jueves, enero 25, 2007

"OXTIERN" O "Las Desdichas del Libertinaje"SADE


OXTIERN
O
Las Desdichas del Libertinaje
(Drama en tres actos y en prosa, representado en el Teatro Molière el 22 de octubre de 1791.)



PERSONAJES
EL CONDE OXTIERN, senador sueco.

DERBAC, amigo y confidente del conde.

EL CORONEL FALKENHEIM.

ERNESTINE, hija del coronel.

AMÉLIE, camarera de Ernestine.

CASIMIR, ayuda de cámara del conde.

EL SEÑOR FABRICE, dueño de la posada donde tiene lugar la acción.

HERMAN, amante de Ernestine.

CHARLES, criado de la casa.


La acción se desarrolla en la posada de FABRICE, cerca de Estocolmo, y en la ruta hacia Norkoping.


ACTO PRIMERO
La escena representa, en los dos primeros actos, un salón de una posada, que comunica con varios aposentos; a un lado hay una mesa escritorio y un sillón.

Escena primera
FABRICE, CASIMIR.

FABRICE.

¿Creéis, señor Casimir, que este aposento será adecuado para la joven que su amo va a traer hoy a mi casa?

CASIMIR.

Así lo creo, señor Fabrice. ¿Hay cerca un gabinete para su camarera, Amélie, y otra alcoba donde pueda descansar la señorita Ernestine?

FABRICE.

Desde luego; he aquí dos aposentos que comunican con este salón. Una sola llave lo cierra todo. Estarán a gusto aquí, respondo de ello..., en un barrio tranquilo...; da sobre el jardín; ni el menor ruido de viajeros.

CASIMIR.

De maravilla. (Toma a FABRICE en un aparte, y añade, misteriosamente.) ¿Señor Fabrice?

FABRICE.

Decidme.

CASIMIR.

Mi amo es un hombre extraordinario, ¿no es cierto? Convendréis en ello, ya que vos le conocéis desde su juventud.

FABRICE.

Conozco al Conde Oxtiern desde hace mucho tiempo; por ello mismo, apuesto a que no hay un mortal mas peligroso en todas las provincias de Suecia.

CASIMIR.

Desde luego; pero paga bien.

FABRICE.

Eso es lo que lo hace más temible: no hay nada tan pernicioso como el oro en manos de los malvados. ¿Quién puede resistir al que posee el instrumento mas seguro Para todas las corrupciones?... Amigo mío, quisiera que no hubiera ricos, excepto los honrados... Pero, decidme, os lo ruego: ¿de qué nueva aventura se trata ahora?

CASIMIR.

Una muchacha encantadora... ¡Oh, señor Fabrice, qué lastima! ¡Dios Santo, vos lo habéis permitido! ¡Habría de ser, criatura semejante, víctima del engaño y el desenfreno...!

FABRICE. (Muy sorprendido.) ¡Como! ¿Ya se ha consumado el crimen?

CASIMIR.

Así es, señor Fabrice, así es... Y, sin embargo, se trata de la hija del coronel Falkenheim, sobrino-nieto del valido de Carlos XII; y el la ha raptado y deshonrado... Os lo confieso, señor Fabrice; ella esta perdida.

FABRICE. (Como antes.)

Y no la ha desposado: es una muchacha virtuosa, seducida, engañada y raptada, la que Oxtiern trae a mi casa... Casimir, corred a vuestro amo; decidle que mi casa esta llena..., decidle que no puedo recibirle. Demasiados motivos de queja tengo ya, por los excesos que se arroga el derecho de permitirse en mi casa, ya que me hace el honor de mirarme como a su protegido. No quiero la protección de un noble si sólo resulta, como de costumbre, de la complicidad en sus desafueros. (Sale.)

CASIMIR. (Corriendo hacia el para detenerle.) ¡Un momento, un momento! . . . Vos lo perderíais todo, y nada se arreglaría con ello..., es mejor que sigáis con vuestros cuidados, y, si luego os fuera posible, tratad en secreto de prestar algún servicio a esta joven. (Hay que subrayar bien lo que sigue.) Solo hay una legua desde aquí hasta Estocolmo... y no es tarde todavía..., ellas descansaran primero..., vos tenéis amigos en la capital..., ¿me escucháis, señor Fabrice?

FABRICE. (Después de reflexionar un momento.) Amigos..., pues sí, tengo algunos; pero hay otros medios mas seguros y confío que tendrán algún éxito... Explicadme... (En este momento se oye el ruido del carruaje del CONDE.)

CAS IMIR.

Callémonos..., llega un coche... Ahora pasaremos a vuestro aposento y allí os daré explicaciones más amplias... ¡Que alboroto! Sin duda alguna, debe tratarse del señor conde. ¡Que siempre el vicio llegue tan estrepitosamente...!

FABRICE.

Quisiera que vuestro señor conde se alojara en el quinto infierno. Ser dueño de una posada es un oficio terrible. Hay que abrir la puerta a todo tipo de gente. No hay nada que me moleste más en esta profesión.

Escena segunda
FABRICE, CASIMIR, CHARLES.

CHARLES. (A FABRICE.)

Señor, conmigo llegan las señoras que vienen a hospedarse aquí de parte del señor conde Oxtiern: él mismo las sigue de muy cerca; se ha detenido con su amigo, el señor Derbac, a pocos pasos de aquí, y desea, mientras el llega, que alojéis a estas señoras en la mejor habitación. Ciertamente, más de veinte correos escoltan el carruaje.

FABRICE. (Renegando.)

Bueno, ya esta bien, ya esta bien. Voy a recibirlas. Se hospedarán aquí mismo... Sigilo, Casimir, y socorramos a la desgracia cuando se presente la ocasión. Resulta tan hermoso hacer el bien, amigo mío, que no hay que descuidar ningún medio para conseguirlo, ya que tenemos la suerte de encontrarlo; seguidme, Charles.

Escena tercera
CASIMIR. (Solo.)

¡Qué hombre tan bueno! Y, sin embargo, he ahí donde encontramos la virtud... en un ser oscuro, sin educación, mientras que quienes han nacido en medio de los dones mas brillantes de la fortuna a menudo no ofrecen a su lado sino vicio o corrupción... Pero ¿por qué el conde no habrá llegado con Ernestine? Sin duda, se estará poniendo de acuerdo con Derbac, digno compañero de sus excesos; pero como es mas prudente que él, tal vez se oponga a la infamia de esta aventura.

Escena cuarta
CASIMIR, FABRICE, ERNESTINE, AMÉLIE.

FABRICE. (A ERNESTINE.)

Confío, señora, que os satisfaga este aposento. He puesto en preparároslo todos los cuidados que me ha encomendado el señor conde y que vos merecéis.

ERNESTINE. (En la mayor postración.)

Todo esta bien, señor, todo está bien; demasiado bien para mí..., la más profunda soledad..., he ahí lo único que me conviene.

FABRICE.

Ya que la señora desea estar tranquila, voy a proveer otros cuidados que podrán tal vez haceros mi casa más soportable. (Sale.)

CASIMIR. (A ERNESTINE.) ¿Pasará a vuestro cuarto el señor conde a su llegada?

ERNESTINE.

¿Acaso no es el dueño? ¿No lo es ya de mi existencia entera...?; dejadnos, señor, dejadnos..., necesitamos estar solas.

Escena quinta
ERNESTINE, AMÉLIE.

AMÉLIE.

Vuestro estado de postración me preocupa, señora. ¡Cuánto deseo veros descansar un rato!

ERNESTINE.

¿Descansar yo? ¡Dios mío! ¡Oh, no, no, ya no puede haber descanso en la tierra para la desgraciada Ernestine!

AMLLIE.

Pero ¿el cruel autor de vuestros males no podría repararlos?

ERNESTINE.

¿Acaso tuvieron jamás enmienda tan crueles ultrajes, Amélie? ¡Qué engaños ha empleado este hombre para arrancarme de mi familia, de mi amante..., de todo lo que mas quiero en la vida! Y aquel a quien mi corazón adora, a Herman, el digno de todo respeto, ¿sabes, acaso, que le deja gemir cargado de cadenas? Una acusación sin fundamento, calumnias, delatores y traidores..., he ahí lo que ha perdido a ese joven desdichado; el oro y los crímenes de Oxtiern lo han manejado todo; Herman esta prisionero, condenado tal vez... ¡Y sobre las cadenas del ídolo de mi corazón el cobarde Oxtiern acaba de inmolar a su desdichada víctima!

AMÉLIE.

¡Me estremecéis, señora!

ERNESTINE. (Desesperada.) ¿Qué puedo desear, que puedo esperar, Dios mío? ¿Qué auxilios me quedan...?

AMELIE. Pero... ¿y vuestro señor padre?

ERNESTINE.

Ya sabes que fue alejado algún tiempo de Estocolmo, cuando Oxtiern, tras engañarme de modo tan cruel, me condujo a su casa; haciéndome concebir esperanzas, con esa gestión, para la liberación de mi amante. Hasta su mano, acaso, a cambio de la ayuda de su hermano el senador, que, según dijo, debía encontrarse allí... Gestión tan culpable como temeraria, sin duda, pero ¿podía yo pensar en un compromiso sin el consentimiento de mis padres? Mucho me castigo el cielo... ¿Sabes quién se ofreció a mis ojos, en lugar del protector que esperaba...? Oxtiern, el feroz Oxtiern, con un puñal en la mano, pidiendo mi deshonra o mi muerte, y sin siquiera dejarme ser capaz de elegir... Si lo hubiera sido, Amélie, no habría vacilado; el mas espantoso de los suplicios hubiera sido para mi mas dulce que las humillaciones que este hombre perverso me preparaba... Lazos espantosos me han impedido defenderme... ¡Infame!... Y, para colmo de males, el cielo me ha dejado vivir..., todavía me alumbra el día y estoy perdida ya. (Cae en el sillón que está junto a la mesa.)

AMÉLIE. (En llanto, tomando las manos de su ama.)

¡Oh, la más desdichada de las mujeres...! ¡No desesperéis, os lo ruego! Vuestro padre habrá sido informado de esta desaparición..., creedme, por favor, no perderá un solo minuto en volar en vuestra defensa...

ERNESTINE.

No es de el de quien espero el castigo de mi verdugo.

AMÉLIE.

¡Si siquiera el conde cumpliera su palabra...! Pues, según creo, hablo de vínculos queridos, de lazos eternos...

ERNESTINE.

Aun cuando Oxtiern lo deseara..., ¿podría yo querer pasar toda mi vida en brazos de un hombre aborrecido..., del hombre de quien he recibido la más espantosa injuria...? ¿Se puede tomar por esposo a quien nos ha degradado? ¿Se puede jamás querer lo que se desprecia...? ¡Estoy perdida, Amélie, estoy perdida...! El dolor y las lágrimas es todo lo que me queda. ¡Ya no tengo mas esperanza que la muerte, pues nunca se sobrevive a la perdida del honor...! Es posible el consuelo en todas las demás, pero jamás en ésta.

AMÉLIE. (Mirando en torno.)

Señora, estamos solas...; ¿quien nos impide huir? ¿Ir a la Corte a implorar una ayuda que os es bien debida y a la que tenéis tantos derechos?

ERNESTINE. (Con altivez.)

Aunque Oxtiern estuviera a mil leguas de mi, iría hacia el, lejos de huirle. E1 traidor me ha deshonrado y tengo que vengarme. No iré a buscar a una Corte corrompida una protección que me seria tal vez rehusada. ¿Acaso no sabes hasta que punto el prestigio y la riqueza degradan el alma de los hombres que habitan en ese lugar malvado? ¡Monstruos...! Tal vez fuera yo un alimento más para sus deseos espantosos...

Escena sexta
Los anteriores, FABRICE.

FABRICE. (Interesado y triste.)

El señor conde manda decir que un importante negocio le retiene cerca de aquí; no podrá llegar a casa hasta dentro de un rato. ¿Quisiera la señora, mientras tanto, darme alguna orden?

ERNESTINE. (Señalando la puerta de la habitación que supone haberle sido destinada.)

¿Acaso es este el aposento que me habéis destinado para esta noche, señor?

FABRICE. (Ídem.) Sí, señora.

ERNESTINE.

Voy a retirarme a el un momento... Vamos, Amélie, vamos a reflexionar en los graves proyectos que me preocupan, los únicos que pueden devolver la calma a la desdichada ama.

Escena séptima
FABRICE. (Solo.)

Casimir tenia razón..., esta muchacha es hermosa e interesante... ¡Oh, señor conde, sois el culpable de haber ocasionado la desdicha de esta joven! ¿Merecía ella, con tantos títulos para vuestra veneración, convertirse en la victima de vuestra maldad, de vuestra brutalidad...? Pero helo aquí, callémonos; a los traidores no les gustan las verdades, y no hay hombres en el mundo que deseen el halago tanto como ellos. El crimen causa tanto horror, incluso a ellos, que quisieran, a fin de olvidarse de la necesidad que tienen de ser malvados, que se les creyera, que se les tuviese siempre por virtuosos.

Escena octava
FABRICE, EL CONDE OXTIERN.

OXTIERN.

¡Cuánto tengo que agradecerte, mi querido Fabrice! Una vez más, se muestra tu amistad, tu viejo cariño por mí, y no se que palabras emplear para demostrarte mi agradecimiento.

FABRICE. (Honrado y cariñoso.)

Un poco mas de franqueza, señor, y menos cortesías..., no me enunciéis cual sería el precio de una mala acción, pues me desagradaría. Sed sincero..., ¿quién es esta joven que habéis traído a mi casa y que pretendéis hacer con ella?

OXTIERN. (Le interrumpe vivamente.)

Mis propósitos son legítimos, Fabrice; Ernestine es honesta y yo no la he forzado; tal vez un exceso de amor ha precipitado las gestiones que la unirán a mi para siempre; pues ella debe ser mi esposa, y lo será, amigo mío... ¿Me atrevería a mirarla con otros títulos y la hubiese traído a tu casa si fuera de otro modo?

FABRICE.

No es eso lo que dicen, señor; y, sin embargo, debo creeros; si me engañaseis, no podría recibiros.

OXTIERN.

Perdono tus sospechas, Fabrice, en atención al motivo virtuoso que las provoca; pero, tranquilízate, amigo mío: te lo repito, mis proyectos son puros como aquella que me los inspira.

FABRICE.

Señor conde, vos sois un gran señor, ya lo sé; pero convenid, os lo ruego, en que en cuanto vuestra conducta os tornara vil a mis ojos, yo no vería en vos más que un hombre tanto más despreciable cuanto más había nacido para ser honrado; y que, al tener más títulos que cualquier otro para hacerlo digno del aprecio y la consideración general, más culpable seria al mismo tiempo de no haber sabido aprovecharlos.

OXTIERN.

Pero... ¿a qué viene esta inquietud, Fabrice? ¿Qué he hecho para causar tus sospechas?

FABRICE.

Nada, todavía, quiero creer... Pero, finalmente, ¿adónde lleváis a esta muchacha?

OXTIERN.

A mis tierras, cerca de Norkoping, y me casaré con ella en cuanto estemos allí.

FABRICE.

¿Por qué no la acompaña su padre?

OXTIERN.

No estaba en Estocolmo cuando salimos de allí y la violencia de mi amor no me permitió demasiadas formalidades..., de las que creí poder prescindir... ¡Estas muy escrupuloso, amigo mío! ... Nunca, hasta ahora, lo había visto tan severo.

FABRICE.

No se trata de severidad, señor, sino de justicia... ¿os gustaría, si fueseis padre, que os arrebataran a vuestra hija?

OXTIERN.

Desde luego, no quisiera que la deshonraran. Pero ¿lo estará Ernestine cuando me case con ella?

Escena novena
Los mismos, AMELIE.

AMELIE.

La señora os ruega, señores, que paséis a otro aposento; esta descansando un momento, y quisiera...

OXTIERN. (Con viveza.)

Asegúrala, querida Amélie, que vamos a obedecerle; ¿acaso deseo otra cosa en el mundo que la felicidad y la tranquilidad de tu ama?

AMELIE.

¡Oh, señor! Y sin embargo... ¡qué lejos está de ambas cosas!

OXTIERN. (A FABRICE, sin atender a lo que AMÉLIE acaba de decir.)

Ven, Fabrice, quiero acabar de convencerte de que jamás han entrado en mi alma principios que puedan afligir la tuya... Amélie, ruega a Ernestine que me indique cuando pueda recibirme. (Sale Amélie.)

(A FABRICE.) Salgamos, amigo mío.

FABRICE. (Solo.)

En seguida os sigo... Yo, amigo de este hombre... ¡oh, no, jamás! ... Aunque me diera toda su fortuna, nunca podría ser su amigo... Advertido por Casimir, puedo ahora servir eficazmente a Ernestine; corramos a Estocolmo, ellos no se irán hasta mañana, y tengo tiempo por delante; tengo que salvar a esta infortunada muchacha, o perderé en la empresa la vida: el honor y la justicia hacen de ello un deber para mí; son las normas mas sagradas para mi corazón.


ACTO SEGUNDO
Escena primera
OXTIERN, DERBAC.

OXTIERN.

Esta criatura tiene una sensibilidad...

DERBAC.

Muy picante, ¿verdad? ¡Qué deliciosas son las mujeres cuando las lágrimas añaden a sus atractivos todo el desorden del dolor! ¡Pobre conde mío, eres lo que se llama un ser corrompido...!

OXTIERN.

¿Qué quieres, amigo mío? En la propia escuela de las mujeres aprendí todos los vicios con los que ahora las aflijo.

DERBAC.

Te casarás con ella, al menos.

OXTIERN.

¿Cómo puedes sospechar ni un solo momento ese ridículo en mí?

DERBAC.

Pero una vez en tu castillo, ¿que excusa darás a Ernestine para justificar tu conducta? No soportará que vivas con ella como un amante con su querida.

OXTIERN.

¡Oh! , sus intenciones, sus deseos y su voluntad son las cosas del mundo que menos me inquietan: mi felicidad y mi satisfacción, he ahí mis objetivos, y todo está ya completo, Derbac; y, en aventuras como ésta, cuando yo estoy contento, todo el mundo debe estarlo.

DERBAC.

¡Ah, amigo mío...! Mi querido conde, si me permitieras un momento combatir principios tan peligrosos...

OXTIERN.

No. Me disgustarías sin convencerme... No olvides jamás que tu fortuna depende de mi; y que deseo encontrar en ti no un censor, sino un simple agente de mis proyectos.

DERBAC.

Me enorgullecía de que, no viendo en mi más que un amigo, debías desear mis consejos... Lo que planeas es terrible.

OXTIERN.

A tus ojos, ya lo veo; porque eres un simple subordinado, lleno de prejuicios medievales..., a quien todavía no han podido llegar los rayos de la antorcha de la filosofía. Unos pocos años más en mi escuela, Derbac, y ya no compadecerás a una mujer por tan nimia desdicha.

DERBAC.

Un ser sensible y dulce, que supo colocar, con tal delicadeza, y más para nuestra dicha que para la suya, toda su gloria y su felicidad en la virtud, algún derecho tiene a nuestro amor y a nuestra protección, cuando los infames la ultrajan.

OXTIERN.

¡Oh, Derbac...! Estas moralizando...

DERBAC.

Bien, de acuerdo; vamos, ocupémonos solamente de tus peligros. ¿Acaso no adviertes ninguno para ti, en todo este asunto? El coronel, el hijo del coronel..., el joven Herman, tan dulcemente amado por esta muchacha encantadora... ¿No temes nada de todos ellos?

OXTIERN.

E1 coronel es viejo, y lucharía con dificultad...; no se batirá conmigo... Y su hijo nunca llegará hasta mí; he mandado espiarle. (En voz baja.) Amigo mío, será hombre muerto si se acerca a mis tierras... (En alto.) Y para Herman, los grilletes en los quo le dejo gemir son de tal naturaleza que nunca podrán ser rotos; he tenido la secreta astucia de envolverlo en un asunto de intereses, del quo no podrá salir sin los fondos necesarios, y está muy lejos de poder procurárselos. Me ha costado muy caro...; testigos falsos...; jueces corrompidos; pero le reto a que pueda escapar de allí.

DERBAC.

¿Y las leyes, amigo mío, las leyes?

OXT IERN.

Jamás he visto quo se resistan al poder del oro.

DERSAC.

¿Y ese órgano interior, donde la virtud supo siempre reclamar sus derechos...tu conciencia, en fin?

OXTIERN.

Tranquila..., perfectamente tranquila.

DERBAC.

Pero la Corte, querido conde, esta Corte, de la quo al mismo tiempo eres ornato y deleite... ¿Si se llegara a saber el desorden de tu conducta...?

OXTIERN.

Eso es lo único que temo de esta muchacha enfurecida; ella me amenazó y por ello debo asegurarme bien. Acuérdate de dar las órdenes precisas para que todo este listo mañana al romper el alba; quiero alejarme cuanto antes de Estocolmo. Fabrice se ha vuelto virtuoso y estamos todavía demasiado cerca de la capital para que no tenga que temer de semejante granuja. No conozco nada más terrible ni humillante que verse obligado a tratar con miramiento a estos bribones cuando se les necesita. Es la necesidad del crimen, pero ¡voto a tal!, amigo mío, es el suplicio del orgullo. Para convencer a Fabrice le he enviado a mi criado; y ¿quién podría creerlo? Casimir no es tan firme como lo hubiera pensado; no tienes idea, amigo mío, del efecto del llanto de una doncella en esas almas débiles y pusilánimes.

DERBAC.

¡Menos mal, para la humanidad, que hay pocas tan pervertidas como la tuya!

OXTIERN.

Es que la he trabajado bien, amigo mío; he visto mucho, y sentido mucho también; ¡si tú supieras hasta donde se puede llegar, a fuerza de experimentarlo todo...!

DERBAC.

Suenan ruidos en el aposento de Ernestine... Es Amélie; apostaría a que te esperan... ¡Feliz mortal!

OXTIERN.

Ya te lo he dicho, la única manera de hacerse amar de las mujeres es atormentarlas. No conozco medio más seguro.

Escena segunda
Los mismos, AMÉLIE.

AMELIE. (Al conde.)

La señorita Ernestine, señor, va a venir a este aposento para hablaros unos minutos, si vuestros asuntos os lo permiten.

OXTIERN.

¿Acaso tengo ninguno mas sagrado, que digo, mas querido que el de entretener a tu hermosa dueña? Amélie, dile que la espero con la emoción del amor, con la impaciencia del enamorado.

AMÉLIE. (Con cierta sorpresa, mezclada con ira.) ¿Vos, señor?

OXTIERN.

Yo mismo; ¿acaso te sorprenden mis sentimientos?

AMÉLIE.

¡Oh, no, no, señor, no, nada me extrañaría hoy de vos! La señorita viene en seguida, voy a decirle que la esperáis.

Escena tercera
OXTIERN, DERBAC.

DERBAC.

Esa muchacha te conoce, amigo mío, y puedo leer en su rostro sentimientos que me narran los de su ama.

OXTIERN.

¿Cómo es posible asustarse por los sentimientos del alma de una mujer...? Pobre Derbac, tus temores me hacen reír... Anda, vete y vigila los preparativos de nuestro viaje; recuerda que no hemos llegado todavía a buen puerto, y que hay que llegar a él, y que hay que llegar seguros.

DERBAC.

Temo más que tú los posibles escollos, y todavía no veo acabado este asunto.

OXTIERN.

Anda, no temas. (Se lleva la mano a la frente.) Hay aquí dentro más astucias que las que harían falta para incendiar Europa entera; juzga por ello si debo preocuparme por algo que no es más que una simple intriga.

DERBAC. (Con vehemencia.)

¡Ah, querido conde...! Adiós, ya que no quieres de mi ni reproches ni consejos... Tal vez no verás en mí a un amigo durante mucho tiempo.

Escena cuarta
OXTIERN. (Solo).

Toda esta gente me da lástima; una tontería les perturba y retrae; en ninguno de ellos veo mi propia alma... Sigamos fingiendo con Ernestine..., muchacha angelical... A veces, hay momentos en los que suspendo mis propósitos ante lo que me haces sentir..., momento en los que no pienso mas que en adorarte, mientras es preciso que te traicione... ¡Ah, alejemos estas debilidades!; Ernestine esta demasiado ofendida para no ser de temer, y si la salvara estaría yo mismo perdido.

Escena quinta
OXTIERN, ERNESTINE.

ERNESTINE.

Por mucho que me cueste aparecer ante vuestros ojos, por humillada que este delante de vos, debo preguntaros, sin embargo, después de la infame acción que os habéis permitido conmigo, cuales son las satisfacciones que puede ofrecerme vuestra probidad.

OXT IERN

¿Es mi probidad lo que hay que interrogar, Ernestine, cuando mi corazón esta en vuestro poder..., cuando os pertenece por entero?

ERNESTINE.

No pensareis, supongo, que ese don pueda concederme la felicidad... ¿Cómo me lo proponéis siquiera?... ¿Cómo podría ser así, tras la degradación en que os habéis hundido? ¿Creéis a ese corazón cruel, todavía digno de mí?

OXTIERN.

Vuestros reproches me agobian, tanto más que los tengo merecidos... ¡Ah! No castiguéis de modo tan cruel las faltas del amor...

ERNESTINE.

Del amor... ¿Vos? ¡Oh, Dios! ¡Si eso fuera lo que inspira el amor, que jamás experimente mi corazón un sentimiento tan capaz de envilecer al hombre! ... No, señor, no se trata de amor; esto no es ese sentimiento consolador, principio de toda buena acción... ¿Acaso el amor permitiría tales crímenes?

OXTIERN.

Fue espantoso mi extravío, lo confieso; pero os adoraba y tenía un rival.

ERNESTINE. (Con firmeza.)

Monstruo... ¿qué has hecho con tu rival?

OXTIERN.

No he sido yo quien ha dispuesto su destino.

ERNESTINE. (Ídem.)

Sólo tú me lo quitaste, sólo tú me lo tienes que devolver.

OXTIERN.

Mi mano no os privó de él, Ernestine; las leyes lo decidieron, y por ellas está Herman encadenado; sólo puedo emplear mi prestigio en ablandar el rigor de esas cadenas.

ERNESTINE.

Tú fuiste quien las forjo. ¿Cómo puedo ser tan ciega hasta el punto de atreverme a implorarte que las rompas?... Vete, no te pido nada... ¡Yo, ofrecerte la oportunidad de un acto generoso..., el medio para hacerme olvidar tus horrores! Lo ves, Oxtiern, me pierdo... Pues bien, ¿qué piensas hacer con tu víctima?... ¿Habla, adónde la llevas?

OXTIERN.

Os ofrezco, Ernestine, mi mano y mi corazón al mismo tiempo.

ERNESTINE.

Encadenarme a mi verdugo...! ¡Jamás, jamás!

OXTIERN.

¿Hay, acaso, alguna otra solución?

ERNESTINE.

Sí, sin duda, las hay... ¿No lo sospecháis, señor? ¿Ignoráis que me queda un padre... y un hermano? (Con el máximo orgullo.) ¿Ignoráis que todavía respiro?

OXTIERN.

Todos estos crueles recursos no servirían de nada; costarían sangre, y no os devolverían vuestro honor perdido; sólo aquel a quien acusáis de habéroslo robado, debe devolverlo; convertíos en su esposa, y todo será olvidado.

ERNESTINE. (Con toda la energía posible.)

Traidor, ¿qué alianza puedes formar conmigo, si me has envilecido? Siempre entre el oprobio y la humillación, en medio de las congojas y las lágrimas, intentando comprometer a mi esposo con lazos que él sólo habrá formado por deber...; di, Oxtiern, ¿qué momentos de calma y de felicidad podrían surgir para mí en esta tierra? E1 odio y la desesperanza, por un lado; la coacción y los remordimientos, por otro: las antorchas del himeneo habrían sido encendidas para nosotros en las de las mismas Furias; las serpientes serian nuestros lazos, y la muerte nuestra única esperanza.

OXTIERN. (Arrojándose a los pies de ERNESTINE.) Pues ya que yo sólo lo merezco, golpea, Ernestine, aquí esta mi corazón. Vierte con tus manos esta sangre culpable; ya no merece animar al ser tan bárbaro como para desconocerte tan cruelmente.

ERNESTINE. (Con más fuerza todavía, rechazándole.)

¡Ojalá desapareciera sin mojar la tierra...! ¡Haría brotar crímenes!

OXTIERN. ¿Qué deseáis entonces, Ernestine? ¿Qué puedo hacer pare mostraros mi amor y mi arrepentimiento?

ERNESTINE. (Con fuerza, cólera y desprecio.)

¡Tu amor, jamás!... Tu arrepentimiento... creeré en él cuando hayas roto las cadenas con que tu infamia ha cubierto a mi amado: anda a revelar a los jueces tus maquinaciones; ve a recibir la muerte que tus crímenes merecen. No cargues a la tierra con un peso que la fatiga: hasta el Sol es menos puro desde que alumbra tus días.

OXTIERN. (Con cierto orgullo contenido.)

¿Ernestine, no piensa, al parecer, en la situación en que se encuentra?

ERNESTINE. (Con energía y nobleza.)

Tienes razón, Oxtiern; si pensara en ella, o bien no viviría, o bien habrías muerto.

OXTIERN.

Cuando una mujer se siente desgraciada debería cuidar un poco más a aquel de quien depende su destino.

ERNESTINE. (Con orgullo.)

Esta mujer sólo depende de sí misma; no se debe más que a sí; y sólo ella resolverá su destino.

OXTIERN.

Sigamos nuestro camino, Ernestine; mañana llegaremos a una de mis posesiones; tal vez allí consiga tranquilizaros y ablandaros.

ERNESTINE (Como antes.)

No. Yo no iré mas allá; a mi pesar, me has arrastrado hasta aquí; y aquí seré vengada, o moriré.

OXTIERN.

Estos arranques de un alma delirante os fatigan y no resuelven nada, Ernestine. Esperaba de vos menos odio, una resignación más entera...

Escena sexta
(Esta escena debe desarrollarse con toda rapidez)

Los mismos, AMELIE, CASIMIR.

(Cada uno de los criados toma a su amo en un aparte, en cada esquina del escenario.)

CASIMIR. (A OXTIERN.)

¿Señor?

OXTIERN.

¿Qué quieres, Casimir?

AMÉLIE (Llegando un poco después.) ¿Señora?

ERNESTINE.

¿Vienes a contarme nuevas adversidades?

CASIMIR. (A OXTIERN.)

Un oficial ha llegado a la posada.

AMÉLIE. (A ERNESTINE.)

Un militar, que no he podido ver, pregunta por vos, con la mayor urgencia.

OXTIERN.

Intenta saber quien puede ser.

ERNESTINE. (A AMELIE, con un movimiento de alegría.)

¡Es mi padre! ¡Habrá recibido mi recado, y ha llegado!

CASIMIR. (A OXTIERN.)

Señor, no os mostréis; es esencial que no veáis a ese hombre.

OXTIERN. (A ERNESTINE.)

Perdonad, importantes cuidados me reclaman. ¿Puedo concebir esperanzas de volver a encontraros mas tranquila?

ERNESTINE. (Con firmeza y nobleza.)

Sí, sí, contad conmigo, señor... Nunca me veréis por debajo del carácter que debéis suponer en mí... Me habéis creído despreciable, sin duda; vuestra misma conducta, al menos, me lo ha probado; pronto os convenceréis de que merecía vuestra estima.

OXTIERN. (Retirándose.) ¡Ah! Vos merecéis siempre mi corazón.

Escena séptima
ERNESTINE, AMELIE.

ERNESTINE. (Muy rápidamente.)

Vuela, Amélie, a ver quien es este forastero... ¡Cielos, si fuera mi padre...!

AMELIE. (Retirándose con rapidez.)

¡Ojalá venga a terminar con todos nuestros males...!

Escena octava
ERNESTINE. (Sola.)

¡Oh, colmo de la desdicha y la impudicia...! ¡Entre Oxtiern y yo, ofrecemos el mejor espectáculo de una y otra! Me atrevo a desafiar a la mano del destino, a que coloque a la vez en la tierra a una criatura mas digna de compasión que yo, o a otra más impúdica que el... Me ofrece su mano como indemnización de los males en que me hunde su perversidad... Si la aceptase, acabaría mancillada... ¡No, no, Oxtiern, no quiero tu mano, sino tu muerte; sólo ella puede calmar este estado en que me ha sumido tu ferocidad!

Escena novena
ERNESTINE, EL COROHEL FALKENHEIM.

ERNESTINE. (Se arroja hacia él, y se aleja en seguida con espanto.)

¡Padre mío! ¡Ah, padre mío, ya no soy digna de vos!

EL CORONEL.

¿Qué es lo que oigo?

ERNESTINE. (Con dolor.)

¿Por qué me abandonasteis, padre mío? ¡Funesto viaje..., desgraciadas circunstancias!... ¡El cruel...! ¡Él eligió el momento de vuestra ausencia, me engañó..., me hizo esperar la felicidad que vos vacilabais en concederme; y aprovechándose de mi debilidad, me hizo indigna del día y de vos!

EL CORONEL.

¡Cielo injusto! Sólo has prolongado mis días para hacerme testigo de semejante horror... Es preciso que el traidor perezca... (Quiere salir.)

ERNESTINE. (Deteniéndole.)

¡No, no! ¡A mi sola pertenece la venganza, solo yo me encargare de ello!

EL CORONEL.

¡Tus proyectos me preocupan!

ERNESTINE. (Rápidamente.)

No intentéis descifrarlos, son justos... y orgullosos como el alma que he recibido de vos... Os los contaré cuando llegue la hora... ¿Lo habéis visto, padre mío? ¿Se ha atrevido a aparecer delante de vos?

EL CORONEL.

Se ha guardado bien de ello. Una sola mirada mía le hubiera aniquilado.

ERNESTINE.

¿Entonces mi recado os enteró de mi fuga?

EL CORONEL.

Sólo él ha apresurado mis pasos.

ERNESTINE.

¡Ah, padre mío...! ¿Pudisteis sospechar de mí un solo instante...?

EL CORONEL.

Nunca; pero no dejaste un solo defensor.

ERNESTINE.

¿Acaso encuentran defensores los desdichados? Oxtiern es rico, tiene un gran prestigio; nosotros somos honrados y pobres... ¡Oh, sí, padre mío, sí! ¡Él debía tener razón!... ¿Sabéis algo del desgraciado Herman?

EL CORONEL.

Me hablaron de una quiebra en la que se ha visto complicado. Ese lamentable negocio sólo puede terminar, según me han dicho, con mucho dinero, y nosotros no lo tenemos.

ERNESTINE (Aparte.)

¡Oxtiern, Oxtiern, así es como te vengas de un rival...!

EL CORONEL.

¡Ojalá hubiera consentido en tu matrimonio! ¡Mis negativas crueles han sida la causa de todo!

ERNESTINE.

Vos las creísteis justas. ¿Acaso no es eso todo lo que necesito para olvidar el mal que me han hecho? ¿Quién mejor que el autor de nuestros días puede juzgar lo que nos conviene? Perdón, padre mío, os ruego que os alejéis un momento, no tengo ni un minuto que perder; salimos al amanecer para un castillo del conde; tal vez mañana esté encerrada para siempre, si no me libero hoy mismo... Evitad a Oxtiern, no lo veáis. Fabrice, el dueño de esta posada, me parece un hombre seguro; ordenadle que os esconda de todos, y dejad el resto a mi cuidado.

EL CORONEL. (Inquieto.)

Fabrice no estaba aquí cuando he llegado. Me han dicho que estaba en Estocolmo, que un importante asunto le retenía allí, pero que se esperaba su regreso antes del fin de la noche.

ERNESTINE. (Perturbada.)

¡Fabrice no está aquí! ¿Me habré equivocado? ¡En Estocolmo! ¿Qué habrá ido a hacer allí? ¿Será por orden del conde? ¡Lo conoce desde hace mucho tiempo! ... ¿Con qué nueva trampa me van a atrapar? ¡Todo me espanta y me sorprende!

EL CORONEL. (Con nobleza y energía.)

Sosiégate, Ernestine mía, tu padre ya no te abandonara jamás. Niña querida y desdichada, o bien triunfamos juntos o nos destruirán en brazos uno del otro. Adiós; que Amélie me avise de la menor necesidad que tengas de mi; y recuerda que el nieto del amigo de Carlos XII no sabría animar más que a un ser hecho para sostener el honor y la gloria de su familia.

Escena décima
ERNESTINE. (Sola.)

No, no hay más que un medio para satisfacerme, Oxtiern; es mi sangre la que tienes que derramar, o la tuya, la que yo verterá hasta la última gota... Escribamos. (Se instala ante la mesa y lee, conforme va escribiendo.) «Un hombre honrado no ultra j a impunemente a una muchacha virtuosa; vos conocéis las leyes del honor, cumplid, pues, con ellas; el adversario que os propongo es digno de batirse con vos. El jardín de esta posada os servirá de campo del honor, las armas serán vuestras espadas; os doy cita esta noche, a las once, en el lugar que os indico. Un joven, vestido de blanco, se presentará ante vos; atacadle con firmeza, pues os responderá de la misma manera. Pensad que uno de los dos tiene que morir, Oxtiern; sed tan valiente ahora como habéis sido vil. Sólo a este precio os perdona Ernestine. Adiós.» (Esconde el billete y luego llama.)

Escena undécima
ERNESTINE, AMÉLIE.

AMÉLIE (Con precipitación.) Aquí estoy, a vuestras ordenes, señora.

ERNESTINE. (Rápidamente.)

Vete a llevar este billete al conde... Y ten cuidado de que no vea a mi padre... Espera, que voy a retirarme. Harás venir a1 coronel a este aposento y ruégale que permanezca aquí, mientras vayas a llevar este billete. Amélie, este recado es tan importante como secreto; no olvides ni el más pequeño detalle. (Sale.)

Escena duodécima
AMÉLIE. (Sola.)

Este billete me preocupa. La cara con que me lo ha dado, y algunas palabras que ha pronunciado, a veces, sobre su hermano... Apuesto a que le ha enviado un aviso para que venga aquí y que va a enfrentarle al conde... Hay que prevenir al coronel..., se trata de sus hijos. Nunca me perdonaría de haberle escondido mis sospechas. ¡Cuántas desdichas, Dios mío, pueden provocar las odiosas maniobras de un malvado! (Está a punto de salir cuando encuentra al CORONEL.)

Escena decimotercera
AMÉLIE, EL CORONEL.

AMÉLIE.

¡Ah, señor! La señorita, vuestra hija, os suplica que permanezcáis un momento en este aposento, mientras voy a llevar al conde Oxtiern este importante billete que aquí veis.

EL CORONEL. ¿Qué contiene este billete?

AMÉLIE.

Lo ignoro, pero debe ser algo importante lo que encierra; pues la señorita me lo recomendó de modo muy apremiante.

EL CORONEL.

¿Y no sospechas nada?

AMÉLIE.

Perdonadme, pero creo que se trata de un desafío. Señor, vuestro hijo... La señorita, vuestra hija..., el conde Oxtiern...

EL CORONEL.

¿Mi hijo? Explícame pronto, que no entiendo nada.

AMÉLIE. (Con viveza.)

Pues, señor, apostaría a que la señorita, vuestra hija, ha llamado a su hermano para vengarse; que le ha enfrentado al conde Oxtiern, retándole con este billete; y que esos dos hombres van a luchar... ¡Oh, señor!, ¿no habría otro medio para castigar semejante afrenta sin exponer la vida de su hijo?

EL CORONEL.

Hay otros, sin duda alguna..., habrá otros, con toda seguridad... No importa, ve a entregar este billete; cumple lo quo tu ama te ha ordenado, y cuenta con mis cuidados para terminar como es debido este conflicto. (Vuelve a llamarla con impaciencia.) Amélie, si viniera mi hijo, si se acercase a esta casa, que no hable con nadie..., que me lo traigan en seguida; ordena lo que sea preciso para ello.

AMÉLIE. (Mientras sale.)

Sí, señor, sí, quedad tranquilo. Comprendo toda la importancia de esta recomendación.

Escena decimocuarta
EL CORONEL. (Solo.)

Mi hijo no peleará, soy yo el único que debe lavar esta afrenta. ¡Oh, hija mía, hija mía! Tu defensa sólo me concierne a mí. Mediré mi valor con el de este hombre atroz; y veremos si esta mano avezada al combate..., conducida por la más legítima venganza, tendrá por guía al Dios que protege al honor. Vamos a dar conocimiento al pérfido conde de estas decisiones, pero ocultémoslas a mi hija... Quiero que solo se entere del desafío por mi victoria... Pues si, mi triunfo es seguro; se trata de un monstruo que voy a castigar; y la providencia es demasiado sabia para dejar aplastar la virtud bajo los pérfidos atentados del vicio y la infamia.







ACTO TERCERO
El escenario representa el jardín de la posada.

Escena primera
(El día va cayendo lentamente; por lo tanto, al final el teatro quedará en la más completa oscuridad.)

OXTIERN, DERBAC.

(El principio de esta escena tiene un ritmo lento y misterioso.)

DERBAC.

Es para hablar contigo en el mayor secreto por lo que te he avisado para que bajaras al jardín un momento, querido conde. Hay mucho movimiento en esta casa; desde que ha llegado el coronel Falkenheim, Ernestine se ha encerrado y no quiere ver a nadie; Amélie anda por todas partes, y Casimir, que se entera de todo, me ha contado cosas extraordinarias.

OXTIERN. ¿Pues... qué sospechas?

DERBAC.

No sospecho nada, amigo mío, lo sé todo. Empieza por leer este billete, si la escasa luz del día que termina te lo permite. Amélie debía entregártelo; al no encontrarte, te dejó a Casimir para que te lo diera con el mayor cuidado; y yo lo he cogido de las manos de tu criado, y ya lo he leído.

OXTIERN. (Al leer el billete, solo se detiene en las siguientes palabras.)

«El adversario que os propongo es digno de batirse con vos... » ¿Y sabes quién es este adversario?

DERBAC.

Creo adivinarlo.

OXTIERN.

¿Quién, entonces?

DERBAC.

La propia Ernestine.

OXTIERN.

¿Ernestine?

DERBAC.

Estoy seguro de ello.

OXTIERN.

¿Y que certeza tienes de semejante extravagancia?

DERBAC.

He visto al criado de la posada, con el traje blanco de que se trata en las manos; lo llevaba a Amélie, que a su vez debía entregarlo a su ama. Y bajo este disfraz, ella misma vendrá esta noche a luchar contigo.

OXTIERN.

Este proyecto es inconcebible; esta dictado por la rabia y la desesperación únicamente: Tendremos que vengarnos de ello y no hay nada más fácil.

DERBAC.

Pero el coronel está aquí...

OXTIERN.

Aunque hubiera diez coroneles... esta criatura quiere mi muerte; tengo que avisarla: no pelearé contra ella, sino que la mataré..., pero quiero que viva, que viva para arrepentirse: Si escapa a mis designios, soy hombre perdido; se arrojara a los pies del rey y estaré deshonrado; mis bienes, mis cargos y mi prestigio..., todo será aniquilado; por lo tanto, no tengo mas remedio que... Atento, Derbac, mira quien se acerca por ese bosquecillo.

DERBAC.

Es Casimir. (El día sigue cayendo paulatinamente.)

Escena segunda
Los mismos, CASIMIR.

CASIMIR.

El coronel Falkenheim acaba de ordenarme, señor conde, que os entregue inmediatamente este billete.

OXTIERN.

Dame. (Lo lee con rapidez; después, hace un signo, despidiendo a CASIMIR, y se acerca misteriosamente a DERBAC.) Amigo mío, es una tarjeta de desafío del padre de Ernestine; como sabe que su hija ha lanzado a su hermano contra mi, no quiere ceder a nadie el honor de una venganza que le es tan necesaria; va a bajar a este jardín y me ruega que le espere para batirnos. Como ves, te has equivocado. El hermano de Ernestine debe haber entrado en esta casa sin que lo sepamos; ese es el enemigo que me oponía, y el traje blanco debía servir para disfrazarle.

CASIMIR. (Acercándose.) Señor, si me permitierais una palabra.

DERBAC.

Habla, amigo mío, di lo que sepas.

CASIMIR.

E1 traje blanco no es para el hermano de Ernestine, señor; ese hermano no ha entrado en la casa, estoy seguro; no he perdido de vista a ninguno de los forasteros que han llegado, y puedo aseguraros que este joven, a quien conozco bien, no ha aparecido. El traje es para Ernestine, estad seguro de ello; el criado de la posada, a quien vuestro oro ha sabido ganarnos, ha ido a por el a la vecindad y debe entregárselo a la misma señorita Ernestine.

DERBAC. (Insistiendo.)

Todo esta aclarado. ¿Ves lo que pasa, Oxtiern? Ernestine debe haber dicho al coronel que pretendía valerse de su hermano para vengarse, con el fin de ocultarle su verdadero proyecto; el coronel lo ha creído; no quiere que su hijo se bata y acude él mismo, en persona, a la cita.

OXTIERN. (Con viveza.) ¿Y también vendrá Ernestine?

DERBAC.

Sin duda alguna.

OXTIERN.

¿Vendrá vestida de blanco?

CASIMIR.

Eso es lo cierto, señor.

OXTIERN. (En un arrebato enérgico y feroz.)

¡Abrazadme, amigos míos! Buscábamos un medio para deshacernos de esta muchacha: la suerte nos ofrece uno que nunca ha tenido igual. (Con más frialdad.) Casimir, ve a decir al coronel que le espero. Será de noche... Dile que estaré vestido de blanco: que arremeta, sin miramiento alguno, contra el individuo que vea vagar, de esta guisa, entre las tinieblas.

DERBAC. (Con un grito de espanto.)

¡Ah! ¿Harás degollar a la hija en las manos de su padre?

OXTIERN.

¡Silencio! ¿Acaso no veis, amigos, que es la suerte quien me ofrece estas posibilidades de venganza? ¿Y vosotros no queréis que me aproveche de ellas?

DERBAC.

Este crimen es execrable y me subleva.

OXTIERN.

Es útil para mi tranquilidad.

CASIMIR. (Intentando calmar a su amo.)

¡Señor, señor!

OXTIERN.

Cállate, bribón. Y vete si tiemblas.

CASIMIR.

Obedezco. El coronel sabrá que su enemigo se dirigirá, vestido de blanco, a la cita. (Aparte, mientras se retira.) ¡Ah! Espero que Fabrice este de regreso antes de que se consume este horror. (Sale.)

Escena tercera
OXTIERN, DERBAC.

OXTIERN.

Este criado me impacienta. Tiembla demasiado; estos imbéciles carecen de principios; les extraña todo lo que se aparta de la regla ordinaria del vicio o la granjería; los remordimientos les asustan.

DERBAC. (Con viveza.)

¡Malditos sean los infames a quienes nada detiene! ¡Maldito seas, si persistes en esto! Jamás se ha concebido crimen más negro, ni siquiera en los mismos infiernos.

OXTIERN.

Convengo en ello; pero es útil... ¿Acaso no había tramado mi perdida esta orgullosa criatura?

DERBAC.

¡Peleaba contra ti! Exponía su propia vida.

OXTIERN.

Hacer de heroína... ¡No me gustan en una mujer los arrebatos del orgullo!

DERBAC. (Conmovido.)

¡Ah! ¿Acaso no tiene algún derecho al orgullo, este mismo ser que tal vez más que ningún otro merezca mejor nuestro respeto?

OXTIERN.

Bien..., una vez más has vuelto a tus moralismos. Por poco rato que te abandone, luego tengo verdaderas dificultades para recuperarte. ¡Vamos, Derbac, un poco de valor! Por terror a que Casimir no cumpla bien con mi recado, ejecútalo tú mismo. El coronel va a llegar; dile que se arroje con ardor sobre el enemigo que vea adelantarse hacia el vestido de blanco: será su propia hija... ¿Me oyes, Derbac? Así estaré vengado. (Sale.)

Escena cuarta
DERBAC. (Solo.)

No, no puedo decidirme a servir en una infamia semejante; dejemos estos cuidados a Casimir y no nos mezclemos lo más mínimo en este horror. Quiero dejar la compañía de este hombre... Volveré a caer en la miseria, de la que me apartaba su crédito; es una desgracia, desde luego, pero menor que la de corromperme durante mas tiempo en su indigna escuela. La indigencia me espanta menos que el crimen; por mucho que sufra, a un hombre honesto le consuela su corazón... (Sale en cuanto ve que alguien aparece.)

Escena quinta
EL CORONEL. (Vagando en las tinieblas.)

Este es el lugar del desafío... Pensé que él me habría precedido; no tardará, sin duda... ¡Oh, desgraciado! ¿Qué vas a hacer?... Leyes crueles del honor ¡cuán injustas sois! ¿Por qué ha de arriesgarse el ofendido, siendo culpable el agresor?... ¡Ah! ¡Qué me mate, que me despedace, pues no puedo sobrevivir a mi deshonor! (Se estremece.) Me parece que le oigo... ¿Por qué la llegada de este adversario me provoca sentimientos que no puedo dominar?... ¡Sin embargo, yo nunca he conocido el miedo! El deseo de venganza me perturba, me impide ver la verdadera causa de estas impresiones que me conmueven; la noche se hace tan oscura que apenas podré reconocer el color del traje con que estará vestido, según me han dicho. (Muy bajo, a continuación, sobre todo para que ERNESTINE no pueda oírlo.) Él es; ataquémosle en silencio, no hagamos ruido en el desafío.

(Empuña la espada y se arroja sobre ERNESTINE, que aparece vestida de hombre y del color que ya se ha dicho. Apenas comienza el combate, cuando se oyen dos pistoletazos en el corredor: los de HERMAN y el CONDE. HERMAN entra precipitadamente; acaba de matar a OXTIERN. FABRICE acude un momento después.)

Escena sexta y última
EL CORONEL, ERNESTINE, HERMAN; luego FABRICE.

(Esta escena debe ser representada con la máxima rapidez.)

HERMAN. (Todavía en el corredor, entre bastidores.)

¡Muere, traidor! ¡Ernestine está vengada! (Corre a separar a los duelistas.) ¡Deteneos, Santo cielo! ¡Qué sangre vais a derramar! ¡Desdichado padre, reconoced a vuestra hija!

ERNESTINE. (Soltando su espada.)

¡Dios mío!

EL CORONEL.

¡Mi querida y desdichada hija!

FABRICE. (Con exaltación, apareciendo ahora.)

Vuestras desgracias han terminado, coronel. Apenas informado de los horrores del conde, volé a Estocolmo y libere a vuestro joven amigo de las cadenas con que le había aprisionado Oxtiern; aquí veis el primer uso que ha hecho de su libertad.

HERMAN.

El cobarde..., bien poco me ha costado su derrota: así es de sencillo, triunfar de un traidor. Ya victorioso acudo, señor, a aclararos estas desgracias de las que, a vuestro pesar, se os hacia causante y a pediros la mano de esta hija querida que os he conservado y que ahora me atrevo a enorgullecerme de haberla merecido.

EL CORONEL. (Gesto de aprobación y de dolor.)

ERNESTINE. (A HERMAN.)

¿Puedo todavía pretender felicidad semejante?

HERMAN. (Tiernamente, a ERNESTINE.)

¡Ah! ¿Podrían acaso los crímenes de un infame como Oxtiern mancillar siquiera la obra más hermosa de la naturaleza?

EL CORONEL.

¡Oh, Fabrice! ¡Cuanta generosidad! ¿Cómo podríamos pagaros...?

FABRICE.

Con vuestra amistad, amigos míos; creo merecerla. He hecho el mejor uso posible de mi dinero..., castigar el crimen y recompensar la virtud..., ¡que alguien me diga si es posible colocarlo a más elevado interés!

FIN
de
«OXTIERN O LAS DESDICHAS DEL LIBERTINAJE»

"LA TEMPESTAD"William Shakespeare



William Shakespeare
LA TEMPESTAD

DRAMATIS PERSONAE

ALONSO, rey de Nápoles
SEBASTIÁN, su hermano
PRÓSPERO, el legítimo Duque de Milán
ANTONIO, su hermano, usurpador del ducado de Milán
FERNANDO, hijo del rey de Nápoles
GONZALO, viejo y honrado consejero

ADRIÁN nobles
FRANCISCO

CALIBÁN, esclavo salvaje y deforme
TRÍNCULO, bufón
ESTEBAN, despensero borracho
El CAPITÁN del barco
El CONTRAMAESTRE
MARINEROS
MIRANDA, hija de Próspero
ARIEL, espíritu del aire

IRIS
CERES
JUNO espíritus Ninfas
Segadores

Escena: una isla deshabitada.



LA TEMPESTAD
I.i Se oye un fragor de tormenta, con rayos y truenos. Entran un CAPITÁN y un CONTRAMAESTRE.

CAPITÁN
¡Contramaestre!
CONTRAMAESTRE
¡Aquí, capitán! ¿Todo bien?
CAPITÁN
¡Amigo, llama a la marinería! ¡Date prisa o encalla¬mos! ¡Corre, corre!

Sale.
Entran los MARINEROS.

CONTRAMAESTRE
¡Ánimo, muchachos! ¡Vamos, valor, muchachos! ¡De¬prisa, deprisa! ¡Arriad la gavia! ¡Y atentos al silbato del capitán! - ¡Vientos, mientras haya mar abierta, re¬ventad soplando!

Entran ALONSO, SEBASTIÁN, ANTONIO, FERNANDO, GONZALO y otros.

ALONSO
Con cuidado, amigo. ¿Dónde está el capitán? - [A los MARINEROS] ¡Portaos como hombres!
CONTRAMAESTRE
Os lo ruego, quedaos abajo.
ANTONIO
Contramaestre, ¿y el capitán?
CONTRAMAESTRE
¿No le oís? Estáis estorbando. Volved al camarote. Ayudáis a la tormenta.
GONZALO
Cálmate, amigo.
CONTRAMAESTRE
Cuando se calme la mar. ¡Fuera! ¿Qué le importa el tí¬tulo de rey al fiero oleaje? ¡Al camarote, silencio! ¡No molestéis!
GONZALO
Amigo, recuerda a quién llevas a bordo.
CONTRAMAESTRE
A nadie a quien quiera más que a mí. Vos sois conse¬jero: si podéis acallar los elementos y devolvernos la bonanza, no moveremos más cabos. Imponed vuestra autoridad. Si no podéis, dad gracias por haber vivido tanto y, por si acaso, preparaos para cualquier desgra¬cia en vuestro camarote. - ¡Ánimo, muchachos! - ¡Quitaos de enmedio, vamos!

Sale.

GONZALO
Este tipo me da ánimos. Con ese aire patibulario, no creo que naciera para ahogarse. Buen Destino, persiste en ahorcarle, y que la soga que le espera sea nuestra amarra, pues la nuestra no nos sirve. Si no nació para la horca, estamos perdidos.

Salen.
Entra el CONTRAMAESTRE.

CONTRAMAESTRE
¡Calad el mastelero! ¡Rápido! ¡Más abajo, más abajo! ¡Capead con la mayor!

Gritos dentro.

¡Malditos lamentos! ¡Se oyen más que la tormenta o nuestro ruido!

Entran SEBASTIÁN, ANTONIO y GONZALO.

¿Otra vez? ¿Qué hacéis aquí? ¿Lo dejamos todo y nos ahogamos? ¿Queréis que nos hundamos?
SEBASTIÁN
¡Mala peste a tu lengua, perro gritón, blasfemo, desal¬mado!
CONTRAMAESTRE
Entonces trabajad vos.
ANTONIO
¡Que te cuelguen, perro cabrón, escandaloso, inso¬lente! Tenemos menos miedo que tú de ahogarnos.
GONZALO
Seguro que él no se ahoga, aunque el barco fuera una cáscara de nuez e hiciera aguas como una incontinente.
CONTRAMAESTRE
¡Ceñid el viento,, ceñid! ¡Ahora con las dos velas! ¡Mar adentro, mar adentro!

Entran los MARINEROS, mojados.

MARINEROS
¡Es el fin! ¡A rezar, a rezar! ¡Es el fin!

[Salen.]

CONTRAMAESTRE
¿Vamos a quedar secos?
GONZALO
¡El rey y el príncipe rezan! Vamos con ellos:
nuestra suerte es la suya.
SEBASTIÁN
Estoy indignado.
ANTONIO
Estos borrachos nos roban la vida.
¡Y este infame bocazas...! - ¡A la horca,
y que te aneguen diez mareas!.

[Sale el CONTRAMAESTRE.]

GONZALO
Irá a la horca, por más que lo desmienta cada gota de agua y se abra el mar para tragárselo.

Clamor confuso dentro.

[VOCES]
¡Misericordia! ¡Naufragamos, naufragamos! ¡Adiós, mujer, hijos! ¡Adiós, hermano! ¡Naufragamos, naufra¬gamos!
ANTONIO
Hundámonos con el rey.
SEBASTIÁN
Vamos a decirle adiós.

Sale [con ANTONIO].

GONZALO
Ahora daría yo mil acres de mar por un trozo de pá¬ramo, con brezos, matorrales, lo que sea. Hágase la vo¬luntad de Dios, pero yo preferiría morir en seco.

Sale.

I.ii Entran PRÓSPERO y MIRANDA.

MIRANDA
- Si con tu magia, amado padre, has levantado
este fiero oleaje, calma las aguas.
Parece que las nubes quieren arrojar
fétida brea, y que el mar, por extinguirla,
sube al cielo. ¡Ah, cómo he sufrido
con los que he visto sufrir! ¡Una hermosa nave,
que sin duda llevaba gente noble,
hecha pedazos! ¡Ah, sus clamores
me herían el corazón! Pobres almas, perecieron.
Si yo hubiera sido algún dios poderoso,
habría hundido el mar en la tierra
antes que permitir que se tragase
ese buen barco con su carga de almas.
PRÓSPERO
Serénate. Cese tu espanto.
Dile a tu apenado corazón
que no ha habido ningún mal.
MIRANDA
¡Ah, desgracia!
PRÓSPERO
No ha habido mal. Yo sólo he obrado
por tu bien, querida mía, por tu bien, hija,
que ignoras quién eres y nada sabes
de mi origen, ni que soy bastante más
que Próspero, morador de pobre cueva
y humilde padre tuyo.
MIRANDA
De saber más
nunca tuve pensamiento.
PRÓSPERO
Hora es de que te informe. Ayúdame
a quitarme el manto mágico. Bien. –
Descansa ahí, magia. - Sécate los ojos; no sufras.
La terrible escena del naufragio,
que ha tocado tus fibras compasivas,
la dispuse midiendo mi arte de tal modo
que no hubiera peligro para nadie,
ni llegasen a perder ningún cabello
los hombres que en el barco oías gritar
y viste hundirse. Siéntate,
pues has de saber más.
MIRANDA
Cuando ibas a contarme quién soy yo,
te parabas y dejabas sin respuesta
mis preguntas, concluyendo: «Espera, aún no.»
PRÓSPERO
Llegó la hora. El instante
te manda abrir oídos. Obedece
y préstame atención. ¿Te acuerdas
de antes que viviéramos en esta cueva?
Creo que no, porque entonces no tenías
más de tres años.
MIRANDA
Sí me acuerdo, padre.
PRÓSPERO
¿De qué? ¿De alguna otra casa o persona?
Dime una imagen cualquiera
que guarde tu recuerdo.
MIRANDA
La veo muy lejana,
y más como un sueño que como un recuerdo
del que dé garantía mi memoria. ¿No tenía
yo a mi servicio cuatro o cinco damas?
PRÓSPERO
Sí, Miranda, y más. Pero, ¿cómo es que eso
aún vive en tu mente? ¿Qué más ves
en el oscuro fondo y abismo del tiempo?
Si te acuerdas de antes de llegar aquí,
recordarás cómo llegaste.
MIRANDA
No me acuerdo.
PRÓSPERO
Hace doce años, Miranda, hace doce años,
tu padre era el Duque de Milán,
y un poderoso príncipe.
MIRANDA
¿No eres mi padre?
PRÓSPERO
Tu madre fue un dechado de virtud
y decía que tú eras mi hija; tu padre
era Duque de Milán, y su única heredera,
princesa no menos noble.
MIRANDA
¡Santo cielo! ¿Qué perfidia
nos hizo salir de allá? ¿O fue
una suerte el venir?
PRÓSPERO.
Ambas cosas, hija.
Nos expulsó la perfidia, como dices,
pero a venir nos ayudó la suerte.
MIRANDA
¡Ah, se me parte el alma de pensar
que te hago recordar aquel dolor
que no guarda mi memoria! Mas sigue, padre.
PRÓSPERO
Mi hermano y tío tuyo, de nombre Antonio
(y oirás cómo un hermano puede ser
tan pérfido); él, al que después de ti
más quería yo en el mundo, y a quien confié
el gobierno de mi Estado, el principal
en aquel tiempo de entre las Señorías,
y Próspero, el gran duque, de elevado
renombre por su rango y sin igual
en las artes liberales... Siendo ellas mi anhelo,
delegué en mi hermano la gobernación
y, arrobado por las ciencias ocultas,
me volví un extraño a mi país.
Tu pérfido tío... ¿Me escuchas?
MIRANDA
Con toda mi atención.
PRÓSPERO
... impuesto ya en el uso de otorgar
o denegar solicitudes, ascender a éste,
frenar al otro en su ambición, volvió a crear
a las criaturas que eran mías, cambiando
o conformando su lealtad y, marcando el tono
de función y funcionario, afinó
a su gusto a todos, hasta ser
la hiedra que ocultó mi noble tronco
sorbiéndole la savia... ¡No me escuchas!
MIRANDA
¡Sí te escucho, padre!
PRÓSPERO
Préstame atención. Al descuidar
los asuntos del mundo, consagrado
al aislamiento y al cultivo de la mente
con un arte tan secreto que excedía
la apreciación de las gentes, desperté
en mi falso hermano un mal instinto,
y mi confianza, que no tenía límites,
cual buen padre inversamente generó
en él una falsía tan inmensa
como fue mi confianza. Llegó a enseñorearse
no sólo de mis rentas, sino también
de cuanto mi poder le permitía,
e igual que quien hace pecar a su memoria
contra la verdad al creerse sus mentiras
a fuerza de contarlas, creyó ser
el duque mismo por haberme reemplazado
y ostentar el rostro del dominio
con todo privilegio. Creciendo su ambición...
¿Me oyes bien?
MIRANDA
Padre, tu relato curaría la sordera.
PRÓSPERO
Para no tener obstáculo entre papel
y personaje, querrá ser el propio
Duque de Milán. Para mí, ¡pobre!,
mi biblioteca era un gran ducado. Me cree
incapaz para el gobierno, se alía
(tal era su sed de mando) con el rey de Nápoles
pagándole tributo, rindiéndole homenaje,
entregando la corona ducal a la del rey
y sometiendo el ducado, aún sin doblegar,
a la más innoble postración.
MIRANDA
¡Santo cielo!
PRÓSPERO
Escucha el pacto y sus consecuencias,
y dime si obró como un hermano.
MIRANDA
Pecaría si no pensara noblemente
de tu madre: la buena entraña
ha dado malos hijos.
PRÓSPERO
Escucha el pacto. El rey de Nápoles,
que siempre fue mi eterno enemigo,
atiende el ruego de mi hermano;
a saber: que, a cambio del convenio
de homenaje y no sé cuánto tributo,
arroje del ducado a mí y a los míos
sin demora, regalando la hermosa Milán
con todos los honores a mi hermano. Así,
con tropa desleal ya reclutada,
en la noche fatídica abrió Antonio
las puertas de Milán y, en la más negra tiniebla,
sus esbirros nos sacaron a los dos;
a ti, llorando.
MIRANDA
¡Ay, dolor! No recuerdo
cómo lloré entonces y voy a llorar ahora.
Lo que ocurrió me arranca el llanto.
PRÓSPERO
Atiende un poco más y llegaremos
a lo que ahora nos concierne, sin lo cual
esta historia no vendría al caso.
MIRANDA
¿Por qué no nos mataron?
PRÓSPERO
Buena pregunta, muchacha; mi relato
la provoca. Hija, no se atrevieron,
de tanto como el pueblo me quería y, en vez
de mancharse de sangre, les dieron
un bello color a sus viles designios.
En suma, nos llevaron a un velero a toda prisa
y en él varias leguas mar adentro. Allí
nos esperaba el casco podrido de un barcucho
sin jarcias, ni velas, ni mástil. Hasta las ratas
lo habían abandonado por instinto. En él
nos lanzaron a llorarle al mar rugiente,
a suspirarle al viento, cuya lástima
nos hacía un mal amoroso al suspirarnos.
MIRANDA
¡Ah, qué carga fui yo para ti!
PRÓSPERO
Tú fuiste el querubín que me salvó.
Inspirada de divina fortaleza,
sonreías mientras yo cubría el mar
de lágrimas salobres y gemía
bajo mi pena. Así me diste bríos
para afrontar lo que acaeciese.
MIRANDA
¿Cómo llegamos a tierra?
PRÓSPERO
Por divina voluntad. Llevábamos
algo de comida y un poco de agua dulce
que nos dio por caridad Gonzalo,
un noble de Nápoles encargado del proyecto,
y también ricos trajes, ropa blanca,
telas y efectos varios que nos han
servido mucho. En su bondad, sabiendo
cuánto amaba yo mis libros, me surtió
de volúmenes de mi propia biblioteca
que yo estimaba en más que mi ducado.
MIRANDA
¡Ojalá algún día vea a ese hombre!
PRÓSPERO
Voy a levantarme. Tú sigue sentada
y escucha el fin de nuestras penas.
Llegamos a esta isla y aquí yo,
tu maestro, te he dado una enseñanza
que no gozan los príncipes, con horas
más ociosas y tutores menos esmerados.
MIRANDA
Dios te lo premie. Ahora, padre, te lo ruego,
pues aún me embarga el alma, dime
por qué has desatado esta tormenta.
PRÓSPERO
Vas a saberlo.
Por un extraño azar la próvida Fortuna,
que ahora me acompaña, ha traído
hasta aquí a mis enemigos, y por presciencia
veo que mi cenit depende de un astro
sumamente favorable y que, si no
aprovecho su influencia, mi suerte
decaerá. Cesen ya tus preguntas.
Te duermes. Es benigna soñolencia.
Abandónate: no puedes evitarla.

[Se duerme MIRANDA.]

¡Ven aquí, mi siervo, ven! Estoy presto.
Acércate, Ariel, ven.

Entra ARIEL.

ARIEL
¡Salud, gran amo! ¡Mi digno señor, salud!
Vengo a cumplir tu deseo, ya sea volar,
nadar, lanzarme al fuego, sobre nube ondulante
cabalgar. Con tus poderosas órdenes
dirige a tu Ariel y sus fuerzas.
PRÓSPERO
Espíritu, ¿llevaste a cabo fielmente
la tempestad que te mandé?
ARIEL
A la letra. A bordo
del navío real, llameaba espanto
por la proa, por el puente, por la popa,
por todos los camarotes. A veces me dividía,
ardiendo por muchos sitios: flameaba
en las vergas, el bauprés, el mastelero,
y después me unía. El relámpago de Júpiter,
heraldo del temible trueno, nunca fue
tan raudo e instantáneo. Fuegos y estallidos
del sulfúreo alboroto parecían asediar
al poderoso Neptuno y hacer que temblasen
sus olas altivas, y aun su fiero tridente.
PRÓSPERO
¡Mi gran espíritu!
¿Quién fue tan firme y constante, que no
acusara el efecto del tumulto?
ARIEL
No hubo quien no
sintiera la fiebre de los locos, ni obrara
enajenado. Todos, menos los marineros,
se echaron al mar espumoso saltando del barco,
que ardía con mi fuego. Fernando, el hijo del rey,
con los pelos de punta (más juncos que pelos),
fue el primero en lanzarse, gritando: «¡El infierno
está vacío! ¡Aquí están los demonios!»
PRÓSPERO
¡Bien por mi espíritu!
Pero, ¿eso no fue junto a la costa?
ARIEL
Muy cerca, mi amo.
PRÓSPERO
¿Y están todos a salvo, Ariel?
ARIEL
Ni un pelo ha sufrido,
y no hay mancha en sus ropas flotadoras,
ya más nuevas que nunca. Tal como ordenaste,
los dispersé por grupos en la isla.
Al hijo del rey le hice llegar a tierra,
donde quedó enfriando el aire de suspiros,
sentado en un rincón lejano de la isla
con los brazos en este triste nudo.
PRÓSPERO
Dime qué hiciste
con el navío real, los marineros.
¿Y el resto de la escuadra?
ARIEL
El navío del rey está escondido
en buen puerto, en la cala profunda
donde una medianoche me hiciste traer
rocío de las Bermudas borrascosas.
A los marineros los metí bajo cubierta;
durmiendo quedaron, merced a un hechizo
y sus fatigas. El resto de la escuadra,
a la que dispersé, ya se ha reunido
y navega por la mar Mediterránea
con triste rumbo a Nápoles, creyendo
que vieron naufragar el navío del rey
y morir a su augusta persona.
PRÓSPERO
Ariel, cumpliste mi encargo con esmero,
pero aún queda trabajo. ¿Qué hora es?
ARIEL
Más del mediodía.
PRÓSPERO
Al menos dos horas más. De aquí a las seis
hemos de emplear valiosamente el tiempo.
ARIEL
¿Aún más labor? Ya que tanto me exiges,
déjame recordarte lo que has prometido
y aún no me has dado.
PRÓSPERO
¡Vaya! ¿Protestando?
¿Tú qué puedes reclamarme?
ARIEL
Mi libertad.
PRÓSPERO
¿Antes de tiempo? Ya basta.
ARIEL
Te lo ruego, recuerda
que te he prestado un gran servicio;
no te digo mentiras, ni cometo errores,
y te sirvo sin queja ni desgana. Prometiste
descontarme un año entero.
PRÓSPERO
¿Olvidas de qué tormento te libré?
ARIEL
No.
PRÓSPERO
Sí, y crees una fatiga
pisar el fondo cenagoso del océano,
correr sobre el áspero viento del norte,
hacerme encargos en las venas de la tierra
cuando el hielo la endurece.
ARIEL
Yo no, señor.
PRÓSPERO
¡Mientes, ser maligno! ¿Te olvidas
de la inmunda bruja Sícorax, encorvada
por la edad y la vileza? ¿Te olvidas de ella?
ARIEL
No, señor.
PRÓSPERO
Pues sí. ¿Dónde nació? Habla, dilo.
ARIEL
En Argel, señor.
PRÓSPERO
¿Ah, sí? Una vez al mes
tengo que contarte lo que has sido,
pues lo olvidas. La maldita bruja Sícorax,
por múltiples maldades y hechizos que no son
para oídos humanos, fue, como ya sabes,
desterrada de Argel. Por algo que hizo
no la ejecutaron. ¿No es verdad?
ARIEL
Sí, señor.
PRÓSPERO
A esta bruja de ojos morados la trajeron
ya preñada, dejándola aquí los marineros.
Tú, mi esclavo, como a ti mismo te llamas,
fuiste siervo suyo y, al ser tan sensible
para cumplir sus órdenes soeces,
negándole obediencia, te encerró,
con la ayuda de agentes poderosos
y en su cólera más incontenible,
en un pino partido, en cuyo hueco
doce años con dolor permaneciste
prisionero. Mas murió en ese espacio
y te dejó allí, dando más quejas
que giros una rueda de molino.
Entonces, salvo el hijo que ella parió aquí,
un pecoso engendro, ningún humano
había honrado esta isla.
ARIEL
Sí, su hijo Calibán.
PRÓSPERO
¡Torpe! ¿Quién, si no? Calibán,
que ahora está a mi servicio. Bien sabes
el tormento que sufrías cuando te hallé.
Tus gemidos hacían aullar al lobo y apiadarse
al oso furibundo: un tormento
para los condenados que Sícorax
no podía deshacer. Fue mi magia,
cuando llegué y te oí, lo que abrió
aquel pino y te libró.
ARIEL
Te lo agradezco, amo.
PRÓSPERO
Si vuelves aquejarte, parto un roble
y te clavo en sus nudosas entrañas
para que pases aullando doce inviernos.
ARIEL
Perdóname, amo.
Seré dócil a tus órdenes y cumpliré
gentilmente como espíritu.
PRÓSPERO
Si lo haces, dentro de dos días serás libre.
ARIEL
¡Bien por mi noble amo! ¿Qué quieres
que haga? Dilo. ¿Qué deseas?
PRÓSPERO
Transfórmate en ninfa marina.
Hazte invisible a todos, menos
a ti y a mí. Vamos, toma esa forma
y vuelve entonces. ¡Vamos, sé diligente!

Sale [ARIEL].

Despierta, hija mía, despierta.
Has dormido bien. Despierta.
MIRANDA
Lo asombroso de tu historia
me dio sueño.
PRÓSPERO
Sacúdetelo. Ven. Vamos a hacer
visita a Calibán, mi esclavo,
que nunca nos dio respuesta amable.
MIRANDA
Padre, es un infame al que detesto.
PRÓSPERO
Sí, pero le necesitamos. Enciende
el fuego, trae la leña y nos hace
trabajos muy útiles. ¡Eh, esclavo! ¡Calibán!
¡Responde, montón de tierra!
CALIBÁN, dentro
¡Ya tenéis bastante leña!
PRÓSPERO
¡Vamos, sal ya! Tengo otro encargo para ti.
¿Cuándo saldrás, tortuga?

Entra ARIEL, en forma de ninfa marina.

¡Bella aparición! Primoroso Ariel,
te hablo al oído.
ARIEL
Así lo haré, señor.

Sale.

PRÓSPERO
¡Sal ya, ponzoñoso esclavo,
engendro del demonio y tu vil madre!

Entra CALIBÁN.

CALIBÁN
¡Así os caiga a los dos el vil rocío
que, con pluma de cuervo, barría mi madre
de la ciénaga malsana! ¡Así os sople un viento
del sur y os cubra de pústulas!
PRÓSPERO
Por decir eso, tendrás calambres esta noche
y punzadas que ahogan el aliento. Los duendes,
que obran en la noche, clavarán
púas en tu piel. Tendrás más aguijones
que un panal, cada uno más punzante
que los de las abejas.
CALIBÁN
Tengo que comer. Esta isla
es mía por mi madre Sícorax,
y tú me la quitaste. Cuando viniste,
me acariciabas y me hacías mucho caso,
me dabas agua con bayas, me enseñabas
a nombrar la lumbrera mayor y la menor
que arden de día y de noche. Entonces te quería
y te mostraba las riquezas de la isla,
las fuentes, los pozos salados, lo yermo y lo fértil.
¡Maldito yo por hacerlo! Los hechizos de Sícorax
te asedien: escarabajos, sapos, murciélagos.
Yo soy todos los súbditos que tienes,
yo, que fui mi propio rey; y tú me empocilgas
en la dura roca y me niegas
el resto de la isla.
PRÓSPERO
¡Esclavo archiembustero, que respondes
al látigo y no a la bondad! Siendo tal basura,
te traté humanamente, y te alojé
en mi celda hasta que pretendiste
forzar la honra de mi hija.
CALIBÁN
¡Ja, ja! ¡Ojalá hubiera podido!
Tú me lo impediste. Si no, habría poblado
de Calibanes esta isla.
MIRANDA
¡Odioso esclavo,
en quien no deja marca la bondad
y cabe todo lo malo! Me dabas lástima,
me esforcé en enseñarte a hablar y cada hora
te enseñaba algo nuevo. Salvaje, cuando tú
no sabías lo que pensabas y balbucías
como un bruto, yo te daba las palabras
para expresar las ideas. Pero, a pesar
de que aprendiste, tu vil sangre repugnaba
a un alma noble. Por eso te encerraron
merecidamente en esta roca,
mereciendo mucho más que una prisión.
CALIBÁN
Me enseñaste a hablar, y mi provecho
es que sé maldecir. ¡La peste roja te lleve
por enseñarme tu lengua!
PRÓSPERO
¡Fuera, engendro!
Tráenos leña, y más te vale no tardar,
que hay más trabajo. ¿Te encoges de hombros,
infame? Si descuidas o haces tu labor
de mala gana, te torturo con calambres,
te meto el dolor en los huesos. Rugirás tanto
que hasta las bestias temblarán de oírte.
CALIBÁN
No, te lo suplico. -
[Aparte] He de obedecer. Su magia es tan potente
que vencería a Setebos, el dios de mi madre,
convirtiéndole en vasallo.
PRÓSPERO
¡Fuera, esclavo, vete!

Sale CALIBÁN.
Entran FERNANDO y ARIEL, invisible, to¬cando y cantando.

ARIEL Canción.
A estas playas acercaos
de la mano.
Saludo y beso traerán
silencio al mar.
Bailad con gracia y donaire;
los elfos canten
el coro. ¡Atentos!
Coro, disperso: ¡Guau, guau!
Ladran los perros.
[Coro, disperso]: ¡Guau, guau!
Callad. Oiréis
al pomposo Chantecler
cantando quiquiriquí.
FERNANDO
¿De dónde sale esta música? ¿Del aire
o de la tierra? Ha cesado. Sin duda suena
por un dios de la isla. Sentado en la playa,
llorando el naufragio de mi padre, el rey,
esta música se me insinuó desde las aguas,
calmando con su dulce melodía
su furia y mi dolor. La he seguido desde allí,
o, más bien, me ha arrastrado. Mas cesó.
No, vuelve a sonar.
ARIEL Canción.
Yace tu padre en el fondo
y sus huesos son coral.
Ahora perlas son sus ojos;
nada en él se deshará,
pues el mar le cambia todo
en un bien maravilloso.
Ninfas por él doblarán.
Coro: Din, don.
Ah, ya las oigo: Din, don, dan.
FERNANDO
La canción evoca a mi ahogado padre.
Esto no es obra humana, ni sonido
de la tierra. Ahora lo oigo sobre mí.
PRÓSPERO
Abre las cortinas de tus ojos
y dime qué ves ahí.
MIRANDA
¿Qué es? ¿Un espíritu?
¡Ah, cómo mira alrededor! Créeme, padre:
tiene una hermosa figura. Pero es un espíritu.
PRÓSPERO
No, muchacha: come y duerme, y sus sentidos
son como los nuestros. Este joven caballero
estaba en el naufragio y, si no estuviese
alterado del dolor (estrago de la belleza),
podríamos llamarle apuesto. Ha perdido
a sus amigos y va errante en su busca.
MIRANDA
Yo le llamaría ser divino,
pues nada vi tan noble aquí, en la tierra.
PRÓSPERO [aparte]
Está resultando como lo concebí. –
[A ARIEL] Espíritu, gran espíritu,
en dos días te libraré por esto.
FERNANDO [viendo a MIRANDA]
Sin duda, la diosa
por quien suena esta música. - Ten a bien
decirme si habitas esta isla
e instruirme sobre el modo como debo
proceder estando aquí. Mi primera súplica,
aunque última, es: ¡Oh, maravilla!,
¿eres o no una muchacha?
MIRANDA
Maravilla, ninguna,
pero sí una muchacha.
FERNANDO
¡Mi idioma! ¡Dios santo!
Sería el primero de todos sus hablantes
si estuviera allí donde se habla.
MIRANDA
¿Cómo? ¿El primero?
¿Qué serías si te oyera el rey de Nápoles?
FERNANDO
Un pobre solitario que se asombra
de oírte hablar del rey. Él me oye,
y porque me oye, lloro. Ahora el rey soy yo,
y mis ojos, desde entonces sin reflujo,
vieron el naufragio de mi padre.
MIRANDA
¡Qué dolor!
FERNANDO
Sí, y con él el de sus nobles; entre ellos,
el Duque de Milán y su buen hijo.
PRÓSPERO [aparte]
El Duque de Milán
y su mejor hija podrían desmentirte
si fuera el momento. No más verse
y ya suspiran. Primoroso Ariel,
serás libre por esto. - Oídme, señor:
me temo que os habéis equivocado; oídme.
MIRANDA
¿Por qué se pone tan áspero mi padre?
Éste es el tercer hombre que he visto
y el primero que me hechiza. ¡La compasión
incline a mi padre de mi lado!
FERNANDO
Ah, si eres doncella,
y a nadie has dado aún tu corazón,
yo te haré reina de Nápoles.
PRÓSPERO
Esperad, señor, oídme.
[Aparte] Se han rendido el uno al otro, mas yo
frenaré su presteza, no sea que ganar tan fácil
convierta en fácil el premio. -
[A FERNANDO] Óyeme, te ordeno
que me escuches. Usurpas un nombre
que no es tuyo, y has venido a esta isla
como espía, para quitármela a mí,
que soy su dueño.
FERNANDO
¡No, por mi honor!
MIRANDA
El mal no puede residir en este templo.
Si el maligno viviera en casa tan hermosa,
el bien lo expulsaría.
PRÓSPERO
Sígueme. - Tú no le defiendas: es un traidor. -
Te voy a encadenar los pies y el cuello.
Beberás agua de mar; te alimentarás
de moluscos de agua dulce, raíces resecas
y cáscaras de bellota. ¡Sígueme!
FERNANDO
¡No! No voy a soportar este trato
mientras mi enemigo no tenga más poder.

Desenvaina, y un hechizo le detiene.

MIRANDA
Querido padre,
no le juzgues con tanto rigor,
pues es noble, y nada cobarde.
PRÓSPERO
¡Cómo! ¿Me va a instruir el pie?.
Envaina ya, traidor, que alardeas,
pero no atacas, con esa conciencia
tan culpable. No sigas en guardia,
pues con mi vara puedo desarmarte
y hacer que sueltes la espada.
MIRANDA
Padre, te suplico...
PRÓSPERO
¡Fuera! ¡No te cuelgues de mi ropa!
MIRANDA
Apiádate, padre. Yo respondo por él.
PRÓSPERO
¡Silencio! Si dices otra palabra,
te reñiré, y aun te odiaré. ¡Cómo!
¿Abogada de impostor? ¡Calla!
Porque sólo has visto a él y a Calibán
te crees que no hay otros como él. ¡Necia!
Al lado de otros hombres, él es un Calibán,
y a su lado, ellos son ángeles.
MIRANDA
Mis sentimientos son humildes.
No deseo ver a un hombre más apuesto.
PRÓSPERO [a FERNANDO]
Vamos, obedece.
Tus fibras han vuelto a su infancia
y no tienen fuerza.
FERNANDO
Es verdad.
Como en un sueño, mi ánimo está encadenado.
La muerte de mi padre, esta debilidad,
el naufragio de mis amigos y las amenazas
del que ahora me somete no son una carga
mientras una vez al día, desde mi cárcel,
pueda ver a esta muchacha. Dispongan los libres
del resto del mundo. En mi cárcel
ya tengo bastante espacio.
PRÓSPERO [aparte]
Surte efecto. - Vamos. -
Mi gran Ariel, buen trabajo. Sígueme:
voy a darte otra misión.
MIRANDA [a FERNANDO]
No te inquietes. Mi padre es mucho mejor
de lo que parece hablando. Lo que le has visto
es insólito.
PRÓSPERO [a ARIEL]
Serás libre como el viento de montaña.
Pero mis órdenes cumple con esmero.
ARIEL
A la letra.
PRÓSPERO [a FERNANDO]
¡Vamos, sígueme!
[A MIRANDA] Y tú no le defiendas.

Salen.

II.i Entran ALONSO, SEBASTIÁN, ANTONIO, GONZALO, ADRIÁN y FRANCISCO.

GONZALO [a ALONSO]
Alegraos, Majestad, os lo ruego. Tenéis
motivo para el gozo, como todos: salvarnos
cuenta más que lo perdido. La desgracia
que sufrimos es corriente: cada día, esposas
de marinos, dueños de barcos, mercaderes
también tienen motivo de dolor, y este milagro,
el de haber sobrevivido, muy pocos podrán
contarlo entre millones. Conque, señor,
sopesad sabiamente el dolor con el alivio.
ALONSO
Callad, os lo ruego.
SEBASTIÁN [aparte a ANTONIO]
El consuelo es para él un caldo frío.
ANTONIO [aparte a SEBASTIÁN]
Pero este consolador no va a soltarle.
SEBASTIÁN [aparte a ANTONIO]
Mirad, le da cuerda al reloj de su ingenio. Muy pronto sonará.
GONZALO
Señor...
SEBASTIÁN
La una. Contad.
GONZALO
Si a cada desventura se le da posada,
al posadero le cae...
SEBASTIÁN
Más de un duro.
GONZALO
Más de un duro desconsuelo. Decís más verdad de la que pretendíais.
SEBASTIÁN
Y vos respondéis con más ingenio del que yo creía.
GONZALO [a ALONSO]
Así que, señor...
ANTONIO
¡Uf! ¡Éste no frena la lengua!
ALONSO [a GONZALO]
Os lo ruego, basta.
GONZALO
Bueno, he dicho. Aunque...
SEBASTIÁN [aparte a ANTONIO]
No, si seguirá hablando.
ANTONIO [aparte a SEBASTIÁN]
Apostemos algo a quién canta primero, Adrián o él.
SEBASTIÁN
El viejo gallo.
ANTONIO
El gallito.
SEBASTIÁN
Conforme. ¿Qué nos jugamos?
ANTONIO
Reírse el que gane.
SEBASTIÁN
¡Hecho!
ADRIÁN
Aunque esta isla parece desierta...
ANTONIO
¡Ja, ja,ja!
SEBASTIÁN
Ya estáis pagado.
ADRIÁN
... inhabitable y casi inaccesible...
SEBASTIÁN
Sin embargo...
ADRIÁN
Sin embargo...
ANTONIO
¡Tenía que decirlo!
ADRIÁN
... su templanza es sin duda suave, fina y placentera.
ANTONIO
Templanza era una moza placentera.
SEBASTIÁN
Y fina, como tan doctamente ha dicho.
ADRIÁN
El aire que sopla es sutil.
SEBASTIÁN
Cual si tuviera pulmones, y podridos.
ANTONIO
O si los perfumara una ciénaga.
GONZALO
Aquí hay de todo para vivir.
ANTONIO
Cierto, salvo medios de vida.
SEBASTIÁN
De eso hay poco o nada.
GONZALO
¡Qué lozana y frondosa está la hierba! ¡Qué verde!
ANTONIO
Sí, el suelo está pardo.
SEBASTIÁN
Con un matiz de verde.
ANTONIO
No se le escapa nada.
SEBASTIÁN
No, tan sólo la realidad.
GONZALO
Pero lo más prodigioso, y es casi increíble...
SEBASTIÁN
Como tantos prodigios.
GONZALO
... es que nuestra ropa, habiéndose empapado en el mar, no obstante siga estando tan nueva y radiante. Más que manchada de agua salada, parece recién teñida.
ANTONIO
Si hablara uno de sus bolsillos, ¿no le diría que miente?
SEBASTIÁN
Sí, o se embolsaría la verdad.
GONZALO
Creo que nuestra ropa está tan nueva como cuando la estrenamos en África, en la boda de la hija del rey, la bella Claribel, con el rey de Túnez.
SEBASTIÁN
Buena boda, y nos ha ido muy bien al regreso.
ADRIÁN
A Túnez nunca la honró semejante modelo de reina.
GONZALO
No desde los tiempos de la viuda Dido.
ANTONIO
¿Viuda? ¡Mala peste! ¿De dónde sale lo de «viuda»? ¡La viuda Dido!
SEBASTIÁN
También podría haber dicho «el viudo Eneas». ¡Señor, cómo os lo tomáis!
ADRIÁN
¿Decís la viuda Dido? Eso me da que pensar. Era de Cartago, no de Túnez.
GONZALO
Señor, Túnez era Cartago.
ADRIÁN
¿Cartago?
GONZALO
Os lo aseguro. Cartago.
ANTONIO
Sus palabras hacen más que el arpa milagrosa.
SEBASTIÁN
Levantan la muralla, y aun las casas.
ANTONIO
Ahora, ¿qué imposible se le resistirá?
SEBASTIÁN
Creo que se llevará esta isla en el bolsillo y se la rega¬lará a su hijo cual si fuera una manzana.
ANTONIO
Y sembrando las pepitas en el mar, producirá nuevas islas.
GONZALO
Pues sí.
ANTONIO
Ya era hora.
GONZALO [a ALONSO]
Señor, decíamos que nuestra ropa parece tan nueva ahora como cuando estábamos en Túnez en la boda de vuestra hija, ahora reina.
ANTONIO
La más excelsa que llegó allí.
SEBASTIÁN
Salvo, con perdón, la viuda Dido.
ANTONIO
¿La viuda Dido? ¡Ah, sí, la viuda Dido!
GONZALO
Señor, ¿no está mi jubón tan nuevo como el día en que lo estrené? Bueno, hasta cierto punto.
ANTONIO
Un punto que no ha perdido.
GONZALO
Cuando lo llevé en la boda de vuestra hija.
ALONSO
Me embutís en el oído esas palabras
contra mi gana de oírlas. Ojalá nunca hubiera
casado a mi hija allá, pues al regreso
pierdo a mi hijo y creo que también a ella:
vive tan lejos de Italia que nunca
volveré a verla. ¡Ah, tú, mi heredero
de Nápoles y Milán! ¿Qué extraño pez
te ha devorado?
FRANCISCO
Señor, quizá esté vivo. Le vi cómo batía
las olas y cabalgaba sobre ellas.
Seguía a flote y rechazaba la embestida
de las aguas, afrontando el oleaje.
Su audaz cabeza descollaba sobre olas
en combate y, remando con brazos vigorosos,
alcanzó la costa, que se inclinaba
sobre un pie desgastado por el mar
cual si quisiera ayudarle. Estoy seguro
de que llegó vivo a tierra.
ALONSO
No, no; nos ha dejado.
SEBASTIÁN
Bien puedes felicitarte por la pérdida.
A nuestra Europa no favoreciste con tu hija,
sino que se la echaste a un africano.
Estará desterrada de tus ojos,
que ahora tienen buen motivo para el llanto.
ALONSO
Calla, te lo ruego.
SEBASTIÁN
Todos nos postramos ante ti, rogándote
que desistieras, y hasta la pobre muchacha
dudaba entre negarse u obedecer,
de qué lado inclinarse. Me temo que a tu hijo
lo hemos perdido para siempre. Este asunto
ha creado más viudas en Milán y Nápoles
que supervivientes hay para aliviarlas.
La culpa es tuya.
ALONSO
Y también la mayor pérdida.
GONZALO
Mi señor Sebastián,
a vuestra verdad le falta delicadeza
y oportunidad. Hurgáis en la herida,
cuando debierais ponerle una venda.
SEBASTIÁN
Bien dicho.
ANTONIO
Y como un médico.
GONZALO [a ALONSO]
Señor, el estar vos tan sombrío
nos traerá mal tiempo a todos.
SEBASTIÁN
¿Mal tiempo?
ANTONIO
Espantoso.
GONZALO
Señor, si yo colonizara esta isla...
ANTONIO
La sembraría de ortigas.
SEBASTIÁN
O de malvas o acederas.
GONZALO
... y fuese aquí el rey, ¿qué haría?
SEBASTIÁN
No emborracharse por falta de vino.
GONZALO
En mi Estado lo haría todo al revés
que de costumbre, pues no admitiría
ni comercio, ni título de juez;
los estudios no se conocerían, ni la riqueza,
la pobreza o el servicio; ni contratos,
herencias, vallados, cultivos o viñedos;
ni metal, trigo, vino o aceite;
ni ocupaciones: los hombres, todos ociosos,
y también las mujeres, aunque inocentes y puras;
ni monarquía...
SEBASTIÁN
Mas dijo que sería el rey.
ANTONIO
El final de su Estado se olvida del principio.
GONZALO
La naturaleza produciría de todo
para todos sin sudor ni esfuerzo. Traición,
felonía, espada, lanza, puñal o máquinas
de guerra yo las prohibiría: la naturaleza
nos daría en abundancia sus frutos
para alimentar a mi pueblo inocente.
SEBASTIÁN
¿Sus súbditos no se casarían?
ANTONIO
No, todos ociosos: todos putas y granujas.
GONZALO
Señor, mi gobierno sería tan perfecto
que excedería a la Edad de Oro.
SEBASTIÁN
¡Dios salve a Su Majestad!
ANTONIO
¡Viva Gonzalo!
GONZALO
Y.. ¿Me escucháis, señor?
ALONSO
Os lo ruego, basta. No decís nada.
GONZALO
Tenéis razón, Majestad. Lo hacía para darles pie a es¬tos señores, que son de pulmones tan activos y sensi¬bles que siempre se ríen por nada.
ANTONIO
Nos reíamos de vos.
GONZALO
Que en esta especie de bobada no soy nada a vuestro lado. Así que seguid riéndoos por nada.
ANTONIO
¡Buen golpe!
SEBASTIÁN
Si hubiera sido con el filo.
GONZALO
Sois hombres de gran temple. Sacaríais a la luna de su esfera si estuviera en ella cinco semanas sin cambiar.

Entra ARIEL [invisible] tocando una mú¬sica solemne.

SEBASTIÁN
Exacto, y con su luz iríamos a cazar pájaros.
ANTONIO
Mi buen señor, no os enfadéis.
GONZALO
No, os aseguro que no arriesgaré mi sensatez por tan poco. ¿Queréis dormirme con la risa, que tengo mucho sueño?
ANTONIO
Dormid, y oídnos.

[Se duermen todos menos ALONSO, SE¬BASTIÁN y ANTONIO.]

ALONSO
¡Vaya! ¿Durmiendo tan pronto? Ojalá
con mis ojos se cerraran mis pensamientos.
Creo que quieren cerrarse.
SEBASTIÁN
Entonces no desestimes la ocasión.
El sueño no acude al dolor; cuando lo hace,
consuela.
ANTONIO
Señor, los dos os protegeremos
mientras descanséis, y velaremos
por vuestra seguridad.
ALONSO
Gracias. Este sueño es asombroso.

[Se duerme ALONSO. Sale ARIEL.]

SEBASTIÁN
¡Qué sopor tan extraño los domina!
ANTONIO
Es el carácter del lugar.
SEBASTIÁN
¿Y por qué no cierra nuestros párpados?
Yo ganas de dormir no tengo.
ANTONIO
Ni yo. Mi mente está muy despierta.
Ellos se han dormido a una, como por consenso,
como tumbados por un rayo. ¿Cuál sería,
noble Sebastián, cuál sería...? Pero basta.
Sin embargo, creo ver en vuestro rostro
a aquel que podríais ser. La ocasión os llama
y mi viva imaginación ve una corona
que desciende sobre vos.
SEBASTIÁN
¿Estáis despierto?
ANTONIO
¿No oís lo que digo?
SEBASTIÁN
Sí, son palabras soñolientas,
y habláis en vuestro sueño. ¿Qué decíais?
Este reposo es extraño; dormido
con ojos abiertos: de pie, hablando, andando
y, sin embargo, dormido.
ANTONIO
Noble Sebastián, dejáis dormir
vuestra suerte, o más bien morir.
No veis estando despierto.
SEBASTIÁN
Y vos roncáis muy claro. Vuestros ronquidos
tienen un significado.
ANTONIO
Estoy más serio que de costumbre,
y vos, si me escucháis, debéis estarlo.
Hacerlo os encumbrará.
SEBASTIÁN
Seré un remanso.
ANTONIO
Yo os enseñaré a fluir.
SEBASTIÁN
Os lo ruego. Mi indolencia hereditaria
me lleva a refluir.
ANTONIO
¡Ah, si vierais cómo acariciáis la causa
mientras la menospreciáis! ¡Cómo al exponerla
la arropáis aún más! Los que refluyen
acaban casi en el fondo por culpa
de su temor o indolencia.
SEBASTIÁN
Continuad. Esos ojos y esa cara
anuncian que lleváis algo dentro,
aunque el parto se presenta doloroso.
ANTONIO
Oídme: aunque este dignatario
de frágil memoria, de quien se guardará
tan débil recuerdo cuando esté enterrado,
casi ha persuadido al rey (él es la persuasión,
lo suyo es persuadir) de que su hijo aún vive,
tan imposible es que no se haya ahogado
como que este durmiente esté nadando.
SEBASTIÁN
De que no se haya ahogado no tengo esperanza.
ANTONIO
¡Ah! De no tenerla nace
vuestra gran esperanza. Que por ese lado
no haya esperanza es, por otro, tan alta esperanza
que ni la propia Ambición la vislumbra
y aun duda en divisarla. ¿Estáis conmigo
en que Fernando se ha ahogado?
SEBASTIÁN
Está muerto.
ANTONIO
Entonces, decidme. ¿Quién heredará Nápoles?
SEBASTIÁN
Claribel.
ANTONIO
La actual reina de Túnez, que vive a más
de una vida de distancia; que de Nápoles
no tendrá noticias, si el correo no es el sol
(la luna es muy lenta), hasta que un recién nacido
tenga barba rasurable; por quien el mar
nos tragó, aunque a algunos nos ha arrojado,
y de suerte que actuemos en un drama
en que el pasado sea el prólogo y la acción
la ejecutemos vos y yo.
SEBASTIÁN
¿Qué decís? ¿Qué os proponéis?
Sí, la hija de mi hermano es reina de Túnez,
también heredera de Nápoles, y entre ambos
media gran distancia.
ANTONIO
Y de ella cada palmo
parece gritar: «¿Podrá recorrernos Claribel
para volver a Nápoles? Que siga en Túnez
y despierte Sebastián.» ¿Y si fuera la muerte
lo que a éstos ha vencido? No estarían
peor de lo que están. Hay quien regiría Nápoles
tan bien como el que duerme, palaciegos
que hablan tanto y tan superfluo
como este Gonzalo. Yo enseñaría a una chova
a hablar igual de sesuda. ¡Ay, si pensarais
como yo! ¡Cómo os encumbraría
el sueño de éstos! ¿Me entendéis?
SEBASTIÁN
Creo que sí.
ANTONIO
¿Y cómo responderéis
a vuestra buena fortuna?
SEBASTIÁN
Recuerdo que vos derrocasteis
a vuestro hermano Próspero.
ANTONIO
Cierto, y ved qué bien
me sienta mi ropa; mejor que antes.
Entonces los criados de mi hermano
eran mis compañeros; ahora son mis siervos.
SEBASTIÁN
¿Y vuestra conciencia?
ANTONIO
Sí, ¿dónde queda? Si fuera un sabañón,
me pondría zapatillas, mas mi pecho
no siente a esa diosa. Veinte conciencias
que hubiera entre Milán y yo, por mí que se hielen
y derritan, que no me estorbarán.
Vuestro hermano duerme. No valdrá más que la tierra
en la que yace si está como parece, muerto,
y yo, con este acero, tres pulgadas,
le haría dormir por siempre, mientras vos,
haciendo así, los ojos cerraríais in aetérnum
a este viejo bocado, este don Sesudo,
que no ha de censurar nuestra conducta.
Los demás lo tragarán como el gato lame leche,
y en cualquier asunto verán en el reloj
la hora que nosotros les digamos.
SEBASTIÁN
Vuestro caso, buen amigo,
será mi precedente: igual que vos Milán,
yo me haré con Nápoles. Desenvainad: un golpe
os hará libre del tributo que pagáis
y yo, el rey, os querré bien.
ANTONIO
Desenvainemos a una, y cuando yo
levante el brazo, hacedlo vos contra Gonzalo.
SEBASTIÁN
Ah, otra cosa.

[Hablan aparte.]
Entra ARIEL [invisible] con música y can¬ción.

ARIEL
Mi amo con su magia ve el peligro
que corres tú, su amigo, y me envía
(si no, su plan naufraga) para salvaros a todos.

Canta al oído de GONZALO.

Mientras yaces ahí roncando,
la conjura, que ha velado,
su momento espera.
Si en algo estimas tu vida,
sacude el sueño, espabila.
¡Despierta, despierta!
ANTONIO
Hagámoslo ya.
GONZALO [despertando]
¡Los ángeles guarden al rey!

[Se despiertan los demás.]

ALONSO
¿Qué es esto? ¿Despiertos? ¿Por qué habéis
desenvainado? ¿A qué esa cara de espanto?
GONZALO
¿Qué ocurre?
SEBASTIÁN
Estábamos guardando vuestro sueño
cuando ha resonado un sordo rugido
como de toros, o más bien de leones.
¿No te despertó? A mí me hirió el oído.
ALONSO
Yo no he oído nada.
ANTONIO
¡El fragor habría despertado a un monstruo,
causado un terremoto! Seguro que rugió
una manada de leones.
ALONSO
¿Lo habéis oído, Gonzalo?
GONZALO
Os juro, señor, que oí un zumbido,
y además muy extraño, que me despertó.
Os sacudí y grité. Cuando abrí los ojos,
los vi espada en mano. Sí que hubo un ruido,
es cierto. Más nos vale estar en guardia
o salir de este lugar. Desenvainemos.
ALONSO
Id delante, y sigamos buscando a mi pobre hijo.
GONZALO
¡El cielo le guarde de estas fieras!
Seguro que está en la isla.
ALONSO
Abrid camino.
ARIEL
La orden de Próspero ya la he cumplido.
Tú, rey, ve seguro, y busca a tu hijo.

Salen.

II.ii Entra CALIBÁN con un haz de leña. Se oyen true¬nos.

CALIBÁN
¡Que caigan sobre Próspero los miasmas
que absorbe el sol en marismas y ciénagas
y le llaguen palmo a palmo! Le maldigo,
aunque me oigan sus espíritus. Pellizcos
no me darán, ni sustos sacando duendes,
ni me arrojarán al barro, ni, cual fuegos fatuos,
me harán perderme en la noche, si él no lo manda.
Mas por nada me los echa encima;
a veces son monos que me chillan, hacen muecas
y me muerden; otras, erizos que yacen
enrollados y me levantan las púas
bajo mi pie descalzo; otras, víboras
que se me enroscan y que con su lengua hendida
me vuelven loco a silbidos.

Entra TRÍNCULO.

¡Ah, mira! Aquí viene a atormentarme
otro de sus espíritus, porque tardo
en llevarle la leña. Me echaré al suelo.
Quizá no me vea.
TRíNCULO
Aquí no hay arbusto ni mata en que resguardarse, y ya se cuece otra tormenta; la oigo cantar al viento. Ese nu¬barrón parece un sucio pellejo de vino pronto a reven¬tar. Si va a tronar como antes, no sé dónde meterme; esa nube se vaciará a cántaros. Pero, ¿qué veo aquí? ¿Un hombre o un pez? ¿Vivo o muerto? Es un pez, huele a pescado; echa un olor rancio, a salazón no muy fresca. ¡Qué pez más raro! Si estuviera en Inglaterra, como ya estuve, pondría un cartel, y no habría tonto de feria que no diera plata por verlo. Allí este monstruo me haría rico; allí cualquier bicho raro hace negocio. No dan un centavo para aliviar a un cojo, pero se gas¬tan diez en ver a un indio muerto. ¡Piernas de hombre! ¡Brazos, y no aletas! ¡Y está caliente! Me vuelvo atrás, me desdigo: esto no es un pez, sino un isleño recién tumbado por un rayo.

[Truenos.]

¡Vuelve la tormenta! Me meteré bajo su capa; por aquí no veo otro refugio. A veces la desgracia nos acuesta con extraños compañeros. Me arroparé aquí hasta que se vacíe la tormenta.

Entra ESTEBAN cantando.

ESTEBAN
Ya nunca iré a la mar, la mar,
que en tierra moriré...
Esta canción es infame para un funeral. Bueno, éste es mi consuelo.

Bebe [y después] canta.

Piloto, grumete, mozo, capitán,
artillero y yo
queremos a Mara, María y Marián,
pero a Catia no,
pues maldice al hombre de mar
y le grita: «¡Muérete ya!»
De brea o alquitrán no soporta el olor,
mas deja que el sastre le rasque el picor.
Conque, ¡al barco, amigos, y muérase ya!
Esta canción también es infame, pero éste es mi con¬suelo.

Bebe.

CALIBÁN
¡No me atormentes! ¡Ah!
ESTEBAN
¿Qué pasa aquí? ¿Hay demonios? ¿Quién nos embauca con salvajes y con indios? ¿Eh? No me he salvado de ahogarme para que ahora me asusten tus cuatro patas, pues, como bien dicen, porque tengas cuatro patas no me harás salir por pies; y lo dirán mientras Esteban respire.
CALIBÁN
¡Me atormenta este espíritu! ¡Ah!
ESTEBAN
Éste es un monstruo isleño de cuatro patas que, por lo visto, tiene calentura. ¿Dónde diablos habrá aprendido nuestra lengua? Aunque sólo sea por eso, voy a darle algún alivio. Si logro curarlo y amansarlo, y vuelvo a Nápoles con él, será un regalo para cualquier empera¬dor que camine sobre cuero.
CALIBÁN
¡No me atormentes, te lo ruego! Traeré la leña más de¬prisa.
ESTEBAN
Está delirando y no habla con mucho tino. Voy a darle un trago. Si nunca ha bebido vino, casi le quitará la ca¬lentura. Si logro curarlo y amansarlo, no cobraré mu¬cho por él; pero quien lo compre, pagará, y bien. CALIBÁN
Aún no me haces mucho daño, pero por tu temblor sé que lo harás. Próspero actúa sobre ti.
ESTEBAN
Vamos, abre la boca: esto resucita a un muerto. Abre la boca: esto quita los temblores, te lo digo yo, y bien. Tú no conoces a tus amigos: vuelve a abrir esas quija¬das.
TRÍNCULO
Esa voz la conozco. Es la de... No; se ahogó, y éstos son demonios. ¡Socorro!
ESTEBAN
Cuatro patas y dos voces. ¡Qué primor de monstruo! La voz delantera es para hablar bien de su amigo, y la trasera, para maldecir y renegar. Si para curarse nece¬sita todo el vino, yo se lo daré. ¡Toma! Ya basta. Ahora se lo echaré por la otra boca.
TRÍNCULO
¡Esteban!
ESTEBAN
¿Me llama la otra boca? ¡Piedad, piedad! ¡No es un monstruo, es el diablo! Me voy, que no sé atarlo.
TRÍNCULO
¡Esteban! Si tú eres Esteban, tócame y háblame, que soy Trínculo. No tengas miedo: tu buen amigo Trínculo.
ESTEBAN
Si eres Trínculo, sal. Te sacaré por las piernas más cor¬tas; si algunas son de Trínculo, son éstas. ¡El mismí¬simo Trínculo! ¿Cómo has llegado a ser excremento de este aborto? ¿Es que puede evacuar Trínculos?
TRÍNCULO
Creí que lo había tumbado un rayo. Pero, Esteban, ¿no te ahogaste? Espero que no seas un ahogado. ¿Ha es¬campado? Me metí bajo la capa del monstruo por miedo a la tormenta. ¿Y estás vivo, Esteban? ¡Ah, Es¬teban! ¡Dos napolitanos a salvo!
ESTEBAN
Oye, no me hagas dar vueltas, que mi estómago no aguanta.
CALIBÁN [aparte]
Si no son espíritus, son seres superiores. Éste es un gran dios y lleva licor celestial. Me postraré ante él.
ESTEBAN
¿Cómo te salvaste? ¿Cómo has llegado hasta aquí? Jura por esta botella cómo has llegado (yo me salvé so¬bre un barril de jerez que tiraron por la borda); jura por esta botella: la hice yo mismo con la corteza de un ár¬bol desde que llegué a tierra.
CALIBÁN
Juro por tu botella que seré tu siervo fiel, pues el licor no es terrenal.
ESTEBAN
Vamos, jura cómo te salvaste.
TRÍNCULO
Hombre, nadando como un pato. Sé nadar como un pato, lo juro.
ESTEBAN
Vamos, besa la Biblia. [Le pasa la botella.] Aunque na¬des como un pato, estás hecho un ganso.
TRÍNCULO
¡Ah, Esteban! ¿Te queda más de esto?
ESTEBAN
¡El barril entero, hombre! Mi bodega está en una cueva, en las rocas, y allí se esconde el vino. - ¿Qué hay, aborto? ¿Qué tal tu calentura?
CALIBÁN
¿No has caído del cielo?
ESTEBAN
De la luna, te lo juro. Érase una vez un hombre en la luna, y era yo.
CALIBÁN
He visto tu cara en ella, y te adoro. Mi ama me la en¬señó, y tu perro y tu espino.
ESTEBAN
Vamos, júralo; besa esta Biblia. En seguida le amplío el contenido. Jura.

[Bebe CALIBÁN.]

TRíNCULO
¡Luz del cielo, qué monstruo más tonto! ¿Yo tenerle miedo? ¡Será bobo el monstruo! ¿Un hombre en la luna? ¡El monstruo es de lo más crédulo! - Buen trago, monstruo, de veras.
CALIBÁN
Te enseñaré cada palmo fértil de la isla y te besaré los pies. Te lo ruego, sé mi dios.
TRíNCULO
¡Luz del cielo! El monstruo es pérfido y borracho. Cuando duerma su dios, le quitará la botella.
CALIBÁN
Te besaré los pies. Juro que seré tu siervo.
ESTEBAN
Muy bien. ¡Al suelo, y jura!
TRÍNCULO
Me matará de la risa este monstruo cara-perro. ¡Qué granuja de monstruo! Le daría una paliza...
ESTEBAN
Vamos, besa.
TRíNCULO
... si no es porque está borracho. ¡Vaya un monstruo abominable!
CALIBÁN
Verás las mejores fuentes, te cogeré bayas,
pescaré para ti y te traeré mucha leña.
¡Mala peste al tirano de mi amo!
No le llevaré una astilla; te serviré a ti,
ser maravilloso.
TRÍNCULO
¡Qué monstruo más absurdo! ¡Llamar maravilla a un pobre borracho!
CALIBÁN
Deja que te lleve donde crecen las manzanas;
te sacaré criadillas de tierra con las uñas,
te enseñaré nidos de arrendajo y verás
cómo se atrapa al rápido tití. Te llevaré
donde hay avellanas a racimos y te traeré
polluelos de la roca. ¿Querrás venir conmigo?
ESTEBAN
Anda, llévanos y no hables más. - Trínculo, ahogados el rey y su séquito, tomamos el mando nosotros. - Tú, toma, lleva la botella. - Amigo Trínculo, en seguida la llenamos.
CALIBÁN, canta borracho
Adiós, amo, adiós, adiós.
TRÍNCULO
Un monstruo chillón, un monstruo borracho.
CALIBÁN [canta]
No haré presas para el pez,
ni traeré leña
porque él quiera,
ni más platos fregaré.
Ban, ban, Ca-Calibán
tiene otro amo. - ¡Busca a otro ya!
¡Libertad, fiesta! ¡Fiesta, libertad! ¡Libertad, fiesta, li¬bertad!
ESTEBAN
¡Qué gran monstruo! - Llévanos.

Salen.

III.i Entra FERNANDO cargado con un leño.
FERNANDO
Hay juegos fatigosos, mas el esfuerzo
destaca el placer que nos dan; algunas bajezas
se soportan noblemente, y lo más pobre
acaba en riqueza. Mi humilde labor
me sería enojosa y detestable
si no fuera por mi amada, que da vida
a lo muerto y placer a mis trabajos.
Ah, ella es diez veces más dulce que su padre,
agrio y hecho de aspereza. Cumpliendo
su dura orden, he de llevar varios miles
de estos leños y apilarlos. Mi amada llora
de verme trabajar y dice que esta servidumbre
nunca tuvo tal criado. Me entretengo;
mis gratos pensamientos me reaniman,
y más activo estoy si me distraigo.

Entran MIRANDA, y PRÓSPERO [sin ser visto].

MIRANDA
¡Ah, te lo suplico,
no trabajes tanto! ¡Así fulminase el rayo,
esa leña que debes apilar!
Anda, déjala en el suelo y descansa.
Cuando arda, llorará por haberte fatigado.
Mi padre está con sus estudios. Anda, descansa.
Estarás a salvo de él tres horas.
FERNANDO
Mi dulce amada, se pondrá el sol
sin que yo haya cumplido mi tarea.
MIRANDA
Siéntate y, mientras, yo llevaré la leña.
Anda, dame eso; yo lo llevo al montón.
FERNANDO
No, celestial criatura. Me romperé
las fibras y me partiré la espalda
antes que por mi holganza tú te humilles.
MIRANDA
Tan propio sería de mí como de ti,
y yo lo haría con más facilidad,
pues mi ánimo es propicio, y el tuyo, adverso.
PRÓSPERO [aparte]
¡Pobre gusanito! Ya estás infectada.
Tu visita lo demuestra.
MIRANDA
Estás cansado.
FERNANDO
No, noble amada: para mí sería la aurora
si de noche estuvieras a mi lado. Y ahora, dime,
para que pueda nombrarte cuando rezo.
¿Cómo te llamas?
MIRANDA
Miranda. - ¡Ah, padre!
¡He violado tu orden al decirlo!
FERNANDO
¡Admirable Miranda,
cumbre de toda admiración, que vales
lo que el mundo más estima! He mirado
a muchas damas bien atento, y muchas veces
la armonía de su voz ha cautivado
mis ávidos oídos. Por diversas virtudes
me han gustado diversas mujeres; ninguna
con tal ceguera que no viese algún defecto
en riña con sus más nobles encantos
hasta dejarlos vencidos. Pero tú, ¡ah, tú!,
tan perfecta y sin par, fuiste creada
de las bondades de todas.
MIRANDA
No conozco a nadie de mi sexo,
ni recuerdo un rostro de mujer, salvo el mío
en el espejo; y que pueda llamar hombres,
yo no he visto más que a ti, buen amigo,
y a mi padre. Ignoro cuál sea la figura
de otras gentes, mas, por mi pureza,
joya de mi dote, en el mundo no deseo
más compañero que tú; y a ninguno
puede dar forma la imaginación
que me guste más que tú. Pero hablo
demasiado, y no obedezco
los preceptos de mi padre.
FERNANDO
Por mi estado soy príncipe, Miranda,
quizá rey (ojalá no), y no menos me repugna
esta servidumbre de leñero que dejar
que la moscarda mancille mi boca. Te hablo
con el alma: apenas te vi, mi corazón
fue volando a tu servicio, en el que permanece
hasta hacer de mí un esclavo. Por ti
soy un leñero tan sufrido.
MIRANDA
¿Me quieres?
FERNANDO
¡Cielos, tierra! Dad fe de mis palabras
y, si digo la verdad, premiad con buen suceso
cuanto afirmo; si miento, traed
el mal a lo mejor de mi futuro:
más allá de los límites del mundo
yo te quiero, estimo y venero.
MIRANDA
Soy tonta llorando por lo que me alegra.
PRÓSPERO [aparte]
¡Qué bella unión de excelsos amores!
¡El cielo derrame gracia
sobre lo que nace entre ellos!
FERNANDO
¿Por qué lloras?
MIRANDA
Por mi insignificancia. No me atrevo
a ofrecer lo que deseo dar, y menos a tomar
lo que perder me mataría. Pero es inútil:
cuanto más procura ocultarse,
más se ve el bulto. ¡Basta de melindres!
¡Hable por mí la franca y santa inocencia!
Si te casas conmigo, soy tu esposa;
si no, moriré tu doncella. Puedes negarte
a que sea tu compañera, mas, quieras o no,
seré tu sierva.
FERNANDO
Mi dueña, querida mía,
y yo ahora y siempre a tus pies.
MIRANDA
¿Entonces, esposo?
FERNANDO
Sí, y deseándolo tanto
como el esclavo ser libre. Mi mano.
MIRANDA
La mía, y en ella el corazón. Y ahora,
adiós y hasta muy pronto.
FERNANDO
¡Mil adioses, mil!

Salen.

PRÓSPERO
No puedo estar tan contento como ellos,
que están maravillados, mas mi alegría
no puede ser mayor. Vuelvo a mi libro,
pues antes de la cena he de ocuparme
de asuntos pertinentes.

Sale.

III.ii Entran CALIBÁN, ESTEBAN y TRÍNCULO.

ESTEBAN [a TRÍNCULO]
Tú calla. Cuando se acabe el barril, beberemos agua. Antes, ni una gota. Conque, ¡al abordaje! - ¡Siervo¬monstruo, bebe a mi salud!
TRÍNCULO
¡Siervo-monstruo! ¡La quimera de la isla! Dicen que sólo somos cinco en esta isla: tres, nosotros. Como los otros dos tengan nuestras luces, el país se tambalea.
ESTEBAN
Siervo-monstruo, tú bebe cuando te lo diga. Los ojos se te han metido en la cabeza.
TRÍNCULO
¿Dónde los va a tener metidos? ¡Menudo monstruo se¬ría si los tuviera en el rabo!
ESTEBAN
Mi siervo-monstruo tiene la lengua ahogada en jerez. Pero a mí no me ahogó el mar: antes de llegar a tierra nadé treinta y cinco leguas de acá para allá, lo juro. - Tú serás mi teniente, monstruo, o mi alférez.
TRíNCULO
Será alférez, que tenerse no se tiene.
ESTEBAN
No vamos a huir, monsieur Monstruo.
TRíNCULO
Ni tampoco a andar, pero tú estarás tirado como un pe¬rro, y sin ladrar.
ESTEBAN
¡Eh, aborto! Si eres un buen aborto, habla por una vez en tu vida.
CALIBÁN
¿Cómo estás, Alteza? Deja que te lama el zapato. A éste no le serviré, que no es valiente.
TRíNCULO
¡Mentira, monstruo ignorante! Estoy para zurrarle a un alguacil. Tú, pez borracho, tú, ¿cuándo hubo cobarde que bebiera tanto vino como hoy yo? ¿Cómo dices mentira tan monstruosa siendo sólo medio pez y medio monstruo?
CALIBÁN
¡Mira cómo se ríe de mí! ¿Lo vas a permitir, señor?
TRÍNCULO
¿Ha dicho «señor»? ¡Habrá monstruo más idiota!
CALIBÁN
¡Mira, otra vez! Anda, mátalo a mordiscos.
ESTEBAN
Trínculo, no seas ligero de lengua. Si te amotinas, ¡al primer árbol! El pobre monstruo es mi siervo, y no su¬frirá indignidad.
CALIBÁN
Gracias, noble señor. ¿Tienes a bien volver a oír mi pe¬tición?
ESTEBAN
¡Pues, claro! Repítela de rodillas. Yo sigo de pie, y también Trínculo.

Entra ARIEL, invisible.

CALIBÁN
Como te he dicho, soy siervo de un tirano, un mago que me ha afanado la isla con su arte.
ARIEL
¡Mentiroso!
CALIBÁN [a TRÍNCULO]
¡Mentiroso tú, mono bufón! ¡Así te mate mi valiente amo! Yo no miento.
ESTEBAN
Trínculo, como le interrumpas otra vez, te juro que te arranco algunos dientes.
TRÍNCULO
¡Si no he dicho nada!
ESTEBAN
Entonces silencio y basta. - Sigue.
CALIBÁN
Digo que logró esta isla con su magia;
me la quitó. Si tiene a bien Tu Alteza
tomar venganza en él... Porque tú te atreves,
y éste, no.
ESTEBAN
Claro que sí.
CALIBÁN
Tú serás su dueño, y yo te serviré.
ESTEBAN
¿Y eso cómo se hace? ¿Puedes llevarme hasta esa per¬sona?
CALIBÁN
Claro, señor. Te lo mostraré dormido,
y podrás meterle un clavo en la cabeza.
ARIEL
¡Embustero! No podrás.
CALIBÁN
¡Vaya un colorines! ¡Bufón asqueroso!
Suplico a Tu Alteza que le des de palos
y le quites la botella. Cuando no la tenga,
que beba agua de mar, porque yo
no le enseñaré los manantiales.
ESTEBAN
Trínculo, no te busques más peligros. Interrumpe otra vez al monstruo, y te juro que, sin más lástima, te dejo como un bacalao.
TRÍNCULO
Pero, ¿qué he hecho? ¡Si no he hecho nada! Voy a apar¬tarme.
ESTEBAN
¿No le has llamado embustero?
ARIEL
¡Embustero!
ESTEBAN
¿Ah, sí? ¡Pues toma! [Le pega a TRÍNCULO.] Si te ha gustado, vuelve a decirme embustero.
TRÍNCULo
¡Yo no te he dicho embustero! ¿No tienes seso ni oído? ¡Maldita botella! Todo viene del jerez y del trincar. ¡Mala peste al monstruo y el diablo se lleve tus dedos!
CALIBÁN
¡Ja, ja, ja!
ESTEBAN
Ahora sigue con tu historia. - Tú apártate más.
CALIBÁN
Pégale bien, que dentro de un rato
yo también le pegaré.
ESTEBAN
Más lejos. - Vamos, continúa.
CALIBÁN
Como te he dicho, tiene por costumbre
dormir la siesta. Ahí le chafas los sesos
tras quitarle sus libros; o le aplastas el cráneo
con un leño, o con una estaca lo destripas,
o con tu cuchillo le cortas el gaznate.
Primero hazte con sus libros, que, sin ellos,
es tan tonto como yo, y no tendrá
ni un espíritu a sus órdenes: le odian todos
tan mortalmente como yo. Quémale los libros.
Tiene finos enseres (así los llama él)
para, cuando tenga casa, componerla.
Y lo que más has de tener presente
es la belleza de su hija. Él mismo
la llama «sin par». No he visto a más mujer
que a Sícorax, mi madre, y a ella;
pero ella aventaja tanto a Sícorax
como lo más a lo menos.
ESTEBAN
¿Tan hermosa es?
CALIBÁN
Sí, mi señor. Le vendrá bien a tu cama,
y te dará buena prole.
ESTEBAN
Monstruo, voy a matar a ese hombre. Su hija y yo se¬remos rey y reina (¡Dios salve a los reyes!), y Trín¬culo y tú seréis virreyes. - ¿Qué te parece el arreglo, Trínculo?
TRÍNCULO
Formidable.
ESTEBAN
Dame la mano. Siento haberte pegado. Pero, mientras vivas, no seas ligero de lengua.
CALIBÁN
Dentro de media hora dormirá.
¿Le matarás entonces?
ESTEBAN
Te lo juro por mi honor.
ARIEL
Se lo contaré a mi amo.
CALIBÁN
Me das alegría. Estoy muy contento.
¡Venga regocijo! ¿Queréis cantar ese canon
que me acabáis de enseñar?
ESTEBAN
A petición tuya, monstruo, cualquier cosa justa. Va¬mos, Trínculo. ¡A cantar!

Canta.
Búrlate y mófate,
y ríete y búrlate.
Pensar es libre.
CALIBÁN
Ésa no es la música.

ARIEL toca la canción con flauta y tam¬boril.

ESTEBAN
¿Qué es esto?
TRÍNCULO
La música de nuestra canción, tocada por don Nadie.
ESTEBAN
Si eres hombre, muéstrate como tal. Si eres un diablo, como quieras.
TRÍNCULO
¡Ah, perdona mis pecados!
ESTEBAN
Quien muere paga sus deudas. ¡Te desafío! - ¡Miseri¬cordia!
CALIBÁN
¿Tienes miedo?
ESTEBAN
No, monstruo, qué va.
CALIBÁN
No temas; la isla está llena de sonidos
y músicas suaves que deleitan y no dañan.
Unas veces resuena en mi oído el vibrar
de mil instrumentos, y otras son voces
que, si he despertado tras un largo sueño,
de nuevo me hacen dormir. Y, al soñar,
las nubes se me abren mostrando riquezas
a punto de lloverme, así que despierto
y lloro por seguir soñando.
ESTEBAN
Para mí esto va a ser un gran reino: tendré música gratis.
CALIBÁN
Después de matar a Próspero.
ESTEBAN
Eso será en seguida. No olvido tu historia.
TRÍNCULO
El sonido se aleja. Sigámoslo, y después, manos a la obra.
ESTEBAN
Guíanos, monstruo, te seguimos. Ojalá viera al tambo¬rilero. Toca con garbo.
TRÍNCULO
¿Vienes? Voy contigo, Esteban.

Salen.

III.iii Entran ALONSO, SEBASTIÁN, ANTONIO, GON¬ZALO, ADRIÁN, FRANCISCO, etc.

GONZALO
¡Válgame! No puedo seguir, señor; me duelen
mis viejos huesos. ¡Buen laberinto llevamos
de sendas derechas y quebradas! Permitidme;
debo descansar.
ALONSO
Anciano, no puedo reprochároslo:
también a mí me vence la fatiga
y me embota los sentidos. Sentaos y descansad.
Desde ahora abandono mi esperanza
y no dejo que me halague. Se ahogó
el que buscábamos errantes, y el mar se ríe
de nuestra búsqueda en tierra. ¡Resignación!
ANTONIO [aparte a SEBASTIÁN]
Me alegro de que esté sin esperanzas.
Porque se haya frustrado, no desistas
de llevar a cabo tu proyecto.
SEBASTIÁN [aparte a ANTONIO]
En la próxima ocasión, y sin reservas.
ANTONIO [aparte a SEBASTIÁN]
Que sea esta noche.
Si están extenuados del camino,
no querrán ni podrán mantener la vigilancia
como cuando están despiertos.
SEBASTIÁN [aparte a ANTONIO]
Pues esta noche. Ya basta.

Música extraña y solemne, y [entra] PRÓSPERO en lo alto, invisible.

ALONSO
¿Qué es esta armonía? Amigos míos, escuchad.
GONZALO
Una música dulcísima.

Entran diversas figuras extrañas trayendo un banquete; bailan a su alrededor con gentiles saludos, invitando al rey, etc., a comer, y salen.

ALONSO
¡Cielos, danos ángeles custodios! ¿Qué eran ésos?
SEBASTIÁN
¡Títeres vivientes! Ahora creeré
que existe el unicornio, que en Arabia
hay un árbol, el trono del fénix, y que en él
en este instante reina un fénix.
ANTONIO
Yo me creeré ambas cosas.
Y si a lo demás no dan crédito, que vengan
y les juraré que es verdad. Los viajeros
nunca engañan, aunque los tontos los condenen.
GONZALO
Si contara esto en Nápoles, ¿quién me creería?
Si dijera que vi a estos isleños...,
pues sin duda son gentes de esta isla,
que, aunque no tengan figura de hombres,
han sido más afables y corteses
que muchos que veréis de nuestro género humano;
vamos, más que casi todos.
PRÓSPERO [aparte]
Mi noble señor,
dices bien: algunos de los presentes
sois peores que diablos.
ALONSO
No deja de asombrarme
el que esas figuras, con gestos y sonidos,
y sin tener el uso del habla,
se expresaran tan bien en lengua muda.
PRÓSPERO [aparte]
Los elogios, al final.
FRANCISCO
Se esfumaron misteriosamente.
SEBASTIÁN
No importa, pues se han dejado
las viandas, y tenemos apetito. –
¿Quieres probar lo que hay aquí?
ALONSO
No.
GONZALO
Señor, no temáis. Cuando éramos niños,
¿quién habría creído que hubiera montañeses
papudos como toros, con bolsas de carne
colgándoles del garguero, y hombres
con la cabeza saliéndoles del pecho?
Pues ahora los viajeros de cinco por uno nos traen buenas pruebas.
ALONSO
En fin, me pondré a comer, aunque sea
mi última comida. No importa; para mí
lo bueno ya pasó. Hermano, mi señor duque,
poneos a comer como yo.

Truenos y relámpagos.
Entra ARIEL en forma de arpía, aletea so¬bre la mesa, y mediante un artificio desa¬parece el banquete.

ARIEL
Sois tres pecadores, a los que el destino,
de quien es instrumento este mundo
y cuanto hay en él, ha dispuesto que el mar
insaciable os arroje a esta isla,
no habitada por el hombre, a vosotros,
indignos de vivir entre los hombres.
Os he enfurecido, y con un furor tal
que lleva a los hombres a ahogarse y ahorcarse.

[Desenvainan ALONSO, SEBASTIÁN y AN¬TONIO.]

¡Necios! Mis compañeros y yo somos
agentes del destino. Los elementos

que templaron vuestras armas igual pueden
herir al bronco viento o con bufas estocadas
matar el agua, que al punto se cierra,
que dañar un pelo de mis plumas. Mis hermanos
son igual de invulnerables. Aun pudiendo herir,
vuestro acero es muy pesado para vuestras fuerzas
y no podéis alzarlo. Recordad,
pues éste es mi mensaje, que los tres
expulsasteis de Milán al buen Próspero
y expusisteis al mar, que ya se ha desquitado,
a él y a su inocente hija. Por esta infamia,
los dioses, que aplazan, mas no olvidan,
han inflamado a orillas y mares, y a todos
los seres contra vuestra paz. A ti, Alonso,
te han quitado a tu hijo y te anuncian por mi boca
que una lenta perdición, peor que cualquier
muerte brusca, habrá de acompañar
todos tus pasos. Para guardaros de su ira,
que en esta isla desolada caería
sobre vosotros, sólo os queda el pesar
y, desde ahora, una vida recta.

Desaparece con un trueno. Al son de una música suave vuelven a entrar las figuras, bailan con muecas y visajes y [salen] lle¬vándose la mesa.

PRÓSPERO [aparte]
El papel de arpía, mi Ariel, lo has hecho
perfecto; tenía una gracia arrebatadora.
De cuanto te he ordenado que dijeras,
nada has omitido, y mis espíritus
menores han actuado muy al vivo
y con primoroso esmero. Mis conjuros
han obrado y mis enemigos están todos
en la red de su extravío. Están en mi poder.
Los dejaré en su trastorno, mientras veo
a Fernando, a quien suponen ahogado,
y a nuestra amada Miranda.

[Sale.]

GONZALO
En nombre de todo lo sagrado, señor,
¿por qué os quedáis estupefacto?
ALONSO
¡Ah, es espantoso, espantoso! Creí
que las olas me hablaban y me lo decían,
que el viento me lo cantaba y que el trueno,
ese órgano grave y tremendo, pronunciaba
el nombre de Próspero; mi crimen retumbaba.
Por él está mi hijo en el fondo cenagoso.
Le buscaré donde no alcance la sonda
y con él yaceré en el fango.

Sale.

SEBASTIÁN
Si vienen uno a uno,
lucharé contra todos los demonios.
ANTONIO
Y yo os secundaré.

Salen [SEBASTIÁN y ANTONIO].

GONZALO
Los tres están alterados. Su gran culpa,
cual veneno que actuase retardado,
comienza a remorderles. Os lo ruego,
vosotros que sois más ágiles, id tras ellos
e impedid cualquier acción
a que les lleve su demencia.
ADRIÁN
¡Vamos, seguidme!

Salen todos.

IV.i Entran PRÓSPERO, FERNANDO y MIRANDA.

PRÓSPERO
Si te he impuesto un castigo tan penoso,
tu recompensa lo repara, pues
te he dado un tercio de mi vida,
la razón por la que vivo. De nuevo
te la doy. Todas tus penalidades
sólo han sido una prueba de tu amor,
y tú la has superado a maravilla.
Ante el cielo ratifico mi regalo.
¡Ah, Fernando! No sonrías si la enaltezco,
pues verás que rebasa todo elogio
y lo deja sin aliento.
FERNANDO
Lo creería más que un oráculo.
PRÓSPERO
Entonces, cual presente y como bien
dignamente conquistado, toma a mi hija.
Mas si rompes su nudo virginal
antes que todas las sagradas ceremonias
se celebren según el santo rito,
el hisopo del cielo no bendecirá
vuestra unión: el estéril odio,
el torvo desdén y la discordia cubrirán
vuestro lecho de tan malas hierbas
que ambos lo odiaréis. Así que ten cuidado
y la luz de Himeneo os ilumine.
FERNANDO
Como espero días de paz, hermosa descendencia
y larga vida con amor como el que siento,
ni el antro más oscuro, ni el lugar más propicio,
ni la mayor tentación de nuestra carne
cambiará mi honor en lujuria, quitándome
la dicha de la celebración, cuando piense
que se han desplomado los corceles de Febo
o que la Noche yace encadenada.
PRÓSPERO
Hermosas palabras. Entonces,
siéntate y habla con ella; tuya es. –
¡Ariel! ¡Ariel, siervo laborioso!

Entra ARIEL.

ARIEL
Aquí estoy. ¿Qué desea mi poderoso amo?
PRÓSPERO
Tus hermanos menores y tú cumplisteis
muy bien vuestro papel y ahora he de emplearos
en artificio semejante. Trae a la cuadrilla
sobre la cual te he dado autoridad.
Haz que acudan pronto: voy a ofrecer
a los ojos de esta joven pareja
alguna muestra de mi magia. Se lo prometí
y ellos lo esperan.
ARIEL
¿Ahora mismo?
PRÓSPERO
En el acto.
ARIEL
Antes que digas «ven ya»,
respires, grites «quizás»,
en su danza, cada cual
con muecas acudirá.
Me quieres, amo, ¿verdad?
PRÓSPERO
Con el alma, primoroso Ariel.
No vengas hasta que te llame.
ARIEL
Entendido.

Sale.

PRÓSPERO
Cumple tu palabra. No des rienda suelta
a los retozos. El más firme juramento es paja
para el fuego de la carne. Refrénate,
que, si no, adiós a tu promesa.
FERNANDO
Os aseguro que la fría
nieve virginal que hay en mi pecho
entibia mi ardor.
PRÓSPERO
Bien. - Ven ya, mi Ariel. Trae espíritus de más
antes que pocos. ¡Muéstrate, pronto! –
¡Callen lenguas! ¡Miren ojos! ¡Silencio!

Música suave.
Entra IRIS.

IRIS
Ubérrima Ceres, tus campos de avena,
de trigo, centeno, cebada y arveja;
tus verdes montañas, donde ovejas pacen,
tus prados, que a ellas regalan forraje;
tus frescas riberas, de guardados bordes,
que el pluvioso abril adorna a tu orden,
para que las ninfas se trencen coronas;
y tus sotos, que al amante ofrecen sombra
cuando es rechazado; tus podadas viñas,
y tus costas, tan rocosas y baldías,
en las que te oreas; todo esto deja.
Te lo manda Juno, de quien mensajera
y arco iris soy. Con Su Majestad,
aquí, en la majada, en este lugar,
únete al festejo.

JUNO aparece en el aire.

Sus pavones vuelan.
Acércate, Ceres; disponte a acogerla.

Entra CERES [representada por ARIEL].

CERES
Salud a ti, emisaria de colores,
que obedeces siempre a la esposa de Jove;
que en mis flores dejas, con doradas alas,
tus gotas de miel y tu lluvia mansa;
que coronas con cada extremo del arco
mis tierras boscosas y mis cerros áridos
cual regio cendal. ¿Por qué tu Señora
sobre este suave césped me convoca?
IRIS
Para que festejes un pacto de amor
y les hagas generosa donación
a los amantes.
CERES
Celeste arco, dime:
¿Sabes si aún Venus o Cupido sirven
a tu excelsa reina? Desde que su intriga
hizo que Plutón raptase a mi hija,
yo siempre he evitado su vil sociedad
y a su ciego hijo.
IRIS
Pues no sufrirás
por su compañía. Yo vi a esa deidad
y con ella al hijo en carro de palomas
volar hacia Pafos. Tramaban ahora
un ardiente hechizo contra estos amantes,
que el lecho amoroso no han de gozar antes
que brille Himeneo. Mas todo fue en vano:
la sensual amada de Marte ha tornado,
su vehemente hijo sus flechas ya rompe,
pues ahora jugará con gorriones
y sólo será un niño.

[Desciende JUNO.]


CERES
Se acerca ya
la gran reina Juno; conozco su andar.
JUNO
¿Cómo está mi generosa hermana? Ven,
bendigamos la pareja, para que,
prósperos, los honre su progenie.

Cantan.

¡Honra, bienes, bendición,
larga vida, sucesión,
nunca dicha os abandone!
Juno os canta bendiciones.
[CERES]
Pingües frutos y cosechas
y las trojes siempre llenas,
vides de racimos densos,
plantas curvadas del peso.
¡Que os llegue la primavera
al final de la cosecha!
La escasez os rehuirá,
Ceres os bendecirá.
FERNANDO
Una visión majestuosa
y de armonioso hechizo. ¿Debo pensar
que estoy ante espíritus?
PRÓSPERO
Espíritus, que con mi arte
saqué de su morada para representar
mi fantasía.
FERNANDO
Dejad que por siempre viva aquí.
Un padre tan prodigioso y tal esposa
hacen del lugar un paraíso.

JUNO y CERES musitan, y mandan a IRIS a un recado.

PRÓSPERO
Silencio, amigo. Juno y Ceres
musitan muy serias. Se ve que falta
alguna cosa. No hables ahora, que, si no,
se deshace el sortilegio.
IRIS
Náyades o ninfas de undosos arroyos,
diademas de juncos e inocentes ojos,
dejad el murmullo, acudid al prado.
Os convoca Juno; ella lo ha ordenado.
Venid, castas ninfas; celebremos todas
un pacto de amor. Venid sin demora.

Entran varias ninfas.

Curtidos segadores, hartos de agosto,
dejad ya las mieses y venid gozosos.
Haced fiesta; vuestros sombreros de paja
llevad, y a una ninfa en rústica danza
tomad por pareja.

Entran varios segadores conveniente¬mente vestidos. Se unen a las ninfas en graciosa danza, hacia cuyo fin PRÓSPERO de pronto se sobresalta y habla.

PRÓSPERO
Me olvidaba de la infame conjura
contra mi vida de la bestia Calibán
y sus confabulados. Ya se acerca
el momento de su intriga. - Muy bien, marchaos. Ya basta.

Con un ruido extraño, sordo y confuso [los espíritus] desaparecen apenados.

FERNANDO
Es extraño. A tu padre le conturba
el ánimo alguna emoción.
MIRANDA
Nunca le había visto tan airado y descompuesto.
PRÓSPERO
Te veo preocupado, hijo mío,
y como abatido. Recobra el ánimo.
Nuestra fiesta ha terminado. Los actores,
como ya te dije, eran espíritus
y se han disuelto en aire, en aire leve,
y, cual la obra sin cimientos de esta fantasía,
las torres con sus nubes, los regios palacios,
los templos solemnes, el inmenso mundo
y cuantos lo hereden, todo se disipará
e, igual que se ha esfumado mi etérea función,
no quedará ni polvo. Somos de la misma
sustancia que los sueños, y nuestra breve vida
culmina en un dormir. Estoy turbado.
Disculpa mi flaqueza; mi mente está agitada.
No te inquiete mi dolencia. Si gustas,
retírate a mi celda y reposa.
Pasearé un momento por calmar mi ánimo excitado.
FERNANDO y MIRANDA
Os deseamos paz.

Salen.

PRÓSPERO
¡Ven al instante! Gracias, Ariel. Ven.

Entra ARIEL.

ARIEL
Me debo a tus pensamientos. ¿Qué deseas?
PRÓSPERO
Espíritu, hay que enfrentarse a Calibán.
ARIEL
Sí, mi señor. Cuando hacía de Ceres
pensé decírtelo, pero temí
que te enojases.
PRÓSPERO
Repíteme dónde dejaste a esos granujas.
ARIEL
Te dije que estaban inflamados de beber,
tan envalentonados que herían el aire
por soplarles en la cara, y el suelo
por tocarles los pies, aunque siempre
persistiendo en su objetivo. Toqué mi tamboril,
y ellos, cual potrillos, aguzaron las orejas,
abrieron los párpados y alzaron la nariz
como si olieran música. Les embrujé el oído,
y ellos, cual terneros, siguieron mi mugir
por zarzas, espinos y aliagas pinchosas
que se clavaban en sus tiernos tobillos.
Los dejé en la inmunda charca, tras tu celda,
bailando con el agua hasta el mentón
y la poza, más hedionda que sus pies.
PRÓSPERO
Buen trabajo, pajarillo. Continúa invisible.
Trae de mi casa la ropa de gala;
será un buen señuelo para estos ladrones.
ARIEL
Voy, voy.

Sale.

PRÓSPERO
Un diablo, un diablo nato, cuya naturaleza
no admite educación, y en quien el esfuerzo
que me tomé humanamente fue inútil, estéril.
Cual su cuerpo se afea con los años,
su alma se corrompe. Los voy a atormentar
hasta que aúllen.

Entra ARIEL cargado de ropa vistosa, etc.

Ven, cuélgalos en este tilo.

Entran CALIBÁN, ESTEBAN y TRÍNCULO, todos mojados.

CALIBÁN
No hagáis ruido al andar, que ni el topo
oiga un paso. Estamos cerca de su celda.
ESTEBAN
Monstruo, ese duende, al que crees inofensivo, no ha hecho más que tomarnos el pelo.
TRÍNCULO
Monstruo, apesto a orín de caballo, y se me irritan las narices.
ESTEBAN
Y a mí. Óyeme, monstruo. Como te coja antipatía...
TRíNCULO
Serás monstruo muerto.
CALIBÁN
Buen señor, no me retires tu gracia.
Ten paciencia, que el premio que voy a darte
borrará este contratiempo; así que habla bajo:
todo está más tranquilo que la noche.
TRÍNCULO
¡Sí, pero perder las botellas en la charca...!
ESTEBAN
No es sólo vergüenza y deshonor, monstruo, sino una inmensa pérdida.
TRÍNCULO
Para mí es peor que mojarme. ¡Monstruo, fue tu duende inofensivo!
ESTEBAN
Yo voy a recobrar la botella, aunque me ahogue bus¬cándola.
CALIBÁN
Cálmate, mi rey, te lo ruego. Mira:
es la boca de la celda. No hagas ruido, y adentro.
Comete el buen crimen que ha de darte
esta isla para siempre, y yo, tu Calibán,
seré tu eterno lamepiés.
ESTEBAN
Dame la mano. Me vienen pensamientos sanguinarios.
TRÍNCULO
¡Ah, rey Esteban! ¡Ah, señor! ¡Ah, gran Esteban!
¡Mira el guardarropa que tienes aquí!
CALIBÁN
Deja eso, tonto, que es desecho.
TRÍNCULO
Oye, monstruo: sabemos lo que va al trapero. ¡Ah, rey Esteban!
ESTEBAN
¡Quítate esa capa, Trínculo! ¡Te juro que esa capa será mía!
TRíNCULO
Sea de Tu Majestad.
CALIBÁN
¡Malhaya este necio! ¿Cómo os dejáis
embobar con tal estorbo? Dejad eso,
que primero hay que matarle. Como despierte,
nos dará tantos pellizcos de pies a cabeza
que nos va a dejar buenos.
ESTEBAN
Tú calla, monstruo. Señor tilo, ¿no es mío este jubón? El jubón ya está bajo el Ecuador. Ahora, jubón, perde¬rás la pelusa y te quedarás calvo.
TRÍNCULO
Eso, que, con la venia, nosotros robamos por lo bajo.
ESTEBAN
Gracias por el chiste. En premio, toma esta ropa. Mien¬tras yo sea el rey de este país, el ingenio no quedará sin recompensa. Eso de «robar por lo bajo» es un buen golpe de ingenio. En premio, toma más ropa.
TRíNCULO
Anda, monstruo. Ponte liga en los dedos y arrambla con lo demás.
CALIBÁN
No quiero nada. Perderemos la ocasión,
y él nos convertirá en barnaclas
o en monos de frente innoble.
ESTEBAN
Monstruo, tú a trabajar. Ayuda a llevar esto donde guardo el barril, o te expulso de mi reino. Vamos, lleva esto.
TRÍNCULO
Y esto.
ESTEBAN
Sí, y esto.

Se oye ruido de cazadores. Entran varios espiritus en forma de perros, y los persi¬guen, azuzados por PRÓSPERO y ARIEL.

PRÓSPERO
¡Hala, hala, Titán!
ARIEL
¡Plata! ¡Por ahí, Plata!
PRÓSPERO
¡Furia, Furia! ¡Ahí, Sultán, ahí! ¡Hala, hala!

[CALIBÁN, ESTEBAN y TRíNCULO salen perseguidos.]

Haz que los duendes les muelan los huesos
con fuertes convulsiones, contraigan sus músculos
con lentos espasmos y, de tanto pellizcarles,
los dejen con más manchas que un leopardo.
ARIEL
Oye cómo aúllan.
PRÓSPERO
Que los persigan sin tregua. En este momento
todos mis enemigos están a mi merced.
Pronto acabarán mis trabajos, y tú
podrás gozar del aire en libertad.
Entre tanto, ven y sírveme.

Salen.

V.i Entran PRÓSPERO, vestido de mago, y ARIEL.

PRÓSPERO
Mi plan ya se acerca a su culminación.
Mis hechizos no fallan, obedecen mis espíritus
y el tiempo avanza derecho con su carga. ¿Qué hora es?
ARIEL
Las seis; la hora, señor, en que dijiste
que cesaría nuestra labor.
PRÓSPERO
Eso dije cuando desaté la tempestad.
Dime, espíritu, ¿cómo están el rey y su séquito?
ARIEL
Agrupados del modo que ordenaras,
tal como los dejaste; todos prisioneros
en el bosque de tilos que resguarda tu celda.
No pueden moverse mientras no los liberes.
El rey, su hermano, el tuyo, los tres
están trastornados, y los demás les lloran
desbordantes de pena y desánimo, sobre todo
el que llamabas «el buen anciano Gonzalo»:
por su barba corren lágrimas cual lluvia
sobre un techo de paja. Tan hechizados están
que, si los vieras, te sentirías conmovido.
PRÓSPERO
¿Eso crees, espíritu?
ARIEL
Así me sentiría si fuese humano.
PRÓSPERO
Y yo he de conmoverme. Si tú,
que no eres más que aire, has sentido
su dolor, yo, uno de su especie, que siento
el sufrimiento tan fuerte como ellos,
¿no voy a conmoverme más que tú?
Aunque sus agravios me hirieron en lo vivo,
me enfrento a mi furia y me pongo del lado
de la noble razón. La grandeza está en la virtud,
no en la venganza. Si se han arrepentido,
la senda de mi plan no ha de seguir
con la ira. Libéralos, Ariel.
Desharé el hechizo, les restituiré el sentido
y volverán a ser ellos.
ARIEL
Voy a traerlos, señor.

Sale.

PRÓSPERO
¡Elfos de los montes, arroyos, lagos y boscajes
y los que en las playas perseguís sin huella
al refluyente Neptuno y le huís
cuando retorna! ¡Hadas que, ala luna,
en la hierba formáis círculos, tan agrios
que la oveja no los come! ¡Genios, que gozáis
haciendo brotar setas en la noche y os complace
oír el toque de queda, con cuyo auxilio,
aunque débiles seáis, he nublado
el sol de mediodía, desatado fieros vientos
y encendido feroz guerra entre el verde mar
y la bóveda azul! Al retumbante trueno
le he dado llama y con su propio rayo he partido
el roble de Júpiter. He hecho estremecerse
el firme promontorio y arrancado de raíz
el pino y el cedro. Con mi poderoso arte
las tumbas, despertando a sus durmientes,
se abrieron y los arrojaron. Pero aquí abjuro
de mi áspera magia y cuando haya, como ahora,
invocado una música divina
que, cumpliendo mi deseo, como un aire
hechice sus sentidos, romperé mi vara,
la hundiré a muchos pies bajo la tierra
y allí donde jamás bajó la sonda
yo ahogaré mi libro.

Música solemne.
Entra ARIEL. Le siguen ALONSO, con gesto demente, acompañado de GON¬ZALO, y SEBASTIÁN y ANTONIO, de igual modo, acompañados de ADRIÁN y FRAN¬CISCO. Entran todos ellos en el círculo que ha trazado PRÓSPERO y en él quedan he¬chizados. PRÓSPERO lo observa y habla.

Que la música solemne, el mejor alivio
para una mente alterada, te cure el cerebro
que ahora, inútil, te hierve en el cráneo. –
Quedaos ahí: os retiene un sortilegio. –
Bondadoso Gonzalo, hombre digno,
mis ojos, dolidos de ver los tuyos,
comparten tu llanto. Ya el hechizo se deshace
y, así como el alba se insinúa en la noche
y desvanece la tiniebla, así, al despertar,
los sentidos dispersan la ignorancia
que nubla su razón. ¡Ah, buen Gonzalo,
mi salvador y caballero fiel
de tu señor! Te pagaré tu bondad
con palabras y con hechos. - Alonso,
cruel trato nos diste a mi hija y a mí
con tu hermano como cómplice. - Sebastián,
ahora padeces por ello. - A ti, mi hermano,
mi carne y mi sangre, que, ciego de ambición,
desechaste compasión y sentimientos
y con Sebastián (cuyo pesar es ahora tan fuerte)
habrías matado al rey, yo te perdono,
aunque seas inhumano. - Su entendimiento
ya empieza a crecer, y la inminente marea
cubrirá la orilla de su juicio,
ahora fangosa e inmunda. Todavía
ninguno me ve ni me conoce. Ariel, tráeme
el sombrero y la espada de mi celda.

[Sale ARIEL y vuelve de inmediato.]

Me quitaré el manto y me mostraré
como el Duque de Milán que fui. Pronto, espíritu,
que enseguida serás libre.

ARIEL canta y le ayuda a vestirse.

[ARIEL]
Cual abeja libo yo.
Acostado en una flor
oigo del búho la voz,
y en murciélago veloz
vuelo buscando el calor.
Ahora yo, alegre, contento, a placer,
bajo el árbol en flor viviré.
PRÓSPERO
¡Primoroso Ariel! Te echaré de menos,
aunque te daré libertad. Muy bien, así.
Ve, invisible como ahora, al navío del rey.
Verás a los marineros dormidos
bajo cubierta. En cuanto despierten
el capitán y el contramaestre, tráelos aquí;
y deprisa, te lo ruego.
ARIEL
Me bebo el aire y retorno
antes que el pulso te lata dos veces.

Sale.

GONZALO
Aquí habitan tormento, aflicción, asombro
y espanto. ¡Que un poder divino nos saque
de este terrible país!
PRÓSPERO
Mirad, rey, a Próspero, el agraviado
Duque de Milán. Para probar que es un príncipe
vivo quien os habla, dejad que os abrace
y dé mi bienvenida cordial
a vos y a vuestro séquito.
ALONSO
Si sois o no Próspero, o me engaña
como antes algún efecto mágico,
no sé. El pulso os late como a un hombre
y, desde que os he visto, se ha curado
el trastorno mental que me aquejaba.
Si es real, encierra alguna historia prodigiosa.
Os restituyo el ducado y os suplico
que perdonéis mi ofensa. Mas, ¿cómo es
que Próspero está vivo y vive aquí?
PRÓSPERO [a GONZALO]
Primero, noble amigo, permitidme
abrazar vuestra vejez, cuya honra
es inmensa e infinita.
GONZALO
Si esto es real o no lo es,
no podría jurarlo.
PRÓSPERO
Aún os queda el gusto a algunas
exquisiteces de la isla, que os impiden
creer en lo real. ¡Amigos, bienvenidos todos!
[Aparte a SEBASTIÁN y ANTONIO] En cuanto a vosotros,
mi noble pareja, si quisiera, haría caer
la ira del rey contra los dos al demostrar
vuestra perfidia. Mas ahora no voy a acusaros.
SEBASTIÁN [aparte]
El diablo habla por él.
PRÓSPERO
[aparte a SEBASTIÁN] ¡No!
[A ANTONIO] A ti, ser perverso, a quien llamar hermano
infectaría mi lengua, te perdono
tu peor maldad, todas ellas, y te exijo
mi ducado, que por fuerza
habrás de devolverme.
ALONSO
Si sois Próspero,
contadnos cómo os salvasteis, cómo
nos habéis hallado a los que hace tres horas
naufragamos junto a estas riberas, donde
yo he perdido (¡doloroso recuerdo!)
a mi querido hijo Fernando.
PRÓSPERO
Me apena oírlo, señor.
ALONSO
La pérdida es irreparable, y la paciencia
no puede remediarlo.
PRÓSPERO
Sospecho que no habéis buscado su ayuda.
De su dulce bondad yo he recibido
auxilio supremo en semejante pérdida,
y estoy consolado.
ALONSO
¿Vos una pérdida semejante?
PRÓSPERO
Tan grande y tan reciente. Y para soportar
mi triste pérdida, mis medios son más débiles
que vuestro posible consuelo, pues yo
he perdido a mi hija.
ALONSO
¿Una hija? Ojalá viviesen
en Nápoles los dos como rey y reina.
Si así fuese, contento yacería
en el fondo cenagoso en que reposa
mi hijo. ¿Cuándo perdisteis a vuestra hija?
PRÓSPERO
En la reciente tempestad. Veo que a estos señores
les asombra tanto nuestro encuentro
que les sorbe la razón, y apenas creen
la verdad de sus ojos o el sonido
de las voces. Mas por muy turbados
que tengan los sentidos, no dudéis
que soy Próspero, aquel duque
expulsado de Milán que, tras llegar
de milagro a esta isla en que habéis naufragado,
se convirtió en su señor. Pero ya basta,
pues es relato para un día y otro día,
y no para un desayuno, ni conviene
a un primer encuentro. Señor, bienvenido.
Esta celda es mi palacio. Sirvientes tengo pocos;
súbditos, ninguno. Os lo ruego, mirad dentro.
Pues me habéis devuelto mi ducado,
yo os pagaré con algo igual de bueno,
u os mostraré al menos un prodigio
que, cual a mí el ducado, os regocije.

PRÓSPERO muestra a FERNANDO y MI¬RANDA jugando al ajedrez.

MIRANDA
Mi señor, me haces trampa.
FERNANDO
No, mi amor, no lo haría ni por todo el mundo.
MIRANDA
Sí, y lo harías por ganar veinte reinos,
mas yo lo llamaría juego limpio.
ALONSO
Si esto es otra ilusión de la isla,
a un hijo amado perderé dos veces.
SEBASTIÁN
¡Excelso milagro!
FERNANDO
Aunque los mares amenacen, son clementes.
Los maldije sin motivo.
ALONSO
¡Vayan contigo todas las bendiciones
de un padre feliz! Levántate y dime
cómo has llegado hasta aquí.
MIRANDA
¡Oh, maravilla!
¡Cuántos seres admirables hay aquí!
¡Qué bella humanidad! ¡Ah, gran mundo nuevo
que tiene tales gentes!
PRÓSPERO
Es nuevo para ti.
ALONSO
¿Quién es la muchacha con quien jugabas?
Ni tres horas hará que la conoces.
¿Es la diosa que nos ha separado
y ahora nos reúne?
FERNANDO
Señor, es mortal,
pero, por voluntad divina, es mía.
La elegí cuando no podía pedirle consejo
a mi padre, ni ya creía tenerlo.
Es la hija de este príncipe, el Duque de Milán,
de quien tanto sabía por su fama,
mas nunca había visto, y que me ha dado
una segunda vida. Ahora esta dama
le convierte en mi segundo padre.
ALONSO
Y a mí de ella. ¡Qué extraño ha de sonar
que le pida perdón a mi hija!
PRÓSPERO
Ya basta, señor.
No carguemos ya más nuestro recuerdo
con un dolor pasado.
GONZALO
Yo he llorado por dentro,
que, si no, habría hablado. Mirad, dioses,
y coronad de dicha a esta pareja,
pues vosotros trazasteis el camino
que nos ha traído aquí.
ALONSO
Así sea, Gonzalo.
GONZALO
¿El duque fue expulsado de Milán para que
sus descendientes reinasen en Nápoles?
¡Ah, alegraos sobremanera y con letras
de oro inscribid esto en columnas inmortales!:
«En un viaje, Claribel halló marido en Túnez
y Fernando, su hermano, halló esposa
donde estaba perdido; Próspero, su ducado
en una pobre isla, y todos a nosotros mismos
cuando nadie era dueño de sí.»
ALONSO [a FERNANDO y MIRANDA]
Dadme las manos.
¡Que un dolor se apodere del alma
que no os desee dicha!
GONZALO
Así sea.

Entra ARIEL, con el CAPITÁN y el Col TRAMAESTRE siguiéndole asombrados.

¡Ah, mirad, señor, mirad! ¡Más de los nuestros!
Profeticé que si en tierra había un patíbulo
éste no se ahogaría. - Tú, que blasfemando
echabas por la borda la gracia divina,
¿no juras en tierra? ¿Estás mudo? ¿Traes noticias?
CONTRAMAESTRE
La mejor es haber hallado a salvo
al rey y a su séquito; después, que nuestra nave,
que hace tres horas creíamos deshecha,
está entera, a punto, y tan bien aparejada
como cuando zarpamos.
ARIEL [aparte a PRÓSPERO]
Señor, he hecho todo esto desde que te dejé.
PRÓSPERO [aparte a ARIEL]
¡Mi vivo espíritu!
ALONSO
Estos hechos no son naturales, y todo es
cada vez más prodigioso. Dime, ¿cómo has venido?
CONTRAMAESTRE
Señor, si creyera estar bien despierto,
intentaría contarlo. Dormíamos como muertos
y, no sé cómo, metidos bajo cubierta,
donde ahora mismo nos despiertan extraños
rugidos, gritos, alaridos, traqueteo
de cadenas y gran variedad de ruidos,
todos espantosos. Libres al momento
y del todo indemnes, vemos que está intacto
nuestro regio y hermoso navío, y el capitán
salta de alegría. Y creedme, al instante,
como en un sueño, nos separan de los otros
y nos traen aquí aturdidos.
ARIEL [aparte a PRÓSPERO]
¿Lo hice bien?
PRÓSPERO [aparte a ARIEL]
De maravilla, diligente. Serás libre.
ALONSO
¿Quién ha entrado en laberinto semejante?
Todo esto lo ha guiado algo más
que la naturaleza. Algún oráculo
nos dará una recta explicación.
PRÓSPERO
Majestad, no turbéis
vuestro ánimo insistiendo en lo extraño
de este asunto. Escogeremos el momento,
que será pronto, y a solas os explicaré,
con todo fundamento, cada uno
de los sucesos acaecidos. Mientras,
alegraos y pensad bien de todos ellos. –
[Aparte a ARIEL] Ven, espíritu. Libera a Calibán
y sus compinches. Deshaz el hechizo.

Sale ARIEL.

¿Estáis bien, señor? Aún quedan
de los vuestros algunos tipos raros
que no recordáis.

Entra ARIEL, empujando a CALIBÁN, ES¬TEBAN y TRíNCULO, vestidos con las pren¬das robadas.

ESTEBAN
Cada cual por los demás y nadie a lo suyo, que todo es la suerte. ¡Coraggio, buen monstruo, coraggio!
TRÍNCULO
Si mis faros no me engañan, lo que veo es estupendo.
CALIBÁN
¡Ah, Setebos! ¡Qué hermosos espíritus!
¡Y cómo viste mi amo! Me temo
que va a castigarme.
SEBASTIÁN
¡Ja, ja! ¿Quiénes son éstos, Antonio?
¿Se compran con dinero?
ANTONIO
Seguramente. Uno de ellos
es bien raro y, sin duda, muy vendible.
PRÓSPERO
Señores, ved la librea de estos hombres
y decid si son honrados. Y este contrahecho
tenía por madre a una bruja poderosa
que dominaba la luna, causaba el flujo
y el reflujo, y la excedía en poderío.
Los tres me han robado, y este semidiablo,
pues es bastardo, tramó con ellos
quitarme la vida. A estos dos los conocéis,
pues son vuestros; este ser de tiniebla es mío.
CALIBÁN
Me pellizcarán hasta la muerte.
ALONSO
¿Éste no es Esteban, el despensero borracho?
SEBASTIÁN
Borracho sí está. ¿De dónde sacó el vino?
ALONSO
Y Trínculo está para dar vueltas.
¿Dónde habrán hallado el elixir que los transmuta? –
¿Tú cómo te has metido en este enjuague?
TRÍNCULO
Tanto me he enjuagado desde la última vez que os vi que me he empapado hasta los huesos. En esta sal muera estaré bien conservado.
SEBASTIÁN
¿Cómo estás, Esteban?
ESTEBAN
No me toquéis. No soy Esteban; soy un calambre.
PRÓSPERO
¿Y tú querías ser el rey de la isla?
ESTEBAN
Habría sido un dolor de rey.
ALONSO [indicando a CALIBÁN]
Es el ser más extraño que he visto.
PRÓSPERO
Y tan deforme en su conducta
como lo es en su figura. - Tú, vete a mi celda
y llévate a tus compinches. Si esperas
mi perdón, déjala bien arreglada.
CALIBÁN
Sí, lo haré. Y seré más sensato,
y pediré clemencia. - ¡Si fui tonto de remate
al tomar a este borracho por un dios
y adorar a este payaso!
PRÓSPERO
¡Vamos, en marcha!
ALONSO
¡Fuera, y dejad esos trapos donde los encontrasteis!
SEBASTIÁN
O más bien robasteis.

[Salen CALIBÁN, ESTEBAN y TRÍNCULO.]

PRÓSPERO
Señor, os invito a vos y a vuestro séquito
a mi celda, donde descansaréis
por esta noche, parte de la cual emplearé
en contaros lo que creo que la hará
pasar muy pronto: la historia de mi vida
y los distintos sucesos que acaecieron
desde que llegué a esta isla. Por la mañana
os llevaré a vuestro navío, y después,
a Nápoles, donde espero ver celebradas
las bodas de nuestros amados hijos;
de allí pienso retirarme a Milán, donde
una de cada tres veces pensaré en mi tumba.
ALONSO
Anhelo oír vuestro relato; sin duda
sonará asombroso.
PRÓSPERO
Os lo contaré todo,
y os prometo mar en calma, vientos propicios
y tan pronta travesía que alcanzaremos
a la escuadra real, ahora distante. -
Mi Ariel del alma, encárgate: Después,
sé libre en el aire y adiós. - Dignaos entrar.

Salen todos [menos PRÓSPERO].

EPÍLOGO

PRÓSPERO
Ahora magia no me queda
y sólo tengo mis fuerzas,
que son pocas. Si os complace,
retenedme aquí, o dejadme
ir a Nápoles. Con todo,
si ya el ducado recobro
tras perdonar al traidor,
no quede hechizado yo
en la isla, y de este encanto
libradme con vuestro aplauso.
Vuestro aliento hinche mis velas
o fracasará mi idea,
que fue agradar. Sin dominio
sobre espíritus o hechizos,
me vencerá el desaliento
si no me alivia algún rezo
tan sentido que emocione
al cielo y excuse errores.
Igual que por pecar rogáis clemencia,
libéreme también vuestra indulgencia.

Sale.