martes, enero 23, 2007

Tennessee Williams"Un tranvía llamado deseo"


Un tranvía llamado deseo
Tennessee Williams


PERSONAJES


NEGRA
EUNICE
STANLEY KOWALSKI
HAROLD MITCHELL (MITCH)
STELLA KOWALSKI
STEVE HUBBEL
BLANCHE DU BOIS
PABLO GONZÁLEZ
UN JOVEN COBRADOR
MEXICANA
UNA EXTRAÑA
UN EXTRAÑO




PRIMER ACTO





ESCENA PRIMERA

Al levantarse el telón, la escena está en la oscuridad. Se oye la música que ejecuta una pequeña orquesta de jazz. La escena se ilumina lentamente, mostrando las dos habitaciones del aparta¬mento de los Kowalski en el barrio francés de Nueva Orleáns.

En el dormitorio, a la izquierda, Stella Kowalski está arre¬llanada perezosamente en una desvencijada butaca, dándose aire con un abanico de hojas de palma y comiendo chocolates que saca de una bolsita de papel. Lee una revista de estrellas de cine. A su iz¬quierda, una escalinata de dos peldaños lleva a la puerta cerrada del cuarto de baño. Más allá de éste, se ve el vano de una puerta cu¬bierta por una cortina que conduce a un armario de pared.

En la sala, al centro derecho, no hay nadie. Entre ambas habitaciones existe una pared imaginaria y al foro, cerca del cen¬tro, pende una cortina corrediza bajo un montante roto, en el «ar¬co» que está sobre el vano de la puerta que une las habitaciones.

Al foro derecha, en la sala, una puerta baja da a un porche sin techo. A la derecha de la puerta, una escalera de caracol lleva al apartamento de arriba. En la escalera están sentadas dos perso¬nas: una lánguida negra, que se da aire con un abanico de hojas de palma, y Eunice Hubbel, la ocupante del apartamento de arriba, que come cacahuetes y lee una revista de «confesiones».

A la derecha de la escalera de caracol y del porche, un pasillo sube hasta el nivel de la calle, atravesando el escenario detrás de las dos habitaciones de los Kowalski, y puede verse, cuando está ilu¬minada, a través de las paredes posteriores del apartamento, ya que son de gasa y sobre ellas están aplicados los contornos de las ventanas.

Más allá del telón que cae inmediatamente detrás de la calle (y que es también de gasa) puede verse un telón de fondo que re¬presenta las vías del tren elevado, que pasa cerca.




Al levantarse el telón, una mujer, con una bolsa de compras llena de paquetes, cruza con aire fatigado el escenario de derecha a izquierda y sale.

Stanley Kowalski entra por el foro izquierdo, seguido por Harold Mitchell (Mitch), su amigo, y se dirige presurosamente por la calle hacia la puerta de su apartamento. Mitch avanza a saltos detrás de Stanley, tratando de mantener el mismo ritmo en el andar.

Se oye todavía la música. El brillo de las luces se ha intensi¬ficado.

STANLEY (abriendo la puerta y gritando hacia la sala): -¡Eh, Stella! ¡Eh, Stella, nena!

Gran sonrisa de la Negra. Mitch espera a la derecha a Stanley.

STELLA (levantándose de un salto de la butaca, entra en la sala): -No me grites así.

STANLEY (arrojándole un paquete con carne, cubierto de sangre):
-¡Toma!

STELLA (atrapando el paquete al vuelo): -¿Qué?

STANLEY: -¡Carne!

Stanley y Mitch salen por la derecha en primer término.

STELLA (corriendo hacia la puerta de calle con el paquete): -¡Stan¬ley! ¿Adónde vas?

STANLEY (detrás del escenario): -¡A jugar a los bolos!

STELLA (asomándose por la puerta, le grita): -¿Puedo ir a mirar?

STANLEY (más lejos): -¡Ven!

STELLA: -¡Iré pronto! (Dándole una palmada en el hombro a Eunice.) Hola, Eunice. ¿Cómo estás?

EUNICE: -Muy bien. (Stella pone el paquete con carne sobre la me¬sa de la sala y se mira fugazmente en un espejo sujeto con ta¬chuelas sobre el lado interno de la puerta de un armario de poca altura, colocado en el foro entre un refrigerador y un sofá, junto a la pared posterior de la sala. Eunice se inclina hacia adelante y agrega:) Dile a Steve que le lleve un sándwich, porque aquí no queda nada. (Stella pasa sobre una escoba caída junto a la puerta de calle, sale al porche, cierra la puerta y se va por la derecha, en primer término. Eunice y la Negra ríen.)

NEGRA (dándole un codazo a Eunice): -¿Qué había en ese pa¬quete que le ha aventado?

EUNICE (divertida): -¡Vamos, cállate!

NEGRA (imitando el gesto de Stanley al arrojar la carne): -¡Toma eso!

(Ambas ríen. Blanche du Bois entra por la izquierda, viniendo de la calle. En una mano trae una pequeña maleta, y en la otra un trocito de papel. Mira a su alrededor, con aire de escandalizada incredulidad. Su aspecto no armoniza con el decorado. Se diría que viene de un té o de un cóctel, en el distrito de los jardines. Le lleva unos cinco años de edad a Stella. En su aire indeciso, algo sugiere una mariposilla.)

Un Marinero, de traje blanco, entra por el foro derecha y se acerca a Blanche. Le hace una pregunta, que no se oye a causa de la música. Blanche parece perpleja y, aparentemente, no sabe qué contestarle. El Marinero sigue de largo y sale por foro izquierda.

La música se extingue. Blanche dobla la esquina a la derecha y se acerca a la mujer que está sobre la escalera de caracol, llevando la maleta en la mano izquierda. Las luces de la calle comienzan a oscurecerse y la iluminación interior del apartamento se acentúa.

EUNICE (mira a Blanche, luego a la Negra y de nuevo a Blanche, y le dice a ésta): -¿Qué pasa, querida? ¿Se ha extraviado?

BLANCHE (parada a la derecha de la escalera, con humor ligera¬mente histérico): -Me dijeron que tomara un tranvía lla¬mado Deseo, que trasbordara a otro llamado Cemente¬rio y que viajara seis cuadras y bajase en los Campos Elíseos.

EUNICE: -Pues ahí es donde ahora está.

BLANCHE: -¿En los Campos Elíseos?

EUNICE: -Estos son los Campos Elíseos.

(La Negra ríe.)

BLANCHE: -No deben haber entendido el número que quería...

EUNICE: -¿Qué número busca?

BLANCHE (aludiendo con aire extenuado al trocito de papel que tiene en la mano): -El seis treinta y dos.

EUNICE (señalando el número «632» que está junto a la puerta del apartamento): -No necesita seguir buscando.

(La Negra ríe.)

BLANCHE (yendo hacia la izquierda, primer término, con aire de incomprensión): -Busco a mi hermana, Stella du Bois..., quiero decir, la esposa de Stanley Kowalski.

La Negra le da un codazo a Eunice y bosteza ostensiblemente.

EUNICE: -Aquí es. Pero Stella acaba de salir.

(La Negra se le¬vanta, se despereza y da un paso hacia la derecha, en primer término.)

BLANCHE: -¡Aquí! ¿Será posible que ésta sea su casa?

EUNICE: -Stella vive en la planta baja y yo arriba.

BLANCHE: -¡Ah! ¿Ella salió?

EUNICE (señalando la derecha): -¿Se fijó en esa pista de boli¬che que hay a la vuelta de la esquina?

BLANCHE: -Yo... No estoy segura de haberla visto.

EUNICE: -Pues es allí donde está Stella... mirando jugar a su marido. (La Negra ríe.) ¿Quiere dejar aquí su maleta e ir a buscarla?

BLANCHE (yendo hacia el porche): -No...

NEGRA: -Iré a decirle que venga.

BLANCHE (dejando su maleta en el suelo): -Gracias.

La Negra bosteza y se despereza, abanicándose, y sale en¬corvada por la derecha, arrastrando la voz con un «Bienvenida» en respuesta al «Gracias» de Blanche.

EUNICE (levantándose): -¿Stella no la esperaba?

BLANCHE (estrujando el trocito de papel y arrojándolo): -No. No esta noche.

EUNICE (guardándose una bolsita con pasas de uva en el bolsillo del vestido): -Vamos... ¿Por qué no entra y se pone có¬moda hasta que regresen?

(Sube el primer peldaño.)

BLANCHE: -¿Cómo podría hacerlo?

EUNICE (bajando de la escalinata): -Nosotros somos los due¬ños de esta casa, de modo que puedo dejarla entrar. (Golpea la puerta de la calle con el dorso de la mano derecha y aquélla se abre de par en par. Blanche entra en la sala y se detiene, algo azorada. Abarca con la mirada la habitación. Eunice mira a Blanche y luego a su maleta, toma ésta, entra en la sala, deja la maleta junto al armario y levanta la esco¬ba, poniéndola a la derecha del refrigerador. Entonces, advierte la expresión de Blanche. Se adelanta, recoge dos vestidos de Stella tirados sobre el sofá y se encamina hacia el dormitorio con ellos. Ha cerrado la puerta de la calle, y dice, tomando la escoba:) Esto está un poco revuelto, pero da gusto verlo cuando está limpio.

BLANCHE (mirando a su alrededor): -¿De veras?

EUNICE: -Hum... Así lo creo. ¿De modo que usted es la her¬mana de Stella?

BLANCHE (alzando su velo): -Sí. (Queriendo desembarazarse de Eunice.) Gracias por haberme dejado entrar.

EUNICE (en el dormitorio, retocando un poco la cama): -De nada, como dicen los mexicanos... ¡De nada! Stella habló de usted.

(Deja los vestidos sobre la cama y al volver toma de paso una manzana de un platito que está sobre la mesa de la radio junto a la puerta.)

BLANCHE (quitándose los guantes): -¿De veras?

EUNICE: -Si mal no recuerdo dijo que era usted maestra.

(Ha vuelto y está en el centro del escenario.)

BLANCHE:-Sí.

EUNICE (enfrenta a Blanche): -Y usted es de Mississippi... ¿ver¬dad?

(Frota la manzana contra la manga de su vestido.)

BLANCHE:-Sí.

EUNICE: -Stella me mostró una fotografía de su casa natal, la plantación.

(Se sienta.)

BLANCHE: -¿Belle Rêve?

EUNICE: -Una casa grande, muy grande, de columnas blan¬cas.

(Muerde la manzana.)

BLANCHE: -Sí...

EUNICE: -Debe dar trabajo tener limpia una casa así.

BLANCHE: -Perdóneme, pero me estoy cayendo. ¡Me siento tan cansada!

EUNICE: -Claro, querida. ¿Por qué no se pone cómoda?

(Co¬me la manzana.)

BLANCHE: -Lo que he querido decir es que me gustaría que¬darme sola.

EUNICE (con la manzana en la boca, deja de comer, se frota el pie, se levanta y va con aire ofendido hacia la puerta de la calle): -Bueno... ¡No necesito que me lo digan dos veces!

BLANCHE: -No he querido ser grosera, pero...

EUNICE (dándole una palmada en el brazo): -Me daré una es¬capada a la pista de bolos para decirle a Stella que se apresure.

Mutis a la derecha, en primer término. Blanche mira a su alrededor. Da unos pasos hacia el dormitorio con indecisión, se asoma a él, vuelve, mira la puerta abierta del armario, se acerca, saca una botella de whisky y un vaso. Se adelanta hasta la mesa, se sirve un respetable trago, bebe, deja el vaso sobre la mesa, vuelve a tomarlo, arroja las últimas gotas de whisky sobre la alfombra y lle¬va nuevamente el vaso y la botella al armario. Se acerca con aire vacilante al canapé y se sienta. Se oye por la derecha el chillido de un gato. Blanche se levanta de un salto, sobresaltada.

BLANCHE: -Tengo que dominarme.

Va hacia la izquierda, en primer término. Por la derecha entra precipitadamente Stella, seguida por Eunice, e irrumpe en su apartamento, mientras que Eunice se va al suyo.

STELLA (llamando con júbilo, al abrir la puerta): - ¡Blanche! ¡Blanche!

(Por un momento, las hermanas se miran fija¬mente, Stella se lanza hacia un interruptor que está en el rincón del foro derecha de la sala, debajo de la escalera de ca¬racol, lo oprime y la habitación se inunda de luz. Luego, se arroja en brazos de su hermana.)

BLANCHE: -¡Stella, oh Stella, Stella! ¡Estrella mía! (Luego con febril vivacidad, como temiendo que cualquiera de ellas piense más de la cuenta.) Vamos, déjame que te mire. (Le vuelve la espalda.) ¡Pero tú no me mires, Stella! ¡No, no, no, no! ¡Sólo debes mirarme después, cuando me haya bañado y descansado! ¡Y apaga esa luz superflua! ¡Apá¬gala! ¡No quiero que me miren bajo su despiadado res¬plandor! (Stella ríe, va hacia el interruptor y la complace. La violenta luz que ha inundado el escenario se esfuma.) ¡Ahora vuelve aquí! ¡Oh, nena mía! ¡Stella! ¡Estrella mía! (Vuelve a abrazar a Stella.) ¡Creí que nunca vol¬verías a esta horrible casa! ¿Qué he dicho? ¡Oh! No quise decir eso. Quise ser amable y decir: ¡oh! ¡Qué buena situación! ¡Y cosas por el estilo! Tesoro, aún no me has dicho una sola palabra.

STELLA: -No me has dado la oportunidad de hacerlo, querida. (Ríe y abraza a Blanche, pero la mira con cierta ansiedad.)

BLANCHE: -Bueno, vamos, te toca hablar a ti. Abre tu bonita boca y habla, mientras busco un poco de licor. (Va a la derecha.) Sé que debes tener alguno por aquí. ¿Dónde estará? (Vuelve al foro.) ¡Oh, ya lo veo! ¡Ya lo veo!

(Va hacia el armario. Saca una botella y un vaso. Está trémula, jadeante y procura reír. Poco falta para que se le caigan de las manos. Stella se le acerca y le quita la botella.)

STELLA: -Blanche, siéntate y déjame que sirva el whisky. (Va al armario. Blanche se retira hacia el centro y Stella lleva la botella y el vaso a la mesa. Sirviendo.) No sé con qué po¬dríamos mezclarlo. Quizá haya alguna gaseosa en el refrigerador.

BLANCHE (quitándole el vaso): -Nada de gaseosa, querida. Con mis nervios de esta noche, no. (Stella deja la botella sobre la mesa y le pone el corcho. Blanche va hacia el sofá con su vaso mientras Stella se acerca al refrigerador, lo abre y examina su interior. Blanche, desde el otro lado del sofá, pregunta:) ¿Dónde..., dónde está...?

STELLA (junto al refrigerador): -¿Stanley? ¡Jugando a los bolos! Le gusta. (Blanche bebe.) Están haciendo un... (saca una botella del refrigerador e intercala) ¡he encontrado soda!... Sí, haciendo un torneo.

(Stella vuelve a la mesa con una gaseosa, una jarra con agua y un abridor, que esta¬ba sobre el refrigerador.)

BLANCHE (casi simultáneamente): -Me basta con agua para el whisky. Vamos, no te preocupes. Tu hermana no se ha convertido en una borracha. Sólo está extenuada y aca¬lorada y sucia. (Va hacia la izquierda.) Siéntate y explí¬came qué significa esto. ¿Qué diablos estás haciendo en semejante casa?

STELLA (pone la jarra con agua sobre la mesa, se sienta del otro lado de ésta, abre su gaseosa, la bebe): -Vamos, Blanche.

BLANCHE: -Oh, no seré hipócrita. Seré sincera y crítica. (Va hacia la izquierda y se asoma al dormitorio.) Nunca, nun¬ca, nunca, ni en mis peores sueños, pude imaginarme... (Volviéndose hacia Stella). ¡Sólo Poe! ¡Sólo el señor Ed¬gar Allan Poe... podría hacerle justicia! (Indica la calle.) ¡Ahí, supongo, debe estar el bosque de Weir, donde va¬gabundean los vampiros!

(Ríe.)

STELLA: -No, querida... Esas, son las vías del tren elevado.

BLANCHE (adelantándose hacia ella): -No, hablemos en serio, bromas aparte. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me escribiste? ¿Por qué no me avisaste, querida?

(Da otro paso hacia ella.)

STELLA: -¿Por qué no te dije qué, Blanche?

BLANCHE: -¡Que tenías que vivir en estas condiciones, vaya!

STELLA (se pone de pie, deja su bebida y se acerca a Blanche): -¿No estarás exagerando un poco? ¡Esto no está tan mal como dices! Nueva Orleáns no se parece a otras ciudades.

(Le pone con dulzura las manos sobre los hombros.)

BLANCHE (rehuyendo su contacto): -Esto nada tiene que ver con Nueva Orleáns. Es como si dijeras... (Le da una palmada en el hombro a Stella.)... Perdóname, nena. No se hable más del asunto.

(Da un paso hacia la derecha, en primer término.)

STELLA (va hacia la izquierda): -Gracias.

BLANCHE (la detiene con la voz. Mira su vaso trémulo, luego va hacia la mesa): -¡Eres todo lo que me queda en el mun¬do y no te alegras de verme!

STELLA (acercándose a su hermana, la toma del brazo): -Vamos, Blanche... Bien sabes que eso no es cierto.

BLANCHE (volviéndose hacia ella): -¿No? Había olvidado que eres muy callada.

STELLA (entrando en el dormitorio): -No me has dado una sola oportunidad de decir gran cosa, querida. (Toma el aba¬nico, la revista y las golosinas de la butaca, y los lleva a un escritorio que está junto al nicho.) De modo que me acos¬tumbraré a callar a tu lado.

BLANCHE: -Pues es una buena costumbre. (Bebe otro sorbo.) No me has preguntado aún por qué dejé la escuela an¬tes de terminar el periodo de primavera.

STELLA (tomando la ropa de la cama): -Supuse que tú misma me lo dirías sin necesidad de preguntártelo. (Guarda la ropa en el armario de pared.)

BLANCHE (entra con su vaso en el dormitorio y se detiene junto a la butaca): -¿Creíste que me habían echado?

STELLA (reaparece y arrima la silla sin respaldo a la butaca): -No. Yo... Creí que habías renunciado... (Se sienta fren¬te a Blanche.)

BLANCHE (sentándose sobre el brazo izquierdo de la butaca, que no tiene brazo derecho): -Todo lo ocurrido me había agotado tanto que... mis nervios desfallecieron. Estaba al borde de... ¡de la locura! De modo que el señor Gra¬ves -el señor Graves es el director del colegio- insi¬nuó que me tomara un descanso. Yo no podía explicarte todos esos detalles en el telegrama... (Bebe rápida¬mente.) ¡Oh, esto me da una buena sacudida, y es tan agradable!

STELLA: -¿Quieres otro whisky?

BLANCHE: -No, uno es mi máximo.

(Se levanta, va hacia el to¬cador, deja sobre él su vaso y se detiene allí frente a Stella.)

STELLA: -¿Seguro?

BLANCHE (se mira en el espejo que pende sobre el tocador y se vuelve hacia su hermana): -No has dicho una sola pala¬bra sobre mi aspecto.

(Se quita el sombrero, lo lleva al es¬critorio y vuelve.)

STELLA -Estás muy guapa.

BLANCHE (se quita el sombrero y los guantes, dejándolos sobre el escritorio. Conserva la bolsa sobre el brazo izquierdo): -¡Dios te bendiga por lo embustera! ¡La luz del día nunca ilumi¬nó semejante desastre! Pero tú has engordado un poco... ¡Estás regordeta como una perdiz! (Contempla a Stella.) ¡Y qué bien te sienta!

STELLA: -Vamos, Blanche...

BLANCHE: -Sí, sí que es cierto. ¡En caso contrario, yo no te lo diría! Sólo debes cuidarte un poco las caderas. Ponte de pie.

STELLA: -Ahora, no.

BLANCHE: -¿Me oyes? ¡Te he dicho que te pongas de pie! (La obliga a levantarse y le retoca el cuello del vestido.) ¡Qué criatura descuidada! ¡Has derramado algo sobre este hermoso cuello de encaje blanco! Y tu cabello. ¡Debieras usar melena, con tus delicadas facciones! (Mira las manos de Stella.) Stella... Tú tienes una criada..., ¿verdad?

STELLA (va despaciosamente hasta el otro lado de la cama y señala el apartamento): -No. Con sólo dos habitaciones, es...

BLANCHE: -¿Cómo? (Se acerca a Stella.) ¿Dos habitaciones, has dicho?

STELLA: -Sí, ésta y... (Con malestar, indica la sala.)

BLANCHE (avanza hacia la sala): -¿Y la otra? (Ve la botella so¬bre la mesa de la sala, rápidamente va al armario a sacar otro vaso. Stella la sigue.) Sólo beberé un sorbito más, nada más que para ponerle el corcho, por así decirlo... (Se sirve.) ¡De modo que guarda la botella! ¡Guárdala! Así no me sentiré tentada. (Bebe y le tiende la botella a Stella, que la toma y la vuelve a poner en el armario. Blanche bebe, deja el vaso y la bolsa sobre la mesa. Quitándose la chaquetilla, vuelve rápidamente a la izquierda.) ¡Quiero que mires mi figura! No he aumentado un solo gramo en diez años. Peso lo mismo que pesaba el verano en que te fuiste de Belle Rêve. El verano en que murió pa¬pá y nos dejaste.

(Va lentamente hacia el foro, llevando la chaquetilla.)

STELLA (del otro lado de la mesa, con aire algo fatigado): -Es simplemente increíble, Blanche... ¡Qué guapa estás!

BLANCHE (tocándose la frente, con dedos trémulos): -Stella... ¿Sólo hay dos habitaciones? No sé dónde vas a acomodarme.

STELLA (acercándose al sofá): -Te pondremos aquí. (Señala el sofá.)

BLANCHE (acercándose al mueble y tanteándolo): -¿Qué clase de cama es ésta? ¿Uno de esos muebles desarmables?

STELLA: -¿Te parece cómodo?

BLANCHE (con aire de duda): -Maravilloso, querida. No me gustan las camas que se hunden mucho. (Va hacia el ar¬co que separa ambas habitaciones. Stella se acuesta en el so¬fá.) Pero no hay puerta entre las habitaciones y Stan¬ley... ¿Será decente, eso?

(Se vuelve hacia Stella.)

STELLA: -Stanley es polaco, como sabes.

BLANCHE: -Oh, sí. Eso es algo así como ser irlandés..., ¿ver¬dad?

(Va a la izquierda y vuelve.)

STELLA:-Te diré...

BLANCHE (ambas ríen. Blanche está aún en el dormitorio, junto a la butaca): -He traído algunos vestidos bonitos para recibir a todos los simpáticos amigos de la casa.

STELLA: -Temo que no te parecerán simpáticos.

BLANCHE: -¿Cómo son?

STELLA: -Son los amigos de Stanley.

BLANCHE: -¿Polacos?

STELLA: -Hay de todo.

BLANCHE: -¿Tipos... heterogéneos?

STELLA: -Oh, sí. ¡Tipos es la palabra indicada!

BLANCHE: -Bueno... De todos modos, he traído buena ropa y voy a usarla. Esperas que yo te diga que me alojaré en un hotel..., ¿verdad? Ni lo pienso. ¡Quiero estar cerca de ti, Stella! ¡Necesito estar con gente, no puedo quedarme sola! Porque, como debes haberlo notado, yo... ¡no estoy muy bien!

(Su voz desfallece y su aire denota temor.)

STELLA (se levanta, se le acerca y le pone la mano sobre el hom¬bro): -Pareces un poco nerviosa o excitada o algo así.

BLANCHE: -¿Simpatizará conmigo Stanley, o sólo seré una cuñada de visita? Yo no podría soportar eso, Stella.

(Se vuelve hacia su hermana.)

STELLA (acercándose a Blanche): -Os entenderéis perfec¬tamente, siempre que no trates de... bueno, de compa¬rarlo con los hombres con quienes salíamos en Belle Rêve.

BLANCHE: -¿Es Stanley tan... distinto?

STELLA: -Sí. Es otra clase de hombre.

BLANCHE: -¿En qué sentido? ¿Cómo es?

STELLA: -Oh, no se puede describir al que se ama. (Va hasta el tocador y toma un retrato de Stanley que, en un pequeño marco, ocupa allí un lugar de honor. Blanche va hacia la bu¬taca, y cuando Stella se vuelve hacia ella con el retrato está sentada allí, mirando al foro.) ¡Aquí tienes su retrato!

BLANCHE (tomando la fotografía de Stanley de uniforme y mi¬rándolo): -¿Un oficial?

STELLA: -Sargento del Cuerpo de Ingenieros. ¡Ésas son condecoraciones!

BLANCHE: -Seguramente, Stanley las lucía cuando lo cono¬ciste..., ¿verdad?

STELLA: -Te aseguro que no me deslumbró todo ese latón. Pero, naturalmente, después tuve que adaptarme a cier¬tas cosas.

BLANCHE: -¡Como su pasado de civil! ¿Cómo acogió la noti¬cia Stanley cuando le anunciaste mi llegada?

STELLA: -Oh, no lo sabe aún.

BLANCHE (asustada): -¿No... se lo has dicho?

STELLA: -A menudo se ausenta.

BLANCHE: -¡Ah! ¿Viaja?

STELLA: -Sí.

BLANCHE: -¡Qué bien! Quise decir... Te parece bien..., ¿ver¬dad?

STELLA (tomando la fotografía): -Una sola noche que se au¬sente me resulta insoportable...

BLANCHE:-¡Pero, Stella...!

STELLA: -¡Cuando se ausenta una semana, poco me falta pa¬ra enloquecer!

BLANCHE (va al foro): -¡Dios mío!

STELLA: -Y cuando regresa, lloro sobre sus rodillas como una criatura.

(Deja caer la cabeza sobre el codo, contra el respal¬do de la butaca.)

BLANCHE (acercándose a la cabecera de la cama): -Supongo que eso será lo que llaman estar enamorada... (Stella, alza los ojos, con radiante sonrisa.) Stella...

(Blanche deja su chaquetilla sobre el escritorio.)

STELLA: -¿Qué?

BLANCHE (con una precipitación llena de malestar): -No te he hecho las preguntas que probablemente esperabas de mí. Confío, pues, en que te muestres comprensiva con respecto a lo que yo tengo que decirte.

STELLA: -¿Qué, Blanche?

(Su semblante revela ansiedad.)

BLANCHE: -Bueno, Stella... Vas a hacerme un reproche. Lo sé. Pero antes de hacerlo... ten en cuenta que... ¡te fuis¬te! (Se acerca hacia ella.) ¡Yo me quedé y luché! ¡Tú vi¬niste a Nueva Orleáns y miraste por ti misma! ¡Yo me quedé en Belle Rêve y traté de salvarlo! No te lo digo para reprochártelo, pero toda la carga cayó sobre mis hombros.

STELLA: -Lo mejor que yo podía hacer era ganarme la vida, Blanche.

BLANCHE (comenzando a temblar con renovada intensidad. Va hacia la izquierda): -Lo sé, lo sé. ¡Pero fuiste tú quien abandonó Belle Rêve, no yo! ¡Yo me quedé y luché, di mi sangre por nuestra heredad y poco me faltó para morir por ella!

STELLA: -¡Basta de arranques histéricos y dime qué pasó! ¿Qué quieres decir con eso de que luchaste y diste tu sangre? ¿Qué clase de...?

BLANCHE: -Ya sabía yo que me dirías eso, Stella. ¡Ya me ima¬ginaba que asumirías esa actitud!

STELLA: -¿Con respecto... a qué? ¡Por favor!

BLANCHE: -A la pérdida... la pérdida...

STELLA: -¿De Belle Rêve? ¿De modo que se perdió?

BLANCHE: -Sí, Stella.

Un tren pasa ruidosamente por las vías. Blanche entra en la sala, hacia su bolsa que está sobre la mesa, saca un frasquito de agua de colonia y se pone un poco detrás de las orejas. La pausa del diálogo para que se oiga el ruido del tren no es larga.

STELLA (deja el retrato sobre la cama. Se levanta, avanza y mira a Blanche): -Pero..., ¿cómo se perdió Belle Rêve? ¿Qué pasó?

BLANCHE: -¡Buena eres tú para preguntármelo!

STELLA (un paso más cerca): -¡Blanche!

BLANCHE: -¡Buena eres tú para acusarme a mí de eso!

STELLA (sentándose en el sofá, de frente a Blanche): -¡Blanche!

BLANCHE (enfrentándola): -¡Yo, yo, yo recibí los golpes sobre mi rostro y mi cuerpo! ¡Todas esas muertes! ¡La larga pro¬cesión hasta el cementerio! ¡Papá! ¡Y mamá! ¡Y el terrible espectáculo de Margaret! ¡Estaba tan hinchada que no pudieron acostarla en un féretro! ¡Hubo que quemarla como si fuese basura! Tú apenas volviste a tiempo para los funerales. Y los funerales son hermosos comparados con las muertes. Son silenciosos, pero las muertes no siempre lo son. A veces su respiración es ronca, a veces tartajosa, a veces le gritan a uno: ¡No me dejen ir! Hasta los viejos suelen decir: ¡No me dejen ir! ¡Como si uno pudiera detenerlos! Los funerales son silenciosos, con flores hermosas. Y..., ¡oh, en qué suntuosas cajas se los llevan! No habiendo estado junto a la cama cuando grita¬ban: ¡No me dejen ir!, no podrías sospechar esa lucha por respirar y ese sangrar. Pero yo lo vi. ¡Yo lo vi, lo vi! ¡Y aho¬ra me dices con los ojos, descaradamente, que yo tuve la culpa de que se perdiera Belle Rêve! (Stella va hacia el centro, Blanche la sigue, la aferra.) ¿Cómo diablos crees que pagamos por toda esa enfermedad y esa muerte? (Blanche está junto al hombro de Stella.) ¡La muerte es cara, señorita Stella! ¡E inmediatamente después de Margaret, murió la vieja prima Jessie! ¡Ay, el Ceñudo Segador había sentado sus reales sobre nuestra escalinata!... Stella ¡Belle Rêve fue su cuartel general! ¡Por eso se me escurrió de entre los dedos, querida! ¿Cuál de ellos nos dejó una fortuna? ¿Cuál de ellos nos dejó siquiera un centavo de seguro? Sólo la pobre Jessie..., cien dólares para pagar su ataúd. ¡Eso fue todo, Stella! ¡Y yo, con mi triste sueldo de la escuela! (Stella amaga un paso hacia la izquierda.) Sí, acúsame. ¡Sigue pensando que yo dejé perderse Belle Rêve! ¡Que yo la dejé perder! ¿Dónde estabas tú? ¡En la cama con tu polaco!

STELLA: -¡Blanche! ¡Cállate! ¡Basta ya!

(Va hacia el cuarto de baño.)

BLANCHE (acercándosele): -¿Adónde vas?

STELLA (deteniéndose sobre la escalinata del cuarto de baño): -Al baño, a lavarme la cara.

BLANCHE (tratando de retenerla): -¡Oh, Stella, Stella! ¡Estás llorando!

STELLA: -¿Te sorprende?

BLANCHE: -Perdóname... No quise...

Se oyen por la derecha voces de hombres. Stella entra en el cuarto de baño y cierra la puerta. Cuando aparecen los hombres y Blanche adivina que debe de ser Stanley de regreso, se adelanta con aire indeciso hasta el tocador, mirando con aprensión la puerta de la calle. Stanley entra por la derecha, primer término, seguido por Steve y por Mitch. Stanley se detiene junto a su puerta, Steve al pie de la escalera de caracol y Mitch a la derecha de ambos, dispo¬niéndose a salir por el foro derecha. Cuando entran los hombres, oímos algo del diálogo que sigue.

STANLEY: -¿Fue así como se lo pescó?

STEVE: -Claro que fue así. Dio en el blanco de la vieja veleta con trescientos dólares en un boleto de seis números.

MITCH: -No le digas esas cosas: se las creería. (Se dispone a salir por el foro derecha.)

STANLEY (deteniéndolo): -Eh, Mitch... Ven aquí.

Se reanuda el diálogo de escena. Blanche, al oír las voces se retira al foro izquierda en el dormitorio. Toma la fotografía de Stanley del tocador, la mira y la deja. Al entrar Stanley en el apartamento, la joven se lanza al foro izquierda y se oculta detrás del biombo que hay a la cabecera de la cama.

STEVE (a Stanley y Mitch): -¡Vosotros! ¿Jugaremos al póquer mañana?

STANLEY: -Claro..., en casa de Mitch.

MITCH (al oír esto, vuelve rápidamente al pasamano de la escalera): -No... En mi casa no. ¡Mi madre está enferma, todavía!

STANLEY: -Bueno, que sea en la mía... (Mitch vuelve a hacer un falso mutis.) ¡Pero tú tendrás que traer la cerveza!

(Mitch finge no haberlo oído, grita «Buenas noches a todos» y sale por el foro derecha, cantando. Desde arriba, llega la voz de Eunice.)

EUNICE: -¿Vas a acabar de charlar ahí? (Stanley vuelve a recor¬darle con un gesto a Mitch que traiga la cerveza.) ¡Yo he preparado los espaguetis y yo misma me los he comido!

STEVE (habla mientras sube por la escalera. Sus comentarios son subrayados por pintorescas interjecciones de Eunice): -Te he dicho en persona y por teléfono que jugábamos en la cervecería de Jack...

EUNICE: -¡No me has llamado ni una sola vez!

STEVE: -¡Te lo he dicho cuando nos desayunábamos, te he llamado a la hora de comer...!

EUNICE: -¡Qué más da! ¿Por qué no vienes a casa, de vez en cuando?

STEVE: -¡Maldita sea! ¿Quieres que lo anuncie en los periódi¬cos?

Desaparece al subir la escalera. Arriba, se oye un portazo. Stanley ha entrado en su apartamento, cerrando la puerta en pos de él. Nota la carne que está sobre la mesa en la sala y la lleva al refrigerador. Blanche va hacia la puerta que separa las habitacio¬nes y mira a Stanley.

BLANCHE (avanzando hasta el sofá): -Usted debe de ser Stan¬ley. Yo, soy Blanche.

STANLEY (quitándose la chamarra de los bolos): -¿La hermana de Stella?
BLANCHE: -Sí.
STANLEY (avanza hacia ella. Blanche retrocede un poco): -Tanto gusto. ¿Dónde está Stella?

(Pasa junto a Blanche y entra en el dormitorio, dejando la chamarra en la alacena.)

BLANCHE: -En el baño.

STANLEY: -Ah... (Vuelve a la sala.) No sabía que usted ven¬dría a la ciudad. (Se acerca al armario.) ¿De dónde viene, Blanche?

BLANCHE: -Yo... Yo vivo en Laurel.

STANLEY (trayendo la botella de licor y un vaso, los deja sobre la mesa): -Con que en Laurel... ¿eh? Ah, sí. En Laurel. Eso es. No está en mi zona. (Alza la botella para ver cuánto queda.) El licor desaparece pronto cuando hace calor. ¿Quiere un trago?

(Sirve.)

BLANCHE: -No... Yo... rara vez toco el licor.

STANLEY (sonriéndole): -Algunos tocan rara vez el licor, pero el licor los toca a menudo a ellos.

(Bebe.)

BLANCHE (débilmente): -Ja, ja...

STANLEY (dejando el vaso y la botella sobre la mesa, se acerca nuevamente a Blanche): -Tengo la camisa pegada al cuerpo. ¿Hay inconveniente en que me ponga cómodo?

(Se pa¬ra junto a la cama y se quita la camisa.)

BLANCHE (acercándose a su bolsa, que está sobre la mesa en la sa¬la): -Hágalo, por favor.

STANLEY: -Estar cómodo. Tal es mi lema y el de mi pueblo.

BLANCHE: -El mío también. (Ha tomado la bolsa y hurga en ella.) Cuesta trabajo conservarse fresco cuando hace ca¬lor. No me he lavado ni empolvado, siquiera... y... (Mi¬ra la figura semidesnuda de Stanley.) ¡Ya está usted a sus anchas!

(Se lleva a la cara el pañuelo empapado en agua de colonia y le vuelve la espalda.)

STANLEY (levanta una camiseta que está sobre la mesita de la radio, se la pone y se acerca a Blanche): -Como sabrá, uno se pue¬de resfriar si se queda sentado con la ropa húmeda pues¬ta, sobre todo después de un ejercicio violento como los bolos. Usted es maestra... ¿verdad?

BLANCHE (enfrentando a Stanley en el centro de la sala. Ambos están inmóviles): -Sí.

STANLEY: -¿Qué enseña?

BLANCHE: -Inglés.

STANLEY: -Yo nunca fui un buen alumno de inglés. ¿Cuánto tiempo piensa quedarse, Blanche?

BLANCHE: -No... no lo sé, todavía.

STANLEY: -¿Se propone vivir aquí algún tiempo?

BLANCHE: -Lo haría si eso no les causara molestias a ustedes.

STANLEY: -Me parece bien.

BLANCHE: -Viajar me cansa muchísimo.

STANLEY: -Bueno, tómelo con calma.

(Un gato chilla a la de¬recha y Blanche salta involuntariamente hacia Stanley, que ríe.)

BLANCHE: -¿Qué ha sido eso?

STANLEY: -¡Los gatos! (Sonríe. Entra en el dormitorio, imitando a un gato. Va hacia el cuarto de baño y grita.) ¡Eh, Stella!

STELLA (desde el cuarto de baño): -¿Qué, Stanley?

STANLEY: -¿Piensas quedarte ahí una eternidad? (En la sala, Blanche da un paso hacia la derecha, con indecisión. Stanley se acerca al armario y se vuelve hacia ella.) Temo parecerle tosco. Stella me ha hablado muchísimo de usted. (Entra en el armario y le dice desde allí.) Usted estuvo casada en otros tiempos... ¿verdad?

BLANCHE: -Sí, cuando era muy joven.

STANLEY: -¿Qué pasó?

BLANCHE: -El... él murió. (Se oye el arrullo lejano de «La Varso¬viana.» Blanche, mientras escucha la música, se acerca ner¬viosamente al sofá.) Creo que... estoy algo mareada.

(Se sienta en el sofá. La música se torna más insistente. La jo¬ven procura fingir que no la oye, mirando con aire temeroso a su alrededor, mientras las luces se atenúan. Cuando la música llega a un crescendo, Blanche se levanta repentina¬mente de un salto, tapándose los oídos.)

Las luces se apagan rápidamente y cae el telón. Cesa «La Varsoviana.»





ESCENA SEGUNDA

Las seis de la tarde siguiente.

Blanche se está bañando. Stella, en combinación, está sen¬tada ante el tocador en el dormitorio, terminando de arreglarse. Su vestido está sobre el respaldo de la silla, a su alcance.

Ha llegado ya el baúl de Blanche y lo han colocado a la iz¬quierda del sofá, en la sala. Está abierto y exhibe un guardarropa bastante importante, aunque de tonos chillones. Blanche ha tirado negligentemente parte de su ropa sobre la silla próxima a la mesa. En ésta, hay un joyero en forma de corazón, lleno de joyas, una diadema de falso cristal de roca y un vaporizador de perfume. El biombo de tres paneles que ha ocupado el rincón del foro izquierda de la sala en la escena inicial está plegado ahora contra la cabecera de la cama. Sus guantes y su bolsa están sobre el tocador.



Al levantarse el telón, la calle está iluminada y Stanley apa¬rece por el foro izquierda, y va hacia la derecha primer término en compañía de Pablo González, uno de sus amigos. Los siguen Steve y un Hombre que atraviesa la calle y sale por el foro derecha. Una mujer que lleva un cesto sigue a los hombres y sale foro derecha.

La música de jazz se atenúa mientras hablan. Stanley se despide de Pablo y Pablo sale por la derecha primer término. Stan¬ley entra en la sala cerrando la puerta detrás de él. Deja su perió¬dico y su portaviandas sobre el refrigerador, y advierte los vestidos que están sobre el respaldo de la silla.

STANLEY (a Stella): -Hola, querida.

STELLA (levantándose de un salto): -¡Oh, Stanley!

STANLEY (señalando los vestidos y mirando el baúl): -¿Qué sig¬nifica todo este carnaval?

STELLA: -¡Oh, Stanley! (Se arroja en sus brazos y lo besa, gesto que él acepta con señorial circunspección y al cual responde con una familiar palmada en las posaderas de Stella.) Voy a llevar a Blanche al restaurante Galatoire, y después de la cena iremos a un espectáculo, porque es tu noche de póquer.

(Después de la palabra «Galatoire», cesa la música de jazz.)

STANLEY (ambos están parados en el foro derecha de la sala): -¿Y mi cena? Yo no iré a cenar al restaurante Galatoire.

STELLA (se hinca de rodillas sobre una silla, junto a Stanley): -Te dejo un plato de carnes frías en el refrigerador.

STANLEY (yendo hacia el refrigerador): -Bueno...

STELLA: -Trataré de no volver con Blanche hasta que termi¬ne la partida, porque no sé cómo lo tomaría...

STANLEY (ha sacado un plato del refrigerador, va hacia la mesa y se lo muestra a Stella. El plato contiene un poco de jamón y un par de tajadas de salchichón de hígado): -¿Verdad que es espléndido?

(Come un poco de carne.)

STELLA (arrodillada sobre una silla): -De modo que luego ire¬mos a uno de esos teatritos del barrio y más vale que me des un poco de dinero.

(Hurga en el bolsillo de Stanley y le saca algunos billetes.)

STANLEY: -¿Dónde está Blanche?

STELLA: -En la tina tomando un baño caliente, para aplacar sus nervios. Está afligidísima.

STANLEY: -¿Por qué?

STELLA: -Ha pasado por un trance tan penoso...

STANLEY: -¿De veras?

STELLA: -Stan... ¡Hemos... perdido Belle Rêve!

STANLEY: -¿La finca del campo?

STELLA: -Sí.

STANLEY: -¿Cómo?

STELLA (separa el dinero y después de reintegrar parte de él al bolsillo de su marido, entra en el dormitorio y pone la suma con que se ha quedado sobre el tocador. Habla con vague¬dad): -Oh, hubo que... sacrificarla... o algo así. (Hay una pausa, mientras Stanley medita. Stella se dirige hacia el dormitorio, diciendo:) Cuando entre Blanche, dile al¬go amable sobre su aspecto.

(Stanley entra en el dormito¬rio, avanza hacia el cuarto de baño y oye que Blanche canta «My Bonnie Lies Over the Ocean.» Entonces, vuelve hasta acercarse a la butaca del dormitorio.)

STELLA (junto al tocador): -Y no menciones al niño. Yo no le he dicho nada, aún. Espero a que esté más tranquila.

STANLEY (con tono siniestro): -¿De veras?

STELLA: -Y procura comprenderla y ser bueno con ella, Stan. (Ambos cambian una mirada. Stella se pone el vestido.) Blanche no esperaba encontrarnos en una vivienda tan pequeña. Traté de dorarle un poco todo esto en mis cartas... ¿comprendes?

STANLEY (sentándose en la butaca, con los pies sobre la silla sin respaldo): -¿De veras?

STELLA (va hacia él y se detiene a su izquierda): -Y admira su vestido y dile que está maravillosa. Eso es muy impor¬tante para Blanche. (Besa a Stanley y se retoca el vestido.) ¡Es su debilidad!

STANLEY: -Sí. Comprendo. Ahora, volvamos un poco a eso que me dijiste de que la finca había sido liquidada.

STELLA:-¡Ah! Sí...

STANLEY (asiendo el vestido de Stella por una de sus puntas y reteniéndola cuando su mujer se dispone a alejarse): -¿Qué me dices de eso? Dame más detalles.

STELLA: -Será mejor no hablar mucho del asunto hasta que Blanche se haya calmado.

STANLEY: -Conque ésas tenemos... ¿eh? ¡A la hermana Blanche no se la puede fastidiar ahora con detalles de negocios!

STELLA (ajustándose el cinturón): -Ya viste cómo estaba anoche.

STANLEY: -Hum. Sí. Vi cómo estaba. Ahora vamos a echarle una ojeada a la escritura.

STELLA: -No he visto escritura alguna.

STANLEY: -¿Qué quieres decir? ¿Blanche no te mostró docu¬mentos? ¿Ni una escritura de venta ni nada parecido?

STELLA (volviéndose hacia el tocador y terminando de vestirse): -Parece que Belle Rêve no ha sido vendida.

STANLEY: -Entonces... ¿qué diablos pasó? ¿La regalaron? ¿A una sociedad de beneficencia?

STELLA (dando un paso hacia el cuarto de baño): -¡Baja la voz! Puede oírte.

STANLEY: -No me importa. (Levantándose, se le acerca.) ¡A ver esos documentos!

STELLA (de frente a él): -¡No había documentos, Blanche no me ha mostrado documentos y no me importan los do¬cumentos!

(Va hacia la silla del tocador.)

STANLEY (asiéndola del brazo): -Escucha... ¿Has oído hablar del Código Napoleón?

STELLA (liberándose, se sienta ante el tocador y se empolva la nariz): -No, Stanley. No he oído hablar del Código Na¬poleón.

STANLEY (acercándose al tocador, se apoya contra él y contempla a Stella): -Permíteme que te explique un par de cosas.

STELLA: -¿Cuáles?

STANLEY: -En el estado de Louisiana, tenemos lo que se lla¬ma el Código Napoleón, de acuerdo con el cual lo que le pertenece a la esposa también le pertenece al marido y viceversa. Si yo tuviese una propiedad, por ejemplo, o si la tuvieras tú...

(Stella insiste en usar el cisne, que Stan¬ley le arrebata con firmeza y pone sobre el tocador.)

STELLA: -¡Estoy mareada!

STANLEY: -Perfecto. Esperaré a que Blanche concluya de to¬mar su baño caliente y le preguntaré si ella conoce el Código Napoleón. (Entra en la sala.) Me parece que te han estafado, nena. Y cuando te estafan a ti bajo la vi¬gencia del Código Napoleón, también me estafan a mí. Y a mí no me gusta que me estafen.

STELLA (se le acerca): -Ya te sobrará tiempo para hacerle esas preguntas, pero si lo haces ahora Blanche volverá a en¬fermarse. No entiendo qué ha pasado con Belle Rêve, pero no te imaginas qué ridículo estás al insinuar que mi hermana o yo o cualquier otra persona de nuestra familia podamos haber estafado a alguien.

STANLEY: -Entonces, si vendieron la propiedad... ¿dónde es¬tá el dinero?

STELLA: -No la vendieron... ¡Se perdió, se perdió!

(Vuelve al tocador. Stanley la sigue rápidamente, la aferra y la obliga a volver a la sala junto al baúl de Blanche.)

STELLA (protestando): -¡Stanley!

STANLEY (sacando tres vestidos del baúl y arrojándolos sobre el so¬fá): -¿Quieres molestarte en mirar estas cosas? ¿Crees que Blanche las ha comprado con su sueldo de maestra?

STELLA (levantando los vestidos): -¡Baja la voz!

STANLEY (sacando más prendas de vestir del baúl): -¡Mira estas plumas y pieles que viene a lucir aquí! ¿Qué es esto? ¡Mi¬ra, parece que es un vestido de oro macizo! (Levanta un vestido recamado de oro. Stella se lo quita.) Y éste. (Saca otro.) ¿Qué es esto? ¿Zorros? (Saca una piel de zorro blan¬co. Stella quiere arrebatárselo, él la aferra del brazo y le dice en la cara.) ¡Pieles de zorro auténticas, de medio kilóme¬tro de longitud! ¿Dónde están tus pieles de zorro blanco?

STELLA (tomando la piel). -Son pieles de verano baratas que Blanche posee desde hace mucho.

STANLEY (va hacia la derecha. Stella se acerca al baúl y comienza a poner los vestidos en su lugar): -Tengo un amigo que tra¬baja con estas cosas. Lo haré venir para que las valúe.

STELLA: -No seas estúpido, Stanley.

(Le quita la piel y la rein¬tegra al baúl.)

STANLEY (siguiendo con la mirada sus movimientos.): -Aposta¬ría a que se han invertido mil dólares en esas prendas. (Ve el joyero con el rabillo del ojo y se vuelve hacia la mesa.) ¿Y qué tenemos aquí? ¿El cofre de un pirata?

(Se acerca a la mesa y abre con un chasquido el joyero en forma de corazón.)

STELLA (acercándose precipitadamente): -¡Oh, Stanley!

STANLEY (apartándola con el brazo izquierdo, saca joyas del estuche): -¡Perlas! ¡Sartas de perlas! ¿Qué es tu hermana? ¿Un buzo? (Alzando un brazalete, después de haber tirado las perlas sobre la mesa.) Brazaletes de oro macizo. ¿Dónde están tus perlas y tus brazaletes de oro?

(Stella le arrebata el brazalete, se acerca a la mesa y lo guarda en el joyero.)

STELLA:-¡Sssst! ¡Cállate, Stanley!

STANLEY (tomando la diadema): -Y esto, ¿qué es? ¿Dia¬mantes? ¿La corona de una emperatriz?

(Va hacia la izquierda, con la diadema en alto.)

STELLA (reintegrando las joyas al joyero): -Una diadema de fal¬so cristal que Blanche usó en un baile de máscaras.

STANLEY: -¿Qué es eso de falso cristal?

STELLA (quitándole la diadema y poniéndola en el joyero): -Lo más parecido que hay al vidrio.

STANLEY: -¿Te burlas de mí? (Se acerca a la mesa.) Tengo un amigo que trabaja en una joyería. Vendrá aquí a tasar esto. (Se acerca al baúl y saca nuevamente todos los vesti¬dos, levantándolos a buena altura.) ¡Aquí tienes tu plan¬tación o lo que quedó de ella! ¡Aquí!

STELLA (se le acerca, toma los vestidos y los vuelve a guardar en el baúl): -¡No te imaginas cuán estúpido y horrible estás! ¡Vamos, deja en paz ese baúl antes de que Blanche salga del baño!

STANLEY (yendo a la derecha): -Los Kowalski y los Du Bois tienen ideas distintas.

STELLA (irritada): -¡Claro! ¡Por suerte! (Entra en el dormito¬rio y toma su sombrero y su bolsa. Stanley se pone el cigarro detrás de la oreja.) Voy a salir. (Acercándose a Stanley.) Sal conmigo mientras Blanche se viste.

STANLEY: -¿Desde cuándo me das órdenes?

(Blanche abre la puerta del cuarto de baño y luego vuelve a entrar en éste en busca de su vestido.)

STELLA (afrontándolo): -¿Te quedarás aquí para insultarla?

STANLEY: -Estás diciendo tonterías. Me quedaré aquí.

(Va hacia la derecha, se sienta sobre la mesa, saca otro cigarro, lo enciende. Saca otro más, se lo pone detrás de la oreja. Stella sale precipitadamente por la puerta de calle, se detiene en el porche y enciende un cigarro que ha tomado de su bolsa. Blanche abre la puerta del cuarto de baño y sale, en bata. Trae un vestido vaporoso y su bolsa. Va hacia la puerta que separa las habitaciones.)

BLANCHE (alegremente): -¡Hola, Stanley! ¡Aquí estoy recién bañada y perfumada y oliendo a ser humano flamante!

(Deja su bolsa sobre el sofá.)

STANLEY: -Está bien.

BLANCHE (va a la derecha): -¡Excúseme, mientras me pon¬go mi bonito vestido nuevo!

(Deja caer el vestido sobre el sofá, va hacia las cortinas y pone la mano sobre el cordón.)

STANLEY (sin advertir la insinuación): -Claro. Adelante, há¬galo, Blanche.

(Comprendiendo lo que quiere la joven, se levanta y entra en el dormitorio. Blanche se queda recata¬damente de pie junto al baúl para dejarlo pasar, y luego co¬rre las cortinas que separan las habitaciones diciendo «Gra¬cias». Ve que han revuelto su baúl.)

BLANCHE (quitándose la bata, que deja caer sobre el baúl y po¬niéndose el vestido): -¡Tengo entendido que habrá una partida de póquer a la cual las damas, cordialmente, no han sido invitadas!

STANLEY (con tono siniestro, parado junto al tocador): -¡Así es!

BLANCHE: -¿Dónde está Stella?

(Inspecciona su ropa revuelta en el baúl.)

STANLEY: -Afuera, en el porche.

BLANCHE (se pone el vestido. Después de una rápida mirada al porche): -Voy a pedirle un favor.

(Stella va hacia la esca¬lera de caracol y se reclina contra el pasamanos.)

STANLEY (se quita la chaqueta y la tira sobre la cama): -¿Qué será, digo yo?

BLANCHE: -¡Que me abotone el vestido! (Descorriendo las cor¬tinas.) ¡Puede entrar!

(Va a la sala. Stanley se le acerca. Está furioso.)

BLANCHE (retrocede un poco y lo enfrenta): -¿Qué tal estoy?

STANLEY: -Perfectamente.

BLANCHE: -¡Muchas gracias! ¡Ahora, los botones!

(Le vuelve la espalda.)

STANLEY (acercándose por detrás, hace una torpe tentativa de abotonarla): -No puedo hacer nada con estos botones.

BLANCHE: -¡Oh, ustedes los hombres, con sus dedos grandes y torpes! (Lo mira.) ¿Me deja probar su cigarro?

STANLEY (dándole el cigarro que tiene detrás de la oreja): -To¬me... Aquí tiene éste para usted.

BLANCHE (tomándolo): -¡Oh, gracias! Se diría que mi baúl ha reventado.

STANLEY (encendiéndole el cigarro): -Yo y Stella la ayudaremos a desempaquetar.

BLANCHE (acercándose al baúl, saca una piel): -Pues han hecho un trabajo rápido y concienzudo.

STANLEY: -Parecería que usted hizo una incursión a varias de las tiendas más elegantes de París.

(Se acerca a Blanche.)

BLANCHE (arreglando el vestido en el baúl): -Sí... ¡Los vestidos son mi pasión!

STANLEY: -¿Cuánto cuesta una sarta de pieles como ésta?

BLANCHE: -¡Pero si son un homenaje de un admirador mío!...

(Se pone la piel.)

STANLEY: -Pues debe haberla admirado mucho.

BLANCHE (pavoneándose con la piel): -Cuando era muchacha, provoqué cierta admiración. Pero míreme ahora. (Le sonríe, radiante.) ¿Le parece posible que, en otros tiem¬pos, me hayan considerado... atractiva?

STANLEY: -Su aspecto es agradable.

BLANCHE (ríe, y reintegra la piel al baúl): -Me estaba buscan¬do una galantería, Stanley.

STANLEY: -A mí no me pescan con ésas.

BLANCHE: -Con ésas... ¿qué?

STANLEY (mientras Blanche alisa los vestidos del baúl): -Con los cumplidos a las mujeres por su belleza. Nunca he cono¬cido a una mujer que no supiera si era bonita o no sin que se lo dijesen, y algunas se creen más bonitas de lo que son. En cierta ocasión, salí con una que me dijo: «Tengo el tipo de la mujer fascinante.» (Imita a la mu¬chacha, poniendo la mano con aire remilgado sobre su nuca.) «¡Tengo el tipo de la mujer fascinante!» Yo le contesté: «¿Y qué?»

BLANCHE (yendo hacia la mesa para tomar su joyero): -¿Y qué dijo ella?

STANLEY: -Nada. Eso la obligó a encerrarse en sí misma co¬mo una almeja.

BLANCHE (yendo hacia el baúl con el joyero): -¿Eso le puso tér¬mino al romance?

STANLEY: -Le puso término a la conversación... Eso fue todo. (Blanche ríe y guarda el joyero en el baúl.) Hay hombres a quienes se les puede embaucar con esa fábula de la fasci¬nación a lo Hollywood y otros a quienes no.

BLANCHE (junto al baúl. De frente a Stanley): -Estoy segura de que usted pertenece a la segunda categoría.

STANLEY: -Así es.

BLANCHE: -No puedo imaginarme a ninguna mujer, por más bruja que sea, hechizándolo.

STANLEY: -Así... es.

BLANCHE: -Usted es sencillo, franco y honrado. Un poco pri¬mitivo, diría yo. Para interesarlo, una mujer tendría que...

(Se interrumpe, con gesto vago. Va hacia el primer término.)

STANLEY (siguiéndola): -Tendría que jugar a cartas vistas.

BLANCHE: -Pues a mí nunca me ha gustado la gente ambi¬gua. Por eso, cuando usted entró aquí anoche, me dije: «¡Mi hermana se ha casado con un hombre!» Natural¬mente, eso fue todo lo que se me ocurrió pensar de us¬ted en ese momento.

(Le da una palmada en el hombro.)

STANLEY (alzando la voz): -¡Bueno! ¿Qué le parece si termi¬namos esta comedia?

BLANCHE (con fingido susto, tapándose las orejas, da un paso ha¬cia la izquierda): -¡Ooooh!

(Stella, al oír el alboroto, entra precipitadamente en la habitación.)

STELLA: -¡Stanley! ¡Sal y deja que Blanche termine de vestir¬se!

BLANCHE: -Ya he terminado de vestirme, tesoro.

STELLA (jalando del brazo derecho a Stanley): -Bueno. Enton¬ces, ven conmigo.

STANLEY (implacable, zafándose de ella): -Tu hermana y yo es¬tamos charlando.

(Sigue mirando a Blanche.)

BLANCHE: -Bueno, un momento solamente... (Se acerca a Stella y le dice con vivacidad, mientras Stanley se aparta un poco.) Querida, hazme un favor. ¡Corre a la farmacia y tráeme un refresco de limón con mucho hielo picado! ¿Harás eso por mí, querida? Por favor... por favor...

(Lleva a Stella al porche.)

STELLA (reacia): -Bueno.

(Sale por la derecha, Blanche cierra la puerta de la calle y se vuelve hacia Stanley. Stanley apaga el cigarro sobre la repisa del teléfono.)

BLANCHE (aplasta su cigarro sobre el cenicero de la mesa): -La pobrecita estaba ahí afuera escuchándonos y sospecho que no lo comprende a usted tan bien como yo... Per¬fectamente, señor Kowalski. Adelante, sin más digre¬siones. Estoy dispuesta a responder a todas sus pregun¬tas. Nada tengo que ocultar. ¿De qué se trata?

(Se echa perfume con el vaporizador que toma de la mesa.)

STANLEY (acercándose más a ella, pacientemente): -En el estado de Louisiana existe algo que se llama el Código Napo¬león, de acuerdo con el cual todo lo que le pertenece a la esposa le pertenece al marido y viceversa.

BLANCHE: -¡Caramba! ¡Su aire impresiona, señor Kowalski! ¡Parece usted un juez!

(Lo rocía con el vaporizador y ríe.)

STANLEY (aferrándola de la muñeca derecha): -Si no supiera que usted es la hermana de mi mujer, pensaría ciertas cosas de usted.

(La suelta.)

BLANCHE: -¿Por ejemplo?

STANLEY (apartándole la mano): -No se haga la tonta. ¡Usted sabe qué quiero decir!

BLANCHE (dejando el vaporizador sobre la mesa): -Bueno, pon¬gamos las cartas sobre la mesa. Eso me conviene. (Se vuelve hacia Stanley.) Sé que soy bastante embustera. Después de todo, la seducción en una mujer se compo¬ne en un cincuenta por ciento de ilusión. Pero cuando se trata de algo importante digo la verdad y la verdad es ésta: yo no he estafado a mi hermana ni a usted ni a na¬die en mi vida.

STANLEY: -¿Dónde están los documentos? ¿En el baúl?

BLANCHE: -Todo lo que tengo en el mundo está en ese baúl. (Stanley va hacia el baúl y comienza a hurgar en la gaveta de arriba.) ¿En que está pensando, por amor de Dios? ¿Qué hay en el fondo de su cerebro infantil? ¡Permíta¬me que lo haga yo, será más rápido y más sencillo! (Se acerca al baúl, apartando a Stanley. Cierra la gaveta de arri¬ba, abre la segunda, toma dos sobres de papel Manila que pone sobre la tapa y luego extrae una caja de latón de las usadas para guardar escrituras.) Generalmente tengo mis documentos en esta caja de latón.

STANLEY (escudriñando la gaveta por sobre su hombro): -¿Qué hay ahí debajo?

BLANCHE: -Cartas de amor. (Al foro, se oye «La Varsoviana.») Amarillas de vejez, y todas del mismo. (Stanley toma las cartas y va a la derecha. Blanche, con un grito, repone la caja de latón en su gaveta.) ¡Devuélvamelas!

(Lo sigue. Stanley les arranca las cintas a las cartas y mantiene a raya a Blanche cuando la joven se le acerca por la izquierda y luego por detrás, en vanas tentativas de recobrar las cartas.)

STANLEY: -Primero, les echaré una miradita.

BLANCHE (jalando del brazo de Stanley): -¡El contacto de su mano es un insulto para esas cartas!

STANLEY (mirándolas): -¡Déjese de farsas!

BLANCHE (forcejeando para arrebatárselas): -¡Ahora que las ha tocado, las quemaré!

(Las cartas caen al suelo. Blanche co¬rre al centro, se hinca de rodillas, las recoge y las ata con la cinta.)

STANLEY: -¿Qué son?

BLANCHE (de rodillas): -Poemas. Los escribió un joven que ha muerto. ¡Lo herí como querría herirme usted a mí, pero no puede hacerlo! Ya no soy joven y vulnerable. Pero mi joven marido lo era, y yo... Bueno, qué más da. ¡Devuélvamelas!

STANLEY: -¿Qué quiere decir con eso de que tendrá que que¬marlas?

BLANCHE (atando las cartas): -Perdón. Debo de haber perdi¬do la cabeza por un momento. Todos tenemos algo que no queremos ver en manos de los demás, a causa de su... carácter íntimo. (Parece desfallecer de agotamiento cuando guarda las cartas en su bolsa, la cierra y la cuelga de su brazo derecho. Vuelve al baúl y trae dos grandes sobres con documentos legales. Stanley se le acerca. La música de «La Varsoviana» se extingue. Blanche le tiende a Stanley uno de los sobres.) Ambler y Ambler.

STANLEY: -¿Qué es eso de Ambler y Ambler?

BLANCHE (mirando la caja de latón): -Una firma comercial que nos hizo préstamos sobre el valor de la propiedad.

(Pone la caja de latón encima del sobre.)

STANLEY: -¿De modo que la finca se perdió a causa de una hi¬poteca?

BLANCHE: -Debió de ser eso lo que ocurrió.

STANLEY: -¡No quiero ningún si...,y..., o pero! ¿Dónde están los demás documentos?

(Se acerca a la mesa, le arrima la silla, se sienta de espaldas al público y examina los papeles.)

BLANCHE (examinando el último sobre con documentos del baúl): -Hay miles de documentos vinculados con Belle Rêve y que surgieron a lo largo de siglos, a medida que nuestros imprevisores abuelos y padres y tíos y hermanos permu¬taban parcela tras parcela la tierra por sus épicas fornica¬ciones... para decirlo sin ambages. Esa palabra nos despojó de nuestra plantación, hasta que finalmente sólo quedaron, y Stella puede comprobarlo (se acerca a Stan¬ley con los papeles), la casa sola y unos veinte acres de tier¬ra, inclusive un cementerio al cual ahora se han retirado todos, menos Stella y yo. (Sacando los documentos del sobre y poniéndolos en manos de Stanley, sobre la mesa. Esgrime el sobre vacío.) ¡Ahí están todos los documentos! ¡Se los regalo! ¡Lléveselos, estúdielos!... ¡Apréndaselos de memoria, si quiere! Me parece espléndidamente nat¬ural que Belle Rêve se haya reducido por fin a ese manojo de papeles en sus grandes y competentes ma¬nos. (Arroja el sobre vacío sobre la mesa. Se oye música de jazz.) ¿Habrá vuelto Stella con mi refresco de limón?

(Se adelanta hacia la puerta de la calle.)

STANLEY (recogiendo los papeles): -Tengo un amigo abogado que los estudiará a fondo.

BLANCHE (cierra la gaveta del baúl. Entra en el dormitorio para llevarse su sombrero y sus guantes que están sobre la cama. Se queda parada junto a la silla del tocador, poniéndose un guante): -Regáleselos junto con un tubo de aspirinas.

STANLEY (sentado aún, algo avergonzado): -Como compren¬derá, de acuerdo con el Código Napoleón... un hombre tiene que interesarse por los asuntos de su mujer... so¬bre todo ahora, que Stella va a tener un hijo.

BLANCHE (impresionada): -¿Stella? ¿Stella va a tener un hijo?
(Se sienta y dice, débilmente:) Yo no lo sabía.

Stella llega por la derecha con un refresco envuelto en un cartón. Blanche va presurosamente a su encuentro y la conduce al porche. Stanley se levanta, lleva los documentos al dormitorio, sa¬ca un cajón que está debajo de la cama, guarda allí los papeles, vuelve el cajón a su sitio y se sienta pesadamente sobre la cama, mirando absorto el vacío.

BLANCHE (en la escalinata): -¡Stella, estrella mía! ¡Qué her¬moso es tener un hijo! Todo va bien. Todo va muy bien.

STELLA: -Lamento que Stanley se haya portado así contigo.

BLANCHE: -¡Oh, supongo que no es uno de ésos que simplemen¬te se entusiasman con el perfume del jazmín, pero quizá tenga lo que necesitamos para mezclarlo con nuestra san¬gre, ahora que hemos perdido Belle Rêve! El asunto está liquidado. Estoy temblando un poco aún, pero creo haber¬lo manejado bien. He reído y lo he tratado todo en broma.

Steve y Pablo vienen por la derecha con una caja de cervezas.

BLANCHE: -Lo he llamado chiquillo y he reído y flirteado. ¡Sí, he estado flirteando con tu marido! (Cuando los hombres se acercan.) Ya llegan los invitados para la parti¬da de póquer.

Los invitados entran, levantando apenas los sombreros pa¬ra saludar a las mujeres. Pablo dice: «Hola, Stella.» Dentro, los hom¬bres empiezan a guardar la cerveza en el refrigerador.

BLANCHE: -¿Por dónde nos vamos ahora, Stella? ¿Por ahí?

(Señala la izquierda.)

STELLA: -No, por allá.

(Conduce a Blanche por la derecha.)

BLANCHE (riendo y yéndose): -¡Los ciegos guían a los ciegos!

voz DEL VENDEDOR AMBULANTE: -¡Bocadillos calentitos!

TELÓN

La música de jazz sube de volumen y se sigue oyendo mien¬tras se cambia el decorado.





ESCENA TERCERA

Horas más tarde, esa misma noche. En la sala, han movido la mesa a la izquierda. Los hombres, Stanley, Mitch, Steve y Pablo están reunidos a su alrededor, inclinados sobre sus naipes, fumando, concentrados. Stanley se halla sentado a la derecha de la mesa, ladeado en su silla; Steve, del otro lado, con el sombrero puesto y sentado sobre la caja de cervezas vacía, invertida. (Las botellas de cerveza vacías están dispersas por la habitación y se ve un par de botellas de licor, vacías a medias. Una de ellas, sobre la mesa.) Mitch está a la iz¬quierda de la mesa, sentado sobre el sofá y Pablo sobre una silla jun¬to a aquélla, de frente al público. También tiene el sombrero puesto. Mitch se ha quitado la chaqueta, que está sobre el banco a su lado, y los zapatos. La mesa de póquer está cubierta con un gran trozo de bayeta verde. (La música cesa rápidamente al levantarse el telón. Hay un breve intercambio de palabras entre los jugadores. Cada uno tiene una mano de naipes. En el dormitorio, el biombo ha sido desplegado de tal modo que oculta la cabecera de la cama.)

MITCH (bostezando): -¿Qué hora es?

STEVE: -Mitch no dejará de jugar mientras no haya ganado una fortuna. ¿Tiene algo de raro esta mano?

PABLO: -Los valets tuertos.

STANLEY: -¿Qué diablos te importa?

STEVE (a Pablo): -¿Cuántas cartas has sacado?

PABLO: -Dos.

MITCH (levantándose): -¿Quiere alguien un trago?

STANLEY (quitándole la botella de la mano): -Sí, yo.

Mitch se sienta sobre la esquina izquierda de la mesa y se embolsa algunas ganancias.

PABLO: -¿Por qué no va alguien a la despensa del chino, a traer una buena cantidad de chop suey?

(Muestran las cartas. Gana Steve.)

STANLEY: -Cuando estoy perdiendo, se te ocurre comer. No te sientes sobre la mesa, Mitch. Sobre la mesa sólo debe haber cartas, fichas y whisky.

MITCH (levantándose y tomando cartas): -¿No te parece que estás un poco fanfarrón? (Juegan. Mitch consulta su reloj. Stanley da cartas. Mitch se sienta.) Bueno. Creo que pronto tendré que volver a casa.

STANLEY: -Cállate.

MITCH: -Mi madre está enferma. No se duerme mientras no vuelvo.

STANLEY: -Entonces... ¿por qué no te quedas en casa con ella?

MITCH: -Me dice que salga y salgo, pero esas salidas no me proporcionan placer. Cuando estoy fuera de casa, no hago más que preguntarme cómo se sentirá.

STANLEY: -¡Oh, por favor! ¿Por qué no te vas, entonces?

MITCH (guardándose sus ganancias, se levanta): -Todos vosotros estáis casados. Pero yo me quedaré solo cuan¬do se muera mi madre. Voy al baño.

(Se dirige allí.)

STANLEY: -Vuelve pronto y te compraremos un caramelo.

MITCH: -Uf... ¡Cállate!

(Vuelve a la mesa, recoge unas monedas que ha olvidado, va al cuarto de baño cruzando el dormi¬torio y cierra la puerta.)

PABLO: -¿Qué tienes tú?

STEVE: -Full de corazones. Bueno, muchachos... Ahora, hagamos póquer abierto. Os contaré algo... (Cuenta una historia mientras baraja.) El viejo granjero estaba en los corrales de su granja echándoles maíz a las gallinas, cuando de pronto oyó un sonoro cacareo y una gallinita dio la vuelta a la casa corriendo, y el gallo pisándole los talones y alcanzándola.

STANLEY (impaciente): -Da cartas...

STEVE (reanuda el relato y da cartas): -Pero cuando el gallo vio al granjero que echaba el maíz, frenó y dejó escapar a la gallina, y se puso a picotear el maíz. ¡Y el viejo granjero dijo: «¡...Dios mío, confío en que nunca tendré tanta hambre!»

(Concluye de dar cartas; Pablo y Steve festejan el cuento. Los tres empiezan a jugar en serio. Stella y Blanche entran por la derecha, primer término, y van al porche. Blanche lleva una pantalla de papel en una bolsita de papel.)

STELLA (ante la puerta de la calle cerrada): -Todavía están ju¬gando.

BLANCHE: -¿Qué tal estoy?

STELLA: -Guapa, Blanche.

(Se vuelve hacia la puerta.)

BLANCHE: -Espera a que me empolve para abrir la puerta. (Le tiende a Stella la bolsita.) Me siento tan acalorada y deshecha... ¿Parezco consumida?

STELLA: -Estás fresca como una margarita.

BLANCHE: -¡Qué tontería!

Blanche concluye de empolvarse, retoma su paquete y Stella abre la puerta. Blanche entra primero, acercándose a la puerta que separa las habitaciones. Stella se detiene junto a la mesa.

STELLA (en el umbral): -Bueno, bueno, bueno... ¡Ya veo que ustedes siguen aún con lo mismo!

(Se adelanta.)

STANLEY: -¿Dónde habéis estado?

STELLA: -Blanche y yo fuimos a una función. Blanche, te presento al señor González y al señor Hubbel. (Señala a los hombres.)

PABLO:-¡Hola!

Distraídamente, Steve empieza a ponerse de pie, mientras mira aún sus naipes.

BLANCHE: -Por favor, no se levante.

STANLEY (reteniendo a Steve): -Nadie se va a levantar, de mo¬do que no se preocupe.

STELLA: -¿Hasta cuándo seguirán jugando?

(Se adelanta un poco.)

STANLEY (bebiendo): -Hasta que estemos dispuestos a dejar de hacerlo.

BLANCHE (acercándose a Steve): -El póquer es tan fasci¬nante... ¿Puedo curiosear un poco?

(Tiende la mano hacia una baraja.)

STANLEY (dándole un golpe en la mano): -¡No, no puede!

BLANCHE: -¡Perdón!

(Entra en el dormitorio. Stella ha recogido la chaqueta de Pablo que estaba sobre el sofá y la tiende a través de la mesa. Stanley se la arrebata rápidamente de la mano y la chaqueta cae al suelo. Pablo grita: «¡Mi chaqueta!» y se levan¬ta de un salto para agarrarla, poniéndola sobre el respaldo de su silla, y luego vuelve a ocupar su sitio y continúa jugando.)

STANLEY: -¿Por qué no te vas con Blanche al apartamento de Eunice?

STELLA: -Porque son casi las dos y media. (Blanche ha entrado en el dormitorio. Deja su sombrero y sus guantes sobre la ca¬ma y su bolsa y el paquete sobre el tocador. Luego, se sienta sobre la cama.) ¿Podrían dejar ese póquer después de una mano más? (Se inclina, de espaldas a Stanley, para deshacer la cama de Blanche. Stanley le da una palmada en la posadera.) ¡Esto no tiene nada de gracioso, Stanley! (Irritada, entra en el dormitorio, cerrando las cortinas de¬trás de ella. Pablo ríe y los jugadores siguen su partida. Stella dice a Blanche, yendo hacia el tocador para dejar allí la bolsa y los guantes:) Me irrita tanto cuando lo hace en presencia de gente...

(Se quita los guantes.)

BLANCHE: -Creo que me voy a bañar.

STELLA: -¿De nuevo?

BLANCHE: -Tengo los nervios tensos. ¿Está ocupado el baño?

(Se levanta. Va hacia el cuarto de baño.)

STELLA: -No lo sé.

(Entra en el armario. Se enciende la luz de éste. Blanche llama a la puerta del cuarto de baño. Mitch abre la puerta y sale, toalla en mano.)

BLANCHE: -¡Oh! ¡Buenas noches!

MITCH: -Hola.

(La mira absorto.)

STELLA (saliendo del armario y acercándose): -¡Ah! Blanche, és¬te es Harold Mitchell. Mi hermana, Blanche du Bois.

BLANCHE: -Mucho gusto.

MITCH (con torpe cortesía): -Mucho gusto, señorita Du Bois.

STELLA: -¿Cómo está su mamá, Mitch?

El póquer abierto ha terminado.

MITCH: -Poco más o menos igual, gracias. (Bajando la escali¬nata.) Le agradece el flan que le mandó. (Se adelanta, con aire torpe, pero no puede pasar entre las muchachas.) Discúlpenme, por favor.

(Las jóvenes dicen «Oh, discul¬pe», etcétera, a voluntad del actor. Mitch pasa junto a ellas, tropezando cerca de Stella y va a la puerta del centro. Stella se quita el sombrero. Ambas se vuelven a mirarlo, sonriendo al notar su confusión. En la puerta, Mitch advierte que tiene aún la toalla en la mano. Muy turbado, vuelve a la ha¬bitación y se la tiende a Stella. Ésta la pone sobre el tocador. Rápidamente, Mitch aparta las cortinas y vuelve a la mesa de póquer. A poco de haberse sentado, vuelve a ponerse los zapatos. Pablo da cartas. Risitas de las muchachas.)

BLANCHE (yendo hacia la puerta del centro y soltándose el vesti¬do): -Ese... parece superior a los demás.

STELLA (pone su sombrero sobre el escritorio, va al armario de pared y vuelve con una bata de baño y un camisón.): -Sí que lo es.

BLANCHE: -Su mirada me ha parecido sensible.

(Se halla ante la cama.)

STELLA: -Su madre está enferma.

(Entra en el armario de pared, saca una bata, un camisón y unas pantuflas. Ambas ríen.)

BLANCHE (quitándose el vestido): -¿Está casado?

STELLA (quitándose los zapatos): -No.

(Pone la bata sobre la silla.)

BLANCHE: -¿Es un donjuán?

STELLA (de vuelta del armario de pared. Se pone las pantuflas): -¡Vamos, Blanche! (Risita de Blanche.) ¡No! No creo que lo sea.

BLANCHE (entra en el armario de pared llevando el sombrero, los guantes y el vestido, y mientras está ahí, se quita los zapa¬tos): -¿A qué... a qué se dedica?

STELLA (se quita el vestido junto al tocador): -Está en la sección de precisión del apartamento de repuestos. En la fá¬brica donde es agente comercial Stanley.

(Se apaga la luz en el armario de pared.)

BLANCHE (saliendo del armario de pared en bata y trayendo unas pantuflas): -¿Su empleo es importante?

STELLA: -No. Stanley es el único de ellos que tiene probabili¬dades de progresar.

(Guarda el vestido en el armario de pared y vuelve.)

BLANCHE: -¿Por qué crees que Stanley progresará?

(Se pone las pantuflas.)

STELLA: -Míralo.

(Se sienta en la silla del tocador. Stanley bebe de la botella.)

BLANCHE (acercándose a Stella y parándose en el haz de luz que llega de la derecha. Se pone las pantuflas, apoyándose contra la butaca): -Lo he mirado.

STELLA: -Entonces, debieras saberlo.

BLANCHE (revolviéndose el cabello): -Lo siento, pero tam¬bién he notado el sello del genio sobre la frente de Stanley.

STELLA: -Eso no está sobre su frente y no es el genio.

BLANCHE: -¡Ah! Bueno... ¿Qué es, pues, y dónde está? Me gustaría saberlo.

STELLA: -Es un impulso de Stanley, Blanche, estás parada en la luz.

BLANCHE (con un gritito. ¡Como si no lo supiera!): - ¡Ah! ¿Será posible? ¡Dios mío!

(Sale del haz de luz y se sienta sobre la cama.)

STELLA (en voz baja, aparte): -¡Si vieras a sus esposas!

BLANCHE (casi riendo): -Me las imagino. Serán unas gordas carnosas.

(Se sienta sobre el brazo de la butaca.)

STELLA (a Blanche, trayendo el vestido y el camisón y con una ri¬sita): -¿Conoces a ésa de arriba...?

BLANCHE (también con una risita): -¡Oh, ese horror!

STELLA (sofocándose casi de risa): -Pues bien, una noche... ¡Se agrietó el yeso del techo...!

(Poco le falta para desfallecer de risa. Blanche está en brazos de su hermana, riendo a más no poder.)

STANLEY (que está perdiendo al póquer): -¡A ver esas gallinas! ¡Basta de charla!

STELLA (dando un paso hacia él): -¡Tú no puedes oírnos!

STANLEY: -¡Pues tú puedes oírme a mí y he dicho que os ca¬lléis!

STELLA (mirando entre las cortinas): -¡Oye! ¡Estoy en mi casa y hablaré todo lo que se me antoje!

BLANCHE: -Stella, no hagas una escena.

STELLA: -¡Oh, Stanley está algo borracho!

(Toma del tocador la toalla que ha dejado Mitch y se dirige al cuarto de baño. Blanche acomoda el biombo del otro lado de la cama.)

STANLEY (a Mitch, que ha estado mirando el dormitorio de sosla¬yo): -Bueno, Mitch... ¿Ves mi puesta?

STELLA: -Saldré en un momento.

(Entra en el cuarto de baño, llevando el vestido, las pantuflas, el camisón y la toalla y cierra la puerta.)

MITCH (volviendo a prestar atención al juego): -¿Qué? ¡Oh, no! ¡No la veo!

(Se domina, se anuda los cordones de los zapatos y toma su chaqueta. Blanche enciende el radio e ins¬tala el biombo al pie de la cama. En el aparato se oye con es¬trépito una rumba.)

STANLEY (bramando, hacia el dormitorio): -¿Quién ha encen¬dido eso?

BLANCHE (asomándose por entre las cortinas): -Yo. ¿Tiene al¬gún inconveniente?

STANLEY: -¡Apáguelo!

(Blanche hace caso omiso de sus palabras y vuelve al biombo.)

STEVE: -¡Vamos, deja que las muchachas escuchen su música!

PABLO: -¡Claro! ¡Eso está bien! ¡Déjalas, Stanley!

STEVE: -¡Parece Xavier Cugat!

Stanley se levanta de un salto y pasando por entre las corti¬nas, va hacia el aparato y lo apaga. Blanche grita: «¡Stanley!» y se oculta en un pliegue del biombo. El se queda contemplándola du¬rante una larga pausa y vuelve al juego. Pablo deja sus naipes. Blanche entra en el armario, vuelve luciendo una bata de satén, se peina, saca una boquilla de la bolsa que está sobre el tocador, arrima la silla a éste y se sienta, de perfil al público.

STEVE (discutiendo con Pablo sobre la partida): -¡No te he oído apostar!

PABLO: -¿No he dicho cuánto apostaba, Mitch?

MITCH: -Yo no estaba escuchando.

PABLO: -¿Qué hacías, entonces?

STANLEY: -Mitch atisbaba por entre esas cortinas. (Ha re¬gresado a su silla.) Vamos, vuelve a dar cartas y juguemos, o paremos. ¡Hay gente que siente comezón de irse cuando gana! (Mitch está de pie, poniéndose la chaqueta.) ¡Siéntate!

MITCH (concluye de ponerse la chaqueta, se inclina sobre la mesa y dice, con aire confidencial): -Planto el juego. No me deis cartas.

STEVE (dando cartas): -Claro que siente comezón de irse, ahora. Tiene siete billetes de cinco dólares en el bolsillo del pantalón, apretaditos como pelotitas de papel.

(Mitch saca unas pastillas de sen-sen de un pequeño sobre del bolsillo de su chaqueta. Blanche regresa.)

PABLO: -Mañana lo verás en la ventanilla del cajero, cam¬biándolos por cuartos de dólar.

(Mitch se pone en la boca el sen-sen y guarda el sobre en su bolsillo.)

STANLEY: -Y cuando haya vuelto a casa, los depositará uno por uno en una alcancía.

STEVE (dando cartas): -Bueno, muchachos. Esta partida es como escupir en el océano.

(Los hombres reanudan su póquer. Mitch se acerca a la columna que está junto a las cortinas y golpea tímidamente.)

BLANCHE: -¿Qué? (Mitch entra en el dormitorio y escudriña a Blanche. Luego, corre la cortina detrás de él.) ¡Ah! Buenas noches.

MITCH: -Buenas noches. (Hace un gesto indicando el cuarto de baño y va hacia allí.) Discúlpeme.

BLANCHE: -El cuarto de los niños ahora está ocupado.

MITCH (deteniéndose al pie de la puerta del cuarto de baño, tur¬bado): -Hemos... hemos estado bebiendo cerveza.

(Vuel¬ve al centro.)

BLANCHE: -Detesto la cerveza.

MITCH (junto a la butaca): -Es... una bebida adecuada para el calor.

BLANCHE: -Oh, no lo creo, a mí siempre me da más calor aún. (Esgrimiendo su boquilla.) ¿Tiene cigarros?

MITCH (echando mano a su cigarrera): -Claro que sí.

BLANCHE: -¿De qué marca?

MITCH (acercándose, con la cigarrera abierta): -Lucky Strike.

BLANCHE (tomando un cigarro y ajustándoselo en su boquilla): -Ah, bueno. (Fijándose en la cigarrera.) ¡Bonita ciga¬rrera! ¿De plata?

MITCH: -Sí, sí. Lea la dedicatoria.

(Blanche toma la cigarrera.)

BLANCHE (escudriñándola): -¡Ah! ¿Hay una dedicatoria? No la distingo. (Mitch enciende un fósforo y se le acerca.) ¡Ah! (Lee, con fingida dificultad.) «¡Y si Dios lo quiere, sólo te amaré mejor después de la muerte!» Vamos... ¡Si esto es de mi soneto favorito de la señora Browning!

(Enciende su cigarro con el fósforo que le acerca Mitch. Este toma la cigarrera de su mano.)

MITCH (apagando el fósforo en el cenicero que está sobre el toca¬dor): -¿Lo conoce?

BLANCHE: -¡Claro!

MITCH: -La dedicatoria tiene su historia.

BLANCHE: -Eso parece romántico.

MITCH: -Una historia muy triste. La muchacha murió.

(La mano de póquer ha concluido. Pablo vuelve a dar cartas.)

BLANCHE (con honda solidaridad): -¡Oh!

MITCH: -Sabía que se estaba muriendo cuando me dio esto. Era una muchacha muy extraña, muy dulce... ¡Ya lo creo!

BLANCHE: -Debió quererlo mucho. Los enfermos sienten afec¬tos tan profundos y sinceros.

MITCH: -Así es. Seguro que sí.

BLANCHE: -Creo que el dolor mueve a la sinceridad.

MITCH: -Sin duda, la provoca en la gente.

BLANCHE: -La poca sinceridad que existe se nota en la gente que ha sufrido.

MITCH: -En eso, creo que tiene razón.

BLANCHE: -Claro que sí. Muéstreme a una persona que no ha¬ya sufrido y ahí tendrá usted a un ser superficial. ¡Es¬cúcheme! ¡Mi lengua está un poco torpe! Ustedes tienen la culpa. La función terminó a las once y no podíamos volver a casa debido al póquer, de modo que tuvimos que ir a alguna parte a beber. No estoy acostumbrada a tomar más de una copa. ¡Dos son mi máximo... y tres...! (Ríe.) Esta noche, tomé tres.

STANLEY (a voz en cuello): -¡Mitch!

MITCH (asomándose por entre las cortinas): -No me den cartas. Estoy hablando con la señorita... (Mira a Blanche para que le dé su nombre.)

BLANCHE: -Du Bois.

MITCH (repitiendo el nombre, asomado a la sala): -Du Bois.

(Corre las cortinas y se vuelve hacia Blanche.)

BLANCHE: -Es un apellido francés. Significa madera, y Blan¬che significa Blanca, de modo que ambos nombres jun¬tos significan madera blanca. ¡Como un huerto en pri¬mavera! Puede recordar mi nombre así... si le interesa.

MITCH: -¿Es usted francesa?

BLANCHE: -Somos de origen francés. Nuestros primeros an¬tepasados norteamericanos eran hugonotes franceses.

MITCH: -Es usted hermana de Stella..., ¿verdad?

BLANCHE: -Sí. Stella es mi preciosa hermanita. La llamo hermanita aunque es mayor que yo.

MITCH: -¡Ah!

BLANCHE: -Poca cosa. Me lleva menos de un año.

MITCH: -¡Ajá!...

BLANCHE: -¿Haría usted algo por mí?

MITCH: -Claro. ¿Qué?

(Se le acerca.)

BLANCHE (se levanta, va hacia el paquete que contiene la panta¬lla de papel que está sobre el tocador, y saca la pantalla): -Compré esta adorable pantalla de papel en un bazar chino del Bourbon. Póngasela al foco. ¿Quiere hacer¬me el favor?

(Le tiende la pantalla.)

MITCH (desdoblando la pantalla): -Con mucho gusto.

(La mano de póquer ha terminado. Stanley talla.)

BLANCHE: -Me resulta insoportable un foco sin pantalla. Tan insoportable como una observación grosera o un acto vulgar.

(Pone la bolsita de papel sobre el escritorio.)

MITCH (desplegando torpemente la pantalla como si fuese un acordeón): -Creo que debemos parecerle una pandilla bas¬tante tosca.

BLANCHE: -Me adapto mucho... a las circunstancias.

MITCH: -Eso es muy conveniente. ¿Ha venido a pasar algún tiempo con Stanley y Stella?

BLANCHE (acercándose): -Stella no está muy bien últimamente y he venido a ayudarla un poco. Se siente muy decaída.

MITCH: -¿Usted no está...?

BLANCHE: -¿Casada? No. No, soy una maestra solterona.

MITCH: -Usted podrá ser maestra, pero ciertamente no es una solterona.

BLANCHE: -¡Gracias, caballero! (Mitch va hacia el tocador para poner la pantalla en el foco) ¡Aprecio su galantería!

MITCH (mirándola): -¿De modo que se dedica a la enseñanza?

BLANCHE (apartándose de él): -Sí. Oh, sí...
M
ITCH (atareado con la pantalla): -¿En la escuela primaria o en la secundaria o...?

STANLEY (a voz en cuello): - ¡Eh, Mitch!

(Se levanta. Los demás lo contienen.)

MITCH (gritando, en respuesta): -¡Voy!

(Blanche se deja caer en la silla, junto al tocador. Stanley vuelve a sentarse, furioso, y reanuda el juego.)

BLANCHE: -¡Dios mío, qué fuerza tiene en los pulmones! En¬seño en la secundaria. En Laurel.

MITCH (sujeta la pantalla sobre el portalámparas): -¿Qué ense¬ña? ¿Qué asignatura?

BLANCHE: -¡Adivine!

MITCH: -¡Apostaría a que es pintura o música! (Blanche ríe, con afectación.) Claro que podría equivocarme. Quizá enseña aritmética.

(Se para junto a ella y su mano logra posarse finalmente sobre el respaldo de su silla.)

BLANCHE: -¿Aritmética? ¡Jamás, caballero! ¡Aritmética, ja¬más! (Ríe.) ¡Ni siquiera me sé la tabla de multiplicar! No, tengo la desgracia de ser maestra de inglés. ¡Procuro inculcarles a un hato de chiquilinas y Romeos de con¬fitería respeto por Hawthorne y Whitman y Poe!

MITCH: -Creo que algunos de ellos se interesan más por otras cosas.

(Su mano sigue sobre el respaldo de su silla.)

BLANCHE: -¡Tiene mucha razón! ¡Lo que más aprecian no es su herencia literaria! ¡Pero son encantadores! ¡Y en pri¬mavera conmueve verlos descubrir el amor! ¡Como si nadie lo hubiese conocido antes! (Ambos ríen. Blanche pone su mano sobre la de Mitch. Mitch murmura: «Discúl¬peme» y retrocede, en el preciso instante en que Stella abre la puerta del cuarto de baño. Él se le ha interpuesto en el camino y poco le falta para chocar al principio con ella y lue¬go, al retroceder, para tropezar con Blanche que se levanta, y mira la pantalla.) ¡Ah! ¿Terminó ya?

MITCH: -¡Hum! (Advirtiendo la pantalla.) ¡Ah, sí!

(Va a en¬cender la lámpara.)

BLANCHE:-No. ¡Espere! ¡Encenderé la radio! (Va hacia el apa¬rato, lo hace funcionar y se oye el«Wein, Wein.») ¡Encienda ahora la luz! (Mitch obedece.) ¡Oh, mire! ¡Hemos hecho magia!

(Blanche empieza a bailar por la habitación al ritmo de la música; Stella, parada en la puerta del cuarto de baño, aplaude. Mitch canta y se balancea siguiendo el compás, dis¬frutando a fondo de la improvisada danza.)

STANLEY (declarando su mano): -¡Tres ases! ¡Aguanta ésa, su¬cio latino!

PABLO: -¡Perfecto! ¡Ya te agarré!

(Stanley se levanta de un sal¬to, irrumpe por entre las cortinas y comienza a desprender la radio de su nicho.)

BLANCHE: -¡Stella!

STELLA (gritándole a Stanley, mientras se lanza hacia él): -¡Stan¬ley! ¿Qué estás haciendo con mi aparato? (Stanley ha sa¬cado ya la radio de su lugar, va hacia la ventana que está jun¬to al cuarto de baño y la tira por allí, mientras Stella lo aferra por detrás. Stanley dice: «Apártate»y se desembaraza de ella.) ¡Borracho! ¡Borracho! ¡Bestia!

(Blanche descorre las corti¬nas que separan las habitaciones. Mitch discute con Stanley sobre el aparato. Stella irrumpe en la sala, empuja a Steve y luego da la vuelta a la mesa y empuja a Pablo. Los hombres se levantan, Stella vuelve al foro y empuja a Steve.)

STEVE: -¡Calma, Stella! ¡Calma!

(En el dormitorio, Stanley se ha detenido junto a Mitch para decirle: «¡Es la última vez que enciendes la radio cuando yo juego al póquer!»)

STELLA (empujando a Steve y a Pablo hacia la derecha): -Todos, todos... ¡Por favor, váyanse a casa! ¡Si alguno de ustedes tuviera un poco de decencia!...

Stanley oye el alboroto de la sala y se lanza hacia allí. Steve lo detiene. Stanley lo aparta de un empellón.

BLANCHE: -Stella, cuidado... ¡Está...! (Stanley persigue a Ste¬lla, que se retira detrás de la puerta, a la derecha del foro. Los hombres lo siguen rápidamente para contenerlo.)

STEVE: -Vamos, Stanley... Calma, calma...

STELLA: -Atrévete a tocarme y te...

Se oye un golpe detrás de la puerta. Stella profiere un alarido. Blanche grita. Aferra del brazo a Mitch, incitándolo a ayudar a Stella. Mitch va presurosamente a la sala para ayudar a separar a Stanley de Stella.

BLANCHE (chillando, a Mitch): -¡Mi hermana va a tener un hijo!

MITCH: -¡Esto es horrible!

BLANCHE (retrocede hasta el tocador y aplasta la colilla de su cigar¬ro en el cenicero): -¡Una locura! ¡Una perfecta locura!

MITCH: -Traedlo aquí, muchachos.

(Steve y Pablo empujan a Stanley hacia el sofá.)

STELLA (entra, tambaleándose): -¡Quiero irme, quiero irme!

MITCH (acercándose a Blanche): -No se debería jugar al póquer en una casa donde hay mujeres.

BLANCHE: -¡Ahí está la ropa de mi hermana! ¡Iremos arriba al apartamento de esa mujer!

(Va hacia el armario de pa¬red.)

MITCH (en el dormitorio): -¿Dónde está la ropa?

BLANCHE (sacando un abrigo del armario de pared): -¡La ten¬go! ¡Stella, Stella, preciosa mía! ¡Mi querida hermanita! ¡No temas!

(Va hacia Stella, le echa el abrigo sobre los hom¬bros y la hace subir por la escalera de caracol, murmurando: «¿Te ha hecho daño?», etcétera, con tono consolador. Mitch las sigue hasta la puerta.)

MITCH (repitiendo): -No se debería jugar al póquer en una casa donde hay mujeres.

STANLEY (forcejeando sobre el sofá, con aire embobado): -¿Qué pasa? ¿Qué ha sucedido?

(Sus amigos lo levantan. Steve está a su derecha, Pablo a su izquierda. Mitch se acerca al grupo.)

MITCH: -¿Qué ha sucedido? ¡Te lo diré! ¡Has bebido más de la cuenta! ¡Eso es lo que pasa!

PABLO (sujetando a Stanley): -Ahora está perfectamente.

STEVE (sujetando a Stanley): -¡Claro que sí!

MITCH: -Acostadlo en la cama y traed una toalla húmeda.

PABLO: -Creo que sería mejor darle café.

STEVE: -¡Lo mejor sería echarle agua fría!

MITCH : -¡Ponedlo bajo la ducha y dadle una buena cantidad de agua fría! (Empuja a Steve hacia la izquierda. Los hombres arrastran al forcejeante Stanley al cuarto de baño. Mitch los sigue y lo empuja. Entre las maldiciones y gruñidos de la lucha, se le oye decir a Mitch:) ¡Stanley no debiera vivir con mujeres buenas! ¡No se lo merece! ¡No sabe tratarlas! ¡Ponedlo bajo la ducha! (Los hombres desaparecen en el interior del cuarto de baño, empujando a Stanley. Se oye allí una terrorífica lucha, gritos, blasfemias, un estrépito im¬ponente. Sale Mitch, sacudiéndose las mangas para quitarse las salpicaduras del agua. Cruza ambas habitaciones y va a la puerta de la calle. Dice, con tono triste y firme:) No se debería jugar al póquer en una casa donde hay mujeres.

(Sale, mira la escalera de caracol, se va por el foro derecha. Pablo y Steve se apresuran a irse, eludiendo la inminente reacción de Stanley. Recogen dinero de la mesa de póquer.)

PABLO (tomando el dinero y la chaqueta que está sobre el respaldo de la silla): -¡Vámonos pronto!

(Se lanza hacia la puerta y sale por derecha primer término, con un gruñido. Steve lo sigue y empieza a subir por la escalera de caracol. Eunice grita desde arriba: «¡Steve!» Steve murmura: «¡Ya va, ya va!» y sale de prisa por la derecha. Las luces del apartamen¬to se atenúan. Al cabo de un instante, Stanley sale del cuar¬to de baño. Busca con la mirada a Stella, da unos pasos con indecisión, cruza en zigzag las habitaciones. Se detiene junto al teléfono. Descuelga el auricular. Procura recordar el número. Finalmente, lo marca.)

STANLEY (al teléfono, murmurando): -¡Eunice! ¿Está ahí mi muchacha? ¡Quiero a mi muchacha! ¡Seguiré llamando hasta que pueda hablar con mi nena! (Cuelga ruidosamente el auricular. Sale a tropezones al porche. Mira la es¬calera de caracol, echa atrás la cabeza como un sabueso que ladra, y brama:) ¡Stellaaaaa!

EUNICE (desde arriba): -¡Basta de aullar y regrese a la cama!

STANLEY: -¡Eunice, quiero que mi nena baje!

EUNICE: -¡No bajará, de modo que más vale que se calle! ¡O llamaré a un policía!

STANLEY: -¡Stellaaaa!

EUNICE: -¡Usted no puede pegarle a una mujer y pedirle lue¬go que vuelva! ¡No irá! ¡Y pensar que Stella va a tener un hijo!

STANLEY: -¡Eunice...!

EUNICE: -¡Confío en que se lo llevarán y lo mojarán con la manguera, como la vez pasada!

STANLEY: -¡Eunice, quiero que mi nena baje!

EUNICE: -¡Cerdo! ¡Perro polaco!

(Cierra la puerta de arriba con estrépito.)

STANLEY (con tremenda violencia): -¡STELLAAAA!... STELL...

Stella baja. Se detiene cerca del último peldaño. Stanley cae de rodillas y oprime el rostro contra el vientre de su mujer. Llora. Se levanta y la toma en sus brazos, dirigiéndose al porche. Los pies de ella no tocan el suelo.

STANLEY (mientras Stella lo besa apasionadamente): -No me abandones nunca..., no me abandones nunca..., teso¬ro..., nena...

Se apagan las luces de las habitaciones, salvo el débil res¬plandor que se filtra por el roto montante, el vago centelleo que surge de la pantalla de papel y el haz de luz que llega por la puerta abierta del cuarto de baño. Stanley lleva a Stella a la cama y pone el biombo en torno de ellos.

BLANCHE: -¿Dónde está mi hermanita? Stella... Stella...

Precipitadamente por la escalera de caracol, se asoma al apartamento, entra con aire vacilante, retrocede ante lo que ve, vuelve corriendo al porche y cierra la puerta en pos de ella. Mira a su alrededor, aturdida y acongojada. Piensa en la conveniencia de volver arriba. Se vuelve hacia la puerta de Stella y se apoya final¬mente contra ella, con turbado suspiro. Por el foro derecha aparece Mitch. Ve a Blanche. Se acerca al pasamano de la escalera de cara¬col y se inclina hacia la joven.

MITCH: -Señorita Du Bois...

BLANCHE:-¡Oh!

MITCH: -¿Todo está tranquilo en el Potomac, ahora?

BLANCHE: -Stella bajó corriendo y entró ahí con él.

MITCH: -Por supuesto.

BLANCHE: -¡Estoy aterrorizada!

MITCH (acercándosele): -No hay por qué asustarse. Están lo¬cos el uno por el otro.

BLANCHE: -No estoy habituada a semejantes...

MITCH: -Es una vergüenza que esto haya ocurrido precisa¬mente cuando usted acaba de llegar. Pero no lo tome en serio...

BLANCHE: -¡La violencia! Es tan...

MITCH: -Siéntese en los peldaños y fume un cigarro conmi¬go.

(Saca la cigarrera.)

BLANCHE: -No estoy vestida decorosamente.

MITCH: -Eso carece de importancia en este barrio.

BLANCHE: -¡Qué bonita es esta cigarrera de plata!

MITCH: -Le he mostrado la dedicatoria... ¿verdad?

BLANCHE: -Sí. (Pausa. Lo mira.) Hay tanta confusión en el mundo... ¡Gracias por haber sido tan bueno! Ahora ne¬cesito bondad.

Las luces se apagan y
TELÓN
Comienzan a oírse pregones callejeros, que prosiguen mien¬tras se cambia el decorado.



ESCENA CUARTA

En las primeras horas de la mañana siguiente.

Se oye aún a los vendedores callejeros, mientras vuelve a ilu¬minarse la escena.

Stella está acurrucada perezosamente en la butaca del dor¬mitorio. Las cortinas que separan ambos cuartos están corridas y en éstos subsiste aún el desorden dejado por la partida de póquer de la noche anterior. Los ojos y los labios de Stella tienen la sere¬nidad casi hipnótica que se ve en los rostros de los ídolos orien¬tales.

Blanche baja por la escalera de caracol, abre la puerta y en¬tra precipitadamente en el apartamento. Los pregones callejeros se extinguen.

HOMBRE: -¡Pollos!

HOMBRE: -¡Zarzamoras! ¡A diez centavos el kilo!

MUJER: -¡Buenas mazorcas frescas tostadas!

HOMBRE: -¡Sandías!

HOMBRE: -¡Patatas irlandesas!

MUJER: -¡Habas tiernas!

HOMBRE: -¡Huevos frescos del campo!

BLANCHE (entrando): -¡Stella!

STELLA (moviéndose perezosamente): -¿Qué...?

Blanche profiere un grito que parece un gemido, se lanza al dormitorio y se detiene junto a su hermana, en un arranque de histérica ternura.

BLANCHE: -¡Hermanita, hermanita mía!

STELLA (apartándose de ella): - ¡Blanche! ¿Qué te pasa?

BLANCHE (mirando a su alrededor): -¿Se ha ido él?

STELLA: -¿Stan? Sí.

BLANCHE: -¿Volverá?

STELLA: -Se ha ido a que engrasen el automóvil. ¿Por qué?

BLANCHE: -¿Por qué? ¡Stella, poco me faltó para enloquecer cuando descubrí que habías cometido la locura de vol¬ver aquí después de lo sucedido! Iba a venir a buscarte.

STELLA: -Me alegro de que no lo hayas hecho.

BLANCHE: -¿En qué estabas pensando? (Stella hace un gesto vago.) ¡Contéstame! ¿En qué? ¿En qué?

STELLA: -¡Por favor, Blanche! Siéntate y deja de chillar.

BLANCHE (sentándose en el taburete frente a ella, le toma la ma¬no): -Muy bien, Stella. Ahora, te repetiré con sere¬nidad mi pregunta. ¿Cómo pudiste volver aquí anoche? Pero si... ¡Debes haber dormido con él!

STELLA (se levanta con aire tranquilo y sin prisa, y se despereza): -Blanche, había olvidado lo excitable que eres. Estás ha¬ciendo demasiado alboroto por esto. (Va hacia la silla del tocador.)

BLANCHE: -¿Te parece?

STELLA (hincando una rodilla sobre la silla y mirándose en el es¬pejo): -Sí, sí que lo eres, Blanche. Comprendo qué ma¬la impresión debió causarte eso y lamento muchísimo que haya sucedido, pero dista de ser tan serio como pa¬reces creerlo. (Blanche se levanta y va al foro.) En primer lugar, cuando los hombres beben y juegan al póquer puede suceder cualquier cosa. Es siempre un barril de pólvora. (Se frota la cabeza, con aire satisfecho.) Stanley no sabía lo que hacía... Cuando bajé estaba manso como un cordero y se siente realmente muy, pero muy aver¬gonzado de sí mismo.

BLANCHE: -¿Y eso... eso lo arregla todo?

STELLA (levantándose): -No, no está bien que uno haga se¬mejantes escenas, pero... la gente suele hacerlas. (Se in¬clina sobre la silla, junto al tocador.) Stanley siempre ha roto cosas. En nuestra noche de bodas, sin ir más le¬jos... apenas entramos aquí, me arrancó una de las pantuflas y empezó a correr por el apartamento, destro¬zando los focos con ella.

BLANCHE: -¿Qué... hizo, dices?

STELLA (hace girar la silla del tocador para enfrentar el espejo y se sienta). -¡Destrozó todos los focos con el tacón de mi pantufla!

(Ríe.)

BLANCHE (se inclina sobre el tocador): -¿Y tú... tú le dejaste ha¬cerlo!... ¿No corriste, no gritaste?

STELLA: -Me sentía algo así como... emocionada al ver aque¬llo. (Se levanta, acomoda en su lugar el taburete y se acerca a la puerta.) ¿Has desayunado con Eunice?

BLANCHE (delante del tocador): -¿Crees que tenía ganas de de¬sayunar?

STELLA: -Sobre el hornillo queda un poco de café.

BLANCHE (sin moverse): -Lo... lo tomas con tanta naturali¬dad, Stella...

STELLA (junto a la mesita de la radio, levantando algunos hilos sueltos): -¿Qué quieres que haga? Stanley se ha llevado la radio para hacerla reparar. (Con una risita satisfecha.) No cayó sobre la acera, de modo que sólo se rompió un bulbo.

BLANCHE: -¡Y tú tan tranquila ahí, sonriendo!

STELLA (acomoda los hilos sobre la mesita del aparato): -¿Qué quieres que haga?

(Mueve el biombo hacia la cabecera de la cama, allí lo pliega y arrincona.)

BLANCHE (se sienta sobre la cama): -Domínate y afronta los hechos.

STELLA (se sienta a su lado sobre la cama): -¿Cuáles son esos hechos, en tu opinión?

BLANCHE: -¿En mi opinión? Estás casada con un loco.

STELLA: -¡No!

BLANCHE: -Sí que lo estás. ¡Tu situación es peor que la mía! Pero no eres razonable. Yo voy a hacer algo. ¡A cobrar ánimos y a empezar una nueva vida!

STELLA: -¿De veras?

BLANCHE: -Pero tú te has rendido. ¡Y eso no está bien! ¡Tú no eres vieja! Puedes liberarte.

STELLA (lenta y enfáticamente): -No estoy atada a nada de que quiera liberarme.

BLANCHE (con tono incrédulo): -¿Qué dices... Stella?

STELLA (se levanta y se acerca a la pared intermedia de las habitaciones): -He dicho que no estoy atada a nada de que quiera liberarme. (Escudriña el desorden de la sala.) ¡Mi¬ra el caos de este cuarto! ¡Y esas botellas vacías! (Ronda alrededor de la mesa, recogiendo las barajas y juntándolas. Blanche sigue hacia la puerta del centro.) ¡Anoche, liqui¬daron dos cajas! Stanley me prometió esta mañana que dejaría el póquer, pero ya sabes qué poco duran esas promesas. Oh... Bueno... Después de todo, es su diver¬sión, como lo son el cine y el bridge para mí. Supongo que debemos ser tolerantes con los hábitos de los de¬más.

BLANCHE (que se ha detenido junto a su baúl): -No te entiendo. (Stella gruñe con aire satisfecho y va al foro derecha en bus¬ca de una escoba.) No comprendo tu indiferencia. ¿Es una filosofía china que has... cultivado?

(Sigue a Stella y se detiene junto al sofá.)

STELLA (volviéndose hacia Blanche y haciendo balancear perezosamente la escoba en sus manos, con la paja delante mismo del rostro de su hermana): -¿Es... qué?

BLANCHE (hablando dificultosamente, mientras Stella blande la escoba ante sus ojos): -Ese... arrastrar los pies de un lado a otro y murmurar... ¡Un bulbo roto..., botellas de cer¬veza..., el caos en la cocina...! Todo como si no hubiera sucedido nada de particular. ¿Me estás agitando de¬liberadamente esa escoba delante de la cara?

STELLA: -No.

BLANCHE (apartando la escoba): -¡Basta! ¡Déjala! ¡No quiero que limpies lo que ha dejado él!

STELLA: -Entonces..., ¿quién lo hará? ¿Tú?

(Le pone la escoba en las manos a Blanche.)

BLANCHE (tirando la escoba detrás del baúl): -¿Yo? ¡Yo...!

Las cosas que hace Stella al ordenar la habitación pueden variar ligeramente: el ejemplo dado aquí es el más corriente en la práctica.

STELLA (acerca un poco la silla a la izquierda): No, no lo creo.

(Se aproxima a la mesa y comienza a recoger las cartas.)

BLANCHE (junto al baúl): -¡Oh, déjame pensar, siempre que mi cerebro funcione! Tenemos que conseguir un poco de dinero. ¡Esa es la solución!

STELLA (recogiendo las barajas): -Creo que siempre es bueno tener dinero.

BLANCHE (acercándose a la mesa): -Vamos, escúchame. Se me ha ocurrido una idea. ¿Recuerdas a Shep Huntleigh?

STELLA (guardando las barajas en la gaveta de la mesa): -No.

(Se arrodilla junto a la mesa y junta las botellas.)

BLANCHE: -Claro que lo recuerdas. Fui con él a la universi¬dad y usé durante algún tiempo su distintivo. Y bien...

STELLA: -¿Y bien?

BLANCHE: -Me encontré con él el invierno pasado. ¿Sabes que fui a Miami durante las vacaciones de navidad?

STELLA (se levanta y lleva las botellas al armario): -¿De veras?

BLANCHE: -Sí. Me encontré con Shep Huntleigh... Nos topa¬mos en Biscayne Boulevard en nochebuena, al anoche¬cer..., cuando Shep subía a su automóvil... (Stella pone la silla más baja a derecha primer término.) ¡Un Cadillac con¬vertible tan largo como la calle!

STELLA (coloca la silla más alta en su posición primitiva): -¡Creo que no debía ser muy cómodo usarlo con el tráfico!

BLANCHE (frívolamente, a foro): -¿Has oído hablar de los po¬zos petrolíferos?

STELLA (vuelve a poner la mesa como antes. Le quita la carpeta de bayeta verde, que se coloca bajo el brazo izquierdo. Repo¬ne el cenicero sobre la mesa): -Sí, vagamente.

BLANCHE: -Shep tiene pozos petrolíferos en toda la exten¬sión de Texas. Puede decirse que Texas le vierte lite¬ralmente oro a chorros en el bolsillo.

STELLA (llevando al foro derecha la caja de cervezas que ha servi¬do de asiento durante la partida de póquer y poniendo tam¬bién la bayeta bajo la escalera): -¡Caramba! ¡Caramba!

BLANCHE: -Ya conoces mi indiferencia ante el dinero. Sólo me importan los dólares por lo que pueden conseguirle a una. ¡Pero Shep podría hacerlo, ya lo creo que podría!

STELLA: -¿Hacer qué, Blanche?

BLANCHE (volviéndose hacia Stella): -¡Instalarnos un... nego¬cio, mira!

STELLA (junto al armario): -¿Qué clase de negocio?

BLANCHE: -Oh... un..., ¡algún negocio! Podría hacerlo con la mitad de lo que derrocha su mujer en las carreras.

STELLA: -¡Ah! ¿Está casado?

BLANCHE (volviéndose): -¡Querida! ¿Estaría yo aquí si no es¬tuviese casado? (Stella ríe un poco y Blanche se lanza hacia el teléfono.) ¿Cómo puedo comunicarme con la Western Union? (Con voz chillona, al teléfono.) ¡Telefonista! ¡Con la Western Union!

STELLA (arreglando el sofá): -Este teléfono es automático, querida.

BLANCHE: -No puedo marcar, estoy demasiado...

STELLA: -Marca, simplemente, la «O».

BLANCHE: -¿La «O»?

STELLA: -¡Sí, la «O» de operadora!

BLANCHE (cavila un momento, deja el teléfono, va hacia el toca¬dor): -Dame un lápiz. ¿Dónde hay un pedacito de papel? (Saca una toallita de papel y lápiz para las cejas del tocador.) Tengo que escribirlo antes... Me refiero al mensaje... (Se sienta en la butaca, usando un taburete a guisa de mesa. Stella entra en el dormitorio y empieza a hacer la cama. Blanche escribe.) Veamos... Déjame pensarlo... «Querido Shep. Mi hermana y yo en situación desesperada.»

STELLA: -¿Qué dices?

BLANCHE (pensando en voz alta): -«Mi hermana y yo en si¬tuación desesperada. Explicaré detalles luego.» ¿Le in¬teresaría...? ¿Le interesaría...? (Estruja la toallita y se da golpecitos con ella en la garganta.) ¡Nunca se llega a nin¬guna parte con peticiones directas!

STELLA (ríe): -¡Querida, no seas ridícula!

BLANCHE (se levanta, va al foro izquierda, tira la toallita al ces¬to de la basura, arroja el lápiz sobre el tocador y recoge su bolsa): -Pero ya pensaré en algo... ¡Tengo que pensar en... algo! ¡No te rías de mí, Stella! ¡No te rías de mí! ¡Quiero que veas el contenido de mi bolsa! (La abre y saca unas monedas.) ¡Mira lo que hay! ¡Sesenta y cinco míseros centavos en moneda del reino!

(Arroja las mo¬nedas debajo del tocador. Va hacia la butaca, con la bolsa abierta sobre el brazo izquierdo.)

STELLA (va al tocador y saca unos billetes doblados): -Stanley no me da una asignación regular, le gusta pagar las cuentas personalmente, pero... Esta mañana me dio diez dólares para suavizar la situación. (Se acerca a Blanche.) Toma cinco, Blanche, y me quedaré con el resto.

(Quiere hacer¬le aceptar un billete.)

BLANCHE (apartándose, con aire majestuoso): -¡Oh, no! ¡No, Stella!

STELLA (insistiendo): -Sé cuánto levanta el ánimo tener en el bolsillo algún dinerito para alfileres.

BLANCHE (con aire melodramático): -No, gracias... ¡Me largaré a la calle!

STELLA (poniendo el dinero en la bolsa de Blanche): -¡No digas tonterías! ¿Cómo pudiste quedarte sin dinero?

(Cierra la bolsa de Blanche.)

BLANCHE: -El dinero se va... se va de paseo. (Se frota la fren¬te.) ¡Hoy necesitaré un comprimido de bromuro!

STELLA: -¡Te traeré uno!

(Da un paso hacia el cuarto de baño.)

BLANCHE (reteniéndola): -Todavía no... Tengo aún que pensar.

STELLA (vuelve a ella y le pone las manos sobre los hombros): -Deja simplemente las cosas así, al menos por... algún tiempo...

BLANCHE: -¡Stella, yo no puedo vivir con él! Tú sí que pue¬des, es tu marido. Pero... ¿cómo podría yo quedarme aquí con él después de lo ocurrido anoche, con sólo esas cortinas entre nosotros?

(Tira de las cortinas que separan las habitaciones.)

STELLA: -Blanche, anoche lo viste en su peor momento.

BLANCHE (junto a la butaca): -¡Por el contrario, lo vi en su me¬jor momento! ¡Lo que puede ofrecer un hombre como él es fuerza animal, y Stanley dio una maravillosa exhibi¬ción de eso! Pero la única manera de vivir con un hombre así es... ¡ir a la cama con él! Y eso, es cosa tuya..., ¡no mía!

STELLA (volviéndose hacia el tocador, ordena las cosas que están allí y arrima el portalámparas con la pantalla a la pared): -Cuando hayas descansado un poco, verás que todo irá bien. No tienes por qué preocuparte por nada mientras estés con nosotros. Me refiero... a los gastos.

BLANCHE (detrás de Stella): -Stella... ¡Tengo que planear por las dos la manera de salir de aquí!

STELLA (dejando ruidosamente una polvera sobre el tocador): -¡Basta de suponer que estoy atada a algo de lo que quiero librarme, por favor!

BLANCHE: -Supongo que recuerdas aún lo suficiente Belle Rêve para que te resulte imposible vivir en este aparta¬mento y con esos jugadores de póquer.

STELLA (de espaldas a Blanche, atareada junto al tocador): -Pues supones demasiadas cosas.

BLANCHE: -No puedo creer que hables en serio.

STELLA: -¿No?

BLANCHE: -Comprendo lo ocurrido... hasta cierto punto. Lo viste de uniforme cuando era oficial, no aquí sino...

STELLA (limpiando el retrato con una toallita de papel): -Creo que habría dado lo mismo que lo viese aquí o en cual¬quier otra parte.

BLANCHE: -¡Vamos, no me digas que fue una de esas miste¬riosas corrientes eléctricas que se establecen entre la gente! Si lo haces, me reiré en tus narices.

STELLA (con vehemencia, tira el papel en el cesto): -No volveré a hablar de eso.

BLANCHE (volviéndose): -¡Muy bien! ¡No lo hagas!

STELLA (yendo hacia ella): -Pero entre un hombre y una mujer suceden en la oscuridad ciertas cosas que... cosas después de las cuales todo parece... carecer de importancia.

Pausa.

BLANCHE (va hacia el respaldo de la butaca y luego se acerca a Stella): -De lo que hablas es del brutal deseo..., simple¬mente... ¡del Deseo!... el nombre de ese traqueteante tranvía que recorre ruidosamente el barrio, por una de las angostas calles y luego por otra...

STELLA: -¿No has viajado alguna vez en él?

BLANCHE: -Ese tranvía me trajo aquí... Donde estoy de más y donde me avergüenza estar.

STELLA (dando un paso hacia la izquierda): -Entonces... ¿no te parece que tu aire de superioridad está un poco fuera de lugar?

BLANCHE (siguiéndola y deteniéndola, la obliga a volverse): -No soy ni me siento superior ni mucho menos, Stella. Crée¬me. ¡No hay tal cosa! Sólo pasa esto. Yo veo las cosas así. Con un hombre como Stanley, se puede salir... una..., dos..., tres veces cuando una tiene el diablo en el cuerpo. Pero... ¡Vivir con él! ¡Tener un hijo con él!

STELLA: -Te he dicho que lo quiero.

BLANCHE (dando un paso hacia la derecha): -Entonces, ¡tiemblo por ti! Simplemente..., ¡tiemblo por ti!

STELLA (va hacia la butaca, se sienta y pone a su alcance sobre el mueble el frasco con el esmalte para uñas): -¡No puedo evitar que tiembles si te empeñas en temblar!

(Pausa. Se oye el silbato y el bramido de un tren que se acerca.)

BLANCHE (se acerca): -¿Puedo... hablar... claramente?

STELLA: -Sí, habla. Con toda la claridad que quieras.

Guardan silencio mientras pasa rugiendo el tren. Blanche se queda de pie junto a la cama, tapándose los oídos, el rostro vuel¬to hacia el armario, huyendo del estruendo. Al amparo del ruido del tren, Stanley entra por la derecha en la sala. Trae una lata de aceite y está cubierto de grasa. Franquea el umbral, se queda para¬do junto a la puerta, cerca del refrigerador, sin ser visto por Blanche y Stella, pero visible para el público, y escucha la conversación de ambas mujeres.

BLANCHE: -Pues bien... Perdóname, pero... ¡Stanley es vulgar!

STELLA: -Supongo que sí.

BLANCHE: -¡Lo supones! ¡No puedes haber olvidado nuestra educación, Stella, hasta el punto de suponer siquiera que tiene algo propio de un caballero! ¡Ni una partícula, no! ¡Oh, si sólo fuese al menos ordinario! (Stanley se yergue y escucha.) Si sólo fuese... común..., pero bueno e ín¬tegro... No... ¡Hay en él algo francamente... bestial! Supongo que me odiarás por haberte dicho esto... ¿ver¬dad?

(Va hacia la izquierda.)

STELLA (con frialdad): -Vamos, dilo todo, Blanche.

BLANCHE (adelantándose más hacia la izquierda): -¡Stanley actúa como un animal, tiene los hábitos de un animal! ¡Come como un animal, se mueve como un animal, ha¬bla como un animal! ¡Hasta hay en él algo de... subhumano...! ¡Algo que no ha llegado aún a la etapa huma¬na! Sí... ¡Tiene algo de simiesco, como esas láminas que he visto en... los estudios antropológicos! Miles y miles de años han pasado de largo a su lado y ahí lo tienes. Stanley Kowalski... ¡el sobreviviente de la Edad de Pie¬dra! ¡Ahí lo tienes, llevando a su casa la carne cruda de la presa que acaba de matar en la selva! Y tú... tú estás aquí... ¡esperándolo! ¡Quizá te golpee, o tal vez gruña y te bese! ¡Eso, si se han descubierto ya los besos! (Avan¬za a primer término.) ¡Anochece, y los demás gorilas se reúnen! ¡Ahí, delante de la caverna, todos están gru¬ñendo como él, bebiendo y mordiendo y moviéndose con pesada torpeza! ¡Su partida de póquer! ¡Así llamas tú a esa... fiesta de gorilas! Alguien gruñe... Uno de esos animales intenta apoderarse de algo... ¡y ya empezó la gresca! ¡Dios mío! Puede ser que distemos mucho de estar hechos a la imagen de Dios, pero, Stella... (Se sienta junto a Stella y la rodea con el brazo.) Hermana mía... ¡se han hecho algunos progresos desde entonces! ¡Ya han aparecido en el mundo cosas como el arte... co¬mo la poesía y la música! ¡En algunas personas han em¬pezado a nacer sentimientos más tiernos! ¡Tenemos que acrecentarlos! ¡Y aferrarnos a ellos, y retenerlos co¬mo nuestra bandera! En esta oscura marcha hacia lo que está cada vez más próximo... ¡No te quedes atrás... no te quedes atrás con los brutos!

Stanley vacila, pasándose la lengua por los labios. Cierra con estrépito la puerta de la calle y abre el refrigerador. Blanche retrocede, sobresaltada.

STANLEY: -¡Eh! ¡Oye, Stella!

(Saca del refrigerador una botella de cerveza y la abre. Hay una pausa y ambas hermanas intercambian una larga mirada.)

STELLA (que ha escuchado con aire grave a Blanche): -¡Sí, Stan¬ley!

BLANCHE (murmura, con aire agitado): -¡Stella!

(Trata de rete¬ner a su hermana, que se levanta y va hacia la puerta que separa las habitaciones y descorre las cortinas.)

STANLEY: -Hola, Stella. ¿Ha vuelto Blanche?

STELLA (regresando al dormitorio y mirando a Blanche): -Sí, ha vuelto.

(Blanche se levanta, va hacia la puerta que separa las habitaciones, arrimándose a la columna. Está entre Stan¬ley y Stella y mira con aprensión a aquél.)

STANLEY: -Hola, Blanche.

(Ha dado un par de pasos hacia el centro y le sonríe a su cuñada.)

STELLA (mirándolo): -Por lo visto, te metiste debajo del auto¬móvil.

STANLEY: -¡Esos malditos mecánicos del taller de Fritz no saben distinguir una lata de aceite de la tercera base en un partido de béisbol!

(Bebe un trago de la botella de cer¬veza. Lentamente, Stella va hacia Stanley. Luego, con una carrerita final, se arroja en sus brazos.)

STANLEY (mientras Stella se lanza con ímpetu salvaje en sus bra¬zos, a la vista de Blanche): -¡Eh!

(La levanta y la mece, pegada a su cuerpo.)
TELÓN

SEGUNDO ACTO




ESCENA PRIMERA

Varias semanas después. Esta escena es un momento de equilibrio entre las dos partes de la obra; la llegada de Blanche y los acontecimientos que llevan a su violenta partida. Sus valores importantes son los que caracte¬rizan a Blanche: su función, la de darle su dimensión como perso¬naje y sugerir la intensa vida interior que hace de ella una persona de mayor magnitud que la que aparenta superficialmente.

Se oye música cuando las luces de la casa se apagan. Cesa al levantarse el telón.

Al levantarse el telón, Blanche está sentada a la mesa en la sala y acaba de escribir una carta. Su bolsa está abierta sobre la mesa, a su lado. Estalla en una carcajada.

Stella está sentada sobre la cama, en el dormitorio, zurcien¬do unos calcetines de hombre. Tiene un costurero y tres ovillos. La cama está revuelta.

STELLA: -¿De qué te ríes, tesoro?

BLANCHE: -¡De mí misma, de mí misma por ser tan menti¬rosa! Le estoy escribiendo una carta a Shep. (Toma la carta.) «Querido Shep. Me paso el verano viajando, ha¬ciendo visitas fugaces aquí y allá. Y... ¡quién sabe! ¡Quizá se me ocurra lanzarme a Dallas! ¿Qué le parecería eso?» (Ríe nerviosa y alegremente, tocándose la garganta como si le hablara en realidad a Shep.) «¡Hombre avisado, medio salvado, dicen!» ¿Qué tal suena eso?

STELLA: -Hum...

Se inicia una reyerta en el apartamento de arriba.

BLANCHE (continuando, nerviosamente): -En su mayoría, los amigos de mi hermana se van al norte en verano, pero al¬gunos tienen casa en el Golfo de México y ha habido una ronda incesante de diversiones, tés, cócteles, comidas...

EUNICE (arriba): -¡Conozco toda tu aventura con esa rubia!

STEVE: -¡Eso es mentira! ¡Una mentira grande como una casa!

EUNICE: -¡A mí no me vas a engañar! No me importaría si te quedaras abajo, en los Cuatro Diablos. Pero subes a los altos.

(Durante esta riña, cuando Eunice dice: «No me im¬portaría», Stella comenta.)

STELLA: -Por lo visto, Eunice tiene dificultades con Steve.

EUNICE (arriba): -¡Te vi! ¡La estabas persiguiendo por el bal¬cón! Voy a telefonearle a la brigada contra el vicio.

STEVE: -¡Oye! ¡No me largues eso...!

EUNICE (arriba): -¡Toma!

STEVE (arriba): -Mira lo que has hecho.

Eunice, arriba, chilla como si le hubiesen dado un puntapié.

BLANCHE: -¿La ha matado?

Un portazo arriba, Eunice empieza a bajar la escalera.

STELLA: -No. Eunice está bajando.

STEVE: -¡Eunice, vuelve aquí!

EUNICE: -Voy a llamar a la policía. Voy a llamar a la policía.

Baja frotándose las posaderas. Por la derecha, entra Stan¬ley. Trae un bulto de ropa de la lavandería y viste su mejor traje. Entra en el apartamento y arroja la ropa sobre el sofá.

STANLEY: -¿Qué pasa con Eunice?

(Se quita la chaqueta, la deja sobre el sofá, abre el bulto de la ropa. Steve baja co¬rriendo la escalera.)

STELLA: -Eunice y Steve han tenido una pelea. ¿Habrá lla¬mado Eunice a la policía?

STANLEY: -No, fue a tomar una copa.

STELLA: -Eso es mucho más práctico.

STEVE (irrumpiendo en la sala, con los faldones de la camisa suel¬tos): -¿Está aquí Eunice?

STANLEY (poniéndose una camisa limpia, junto al sofá): -Está en los Cuatro Diablos.

STEVE: -¡Ese tugurio!

(Se lanza a la calle por la derecha, cerran¬do con un portazo.)

BLANCHE (metiendo en su bolsa la carta de Shep y sacando una libretita): -¿Tugurio? Debo anotar eso en mi libreta. Estoy reuniendo palabritas y frases raras que he pesca¬do aquí.

STANLEY (parado junto a ella, se quita la chaqueta, la pone sobre la cama y desdobla la camisa limpia): -No pescará aquí nada que no haya oído antes.

BLANCHE: -¿Puedo contar con eso?

STANLEY: -Puede contar hasta quinientos.

BLANCHE: -Un número muy alto.

Stanley lleva las camisas limpias al armario, abre una ga¬veta de abajo, las arroja ahí, cierra la gaveta de un puntapié, hace una pelota con el papel en que estaba envuelta la ropa y la tira al rincón del foro derecha.

BLANCHE (a quien ha sobresaltado un poco el ruido): -¿Bajo qué signo nació usted?

STANLEY (poniéndose la camisa): -¿Bajo qué signo, dice?

BLANCHE: -Me refiero al astrológico. Apostaría a que nació bajo el signo de Aries. Los hombres nacidos así son enérgicos y dinámicos. ¡Les encanta el ruido! Les gusta tirar las cosas estrepitosamente. ¡Usted debe haber gol¬peado muchas cosas en el ejército, y ahora que ha dejado los cuarteles, lo compensa tratando a las cosas inanima¬das con esa furia!

Stanley ha elegido una corbata entre las tres que penden de una clavija a la izquierda del armario.

STELLA: -Stanley nació cinco minutos justo después de navi¬dad.

BLANCHE (señalando a Stanley con aire de experta y humedecién¬dose el pañuelo con colonia): -Capricornio... ¡El Chivo!

STANLEY (abotonándose la camisa): -¿Bajo qué signo nació us¬ted?

(Se va detrás de la mesa.)

BLANCHE: -Oh... Cumplo años el mes próximo, el quince de septiembre. Es decir, bajo el signo de Virgo.

(Vuelve a guardar la colonia en su bolsa.)

STANLEY: -¿Qué es eso de Virgo?

BLANCHE: -Virgo es la Virgen.

Stella se levanta.

STANLEY (desdeñosamente, con una mirada a Stella y metiéndose los faldones de la camisa en el pantalón): -¡Bah! (Stella va hacia el escritorio con madejas y costurero. Pone la caja sobre el escritorio. Stanley se acerca a Blanche y se inclina hacia ella mientras se anuda la corbata.) -Oiga... ¿Conoce a alguien que se llama Shaw? ¿Eh?

(El semblante de Blanche revela que está algo escandalizada.)

BLANCHE: -Todos conocen a alguien que se llama Shaw.

Stella está junto al escritorio.

STANLEY (inclinado sobre la mesa): -Pues este alguien que se llama Shaw tiene la impresión de haberla conocido a usted en Laurel, pero supongo que debe haberla con¬fundido con alguna otra persona, porque esa otra per¬sona (Stella entra en el armario de pared) es alguien a quien conoció en un hotel llamado El Flamenco.

(Se ajusta la corbata.)

BLANCHE (riendo jadeante, mientras se toca las sienes con el pa¬ñuelo humedecido con agua de colonia): -Temo que debe haberme confundido con esa «otra persona». (Se levan¬ta, se acerca a la mesa y dice inclinándose sobre ella, con la bolsa al brazo.) ¡El hotel El Flamenco es uno de esos es¬tablecimientos en los cuales yo no me atrevería a dejar¬me ver!

STANLEY (inclinándose hacia ella): -¿Lo conoce?

BLANCHE: -Sí, lo he visto y lo he olido.

STANLEY (anudándose la corbata): -Debe habérsele acercado mucho para poder olerlo.

BLANCHE: -El olor de perfume barato es penetrante.

STANLEY (tomando el pañuelo de Blanche): -¿Ese perfume que usa es caro?

(Huele el pañuelo. Se lo arroja de nuevo.)

BLANCHE (dejando el pañuelo detrás de ella sobre la mesa): -¡Doce dólares los cincuenta mililitros! ¡Me he queda¬do casi sin nada! ¡Esto es simplemente una indirecta, por si quiere acordarse de mi cumpleaños!

(Habla frívolamente, pero en su voz se percibe un dejo de temor. Stella va hacia la cama y arregla la colcha.)

STANLEY: -Pensé que Shaw debía haberla confundido... pero va y viene de Laurel sin cesar, de modo que puede veri¬ficar el asunto y aclarar cualquier error. (Stella va hacia el tocador. Stanley va hacia el foro. Blanche cierra los ojos, como próxima a desmayarse. Stanley toma la chaqueta del sofá y le dice a Stella, que está en el dormitorio): -¡Nos ve¬remos en los Cuatro Diablos!

STELLA (cuando Stanley se dispone a salir): -¡Eh! ¿No me me¬rezco un beso?

(Steve y Eunice entran por el foro derecha.)

STANLEY: -En presencia de tu hermana, no.

(Sale. Stella va hacia la cama en busca de los calcetines. Blanche, llevando su pañuelo, se acerca al sofá. En el porche, Stanley se encuentra con Steve y Eunice que vuelven. El brazo de Steve ciñe a Eunice y ésta solloza copiosamente y él la arrulla con palabras de amor.)

STEVE (en voz baja): -Ya sabes que no me gustan esas mucha¬chas.

EUNICE (sollozando y bajando la voz): -Esas muchachas me im¬portan un cuerno. (Empiezan a subir la escalera. Stanley hace un ademán de impotencia, divertido, aludiendo a ellos y sale por la derecha del foro. Stella lleva los calcetines al ar¬mario y los pone en la gaveta de arriba cuando Steve y Eu¬nice han subido) Olvida que lo has dicho. Y nada más.

Stella vuelve al escritorio de la alcoba.

STEVE: -Te quiero. Sabes que te quiero. Sólo hago eso con las otras muchachas porque te quiero.

(Cuando empiezan a subir por la escalera, se oye el poderoso estallido de un true¬no. Blanche se sobresalta visiblemente.)

BLANCHE (corriendo hacia Stella, con la bolsa en la mano dere¬cha): -¡Stella!

STELLA: -¿Te asusta aún el trueno?

BLANCHE (desfallece, casi con pánico. Se sienta sobre la cama): -¿Qué has oído decir de mí?

STELLA (junto a Blanche): -¿Yo?

BLANCHE: -¿Qué te ha estado diciendo de mí la gente?

STELLA: -¿Qué me ha estado diciendo?

BLANCHE: -¿No has oído algunas... malévolas... habladurías sobre mí?

STELLA (yendo hacia el armario con una caja): -¡No, Blanche! ¡Claro que no!

BLANCHE: -Tesoro, se hablaba mucho en Laurel...

STELLA (junto al armario): -¿La gente habla? ¿A quién le im¬porta?

(Se oye otro trueno.)

BLANCHE (se levanta y la sigue): -No fui tan buena durante los dos últimos años, cuando Belle Rêve empezó a escu¬rrírseme de entre los dedos. Nunca fui lo bastante dura ni independiente. (Se ha acercado a Stella.) La gente débil debe brillar y dar resplandor. Tiene que usar co¬lores suaves, como las alas de las mariposas y poner una pantalla de papel sobre la luz. (Se acerca al sofá y deja la bolsa.) Pero no basta con ser suaves. Hay que ser suave y atractiva... y yo, me estoy marchitando, ahora. No sé hasta cuándo podré seguir engañando a la gente. ¿Me escuchas?

(Mira a Stella.)

STELLA (bajando los ojos para rehuir la mirada de Blanche, va hacia el refrigerador y saca un refresco, un abridor y un va¬so): -Nunca te escucho cuando dices cosas enfermizas.

(Pone sobre la mesa el refresco, el vaso y el abridor.)

BLANCHE (con una brusca transición, alegre): -¿Es para mí ese refresco?

STELLA (abriendo la botella): -¡Para nadie más!

BLANCHE: -¡Vamos, preciosa! ¿Es un refresco y nada más?

STELLA: -¿De modo que te gustaría con licor?

BLANCHE: -Bueno, querida. Un poco de licor nunca ha estropeado un refresco. (Stella deja la botella, se dirige al ar¬mario en busca de licor y vuelve a la mesa.) ¡Dame eso! (Se acerca a Stella, dejando la bolsa sobre el sofá.) ¡No debes servirme!

STELLA (junto al armario): -Me gusta servirte, Blanche. Así, me parece estar en casa.

(Vierte el licor en el vaso.)

BLANCHE (se toca el rostro con el pañuelo y entra en el dormito¬rio): -Bueno, lo confieso. Me gusta que me sirvan.

(Ste¬lla ha servido licor en el vaso de refresco, mira a su hermana y va al dormitorio.)

STELLA (desde el dormitorio): -Blanche, tesoro... ¿Qué te pasa?

BLANCHE (sentándose en la butaca): -¡Eres... eres... tan buena conmigo! Y yo...

STELLA (la sigue, llevando el refresco y el vaso): -Blanche.

BLANCHE: -¡Ya lo sé, no lo haré! ¡Te fastidian mis sentimenta¬lismos! Pero créeme, tesoro. ¡No te imaginas lo que siento! ¡No me quedaré mucho tiempo! ¡No! Te prometo que yo...

STELLA (hincándose de rodillas junto a ella): -¡Blanche!

BLANCHE (histéricamente): -¡No me quedaré, te lo prometo, me iré ¡Me iré pronto! ¡De veras! No me quedaré hasta que él... ¡me eche!...

(Ríe, con una risa penetrante, y aferra el vaso, pero le tiembla tanto la mano que poco falta pa¬ra que se le escape.)

STELLA (comenzando a verter el refresco en el vaso): -Vamos... ¿Dejarás de decir tonterías?

BLANCHE: -Sí. Fíjate bien cómo lo echas... (Toma la botella de manos de su hermana para servir ella misma.) ¡Ese líqui¬do efervescente, siempre desborda, con su espuma!

(Sirve. El refresco desborda. Blanche profiere un penetrante grito y se deja caer de rodillas delante de la silla.)

STELLA (impresionada por el grito, le quita la botella): -¡Dios mío!

BLANCHE (poniendo el vaso sobre la silla sin respaldo que está junto a la butaca. Stella tiene la botella con el refresco en el suelo, a su lado.): -¡Y tenía que ser sobre mi bonita falda blanca!

(Se arrodilla e inspecciona el daño.)

STELLA: -Usa tu pañuelo. Frota suavemente.

BLANCHE: (reponiéndose poco a poco): -Lo sé. Suavemente... Suavemente.

(Frota el lugar mojado con su pañuelo.)

STELLA: -¿Se ha manchado?

BLANCHE: -¡En absoluto! ¡Ja, ja! ¿Verdad que he tenido suerte?

STELLA: -¿Por qué has gritado así?

BLANCHE: -¡No lo sé! (Prosigue nerviosamente reteniendo la mano de Stella, que la abraza.) Mitch... Mitch vendrá a las siete. Creo que sólo me siento nerviosa a causa de nuestras relaciones. (Ambas hermanas están arrodilladas, ahora, a la izquierda de la butaca. Blanche habla con rapi¬dez y sin aliento.) Mitch sólo ha recibido el beso de las buenas noches. Fue todo lo que le di, Stella. Quiero que me respete. Y a los hombres no les interesa lo que con¬siguen con demasiada facilidad. Pero, por otra par¬te, pierden su interés rápidamente. Sobre todo cuan¬do una muchacha tiene más de treinta años. Creen que una muchacha de más de treinta debe ser... la expresión vulgar es... «descartada». Y yo... yo no estoy «descar¬tada». Naturalmente... él no sabe... quiero decir que no le he dicho... ¡mi verdadera edad!

STELLA: -¿Por qué te preocupa tanto tu edad?

BLANCHE: -A causa de los duros golpes que ha sufrido mi va¬nidad. (Stella la abraza.) Lo que quiero decir es que... él me cree... ¡decente y casta! ¿Sabes? (Ríe ásperamente.) Quiero engañarlo lo suficiente para que... para que me necesite...

STELLA (abrazando a Blanche, que se acurruca en sus brazos): -¡Blanche! ¿Tú lo necesitas?

BLANCHE: -¡Necesito descansar! ¡Necesito volver a respirar tranquila! Sí... Necesito a Mitch ¡Lo necesito mucho! ¡Imagínate! ¡Si eso sucediera! Yo podría marcharme de aquí y no ser un problema para nadie...

(Stanley entra por la derecha en primer término. Ha bebido una copa.)

STANLEY (vociferando): -¡Eh, Steve!

STEVE (arriba): -¿Qué?

STANLEY: -¡Eh, Eunice!

EUNICE (desde arriba): -¡Hola, querido!

STANLEY (gritando hacia el interior de su apartamento): -¡Hola, Stella!

STELLA: -¡Eso sucederá!

BLANCHE (con aire de duda): -¿Sucederá?

STELLA: -¡Sí que sucederá! ¡Sucederá, tesoro, sucederá! Pero no vuelvas a beber...

(Se dirige hacia la puerta. Blanche se queda en el suelo delante de la salida, contemplando absorta el vacío. Eunice baja corriendo la escalera, bramando: «Ven, querido. Ven», y riendo a carcajadas, mientras Steve la per¬sigue, enardecido. Stanley se aparta para dejarles paso. Aferra a Eunice, que lo elude chillando y sale corriendo por el foro derecha. Agarra a Steve y lo retiene. Steve grita: «¡Eh, suéltame!» y forcejean juguetonamente. Steve arroja a Stanley sobre los peldaños y sale corriendo por el foro dere¬cha en pos de Eunice, gritando: «¡Eh, gira, monada!». Stella sale al porche. Stanley la aferra.)

STANLEY: -¡Hola, gordita! (Stella se zafa de él, dice: «Vamos, suéltame» y sale tranquilamente por la derecha del foro. Stanley, perplejo, la sigue con la mirada. Luego, se vuelve y mira su apartamento, pensando en Blanche y en su efecto sobre su vida. Despejado ya, sale por la derecha del foro. Blanche se da aire perezosamente con un abanico de hojas de palma que ha encontrado junto a la butaca, en el suelo.)

BLANCHE: -Oh, Dios mío... Oh, Dios mío... Oh, Dios mío...

(Por la derecha primer término entra un joven Cobrador y va al foro, buscando casas probables: desanda sus pasos, mira la escalera de caracol, verifica el número del apartamento de Stanley y toca el timbre.)

BLANCHE: -Adelante.

(El Cobrador franquea el umbral. Blanche se pone de pie, se acerca a la puerta que separa las ha¬bitaciones. Lleva su vaso en la mano.)

COBRADOR: -Buenas tardes, señora.

BLANCHE: -¡Vamos, vamos! ¿En qué puedo servirle?

COBRADOR (parado junto a la mesa de la sala): -Soy cobrador del Evening Star.

BLANCHE: -Yo no sabía que las estrellas cobraran.

COBRADOR: -Me refiero al periódico, señora.

BLANCHE (deja su vaso detrás del sofá, toma la bolsa, hurga en ella. Guarda el pañuelo en la bolsa): -Bueno, veamos... ¡No, no tengo un solo centavo! No soy la dueña de la casa. Soy su hermana del Mississippi. Una de esas pa¬rientes pobres de que habrá oído hablar.

(Saca un ciga¬rro y la boquilla y deja la bolsa sobre el sofá.)

COBRADOR: -Muy bien, señora. Pasaré más tarde.

(Se dispone a irse.)

BLANCHE (da un paso adelante, deteniéndolo): -¡Eh! (Él se vuelve. Blanche ajusta el cigarro en la boquilla.) ¿Podría darme un fósforo?

COBRADOR: -Claro que sí. (Saca un encendedor y se acerca a Blanche.) Esto no siempre da resultado.

(El hecho resul¬ta evidente cuando intenta infructuosamente hacer funcio¬nar el encendedor.)

BLANCHE: -¿Tiene sus caprichitos? (Por fin, el encendedor fun¬ciona y ella enciende su cigarro, tocando la mano del cobra¬dor.) ¡Ah! Gracias.

COBRADOR (se aleja, guardándose el encendedor): -¡Gracias a usted!

BLANCHE: -¡Eh! (El Cobrador se detiene casi en el umbral.) ¿Qué hora es?

COBRADOR (consultando su reloj de pulsera): -Las siete menos cuarto, señora.

BLANCHE (cerca de él): -¿Tan tarde? ¿No le gustan esas largas tardecitas lluviosas de Nueva Orleáns, cuando una hora no es sólo una hora... sino un trocito de eternidad que le ha caído a uno en las manos... y no se sabe qué hacer con él? (Se le acerca y le toca los hombros.) Usted... hum... ¿No se mojó con la lluvia?

COBRADOR: -No, señora. Me refugié en una casa.

BLANCHE: -¿Una cafetería, supongo? ¿Y tomó un refresco?

COBRADOR: -Hum...

BLANCHE: -¿Un chocolate?

COBRADOR: -No, señora. Jugo de cerezas.

BLANCHE (ríe): -¡Jugo de cerezas!

COBRADOR: -Un refresco de jugo de cerezas.

BLANCHE: -Se me hace la boca agua.

(Le toca levemente la me¬jilla y sonríe. Luego, va hacia el baúl.)

COBRADOR (alejándose): -Bueno, más vale que me vaya...

BLANCHE (deteniéndolo): -Joven! (Él se vuelve. Blanche saca del baúl un chal grande y de tejido muy fino.) ¡Joven, joven, joven! ¿Nadie le ha dicho alguna vez que usted parece un joven príncipe surgido de las Mil y una noches?

COBRADOR: -No, señora.

(Aparta los ojos.)

BLANCHE: -Pues sí que lo parece, corderito. ¡Venga aquí! ¡Venga aquí, le digo! (Se envuelve en el chal. Él obedece como un niño. Blanche lo aferra de los brazos y le mira la cara, con casi inefable dulzura.) Quiero besarlo... sólo una vez... besarlo con suavidad y ternura en la boca... (Lo hace.) ¡Ahora, váyase corriendo! Me gustaría rete¬nerlo, pero debo ser buena y no tocar a los niños. (Él, algo aturdido, va hacia la puerta. Blanche le dice débilmen¬te, agitándole la mano y mientras da un paso en pos de él, dejando caer el chal sobre el sofá:) ¡Adiós!

COBRADOR (en el porche, volviendo los ojos): -¿Qué?

(Ella vuel¬ve a agitarle la mano. Él le contesta del mismo modo y sale por la derecha del foro, con el aire de un niño que acaba de tener un sueño feliz. Blanche se queda en el umbral. Mitch aparece por la derecha del foro, trayendo un pequeño y ridículo ramo de flores.)

BLANCHE (alegremente): -¡Miren quién viene! ¡Mi Caballero de la Rosa! (Ceremoniosamente, Mitch se encuentra con ella en el porche y le ofrece sus flores.) ¡No! Hágame una reverencia antes. (Mitch, turbado, menea la cabeza. Ella se muestra inexorable. Mitch mira a su alrededor para ver si alguien observa, y hace una rápida y breve reverencia, con las flores tendidas hacia Blanche.) ¡Y ahora, obséquie¬melas! (Mitch obedece. Ella le hace una gran reverencia.) ¡Ooooh! ¡Merciiiii!



Se apagan las luces y
TELÓN




ESCENA SEGUNDA

Más tarde. Alrededor de las dos de la mañana.

Blanche y Mitch entran por el foro izquierda, avanzando lentamente por la calle. Pasan junto a la Negra, que cruza de de¬recha a izquierda, cantando una melodía melancólica. («Mi hogar no está aquí, Señor.») Blanche trae su sombrero, su bolsa y el ramo de flores. Mitch, una ridícula muñeca que ha ganado en alguna parte. Ahora en la voz y en los ademanes de Blanche se nota el ago¬tamiento total que sólo puede conocer una personalidad neuras¬ténica. Mitch se muestra impasible, pero deprimido. Van hacia el porche, Blanche se acerca a la puerta cerrada.

BLANCHE: -Bueno...

MITCH (junto a la columna de la derecha): -Bueno... (La Negra se aleja y desaparece.) Creo que debe ser muy tarde... y usted, está cansada...

BLANCHE: -¿Cómo volverá a su casa?

MITCH (se le acerca): -Iré a pie al Bourbon y tomaré un tran¬vía de la madrugada.

BLANCHE (riendo, con aire sombrío): -¿Sigue chirriando sobre las vías a estas horas ese tranvía llamado Deseo?

MITCH (tristemente): -Temo que no se ha divertido mucho esta noche, Blanche.

BLANCHE: -Soy yo quien le ha estropeado la noche a usted.

MITCH: -No, ni hablar. Pero me pareció en todo momento que no la... divertía mucho.

BLANCHE: -Es que yo, simplemente, no me mostré a la altura de las circunstancias. Eso es todo. (Se vuelve hacia el primer término izquierda, en el porche.) Creo que nunca me esforcé tanto por ser alegre y nunca fracasé tan la¬mentablemente.

MITCH: -¿Por qué lo intentó si no se sentía alegre, Blanche?

BLANCHE (hurga en su bolsa): -Simplemente, estoy obede¬ciendo a la ley de la naturaleza.

MITCH: -¿Qué ley es ésa?

BLANCHE: -La que dice que la dama debe entretener al caba¬llero... ¡o no se juega! Trate de encontrar la llave de la puerta en esta bolsa. (Se la tiende.) Cuando estoy can¬sada, tengo rígidos los dedos.

MITCH (hurga en la bolsa y saca una llave): -¿Será ésta?

BLANCHE: -No, querido... Ésa es la llave de mi baúl, que pronto habré de preparar.

MITCH: -¿De modo que piensa marcharse pronto?

BLANCHE (mirando las estrellas): -He pasado aquí más tiem¬po del que debía.

MITCH (que ha hallado otra llave): -¿Será ésta?

BLANCHE: -¡Eureka! Querido, abra la puerta mientras miro por última vez el cielo. (Contempla fijamente las estrellas. Mitch abre la puerta, repone la llave en la bolsa de Blanche, y se queda parado con aire torpe, detrás de ella.) Estoy bus¬cando a las Pléyades, las Siete Hermanas, pero esas muchachas no han salido esta noche. (Escudriña el cielo, buscándolas.) ¡Oh, sí que están! ¡Ahí las veo! ¡Dios las bendiga! Todas se vuelven a casa en pandilla, después de su partidita de bridge... (Se vuelve hacia Mitch.) ¿Abrió la puerta? ¡Bravo! (Toma la bolsa.) Bueno... Supongo que usted... querrá irse, ahora...

MITCH (a su derecha): -¿Puedo... hum... darle un beso de... las buenas noches?

BLANCHE (enojada): -¿Por qué me pregunta siempre si puede?

MITCH: -No sé si usted quiere que la bese o no.

BLANCHE: -¿Por qué lo duda tanto?

MITCH: -La noche en que detuvimos el automóvil junto al lago y la besé, usted...

BLANCHE: -Querido, si hice objeciones no fue al beso. El be¬so me gustó muchísimo. Fue su otra... familiaridad... lo que me sentí obligada... a desalentar... ¡No porque me causara resentimiento! ¡En absoluto! En realidad, me halagó un poco el que usted... ¡me deseara! ¡Pero, querido, usted sabe muy bien que una muchacha soltera, una muchacha que está sola en el mundo, debe do¬minar firmemente sus emociones, o está perdida!

MITCH (con solemnidad): -¿Perdida?

BLANCHE (apartándose un poco): -Creo que usted está acos¬tumbrado a las muchachas a quienes les gusta perderse. Ésas que se pierden inmediatamente, en la primera cita.

MITCH (dando un paso hacia ella): -Me gusta que usted sea como es, exactamente tal como es, porque en toda mi... expe¬riencia... nunca conocí a una mujer como usted. (Blanche lo mira gravemente y luego estalla en carcajadas, ocultando la cabeza contra el hombro de Mitch.) ¿Se ríe de mí?

BLANCHE (acariciándole la mejilla): -No, no, querido. No... No me río de usted. (Entra en el apartamento, él la si¬gue.) El señor y la señora de la casa no han vuelto aún, de modo que entre. (Arroja el sombrero, la bolsa, los guantes y las flores sobre la mesa.) Nos echaremos un tra¬go de medianoche. No encendamos las luces... ¿no le parece? (Mitch cierra la puerta de calle y va hacia el dor¬mitorio. Blanche está junto a la mesa mirando al foro.) La otra habitación es más cómoda... Entre. (Él así lo hace.) Estos ruidos en las tinieblas son mi búsqueda de licor.

MITCH: -¿Quiere beber?

BLANCHE (llevándole dos vasos y empujándolo más aún al inte¬rior del dormitorio): -¡Quiero que usted beba! ¡Se ha mostrado inquieto y solemne durante toda la noche, y yo también! Ambos hemos estado inquietos y solem¬nes, y ahora, en estos últimos instantes de nuestra vida que pasamos juntos... (Blanche ha vuelto al armario y es¬tá encendiendo un fósforo.) Quiero crear... joie de vivre! (Acerca el fósforo a una vela insertada en la botella, que sa¬ca del armario.) Estoy encendiendo una vela.

MITCH: -Buena idea.

BLANCHE (trae la vela encendida a la mesa): -Seremos muy bohemios. ¡Fingiremos que esto es un pequeño café de la Orilla Izquierda, en París! (Avanza hacia él con una botella de licor que ha sacado del estante más alto del arma¬rio.) ¡Yo soy la Dama de las Camelias! Usted es... ¡Armand! ¿Entiende el francés?

MITCH (encogiéndose de hombros, riendo): -No. No, no entien¬do francés.

BLANCHE (acercándosele): -Voulez-vous coucher avec moi ce soir? Vous ne comprenez pas? Ah! Quelle dommagel ¡Quiero decir que es una suerte! He encontrado un poco de licor, lo suficiente para dos tragos sin dividendos... (Vierte la bebida en los vasos que sostiene Mitch.)

MITCH (bebe): -Esto está... ¡bueno! (Blanche bebe. Lleva su vaso y la botella al tocador, se vuelve hacia Mitch y traslada el vaso de éste y la muñeca al mismo sitio. Se limpia las ma¬nos con una toalla de papel que saca del tocador, y que luego tira al cesto.)

BLANCHE: -¡Siéntese! ¿Por qué no se quita la chaqueta y se afloja el cuello?

MITCH: -Más vale que no me la quite.

BLANCHE: -No. Quiero que esté cómodo.

MITCH (sentándose en la butaca): -No... Me avergüenza mi modo de sudar. Tengo la camisa pegada al cuerpo.

BLANCHE: -El sudor es sano. Si la gente no sudara, se moriría a los cinco minutos. (Le ayuda a quitarse la chaqueta.) Bonita chaqueta. (La agita con delicadeza.) ¿De qué material es?

MITCH: -Lo llaman alpaca.

BLANCHE: -¡Ah! Alpaca.

MITCH: -Es una alpaca muy liviana.

BLANCHE: -Una alpaca muy liviana.

MITCH: -No me gusta usar ni siquiera en verano una cha¬queta lavable porque transpiro mucho.

BLANCHE: -¡Ah!

(Cuelga la chaqueta sobre el respaldo de la silla del tocador.)

MITCH: -Y no me parece adecuado. Un hombre corpulento debe tener cuidado con lo que viste para no parecer de¬masiado torpe.

BLANCHE: -Usted no es demasiado corpulento.

(Arrima la silla sin respaldo a la izquierda de Mitch y se sienta frente a él.)

MITCH: -¿Le parece?

BLANCHE: -Su tipo no es delicado. Tiene una estructura ósea maciza y un físico imponente.

MITCH: -Gracias. En la última navidad me admitieron en el New Orleáns Athletic Club.

BLANCHE: -¡Oh, me parece muy bien!

MITCH: -Fue el mejor regalo que me han hecho en mi vida. Allí trabajo con las pesas. Y nado y me conservo en bue¬nas condiciones físicas. Cuando empecé, tenía el vientre blando, pero ahora está duro. Tan duro que un hombre podría golpeármelo sin lastimarme. (Se levanta y se le acerca.) ¡Golpéeme! ¡Vamos, golpéeme! (Se golpea él mismo en el vientre.) ¿Ve?

BLANCHE (golpeándolo suavemente en el vientre y apoyando lue¬go la mano contra él): -¡Dios mío!

MITCH (acercándosele a la butaca y flexionando sus músculos): -Blanche... Blanche... Adivine cuánto peso.

BLANCHE: -Oh. Yo diría que cerca de noventa kilos.

MITCH (acercándosele para que ella lo examine): -¡Oh, no! No. Adivine de nuevo.

BLANCHE (volviéndose para enfrentarlo): -¿No tanto?

MITCH: -No. Más.

BLANCHE: -Bueno. Usted es alto y puede llevar mucho peso sin que su aspecto sea desgarbado.

MITCH: -Peso noventa y cinco kilos y mido un metro ochenta y siete centímetros descalzo. Y ése es mi peso desnudo.

BLANCHE: -¡Oh, santo Dios! ¡Da miedo!

MITCH (con malestar): -Mi peso no es un tema muy intere¬sante. (Pausa.) ¿Cuál es el suyo?

BLANCHE:-¿Mi peso?

MITCH: -Sí.

BLANCHE (se pone de pie y se adelanta, con los brazos tendidos melindrosamente): -¡Adivine!

MITCH: -¡Permítame que la levante!

BLANCHE (tendiéndole los brazos): -¡Sansón! (Desecha la idea y luego la reconsidera.) Adelante... ¡Levánteme!

Mitch la levanta, y la hace girar en torno suyo.

MITCH (alzándola en vilo): -Usted es liviana como una pluma.

BLANCHE (Mitch la baja, pero sin soltar su talle. Ella simula re¬cato): -Ahora, puede soltarme.

MITCH:-¿Qué?

BLANCHE (alegremente): -Digo que me suelte, caballero. (Mitch trata de besarla, abrazándola torpemente.) Vamos, Mitch. El hecho de que Stanley y Stella no estén en casa no es motivo para que usted no se porte como un caballero.

MITCH (oprimiéndola contra él): -Abofetéeme, simplemente, cuando exceda los límites.

BLANCHE (tratando de liberarse): -Eso no será necesario. Us¬ted es un caballero nato, uno de los pocos que quedan en el mundo. No quiero que me crea remilgada y una maestra de escuela solterona. Sólo pasa que... bueno... creo que tengo, simplemente... ¡unos ideales anticua¬dos!

(Se oye tocar el piano. Mitch la suelta, va rápidamen¬te hacia la puerta de calle, y se queda parado con un pie en el porche, mirando afuera. Blanche se acerca al baúl y se queda allí, ajustándose el vestido.)

MITCH (con voz poco firme): -¿Dónde están esta noche Stan¬ley y Stella?

BLANCHE: -Han salido. Con el señor y la señora Hubbell, que viven arriba.

MITCH: -¿Adónde han ido?

BLANCHE: -Creo que pensaban ir a una première de media¬noche, en Loew's State.

MITCH: -Alguna vez debiéramos salir todos juntos.

BLANCHE: -No. No, ésa no sería una buena idea.

MITCH: -¿Por qué?

BLANCHE: -¿Es usted un viejo amigo de Stanley?

MITCH (con un dejo de amargura): -Estuvimos juntos en el 241.

BLANCHE: -¿Supongo que él le hablará a usted con franqueza?

MITCH:-Claro.

BLANCHE (dando un paso hacia Mitch): -¿Le ha hablado de mí?

(Deja de oírse el piano.)

MITCH (cerrando la puerta y volviéndose hacia Blanche): -No mucho.

BLANCHE: -A juzgar por su modo de decirlo, parecería que sí.

MITCH: -No, no me ha dicho gran cosa.

(Se le acerca.)

BLANCHE: -Me refiero a lo que ha dicho. ¿Cuál sería, a su en¬tender, la actitud de Stanley para conmigo?

MITCH: -¿Por qué me pregunta eso?

BLANCHE: -Le diré...

MITCH: -¿No se entiende con él?

BLANCHE: -¿Qué opina usted de eso?

MITCH: -Opino que Stanley no la entiende.

BLANCHE (acercándose a la mesa): -Esto es hablar con eufe¬mismos. De no mediar la circunstancia de que Stella pronto tendrá un hijo, la vida me habría resultado inso¬portable aquí.

MITCH: -¿Stanley no es... amable con usted?

BLANCHE: -Es insufriblemente grosero. Hace lo imposible por ofenderme.

MITCH: -¿En qué forma, Blanche?

BLANCHE: -En todas las formas imaginables.

MITCH: -Me sorprende oír eso.

(Se aparta de ella.)

BLANCHE: -¿De veras?

MITCH (enfrentándola): -Bueno, yo... No comprendo cómo se puede ser grosero con usted.

BLANCHE: -Se trata, realmente, de una situación horrible. Le explicaré... Aquí, no hay intimidad. Entre esas dos habi¬taciones, sólo están esas cortinas. De noche, Stanley se pasea por el apartamento en paños menores. Y tengo que pedirle que cierre la puerta del baño. Esa vulgaridad está de más. Usted me preguntará, sin duda, por qué no me voy. Le hablaré con franqueza. El sueldo de una maestra apenas si alcanza para vivir. El año pasado no pude aho¬rrar un solo centavo, de modo que debí venir a pasar el verano aquí. Por eso tengo que aguantar al marido de mi hermana. Y él tiene que aguantarme a mí, contrariando tanto sus deseos al parecer... ¡Sin duda, Stanley le habrá dicho lo mucho que me odia!

MITCH: -No creo que Stanley la odie.

BLANCHE: -Me odia. ¿Por qué me insultaría, en caso contra¬rio? La primera vez que lo vi, pensé: «¡Ese hombre es mi verdugo! ¡Ese hombre me destruirá!». A menos que...

MITCH: -Blanche... Blanche...

BLANCHE: -¿Qué pasa, querido?

MITCH: -¿Puedo hacerle una pregunta?

BLANCHE: -Sí. ¿Cuál?

MITCH: -¿Qué edad tiene usted?

BLANCHE (hace un gesto nervioso y va hacia el sofá): -¿Por qué quiere saberlo?

MITCH: -Le hablé a mi madre de usted y me preguntó: «¿Qué edad tiene Blanche?»

(Pausa.)

BLANCHE (se sienta a la izquierda en el sofá y lo mira): -¿Le ha¬bló usted a su madre de mí?

MITCH: -Sí.

BLANCHE: -¿Por qué?

MITCH: -Le dije lo buena que era y la simpatía que me inspi¬raba.

BLANCHE: -¿Fue sincero al decirlo?

MITCH (sentándose a su lado): -Usted sabe que sí.

BLANCHE: -¿Por qué quería saber mi edad su madre?

MITCH: -Mamá está enferma.

BLANCHE: -¡Cuánto lo siento! ¿Algo serio?

MITCH: -No vivirá mucho. Quizá sólo le quedan unos pocos meses de vida y le preocupa que mi porvenir no esté resuelto. Quiere que me establezca antes de que ella...

(Su voz está ronca de emoción. Aparta los ojos de Blanche.)

BLANCHE: -Usted la quiere muchísimo, ¿verdad?... (Mitch asiente, con aire infortunado.) Creo que usted tiene una gran capacidad de devoción. Se sentirá solo cuando ella se muera. (Mitch la mira y asiente.) Comprendo qué sig¬nifica eso.

MITCH: -¿Sentirse solo?

BLANCHE: -También yo amé a alguien y perdí a la persona a quien amaba.

MITCH: -¿Murió? ¿Era un hombre?

BLANCHE: -Era un niño, nada más que un niño, cuando yo era una muchachita aún. A los dieciséis años, descu¬brí... el amor: de golpe y en forma muy completa, de¬masiado completa. Fue como si a una le mostraran ba¬jo una luz cegadora algo que siempre había estado en la penumbra; así descubrí el mundo. Pero fui desdi¬chada. Me desilusioné. En aquel niño había algo dis¬tinto, una nerviosidad, una suavidad, una ternura que no parecían las de un hombre, aunque distaba de pare¬cer afeminado... Y, con todo... aquello estaba allí. Acudió a mí en busca de ayuda. Yo no lo sabía. ¡No supe nada hasta después de casarnos, cuando nos fu¬gamos y volvimos y sólo adiviné que yo no había logrado satisfacerlo en cierta forma inimaginable y no podía darle la ayuda que él necesitaba, pero de la cual no podía hablar! Temblaba aferrándose a mí... ¡Pero yo no lo sacaba, resbalaba y caía allí con él! Yo no lo sabía. No sabía nada, salvo que lo amaba insoportablemente, pero sin poder ayudarle ni ayudarme a mí mis¬ma. Luego, lo descubrí. En la peor de las formas ima¬ginables. Entrando repentinamente en una habita¬ción, que creía vacía... y que no lo estaba, porque había allí dos personas... el niño con quien me había casado y un hombre mayor que él, su amigo desde hacía años... (Blanche se interrumpe, se levanta, va a primer término.) Más tarde, fingimos que no se había descu¬bierto nada. Sí, todos fuimos en automóvil al casino de Moon Lake, muy ebrios y riendo sin cesar. ¡Baila¬mos «La Varsoviana»! (Se oyen unos compases de «La Varsoviana», que luego se extinguen.) Repentinamente, en plena danza, el niño con quien me había casado se zafó de mis brazos y salió corriendo del casino. Unos pocos instantes más... ¡y sonó un tiro! Salí a toda prisa, todos salimos... ¡y rodeamos aquella cosa horri¬ble que estaba al borde del lago! No pude acercarme, había demasiada gente. Entonces, alguien me cogió el brazo. «¡No se acerque más! ¡No querrá verlo!» ¿Ver? ¿Ver qué? Entonces, oí voces que decían: «¡Allan! ¡Allan! ¡El hijo de los Grey!». ¡Se había metido un revólver en la boca y había disparado, volándose... la tapa de los sesos! (Desfallece, se cubre el rostro.) Fue porque, en la pista de baile... no pudiendo contenerme, yo le había dicho de improviso: «¡Lo sé! ¡Lo he visto! ¡Me das asco!». (Vuelve a oírse «La Varsoviana.») Y entonces, el reflector que iluminaba el mundo se apagó y nunca hubo para mí desde aquel día una luz más intensa que la de esta vela de cocina...

Mitch se levanta, se le acerca, se queda a su lado.

MITCH: -Usted necesita a alguien. Y yo también. ¿Podríamos unirnos usted y yo, Blanche?

Ella se vuelve hacia él, lo mira, se abrazan, se besan. Cesa bruscamente «La Varsoviana.»

BLANCHE: -A veces... hay Dios... ¡tan rápidamente!




TELÓN




TERCER ACTO





ESCENA PRIMERA

Varias semanas después. Las habitaciones han cobrado una patética exquisitez con algunos atavíos de Blanche, almo¬hadas, un abanico, fundas, etcétera.

Las primeras luces que se encienden son las de la calle. Stan¬ley va por el foro izquierdo al primer término derecha, la zona del porche. Cuando cruza, se encienden las luces del apartamento.

Stella está atareada con la mesa, preparada para cuatro y adornada con regalos de fiesta y servilletas de colores. Su próxima maternidad resulta ya más evidente. Al alzarse el telón, trae un pastel de cumpleaños del armario y lo pone en el centro de la mesa; vuelve al armario, saca cuchillos, tenedores y cucharas, y comienza a distribuirlos sobre la mesa, empezando por el foro, y yendo a la derecha y luego a la izquierda durante el diálogo inicial de la esce¬na.

Blanche está en el cuarto de baño, donde canta fragmentos de «Paper Moon». Su baúl está cerrado y cubierto con unos pulcros paños. Stanley entra en el apartamento, deja su portaviandas so¬bre el refrigerador y examina los preparativos para la fiesta.

STANLEY (junto a la mesa): -¿A qué viene todo esto?

STELLA (sacando la platería): -Querido, es el cumpleaños de Blanche.

STANLEY: -¿Está aquí Blanche?

STELLA (colocando la cubertería): -En el baño.

STANLEY (parodiando): -«¿Lavando algunas cosas?»

STELLA: -Supongo que sí.

(Blanche canta en el cuarto de baño.)

STANLEY: -¿Desde cuándo está ahí?

STELLA (junto a la mesa): -Se ha pasado ahí la tarde.

STANLEY (imitando): -«¿Remojándose en un baño caliente?»

STELLA (imperturbable): -Sí.

STANLEY: -La temperatura es de cien grados Fahrenheit sobre la nariz y ella se remoja en un baño caliente.

STELLA: -Dice que eso la refresca para toda la noche.

STANLEY: -Y tú corres a buscarle refrescos... ¿verdad? ¿Y se los sirves a Su Majestad en la tina? (Stella se encoge de hombros, atareada con la mesa.) Siéntate ahí.

(Le señala a Stella una silla que está a la izquierda de la mesa.)

STELLA: -Stanley, tengo trabajo.

STANLEY: -¡Siéntate! (Stella va hacia la silla.) Ya sé qué le pa¬sa a tu hermana mayor, Stella.

STELLA (acercándose): -Stanley, deja de zaherir a Blanche.

STANLEY: -¡Esa muchacha me llama vulgar!

STELLA: -Últimamente has estado haciendo todo lo posible por herirla, Stanley. Blanche es sensible. Debes com¬prender que ella y yo nos hemos criado en un ambiente muy distinto del tuyo.

STANLEY: -Eso me han dicho. ¡Y dicho y dicho y dicho mil veces! ¿Sabes que Blanche nos ha estado endilgando un montón de mentiras?

STELLA: -No, no lo sé... y no quiero oír...

STANLEY (hablando casi al mismo tiempo que ella): -Pues sí que lo ha hecho. ¡Pero ya saltó la liebre! ¡He descubierto ciertas cosas!

STELLA: -¿Qué... cosas?

STANLEY: -Cosas que ya sospechaba. (Blanche canta en el cuarto de baño.) Pero ahora tengo la prueba, proveniente de las fuentes más dignas de confianza... ¡que he ve¬rificado!

(Se abre la puerta del cuarto de baño y sale Blanche en bata. Va hacia el tocador, toma un vaso con cubitos de hielo y saluda con un gesto a Stanley, que está en la otra ha¬bitación.)

BLANCHE: -¡Hola, Stanley!

(Canturrea ligeramente, hace tinti¬near el hielo en su vaso, entra en el cuarto de baño y cierra la puerta. Stella retrocede al foro y mira a Blanche.)

STANLEY (sentándose junto a la mesa): -Un canario... ¿eh?

STELLA (volviendo a la mesa, se sienta en una silla, a la izquier¬da): -Ahora, haz el favor de decirme sin gritar lo que crees haber descubierto sobre mi hermana.

STANLEY: -Mentira Número Uno: ¡todos esos remilgos suyos! ¡Es una lástima que no hayas oído las cosas que le ha es¬tado diciendo a Mitch! ¡Mitch creía que nunca la habían besado aún! ¡Para que lo sepas, tu hermana Blanche no es un dechado de pureza!

STELLA: -¿Qué has oído y de quién?

STANLEY: -El proveedor de nuestra fábrica ha visitado el pueblo de Laurel durante años y sabe todo lo que hay que saber sobre Blanche, y todos los habitantes de Lau¬rel también lo saben. Blanche es tan famosa en el pue¬blo como el presidente... de Estados Unidos...

BLANCHE (canta en el cuarto de baño): -«¡Sólo es una luna de papel, que brilla sobre el mar de cartón... pero no sería una mentira si creyeras en mí!»

STANLEY (continuando): -...¡Sólo que nadie la respeta! Ese proveedor, cuando va a Laurel, para en un hotel llama¬do El Flamenco.

STELLA: -¿Qué pasa con El... Flamenco?

STANLEY: -También ella se alojó allí.

STELLA: -Mi hermana vivía en Belle Rêve.

STANLEY: -¡Eso sucedió cuando la casa paterna se escurrió de entre sus blancos dedos de azucena! ¡Se trasladó a El Flamenco! ¡Un hotel de segunda categoría que tiene la ventaja de no entrometerse en la vida privada de las personalidades que se alojan allí! ¡El Flamenco estaba habituado a todo género de cosas! ¡Pero hasta la geren¬cia se impresionó con Madame Blanche! ¡En realidad, Blanche los impresionó tanto que le pidieron que les devolviese la llave de su cuarto!... ¡para siempre! Esto sucedió un par de semanas antes de que apareciera aquí.

(Blanche canta en el cuarto de baño.)

BLANCHE: -«¡Este es un mundo de Barnum y Bailey, todo lo falsificado que ser puede pero no sería una mentira si creyeras en mí!»

Stella se levanta, da un paso hacia la izquierda, mira el cuarto de baño y escucha la canción de Blanche. Va hacia la iz¬quierda primer término de la sala, con la cabeza baja.

STANLEY (se levanta, va hacia Stella): -Claro, me imaginaba lo mucho que te disgustaría esto. Ella te ha engañado tanto como a Mitch.

(Trata de rodearla con el brazo, ella se zafa.)

STELLA (volviéndose hacia él): -¡Eso es mera invención! ¡No contiene una sola palabra de verdad!

(Blanche canta en el cuarto de baño. Stanley aferra de los brazos a Stella, la en¬frenta. Blanche está cantando.)

BLANCHE: -«¡Sin tu amor, eso es un desfile de pequeñas men¬tiras! Sin tu amor, es una melodía tocada por una or¬questa barata...»

STANLEY: -Tesoro, te dije ya que he verificado todos los in¬formes. ¡Lo malo fue que Madame Blanche no podía ya representar su comedia en Laurel! (Blanche cesa de can¬tar.) ¡La gente se asustaba después de dos o tres citas con ella y se iba, y Blanche buscaba otra, con las mismas fábulas, la misma comedia, la misma patraña! ¡Pero el pueblo era demasiado pequeño para que esto pudiera proseguir eternamente! Y, con el tiempo, Blanche se convirtió en el personaje más conocido de Laurel. La consideraban, no sólo distinta, sino francamente... chi¬flada.

(Blanche canta.)

BLANCHE: -«¡Sólo es una luna de papel, todo lo falsificado que se puede ser, pero no sería una mentira si creyeras en mí!»

STANLEY (continuando, se acerca a Stella hasta colocarse detrás de ella): -Y durante los dos últimos años, la han alejado de allí como si fuera veneno. Por eso está aquí en este ve¬rano Su Alteza Real de visita, haciendo toda esta comedia... ¡El alcalde de Laurel, virtualmente, le dijo que se marchara del pueblo! Sí. ¿Sabías que cerca de Laurel había un campamento y que el lugar donde vivía tu hermana era uno de los que los soldados llamaban «Accesible a las Fuerzas Armadas»? (Mira el cuarto de baño y le dice a Stella, mirándola de frente.) Esto, en cuanto a su refinamiento y a su personalidad. Lo cual nos lleva a la Mentira Número Dos.

STELLA (da un paso hacia él. No quiere oír más): -¡No quiero oír más!

STANLEY: -¡Blanche no renunció temporalmente a causa de sus nervios! ¡No, señor! ¡Fábulas! No renunció. La echa¬ron antes de que concluyeran los cursos de primavera... y me duele decirte la razón de esa medida. ¡Se había enredado con un muchacho de diecisiete años! Y cuan¬do...

(Blanche canta.)

BLANCHE: -«¡Es un mundo de Barnum y Bailey, todo lo falsi¬ficado que puede ser!»

STELLA (con la cabeza inclinada sobre la mesa, de espaldas al pú¬blico): -¡Eso... me da náuseas!

STANLEY (yendo hacia el armario y volviendo a la mesa): -...y cuando el padre de ese muchacho descubrió el asunto y habló con el director del colegio... ¡Oh, me habría gus¬tado estar en ese despacho cuando llamaron a Madame Blanche para decirle cuatro cosas! ¡Me habría gustado verla cuando trató de escurrirse de ésa! ¡Pero esta vez la habían pescado con las manos en la masa y ella sabía que sus imposturas se habían acabado! ¡Le dijeron que era mejor que se marchara a otra parte, fue prácticamente como si la hubieran expulsado del pueblo!

(Se abre la puerta del cuarto de baño y Blanche asoma la cabeza envuelta con una toalla de baño.)

BLANCHE (en el umbral): -¡Stella!

STELLA (con voz débil): -¿Qué, Blanche?

(Va hacia el dormito¬rio.)

BLANCHE: -Tráeme otra toalla para secarme el cabello. ¡Aca¬bo de lavármelo!

STELLA: -Sí, Blanche.

Stella saca una toalla de la gaveta media del escritorio y se la alcanza a Blanche, con aire aturdido.

BLANCHE (sobre la escalinata del cuarto de baño; toma la toalla y mira a Stella, con ojos penetrantes): -¿Qué pasa, querida?

STELLA (volviéndose): -¿Qué pasa? ¿Por qué?

BLANCHE: -Te noto tan extraña...

(Stanley va hacia el baúl.)

STELLA: -¡Oh! (Trata de reír.) Debo de estar algo cansada.

BLANCHE: -¿Por qué no tomas un baño caliente cuando yo sal¬ga?

(Stella va hacia la cama, con una mano en la espalda.)

STANLEY: -¿Cuándo ocurrirá eso, Blanche?

BLANCHE (amenazándolo con la toalla limpia, traviesamente): -¡No falta tanto tiempo! ¡Enséñele paciencia a su alma!

(Entra en el dormitorio y se detiene cuando él habla.)

STANLEY: -¡Lo que me preocupa no es mi alma, sino mis riñones! (Blanche cierra dando un portazo. Stella vuelve a la sala y va hasta la mesa. Stanley se apoya en el baúl.) Bueno... ¿Qué te parece todo eso?

STELLA (se vuelve hacia él): -No creo en todas esas fábulas y opino que ese proveedor ha sido mezquino y malvado al contarlas. Oh, es posible que algunas de las cosas que dijo sean parcialmente ciertas. Mi hermana siempre fue... ¡voluble!

STANLEY: -Sí... ¡Voluble!

STELLA: -Pero cuando era joven, muy joven... (frota los platos y adornos, sin verlos y se hinca de rodillas sobre la silla de foro) se casó con un joven que escribía versos... Era muy guapo. ¡Creo que Blanche no sólo lo amaba, sino que adoraba el suelo que él pisaba! ¡Lo adoraba y lo creía demasiado hermoso para ser humano! (Va hacia el ar¬mario y saca una pequeña caja con velas de pastel de cumpleaños.) Pero entonces descubrió...

STANLEY: -¿Qué?

STELLA (trayendo las velas a la mesa): -Que aquel joven bello y talentoso era un degenerado. ¿No te proporcionó esa información tu proveedor?

(Abre la caja de las velas.)

STANLEY: -Sólo hablamos de historia reciente. Eso debió su¬ceder hace ya mucho tiempo.

STELLA (se sienta a la mesa): -Sí, fue... hace mucho tiempo...

(Empieza a insertar las velas en el pastel de cumpleaños. Pausa.)

STANLEY (se acerca y mira el pastel): -¿Cuántas velas pondrás en ese pastel?

STELLA: -Pararé al llegar a las veinticinco.

STANLEY: -¿Esperas invitados?

STELLA: -Invitamos a Mitch a comer pastel y helado.

STANLEY (incómodo, después de una pausa): -No lo esperes esta noche.

(Va hacia el centro. Stella hace una pausa en su ta¬rea y vuelve los ojos lentamente hacia Stanley.)

STELLA: -¿Por qué?

(Se levanta.)

STANLEY (volviéndose rápidamente hacia ella): -Stella, Mitch es un camarada mío. Estuvimos en el mismo regimien¬to... el 241 de ingenieros. Trabajamos en la misma fá¬brica y ahora estamos en el mismo equipo de bolos...

STELLA (interrumpiéndolo, se le acerca): -Stanley Kowalski... ¿Tú le dijiste? ¿Le repetiste...?

STANLEY (la interrumpe. Se quita la chaqueta y la deja sobre el baúl): -¡Así es! ¡Se lo dije! ¡La conciencia me habría atormentado durante el resto de mi vida si, conociendo todas esas historias, hubiese dejado que atraparan a mi mejor amigo!

(Sale al porche.)

STELLA (siguiéndolo): -¿Ha terminado con ella Mitch?

STANLEY: -¿No habrías hecho tú lo mismo si...?

STELLA: -Te he preguntado... ¿Ha terminado Mitch con ella?

(Blanche canta en el baño.)

BLANCHE: -«Sin tu amor», etcétera.

STANLEY (enfrentando a Stella): -No, no se puede decir que haya terminado con ella... ¡sólo que está enterado!

STELLA (aferrándolo): -Stanley, Blanche creía que Mitch... se casaría con ella. También yo lo esperaba.

STANLEY (arrastrándola hacia su derecha): -Pues ahora no se casará con ella. (Prosigue, mientras va rápidamente hacia el cuarto de baño.) ¡Quizá hubiese pensado casarse, pero no saltará a un acuario lleno de tiburones! (Gritando junto a la puerta del cuarto de baño.) ¡Blanche! ¡Eh, Blanche! ¿Me deja entrar en mi cuarto de baño, por favor?

BLANCHE (contestándole a través de la puerta): -¡Sí señor! ¡No faltaría más! ¿Puede esperar un segundo a que me se¬que?

STELLA (acercándose al sofá, con angustia): -¡Stanley!

STANLEY: -Después de haber esperado una hora, creo que un segundo pasará pronto.

STELLA (en el dormitorio): -Blanche ha perdido su empleo. ¿Qué hará?

STANLEY (volviéndose hacia Stella): -Sólo estará aquí hasta el martes. Tú lo sabes... ¿verdad? Para asegurarme, yo mis¬mo le compré el billete. ¡Un billete de autobús!

(Hurga en el bolsillo de la chaqueta para mostrarle el billete.)

STELLA: -En primer lugar, Blanche no querrá viajar en autobús.

STANLEY: -Viajará en autobús y le gustará.

STELLA: -¡No, no, no irá, Stanley!

STANLEY: -¡Irá! Punto. Posdata: ¡se irá el martes!

STELLA (lentamente): -¿Qué... hará? ¿Qué diablos... hará?

STANLEY: -Su futuro está trazado.

STELLA: -¿Qué quieres decir?

(Aferra de los brazos a Stan¬ley. Blanche canta en el cuarto de baño: «Sin tu amor», et¬cétera...)

STANLEY (se libera de Stella. Va hacia la puerta del cuarto de ba¬ño y la golpea repetidas veces): - ¡Eh, canario! ¡Qué dia¬blos! ¡Salga del baño!

Stella se acerca a Stanley. Se abre la puerta. Blanche sale, con una alegre carcajada. Del cuarto de baño brota vapor.

BLANCHE (entra en el dormitorio, con un peine en la mano): -¡Oh, me siento tan bien después de mi largo baño caliente! ¡Tan bien y tan fresca y... descansada!

Stanley entra en el cuarto de baño, cerrando con un portazo que interrumpe bruscamente los pasos de Blanche.

STELLA (con tristeza y duda, entrando en la sala): -¿De veras, Blanche?

(Toma las velas sobrantes que están junto al pas¬tel y las guarda en su caja.)

BLANCHE (peinándose vigorosamente): -¡Sí! ¡Me siento tan re¬frescada! ¡Un baño caliente y un largo trago frío me dan siempre una perspectiva nueva de la vida! (Mira la puerta del cuarto de baño y luego a Stella.) Algo ha pasa¬do. ¿Qué ha sido?

STELLA (rehuyéndola rápidamente): -Nada, Blanche.

BLANCHE (deteniéndose en el centro del dormitorio, la enfrenta): -¡Estás mintiendo! ¡Algo ha pasado!



Se apagan las luces y
TELÓN




ESCENA SEGUNDA

Tres cuartos de hora después.

Stanley, Stella y Blanche están concluyendo una triste cena de cumpleaños, sentados alrededor de la mesa; Stanley a la derecha, Blanche al foro y Stella a la izquierda. Stanley está malhumorado. Mordisquea una costilla y se chupa los dedos. Stella está turbada y melancólica. El contraído rostro de Blanche exhibe una sonrisa tensa y artificial. Hay una cuarta silla desocupada junto a la mesa, en primer término.

BLANCHE (con la copa entre las manos, dice repentinamente): -Stanley, cuéntenos un chiste, cuéntenos algo divertido que nos haga reír. No sé qué pasa... Todos estamos tan solemnes... ¿Será porque mi galán me ha plantado? (Stella ríe, débilmente.) ¡En toda mi experiencia con los hombres, es la primera vez que alguien me planta! ¡Y he tenido que vérmelas con toda clase de gente! No sé cómo tomarlo... ¡Cuéntenos algo divertido, Stanley! Al¬go que nos saque de apuros.

STANLEY (chupándose los dedos): -No creí que le gustaran mis chistes, Blanche.

BLANCHE: -Me gustan cuando son divertidos, pero no inde¬centes.

STANLEY: -No conozco ninguno lo bastante refinado para su gusto.

BLANCHE: -Bueno... Entonces permítame que les cuente uno yo.

STELLA: -Sí, cuéntanos uno tú, Blanche. Solías saberte toda clase de chistes.

BLANCHE: -Veamos... ¡Tengo que revisar mi repertorio! ¡Oh, sí! ¡Me gustan los chistes de loros! ¿Y a vosotros? Pues bien... Tenemos el chiste de la solterona y el loro. Esa sol¬terona tenía un loro que profería blasfemias a granel y que conocía más expresiones vulgares que el señor Kowalski. (Hace una pausa, sonriéndole a Stanley, pero no hay reacción en éste.) Y la única manera de imponerle silencio era pon¬er la capucha sobre su jaula, para que creyera que había llegado la noche y se durmiera. Pues bien... Una mañana la solterona acababa de quitarle la capucha a la jaula del loro y hete aquí que viene... ¿quién creéis que viene? ¡Pues nada menos que el predicador! Entonces, la solterona corre hacia la jaula y vuelve a ponerle la capucha y luego deja entrar al predicador. (A lo lejos, por la derecha, suena un teléfono. Blanche se levanta de un salto y escucha.) Oh, debe ser arriba. (Vuelve a sentarse y reanuda su relato.) Pues bien... El loro se queda inmóvil..., silencioso como un ra¬tón. Pero en el preciso momento en que la solterona le pregunta al predicador cuánto azúcar quiere en el café, el loro rompe el silencio con estas palabras: «¡Maldita sea! ¡Qué corto ha sido este día!» (Blanche echa atrás la cabeza y ríe. Stella hace un inútil esfuerzo por parecer divertida. Stan¬ley, que ha estado comiendo otra costilla, no le ha prestado atención al chiste y se sigue chupando los dedos.) Al parecer, esto no ha divertido al señor Kowalski.

STELLA: -¡El señor Kowalski está demasiado atareado convir¬tiéndose en un cerdo para pensar en otra cosa! (A Stan¬ley, malignamente.) Tu rostro y tus dedos están repulsi¬vamente grasientos. Ve y lávate y déjame que quite la mesa.

(Pausa. Stanley mira a Stella. Repentinamente, con un rápido golpe, rompe el plato donde está la costilla y con un movimiento circular del brazo, arroja los restos del plato, los cubiertos y los residuos de la comida al suelo. Blanche lanza un gritito de susto y aparta los ojos. Stella mira absorta a Stanley, que se levanta y la enfrenta del otro lado de la mesa. Luego, ella aparta la cabeza, avergonzada.)

STANLEY (va al primer término y empuja la silla de la derecha hacia la mesa): -Así es como limpiaré la mesa. No vuel¬vas a hablarme nunca así. «¡Cerdo polaco..., repulsi¬vo..., vulgar..., grasiento!» ¡Demasiado habéis usado tú y tu hermana aquí esa clase de palabras! ¿Qué os habéis creído? ¿Que sois dos reinas? Recordad qué dijo Huey Long: «¡Todo hombre es un Rey!» ¡Y yo soy el Rey aquí, de modo que no lo olvidéis! (Toma su copa y la tira al rincón del primer término derecha, detrás de la puerta.) ¡Mi lugar queda limpio! ¿Queréis que limpie los vues¬tros?

(Tiende la mano hacia los demás platos. Stella los protege. Stanley mira a las mujeres y sale con majestuosos pasos al porche, va hacia su extremo derecho y se detiene, mirando al foro.)

BLANCHE: -¿Qué ha pasado mientras me estaba bañando? ¿Qué te dijo, Stella?

STELLA: -¡Nada, nada, nada!

BLANCHE: -¡Creo que te ha dicho algo sobre Mitch y sobre mí! ¡Creo que sabes por qué no ha venido Mitch esta noche, pero que no quieres decírmelo! (Stella menea la cabeza con aire de impotencia. Blanche, repentinamente, se pone de pie.) Voy a hablarle.

STELLA (poniéndose de pie, trata de detenerla): -Yo que tú no le hablaría, Blanche.

BLANCHE: -Voy a hablarle, voy a hablarle por teléfono.

STELLA (acongojada): -Preferiría que no lo hicieras.

BLANCHE (va al teléfono, descuelga el auricular, marca. Stella sa¬le al porche. Stanley no se vuelve para mirarla): -Me pro¬pongo conseguir una explicación de alguien.

STELLA (con tono de reproche, a Stanley): -Supongo que estarás contento de tu obra. Nunca me costó tanto tragar la comida. ¡Era tan penoso mirar el rostro de esa mucha¬cha y la silla vacía!

BLANCHE (en el teléfono): -Hola, el señor Mitchell, por favor. Ah... me gustaría dejar un número, si es posible. (Stella se asoma a la habitación para mirar a Blanche.) Magnolia 9047. (A esta altura, oímos risas, al principio silenciosas e íntimas... y pronto turbulentas y francamente obscenas, entre Eunice y Steve, en el apartamento de arri¬ba.) Y dígale que el recado es importante. Sí, muy importante. Gracias.

(Blanche cuelga el auricular. Se queda parada con aire impotente junto al teléfono, miran¬do a su alrededor. Entra en el dormitorio y se detiene frente al tocador.)

STANLEY (va hacia Stella y la arrastra al porche. La obliga a vol¬verse hacia él y la sostiene torpemente en los brazos): -Stella, todo marchará bien cuando ella se haya ido y haya nacido el niño. Todo volverá a marchar perfectamente entre tú y yo, como antes. ¿Recuerdas cómo vivíamos? ¿Las noches que pasábamos juntos? ¡Dios mío, tesoro, qué buena será la vida cuando podamos hacer ruido de noche como antes y encender las luces de colores y no esté la hermana de nadie detrás de las cortinas oyéndonos! (Blanche va hacia la cama y se sienta sobre ella. Steve y Eunice braman arriba. Stanley ríe y mira.) Steve y Eunice...

Stella toma el brazo de Stanley y lo lleva a la sala. Stanley empieza a recoger los fragmentos que están debajo del refrigerador. Stella va al armario y saca fósforos para encender las velas del pas¬tel de cumpleaños.

STELLA (al entrar, le habla a Stanley): -Ven. (Luego, acercándo¬se a las velas con el fósforo.) ¡Blanche!

BLANCHE (levantándose, va al centro): -Sí... Ah, esas bonitas velitas. (Stella enciende el fósforo. Blanche se abalanza y lo apa¬ga de un soplo.) ¡Oh, no las uses, Stella! (Stanley recoge los fragmentos del suelo, junto al refrigerador.) Guárdalas para los cumpleaños del niño. ¡Oh! ¡Espero que las velas bri¬llarán en su vida y que sus ojos serán como velas, como dos velas azules encendidas en un pastel blanco!

STANLEY (va hacia el cuarto de baño, habla cerca de la puerta): -¡Qué poesía!

(Entra en el cuarto de baño.)

BLANCHE (sentándose a la izquierda de la mesa y refiriéndose a su llamada telefónica): -No debí llamarlo.

STELLA (acercándose): -Pudieron suceder muchas cosas.

BLANCHE: -Eso no tiene excusa posible, Stella. No tengo por qué soportar insultos. No lo dejaré pasar así como así.

STANLEY (saliendo del cuarto de baño y yendo hacia el centro del escenario): -Oiga, Blanche. Usted sabe que aquí hace calor con el vapor del baño.

BLANCHE (golpeando con el puño en la mesa y gritando a voz en cuello): -¡Ya me he disculpado tres veces! (Volviéndose hacia Stanley.) Y tomo baños calientes para mis nervios. ¡A eso lo llaman hidroterapia! ¡Usted es un polaco sano y sin un nervio en el cuerpo, y no sabe naturalmente qué es la tensión nerviosa!

STANLEY (acercándose a Blanche): -Yo no soy polaco. Soy un norteamericano cien por ciento, nacido y criado en el país más grande del mundo y muy orgulloso de ello. De modo que no vuelva a llamarme polaco.

Suena el teléfono. Blanche se abalanza hacia él, con aire ex¬pectante.

BLANCHE: -¡Oh, es para mí, estoy segura!

STANLEY (yendo hacia el teléfono, la aparta): -Yo no estoy se¬guro. Quédese sentada. (Atiende el teléfono.) Hola. Oh, sí. Hola, Mac.

(Blanche ha dado un par de pasos hacia el teléfono, siguiendo a Stanley. Ahora regresa, casi se tamba¬lea, dando un paso hacia la derecha. Stella se adelanta, le toca el hombro.)

BLANCHE: -Oh, no me toques, Stella. ¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras con ese aire compasivo?

(Avanza rápidamente hacia el armario y toma la botella de licor, va hacia la mesa y se sirve una copa, bebiéndola de un trago sin apartarse de aquélla. Stella se reclina contra el refrigerador.)

STANLEY (gritándole a Blanche): -¿Quiere hacer el favor de callarse? (Al teléfono.) Tenemos en casa a una mujer al¬borotadora. Sigue, Mac. ¿En el bar de Riley? No, no quiero jugar a los bolos ahí. La semana pasada tuve una pequeña dificultad con Riley. ¿Acaso no soy el capitán del equipo? ¡Pues bien, no jugaremos en el bar de Riley, sino en el West Side o en el Gala! ¡Perfectamente, Mac! ¡Hasta luego! (Cuelga el auricular. Va hacia Blanche. Ste¬lla sigue parada junto al refrigerador. Stanley llevándose la mano al bolsillo de la chaqueta, con hipócrita amabilidad.) Hermana Blanche, tengo un regalito de cumpleaños para usted.

(Saca el sobre con el billete del autobús y lo abre a medias.)

BLANCHE: -¿De veras, Stanley? Yo no esperaba ninguno.

STANLEY (tendiéndole el sobre): -Espero que le gustará.

BLANCHE (abriendo el sobre y sacando el billete): -Pero, pero..., pero si es...

STANLEY: -¡Un billete! ¡Un billete de vuelta a Laurel! ¡En el Greyhound! ¡El martes!

Durante el resto de la escena, se oye «La Varsoviana.» Blanche intenta sonreír. Luego, procura reír. Renuncia a ambas cosas y se vuelve con aire acusador hacia Stella. Repentinamente, corre al dormitorio y se arroja sobre la cama, prorrumpiendo en llanto con profunda congoja. Se detiene en el centro de la habitación, sin sa¬ber a dónde correr, y por fin convulsionada por los sollozos, se lan¬za al cuarto de baño y se encierra allí dando un portazo. Stanley ha ido al centro de la sala. Stella se le acerca.

STELLA: -No tenías necesidad de hacer eso.

STANLEY: -No olvides lo mucho que la he aguantado.

STELLA (siguiéndolo): -No tenías por qué ser tan cruel con una muchacha solitaria como ella.

STANLEY: -Es muy delicada.

STELLA: -Lo es. Lo fue. Tú no conociste a Blanche cuan¬do niña. Nadie, nadie fue tan tierno y confiado como ella. Pero la gente como tú la maltrató, la obligó a cambiar.

Stanley va hacia el baúl, que durante las dos escenas inicia¬les de este acto ha permanecido cerrado y cubierto por una bella en¬voltura reticular y comienza a sacar de él su chamarra verde de jugar a los bolos. Stella se le acerca.

STELLA: -¿Crees que irás a jugar bolos, ahora?

STANLEY: -Claro. (Empieza a ponerse la chamarra.)

STELLA: -Pues no irás. (Lo agarra del brazo izquierdo.) ¿Por qué has hecho eso?

STANLEY (a quien la violenta presión de Stella sobre su brazo ras¬ga la camisa): -Suéltame la camisa. ¡Me la has roto!

STELLA (con frenesí): -¡Quiero saber por qué! ¡Dime por qué!

STANLEY (obligándola a retroceder un poco y tratándola con cier¬ta rudeza): -Cuando tú y yo nos conocimos, te parecí vulgar. ¡Cuánta razón tenías, nena! ¡Yo era vulgar como la tierra! Me mostraste la fotografía de la casa de las co¬lumnas. ¡Yo te aparté de esas columnas y te derribé al suelo, y cómo te gustó ver brillar las luces de colores! ¿Acaso no fuimos felices, acaso todo no marchó bien hasta que apareció ella? (Stella se libra de él, se acerca pe¬nosamente al refrigerador y se apoya contra él. Stanley va al foro, se acerca al sofá, enfrentándola, gritando.) ¿Y no fui¬mos felices, juntos? ¿No marchó bien todo hasta que apareció ella, muy remilgada, llamándome gorila? (Pau¬sa. Stanley empieza a ponerse la chamarra, se gira, escudri¬ña a Stella. Ve que su mujer sufre. Se le acerca rápidamente y dice con dulzura:) ¡Eh! ¿Qué te pasa, Stella? ¿Te he hecho daño? ¿Qué hay, nena?

STELLA (aferrándose a la puerta de la calle para no caerse, con voz débil): -Llévame al hospital...

Stanley la sostiene rápidamente y salen.

voz DEL VENDEDOR CALLEJERO: -Maíz caliente...; maíz ca¬liente...



Se apagan las luces y cae el
TELÓN







ESCENA TERCERA

Esa misma noche, un poco más tarde.

Las habitaciones están vagamente iluminadas. Blanche se halla sentada en una postura tensa en la butaca del dormitorio, con un vaso en la mano. En sus oídos, resuena todavía «La Varso¬viana.» Viste un peinador. Ha estado bebiendo para huir de la sensación de catástrofe que la está envolviendo. El ventilador del dormitorio gira, casi silenciosamente.

En la calle, pasando el foro de izquierda a derecha, la Flo¬rista, una vieja mexicana, pregona sus mercancías: «Flores para los muertos. Coronas. Flores.»

Cuando sale por la derecha, entra Mitch por el mismo lado. Viste ropa de trabajo. Va presurosamente hacia la puerta de calle del apartamento y llama. No hay respuesta. Repite el golpe. Deja de oírse «La Varsoviana.»

BLANCHE (sobresaltada): -¿Quién es, por favor?

MITCH (con ronca voz): -Yo... Mitch.

BLANCHE (se levanta): - ¡Mitch! ¡Un momento! (Corre de un lado a otro frenéticamente, con el vaso, y yendo hacia la mesa para ocultar la botella de licor. Entra precipitadamente en la sala, mira a su alrededor, esconde la botella y el vaso bajo el sofá. Luego, corre hacia el tocador, ya completamente fue¬ra de sí, trémula y murmurando. Se retoca la cara y se pei¬na. Mitch llama a la puerta, irrumpe por ella y se detiene al entrar en la habitación vagamente iluminada. Blanche vuelve de prisa a la sala. Mitch da la vuelta a la mesa, ser¬vida aún después de la cena de cumpleaños, con el pastel y los adornos.) ¡Mitch! ¡No debí dejarlo entrar después de la forma como me trató esta noche! ¡Fue tan poco caba¬lleresco! ¡Hola, hermoso! (Mitch pasa a su lado rozándo¬la y va hacia el dormitorio y luego vuelve al foro hacia el lecho. Lo molesta la corriente del ventilador.) ¡Dios mío, qué indiferencia! (Cierra la puerta.) ¡Y qué ropa rústica! (Se le acerca.) Pero..., ¡si usted ni siquiera se ha afeitado! Con todo, le perdono. Le perdono porque me alivia tanto verlo... Cuando lo vi, desapareció la melodía de esa polca que me resonaba en la cabeza. ¿Lo ha perse¬guido alguna vez una melodía? (Se le ha acercado mu¬cho.) No, claro que no, angelito tonto. ¡A usted nunca le resonaría nada horrible en la cabeza!

MITCH (se frota la nuca, ya le molesta el aire frío del ventilador): -¿Es forzoso que funcione ese ventilador?

BLANCHE (yendo hacia éste, suspendido en la pared sobre el toca¬dor): -¡No!

MITCH: -No me gustan los ventiladores.

BLANCHE: -Entonces apaguémoslo, querido. No tengo debi¬lidad por esos aparatos. (Lo apaga, tocando un botón in¬visible al pie del soporte.) No sé qué bebidas hay. No... lo he averiguado.

(Se dirige a la sala.)

MITCH: -No quiero licor de Stan.

BLANCHE (a su derecha, deteniéndose): -No es de Stan. ¡En realidad, algunas de las cosas que están aquí son mías! ¿Cómo está su madre? ¿No está bien?

(Se oye «La Varso¬viana.»)

MITCH: -¿Por qué?

BLANCHE: -Esta noche pasa algo, pero no importa. (Al oír la música, se aparta de él y va hacia la butaca.) No... interro¬garé al testigo. Simplemente... (Se toca con aire indeciso la frente.) ...¡fingiré que no advierto nada de distinto en usted! Esa música..., de nuevo.

MITCH (se le acerca): -¿Qué música?

BLANCHE: -Esa melodía de la polca que tocaban cuando Allan... (Aliviada. Una detonación lejana. La música cesa bruscamente.) ¡Eso es, el tiro! La música siempre deja de oírse entonces. Sí, ahora ya no se oye.

(Avanza hacia la derecha.)

MITCH (siguiéndola): -¿Está loca, Blanche?

BLANCHE (pasando a la sala): -Veré qué puedo hallar en ma¬teria de... (Vuelve a él.) Oh, a propósito, discúlpeme por no haberme vestido. ¡Pero, prácticamente, yo había re¬nunciado a usted! ¿Se le olvidó su invitación a cenar?

(Va hacia el armario, revuelve ruidosamente las botellas y saca un vaso limpio.)

MITCH (a la izquierda de la puerta del centro): -Yo no quería volver a verla.

BLANCHE: -¡Espere! ¡No oigo lo que me dice y usted es tan po¬co hablador, que cuando dice algo no quiero perderme una sílaba! (Vuelve al dormitorio, se acerca a la cama. Va de¬trás de la mesa. Mitch pone su pie derecho sobre la cama, cerca de la cabecera, mirando al foro.) ¿Qué estoy buscando aquí? (Se detiene, indecisa, junto a la mesa. Alza el vaso que ha traído del armario.) ¡Ah, sí, el licor! ¡Esta noche hemos vi¬vido tantas emociones que he perdido la cabeza! (Recuer¬da la botella que está debajo del canapé, va allí y la saca.) ¡Aquí hay algo! ¡El Consuelo del Sur! (Parada en el vano de la puerta, de frente a Mitch.) ¿Qué será esto, digo yo?

(Va hacia Mitch, llevando la botella y el vaso.)

MITCH: -Si no lo sabe, debe de ser de Stan.

BLANCHE (retirando el pie de Mitch de la cama): -Saque el pie de la cama. La colcha está limpia. (Va hacia la butaca y se sirve bebida.) Naturalmente, ustedes los hombres no notan esas cosas. Me he ocupado tanto de este aparta¬mento desde que estoy aquí...

MITCH: -Apostaría a que sí.

BLANCHE: -Usted vio el apartamento antes de que yo viniera. Bueno, pues mírelo ahora. Este cuarto está casi... ¡ex¬quisito! Quiero conservarlo así.

MITCH: -¿Acaso no se va pronto?

(Se le acerca.)

BLANCHE (prueba el licor): -¡Me pregunto si habría que mez¬clarle algo a esta bebida! Hum... ¡es dulce, tan dulce! ¡Espantosamente dulce! ¡Pero si es un cordial, al pare¬cer! ¡Sí, eso es, un cordial! (Mitch gruñe. Blanche le ofrece su vaso.) Temo que no le gustará, pero pruébelo y quizá le guste.

MITCH: -Ya le he dicho que no quiero el licor de Stan. ¡Y lo he dicho en serio! (Blanche va al primer término izquier¬da y Mitch se le acerca un poco.) Usted no debiera tocarlo. ¡Stanley dice que usted ha estado bebiéndosele el licor todo el verano como un gato montés!

BLANCHE (se vuelve hacia él):- ¡Qué afirmación absurda! ¡Es absurdo que él lo diga y absurdo que usted lo repita! (Va hacia el armario y repone la botella y el vaso. Mitch la sigue.) ¡No descenderé al nivel de tan vulgares acusaciones para contestarlas siquiera! ¿En qué piensa? (Se le acerca un poco.) ¡Veo algo en sus ojos!

MITCH: -¡Qué oscuridad hay aquí!

BLANCHE: -La oscuridad me gusta. (Aprensivamente, se aleja de él.) Me consuela.

(Va a la derecha.)

MITCH: -Creo que nunca la he visto a la luz. ¡Sí! ¡Así es!

(Se acerca al conmutador de la columna del foro y enciende la luz de arriba.)

BLANCHE: -¿De veras?

(Huye de Mitch y la luz del dormitorio.)

MITCH (siguiéndola de cerca): -Nunca la he visto por la tarde.

BLANCHE (junto al tocador): -¿Acaso tengo yo la culpa?

MITCH (siguiéndola): -Usted nunca quiere salir por la tarde.

BLANCHE (rehuyéndolo, se acerca al cuarto de baño): -¡Pero, Mitch...! ¡Por la tarde, usted está en la fábrica!

MITCH (persiguiéndola): -El domingo no. Usted nunca quie¬re salir conmigo antes de las seis, y además siempre va¬mos a un lugar poco iluminado.

BLANCHE: -Eso que me dice lleva alguna intención no muy clara, pero no logro adivinarla.

MITCH (sin esperar a que Blanche concluya de hablar, la obliga a volverse hacia él): -Lo que quiero decir, es que nunca he podido verla bien, Blanche. (La suelta y va hacia el so¬porte que sostiene la pantalla de papel encima del tocador.) ¡Encendamos esta luz!

(Toma la silla del tocador y la lle¬va al primer término.)

BLANCHE (desde primer término, con temor): -¿Luz? ¿Qué luz? ¿Para qué?

MITCH: -¡Ésta, con la pantalla de papel!

Arranca la pantalla del foco y la tira al suelo delante de Blanche. Ella se hinca de rodillas con un gritito, y quiere levan¬tarla.

BLANCHE: -¿Por qué hizo eso?

MITCH (acercándosele): -¡Para poder verla bien, bien y con claridad!

BLANCHE: -¡Naturalmente, usted no se propondrá insultarme!

MITCH: -No, sólo quiero ser realista.

BLANCHE: -No quiero realismo. Quiero... ¡magia!

MITCH (riendo): -¡Magia!

BLANCHE (de rodillas, aún): -¡Sí, sí, magia! Trato de darle eso a la gente. Le tergiverso las cosas. No le digo la verdad. Le digo lo que debiera ser la verdad. ¡Y si eso es un pe¬cado, que me condenen por él! ¡No encienda la luz!

MITCH (va hacia la luz, la enciende con seco chasquido, vuelve, obliga a Blanche a levantarse, la hace retroceder contra el to¬cador, empujando su rostro hacia el despiadado resplandor del foco descubierto. Y dice, lenta y amargamente): -No me importa que usted sea menos joven de lo que yo creía. Pero todo lo demás... (Pausa. Grita.) ¡Dios mío! (Deja caer los brazos y se aparta un paso de ella.) ¡Toda esa charla sobre sus ideales a la antigua y toda esa música celestial que me ha estado prodigando durante el verano! Oh, yo sabía que usted no tenía ya dieciséis años. Pero fui lo bastante estúpido para creerla honesta.

BLANCHE (reclinándose contra el tocador, enfrentándolo): -¿Quién le dijo que no era... honesta? ¿Mi afectuoso cuñado? Y usted le creyó.

MITCH (da un paso hacia ella): -¡No! Al principio, lo llamé embustero. Y luego, verifiqué su relato. En primer lu¬gar, le pregunté a nuestro proveedor, que pasa por Lau¬rel cuando viaja. Y más tarde, hablé directamente por larga distancia con ese comerciante.

BLANCHE: -¿Qué comerciante?

MITCH: -Kiefaber.

BLANCHE: -¡El comerciante Kiefaber, de Laurel! Lo conozco. Me llamó con un silbido. Lo puse en su lugar. De modo que ahora, en venganza, inventa fábulas sobre mí.

Las frases siguientes se superponen la una a la otra, dada la rapidez con que se dicen.

MITCH: -¡Tres personas, Kiefaber, Stanley y Shaw, me han jurado que ésa es la verdad!

BLANCHE (interrumpiéndolo sobre la palabra «Kiefaber»): - ¡Bah! ¡Tres hombres para una misma fábula... y qué fábula re¬pulsiva!

MITCH (interrumpiéndola cuando dice por primera vez «fábula»): -¿No vivió usted en un hotel llamado El Flamenco?

BLANCHE: -¿El Flamenco? ¡No! ¡Se llamaba La Tarántula! ¡Viví en un hotel llamado Los Brazos de la Tarántula!

MITCH (aturdido): -¿Los Brazos de la Tarántula?

BLANCHE: -¡Sí, es una gran araña! Era allí donde llevaba a mis víctimas. (Pausa.) Sí, tuve muchas intimidades con extraños. Después de la muerte de Allan... sólo podían llenar el vacío de mi corazón, al parecer, las intimidades con extraños. (Pausa.) Creo que era el pánico... sim¬plemente el pánico lo que me empujaba de uno a otro, buscando alguna protección... en los lugares más in¬verosímiles. Hasta la busqué, por fin, en un niño de diecisiete años... (A Mitch.) Pero alguien le escribió al director: «¡Esa mujer es moralmente inepta para de¬sempeñar ese empleo!» ¿Era verdad? Supongo que sí... inepta en cierto modo, al menos... De manera que vine aquí. No tenía adónde ir. Estaba liquidada. ¿Sabe qué significa estar liquidada? Mi juventud había desapare¬cido repentinamente como el chorro de agua de un sur¬tidor y... lo conocí a usted. Usted me dijo que necesi¬taba a alguien. Pues bien. Yo necesitaba a alguien, también. ¡Le di las gracias a Dios por haberlo hallado, porque usted parecía tan amable... una grieta en la roca del mundo, una grieta en la cual yo podía ocultarme! (Blanche va hacia Mitch y lo toca. Él retrocede. Blanche va lentamente hacia la sala, hablando al caminar, y llega hasta la mesa.) ¡Pero supongo que pedía demasiado, que con¬fiaba en obtener demasiado! (Entra a la derecha del foro, se oye acercarse a la Vendedora Mexicana, y su pregón, «Flores, para los muertos», se distingue vagamente al prin¬cipio y luego con más claridad.) Kiefaber, Stanley y Shaw ataron una vieja lata a la cola de la cometa.

MITCH (se le acerca): -Usted me mintió, Blanche.

BLANCHE (se vuelve hacia él): -No diga que le mentí.

MITCH: -Mentiras, mentiras, por dentro y por fuera, todas mentiras.

BLANCHE: -Por dentro, nunca. Yo no mentía en mi corazón. ¡Yo le fui sincera en mi corazón...! ¡Siempre! ¡Siempre!

La Mexicana ha aparecido a esta altura, trayendo sus flores baratas, y entra al porche. Cuando Blanche dice el primer «siempre» de la frase anterior, la Mexicana murmura: «¡Flores!» en el porche.

BLANCHE (al oír el pregón «¡Flores!» en el porche): -¿Qué?

VENDEDORA MEXICANA: -¡Flores!

BLANCHE: -Oh, hay alguien afuera...

(Va hacia la puerta. La abre, mira absorta a la Mexicana. Se oye «La Varsoviana.»)

MEXICANA (continuando, junto a la puerta de calle): -Flores. ¡Flores para los muertos!

BLANCHE (asustada): -¡No, no! ¡Ahora, no! ¡Ahora, no!

(Se lanza al apartamento, cerrando con un portazo.)

MEXICANA (volviéndose y dirigiéndose hacia el foro derecha, a través de la calle): -Flores para los muertos.

BLANCHE (acercándose lentamente a la mesa): -Yo vivía en una casa donde las viejas moribundas recordaban a sus hom¬bres muertos...

MEXICANA (en la calle, yendo hacia la salida del foro izquierda): -Flores. Flores para los muertos...

BLANCHE (como para sí): -Desmoronamiento y de¬sesperación... remordimientos... recriminaciones...

MEXICANA: -Coronas...

BLANCHE: -«¡Si usted hubiese hecho eso, no me habría cos¬tado aquello!» (Va rápidamente hacia el sofá.) ¡Legados!

MEXICANA: -Coronas para los muertos. Coronas...

BLANCHE: -Y otras cosas, tales como las fundas de las almoha¬das manchadas de sangre... ¡Hay que cambiarle la ropa de cama!... Sí, madre. Pero... ¿no podríamos encargárselo a una muchacha de color?... No, no podríamos hacerlo, naturalmente... Todo ha desaparecido, menos...

MEXICANA (cruzando): -Flores...

BLANCHE: -la muerte.

MEXICANA: -Flores para los muertos...

BLANCHE: -Yo solía sentarme ahí y ella, allá, y la muerte esta¬ba tan próxima como usted.

MEXICANA: -Coronas...

BLANCHE: -Ni siquiera nos atrevíamos a admitir que había¬mos oído hablar de ella.

MEXICANA: -Coronas para los muertos...

(Sale por el foro iz¬quierda.)

BLANCHE: -La muerte.

MEXICANA: -Flores...

BLANCHE: -Lo opuesto, es el deseo.

MEXICANA (su voz se oye débilmente): -Flores...

BLANCHE: -¿De modo que usted duda? ¿Por qué duda?

MEXICANA (voz muy débil, se oye apenas por la izquierda): -Coronas...

BLANCHE (sentada a la izquierda de la mesa): -No lejos de Belle Rêve, antes de que la perdiéramos, había un campamen¬to donde se adiestraban jóvenes soldados. Los sábados por la noche, venían al pueblo y se emborrachaban. Y cuando regresaban, se acercaban tambaleando a mi par¬que y llamaban: «¡Blanche! ¡Blanche!» La vieja sorda que había quedado no sospechaba nada. Pero yo solía escabullirme afuera al oír sus llamadas... Más tarde, el carro los recogía como si fueran margaritas... para emprender el largo regreso...

Al decir «al oír sus llamadas» Blanche se ha levantado, yen¬do al foro derecha. Mitch la sigue rápidamente, le rodea el talle con los brazos y la obliga a volverse. En el primer momento ella lo aferra, apasionadamente, luego lo aparta. Mitch la agarra con ru¬deza, quedándose con unas cuantas hebras de su cabello en la mano izquierda.

BLANCHE: -¿Qué quiere?

MITCH (tratando torpemente de abrazarla): -Lo que he estado echando de menos durante todo el verano.

BLANCHE: -¡Entonces, cásese conmigo, Mitch!

MITCH: -¡No! ¡Usted no es lo bastante pura para llevarla a casa de mi madre!

BLANCHE (alzando la voz); -Entonces, váyase. (Mitch la mira absorto, luego empieza a retroceder en torno de la mesa en dirección a la puerta.) ¡Váyase de aquí, pronto, antes de que empiece a gritar «Fuego»! (Mitch sale precipitada¬mente y se va por el foro derecha. Blanche se queda parada en el umbral, gritando.) ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego!



Se apagan las luces y
TELÓN





ESCENA CUARTA

Esa noche, pocas horas después.

Blanche ha estado bebiendo, con pocas interrupciones, desde la escena anterior. Ha abierto su baúl guardarropa y tirado una buena cantidad de su vistosa indumentaria por todo el aparta¬mento. Las camas, la butaca y el baúl están cubiertos de atavíos. El joyero se halla sobre la tapa del baúl.

Una botella, mudo testigo, está sobre el tocador. (Es la bote¬lla usada más adelante para amenazar en esta escena.)

Blanche está de pie delante del tocador, con un vaso en la mano. Viste un traje de noche de satén blanco, algo sucio y arruga¬do y un par de gastadas pantuflas. Luce una diadema de piedras sobre el revuelto cabello. La posee una histérica alegría y le parece oír los aplausos y comentarios favorables de sus amigos de antaño en una fiesta de Belle Rêve.

BLANCHE: -¿Qué les parece si nadáramos, si nadáramos a la luz de la luna en la vieja cantera? ¡Si alguien no estuvie¬ra ebrio y pudiese manejar un automóvil! ¡Es la mejor manera de ahuyentar los zumbidos de la cabeza! ¡Pero tengan cuidado al zambullirse en la parte honda de la laguna, porque si no, no saldrán a la superficie hasta mañana! (Stanley entra por la derecha primer término y penetra en el apartamento. Viste aún su camisa rota y vuelve del hospital. Trae una gran bolsa de papel que con¬tiene una botella de cerveza, otra de licor, un abridor y donas. La puerta del apartamento está abierta. La deja así, pone la bolsa sobre la mesa y va hacia el refrigerador. Saca un vaso del armario. Entonces, ve a Blanche. Y comprende la situación. Se oye la música de «Good Night, Ladies», mientras Blanche les habla a su grupo de admiradores espectrales.) ¡Oh, Dios mío! Están tocando «Good Night, Ladies.» ¿Puedo descansar mi fatigada cabeza sobre su hombro? Es tan consolador...

(Se queda parada en el centro del foro del dormitorio, apoyando su cabeza contra su mano. Cesa la música.)

STANLEY: -Hola, Blanche.

BLANCHE (adelantándose): -¿Cómo está mi hermana?

STANLEY (deja un vaso sobre la mesa): -Le va muy bien.

BLANCHE: -¿Y el niño?

STANLEY (sonriendo amablemente): -El niño no llegará antes de la mañana, de modo que me dijeron que me viniese a casa y durmiera un rato.

(Saca las botellas y las pone so¬bre la mesa.)

BLANCHE (avanza, entrando en la sala): -¿Significa eso que estaremos solos aquí?

STANLEY (mira a Blanche, que va hacia el aparador): -Sí. Usted y yo, Blanche. Solitos. ¿Para qué se ha puesto esas boni¬tas plumas?

BLANCHE (en el dormitorio): -¡Ah, claro! Usted se fue antes de que llegara mi telegrama.

STANLEY: -¿Ha recibido un telegrama?

BLANCHE: -Sí, de un viejo admirador mío.

STANLEY (junto a la mesa): -¿Algo bueno?

BLANCHE: -Así lo creo. Una invitación.

STANLEY: -¿Para qué?

BLANCHE (yendo hacia el baúl): -¡Para un crucero por el Cari¬be en yate!

STANLEY: -Vamos. ¡Qué interesante!

BLANCHE: -Nunca me he sentido tan asombrada en toda mi vida.

STANLEY: -Me lo imagino.

BLANCHE: -¡Me llegó como un rayo del cielo!

STANLEY (junto a la mesa): -¿De quién era el telegrama, me dijo?

BLANCHE (en el centro): -De un viejo galán mío.

STANLEY (toma la botella del licor y se adelanta hacia ella): -¿El que le regaló los zorros?

(Saca la botella de cerveza de la bolsa.)

BLANCHE: -El señor Shep Huntleigh. Usé su distintivo du¬rante mi último curso en la universidad. No lo había vuelto a ver hasta navidad. Nos encontramos en Biscayne Boulevard. Y luego... justamente ahora... ese te¬legrama... ¡Invitándome a un crucero por el Caribe! ¡El problema es la ropa! ¡Me precipité a mi baúl para ver cuáles de mis vestidos son adecuados para los trópicos!

(Va hacia el baúl.)

STANLEY: -¿Y para ir con esa... suntuosa... diadema... de dia¬mantes?

BLANCHE: -¡Esta vieja reliquia! Sólo son piedras de imi¬tación.

STANLEY: -¡Vaya! Creí que eran diamantes de Tiffany.

BLANCHE: -Bueno. De todos modos, me agasajarán como es debido.

STANLEY (deja la botella de licor sobre la mesa): -Ya lo ve. Nun¬ca se sabe qué nos espera.

BLANCHE: -En el preciso momento en que yo creía que me abandonaba la suerte...

STANLEY: -Aparece en escena ese millonario de Miami.

BLANCHE: -Ese hombre no es de Miami. Es de Dallas.

STANLEY (entrando en el dormitorio y quitándose la camisa): -¿Ese hombre es de Dallas?

BLANCHE: -¡Sí, de Dallas, donde el oro brota a chorros de la tierra!

STANLEY (quitándose la camisa y tirándola sobre el escritorio): -¡Bueno, el caso es que es de alguna parte!

BLANCHE (moviéndose con indecisión junto al baúl): -Corra las cortinas antes de seguirse desvistiendo.

STANLEY (amablemente): -Por ahora, no me quitaré más que eso. (Va hacia el refrigerador. Ella se retira al dormitorio, envolviéndose en un velo roto y mirándose de soslayo en el espejo.) ¿Ha visto por ahí un abridor? (Escudriña en el ar¬mario.) Yo tenía un primo que era capaz de abrir con los dientes una botella de cerveza. (Va hacia la mesa, se sien¬ta sobre ella, saca la botella de cerveza, se dispone a abrir¬la.) Esa era su única hazaña, todo lo que sabía hacer... Sólo era un abridor humano. (Se sienta a la mesa.) ¡Y luego, una vez, en una boda (encuentra el abridor en la bolsa de papel) se rompió los dientes! Desde entonces, estaba tan avergonzado de sí mismo que se escabullía de la casa cuando venía gente... (Abre la botella, dejando que la cerveza se derrame sobre sus brazos y su cuerpo.) ¡Lluvia celestial! (Bebe.) ¿Qué me dice, Blanche? (Se levanta, entra en el dormitorio.) ¿Enterramos el hacha de la guerra y la convertimos en una copa?

BLANCHE (aterrorizada, se lanza a la sala): -No, gracias.

STANLEY (dejando la botella de cerveza sobre la mesa): -¡Oh, va¬mos, Blanche!

BLANCHE (a la derecha de la puerta del centro): -¿Qué hace us¬ted aquí?

STANLEY (sentándose sobre la cama, saca un cajón de debajo de ésta y encuentra allí una camisa de pijama de seda encar¬nada): -Aquí hay algo que siempre luzco en ocasiones especiales como ésta. ¡El pijama de seda que usé en mi noche de bodas!

(Aferra el pijama, cierra el cajón y lo en¬vía de un puntapié debajo de la cama.)

BLANCHE:-¡Ah!

STANLEY: -¡Y cuando suene el teléfono y me digan: «Usted tiene un hijo», rasgaré esto y lo agitaré como una ban¬dera! (Blanche va al centro del foro. Stanley levanta y agi¬ta el pijama y se pone de pie.) ¡Creo que ambos tenemos derecho a enorgullecernos! (Se seca la cara con el pijama y lo tira sobre el tocador. Entra en la sala. Ella va hacia el foro para rehuirlo.) ¡Usted tiene un millonario del petró¬leo y yo voy a tener un hijo!

(Va hacia la mesa.)

BLANCHE (que ha retrocedido para dejarlo pasar. Se para junto a la columna, manteniendo la cortina entre ellos y mira a la iz¬quierda): -¡Cuando pienso en lo divino que será volver a tener intimidad... me dan ganas de llorar de alegría!

STANLEY (junto a la mesa. Come donas de la bolsa de papel): -¿Ese millonario de Dallas no la molestará algo en su intimi¬dad?...

BLANCHE (en el umbral): -Eso no será lo que usted piensa. Ese hombre es un caballero y me respeta. (Improvisan¬do febrilmente.) Lo que quiere es mi camaradería. ¡Las grandes riquezas suelen hacer solitaria a la gente! (Está en el dormitorio, junto a la columna. Stanley se sienta a la izquierda de la mesa, con los pies en la silla.) ¡Una mujer culta, una mujer inteligente y educada puede enriquecer inconmensurablemente la vida de un hombre! Yo puedo ofrecerle esas cosas y el tiempo no se las lleva. La belleza física es efímera, un bien transitorio. ¡Pero la belleza del alma y la riqueza del espíritu y la ternura del corazón -¡y yo tengo todas esas cosas!-, no nos son arrebatadas, sino que crecen! ¡Aumentan con los años! ¡Qué extraño es que me llamen indigente! ¡A mí, que tengo ence¬rradas en mi corazón todas esas riquezas! ¡Me considero rica, muy rica! Pero he sido tonta... al derrochar mis perlas ante...

STANLEY: -Ante los cerdos... ¿eh?

BLANCHE (protegiéndose con la cortina): -¡Sí, los cerdos! ¡Los cerdos! Y no sólo me refiero a usted, sino a su amigo el señor Mitchell. Vino a verme esta noche. (Se acerca a Stanley.) ¡Se atrevió a venir a verme con su ropa de traba¬jo! ¡Y a repetirme calumnias, malignas fábulas oídas de usted! ¡Y le di el pasaporte!

(Va al centro del escenario.)

STANLEY: -Conque se lo dio... ¿eh?

BLANCHE (a la derecha de la columna, dejando caer la cortina): -Y luego, volvió. Volvió con una caja de rosas a pedirme per¬dón. Imploró mi perdón. Pero hay cosas imperdonables. La crueldad deliberada es imperdonable. (Stanley se le¬vanta y se le acerca un poco.) Es lo único imperdonable, en mi opinión, y lo único de lo cual nunca he sido culpable. Y así se lo dije. Le dije: Gracias, pero he cometido una estupidez al creer que podríamos amoldarnos algún día el uno al otro. Nuestras maneras de vivir son demasiado distintas. (Stanley se reclina contra el respaldo de la silla.) Nuestro modo de pensar y el ambiente en que nos he¬mos criado son incompatibles. En esas cosas, tenemos que ser realistas. ¡De modo que adiós, amigo mío! Y que no haya rencores...

(Va hacia el sofá.)

STANLEY: -¿Ocurrió eso antes o después de la llegada del te¬legrama de Texas?

BLANCHE (va al primer término de la sala, se detiene bruscamen¬te): -¿Qué telegrama? (Se vuelve a medias hacia Stanley y luego va hacia la izquierda.) ¡No! ¡No! ¡Después! En realidad, el telegrama vino en el preciso momento en que...

STANLEY (interrumpiéndola. La sigue y la empuja, haciéndola caer sobre el sofá): -¡En realidad, no hubo tal telegrama!

BLANCHE (sentada en el sofá): -¡Oh, oh!

STANLEY (está a su izquierda): -¡No hay tal millonario y Mitch no volvió con rosas, porque yo sé dónde está!

BLANCHE:-¡Oh!

STANLEY: -¡No hay nada, nada más que imaginación y menti¬ras y engaños y tretas! (Aferra la cola del vestido de Blanche.) ¡Y mírese! (Le arroja la cola encima.) ¡Mírese a sí misma en ese raído atavío de martes de carnaval, al¬quilado por cincuenta centavos a algún trapero! (Hace chasquear los dedos.) ¡Y con esa extravagante corona en la cabeza! (Le arranca la tiara y la arroja al primer término.) ¿Qué Reina cree usted ser?

BLANCHE (levantándose, huye a la derecha de la mesa): -Oh, Dios mío...

STANLEY (junto a la mesa, siguiéndola): -Le he adivinado el juego desde el primer momento. (Blanche huye a la dere¬cha, y luego, como él la sigue, va hacia el centro, encogida y asustada. Stanley se queda parado a la derecha de la mesa, mirándola con ira.) ¡Usted no consiguió engañarme ni una sola vez! (Blanche retrocede hasta el dormitorio. Stanley se adelanta al centro.) ¡Usted viene aquí y lo salpica todo con polvo y con el vaporizador de perfume y cubre el foco con una pantalla de papel, y he aquí que el apartamento se convierte en Egipto y que usted es la reina del Nilo! (Blanche retrocede hasta el cuarto de baño. Stanley la per¬sigue, implacablemente.) ¡Sentada en su trono y bebiendo mi licor! Muy bonito... ¡Ja, ja! (La aferra firmemente, mientras a ella poco le falta para desfallecer bajo su presión.) ¿Me oye? ¡Ja... ja... ja...! (La aparta hacia la izquierda. Toma su pijama del tocador y entra en el cuarto de baño, cer¬rando con un portazo. Se oye un alarido detrás de la escena, al foro izquierda. Desde la calle y desde el café, derecha de foro, llegan excitados murmullos. Blanche se precipita al teléfono. Se sienta en el sofá junto al aparato, aterrorizada por los rui¬dos callejeros. Mientras marca el número, en la calle se oye lo siguiente: una Mujer ríe demencialmente y entra corriendo en la calle por el foro izquierda, con una bolsa. Un hombre en esmoquin la sigue, protestando. La Mujer lo golpea. La baraúnda que se oye fuera del escenario, a la derecha, aumenta. Otro Hombre entra corriendo por la derecha y ataca al Primer Hombre por detrás. Se oyen silbatos policiales y una sirena lejana y gemidos del caído, mientras sus atacantes desaparecen por derecha e izquierda.)

BLANCHE (mientras sucede esto, al teléfono): -¡Telefonista, tele¬fonista! ¡Déme larga distancia, por favor! Quiero co¬municarme con el señor Shep Huntleigh, de Dallas. Es tan conocido que no hace falta dar su dirección. Pre¬gúntele simplemente a cualquiera que... ¡Espere! No, yo no podría encontrarlo en este momento... Comprenda, por favor... Yo... ¡No! ¡Espere! ¡No puedo! ¡No puedo! (Deja el teléfono, trémula. Un Hombre entra corriendo por el foro derecha, perseguido por tres bribones que lo atacan y se les une otro Hombre que llega por el centro. Más silbatos policiales. Los Hombres desaparecen por la derecha y se oye el excitado murmullo de sus voces. El Hombre Herido se aleja tambaleándose por el foro derecha. Blanche, asustada, va hacia el baúl, toma su joyero y un par de vestidos y sale al porche, donde se encuentra cara a cara con los ladrones en el momento en que van a salir por la derecha. Vuelve a preci¬pitarse al apartamento, dejando abierta la puerta. Va de nuevo al teléfono, se arrodilla a su lado, aferra sus cosas.) ¡Telefonista! ¡Telefonista! No necesito larga distancia. Póngame con la Western Union. ¡No hay tiempo que perder! ¡Western... Western Union! (Pausa.) ¿Con la Western Union? ¡Sí! Quiero que... Anoten este telegra¬ma: «¡Estoy en una situación desesperada, desesperada! ¡Ayúdeme! ¡Estoy en una trampa! Atrapada...»

(Oye un ruido que llega de la puerta del cuarto de baño. Stanley sale de allí. Ha apagado la luz del cuarto de baño. Viste su pija¬ma de seda roja. Sonríe burlonamente a Blanche, que se le¬vanta y retrocede, alejándose del teléfono, en el que se oyen chasquidos secos, con el auricular descolgado y repone el au¬ricular.)

STANLEY: -Ha dejado descolgado el auricular.

(Toma la bote¬lla de cerveza de la butaca. Pasa delante de Blanche, y va al rincón del foro derecha. Pone la botella en el armario. Lue¬go, cierra intencionadamente la puerta.)

BLANCHE (junto al sofá. Yendo hacia él): -¡Déjeme salir... déje¬me salir...!

STANLEY (junto a la puerta del foro): -¿Que la deje salir? ¡Có¬mo no! Salga.

BLANCHE (indicando a la izquierda): -¡Quédese... quédese ahí!

STANLEY (empujando la silla debajo de la mesa): -Ya le sobra espacio para pasar.

BLANCHE: -¡No pasaré si se queda ahí! ¡Pero tengo que salir de un modo u otro!

(Se lanza frenéticamente al dormito¬rio. Corre las cortinas. Va hacia el tocador.)

STANLEY (la sigue y descorre las cortinas): -¿Cree que se lo im¬pediré? (Bajando la voz.) Si bien se piensa... quizá no me resultará tan desagradable... impedírselo...

BLANCHE (junto al tocador): -¡Atrás! No se adelante hacia mí o...

STANLEY: -¿O qué?

BLANCHE: -¡Sucederá algo horrible! ¡De veras!

STANLEY (acercándosele, lentamente): -¿Qué farsa está repre¬sentado ahora?

BLANCHE: -¡Le advierto que no se acerque! ¡Estoy en peligro!

(Mientras prosigue, aferra la botella que está sobre el to¬cador, la rompe y esgrime la parte rota hacia él.)

STANLEY: -¿Para qué hace eso?

BLANCHE: -¡Para poder incrustarle el extremo roto en la cara!

STANLEY: -¡Apostaría a que es capaz de hacerlo!

BLANCHE: -¡Sí que lo haría! Lo haría si...

STANLEY: -¡Ah! ¡Quiere violencia! ¡De acuerdo! ¡La tendrá! (Salta hacia ella. Blanche grita. Stanley le aferra la mano que sostiene la botella y la retuerce detrás de ella.) ¡Eh! ¡Vamos! ¡Suelte ese pedazo de botella! ¡Suéltelo! (Blan¬che lo suelta. Él la doblega a su voluntad, y la levanta en vilo.) ¡Tenemos esta cita desde que nos conocimos!

(Se dirige hacia la cama con ella.)



Se apagan rápidamente las luces y
TELÓN





ESCENA QUINTA

Varios días después. Stella ha vuelto del hospital y acaba de abrir la maleta de Blanche sobre la silla del tocador, que mira al foro. Está empaquetando las cosas de su hermana, parada junto a la cama. Dobla las batas de Blanche, que guarda en la maleta, y fi¬nalmente la cierra. El baúl de Blanche está cerrado con llave.

Varias de sus prendas están sobre la cama. Una de ellas, sobre el respaldo de la butaca. El vestido que usará se halla colgado sobre el respaldo de la silla del tocador y su chaquetilla sobre la cama.

Las cortinas que separan las habitaciones están corridas. En la sala juegan otra partida de póquer. Stanley sentado de frente al público. Mitch a su derecha, Steve en el otro extremo de la mesa y Pablo a la izquierda.

El joyero de Blanche está sobre la butaca. Stella ha estado llorando al acomodar las batas.

Eunice baja de su apartamento, trayendo un plato lleno de uvas y otras frutas. Cuando entra en la sala, hay un estallido de exclamaciones de los jugadores de póquer. Eunice cierra la puerta de la calle tras ella. Stella se aproxima a la butaca, toma la prenda de vestir colgada allí y empieza a doblarla.

STANLEY: -¡Me tiré a color y salió, qué diablos!

PABLO (levantándose): -¡Maldita sea tu suerte!

STANLEY (a Mitch, extraordinariamente alegre): -¿Sabes qué es la suerte? La suerte consiste en creer que uno tiene suerte. Por ejemplo en Salerno. Yo creí que tenía suerte. Supuse que de cada cinco, cuatro no saldrían con vida, pero yo sí... Y así fue. De eso hice una regla. Para ir a la cabeza en esta carrera de ratas, uno debe creer que tiene suerte.

MITCH (furiosamente): -Eres... eres... un... fanfarrón... un fan¬farrón...

(Se aparta del juego, se queda de cara al público y apoya el mentón sobre el brazo en el respaldo de la silla.)

STANLEY (a los demás, asombrado): -¿Qué le pasa?

EUNICE (del otro lado de la mesa de póquer, yendo a la izquierda): -Siempre dije que los hombres eran unos insensibles, unos seres sin sentimiento, pero esto colma la medida. Se convierten en unos cerdos.

(Pasa por entre las cortinas a la sala.)

STANLEY: -¿Qué le pasa a ésa? Vamos, juguemos.

(La partida se reanuda en silencio.)

STELLA (junto a la butaca, cuando entra Eunice y va hacia la si¬lla sin respaldo): -¿Cómo está mi nene? ¿Reclama su sopita?

EUNICE (poniendo el plato de uvas sobre la silla y retrocediendo unos pasos): -Duerme como un angelito. Stella, te he traído unas uvas.

STELLA (va hacia el foro. Deja la bata sobre el respaldo de la bu¬taca): -Dios lo bendiga. Me duele el alma cuando no lo tengo a mi lado.

EUNICE: -Más vale que lo dejes allí hasta que se arreglen las cosas. ¿Dónde está Blanche?

STELLA: -Bañándose.

EUNICE: -¿Cómo se siente?

STELLA: -No quería comer nada, pero ha pedido una copa.

EUNICE: -¿Qué le has dicho?

STELLA: -Le he dicho, simplemente, que lo habíamos arre¬glado todo para que descansara en el campo. En su ima¬ginación, el campo se confunde con Shep Huntleigh.

BLANCHE (abre la puerta del baño y llama): - ¡Stella!

STELLA (yendo hasta el tocador): -¿Qué, Blanche?

BLANCHE: -Si alguien me llama por teléfono mientras me ba¬ño, anota el número y dile que le llamaré.

STELLA: -Sí.

BLANCHE (en el linde de la incoherencia): -Y, Stella..., esa fresca seda amarilla... y el prendedor... fíjate si no está aplas¬tado. Si no está aplastado lo usaré, y me pondré en la solapa ese prendedor de plata y turquesa en forma de hipocampo. Encontrarás los dos en el cofrecito en forma de corazón donde guardo mis joyas. Y... oh, Stella... trata de encontrar ese ramillete de... (un largo y penoso esfuerzo por recordar el nombre de la flor) de violetas artificiales en esa caja, también, para sujetar con el hipocampo sobre la solapa de la chaquetilla.

(Blanche cierra la puerta. Stella se vuelve hacia Eunice.)

STELLA (yendo hacia el joyero, saca las cintas, un traje de dominó fuera de uso, etcétera): -¡Francamente, no sé si he hecho bien! (Se sienta abatida sobre el brazo de la butaca, dejan¬do que se le escurran de entre los dedos las chucherías del joyero.)

EUNICE (acercándose a Stella): -¿Qué otra cosa podías hacer?

STELLA: -¡Yo no podía creer en lo que me contó y seguir vi¬viendo con Stanley!

(Desfallece y se vuelve hacia Eunice, que la toma en sus brazos.)

EUNICE (oprimiéndola contra ella): -No creas eso. Tienes que seguir viviendo, querida. Suceda lo que suceda, todos te¬nemos que seguir viviendo.

BLANCHE (abriendo la puerta del cuarto de baño y asomándose): -Stella... ¿No hay moros en la costa?

STELLA: -No, Blanche. (Se levanta y le dice a Eunice.) Dile que tiene buena cara.

BLANCHE (saliendo del cuarto de baño con un cepillo para el pe¬lo): -Por favor, corre las cortinas antes que yo salga.

(Cierra la puerta del cuarto de baño.)

STELLA (yendo hacia las cortinas): -Están corridas.

(Le indica a Blanche que lo están.)

STANLEY (en voz baja, jugando): -¡Eh, Mitch!

(Pablo hace un comentario característico. El diálogo del dormitorio es virtualmente simultáneo con la conversación de la partida de póquer. Blanche se ha puesto el vestido. Se peina con el cepillo, parada al foro izquierda. La circunda una trágica radiación.)

BLANCHE (con débil vivacidad histérica): -Acabo de lavarme el cabello.

STELLA: -¿De veras?

BLANCHE: -No estoy segura de haberme quitado el jabón.

EUNICE: -¡Un cabello tan hermoso!

BLANCHE (aceptando el cumplido): -Es un problema. ¿No me llamaron por teléfono?

STELLA: -¿Quién, Blanche?

BLANCHE (adelantándose, entre Stella y Eunice): -Shep Huntleigh...

STELLA: -¡Todavía no, querida!

BLANCHE: -¡Qué raro! Yo...

Al oír la voz de Blanche, Mitch ha dejado caer el brazo y su mirada se pierde en el vacío.

STANLEY (le grita): -¡Eh, Mitch! ¡Vuelve en ti!

Mitch reanuda su juego. El sonido de esa nueva voz sobre¬salta a Blanche, que hace un pequeño ademán, formando con los labios el nombre de Mitch, con aire de interrogación. Stella asiente y aparta rápidamente los ojos. Blanche se queda parada junto a la cama, con aire perplejo, mirando alternativamente a Stella y a Eunice. Stella la rehuye.

BLANCHE (con repentina histeria): -¿Qué ha pasado aquí? ¡Quiero que me expliquen qué ha pasado aquí!

(Va ha¬cia el tocador.)

STELLA (dolorida): -¡Calla! ¡Calla!

EUNICE: -¡Calla! ¡Calla, tesoro!

STELLA: -Por favor, Blanche.

BLANCHE (de frente, mirándolas): -¿Por qué me miran así? ¿Tengo algo de raro?

EUNICE (acercándose a Stella): -¡Estás maravillosa, Blanche! ¿Verdad que está maravillosa?

STELLA: -Sí.

(Blanche se quita la bata junto al tocador.)

EUNICE: -Tengo entendido que sales de viaje.

STELLA: -Sí, Blanche sale de viaje. Se va de vacaciones.

EUNICE: -Estoy verde de envidia.

BLANCHE (exasperada, dejando caer su bata sobre la silla del to¬cador): -¡Ayudadme! ¡Ayudadme a vestirme!

STELLA (tomando el vestido de Blanche del respaldo de la silla y acercándosele con él): -¿Es esto lo que quieres?

BLANCHE (tomando el vestido y poniéndoselo): -¡Sí, esto me sirve! Ansío salir de aquí. ¡Esta casa es una trampa!

EUNICE (va hacia la cama y toma la chaquetilla violeta de Blanche): -¡Una chaquetilla azul tan bonita!

(La alza, detrás de la butaca.)

STELLA (a la derecha y detrás de Blanche, le ayuda a ponerse el vestido): -Es de color lila.

EUNICE: -Yo distingo tan mal los colores como un murciélago.

BLANCHE (ve las uvas y yendo hacia la silla sin respaldo, levanta una): -¿Están lavadas estas uvas?

(Se oyen las campanas de una iglesia.)

EUNICE (yendo hacia la izquierda. Pone la chaquetilla sobre la cama): -¿Qué?

BLANCHE: -Lavadas dije... ¿Están lavadas?

EUNICE: -Pero si son del Mercado Francés...

(Se acerca a Stella.)

BLANCHE: -Eso no significan que las hayan lavado. (Escu¬chando las campanadas, que prosiguen.) ¡Ah, esas campa¬nadas de la catedral! Son lo único limpio que hay en es¬te barrio. Bueno, ahora me voy. (Va hacia la cama.) Estoy lista.

(Se pone la chaquetilla.)

EUNICE (yendo hacia el primer término izquierda, le dice en voz baja a Stella): -Se irá antes de que lleguen ellos.

STELLA (acercándose rápidamente a su hermana e interponién¬dose entre ella y la puerta): -Espera, Blanche.

BLANCHE (mirando hacia la sala): -No quiero pasar delante de esos hombres.

EUNICE: -Entonces, espera a que termine la partida.

STELLA: -Sí. Siéntate y...

BLANCHE (escuchando repentinamente, mientras se pone la capu¬cha, un sonido lejano, y aspirando un olor distante): -Hue¬lo el aire del mar. Mi elemento es la tierra..., pero debió ser el agua... el agua... lo más hermoso que creó Dios en esos siete días. Pasaré en el mar el resto de mis días. Y cuando me muera, moriré en el mar. ¿Sabéis de qué me moriré? Por haber comido uva no lavada. Algún día, cuando esté en el océano, me moriré... con la mano en la mano de algún gallardo médico de a bordo, un médi¬co muy joven de bigotito rubio y gran reloj de plata. «Pobre mujer -dirán-. La quinina no le hizo nada. Esa uva sin lavar ha enviado su alma al cielo.» (Va hacia la butaca.) Y me sepultarán en el mar, encerrada en una limpia bolsa blanca y me arrojarán por la borda a mediodía... en lo más bochornoso del verano... ¡y en un océano tan azul como... como el azul de los ojos de mi primer amante!

Stella va hacia Blanche, la toma en sus brazos. En el porche aparece un Hombre Extraño y toca el timbre. Lo sigue una Mujer Extraña, severamente vestida con un traje sastre oscuro, y que lle¬va un maletín negro, de aspecto profesional. Las campanadas se extinguen a lo lejos cuando suena el timbre.

EUNICE (a Stella, mientras se oye el timbre): -Deben de ser ellos.

Stanley se levanta y va hacia la puerta para atender el llama¬do. Hay un cambio de palabras en voz baja entre él y El Hombre Extraño. Stanley dice: «¿El médico?» El Hombre Extraño: «Sí». Stanley asiente y dice: «Un momento.» Vuelve a la sala.

BLANCHE (al oír el timbre): -¿Qué es eso?

EUNICE (turbada): -Discúlpame, iré a ver quién es.

(Va, pa¬sando entre las cortinas.)

STELLA: -Sí.

Eunice entra en la sala y se encuentra con Stanley junto a la mesa. Stanley le dice que ha llegado el médico. Eunice abarca con una rápida mirada el porche.

BLANCHE (tensa, yendo hacia el tocador): -Me pregunto si será para mí.

Stella va hacia la butaca y se detiene de espaldas al público. Eunice vuelve al dormitorio, le da una palmada en el brazo, se acerca a Blanche y le dice, con vivacidad.

EUNICE: -Alguien pregunta por Blanche.

BLANCHE (tomándole la mano): -¡De modo que es para mí! ¿Es el caballero de Dallas a quien espero?

EUNICE (mirando a Stella): -Creo que sí, Blanche.

BLANCHE (volviendo al tocador): -Me parece que no estoy lista, aún.

STELLA: -Pídele que espere fuera...

BLANCHE: -Yo...

(Eunice vuelve a la sala, hace un gesto con la cabeza a Stanley. Stanley se acerca al médico que espera en el porche y le dice: «Estará aquí en un momento.» El médico asiente, se vuelve hacia La Mujer Extraña y le dice lo mis¬mo.)

STELLA (va a tomar la bata del respaldo de la butaca para guar¬darla en la maleta): -¿Todo está empaquetado?

BLANCHE: -Falta mi juego de tocador de plata.

STELLA: -¡Ah!

(Va presurosamente hacia el tocador, abre la ma¬leta, reúne los accesorios de Blanche y los guarda rápida¬mente, junto con la bata.)

EUNICE (volviendo a la derecha de la cama): -Ellos esperan en el porche.

(El médico se acerca a la enfermera.)

BLANCHE: -¿Ellos? ¿Quiénes son «ellos»?

EUNICE: -Lo acompaña una dama.

BLANCHE: -¡Me pregunto quién será esa «dama»! (Mira a Stella, rehuye sus ojos. Se vuelve hacia Eunice.) ¿Cómo viste esa mujer?

EUNICE: -Sólo lleva un... un... sencillo traje sastre.

Stella cierra la maleta y se queda parada junto a la silla del tocador.

BLANCHE: -Quizá sea...

(Su voz se extingue, nerviosamente. Stanley ha ido a la izquierda de la sala y está parado allí, frente a las cortinas corridas.)

STELLA: -¿Vamos, Blanche?

(Toma las maletas.)

BLANCHE: -Sí. (Eunice descorre las cortinas. Blanche mira ab¬sorta a Stanley y se vuelve hacia Stella.) ¿Tenemos que pasar forzosamente por esa habitación?

(Stanley va al primer término derecha, hasta el canapé.)

STELLA: -Iré contigo.

BLANCHE (a Stella): -¿Qué tal estoy?

(Se vuelve hacia Eunice.)

STELLA: -Guapa.

EUNICE (como un eco): -Guapa.

Blanche entra en la sala, Stella la sigue y le tiende la maleta a Eunice, que va detrás de ella.

BLANCHE (yendo hacia la puerta): -Por favor, no os levantéis. Sólo voy a pasar.

(Stella la sigue de cerca y Eunice sigue a Stella a poca distancia. Blanche sale al porche y mira absor¬ta al Hombre Extraño, que se vuelve hacia ella con una mi¬rada bondadosa.)

BLANCHE (retrocediendo lentamente, mira a Stella y vuelve a mirar al Hombre): -Usted no es el caballero a quien yo esperaba. (Stella se vuelve rápidamente y se arroja en los brazos de Eunice. Stanley se acerca y le besa la mano a Ste¬lla.) ¡Ese hombre no es Shep Huntleigh!

(Se precipita a su dormitorio y se refugia detrás de la cabecera de la cama. Entra el médico y le hace señas a la enfermera, que también entra.)

STANLEY (cuando Blanche pasa a su lado): -¿Ha olvidado algo?

Stanley quiere acercarse a Blanche, Eunice la detiene.

BLANCHE (con voz penetrante): -¡Sí, sí, he olvidado algo!

El Hombre Extraño ha entrado en la habitación. Se queda parado junto a la puerta. La Mujer Extraña cruza la sala. Stella va a seguirla, Stanley la detiene con dulzura y Eunice la atrae a sus brazos. Mitch se levanta.

LA MUJER EXTRAÑA (pone su maletín sobre la cama, y se planta frente a Blanche, que se refugia asustada detrás del biombo que está junto a la cabecera de la misma. La Mujer habla con voz audaz y monótona como una campana de incendios): -¡Hola, Blanche!

STANLEY (volviendo al dormitorio y deteniéndose junto al baúl): -Dice que se le ha olvidado algo.

LA MUJER EXTRAÑA: -Está bien.

STANLEY: -¿Qué ha olvidado, Blanche?

BLANCHE (acercándose al tocador): -Yo... Yo...

LA MUJER EXTRAÑA: -Eso no tiene importancia. Podremos recogerlo después.

STANLEY: -Claro. Podemos mandarlo con el baúl.

(Golpea el baúl cerrado de Blanche.)

BLANCHE (retrocediendo lentamente al foro, con pánico): -¡Yo no la conozco! ¡Yo no la conozco! ¡Quiero... que me de¬jen en paz... por favor!

LA MUJER EXTRAÑA (avanzando): -¡Pero, Blanche!

VOCES (detrás de la escena, despertando ecos en el foro): -¡Pero, Blanche! ¡Pero, Blanche! ¡Pero, Blanche!

STANLEY (acercándose al tocador): -Pero, Blanche... Usted sólo deja aquí talco esparcido y viejos frascos de perfume va¬cíos, a menos que quiera llevarse la pantalla de papel. (Tiende la mano hacia la pantalla.) ¿Quiere la pantalla?

(La arranca del foco y la tira sobre el tocador. Blanche pro¬fiere un grito. Stanley se vuelve hacia la puerta del centro. Blanche se lanza hacia el foro con la pantalla. La Mujer Extraña la aferra del brazo y la obliga a dejarse caer al sue¬lo, con la cabeza hacia las candilejas, tendida entre el toca¬dor y el brazo de la butaca. Lo siguiente sucede casi simultá¬neamente. El médico atraviesa el arco y entra en el dormitorio.)

STELLA (precipitándose al porche): -¡Oh, Dios mío, Eunice! ¡Ayúdame! ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, por favor, no le hagan daño! ¿Qué le están haciendo? ¿Qué le están haciendo?

STANLEY (en voz baja): -¡Eh! ¡Eh! Doctor, más vale que en¬tre.

(Pablo se acerca a Stanley.)

EUNICE (acercándose a Stella, se afirma entre el pie de la escalera y la columna de la derecha): -No, tesoro, no, no, tesoro. (Retiene a Stella.) Quédate conmigo y no mires.

Steve mira a Mitch, que va en busca de Stanley.

STELLA (subiendo un par de peldaños de la escalera de caracol): -¡Qué le he hecho a mi hermana! ¡Oh, Dios mío! ¡Qué le he hecho a mi hermana!

EUNICE (siguiéndola y reteniéndola aún): -Has hecho lo que debías, lo único que podías hacer. Blanche no podía quedarse aquí, no tenía adónde ir.

Mientras tanto, Mitch ha dado la vuelta a la mesa, y se precipita sobre Stanley.

MITCH: -¡Tú! ¡Tú hiciste esto, maldito seas...!

(Ambos se traban en lucha. Pablo y Steve apartan a Mitch de Stanley y lo empu¬jan hacia la silla que está a la derecha de la mesa, donde Mitch se desploma, sollozando. El Hombre Extraño ha pasado por delante de ellos, entrando en el dormitorio, y se hinca junto al cuerpo postrado de Blanche, a su derecha, mientras que La Mujer Extraña está arrodillada a su izquierda y sujeta firmemente las manos de Blanche detrás de su espalda.)

LA MUJER EXTRAÑA (inmovilizando los brazos de Blanche): -Habrá que cortarle estas uñas. ¿El chaleco, doctor?

EL HOMBRE EXTRAÑO: -No, salvo que sea necesario. (Stanley está parado en el centro, Pablo a su derecha, y Steve junto a Mitch, consolándolo. El médico se inclina sobre Blanche y le alza los párpados.) Señorita Du Bois...

BLANCHE: -Por favor...

(Se vuelve hacia él, implorante.)

EL HOMBRE EXTRAÑO (a La Mujer): -No hará falta.

BLANCHE (con voz débil): -Dígale que me suelte.

EL MÉDICO (a La Mujer): -Sí... Suéltela.

La Mujer Extraña suelta a Blanche y se pone de pie. Luego, retrocede un poco al primer término izquierda. El Hombre Extra¬ño ayuda a incorporarse a Blanche. Se quita el sombrero. Ella lo mira vacilante, se pone su capucha; luego, sonríe, como si viera a un nuevo galán. Mira con aire de triunfo a La Mujer, volviendo la espalda al Hombre con radiante sonrisa. Blanche se vuelve hacia El Hombre, que está bajo el arco. Este la ha seguido y está a su iz¬quierda.

BLANCHE (ha ajustado la capucha alrededor de su rostro y sonríe): -Quienquiera sea usted... yo he dependido siempre de la bondad de los extraños.

(Toma el brazo de El Hombre Extraño y cruzan juntos la sala. La Mujer los sigue, después de tomar la maleta de la cama. Pablo mira al foro. En la sala, Stanley ha vuelto a su sitio y Steve también. Blanche y El Hombre Extraño van a la puerta de la calle. Stella se vuelve al acercarse Blanche. Se oye la música de «La Varsoviana.»)

STELLA: -¡Blanche! ¡Blanche! ¡Blanche!

Blanche hace caso omiso de su hermana, sale a la calle y toma del brazo al Hombre Extraño, que se le acerca. La Mujer Extraña los sigue, y cuando pasan junto a la escalera de caracol, Eunice le tiende la maleta de Blanche y se aparta un poco a la derecha, obser¬vando la pequeña procesión. Stanley se pone de pie, se acerca a Ste¬lla, sube a los peldaños, la toma en sus brazos. Pablo vuelve a la me¬sa, se sienta.

STANLEY: -Stella. (Stella solloza, con infrahumano abandono. Hay algo de desbordante en su total rendición al llanto, ahora que su hermana se ha ido. Stanley le habla, voluptuosamen¬te.) Vamos, querida. Vamos, amor mío. Vamos, vamos, amor... Vamos, amor...

La música se acerca a un crescendo. La pequeña procesión atraviesa la calle rumbo a la salida del foro izquierda.

STEVE (cuando el telón empieza a bajar): -Bueno, mucha¬chos... Vamos a empezar un póquer abierto.

(Da cartas. Se acentúa la música de «La Varsoviana.»)





TELÓN LENTO

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