jueves, enero 25, 2007

"OXTIERN" O "Las Desdichas del Libertinaje"SADE


OXTIERN
O
Las Desdichas del Libertinaje
(Drama en tres actos y en prosa, representado en el Teatro Molière el 22 de octubre de 1791.)



PERSONAJES
EL CONDE OXTIERN, senador sueco.

DERBAC, amigo y confidente del conde.

EL CORONEL FALKENHEIM.

ERNESTINE, hija del coronel.

AMÉLIE, camarera de Ernestine.

CASIMIR, ayuda de cámara del conde.

EL SEÑOR FABRICE, dueño de la posada donde tiene lugar la acción.

HERMAN, amante de Ernestine.

CHARLES, criado de la casa.


La acción se desarrolla en la posada de FABRICE, cerca de Estocolmo, y en la ruta hacia Norkoping.


ACTO PRIMERO
La escena representa, en los dos primeros actos, un salón de una posada, que comunica con varios aposentos; a un lado hay una mesa escritorio y un sillón.

Escena primera
FABRICE, CASIMIR.

FABRICE.

¿Creéis, señor Casimir, que este aposento será adecuado para la joven que su amo va a traer hoy a mi casa?

CASIMIR.

Así lo creo, señor Fabrice. ¿Hay cerca un gabinete para su camarera, Amélie, y otra alcoba donde pueda descansar la señorita Ernestine?

FABRICE.

Desde luego; he aquí dos aposentos que comunican con este salón. Una sola llave lo cierra todo. Estarán a gusto aquí, respondo de ello..., en un barrio tranquilo...; da sobre el jardín; ni el menor ruido de viajeros.

CASIMIR.

De maravilla. (Toma a FABRICE en un aparte, y añade, misteriosamente.) ¿Señor Fabrice?

FABRICE.

Decidme.

CASIMIR.

Mi amo es un hombre extraordinario, ¿no es cierto? Convendréis en ello, ya que vos le conocéis desde su juventud.

FABRICE.

Conozco al Conde Oxtiern desde hace mucho tiempo; por ello mismo, apuesto a que no hay un mortal mas peligroso en todas las provincias de Suecia.

CASIMIR.

Desde luego; pero paga bien.

FABRICE.

Eso es lo que lo hace más temible: no hay nada tan pernicioso como el oro en manos de los malvados. ¿Quién puede resistir al que posee el instrumento mas seguro Para todas las corrupciones?... Amigo mío, quisiera que no hubiera ricos, excepto los honrados... Pero, decidme, os lo ruego: ¿de qué nueva aventura se trata ahora?

CASIMIR.

Una muchacha encantadora... ¡Oh, señor Fabrice, qué lastima! ¡Dios Santo, vos lo habéis permitido! ¡Habría de ser, criatura semejante, víctima del engaño y el desenfreno...!

FABRICE. (Muy sorprendido.) ¡Como! ¿Ya se ha consumado el crimen?

CASIMIR.

Así es, señor Fabrice, así es... Y, sin embargo, se trata de la hija del coronel Falkenheim, sobrino-nieto del valido de Carlos XII; y el la ha raptado y deshonrado... Os lo confieso, señor Fabrice; ella esta perdida.

FABRICE. (Como antes.)

Y no la ha desposado: es una muchacha virtuosa, seducida, engañada y raptada, la que Oxtiern trae a mi casa... Casimir, corred a vuestro amo; decidle que mi casa esta llena..., decidle que no puedo recibirle. Demasiados motivos de queja tengo ya, por los excesos que se arroga el derecho de permitirse en mi casa, ya que me hace el honor de mirarme como a su protegido. No quiero la protección de un noble si sólo resulta, como de costumbre, de la complicidad en sus desafueros. (Sale.)

CASIMIR. (Corriendo hacia el para detenerle.) ¡Un momento, un momento! . . . Vos lo perderíais todo, y nada se arreglaría con ello..., es mejor que sigáis con vuestros cuidados, y, si luego os fuera posible, tratad en secreto de prestar algún servicio a esta joven. (Hay que subrayar bien lo que sigue.) Solo hay una legua desde aquí hasta Estocolmo... y no es tarde todavía..., ellas descansaran primero..., vos tenéis amigos en la capital..., ¿me escucháis, señor Fabrice?

FABRICE. (Después de reflexionar un momento.) Amigos..., pues sí, tengo algunos; pero hay otros medios mas seguros y confío que tendrán algún éxito... Explicadme... (En este momento se oye el ruido del carruaje del CONDE.)

CAS IMIR.

Callémonos..., llega un coche... Ahora pasaremos a vuestro aposento y allí os daré explicaciones más amplias... ¡Que alboroto! Sin duda alguna, debe tratarse del señor conde. ¡Que siempre el vicio llegue tan estrepitosamente...!

FABRICE.

Quisiera que vuestro señor conde se alojara en el quinto infierno. Ser dueño de una posada es un oficio terrible. Hay que abrir la puerta a todo tipo de gente. No hay nada que me moleste más en esta profesión.

Escena segunda
FABRICE, CASIMIR, CHARLES.

CHARLES. (A FABRICE.)

Señor, conmigo llegan las señoras que vienen a hospedarse aquí de parte del señor conde Oxtiern: él mismo las sigue de muy cerca; se ha detenido con su amigo, el señor Derbac, a pocos pasos de aquí, y desea, mientras el llega, que alojéis a estas señoras en la mejor habitación. Ciertamente, más de veinte correos escoltan el carruaje.

FABRICE. (Renegando.)

Bueno, ya esta bien, ya esta bien. Voy a recibirlas. Se hospedarán aquí mismo... Sigilo, Casimir, y socorramos a la desgracia cuando se presente la ocasión. Resulta tan hermoso hacer el bien, amigo mío, que no hay que descuidar ningún medio para conseguirlo, ya que tenemos la suerte de encontrarlo; seguidme, Charles.

Escena tercera
CASIMIR. (Solo.)

¡Qué hombre tan bueno! Y, sin embargo, he ahí donde encontramos la virtud... en un ser oscuro, sin educación, mientras que quienes han nacido en medio de los dones mas brillantes de la fortuna a menudo no ofrecen a su lado sino vicio o corrupción... Pero ¿por qué el conde no habrá llegado con Ernestine? Sin duda, se estará poniendo de acuerdo con Derbac, digno compañero de sus excesos; pero como es mas prudente que él, tal vez se oponga a la infamia de esta aventura.

Escena cuarta
CASIMIR, FABRICE, ERNESTINE, AMÉLIE.

FABRICE. (A ERNESTINE.)

Confío, señora, que os satisfaga este aposento. He puesto en preparároslo todos los cuidados que me ha encomendado el señor conde y que vos merecéis.

ERNESTINE. (En la mayor postración.)

Todo esta bien, señor, todo está bien; demasiado bien para mí..., la más profunda soledad..., he ahí lo único que me conviene.

FABRICE.

Ya que la señora desea estar tranquila, voy a proveer otros cuidados que podrán tal vez haceros mi casa más soportable. (Sale.)

CASIMIR. (A ERNESTINE.) ¿Pasará a vuestro cuarto el señor conde a su llegada?

ERNESTINE.

¿Acaso no es el dueño? ¿No lo es ya de mi existencia entera...?; dejadnos, señor, dejadnos..., necesitamos estar solas.

Escena quinta
ERNESTINE, AMÉLIE.

AMÉLIE.

Vuestro estado de postración me preocupa, señora. ¡Cuánto deseo veros descansar un rato!

ERNESTINE.

¿Descansar yo? ¡Dios mío! ¡Oh, no, no, ya no puede haber descanso en la tierra para la desgraciada Ernestine!

AMLLIE.

Pero ¿el cruel autor de vuestros males no podría repararlos?

ERNESTINE.

¿Acaso tuvieron jamás enmienda tan crueles ultrajes, Amélie? ¡Qué engaños ha empleado este hombre para arrancarme de mi familia, de mi amante..., de todo lo que mas quiero en la vida! Y aquel a quien mi corazón adora, a Herman, el digno de todo respeto, ¿sabes, acaso, que le deja gemir cargado de cadenas? Una acusación sin fundamento, calumnias, delatores y traidores..., he ahí lo que ha perdido a ese joven desdichado; el oro y los crímenes de Oxtiern lo han manejado todo; Herman esta prisionero, condenado tal vez... ¡Y sobre las cadenas del ídolo de mi corazón el cobarde Oxtiern acaba de inmolar a su desdichada víctima!

AMÉLIE.

¡Me estremecéis, señora!

ERNESTINE. (Desesperada.) ¿Qué puedo desear, que puedo esperar, Dios mío? ¿Qué auxilios me quedan...?

AMELIE. Pero... ¿y vuestro señor padre?

ERNESTINE.

Ya sabes que fue alejado algún tiempo de Estocolmo, cuando Oxtiern, tras engañarme de modo tan cruel, me condujo a su casa; haciéndome concebir esperanzas, con esa gestión, para la liberación de mi amante. Hasta su mano, acaso, a cambio de la ayuda de su hermano el senador, que, según dijo, debía encontrarse allí... Gestión tan culpable como temeraria, sin duda, pero ¿podía yo pensar en un compromiso sin el consentimiento de mis padres? Mucho me castigo el cielo... ¿Sabes quién se ofreció a mis ojos, en lugar del protector que esperaba...? Oxtiern, el feroz Oxtiern, con un puñal en la mano, pidiendo mi deshonra o mi muerte, y sin siquiera dejarme ser capaz de elegir... Si lo hubiera sido, Amélie, no habría vacilado; el mas espantoso de los suplicios hubiera sido para mi mas dulce que las humillaciones que este hombre perverso me preparaba... Lazos espantosos me han impedido defenderme... ¡Infame!... Y, para colmo de males, el cielo me ha dejado vivir..., todavía me alumbra el día y estoy perdida ya. (Cae en el sillón que está junto a la mesa.)

AMÉLIE. (En llanto, tomando las manos de su ama.)

¡Oh, la más desdichada de las mujeres...! ¡No desesperéis, os lo ruego! Vuestro padre habrá sido informado de esta desaparición..., creedme, por favor, no perderá un solo minuto en volar en vuestra defensa...

ERNESTINE.

No es de el de quien espero el castigo de mi verdugo.

AMÉLIE.

¡Si siquiera el conde cumpliera su palabra...! Pues, según creo, hablo de vínculos queridos, de lazos eternos...

ERNESTINE.

Aun cuando Oxtiern lo deseara..., ¿podría yo querer pasar toda mi vida en brazos de un hombre aborrecido..., del hombre de quien he recibido la más espantosa injuria...? ¿Se puede tomar por esposo a quien nos ha degradado? ¿Se puede jamás querer lo que se desprecia...? ¡Estoy perdida, Amélie, estoy perdida...! El dolor y las lágrimas es todo lo que me queda. ¡Ya no tengo mas esperanza que la muerte, pues nunca se sobrevive a la perdida del honor...! Es posible el consuelo en todas las demás, pero jamás en ésta.

AMÉLIE. (Mirando en torno.)

Señora, estamos solas...; ¿quien nos impide huir? ¿Ir a la Corte a implorar una ayuda que os es bien debida y a la que tenéis tantos derechos?

ERNESTINE. (Con altivez.)

Aunque Oxtiern estuviera a mil leguas de mi, iría hacia el, lejos de huirle. E1 traidor me ha deshonrado y tengo que vengarme. No iré a buscar a una Corte corrompida una protección que me seria tal vez rehusada. ¿Acaso no sabes hasta que punto el prestigio y la riqueza degradan el alma de los hombres que habitan en ese lugar malvado? ¡Monstruos...! Tal vez fuera yo un alimento más para sus deseos espantosos...

Escena sexta
Los anteriores, FABRICE.

FABRICE. (Interesado y triste.)

El señor conde manda decir que un importante negocio le retiene cerca de aquí; no podrá llegar a casa hasta dentro de un rato. ¿Quisiera la señora, mientras tanto, darme alguna orden?

ERNESTINE. (Señalando la puerta de la habitación que supone haberle sido destinada.)

¿Acaso es este el aposento que me habéis destinado para esta noche, señor?

FABRICE. (Ídem.) Sí, señora.

ERNESTINE.

Voy a retirarme a el un momento... Vamos, Amélie, vamos a reflexionar en los graves proyectos que me preocupan, los únicos que pueden devolver la calma a la desdichada ama.

Escena séptima
FABRICE. (Solo.)

Casimir tenia razón..., esta muchacha es hermosa e interesante... ¡Oh, señor conde, sois el culpable de haber ocasionado la desdicha de esta joven! ¿Merecía ella, con tantos títulos para vuestra veneración, convertirse en la victima de vuestra maldad, de vuestra brutalidad...? Pero helo aquí, callémonos; a los traidores no les gustan las verdades, y no hay hombres en el mundo que deseen el halago tanto como ellos. El crimen causa tanto horror, incluso a ellos, que quisieran, a fin de olvidarse de la necesidad que tienen de ser malvados, que se les creyera, que se les tuviese siempre por virtuosos.

Escena octava
FABRICE, EL CONDE OXTIERN.

OXTIERN.

¡Cuánto tengo que agradecerte, mi querido Fabrice! Una vez más, se muestra tu amistad, tu viejo cariño por mí, y no se que palabras emplear para demostrarte mi agradecimiento.

FABRICE. (Honrado y cariñoso.)

Un poco mas de franqueza, señor, y menos cortesías..., no me enunciéis cual sería el precio de una mala acción, pues me desagradaría. Sed sincero..., ¿quién es esta joven que habéis traído a mi casa y que pretendéis hacer con ella?

OXTIERN. (Le interrumpe vivamente.)

Mis propósitos son legítimos, Fabrice; Ernestine es honesta y yo no la he forzado; tal vez un exceso de amor ha precipitado las gestiones que la unirán a mi para siempre; pues ella debe ser mi esposa, y lo será, amigo mío... ¿Me atrevería a mirarla con otros títulos y la hubiese traído a tu casa si fuera de otro modo?

FABRICE.

No es eso lo que dicen, señor; y, sin embargo, debo creeros; si me engañaseis, no podría recibiros.

OXTIERN.

Perdono tus sospechas, Fabrice, en atención al motivo virtuoso que las provoca; pero, tranquilízate, amigo mío: te lo repito, mis proyectos son puros como aquella que me los inspira.

FABRICE.

Señor conde, vos sois un gran señor, ya lo sé; pero convenid, os lo ruego, en que en cuanto vuestra conducta os tornara vil a mis ojos, yo no vería en vos más que un hombre tanto más despreciable cuanto más había nacido para ser honrado; y que, al tener más títulos que cualquier otro para hacerlo digno del aprecio y la consideración general, más culpable seria al mismo tiempo de no haber sabido aprovecharlos.

OXTIERN.

Pero... ¿a qué viene esta inquietud, Fabrice? ¿Qué he hecho para causar tus sospechas?

FABRICE.

Nada, todavía, quiero creer... Pero, finalmente, ¿adónde lleváis a esta muchacha?

OXTIERN.

A mis tierras, cerca de Norkoping, y me casaré con ella en cuanto estemos allí.

FABRICE.

¿Por qué no la acompaña su padre?

OXTIERN.

No estaba en Estocolmo cuando salimos de allí y la violencia de mi amor no me permitió demasiadas formalidades..., de las que creí poder prescindir... ¡Estas muy escrupuloso, amigo mío! ... Nunca, hasta ahora, lo había visto tan severo.

FABRICE.

No se trata de severidad, señor, sino de justicia... ¿os gustaría, si fueseis padre, que os arrebataran a vuestra hija?

OXTIERN.

Desde luego, no quisiera que la deshonraran. Pero ¿lo estará Ernestine cuando me case con ella?

Escena novena
Los mismos, AMELIE.

AMELIE.

La señora os ruega, señores, que paséis a otro aposento; esta descansando un momento, y quisiera...

OXTIERN. (Con viveza.)

Asegúrala, querida Amélie, que vamos a obedecerle; ¿acaso deseo otra cosa en el mundo que la felicidad y la tranquilidad de tu ama?

AMELIE.

¡Oh, señor! Y sin embargo... ¡qué lejos está de ambas cosas!

OXTIERN. (A FABRICE, sin atender a lo que AMÉLIE acaba de decir.)

Ven, Fabrice, quiero acabar de convencerte de que jamás han entrado en mi alma principios que puedan afligir la tuya... Amélie, ruega a Ernestine que me indique cuando pueda recibirme. (Sale Amélie.)

(A FABRICE.) Salgamos, amigo mío.

FABRICE. (Solo.)

En seguida os sigo... Yo, amigo de este hombre... ¡oh, no, jamás! ... Aunque me diera toda su fortuna, nunca podría ser su amigo... Advertido por Casimir, puedo ahora servir eficazmente a Ernestine; corramos a Estocolmo, ellos no se irán hasta mañana, y tengo tiempo por delante; tengo que salvar a esta infortunada muchacha, o perderé en la empresa la vida: el honor y la justicia hacen de ello un deber para mí; son las normas mas sagradas para mi corazón.


ACTO SEGUNDO
Escena primera
OXTIERN, DERBAC.

OXTIERN.

Esta criatura tiene una sensibilidad...

DERBAC.

Muy picante, ¿verdad? ¡Qué deliciosas son las mujeres cuando las lágrimas añaden a sus atractivos todo el desorden del dolor! ¡Pobre conde mío, eres lo que se llama un ser corrompido...!

OXTIERN.

¿Qué quieres, amigo mío? En la propia escuela de las mujeres aprendí todos los vicios con los que ahora las aflijo.

DERBAC.

Te casarás con ella, al menos.

OXTIERN.

¿Cómo puedes sospechar ni un solo momento ese ridículo en mí?

DERBAC.

Pero una vez en tu castillo, ¿que excusa darás a Ernestine para justificar tu conducta? No soportará que vivas con ella como un amante con su querida.

OXTIERN.

¡Oh! , sus intenciones, sus deseos y su voluntad son las cosas del mundo que menos me inquietan: mi felicidad y mi satisfacción, he ahí mis objetivos, y todo está ya completo, Derbac; y, en aventuras como ésta, cuando yo estoy contento, todo el mundo debe estarlo.

DERBAC.

¡Ah, amigo mío...! Mi querido conde, si me permitieras un momento combatir principios tan peligrosos...

OXTIERN.

No. Me disgustarías sin convencerme... No olvides jamás que tu fortuna depende de mi; y que deseo encontrar en ti no un censor, sino un simple agente de mis proyectos.

DERBAC.

Me enorgullecía de que, no viendo en mi más que un amigo, debías desear mis consejos... Lo que planeas es terrible.

OXTIERN.

A tus ojos, ya lo veo; porque eres un simple subordinado, lleno de prejuicios medievales..., a quien todavía no han podido llegar los rayos de la antorcha de la filosofía. Unos pocos años más en mi escuela, Derbac, y ya no compadecerás a una mujer por tan nimia desdicha.

DERBAC.

Un ser sensible y dulce, que supo colocar, con tal delicadeza, y más para nuestra dicha que para la suya, toda su gloria y su felicidad en la virtud, algún derecho tiene a nuestro amor y a nuestra protección, cuando los infames la ultrajan.

OXTIERN.

¡Oh, Derbac...! Estas moralizando...

DERBAC.

Bien, de acuerdo; vamos, ocupémonos solamente de tus peligros. ¿Acaso no adviertes ninguno para ti, en todo este asunto? El coronel, el hijo del coronel..., el joven Herman, tan dulcemente amado por esta muchacha encantadora... ¿No temes nada de todos ellos?

OXTIERN.

E1 coronel es viejo, y lucharía con dificultad...; no se batirá conmigo... Y su hijo nunca llegará hasta mí; he mandado espiarle. (En voz baja.) Amigo mío, será hombre muerto si se acerca a mis tierras... (En alto.) Y para Herman, los grilletes en los quo le dejo gemir son de tal naturaleza que nunca podrán ser rotos; he tenido la secreta astucia de envolverlo en un asunto de intereses, del quo no podrá salir sin los fondos necesarios, y está muy lejos de poder procurárselos. Me ha costado muy caro...; testigos falsos...; jueces corrompidos; pero le reto a que pueda escapar de allí.

DERBAC.

¿Y las leyes, amigo mío, las leyes?

OXT IERN.

Jamás he visto quo se resistan al poder del oro.

DERSAC.

¿Y ese órgano interior, donde la virtud supo siempre reclamar sus derechos...tu conciencia, en fin?

OXTIERN.

Tranquila..., perfectamente tranquila.

DERBAC.

Pero la Corte, querido conde, esta Corte, de la quo al mismo tiempo eres ornato y deleite... ¿Si se llegara a saber el desorden de tu conducta...?

OXTIERN.

Eso es lo único que temo de esta muchacha enfurecida; ella me amenazó y por ello debo asegurarme bien. Acuérdate de dar las órdenes precisas para que todo este listo mañana al romper el alba; quiero alejarme cuanto antes de Estocolmo. Fabrice se ha vuelto virtuoso y estamos todavía demasiado cerca de la capital para que no tenga que temer de semejante granuja. No conozco nada más terrible ni humillante que verse obligado a tratar con miramiento a estos bribones cuando se les necesita. Es la necesidad del crimen, pero ¡voto a tal!, amigo mío, es el suplicio del orgullo. Para convencer a Fabrice le he enviado a mi criado; y ¿quién podría creerlo? Casimir no es tan firme como lo hubiera pensado; no tienes idea, amigo mío, del efecto del llanto de una doncella en esas almas débiles y pusilánimes.

DERBAC.

¡Menos mal, para la humanidad, que hay pocas tan pervertidas como la tuya!

OXTIERN.

Es que la he trabajado bien, amigo mío; he visto mucho, y sentido mucho también; ¡si tú supieras hasta donde se puede llegar, a fuerza de experimentarlo todo...!

DERBAC.

Suenan ruidos en el aposento de Ernestine... Es Amélie; apostaría a que te esperan... ¡Feliz mortal!

OXTIERN.

Ya te lo he dicho, la única manera de hacerse amar de las mujeres es atormentarlas. No conozco medio más seguro.

Escena segunda
Los mismos, AMÉLIE.

AMELIE. (Al conde.)

La señorita Ernestine, señor, va a venir a este aposento para hablaros unos minutos, si vuestros asuntos os lo permiten.

OXTIERN.

¿Acaso tengo ninguno mas sagrado, que digo, mas querido que el de entretener a tu hermosa dueña? Amélie, dile que la espero con la emoción del amor, con la impaciencia del enamorado.

AMÉLIE. (Con cierta sorpresa, mezclada con ira.) ¿Vos, señor?

OXTIERN.

Yo mismo; ¿acaso te sorprenden mis sentimientos?

AMÉLIE.

¡Oh, no, no, señor, no, nada me extrañaría hoy de vos! La señorita viene en seguida, voy a decirle que la esperáis.

Escena tercera
OXTIERN, DERBAC.

DERBAC.

Esa muchacha te conoce, amigo mío, y puedo leer en su rostro sentimientos que me narran los de su ama.

OXTIERN.

¿Cómo es posible asustarse por los sentimientos del alma de una mujer...? Pobre Derbac, tus temores me hacen reír... Anda, vete y vigila los preparativos de nuestro viaje; recuerda que no hemos llegado todavía a buen puerto, y que hay que llegar a él, y que hay que llegar seguros.

DERBAC.

Temo más que tú los posibles escollos, y todavía no veo acabado este asunto.

OXTIERN.

Anda, no temas. (Se lleva la mano a la frente.) Hay aquí dentro más astucias que las que harían falta para incendiar Europa entera; juzga por ello si debo preocuparme por algo que no es más que una simple intriga.

DERBAC. (Con vehemencia.)

¡Ah, querido conde...! Adiós, ya que no quieres de mi ni reproches ni consejos... Tal vez no verás en mí a un amigo durante mucho tiempo.

Escena cuarta
OXTIERN. (Solo).

Toda esta gente me da lástima; una tontería les perturba y retrae; en ninguno de ellos veo mi propia alma... Sigamos fingiendo con Ernestine..., muchacha angelical... A veces, hay momentos en los que suspendo mis propósitos ante lo que me haces sentir..., momento en los que no pienso mas que en adorarte, mientras es preciso que te traicione... ¡Ah, alejemos estas debilidades!; Ernestine esta demasiado ofendida para no ser de temer, y si la salvara estaría yo mismo perdido.

Escena quinta
OXTIERN, ERNESTINE.

ERNESTINE.

Por mucho que me cueste aparecer ante vuestros ojos, por humillada que este delante de vos, debo preguntaros, sin embargo, después de la infame acción que os habéis permitido conmigo, cuales son las satisfacciones que puede ofrecerme vuestra probidad.

OXT IERN

¿Es mi probidad lo que hay que interrogar, Ernestine, cuando mi corazón esta en vuestro poder..., cuando os pertenece por entero?

ERNESTINE.

No pensareis, supongo, que ese don pueda concederme la felicidad... ¿Cómo me lo proponéis siquiera?... ¿Cómo podría ser así, tras la degradación en que os habéis hundido? ¿Creéis a ese corazón cruel, todavía digno de mí?

OXTIERN.

Vuestros reproches me agobian, tanto más que los tengo merecidos... ¡Ah! No castiguéis de modo tan cruel las faltas del amor...

ERNESTINE.

Del amor... ¿Vos? ¡Oh, Dios! ¡Si eso fuera lo que inspira el amor, que jamás experimente mi corazón un sentimiento tan capaz de envilecer al hombre! ... No, señor, no se trata de amor; esto no es ese sentimiento consolador, principio de toda buena acción... ¿Acaso el amor permitiría tales crímenes?

OXTIERN.

Fue espantoso mi extravío, lo confieso; pero os adoraba y tenía un rival.

ERNESTINE. (Con firmeza.)

Monstruo... ¿qué has hecho con tu rival?

OXTIERN.

No he sido yo quien ha dispuesto su destino.

ERNESTINE. (Ídem.)

Sólo tú me lo quitaste, sólo tú me lo tienes que devolver.

OXTIERN.

Mi mano no os privó de él, Ernestine; las leyes lo decidieron, y por ellas está Herman encadenado; sólo puedo emplear mi prestigio en ablandar el rigor de esas cadenas.

ERNESTINE.

Tú fuiste quien las forjo. ¿Cómo puedo ser tan ciega hasta el punto de atreverme a implorarte que las rompas?... Vete, no te pido nada... ¡Yo, ofrecerte la oportunidad de un acto generoso..., el medio para hacerme olvidar tus horrores! Lo ves, Oxtiern, me pierdo... Pues bien, ¿qué piensas hacer con tu víctima?... ¿Habla, adónde la llevas?

OXTIERN.

Os ofrezco, Ernestine, mi mano y mi corazón al mismo tiempo.

ERNESTINE.

Encadenarme a mi verdugo...! ¡Jamás, jamás!

OXTIERN.

¿Hay, acaso, alguna otra solución?

ERNESTINE.

Sí, sin duda, las hay... ¿No lo sospecháis, señor? ¿Ignoráis que me queda un padre... y un hermano? (Con el máximo orgullo.) ¿Ignoráis que todavía respiro?

OXTIERN.

Todos estos crueles recursos no servirían de nada; costarían sangre, y no os devolverían vuestro honor perdido; sólo aquel a quien acusáis de habéroslo robado, debe devolverlo; convertíos en su esposa, y todo será olvidado.

ERNESTINE. (Con toda la energía posible.)

Traidor, ¿qué alianza puedes formar conmigo, si me has envilecido? Siempre entre el oprobio y la humillación, en medio de las congojas y las lágrimas, intentando comprometer a mi esposo con lazos que él sólo habrá formado por deber...; di, Oxtiern, ¿qué momentos de calma y de felicidad podrían surgir para mí en esta tierra? E1 odio y la desesperanza, por un lado; la coacción y los remordimientos, por otro: las antorchas del himeneo habrían sido encendidas para nosotros en las de las mismas Furias; las serpientes serian nuestros lazos, y la muerte nuestra única esperanza.

OXTIERN. (Arrojándose a los pies de ERNESTINE.) Pues ya que yo sólo lo merezco, golpea, Ernestine, aquí esta mi corazón. Vierte con tus manos esta sangre culpable; ya no merece animar al ser tan bárbaro como para desconocerte tan cruelmente.

ERNESTINE. (Con más fuerza todavía, rechazándole.)

¡Ojalá desapareciera sin mojar la tierra...! ¡Haría brotar crímenes!

OXTIERN. ¿Qué deseáis entonces, Ernestine? ¿Qué puedo hacer pare mostraros mi amor y mi arrepentimiento?

ERNESTINE. (Con fuerza, cólera y desprecio.)

¡Tu amor, jamás!... Tu arrepentimiento... creeré en él cuando hayas roto las cadenas con que tu infamia ha cubierto a mi amado: anda a revelar a los jueces tus maquinaciones; ve a recibir la muerte que tus crímenes merecen. No cargues a la tierra con un peso que la fatiga: hasta el Sol es menos puro desde que alumbra tus días.

OXTIERN. (Con cierto orgullo contenido.)

¿Ernestine, no piensa, al parecer, en la situación en que se encuentra?

ERNESTINE. (Con energía y nobleza.)

Tienes razón, Oxtiern; si pensara en ella, o bien no viviría, o bien habrías muerto.

OXTIERN.

Cuando una mujer se siente desgraciada debería cuidar un poco más a aquel de quien depende su destino.

ERNESTINE. (Con orgullo.)

Esta mujer sólo depende de sí misma; no se debe más que a sí; y sólo ella resolverá su destino.

OXTIERN.

Sigamos nuestro camino, Ernestine; mañana llegaremos a una de mis posesiones; tal vez allí consiga tranquilizaros y ablandaros.

ERNESTINE (Como antes.)

No. Yo no iré mas allá; a mi pesar, me has arrastrado hasta aquí; y aquí seré vengada, o moriré.

OXTIERN.

Estos arranques de un alma delirante os fatigan y no resuelven nada, Ernestine. Esperaba de vos menos odio, una resignación más entera...

Escena sexta
(Esta escena debe desarrollarse con toda rapidez)

Los mismos, AMELIE, CASIMIR.

(Cada uno de los criados toma a su amo en un aparte, en cada esquina del escenario.)

CASIMIR. (A OXTIERN.)

¿Señor?

OXTIERN.

¿Qué quieres, Casimir?

AMÉLIE (Llegando un poco después.) ¿Señora?

ERNESTINE.

¿Vienes a contarme nuevas adversidades?

CASIMIR. (A OXTIERN.)

Un oficial ha llegado a la posada.

AMÉLIE. (A ERNESTINE.)

Un militar, que no he podido ver, pregunta por vos, con la mayor urgencia.

OXTIERN.

Intenta saber quien puede ser.

ERNESTINE. (A AMELIE, con un movimiento de alegría.)

¡Es mi padre! ¡Habrá recibido mi recado, y ha llegado!

CASIMIR. (A OXTIERN.)

Señor, no os mostréis; es esencial que no veáis a ese hombre.

OXTIERN. (A ERNESTINE.)

Perdonad, importantes cuidados me reclaman. ¿Puedo concebir esperanzas de volver a encontraros mas tranquila?

ERNESTINE. (Con firmeza y nobleza.)

Sí, sí, contad conmigo, señor... Nunca me veréis por debajo del carácter que debéis suponer en mí... Me habéis creído despreciable, sin duda; vuestra misma conducta, al menos, me lo ha probado; pronto os convenceréis de que merecía vuestra estima.

OXTIERN. (Retirándose.) ¡Ah! Vos merecéis siempre mi corazón.

Escena séptima
ERNESTINE, AMELIE.

ERNESTINE. (Muy rápidamente.)

Vuela, Amélie, a ver quien es este forastero... ¡Cielos, si fuera mi padre...!

AMELIE. (Retirándose con rapidez.)

¡Ojalá venga a terminar con todos nuestros males...!

Escena octava
ERNESTINE. (Sola.)

¡Oh, colmo de la desdicha y la impudicia...! ¡Entre Oxtiern y yo, ofrecemos el mejor espectáculo de una y otra! Me atrevo a desafiar a la mano del destino, a que coloque a la vez en la tierra a una criatura mas digna de compasión que yo, o a otra más impúdica que el... Me ofrece su mano como indemnización de los males en que me hunde su perversidad... Si la aceptase, acabaría mancillada... ¡No, no, Oxtiern, no quiero tu mano, sino tu muerte; sólo ella puede calmar este estado en que me ha sumido tu ferocidad!

Escena novena
ERNESTINE, EL COROHEL FALKENHEIM.

ERNESTINE. (Se arroja hacia él, y se aleja en seguida con espanto.)

¡Padre mío! ¡Ah, padre mío, ya no soy digna de vos!

EL CORONEL.

¿Qué es lo que oigo?

ERNESTINE. (Con dolor.)

¿Por qué me abandonasteis, padre mío? ¡Funesto viaje..., desgraciadas circunstancias!... ¡El cruel...! ¡Él eligió el momento de vuestra ausencia, me engañó..., me hizo esperar la felicidad que vos vacilabais en concederme; y aprovechándose de mi debilidad, me hizo indigna del día y de vos!

EL CORONEL.

¡Cielo injusto! Sólo has prolongado mis días para hacerme testigo de semejante horror... Es preciso que el traidor perezca... (Quiere salir.)

ERNESTINE. (Deteniéndole.)

¡No, no! ¡A mi sola pertenece la venganza, solo yo me encargare de ello!

EL CORONEL.

¡Tus proyectos me preocupan!

ERNESTINE. (Rápidamente.)

No intentéis descifrarlos, son justos... y orgullosos como el alma que he recibido de vos... Os los contaré cuando llegue la hora... ¿Lo habéis visto, padre mío? ¿Se ha atrevido a aparecer delante de vos?

EL CORONEL.

Se ha guardado bien de ello. Una sola mirada mía le hubiera aniquilado.

ERNESTINE.

¿Entonces mi recado os enteró de mi fuga?

EL CORONEL.

Sólo él ha apresurado mis pasos.

ERNESTINE.

¡Ah, padre mío...! ¿Pudisteis sospechar de mí un solo instante...?

EL CORONEL.

Nunca; pero no dejaste un solo defensor.

ERNESTINE.

¿Acaso encuentran defensores los desdichados? Oxtiern es rico, tiene un gran prestigio; nosotros somos honrados y pobres... ¡Oh, sí, padre mío, sí! ¡Él debía tener razón!... ¿Sabéis algo del desgraciado Herman?

EL CORONEL.

Me hablaron de una quiebra en la que se ha visto complicado. Ese lamentable negocio sólo puede terminar, según me han dicho, con mucho dinero, y nosotros no lo tenemos.

ERNESTINE (Aparte.)

¡Oxtiern, Oxtiern, así es como te vengas de un rival...!

EL CORONEL.

¡Ojalá hubiera consentido en tu matrimonio! ¡Mis negativas crueles han sida la causa de todo!

ERNESTINE.

Vos las creísteis justas. ¿Acaso no es eso todo lo que necesito para olvidar el mal que me han hecho? ¿Quién mejor que el autor de nuestros días puede juzgar lo que nos conviene? Perdón, padre mío, os ruego que os alejéis un momento, no tengo ni un minuto que perder; salimos al amanecer para un castillo del conde; tal vez mañana esté encerrada para siempre, si no me libero hoy mismo... Evitad a Oxtiern, no lo veáis. Fabrice, el dueño de esta posada, me parece un hombre seguro; ordenadle que os esconda de todos, y dejad el resto a mi cuidado.

EL CORONEL. (Inquieto.)

Fabrice no estaba aquí cuando he llegado. Me han dicho que estaba en Estocolmo, que un importante asunto le retenía allí, pero que se esperaba su regreso antes del fin de la noche.

ERNESTINE. (Perturbada.)

¡Fabrice no está aquí! ¿Me habré equivocado? ¡En Estocolmo! ¿Qué habrá ido a hacer allí? ¿Será por orden del conde? ¡Lo conoce desde hace mucho tiempo! ... ¿Con qué nueva trampa me van a atrapar? ¡Todo me espanta y me sorprende!

EL CORONEL. (Con nobleza y energía.)

Sosiégate, Ernestine mía, tu padre ya no te abandonara jamás. Niña querida y desdichada, o bien triunfamos juntos o nos destruirán en brazos uno del otro. Adiós; que Amélie me avise de la menor necesidad que tengas de mi; y recuerda que el nieto del amigo de Carlos XII no sabría animar más que a un ser hecho para sostener el honor y la gloria de su familia.

Escena décima
ERNESTINE. (Sola.)

No, no hay más que un medio para satisfacerme, Oxtiern; es mi sangre la que tienes que derramar, o la tuya, la que yo verterá hasta la última gota... Escribamos. (Se instala ante la mesa y lee, conforme va escribiendo.) «Un hombre honrado no ultra j a impunemente a una muchacha virtuosa; vos conocéis las leyes del honor, cumplid, pues, con ellas; el adversario que os propongo es digno de batirse con vos. El jardín de esta posada os servirá de campo del honor, las armas serán vuestras espadas; os doy cita esta noche, a las once, en el lugar que os indico. Un joven, vestido de blanco, se presentará ante vos; atacadle con firmeza, pues os responderá de la misma manera. Pensad que uno de los dos tiene que morir, Oxtiern; sed tan valiente ahora como habéis sido vil. Sólo a este precio os perdona Ernestine. Adiós.» (Esconde el billete y luego llama.)

Escena undécima
ERNESTINE, AMÉLIE.

AMÉLIE (Con precipitación.) Aquí estoy, a vuestras ordenes, señora.

ERNESTINE. (Rápidamente.)

Vete a llevar este billete al conde... Y ten cuidado de que no vea a mi padre... Espera, que voy a retirarme. Harás venir a1 coronel a este aposento y ruégale que permanezca aquí, mientras vayas a llevar este billete. Amélie, este recado es tan importante como secreto; no olvides ni el más pequeño detalle. (Sale.)

Escena duodécima
AMÉLIE. (Sola.)

Este billete me preocupa. La cara con que me lo ha dado, y algunas palabras que ha pronunciado, a veces, sobre su hermano... Apuesto a que le ha enviado un aviso para que venga aquí y que va a enfrentarle al conde... Hay que prevenir al coronel..., se trata de sus hijos. Nunca me perdonaría de haberle escondido mis sospechas. ¡Cuántas desdichas, Dios mío, pueden provocar las odiosas maniobras de un malvado! (Está a punto de salir cuando encuentra al CORONEL.)

Escena decimotercera
AMÉLIE, EL CORONEL.

AMÉLIE.

¡Ah, señor! La señorita, vuestra hija, os suplica que permanezcáis un momento en este aposento, mientras voy a llevar al conde Oxtiern este importante billete que aquí veis.

EL CORONEL. ¿Qué contiene este billete?

AMÉLIE.

Lo ignoro, pero debe ser algo importante lo que encierra; pues la señorita me lo recomendó de modo muy apremiante.

EL CORONEL.

¿Y no sospechas nada?

AMÉLIE.

Perdonadme, pero creo que se trata de un desafío. Señor, vuestro hijo... La señorita, vuestra hija..., el conde Oxtiern...

EL CORONEL.

¿Mi hijo? Explícame pronto, que no entiendo nada.

AMÉLIE. (Con viveza.)

Pues, señor, apostaría a que la señorita, vuestra hija, ha llamado a su hermano para vengarse; que le ha enfrentado al conde Oxtiern, retándole con este billete; y que esos dos hombres van a luchar... ¡Oh, señor!, ¿no habría otro medio para castigar semejante afrenta sin exponer la vida de su hijo?

EL CORONEL.

Hay otros, sin duda alguna..., habrá otros, con toda seguridad... No importa, ve a entregar este billete; cumple lo quo tu ama te ha ordenado, y cuenta con mis cuidados para terminar como es debido este conflicto. (Vuelve a llamarla con impaciencia.) Amélie, si viniera mi hijo, si se acercase a esta casa, que no hable con nadie..., que me lo traigan en seguida; ordena lo que sea preciso para ello.

AMÉLIE. (Mientras sale.)

Sí, señor, sí, quedad tranquilo. Comprendo toda la importancia de esta recomendación.

Escena decimocuarta
EL CORONEL. (Solo.)

Mi hijo no peleará, soy yo el único que debe lavar esta afrenta. ¡Oh, hija mía, hija mía! Tu defensa sólo me concierne a mí. Mediré mi valor con el de este hombre atroz; y veremos si esta mano avezada al combate..., conducida por la más legítima venganza, tendrá por guía al Dios que protege al honor. Vamos a dar conocimiento al pérfido conde de estas decisiones, pero ocultémoslas a mi hija... Quiero que solo se entere del desafío por mi victoria... Pues si, mi triunfo es seguro; se trata de un monstruo que voy a castigar; y la providencia es demasiado sabia para dejar aplastar la virtud bajo los pérfidos atentados del vicio y la infamia.







ACTO TERCERO
El escenario representa el jardín de la posada.

Escena primera
(El día va cayendo lentamente; por lo tanto, al final el teatro quedará en la más completa oscuridad.)

OXTIERN, DERBAC.

(El principio de esta escena tiene un ritmo lento y misterioso.)

DERBAC.

Es para hablar contigo en el mayor secreto por lo que te he avisado para que bajaras al jardín un momento, querido conde. Hay mucho movimiento en esta casa; desde que ha llegado el coronel Falkenheim, Ernestine se ha encerrado y no quiere ver a nadie; Amélie anda por todas partes, y Casimir, que se entera de todo, me ha contado cosas extraordinarias.

OXTIERN. ¿Pues... qué sospechas?

DERBAC.

No sospecho nada, amigo mío, lo sé todo. Empieza por leer este billete, si la escasa luz del día que termina te lo permite. Amélie debía entregártelo; al no encontrarte, te dejó a Casimir para que te lo diera con el mayor cuidado; y yo lo he cogido de las manos de tu criado, y ya lo he leído.

OXTIERN. (Al leer el billete, solo se detiene en las siguientes palabras.)

«El adversario que os propongo es digno de batirse con vos... » ¿Y sabes quién es este adversario?

DERBAC.

Creo adivinarlo.

OXTIERN.

¿Quién, entonces?

DERBAC.

La propia Ernestine.

OXTIERN.

¿Ernestine?

DERBAC.

Estoy seguro de ello.

OXTIERN.

¿Y que certeza tienes de semejante extravagancia?

DERBAC.

He visto al criado de la posada, con el traje blanco de que se trata en las manos; lo llevaba a Amélie, que a su vez debía entregarlo a su ama. Y bajo este disfraz, ella misma vendrá esta noche a luchar contigo.

OXTIERN.

Este proyecto es inconcebible; esta dictado por la rabia y la desesperación únicamente: Tendremos que vengarnos de ello y no hay nada más fácil.

DERBAC.

Pero el coronel está aquí...

OXTIERN.

Aunque hubiera diez coroneles... esta criatura quiere mi muerte; tengo que avisarla: no pelearé contra ella, sino que la mataré..., pero quiero que viva, que viva para arrepentirse: Si escapa a mis designios, soy hombre perdido; se arrojara a los pies del rey y estaré deshonrado; mis bienes, mis cargos y mi prestigio..., todo será aniquilado; por lo tanto, no tengo mas remedio que... Atento, Derbac, mira quien se acerca por ese bosquecillo.

DERBAC.

Es Casimir. (El día sigue cayendo paulatinamente.)

Escena segunda
Los mismos, CASIMIR.

CASIMIR.

El coronel Falkenheim acaba de ordenarme, señor conde, que os entregue inmediatamente este billete.

OXTIERN.

Dame. (Lo lee con rapidez; después, hace un signo, despidiendo a CASIMIR, y se acerca misteriosamente a DERBAC.) Amigo mío, es una tarjeta de desafío del padre de Ernestine; como sabe que su hija ha lanzado a su hermano contra mi, no quiere ceder a nadie el honor de una venganza que le es tan necesaria; va a bajar a este jardín y me ruega que le espere para batirnos. Como ves, te has equivocado. El hermano de Ernestine debe haber entrado en esta casa sin que lo sepamos; ese es el enemigo que me oponía, y el traje blanco debía servir para disfrazarle.

CASIMIR. (Acercándose.) Señor, si me permitierais una palabra.

DERBAC.

Habla, amigo mío, di lo que sepas.

CASIMIR.

E1 traje blanco no es para el hermano de Ernestine, señor; ese hermano no ha entrado en la casa, estoy seguro; no he perdido de vista a ninguno de los forasteros que han llegado, y puedo aseguraros que este joven, a quien conozco bien, no ha aparecido. El traje es para Ernestine, estad seguro de ello; el criado de la posada, a quien vuestro oro ha sabido ganarnos, ha ido a por el a la vecindad y debe entregárselo a la misma señorita Ernestine.

DERBAC. (Insistiendo.)

Todo esta aclarado. ¿Ves lo que pasa, Oxtiern? Ernestine debe haber dicho al coronel que pretendía valerse de su hermano para vengarse, con el fin de ocultarle su verdadero proyecto; el coronel lo ha creído; no quiere que su hijo se bata y acude él mismo, en persona, a la cita.

OXTIERN. (Con viveza.) ¿Y también vendrá Ernestine?

DERBAC.

Sin duda alguna.

OXTIERN.

¿Vendrá vestida de blanco?

CASIMIR.

Eso es lo cierto, señor.

OXTIERN. (En un arrebato enérgico y feroz.)

¡Abrazadme, amigos míos! Buscábamos un medio para deshacernos de esta muchacha: la suerte nos ofrece uno que nunca ha tenido igual. (Con más frialdad.) Casimir, ve a decir al coronel que le espero. Será de noche... Dile que estaré vestido de blanco: que arremeta, sin miramiento alguno, contra el individuo que vea vagar, de esta guisa, entre las tinieblas.

DERBAC. (Con un grito de espanto.)

¡Ah! ¿Harás degollar a la hija en las manos de su padre?

OXTIERN.

¡Silencio! ¿Acaso no veis, amigos, que es la suerte quien me ofrece estas posibilidades de venganza? ¿Y vosotros no queréis que me aproveche de ellas?

DERBAC.

Este crimen es execrable y me subleva.

OXTIERN.

Es útil para mi tranquilidad.

CASIMIR. (Intentando calmar a su amo.)

¡Señor, señor!

OXTIERN.

Cállate, bribón. Y vete si tiemblas.

CASIMIR.

Obedezco. El coronel sabrá que su enemigo se dirigirá, vestido de blanco, a la cita. (Aparte, mientras se retira.) ¡Ah! Espero que Fabrice este de regreso antes de que se consume este horror. (Sale.)

Escena tercera
OXTIERN, DERBAC.

OXTIERN.

Este criado me impacienta. Tiembla demasiado; estos imbéciles carecen de principios; les extraña todo lo que se aparta de la regla ordinaria del vicio o la granjería; los remordimientos les asustan.

DERBAC. (Con viveza.)

¡Malditos sean los infames a quienes nada detiene! ¡Maldito seas, si persistes en esto! Jamás se ha concebido crimen más negro, ni siquiera en los mismos infiernos.

OXTIERN.

Convengo en ello; pero es útil... ¿Acaso no había tramado mi perdida esta orgullosa criatura?

DERBAC.

¡Peleaba contra ti! Exponía su propia vida.

OXTIERN.

Hacer de heroína... ¡No me gustan en una mujer los arrebatos del orgullo!

DERBAC. (Conmovido.)

¡Ah! ¿Acaso no tiene algún derecho al orgullo, este mismo ser que tal vez más que ningún otro merezca mejor nuestro respeto?

OXTIERN.

Bien..., una vez más has vuelto a tus moralismos. Por poco rato que te abandone, luego tengo verdaderas dificultades para recuperarte. ¡Vamos, Derbac, un poco de valor! Por terror a que Casimir no cumpla bien con mi recado, ejecútalo tú mismo. El coronel va a llegar; dile que se arroje con ardor sobre el enemigo que vea adelantarse hacia el vestido de blanco: será su propia hija... ¿Me oyes, Derbac? Así estaré vengado. (Sale.)

Escena cuarta
DERBAC. (Solo.)

No, no puedo decidirme a servir en una infamia semejante; dejemos estos cuidados a Casimir y no nos mezclemos lo más mínimo en este horror. Quiero dejar la compañía de este hombre... Volveré a caer en la miseria, de la que me apartaba su crédito; es una desgracia, desde luego, pero menor que la de corromperme durante mas tiempo en su indigna escuela. La indigencia me espanta menos que el crimen; por mucho que sufra, a un hombre honesto le consuela su corazón... (Sale en cuanto ve que alguien aparece.)

Escena quinta
EL CORONEL. (Vagando en las tinieblas.)

Este es el lugar del desafío... Pensé que él me habría precedido; no tardará, sin duda... ¡Oh, desgraciado! ¿Qué vas a hacer?... Leyes crueles del honor ¡cuán injustas sois! ¿Por qué ha de arriesgarse el ofendido, siendo culpable el agresor?... ¡Ah! ¡Qué me mate, que me despedace, pues no puedo sobrevivir a mi deshonor! (Se estremece.) Me parece que le oigo... ¿Por qué la llegada de este adversario me provoca sentimientos que no puedo dominar?... ¡Sin embargo, yo nunca he conocido el miedo! El deseo de venganza me perturba, me impide ver la verdadera causa de estas impresiones que me conmueven; la noche se hace tan oscura que apenas podré reconocer el color del traje con que estará vestido, según me han dicho. (Muy bajo, a continuación, sobre todo para que ERNESTINE no pueda oírlo.) Él es; ataquémosle en silencio, no hagamos ruido en el desafío.

(Empuña la espada y se arroja sobre ERNESTINE, que aparece vestida de hombre y del color que ya se ha dicho. Apenas comienza el combate, cuando se oyen dos pistoletazos en el corredor: los de HERMAN y el CONDE. HERMAN entra precipitadamente; acaba de matar a OXTIERN. FABRICE acude un momento después.)

Escena sexta y última
EL CORONEL, ERNESTINE, HERMAN; luego FABRICE.

(Esta escena debe ser representada con la máxima rapidez.)

HERMAN. (Todavía en el corredor, entre bastidores.)

¡Muere, traidor! ¡Ernestine está vengada! (Corre a separar a los duelistas.) ¡Deteneos, Santo cielo! ¡Qué sangre vais a derramar! ¡Desdichado padre, reconoced a vuestra hija!

ERNESTINE. (Soltando su espada.)

¡Dios mío!

EL CORONEL.

¡Mi querida y desdichada hija!

FABRICE. (Con exaltación, apareciendo ahora.)

Vuestras desgracias han terminado, coronel. Apenas informado de los horrores del conde, volé a Estocolmo y libere a vuestro joven amigo de las cadenas con que le había aprisionado Oxtiern; aquí veis el primer uso que ha hecho de su libertad.

HERMAN.

El cobarde..., bien poco me ha costado su derrota: así es de sencillo, triunfar de un traidor. Ya victorioso acudo, señor, a aclararos estas desgracias de las que, a vuestro pesar, se os hacia causante y a pediros la mano de esta hija querida que os he conservado y que ahora me atrevo a enorgullecerme de haberla merecido.

EL CORONEL. (Gesto de aprobación y de dolor.)

ERNESTINE. (A HERMAN.)

¿Puedo todavía pretender felicidad semejante?

HERMAN. (Tiernamente, a ERNESTINE.)

¡Ah! ¿Podrían acaso los crímenes de un infame como Oxtiern mancillar siquiera la obra más hermosa de la naturaleza?

EL CORONEL.

¡Oh, Fabrice! ¡Cuanta generosidad! ¿Cómo podríamos pagaros...?

FABRICE.

Con vuestra amistad, amigos míos; creo merecerla. He hecho el mejor uso posible de mi dinero..., castigar el crimen y recompensar la virtud..., ¡que alguien me diga si es posible colocarlo a más elevado interés!

FIN
de
«OXTIERN O LAS DESDICHAS DEL LIBERTINAJE»

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