martes, enero 23, 2007

"Dulce pájaro de juventud"Tennessee Williams




Dulce pájaro de juventud
Tennessee Williams



Incesantes cabriolas para quienes lleven
la leyenda de su juventud hasta el mediodía
HART GRANE
A CHERYL CRAWFORD

Prólogo
Cuando, hace unos días, fui por la mañana a mi escri¬torio, encontré sobre mi mesa de trabajo una carta que había escrito pero no despachado. Comencé a leerla y encontré esta oración: "Todos somos gente civilizada, lo que significa que todos somos salvajes de corazón, pero observamos unas cuantas normas de conducta civiliza¬da". Luego proseguía diciendo: "Temo que yo observo menos normas que tú. ¿Motivo? Estoy acorralado contra la pared y lo he estado durante tanto tiempo que la presión de mi espalda sobre ella ha comenzado a descascarar el yeso que cubre los ladrillos y la argamasa".
¿No es extraño que dijera que la pared estaba cedien¬do, no mi espalda? Me parece que sí. Siguiendo esa libre asociación de ideas, súbitamente recordé una cena que una vez tuve con un distinguido colega. Durante el trans¬curso de esa comida, bastante cerca del postre, él rompió un largo y doloroso silencio levantando hacia mí su simpáti¬ca mirada y diciéndome suavemente: "Tennessee, ¿no te sientes bloqueado como escritor?"
No me detuve a pensar la respuesta; me vino inmedia¬tamente a los labios sin que mediara ninguna pausa para planearla. Dije: "Oh, sí, siempre estuve bloqueado como escritor, pero mi deseo de escribir ha sido tan fuerte que siempre ha roto el bloqueo y lo ha superado".
Nada falso sale de la boca con tanta rapidez. Los dis¬cursos planeados son los que contienen mentiras o disimu¬los, no lo que uno barbota espontáneamente en un instante.
Era literalmente cierto. A los catorce años descubrí la escritura como un escape del mundo real, en el que me sentía terriblemente incómodo. De inmediato se convirtió en mi lugar de retiro, mi cueva, mi refugio. ¿De qué me refugiaba? De que me llamaran mariquita los chicos del barrio, la señorita Nancy y mi padre porque prefería leer libros en la biblioteca grande y clásica de mi abuelo a jugar a las bolitas, al béisbol y a otros juegos normales de chi¬cos, como resultado de una grave enfermedad infantil y de un excesivo apego a las mujeres de mi familia, quienes habían logrado que volviera a tomarle gusto a la vida.
Creo que no más de una semana después de que empe¬cé a escribir me encontré con el primer bloqueo. Es difícil explicarlo de forma que resulte comprensible para quien no sea neurótico. Lo intentaré. Toda mi vida me ha acosado la obsesión de que desear o amar algo intensamente es ponerse en posición vulnerable, tener todas las posibilida¬des, sino probabilidades, de perder lo que uno más quie¬re. Dejémoslo así. Ese bloqueo siempre ha estado allí y siempre lo estará, y mi oportunidad de obtener o lograr algo que ansío siempre se verá gravemente reducida por la inamovible existencia de ese bloqueo.
Una vez lo describí en un poema llamado "Los niños maravillosos".
"Él, el demonio, armó barricadas de estaño dorado y púrpura que tenían la etiqueta Miedo (y otros títulos augus¬tos), sobre las cuales ellos, los niños, saltaban ágilmente, siempre lanzando hacia atrás su risa salvaje."
Pero el hecho de tener que luchar siempre con ese adversario que es el miedo, el cual a veces se volvía terror, me dio una cierta tendencia a presentar una atmósfera de histeria y violencia en mi escritura, una atmósfera que ha existido en ella desde el comienzo.
En mi primer trabajo publicado, por el cual recibí la gran suma de treinta y cinco dólares, un cuento publicado en el número de julio o agosto de 1928 de Weird Tales, me remití a un párrafo de las antiguas historias de Hero¬doto para crear un relato en el cual la reina egipcia Nitocris invita a todos sus enemigos a un lujoso banquete en un salón subterráneo a orillas del Nilo. Una vez que están allí, en el punto culminante del banquete, la reina se excu¬sa levantándose de la mesa y abre las esclusas que permi¬ten el ingreso de las aguas del Nilo en el salón cerrado, ahogando como a ratas a sus odiados huéspedes.
Tenía dieciséis años cuando escribí este relato pero ya era un escritor confirmado, pues había sentido la voca¬ción a los catorce años y, si están familiarizados con lo que he escrito desde entonces, no es necesario que les diga que estableció la tonalidad de casi la mayor parte de mi obra posterior.
Mis primeras cuatro piezas teatrales, dos de ellas repre¬sentadas en St. Louis, eran igualmente violentas o más toda¬vía. El primero de los dramas que escribí como profesional y que se puso en Broadway fue Batalla de ángeles, que era de lo más violento que se pueda poner en escena.
Durante los diecinueve años transcurridos desde enton¬ces, sólo escribí cinco piezas que no son violentas: El zoo de cristal, You Touched Me (Me tocaste), Verano y humo, La rosa tatuada y una comedia seria llamada Período de ajus¬te, que todavía se está representando en Florida.
Lo que me sorprende es hasta qué punto tanto los crí¬ticos como el público han aceptado este fuego concentra¬do de violencia. Y creo que lo que me ha sorprendido más que nada es la aceptación y la alabanza de Súbitamente el último verano. Cuando se estrenó fuera de Broadway, creí
que los críticos cubrirían de brea, emplumarían y expulsa¬rían en carreta mi pieza del teatro de Nueva York, y que su único futuro sería que la representaran traducida en teatros del extranjero, donde erróneamente entenderían mi obra como una denuncia de la moral norteamericana, sin comprender que escribo sobre la violencia de la vida norteamericana sólo porque no estoy tan familiarizado con la sociedad de otros países.
El año pasado pensé que, como escritor, podía ayu¬darme hacer un tratamiento psicoanalítico y lo hice. El ana¬lista, que conocía mi obra y reconoció las heridas psíquicas expresadas en ella, me preguntó, poco después de empe¬zar: "¿Por qué está tan lleno de odio, rabia y envidia?"
Odio fue la palabra que objeté. Después de mucha dis¬cusión y argumentos decidimos que "odio" no era nada más que un término provisorio y que sólo lo usaríamos has¬ta que descubriéramos un término más preciso. Pero, por desgracia, empecé a ponerme inquieto y a saltar entre el diván del analista y algunas playas del Caribe. Creo que antes de que decidiéramos terminar había convencido al médico de que odio no era la palabra correcta, que había otra cosa, otra palabra para eso que todavía no habíamos descubierto, y dejamos las cosas así.
Rabia, ¡claro que sí! Y envidia, ¡sí! Pero odio no. Creo que el odio es una cosa, un sentimiento, que sólo puede exis¬tir cuando no hay comprensión. Es significativo que los bue¬nos médicos nunca lo experimenten. Nunca odian a sus pacientes, por odiosos que puedan resultar con su incesante y maníaca concentración en sus propios yoes torturados.
Dado que soy un miembro de la raza humana, cuando ataco el comportamiento del hombre ante sus prójimos obviamente me estoy incluyendo en el ataque, a menos que no me considerara humano sino superior a la humanidad. No es así. De hecho, no puedo exhibir una debilidad huma¬na en el escenario si no la conozco por padecerla yo mis¬mo. He expuesto una buena cantidad de debilidades y bru¬talidades humanas y, en consecuencia, las padezco.
Ni siquiera me considero más consciente de las mías que cualquiera de ustedes de las suyas. La culpa es univer¬sal. Me refiero al fuerte sentimiento de culpa. Si existe algu¬na zona en la que un hombre puede elevarse por encima de su condición moral –que le impone con el nacimiento, y mucho antes del nacimiento, la naturaleza de su raza–, creo que se trata sólo de buena voluntad el conocerla, reconocer su existencia, y creo que, por lo menos debajo del nivel conciente, todos la enfrentamos. De ahí los senti¬mientos de culpa y de ahí las agresiones desafiantes, y de ahí la profunda oscuridad de la desesperación que acecha nues¬tros sueños y nuestro trabajo creativo y nos hace desconfiar a los unos de los otros.
Basta por ahora de abstracciones filosóficas. Para vol¬ver a la escritura teatral, si hay alguna verdad en la idea aristotélica de que la violencia se purga por su representación poética en el escenario, tal vez mi ciclo de piezas violentas haya tenido, después de todo, una justificación moral. Sé que yo la experimenté. Siempre sentí que se aliviaba la sensa¬ción de falta de sentido y de muerte cuando un trabajo de intención trágica lograba, en mi punto de vista, esa inten¬ción, aunque sólo lo hiciera aproximadamente.
Diría que hay algo mucho más grande en la vida y en la muerte que aquello de lo que tenemos conciencia (o de lo queda adecuadamente registrado) en nuestro vivir y nuestro morir. Y más aún, para completar este desvergon¬zado romanticismo, diría que nuestro teatro serio es la búsqueda de aquello que todavía no se ha logrado sino que está en proceso de formación.
T. W.

Personajes
CHANCE WAYNE
LA PRINCESA KOSMONOPOLIS
FLY
MUCAMA
GEORGE SCUDDER
HATCHER
JEFE FINLEY
TOM JUNIOR
TÍA NONNIE
HEAVENLY FINLEY
CHARLES
STUFF
SEÑORITA LUCY
EL PROVOCADOR
VIOLETA
EDNA
SCOTTY
BUD
HOMBRES EN EL BAR
BOTONES

Sinopsis de las escenas

PRIMER ACTO
PRIMERA ESCENA: Un dormitorio en el Hotel Royal Palms, en algún lugar de la Costa del Golfo.
SEGUNDA ESCENA: El mismo lugar, más tarde.
SEGUNDO ACTO
PRIMERA ESCENA: La galería de la casa del Jefe Finley en St. Cloud.

SEGUNDA ESCENA: El salón del bar y el jardín de palmeras del Hotel Royal Palms.
TERCER ACTO
El mismo dormitorio del Primer Acto.

ÉPOCA: Moderna, un domingo de Pascua, des¬de bien entrada la mañana hasta la noche tarde.

ESCENOGRAFÍA
Y "EFECTOS
ESPECIALES El telón de fondo del escenario es un ciclorama que debería dar unidad poética a la atmósfera de varios escenarios específicos. Hay proyecciones no realistas sobre este ciclorama, la más im¬portante y constante de las cuales es un bosquecillo de palmeras reales. Casi siempre sopla viento entre estas pal¬meras muy altas, a veces es sonoro, a ve¬ces sólo un susurro y a veces se mezcla con un tema musical que se identifica¬rá, cuando suene, como el "Lamento". En las escenas que transcurren durante el día, la proyección del ciclorama es una abstracción poética de un mar y un cielo semitropicales en una agradable prima¬vera. De noche es el jardín de palmeras con sus ramas entre las estrellas.
Los decorados específicos se tratarán con tanta libertad y economía como las escenografías para La gata sobre el teja¬do de zinc caliente o Verano y humo. Se los describirá a medida que surjan en el guión.

PRIMER ACTO
PRIMERA ESCENA
El dormitorio de un hotel anticuado pero todavía de moda en algún punto de la Costa del Golfo, en una ciu¬dad llamada St. Cloud. Lo imagino parecido a uno de esos "Grandes Hoteles" en los alrededores de Sorrento o Montecarlo, ubicado en medio de un jardín de palmeras. El estilo es vagamente "morisco". El mueble principal es una gran cama de dos plazas con los pies dirigidos hacia el público. En una especie de rincón morisco, que tiene ventanas con persianas cerradas en la parte trasera, hay un taburete de mimbre y dos banquetas, también de mim¬bre, sobre los cuales está suspendida de una cadena de bronce una lámpara morisca. Las ventanas llegan hasta el piso y dan a una galería. También hay una puerta prac¬ticable que se abre a un corredor: las paredes sólo están sugeridas.
Sobre la gran cama se ven dos figuras, una mujer dor¬mida y un hombre joven despierto, sentado, que lleva pan¬talones de pijama de seda blanco. El rostro de la mujer dormida en parte está cubierto por un antifaz negro de satén sin agujeros en los ojos para protegerla del resplandor matinal. Respira y se mueve en la cama como si estuviera en medio de una pesadilla. El joven está encendiendo el primer cigarrillo del día.
(Del otro lado de las ventanas se oyen los suaves y urgen¬tes chillidos de los pájaros, el batir de sus alas. Luego un mozo de color, Fly, aparece en la puerta del corredor, tra¬yendo un servicio de desayuno para dos. Golpea. Chance se levanta, se detiene un momento frente a un espejo ubica¬do en la cuarta pared para pasarse un peine por su cabello rubio ligeramente ralo, antes de ir a abrir la puerta.)

CHANCE: Ah, bien, déjelo ahí.

FLY: Sí, seor.

CHANCE: Deme el bromo primero. Mejor me lo mezcla usted, estoy...

FLY: ¿Tiene las manos temblorosas esta mañana?

CHANCE (estremeciéndose después de beber el bromo): Abra un poco las persianas.
¡Eh, dije un poco, no mucho, no tanto!
(Cuando se abren las persianas, lo vemos claramente por primera vez: tiene cerca de treinta años, aunque su rostro aparenta un poco más de edad; se la podría des¬cribir como una "cara joven devastada" y, sin embar¬go, todavía es excepcionalmente buen mozo. Su cuerpo no muestra señales de declinación; es el tipo de cuerpo para el que están hechos, o deberían estarlo, los pijamas de seda blanca. Suena la campana de una iglesia y desde otra iglesia más cercana un coro comienza a cantar el Aleluya. Esto lo atrae a la ven¬tana y mientras cruza el cuarto dice:)
No sabía que era... domingo.

FLY: Sí, seor, es domingo de Pascua.

CHANCE (inclinándose hacia adelante un momento, con las manos aferradas a las persianas): Ajá, ajá...

FLY: Es la Iglesia Episcopal donde están cantando. La cam¬pana es de la Iglesia Católica.

CHANCE: Incluiré su propina en la cuenta.

FLY: Gracias, señor Wayne.

CHANCE (mientras Fly se dirige a la puerta): Un momento, ¿cómo sabe mi nombre?

FLY: Era mozo en el Gran Salón de Baile cuando usté iba a los bailes del sábado a la noche con esa chica real¬mente bonita con la que bailaba tan bien, Ja hija del seor Jefe Finley.

CHANCE: Te voy a aumentar la propina a cinco dólares a cambio de un favor: que no recuerdes que me recono¬ciste ni nada de todo eso. Tu nombre es Fly... fuera, Fly. Cierra la puerta sin hacer ruido.

VOZ AFUERA: Sólo un minuto.

CHANCE: ¿Quién es?

VOZ AFUERA: George Scudder.
(Breve pausa. Fly se va.)
CHANCE: ¿Cómo supiste que estaba aquí?
(Entra George Scudder: un joven buen mozo y de apa¬riencia fresca, con aspecto de hombre de negocios, que podría ser el presidente de la Cámara Junior de Comercio, pero que en realidad es un médico joven, de unos treinta y seis o treinta y siete años.)
SCUDDER: El subgerente que te registró anoche en el hotel me llamó esta mañana para decirme que habías vuelto a St. Cloud.

CHANCE: ¿Y viniste en seguida a darme la bienvenida a casa? SCUDDER: Esa señora amiga tuya hace unos ruidos que pare¬ce que estuviera saliendo de una anestesia.

CHANCE: La princesa tuvo una noche dura.

SCUDDER: ¿Te enganchaste con una Princesa? (Burlona¬mente.) Caramba.

CHANCE: Me he estado moviendo mucho.

SCUDDER: Ni siquiera menciono nombres en la carta.

CHANCE: ¿Sobre qué era la carta?

SCUDDER: Siéntate aquí, así no tengo que hablar en voz alta de esto. Ven más cerca. No puedo hablar en voz alta de esto. (Scudder le indica la silla ubicada junto al taburete. Chance cruza el escenario y pone un pie sobre la silla.) En esa carta sólo te decía que cierta chica que conocíamos había pasado por una experien¬cia horrible, una ordalía trágica, debido a las relaciones que había tenido contigo en el pasado. Te decía que te ponía al tanto de eso sólo para que no se te ocurriera volver a St. Cloud, pero se te ocurrió.

CHANCE: Te dije que no recibí la carta. No me hables de car¬tas pues no recibí ninguna carta.

SCUDDER: Te estoy repitiendo lo que te decía en esa carta.

CHANCE: De acuerdo. Está bien. Dime lo que me decías, pero... no me hables como si tuviéramos un código secreto en común. ¿Qué me decías? ¿De qué ordalía hablabas? ¿De qué chica? ¿De Heavenly? ¿De Hea¬venly, George?

SCUDDER: Veo que es imposible hablar de esto con calma, de manera que...

CHANCE (levantándose para bloquearle el camino a Scudder): ¿De Heavenly? ¿Qué ordalía?
SCUDDER: No vamos a mencionar nombres, Chance. Vine corriendo esta mañana apenas me enteré de que estabas de vuelta en St. Cloud, antes de que el padre y el hermano de la chica pudieran enterarse de que habías vuelto, para disuadirte de que intentes ponerte en contacto con la chica y para sacarte de aquí. Eso es absolutamente todo lo que tengo que decirte en este cuarto y en este momen¬to... Pero espero haberlo dicho de manera tal que te des cuenta de la urgencia vital que implica, así te vas...

CHANCE: ¡Dios mío! Si algo le pasó a Heavenly, ¿por favor, podrías decirme... qué fue?

SCUDDER: Dije nada de nombres. No estamos solos en este cuarto. Ahora, cuando baje, voy a hablar con Dan Hatcher, el subgerente... él me dijo que te habías registrado aquí... y le diré que quieres irte, de manera que más vale que prepares a la Bella Durmiente y te prepares tú para viajar. Además, te sugiero que sigas viajando hasta que hayas cruzado la frontera del Estado...

CHANCE: No vas a salir de este cuarto hasta que me hayas explicado lo que diste a entender al hablar de mi chi¬ca de St. Cloud.

SCUDDER: Hay muchas más cosas vinculadas con este asun¬to que sentimos que no deben comentarse con nadie y menos que nadie contigo, ya que te has convertido en un criminal degenerado, el único término adecuado para ti. Pero, Chance, creo que tengo que recordarte que una vez, hace mucho, el padre de esta chica escri¬bió una receta para ti, una especie de receta médica: castración. Más vale que pienses en eso, pues te priva¬ría de lo único que tienes para seguir sobreviviendo. (Avanza hacia los escalones.)
CHANCE: Estoy acostumbrado a esa amenaza. No me iré de St. Cloud sin mi chica.

SCUDDER (desde los escalones): No tienes ninguna chica en St. Cloud. Heavenly y yo vamos a casarnos el mes que viene. (Se va abruptamente.)
(Chance, sacudido por lo que ha oído, se da vuelta y descuelga el teléfono, arrodillándose en el piso.)
CHANCE: ¿Hola? St Cloud 525. Hola, ¿tía Nonnie? Es Chance, sí, Chance. Estoy en el Royal Palms y yo...
¿qué pasa, le ha ocurrido algo a Heavenly? ¿Por qué no puede hablar ahora? George Scudder estuvo aquí y... ¿Tía Nonnie? ¿Tía Nonnie?
(Cuelgan del otro lado. La mujer dormida de pronto grita y se despierta. Chance deja caer el tubo en la horqui¬lla y corre hacia la cama.)
CHANCE (inclinándose sobre ella mientras lucha por salir de la pesadilla): ¡Princesa! ¡Princesa! Eh, ¡Princesa Kos! (Le quita el antifaz: ella se sienta jadeando y mirando trastornada alrededor.)

PRINCESA: ¿Quién es usted? ¡Socorro!

CHANCE (sobre la cama): Tranquila, tranquila...

PRINCESA: Oh... tuve... un sueño horrible.

CHANCE: Está bien. Chance está contigo.

PRINCESA: ¿Quién?

CHANCE: Yo.

PRINCESA: ¡No sé quién es usted!

CHANCE: Pronto lo recordarás, Princesa.

PRINCESA: No sé, no sé...

CHANCE: Pronto lo recordarás. ¿Qué estás buscando, mi vida?

PRINCESA: ¡El oxígeno! ¡La máscara!

CHANCE: ¿Por qué? ¿Te falta el aire?

PRINCESA: ¡Sí! ¡Me... falta... el aire!

CHANCE (buscando la valija que corresponde): ¿En qué vali¬ja está tu oxígeno? No puedo recordar en qué valija lo guardamos. Ah, sí, el maletín de cocodrilo, el que tie¬ne la cerradura con combinación. ¿No era cero el pri¬mer número...? (Vuelve a la cama y busca una valija en el extremo más lejano.)

PRINCESA (como con su último suspiro): Cero, cero. Dos ceros a la derecha y luego de vuelta a...

CHANCE: Cero, tres ceros, dos a la derecha y el último a la izquierda...

PRINCESA: ¡Rápido! ¡No puedo respirar, me estoy murien¬do!

CHANCE: Lo estoy buscando, Princesa.

PRINCESA: ¡RÁPIDO!

CHANCE: Aquí está, lo encontré...
(Saca del maletín un pequeño cilindro de oxígeno y una máscara. Pone el inhalador sobre la nariz y la boca de ella. La Princesa cae sobre la almohada. Chance le colo¬ca la otra almohada bajo la cabeza. Después de un momen¬to, su respiración aterrada cede y le gruñe.)
PRINCESA: ¿Por qué cuernos lo metiste en ese maletín? CHANCE (de pie junto a la cabecera de la cama): Dijiste que pusiera todas tus cosas de valor en el maletín. PRINCESA: Me refería a mis alhajas y lo sabes, ¡cretino! CHANCE: Princesa, no pensé que volvieras a tener esos ataques. Creí que teniéndome contigo para protegerte se acabarían esos ataques de pánico, yo...
PRINCESA: Dame una píldora.

CHANCE: ¿Qué píldora?

PRINCESA: Una rosa, una rosadita, y vodka...
(Él pone el tubo de oxígeno en el suelo y va hasta el baúl. Suena el teléfono. Chance le da una píldora a la Princesa, toma la botella de vodka y va al teléfono. Se sienta con la botella entre las rodillas.)
CHANCE (sirviendo un trago, con el auricular sostenido entre el hombro y la oreja): ¿Hola? Oh, hola señor Hatcher... ¿Qué? Pero señor Hatcher, anoche cuando nos registramos aquí no nos dijeron eso y la señorita Alexandra Del Lago...

PRINCESA (gritando): ¡No uses mi nombre!

CHANCE: ...está agotada, no se siente nada bien, señor Hatcher, y no está en condiciones de viajar... Estoy seguro de que usted no querrá asumir la responsabili¬dad de lo que le pueda pasar a la señorita Del Lago...

PRINCESA (gritando de nuevo): ¡No uses mi nombre!

CHANCE: ...si intentar irse hoy en el estado en el que se encuentra... ¿o sí?

PRINCESA: ¡Cuelga! (Él lo hace. Va con su trago y con la botella hacia la Princesa.) Quiero olvidarme de todo, quiero olvidar quién soy...

CHANCE (alcanzándole el trago): Dijo que...

PRINCESA (bebiendo): Por favor cállate, ¡estoy olvidando! CHANCE (sacándole el vaso): De acuerdo, sigue olvidando. No hay nada mejor que eso, ojalá yo pudiera hacerlo...

PRINCESA: Yo puedo, lo haré. Estoy olvidando... estoy olvi¬dando...
(Se recuesta. Chance va hacia los pies de la cama, donde parece ocurrírsele una idea. Deja la botella en el suelo, corre hasta la cómoda y toma un gra¬bador. Lo lleva hacia la cama y lo pone en el piso. Mientras lo enchufa, tose.)
¿Qué pasa?

CHANCE: Estoy buscando mi cepillo de dientes.

PRINCESA (arrojando la máscara de oxígeno sobre la cama): Por favor, ¿te llevarías esto?

CHANCE: ¿Estás segura de que aspiraste suficiente?

PRINCESA (riéndose sin aliento): Sí, por amor a Dios, llévatelo de aquí. Debo verme espantosa con eso puesto.

CHANCE (tomando la máscara): No, no, sólo se te ve exótica, corno una princesa de Marte o un gran insecto ampliado.

PRINCESA. Gracias, controla el cilindro, por favor.

CHANCE: ¿Para qué?

PRINCESA: Controla el aire que quedó; hay una válvula en el cilindro que indica la presión...

CHANCE: Sigues respirando corno un percherón que ha corrido una milla entera. ¿Estás segura de que no nece¬sitas un médico?

PRRNCESA: No, por amor a Dios... ¡no!

CHANCE: ¿Por qué te dan tanto miedo los médicos?

PRINCESA (con voz ronca y rápidamente): No los necesi¬to. Lo que ocurrió no es nada. Me pasa a menudo. Algo me perturba... me entra adrenalina en la sangre y me quedo sin aire, eso es todo, eso es todo lo que pasa... Me desperté, no sabía dónde estaba ni con quién, me dio pánico... eso liberó adrenalina y me quedé sin aire...

CHANCE: ¿Ahora estás bien, Princesa? ¿Eh? (Se arrodilla sobre la cama y la ayuda a estirar las almohadas.)

PRINCESA: No del todo todavía, pero lo estaré. Lo estaré.

CHANCE: Estás llena de complejos, doña regordeta.

PRINCESA: ¿Cómo me llamaste?

CHANCE: Doña regordeta.

PRINCESA: ¿Por qué me llamas así? ¿Acaso he descuidado mi silueta?

CHANCE: Aumentaste unos buenos kilos después de esa desilusión que tuviste el mes pasado.

PRINCESA (golpeándolo con una almohada): ¿Qué desilu¬sión? No recuerdo ninguna.

CHANCE: ¿Puedes controlar a tal punto tu memoria?

PRINCESA: Sí. He tenido que aprender. ¿Dónde estamos, en un hospital? Y tú, ¿qué eres, un enfermero?

CHANCE: Te cuido pero no soy tu enfermero.

PRINCESA: Pero eres mi empleado, ¿no es cierto? ¿Para hacer qué exactamente?

CHANCE: No me pagas un sueldo.

PRINCESA: ¿Qué arreglo tenemos? ¿Sólo te pago los gastos?

CHANCE: Sí. Pagas las cuentas.

PRINCESA: Entiendo. Sí, entiendo.

CHANCE: ¿Por qué te restriegas los ojos?

PRINCESA: ¡Tengo tan borrosa la vista! ¿No uso anteojos, no tengo ningún par de anteojos?

CHANCE: Tuviste un pequeño accidente con tus anteojos.

PRINCESA: ¿Qué pasó?

CHANCE: Te caíste de boca con ellos puestos.

PRINCESA: ¿Se rompieron del todo?

CHANCE: Se quebró un cristal.

PRINCESA: Bueno, haz el favor de darme lo que quedó. No me importa despertarme en situación íntima con alguien, pero me gusta ver quién es, para poder hacer cualquier ajuste que me parezca necesario...

CHANCE (levantándose y yendo al baúl, donde enciende un cigarrillo): Sabes cómo soy.

PRINCESA: No, no lo sé.

CHANCE: Lo sabías.

PRINCESA: Te digo que no recuerdo, ¡he olvidado todo! CHANCE: No creo en la amnesia.

PRINCESA: Yo tampoco. Pero uno tiene que creer en lo que le ocurre.

CHANCE: ¿Dónde pusiste tus anteojos?

PRINCESA: No me preguntes a mí. Tú dijiste que me caí con ellos puestos. Si estaba en ese estado no es proba¬ble que sepa dónde está nada de lo que llevaba enci¬ma. ¿Qué pasó anoche?
(Él ha tomado los anteojos pero no se los ha dado a la Princesa.)
CHANCE: Te pusiste fuera de combate.
PRINCESA: ¿Dormimos juntos?

CHANCE: Sí, pero no te molesté.

PRINCESA: ¿Tengo que agradecértelo o acusarte de defrau¬dación? (Se ríe tristemente.)

CHANCE: Me gustas, eres un lindo monstruo.

PRINCESA: Tu voz suena joven. ¿Eres joven?

CHANCE: Tengo veintinueve años.

PRINCESA: Cualquier hombre de esa edad es joven, excep¬to un árabe. ¿Eres muy buen mozo?

CHANCE: Solía ser el muchacho más buen mozo de esta ciudad.

PRINCESA: ¿Qué tamaño tiene esta ciudad?

CHANCE: Bastante grande.

PRINCESA: Bien, me gustan las buenas novelas de misterio, las leo para dormirme y, si no me hacen dormir, es señal de que son buenas: pero ésta es un poco demasiado buena para que me sienta cómoda. Ojalá que encon¬traras mis anteojos...
(Chance se acerca a la cabecera para alcanzarle los anteojos. Ella se los pone y lo mira. Luego le indica que se acerque más y toca su pecho desnudo con la punta de los dedos.)
Bueno, podría haber elegido mejor, pero Dios sabe que lo he hecho peor.

CHANCE: ¿Qué estás haciendo, princesa?

PRINCESA: El acercamiento táctil.

CHANCE: Lo haces como si estuvieras palpando un pedazo de género para ver si es seda auténtica o falsa...

PRINCESA: Parece seda. ¡Auténtica! Este detallecito sí que lo recuerdo: ¡me gustan los cuerpos sin vello, dorados y suaves como la seda!

CHANCE: ¿Respondo a esos requisitos?

PRINCESA: Pareces responder a esos requisitos. Pero sigo teniendo la sensación de que algo no ha sido satisfac¬torio en nuestra relación.

CHANCE (apartándose de ella): Tú has tenido tus expe¬riencias, yo las mías. No puedes esperar que todo se arregle de entrada... Dos experiencias diferentes de dos personas diferentes. Naturalmente ciertas cosas tie¬nen que arreglarse entre ellas antes de que haya un acuerdo total.

PRINCESA (arrojando los anteojos sobre la mesa): Saca de aquí esta lente astillada antes de que se me meta en el ojo.

CHANCE (obedece la orden dejando caer con fuerza los anteojos contra la mesa de luz): Te gusta dar órdenes, ¿no es cierto?

PRINCESA: Es algo a lo que parezco estar acostumbrada.

CHANCE: ¿Qué te parecería obedecerlas? ¿Ser esclava?

PRINCESA: ¿Qué hora es?

CHANCE: Mi reloj está empeñado en alguna parte. ¿Por qué no miras el tuyo?

PRINCESA: ¿Dónde está el mío?
(Él se estira perezosamente sobre la mesa de luz y se lo alcanza.)
CHANCE: Está parado a las siete y cinco.

PRINCESA. Seguramente es más tarde ahora, o más tempra¬no, no es ninguna hora cuando yo...

CHANCE: Platino, ¿no?

PRINCESA: No, apenas oro blanco. Nunca viajo con nada de valor.

CHANCE: ¿Por qué? ¿Te roban mucho? ¿Eh? ¿A menudo te "enrollan"?

PRINCESA: ¿Me qué?

CHANCE: Te "enrollan". ¿No es una expresión de tu voca¬bulario?

PRINCESA: Dame el teléfono.

CHANCE: ¿Para qué?

PRINCESA: Te dije que me dieras el teléfono.

CHANCE: Ya lo sé. Y yo pregunté ¿para qué?

PRINCESA: Quiero averiguar dónde estoy y quién está con¬migo.

CHANCE: Tómatelo con calma.

PRINCESA: ¿Me das el teléfono?

CHANCE: Tranquila. Te estás quedando sin aire de nue¬vo...
(La torna de los hombros.)

PRINCESA: Por favor, suélteme.

CHANCE: ¿No te sientes segura conmigo? Recuéstate. Recuéstate contra mí.

PRINCESA: ¿Qué me recueste?

CHANCE: Así, así. Ahí...
(La rodea con sus brazos. La Princesa descansa en ellos, jadeando un poco, como un conejo atrapado.)
PRINCESA: Te da una horrible sensación de estar atrapada este, este bloqueo de la memoria... Me siento como si alguien que amaba hubiera muerto hace poco y no quiero recordar quién pudo haber sido.

CHANCE: ¿Recuerdas tu nombre?

PRINCESA: Sí, lo recuerdo.

CHANCE: ¿Cómo te llamas?

PRINCESA: Creo que hay algún motivo por el cual prefiero no decírtelo.

CHANCE: Bueno, ocurre que lo sé. Te registraste bajo un nombre falso en Palm Beach, pero yo descubrí el verdadero. Y me lo reconociste.

PRINCESA: Soy la princesa Kosmonopolis.

CHANCE: Sí, y se te conocía como...

PRINCESA (sentándose bruscamente): No, no sigas... ¿me dejarías hacerlo a mí? Lo haré tranquilamente, a mi manera. El último lugar que recuerdo...

CHANCE: ¿Cuál es el último lugar que recuerdas?

PRINCESA: Una ciudad con el absurdo nombre de Tallahassee.

CHANCE: Sí. Pasamos por ahí. Ahí fue donde te recordé que hoy sería domingo y que debíamos conseguir una provisión de alcohol para pasar el día sin deshidratar¬nos demasiado, así que nos detuvimos allí, pero era un ciudad universitaria y tuvimos un poco de dificul¬tades para encontrar abierta una tienda donde vendie¬ran alcohol...

PRINCESA: Pero la encontramos, ¿no es cierto?

CHANCE (poniéndose de pie para tomar la botella y sir¬viéndole un trago): Pero claro, compramos tres botellas de vodka. Te sentaste hecha un ovillo en el asiento trasero con una de ellas y cuando miré hacia atrás estabas inconsciente de la mamúa. Traté de quedarme en la Vieja Carretera Española que atraviesa Texas, donde tenías que ver unos viejos pozos de petróleo tuyos. No me detuve ahí... me detuvieron.

PRINCESA: ¿Quién, un cana? O...

CHANCE: No. Nada de canas, pero algo me arrestó.

PRINCESA: Mi auto. ¿Dónde está mi auto?

CHANCE (alcanzándole la copa): En el estacionamiento del hotel, Princesa.

PRINCESA: Ah, ¿entonces esto es un hotel?

CHANCE: Es el elegante y viejo Hotel Royal Palms en la ciudad de St. Cloud.
(Unas gaviotas pasan volando delante de la ventana y sus sombras se perciben a través de las persianas: chillan con suave urgencia.)

PRINCESA: Esas palomas parecen afónicas. Me suenan más como gaviotas. Por supuesto, podrían ser palomas con laringitis.
(Chance la mira con su vacilante sonrisa y se ríe suavemente.)
¿Me ayudarías, por favor? Estoy por levantarme.

CHANCE: ¿Qué quieres? Te lo alcanzo.

PRINCESA: Quiero ir a la ventana.

CHANCE: ¿Para qué?

PRINCESA: Para mirar afuera.

CHANCE: Te puedo describir la vista.

PRINCESA: No estoy segura de confiar en tu descripción. ¿BIEN?

CHANCE: De acuerdo, arriba joyita.

PRINCESA: ¡Dios mío! Te dije que me ayudaras, no... ¡que me arrojaras sobre la alfombra! (Se balancea un momento, mareada, aferrándose a la cama. Luego toma aire y se dirige a la ventana.)
(La Princesa hace una pausa mientras mira hacia afuera, entrecerrando los ojos ante el resplandor del mediodía.)
CHANCE: Bueno, ¿qué ves? Dame tu descripción de la vis¬ta, Princesa.

PRINCESA (enfrentando al público): Veo un jardín de pal¬meras.

CHANCE: Y una carretera de cuatro carriles del otro lado.

PRINCESA (entrecerrando los ojos y protegiéndoselos): Sí, veo eso y una zona de playa con bañistas y, después, una extensión infinita de agua y... (Grita quedamente y se aparta de la ventana.)

CHANCE: ¿Qué?...

PRINCESA: Oh, Dios, recuerdo lo que no quería recordar. ¡El maldito fin de mi vida!
(Aspira profunda y temblorosamente.)
CHANCE (corriendo a su lado): ¿Qué ocurre?

PRINCESA: Ayúdame a ir a la cama de nuevo. ¡Oh Dios, claro que no quería recordar, no era ninguna tonta!
(Él la ayuda a llegar a la cama. Hay una inequívoca simpatía en los gestos de él, por superficial que sea.)
CHANCE: ¿Oxígeno?

PRINCESA (dando otro suspiro profundo y tembloroso):
¡No! ¿Dónde está la merca? ¿La dejaste en el auto?


CHANCE: Ah, ¿la merca? Bajo el colchón. (Se mueve hacia el otro lado de la cama y saca una bolsita.)

PRINCESA: Un lugar estúpido para guardarla.

CHANCE (sentándose a los pies de la cama): ¿Qué tiene de malo debajo del colchón?

PRINCESA (sentándose al borde de la cama): En el mundo existen mucamas, por ejemplo, que hacen la cama y encuentran cosas bajo el colchón.

CHANCE: Esto no es marihuana. ¿Qué es?

PRINCESA: ¿No sería lindo? Un año en la cárcel, en una de esas prisiones modelo para adictos distinguidos. ¿Qué es? ¿No sabes lo que es, hermoso y estúpido jovenci¬to? Es hashish marroquí, el mejor.
CHANCE: ¡Oh, hash! ¿Cómo lo pasaste por la aduana cuan¬do volviste para tu rentrée?

PRINCESA: No lo pasé por la aduana. El médico del barco me dio inyecciones mientras esta merca volaba sobre el océano rumbo a un joven caballero lleno de mañas, que pensó que podía chantajearme por eso. (Se pone las chi¬nelas con un gesto vigoroso.)

CHANCE: ¿No pudo?

PRINCESA: Claro que no. Le desarmé el plan.

CHANCE: ¿Te diste inyecciones mientras venías?

PRINCESA: Con la neuritis que padezco tuve que hacerlo. Vamos, dámelo.

CHANCE: ¿No quieres que te lo arme bien?

PRINCESA: Hablas demasiado. Haces demasiadas preguntas. Necesito algo en seguida.
(Se levanta.)

CHANCE: Soy nuevo en estas cosas.

PRINCESA: Estoy segura, si no, no discutirías el tema en un cuarto de hotel...
(Ella se vuelve hacia el público e intermitentemente cambia el centro de su atención.)
Durante años, todos me dijeron que era una ridicu¬lez mía pensar que no podía volver a la pantalla o al escenario para encarnar a mujeres maduras. Me dijeron que era una artista, no sólo una estrella cuya carrera dependía de la juventud. Pero en lo más profundo de mi corazón yo sabía que la leyenda de Alexandra Del Lago no podía separarse de un aspecto juvenil...
No hay conocimiento más valioso que saber el momento exacto para irse. Yo lo supe. Me fui en el momento en que había que irse. ¡ME RETIRÉ! ¿A dón¬de? ¿A qué? A ese planeta muerto llamado luna...
No hay otro lugar donde retirarse cuando uno se retira del arte, porque, créase o no, en una época yo fui realmente una artista. Así que me retiré a la luna, pero la atmósfera de la luna no tiene oxígeno. Empecé a sentir que me faltaba el aire en ese país marchito y que todo lo marchita, donde el tiempo transcurre sin sen¬tido, y así descubrí... ¿Todavía no lo armaste?
(Chance se pone de pie y va hacia ella con el ciga¬rrillo que ha estado armando.)
¡Descubrí esto!
Y otras prácticas como ésta para adormecer el tigre que rugía en mis nervios... ¿Por qué el tigre insatisfe¬cho? ¿Por qué en la selva de mis nervios? ¿Por qué siempre hay algo, en todas partes, insatisfecho y rugien¬do?...
Pregúntale a algún médico. Pero no creas en su res¬puesta porque no es... la respuesta... Lo sería si yo hubiera sido vieja pero, sabes, no era vieja...
Simplemente no era joven, había dejado de ser joven, joven. Simplemente ya no era joven...

CHANCE: Ya nadie es joven...

PRINCESA: Pero sabes, no podía envejecer con ese tigre toda¬vía rugiendo dentro de mí.

CHANCE: Nadie puede envejecer...

PRINCESA: Las estrellas retiradas a veces dan clases de actua¬ción. O se dedican a la pintura, pintan flores en jarro¬nes o paisajes. Podría haber pintado los paisajes del país sin fronteras y marchito en el que vagaba como una nómade perdida. Si pudiera pintar desiertos y nómades, si pudiera pintar... ja, ja, ja...

CHANCE: Shh, shh, sh...

PRINCESA: ¡Lo lamento!

CHANCE: Fuma.

PRINCESA: ¡Sí, fumar! Y después los amantes jóvenes...

CHANCE: ¿YO?

PRINCESA: ¿Tú? Sí, finalmente tú. Pero vienes después de mi rentrée. Ja... Ja... La gloriosa rentrée, cuando me convertí en una idiota y volví... La pantalla es un espe¬jo muy nítido. Hay una cosa llamada primer plano. La cámara avanza y tú te quedas quieta y tu cabeza, tu cara, queda presa en el marco del cuadro con una luz resplandeciente sobre ella... y toda tu terrible historia grita mientras sonríes...

CHANCE: ¿Cómo lo sabes? Tal vez no fue un fracaso, tal vez sólo estabas asustada, hecha una gallina, Princesa... ja, ja, ja...

PRINCESA: No un fracaso... después de ese primer plano jadearon... La gente jadeó...
Los oí susurrar, susurros conmocionados. ¿Ésa es ella? ¿Ésa es ella? ¿Ella?... Cometí el error de usar un vestido muy complicado para el estreno, un vestido con una cola que tuve que recoger cuando me levanté de la butaca y comencé la interminable retirada de la ciudad en llamas, adelante, adelante, adelante por el pasillo insoportable¬mente largo del cine, jadeando para no quedarme sin aire y siempre aferrando la regia cola blanca de mi vesti¬do, adelante por la longitud... eterna del pasillo, y detrás de mí un hombrecito desconocido que intentaba aga¬rrarme exclamando ¡quédese, quédese! Por fin llegué a lo alto del pasillo, me di vuelta y le pegué, luego dejé caer la cola, me olvidé de ella y traté de correr por las esca¬leras de mármol. Por supuesto que me tropecé, caí y rodé, rodé como la puta borracha de un marinero hasta el último escalón... Unas manos, unas piadosas manos sin rostro me ayudaron a ponerme de pie. ¿Después de eso? La huida, sólo la huida ininterrumpida hasta que me desperté esta mañana... Oh Dios, se acabó...

CHANCE: Déjame armarte otro. ¿Eh? ¿Te armo otro?

PRINCESA: Déjame terminar el tuyo. No puedes retirarte con el corazón aullante de una artista todavía aullando en tu cuerpo, en tus nervios, en tu, ¿qué? ¿Corazón? Oh, no, ése se acabó, ése...

CHANCE (va hacia ella, le quita el cigarrillo de la mano y le da uno nuevo): Aquí tienes, te armé otro... Princesa, te armé otro...
(Se sienta en el piso, recostándose contra los pies de la cama.)
PRINCESA: Bueno, más tarde o más temprano, en algún momento de tu vida, pierdes o abandonas aquello por lo que has vivido y entonces... mueres, o encuentras otra cosa. Ésta es mi otra cosa... (Se acerca a la cama.) Y generalmente tomo las precauciones más fantásticas para que no me descubran... (Se sienta sobre la cama, luego se recuesta de espaldas, con la cabeza hacia los pies, cerca de la de él.) No logro comprender qué se apoderó de mí para contarte esto. Sabiendo tan poco sobre ti como parezco saber.

CHANCE: Sin duda te inspiré bastante confianza.

PRINCESA: Si es así, me he vuelto loca. Ahora dime algo. ¿Qué es esa extensión de agua, ese mar, del otro lado del jardín de palmeras y la carretera de cuatro carri¬les? Te lo pregunto porque ahora recuerdo que gira¬mos hacia el oeste desde el mar, cuando tomarnos aquel camino llamado Vieja Carretera Española.

CHANCE: Volvimos al mar.

PRINCESA: ¿Qué mar?

CHANCE: El Golfo.

PRINCESA: ¿El Golfo?

CHANCE: El golfo de malentendidos entre tú y yo...

PRINCESA: ¿No nos entendemos? ¿Y estamos aquí fuman¬do esto?

CHANCE: Princesa, no olvides que este hashish es tuyo, que me lo diste tú.

PRINCESA: ¿Qué estás tratando de demostrar? (Doblan cam¬panas de iglesia.) Los domingos son muy largos.

CHANCE: No niegas que era tuyo.

PRINCESA: ¿Qué era mío?
CHANCE: Lo entraste en el país, lo entraste de contraban¬do a Estados Unidos a través de la aduana y tenías una buena provisión en ese hotel de Palm Beach de don¬de nos pidieron que nos fuéramos antes de que estu¬vieras dispuesta a hacerlo, porque su aroma se coló en el pasillo una noche de brisa.

PRINCESA: ¿Qué estás tratando de demostrar?

CHANCE: ¿No niegas que me iniciaste en su consumo?

PRINCESA: Chiquito, dudo mucho de tener algún vicio en el que tenga que iniciarte.

CHANCE: No me llames "chiquito".

PRINCESA: ¿Por qué no?

CHANCE: Suena condescendiente. Y todos mis vicios los tomé de otras personas.

PRINCESA: ¿Qué estás tratando de demostrar? Ahora ha vuelto mi memoria y con demasiada claridad. Esta práctica compartida fue lo que nos acercó. Cuando entraste en mi cabaña para darme una de esas friegas con crema de papaya, oliste, sonreíste y dijiste que te gustaría fumarte un cigarrillo.

CHANCE: Eso es. Conocía el olor.

PRINCESA: ¿Qué estás tratando de demostrar?

CHANCE: Me preguntaste cuatro o cinco veces qué estoy tra¬tando de demostrar, la respuesta es nada. Sólo me estoy asegurando de que ahora se te ha aclarado la memoria. ¿Entonces recuerdas que yo entré en tu caba¬ña para darte esa friega de crema de papaya?

PRINCESA: ¡Claro que sí, Carl!

CHANCE: Mi nombre no es Carl. Es Chance.

PRINCESA: Dijiste que te llamabas Carl.

CHANCE: Siempre llevo un nombre extra en el bolsillo.

PRINCESA: No eres un criminal, ¿no es cierto?

CHANCE: No, señora, no lo soy. Tú eres la que cometió una transgresión federal.
(Ella lo mira un momento y luego va a la puerta que lleva al corredor, mira afuera y escucha.) ¿Para qué hiciste eso?

PRINCESA (cerrando la puerta): Para ver si había alguien plantado detrás de la puerta.

CHANCE: ¿Todavía no confías en mí?

PRINCESA: ¿En alguien que me da un nombre falso?

CHANCE: Tú te registraste bajo un nombre falso en Palm Beach.

PRINCESA: Sí, para evitar enterarme de cualquier cosa sobre el desastre del que estaba huyendo o que me dieran con¬dolencias. (Cruza hacia la ventana. Hay una pausa seguida por el "Lamento".) ¿Así que no hemos llega¬do a ningún acuerdo?

CHANCE: No señora, no a uno completo.
(La Princesa le da la espalda a la ventana y lo mira desde allí.)
PRINCESA: ¿Cuál es la artimaña? ¿El enganche?
CHANCE: El habitual.

PRINCESA: ¿Cuál es?

CHANCE: ¿Acaso no todos se ofrecen por algo?

PRINCESA: ¿Es decir que te ofreces por algo?

CHANCE: Ajá...

PRINCESA: ¿Qué?

CHANCE: Dijiste que tenías una gran cantidad de acciones, más de la mitad, de una especie de estudio de segunda categoría en Hollywood y que podías contratarme. Dudé de tu palabra. No te pareces a ninguna farsante que haya conocido antes, pero las farsantes vienen en todos los tipos y tamaños. Así que me ofrecí, incluso después de que cerramos la puerta de tu cabaña para las friegas de crema de papaya... Mandaste un telegrama pidiendo unos papeles que firmamos. Tres extraños que encontré en un bar fueron testigos y los certificaron.

PRINCESA: ¿Entonces por qué sigues ofreciéndote?

CHANCE: No tuve mucha fe en el asunto. Sabes, puedes comprar esos papeles por tres centavos en tiendas de chascos. Me han engañado y estafado demasiadas veces para que confíe en cualquiera cosa que pueda ser falsificada.

PRINCESA: Eres astuto. Sin embargo, tengo la impresión de que ha habido cierta intimidad entre nosotros.

CHANCE: Cierta. Nada más. Quería retener tu interés.

PRINCESA: Entonces calculaste mal. Mi interés siempre aumenta con la satisfacción.

CHANCE: Entonces eres poco común también en ese aspecto.

PRINCESA: En todos los aspectos soy poco común.

CHANCE: Pero supongo que el contrato que firmamos está lleno de escapatorias.

PRINCESA: Honestamente, sí, lo está. Podría no cumplirlo si quisiera. Y también el estudio. ¿Tienes algún talento?

CHANCE: ¿Para qué?

PRINCESA: ¡Para actuar, querido, ACTUAR!

CHANCE: No estoy tan seguro como lo estaba antes. He tenido más oportunidades de las que puedo contar con los dedos y cada vez casi lo logré, pero no del todo. Algo siempre me bloquea...

PRINCESA: ¿Qué? ¿Qué? ¿Tú sabes qué es? (Él se pone de pie. El "Lamento" se oye muy quedamente.) ¿Miedo?

CHANCE: No, miedo no, terror... si no fuera así ¿crees aca¬so que sería tu maldito cuidador, conduciéndote por el país? ¿Levantándote cuando te caes? ¿Te parece? Si no fuera por ese bloqueo, ¿qué sería sino una estrella?

PRINCESA: ¡CARL!

CHANCE: Chance... Chance Wayne. Estás volada.

PRINCESA: Chance, vuelve a tu juventud. Deja de lado esta falsa y desagradable dureza y...

CHANCE: ¿Y que me engañe cada estafador con el que me cruzo?

PRINCESA: Yo no soy una farsante, créeme.

CHANCE: Está bien, ¿qué es lo que quieres? Vamos, dilo, Princesa.

PRINCESA: Chance, ven aquí. (Él sonríe pero no se mueve.) Ven aquí y consolémonos uno al otro. (Él se pone en cuclillas junto a la cama; ella lo rodea con sus brazos desnudos.)

CHANCE: ¡Princesa! ¿Sabes algo? Toda esta conversación ha sido grabada en cinta.

PRINCESA: ¿De qué estás hablando?

CHANCE: Escucha. Te la voy a pasar. (Descubre el grabador; se acerca a ella con el auricular.)

PRINCESA: ¿Cómo conseguiste eso?

CHANCE: Me lo compraste en Palm Beach. Dije que lo que¬ría para mejorar mi dicción...
(Presiona el botón "reproducir" del grabador. Lo que se dice en la columna de la izquierda puede pasarse por altoparlantes o suprimirse.)
(REPRODUCCIÓN)

PRINCESA: ¿Qué es? ¿No lo sabes lo que es, hermoso y estúpido jovencito? Es hashish marroquí, el mejor.
PRINCESA: Qué avivado eres

CHANCE: ¡Oh, hash! ¿Cómo lo pasaste por la aduana cuando volviste para tu rentrée?
CHANCE: ¿Qué se siente al estar sentado sobre una bomba?
PRINCESA: No lo pasé por la aduana. El médico del barco....




(Él apaga el grabador y recoge las cintas.)

PRINCESA: Esto es chantaje, ¿no es cierto? ¿Dónde está mi estola de visón?

CHANCE: No te la robé.
(Se la arroja despectivamente desde una silla.)
PRINCESA: ¿Dónde está mi alhajero?

CHANCE (tomándolo del piso y arrojándolo a la cama): Aquí.

PRINCESA (abriéndolo y empezando a ponerse algunas joyas): Cada pieza está asegurada y descripta en deta¬lle en el Lloyd's de Londres.

CHANCE: ¿Quién es una tipa avivada? ¿Ahora quieres tu billetera para poder contar tu dinero?

PRINCESA: No llevo dinero conmigo, sólo cheques de viajero.

CHANCE: Ya me di cuenta de eso. Pero tengo una pluma fuente con la que puedes firmarlos.

PRINCESA: ¡Jo, jo!

CHANCE: "jo, jo!" Qué risa más falsa; si así es como fin¬ges una risa, sin duda no estuviste bien en tu película de rentrée...

PRINCESA: ¿Hablas en serio de este intento de chantajearme?

CHANCE: Más te vale creerlo. Hiciste un negocio sucio y estás cubierta de mugre, Princesa. Entiendes ese lenguaje.

PRINCESA: El lenguaje del albañal lo entiende en cualquier parte quien hay caído en él.

CHANCE: Ah, entonces sí que entiendes.

PRINCESA: ¿Y si no cumplo con esta orden tuya?

CHANCE: Sigues teniendo un nombre, sigues siendo un per¬sonaje, Princesa. ¿Te gustaría que una de estas cintas grabadas llegara a Confidencial o Chimentos o Rumo¬res o al Departamento de Narcóticos del F.B.I.? Y voy a hacer un montón de copias. ¿Eh? ¿Princesa?

PRINCESA: Estás temblando y sudando... ves, este papel no te sienta, simplemente no lo haces bien, Chance... (Chance pone las cintas en una maleta.) Me molesta pensar qué tipo de desesperación te ha llevado a tra¬tar de intimidarme, ¿A MÍ? ¿ALEXANDRA DEL LAGO?, con esa ridícula amenaza. Mira, es tan tonto que resulta conmovedor, directamente adorable, me hace sentir cerca de ti, Chance. Eres de buena familia, ¿no es cierto? Una familia de buena raza sureña, decen¬te por tradición, con sólo una desventaja: una corona de laurel en la frente, que te pusieron demasiado pron¬to, sin que te la ganaras con el suficiente esfuerzo... ¿Dónde está tu álbum de recortes, Chance? (Él avan¬za hacia la cama, saca una libreta de cheques de viaje¬ro de la cartera de ella y se la extiende.) ¿Dónde está tu álbum lleno de pequeñas noticias teatrales y fotos que te muestran con el telón de fondo de...

CHANCE: ¡Vamos! ¡Vamos! Empieza a firmar... o...

PRINCESA (señalando el baño): ¿O QUÉ? Ve a darte una ducha de agua fría. No me gustan los cuerpos calien¬tes y transpirados en clima tropical. Así es, quiero y aceptaré, sin embargo... bajo ciertas condiciones que te dejaré bien en claro.

CHANCE: Toma. (Arroja la chequera sobre la cama.)

PRINCESA: Saca eso de ahí. Y tu pluma fuente que cho¬rrea... Cuando un monstruo se encuentra con otro monstruo, uno de los dos tiene que ceder, Y NUNCA SERÉ YO. Tengo más tiempo en el asunto... Pero mira, estás poniendo un poco el carro delante del caballo. Los cheques firmados son una forma de pago, primero vie¬ne la entrega de la mercadería. Sin duda puedo afron¬tarlo, podría deducirte de impositiva como mi guardián, Chance, recuerda que antes fui una estrella, pagué grandes impuestos... y tuve un marido que era un príncipe de las finanzas. Me enseñó a manejarme con el dinero... Mira, Chance, ahora presta suma aten¬ción mientras te cuento las condiciones muy especia¬les bajo las cuales te mantendré empleado... después de tu error de cálculo...
Olvídate de la leyenda que fui y de la ruina de esa leyenda. Tenga o no una enfermedad del corazón que pone un fin prematuro a mi vida, ni palabra de eso, ni la menor alusión jamás. Ninguna mención a la muer¬te, nunca, nunca una palabra sobre ese tema odioso. Me han acusado de tener un deseo de muerte, pero creo que lo que deseo terrible y desvergonzadamente es la vida, en las circunstancias que sea.
Cuando digo "ahora", la respuesta no debe ser "más tarde". Tengo una sola forma de olvidar las cosas que no quiero recordar: hacer el amor. Es la única distrac¬ción confiable, de manera que cuando digo "ahora", porque necesito esa distracción, tiene que ser ahora, no más tarde.
(Se dirige a la cama. Él se levanta del lado opuesto de la cama y va a la ventana. Ella observa su mirada mientras él mira por la ventana. Pausa: "Lamento".)

PRINCESA (finalmente con suavidad): Chance, necesito esa distracción. Es hora de que averigüe si eres capaz de dármela. No debes aferrarte a tu pequeña idea idiota de que puedes aumentar tu valor alejándote y mirando por la ventana cuando alguien te desea... Yo te deseo... Digo ahora y quiero decir ahora, después de eso y no antes voy a llamar abajo para decirle al cajero del hotel que le envío a un joven con algunos cheques de viajero para que me los cambie por efectivo...

CHANCE (dándose vuelta lentamente desde la ventana): ¿No te da vergüenza, al menos un poquito?

PRINCESA: Claro que sí. ¿A ti no?

CHANCE: Más que un poquito.

PRINCESA: Cierra las persianas, corre las cortinas. (Él obedece las órdenes.)
Ahora busca un poco de música suave en la radio, ven aquí, conmigo, y hazme casi creer que somos una pareja de amantes jóvenes que no tienen nada de ver¬güenza.


SEGUNDA ESCENA
(Cuando se levanta el telón, la Princesa tiene una plu¬ma fuente en la mano y está firmando cheques. Chance, ahora con pantalones oscuros, medias y mocasines a la moda, está poniéndose la camisa y habla mientras se alza el telón.)
CHANCE: Sigue escribiendo, ¿se secó la lapicera?

PRINCESA: Empecé por la parte de atrás de la chequera, don¬de están los grandes.

CHANCE: Sí, pero te detuviste demasiado pronto.

PRINCESA: Está bien, uno más de adelante de la chequera como muestra de cierta satisfacción. Dije cierta, no completa.

CHANCE (levantando el teléfono): Operador... Deme con el cajero por favor.

PRINCESA: ¿Para qué haces eso?

CHANCE: Tienes que decirle al cajero que me envías abajo con unos cheques de viajero para cambiar.

PRINCESA: ¿Tienes que? ¿Dijiste tienes que?

CHANCE: ¿Cajero? Un momento. La Princesa Kosmonopo¬lis. (Le entrega el teléfono con violencia.)

PRINCESA (hablando por teléfono): ¿Quién es? Pero no quie¬ro hablar con el cajero. Mi reloj se paró y quiero saber la hora exacta... ¿Las tres y cinco? Gracias... dice que son las tres y cinco. (Cuelga y le sonríe a Chance.) No estoy dispuesta a quedarme sola en este cuarto. Ahora no nos peleemos más por cositas como ésta, ahorre¬mos nuestra fuerza para las grandes. Haré que te cam¬bien los cheques apenas me haya puesto la cara. No quiero quedarme sola en este lugar hasta que me haya puesto la cara con la que enfrento al mundo, querido. Tal vez cuando lleguemos a conocernos, nunca más pelearemos por cositas, las peleas se acabarán; tal vez ni siquiera peleemos por grandes cosas, querido. ¿Abrirías un poco las persianas, por favor? (Él no parece escucharla. Se oye el "Lamento".) No voy a poder verme la cara en el espejo... Abre las persianas, no voy a poder verme la cara en el espejo.

CHANCE: ¿Quieres verla?

PRINCESA (señalándolo): ¡Desgraciadamente tengo que hacerlo! ¡Abre las persianas!
(Lo hace. Se queda junto a las persianas abiertas, mirando mientras continúa oyéndose el "Lamento".)
CHANCE: Nací en esta ciudad. Nací en St. Cloud.

PRINCESA: Es una buena forma de empezar a contar la his¬toria de tu vida. Cuéntame la historia de tu vida. Me interesa, realmente me gustaría conocerla. Hagamos que sea tu audición, una especie de prueba cinemato¬gráfica para ti. Puedo verte por el espejo mientras me maquillo la cara. Cuéntame la historia de tu vida y, si retienes mi atención con la historia de tu vida, sabré que tienes talento y le mandaré un telegrama a mi estudio de la Costa diciendo que estoy viva y rumbo allá con un muchacho llamado Chance Wayne que me parece man¬dado a hacer para ser un gran galán.

CHANCE (avanzando hacia el proscenio): Ésta es la ciudad donde nací y donde viví hasta hace diez años, St. Cloud. Era un bebé normal y sano de cinco kilos, pero con cier¬ta cantidad de "X" en mi sangre, un deseo o una nece¬sidad de ser diferente... Los chicos con los que crecí están casi todos aquí y "tienen una posición", como se dice: tienen ocupaciones importantes, se casaron y están criando hijos. El grupo al que pertenecía y del que era la estrella, era el de la gente bien y paqueta, los que tenían apellidos y dinero. Yo no tenía ni lo uno ni lo otro... (La Princesa emite una suave risa desde la zona penumbrosa donde está.) Lo que tenía era... (La Princesa se da vuelta a medias, con el cepillo que tiene en la mano iluminado por un débil y polvoriento rayo de luz.)

PRINCESA: ¡BELLEZA! ¡Dilo! ¡Dilo! ¡Lo que tenías era belleza! ¡Yo la tenía! Lo digo con orgullo, al margen de lo triste que resulta que ahora se haya desvanecido.

CHANCE: Sí, bueno... los otros... (La Princesa continúa cepillándose el cabello y el súbito rayo de luz fría que la iluminaba se vuelve a apagar.) ... ahora son todos miembros de la gran sociedad joven de aquí. Las chi¬cas son jóvenes matronas, que juegan bridge y los muchachos pertenecen a la Cámara Junior de Comercio y, algunos de ellos, a clubes en Nueva Or¬leáns, como el Rex y el Comus, y desfilan en las carro¬zas del Mardi Gras. ¿Maravilloso? No, aburrido... yo quería, esperaba, trataba de lograr algo mejor... Sí, y lo hice, lo conseguí. Hice cosas con las que esa banda de tarados nunca soñó. Demonios, cuando ellos todavía estaban en primer año de la Universidad de Tulane o L.S. u Ole Miss, yo canté en el coro del musical más espectacular de Nueva York, en Oklahoma, y salieron fotos mías en Life vestido de cowboy y arrojando un sombrero enorme por el aire. ¡YIPI...IIIIIIII! ¡Ja, ja!... Y al mismo tiempo avancé en mi otra vocación...
Tal vez la única para la que estaba verdaderamente dotado, acostarme con mujeres... ¡Me acosté con la Guía Azul de Nueva York! Con viudas y esposas de millonarios y con hijas recién presentadas en sociedad que tenían apellidos tan famosos como Vanderbrook, Masters, Halloway y Connaught, apellidos mencionados cotidianamente en columnas de Sociales y cuyas tarjetas de crédito son sus rostros... y...

PRINCESA: ¿Con qué te pagaban?

CHANCE: Le daba a la gente más de lo que tomaba. A las maduras les devolvía una sensación de juventud. ¿A las chicas solitarias? ¡Comprensión, valoración! Una exhibición de cariño absolutamente convincente. ¿Mujeres tristes, mujeres perdidas? ¡Algo de luz y de ánimo! ¿Excéntricas? Tolerancia, incluso cosas raras que anhelaban...
Pero siempre, justo en el momento en que podía obtener algo que resolvería mi propia necesidad, que era grande, de elevarme a su nivel, el recuerdo de mi chica me hacía volver a esta ciudad... y cuando venía a casa a visitarla, la pucha, sí, la ciudad zumbaba de excitación. Te lo aseguro, todo ardía, y entonces llegó ese asunto en Corea. Estuve a punto de que me chu¬paran en el Ejército, pero entré en la Marina porque el uniforme de marinero me sentaba más, el uniforme , era lo único que me sentaba, sin embargo...

PRINCESA: ¡Ajá!

CHANCE (burlándose de ella): Ajá. No podía soportar la maldita rutina, la disciplina...
No paraba de pensar y eso paraliza todo. Tenía veintitrés años, era la cima de mi juventud y sabía que mi juventud no duraría mucho. Para cuando saliera, vaya uno a saberlo, ¡podía estar cerca de los treinta! ¿Quién se acordaría de Chance Wayne? En una vida como la mía, no puedes detenerte, sabes, no puedes tomarte tiempo entre cada paso, tienes que ir derecho de una cosa a la otra; una vez que caes, la vida te deja y se va sin ti, te barre de un plumazo.

PRINCESA: Me parece que no sé de qué estás hablando.

CHANCE: Estoy hablando del desfile. ¡EL desfile! ¡El desfile de los chicos que triunfan, de eso estoy hablando, no de un desfile de marineros sobre una cubierta moja¬da! Y entonces una mañana me pasé el peine por el pelo y noté que ocho o diez pelos se quedaron prendidos en él, una señal de advertencia de futura calvicie. Mi cabello todavía era espeso. ¿Pero lo sería en cinco años, incluso en tres? Cuánto tardaría en terminar la guerra, esa idea me asustaba. Empecé a tener malos sue¬ños. Pesadillas y sudores fríos de noche..., tenía palpi¬taciones y cuando salía de licencia me emborrachaba y despertaba en lugares extraños con rostros que nun¬ca había visto en la almohada de al lado. Cuando me miraba al espejo, mis ojos tenían una expresión salva¬je... se apoderó de mí la idea de que no sobreviviría a la guerra, que no regresaría, que toda la diversión y la gloria de ser Chance Wayne se volverían humo en el momento en que entraran en contacto mi cerebro y un pedazo de acero caliente que, por casualidad, esta¬ba en el aire en el mismo momento y lugar que mi cabeza... ese pensamiento no me consolaba nada. Imagínate toda una vida de sueños, ambiciones y espe¬ranzas disolviéndose en un instante, borrada como un problema de aritmética escrito en un pizarrón al que se le pasa una esponja húmeda... sólo por un pequeño accidente como una bala, ni siquiera apuntada a ti sino disparada al espacio, y entonces me derrumbé, mis nervios se desquiciaron. Me eximieron del servi¬cio por problemas médicos y volví a mi ciudad natal vestido de civil; en ese momento me di cuenta de lo dife¬rentes que se habían vuelto la ciudad y la gente. ¿Educados? Sí, pero no cordiales. Nada de titulares en los diarios, sólo una notita que medía dos centímetros en el fondo de la página cinco, diciendo que Chance Wayne, el hijo de la señora Emily Wayne de la calle North Front había sido eximido honrosamente del servicio en la Marina como consecuencia de una enfer¬medad y estaba en casa para recuperarse... Entonces fue cuando Heavenly se volvió más importante para mí que cualquier otra cosa...

PRINCESA: Heavenly es el nombre de la chica?

CHANCE: Sí, Heavenly es el nombre de la chica que tengo en St. Cloud.

PRINCESA: ¿Heavenly es el motivo por el cual nos detuvimos aquí?

CHANCE: ¿Qué otro motivo para detenernos aquí se te ocurre?

PRINCESA: Así que... me están usando. ¿Por qué no? Hasta un caballo de carrera muerto se usa para hacer cola. ¿Es linda?

CHANCE (alcanzándole una instantánea a la Princesa): Es una foto con flash que le tomé, desnuda, una noche en Cayo Diamante. Es un pequeño banco de arena a media milla de la costa, que queda cubierto por el agua cuando hay marea alta. La tomé cuando subía la marea. El agua está empezando a lamer su cuerpo como si lo deseara tanto como yo lo deseaba y sigo deseán¬dolo y siempre lo desearé, siempre. (Chance vuelve a tomar la instantánea.) Se llama Heavenly. Como ves, el nombre le sienta. Aquí tenía quince años.

PRINCESA: ¿Fue tuya tan chica?

CHANCE: Yo tenía sólo dos años más, así que fuimos uno del otro tan chicos.

PRINCESA: ¡Gran suerte!

CHANCE: Princesa, en este mundo la gran diferencia entre la gente no se da entre los ricos y los pobres o entre el bueno y el malo, la mayor de todas las diferencias de este mundo es entre los que gozan o gozaron del amor y los que no gozan ni han gozado del amor, sino que lo han mirado con envidia, envidia enfermiza. Los espectadores y los actores. No me refiero al placer común o al que se puede comprar, quiero decir el gran placer, y nada de lo que nos haya ocurrido a mí o a Heavenly desde entonces puede anular las muchas y largas noches sin dormir en que nos dábamos tanto pla¬cer en el amor como muy pocas personas pueden recor¬dar en su vida...

PRINCESA: Ninguna pregunta que hacerte, sigue con tu his¬toria.

CHANCE: Cada vez que volvía a St. Cloud volvía a encon¬trar su amor...

PRINCESA: ¿Algo permanente en un mundo de cambios?

CHANCE: Sí, después de cada desilusión, de cada fracaso en cualquier cosa, volvía a ella como si me internara en un hospital.

PRINCESA: ¿Ponía vendas limpias en tus heridas? ¿Por qué no te casaste con esta pequeña médica que era Hea¬venly para ti?

CHANCE: ¿No te dije que Heavenly es la hija del Jefe Finley, el factotum político más importante de esta zona del país? Bueno, si no lo hice cometí una seria omisión. PRINCESA: ¿Él lo desaprobaba?

CHANCE: Se figuraba que su hija se merecía alguien cien, mil por ciento mejor que yo, Chance Wayne... La última vez que volví, ella me llamó desde la tienda de refres¬cos y me dijo que fuera nadando hasta Cayo Diamante, que ella me encontraría allí. Esperé mucho, casi hasta la caída del sol y la marea comenzó a subir antes de que oyera el ruido de una lancha con motor fuera de borda que se acercaba al banco de arena. El sol estaba detrás de ella y yo tuve que fruncir los ojos. Llevaba un traje de baño de seda húmedo y los abanicos de agua y niebla formaban arco iris a su alrededor... se puso de pie en el barco como si estuviera haciendo esquí acuático, y me gritó cosas mientras daba vueltas alre¬dedor del banco de arena, una y otra vez.

PRINCESA: ¿No bajó al banco de arena?

CHANCE: No, sólo daba vueltas a su alrededor, gritándo¬me cosas. Yo nadaba hacia el bote, estaba a punto de alcanzarlo y ella se escapaba, lanzando arco iris de niebla, desapareciendo en medio de los arco iris y des¬pués volviendo a girar alrededor y a gritarme cosas...

PRINCESA: ¿Qué cosas?

CHANCE: Cosas como, "Vete, Chance". "No vuelvas a St. Cloud." "Chance, eres un mentiroso." "¡Estoy harta de tus mentiras, Chance!" "¡Mi padre tiene razón res¬pecto de ti!" "Ya no eres bienvenido, Chance." "Chance, quédate lejos de St. Cloud." La última vez que rodeó el banco de arena no gritó nada, sólo se despidió con la mano y enfiló la lancha de nuevo hacia la costa.

PRINCESA: ¿Es ése el final de la historia?

CHANCE: Princesa, el fin de la historia es cuestión tuya. ¿Quieres ayudarme?

PRINCESA: Quiero ayudarte. Créeme, no todos quieren las¬timar a todos. No quiero lastimarte, ¿puedes creerme? CHANCE: Puedo si me lo demuestras.

PRINCESA: ¿Cómo puedo probártelo?

CHANCE: Tengo algo en mente.

PRINCESA: ¿Sí, qué?

CHANCE: De acuerdo, te haré un rápido esbozo del pro¬yecto que tengo en mente. Apenas haya hablado con mi chica y le haya mostrado mi contrato, tú y yo nos vamos de aquí. No lejos, sólo hasta Nueva Orleáns,
Princesa. Pero basta de escondernos, nos registramos allí en el Hotel Roosevelt como Alexandra Del Lago y Chance Wayne. En seguida te llaman del diario y das una conferencia de prensa...

PRINCESA: ¿Qué?

CHANCE: ¡Sí! Mi idea, en resumen, es un concurso local de talentos para encontrar una pareja de jóvenes des¬conocidos que actúen en una película que estás plane¬ando hacer para mostrar tu fe en la JUVENTUD, Princesa. Organizas el concurso, invitas a otros jue¬ces... ¡pero tu decisión es la que cuenta!

PRINCESA: ¿Y tú y...?

CHANCE: Sí, Heavenly y yo lo ganamos. La sacamos de St. Cloud y vamos juntos a la Costa Oeste.

PRINCESA: ¿Y yo?

CHANCE: ¿Tú?

PRINCESA: ¿Te has olvidado, por ejemplo, de que lo que menos quiero en el mundo es atraer la atención pública?

CHANCE: ¿Qué mejor recurso para demostrarle al público que eres una persona con intereses que van más allá de lo personal?

PRINCESA: Oh, sí, sí, pero no es cierto.

CHANCE: Podrías fingir que es verdad.

PRINCESA: ¡Si no despreciara fingir!

CHANCE: Comprendo. El tiempo es el culpable: endurece a la gente. El tiempo y el mundo en el que has vivido.

PRINCESA: Que es el que quieres para ti mismo. ¿No es eso lo que quieres? (Ella lo mira, va al teléfono, luego habla.) ¿El cajero?
Hola cajero. Habla la Princesa Kosmonopolis. Le envío un joven para que me cambie unos cheques de viajero. (Corta.)

CHANCE: Y quiero que me prestes tu Cadillac un rato...

PRINCESA: ¿Para qué, Chance?

CHANCE (adoptando un aire afectado): Soy pretencioso. Quiero que me vean en tu auto por las calles de St. Cloud. Quiero manejar por toda la ciudad en él, haciendo sonar esas largas bocinas plateadas y vestido con la ropa fina que me compraste... ¿Puedo?

PRINCESA: Chance, eres un niñito perdido al que realmente me gustaría ayudar a encontrarse.

CHANCE: ¡Pasé la prueba cinematográfica!

PRINCESA: Ven aquí, bésame, te amo. (Enfrenta al públi¬co:) ¿Dije eso? ¿Lo quise decir? (Después a Chance con los brazos extendidos.) Qué niño eres... Ven aquí... (Él se agacha debajo de los brazos de ella y escapa hacia la silla.)

CHANCE: Quiero este gran despliegue. Un gran despliegue falso en tu Cadillac por toda la ciudad. Llevaré un fajo de plata para refregárselos en la cara y me pon¬dré la ropa fina que me compraste.

PRINCESA: ¿Te compré ropa fina?

CHANCE (tomando su saco de la silla): La más fina de todas. Cuando dejaste de sentirte sola a causa de mi compañía en ese Hotel Palm Beach, me compraste la de mejor calidad. Ése es el trato para esta noche: haré sonar esas bocinas plateadas y pasearé lentamente en el Cadillac convertible para que me vean todos los que pensaron que estaba liquidado. También llevaré mi contrato, falso o verdadero, para ponérselo debajo de las narices a varias personas que me consideraban ter¬minado. Ése es el trato. Mañana tendrás el auto de vuel¬ta y lo que quede de tu dinero. Esta noche es todo lo que cuenta para mí.

PRINCESA: ¿Cómo sabes que no voy a llamar a la policía apenas salgas de este cuarto?

CHANCE: No harías eso, Princesa. (Se pone el saco.) Encontrarás el auto en el estacionamiento del hotel y la plata que haya sobrado estará en la guantera del auto.

PRINCESA: ¿Dónde estarás tú?

CHANCE: Con mi chica o en ninguna parte.

PRINCESA: ¡Chance Wayne! No era necesario todo esto. No soy una farsante y quería ser tu amiga.
CHANCE: Vuelve a acostarte. Por lo que sé no eres una mala persona, pero implemente esta vez te tocó mala compañía.
PRINCESA: Soy tu amiga y no soy una farsante. (Chance se da vuelta y va a los escalones.) ¿Cuándo te veré?

CHANCE (en lo alto de los escalones): No lo sé... tal vez nunca.

PRINCESA: Nunca es un tiempo muy largo, Chance, espe¬raré.
(Ella le arroja un beso.)
CHANCE: Adiós.
(La Princesa se queda de pie mirándolo mientras las luces pierden intensidad y cae el telón.)


SEGUNDO ACTO

PRIMERA ESCENA
La terraza de la casa del Jefe Finley, que es una cons¬trucción de madera de estilo gótico victoriano, está sugeri¬da por un marco de puerta a la derecha y una sola columna blanca. Como en las otras escenas, no hay paredes y la acción se desarrolla contra el ciclorama de cielo y mar.
El Golfo está sugerido por el brillo y los chillidos de las gaviotas, como en el Primer Acto. Sólo hay muebles esenciales de galería, de mimbre victoriano pero pintados de color blanco hueso. Los hombres también deben usar trajes blancos o crema: el cuadro es todo azul y blanco, tan severo como una tela de Georgia O'Keefe.
(Cuando sube el telón, el Jefe Finley está de pie en el centro y George Scudder junto a él.)
JEFE FINLEY: Chance Wayne poseyó a mi hija cuando ella tenía quince años.

SCUDDER: Tan chica.

JEFE: La poseyó cuando tenía quince años. ¿Sabes cómo lo sé? Le sacaron unas fotos con flash, desnuda, en Cayo Diamante.

SCUDDER: ¿Chance Wayne?

JEFE: Mi nenita tenía quince años, recién salida de la infancia cuando... (llamando fuera de escena) Charles...
(Entra Charles.)
JEFE: Llame a la señorita Heavenly...

CHARLES (de inmediato): Seorita Heavenly. Seorita Hea¬venly. Su papá quiere verla.
(Charles se va.)
JEFE (a Scudder): ¿Chance Wayne? ¿Quién carajo se te ocu¬rre sino? Las vi. Las hizo revelar en un estudio de Pass Christian que hizo más copias que las que Chance orde¬nó y esas fotos circularon. Las he visto. Esa fue la pri¬mera vez que le aconsejé al hijo de puta que se las picara de St. Cloud. Pero está en St. Cloud precisamente aho¬ra. Te digo...

SCUDDER: Jefe, déjeme hacerle una sugerencia. Suspenda esa reunión política, quiero decir su intervención en ella, y tómese las cosas con calma esta noche. Salga en su yate, hagan un corto crucero en el STARFISH con Heavenly...

JEFE: No pienso empezar a cuidarme. Sí, ya lo sé, así voy a ganarme un problema coronario y a excitarme. Pero no me echaré atrás porque Chance Wayne haya teni¬do el increíble tupé de volver a St. Cloud. (Llamando fuera de escena:) ¡Tom Junior!
TOM JUNIOR (desde fuera de escena): ¡Sí, señor!
JEFE: ¿Ya se fue?
TOM JUNIOR (entrando): Hatcher dice que llamó a su cuar¬to en el Royal Palms y Chance Wayne contestó el telé¬fono y Hatcher dice...

JEFE: Hatcher dice... ¿quién es Hatcher?

TOM JUNIOR: Dan Hatcher.

JEFE: Detesto demostrar mi ignorancia, pero el nombre Dan Hatcher no tiene más sentido para mí que el nombre Hatcher, es decir absolutamente ninguno.

SCUDDER (suavemente, con deferencia): Hatcher, Dan Hatcher, es el subgerente del Hotel Royal Palms y el hombre que esta mañana me informó que Chance Wayne estaba de vuelta en St. Cloud.

JEFE: ¿Es este Hatcher un charlatán o puede mantener la boca cerrada?

SCUDDER: Creo que le dejé bien claro lo importante que es manejar esto con suma discreción.

JEFE: Con suma discreción, como manejaste esa operación que le hiciste a mi hija, con tanta discreción que cual¬quier provocador montañés me hace preguntas a gri¬tos sobre el tema en todas partes que hablo.

SCUDDER: Fui hasta extremos increíbles para preservar el secreto de esa operación.

TOM JUNIOR: Cuando papá está enojado golpea al que ten¬ga cerca.

JEFE: Sólo quiero saber... ¿Se fue Wayne?

TOM JUNIOR: Hatcher comentó que Chance Wayne le dijo que esta vieja estrella de cine con la que anda engan¬chado...

SCUDDER: Alexandra Del Lago.

TOM JUNHOR: No está en condiciones de viajar.
JEFE: Está bien, tú eres médico, llévala a un hospital. Llama una ambulancia y sácala a tirones del Hotel Royal Palms.

SCUDDER: ¿Sin su consentimiento?

JEFE: Di que tiene algo contagioso, tifus, peste bubónica. La sacas de allí y le enchufas un cartel de cuarentena en el cuarto del hospital. Así los podemos separar. Podremos alejar a Chance Wayne de St. Cloud apenas alejemos a esta señorita Del Lago de Chance Wayne.

SCUDDER: No estoy seguro de que sea la forma correcta de manejarlo.

JEFE: Está bien, entonces piensa tú la forma. Mi hija no es una puta, pero hubo que hacerle una operación de puta después de la última vez que él la poseyó. No quie¬ro que Wayne pase otra noche en St. Cloud. Tom Junior.

TOM JUNHOR: Sí, señor.

JEFE: Quiero que mañana no esté aquí... y mañana comien¬za a la medianoche.

TOM JUNIOR: Sé qué hacer, papá. ¿Puedo usar el yate?

JEFE: No me hagas preguntas, no me digas nada...

TOM JUNHOR: ¿Puedo usar el Starfish ESTA NOCHE? JEFE: No quiero saber cómo lo harás, sólo hazte cargo del asunto. ¿Dónde está tu hermana?
(Charles aparece en la galería, le señala al Jefe a Heavenly recostada en la playa y sale.)
TOM JUNHOR: Está tirada en la playa corno un cadáver arrojado por el mar.

JEFE (llamando): ¡Heavenly!

TOM JUNHOR: Georgie, quiero que esta noche me acompa–es en ese viaje en yate.

JEFE (llamando): ¡Heavenly!

SCUDDER: Sé lo que quieres decir, Tom Junior, pero no pue¬do verme mezclado en eso. Ni siquiera puedo estar enterado del asunto.

JEFE (llamando nuevamente): ¡Heavenly!

TOM JUNHOR: Está bien, no te comprometas en el asunto. Hay un médico muy honorable que perdió su licencia por ayudar a una chica a salir de un problema y no será tan jodidamente remilgado corno para negarse a hacer esto que es absolutamente justo.

SCUDDER: No cuestiono la justificación moral, que no pre¬senta la menor duda...

TOM JUNHOR: Sí, no presenta la menor duda...

SCUDDER: Pero yo soy un médico con buena reputación y no he perdido mi licencia. Soy jefe de personal médico en el gran hospital creado por tu padre...

TOM JUNHOR: Lo dije, no quieres saber nada del asunto.

SCUDDER: No, señor, no quiero saber nada del asunto... (El JEFE empieza a toser.)
No puedo afrontarlo y tampoco tu padre...
(Scudder va a la galería mientras escribe una receta.)
JEFE: ¡Heavenly! Ven aquí, dulce. (A Scudder.) ¿Qué estás escribiendo?

SCUDDER: Una receta para esa tos.

JEFE: Rómpela y tírala. He carraspeado y tosido toda mi vida y seguiré carraspeando y tosiendo hasta que me muera. Pueden estar seguros de eso.
(Se oye la bocina de un auto.)
TOM JUNIOR (pega un salto a la galería y empieza a irse): Papá, es él, está pasando en un auto.

JEFE: Tom Junior.
(Tom Junior se detiene.)
TOM JUNHOR: ¿Está loco Chance Wayne?

SCUDDER: Si un criminal degenerado está cuerdo o loco es una pregunta que muchos tribunales no han podido dejar en claro.

JEFE: Lleva el caso a la Corte Suprema y te entregarán un fallo sobre esa pregunta. Te dirán que un criminal dege¬nerado joven y buen mozo como Chance Wayne es mental y moralmente igual a cualquier hombre blanco del país.

TOM JUNIOR: Se ha detenido frente a nuestra entrada.

JEFE: No te muevas, no te muevas, Tom Junior.

TOM JUNIOR: No me estoy moviendo, papá.

CHANCE (fuera de escena): ¡Tía Nonnie! ¡Eh, tía Nonnie!

JEFE: ¿Qué está gritando?

TOM JUNHOR: Está llamando a tía Nonnie.

JEFE: ¿Y ella dónde está?

TOM JUNIOR: Corriendo por la entrada como un conejo perseguido por un perro.

JEFE: Él no la sigue, ¿no?

TOM JUNIOR: Nones. Se ha ido.
(Tía Nonnie aparece delante de la galería, terriblemen¬te agitada, revolviendo su cartera en busca de algo, aparen¬temente ciega a los hombres que están en la galería.)
JEFE: ¿Qué estás buscando, Nonnie?

NONNIE (deteniéndose sobresaltada): Oh... no me di cuen¬ta de que estaban, Tom. Buscaba mi llave.

JEFE: La puerta está abierta, Nonnie, está abierta de par en par, como la puerta de una iglesia.

NONNIE (riendo): Oh, ja, ja...

JEFE: ¿Por qué no le contestaste a ese muchacho buen mozo que te llamó desde el Cadillac, Nonnie?

NONNHE: Oh. Esperaba que no lo hubieran visto. (Aspira profundamente y sube a la terraza, cerrando su cartera blanca.) Era Chance Wayne. Está de vuelta en St.
Cloud, alojado en el Royal Palms, está...

JEFE: ¿Por qué lo despreciaste así? ¿Después de todos estos años de devoción?


NONNIE: Fui al Royal Palms a aconsejarle que no se que¬dara aquí pero...

JEFE: Estaba exhibiéndose en ese tamaño Cadillac blanco con bocinas en forma de trompeta.

NONNIE: Le dejé un mensaje, yo...

TOM JUNIOR: ¿Qué decía ese mensaje, tía Nonnie? ¿Cariños y besos?

NONNIE: Sólo: Chance, vete de inmediato de St. Cloud.

TOM JUNIOR: Se va a ir, pero no en ese Cadillac cola de pescado.

NONNIE (a Tom Junior): Espero que no aludas a nada vio¬lento... (volviéndose hacia el Jefe) ¿o sí, Tom? La vio¬lencia no resuelve los problemas. Nunca resuelve los problemas de la gente joven. Si lo dejaran en mis manos, lo haría salir de St. Cloud. Puedo y lo haré, lo prometo. No creo que Heavenly sepa que está de vuel¬ta en la ciudad. Tom, sabes, Heavenly dice que no fue Chance el que... Dice que no fue Chance.

JEFE: Eres igual a tu difunta hermana, Nonnie, tan crédula como lo era mi esposa. No reconoces una mentira aun¬que te tropieces con ella en la calle en pleno día. Ahora ve allá y dile a Heavenly que quiero verla.

NONNIE: Tom, ella no está los suficientemente bien para...

JEFE: Nonnie, eres responsable de muchas cosas.

NONNIE: ¿Ah sí?

JEFE: Sí, claro que lo eres, Nonnie. Favoreciste a Chance Wayne, lo alentaste, lo ayudaste y lo instigaste a corrom¬per a Heavenly a lo largo de mucho, mucho tiempo. Ve a buscarla. Sin duda eres responsable de muchas cosas. Eres responsable de un montonazo de cosas.

NONNIE: Recuerdo que Chance era el chico más fino, her¬moso y dulce de St. Cloud y lo fue hasta que tú, hasta que tú...

JEFE: ¡Ve a buscarla, ve a buscarla!
(Nonnie se va por el extremo más lejano de la terra¬za. Después de un momento, se oye su voz llamando: "¿Heavenly? ¿Heavenly?")
Es algo curioso, poderosamente curioso, cuán a menudo un hombre que se eleva a los altos cargos públicos es derribado por quienes alberga bajo su techo. Él los alberga bajo su techo y ellos hacen que el techo caiga sobre él. Todos y cada uno de ellos.

TOM JUNIOR: ¿Eso me incluye a mí, papá?

JEFE: Si el zapato te queda bien, cálzatelo.

TOM JUNIOR: ¿En qué sentido me queda bien ese zapato?

JEFE: Si te aprieta el pie, sólo hazle un tajo a los costa¬dos... y te quedará cómodo.

TOM JUNIOR: Papá, eres INJUSTO.

JEFE: ¿Qué puedes decir en tu favor?

TOM JUNIOR: He consagrado el año pasado a organizar los clubes "La Juventud a favor de Tom Finley". JEFE: Llevo a Tom Finley Junior en mi lista.

TOM JUNIOR: Es una suerte para ti tenerme en ella.

JEFE: ¿Por qué te figuras que es una suerte que te tenga en ella?

TOM JUNIOR: En los últimos seis meses aparecí más en los diarios que...

JEFE: ¡Una vez por manejar borracho, otra vez por una festichola para hombres solos que diste en Capitol City y que me costó cinco mil dólares silenciar!

TOM JUNIOR: Eres tan injusto, que...

JEFE: Y todos saben que te arrastraste por la escuela como una mula sudada que arrastra un arado cuesta arriba y te expulsaron de la universidad por sacarte notas sólo justificables en un retardado mental.

TOM JUNHOR: Volvieron a admitirme en la universidad.

JEFE: Por mi insistencia. Por medio de exámenes falsos y res¬puestas provistas de antemano y metidas en tus bolsi¬llos. Y tu promiscuidad. Mira, estos clubes "La juventud a favor de Tom Finley" no son prácticamen¬te más que bandas de delincuentes juveniles que usan insignias con mi nombre y mi fotografía.
TOM JUNIOR: ¿Y qué pasa con tu bien conocida promiscuidad, papá? ¿Qué pasa con tu señorita Lucy?
JEFE: ¿Quién es la señorita Lucy?

TOM JUNIOR (riéndose tan fuerte que se tambalea): ¿Quién es la señorita Lucy? ¿Ni siquiera sabes quién es esa mujer que mantienes en una suite de cincuenta dóla¬res por día en el Royal Palms, papá?

JEFE: ¿De qué estás hablando?

TOM JUNIOR: De la mujer que maneja por la carretera del Golfo con una escolta de motocicletas que hacen sonar sus sirenas como si la Reina de Saba fuera a Nueva Orleáns por el día. Para usar sus cuentas de gastos allí. ¿Y tú preguntas quién es la señorita Lucy? Ni siquiera habla bien de ti. Dice que eres demasiado vie¬jo para amante.

JEFE: Esa es una jodida mentira. ¿Quién dijo que la seño¬rita Lucy dice eso?

TOM JUNIOR: Lo escribió con lápiz de labios en el espejo del baño de damas del bar del Royal Palms.

JEFE: ¿Escribió qué?

TOM JUNIOR: Te lo citaré textualmente. "El Jefe Finley", escribió, "está demasiado viejo para llegar al marca¬dor."
(Pausa: los dos padrillos, el viejo y el joven, se miran de frente, jadeando. Scudder se ha retirado discretamente a un extremo lejano de la galería.)
JEFE: ¡No creo esa historia!

TOM JUNIOR: No la creas.

JEFE: Sin embargo, la voy a verificar.

TOM JUNIOR: Yo ya la verifiqué. Papá, ¿por qué no te des¬haces de ella, eh?
(El Jefe Finley se da vuelta herido, desconcertado: mira hacia el público con sus viejos ojos inyectados en sangre, como si creyera que alguien le ha gritado una pregunta que no alcanzó a oír bien.)
JEFE: Ocúpate de tus jodidos asuntos. He aquí un hombre con una misión, a la que considera sagrada, y por cuyo impulso se eleva a un alto cargo público... crucificado de esta forma, públicamente, por su propio hijo. (Heavenly ha entrado a la galería.) Ah, aquí está, aquí está mi chiquita. (Deteniendo a Heavenly.) Quédate aquí, mi vida. Más vale que ahora todos ustedes me dejen a solas con Heavenly, eh... sí... (Tom Junior y Scudder salen.) Ahora, mi vida, te quedas aquí. Quiero tener una conversación contigo.

HEAVENLY: Papá, no puedo hablar ahora.

JEFE: Es necesario.

HEAVENLY: No puedo, no puedo hablar ahora.

JEFE: Está bien, no hables, sólo escucha.
(Pero ella no quiere escuchar y empieza a irse. Él la habría retenido a la fuerza si en ese momento un viejo sir¬viente de color, Charles, no hubiera salido a la galería. Lleva un bastón, un sombrero y un paquete envuelto para regalo. Los pone sobre la mesa.)
CHARLES: Son las cinco en punto, seor Finley. JEFE: ¿Eh? Oh... gracias...
(Charles enciende un farol que hay junto a la puerta. Esto marca una división formal en la escena. El cambio de luz no es realista; la luz no parece venir del farol sino de una irradiación espectral del cielo, que inunda la terraza.
El viento marino canta. Heavenly levanta su rostro al oírlo. Esa noche, más tarde, tal vez esté tormentoso, pero ahora sólo hay una frescura que viene desde el Golfo. Heavenly siempre mira hacia el Golfo, de manera que la luz del Faro alcanza su rostro con su repetida y suave caricia de claridad.
En su padre revive una súbita dignidad. Mirando a su hija, que es tan hermosa, se vuelve casi majestuoso. Se acerca a ella, apenas el hombre de color vuelve a entrar, como un cortesano de edad se acercaría con deferencia a una Princesa Heredera o a una Infanta. Es importante que su actitud hacia ella no revele un sentimiento inces¬tuoso crudamente consciente, sino sólo los sentimientos naturales de casi cualquier padre envejecido por una hija joven y hermosa que le recuerda a su esposa muerta, a quien deseó intensamente cuando ella tenía la edad de su hija.
En este punto, puede oírse una frase musical majes¬tuosa, mozartiana, que sugiera una danza cortesana. La terraza embaldosada puede aludir a la pista de parquet de un salón de baile y los movimientos de los dos actores pueden insinuar los movimientos formales de un baile cor¬tesano de esa época; pero si se usa este efecto, debe ser sólo una sugerencia. El paso hacia la "estilización" debe controlarse.)
JEFE: Sigues siendo una hermosa muchacha.

HEAVENLY: ¿Lo soy, papá?

JEFE: Claro que lo eres. Mirándote nadie supondría que...

HEAVENLY (ríe): Los embalsamadores deben de haber hecho un buen trabajo conmigo, papá...

JEFE: Tienes que dejar de hablar así. (Luego, viendo a Charles.) ¡Hágame el favor de volver a entrar! (Suena el teléfono.)

CHARLES: Sí, seor, sólo estaba...

JEFE: ¡Vaya adentro! Si ese llamado es para mí, sólo estoy para el gobernador del estado y el presidente de la Empresa Petrolera Tidewater.

CHARLES (fuera de escena): Es de nuevo para la seorita Heavenly.

JEFE: No está en casa.

CHARLES: Lo lamento, no está en casa.
(Heavenly ha avanzado por el escenario hacia el para¬peto bajo o muralla que separa el patio y el parque de la playa. Es el comienzo del atardecer. El farol ha arrojado una extraña luz sobre el escenario de estilo neorrománti¬co; Heavenly se detiene junto a un jarrón de adorno con¬teniendo un alto helecho que el salado viento del Golfo ha dejado casi desnudo. El Jefe la sigue desconcertado.)
JEFE: Mi vida, haces y dices cosas en presencia de extra¬ños como si no tuvieras en cuenta que la gente tiene oídos para oírte y lengua para repetir lo que oye. Y así te conviertes en tema.

HEAVENLY: ¿Me convierto en qué, papá?

JEFE: En tema, tema de conversación, de escándalo... cosa que puede arruinar la misión que...

HEAVENLY: No me vengas con tu discurso sobre la "Voz de Dios". Papá, hubo un tiempo en que podrías haber¬me salvado, dejándome casar con un chico que toda¬vía era joven y decente, pero en cambio lo echaste, lo echaste de St. Cloud. Y cuando volvió, me sacaste a mí de St. Cloud y trataste de obligarme a casarme con un viejo ricachón de cincuenta años de quien querías conseguir algo...

JEFE: Bueno, querida...

HEAVENLY: ...y después otro y otro, todos ellos tipos de los que querías conseguir algo. Yo me había ido, así que Chance se fue. Trató de competir, de hacerse importante como esos ricachones con lo que me querías casar por conveniencia. Se fue. Lo intentó. No se abrie¬ron las puertas adecuadas y entonces entró por las erra¬das y... Papá, tú te casaste por amor, ¿por qué no me dejaste hacerlo cuando todavía estaba viva por dentro y él todavía era limpio, todavía era decente?

JEFE: ¿Estás reprochándome por...?

HEAVENLY (gritando): Sí, eso es, papá, eso es. Te casaste por amor, pero no me dejaste hacerlo. Además, aun¬que te casaste por amor, le rompiste el corazón a mamá, la señorita Lucy ha sido tu amante...

JEFE: ¿Quién es la señorita Lucy?

HEAVENLY: Ah, papá, fue tu amante desde mucho antes que mamá muriera. Y mamá era sólo una fachada para ti. ¿Puedo entrar ahora, papá? ¿Puedo entrar ahora?

JEFE: No, no, no hasta que haya terminado contigo. Qué cosa terrible, terrible que mi bebita diga eso... (La toma en sus brazos.) Mañana, mañana por la mañana, cuando en las tiendas comience la gran liquidación posterior a Pascua... voy a mandarte a la ciudad con una escolta de motocicletas, derecho a la Maison Blanche. Cuando llegues a la tienda, quiero que vayas directamente a la oficina del señor Harvey C. Petrie y le digas que te dé crédito ilimitado allí. Después baja y equípate como si estuvieras... comprando un ajuar para casarte con el Príncipe de Mónaco... Cómprate todo un guardarropa, pieles incluidas. Total, las dejas en depósito hasta el invierno. ¿Vestidos de noche? Tres, cuatro, cinco, los más lujosos. ¿Zapatos? Demonios, pares y pares. No un solo sombrero... sino una doce¬na. Acabo de ganar un montón de plata en un negocio vinculado con la venta de derechos a la explotación del petróleo submarino y, bebita, quiero comprarte una alhaja. Ahora, en cuanto a eso, mejor le dices a Harvey que me llame. O mejor aún, que la señorita Lucy te ayude a elegirla. Es astuta como una rata de albañal cuando se trata de una piedra... te lo aseguro... Ahora, ¿dónde compré ese broche que le regalé a tu mamá? ¿Te acuerdas del prendedor que le compré a tu mamá? La última cosa que le regalé antes de que muriera... sabía que se estaba muriendo cuando le compré ese broche y lo compré por quince mil dólares sobre todo para que pensara que iba a curarse... Cuando se lo prendí en el camisón que llevaba puesto, la pobrecita empezó a llo¬rar. Dijo, "Por amor a Dios, Jefe, ¿qué hace una mujer que se está muriendo con un brillante de semejante tamaño?" Le dije, "Vida mía, mírale el precio. ¿Qué dice la etiqueta del precio? ¿Ves las cinco cifras, ese uno y ese cinco y esos tres ceros ahí? Entonces, queri¬da, piensa un momento. Si estuvieras muriéndote, si hubiera alguna oportunidad de que te murieras, ¿te parece que yo invertiría quince billetes grandes en un prendedor de brillantes para abrocharlo en el cuello de una mortaja? Ja, ja, ja." Eso hizo que tu madre riera. Y se sentó en la cama radiante como un pajarito lucien¬do el broche de brillantes, recibiendo visitantes todo el día y riendo y charlando con ellos, con el broche de brillantes puesto... y murió antes de medianoche, con el broche de brillantes en el pecho. Y hasta el último minuto creyó que los brillantes eran la prueba de que no se estaba muriendo. (Se dirige a la terraza, se quita la bata y empieza a ponerse el saco del smoking.)

HEAVENLY: ¿La enterraste con él?

JEFE: ¿Enterrarla con él? Demonios, no. Lo devolví a la joyería a la mañana siguiente.

HEAVENLY: Entonces, después de todo, no te costó quince billetes grandes.

JEFE: Caray, ¿acaso me importaba lo que me costó? No soy un hombre mezquino. No me habría importado un pito que me costara un millón... si en ese momen¬to hubiera tenido esa fortuna en el bolsillo. Hubiera valido ese dinero ver la sonrisa que el pajarito de tu mamá me hizo la mañana del día que murió.

HEAVENLY: Supongo que eso demuestra, prueba muy cla¬ramente, que después de todo tienes un gran corazón.

JEFE: ¿Quién lo duda? ¿Quién? ¿Quién lo dudó alguna vez? (Se ríe.)
(Heavenly empieza a reírse y luego llora histéricamente. Empieza a irse hacia la casa. El Jefe arroja al suelo su bastón y la aferra entre sus brazos.)
Un momento, señorita. Basta. Basta. Escúchame, voy a decirte algo. La semana pasada, en New Bethes¬da, cuando estaba hablando sobre la amenaza de la integración racial para la castidad de las mujeres del Sur, un provocador de la multitud gritó: "¡Eh, Jefe Finley!, ¿qué me cuenta de su hija? ¿Qué me cuenta de esa operación que le hizo hacer a su hija en el hos¬pital Thomas J. Finley en St. Cloud? ¿Se puso de luto como duelo por su apéndice?" El mismo provocador, la misma pregunta cuando hablé en el Coliseo de la capi¬tal del estado.
HEAVENLY: ¿Qué le respondiste?

JEFE: En ambas ocasiones lo sacaron del salón y le dieron una paliza afuera.

HEAVENLY: Papá, tienes una ilusión de poder.

JEFE: Tengo poder, lo que no es una ilusión.

HEAVENLY: Papá, lamento que mi operación te haya causa¬do esta vergüenza, pero ¿eres capaz de imaginártelo, papá? Me sentí peor que avergonzada cuando averi¬güé que el cuchillo del doctor George Scudder había cor¬tado la juventud de mi cuerpo, me había convertido en una vieja sin hijos. Seca, fría, vacía como una vieja. Siento que tendría que crujir como una viña muerta y seca cuando sopla el viento del Golfo, pero, papá... no te avergonzaré más. He decidido algo. Si me lo permi¬ten, si me aceptan, entraré en un convento.

JEFE (gritando): No vas a entrar en ningún convento. Este estado es zona protestante y que mi hija entrara en un convento me arruinaría políticamente. Ya lo sé, adop¬taste la religión de tu madre porque internamente siem¬pre quisiste desafiarme. Mira, esta noche me voy a dirigir a los clubes "La juventud a favor de Tom Finley" en el salón de baile del Hotel Royal Palms. Mi discur¬so va a emitirse por la red nacional de televisión y, seño¬rita, va a entrar al salón de baile tornada de mi brazo. Irás vestida del blanco inmaculado de una virgen, con un distintivo de "La juventud a favor de Tom Finley" en un hombro y un ramillete de lirios en el otro. Vas a estar en el estrado del disertante conmigo, tú de un lado y Tom Junior del otro, para cortar esos rumores sobre tu corrupción. Y vas a lucir una altiva sonrisa feliz en el rostro, vas a mirar derecho a la multitud del salón de baile con orgullo y alegría en los ojos. Mirándote, toda de blanco como una virgen, nadie se atreverá a hablar o a creer esas feas historia sobre ti. Tengo mucha confianza en que esta campaña atraiga jóvenes votan¬tes a la cruzada que estoy dirigiendo. Soy lo único que se interpone entre el Sur y los negros días de la Reconstrucción. Y tú y Tom junior van a estar para¬dos junto a mí en el gran Salón de Baile Cristal, como resplandecientes ejemplos de la juventud blanca sure¬ña... en peligro.

HEAVENLY (desafiante): Papá, no lo haré.

JEFE: Yo no te pregunté si querías, dije que lo harías y lo harás.

HEAVENLY: Supongamos que sigo diciendo que no.

JEFE: Entonces no lo harás, eso es todo. Si no lo haces, no lo haces. Pero habrá consecuencias que posiblemente no te gusten. (Suena el teléfono.) Chance Wayne está de vuelta en St. Cloud.

CHARLES (fuera de escena): Residencia del seor Finley. ¿La seorita Heavenly? Lo lamento, no está en casa.

JEFE: Voy a sacarlo, van a sacarlo de St. Cloud. ¿Cómo quie¬res que se vaya, en ese Cadillac blanco con el que anda dando vueltas o en la lancha que recoge los desechos y los arroja en el vertedero del Golfo?

HEAVENLY: No te atreverías.

JEFE: ¡Quieres apostar, entonces!

CHARLES (entra): Ese llamado era de nuevo para usté, seo¬rita Heavenly.

JEFE: Un montón de gente aprueba ejercer la violencia con¬tra los corruptores. Y contra todos aquellos que pre¬tenden adulterar la pura sangre blanca del Sur. Caray, cuando yo tenía quince años, bajé descalzo de las coli¬nas de arcilla roja como si la Voz de Dios me llamara. Cosa que, según creo, ocurrió. Lo creo firmemente: Él me llamó. Y nada ni nadie, en ninguna parte, me deten¬drá jamás... (Le hace señas a Charles de que le entregue el regalo. Charles se lo alcanza.) Gracias, Charles. Voy a hacerle una visita temprano a la señorita Lucy.
(Una nota triste, insegura, ha aparecido en su voz en esta última frase. Se da vuelta y camina con cansancio y tenacidad hacia la izquierda.

CAE EL TELÓN

La sala permanece oscura para un breve intervalo.)

SEGUNDA ESCENA
Un rincón del salón del bar y de la galería externa del Hotel Royal Palms. El estilo del decorado corresponde al del dormitorio: victoriano con influencia morisca. Palmeras reales se proyectan en el ciclorama, de color violeta oscu¬ro por la caída del sol. Hay arcos moriscos entre la gale¬ría y el interior: sobre la única mesa de adentro está suspendida la misma lámpara de vidrio coloreado y bron¬ce ornamentado que cuelga en el dormitorio. En la galería puede haber una baja balaustrada de piedra que sostiene, donde los peldaños descienden hacia el jardín, un cande¬labro de luz eléctrica de cinco brazos y globos en forma de pera de suave resplandor perlado. En alguna parte, fue¬ra del campo de visión, un intérprete toca el piano o el tecla¬do eléctrico.
(La mesa interior está ocupada por dos parejas que representan la sociedad de St. Cloud. Son contemporá¬neos de Chance. Detrás del bar está Stuff, que trasunta la dignidad de su reciente ascenso de la tienda de refrescos al bar del Royal Palms: lleva una chaquetilla blanca, una faja escarlata y pantalones celestes, sentadoramente ajus¬tados. Chance Wayne una vez fue barman aquí; Stuff se mueve con una indolente gracia varonil que acaso incons¬cientemente recuerde haber admirado en Chance.
La amante del Jefe Finley, la Señorita Lucy, entra en el bar luciendo un vestido de baile con frunces muy com¬plicados y pollera muy amplia, como el que podría lucir una bella sureña de antes de la guerra. Un solo rizo rubio ondu¬la infantilmente a un lado de su afilada cara de perrito. Está indignada por algo y su mirada se halla concentrada en Stuff, quien "se hace el distraído" detrás del bar.)
STUFF: Buenas noches, señorita Lucy.

SEÑORITA LUCY: No me permitieron sentarme en la mesa del banquete. No, me pusieron en una mesita lateral, con un par de legisladores del estado y sus mujeres (Se des¬liza detrás del bar como si fuera la dueña.) ¿Dónde está tu Grant's de doce años? ¡Eh! ¿Eres un bocina? Siempre me acuerdo de un chico que vendía refrescos en Walgreen y que era un bocina... Echa un poco de hielo en el vaso... ¿Eres un bocina, eh? Quiero decirte algo.

STUFF: ¿Qué le pasó en el dedo?
(Ella lo toma por su faja escarlata.)
SEÑORITA LUCY: Voy a decírtelo ahora mismo. El Jefe me vino a ver con un gran huevo de Pascua. La parte de arriba del huevo estaba enroscada. Me dijo que la desenroscara. Así que la desenrosqué y adentro había una estuchecito de joyas de terciopelo azul, no, un estu¬checito no, un estuche grande, tan grande como la boci¬na de alguien.

STUFF: ¿La bocina de quién?

SEÑORITA LUCY: La bocina de alguien que no está a cien kilómetros de aquí.

STUFF (yendo hacia la izquierda): Tengo que poner las sillas. (Stuff vuelve a entrar de inmediato llevando dos sillas. Las pone frente a la mesa mientras la Señorita Lucy habla.)

SEÑORHTA LUCY: Abro el estuche de joyas y empiezo a sacar el gran broche de brillantes que había. Justo tenía los dedos sobre el broche y empezaba a sacarlo cuando el viejo hijo de puta le pega un golpe a la tapa del estuche y me agarra los dedos. Todavía tengo una uña azul. Entonces el Jefe me dice: "Ahora vas abajo, al bar, entras al baño de damas y describes este broche de brillantes con lápiz de labios en el espejo del tocador. ¿Eh?"... Se puso el estuche en el bolsillo y pegó un portazo tan fuer¬te al salir de mi suite que un cuadro se saltó de la pared.

STUFF (ubicando las sillas ante la mesa): Señorita Lucy, usted fue la que dijo, "Me gustaría que vieras lo que está escrito con lápiz de labios en el espejo del baño de damas" el último sábado a la noche.

SEÑORITA LUCY: ¡Te lo dije a ti! ¡Porque pensé que podía confiar en ti!

STUFF: Había otras personas aquí y todas lo oyeron.

SEÑORITA LUCY: En el bar nadie salvo tú pertenecía al club "La juventud a favor del Jefe Finley".
(Ambos se detienen abruptamente. Se han dado cuenta de que un hombre alto ha entrado en el bar. Tiene la altura, la flacura y la luminosa palidez en el rostro que El Greco daba a sus santos. Lleva un pequeño vendaje cerca del nacimiento del cabello. Sus ropas son campesinas.)
Hola, don.

PROVOCADOR: Buenas noches, doña.

SEÑORITA LUCY: ¿Está con los Montañeses Vagabundos? ¿Es de la banda?

PROVOCADOR: Soy montañés, pero no estoy con ninguna banda.
(Advierte la fija mirada interesada de la Señorita Lucy. Stuff se va con una bandeja de tragos.)

SEÑORITA LUCY: ¿Qué lo trae por aquí?

PROVOCADOR: Vengo a oír hablar al Jefe Finley. (Su voz es clara pero tensa. Mientras habla se frota su prominen¬te nuez de Adán.)

SEÑORHTA LUCY: No puede entrar en el salón de baile sin saco y corbata... Sé quién es usted. Usted es el provo¬cador, ¿no es cierto?

PROVOCADOR: Yo no provoco. Sólo hago preguntas, una, dos o tres preguntas, según cuánto tiempo les lleve agarrarme y tirarme fuera del salón.

SEÑORITA LUCY: Sus preguntas son preguntas cargadas.
¿Va a repetirlas esta noche?

PROVOCADOR: Sí, señora, si puedo entrar en el salón de baile y hacerme oír.

SEÑORITA LUCY: ¿Qué le pasa en la voz?
PROVOCADOR: Cuando grité mis preguntas en New Bethes¬da la semana pasada me golpearon en la nuez de Adán con la culata de una pistola y eso me afectó la voz. Todavía no está bien, pero anda mejor. (Empieza a irse.)

SEÑORHTA LUCY (va a la parte trasera del bar, donde toma un saco, del tipo que tienen en lugares con regulaciones de vestimenta, y se lo tira al Provocador): Espere. Póngase esto. El Jefe habla en cadena nacional de tele¬visión esta noche. Hay una corbata en el bolsillo. Quédese sentado y totalmente callado en el bar hasta que el Jefe empiece a hablar. Oculte su cara detrás de este Evening Banner. ¿De acuerdo?

PROVOCADOR (abriendo el diario enfrente de su cara): Le agradezco.

SEÑORHTA LUCY: Yo también le agradezco a usted y le deseo más suerte de la que probablemente tenga.
(Stuff vuelve a entrar y desaparece detrás del mostra¬dor.)

FLY (entrando en la galería): Llamando a Chance Wayne. (Bocina de auto fuera de escena.) Seor Chance Wayne, por favor. Llamando a Chance Wayne. (Se va.)

SEÑORITA LUCY (a Stuff que ha vuelto a entrar): ¿Está Chance Wayne de vuelta en St. Cloud?

STUFF: ¿Se acuerda de Alexandra Del Lago?

SEÑORITA LUCY: Más bien que sí. Era presidenta de su club de admiradoras local. ¿Por qué?

CHANCE (fuera de escena): Eh, chico, estaciona ese auto ahí adelante y no le arruines los paragolpes.

STUFF: Ella y Chance Wayne se registraron aquí anoche.

SEÑORITA LUCY: Bueno, voy a ser la mamá a la que tantos hijos se le atribuyen. Voy a averiguar algo. (Lucy sale.)

CHANCE (entrando y dirigiéndose al bar): ¡Eh, Stuff! (Toma un cóctel del bar y lo bebe.)

STUFF: Deja eso ahí. Esto no es una recepción pública.

CHANCE: Hombre, no lo sabes... puaj... nadie bebe claritos con aceitunas. Ahora todos beben martinis de vodka con unas gotas de limón, salvo los cuadrados de St. Cloud. Cuando yo tenía tu trabajo, cuando era barman del Royal Palms, inventé ese uniforme que llevas... lo copié del atuendo que Vic Mature usaba en una película sobre la Legión Extranjera y a mí me quedaba mejor que a él y casi tan bien como a ti, ja, ja...

TÍA NONNIE (que ha entrado por la derecha): Chance. Chance...

CHANCE: ¡Tía Nonnie! (a Stuff.) Oye, quiero un mantel en esa mesa y un balde de champagne... Mumm Cordon Rouge...

TÍA NONNIE: Ven aquí afuera.

CHANCE: Pero acabo de ordenar champagne aquí. (De pronto sus modales efusivos se transforman, mientras ella lo mira con gravedad.)

TÍA NONNIE: No pueden verme hablando contigo...
(Lo conduce a un costado del escenario. Se ha produ¬cido un cambio de luz que ha hecho aparecer un bosque de palmeras reales con un banco. Cruzan solemnemente hacia él. Stuff está atareado en el bar, apenas iluminado. Después de un momento, va con unos tragos al salón principal del bar a la izquierda. Música de bar: "Quiéreme mucho".)
CHANCE (siguiéndola): ¿Por qué?

TÍA NONNIE: Tengo una sola cosa que decirte, Chance, vete de St. Cloud.

CHANCE: ¿Por qué todo el mundo me trata como a un cri¬minal siniestro en la ciudad donde nací?

TÍA NONNIE: Hazte esa pregunta, hazle esa pregunta a tu conciencia.

CHANCE: ¿Qué pregunta?

TÍA NONNIE: Tú sabes, y yo sé que tú sabes...

CHANCE: ¿Sé qué?

TIA NONNIE: No voy a hablar de eso. Simplemente no pue¬do hablar de eso. Tu cabeza y tu lengua enloquecie¬ron. No se puede confiar en ti. Nosotros tenemos que vivir en St. Cloud... Oh, Chance, ¿por qué cambiaste como has cambiado? ¿Por qué ahora no vives más que de sueños salvajes y no tienes una dirección donde se te pueda alcanzar a tiempo... a tiempo?

CHANCE: ¡Sueños salvajes! Sí. ¿No es la vida un sueño sal¬vaje? Nunca oí una definición mejor de ella... (Toma una píldora y bebe un trago de una petaca.)

TÍA NONNIE: ¿Qué acabas de tomar, Chance? Sacaste algo de tu bolsillo y lo tragaste con alcohol.

CHANCE : Sí, tomé un sueño salvaje y... lo tragué con otro sueño salvaje, tía Nonnie, así es mi vida ahora...

TÍA NONNIE: ¿Por qué, hijo?

CHANCE: ¿Oh, tía Nonnie, por amor a Dios, ha olvidado lo que se esperaba de mí?

TÍA NONNIE: La gente que te amaba esperaba sólo una cosa de ti: dulzura y honestidad y...
(Stuff sale con una bandeja.)

CHANCE (arrodillándose a su lado): No, no después del brillante comienzo que tuve. Pero claro, a los diecisie¬te monté, dirigí e interpreté el papel protagónico de El Valiente, esa pieza en un acto que ganó el concurso de teatro del estado. Heavenly actuó conmigo... ¿lo ha olvidado? Usted fue con nosotros como acompañante de las chicas al concurso nacional que se hizo en...

TÍA NONNIE: Hijo, por supuesto que me acuerdo.

CHANCE: ¿Recuerda el coche salón? ¿Cómo cantábamos j untos?

TÍA NONNIE: Ustedes estaban enamorados desde entonces.

CHANCE: ¡Dios, sí, estábamos enamorados!
(Canta suavemente.)
"Si te gusto a ti como me gustas a mí, y los dos nos gustamos igual"

JUNTOS:
"quisiera decir, ahora mismo, que tu nombre querría cambiar."
(Chance ríe suave, locamente, en la fría luz del bos¬quecillo de palmeras. Tía Nonnie se pone de pie brusca¬mente, Chance le toma la mano.)
TÍA NONNIE: Tú... sí... te aprovechas para sacar ventaja...

CHANCE: Tía Nonnie, no ganamos ese mugriento concur¬so nacional, sólo obtuvimos el segundo puesto.

TÍA NONNIE: Chance, no salieron segundos. Tuvieron una mención honorífica. Ocuparon el cuarto lugar y sólo merecieron una mención honorífica.

CHANCE: Sólo una mención honorífica. Pero en un con¬curso nacional, una mención honorífica significa algo... Lo habríamos ganado, pero me hice lío con la letra. Sí, yo, que puse en escena y produje la maldita cosa, ni siquiera podía oír las malditas palabras que me susurraba esa chica gorda que estaba con el libro entre bambalinas. (Entierra el rostro en sus manos.)
TÍA NONNIE: Yo te adoré por eso, hijo, y Heavenly también.

CHANCE: Fue volviendo a casa en ese tren que ella y yo...

TIA NONNIE (súbitamente emocionada): Lo sé, lo... lo...

CHANCE (poniéndose de pie): Soborné al guarda del coche pullman para que nos dejara usar una hora un com¬partimiento vacío en ese triste tren que nos conducía a casa...

TIA NONNIE: Lo sé... yo... yo...

CHANCE: Le di cinco dólares, pero no bastaba, así que le di mi reloj pulsera y mi alfiler de cuello y mi traba de corbata y mi anillo de sello y mi traje, que había com¬prado a crédito para participar en el concurso. El pri¬mer traje que me puse que costara más de treinta dólares.

TIA NONNIE: No vuelvas a esas cosas.

CHANCE: ...Para comprar la primera hora de amor que compartimos. Cuando se desvistió, vi que su cuerpo apenas estaba empezando a ser el de una mujer y...

TÍA NONNIE: Basta, Chance.

CHANCE: Le dije, "Oh, Heavenly, no", pero ella dijo: "Sí". Lloré en sus brazos esa noche y no supe que estaba llorando por... la juventud, que se iría.

TÍA NONNIE: Desde ese momento comenzaste a cambiar.

CHANCE: Me juré que nunca más saldría segundo en ningún concurso, sobre todo ahora que Heavenly era mi...
Tía Nonnie, mire este contrato.
(Saca unos papeles y prende un encendedor.)
TÍA NONNIE: No quiero ver papeles falsos.

CHANCE: Son papeles auténticos. Mire el sello del escribano y las firmas de los tres testigos. Tía Nonnie, ¿sabe con quién estoy? Estoy con Alexandra Del Lago, la Princesa Kosmonopolis es mi...

TÍA NONNIE: ¿Es tu qué?

CHANCE: ¡Patrocinadora! ¡Atente! ¡Productora! No ha fil¬mado mucho últimamente, pero sigue teniendo influen¬cia, poder y dinero... dinero que puede abrir todas las puertas. Las puertas a la:; que he golpeado todos estos años hasta que me quedaron sangrando los nudillos.

TÍA NONNIE: Chance, inclusa ahora, si volvieras aquí sim¬plemente diciendo: "No pude recordar la letra, perdí el concurso... fracasé", pero has venido de nuevo con...

CHANCE: ¿Me escucharía un minuto más? Tía Nonnie, el plan es éste. Un concurse local de belleza.

TÍA NONNIE: Oh, Chance.

CHANCE: Un concurso local de talento dramático que ella ganará.

TÍA NONNIE: ¿Quién?

CHANCE: Heavenly.

TÍA NONNIE: No, Chance. Ya. no es joven, está ajada, está...

CHANCE: Nada se va tan rápido, ni siquiera la juventud.

TÍA NONNIE: Sí, se va.

CHANCE: Volverá nuevamente por obra de magia. Tan pronto como yo...

TÍA NONNIE: ¿Para qué? ¿Pasa un concurso falso?

CHANCE: Para el amor. En el momento en que la abrace.

TÍA NONNIE: Chance.

CHANCE: No va a ser un asunto local, tía Nonnie. Va a tener cobertura nacional. La mejor amiga de la princesa Kosmonopolis es esa periodista del espectáculo, Sally Powers. Hasta usted conoce a Sally Powers. La crítica cinematográfica más poderosa de la tierra. Cuyo nom¬bre es ley en el mundo del cine...

TÍA NONNIE: Chance, baja la voz.

CHANCE: Quiero que la gente me oiga.

TÍA NONNIE: No, no lo hagas, no lo hagas. Porque si tu voz llega hasta el Jefe Finley estarás en gran peligro, Chance.

CHANCE: Vuelvo a Heavenly o nada. Vivo o muero. No hay otra alternativa para mí.

TÍA NONNIE: A lo que quieres volver es a tu juventud lim¬pia y sin motivos de vergüenza. Y no puedes.

CHANCE: ¿Sigue sin creerme, tía Nonnie?

TÍA NONNIE: No, no te creo. Por favor, vete. Vete de aquí, Chance.

CHANCE: Por favor.

TIA NONNIE: ¡No, no, vete de aquí!

CHANCE: ¿Adónde? ¿Adónde puedo ir? Ésta es la casa de mi corazón. No me convierta en un sin techo.

TÍA NONNIE: Oh, Chance.

CHANCE: Tía Nonnie, por favor.

TÍA NONNIE (se pone de pie y comienza a retirarse): Te escri¬biré. Envíame una dirección. Te escribiré.
(Sale a través del bar. Stuff entra y se dirige al bar.)
CHANCE: Tía Nonnie...
(Ella se ha ido. Chance saca una botella pequeña de vodka de su bolsillo y otra cosa que traga con el vodka. Da un paso atrás mientras dos parejas suben los peldaños y cruzan la galería hacia el bar, sentándose a una mesa. Chance aspira profundamente. Fly entra en la zona ilumi¬nada de adentro, mientras repite: "Llamando al seor Chance Wayne, seor Chance Wayne, llamando al seor Chance Wayne." Se desplaza por el lugar enérgicamente y vuelve a salir por el salón. El nombre ha producido una conmoción en el bar y en la mesa visible.)

EDNA: ¿Oyeron eso? ¿Está Chance Wayne de vuelta en St. Cloud?
(Chance hace una profunda inspiración. Luego, vuel¬ve a entrar en la parte principal del salón del bar como un matador entraría en el ruedo.)
VIOLET: Mi Dios, sí... ahí está.
(Chance lee el mensaje de Fly.)
CHANCE (a Fly): Ahora no, después, después.
(El intérprete que está a la izquierda fuera de la vis¬ta del público comienza a tocar el piano... La "noche" en el salón del bar recién está empezando. Fly desaparece por la galería.)
¡Bueno! El mismo viejo lugar y la misma vieja ban¬da. El tiempo no pasa en St. Cloud. (A Budy Scotty.) ¡Hola!

BUD: ¿Cómo estás tú...?

CHANCE (gritando fuera de escena mientras Fly entra y se detiene en la terraza): Eh, Jackie... (Cesa la música. Chance avanza hasta donde está la mesa de los cua¬tro.) ¿Te... acuerdas de mi canción?... Ven, recuerda mi canción. (El intérprete pasa ,a "Es un mundo grande, ancho y maravilloso".) Ahora me siento en casa. En mi ciudad natal... ¡Vamos... todos a cantar!
(Este signo de aparente aceptación lo tranquiliza. Los cuatro de la mesa lo ignoran estudiadamente. Chance canta.)
"Cuando estás enamorado eres el amo de toda la realidad, eres un Santa Claus feliz. Hay un gran cielo tachornado de estrellas sobre ti, cuando estás enamorado) eres un héroe..."
¡Vamos! ¡Cantemos todos!
(En los viejos tiempos lo hacían: ahora no. Él sigue cantando un poco; luego su voz se extingue con una nota de vergiienza. Alguien en el bar susurra algo y otro se ríe. Chance se ríe entre dientes inquieto y habla.)
¿Qué anda mal aquí? Este lugar está muerto.

STUFF: Has estado ausente demasiado tiempo, Chance.

CHANCE: ¿Ése es el problema?

STUFF: Sí, eso es todo...
(El pianista fuera de escena termina con un arpegio. La tapa del piano se cierra con un fuerte ruido. Se produ¬ce un curioso silencio en el bar. Chance mira la mesa. Violet le susurra algo a Bud. Ambas chicas se levantan brus¬camente y salen del bar.)
BUD (gritándole a Stuff): La cuenta, Stuff.

CHANCE (con exagerada sorpresa): Vaya, vaya, Bud y Scotty. No los había visto para nada. ¿No estaban Violet y Edna en la mesa de ustedes? (Se sienta a la mesa entre Bud y Scotty.)

SCOTTY: Supongo que no te reconocieron, Chance.

BUD: Violet sí.

SCOTTY: ¿Violet sí?

BUD: Dijo, "Mi Dios, Chance Wayne".

SCOTTY: Eso es reconocimiento y también desaire.

CHANCE: No me importa. He sido desairado por expertos y he desairado a mi vez...
¡Eh! (La Señorita Lucy ha entrado por la izquier¬da. Chance la ve y va hacia ella.) ¿Es la señorita Lucy o Scarlett O'Hara?

SEÑORITA LUCY: Miren quién está, Chance Wayne. Alguien dijo que habías vuelto a St. Cloud, pero no le creí.
Dije que tendría que verlo con mis propios ojos antes... Generalmente aparece un artículo en el diario, en la columna de Gwen Phillips diciendo: "Joven de St. Cloud que está de visita en su ciudad natal ha sido contratado para interpretar un papel protagónico en una importante película", y como soy aficionada al cine siempre me muero de entusiasmo... (Le revuelve el pelo a Chance.)

CHANCE: Nunca le hagas eso a un hombre al que se le está cayendo el pelo.
(La sonrisa de Chance es imperturbable; se pone cada vez más dura y brillante.)
SEÑORITA LUCY: ¿Se te está cayendo el pelo, chiquito? Tal vez ésa sea la diferencia que advertí en tu aspecto. No te vayas hasta que vuelva con mi trago...
(Va al bar a prepararse ella misma un trago. Entretanto Chance se peina.)
SCOTTY (a Chance): No tires esos cabellos dorados que se te cayeron, Chance. Guárdalos y envía cada uno por car¬ta a tus clubes de admiradoras.

BUD: ¿Tiene Chance Wayne un club de admiradoras? SCOTTY: El más paciente del mundo. Ha estado esperando años que aparezca en pantalla más de cinco segundos en una escena de conjunto.

SEÑORITA LUCY (volviendo a la mesa): Saben, este mucha¬cho Chance Wayne era tan atractivo que no podía soportarlo. Pero ahora casi puedo soportarlo. Todos los domingos de verano yo iba a la playa municipal para verlo arrojarse al agua desde la torre alta. Llevaba binoculares cuando daba esas exhibiciones gratis de saltos ornamentales. ¿Todavía haces saltos ornamen¬tales, Chance? ¿O lo has abandonado?

CHANCE (incómodo): Hice algunos saltos el domingo pasado.

SEÑORITA LUCY: ¿Bien como siempre?

CHANCE: Estaba un poco fuera de forma, pero la gente no se dio cuenta. Todavía puedo arreglármelas con un doble salto mortal y un...
SEÑORITA LUCY: ¿Dónde fue eso, en Palm Beach, Florida, Chance?
(Entra Hatcher.)
CHANCE (poniéndose rígido): ¿Por qué en Palm Beach? ¿Por qué allí?

SEÑORITA LUCY: ¿Quién fue que dijo que te vieron el mes pasado en Palm Beach? Oh si, Hatcher... que tenías un puesto de bañero en un hotel grande de ahí.

HATCHER (deteniéndose en los peldaños de la terraza, lue¬go yéndose por la galería): Sí, es lo que oí.

CHANCE: ¿Que tenía un puesto... de bañero?

STUFF: Que les ponías aceite bronceador en la piel a gor¬das millonarias.

CHANCE: ¿A qué chistoso se le ocurrió eso? (Su risa es un poco demasiado fuerte.)

SCOTTY: Tendrías que conseguir sus nombres y hacerles juicio por calumnia.

CHANCE: Hace mucho que dejé de rastrear las fuentes de los rumores que corren sobre mí. Por supuesto, es halaga¬dor, es gratificante saber que todavía se habla de uno en la vieja ciudad natal, a pesar de que lo que digan sea completamente fantástico. Ja, ja, ja.
(El pianista vuelve a tocar "Quiéreme mucho".)

SEÑORITA LUCY: Chiquito, en cierta forma estás cambiado, pero no puedo decir en qué. Todos ustedes ven un cambio en él, ¿o sólo ha envejecido? (Se sienta junto a

CHANCE.)

CHANCE (rápidamente): Cambiar es vivir, Lucy, vivir es cambiar y no cambiar es morir. Sabes eso, ¿no? Antes a veces me asustaba. Ahora no me asusta. ¿Te asusta a ti, Lucy? ¿Te asusta?
(Detrás de la espalda de Chance ha aparecido una de las chicas y les ha dicho por señas a los muchachos que se reúnan con ellas afuera. Scotty asiente y levanta dos dedos para darle a entender que irán en un par de minutos. La chica vuelve a salir con una rabiosa sacu¬dida de la cabeza.)
SCOTTY: Chance, ¿sabías que el Jefe Finley esta noche tie¬ne una reunión aquí de "La juventud a favor de Tom Finley"?

CHANCE: Vi los carteles en toda la ciudad.
BUD: Va a dejar en claro su posición sobre ese asunto de la castración que ha hecho tanto ruido en el estado. ¿Te habías enterado de eso?

CHANCE: No.

SCOTTY: Ha de haber estado en algún satélite terrestre si no se enteró de eso.

CHANCE: No, sólo fuera de St. Cloud.

SCOTTY: La cosa es que eligieron a un negro al azar y lo castraron al cretino para demostrar que en este esta¬do van en serio con el tema de proteger a las muje¬res blancas.

BUD: Alguna gente piensa que fueron demasiado lejos. Los del norte han agitado muchísimo la opinión pública en todo el país.

SCOTTY: El Jefe va a dejar en claro su posición sobre ese asunto en su reunión con la juventud en el Salón de Baile Cristal de arriba.

CHANCE: Ajá. ¿Esta noche?

STUFF: Sí, esta noche.

BUD: Dicen que Heavenly Finley y Tom Junior estarán en el estrado con él.

BOTONES (entrando): Llamando a Chance Wayne. Lla¬mando...
(Edna lo corta en seco.)

CHANCE: Dudo de esa historia, en cierta forma dudo de esa historia.

SCOTTY: ¿Dudas de que caparon a ese negro?

CHANCE: Oh, no, eso no lo dudo. Saben lo que es eso, ¿no? Eso es envidia sexual y la venganza por envidia sexual es una enfermedad generalizada con la que me he topado personalmente demasiado a menudo como para dudar de su existencia o de cualquiera de sus manifestaciones. (El grupo echa atrás sus sillas, en actitud despectiva. Chance toma el mensaje de manos del Botones, lo lee y lo arroja al suelo.) Eh, Stuff... ¿qué tiene que hacer uno para conseguir un trago en este lugar, pararse de cabeza?... (Al Botones:) Dígale que iré más tarde... Lucy, ¿puedes conseguir que ese tarado de los refrescos Walgreen me dé una medida de vodka con hielo? (Ella le chasquea los dedos a Stuff. Él se encoge de hombros y derrama un poco de vodka sobre hielo.)

SEÑORITA LUCY: Chance, eres demasiado gritón, chiquito.

CHANCE: No lo suficiente, Lucy. No. Lo que quise decir es que dudo de que Heavenly Finley, la única que conozco en St. Cloud, acepte estar de pie en un estrado junto a su padre mientras él explica y excusa en televisión la castración al azar de un negro joven que agarraron en la calle después de medianoche. (Chance está hablando con una excitación casi incoherente, con una rodilla apoyada en el asiento de su silla, sacu¬diéndola de adelante hacia atrás. El Provocador aso¬ma el rostro detrás del diario; una velada sonrisa feroz se extiende sobre su rostro mientras se inclina hacia delante, con los músculos de la garganta ten¬sos, para oír el estallido de oratoria de Chance.) ¡No! Eso es lo que no creo. Si lo creyera, ah, les daría una exhibición de saltos ornamentales. Saltaría desde el muelle municipal y nadaría derecho hasta el Cayo Diamante y más allá, y seguiría nadando hasta que los tiburones y las barracudas me tomaran corno car¬nada, hermano. (Su silla se tumba hacia atrás y él cae tendido en el piso. El Provocador pega un salto para ayudarlo. La Señorita Lucy también se precipita, interponiéndose entre Chance y el Provocador, haciendo retroceder a éste con una rápida mirada o gesto de advertencia. Nadie se da cuenta de la presencia del Provocador. Chance vuelve a ponerse de pie, rubori¬zado y riéndose. Bud y Scotty se ríen más que él. Chance recoge su silla y prosigue. Las risas cesan.) Porque he vuelto a St. Cloud para sacarla de St. Cloud. Adónde la llevaré no es un sitio que esté en ninguna parte, sino al lugar que ocupa en mi corazón. (Ha sacado una cápsula rosa de su bolsillo, rápida y fur¬tivamente, y la ha tragado con un sorbo de vodka.)

BUD: Chance, ¿qué acabas de tomar?

CHANCE: Una vodka de cien grados.

BUD: Con ella te tragaste algo que sacaste de tu bolsillo.

SCOTTY: Parecía una pildorita rosa.

CHANCE : Oh, ja, ja. Sí, me tomé un estimulante. ¿Quieren uno? Tengo un montón. Siempre llevo conmigo. Cuan¬do no te estás divirtiendo, te hace divertir. Cuando te estás divirtiendo, hace que te diviertas más. Tomen uno y compruébenlo.

SCOTTY: ¿No dañan el cerebro?

CHANCE : No, al contrario. Estimulan las células cerebrales.

SCOTTY: ¿No hace que tengas una mirada distinta, Chance?

SEÑORITA LUCY: A lo mejor eso es lo que advertí. (Como si quisiera cambiar el tema.) Chance, quisiera que me dejaras en claro una duda.

CHANCE: ¿Qué duda, Lucy?

SEÑORITA LUCY: ¿Con quién viajas? Oí que te registraste aquí con una vieja y famosa estrella de cine.
(Todos los miran... En cierta forma, ahora tiene lo que quiere. Es el centro de atracción: todos lo están miran¬do, aunque con hostilidad, recelo y un cruel sentido de la diversión.)
CHANCE: Lucy, estoy viajando con la vicepresidenta y prin¬cipal accionista del estudio cinematográfico que me acaba de contratar.

SEÑORITA LUCY: ¿No actuó una vez en cine y fue muy conocida?

CHANCE: Fue, sigue siendo y nunca dejará de ser una figu¬ra importante, legendaria en la industria cinematográ¬fica, aquí y en todo el mundo, y ahora tengo un contrato personal con ella.

SEÑORITA LUCY: ¿Cómo se llama, Chance?

CHANCE: No quiere que se sepa su nombre. Como todas las grandes figuras mundialmente conocidas, no quie¬re ni necesita cierto tipo de atención pública y se nie¬ga a recibirlo. La privacidad es un lujo para las grandes estrellas. No me pregunten su nombre. La respeto demasiado para decir su nombre en esta mesa. Estoy obligado para con ella porque ha demostrado fe en mí. Me llevó un largo tiempo y duros esfuerzos encon¬trar la fe en mi talento que esta mujer me ha demos¬trado. Y me niego a traicionarla en esta mesa. (Su voz se eleva; ya está "duro".)

SEÑORITA LUCY: Chiquito, ¿por qué estás transpirando y te tiemblan así las manos? No estás enfermo, ¿no?

CHANCE: ¿Enfermo? ¿Quién está enfermo? Soy el hombre más sano del mundo.

SEÑORITA LUCY: Bueno, querido, sabes que no deberías que¬darte en St. Cloud. Eso lo sabes, ¿no es cierto? No podía creer lo que oía cuando me enteré de que habí¬as vuelto. (A los dos muchachos.) ¿Podían creer ustedes que estaba de vuelta aquí?

SCOTTY: ¿Para qué volviste?

CHANCE: Desearía que me dieras un motivo por el cual no tendría que volver a visitar la tumba de mi madre, ele¬gir un monumento para ella y compartir mi felicidad con una chica a la que he amado desde hace muchos años. Es ella, Heavenly Finley, por quien he luchado para ascender, y ahora que lo he logrado, la gloria también será de ella. Y acabo de convencer a los que manejan el tema que le permitan aparecer conmigo en una película para la que estoy contratado. Porque yo...

BUD: ¿Cuál es el título de esa película?

CHANCE:... ¿El título? ¡Juventud!

BUD: ¿Nada más que Juventud?

CHANCE: ¿No es un gran título para una película que pre¬senta a un talento joven? Ninguno parece creerme. Si no me creen, bueno, miren. Miren este contrato. (Lo saca de su bolsillo.)

SCOTTY: ¿Llevas el contrato encima?

CHANCE: De casualidad lo tengo en el bolsillo de este saco.

SEÑORITA LUCY: ¿Te vas, Scotty? (Scotty se ha levantado de la mesa.)

SCOTTY: Las cosas se están poniendo densas en esta mesa. BUD: Las chicas están esperando.

CHANCE (rápidamente): Hey, Bud, llevas un lindo juego de trapos, pero yo le daría un consejo a tu sastre. Un tipo de estatura mediana se ve mejor con hombros naturales, las hombreras te acortan la estatura, te hacen más ancha la silueta y te dan una especie de aspecto macizo.

BUD: Gracias, Chance.

SCOTTY: ¿Tienes algún consejo útil para mi sastre, Chance?

CHANCE: Scotty, no hay sastre en la tierra que pueda dis¬frazar una ocupación sedentaria.

SEÑORITA LUCY: Chance, querido...

CHANCE: ¿Sigues trabajando en el banco? ¿Te sientas en tu cubículo el día entero contando billetes de cien y una vez por semana te dejan meterte uno en el bolsi¬llo? Es un buen arreglo Scotty, si estás satisfecho con él, pero está empezando a darte un poco de panza y de traste.

VIOLET (apareciendo en la puerta, enojada): ¡Bud! ¡Scotty! Vamos.

SCOTTY: No vivo de mi aspecto pero manejo mi propio auto. No es un Cadillac, pero es mi propio auto. Y si mi propia madre muriera, yo mismo la enterraría; no dejaría que una iglesia organizara una colecta para hacerlo.
VIOLET (impaciente): Scotty, si ustedes dos no vienen ya mismo me voy a casa en taxi.
(Los dos jóvenes la siguen al jardín de palmeras. Allí se los puede ver dándoles dinero a sus mujeres para un taxi e indicándoles que ellos se quedan.)
CHANCE: Las antiguallas nos han dejado, Lucy.

SEÑORITA LUCY: Sí.

CHANCE: Bueno... no volví aquí para pelear con viejos amigos míos... Bien, son las siete y cuarto.

SEÑORITA LUCY: ¿Ya?
(Ahora hay una serie de hombres sentados en los rin¬cones oscuros del bar, mirando a Chance. Sus actitudes no son amenazantes. Simplemente están esperando algo, que la reunión comience arriba, algo... La Señorita Lucy mira a Chance y a los hombres, después nuevamente a Chance, con ojos miopes y la cabeza erguida como un perri¬to intrigado. Chance está desconcertado.)
CHANCE: Bueno... ¿Cómo está el Hickory Hollow para comerse un bife? ¿Sigue teniendo los mejores bifes de la ciudad?

STUFF (respondiendo el teléfono en el bar): Sí, es él. Está aquí. (Le echa una rápida mirada a Chance y corta.)

SEÑORITA LUCY: Chiquito, voy al guardarropas a recoger mi capa y pedir mi auto así te llevo al aeropuerto. Tengo un taxi aéreo allí, un helicóptero, sabes, que te dejará en Nueva Orleáns en quince minutos.

CHANCE: No me voy de St. Cloud. ¿Qué dije para que supu¬sieras que me iba?

SEÑORITA LUCY: Supuse que tenías suficiente sensatez para darte cuenta de que más te vale hacerlo.

CHANCE: Lucy, has estado bebiendo y el alcohol se te subió a esa dulce cabecita.

SEÑORITA LUCY: Piénsalo mientras voy a buscar mi capa. Todavía tienes una amiga en St. Cloud.

CHANCE: Todavía tengo una chica en St. Cloud y no me iré sin ella.

BOTONES (fuera de escena): Llamando a Chance Wayne, señor Chance Wayne, por favor.

PRINCESA (entrando con el Botones): Más fuerte jovencito, más fuerte... Oh, no se preocupe, ¡ahí está!
(Pero Chance ya ha salido corriendo hacia la galería. Parece que la Princesa se hubiera echado las ropas encima para huir de un edificio en llamas. Su vestido azul de len¬tejuelas tiene el cierre abierto o parcialmente cerrado, su cabello está todo revuelto, sus ojos brillantes tienen una expresión aturdida, típica de quien está drogado. Con una mano sostiene temblorosamente los antejos con el cristal roto, con la otra, su estola de visón; sus movimientos son titubeantes.)
SEÑORITA LUCY: Sé quién es usted. Es Alexandra Del Lago.
(Fuertes susurros. Una pausa.)
PRINCESA (en la escalera de la galería): ¿Qué? ¡Chance!

SEÑORITA LUCY: Querida, déjeme que le abroche ese cie¬rre. Quédese quieta un segundo. Mi querida, permíta¬me llevarla arriba. No deben verla aquí en estas condiciones...
(De pronto Chance irrumpe desde la galería y condu¬ce afuera a la Princesa, que está al borde del pánico. La Princesa corre hasta la mitad de los escalones que dan al jar¬dín de palmeras, luego se inclina jadeando sobre la balaus¬trada bajo el candelabro ornamental con sus cinco grandes perlas de luz. El interior se oscurece mientras Chance sale detrás de ella.)
PRINCESA: ¡Chance! ¡Chance! ¡Chance! ¡Chance!

CHANCE (suavemente): Si te hubieras quedado arriba no te habría ocurrido esto.

PRINCESA: Lo hice, me quedé.

CHANCE: Te dije que esperaras.

PRINCESA: Esperé.

CHANCE: ¿No te dije que esperaras hasta que yo volviera?

PRINCESA: Lo hice, esperé muchísimo, te esperé muchísi¬mo. Entonces, por fin, oí esos largos bocinazos sonan¬do en el jardín de palmeras y entonces... Chance, me ocurrió la cosa más maravillosa del mundo. ¿Me vas a escuchar? ¿Me dejarás contarte?

SEÑORITA LUCY (al grupo del bar): ¡Shhh!

PRINCESA: Chance, cuando te vi manejando bajo mi venta¬na con la cabeza erguida, con ese terrible orgullo de los derrotados que les pone rígido el cuello y que tan bien conozco, supe que tu vuelta a la ciudad natal había sido un fracaso como mi vuelta al cine. Y en mi cora¬zón sentí algo por ti. Es un milagro, Chance. Ésa es la cosa maravillosa que me ocurrió. Sentí algo por alguien que no era yo. Eso quiere decir que mi corazón toda¬vía está vivo, al menos una parte de él, que no todo mi corazón está muerto. Una parte todavía está viva... Chance, por favor escúchame. Estoy avergonzada por lo de esta mañana. Nunca volveré a degradarte, nun¬ca me degradaré, nunca más tú y yo volveremos... yo no siempre fui el monstruo que soy. En una época no era un monstruo. Y lo que sentí en el corazón cuando te vi volviendo, derrotado, a este jardín de palmeras, me dio la esperanza de que podía dejar de ser un monstruo. Chance, tienes que ayudarme a dejar de ser el monstruo que fui esta mañana y puedes hacerlo, puedes ayudar¬me. No seré ingrata contigo. Esta mañana estuve a pun¬to de morir, sofocada de pánico. Pero incluso a través de mi pánico, vi tu bondad. Vi una verdadera bondad en ti que casi has destruido, pero que sigue viviendo, un poco...

CHANCE: ¿Qué gesto bondadoso tuve yo?

PRINCESA: Me diste oxígeno.

CHANCE: Cualquiera lo hubiera hecho.

PRINCESA: Podría haberte llevado más tiempo dármelo.

CHANCE: No soy semejante monstruo.

PRINCESA: No eres ningún monstruo. Sólo eres...

CHANCE: ¿Qué?

PRINCESA: Un niño perdido en el país de las habichuelas, el país del ogro que está en el extremo del tallo de las habichuelas, el país del ogro hambriento de carne y sediento de sangre...
(De pronto se oye una voz de afuera.) Voz: ¿Wayne?
(El llamado es claro pero no fuerte. Chance lo oye, pero no se da vuelta hacia el lugar de donde surge; se queda momentáneamente congelado, como un ciervo que olfatea a los cazadores. En medio de la gente reunida adentro del' salón del bar vemos a quien habló, Dan Hatcher. Por su aspecto, ropa y modales es la apoteosis del subgerente de hotel; tiene más o menos la edad de Chance, es delgado, rubio, con un prolijo bigote, suave, jovial y sólo traiciona su instinto criminal en las piedras de cristal color rubí que adornan sus gemelos y el alfiler de corbata haciendo juego.)
HATCHER: ¡Wayne!
(Hatcher da un pequeño paso adelante y, en el mismo instante, Tom Junior y Scotty aparecen detrás de él, ape¬nas visibles. Scotty enciende un fósforo para prender el cigarrillo de Tom Junior mientras esperan allí. Chance de pronto le brinda a la Princesa toda su tierna atención, tomándola de la cintura con el brazo y llevándola hacia el arco morisco de la entrada del bar.)
CHANCE (en voz muy alta): Te traeré un trago y luego te llevaré arriba. No estás en condiciones de quedarte aquí.

HATCHER (dirigiéndose rápidamente al pie de las escale¬ras): ¡Wayne!
(El llamado es demasiado fuerte para ignorarlo; Chance se da vuelta a medias y responde.)
CHANCE: ¿Quién es?

HATCHER: ¡Ven aquí un minuto!

CHANCE: Oh, Hatcher. Enseguida estoy contigo.

PRINCESA: Chance, no me dejes sola.
(En este momento, la llegada del Jefe Finley es anuncia¬da por las sirenas de varios patrulleros. El proscenio de pronto se ilumina desde la izquierda, supuestamente por los faros de los autos que llegan a la entrada del hotel. Ésta es la señal que han estado esperando los hombres del bar. Todos salen apresurados por la izquierda. En la parte del escenario iluminada por la luz cálida sólo está Chance; detrás de él, la Princesa. El Provocador se encuentra en el bar. El pianista toca un tango afiebrado. Ahora, desde la izquierda, puede oírse fuera de escena al Jefe Finley, hablando con una ener¬gía que destaca su personalidad pública. En medio del rui¬do de los flashes de los fotógrafos oímos desde afuera:)

JEFE (fuera de escena): ¡Ja, ja, ja! ¡Querida mía, sonríe!
Vamos, ¡sonríele al pajarito! ¿No es celestial? ¡Su nom¬bre es el más apropiado para ella!

HEAVENLY (fuera de escena): Papá, ¡quiero entrar!
(En ese instante, Heavenly entra corriendo... para enfrentarse con Chance... El Provocador se levanta. Durante un largo momento, Chance y Heavenly se que¬dan parados; él está en los peldaños que llevan al jardín de palmeras y a la galería; ella en el salón del bar. Simplemente se miran... con el Provocador en medio de ellos. Entonces el Jefe entra y la toma del brazo... Y allí se queda, enfrentando al Provocador y a Chance a la vez... Por un segundo los enfrenta, levanta a medias su bastón para pegarles, pero no lo hace... Luego arrastra a Heavenly fuera de escena por la izquierda... donde las fotografías y las entrevistas se suceden durante la escena que sigue. Chance ha visto que Heavenly va a subir al estrado con su padre... Su actitud es de total estupefacción...)
PRINCESA: ¡Chance! ¿Chance? (Él se da vuelta hacia ella mecánicamente.) Pide el auto y vayámonos. Todo está empacado, hasta el... grabador con mi voz desvergon¬zada impresa en la cinta...
(El Provocador ha retomado su posición en el bar. Ahora han vuelto a escena Hatcher, Scotty y un par de otros muchachos... La Princesa los ve y se queda en silencio... Nunca ha estado en semejante situación antes...)
HATCHER: Wayne, ¿me haces el favor de venir aquí abajo?
CHANCE: ¿Para qué, qué quieres? HATCHER: Baja aquí y te lo diré.
CHANCE: Sube tú aquí y dímelo.
TOM JUNIOR: Vamos, cagón cretino.

CHANCE: Pero, hola Tom Junior. ¿Por qué te estás escon¬diendo ahí abajo?

TOM JUNIOR: Tú te estás escondiendo, no yo, cagón.

CHANCE: Tú estás en la oscuridad, no yo.

HATCHER: Tom Junior quiere hablar contigo en privado aquí abajo.

CHANCE: Puede hablar conmigo en privado aquí arriba.

TOM JUNIOR: Hatcher, dile que le hablaré en el baño del entrepiso.

CHANCE: No tengo conversaciones con la gente en el baño...
(Tom Junior, enfurecido, empieza a apresurarse hacia adelante. Los hombres lo retienen.)
De todos modos, ¿qué es todo esto? Es fantástico. ¿Están celebrando un pequeño congreso aquí? Antes solía dejar los lugares cuando me lo ordenaban. Ahora no. Esa época se acabó. Ahora me voy cuando se me da la gana. ¿Oyes eso, Tom Junior? Dale a tu padre ese mensaje. Ésta es mi ciudad. Nací en St. Cloud, él no. Sólo se sintió llamado aquí. Sólo se sintió llamado a bajar de las colinas para predicar el odio. Yo nací aquí para hacer el amor. Cuéntale ahora qué diferencia hay entre él y yo, y pregúntale cuál le parece que tiene más derecho a quedarse aquí... (No recibe respuesta del grupo de hombres amontonados que está reteniendo a Tom junior para que no lo asesine ya mismo en el salón del bar. Después de todo, sería un mal prece¬dente para la aparición del Jefe por televisión en todo el Sur... y todos lo saben. Chance continúa desafiándo¬los.) ¡Tom, Tom Junior! ¿qué quieres de mí? ¿Devol¬verme el dinero que te di para ir al partido y al cine un sábado cuando estabas cortando el pasto del jar¬dín de tu padre por un dólar? ¿Agradecerme por las veces en que te presté mi motocicleta y te conseguí una chica para andar en el asiento trasero? ¡Vamos! Te daré las llaves de mi Cadillac. Te daré lo que cobra cualquier puta de St. Cloud. Todavía tienes crédito con¬migo porque eres el hermano de Heavenly.

TOM JUNIOR (casi liberándose): ¡No pronuncies el nombre de mi hermana!

CHANCE: ¡Pronuncié el nombre de mi chica!

TOM JUNIOR (soltándose del grupo): Estoy bien, estoy bien. Déjennos solos, por favor. No quiero que Chance sien¬ta que lo superamos en número. (Los aleja.) ¿Está bien? Ven aquí abajo.

PRINCESA (tratando de retener a Chance): No, Chance, no vayas.

TOM JUNIOR: Discúlpate con la señora y ven aquí abajo. No tengas miedo. Sólo quiero hablar contigo tranqui¬lamente. Nada más que hablar. Una charla tranquila.

CHANCE: Tom Junior, sé que desde la última vez que estu¬ve aquí algo le ha ocurrido a Heavenly y yo...

TOM JUNIOR: No... pronuncies el nombre de mi hermana. Que su nombre no pase por tu lengua.

CHANCE: Sólo dime qué le ocurrió.

TOM JUNIOR: Baja la voz, cretino.

CHANCE: Sé que he hecho muchas cosas malas en mi vida, muchas más de las que puedo nombrar o enumerar, pero juro que nunca lastimé a Heavenly en mi vida.

TOM JUNIOR: ¿Quieres decir que mi hermana ha estado con alguien más... que otra persona le contagió esa enfermedad la última vez que estuviste en St. Cloud?... Sé que es posible, es muy posible que no supieras lo que le hiciste a mi hermanita la última vez que viniste a St. Cloud. ¿Recuerdas esa vez en que viniste a casa sin un centavo? Mi hermana tenía que pagar tus cuentas en restaurantes y bares y tuvo que cubrir cheques sin fon¬dos que libraste sobre bancos donde no tenías cuenta.
Hasta que conociste a esa puta rica, Minnie, la tejana del yate, y empezaste a pasar los fines de semana en su barco y a volver los lunes con dinero de Minnie para gastar con mi hermana. Quiero decir, te acosta¬bas con Minnie, que se acostaba con el primer gigoló canalla que se levantaba en la calle Bourbon o en el puerto, y después volvías a acostarte con mi hermana. Y en algún momento, durante ese tiempo, Minnie te dio algo más que tus honorarios de gigoló y se lo transmi¬tiste a mi hermana, mi hermanita que ni siquiera había oído hablar de semejante cosa y no supo qué era has¬ta que el mal estuvo muy avanzado y...

CHANCE: Me fui de la ciudad antes de descubrir que...
(Se oye la música del "Lamento".)
TOM JUNIOR: ¡Lo descubriste! ¿Se lo dijiste a mi hermanita?
CHANCE: Pensé que si algo andaba mal ella me llamaría o me escribiría...

TOM JUNIOR: ¿Cómo podía escribirte o llamarte si no hay direcciones ni números telefónicos en el albañal? Estoy ardiendo por matarte... ¡aquí, ahora mismo!... Mi hermanita Heavenly no sabía nada de las enfer¬medades y las operaciones de las putas, hasta que el cuchillo del doctor George Scudder la tuvo que limpiar y vaciar, quiero decir sacarle los ovarios como a una perra. Eso es... ¡el cuchillo!... Y esta noche... si te que¬das aquí esta noche, si sigues aquí después de esta reunión, también vas a sentir el cuchillo en tu carne. ¿Te queda claro? El cuchillo. Eso es todo. Ahora vuel¬ve con la señora que yo vuelvo con mi padre. (Tom Junior sale.)

PRINCESA (mientras Chance vuelve a ella): Chance, por amor a Dios, vayámonos ahora mismo...
(El "Lamento" flota en el aire. Se mezcla con el soni¬do del viento en las palmeras.)
Todo el día he estado oyendo esa especie de lamen¬to que flota en el aire de este lugar. Dice: "Perdido, perdido, nunca más se lo podrá encontrar". En los jardines de palmeras junto al mar y en los bosqueci¬llos de olivos de las islas del Mediterráneo flota ese lamento. "Perdido, perdido"... La isla de Chipre, Montecarlo, San Remo, Torremolinos, Tánger. Son todos lugares donde nos exiliamos de aquello que hemos amado. Anteojos oscuros, sombreros de ala ancha y susurros, "¿Ésa es ella?" Susurros conmocio¬nados... Oh, Chance, créeme, después del fracaso vie¬ne la huída. Después del fracaso no hay nada más que la huída. Enfréntalo. Pide el auto, haz que bajen el equi¬paje y sigamos avanzando por la Vieja Carretera Española. (Trata de abrazarlo.)

CHANCE: Sácame de encima esas manos ávidas.
(Fuera de escena, unos manifestantes empiezan a can¬tar "Linda Bandera Azul" .)
PRINCESA: Soy la única persona en este lugar que puede impedir que te destruyas.

CHANCE: No quiero que lo impidas.

PRINCESA: No me dejes. Si lo haces me convertiré en un monstruo de nuevo. Seré la primera dama del País de las Habichuelas.

CHANCE: Vuelve al cuarto.

PRINCESA: Sola no voy a ninguna parte. No puedo.

CHANCE (desesperado): ¡Una silla de ruedas! (Entran manifestantes por la izquierda, Tom Junior y el Jefe con ellos.) ¡Una silla de ruedas! Stuff, ¡consíguele una silla de ruedas a la señora! ¡Tiene otro ataque!
(Stuff y un Botones la sostienen... pero ella empuja a Chance apartándolo de sí y lo mira con ojos de repro¬che... El Botones la toma del brazo. Ella acepta este bra¬zo anónimo y sale. Chance y el Provocador quedan solos en escena.)
CHANCE (como si tranquilizara y consolara a alguien ade¬más de sí mismo): Está bien, ahora estoy solo, nadie se ha colgado de mí.
(Está jadeando. Se afloja la corbata y el cuello. La ban¬da del Salón de Baile Cristal, en silencio hasta ahora, ini¬cia una variación vivaz pero líricamente distorsionada de alguna melodía muy popular como la "Polka Lichtens¬teiner". Chance se vuelve hacia el lugar de donde sale el sonido. Entonces, por la parte izquierda del escenario, entra una porrista llevando una enseña de seda dorada y púrpura que dice "La juventud a favor de Tom Finley" y haciendo cabriolas, seguida por el Jefe Finley, Heavenly y Tom Junior, quien agarra a su hermana con fuerza del brazo, como si la estuviera conduciendo a una cámara mortuoria.)
TOM JUNIOR: ¿Papá? ¡Papá! ¿Le dirías a mi hermana que marche?

JEFE: Chiquita, tú levantas la cabeza bien alto cuando entre¬mos marchando en ese salón de baile. (La música sue¬na fuerte... Marchan por los escalones y por la galería de atrás... luego empiezan a atravesarla. El Jefe grita.)
¡Ahora marchen! (Y desaparecen subiendo las escaleras.) Voz (fuera de escena): Ahora recemos. (Se oye una plega¬ria murmurada por muchas voces.)

SEÑORITA LUCY (que se ha quedado atrás): ¿Todavía quie¬re intentarlo?

PROVOCADOR: Voy a tirarme un lance. ¿Cómo está mi voz?

SEÑORITA LUCY: Mejor.

PROVOCADOR: Es preferible que espere aquí hasta que empiece a hablar, ¿no le parece?

SEÑORITA LUCY: Espere hasta que apaguen las arañas del salón de baile... ¿Por qué no hace una pregunta que no perjudique a su hija?

PROVOCADOR: No quiero perjudicar a su hija. Pero va a exhibirla como la bella virgen blanca expuesta a la luju¬ria de los negros sureños y ésa es su artimaña, lo que lo lleva a sus discursos sobre la Voz de Dios.

SEÑORITA LUCY: Lo cree honestamente.

PROVOCADOR: Yo no lo creo. Creo que el silencio de Dios, su absoluta mudez, es horrible y dura desde toda la eternidad, a raíz de lo cual el mundo está perdido. Creo que ese silencio todavía no se ha quebrado ante ningún hombre, que viva o haya vivido en la tierra... sin ninguna excepción y menos que nadie el Jefe Finley.
(Entra Stuff, va a la mesa, empieza a limpiarla. Las luces de las arañas se apagan.)
SEÑORITA LUCY (con admiración): Hace falta un montañés para liquidar a un montañés... (a Stuff) Enciende el televisor, chiquito.
Voz (fuera de escena): Los dejo con el querido Thomas J. Finley.
(Stuff hace un gesto corno para encender el televisor, que está en la pared posterior. Un rayo de luz ondulante, titilante, estrecho e intenso, viene de la baranda del bal¬cón. Stuff mueve la cabeza para quedar en él, mirando dentro de él... Chance camina lentamente hacia el prosce¬nio, su cabeza también en el estrecho y titilante rayo de luz. Mientras camina hacia la parte delantera del escena¬rio, de pronto aparece en la gran pantalla de televisión, que cubre toda la pared trasera del escenario, la imagen del Jefe Finley. Su brazo está alrededor de Heavenly y está hablando... Cuando Chance ve el brazo del Jefe alrededor de Heavenly, hace un sonido con la garganta como si un pesado puño lo hubiera golpeado en el estómago... Ahora el sonido, que siempre sigue a la imagen un instante después de la aparición de aquélla, comienza a oírse... con mucho volumen.)
JEFE (en la pantalla de televisión): Gracias amigos míos, veci¬nos, hermanos, compatriotas... Se los he dicho antes, pero se los diré una vez más. Tengo una misión sagrada que cumplir en el Sur... Cuando tenía quince años, bajé descalzo de las colinas de arcilla roja... ¿Por qué? Porque la Voz de Dios me llamó para cumplir esa misión.

SEÑORITA LUCY (a Stuff): Está muy fuerte.

PROVOCADOR: ¡Escucha!

JEFE: ¿Y cuál es esa misión? Se los he dicho antes pero se los diré una vez más. Proteger de la contaminación una sangre que estoy convencido de que no sólo es sagrada para mí, sino para Él.
(En la parte trasera del escenario vemos que el Pro¬vocador sube los últimos peldaños y hace ademán de abrir una puerta... Avanza adentro del salón, desapareciendo de nuestra vista.)

SEÑORITA LUCY: Bájalo, Stuff.

STUFF (acercándose a ella): ¡Shh!

JEFE: ¿Quién es el mejor amigo del hombre de color en el Sur? Eso es...

SEÑORITA LUCY: Stuff, baja el volumen.

JEFE: Soy yo, Tom Finley. Así lo reconocen ambas razas.

STUFF (gritando): Está diciendo la verdad revelada. ¡Óigan¬la todos!

JEFE: Sin embargo... no puedo aceptar, tolerar ni condo¬nar la amenaza de una contaminación de nuestra san¬gre y no lo haré.
(La Señorita Lucy baja el volumen del televisor.)

PROVOCADOR (su voz viene del televisor): ¡Eh, Jefe Finley! (La cámara de televisión se mueve para mostrarlo en el fondo del salón.) ¿Qué me cuenta de la operación de su hija? ¿Qué me cuenta de la operación que se hizo su hija en el hospital Thomas J. Finley aquí en St. Cloud? ¿Se puso de luto como duelo por su apéndice?...
(Oímos un jadeo, como si al Provocador lo hubieran golpeado.
Imagen: En la pantalla se la ve a Heavenly horroriza¬da. Ruidos de disturbios. Luego las puertas de la parte más alta de las escaleras se abren violentamente y el Provocador tropieza escalones abajo... La cámara enfoca al Jefe Finley. Está tratando de dominar los disturbios del salón.)
JEFE: ¿Podría repetir esa pregunta? Hagan que ese hombre se adelante. Responderé a su pregunta. ¿Dónde está? Si ese hombre se hubiera adelantado habría respondi¬do a su pregunta... El viernes pasado... el viernes pasa¬do... Viernes Santo. Dije que el Viernes, el Viernes Santo... Silencio, pueden prestarme atención, por favor... El viernes pasado, el Viernes Santo, vi una cosa horrible en el campus de nuestra gran Universidad Estatal, que yo construí para el Estado. Una abomina¬ble efigie rellena de paja de mí mismo, Tom Finley, fue colgada e incendiada en el patio principal de la universidad. Este ultraje fue inspirado por la prensa radical del Norte. Sin embargo, era Viernes Santo. Hoy es Pascua. Digo que fue Viernes Santo. Hoy es Domingo de Pascua y estoy en St. Cloud.
(Durante este parlamento, se ha desarrollado una horrible pelea silenciosa y a oscuras. El Provocador se defendió pero finalmente lo dominaron y lo golpearon sistemáticamente... El rígido e intenso rayo de luz se ha quedado sobre Chance. Si éste tuvo un impulso de ir en ayu¬da del Provocador, lo desalentaron Stuff y otro hombre que está detrás de él observándolo... En el punto culminante de la paliza, estalla un gran aplauso... En un momento de los aplausos, Heavenly aparece de pronto, escoltada por algunas personas, baja las escaleras sollozando y se des¬maya...)
TELÓN



TERCER ACTO
(Esa misma noche, un poco más tarde, en el cuarto de hotel. Las persianas del rincón morisco están abiertas sobre el jardín de palmeras: siguen oyéndose sonidos aislados de disturbio y algo arde en el jardín de palmeras: ¿una efi¬gie, un emblema? Las luces titilantes de la hoguera caen sobre la Princesa. En la escena interior, se proyectan cons¬tante y serenamente las palmeras reales, extendiendo sus ramas contra las estrellas.)
PRINCESA (caminando con el teléfono): ¡Operador! ¿Qué ocurrió con mi chofer?
(Chance entra en la galería y ve que alguien se acer¬ca del otro lado... rápidamente se oculta y se que¬da en las sombras de la galería.)
Me dijo que me conseguiría un chofer... ¿Por qué no puede conseguirme un chofer si dijo que podía? ¡Seguro que alguien en este hotel puede conseguirme un chofer que me conduzca, al precio que sea... fuera de este infernal...!
(Se da vuelta súbitamente cuando Dan Hatcher gol¬pea la puerta del pasillo. Detrás de él aparecen Tom Junior y Budy Scotty, sudorosos y desarreglados por el tumulto en el jardín de palmeras.)
¿Quién es?

SCOTTY: No va a abrir, derribemos la puerta.

PRINCESA (dejando caer el teléfono): ¿Qué quieren?

HATCHER: Señorita Del Lago...

BUD: No respondas hasta que abra.

PRINCESA: ¡Quién está ahí afuera! ¿Qué quieren?

SCOTTY (al vacilante Hatcher): Dile que quieres que salga de ese jodido cuarto.

HATCHER (con una forzada nota de autoridad): Cállate. Déjame manejar esto... Señorita Del Lago, su hora de salida era las quince y treinta y ahora es más de media¬noche... Lo lamento, pero no puede ocupar este cuar¬to más tiempo.
PRINCESA (abriendo violentamente la puerta): ¿Qué dijo? ¡Puede repetir lo que dijo!
(Su voz imperiosa, sus joyas, sus pieles y su presencia imponente los descoloca un momento.)
HATCHER: Señorita Del Lago...

TOM JUNIOR (recuperándose más rápido): Éste es el señor Hatcher, el subgerente del hotel. Usted ingresó anoche con un personaje indeseable en esta ciudad y nos han informado que se aloja en el cuarto con usted. Trajimos al señor Hatcher para recordarle que hace mucho que pasó su hora de salida y...
PRINCESA (enérgicamente): Mi horario de salida en cualquier hotel del mundo es cuando a mí se me da la gana...

TOM JUNIOR: Éste no es cualquier hotel del mundo.

PRINCESA (sin permitirles entrar): Además, no hablo con subgerentes de hoteles cuando tengo que hacer quejas sobre descortesías de las que he sido objeto, cosa que sin la menor duda debo hacer tras mis experiencias aquí. No hablo siquiera con gerentes de hoteles, hablo con los dueños. Directamente hablo con los dueños de los hoteles sobre las descortesías de que he sido obje¬to. (Toma las sábanas de satén que hay en la cama.)
Estas sábanas son mías, se van conmigo. Y jamás he sufrido descortesías tan espantosas en ningún hotel de ninguna parte del mundo. He averiguado el nombre del dueño de este hotel. El hotel pertenece a una cadena de hoteles cuyo propietario es un amigo mío, de quien fui huésped en capitales extranjeras como... (TOM JUNIOR la ha empujado y ha entrado en el cuarto.) ¿Qué demonios hace en mi cuarto?

TOM JUNIOR: ¿Dónde está Chance Wayne?

PRINCESA: ¿Para eso vinieron aquí? Entonces pueden irse. No ha estado en este cuarto desde que partió esta mañana.

TOM JUNIOR: Scotty, revisa el baño... (Él revisa el placard, se detiene para espiar debajo de la cama. Scotty sale por la derecha.) Como le dije antes, sabemos que es Alexandra Del Lago y que viaja con un degenerado al que estoy segu¬ro que no conoce. Por eso no puede quedarse en St. Cloud, especialmente después de este tumulto que hemos... (Scotty vuelve a entrar desde el baño y le indica a Tom Junior que Chance no está allí.) Ahora bien, si necesita alguna ayuda para salir de St. Cloud, yo estaría...

PRINCESA (interrumpiendo): Sí, quiero un chofer. Alguien que maneje mi auto. Quiero irme de aquí. Estoy deses¬perada por irme de aquí. No puedo manejar. ¡Tienen que sacarme de aquí!

TOM JUNIOR: Scotty, tú y Hatcher esperen afuera mientras le explico algo a ella... (Se van y esperan del otro lado de la puerta, en el extremo izquierdo de la galería.) Voy a conseguirle un chofer, señorita Del Lago. Le conseguiré un agente de policía, media docena de poli¬cías si no puedo conseguirle un chofer. ¿De acuerdo? Alguna vez vuelva a nuestra ciudad y visítenos, ¿sabe? Pondremos alfombra roja para usted. ¿De acuerdo? Buenas noches, señorita Del Lago.
(Todos desaparecen por el pasillo, que entonces se oscu¬rece. Ahora Chance avanza desde donde ha estado esperando, en el otro extremo del corredor, y lenta, cautelosamente, se acerca a la entrada del cuarto. El viento barre el jardín de palmeras; parece disolver las paredes; el resto de la obra se representa contra el cielo nocturno. Las puertas con persia¬nas que dan a la galería se abren y Chance entra en el cuar¬to. Desde la última vez que lo vimos ha perdido mucho más la cordura y la capacidad de razonamiento. La Princesa no se da cuenta de su entrada hasta que él cierra de un gol¬pe las puertas con persianas. Ella se da vuelta, sobresalta¬da, para enfrentarse con él:)
PRINCESA: ¡Chance!

CHANCE: Tenías una linda compañía aquí.

PRINCESA: Unos hombres estaban buscándote. Me dijeron que no era bienvenida en este hotel y en esta ciudad porque había venido con un "criminal degenerado". Les pedí que me consiguieran un chofer para poder irme.
CHANCE: Yo soy tu chofer. Sigo siendo tu chofer, Princesa.

PRINCESA: No pudiste manejar por el jardín de palmeras.

CHANCE: Estaré bien en un minuto.

PRINCESA: Lleva más de un minuto. Chance, ¿me escucha¬rías? ¿Puedes escucharme? Yo te escuché esta maña¬na, con comprensión y pena, sí, escuché con pena tu historia de esta mañana. Sentí algo por ti que creí que ya no podía sentir. Recordé a hombres jóvenes que fueron lo que tú eres o lo que estás ansiando ser. Los vi muy claramente, muy claramente, ojos, voces, son¬risas, cuerpos, los vi con toda claridad. Pero no podía recordar sus nombres. No podía recordar sus nom¬bres sin hundirme en los viejos programas de piezas de las que fui estrella a los veinte años y en las que ellos decían: "Señora, el conde está esperándola" o... ¿Chance? Casi lo lograron. ¡Oh, oh, Franz! Sí, Franz... ¿qué? Albertzart, Franz Albertzart, oh Dios, Dios, Franz Albertzart... Tuve que despedirlo. Me estrechaba demasiado en la escena del vals; una vez, sus dedos ansiosos me dejaron moretones, me, me dislocaron un disco de la columna y...

CHANCE: Estoy esperando que te calles.

PRINCESA: No hace mucho lo vi en Montecarlo. Estaba con una mujer de setenta años y los ojos de él parecían más viejos que los de ella. Ella lo llevaba, lo conducía con una cadena invisible a través del Grand Hotel... por los salones y los casinos y los bares como a un perro falde¬ro ciego y moribundo; no era mucho mayor de lo que tú eres ahora. Poco después de eso se cayó con su Alfa-Romeo o su Ferrari de la Grande Corniche... ¿acciden¬talmente?... Se rompió el cráneo como si fuera una cáscara de huevo. Me pregunto qué encontraron aden¬tro. Viejas ambiciones de las que había desesperado, pequeñas traiciones, posiblemente ínfimos intentos de chantaje que no salieron bien y las huellas que dejan el gran encanto y la dulzura auténtica. Chance, Franz Albertzart es un Chance Wayne. ¿Por favor, serías capaz de enfrentar esta verdad así podemos seguir juntos?

CHANCE (se aparta de ella): ¿Ya terminaste? ¿Has acabado?

PRINCESA: No escuchaste, ¿no es cierto?

CHANCE (tomando el teléfono): No tuve que hacerlo. Yo te conté esa historia esta mañana... no voy a caerme de ningún lado ni romperme la cabeza como si fuera una cáscara de huevo.

PRINCESA: No, porque no puedes manejar.

CHANCE: ¿Operador? Larga distancia.

PRINCESA: Te llevarías una palmera por delante. Franz Albertzart...

CHANCE: ¿Dónde está tu libreta de direcciones, tu índice telefónico?

PRINCESA: No sé qué estás tramando, pero no te saldrá bien. La única esperanza que te queda ahora es dejar que te guíe con una cadena de acero invisible y amorosa a través de los Carlton y los Ritz y los Grand Hotel y...

CHANCE: ¿No sabes que me moriría antes? Preferiría morir¬me antes... (Por teléfono:) ¿Operador? Es una llama¬da urgente persona a persona de la señorita Alexandra Del Lago a la señorita Sally Powers en Beverly Hills, California...

PRINCESA: ¡Oh, no!... ¡Chance!

CHANCE: La señorita Sally Powers, la comentarista de Hollywood, sí, Sally Powers. Sí, bien, consiga el núme¬ro telefónico. Espero, espero...

PRINCESA: Su número es Coldwater cincuenta y nueve mil... (Se lleva la mano a la boca... pero es demasia¬do tarde.)

CHANCE: En Beverly Hills, California, Coldwater cincuen¬ta y nueve mil.
(La Princesa avanza hacia el proscenio; las zonas que la rodean se oscurecen hasta que nada se percibe detrás de ella salvo el jardín de palmeras.)
PRINCESA: ¿Por qué le di el número? Bueno, por qué no; des¬pués de todo, yo debía saberlo más tarde o más tem¬prano... Me dispuse a llamarla varias veces, tomé el teléfono, lo dejé. Bueno, dejemos que lo haga él por mí. Algo ha ocurrido. Estoy respirando libre y pro¬fundamente como si el pánico hubiera desaparecido. Tal vez desapareció. Él está haciendo esa cosa horri¬ble por mí, pidiendo la respuesta en mi lugar. Ahora no existe para mí salvo como alguien que hace esta horrible llamada por mí, pide la respuesta en mi lugar. La luz cae de lleno sobre mí. Él ahora es casi invisible. ¿Qué quiere decir eso? ¿Quiere decir que yo todavía no estoy lista para ser borrada, tachada?

CHANCE: Está bien, llame a Chasen. Trate de encontrarla en Chasen.

PRINCESA: Bueno, una cosa es segura: este llamado es lo úni¬co que me importa. Me siento inundada por la luz y todo lo demás permanece en la penumbra. Él está en el trasfondo de penumbra como si nunca hubiera deja¬do la oscuridad en la que nació. He tornado nueva¬mente la luz como una corona en mi cabeza, una corona que me sienta bien desde el momento de mi nacimiento por algo que hay en las células de mi san¬gre y de mi cuerpo. Es mía, nací para poseerla y él nació para hacer en mi lugar este llamado telefónico a Sally Powers, querida y fiel custodia de mi leyenda que me sobrevive. (Suena un teléfono a la distancia.) La leyen¬da a la que yo he sobrevivido... Los monstruos no mue¬ren temprano; duran largo tiempo. Un tiempo horriblemente largo. Su vanidad es infinita, casi tan infinita como su disgusto consigo mismos. (El teléfo¬no suena más fuerte: la luz inunda nuevamente el cuar¬to de hotel. La Princesa se da vuelta hacia Chance y la pieza vuelve a un nivel más realista.) El teléfono sigue sonando.

CHANCE: Me dieron otro número...

PRINCESA: Si no está allí, da mi nombre y pregúntales dón¬de puedo encontrarla.

CHANCE: ¿Princesa? PRINCESA: ¿Qué?

CHANCE: Tengo un motivo personal para hacer esta lla¬mada telefónica.

PRINCESA: Estoy segura de eso.

CHANCE (por teléfono): Estoy llamado de parte de Alexandra Del Lago. Quiere hablar con la señorita Sally Powers... Oh, ¿hay algún número donde la Princesa pueda encontrarla?

PRINCESA: Será una buena señal si te dan un número.

CHANCE: ¿Oh?... Bien, llamaré a ese número... ¿Operador? Intente otro número para la señorita Sally Powers. Es Cañón setenta y cinco mil. Diga que es urgente, de parte de la Princesa Kosmonopolis...

PRINCESA: Alexandra Del Lago.

CHANCE: Alexandra Del Lago es quien llama a la señorita Powers.

PRINCESA (para sí misma): Oxígeno, por favor, un poco...

CHANCE: ¿Es usted, señorita Powers? Soy Chance Wayne... la llamo de parte de la Princesa Kosmonopolis que quiere hablar con usted. En un minuto vendrá al telé¬fono.

PRINCESA: No puedo... Di que...

CHANCE (estirando el cable del teléfono): Esto es lo más lejos que puedo estirar el cable, Princesa, tienes que venir aquí.
(La Princesa duda; luego avanza hacia el teléfono extendido.)
PRINCESA (en un susurro bajo y estridente): ¿Sally? ¿Sally? ¿Realmente eres tú, Sally? Sí, soy yo, Alexandra. Lo que quedó de mí, Sally. Oh, sí, estuve allí, pero sólo me que¬dé unos minutos. Apenas empezaron a reírse en los momentos que no debían, volé por el pasillo y salí a la calle gritando "Taxi"... y nunca dejé de correr has¬ta ahora. No, no he hablado con nadie, no he oído nada, no he leído nada... sólo quería... la oscuridad... ¿Qué? Sólo lo dices de buena.

CHANCE (como para sí mismo): Dile que has descubierto a un par de nuevas estrellas. Dos.

PRINCESA: Un momento, Sally, estoy... ¡sin aliento!

CHANCE (aferrándole el brazo): Y alábanos mucho. Dile que lo anuncie mañana en su columna, en todas sus columnas y en sus comentarios de radio... ¡que has des¬cubierto un par de jóvenes que serán las luminarias de mañana!

PRINCESA (a CHANCE): Ve al baño. Mete la cabeza bajo el agua fría... Sally... ¿Realmente crees eso? No lo dices sólo de buena, Sally, en honor a los viejos tiempos... ¿Creció, dijiste? ¿Mi talento? ¿En qué sentido, Sally? ¿Más profundidad? ¿Más qué, dijiste? ¡Más fuerza! Bueno, Sally, Dios te bendiga, querida Sally.
CHANCE: Termina esa cháchara. ¡Habla de mí y de Hea¬venly!

PRINCESA: No, por supuesto no leí las críticas. Te dije que salí volando, volando. Volé lo más rápido que pude. Oh. ¿Oh? Oh... Qué dulzura de tu parte, Sally. Ni siquiera me importa que no seas totalmente sincera en esa afirmación. Creo que sabes cómo han sido los últi¬mos quince años de mi vida, porque tengo el... "cora¬zón que aúlla de una... artista". Discúlpame, Sally, estoy llorando y no tengo pañuelos a mano. Discúlpa¬me, Sally, estoy llorando...

CHANCE (con tono sibilante detrás de ella): Eh, ¡habla de mí! (Ella le patea la pierna a Chance.)

PRINCESA: ¿Cómo es eso, Sally? ¿Realmente lo crees? ¿Quién? ¿Para qué papel? ¡Oh, Dios mío!... ¡Oxígeno, oxígeno, rápido!

CHANCE (aferrándola del cabello y en tono sibilante): ¡Habla de mí! ¡De mí!... ¡Puta!

PRINCESA: ¿Sally? Estoy demasiado abrumada. ¿Puedo volver a llamarte más tarde? Sally, te llamaré más tarde... (Deja caer el teléfono en un rapto.) Mi película batió récords de boletería. ¡En Nueva York y en Los Ángeles!

CHANCE: Vuelve a llamarla, habla con ella.

PRINCESA: Batió todos los récords de boletería. El retorno más grandioso en la historia de la industria, así es como ella lo llamó...

CHANCE: Ni me mencionaste a mí.

PRINCESA (para sí misma): No puedo aparecer, todavía no. Necesitaré una semana en una clínica, después una semana o diez días en el Rancho Estrella Matutina en Las Vegas. Mejor que le diga a Ackerman que vaya a hacerme una serie de tomas antes de presentarme en la Costa...

CHANCE (en el teléfono): Ven aquí, llámala de nuevo.

PRINCESA: Dejaré el auto en Nueva Orleáns y viajaré en avión a, a, a... Tucson. Lo pondré a Strauss a cargo de mi publicidad. Tengo que asegurarme de que se cubran bien mis huellas de estas últimas semanas en... ¡el infierno!...
CHANCE: Ven. Ven, comunícate de nuevo con ella.

PRINCESA: ¿Qué haga qué?

CHANCE: Háblale de mí y de Heavenly.

PRINCESA: ¿Qué le hable de un bañero que me levanté por placer, para distraerme del pánico? ¿Ahora? ¿Cuando la pesadilla terminó? Complicar mi nombre, que es Alexandra Del Lago, con los antecedentes de un... Sólo me usaste. Me usaste. Cuando te necesité abajo, en el bar, gritaste: "¡Consíganle una silla de ruedas!" Bueno, no necesitaba una silla de ruedas, subí sola, como siempre. Me volví a trepar sola por el tallo de las habichuelas hasta el país del ogro donde vivo aho¬ra, sola. Chance, dejaste pasar algo que no podías per¬mitirte dejar pasar; tu tiempo, tu juventud, las dejaste pasar. Era todo lo que tenías y ya lo tuviste.

CHANCE: ¡Pero quién carajo está hablando! Mira. (La gira a la fuerza hacia el espejo.) Mírate en el espejo. ¿Qué ves en ese espejo?

PRINCESA: Veo... ¡a Alexandra Del Lago, artista y estrella! Ahora te toca a ti, miras y ¿qué ves?

CHANCE: Veo... a Chance Wayne...

PRINCESA: La cara de un Franz Albertzart, una cara que el sol de mañana dañará sin piedad. Por supuesto, fuiste coronado de laureles al comienzo, tu cabello de oro lucía guirnaldas de laurel, pero el oro está raleando y el laurel se ha marchitado. Enfréntalo... un monstruo lamentable. (Ella le toca la coronilla.) Por supuesto, sé que yo también lo soy. Pero con una diferencia. ¿Sabes cuál es esa diferencia? No, no lo sabes. Yo te lo diré. Somos dos monstruos, pero con esta diferen¬cia entre nosotros. Con la pasión y el tormento de mi existencia he creado una cosa que puedo mostrar, una escultura, casi heroica, a la que puedo quitarle el velo, porque es verdadera. ¿Pero tú? Has vuelto a la ciudad donde naciste buscando a una chica que no te quiere ver porque le metiste tal podredumbre en el cuerpo que tuvieron que destriparla y colgarla en el gancho del carnicero, como un pollo aderezado para el domin¬go... (Él se da vuelta para golpearla pero sus puños levantados cambian su curso y se golpea su propio estó¬mago, doblándose por la mitad con un grito lastime¬ro. Viento en el jardín de las palmeras: susurro del "Lamento".) Sí, y su hermano, que era uno de mis visitantes, amenaza con lo mismo para ti, castración, si te quedas aquí.

CHANCE: Eso no me lo pueden hacer dos veces. Tú me lo hiciste esta mañana, aquí, en esta cama, donde tuve el honor, donde tuve el gran honor...
(El sonido del viento se hace más intenso; se apartan uno del otro, él hacia la cama, ella hacia su tocador portátil.)
PRINCESA: La edad le hace lo mismo a una mujer... (Arrastra las perlas y las cajas de píldoras de la parte superior de la mesa y las deja caer en la cartera de mano.) Bien...
(En un instante, toda la fuerza de ella se agota, su furia se extingue. Algo incierto aparece en su rostro y su voz, traicionando el hecho de que, probablemente, de pronto ha comprendido que el curso futuro de su vida no será una progresión de triunfos. Sigue mantenido un aire altivo mien¬tras aferra su estola de visón plateado y se la pone sobre los hombros, de los que se desliza inmediatamente, cosa de la que ella no parece darse cuenta. Chance recoge la estola y se la pone alrededor de los hombros. Ella gruñe desdeño¬samente, de espaldas a él; luego su resolución vacila: se da vuelta para enfrentarlo con unos grandes ojos oscuros lle¬nos de miedo, soledad y ternura.)
PRINCESA: Ahora me voy, sigo mi camino. (Él asiente lige¬ramente, soltándose el lazo de su ancha corbata negra de seda tejida. Los ojos de ella permanecen fijos en él.) Bueno, ¿te vas o te quedas?

CHANCE: Me quedo.

PRINCESA: No puedes quedarte aquí. Te llevaré hasta la pró¬xima ciudad.

CHANCE: Gracias, pero me quedo, Princesa.

PRINCESA (aferrando su brazo): Vamos, tienes que irte con¬migo. Mi nombre está asociado contigo pues pasamos la noche juntos aquí. Cualquier cosa que te ocurra afec¬tará mi nombre.

CHANCE: Cualquier cosa que me ocurra ya me ocurrió.
PRINCESA: ¿Qué estás intentando demostrar?

CHANCE: Un acto tiene que significar algo, ¿no es así, Princesa? Quiero decir que la vida no significa nada, salvo que uno nunca la realizó, siempre estuvo a pun¬to de hacerlo pero nunca del todo. Bueno, con todo, un acto tiene que significar algo.

PRINCESA: Enviaré a un botones a buscar mi equipaje. Mejor que bajes con mi equipaje.

CHANCE: No soy parte de tu equipaje.

PRINCESA: ¿Qué otra cosa puedes ser?

CHANCE: Nada... pero no parte de tu equipaje.
(NOTA: en esta zona es muy importante que la acti¬tud de Chance sea de reconocimiento de su destino pero no de piedad por sí mismo: revela una especie de dignidad y honestidad propias de un moribundo. Tanto en Chance como en la Princesa debemos ver ese acercamiento de los perdidos, pero no un acercamiento sentimental, cosa que sería falsa, sino imbuido de lo que se experimenta auténti¬camente en los momentos en que la gente comparte la des¬gracia, enfrenta junta el pelotón de fusilamiento. Porque la Princesa, en realidad, está condenada igual que él. Como Chance, no puede hacer retroceder el reloj y el reloj es igual¬mente implacable para ambos. Para la Princesa habrá una pequeña rentrée, una recuperación muy fugaz de la gloria espuria. El informe de Sally Powers puede ser, y probable¬mente sea, un informe preciso de los hechos, pero supo¬ner que va a enfrentar más triunfos sería falsificar su futuro. La Princesa lo admite instintivamente cuando se sienta junto a Chance en la cama, de frente al público. Ambos enfrentan la castración y ella lo sabe en su interior. Se sien¬tan uno junto al otro en la cama como dos pasajeros que comparten el asiento de un tren.)
PRINCESA: Chance, tenemos que seguir.

CHANCE: ¿Seguir a dónde? No podía dejar pasar mi juven¬tud, pero la he dejado pasar.
(El "Lamento" se escucha débilmente, sigue a lo largo de la escena hasta la caída del telón.)
PRINCESA: Todavía eres joven, Chance.

CHANCE: Princesa, la edad de cierta gente sólo puede cal¬cularse por el nivel de... nivel de... podredumbre que hay en ella. Y según esa medida soy anciano.

PRINCESA: ¿Qué soy yo?... lo sé, estoy tan muerta como el viejo Egipto... ¿No es curioso? Seguimos sentados aquí juntos, uno al lado del otro en este cuarto, como si ocupáramos el mismo asiento en un tren... como si viajáramos juntos... Mira. Ese burrito dando vueltas y vueltas para sacar agua de un pozo... (Apunta hacia algo como si lo hiciera a través de la ventanilla del tren.) Mira, un pastorcito conduciendo un rebaño... Qué país viejo, fuera del tiempo... Mira...
(Se oye el sonido del tictac de un reloj, cada vez más fuerte.)
CHANCE: No, escucha. No sabía que había un reloj en este cuarto.

PRINCESA: Supongo que hay un reloj en todas las habita¬ciones donde vive gente...

CHANCE: Su tictac va más despacio que el latido de tu corazón, pero es dinamita lenta, una explosión gra¬dual que hace estallar el mundo en el que vivimos en añicos calcinados... El tiempo... ¿quién podrá vencer¬lo, quién podrá derrotarlo o alguna vez? Tal vez algu¬nos santos y héroes, pero no Chance Wayne. Yo vivía de algo que... ¿el tiempo?

PRINCESA: Sí, el tiempo.

CHANCE: ...ha roído, como una rata roe su propia pata aga¬rrada en una trampa, y después, cuando se ha libera¬do gracias a la pata roída, la rata no puede correr, no puede andar, se desangra y muere...
(El tictac del reloj se desvanece.)
TOM JUNIOR (fuera de escena por la izquierda): Señorita Del Lago...

PRINCESA: Me parece que están anunciando nuestra... esta¬ción...

TOM JUNIOR (todavía fuera de escena): Señorita Del Lago, conseguí un chofer para usted.
(Entra un agente de policía y espera en la galería.
Con una especie de gracia cansada, la Princesa se levan¬ta de la cama, apoyando una mano sobre el hombro de su compañero de asiento mientras avanza con paso un poco vacilante hacia la puerta. Cuando la abre, se enfrenta con Tom Junior.)
PRINCESA: Vamos, Chance, tenemos que cambiar de tren en esta estación... Así que, vamos, tenemos que conti¬nuar... Chance, por favor...
(Chance sacude la cabeza y la Princesa abandona el intento. Se aleja por el pasillo con el agente hasta desapa¬recer.
Tom Junior entra por la escalera, se detiene y luego le hace un silbido quedo a Scotty, Budy y a un tercer hom¬bre, que entran y se quedan de pie esperando. Tom Junior baja los escalones del dormitorio y se detiene en el último Peldaño.)

CHANCE (poniéndose de pie y avanzando hacia el prosce¬nio): No pido que sientan pena por mí, sólo que me comprendan... Ni siquiera eso... no. Sólo que se reco¬nozcan en mí y que reconozcan al enemigo, el tiempo, en todos nosotros.
TELÓN

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