bien lo que sois, aunque,
como hermana, no puedo llamar a vuestras faltas
por su nombre. Quered a nuestro padre:
lo encomiendo a vuestro amor declarado.
Mas, ¡ay!, si gozase yo aún de su afecto,
le depararía otro alojamiento.
Así que adiós a las dos.
REGAN
No nos dictes nuestra obligación.
GONERIL
Tú pon todo tu empeño en complacer
a tu señor, que te acoge cual limosna
de Fortuna. Por falta de obediencia
mereces que te nieguen lo que niegas.
CORDELIA
El tiempo mostrará toda doblez:
si encubre, luego ríe con desdén.
¡Ventura tengáis!
REY DE FRANCIA
Vamos, mi bella Cordelia.

Salen [el REY DE] FRANCIA y CORDELIA.
GONERIL
Hermana, tengo cosas que decirte de lo que tanto nos concierne. Creo que nuestro padre se va esta noche.


REGAN
Desde luego, y contigo. El mes que viene, conmigo.
GONERIL
Ya ves qué veleidosa es la vejez. Y lo que hemos presenciado ha sido poco. Siempre quiso más a nuestra hermana y ahora está a la vista con qué insensatez la rechaza.
REGAN
Es lo malo de la edad. Aunque la verdad es que nunca supo dominarse.
GONERIL
Si en su época mejor fue siempre arrebatado, de su vejez ya podemos esperar no sólo los vicios de un carácter arraigado, sino también la tozudez que trae consigo la débil e iracunda ancianidad.
REGAN
Nos exponemos a arranques tan imprevistos como el destierro de Kent.
GONERll..
Ya sólo queda el acto de despedida al Rey de Francia. Pongámonos de acuerdo. Si nuestro padre conserva autoridad de la manera que ha mostrado, su renuncia nos dará disgustos.
REGAN
Lo pensaremos.
GONERIL
Hay que hacer algo, y ya.

Salen.

I.ii Entra [EDMOND, el] bastardo.
EDMOND
Naturaleza, tú eres mi diosa; a tu ley
ofrendo mis servicios. ¿Por qué he de someterme
a la tiranía de la costumbre y permitir
que me excluyan los distingos de las gentes
porque soy unos doce o catorce meses menor
que mi hermano? ¿Por qué «bastardo» o «indigno»,
cuando mi cuerpo está tan bien formado,
mi ánimo es tan noble y mi aspecto tan gentil
como en los hijos de una dama honrada?
¿Por qué nuestra marca de «indigno»,
de «indignidad, bastardía...indigno, indigno»,
cuando engendramos en furtivo deleite natural
nos da más ardor y energía
que la que en cama floja y desganada
emplean entre el sueño y la vigilia
para crear una tribu de memos?
Conque, legítimo Edgar, tus tierras serán mías.
El amor de nuestro padre se reparte
entre el bastardo Edmond y el legítimo.
¡Valiente palabra, «legítimo»! Pues bien,
mi «legítimo», si esta carta surte efecto
y se realiza mi plan, Edmond el indigno
será el legítimo. Medro. Prospero.
y ahora, dioses, ¡asistid a los bastardos!

Entra GLOSTER.
GLOSTER
¿Kent desterrado así? ¿Y el rey de Francia
marchó enfurecido? ¿Y el rey se fue anoche,
con su poder limitado y reducido a un subsidio?
¿Y todo de golpe? ¿Qué hay, Edmond? ¿Alguna noticia?
EDMOND
Con vuestro permiso, ninguna.
GLOSTER
¿Por qué te afanas tanto en guardar esa carta?

EDMOND
No tengo noticias, señor.
GLOSTER
¿Qué papel leías?
EDMOND
Nada, señor.
GLOSTER
¿No? Entonces, ¿a qué viene esa prisa por meterla el bolsillo? La nada es de tal índole que no le hace falta esconderse. A ver. ¡Vamos! Si no es nada, no tendré que leerla.
EDMOND
Perdón, señor, os lo ruego. Es una carta de mi hermano que no he terminado de ver y, por lo que dice, no creo conveniente que vos la leáis.
GLOSTER
Dame la carta.
EDMOND
Será tanto agravio retenerla como dárosla. Por lo q he leído, lo que dice es censurable.
GLOSTER
¡Vamos, dámela!
EDMOND
Espero que le justifique el haberla escrito para probar mi virtud.
GLOSTER [lee]
«Este hábito de venerar la vejez nos amarga los mejores años de nuestra vida y nos priva de nuestros bien hasta que la edad no nos deja gozarlos. Esta opresión de la tiránica vejez empiezo a sentirla como una servidumbre estúpida y vana, pues domina no por su poder sino porque la sufrimos. Ven a verme y hablaremos más de esto. Si nuestro padre se durmiera hasta que le despertase, tú disfrutarías de la mitad de sus rentas para siempre y vivirías en el afecto de tu hermano

Edgar.»

¡Mm...! ¡Conspiración! «Si se durmiera hasta que yo le despertase, tú disfrutarías de la mitad de sus rentas». ¡Mi hijo Edgar! ¿Tuvo mano para escribir esto? ¿Corazón y cerebro para concebirlo? ¿Cuándo te llegó? ¿Quién la trajo?
EDMOND
No me la trajeron, señor. Ahí está la astucia. La echaron por la ventana de mi cuarto.
GLOSTER
¿Reconoces la letra de tu hermano?
EDMOND
Señor, si se tratara de algo bueno, juraría que es la suya, pero siendo lo que es, yo diría que no.
GLOSTER
Es la suya.
EDMOND
Señor, es su letra; aunque espero que su corazón no esté en la carta.
GLOSTER
¿Nunca te ha sondeado en este asunto?
EDMOND
Nunca, señor. Pero a menudo le he oído decir que es justo que si el hijo está en su plenitud y el padre decae, el padre debe ser tutelado por el hijo y el hijo administrar las rentas.
GLOSTER
¡Ah, infame, infame! ¡La misma idea que en la carta! ¡Miserable! ¡Canalla desnaturalizado, odioso, brutal! ¡Peor que brutal! ¡Vamos, búscale! Voy a detenerle. ¡lnfame aborrecible! ¿Dónde está?
EDMOND
No lo sé de cierto, señor. Si tenéis a bien suspender vuestro furor contra mi hermano hasta poder cercioraros con él mismo de su intento, iríais sobre seguro; en cambio, si procedéis con vehemencia contra él, interpretándole mal, abriréis una gran brecha en vuestra honra y romperéis su obediencia hasta la entraña. Apostaría mi vida a que ha escrito eso para probar mi afecto por vos y no con un fin perverso.
GLOSTER
¿Eso crees?
EDMOND
Si Vuestra Señoría lo estima oportuno, os situaré donde nos oigáis hablar de ello y, tras la prueba auditiva, quedaréis convencido. Y todo esta misma tarde.
GLOSTER
No puede ser un monstruo así.* Edmond, búscale. Te lo ruego, insinúate con él. Dispón el asunto según tu criterio. Renunciaría a mi condición por estar seguro.
EDMOND
Señor, voy a buscarle. Llevaré el asunto con los medios a mi alcance y os informaré.
GLOSTER
Los recientes eclipses de sol y de luna no nos auguran nada bueno. Aunque la razón natural lo explique de uno u otro modo, el afecto sufre las consecuencias: el cariño se enfría, la amistad se quebranta, los hermanos se desunen; en las ciudades, revueltas; en las naciones, discordia; en los palacios, traición; y el vínculo entre el hijo y el padre se rompe. Este canalla de hijo encaja en el augurio: es el hijo contra el padre. El rey traiciona un instinto natural: es el padre contra el hijo. Atrás quedan ya nuestros años mejores. Intrigas, doblez, perfidia y desórdenes nos siguen inquietantes a la tumba. Edmond, sonsaca a ese infame; tú no expones nada. Hazlo con cuidado. ¡Y el noble y leal Kent, desterrado! ¡Su culpa, la honradez! Sorprendente.

Sale.
EDMOND
La estupidez del mundo es tan superlativa que, cuando nos aquejan las desgracias, normalmente producto de nuestros excesos, echamos la culpa al sol, la luna y las estrellas, como si fuésemos canallas por necesidad, tontos por coacción celeste; granujas, ladrones y traidores por influjo planetario; borrachos, embusteros y adúlteros por forzosa sumisión al imperio de los astros, y tuviésemos todos nuestros vicios por divina imposición. Prodigiosa escapatoria del putero, achacando su lujuria a las estrellas. Mi padre se entendió con mi madre bajo la cola del Dragón y la Osa Mayor presidió mi nacimiento, de donde resulta que soy duro y lascivo. ¡Bah! Habría salido el mismo si me bastardean mientras luce la estrella más virgen de todo el firmamento.

Entra EDGAR.

Aquí llega a punto, como en la catástrofe de las viejas comedias. Haré el papel del melancólico fatal, con suspiros de lunático. ––¡Ah, esos eclipses predicen estas discordancias! Fa, sol, la, mi.
EDGAR
¿Qué hay, Edmond? ¿En qué meditación estás sumido?
EDMON
Estoy pensando, hermano, en una predicción que leí el otro día sobre lo que traerían los eclipses.
EDGAR
¿Te ocupan esas cosas?
EDMOND
Te aseguro que esos vaticinios se cumplen fatalmente. ¿Cuándo viste a nuestro padre por última vez?
EDGAR
Anoche.
EDMOND
¿Hablaste con él?
EDGAR
Sí, dos horas seguidas.
EDMOND
¿Os despedisteis en paz? ¿No observaste malestar en sus palabras o en sus gestos?
EDGAR
En absoluto.
EDMOND
Intenta recordar en qué has podido faltarle y, te lo su¬plico, evítale por algún tiempo hasta que se temple el ardor de su ira, pues ahora está tan furioso que no le detendrá ni el daño a tu persona.
EDGAR
Esto es obra de un infame.
EDMOND
Es lo que me temo. Te lo ruego, contente y evítale hasta que se frene su enojo; y, como digo, ven a mi aposento, desde donde yo te llevaré oportunamente para que le oigas. Vete, te lo ruego. Aquí tienes la llave. Y si sales, ve armado.
EDGAR
¿Armado?
EDMOND
Hermano, te aconsejo lo mejor. Si te miran con buenas intenciones yo soy un farsante. Y lo que has oído no es mas que un relato piadoso de todo, no su verdad y su horror. ¡Anda, vete!
EDGAR
¿Me darás noticias pronto?
EDMOND
Tú cuenta con mi apoyo en este asunto.

Sale [EDGAR].

Un padre crédulo y un hermano noble, tan incapaz de hacer daño por naturaleza que no sospecha ninguno; en cuya necia honradez cabalgan bien mis intrigas. Lo veo muy claro: si no cuna, astucia me depare tierras, que todo me sirve si a buen fin me lleva.

Sale.

I.iii Entran GONERIL y [OSWALD, su] mayordomo.

GONERIL
¿Que mi padre le pegó a mi gentilhombre por repren¬der a su bufón?
OSWALD
Sí, señora.
GONERIL
Me agravia día y noche; no pasa hora
sin que cometa algún desmán
que a todos nos enfrenta. No voy a soportarlo.
Sus caballeros alborotan y él mismo
nos riñe por minucias. Cuando vuelva de cazar,
no pienso hablar con él. Di que no estoy bien.
Si le resultas menos servicial
que de costumbre, mejor. Yo respondo de tu falta.
OSWALD
Ya viene, señora; le oigo.
GONERIL
Afectad dejadez y negligencia,
tú y tus compañeros. Dad lugar al comentario.
Si no le gusta, que se vaya con mi hermana,
que sé bien que conmigo está de acuerdo.*
Recuerda lo que he dicho.
OSWALD
Sí, señora.
GONERIL
Y a sus hombres tratadlos con frialdad.
Lo que ocurra no importa. Díselo a tus compañeros.*
Ahora mismo le escribo a mi hermana
para que siga mi rumbo. Que preparen la comida.

Salen.

I.iv Entra KENT [disfrazado].

KENT
Si disfrazo también el acento
y desfiguro mi modo de hablar, podré
llevar adelante la buena intención
que me ha hecho cambiar de apariencia.
Bien, desterrado Kent, si consigues servir
al que te ha condenado, acaso consigas
que tu amo querido aprecie tu esfuerzo.

Trompas dentro. Entra LEAR y acompañamiento.

LEAR
Que no tenga que esperar la comida. ¡Corred a prepa¬rarla!

[Sale un criado.]

¡Vaya! ¿Quién eres tú?
KENT
Un hombre, señor.
LEAR
¿Qué oficio tienes? ¿Qué quieres de mí?
KENT
Mi oficio es no ser menos de lo que parezco, serviR fielmente a quien confía en mí, estimar al honrado, tra¬tarme con el sabio y discreto, temer al que juzga, luchar cuando debo y no comer pescado.
LEAR
¿Quién eres?
KENT
Un hombre de buena fe y tan pobre como el rey.
LEAR
Si tú siendo súbdito eres tan pobre como él siendo rey, desde luego eres pobre. ¿Qué quieres?
KENT
Servir.
LEAR
¿A quién quieres servir?
KENT
A vos.
LEAR
¿Tú me conoces, amigo?
KENT
No, señor, pero hay algo en vuestro porte que me hace llamaros amo.
LEAR
¿Y qué es?
KENT
Autoridad.
LEAR
¿Qué sabes hacer?
KENT
Sé guardar un secreto honorable, cabalgar, correr, es¬tropear un buen cuento contándolo y dar sin rodeos un recado sencillo. Sirvo para todo lo que haga un hombre corriente y mi virtud es la diligencia.
LEAR
¿Cuántos años tienes?
KENT
Señor, ni tan pocos como para enamorarme de una mujer por su canto, ni tantos como para encapricharme de ella por cualquier cosa. Van cuarenta y ocho a mis espaldas.
LEAR
Ven conmigo y ponte a mi servicio. Si después de co¬mer me sigues gustando, te quedas para siempre. ¡Venga, la comida! ¡La comida! ¿Y mi muchacho? ¿Dónde está el bufón? Id a decirle al bufón que venga.

[Sale un criado.]
Entra [OSWALD, el] mayordomo.

¡Tú! ¡Eh, tú! ¿Dónde está mi hija?
OSWALD
Con permiso.

Sale.

LEAR
¿Qué dice ése? Decidle a ese idiota que vuelva.

[Sale un CABALLERO.]

¿Y mi bufón, eh? El mundo parece dormido.

[Entra el CABALLERO.]

Bueno, ¿dónde está ese chucho?
CABALLERO
Señor, dice que vuestra hija no está bien.
LEAR
¿Y por qué no ha venido el granuja cuando yo le he lla¬mado?
CABALLERO
Señor, me ha dicho con toda claridad que porque no ha querido.
LEAR
¿Porque no ha querido?
CABALLERO
Señor, no sé lo que pasa, pero me parece que Vuestra Majestad no recibe el afecto y ceremonia acostumbra¬dos. Se observa que ha decaído la cordialidad, tanto entre la servidumbre como en el propio duque y vues¬tra hija.
LEAR
¡Mmm...! ¿Eso crees?
CABALLERO
Señor, os pido perdón si me equivoco, pero mi deber me impide callar cuando creo que se os agravia.
LEAR
Me estás recordando lo que yo mismo pienso. Última¬mente he notado una fría dejadez, pero la he achacado más bien a mi celosa suspicacia que a un propósito consciente de ser descortés. Prestaré más atención. Pero, ¿y mi bufón? Hace dos días que no le veo.
CABALLERO
Señor, desde que mi joven señora marchó a Francia, el bufón está muy apenado.
LEAR
No sigas: ya me he fijado. –– Ve a decirle a mi hija que quiero hablar con ella.

[Sale un criado.]

Y tú llama a mi bufón.

[Sale otro criado.]
Entra [OSWALD, el] mayordomo.

¡Ah, sois vos! Venid, mi señor. ¿Quién soy yo, señor?
OSWALD
El padre de mi señora.
LEAR
¿El padre de mi señora? ¡Bribón de mi señor! ¡Perro bastardo! ¡Gusano! ¡Rastrero!
OSWALD
No soy nada de eso, señor, con vuestro permiso.
LEAR
¿Me plantas cara, granuja?
OSWALD
Señor, no consiento que me peguen.
KENT
Ni que te tumben, vil plebeyo.

[Le pone la zancadilla y le derriba.]

LEAR
Gracias, amigo. Tendré muy en cuenta tu servicio.
KENT
Vamos, tú; arriba y fuera. Yo te enseñaré a distinguir. ¡Vamos, fuera! Si quieres volver a medir tu zafio talle, quédate; si no, ¡fuera! ¿No tienes juicio? Eso es.

[Sale OSWALD.]

LEAR
Mi buen amigo, muchas gracias.

Entra el BUFÓN.

Aquí tienes algo a cuenta.
BUFÓN
Permitid que me sirva a mí también. Aquí está mi go¬rro.
LEAR
¿Qué hay, mi listo amigo? ¿Cómo estás?
BUFÓN [a KENT]
Más te vale llevar mi gorro.
LEAR
¿Por qué, muchacho?
BUFÓN
Pues por estar de la parte del que pierde. –– No, como no te pongas por donde sopla el viento, pronto la senti¬rás. Vamos, toma mi gorro. Mira, este hombre ha des¬terrado a dos de sus hijas, y a la tercera le ha hecho un gran bien sin querer. Si le sirves, tendrás que llevar mi gorro. –– ¿Qué hay, abuelo? ¡Ojalá tuviera yo dos go¬rros y dos hijas!
LEAR
¿Por qué, muchacho?
BUFÓN
Porque si les diera toda mi hacienda, me quedarían los gorros. Aquí está el mío. Pídele el otro a tus hijas.
LEAR
Cuidado, tú, o el látigo.
BUFÓN
La verdad es el perro que se manda a la perrera. Se le sacude en la calle, mientras que a la señora perra se la deja junto al fuego apestando.
LEAR
¡Mala peste para mí!
BUFÓN [a KENT]
Oye, te voy a enseñar algo.
LEAR
Venga.
BUFÓN
Fíjate, abuelo:
Guarda más de lo que enseñas,
di menos de lo que sepas,
presta menos lo que tengas,
más caballo y menos piernas,
si más dicen, menos creas,
sé más cauto en tus apuestas;
vino y putas deja ya
y no pases de tu puerta,
y verás que tienes más
de veinte en cada veintena.
KENT
Eso no dice nada, bobo.
BUFÓN
Entonces es como defensa de abogado que no cobra: se hace por nada. –– ¿Tú puedes hacer algo de nada,
abuelo?
LEAR
No, muchacho: de nada no sacas nada.
BUFÓN [a KENT]
Te lo ruego, dile que a eso es a lo que ascienden sus rentas. No cree a este bobo.
LEAR
Un bobo amargo.
BUFÓN
¿Sabes qué diferencia hay, muchacho, entre un bobo amargo y un bobo dulce?
LEAR
No, joven. Dímela.*
BUFÓN
Abuelo, dame un huevo y yo te daré dos coronas.
LEAR
¿Y qué coronas serán?
BUFÓN
Pues, después de partir el huevo por la mitad y ha¬berlo sorbido, las dos coronas del huevo. Cuando par¬tiste en dos tu corona y regalaste ambas partes, lle¬vaste el burro a cuestas por el barro. Poco juicio había en tu calva corona cuando regalaste la de oro. Si lo que digo es propio de mí, que azoten al primero que lo piense.
[Canta] Al bobo no le va bien,
pues el listo se ha atontado,
y ya no encuentra quehacer
desde que ocupan su cargo.
LEAR
Oye, ¿desde cuándo estás tan cantarín?




BUFÓN
Abuelo, desde que convertiste a tus hijas en tus madres; pues, cuando les diste la vara y te bajaste el calzón,
[canta] el gozo las hizo gemir
y a mí el dolor cantar
de ver al rey jugar así
y entre bobos andar.
Abuelo, tráete un maestro que le enseñe a mentir a tu bufón: me gustaría aprender a mentir.
LEAR
Si mientes, te mando azotar.
BUFÓN
Quisiera saber de qué especie sois tú y tus hijas: ellas me mandan azotar por decir la verdad y tú por mentir, y a veces me azotan por estar callado. Antes cualquier cosa que bufón. Y, sin embargo, contigo no me cam¬biaría, abuelo: te mondas el seso por los dos lados y no dejas lo de enmedio.

Entra GONERIL.

Aquí viene una de las mondas.
LEAR
¿Qué pasa, hija? ¿A qué viene ese ceño? Estás muy ce¬ñuda últimamente.
BUFÓN
Eras muy afortunado cuando no te importaba su ceño. Pero ahora eres un cero pelado. Yo soy más que tú: soy un bufón; tú no eres nada. [A GONERIL] Sí, muy bien; me callaré. Aunque no me lo hayáis dicho, me lo manda vuestra cara.
Chitón, chitón:
quien ni una miga guardó,
aprenderá su valor.
Éste es una vaina sin guisantes.

GONERIL
Señor, no sólo este impune bufón,
sino otros de vuestro séquito insolente,
de continuo discuten y riñen, provocando
alborotos groseros e insufribles.
Señor, creí que haciéndooslo saber
me aseguraba el remedio, pero ya
estoy temiendo, a juzgar por lo que habéis
dicho y hecho ahora mismo, que disculpáis
su conducta y la alentáis al consentirla,
lo que, si así fuera, no quedaría sin censura,
ni, por el bien del Estado, tardaría el castigo,
que podría ofenderos y en otro caso
parecer humillante, si no fuese
porque la necesidad lo estimaría sensato.
BUFÓN
Pues, ya lo sabes, abuelo:
Tanto le alimentaba el gorrión
que el cuco la cabeza le arrancó.
Y la luz se apagó y nos quedamos a oscuras.
LEAR
¿Tú eres hija mía?
GONERIL
Quisiera que obrarais con prudencia,
de la que estáis bien dotado, y os libraseis
de los arranques que recientemente
os han hecho cambiar tanto.
BUFÓN
¿Ni un bobo ve cuándo el carro tira de la mula? ¡Arre, Juana, que te quiero!
LEAR
¿Alguno me conoce? Éste no es Lear.
¿Anda así Lear? ¿Habla así? ¿Dónde están sus ojos?
Le flaquea el entendimiento, o el juicio
se le ha embotado ...¡Cómo! ¿Despierto? No.
¿Hay alguien que pueda decirme quién soy?
BUFÓN
La sombra de Lear.*
LEAR
¿Cómo os llamáis, bella dama?
GONERIL
Señor, esa afectación es del mismo orden
que vuestras otras rarezas. Os ruego
que entendáis rectamente mi propósito.
Como anciano respetable, debíais ser juicioso.
Tenéis cien caballeros y escuderos,
gente tan escandalosa, disipada e insolente
que nuestra corte, contagiada de sus vicios,
parece un hostal de mala vida:
el placer y la lujuria la asemejan
más a una taberna o un prostíbulo
que a un palacio honorable. El propio sonrojo
exige remedio inmediato. Dejad que os suplique
la que, si no, tomará lo que pide:
reducid vuestra escolta. Y los que continúen
a vuestro servicio, que sean
hombres como corresponde a vuestra edad,
que saben contenerse y conteneros.
LEAR
¡Demonios y tinieblas! ¡Ensillad mis caballos!
¡Reunid mi séquito! –– ¡Bastarda degenerada!
No pienso molestarte: aún me queda otra hija.
GONERIL
Golpeáis a mis criados y vuestra chusma
insolente se impone a sus superiores.

Entra ALBANY.

LEAR
¡Ay del que tarde se arrepiente! –
¿Tú querías esto? ¡Vamos, dímelo! –
¡Preparad mis caballos! –– Ingratitud,
demonio con el corazón de mármol,
más horrible que un monstruo de mar
al mostrarte en una hija.
ALBANY
Calmaos, os lo ruego.
LEAR [a GONERIL]
¡Odioso buitre, mientes! Mi escolta
la forman caballeros eximios y escogidos
que conocen sus deberes a conciencia
y ponen su mayor esmero en mantenerse
a la altura de su nombre. ¡Ah, esa falta tan pequeña
parecía en Cordelia tan horrible!
Como el potro de tortura, dislocó
todo mi ser, me arrancó del corazón
todo cariño, llenándolo de hiel.
¡Ah, Lear, Lear, Lear! ¡Llama a esta puerta,
que dejó entrar a tu demencia y salir
a tu cordura! –– Vamos, vamos, señores.
ALBANY
Señor, soy tan inocente como ignorante
de lo que os ha excitado.
LEAR
Tal vez, señor. ––
¡Óyeme, Naturaleza! ¡Escucha, diosa amada!
Si fue tu voluntad hacer fecundo
a este ser, renuncia a tu propósito.
Lleva a sus entrañas la esterilidad.
Sécale los órganos de la generación,
y de su cuerpo envilecido nunca nazca
criatura que la honre. Y, si ha de procrear,
que su hijo sea de hiel y sólo viva
para darle tormentos inhumanos.
Que le abra arrugas en su frente juvenil,
le agriete las mejillas con el llanto
y convierta las penas y alegrías de una madre
en burla y menosprecio, para que sienta
que tener un hijo ingrato duele más
que un colmillo de serpiente. ¡Vamos, vamos!

Sale [con su escolta].

ALBANY
¡Por todos los dioses! ¿A qué se debe esto?
GONERIL
No te inquietes por saberlo;
que su arrebato tenga todo el campo libre
que le da la chochez.

Entra LEAR.

LEAR
¡Cómo! ¿Cincuenta de mis hombres de una vez?
¿De aquí a dos semanas?
ALBANY
Pero, ¿qué pasa, señor?
LEAR
Ya te lo diré. ––
[A GONERIL] ¡Vida y muerte! Me avergüenza
que puedas sacudir mi hombría de este modo,
que seas digna de estas lágrimas ardientes
que me brotan. ¡Rayos y tormentas sobre ti!
¡Las llagas insondables de mi paterna maldición
corroan tus sentidos! Viejos ojos necios,
si seguís llorando, os arrancaré
y arrojaré con todo vuestro llanto
para que ablandéis la arcilla.
Muy bien. Me queda otra hija,
que sin duda me dará cariño y consuelo.
Cuando sepa lo que has hecho, con las uñas
te desollará esa cara de loba. Ya verás
si no recobro la figura a la que crees
que he renunciado para siempre.

Sale.

GONERIL
¿Te has fijado?
ALBANY
Goneril, el gran amor que te tengo
no me impide...
GONERIL
Basta, te lo ruego. –– ¡Eh, Oswald! ––
[Al BUFóN] Tú, más farsante que bufón,
¡corre con tu amo!
BUFÓN
¡Eh, Lear, abuelo Lear!
¡Espera, que va el bufón!
La zorra, si la has pillado,
y una hija como ésta
acabarán mal, si el gorro
me lo cambian por la cuerda;
conque el bufón no se queda.

Sale.

GONERIL
¡Qué bien le aconsejaron! ¡Cien caballeros!
¡Demuestra gran prudencia mantenerle
con cien caballeros armados! Sí,
para que al menor capricho, rumor, antojo,
queja o desagrado proteja su chochez
por la violencia y ponga nuestras vidas en peligro. ––
¡Eh, Oswald!
ALBANY
Creo que recelas demasiado.
GONERIL
Es mejor que fiarse demasiado.
Antes suprimir el daño que recelo
que vivir temiendo el daño. Le conozco bien.
He escrito a mi hermana y se lo he contado todo.
Si le acoge con sus cien caballeros,
cuando le hago ver la improcedencia...

Entra [OSWALD, el] mayordomo.

Oswald, ¿has escrito esa carta a mi hermana?
OSWALD
Sí, señora.
GONERIL
Que alguien te acompañe, y al caballo.
Infórmala bien de mis recelos
y añádele cuantas razones los confirmen.
Vete ya y regresa a toda prisa.

[Sale OSWALD.]

No, no, mi señor: no condeno tu conducta
blanda y generosa, aunque, permíteme decirte
que es más censurada tu falta de prudencia
que elogiada tu dañosa mansedumbre.
ALBANY
Por dónde ven tus ojos no puedo adivinarlo;
lo bueno se malogra queriendo mejorarlo.
GONERIL
Entonces...
ALBANY
Muy bien. Lo veremos.

Salen.

L.v Entran LEAR, KENT, un CABALLERO y el BUFÓN.

LEAR [a KENT]
Adelántate con esta carta. A mi hija le respondes sola¬mente lo que pueda preguntarte de la carta. Demuestra diligencia o llegaré antes que tú.
KENT
Señor, no dormiré hasta haber entregado la carta.

Sale.

BUFÓN
Si tuviéramos el cerebro en los talones, ¿no podrían sa¬lirnos sabañones?
LEAR
Sí, muchacho.
BUFÓN
Entonces, alégrate. Tu seso no tendrá que llevar zapati¬llas.
LEAR
¡Ja, ja, ja!
BUFÓN
Ya verás lo bien que te trata la otra hija, pues, aunque se parece a ésta como un pero a una manzana, yo sé lo que sé.
LEAR
¿Y qué sabes, muchacho?
BUFÓN
Pues que la otra sabrá igual, como un pero y otro pero.
¿Sabes por qué tenemos la nariz en medio de la cara?
LEAR
No.
BUFÓN
Para tener un ojo a cada lado. Así se ve lo que no se puede oler.
LEAR
Fui injusto con ella.
BUFÓN
¿Sabes cómo hace su concha la ostra?
LEAR
No.
BUFÓN
Yo tampoco. Pero sé por qué el caracol tiene casa.
LEAR
¿Por qué?
BUFÓN
Pues para meter la cabeza dentro, en vez de dársela a sus hijas y dejar los cuernos al aire.
LEAR
Prescindiré de mi afecto. ¡Un padre tan bueno! –– ¿Están listos mis caballos?
BUFÓN
Los están preparando tus burros. Si las siete estrellas no son más que siete es por una buena razón.
LEAR
Porque no son ocho.
BUFÓN
Pues, claro. Tú serías un buen bufón.
LEAR
Recobrarlo por la fuerza... ¡Monstruosa ingratitud!
BUFÓN
Abuelo, si fueses mi bufón, te mandaría azotar por ser viejo antes de tiempo.
LEAR
¿Qué quieres decir?
B UFÓN
Que no debías haberte hecho viejo hasta haber sido sensato.
LEAR
¡Cielos clementes, que no me vuelva loco, no!
¡Conservadme la razón, no quiero enloquecer! ––
Bueno, ¿están listos los caballos?
CABALLERO
Listos, señor.
LEAR
Vamos, muchacho.
BUFÓN
La que siendo ahora virgen se ríe de mi marcha
dejará de ser virgen si la cosa se alarga.

Salen.

II.i Entran [EDMOND, el] bastardo y CURAN por lados opuestos.

EDMOND
Dios os guarde, Curan.
CURAN
Y a vos, señor. Vengo de ver a vuestro padre y le he informado de que el Duque de Cornwall y la Duquesa Regan llegarán esta noche.
EDMOND
¿Cómo es eso?
CURAN
No lo sé. ¿Habéis oído las últimas noticias o, mejor di¬cho, los rumores, ya que por ahora no pasan de susurros?
EDMOND
No. ¿Qué dicen?
CURAN
¿No os han dicho nada de una guerra inminente entre los Duques de Cornwall y de Albany?
EDMOND
Ni una palabra.
CURAN
Entonces lo sabréis a su tiempo. Adiós, señor.

Sale.

EDMOND
¡El duque aquí esta noche! ¡Bien! ¡Magnífico!
Por fuerza esto encaja con mi plan.
Mi padre ha mandado apresar a mi hermano;
y yo tengo un asunto bastante delicado
que debo acometer. ¡Presteza y fortuna, actuad! ––
¡Oye, hermano! ¡Baja! ¡Eh, hermano!

Entra EDGAR.

Nuestro padre vigila. ¡Huye de aquí!
Han averiguado dónde te escondes.
Aprovecha la ventaja de la noche.
¿Qué has dicho contra el Duque de Cornwall?
Se acerca aquí, ahora, esta noche, a toda prisa,
y Regan le acompama. ¿O qué has dicho
en su favor y contra el Duque de Albany?
Haz memoria.
EDGAR
Ni una palabra, seguro.
EDMOND
Oigo acercarse a nuestro padre. Perdona,
pero he de simular que desenvaino contra ti.
Tú también: finge defenderte. Y pelea bien. ––
¡Ríndete! ¡Ven ante mi padre! ¡Aquí, luces! ––
Huye, hermano. –– ¡Antorchas, antorchas! ––Adiós.

Sale EDGAR.

Un poco de sangre les hará pensar
que la lucha ha sido cruel. He visto a borrachos
hacerse mucho más por diversión.

[Se hiere el brazo.]

¡Padre, padre! –– ¡Detente, detente! ––
¿Quién me ayuda?

Entra GLOSTER y criados con antorchsa.

GLOSTER
Bueno, Edmond, ¿dónde está el infame?
EDMOND
Estaba aquí, en la oscuridad, espada en mano,
musitando maleficios, invocando
el valimiento de la luna.
GLOSTER
Pero, ¿dónde está?
EDMOND
Mirad, señor, estoy sangrando.
GLOSTER
¿Dónde está el infame, Edmond?
EDMOND
Huyó por ahí, señor, al ver que no podía...
GLOSTER
¡Perseguidle! ¡Corred tras él!

[Salen los criados.]

«Al ver que no podía», ¿qué?

EDMOND
Convencerme de que os asesinara.
Le dije que los dioses vengadores
lanzan rayos contra todo parricida;
le hablé de los vínculos múltiples y fuertes
que ligan al hijo con el padre; en suma,
al ver que me oponía con aversión
a propósito tan antinatural, él,
con feroz estocada, arremetió
contra mi cuerpo indefenso, hiriéndome el brazo.
Mas, al verme con el ánimo alertado,
reaccionando en defensa de lo justo,
o tal vez espantado por el ruido que yo hacía,
de pronto salió huyendo.
GLOSTER
Que huya bien lejos. En esta tierra
no tiene donde seguir en libertad;
y si le hallan, morirá. El noble duque,
mi señor y gran patrón, llega esta noche.
Con su autoridad anunciaré
que será recompensado quien encuentre
y entregue a la horca al cobarde asesino;
y a quien le encubra, muerte.
EDMOND
Intentaba apartarle de su plan, mas al verle
dispuesto a ejecutarlo, con ásperas palabras
le amenacé con delatarle. Me contestó:
«¡Bastardo pordiosero! ¿Te imaginas
que, si yo afirmase lo contrario,
tu crédito, mérito o valer bastarían
para dar fe de tus palabras? No: cuanto niegue
(y esto he de negarlo aunque lo muestres
escrito con mi letra), lo achacaré
a tu intriga, instigación, y maniobra.
Muy boba tendría que ser la gente
para no ver que el beneficio de mi muerte
es un incentivo claro y poderoso
para que quieras matarme.»
GLOSTER
¡Ah, infame cruel y empedernido!
¿Y dijo que negaría su propia carta?

Clarines dentro.

¡Escuchad, es el duque! No sé por qué viene.
Cerraré toda salida; el infame
no escapará. El duque no podrá negármelo.
Además, enviaré su retrato a todas partes,
para que le identifique todo el reino.
Y buscaré la manera, hijo digno y leal,
de hacerte heredero de mi hacienda.

Entran CORNWALL, REGAN y acompaña¬miento.

CORNWALL
¿Qué hay, noble amigo? Apenas llegado,
me cuentan noticias sorprendentes.
REGAN
Si son ciertas, no habrá venganza capaz
de castigar al culpable. ¿Cómo estáis, señor?
GLOSTER
Con mi viejo corazón destrozado, señora.
REGAN
¿Iba a daros muerte el ahijado de mi padre?
¿Aquél a quien mi padre puso nombre? ¿Vuestro Edgar?
GLOSTER
¡Ah, señora! La vergüenza querría ocultarlo.
REGAN
¿No andaba con esos libertinos
que servían a mi padre?
GLOSTER
No lo sé, señora. ¡Es horrible, horrible!
EDMOND
Sí, señora. Se juntaba con ellos.
REGAN
Con razón era tan pérfido.
Le incitan a matar a su padre
para que pueda gastar y derrochar sus rentas.
Esta misma noche he sido informada
de ellos por mi hermana, y con tales advertencias
que, si vienen a alojarse en nuestra casa,
yo no estaré.
CORNWALL
Ni yo, te lo aseguro, Regan.
Edmond, me dicen que has prestado
un gran servicio filial a tu padre.
EDMOND
Era mi deber, señor.
GLOSTER
Le descubrió la intriga y recibió
esa herida tratando de prenderle.
CORNWALL
¿Están persiguiéndole?
GLOSTER
Sí, señor.
CORNWALL
Si le detienen, no habrá que temer
más traiciones. Tomad vuestras medidas
y disponed de mis medios. Tú, Edmond,
cuya obediencia y valer han hablado
por sí mismos, serás de los nuestros.
Hombres de tanta confianza van a serme
necesarios. Pasas a mi servicio.
EDMOND
Os serviré cuanto pueda
y siempre con lealtad.
GLOSTER
Os lo agradezco en su nombre.
CORNWALL
No sabéis por qué venimos a veros.
REGAN
Tan a destiempo, adentrándonos por las sendas
de la noche. Noble Gloster, son cuestiones
de importancia que exigen vuestro consejo.
Nuestro padre, así como nuestra hermana,
me informan de discordias, y he estimado
conveniente responder lejos de nuestra casa.
Los mensajeros aguardan la orden de partir.
Nuestro viejo gran amigo, alegraos
y dispensad vuestro valioso consejo
en un asunto que requiere acción inmediata.

Salen. Clarines.

II.ii Entran KENT y [OSWALD, el] mayordomo, por la¬dos opuestos.

OSWALD
Buenas noches, amigo. ¿Eres de la casa?
KENT
Sí.
OSWALD
¿Dónde podemos atar los caballos?
KENT
En el barro.
OSWALD
Vamos, dímelo, si lo tienes a bien.
KENT
Lo tengo a mal.
OSWALD
Bueno, y tú no me caes bien.
KENT
Como te agarre, verás qué bien te caigo.
OSWALD
¿Por qué me tratas así? ¡Si no te conozco!
KENT
Pero yo a ti sí.
OSWALD
¿Quién soy yo?
KENT
Un bergante, un bribón, un lameplatos, un granuja rastrero, altanero, vacío; un lacayo ambicioso y pela¬gatos con calzas de estopa; un pícaro miedica, pleitea¬dor, hijo de puta, miraespejos, servil y relamido; un esclavo pobretón, que haría de alcahuete por dar buen servicio y que no es más que una mezcla de granuja, pordiosero, cobarde, rufián e hijo y heredero de perra mestiza; un tipo al que voy a sacudir hasta arrancarle chillidos si me niega una sílaba de cuanto le he lla¬mado.
OSWALD
Eres un tipo espantoso, maldiciendo a quien no te co¬noce ni conoces.
KENT
Y tú un bellaco insolente, negando que me conoces. ¿No hace dos días que te puse la zancadilla y te pegué ante el rey? ¡Desenvaina, granuja, que, aunque sea de noche, hay luna! ¡Te voy a hacer picadillo lunar, barbi¬lindo rastrero hijo de puta! ¡Desenvaina!
OSWALD
¡Fuera! Contigo no tengo que ver.
KENT
¡Desenvaina, bergante! Vienes con una carta contra el rey y te pones de parte de doña Vanidad y contra su re¬gio padre. ¡Desenvaina, bellaco, o te dejo en carne viva esas zancas! ¡Desenvaina, granuja! ¡Vamos!
OSWALD
¡Socorro, auxilio! ¡Que me matan!
KENT
¡Ataca, cobarde! ¡Alto, granuja! ¡Detente, lindo co¬barde, y ataca!
OSWALD
¡Socorro! ¡Que me matan, que me matan!

Entran [EDMOND, el] bastardo, espada en mano, CORNWALL, REGAN, GLOSTER y criados.

EDMOND
¡Eh! ¿Qué ocurre? ¡Separaos!
KENT
Con vos, señorito. Si gustáis, dejad que os instruya. Vamos, mi joven maese.
GLOSTER
¿Armas? ¿Pelea? ¿Qué pasa aquí?
CORNWALL
¡Silencio, por vuestra vida! ¡El que ataque, morirá! ¿Qué ocurre?
REGAN
Los mensajeros de mi hermana y el rey.
CORNWALL
¿A qué se debe esta lucha? Hablad.
OSWALD
Estoy sin aliento, señor.
KENT
No es de extrañar, con el valor que derrochas, cobarde granuja. De ti reniega la naturaleza: a ti te hizo un sas¬tre.
CORNWALL
Eres un tipo singular. ¿Un sastre hacer a un hombre?
KENT
Un sastre, señor: un picapedrero o un pintor no le ha¬brían hecho tan mal, ni aun llevando sólo dos años en el oficio.
CORNWALL
Vamos, habla. ¿Cómo empezó la pelea?
OSWALD
Señor, este viejo energúmeno, cuya vida he perdonado por respeto a sus canas...
KENT
¡Tú, cero de puta, signo vacío! –– Señor, si me dais li¬cencia, patearé a este burdo infame hasta hacerle arga¬masa y enlucir las paredes de un retrete. ¿Por mis ca¬nas, colipavo?
CORNWALL
¡Silencio!
Zafio salvaje, ¿no tienes respeto?
KENT
Sí, señor, pero el enfado tiene preferencia.
CORNWALL
¿Qué es lo que tanto te enfada?
KENT
El que un bribón como éste vaya con espada
y sin honor. Granujas tan sonrientes
roen y rompen como ratas vínculos sagrados
que son indisolubles; dan gusto a los impulsos
que se desatan en el pecho de sus amos,
echando leña a su fuego y nieve a su desánimo;
niegan, afirman, giran su pico de alción
según cambia el viento de sus dueños
y, como perros, no saben más que seguirlos. ––
¡Maldita sea tu cara epiléptica!
¿Te ríes de mí como si fuese un bufón?
So ganso, si te agarro en la llanura de Sarum,
te llevo graznando a Camelot.
CORNWALL
Pero, ¿estás loco, viejo?
GLOSTER
¿Cómo empezó todo? Dilo.
KENT
No hay contrarios más inconciliables que este granuja y yo.
CORNWALL
¿Por qué granuja? ¿Qué ha hecho de malo?
KENT
No me gusta su semblante.
CORNWALL
Ni tal vez el mío, el suyo o el de ella.
KENT
Señor, mi oficio es ser claro:
he visto mejores caras en mi vida
que la que lleva encima de sus hombros
cualquiera de los que tengo delante.
CORNWALL
Éste es uno de ésos que, elogiado por sincero,
adopta una insolente tosquedad
y se impone una conducta opuesta a su carácter.
El no sabe adular, no; él es claro y franco
y siempre dice verdades: si las toman, bien;
si no, es que es sincero. Conozco a estos granujas:
en su franqueza ocultan más astucia
y corrupción que veinte lacayos que no cesan
de inclinarse y se extreman por cumplir.
KENT
Señor, de buena fe, con franca veracidad,
con la venia de vuestra egregia figura,
cuyo poder, igual que la ardiente aureola
que flamea en la frente de Febo...
CORNWALL
¿Qué te propones?
KENT
Salirme de mi estilo, que tanto os disgusta. Señor, sé que no soy adulador. El que os ha engañado hablando claro es claramente un granuja, y yo nunca lo seré, aun¬que me gane vuestro enojo al obligaros a rogármelo.
CORNWALL
¿En qué le ofendiste?
OSWALD
En nada. Hace poco, interpretándome mal,
su amo el rey tuvo a bien pegarme.
Entonces él, secundándole y halagando
su disgusto, me derribó por detrás.
Estando yo en el suelo, se creció,
me insultó y tanto se hizo el héroe
que logró distinguirse, y el rey le alabó
por rendir a quien no se resistía;
y ahora, excitado por su hazaña,
arremete de nuevo contra mí.
KENT
Estos granujas y cobardes son capaces
de engañar al mismo Áyax.
CORNWALL
¡Traed el cepo! Viejo incorregible,
maduro bravucón, yo te enseñaré.
KENT
Señor, a mi edad ya no se aprende.
No me queráis en el cepo. Sirvo al rey,
y por su encargo vine a veros.
Demostraríais poco respeto y gran violencia
a la persona y majestad de mi señor
castigando a su emisario.
CORNWALL
¡Traed el cepo! Por mi vida y mi honra,
que aquí se quedará hasta el mediodía.
REGAN
¿El mediodía? Hasta la noche, mi señor,
y toda ella.
KENT
Señora, si yo fuese el perro de vuestro padre
no me trataríais así.
REGAN
Mas, como eres su esclavo, lo haré.
CORNWALL
Este es uno de la especie de que habla
nuestra hermana. –– ¡Vamos, el cepo!

Sacan el cepo.

GLOSTER
Permitidme suplicaros: no lo hagáis.*
El rey se ofenderá si se ve menospreciado
en su propio mensajero y se lo encuentra
apresado de este modo.
CORNWALL
De eso respondo yo.
REGAN
Mi hermana se ofenderá mucho más
si insultan y atacan a su mayordomo.*
CORNWALL
Y ahora vamos, señor.

Salen [todos menos GLOSTER y KENT.]

GLOSTER
Me das pena, amigo. Pero es deseo del duque,
cuyo carácter, como todo el mundo sabe,
no se deja refrenar. Yo te defenderé.
KENT
No, mi señor. He viajado sin reposo.
Pasaré un rato durmiendo y el resto, silbando.
Al honrado la suerte se le acaba por los pies.
Buen día tengáis.
GLOSTER
El duque ha hecho mal: esto dará que sentir.

Sale.

KENT
Buen rey, verás que se cumple el dicho:
cuando el cielo te abandona,
te quedas expuesto al sol.
Acércate, faro de nuestro mundo,
que pueda, con tus socorridos rayos,
leer esta carta. Casi nadie ve milagros
mas que en la desgracia. Sé que es de Cordelia,
que por suerte ha tenido noticias
de mi simulación y hallará el momento
de proveer remedio y cura a tan extraordinaria
situación. Ojos soñolientos y cansados
de velar, aprovechad la ocasión y no veáis
mi humillante alojamiento.
Fortuna, buenas noches, vuelve a sonreír
y que gire tu rueda.

Se duerme. Entra EDGAR.

EDGAR
Oí pregonar que me buscan
y, gracias al hueco de un árbol, logré
evadir la persecución. No hay salida abierta,
ni puesto que no extreme la guardia
en espera de apresarme. Mientras pueda escapar,
me protegeré; tengo la intención
de ofrecer el aspecto más pobre e indigno
con el que la miseria, desdeñosa del hombre,
le redujo casi a bestia. Me ensuciaré la cara,
me ceñiré una manta, haré de mi pelo greñas
y, expuesta mi desnudez, lucharé
contra el viento y el acoso de los cielos.
El campo ofrece casos y ejemplos
de mendigos lunáticos que, vociferando,
se clavan en el brazo desnudo y entumecido
alfileres, pinchos de madera, clavos, puntas
de romero; con tan horrible espectáculo
van por míseras granjas, aldehuelas,
majadas y molinos, y, con locas maldiciones
o con súplicas, mueven a caridad:
«¡Socorred a Turlygod! ¡Limosna para Tom!»
Es lo que me queda, pues Edgar no existe.

Sale.
Entran LEAR, el BUFÓN y un CABALLERO.

LEAR
Es raro que salieran de ese modo sin dar respuesta a mi emisario.
CABALLERO
Oí decir que anteanoche no tenían pensamiento de ausentarse.
KENT
¡Salud, noble amo!
LEAR
¡Vaya! ¿Te diviertes con ese castigo?
KENT
No, señor.
BUFÓN
¡Ja, ja! ¡Qué ligas más duras lleva! Los caballos se atan por la cabeza, los perros y los osos por el cuello, los monos por la cintura y los hombres por las piernas. Quien mueve mucho las piernas, lleva medias de ma¬dera.
LEAR
¿Quién es el que confundió tu puesto
al punto de meterte ahí?
KENT
«El que» y «la que»: vuestro yerno e hija.
LEAR
No.
KENT
Sí.
LEAR
Que no.
KENT
Que sí.
LEAR
¡Por Júpiter, juro que no!
KENT
¡Por Juno, juro que sí!
LEAR
No se atreverían, no podrían,
no querrían. Atentar contra el respeto
con tales desafueros es peor que un crimen.
Cuéntame rápido y preciso de qué modo
mereciste o ellos te impusieron este trato,
siendo mi emisario.
KENT
Señor, cuando les di vuestra carta
en su residencia, estando aún de rodillas
presentando mis respetos, llegó un mensajero
a toda prisa y sudoroso, transmitiendo
entre jadeos saludos de su ama Goneril.
Sin importarle interrumpir, les entregó una carta
que leyeron sin demora y, al ver el mensaje,
llamaron a sus criados, montaron a caballo,
me mandaron seguirles y esperar respuesta,
mirándome con frialdad. Luego, aquí,
al encontrarme al otro mensajero,
cuya acogida fue veneno de la mía,
y viendo que era el mismo que hace poco
se mostró tan insolente con Vuestra Majestad,
con más valor que prudencia, desenvainé.
El despertó a la servidumbre con sus gritos
y alaridos de cobarde. Vuestro yerno e hija
juzgaron que mi ofensa merecía
la vergüenza que ahora sufro.
BUFÓN
Si vuela el ganso bravo, aún estamos en invierno.
Suele tener hijo ingrato
el padre que va harapiento,
pero el hombre adinerado
será padre de hijo tierno.
La fortuna, puta innoble,
le cierra la puerta al pobre.
Pero tú cogerás tantas perras por tus hijas que estarás
un año contándolas.
LEAR
¡Ah, la sofocación se me sube al pecho!
¡Hysterica passio, quieta! Angustia trepadora,
tu elemento está abajo. –– ¿Dónde está esa hija?
KENT
Está ahí dentro, señor, con el conde.
LEAR
No me sigáis. Esperad aquí.

Sale.

CABALLERO
¿No cometisteis más falta que la que habéis dicho?
KENT
Ninguna.
¿Cómo es que el rey viene con tan pocos?
BUFÓN
Si te hubieran metido en el cepo por hacer esa pre¬gunta, lo tendrías bien merecido.
KENT
¿Por qué, bufón?
BUFÓN
Te mandaremos a la escuela de la hormiga para que aprendas que en invierno no se trabaja. Salvo los cie¬gos, los que siguen su nariz se guían por los ojos, y no hay una sola nariz entre veinte que no huela al que apesta, Suelta la gran rueda que corre cuesta abajo, no sea que te mates por seguirla; pero, si va cuesta arriba, deja que tire de ti. Cuando un listo te dé mejor consejo, devúelveme el mío. Como lo da un bobo, que lo sigan los bribones.
Quien trabaja por la paga
y sirve por conveniencia,
en cuanto llueve se larga
y te deja en la tormenta.
Queda el bobo, marcha el listo,
y ahora me quedo yo.
Bobo el bribón que se ha ido,
que el bobo no es un bribón.

KENT
¿Dónde aprendiste eso, bobo?
BUFÓN
En el cepo no, bobo.

Entran LEAR y GLOSTER.

LEAR
¿Se niegan a verme? ¿Están indispuestos, cansados,
viajaron de noche? Simples evasivas,
signos de rebeldía y deserción.
Traedme otra respuesta.
GLOSTER
Querido señor, ya conocéis
el carácter irascible del duque
y sabéis lo constante e inflexible
que es en sus decisiones.
LEAR
¡Venganza! ¡Peste! ¡Muerte! ¡Destrucción!
«¿Carácter?» «¿Irascible?» Gloster, Gloster,
quiero ver al Duque de Cornwall y a su esposa.
GLOSTER
Pero, señor, ya les he informado.
LEAR
«¡Informado!» Pero, ¿es que no me entiendes?
GLOSTER
Sí, señor.
LEAR
El rey quiere ver al duque; el padre
quiere ver a su hija, le ordena obediencia...
¿Les has « informado»? ¡Por mi vida y mi sangre!
¿Conque «irascible»? Pues dile al colérico duque...
Bueno, no: quizá no esté bien.
La dolencia descuida las obligaciones
que debe cumplir la salud; no somos los mismos
cuando, aquejada, la naturaleza
obliga al espíritu a sufrir con el cuerpo.
Seré paciente; y reniego de la irreflexión
que me ha hecho tomar el acto de un enfermo
por el de un sano. –– ¡Muerte a mi realeza!
¿Por qué está él ahí? Esta acción me convence
de que el viaje del duque y de mú hija
es pura farsa. Quiero que liberéis a mi criado.
Id a decirles al duque y a su esposa
que quiero verlos. ¡Ahora mismo, ya!
Decidles que salgan y me oigan
o tocaré el tambor a la puerta de su cuarto
hasta matar el sueño para siempre.
GLOSTER
Deseo que haya paz entre vosotros.

Sale.

LEAR
¡Ah, el corazón, se me sube el corazón! ¡Abajo!.
BUFÓN
Tú grítale, abuelo, como aquella cocinera que metía las anguilas vivas en la masa; les zurraba en la cresta con un palo, gritándoles: «¡Abajo, rebeldes, abajo!» Su hermano fue aquél que, de pura bondad con su caballo, le puso mantequilla al pienso.

Entran CORNWALL, REGAN, GLOSTER y criados.

LEAR
Buenos días a los dos.
CORNWALL
Salud a vos, mi señor.

KENT es puesto en libertad.

REGAN
Me alegro de veros, señor.
LEAR
Te creo, Regan, y sé por qué razón
te creo: si no te alegrases,
maldeciría la sepultura de tu madre
por ser la tumba de una adúltera. ––
[A KENT] ¡Ah! ¿Estás libre? Hablaremos de esto. ––
Querida Regan, tu hermana es perversa.
¡Ah, Regan! Cual buitre, me ha clavado en el pecho
el pico punzante de la ingratitud.
Apenas puedo hablarte; no creerías
de qué modo tan malvado ...¡Ah, Regan!
REGAN
Os lo ruego, señor, conteneos.
Quiero creer que no la estimáis en lo que vale,
no que ella falte a su deber.
LEAR
¿Cómo? ¿Qué dices?
REGAN
No puedo creer que mi hermana sea capaz
de eludir su obligación. Señor, si acaso
refrenó los desmanes de vuestros seguidores,
lo hizo por motivos y fines tan sensatos
que la eximen de toda culpa.
LEAR
¡Pues yo la maldigo!
REGAN
Señor, sois anciano. En vos la naturaleza
está al borde de su término. Dejad
que os guíe y conduzca el prudente
que aprecia vuestra condición mejor que vos.
Por tanto, os suplico que volváis
con mi hermana. Decid que la agraviasteis.
LEAR
¿Pedirle perdón? ¡Muy propio de la paternidad!
«Querida hija, reconozco que soy viejo.
La vejez es una inútil. Te pido de rodillas
que te dignes darme ropa, cama y alimento.»
REGAN
Basta, señor. Esos gestos son indecorosos.
Volved con mi hermana.
LEAR
Jamás, Regan. Me ha quitado la mitad
de mi séquito; estuvo ceñuda conmigo;
cual serpiente, me hirió el corazón con su lengua.
¡Que todas las venganzas que atesoran los cielos
caigan sobre su ingrata cabezal
¡Aires malsanos, dejadle baldados
sus jóvenes miembros!
CORNWALL
¡Vamos, vamos, señor!
LEAR
¡Raudos relámpagos, lanzad contra sus ojos
desdeñosos vuestras llamas cegadoras!
¡Miasmas que emanáis de las ciénagas
con el fuego del sol, corromped su belleza
y llenadla de llagas!
REGAN
¡Dioses benditos! También me lo desearéis
a mí en momentos de arrebato.
LEAR
No, Regan, yo nunca te maldeciré.
Tu condición apacible no puede
volverte tan cruel. Sus ojos asustan; los tuyos
confortan y no queman. No es propio de ti
escatimarme deseos, reducirme la escolta,
contestarme con dureza, regatearme el subsidio
y, en suma, recibirme echando el cerrojo.
Tú conoces los deberes naturales,
tu obligación filial, los actos de cortesía,
las deudas de gratitud. Tú no has olvidado
la mitad del reino que te di por dote.
REGAN
Señor, al asunto.
LEAR
¿Quién puso a mi hombre en el cepo?

Toque de trompeta dentro.

CORNWALL
¿Qué señal es ésa?
REGAN
La conozco: es la de mi hermana; esto confirma
su aviso de que llegaría pronto.

Entra [OSWALD, el] mayordomo.

¿Ha llegado tu señora?
LEAR
Éste es un granuja que se crece de prestado
a cuenta del favor inconstante de su ama.
¡Fuera de mi vista, lacayo!
CORNWALL
Señor, ¿qué os proponéis?

Entra GONERIL.

LEAR
¿Quién castigó a mi emisario? Regan,
confío en que tú no sabías nada. ––
¿Quién llega? ¡Ah, dioses! Si amáis a los ancianos,
si vuestro benigno poder reconoce
la obediencia, si también sois ancianos,
¡haced vuestra mi causa! ¡Asistidme y defendedme!
[A GONERILI ¿No te avergüenza mirar estas canas?
¡Ah, Regan! ¡La coges de la mano!
GONERIL
¿Por qué no iba a hacerlo? ¿Qué he hecho yo de malo?
Malo no es todo lo que cree la necedad
y juzga la chochez.
LEAR
¡Ah, pecho, cómo resistes! ¿Aún puedes
soportarlo? –– ¿Quién puso a mi hombre en el cepo?
CORNWALL
Fui yo, señor. Pero sus excesos
no merecían ese honor.
LEAR
¿Tú? ¿Fuiste tú?
REGAN
Os lo ruego, padre: reconoced que sois débil.
Si, hasta el fin de vuestro mes,
queréis volver y residir con mi hermana,
despidiendo a la mitad de vuestro séquito,
venid después conmigo. Estando ausente de casa,
no dispongo de los medios necesarios
para recibiros.
LEAR
¿Volver con ella y despedir cincuenta hombres?
No, antes renuncio a todo techo;
me asociaré con lobos y con búhos
y bajo la furia de los cielos me expondré
al mordisco de la privación. ¿Volver con ella?
Ahí está el fogoso Rey de Francia, que a mi hija
menor tomó sin dote: también podría arrodillarme
ante su trono y pedirle un subsidio de escudero
para seguir en esta vida miserable.
¿Volver con ella? Antes pídeme que sea
esclavo y siervo de este odioso mayordomo.
GONERIL
Como os plazca, señor.
LEAR
Te lo ruego, hija mía, no me vuelvas loco.
No pienso molestarte, hija. Adiós.
Ya nunca nos veremos, ni nos encontraremos.
Pero eres mi carne, mi sangre, mi hija,
o más bien infección de mi carne
que forzosamente es mía. Eres un tumor,
una llaga que supura, una úlcera inflamada
en mi sangre corrompida. Mas no pienso reprenderte.
Venga el oprobio cuando quiera: yo no lo invoco.
No le pido al dios del trueno que fulmine,
ni te acuso ante Júpiter, el juez supremo.
Enmiéndate cuando puedas y a tu conveniencia.
Yo soy paciente; puedo vivir con Regan,
yo y mis cien caballeros.
REGAN
No exactamente. Yo no os esperaba,
ni estoy preparada para una digna acogida.
Señor, atended a mi hermana: quienes vean
vuestros arranques fríamente, por fuerza
convendrán en que sois viejo, así que...
Ella sabe lo que hace.
LEAR
¿Es cierto lo que oigo?
REGAN
Muy cierto, señor. ¡Cincuenta caballeros!
¿No os bastan? ¿Para qué más,
o para qué tantos, cuando el gasto y el peligro
rechazan tan alto número? En una casa,
¿cómo puede vivir en armonía
tanta gente con dos amos?
Es difícil, casi imposible.
GONERIL
¿Por qué, mi señor, no pueden serviros
los que son sus criados o los míos?
REGAN
¿Por qué no, señor? Si os desatienden,
podemos reprenderlos. Como ahora veo el riesgo,
si venís conmigo, os ruego que traigáis
nada más que veinticinco; a ninguno más
daré posada ni admisión.
LEAR
Yo os lo di todo.
REGAN
Y en buena hora.
LEAR
Os hice mis delegadas, mis depositarias,
reservándome el derecho a cierto número
de seguidores. ¿He de ir a tu casa
con veinticinco? Regan, ¿es eso lo que has dicho?
REGAN
Y lo repito, señor: conmigo ni uno más.
LEAR
Los seres perversos parecen hermosos
al lado de otros más perversos: no ser lo peor
también tiene mérito. –– [A GONERIL] Voy contigo:
tus cincuenta son dos veces veinticinco
y tu amor dobla al suyo.
GONERIL
Oídme, señor. ¿Qué necesidad tenéis
de veinticinco, diez o cinco en una casa
en que el doble está a vuestro servicio?
REGAN
¿Qué necesidad de uno?
LEAR
¡No discutáis la «necesidad»! El mendigo
más pobre posee algo superfluo.
Si no dais a la naturaleza
más de lo necesario, la vida humana vale
menos que la de la bestia. Tú eres una dama:
si abrigarse fuera ir engalanado,
no te harían falta esas galas que llevas,
pues apenas te abrigan. En cuanto a necesidad,
¡dadme, cielos, la paciencia necesaria!
Aquí me veis, dioses: un pobre anciano,
cargado de años y penas, mísero en ambos.
Si sois vosotros los que indisponéis
a estas hijas con su padre, no hagáis de mí
el necio que todo lo soporta mansamente;
infundidme noble cólera y no dejéis
que esas armas de mujer, las lágrimas,
deshonren mi hombría. No, brujas desalmadas;
tomaré tal venganza de vosotras
que el mundo entero... Lo haré... No sé aún
qué va a ser, mas será el terror de la tierra.
Creéis que lloraré. No, no voy a llorar.
Me sobran motivos;

Fragor de tormenta.

pero este corazón saltará en mil pedazos
antes de que llore. –– ¡Ah, bufón, voy a enloquecer! ––

Salen LEAR, GLoSTER, el BUFÓN [y el CABALLERO].

CORNWALL
Entremos; se acerca una tormenta.
REGAN
La casa es pequeña; no puede alojar bien
al viejo y su gente.
GONERIL
Es culpa suya. Si renuncia al reposo,
que pruebe su locura.
REGAN
Le recibiré gustosamente a él solo,
pero a ninguno de su escolta.
GONERIL
Ésa es mi intención. ¿Dónde está el Conde de Gloster?
CORNWALL
Salió con el viejo. Aquí vuelve.

Entra GLOSTER.

GLOSTER
El rey está furiosísimo.
CORNWALL
¿Adónde va?
GLOSTER
Ha ordenado montar, mas no sé adónde va.
CORNWALL
Más vale dejarle: es su propia guía.
GONERIL
Señor, de ningún modo le pidáis que se quede.
GLOSTER
Pero se acerca la noche y braman
feroces los vientos. Apenas hay un arbusto
en millas a la redonda.
REGAN
Ah, señor, al testarudo
el daño que se hace a sí mismo
debe servirle de lección. Cerrad las puertas.
Le siguen unos temerarios, y la prudencia
aconseja guardarse de las provocaciones
a que pueda dejarse llevar.
CORNWALL
Cerrad las puertas, señor. La noche es temible.
Regan dice bien. Protejámonos de la tormenta.

Salen.

III.i Sigue la tormenta. Entran KENT y un CABALLERO por lados opuestos.

KENT
¿Quién va, además del tiempo infame?
CABALLERO
Alguien tan turbado como el tiempo.
KENT
Yo os conozco. ¿Dónde está el rey?
CABALLERO
Luchando con los fieros elementos;
al viento le dice que hunda la tierra
en las aguas o levante el mar encrespado
sobre los continentes y que todo
se altere o destruya.*
KENT
Pero, ¿quién va con él?
CABALLERO
Sólo el bufón, que se esfuerza en aliviarle
las penas con sus bromas.
KENT
Señor, os conozco lo bastante
como para confiaros un asunto de importancia,
Aunque por ahora guardan apariencias
con parejo disimulo, hay enfrentamiento
entre Albany y Cornwall, que tienen criados
(¿y quién tan encumbrado de Fortuna
no los tiene?), que, aunque lo parecen,
son espías que informan a Francia
sobre nuestro Estado: lo que han visto
de las riñas e intrigas de los duques
o la dureza con que ambos han tratado
al anciano rey; o algo más profundo,
de lo cual todo esto es sólo síntoma.*
CABALLERO
Habrá que hablar más de esto.
KENT
No. Para confirmar que soy mucho más
que mi apariencia, abrid esta bolsa
y sacad el contenido. Si véis a Cordelia,
y sin duda la veréis, mostradle este anillo,
y ella os dirá quién es ese hombre
que no conocéis. ¡Maldita tormenta!
Voy en busca del rey.
CABALLERO
Dadme la mano. ¿Queréis decir algo más?
KENT
Poco, aunque de gran trascendencia.
Cuando encontremos al rey (id vos
por ese lado, yo por éste), quien primero
dé con él, que grite al otro.

Salen.

III.ii Sigue la tormenta. Entran LEAR y el BUFÓN.

LEAR
¡Soplad, vientos, y rajaos las mejillas!
¡Rugid, bramad! ¡Romped, turbiones y diluvios,
hasta anegar las torres y hundir las veletas!
¡Fuegos sulfúreos, raudos como el pensamiento,
heraldos del rayo que parte los robles,
quemadme las canas! Y tú, trueno estremecedor,
¡aplasta la espesa redondez de la tierra,
rompe los moldes de la naturaleza y mata
la semilla que produce al hombre ingrato!
BUFÓN
Ah, abuelo: más vale dar jabón en seco que renegar bajo esta lluvia. Entra, abuelo, y pídeles la bendición a tus hijas. La noche no perdona ni a bobo ni a listo.
LEAR
¡Retumbe tu vientre! ¡Escupe, fuego; revienta, nube!
Ni lluvia, viento, trueno, ni rayo son mis hijas.
De ingratitud no os acuso, elementos:
yo nunca os di un reino, jamás os llamé hijos.
No me debéis obediencia, así que arrojad
vuestro horrendo placer. Aquí está vuestro esclavo,
un pobre anciano, mísero, débil, despreciado.
Y, sin embargo, os llamo aliados serviles
que, unidos a mis dos hijas perversas,
desde el cielo lanzáis vuestras legiones
sobre cabeza tan blanca, tan vieja. ¡Ah, infamia!
BUFÓN
Quien tiene una casa donde meter la cabeza, tiene una buena sesera.
Braguetero busca un hoyo
y va con cabeza al aire,
que se llenará de piojos
cuando tenga que casarse.
El que atiende al dedo gordo
mucho más que al corazón
por un callo andará loco
y despierto del dolor.
Pues no hay mujer guapa que no haga visajes delante del espejo.

Entra KENT.

LEAR
No, seré un modelo de paciencia.
No diré nada.
KENT
¿Quién va?
BUFÓN
Pues la majestad y el braguetero, es decir un sabio y un bobo.
KENT
Ah, señor, ¿estáis ahí? Ni los que aman la noche
aman noches como ésta. Los coléricos cielos
espantan a las fieras que vagan en las sombras
y las retienen en sus cuevas. Desde que soy hombre
no recuerdo haber visto estos chorros de fuego,
ni oído este retumbar del hórrido trueno,
ni estos gemidos de lluvia y viento rugiente.
El hombre no soporta tal angustia ni temor.
LEAR
Que los grandes dioses que engendraron
tan terrible tumulto sobre nuestras cabezas
descubran ahora a sus enemigos. Tiembla,
desgraciado, que callas tus recónditos delitos
aun sin castigar. Escóndete, asesino,
perjuro, hipócrita incestuoso. Estremécete,
infame, y salta en pedazos por haber
tramado contra el hombre bajo capa
de bondad. Crímenes ocultos, abrid
vuestros antros y pedid perdón
a estos terribles emisarios.
Víctima soy del pecado más que pecador.
KENT
¡Cómo! ¿A cabeza descubierta? ––
Majestad, aquí cerca hay una choza:
os dará cobijo en esta tempestad.
Descansad dentro, mientras voy al duro palacio
(más duro que la piedra de sus muros,
donde hace poco me han negado acceso
al preguntar por vos) a obligarles
a mostrar siquiera cortesía.
LEAR
La cabeza se me va. ––
Vamos, muchacho. ¿Cómo estás? ¿Tienes frío?
Yo también. –– ¿Dónde está esa choza, amigo?
El arte de la necesidad es admirable:
vuelve valioso lo mísero. Vamos, la cabaña. ––
Mi pobre y pícaro bufón, en mi pecho
hay siempre un hueco que se apena por ti.
BUFÓN [canta]
Quien tiene poco juicio y sensatez,
do, re, mi, do, hay viento y lloverá,
a su destino se ha de someter,
pues un día y otro día lloverá.
LEAR
Cierto, muchacho. –– Vamos, llévanos a la choza.

Salen [LEAR y KENT].

BUFÓN
Espléndida noche hasta para enfriar a una golfa. Ante; de salir, haré una profecía:
Cuando sacerdotes no hagan y hablen
y los cerveceros la cerveza agüen;
cuando el noble enseñe al sastre su empleo
y, en lugar de herejes, ardan los puteros,
será porque el reino de Albión
ha entrado en la gran confusión.

Cuando en todo pleito se haga justicia,
y amo y escudero sin penurias vivan;
cuando nuestras lenguas no murmuren más
y nuestros rateros dejen de robar;
cuando el usurero saque sus reservas
y erijan iglesias putas y alcahuetas,
un tiempo habrá entonces, ¿y quién lo verá?,
en que nuestros pies sirvan para andar.
Será profecía del mago Merlín, que yo he nacido antes que él.

Sale.

III.iii Entran GLOSTER y EDMOND.

GLOSTER
¡Ay, Edmond! No me gusta este trato despiadado. Cuando les pedí permiso para aliviarle, se adueñaron de mi casa y me prohibieron, bajo pena de perpetuo disfavor, hablar de él, mediar por él o auxiliarle en modo alguno.
EDMOND
Eso es cruel y despiadado.
GLosTER
Bueno, tú no digas nada. Hay enfrentamiento entre los duques. Y un asunto aún peor. Esta noche he recibido una carta; es peligroso comentarla; la he guardado en mi escritorio. Los agravios que ahora sufre el rey serán vengados por entero: ya ha desembarcado parte de un ejército; debemos ponemos del lado del rey. Voy a bus¬carle; le ayudaré en secreto. Tú entretén al duque con¬versando, no vaya a descubrir mi auxilio. Si pregunta por mí, no estoy bien y me he acostado. Aunque me cueste la vida, como me han amenazado, hay que soco¬rrer al rey, mi anciano señor. Se avecinan sucesos sin¬gulares, Edmond. Lleva cuidado.

Sale.

EDMOND
Al duque he de informar sin dilación de esa bondad prohibida y de la carta. Esto merece un buen premio. Ganaré lo que pierda mi padre, que será su hacienda: cuando caen los viejos, los jóvenes medran.

Sale.

III.iv Entran LEAR, KENT y el BUFÓN.

KENT
Éste es el lugar, señor; entrad, mi señor.
La tiranía de esta noche no la soporta
nuestra naturaleza.

Sigue la tormenta.

LEAR
Déjame.
KENT
Mi buen señor, entrad aquí.
LEAR
¿Quieres partirme el corazón?
KENT
Antes me partiría el mío. Entrad, mi señor.
LEAR
Tú das importancia a que esta fiera tormenta
nos cale hasta los huesos. Tú lo ves así;
mas donde el mal es mayor, el menor
no se siente. Tú huirías de un oso,
mas si la huida te lleva a la mar brava,
tendrías que afrontarlo cara a cara.
Si está libre la mente, el cuerpo es sensible.
La tormenta de mi mente no me deja
sentir nada, salvo lo que brama dentro,
la ingratitud filial. ¿No es como si la boca
arrancase la mano que le da alimento?
Castigaré sin piedad. ¡No, no voy a llorar más!
¡Dejarme fuera en una noche así!
¡Venga lluvia, que puedo soportarla!
¡En una noche así! ¡Ah, Regan, Goneril!
¡Al padre anciano y generoso que os lo dio todo!
¡Ah, esto lleva a la locura! Que no caiga en ella.
Ya basta.
KENT
Mi buen señor, entrad aquí.
LEAR
Anda, entra tú y protégete. La tormenta
me impide meditar sobre otras cosas
que me harían más daño. Pero entraré. ––
Muchacho, entra tú primero. –– ¡Pobreza sin techo! ––
Vamos, entra. Rezaré y después me dormiré.

Sale [el BUFÓN].

Pobres míseros desnudos, dondequiera que estéis,
expuestos al azote de esta cruel tormenta,
¿cómo os protegerá de un tiempo como éste
vuestra cabeza descubierta, vuestro cuerpo
sin carnes, los harapos llenos de agujeros?
¡Ah, qué poco me han preocupado! Cúrate, lujo;
despójate y siente lo que siente el desvalido,
para que pueda caerle lo superfluo
y se vea que los dioses son más justos.
EDGAR [dentro]
¡Braza y media! ¡Braza y media! ¡Pobre Tom!

Entra el BUFÔN.

BUFÓN
No entres ahí, abuelo: hay un espíritu. ¡Socorro, auxilio!
KENT
Dame la mano. –– ¿Quién anda ahí?
BUFÓN
¡Un espíritu, un espíritu! Dice que se llama Pobre Tom
KENT
¿Quién eres tú, que te quejas en la choza?
Sal de ahí.

Entra EDGAR [disfrazado de mendigo].

EDGAR
¡Fuera! Me persigue el Maligno.
El viento helado sopla entre el espino.
¡Huuum! Acuéstate, que tienes frío.

LEAR
¿Les has dado todo a tus dos hijas?
¿A esto has llegado?
EDGAR
Dadle algo al pobre Tom. El Maligno le ha llevado por fuego y por llama, por vado y remolino, por ciénaga y pantano. Le ha puesto cuchillos debajo de la almohada, sogas en la galería y veneno al lado de la sopa. Le ha vuelto soberbio de hacerle trotar en caballo bayo sobre puentes de cuatro pulgadas persiguiendo a su sombra cual si fuera una traidora. ¡Los dioses te lo pagarán! Tom tiene frío. Titi, titi, titi. ¡Y te bendecirán contra los torbellinos, el mal de los astros y las pestes! Limosna para el pobre Tom, víctima del Maligno. A ver si lo pi¬llo aquí, y aquí, y aquí.

Sigue la tormenta.

LEAR
¿A eso le han llevado sus hijas? ––
¿No pudiste guardar nada? ¿Se lo diste todo?
BUFÓN
No: se guardó una manta, que, si no, nos daría ver¬güenza.
LEAR
¡Caigan sobre sus hijas todas las plagas del cielo
que penden funestas sobre las culpas de los hombres!
KENT
Señor, no tiene hijas.
LEAR
¡Así te maten, traidor! Sólo unas hijas malvadas
podían degradar tanto su naturaleza.
¿Es costumbre que a los padres rechazados
les dé tan poca lástima su carne?
¡Un castigo justo! Su carne fue la que engendró
a estos pelícanos de hijas.
EDGAR
Fue Pelicón al Mont Pelicón...
¡Aú, aú, du ––dú!
BUFÓN
Esta noche helada nos va a volver a todos locos a idiotas.
EDGAR
Guárdate del Maligno, obedece a tus padres, honra tu palabra, no jures, no peques con esposa ajena, no vis¬tas con ostentación. Tom time frío.
LEAR
¿Tú qué has sido?

EDGAR
Un galán, soberbio de corazón y de ánimo. Me rizaba el pelo, llevaba guantes en el sombrero, satisfacía el pla¬cer de mi amada y con ella realizaba el acto de las som¬bras; mis palabras eran juramentos a los que faltaba ante los ojos del cielo; mis sueños, fantasías amorosas que practicaba despierto. El vino, lo adoraba; los dados me apasionaban; y en cuanto a mujeres, tenía más que un sultán. Falso de alma, vivo de oído, presto de espada; cerdo en pereza, zorro en sigilo, lobo en mi gula, perro en mi rabia, león con mi presa. No entregues tu corazón a mujer por un crujir de zapatos o de sedan. No pongas el pie en un prostíbulo, la mano entre unas faldas ni la firma en un pagaré y desafía al Maligno.
Y el viento aún sopla entre el espino
y dice «hu, hu, ay, ay».
Muchacho, el delfín. ¡Ea! Déjale trotar.

Sigue la tormenta.

LEAR
Mejor estarías en la tumba que aquí con tu cuerpo des¬nudo frente al cielo inclemente. ¿El hombre es sólo esto? Miradle bien. Tú no le debes seda al gusano, piel a la bestia, lana a la oveja o perfume a la civeta. Ah, aquí estamos tres adulterados; tú eres el ser puro. El hombre desguarnecido no es más que un pobre animal desnudo y de dos patas como tú. ¡Fuera, fuera con lo prestado! Vamos, desabrochadme.

Entra GLOSTER con una antorcha.

BUFÓN
Te lo ruego, abuelo, cálmate. La noche está infame para nadar. Un fuego menudo en un páramo es como el corazón de un viejo verde: una chispa pequeña, y el resto del cuerpo, apagado. Mirad, aquí viene un fuego fatuo.

EDGAR
Éste es el demonio Flibertigibet. Sale al toque de queda y deambula hasta la medianoche. Produce cataratas, bizquera y labio leporino; ataca las mieses y mortifica a la pobre criatura de la tierra.
Tres veces al monte salió San Vidal
y al íncubo vio con sun nueve allá;
le hizo caer,
frenó su poder
y ordenó: «¡Atrás, demonio, atrás!»

KENT
¿Estáis bien, Majestad?
LEAR
¿Quién es?
KENT
¿Quién va? ¿Qué buscáis?
GLOSTER
¿Quiénes sois vosotros? ¿Cómo os llamáis?
EDGAR
El pobre Tom, que come ranas, sapos, renacuajos, sala¬mandras y tritones; que, con la furia de su pecho, cuando arrecia el Maligno, hace boca con boñigos, se come las ratas y los perros muertos, y se traga el verdín del agua estancada; al que azotan de aldea en aldea, meten en el cepo y en la cárcel; que tuvo tres trajes y seis camisas,
y montó a caballo, y lució su espada;
pero los ratones, ratas y alimañas
llevan siete años siendo su pitanza.
¡Cuidado con mi diablo! ¡Calla, Smulkin! ¡Calla, de¬monio!
GLOSTER
¿Vuestra Majestad no encuentra mejor compañía?
EDGAR
El príncipe de las tinieblas es un caballero. Le llaman Modo y Mahu.
GLOSTER
Señor, nuestros hijos degeneran tanto que odian a quien los engendra.
EDGAR
El pobre Tom tiene frío.
GLOSTER
Entrad conmigo. Mi lealtad no me permite
cumplir las órdenes crueles de vuestras hijas.
Aunque me han mandado atrancar las puertas
y dejar que la noche se ensañe con vos,
he osado salir a buscaros
y llevaros donde hay fuego y alimento.
LEAR
Antes dejadme que hable con este filósofo. ––
¿Cuál es la causa del trueno?
KENT
Señor, aceptad lo que ofrece, entrad en la casa
LEAR
Quiero conversar con el sabio griego. ––
¿Cuál es vuestra ciencia?
EDGAR
La de huir del demonio y matar los bichos.
LEAR
Permitid que hable a solas con vos.
KENT
Señor, insistid en que se vaya.
Le flaquea la razón.
GLOSTER
¿Y qué culpa tiene?

Sigue la tormenta.

Sus hijas desean su muerte. ¡Ay, ya lo decía
el bueno de Kent, pobre desterrado!
Dices que el rey enloquece; que sepas, amigo,
que yo estoy casi loco. Tengo un hijo
del que he renegado. Atentó contra mí
hace poco, muy poco. Amigo, yo le quería
como ningún padre a su hijo. Para serte sincero
el dolor me ha enajenado. ¡Qué noche ésta!
Ruego a Vuestra Majestad...
LEAR
Disculpadme, señor. ––
Noble filósofo, venid conmigo.
EDGAR
Tom tiene frío.
GLOSTER
Venga, entra en la choza y resguárdate.
LEAR
Vamos, entremos todos.
KENT
Por aquí, señor.
LEAR
Con él: quiero quedarme con mi filósofo.
KENT
Señor, dadle gusto. Dejad que se venga.
GLOSTER
Pues encárgate de él.
KENT
Tú, vamos. Vente con nosotros.
LEAR
Venid, ateniense.
GLOSTER
No digáis nada. Silencio.
EDGAR
A la torre llegó don Roldán.
Su lema fue siempre: «¡Pim, pom, pam!
A sangre britana huelo ya.»

Salen.

III.v Entran CORNWALL y EDMOND.

CORNWALL
Me vengaré antes de salir de su casa.
EDMoND
Señor, me da miedo pensar qué dirán de mí por antepo¬ner la lealtad a los lazos naturales.
CORNWALL
Ahora comprendo que no fue sólo la ruindad de tu her¬mano lo que le hizo atentar contra él: la muerte que merecía tu padre la provocó su propia maldad.
EDMOND
¡Qué triste es mi suerte, que me hace lamentar mi leal¬tad! Aquí está la carta de que habló, que demuestra que es espía en beneficio de Francia. ¡Dioses! ¡Ojalá no existiera esta traición o yo no la hubiera descu¬bierto!
CORNWALL
Vamos a ver a la duquesa.
EDMOND
Si lo que dice la carta es verdad, os ha caído un asunto importante.
CORNWALL
Verdad o mentira, te convierte en el Duque de Gloster. Averigua dónde está tu padre, que le detengamos.
EDMOND
[aparte] Si le encuentro auxiliando al rey, le dará más motivos al duque. –– Proseguiré en mi lealtad para con vos, aunque ello me enfrente con mis sentimientos.
CORNWALL
Tienes mi plena confianza y en mi afecto hallarás un padre más querido.

Salen.

III.vi Entran KENT y GLOSTER.

GLOSTER
Aquí se está mejor que a la intemperie; alegraos. Os lo haré más cómodo añadiendo lo que pueda. No tardaré.
KENT
Su razón ha cedido del todo a su arrebato. Los dioses os paguen vuestra bondad.

Sale GLOSTER.
Entran LEAR, EDGAR y el BUFÓN.

EDGAR
Me llama Frateretto y me dice que Nerón pesca en el lago de las sombras. –– Bobo, tú reza y guárdate del Ma¬ligno.
BUFÓN
Anda, abuelo, dime si ún loco es un noble o un bur¬gués.
LEAR
¡Un rey, un rey!
BUFÓN
No: un burgués que tiene un hijo noble, pues tiene que estar loco si deja que su hijo se ennoblezca antes que él.
LEAR
¡Así vinieran con mil asadores
al rojo vivo aullando sobre ellas!*
EDGAR
¡Los dioses te lo pagarán!
KENT
¡Ah, dolor! Señor, ¿dónde está la paciencia
de la que tanto os preciabais?
EDGAR [aparte]
Mis lágrimas se ponen tanto de su parte
que van a estropearme el fingimiento.
LEAR
Hasta los perrillos ––Trío, Blanca
y Reina ––, ¿veis?, todos me ladran.
EDGAR
Tom va a tirarles su cabeza. ¡Fuera, chuchos!
Tengas boca blanca o negra,
que envenena como muerda,
galgo, mastín o podenco,
braco, mestizo o sabueso,
rabicorto o rabilargo,
Tom te hará salir aullando,
pues, al tirarles mi crisma,
todos huyen de estampía.
Titi, titi, titi. ¡Ea! Vete a las fiestas, ferias y mercados.
Pobre Tom, tu cuerno está seco.
LEAR
Ahora, que diseccionen a Regan, a ver qué le crece por el corazón. ¿Hay alguna causa natural para tener tan duro el corazón? –– [A EDGAR] Vos, señor, seréis uno de mis cien caballeros. Pero no me gusta vuestro modo de vestir. Di¬réis que es un traje persa, pero que os lo cambien.
KENT
Mi señor, acostaos aquí y descansad.
LEAR
No hagáis ruido, no hagáis ruido; corred las cortinas.
Así. Ya cenaremos por la mañana.
BUFÓN
Y yo me acostaré a mediodía.

Entra GLOSTER.

GLOSTER
Ven aquí, amigo. ¿Dónde está el rey, mi señor?
KENT
Aquí, pero dejadle. Ha perdido la razón.
GLOSTER
Te lo ruego, amigo, llévale en brazos.
He sabido que piensan atentar contra su vida.
Hay lista una litera; llévale a ella
y salid para Dover, donde os darán
acogimiento y protección. Lleva a tu amo.
Si te entretienes sólo media hora,
lo pagaréis con la vida él, tú y todos
los que le defiendan. Vamos, llévatelo
y sígueme, que os procure provisiones.*
Vamos, en marcha.

Salen.*

III.vii Entran CORNWALL, REGAN, GONERIL, [EDMOND, el] bastardo y criados.

CORNWALL
[a GONERIL] Sal a toda prisa y enseña esta carta a tu esposo mi señor. El ejército francés ha desembarcado. –– Vosotros buscad al traidor Gloster.

[Salen algunos criados.]

REGAN
Ahórcalo ahora mismo.
GONERIL
Sácale los ojos.
CORNWALL
Confiadlo a mi cólera. Edmond, acompaña a mi cu¬ñada: la venganza que debo tomar del traidor de tu pa¬dre no te conviene presenciarla. Avisa al duque, con quien vas a reunirte, de que se prepare sin demora; yo haré lo mismo. Nuestros correos serán rápidos y nos tendrán al corriente. ¡Adiós, querida cuñada! ¡Adiós, Conde de Gloster!

Entra [OSWALD, el] mayordomo.

¿Qué hay? ¿Dónde está el rey?
OSWALD
Se lo ha llevado el Conde de Gloster.
Unos treinta y cinco de sus hombres le buscaron
con ahínco y le hallaron a las puertas.
Con algunos otros vasallos del conde,
van con él a Dover, donde afirman tener
amigos muy bien armados.
CORNWALL
Prepara caballos para tu señora.

[Sale OSWALD.]

GONERIL
Adiós, mi señor, y hermana.
CORNWALL
Edmond, adiós.

Salen GONERIL y [EDMOND, el] bastardo.

Buscad al traidor Gloster. Maniatadle
como a un ladrón. Traedle ante mí.
Aunque no pueda condenarle a muerte
sin que sea juzgado, mi autoridad
se plegará a mi furor, que, aunque lo censuren,
no lo detendrán.

Entran GLOSTER y CRIADOS.

¿Quién es? ¿El traidor?
REGAN
El ingrato zorro.
CORNWALL
Atadle bien esos brazos secos.
GLOSTER
¿Qué os proponéis, Altezas? Amigos míos, pensad
que sois mis huéspedes. No me ultrajéis.
CORNWALL
Vamos, atadle.
REGAN
Fuerte, fuerte. ¡Ah, miserable traidor!
GLOSTER
No lo soy, dama despiadada.
CORNWALL
Atadle a esta silla. Infame, vas a ver..

[REGAN le lira de la barba.]

GLOSTER
Por los dioses clementes, es una vileza
tirarme de la barba.
REGAN
Tan blanca y tú tan traidor.
GLOSTER
Perversa señora, el pelo que me arrancas
de la barba va a cobrar vida y acusarte.
Sois mis huéspedes y no debéis violentar
mi rostro hospitalario cual ladrones.
¿Qué vais a hacer?
CORNWALL
Vamos, ¿qué carta has recibido de Francia?
REGAN
La respuesta, clara, que sabemos la verdad.
CORNWALL
¿Y qué conjura llevas con esos traidores
que han desembarcado en el reino...
REGAN
... y a quienes has encomendado al loco del rey?
¡Habla!
GLOSTER
Es una carta que hace suposiciones,
procedente de parte neutral
y no de un contrario.
CORNWALL
¡Qué astucia!
REGAN
¡Y falsedad!
CORNWALL
¿Dónde has mandado al rey?
GLOSTER
A Dover.
REGAN
¿Por qué a Dover? ¿No se te prohibió bajo pena...?
CORNWALL
¿Por qué a Dover? Que conteste.
GLOSTER
Me ataron al palo; sufriré la embestida.
REGAN
¿Por qué a Dover?
GLOSTER
Porque no quería verte sacándole
los ojos de anciano con tus crueles uñas,
ni a tu impía hermana hincándole colmillos
de fiera en su carne ungida. El mar,
ante una tormenta como la que sufrió
su cabeza descubierta en la noche infernal,
se habría encrespado para apagar las estrellas.
Mas él, pobre anciano, a la lluvia unía el llanto.
Si los lobos hubieran aullado a tu puerta
en noche tan dura, habrías dicho: «Portero,
ábreles.» El más cruel se aplaca. Mas yo he de ver
a la alada Venganza caer sobre estas hijas.
CORNWALL
Nunca lo verás. –– Vosotros, sujetad la silla. ––
Voy a pisarte los ojos.
GLOSTER
¡Si queréis llegar a viejos, socorredme! ––
¡Ah, crueldad! ¡Ah, dioses!
REGAN
Un lado se ríe del otro. ¡El otro también!
CORNWALL
Si ves la venganza...
CRIADO
¡Alto, señor! Os he servido desde niño,
pero nunca os presté mejor servicio
que ahora al decir que os detengáis.
REGAN
¿Cómo, perro?
CRIADO
Si tuvierais barba en la cara,
os la arrancaría por esto. –– ¿Qué pretendéis?
CORNWALL
¡Villano!
CRIADO
Muy bien, adelante; arriésgate a la furia.

Desenvainan y luchan.
[CORNWALL es herido.]

REGAN
Tú, dame tu espada. ¡Atreverse un villano!

Coge la espada y le hiere por la espalda.

CRIADO
¡Ah, me ha matado! Señor, aún os queda un ojo
para ver su desgracia. ¡Ah!

Muere.

CORNWALL
No verá más; yo lo impediré. ¡Fuera, gelatina!
¿Dónde está tu brillo?
GLOSTER
¡Oscuridad y desconsuelo! ¿Dónde está
mi hijo Edmond? ¡Edmond, aviva
tu ardor filial y venga este horror!
REGAN
¡Calla, infame traidor! Invocas a quien te odia.
El fue quien nos reveló tu traición:
es muy honrado para compadecerte.
GLOSTER
¡Necio de mí! Entonces Edgar es la víctima.
Dioses clementes, perdonadme y socorredle.
REGAN
Echadle fuera y que el olfato
le guíe hasta Dover.

Sale [un CRIADO] con GLOSTER.

¿Qué hay, señor? ¿Qué pasa?
CORNWALL
Estoy herido. Sígueme, señora.
¡Fuera con el vil ciego! Y a este villano
echadlo al estercolero. Regan, sangro por momentos.
La herida viene a deshora. Deja que me apoye.

Salen.

IV.i Entra EDGAR.

EDGAR
Mejor así y saber que te desprecian
que despreciado y halagado. Ser lo peor,
lo más bajo y humillado de la suerte,
es tener una esperanza, vivir sin miedo.
El cambio doloroso es la caída;
de lo peor se va al júbilo. Conque, bienvenido,
aire immaterial que ahora abrazo.
El desdichado al que empujaste a lo peor
no debe nada a tus ráfagas.

Entra GLOSTER, guiado por un ANCIANO

Pero, ¿quién llega aquí? Mi padre,
con los ojos desgarrados. ¡Ah, mundo, mundo!
Si tus extraños vaivenes no te hicieran tan odioso,
no cederíamos a la muerte.
ANCIANO
¡Ah, señor, si he vivido con vos
y vuestro padre en estos ochenta años...!
GLOSTER
Vete, márchate. Buen amigo, aléjate.
Tu ayuda no puede servirme de nada
y a ti podría dañarte.
ANCIANO
No veis el camino.
GLOSTER
Estoy sin camino y no necesito ojos.
Cuando veía, tropecé. Nuestros bienes
nos vuelven confiados y nuestras carencias
acaban siendo ventajas. ¡Ah, querido Edgar,
pasto de la ira de un padre engañado!
Si vivo para verte por el tacto
diré que vuelvo a tener ojos.
ANCIANO
¿Eh? ¿Quién va?
EDGAR [aparte]
¡Dioses! ¿Quién dice que he llegado a lo peor?
Ahora estoy peor que nunca.
ANCIANO
Es el pobre loco Tom.
EDGAR [aparte]
Y podría estar peor. No estamos en lo peor
mientras podamos decir que algo es lo peor.
ANCIANO
Tú, ¿dónde vas?
GLOsTER
¿Es un mendigo?
ANCIANO
Un mendigo loco.
GLOSTER
Pues le queda juicio, o no podría pedir.
Anoche, en la tormenta, uno como él
me hizo pensar que el hombre es un gusano.
Entonces mi hijo me vino al pensamiento,
pero mi pensamiento le negaba. Ahora sé más
Somos para los dioses como las moscas
para los chiquillos: nos matan por diversión.
EDGAR [aparte]
¿Cómo ha sucedido? Mala cosa es
tener que hacer el loco con el afligido,
para enojo propio y ajeno.
[Acercándose] ¡Los dioses te lo pagarán!
GLOSTER
¿Es el que va desnudo?
ANCIANo
Sí, señor.
GLOSTER
Entonces márchate. Por mí y nuestro afecto,
alcánzanos si quieres de aquí
a una o dos millas por el camino de Dover,
y trae alguna ropa para el pobre desnudo,
a quien le pediré que me guíe.
ANCIANO
Pero, señor, ¡si está loco!
GLOSTER
Es un mal de este mundo que los locos
guíen a los ciegos. Haz lo que te digo
o haz lo que te plazca. Sobre todo, vete.
ANCIANO
Pase lo que pase, le traeré
la mejor ropa que tenga.

Sale.

GLOSTER
¡Eh, tú, el que va desnudo!
EDGAR
El pobre Tom tiene frío.
[Aparte] No puedo seguir fingiendo.
GLOSTER
Ven aquí, amigo.
EDGAR
[aparte] Pero he de seguir. ––
¡Benditos tus ojos, te sangran!
GLOSTER
¿Conoces el camino de Dover?
EDGAR
El de herradura y la senda, con sus puertas y barreras.
Al pobre Tom se le va la cabeza del miedo. ¡Los dioses
te guardarán del Maligno, hijo de bien!*
GLOSTER
Aquí tienes mi bolsa; tú, humillado
por los golpes y males de los cielos.
Junto a mi desgracia, tú quedas mejor. ––
¡Dioses, obrad siempre así! ¡Que el hombre
atiborrado y opulento, que avasalla
vuestras leyes, que no ve porque no siente,
no tarde en sentir vuestro poder!
Que la distribución anule lo superfluo
y todos tengan suficiente. –– ¿Conoces Dover?
EDGAR
Sí, amo.
GLOSTER
Hay allí un acantilado, cuya cumbre
se inclina intimidante sobre el mar encerrado.
Llévame hasta el borde, que yo aliviaré
la miseria que soportas con algo valioso.
Desde allí no hará falta que me guíen.
EDGAR
Apóyate en mí. El pobre Tom te llevará.

Salen.


IV.ii Entran GONERIL y [EDMOND, el] bastardo.

GONERIL
Bienvenido, señor. Me asombra que mi plácido esposo no salieera a nuestro encuentro.

Entra [OSWALD, el] mayordomo.

¿Dónde está tu señor?

OSWALD
Dentro, señora; pero está desconocido.
Le hablé del ejército que ha desembarcado
y sonrió. Le dije que veníais.
Contestó: «Tanto peor». Cuando le informé
de la traición de Gloster y la lealtad de su hijo,
me llamó idiota y me dijo que entendía
las cosas al revés. Lo que debe disgustarle,
le agrada, y lo que debe gustarle, le ofende.
GONERIL [a EDMOND)
Entonces no sigas adelante.
Su espíritu cobarde y apocado no le deja
emprender ninguna acción: si ha de responder,
nunca se ofende. Lo que planeábamos
por el camino, puede realizarse. Edmond,
vuelve con mi cuñado. Apresura la recluta
y manda sus fuerzas. Yo tengo que hacer
un cambio de armas y dejar la rueca
en manos de mi esposo. Este fiel criado
será nuestro correo. Si no temes hacerte
un favor a ti mismo, pronto conocerás
el deseo de una mujer. Lleva esto; no hables.
Baja la cabeza. Este beso, si osara hablar,
pondría tus sentidos en el cielo.
Piénsalo, y buena suerte.
EDMOND
Vuestro hasta el final.

Sale.

GONERIL
¡Queridísimo Gloster! ––
¡Qué diferencia entre hombre y hombre!
Sea tuyo el favor de una mujer:
mi cuerpo te usurpa un bobo.

OSWALD
Señora, aquí llega mi señor.

Sale.
Entra ALBANY.

GONERIL
Entonces ...merezco que me mires.
ALBANY
Ah, Goneril, no mereces ni el polvo
que el áspero viento te sopla a la cara.*
GONERIL
¡Hombre sin hígados, cuya mejilla y cabeza
sólo están para sufrir golpes y desmanes!
Sin ojos en la cara que distingan
entre tu honra y tu oprobio.*
ALBANY
¡Mírate, demonio! La perversidad
no horroriza tanto en el diablo
como en la mujer.
GONERIL
¡Ah, pobre imbécil!

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO
Ah, señor, el Duque de Cornwall ha muerto
a manos de un criado, cuando iba
a sacarle el otro ojo a Gloster.
ALBANY
¿Los ojos a Gloster?
MENSAJERO
Uno de sus criados, movido a compasión,
se opuso a ello y empuñó la espada
contra su señor, que, enfurecido,
le atacó y entre ellos le mataron,
mas no sin recibir el golpe fatal
que después segó su vida.
ALBANY
Esto demuestra que existís,
jueces del cielo, pues no tardáis en vengar
los crímenes de la tierra. ¡Ah, pobre Gloster!
¿Y perdió los dos ojos?
MENSAJERO
Los dos, señor. –– Señora,
esta carta precisa respuesta inmediata.
Es de vuestra hermana.
GONERIL
[aparte] Por un lado, esto me gusta;
mas, siendo ella viuda y estando allí Gloster,
los sueños que me había forjado
podrían caer sobre mi odiosa existencia.
Por el otro, la noticia no es tan grave. ––
[Al MENSAJERO] La leeré y contestaré.

Sale
ALBANY
¿Dónde estaba su hijo cuando le sacaron los ojos?
MENSAJERO
Venía hacia aquí con mi señora.
ALBANY
Aquí no está.
MENSAJERO
No, mi señor. Me crucé con él cuando volvía.
ALBANY
¿Sabe algo de esta iniquidad?
MENSAJERO
Sí, señor. El fue quien le delató,
y salió de la casa para que el castigo
tuviera el campo más libre.
ALBANY
Gloster, vivo para agradecerte
el afecto que has mostrado al rey
y para vengar tus ojos. –– Vamos, amigo;
cuéntame todo lo que sepas.

Salen*

IV.iii Entran, con tambores y bandera, CORDELIA, CA¬BALLEROS y soldados.

CORDELIA
¡Ah, es él! Acaban de encontrarle,
más loco que la mar enfurecida,
cantandoa voz en grito, coronado de fumaria
y de grama; bardana, cicuta, ortigas,
cardamina, cizaña y toda mala hierba
que crece con el trigo que nos nutre. ––
Enviad una centuria; buscad
entre la mies sin dejar un solo campo
y traedle que le vea.

[Salen los soldados.]

¿Qué puede hacer la ciencia del hombre
para devolverle la razón? Quien le cure,
tendrá toda mi riqueza.
CABALLERO
Señora, hay un medio.
Nuestra nodriza natural es el reposo,
y él lo necesita. Para provocarlo,
hay muchas hierbas que tienen la virtud
de cerrarle los ojos al dolor.
CORDELIA
Secretos benditos, ignorados remedios
de la tierra, ¡brotad con mi llanto!
¡Socorred y sanad a un hombre bueno
en su congoja! –– Buscad, buscadle, no sea
que su indómito delirio malogre una vida
que ya no puede regirse.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO
Señora, noticias. Las tropas británicas
avanzan hacia aquí.
CORDELIA
Ya se sabía. Nuestro ejército
está a la espera. –– ¡Ah, querido padre,
tu causa es lo que me mueve!
Por eso el Rey de Francia se ha compadecido
de mis lágrimas de súplica y tristeza.
No me incita a las armas la vana ambición;
sólo el amor y el derecho de mi anciano padre.
¡Ojalá le vea y oiga pronto!

Salen.

IV.iv Entran REGAN y [OSWALD, el] mayordomo.

REGAN
Pero, ¿están en marcha las tropas de mi cuñado?
OSWALD
Sí, señora.
REGAN
¿Con él en persona?
OSWALD
Señora, tras muchos remilgos.
Vuestra hermana es mejor soldado.
REGAN
¿No habló con tu señor el Conde Edmond?
OSWALD
No, señora.
REGAN
¿Qué le dirá mi hermana en esa carta?
OSWALD
No sé, señora.
REGAN
Pues salió a toda prisa por algo importante.
Después de sacarle los ojos a Gloster,
fue una torpeza dejarle con vida.
Donde va, indispone a todos con nosotros.
Creo que Edmond, apenado por su suerte,
salió para acabar con su negra existencia;
y también a examinar las tropas enemigas.
OSWALD
Señora, tengo que ir tras él con esta carta.
REGAN
Nuestras fuerzas salen mañana. Quédate.
Hay peligro en los caminos.
OSWALD
Señora, no puedo. Mi señora
me encareció la importancia de este asunto.
REGAN
¿Por qué le escribe a Edmond? ¿No podías
llevarle su mensaje de palabra?
Tal vez... ciertas cosas no sé. Te querré bien:
déjame que abra la carta.
OSWALD
Señora, preferiría...
REGAN
Sé que tu ama no quiere a su marido;
estoy segura. Y, cuando hace poco estuvo aquí,
dirigió al noble Edmond elocuentes
miradas amorosas. Sé que eres su confidente.
OSWALD
¿Yo, señora?
REGAN
Yo sé lo que me digo. Lo eres; lo sé.
Por eso te aconsejo que prestes atención.
Mi esposo ha muerto. Edmond y yo lo hemos hablado
y él conviene más a mi mano
que a la de tu señora. Lo demás ya lo imaginas.
Si le encuentras, dale esto, te lo ruego.
Y cuando tu señora sepa lo que te he dicho,
pídele que se ponga en razón.
Y ahora, adiós. Por si fueses
a encontrarte con el ciego traidor,
habrá recompensa para quien le mate.
OSWALD
¡Ojalá diera con él, señora! Así
se vería de qué lado estoy.
REGAN
Buena suerte.

Salen.

IV.v Entran GLOSTER y EDGAR [vestido de labriego].

GLOSTER
¿Cuándo llegaremos a lo alto del monte?
EDGAR
Lo estamos subiendo. Mirad lo que cuesta.
GLOSTER
El terreno me parece llano.
EDGAR
Muy empinado. ¡Eh! ¿Oís el mar?
GLOSTER
Francamente, no.
EDGAR
Entonces vuestros otros sentidos
se embotan del dolor de vuestros ojos.
GLOSTER
Puede que sí. Me parece
que tu voz ha cambiado y que ahora
te expresas mejor y con más sentido.
EDGAR
Os equivocáis. En nada he cambiado,
salvo en la ropa.
GLOSTER
Yo creo que hablas mejor.
EDGAR
Venid. Éste es el lugar. ¡Quieto! ¡Qué espanto
y qué vértigo da mirar a lo hondo!
Los cuervos y chovas que vuelan ahí a media altura
se ven como escarabajos. Colgado en la roca
hay un hombre cogiendo hinojo. ¡Temible labor!
No parece mayor que su cabeza.
Los pescadores que van por la playa
semejan ratones, y ese regio navío
allá fondeado se ha reducido a su bote,
y el bote, a boya que apenas se ve.
Desde tanta altura no se oye el bramar
de las olas contra las innúmeras guijas.
No voy a mirar más, no sea que la cabeza
me dé vueltas y, al fallarme la vista,
me haga caer.
GLOSTER
Llévame donde estás.
EDGAR
Dadme la mano. Ahora estáis a un pie
del borde. Yo aquí no daría un bote
por nada del mundo.
GLOSTER
Suéltame la mano. Amigo, aquí tienes
otra bolsa; dentro hay una joya
muy valiosa para un pobre. ¡Que hadas y dioses
te la multipliquen! Ahora, apártate.
Despídete de mí y deja que te oiga alejarte.
EDGAR
Adiós, mi buen señor.
GLOSTER
De todo corazón.
EDGAR [aparte]
Si juego así con su angustia,
es para curarla.
GLOSTER
¡Dioses omnipotentes!

Se arrodilla.

Renuncio a este mundo y, ante vuestros ojos,
calladamente me libro de mi gran dolor.
Si pudiera sufrirlo sin llegar a oponerme
a vuestra voluntad irresistible,
la débil llama de mi vida repugnante
se apagaría por sí sola. Si aún vive Edgar,
bendecidle. Ahora, amigo, adiós.
EDGAR
Me he ido, señor. Adiós.

GLOSTER cae [al suelo boca abajo].

No sé si la imaginación puede robar
el tesoro de la vida, cuando la vida misma
accede al robo. Si estuviera él donde pensaba,
ahora ya no pensaría. ¿Vivo o muerto? ––
¡Eh, señor! ¡Amigo! ¿Me oís, señor? ¡Hablad!
Acaso haya muerto. Pero revive. ––
¿Quién sois, señor?
GLOSTER
Fuera, dejadme morir.
EDGAR
Si no fuerais gasa, plumas, aire,
al despeñaros desde tal altura,
os habríais estrellado como un huevo.
Pero respiráis, tenéis consistencia,
no sangráis, habláis, estáis ileso.
Diez mástiles no alcanzan la cumbre
desde la que habéis caído a plomo.
Que estéis vivo es milagro. Decid algo más.
GLOSTER
Pero, ¿he caído o no?
EDGAR
De lo alto de esa tremenda muralla caliza.
Mirad hacia arriba. Desde aquí no se ve ni se oye
la gárrula alondra. Pero mirad arriba.
GLOSTER
¡Ay de mí, no tengo ojos! ¿Acaso
se nos niega el beneficio de poner fin
a la desgracia con la muerte? Aún se consolaba
el humillado burlando el furor del tirano
y frustrando su altiva voluntad.
EDGAR
Dadme la mano. Arriba, así. ¿Qué tal?
¿Sentís las piernas? Estáis de pie.
GLOSTER
Demasiado bien estoy.
EDGAR
Es más que un prodigio. En la cima de la roca,
¿qué fue lo que se apartó de vos?
GLOSTER
Un pobre y mísero mendigo.
EDGAR
Desde aquí abajo parecía que sus ojos
eran dos lunas llenas. Tenía mil narices,
cuernos curvos y enroscados como el mar bravío.
Era algún demonio. Así que, anciano afortunado,
pensad que los dioses gloriosos, cuyos portentos
nos mueven a reverencia, os han salvado.
GLOSTER
Ahora recuerdo. En adelante soportaré
mi dolor hasta que se canse y se muera.
Al ser de que habláis lo tomé por un hombre.
Solía decir: «El Maligno, el Maligno.»
Él me trajo a este lugar.
EDGAR
Liberad y calmad vuestro ánimo.

Entra LEAR, loco.

Pero, ¿quién llega aquí? La cordura
no nos deja vestirnos así.
LEAR
No, no me detendrán por acuñar moneda. Yo soy el rey
EDGAR
¡Ah, escena dolorosa!
LEAR
En esto la naturaleza supera al arte. Toma tu prima de enganche. –– Ése maneja el arco como un espantacuer¬vos. Ténsamelo una vara. –– Mira, mira, un ratón. ¡Chsss...! Servirá este trozo de queso tostado. ––Ahí va mi guante: lo demostraré con un gigante. –– ¡Aquí los alabarderos! –– ¡Ah, así se vuela, pájaro! ¡Diana, diana! ¡Fíu! –– La contraseña.
EDGAR
Mejorana.
LEAR
Adelante.
GLOSTER
Esa voz la conozco.
LEAR
¡Vaya! ¡Goneril con barba blanca! Me adularon como perros zalameros, diciendo que tenía pelos blancos en la barba antes que me salieran los negros. Decir sí y no cada vez que yo decía sí y no es mala teología. Cuando vino la lluvia y me mojó, y el viento me hizo tiritar; cuando el trueno no callaba a pesar de mis órdenes, ahí los pillé, ahí los calé. Claro, no son hombres de pala¬bra. Me decían que yo lo era todo. Mentira: no soy in¬mune a las fiebres.
GLOSTER
Ese tono de voz lo recuerdo. ¿No es el rey?
LEAR
Sí, un rey por entero.
Si miro ceñudo, el súbdito tiembla.
A ése le perdono la vida. ¿De qué se te acusa?
¿De adulterio? No morirás. ¿Morir por adúltero?
No: goza el gorrión y hasta la mosca dorada
se aparea en mi presencia. Que cunda el fornicio,
pues el hijo bastardo de Gloster ha sido
más bueno con su padre que conmigo mis hijas,
engendradas en legítimo lecho.
¡Vamos, lujuria, a montón, que me faltan soldados!
Mirad esa dama gazmoña, cuyo gesto
anuncia hielo entre las piernas,
que afecta virtud y menea la cabeza
si oye hablar del placer.
Ni zorra, ni semental bien nutrido
gozan con más desenfreno.
De cintura para abajo son centauros,
aunque sean mujeres por arriba.
Hasta el talle gobiernan los dioses;
hacia abajo, los demonios.
Ahí está el infierno, las tinieblas, el pozo sulfúreo, ar¬diendo, quemando; peste, podredumbre. ¡Qué asco, qué asco! ¡Uf, uf! Boticario, dame una onza de algalia, que me perfume la imaginación. Aquí tienes dinero.
GLOSTER
¡Ah, dejad que os bese la mano!
LEAR
Antes deja que la limpie; huele a mortalidad.
GLOSTER
¡Ah, criatura destrozada! Así llegará
a su fin el universo. –– ¿Me conocéis?
LEAR
Me acuerdo muy bien de tus ojos. ¿Me los guiñas? No, haz lo imposible, ciego Cupido, que no pienso amar. Lee este desafío; mira cómo está escrito.
GLOSTER
Aunque las letras fueran soles, no las vería.
EDGAR [aparte]
Si lo contasen, no me lo creería. Pero es cierto,
y me parte el corazón.
LEAR
Lee.
GLOSTER
¿Cómo? ¿Con qué ojos?
LEAR
¡Ajá! ¿Es eso? ¿Sin ojos en la cara, ni dinero en la bolsa? Lo verás todo negro y andarás sin blanca; ya ves cómo va el mundo.
GLOSTER
Lo veo sintiéndolo.
LEAR
¿Estás loco? Se puede ver cómo va el mundo sin tener ojos: mira con los oídos. Ve cómo ese juez maldice a ese pobre ladrón. Un leve susurro, cambias los pape¬les y, china, china, ¿quién es el juez y quién el ladrón? ¿Tú has visto a algún perro guardián ladrar a un men¬digo?
GLOSTER
Sí, señor.
LEAR
Y el pobre hombre huye del chucho. Ahí tienes la imagen perfecta de la autoridad: al perro le obedecen su cargo. ––
Esbirro canalla, detén tu mano sangrienta.
¿Por qué azotas a esa puta? Desnuda tu espalda.
Tú ardes en deseos de hacer con la moza
lo que la condena. El usurero ahorca al ratero.
Los harapos dejan ver grandes vicios;
togas y pieles lo tapan todo. Acoraza de oro
el pecado, y la sólida lanza de la ley
se parte sin herir; cúbrelo de andrajos,
y lo traspasa la pica de un pigmeo.
Nadie infringe nada, nadie; yo respondo.
Tú hazme caso, amigo, que yo puedo
silenciar al acusador. Ponte ojos de cristal
y, como el vil marrullero, aparenta
ver lo que no ves. –– ¡Vamos, vamos, vamos!
Quítame las botas. ¡Más fuerte, más fuerte! Así.
EDGAR
¡Qué mezcla de razón e incoherencia!
¡Juicio en la locura!
LEAR
Si quieres llorar mi desgracia, toma mis ojos.
Te conozco muy bien; te llamas Gloster.
Ten paciencia: nacimos llorando.
La primera vez que olemos el aire,
gemimos y lloramos. Voy a predicarte. ¡Atención!
GLOSTER
¡Ah, qué pena, qué pena!
LEAR
Al nacer, lloramos por haber venido
a este gran teatro de locos. –– ¡Buen sombrero!
Sería una treta sutil herrar con fieltro
un escuadrón de caballería. Haré la prueba
y, cuando sigiloso me haya acercado a mis yernos,
¡muerte, muerte, muerte, muerte, muerte!

Entra un CABALLERO [con soldados].

CABALLERO
¡Ah, aquí está! Prendedle. –– Señor,
vuestra tierna hija...
LEAR
¿No hay socorro? ¿Prisionero? Nací
juguete de la suerte. Tratadme bien:
habrá rescate. Quiero médicos.
Me he partido la cabeza.
CABALLERO
Tendréis lo que queráis.
LEAR
¿No me defienden? ¿Yo solo?
Es para derramar amargas lágrimas
y regar un jardín con tanto llanto.*
Resistiré hasta el final, como novio gallardo
en noche de bodas. Me pondré jovial. Vamos, vamos,
soy rey. ¿No lo sabéis, señores?
CABALLERO
Sois todo un rey y os obedecemos.
LEAR
Entonces hay esperanza. Vamos; si lo queréis, tendréis que cazarlo. Sa, sa, sa, sa.

Sale corriendo [seguido por los soldados].

CABALLERO
Una escena dolorosa con el ser más mísero;
con un rey no hay palabras. –– Tenéis una hija
que redime a la humanidad de la maldición
que las otras dos le acarrearon.
EDGAR
Salud, noble señor.
CABALLERO
Los dioses os guarden. ¿Qué deseáis?
EDGAR
Señor, ¿sabéis algo de una batalla inminente?
CABALLERO
Que es cierto y notorio. Lo sabe cualquiera
que tenga oídos.
EDGAR
Permitidme. ¿Está cerca el otro ejército?
CABALLERO
Muy cerca y marcha de prisa. El grueso
se podrá divisar en cualquier momento.
EDGAR
Gracias, señor. Nada más.
CABALLERO
La reina se queda por motivos especiales,
pero sus tropas avanzan.
EDGAR
Gracias, señor.

Sale [el CABALLERO].

GLOSTER
Dioses piadosos, vuestra es mi vida.
No dejéis que mi mal espíritu me tiente
a morir antes que vosotros lo queráis.
EDGAR
Buena oración, anciano.
GLOSTER
Señor, ¿quién sois vos?
EDGAR
Un triste ser rendido a los golpes de la suerte,
que, viviendo y pasando sufrimientos,
se inclinó a la compasión. Dadme la mano;
os buscaré algún refugio.
GLOSTER
Gracias de corazón, y con ellas la merced
y bendición de los cielos.

Entra [OSWALD, el] mayordomo.

OSWALD
¡Su cabeza puesta a precio! ¡Qué suerte!
Esa cara sin ojos se hizo carne
para darme fortuna. –– Mísero y viejo traidor,
reza de prisa: aquí está la espada
que ha de matarte.
GLOSTER
Golpee con fuerza tu benéfica mano.
OSWALD
¿Y tú cómo te atreves, patán insolente,
a defender a un traidor proscrito? Vete,
no sea que la infección de su fortuna
te contagie. ¡Suéltale el brazo!
EDGAR
No se lo suelto, señor, si no veo motivo.
OSWALD
¡Suéltalo, villano, o te mato!
EDGAR
Caballero, seguid vuestra senda y dejadnos pasar a los pobres. Si pudieran matarme con bravatas, hace sema¬nas que estaría muerto. No, no os acerquéis al anciano. Os lo aviso: apartaos o veremos cuál es más dura, mi tranca o vuestra crisma. He hablado claro.
OSWALD
¡Fuera, palurdo!

Luchan.

EDGAR
Yo os mondaré los dientes. Vamos, las estocadas no mi asustan.
OSWALD
Plebeyo, me has matado. Villano, coge mi bolsa.
Si quieres mejorar, entierra mi cadáver
y entrega la carta que llevo conmigo
a Edmond, Conde de Gloster. Búscale
en el lado británico. ¡Ah, muerte
inesperada, muerte ...!

Muere.

EDGAR
Sé quién eres: un canalla diligente,
tan cumplidor con los vicios de tu ama
como quiere la maldad.
GLOSTER
¿Ha muerto?
EDGAR
Sentaos, anciano. Descansad. ––
A ver los bolsillos. La carta que dice
puede serme útil. Está muerto. Sólo siento
que no haya tenido otro verdugo. A ver.
Con permiso del lacre; cortesía, no me acuses.
Para saber el plan del enemigo,
le abrimos el pecho; abrir cartas es más lícito.

Lee la carta.

«Recordemos nuestras recíprocas promesas. Tienes mu¬chas oportunidades de acabar con él; si voluntad no te falta, la hora y el lugar se te ofrecerán en abundancia. Si regresa victorioso, no hay nada que hacer. Yo seré su pri¬sionera, y nuestro lecho, mi cárcel. Líbrame de su re¬pugnante calor y que tu esfuerzo ocupe su lugar.
Tu (esposa, quisiera yo)
devota amada,*

Goneril.»
¡Ah, deseo ilimitado de mujer!
¡Tramar contra la vida de su buen esposo,
y mi hermano, el sustituto! –– Te enterraré
aquí, en la arena, impío correo
de rijosos asesinos y, en su momento,
pondré este vil mensaje ante los ojos
del duque amenazado. Para él es una suerte
que yo pueda informarle de tu carta y de tu muerte.
GLOSTER
El rey está loco. ¡Qué terco es mi sentido,
que sigo en pie y con plena conciencia
de mi inmenso dolor! Mejor ser un demente:
mis pensamientos estarían separados
de mis penas, y en mi delirio los pesares
dejarían de conocerse.

Tambores a lo lejos.

EDGAR
Dadme la mano. Me parece que oigo
redoblar a lo lejos el tambor.
Vamos, anciano, os dejaré con un amigo.

Salen.

IV.vi Entran CORDELIA, KENT y un CABALLERO.

CORDELIA
¡Ah, querido Kent! ¿Cómo podré pagar
tu bondad mientras viva? Mi vida será muy corta
y mi medida no alcanza.
KENT
Vuestra aprobación me paga con creces.
Mi relato responde a la verdad
tal como es; ni más, ni menos.
CORDELIA
Vístete mejor. Tu ropa es el recuerdo
de esas malas horas. Te lo ruego, cámbiate.
KENT
Señora, perdonad. Darme a conocer ahora
estorbaría mi plan. Os lo pido por favor:
no me conozcáis hasta que lo juzgue oportuno.
CORDELIA
Muy bien, señor. –– ¿Cómo está el rey?
CABALLERO
Aún duerme, señora.
CORDELIA
¡Dioses clementes, curad la grave herida
de su naturaleza lastimada!
¡Templad los sentidos discordantes
de este padre vuelto niño!
CABALLERO
¿Permite Vuestra Majestad,
que despertemos al rey? Ha dormido mucho.
CORDELIA
Obrad según vuestro saber
y haced vuestra voluntad. ¿Está vestido?
CABALLERO
Sí, señora. En su sueño profundo
le pusimos otra ropa.

Entra LEAR en un sillón, llevado por cria¬dos.

Estad cerca, señora, cuando le despertemos.
Seguro que se habrá calmado.*
CORDELIA
¡Ah, padre querido! Curación, en mis labios
pon tu medicina, y que este beso
repare las crueldades que mis dos hermanas
infligieron a tu reverencia.
KENT
¡Tierna y dulce princesa!
CORDELIA
Aunque no fueras su padre, tu níveo cabello
reclamaba compasión. ¿Podía afrontar
esta cara los vientos hostiles?*
Aunque me hubiese mordido,
el perro de mi enemigo habría pasado
esa noche en mi casa junto al fuego.
¿Y te forzaron, pobre padre, a guarecerte
con cerdos y vagabundos desechados,
sobre paja menuda y enmohecida?
¡Ay de mí! Asombra que no cesaran a la vez
tu vida y tu cordura. –– Se despierta. Habladle.
CABALLERO
Hacedlo vos, señora. Es lo mejor.
CORDELIA
¿Cómo está mi rey y señor? ¿Cómo estáis, Majestad?
LEAR
Sois injustos al sacarme de la tumba.
Tú eres un alma en la gloria, pero yo
estoy atado a una rueda de fuego y las lágrimas
me abrasan como plomo fundido.
CORDELIA
¿Me conocéis, señor?
LEAR
Eres un espíritu, lo sé. ¿Dónde has muerto?
CORDELIA
Aún desvaría.
CABALLERO
Está apenas despierto. Dejadle un instante.
LEAR
¿Dónde he estado? ¿Dónde estoy? ¿Es de día?
Estoy aturdido. Me moriría de pena
de ver a otro así. No sé qué decir.
No puedo jurar que éstas sean mis manos.
A ver. Siento el pinchazo. ¡Ojalá
pudiera estar seguro de mi estado!
CORDELIA
Miradme, señor, y extended
vuestra mano para bendecirme.
¡No os arrodilléis!
LEAR
No te burles de mí, te lo ruego.
Sólo soy un anciano que chochea,
los ochenta ya pasados, ni un día menos,
y, hablando con franqueza,
me temo que no estoy en mi juicio.
Creo que te conozco, a ti y a este hombre,
pero estoy dudoso: ignoro del todo
qué lugar es éste y, por más que lo intento,
no recuerdo esta ropa; ni tampoco sé
dónde he pasado la noche. No os riáis de mí,
pues, tan verdad como que soy hombre, creo
que esta dama es mi hija Cordelia.
CORDELIA
Soy yo, soy yo.
LEAR
¿Mojan tus lágrimas? Sí, cierto. No llores,
te lo ruego. Si tienes veneno, me lo beberé.
Sé que no me quieres. Tus hermanas,
ahora lo recuerdo, me han tratado mal.
Tú tienes motivo; ellas, no.
CORDELIA
Motivo, ninguno; ninguno.
LEAR
¿Estoy en Francia?
KENT
En vuestro reino, señor.
LEAR
No os burléis.
CABALLERO
Alegraos, señora. Veis que su furor
ya se ha apagado.* Pedidle que entre;
no le molestéis hasta que esté más sereno.
CORDELIA
¿Desea venir Vuestra Majestad?
LEAR
Sé paciente conmigo. Olvida y perdona,
te lo ruego. Soy un viejo tonto.

Salen.*

V.i Entran, con tambores y bandera, EDMOND, REGAN, caballeros y soldados.

EDMOND
Preguntad al duque si mantiene
su último propósito a si desde entonces
algo le ha hecho cambiar. –– Está muy vacilante
y aprensivo. –– Traedme su firme decisión.

[Sale un caballero.]

REGAN
Algo le ha ocurrido al criado de mi hermana.
EDMOND
Eso me temo, señora.
REGAN
Y ahora, mi señor, ya sabes el bien
que pienso hacerte. Dime la verdad,
por amarga que sea: ¿No quieres a mi hermana?
EDMOND
De un modo honorable.
REGAN
¿Y no has llegado nunca por la vía
de mi cuñado al lugar prohibido?*
EDMOND
No, señora, por mi honor.
REGAN
No lo soportaría. Mi querido señor,
no intimes con ella.
EDMOND
Descuidad. Ella y su esposo el duque...

Entran, con tambores y bandera, ALBANY, GONERIL y soldados.*

ALBANY
Muy querida hermana, mis saludos. ––
Señor, me dicen que el rey está con su hija
y otros a quienes el rigor de nuestro Estado
ha obligado a sublevarse.*
REGAN
¿A qué viene eso?
GONERIL
Uníos contra el enemigo.
La disputa familiar y personal
no es ahora nuestro objeto.
ALBANY
Entonces decidamos la estrategia
con los soldados más expertos.*
REGAN
Hermana, ¿vienes conmigo?
GONERIL
No.
REGAN
Sería lo más propio. Anda, acompáñame
GONERIL
[aparte] ¡Ah, ya sé tu juego!
[A REGAN] Voy contigo.

Salen los dos ejércitos,
Entra EDGAR.

EDGAR [a ALBANY]
Si Vuestra Alteza ha conversado
con pobres como yo, oídme un momento.
ALBANY
[a los demás] Ahora os alcanzo. –– Habla.
EDGAR
Antes de entrar en combate, abrid esta carta.
Si salís victorioso, que llame la trompeta
al que la trajo. Aun pareciendo tan mísero,
presentaré un paladín que probará
lo que en ella se dice. Si perdéis,
concluirá todo trato con el mundo
y cesará toda intriga. La fortuna os sonría.
ALBANY
Espera a que lea la carta.
EDGAR
Me lo han prohibido. Cuando sea el momento
que el heraldo lo proclame y yo acudiré.
ALBANY
Entonces, adiós. Leeré tu carta.

Sale [EDGAR]. Entra EDMOND.

EDMOND
El enemigo está a la vista. Presentad batalla.
Aquí tenéis el cálculo de sus fuerzas
tras activo reconocimiento. Mas ahora
se impone la presteza.
ALBANY
No me haré esperar.

Sale.

EDMOND
Mi amor he jurado a estas dos hermanas,
cada una recelosa de la otra,
igual que de la víbora su víctima. ¿Con cuál
me quedaré? ¿Con ambas, una o ninguna?
A ninguna gozaré si ambas siguen vivas.
Si me quedo con la viuda, se enfurece
y enloquece Goneril, y su parte no podré
ganarla mientras viva su marido. Entonces,
que ejerza autoridad en la batalla; concluida,
la que de él quiera librarse, que planee
cómo le elimina cuanto antes. Y la clemencia
que piensa demostrar con Lear y Cordelia,
con ellos apresados después de la batalla,
no se concederá. Mi posición
exige hechos, no cavilación.

Sale.

V.ii Fragor de batalla dentro. Cruzan el escenario, con tambores y bandera, LEAR, CORDELIA y soldados, y salen. Entran EDGAR y GLOSTER.

EDGAR
Aquí, anciano; cobijaos bajo la sombra
de este árbol. Rezad por que venza el justo.
Si logro volver con vos, os traeré consuelo.
GLOSTER
¡La gracia divina sea con vos!

Sale [EDGAR].

Fragor de batalla y toque de retreta den¬tro. Entra EDGAR.

EDGAR
¡Vámonos, anciano! ¡Dadme la mano, vamos!
El rey Lear ha perdido. Él y su hija están presos.
Dadme la mano, vamos.
GLOSTER
No nos vayamos, señor: para pudrirse, esto vale.
EDGAR
¿Otra vez desanimado? El hombre ha de sufrir
el dejar este mundo igual que el haber venido.
La madurez lo es todo. Vamos.
GLOSTER
También eso es cierto.

Salen.

V.iii Entra victorioso EDMOND, con tambores y ban¬dera; LEAR y CORDELIA, prisioneros; soldados; un CAPITÁN.

EDMOND
Que varios oficiales se los lleven.
Vigiladlos, hasta que se conozcan los deseos
de quien tiene poder para juzgarlos.
CORDELIA
No somos los primeros que, procurando
lo bueno, sufrimos lo peor. Por vos,
rey humillado, me veo desconsolada,
pues yo rendiría el ceño de la falsa Fortuna.
¿No vamos a ver a estas hijas y hermanas?
LEAR
No, no, no, no. Ven, vamos a la cárcel.
Cantaremos como pájaros en jaula.
Si me pides la bendición, me pondré de rodillas
pidiéndote perdón. Viviremos así,
y rezando, cantando, contando leyendas,
riéndonos de los lindos palaciegos, oyendo
a pobrecillos hablar de la corte;
y hablando con ellos de quién pierde
y quién gana, quién medra y quién cae;
fingiendo entender los misterios de las cosas,
cual si fuésemos espías de los dioses;
y, encerrados en la cárcel, veremos pasar
bandos y partidos de los poderosos
que suben y bajan con la luna.
EDMOND
Lleváoslos.
LEAR
Sobre tales sacrificios, mi Cordelia,
los propios dioses echan incienso. ¿Ya te tengo?
Quien quiera separamos, que traiga una antorcha
del cielo y nos ahuyente como a zorras.
Sécate los ojos. Antes que nos hagan llorar,
los demonios las devorarán, con carne y piel.
Antes morirán de hambre. Vamos.

Salen [todos menos EDMOND y el CAPI¬TÁN].

EDMOND
Ven aquí, capitán. Escucha.
Toma esta nota. Síguelos hasta la cárcel.
Te he procurado un ascenso; si cumples
estas instrucciones, harás tu entrada
en la nobleza. Sabe que los hombres
son según el mundo: la ternura
no cuadra a un soldado. Este gran encargo
no admite discusión: o lo haces
o tendrás que medrar por otros medios.
CAPITÁN
Lo hago, señor.
EDMOND
Pues a ello, y piensa en tu fortuna
cuando esté hecho. Fíjate: digo «en el acto»;
y dispónlo todo como está escrito.*

Sale el CAPITÁN.
Clarines. Entran ALBANY, GONERIL, RE¬GAN y soldados.

ALBANY
Señor, hoy habéis mostrado vuestro arrojo
y la fortuna os ha guiado. Tenéis cautivos
a quienes han sido nuestros adversarios.
Requiero su entrega, para proceder
según decidan con justicia
su valer y nuestra seguridad.
EDMOND
Señor, juzgué oportuno
poner al rey anciano y desdichado
bajo cierta custodia y vigilancia.
Su vejez y más su título pudieran
seducir y atraer a las gentes a su lado
y volver las lanzas reclutadas
contra los ojos que las mandan. Con él
envié a la reina, por idéntica razón.
Desde mañana podrán comparecer
donde celebréis el proceso.*
ALBANY
Si me lo permitís, señor,
os tengo por vasallo en esta guerra,
no por hermano.
REGAN
Será como yo quiera situarle:
Creo que antes de haber dicho todo eso,
había que consultarme. Él mandó mis tropas,
representó mi autoridad y mi persona.
Tal proximidad bien podría reclamar
el título de hermano.
GONERIL
Más despacio. Él supera por sí mismo
todos tus honores.
REGAN
Investido con mis derechos,
él iguala al mejor.
ALBANY
Sobre todo si fuera tu marido.
REGAN
Muchas bromas resultan profecías.
GONERIL
Vaya, vaya. El ojo que te lo ha dicho
está bizco de los celos.
REGAN
Señora, no me siento bien. Si no, descargaría
mi furia en la respuesta. –– General,
toma mis soldados, mis cautivos y mi hacienda.
Dispón de ellos y de mí. Tuya es la ciudad.
El mundo es testigo de que te he nombrado
mi dueño y señor.
GONERIL
¿Te propones gozarlo?
ALBANY
Prohibirlo no está en tu mano.
EDMOND
Ni en la vuestra, señor.
ALBANY
Pues sí, mozo bastardo.
REGAN
Redoblen los tambores y demuestren
que mi título es tuyo.
ALBANY
Esperad. Escuchadme. Edmond, te detengo
por alta traición y, contigo, acuso
a esta falsa serpiente. –– En cuanto a tu propósito,
bella hermana, lo impugno en benefcio de mi esposa.
Es ella la que está prometida a este hombre,
y yo, su esposo, me opongo a tu proclama.
Si quieres casarte, cortéjame a mí;
mi esposa está apalabrada.
GONERIL
¡Qué comedia!
ALBANY
Estás armado, Gloster. Suene la trompeta.
Si nadie acude a probar contra ti
tus infames, palmarias y múltiples traiciones,
ahí va mi reto.

[Arroja el guante.]

Nada he de comer hasta que pruebe
sobre tu corazón que en nada eres menos
de lo que te he calificado.
REGAN
Estoy mal, muy mal.
GONERIL [aparte]
Si no, ya nunca confiaré en venenos.
EDMOND [arrojando su guante]
Ahí va mi respuesta. Quienquiera que sea
el que me llama traidor, miente con vileza.
Suene la trompeta. Quien se atreva, que se acerque:
contra él, contra vos, contra quien sea,
demostraré mi honor y rectitud.
ALBANY
¡Aquí un heraldo! ––
Confía en tu valor personal, pues tus soldados,
reclutados en mi nombre, en mi nombre
han sido licenciados.
REGAN
La dolencia me domina.
ALBANY
Está enferma. Llevadla a mi tienda.

[Sale REGAN, apoyada en uno o dos.]
Entra un HERALDO.

Ven aquí, heraldo. Que suene la trompeta
y lee esto.

Suena una trompeta.

HERALDO [lee]
«Si algún hombre de calidad o rango en el ejército quiere probar contra Edmond, presunto Conde de Gloster, que es un perfecto traidor, que comparezca al tercer toque de trompeta. Está dispuesto a defenderse.»

Primer toque.

¡Otra vez!

¡Otra vez!

Segundo toque.

Tercer toque. Responde dentro una trompeta. Entra ED¬GAR, en armas.

ALBANY
Pregúntale qué quiere y por qué
comparece al toque de trompeta.
HERALDO
¿Quién sois? Decid vuestro nombre y rango,
y la razón de que acudáis a esta llamada.
EDGAR
Sabed que mi nombre se perdió,
roído y comido por dientes de traición.
Mas soy tan noble como el adversario
con quien vengo a combatir.
ALBANY
¿Quién es ese adversario?
EDGAR
¿Quién representa a Edmond, Conde de Gloster?
EDMOND
Él mismo. ¿Qué tienes que decide?
EDGAR
Desenvaina y, si mi boca
ofende a tu nobleza, que tu espada
te haga justicia. Aquí está la mía:
privilegio de mi honor, juramento
y fe de caballero. Yo afirmo,
pese a tu poder, posición, juventud y gloria,
no obstante tus laureles y flamante fortuna,
tu valor y tu denuedo, que eres un traidor,
falso con tus dioses, tu hermano y tu padre,
conspirador contra este ilustre y noble príncipe,
y que, del extremo superior de tu cabeza
a tus plantas y al polvo debajo de tus pies,
eres un infecto sapo traidor. Niégalo,
y esta espada, este brazo y mi ánimo mejor
están prestos a probar contra tu pecho,
al que le hablo, que has mentido.
EDMOND
Por prudencia debiera preguntar tu nombre,
mas, como tu presencia es tan gallarda y marcial
y tus palabras arguyen crianza,
desdeño toda dilación por miramientos
o por formalidades de la caballería.
Te devuelvo tus cargos a la cara; que,
con tu odiosa mentira, te atormenten.
Y, aunque ahora pasan a tu lado sin herirte,
esta espada va a abrirles el camino
que les dé descanso eterno. –– ¡Hablad, trompetas!

Toques de trompeta. Luchan. [EDMOND es vencido.]

ALBANY
¡No le mates, no le mates!
GONERIL
Esto es una intriga, Gloster.
Según el código de armas, no tenías
por qué luchar con un desconocido.
No estás vencido, sino burlado y engañado.
ALBANY
Cierra esa boca, señora,
o te la taparé con esta carta. –– ¡Alto, señor! ––
Tú, peor que todo insulto, lee tu maldad.
¡Sin romper, señora! Ya veo que la conoces.
GONERIL
Aunque así fuera: las leyes son mías, no tuyas.
¿Quién va a procesarme?
ALBANY
¡Qué monstruo! ––
¿Conoces esta carta?
EDMOND
No me preguntéis lo que sé.

Sale [GONERIL].

ALBANY
Seguidla. Está fuera de sí. Dominadla.
EDMOND
De lo que me acusáis soy culpable,
y de más, mucho más; el tiempo lo descubrirá.
Todo terminó, y yo también. –– Mas, ¿quién eres tú,
que has triunfado sobre mí? Si eres noble,
te perdono.
EDGAR
Sea recíproco el perdón.
Tan noble soy de sangre como tú, Edmond;
si más, tanto más me has agraviado.
Soy Edgar, hijo de tu padre.
Los dioses son justos y el placer de nuestros vicios
lo vuelven instrumento de castigo:
el lugar sombrío y vicioso donde te engendró
le costó los ojos.
EDMOND
Dices bien. Es cierto.
La rueda ha dado la vuelta, y aquí estoy.
ALBANY
Me pareció que tu porte denotaba
nobleza regia. Deja que te abrace.
Que la pena me parta el corazón
si yo jamás odié a ti o a tu padre.
EDGAR
Lo sé, noble príncipe.
ALBANY
¿Dónde te ocultabas? ¿Cómo has sabido
las miserias de tu padre?
EDGAR
Cuidándolas, señon Oíd mi breve historia
y que, contada, me estalle el corazón.
El huir de la proclama despiadada
que tan de cerca me seguía (¡ah, seducción
de nuestra vida, que nos hace preferir
el dolor de la muerte de hora en hora
a la muerte de una vez!) me dio la idea
de cubrirme con harapos de lunático
y asumir una apariencia que hasta un perro
despreciaba. Así vestido, hallé a mi padre
con las órbitas sangrando y vacías
de sus gemas; fui su guía, le acompañé,
por él mendigué, le salvé de la desesperanza,
y no me di a conocer (¡ah, error!)
hasta hace media hora, cuando, en armas,
y, aunque esperanzado, incierto de mi éxito,
le pedí la bendición y le conté
desde el principio todo mi peregrinaje.
Mas su herido corazón, incapaz
de sufrir tanta tensión entre extremos
de dicha y de dolor, estalló sonriente.
EDMOND
Tus palabras me han emocionado
y tal vez puedan hacer bien.
Mas prosigue: parece que quisieras decir más.
ALBANY
Si es más doloroso, guárdatelo,
que yo estoy a punto de llorar
con lo que he oído.*

Entra un CABALLERO con un cuchillo en¬sangrentado.

CABALLERO
¡Socorro, socorro!
EDGAR
¿Qué socorro?
ALBANY
Vamos, habla.
EDGAR
¿Qué significa este cuchillo ensangrentado?
CABALLERO
Está caliente, humea. Estaba
en el pecho de... ¡Ah, está muerta!
ALBANY
¿Muerta quién? ¡Vamos, habla!
CABALLERO
Vuestra esposa, señor, vuestra esposa.
Y envenenó a su hermana. Lo ha confesado.
EDMOND
Estaba prometido con las dos.
Los tres nos casaremos en seguida.
EDGAR
Aquí llega Kent.

Entra KENT.

ALBANY
Traed aquí los cuerpos, aunque muertos. ––
Este juicio de los cielos, aunque me hace temblar,
no me conmueve. –– ¡Ah! ¿Es él?
La ocasión no permite ceremonias
que dicta la cortesía.
KENT
Vengo a dar al rey mi señor
un adiós eterno. ¿No está aquí?
ALBANY
¡Ah, grave olvido! –– Habla, Edmond.
¿Dónde está el rey? ¿Y dónde Cordelia? ––

Traen los cadáveres de GONERIL y REGAN.

¿Veis qué escena, Kent?
KENT
Angustiosa. ¿Por qué?
EDMOND
Pero Edmond fue querido. La una
envenenó a la otra por mi causa
y luego se mató.
ALBANY
Cierto. –– Cubridles la cara.
EDMOND
Estoy agonizando. Quiero hacer el bien,
pese a mi naturaleza. Mandad a alguien
al castillo, de prisa. Di orden de matar
a Lear y a Cordelia. ¡Llegad a tiempo!
ALBANY
¡Corred, ah, corred!
EDGAR
¿A quién diste la orden? ¿Quién la tiene?
Manda señal de contraorden.
EDMOND
Bien pensado. Toma mi espada. Al capitán,
dádsela al capitán.
EDGAR
¡De prisa, por tu vida!

[Sale el CABALLERO.]

EDMOND
Tiene orden de vuestra esposa y mía
de ahorcar a Cordelia en la cárcel,
achacándolo a su desesperanza
y diciendo que se suicidó.
ALBANY
Los dioses la protejan. –– Sacadle de aquí.

[Sacan a EDMOND.]
Entra LEAR llevando a CORDELIA en brazos [y el CABALLERO].

LEAR
¡Aullad, aullad, aullad! ¡Ah, sois todos de piedra!
Si tuviese vuestra lengua y vuestros ojos,
estallaría la bóveda del cielo. Nos ha dejado.
Sé cuándo alguien está muerto y cuándo vive,
y ella está más muerta que la tierra.
Dadme un espejo. Si lo empaña
o lo mancha con su aliento, es que vive.
KENT
¿Es éste el fin anunciado?
EDGAR
¿O un cuadro de ese horror?
ALBANY
¡Húndase y acabe!
LEAR
Se mueve esta pluma. ¡Vive! Si es verdad,
es una suerte que redime todos los pesares
que jamás haya sentido.
KENT
¡Mi buen señor!
LEAR
Aparta.
EDGAR
Es el noble Kent, vuestro amigo.
LEAR
¡La peste os lleve a todos, asesinos, traidores!
La podía haber salvado. Ahora se ha ido
para siempre. –– Cordelia, Cordelia, quédate. ¿Eh?
¿Qué dices? –– Tenía una voz suave,
dulce y gentil: algo admirable en la mujer. ––
Yo maté al infame que te ahorcaba.
CABALLERO
Es cierto, señor: lo mató.
LEAR
¿Verdad, amigo? En mis buenos tiempos
mi fiel sable le habría hecho saltar. Ahora
la vejez y los padecimientos me han mermado. ––
¿Quién sois? Me falla la vista. Yo os lo diré.
KENT
Si la fortuna presume de dos
a los que amó y odió, aquí está uno de ellos.
LEAR
Lo veo todo borroso. ¿No sois Kent?
KENT
Sí, vuestro vasallo Kent. ¿Y vuestro siervo Cayo?
LEAR
¡Ah, buen muchacho, vaya que sí!
Sabe pegar y rápido. Está muerto y podrido.
KENT
No, mi señor. Soy yo quien...
LEAR
Después me ocupo de eso.
KENT
... os ha seguido en el dolor
desde el decaer de vuestra suerte.
LEAR
Sed bienvenido.
KENT
Nadie lo es. Todo es tristeza, sombras, muerte.
Vuestras hijas mayores se han aniquilado
y han muerto en la desesperanza.
LEAR
Sí, eso creo.
ALBANY
No sabe lo que dice y es inútil
dirigirse a él.
EDGAR
Sería en vano.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO
Señor, Edmond ha muerto.
ALBANY
Poco importa ahora. –– Señores
y nobles amigos, conoced mi propósito.
Daré todo el consuelo necesario
a esta gran ruina. En cuanto a mí,
mientras viva Su anciana Majestad,
le entrego todos mis poderes.
[A EDGAR y KENT] A vosotros dos, vuestros derechos,
con los títulos a que vuestra nobleza
os ha hecho acreedores. Los amigos probarán
el premio a su virtud, y los enemigos,
el cáliz de sus culpas. ¡Ah, mirad, mirad!
LEAR
Y mi pobrecilla, ahorcada. ¿No, no, no tiene vida?
¿Por qué ha de vivir un perro, un caballo, una rata
y en ti no hay aliento? –– Tú ya no volverás;
nunca, nunca, nunca, nunca, nunca. ––
Desabrochad este botón. Gracias.
¿Veis esto? ¡Miradla! ¡Mirad, los labios!
¡Mirad, mirad!

Muere.

EDGAR
Se ha desmayado. ¡Señor, señor!
KENT
Estalla, corazón, estalla.
EDGAR
Animaos, señor.
KENT
No le turbéis el alma. Dejad que se vaya.
No perdonará al que siga estirándole
en el potro de un mundo tan cruel.
EDGAR
Ha muerto, sí.
KENT
Asombra lo que ha resistido.
Usurpó su propia vida.
ALBANY
Lleváoslos. Nuestro objeto es el luto general. ––
Gobernad ambos, mis buenos amigos,
y sostened el reino malherido.
KENT
Mi señor, yo tengo que emprender un viaje:
me llama mi amo, y no debo negarme.
EDGAR
Me toca llevar este grave peso;
decir lo que siento, y no lo que debo.
Los más viejos fueron los que más penaron;
jamás podrá el joven vivir ni ver tanto.

Salen con una marcha fúnebre.

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