sábado, agosto 05, 2006

"NUESTROS HIJOS"de FLORENCIO SÁNCHEZ

NUESTROS HIJOS
FLORENCIO SÁNCHEZ






COMEDIA EN TRES ACTOS


Acto primero
En el hall del palacete del señor Díaz

Escena I
SEÑORA DÍAZ y CRIADA

SRA. DE DÍAZ. -(En traje de calle.) Juana. Avise
a la niña que van a dar las nueve. Que se apure.
CRIADA. -Está bien. (Suena un timbre.)
SRA. DE DÍAZ. -¿El señor se ha levantado?
CRIADA. -No sé, señora.
SRA. DE DÍAZ. -Toda la mañana ha estado sonando la campanilla. ¿Por qué no ha subido
Manuel? ¿No está en casa?
CRIADA. -No sé, señora.
SRA. DE DÍAZ. -Vaya a buscarlo en seguida.
¡Ah! Bájeme los guantes que están sobre la mesita del tualé.
CRIADA. -Señora; no puedo hacer tanta cosa a la vez.
SRA. DE DÍAZ. -Lo que no debe hacer usted es contestar.
CRIADA. -(Mutis.)
SRA. DE DÍAZ. -(Se vuelve hacia un espejo y corrige la posición de su sombrero.)

Escena II
SEÑORA y SEÑOR DÍAZ

SR. DÍAZ. -(Que ha descendido tambaleante la escalera.) ¡Jorgelina!
SRA. DE DÍAZ. -(Con un movimiento nervioso.) ¡Jesús! ¡Me has asustado!
SR. DÍAZ. -Dime: ¿has dado orden a los criados de que no me atiendan?
SRA. DE DÍAZ. -¿Cómo puedes pensar semejante cosa, Eduardo? Precisamente acabo de observarle a Juana que...
SR. DÍAZ. -Hace muchos días que no me sirven como es debido. Tengo que llamar media hora para que acudan; me suben los periódicos cuando se les antoja, y ponen mal gesto o rezongan si algo les observo. Todo esto no está en razón puesto que los trato bien.
SRA. DE DÍAZ. -Pero encuentras razonable atribuirme las faltas de los criados.
SR. DÍAZ. -Pienso que sería más lógica en ustedes que en ellos esa hostilidad.
SRA. DE DÍAZ. -¡Oh! Sería curioso que empezara a atacarte ahora la manía de las persecuciones.
SR. DÍAZ. -Mecha ya no sube a ayudarme.
SRA. DE DÍAZ. -Bien sabes que está enferma.
SR. DÍAZ. -He notado además que se están tomando demasiado interés por mí y por mis asuntos Eso me perturba. Desearía no tener que repetir estas observaciones. Si molesto, me voy. No quiero ser molestado.
SRA. DE DÍAZ. -En verdad, sería preferible una separación definitiva, a este divorcio deprimente en que vivimos.
SR. DÍAZ. -¿Lo desean ya?
SRA. DE DÍAZ. -No, Eduardo: no lo deseamos. Lo que queremos es que vuelvas a la vida de antes, a ocupar tu lugar en el seno de los tuyos y en la consideración de las gentes. ¡Esto no debe continuar así!
SR. DÍAZ. -¿Sabes si ha llegado la correspondencia de Europa?
SRA. DE DÍAZ. -No sé. No, no te vayas. Escúchame.
SR. DÍAZ. -Tú debes salir, yo tengo que hacer. Nos distraeríamos.
SRA. DE DÍAZ. -No. Atiende. ¡Te exijo que me atiendas!
SR. DÍAZ. -Te advierto que no me negaba por descortesía, sino por sentido práctico. Salvo que tengas algo que comunicarme.
SRA. DE DÍAZ. -No te robaré mucho tiempo. Respóndeme categóricamente. ¿Tienes algún agravio conmigo?
SR. DÍAZ. -No. ¿Por qué me haces esa pregunta?
SRA. DE DÍAZ. -Porque cada vez me resulta más inexplicable tu conducta.
SR. DÍAZ. -Creo haberla explicado satisfactoriamente.
SRA. DE DÍAZ. -Pero no la justificas. Eres demasiado normal, demasiado equilibrado para convencer a nadie de tu extraña misantropía.
SR. DÍAZ. -¿Misántropo, yo?
SRA. DE DÍAZ. -¿Quieres que nos entendamos? Esta vida nuestra se hace cada vez más dolorosa. Hace un momento te quejabas de los criados. ¿Cómo te han de respetar si ven que has abdicado tu autoridad; sí para ellos no eres más que un pobre ente sin voluntad a quien su familia ha relegado al último piso de la casa por sabe Dios qué lacras morales?
SR. DÍAZ. - ¡Oh!
SRA. DE DÍAZ. -¡Eso! Un pobre diablo a quien no toman en cuenta quizá por creer que nos halagan, que eso entra en sus obligaciones. No eres mucho más para nuestras relaciones. Un extravagante cuando no un monomaniático lastimoso.
SR. DÍAZ. -Me interesa igualmente poco lo que puedan pensar unos y otros: criados y amigos.
SRA. DE DÍAZ. -¿Y nosotros? ¿Y nuestra situación?
SR. DÍAZ. -Bien han podido habituarse en cuatro años. En menos tiempo llegamos hasta aburrirnos de tener un enfermo crónico en la familia.
SRA. DE DÍAZ. -¡Oh! Eso es una crueldad injusta.
SR. DÍAZ. -Es una vulgar constatación. Por lo demás aquí no se trata de un enfermo ni cosa que se le parezca, sino de un sujeto que no tiene necesidad de abrevar en la fuente común para hallar un poco de dicha y que nada hace ni hará en perjuicio de la dicha ajena. El caso no puede ser mas sencillo. Con partir de ese concepto y con preocuparse menos de lo que piensen y digan las gentes, nos ahorraríamos inquietudes y prevenciones. Tranquilícense, pues. Y tú déjate de cavilaciones. Nada me has hecho, nadie me ha hecho nada. Déjenme en la paz de mi mansarda con mis diarios y mis papelotes y no se empeñen en torcer una resolución que es irrevocable, y mucho menos en hostilizarla.
SRA. DE DÍAZ. -No sé por qué, cuando más te esfuerzas en justificar tu actitud, más enigmática me resulta. Por última vez, Eduardo, ¿debo pensar que somos ajenos a ella?... ¿Que soy ajena a ella?
SR. DÍAZ. -Debes pensarlo.
SRA. DE DÍAZ. -¿Y por qué me has abandonado?
SR. DÍAZ -Vuelta a subir la montaña con el peñasco a espaldas. ¿Para qué me lo haces caer?
SRA. DE DÍAZ. -Has podido dedicar a tu obra la atención necesaria sin necesidad de renunciar a la vida en común.
SR. DÍAZ. -No; la convivencia me exigiría una participación activa en el tráfico social. He empezado demasiado tarde la obra para derrochar tiempo en trivialidades.
SRA. DE DÍAZ. -No todo es tráfico social en la convivencia afectiva.
SR. DÍAZ. -Naturalmente, pero lo demás no les falta.
SRA. DE DÍAZ. -¡Oh! ¡Eduardo, Eduardo!... (Se detiene mirándolo fijamente. El señor Díaz distrae su mirada en cualquier sentido y luego se pone de pie encaminándose a la escalera.)
SRA. DE DÍAZ. -(Con cierta vehemencia.) ¡No te vayas! ¡No me hagas eso! ¡Ven acá! Díme: si es verdad que nada tienes que reprocharme, ¿por qué me has repudiado? ¿Por qué me repudias?
SR. DÍAZ. -¡Otra vez con el peñasco a cuestas! ¿Hasta cuándo he de decirte que considero terminada mi misión en este hogar?
SRA. DE DÍAZ. -Te equivocas. No ha terminado. Quizá nuestros hijos necesiten ya tus caricias. Pero yo sí. Ellos van a formar nuevos jardines, nosotros quedamos para cultivar nuestros viejos rosales ¿Por qué hemos de dejarlos secar antes de tiempo? (Con mucha ternura, apoyándosele en el hombro.) ¡Devuélveme tu ternura, Eduardo! Me hace falta, nos hace falta a los dos un poco de realidad afectiva.
SR. DÍAZ. -(Se aparta suavemente de sus brazos y detiene un instante la vista en el sombrero.)
SRA. DE DÍAZ -¿Qué pasa? ¿Qué tengo en el sombrero?
SR. DÍAZ. -(Sonriendo.) Nada, nada.
SRA. DE DÍAZ. -Pero...
SR. DÍAZ. -No te inquietes Una reminiscencia. Un relámpago mental.
SRA. DE DÍAZ. -(Va al espejo y se mira.)
SR. DÍAZ -(Se aleja escaleras arriba.)
SRA. DE DÍAZ. -(Al volverse, con un gesto de desilusión.) ¡Oh, Eduardo! ¡Esto no tiene nombre!...

Escena III
SEÑOR DÍAZ y MECHA

MECHA. -(Al cruzarse con Díaz en la escalera.) Buen día, papá.
SR. DÍAZ. -Buenos días, rabonera. Tengo toda la correspondencia inglesa del «Amazón» por traducir. ¿Cuándo subes?
MECHA. - ¡Ah, papito! Cuando hagas poner el ascensor. Ya sabes que me fatiga subir tanta escalera.
SR. DÍAZ. -Si es por eso, hoy mismo llamo al ingeniero. (Mutis.)
MECHA. -(A su madre.) Ahí tienes tus guantes. ¿Qué te ha pasado?
SRA. DE DÍAZ. -Lo de siempre. ¡Tu padre!...
MECHA. -¿Para qué se meten con él? Ya saben cómo es. ¿Qué te ha hecho?
SRA. DE DÍAZ. -No tiene remedio ya.
MECHA. -Sé que ayer estuviste arriba revolviéndole los papeles. Si llega a descubrirlo vamos a tener un disgusto serio. (Se deja caer en la silla con un gesto de fatiga y empieza a ponerse los guantes.) ¡Uff! ¡Cuánto daría porque no vinieran a buscarme! Me siento mal hoy.
SRA. DE DÍAZ. -(Dándose los últimos retoques ante el espejo.) Lo que es yo no las espero. (Volviéndose a Mecha, casi desvanecida.) ¡Muchacha!... ¡Muchacha!... ¿Qué tienes?...
MECHA. -¡Nada!... ¡Ya pasa!... ¡Un vahído!... ¡Una cosa muy extraña!
SRA. DE DÍAZ. -¡Qué palidez!... ¡Y estás transpirando!...
MECHA. -No te preocupes. (Intenta ponerse de pie pero se dejar caer en la silla.) ¡Oh! ¡Yo no voy! (Sacándose el sombrero.) Toma, ponlo en cualquier parte. Misia Edelmira no se resentirá. Podría ir Laura en mi lugar... ¿no te parece? Avísale.
SRA. DE DÍAZ. -(Toca el timbre.) Pero hija, ¿cuándo te vas a resolver a consultar al médico? MECHA. -¡Para qué! No vale la pena, Un poco de debilidad, nada más.


Escena IV

CRIADA. -¿Señora?
SRA. DE DÍAZ. -¿La señorita Laura está en cama?
CRIADA. -No señora.
SRA. DE DÍAZ. -Llámela.
CRIADA. -Ahí llega. (Mutis.) mala noticia.
SRA. DE DÍAZ. -Te espera una mala noticia.
LAURA. -¿Cuál?
SRA. DE DÍAZ. -Mecha no se siente bien y quiere que vayas tú en la comisión.
LAURA. -¡Ay, ay, ay!... No me agarran. Es muy aburrida la infancia desvalida.
MECHA. -Vístete.
LAURA. -Y más fastidioso es eso.
MECHA. -Podría resentirse Edelmira si no fuera ninguna.
LAURA. -¿Qué te pasa? Progresa la anemia, ¿eh? No; ¡no te hagas ver! A nosotros nos hace falta estrenar el panteón de la Recoleta y usar luto por un tiempo. Está de moda; es muy chic el luto.
SRA. DE DÍAZ. -¡Cállate, tilinga!...
LAURA. -Bueno. Total que no hay colecta pro infancia desvalida. (Suena la bocina de un automóvil.) ¡Ellas! ¿Te das cuenta?... ché.
MECHA. -No seas mala. Andá a vestirte.
LAURA. -Trancemos. Las aguardo, y si veo que se empeñan en llevarme, acepto. ¿Te parece?


Escena V
(La señora de Díaz va al encuentro de las señoras de Álvarez y de González, que entran saludando muy afectuosamente.)

SRA. DE ÁLVAREZ. -Como de costumbre, en retardo. En el trayecto de casa hasta aquí hemos encontrado dos comisiones en plena actividad. ¿Estaba usted por salir, Jorgelina?
SRA. DE DÍAZ. -Sí. Al Pilar.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Es cierto que entierran a Etcheverry. ¡Qué golpe para la pobre Claudia!... Una muerte así, tan inesperada...
SRA. DE GONZÁLEZ.-Dicen que ha sido un suicidio.
SRA. DE DÍAZ. -Se habla mucho de eso pero yo no lo creo.
SRA. DE ÁLVAREZ. -(A Mecha.) Ponte el sombrero, hija, y nos vamos. Estás de mal semblante.
MECHA. -Me siento mal, señora. Estaba pronta ya para ir y...
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Supongo que no renunciarás?...
MECHA. -Si me lo permite, sí, señora.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Qué tontería, muchacha. No sabes lo que te pierdes.
LAURA. -(A la señora de González.) -¿Lita ha ido a Palermo hoy?
SRA. DE GONZÁLEZ. -No; salió en otra comisión con Maruja Pérez y la señora de Oliva.
SRA. DE DÍAZ. -Yo creo que debe perdonarla, Edelmira. Esta muchacha no está bien.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Y a quién vemos, a esta hora, para que nos acompañe?
MECHA. -Podría ir Laura.
LAURA. Haces mal en comprometer a Edelmira.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Oh! con mucho gusto... Es toda una idea. Vístete, muchacha.
LAURA. -¡No sería hacerles perder mucho tiempo?
SRA. DE ÁLVAREZ. -Eso dependerá de ti, en todo caso.
LAURA. -Bien. Ya estuvo. Diez minutos (Mutis.)

Escena VI

SRA. DE ÁLVAREZ. -Supongo que tu malestar no depende de algún disgustillo con Enrique.
MECHA. -¡Oh, no, señora!...
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Ah! ¡Ahora que recuerdo! Qué tonta eres, criatura. Seguro que te ha comunicado ya la noticia.
SRA. DE DÍAZ. -¿Hay alguna novedad?
SRA. DE ÁLVAREZ. -(A Mecha.) ¿Cómo? ¿No sabes nada? Pues... Anoche hemos recibido carta de Álvarez. Escribe comunicando que se va a Baden-Baden por consejo de los médicos a someterse a un tratamiento, y con ese motivo -no te vayas a desmayar, muchacha- pide que le mandemos a Enrique para que le haga compañía.
MECHA. -(Reprimiendo un movimiento de sorpresa.) ¡Oh! ¡Ya lo sabía!
SRA. DE ÁLVAREZ. -Te había escrito... ¿verdad?
MECHA. -Sí; sí señora... ¡Sí, señora!...
SRA. DE DÍAZ. -¿De modo que se va Enrique?
SRA. DE ÁLVAREZ. -Naturalmente. Pero será un viaje muy rápido; de tres meses a lo sumo. Enrique estará de regreso a tiempo para cumplir su compromiso. No hay motivo, pues, para afligirse tanto, muchacha.
MECHA. -No, señora. No me aflijo. ¡Una cosa tan natural!
SRA. DE ÁLVAREZ. -No hay para qué decir que Enrique anda bailando de gusto. Creo que hasta se ha ido a esperar que abrieran la agencia de vapores para elegir camarote.
MECHA. -(Irónica.) ¡Naturalmente!...
SRA. DE ÁLVAREZ. -Perdón. He sido tal vez indiscreta, pero es la pura verdad. Es preciso imaginarse lo que significa para estos muchachos la perspectiva de un paseíto por Europa.
SRA. DE DÍAZ. -Si viera usted las ganitas que tiene Alfredo de hacerlo. Creo que sí se recibe este año es debido a la promesa que le hemos hecho de mandarlo por unos meses a París.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Por otra parte, es una ventaja casarse con un hombre que haya estado en Europa.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Claro está. Adorna mucho.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Va al matrimonio con una curiosidad menos.

Escena VII

SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Oh! señor Díaz. Qué feliz casualidad.
SR. DÍAZ. -(Saludando.) ¡Cómo está usted, Edelmira! (A la de González) ¡Cómo está usted, señora!...
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos?
SR. DÍAZ. -¿Su esposo de usted está bien?
SRA. DE ÁLVAREZ. -No mucho, Anoche hemos recibido carta.
SR. DÍAZ. -¿Está en el campo?
SRA. DE ÁLVAREZ. -No, en Europa.
SR. DÍAZ. -Ah! ¿Y el señor González también está en Europa?
SRA. DE GONZÁLEZ. -No, aquí.
SR. DÍAZ. -Con el permiso de ustedes. Un instante. (Mutis.)

Escena VIII

SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Pobre Eduardo!... ¡Cómo está!... ¿Sigue con su manía?
SRA. DE DÍAZ. -Cada día peor. Metido allá arriba, se pasa semanas enteras sin que le veamos la cara.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Escribe mucho, ¿verdad?
SRA. DE DÍAZ. -Creo que no. Lee y lee siempre.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Diarios?
SRA. DE DÍAZ. -Exclusivamente. Recorta las crónicas policiales y las va pegando en unos grandes cuadernos, con no sé qué extrañas anotaciones.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Qué rareza! Todo eso para escribir un libro.
SRA. DE DÍAZ. -¡Figúrense! Tan luego él que nunca tuvo aficiones literarias.
SRA. DE ÁLVAREZ. -La neurastenia es una cosa terrible. Acaba con la gente más equilibrada. ¡Pobre Jorgelina! ¡La compadezco!...
SRA. DE DÍAZ. -¡Ay! ¡Déjeme!... No pueden ustedes imaginarse lo que nos contrista su estado. ¡Yo creo que lo hemos perdido para siempre!...
SRA. DE GONZÁLEZ. -Deberían ponerlo en tratamiento. No debe ser incurable. Dicen que en el sanatorio de Ramos Mexía se está muy bien. Hay muchos enfermos distinguidos.
SRA. DE DÍAZ. -¡Y quién lo recluiría!
SRA. DE ÁLVAREZ. -Sería muy fácil. Se le lleva engañado, y una vez allí...
MECHA. -¡Oh! Hagan el favor de no hablar así de papá. Bien podrían ahorrarse tanta conmiseración.
SRA. DE DÍAZ. -¡Mercedes!
MECHA. -(Exaltada.) No es tan lastimoso su estado. No está loco, ni enfermo, ni maniático. Es un buen hombre que se siente harto de nosotros; de tanta hipocresía, de tanta simulación, de tanta maldad. De toda la miseria moral de nuestra vida. Eso, eso es lo que tiene. ¡Nada más!
SRA. DE DÍAZ. -¿Te has enloquecido, Mercedes? ¿Qué ideas son ésas?
MECHA. -Recién empiezo a comprender la verdad.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Muchacha!... ¿A qué viene ese arranque?... Nosotros...
MECHA. -Sé lo que digo y por qué lo digo.

Escena IX

ALFREDO. -No esperábamos encontrar tanto bueno por acá. (Enrique da la mano a la señora de Díaz y a Mecha, y Alfredo a las señoras de Álvarez y González.)
SRA. DE ÁLVAREZ. -Como Mecha no puede ir, esperamos que se vista Laura. No sabes la que te aguarda, Enrique. Está... pero furiosa por tu viaje.
ENRIQUE. -¿Se lo has anunciado? Yo pensaba darle la noticia esta noche y recabar su permiso. Creo que no reñiremos. En último caso siempre será ella la que disponga.
ALFREDO. -¿Saben que han puesto en fuga a medio Buenos Aires?
SRA. DE GONZÁLEZ. -¿Nosotras?
ENRIQUE. -Nadie está en su casa.
ALFREDO. -Y cosa de alquilar balcones para ver cómo huye la gente en cuanto aparece un automóvil con el consabido estandartito «Pro infancia desvalida».
SRA. DE GONZÁLEZ. -¡Qué exageración!...
ALFREDO. -(A Enrique.) ¿Subimos?
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Huyen ustedes también?
ALFREDO. -No. Le he traído a éste para darle un Baedeker y unos libros que tengo sobre París. Con permiso, pues. (Mutis.)
SRA. DE ÁLVAREZ. -Qué les dije. Trastornado con el viaje.

Escena X

SR. DÍAZ. -(Que aparece con un grueso paquete de diarios.) ¿Qué significa un automóvil con un estandarte, que he visto en la puerta?
SRA. DE ÁLVAREZ. -Que hoy es nuestro día. Hacemos una colecta «Pro infancia desvalida».
SR. DÍAZ. -¿Para qué?
SRA. DE ÁLVAREZ. -Para eso. Para nuestros asilos, y nuestros talleres. Para el sostenimiento de las instituciones benéficas que patrocinamos.
SR. DÍAZ. -Entendido. Para el mantenimiento de «nuestros hijos naturales».
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Qué dice usted, Eduardo?
SR. DÍAZ. -Nada con intención. Me acordé de un suelto de un diario...
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Sigue usted tan... entregado a las noticias policiales?...
SR. DÍAZ. -Sí, señora. Más que nunca. Pues... Me vino a la memoria un suelto leído hace algún tiempo, en el cual se publicaban ciertos datos estadísticos sobre natalidad ilegítima.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Eso es todo un problema social.
SR. DÍAZ. -¿Y saben cómo titulaba el diario la noticia? «Nuestros hijos naturales».
SRA. DE ÁLVAREZ. -Pues... francamente, no le veo la gracia.
SR. DÍAZ. -Claro está. Yo tampoco.
SRA. DE GONZÁLEZ. -A mí me resulta una insolencia
SR. DÍAZ. -Pues yo...
SRA. DE ÁLVAREZ. -A mí...
SR. DÍAZ. -Continúe usted.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Iba a decir una tontería. Siga, Eduardo.
SR. DÍAZ. -Casi me ocurre lo mismo. Con permiso. (Ademán de irse.)
SRA. DE ÁLVAREZ. -Venga acá. No sea huraño. ¿O tiene miedo del sablazo?... Dedíquenos un instante. Cuéntenos algo de su obra. ¿Tendremos pronto el gusto de leerla?
SR. DÍAZ. -No he empezado a escribir. Continúo documentándome.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿En la crónica policial?
SR. DÍAZ. -En la crónica policial.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Qué original! Será un libro trágico.
SR. DÍAZ. -Efectivamente. Trágico.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Se va a vender mucho, eso. Un éxito así como el de «Stella»de Emita de la Barra. ¿No lo ha leído usted?
SR. DÍAZ. -No, señora.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Es raro. Toda la gente bien lo conoce.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Lo que no acabo de explicarme es cómo hace usted para sacar provecho de ese tejido de fantasías y embustes.
SR. DÍAZ. -Ah, señora mía. No tomando en cuenta los embustes ni las fantasías. Me basta con el hecho en sí y las causas que lo han determinado.
SRA. DE GONZÁLEZ. -¡Pues no ha emprendido usted chico trabajo, que digamos!...
SRA. DE GONZÁLEZ. -Debe ser muy monótono eso. La misma cosa todos los días. La misma puñalada, el mismo robo, el mismo suicidio. ¡Por casualidad un suceso interesante!
SR. DÍAZ. -Para mí lo son todos. La puñalada de ayer y la puñalada de hoy son dos dramas distintos. Extraerlos del relato trivial, analizarlos y catalogarlos, es por ahora mi tarea. ¿Quieren un ejemplo? ¿Han leído ustedes la noticia de ayer del suicidio de una familia entera, una mujer que se asfixia con sus cuatro hijitos?
SRA. DE GONZÁLEZ. -No. Pero he oído conversar de eso a los sirvientes.
SR. DÍAZ. -Una cosa vulgar. Igual al de antes de ayer y al de la semana pasada -dramas de la miseria-, pero con la diferencia de que en el caso anterior el marido estaba en la cárcel. Un homicidio por celos, supongamos, mientras que en el presente, el marido, el padre de esas cuatro criaturas...
SRA. DE ÁLVAREZ. -Estaba enfermo en un hospital.
SR. DÍAZ. -No. Había abandonado a los suyos por igual causa. Ya ven ustedes dos sucesos idénticos y dos dramas distintos. Este descubre que su mujer lo engañaba, y desaparece abandonando su hogar.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Mal hecho, ¿qué culpa tenían las pobres criaturas?
SR. DÍAZ. -¿Y qué debió hacer?
SRA. DE ÁLVAREZ. -Velar por sus hijos, abandonando a esa mala madre.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Claro está; quitarle los hijos.
SR. DÍAZ. -¿Y con qué derecho le arrebata esas criaturas a su cariño?
SRA. DE DÍAZ. -¡Ave María! ¡Qué ideas, Eduardo!... Esa mujer no amaba mucho a sus hijos, cuando olvidó así sus deberes.
SR. DÍAZ. -¿Estás tú segura de que una mujer que engaña a su esposo no quiere a sus hijos? ¿Estás bien segura?...
SRA. DE ÁLVAREZ. -Hombre... todo puede ser. Pero ¿cómo resolvería usted ese problema?
SR. DÍAZ. -A eso voy. Esa será mi obra. Desentrañar del mismo seno de la vida, del drama de todos los días y de todos los momentos, las causas del dolor humano y exponerlas y difundirlas como un arma contra la ignorancia, la pasión y el prejuicio. No lo hemos perdido todo en la desgarrante contienda de los siglos. Hay síntomas de que la conciencia y la piedad, subsisten en el hombre. Digámosle a su cerebro palabras de verdad, e impetremos su clemencia con la oración del sentimiento.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Y usted cree, Eduardo, que eso no lo hacemos todos?...
SR. DÍAZ. -¡Ustedes!... ¡Ustedes!... No. ¡Qué han de hacerlo!
SRA. DE ÁLVAREZ. -Por lo pronto le rezaré a usted la oración del sentimiento, diciéndole que existen millares de criaturas cuyo único amparo es el óbolo de las personas caritativas, y que aquí hay una bolsa que impetra su compasión.
SRA. DE GONZÁLEZ. -¡Bravo, Edelmira! ¡Muy bien!...
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Pronto, ese cheque!...
SRA. DE GONZÁLEZ. -¿A que no lo firma en blanco?
SR. DÍAZ. -Para eso entiéndanse con el ministro de Hacienda. ( Por su señora.)
SRA. DE ÁLVAREZ. -No se escurra venga acá, señor piadoso.
SR. DÍAZ. -Por lo demás, no creo en semejante caridad.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Explíquese.
SR. DÍAZ. -No. Sería muy largo.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Cuando menos pensará, como ciertas gentes, que nuestra caridad no es más que un pretexto para divertirnos. Le exijo una explicación.
SRA. DE GONZÁLEZ. -Eso es. Le exigimos una explicación.
SR. DÍAZ. -Ustedes se han propuesto sacarme de mis casillas. Les haré el gusto. Pues... uno de los capítulos, más terribles de mi libro será precisamente el referente a «nuestros hijos naturales».
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Oh! ¿Qué tiene eso que ver...?
SR. DÍAZ. -Mucho, mucho. ¿Para quienes son esos así los y esos talleres? Supongo que no serán para mis hijos legítimos, ni para sus hijos legítimos.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Eso es una butade indigna de usted.
SR. DÍAZ. -Pardón. Mi sinceridad no admite sobreentendidos.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Adelante, pues.
SR. DÍAZ. -La crónica policial, me ha enseñado a encarar de otra manera el problema social que ustedes creen haber resuelto con la fundación de unos cuantos asilos.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Es cierto que son pocos, pero la caridad pública no da para más.
SR. DÍAZ. -Aunque fundaran mil. Aunque fundaran tantos asilos como templos! Estamos creando el mal para aplicarle el remedio. ¡Y qué remedio!...
SRA. DE ÁLVAREZ. -No entiendo.
SR. DÍAZ. -Empecemos por respetar el derecho a la maternidad... La limitación de ese derecho es causa del tributo enorme de vida que nos cobran los asilos, las cárceles y los cementerios. En lugar de instituciones pro infancia desvalida, fundemos ligas por el respeto a la mujer en su función más noble.
La maternidad nunca es un delito. Si se infringe una ley social, se ha cumplido la ley humana que es la ley de las leyes.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Ay, Dios mío! Eso es anarquismo puro. Usted quiere destruirlo todo.
SR. DÍAZ. -Esto es un evangelio que se podría practicar, aún sin destruir los fundamentos de la presente organización social. Se puede muy bien abogar por la maternidad legalizada respetando la maternidad anormal. El día que ese convencimiento encarnara en todos los espíritus, la misión de ustedes, señoras mías, habría terminado o se modificaría sustancialmente.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Y mientras llega ese dichoso día, ¿qué liemos de hacer?
SR. DÍAZ. -Trabajar para que llegue, renunciando en primer término al ejercicio de una caridad perniciosa.
SRA. DE GONZÁLEZ. -¿Perniciosa?
SR. DÍAZ. -¡Oh!, señora! No me obligue a decir lo que son los asilos y las escuelas que dan ustedes a la infancia desvalida! Trabajar para que llegue ese dichoso día. Eso, eso deben hacer. Ustedes que han sentido coronada la fecundidad con la gloria de las caricias infantiles, deben abogar contra el prejuicio para que no haya tantos hijos sin madres y tantas madres sin hijos.
MECHA. -(Que ha estado oyendo a su padre con angustia creciente, estalla en sollozos convulsivos.)
SR. DÍAZ. -¡Qué tiene, hijita! (Acuden todos un tanto alarmados.)
MECHA. -(Dominándose.) No se alarmen. Ya pasa. ¡Estoy tan nerviosa!
SRA. DE DÍAZ. -Esta muchacha nos va a dar un disgusto. Hace tiempo que no está bien y no quiere atenderse.
SR. DÍAZ. -¿Quiere que mande llamar un médico?

Escena XI

LAURA. -No le hagas caso papá. Romanticismo.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Bien podías tú, haber demorado un poco más. En marcha, pues. Eduardo, queda pendiente nuestra discusión. Le preparo una derrota que... ya verá usted. ¿La llevamos hasta el Pilar, Jorgelina?
SRA. DE DÍAZ. -Tengo el coche. ¿No me necesitas, Mecha?
MECHA. -Me siento bien ya.
SRA. DE DÍAZ. -Hasta luego. (Mutis.)

Escena XII

SR. DÍAZ. -(Las acompaña hasta la puerta y regresa tomando hacía la izquierda.)
MECHA. -(Después de un momento de vacilación.) ¡Oh! ¡Papá!¡Papá!...
SR. DÍAZ. -(Volviéndose rápidamente.) ¡Qué, ¿Qué hijita?...
MECHA. -(Angustiada.) Tengo que hablarte.
SR. DÍAZ. -Habla... ¿Por qué estás tan agitada?
MECHA. -No. Será después... después.
SR. DÍAZ. -Como quieras. Me extraña ese gesto, hija.
MECHA. -No. No es nada. Quería decirte que he sido mala contigo. No he concluido las traducciones.
SR. DÍAZ. -¡Bah! ¡Era sólo eso! Hay tiempo, no te fatigues.
MECHA. -¿Me perdonas?
SR. DÍAZ. -¡Tonta! (La besa y se va.)

Escena XIII

MECHA. -(Después de un instante de honda cavilación, se alza resuelta y llama.)
CRIADA. -¿Señorita?
MECHA. -Suba al cuarto de Alfredo y dígale al señor Enrique que tenga la bondad de venir. (Mutis de la criada. Pausa larga.)

Escena XIV

ENRIQUE. -¿Me llamabas?
MECHA. -Sí.
ENRIQUE. -Espero que no tendremos la función de costumbre.
MECHA. -Yo también lo espero. ¿Estás resuelto a irte?
ENRIQUE. -Sí.
MECHA. -¿A consumar la gran canallada?...
ENRIQUE. -Nuestra situación está desde hace tiempo perfectamente definida, de modo que las escenas a estas alturas, sobran.
MECHA. -Óyeme esta última súplica que no va dirigida a tu caballerosidad, porque no la tienes, sino a lo poco que te resta de hombría de bien. Cásate conmigo. Ahorrémosle a mi familia la vergüenza que le espera, y yo te prometo no hacer uso jamás de mis derechos de esposa, no intervenir en tu vida, separarme en el acto de ti.
ENRIQUE. -¿Y yo qué gano con eso? Mira. Si estás tan en peligro, lo más que puedo ofrecerte es que te vengas conmigo a Europa.
MECHA. -Ya no te quiero. Si te quisiera te seguiría al fin del mundo aunque te supiera capaz de la ignominia de lanzarme a la vida del arroyo, que no otra cosa harías conmigo.
ENRIQUE. -La verdad es que con tan buenos sentimientos a mi respecto, no resulta muy explicable la insistencia en que nos casemos.
MECHA. -Te repito que por la tranquilidad de los míos, me resignaría al sacrificio de esta unión nauseante.
ENRIQUE. -Yo te advertí...
MECHA. -Cállate. No era por salvarme que me inducías al crimen. Era por salvarte tú, tú, tú... Porque eres cobarde y vil. Lo has improvisado en complicidad con tu respetable familia.
ENRIQUE. -(Severo.) ¡Mercedes!
MECHA. -Si, tus cómplices, tus cómplices: Y todavía soy suave. Hay palabras más aplicables al caso... ¡Más justas!...
ENRIQUE. -¡Mercedes!... ¡Mercedes!...
MECHA. -Basta. Quiero tu última palabra.
ENRIQUE. -La he dicho.
MECHA. -Bien. ¡Fuera de acá!
ENRIQUE. -(Se encamina a la escalera.)
MECHA. -No. ¡Fuera de esta casa!... ¡A Europa! Huye hoy mismo, ¡cobarde! Huye. Dentro de un instante, todos van a conocer mi vergüenza y tu infamia! ¡Huye! ¡Cobarde!... ¡Vil! ¡Vil! ¡Vil!... (Después que Enrique ha salido, arrebatada, busca algo que no encuentra en los muebles, y con un gesto de suprema desesperación se lanza a la escalera. A los dos o tres escalones se detiene, vacila y cae.)

Escena XV

SR. DÍAZ.-(Aparece por la lateral, recoge los diarios que ha olvidado y al volver la vista, advierte a Mecha y corre en su auxilio.) ¡Hija! ¡Hijita mía! (La alza con esfuerzo, la conduce a un diván y le afloja las ropas monologando ternuras del caso. Viendo que no vuelve en sí, corre al timbre y llama.)
SR. DÍAZ. -(A la criada.) ¡Agua... sales... cualquier cosa! Corra usted que la niña está mal! CRIADA. -¡Ay, Dios mío! (Mutis para volver en seguida con un frasco de sales.)
SR. DÍAZ. -Hable por teléfono al médico y si no está llame a la asistencia. Que vengan en seguida.
(Mutis de la criada. Mecha reacciona lentamente.)
MECHA. -¡Oh! ¡Papá! ¡Papacito!
SR. DÍAZ. -¿Se siente mejor?
MECHA. -¡Oh, sí!... (Lo abraza sollozando.)
SR. DÍAZ. -Llore. Eso alivia.
MECHA. -Sí. ¡Alivia! ¡Alivia!... (Una pausa.)
SR. DÍAZ. -¿Y cómo fue eso, hijita?...
MECHA. -¡Oh! ¡Es una vida que protesta, que clama por la verdad! (Arranca con violencia los broches del vestido.) ¡Así!... ¡Así!... ¡Gloria mía!...
SR. DÍAZ. -¿Qué quieres decir? MECHA. -Tu nos defenderás, ¿verdad?... A los dos...
SR. DÍAZ. -¡Oh! ¡Pobrecita!... ¡Pobrecita!... Sí... sí... Los defenderé... (Muy conmovido.) Tu hijo tendrá madre... y tendrá... ¡un abuelo!...

Telón


Acto segundo
La misma decoración

Escena I

SRA. DE DÍAZ. -¿Nada más, doctor?
Dr. X. -No. Está muy bien. Sería conveniente. eso sí, evitarle toda violencia moral.
SRA. DE DÍAZ. -Perdóneme, doctor. Ya que ha tenido usted que intervenir en este doloroso accidente quisiera contar con su ayuda...
DR. X. -Usted dirá.
SRA. DE DÍAZ. -Conoce usted las rarezas de mi marido. Ha tomado el caso con una sangre fría alarmante y no hay forma de convencerlo del hundimiento moral de esta casa.
DR. X. -¡No es para tanto señora, no es para tanto!
SRA. DE DÍAZ. -Nosotros debemos tomar alguna medida. Abandonar la ciudad en primer término.
DR. X. -Comprendo.
SRA. DE DÍAZ. -De modo que su concurso podrá ser decisivo.
DR. X. -¿En qué sentido?
SRA. DE DÍAZ. -Insinuando la conveniencia de un viaje al campo hasta el restablecimiento de nuestra hija.
DR. X. -Resulta un poco difícil. No es tratamiento indicado para tales casos y si el señor Díaz está en la disposición que me indica, se opondrá seguramente a que alejen a su hija de la fuente de los recursos. En fin, veremos más adelante.
SRA. DE DÍAZ. -¡Haga lo posible, doctor!...
DR. X. -Comprenderá usted que no puedo comprometerme. Adiós, señora. Mi saludo al señor Díaz.
SRA. DE DÍAZ. -Adiós, doctor.

Escena II

LAURA. -Has dado orden a Manuel de que entorne la puerta.
SRA. DE DÍAZ. -Sí.
LAURA. -(Se sienta cavilosa.) Alfredo no ha venido anoche a dormir.
SRA. DE DÍAZ. -Lo sé.
LAURA. -Sabe Dios en que anda. Ojalá no tengamos que llorar más esta desgracia.
SRA. DE DÍAZ. -¡Pobre Alfredo! (Pausa.)
LAURA. -¡Me figuro, estoy viendo cómo nos devora la gente! La fruición, el gozo con que estará saciando el mundo su hambre de escándalo. ¡Ah! A estas horas ya no es Mercedes, soy yo también, eres tú, estamos todos en el anfiteatro. ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!...
SRA. DE DÍAZ. -No exageres muchacha. ¡No es tan mala la gente!
LAURA. -¿Que no es mala?
SRA. DE DÍAZ. -Además, no puede haber circulado tan pronto la noticia.
LAURA. -Quizá la verdad no. Pero en Palermo, en las iglesias, los clubes, los bares, en todas partes funciona ya la desgranadora de chismes. Y ellas, las de Álvarez, han sido seguramente las primeras en tocar la sirena. Lo que es hoy no faltan a ninguna parte. Ya las estoy viendo a Edelmira, a la hermana, a las muchachas lo más satisfechas, lo más orondas en actitud de recibir aplausos. ¡Todas ellas son tenorios, han seducido a Mercedes!... ¡Y quién sabe si no me ha salido sin querer una verdad!...
SRA. DE DÍAZ. -¡Muchacha! ¡Cállate!
LAURA. -¡Oh! Tenían mucho camote con Mercedes. Mecha a almorzar, Mecha al teatro, Mecha a la estancia.



Escena III

SR. DÍAZ. -¡Por qué está cerrada la puerta de la calle! Aquí no se ha muerto nadie.
SRA. DE DÍAZ. -¡Pero Eduardo!...
LAURA. -Cállate, mamá. Lo que debemos hacer es poner banderas e iluminar esta noche el frente de la casa.
SR. DÍAZ. - Señorita. ¡Es usted una atrevida!... (A la señora.) ¿Estuvo el doctor?
SRA. DE DÍAZ. -Si. La encuentra repuesta. ¡Ah! No he entendido muy bien pero me parece que se inclinaría a aconsejarnos un viaje.
SR. DÍAZ. -¿Un viaje?... No creo. En fin: ya hablaré con él.
SRA. DE DÍAZ. -¿Sabes algo de Alfredo?
SR. DÍAZ. -No.
SRA. DE DÍAZ. -Temo que le haya pasado algo...
SR. DÍAZ. -Ya tendríamos noticia. En fin, todo puede suceder. Desgraciadamente, todavía no le hemos pagado suficiente tributo a las preocupaciones!... (A Laura.) Tú, hijita, ¿la has visto, has estado con ella?
LAURA. -¡No, papá!
SR. DÍAZ. -¿De modo que aíslan y abandonan a la querida hermanita de ayer? ¿Qué cosa es el amor, entonces?
LAURA. -Todavía no puedo, papá. ¡Sería una violencia y un tormento muy grande!...
SR. DÍAZ. -Haz un esfuerzo y ve a su lado aunque sea para hacerle un reproche.
LAURA. -¡Tengo vergüenza!...
SR. DÍAZ. -¡Oh!
LAURA. -¡Vergüenza de avergonzarla!...
SR. DÍAZ. -(Con ternura.) ¡Hijita!... Ven, ven acá. Verás como se te pasa esa vergüenza. Tengo buena mano para arreglar esos conflictos. (Laura cede, poniéndose de pie.) Deme el brazo. Nos presentamos así en su habitación. (Se dirigen a la escalera.) Nos presentamos y yo le digo: Aquí está tu hermana que tiene vergüenza de que tu puedas tener vergüenza. ¡Laura! ¡Mercedes!.. Y se abrazan, lloriquean y quien sabe si el pobre papá no saca de su ternura alguna lágrima para celebrar el espectáculo. ¡Tal vez no me haya olvidado de llorar!... (Mutis.)



Escena IV

PANCHITA. -(Desolada.) ¡Jorgelina! ¡Jorgelina! (La abraza con efusión un tanto cómica.) ¡Vengo consternada! ¡Consternada!... ¡Qué cosa tan horrible, hermana!...
SRA. DE DÍAZ. -(Con gesto de circunstancias.) ¡Así es Pancha, así es!...
PANCHITA. -¡Como estarán en aquella casa! ¡Qué golpe para Jorgita! Se lo venía diciendo en el camino a Ernesta. ¿Verdad, Ernesta? Figúrate que nada sabíamos, ¿qué íbamos a saber, metidas en la quinta como lo pasamos toda la vida?, cuando esta mañana salíamos para la capilla donde nos toca la guardia del Santísimo y ¿con quién nos habíamos de encontrar? Con Eduarda García y las muchachas que iban a Palermo y detienen el coche. Panchita ¿sabe usted si se han batido? ¿Quiénes? ¿Pero en qué mundo viven? ¡Alfredo su sobrino, con Enrique!,¿Por qué... Y me contaron que Enrique se negaba a casarse después de... en fin, la verdad. ¡Espero que no me habrán engañado! Tomamos un coche y sin respirar nos hemos venido hasta aquí. ¡Cómo estarás, hijita, cómo estarás!...
SRA. DE DÍAZ. -¡Abrumada!
PANCHITA. -Saben algo de Alfredo.
SRA. DE DÍAZ. -Nada. Imagínate mi inquietud. ¿Es cierto lo del duelo?
PANCHITA. -Ciertísimo. ¡En unas condiciones terribles, a pistola a cinco pasos, qué sé yo! ¡Y claro está, en estos casos que menos!... ¡Ah! ¡Te advierto que las de García también están consternadas!... ¡No llores, no te aflijas, mujer!...
SRA. DE DÍAZ. -¡El pobre Alfredo!
PANCHITA. -Quizá no le haya sucedido nada. El muchacho tira muy bien. Cálmate.
SRA. DE DÍAZ. -¡Esta incertidumbre! La imposibilidad de averiguar...
PANCHITA. -Alfredo se vendrá en seguida. Pero quien iba a pensar que Mercedes...
ERNESTA. -¡Oh, yo sí!... Con la educación que reciben las muchachas de hoy es preciso esperarlo todo. Y esa Mercedes nunca me gustó nada. ¡Por algo no hacíamos buenas migas!...
PANCHITA. -No seas injusta, Ernesta. Nuestra sobrina ha tenido muy buena moral y muy buenos ejemplos.
ERNESTA. -Se inclinaba más al padre y ha salido tilinga como él.
PANCHITA. -Y el filósofo ¿qué dice? ¿Sigue viviendo en la luna?
SRA. DE DÍAZ. -Está muy satisfecho.
ERNESTA. -¿Han visto? Lo que yo decía.
PANCHITA. -Supongo que habrán tomado ya alguna determinación.
SRA. DE DÍAZ. -Ninguna. No nos hemos repuesto aún. Después... Alfredo que no aparece, por un lado, y la conducta de Eduardo por otro, me tienen en una situación que... francamente, no sé que pensar ni que hacer.
PANCHITA. -¿Qué pretende Eduardo?
SRA. DE DÍAZ. -La ampara y quiere que las cosas continúen como si nada hubiera pasado.
PANCHITA. -Eso es absurdo. Ustedes no deben dejarse sacrificar. Por la falta de esa... loquilla no van a renunciar a su vida. No es el primer caso de una familia a quien le cae semejante desgracia encima. Se elimina la mala semilla, y asunto concluido. Mira, yo tengo mucha influencia con la superiora del refugio de Santa Magdalena. Allí lo pasaría muy bien.
SRA. DE DÍAZ. -Eso será muy difícil. Eduardo no lo consentirá.
PANCHITA. -¿Con qué derecho podría impedirlo? Hijita, debes imponer tu autoridad.
SRA. DE DÍAZ. -¿Yo?...Si supieras como estoy. Hasta se me ocurre que sería mejor hacerles el gusto a Eduardo y dejar las cosas así.
PANCHITA. -¡Qué temeridad!
SRA. DE DÍAZ. -No sé lo que me pasa. Tengo miedo.
PANCHITA. -¿De qué?
SRA. DE DÍAZ. -No sé... de un escándalo. Eduardo está muy raro, enigmático conmigo. Casi amenazador. Quien sabe a que extremos puede llevarlo su estado de ánimo. (Aparecen Laura y Mecha por la escalera.)
PANCHITA. -Fíjense, en la muy desfachatada. ¡Pues no tiene coraje de presentarse ante nosotros!
SRA. DE DÍAZ. -Déjenla. Nada le digan.

Escena V

LAURA. -¿Ustedes por acá? ¡Como estás, Panchita. Ernesta!...
MECHA. -(Hace ademán de volverse pero reacciona y va a sentarse en cualquier parte sin saludar. Pausa embarazosa y prolongada matizada con algunos ¡Ejem! ¡Ejem! de las viejas.)
Laura. -(Observa todos los rostros y se alza irritada.) ¡Uff!... ¡Lúgubres! (Nueva pausa.)
PANCHITA. -(Previo un suspiro.) ¡Pobre Alfredo!
MECHA. -(Corno movida por un resorte.) ¿Qué le pasa a Alfredo? ¿Qué ha sucedido? ¡Respondan!.... ¡Hablen que me exasperan con esas caras de tragedia!
PANCHITA. -Nada sabemos. ¡El duelo debe estar realizándose!. Creo que después de lo que has hecho has debido esperar...
MECHA. -¿Un duelo? ¡Dios mío! He debido suponerlo... Pero papá estaba tan tranquilo... ¡Yo lo habría evitado! ¡Sí, sí sí!... Lo habría evitado. ¡Oh! ¡Qué angustia!...
PANCHITA. -¡Ya ves que no se comete impunemente una liviandad! Fíjate en tu madre, cómo está de atribulada. ¡En nosotras! ¡Ah! ¡Muchacha! Tendrás que sufrir mucho, mucho y no habrás compensado todavía las lágrimas que has hecho derramar.
MECHA. -¡Sí, sí! ¡Tienen razón!... ¡Tendré que sufrir mucho!...
PANCHITA. -Nosotras comprendemos que ese sinvergüenza, ha abusado de ti... lo comprendemos. Pero tú has debido cuidarte un poco más; al fin y al cabo no eras tan criatura y no te han faltado ejemplos de moral y de juicio.
MECHA. -No me digan más. ¡Tienen razón! ¡Tienen razón!...
ERNESTA. -Bueno fuera que no la tuviéramos.
PANCHITA. -¡Naturalmente que a estas alturas el mal no tiene remedio!... No hay más que resignarse, pues, a sufrir la penitencia. ¿Qué piensas hacer, muchacha?
MECHA. -Yo no sé. ¡Qué quiere que sepa yo!... ¡Llorar!... ¡Llorar tanta desgracia!...
PANCHITA. -Mira: acabo de decirle a tu madre que tengo mucha influencia con la superiora del refugio de Santa Magdalena. No te supongo una descarada que pretendas desafiar al mundo exhibiendo tu oprobio. Acudes pues, a esta santa casa, tienes tu hijo, lo conservas si quieres y con el tiempo llevando una vida ejemplar, no será difícil que consigas el olvido o el perdón de las gentes. Nosotros te visitaríamos con frecuencia...
MECHA. -¡Basta!... ¡Eso, nunca!... ¡Primero me mato!...
SRA. DE DÍAZ. -Hija, no pienses locuras.
PANCHITA. -Muy bonito es resolver las cosas así. ¿Qué pretendes? ¿Continuar en esta casa avergonzando a los tuyos?
MECHA. -No habré borrado los hechos con irme a otra parte. Lo mismo los avergonzaría desde un convento.
PANCHITA. -Estás muy ofuscada, muchacha.
ERNESTA. -Yo creo que no hay que andar con tanto cumplimiento. Se la recluye y se acabó.
MECHA. -¡Oh!... ¡El esperpento!...
PANCHITA. -¡Cállate, Ernesta!... No te alteres, Mercedes; escucha. Tú no te das cuenta exacta de tu situación y quieres arrastrar a todos en tu caída. Si no te resignas a un retiro expiatorio, ¿qué va a ser de los tuyos? Esta casa tendrá que cerrar sus puertas para el mundo. Sacrificar a tu madre obligándola a romper sus viejas amistades, sacrificar, y esto es lo peor, a Laurita.
MECHA. -¡A Laura!
PANCHITA. -Sí. ¿Crees que la pobrecita, tan buena, tan juiciosa va a encontrar con quién casarse? Aniquilas su porvenir. Aniquilas también el porvenir de Alfredo porque nadie querrá vincularse a una familia tan vergonzosamente manchada.¿No te remuerde la conciencia?
MECHA. -(Presa de una nueva crisis de lágrimas.) ¡Oh! ¡Sí!... ¡Cuanta víctima!... ¡Disponga de mí! Haré lo que se me indique.
PANCHITA. -¡Has visto Jorja, corno se resuelven pronto las cosas!... ¡Ay. El filósofo!...

Escena VI

SR. DÍAZ. -Con que ustedes ¿eh?... (Advirtiendo a Mecha.) Hija. ¿Por qué llora?... ¡Oh, naturalmente! ¡Los buitres! ¡Han venido al olor de la carniza fresca! ¿Qué le han hecho, hija?
PANCHITA. -Nada, en comparación con lo que merece.
SR. DÍAZ. -¿Y con qué derecho intervienen en los asuntos de esta casa?
PANCHITA. -¡Pues no faltaba más! ¡Con el derecho de nuestro parentesco y de nuestro juicio!
SR. DÍAZ. -¡Jorgelina, tú no has debido permitirles!...
MECHA. -Papá. ¡Nada me hacían, son mis nervios!
SR. DÍAZ. -¡Oh, las conozco!... Señoras mías, en esta casa están de más los elementos de perturbación.
SRA. DE DÍAZ. -¡Eduardo!
PANCHITA. -¿Qué te parece Jorja?
ERNESTA. -Los locos también sobran.
SR. DÍAZ. -Sí, señora; también sobran.
MECHA. -Papá, no te alteres.
SR. DÍAZ. -Vuelvo a hacer uso de mi autoridad.
ERNESTA. -Vámonos.
SRA. DE DÍAZ. -No es para tanto. Eduardo, no quiso decir eso.
SR. DÍAZ. -Te equivocas. He querido decirlo. ¡Que se vayan!
PANCHITA. -Ay, pobre Jorja. La que te espera con semejante loco.
ERNESTA. -Cuenta con nosotros siempre. (Se despiden y hacen un mutis trágico.)
SR. DÍAZ. -¡Con buen viento! (Se pasea nervioso.) Hay gentes que le hacen perder la compostura al más paciente.


Escena VII

SRA. DE DÍAZ. -Eduardo te he dejado hacer pero te advierto que no debiste...
SR. DÍAZ. -Sí, debí...
SRA. DE DÍAZ. -Son mis hermanas.
SR. DÍAZ. -Aunque fueran las mías. Venían a perturbar Y estoy dispuesto a mantener a toda costa, la paz y la tranquilidad de esta casa. Unas beatas desalmadas que se han acercado con el exclusivo propósito de torturar a esta criatura. ¡Tú no debiste consentir que le dijeran una sola palabra, que le hicieran un solo reproche!
SRA. DE DÍAZ. -Eduardo. Voy a creer que el perturbado eres tú. No, no. Las cosas tienen su otra faz. Eres muy dueño de amparar y perdonar a tu hija, pero no todos participan de tus ideas, y hay que respetar el derecho de los demás.
SR. DÍAZ. -Explícate. No te entiendo.
MECHA. -¡Oh! Ahora van a reñir por mí. Basta. No quiero, no puedo soportar más. Papá, atiéndeme. Yo tengo una solución.
SR. DÍAZ. -(Apartándola.) Explícate. Habla.
SRA. DE DÍAZ. -No me mires con ese aire de desafío. Yo no te provoco.
SR. DÍAZ. -Completa tu pensamiento. Es justo.
SR. DE DÍAZ. -Bien. Quería decirte que te pasas a la otra alforja. Al fin y al cabo la muchacha no ha hecho nada que merezca glorificación y quien se cree con tanta autoridad como tú, puede pensar de diverso modo y reprocharle su falta.
SR. DÍAZ. -¡Tú, Jorgelina!...
SRA. DE DÍAZ. -Sí: yo.
MECHA. -Papito, papito. ¡Basta, por Dios! No riñan. Sería una pena mayor para mí. Un dolor muy grande.
SR. DÍAZ. -Tú!... Haz la prueba. ¡Arrójale la primera piedra!...
SRA. DE DÍAZ. -¿Qué significa eso? ¡Ahora exijo yo que te expliques!
SR. DÍAZ. -(Dominándose.) No. No significa nada. Dispénsame. Estoy conturbado. Soy un enfermo, ya lo saben. Me siento irritable y pierdo fácilmente la cabeza. Quiero tanto a esta hija que me parece que la ofenden a cada palabra. Perdón. Seamos buenos. (Aparece Alfredo.)



Escena VIII

SRA. DE DÍAZ. -¡Alfredo!... ¡Hijo mío!... (Lo abraza.) ¿No vienes herido? Nada te ha pasado, ¿verdad? ¡Oh! ¡Me tienes en una angustia tan grande!... ¿Te batiste?
ALFREDO. -Sí.
SRA. DE DÍAZ. -¡Qué temeridad, muchacho!
ALFREDO. -¿Qué querían? Que me quedara tan fresco.
SRA. DE DÍAZ. -¿Y?...
ALFREDO. -Nada, desgraciadamente.
SR. DÍAZ. -Felizmente.
ALFREDO. -¿Por qué?
SR. DÍAZ. -¡Hombre!.... Si el honor es un acreedor tan complaciente que se conforma ¬páguenle o no le paguen su crédito de sangre- vale más que no lo haya cobrado.
ALFREDO. -Estás de buen humor ¿eh?
SR. DÍAZ. -Ya lo ves.
ALFREDO. -Bien. Yo necesito descansar. No estoy para nadie antes de las tres.
SRA. DE DÍAZ. -Sí, hijo mío. Yo te acompañaré a tu cuarto.
MECHA. -¡Alfredo!...
ALFREDO. -(Volviéndose.) ¿Qué quieres?
MECHA. -Me perdonas la mortificación que te he causado.
ALFREDO. -Ahora vienen las súplicas. No -No te perdono. No carecías de experiencia para haber perdido el dominio de ti misma.
MECHA. -¡Oh! ¡Dios mío!...
SR. DÍAZ. -¡Alfredo! Aunque te hayas batido en duelo, lo que haces no es caballeresco. ALFREDO. -Y lo que haces tú, no es decoroso.
SRA. DE DÍAZ. -Vamos, hijo. (Mutis de ambos.)

Escena IX

SR. DÍAZ. -Venga, hijita. Apóyese en mí. La lucha será muy cruel. Pero venceremos. No tienen armas para las escaramuzas. Venceremos.
MECHA. -¡No puedo, papá, no puedo luchar ya! Me siento cada vez más debilitada. Déjarne.
SR. DÍAZ. -Dejarte sería abandonarlo. ¿No decías que era tu gloria?
MECHA. -Escúchame. Voy a hablarte con toda serenidad. Anteayer, cuando exponías tu evangelio del respeto a la maternidad, yo, que había pensado, más: que estaba resuelta a solucionar mi conflicto con un doble crimen...
SR. DÍAZ. -No. ¡Cuidado con pensar semejante cosa!
MECHA. -Ya pasó. Yo... experimenté al oírte un alivio tan grande, me sentí tan consolada que como por encanto desaparecieron de mi mente las ideas lúgubres. No sabía bien quien eras. Tenía por tus ideas y por tus modalidades el mayor respeto, eso sí, pero no acababa de entenderlas. Aun después de haberlas comprendido, hube de hacer la barbaridad. Me salvó el vahído y me salvó tu intervención providencial. Luego acepté tu programa de lucha, pero acabo de convencerme de que es imposible, irrealizable y más que todo superior a mis fuerzas físicas y morales. Estamos revolucionando todo. Con la bandera de paz y bienestar sembramos la guerra.
SR. DÍAZ. -¡Nada! Seguro que las ideas de esas brujas que acaban de salir...
MECHA. -No quiero sacrificar la tranquilidad de los nuestros. Tú has perdido tu reposo; ellos, su bienestar, el bienestar futuro. Yo soy y seré siempre, semilla de discordias, piedra de escándalo.
SR. DÍAZ. -Cuestión de días, nada más. ¡Se habituarán!
MECHA. -Luego... Mi vergüenza, la humillación de todos los instantes y sobre todo, el remordimiento de haber causado tanto daño y tanta desazón. ¡Consiente en que me elimine! Hay casas muy buenas de reclusión...
SR. DÍAZ. -¿Renuncias a tu gloria?
MECHA. -No renuncio. ¡Nunca! Dejo de ser estorbo y factor de discordia y me dedico a mi hijito. Tú irás a verlo, lo educaremos como tú quieras y yo habré conseguido llenar mi misión sin sacrificar para ello la felicidad de los demás.
SR. DÍAZ. -¡Eres muy buena criatura!
MECHA. -Mira, papito...
SR. DÍAZ. -No insistas. No lo consentiré jamás. Tú y tu hijo se deben a mí, están a mi cargo. Soy tu asilo. Si no vencernos, nos retiraremos con todos los honores al refugio que sabré prepararte. ¿Tu sacrificio, tu renunciamiento? ¡Que renuncien ellos!

Escena X

CRIADO. -La señora de Álvarez. He dicho que los señores no están en casa pero insiste tanto...
MECHA. -¡Ella!...
SR. DÍAZ. -Hágala pasar.
MECHA. -(Con evidente disgusto.) Quizá sea la solución
SR. DÍAZ. -Váyase, hija. Déjeme.
MECHA. -Papito; si por casualidad -puesto que es tan extraña su venida se tratara de...
SR. DÍAZ. -Déjeme. Yo sé lo que debo hacer.
(Mecha hace mutis.)

Escena XI

SRA. DE ÁLVAREZ. -Le parecerá extraña, Eduardo, esta visita. No era destinada a usted, pero ya que lo encuentro significa lo mismo a mis propósitos.
SR. DÍAZ. -Tome usted asiento, Edelmira.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Habrá adivinado el motivo que me trae.
SR. DÍAZ. -No, señora.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Por favor, señor. Podríamos suprimir asperezas. Le aseguro que después de oírme será usted más benévolo.
SR. DÍAZ. -La escucho, Edelmira,
SRA. DE ÁLVAREZ. -Empezaré por decirle que si a ustedes les ha tomado de sorpresa esta catástrofe, la sorpresa nuestra ha sido igualmente grande.
SR. DÍAZ. -Le aseguro que no ha tenido necesidad de decirlo.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Muchas gracias. ¿Quién iba a decirnos cuando discutíamos tan inocentemente sobre el tópico, que en cuestión de horas iba a presentarse un caso a prueba?
SR. DÍAZ. -Efectivamente.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Acabo de hablar con mi hijo. Regresaba del duelo con Alfredo. Dios ha querido que no ocurriera ninguna desgracia mayor. Los muchachos no se han reconciliado pero no se olvida así no más una amistad de infancia. Enrique volvió afectadísimo y así que pudimos interrogarlo nos confesó la verdad con toda hombría. Está arrepentido de su botaratada y honestamente dispuesto a reparar el agravio que les ha hecho. Créame, Eduardo, Todo ha sido una muchachada. Su viaje a Europa, que provocó la catástrofe, era cierto puedo hacerle ver la carta del padre.
SR. DÍAZ. -Creo que podría haber pensado un poco antes en reparar su... eso, su agravio. SRA. DE ÁLVAREZ. -Tiene razón. Resulta casi imperdonable
SR. DÍAZ. -No, no haga un reproche. Pienso que es mejor que las cosas hayan pasado tal cual han ocurrido.
SRA. DE ÁLVAREZ. -No soy de esa opinión. Enrique ha podido ser más decente.
SR. DÍAZ. -No se habría conseguido otra Posa que la infelicidad de los dos.
SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Qué quiere usted decir, Eduardo?
SR. DÍAZ. -Que no se quieren, que no se han querido nunca.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Conozco los sentimientos de Enrique y...
SR. DÍAZ. -Tenga usted la seguridad de que se los ha disimulado. De otro modo le habría ahorrado a la pobre muchacha las angustias de una incertidumbre de meses ya que no pudieron ambos dominar el estallido del instinto. En cuanto a ella puedo afirmarle que no siente la menor inclinación afectiva por su hijo, por más que estuviera dispuesta a someterse a un yugo que le pesaría toda la vida.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Es muy extraño lo que usted dice. Quisiera hablar con Jorgelina.
SR. DÍAZ. -Puede hacerlo si gusta y la autorizo hasta a dudar de mis facultades mentales pero le advierto que los destinos de Mercedes están en mis manos y que no la entregaré jamás, por ningún precio, al sacrificio de una unión que no resuelve ningún punto de honor y, sobre todo, que la condena a una servidumbre odiosa y deprimente por toda su existencia. Sabiendo esto puede usted verse con Jorgelina y apreciar mi actitud conforme a su criterio, que mucho respeto por cierto.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Es la primera vez que oigo hablar así, Eduardo. No le sospechaba semejantes ideas. ¿No cree usted en la sinceridad de este paso que damos?
SR. DÍAZ. -No la pongo en duda.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Entonces... (Poniéndose de pie.) sólo tengo que lamentar que este deplorable episodio venga a cortar nuestra vieja y afectuosa amistad.
SR. DÍAZ. -Por lo que a mí respecta, Edelmira, puedo asegurarle que permanece invariable... Y que conservo su palabra de continuar en cualquier circunstancia aquella discusión sobre....nuestros hijos naturales.
SRA. DE ÁLVAREZ. -Adiós. Eduardo.
SR. DÍAZ. -Adiós, Edelmira.

Escena XII

MECHA. -Papá. Nada he podido oír. ¿A qué venía?
SR. DÍAZ. -Dime, hija... ¿Tú lo querías?
MECHA. -Antes, tal vez.
SR. DÍAZ. -De veras, de veras... ¿Tú no lo quieres?
MECHA. -No.
SR. DÍAZ. -Entonces hija, dame las gracias. ¡Te he salvado!

Telón

Acto tercero
En la biblioteca del señor Díaz. Diarios por todas partes. En las estanterías del frente tres o cuatro filas de grandes libros.

Escena I

SR. DÍAZ. -(Apareciendo con el Doctor.) Mi doctor, será usted el primer profano que viole los misterios del santuario. Parece esto una redacción de diario ¿verdad?
DOCTOR. -Efectivamente.
SR. DÍAZ. -Pues aquí me he pasado los últimos cuatro años. Es decir, aquí no. Vivía más arriba pero me mudé ayer para ahorrarle a mi secretario, a Mercedes el trabajo de subir escaleras. Mire usted la tarea en que me sorprendió este acontecimiento íntimo, -original coincidencia-. Vea (Señalando un grueso libro de recortes que está sobre la mesa.) «Natalidad ilegítima» «Nuestros hijos naturales» - «Ocultación de la maternidad» - «Infanticidios». Es copiosa la documentación.
DOCTOR. -¿Desde qué punto de vista y con qué criterio procede a la selección de esos documentos?
SR. DÍAZ. -Sería un poco engorrosa la explicación. Un caso práctico. Tomo un diario cualquiera, éste. Veamos. (Ojeándolo) «Vida social»... «Teatros»... «Policía»... ¡Ah... ja! Buscaremos la noticia que nos convenga. Aquí está. «¿Infantidicio?» Este título nunca falta en la crónica policial... Es un horror. (Leyendo) «En la mañana de ayer el conductor de un carro de limpieza pública, Fulano de tal, al volcar un cajón de basura en tal parte, etc... halló el cadáver de una criatura del sexo femenino horrorosamente despedazado». Pues esto va a una sección puramente estadística que llamo el osario infantil. Si la policía -cosa que rara vez ocurre- averigua el probable crimen, yo que tengo clasificadas las posibles causas de la ocultación de la maternidad corto la noticia y la pego debidamente anotada en la sección que le corresponda. Ejemplo al azar de una anotación (Leyendo.) «Existe una ley que prohíbe la matanza de las vacas para que no se extinga nuestra riqueza ganadera. La disciplina social ordena la anulación de las madres y la matanza de los hijos o la matanza de ambos o la anulación de amibos».
DOCTOR. -Pero, señor: Las estadísticas que son cada día más completas, ¿no le ahorrarían tanto trabajo? Los criminalistas y los sociólogos se basan en ella para sus estudios y conclusiones.
SR. DÍAZ. -Allí los tengo. He leído mucho. No los tomo mayormente en cuenta. Mi obra no será de especulación científica. Quiero ofrecerle a la humanidad un espejo en que vea reflejadas sus pasiones, su miseria, sus vicios. Esto hacemos, estos son nuestros crímenes, y por esto y esto nos estamos despedazando.
DOCTOR. -Un libro sentimental.
SR. DÍAZ. -Sí, sentimental, si usted quiere. Un toque de somatén a la clemencia universal. He probado en mí mismo la bondad de mi futura obra, de mi monumental «Enciclopedia del dolor humano». Durante estos cuatro años de lectura razonada y analítica de mis crónicas policiales he ido experimentando la alegría de una renovación de mi ser moral y si no me considero del todo purificado, estoy depurado de prejuicios, y siento desbordarse en mi espíritu la tolerancia y la piedad por mis semejantes.
DOCTOR. -¡Qué original! ¡Qué curioso!
SR. DÍAZ. -¡Oh! Espero, mi doctor, que no me juzgue usted con el criterio vulgar que me atribuye una chifladura sentimental.
DOCTOR. -¡Oh! ¡No!.... ¡No, señor!...
SR. DÍAZ. -Y supongo también que no habrá provocado esta entrevista con el objeto de estudiar el estado de mis facultades mentales.
DOCTOR. -Le aseguro, señor, que no. He obrado por mis cabales y sin propósitos preconcebidos.
SR. DÍAZ. -Porque hay gentes capaces de todo, amigo mío. Nada de extraño tendría, por ejemplo, que mañana mis deudos intentaran hacerme recluir por loco.
DOCTOR. -No lo creo. De ningún modo.
SR. DÍAZ. -(Paseándose un tanto nervioso.) ¡Sí!... ¡Sí!... ¡Locura!... ¡Locura!... Es tan raro... tan extraño... tan anormal que un hombre se sienta bueno... que un hombre tenga amor por sus semejantes... que un hombre se emancipe de la tiranía de los prejuicios... que no hay más remedio que declararlo loco. ¡Loco!... ¡Loco!... (Exaltándose.) Los locos son ellos... ¡Ellos!... Locos trágicos, que se desgarran!...
DOCTOR. -No se exalte, señor Díaz. Puedo asegurarle, que nos hacen falta muchos locos como usted.
SR. DÍAZ. -Muchas gracias. Disimule mi vehemencia Se me ocurrió que bien podría antojársele a los míos atribuir mis actos a insania mental. Pero no ha de suceder. (Pausa). Dígame, doctor. Encuentra bien, muy bien a mi hijita.
DOCTOR. -Su estado no puede ser más favorable, tanto que mi asistencia resulta del todo inoficiosa.
SR. DÍAZ. -¡Quién sabe si no la esperan mayores contrariedades!...
DOCTOR. -No tendrían razón de ser. En todo caso supongo que nada podría ocurrir que le acarreara perturbaciones peligrosas.

Escena II

Mercedes. -¡Ah! Perdón.
SR. DÍAZ. -Adelante, hija. No hablamos nada reservado.
DOCTOR. -Y por otra parte, le he robado ya mucho tiempo al señor Díaz.
MERCEDES. -¿No se lo habrá robado él a sus enfermos?
DOCTOR. -Adiós, señor. (A Mercedes.) A usted no la volveré a ver...
MERCEDES. -En calidad de médico, creo entender.
DOCTOR. -Por supuesto. Adiós.
SR. DÍAZ. -¿Sabes dónde estará aquel cuaderno con los apuntes sobre la delincuencia precoz?
MECHA. -A ver... a ver... Aquí está. ¿Para qué lo quieres?
SR. DÍAZ. -La otra mañana, cuando discutía con tu ex futura suegra, se me quedaron muchas cosas por decirle con respecto a los institutos del Patronato, y entre ellas la constatación de que la mayoría de los niños delincuentes se han educado y han recibido la protección de aquellos asilos. Y pienso darles una broma pesada mandando un resumen de mis estadísticas a la sociedad «Pro infancia desvalida».
MECHA. -Lo harás después. Ahora tenemos que hablar. El comité está reunido en sesión plena.
SR. DÍAZ. -¡Ah, sí!
MECHA. -Como lo oyes. Parece que tratan gravísimos asuntos.
SR. DÍAZ. -Me alegro mucho. Al fin se resolverán a adoptar una actitud de paz o de guerra.
MECHA. -Ha de ser de guerra. Encuentro a mamá hostilísima. Laura está llena de moños y en cuanto a Alfredo me acaba de maltratar.
SR. DÍAZ. -¡Cómo! ¡Se ha atrevido!...
MECHA. -No. De palabra, no más, No me hieren sus injurias. Se está operando un cambio tan grande en mí que empiezo a creer que no tardarán en serme indiferentes. Todos, empezando por mamá. Comienzo a darme cuenta de la inanidad de los sentimientos cimentados en una simple convivencia.
SR. DÍAZ. -Bravo, hijita.
MECHA. -Me hubiera explicado que en el primer momento, al conocer mi falta descargaran sobre mí todas las violencias de su indignación pero después han debido reaccionar ante lo irremediable y reintegrarme en su afecto. Mi cariño por ellos me obligaba ayer a ofrecerles un acto de desagravio recluyéndome en una casa de corrección, pero el cariño de ellos ni siquiera los ha inducido al perdón.
SR. DÍAZ. -A ese respecto tal vez prejuzgues un poquito. Debes comprender que todavía no se han repuesto de la sorpresa y que nuestra actitud debe haber llevado un poco de confusión a esos espíritus habituados a las soluciones hechas.
MECHA. -Podría haber notado ya algunos síntomas de reacción. Pero sucede lo contrarío. A mamá la veo convertida en un monumento de dignidad social agraviada, con una rigidez académica que en otras circunstancias me haría cosquillas, Laura con todas sus apariencias de tilinguita inofensiva está siempre erizada como un puercoespín y nada digo del otro, posesionado como está de su papel de dogo guardián del honor de la familia que ya ha ladrado fuerte.
SR. DÍAZ. -Veo que empiezas a irritarte. Eso ofusca, hija mía.
MECHA. -Sí. A sentirme incomodada. De manera que sería conveniente apresurar la solución del conflicto. Necesito tranquilidad y reposo completos. Ya sabes que no me pertenezco.
SR. DÍAZ. -¡Nervios! ¡Nervios!
MECHA. -Serán los nervios. Hay que calmarlos entonces. Tú me has ofrecido un asilo. ¡Llévame cuanto antes, cuanto antes!... Desde allí podemos continuar la batalla. Te quedas tú si quieres. Yo voy tomándole miedo a la cara del enemigo. Llévame.
SR. DÍAZ. -¡Ay, ay, ay! ¡Con qué sobresaltos y caprichos!... Esto es muy sintomático. Ven acá. Dame un beso. Así. ¡Bravo por la madrecita!
MECHA. -No vayas a pensar que esto es
accidental y momentáneo. SR. DÍAZ. -No, no, no. ¡De ningún modo! MECHA. -¿Te burlas? SR. DÍAZ. -Me has puesto de buen humor, hija.
¡Te aseguro que tenía una luna!... Bien. Voy a ver como andan las cosas en el hall... Mucho juicio ¿eh?

Escena III

ALFREDO. -¿Vas a salir?
SR. DÍAZ. - No.
ALFREDO. -Deseo hablar contigo.
SR. DÍAZ. -Ordena.
ALFREDO. -¿Quieres dejarnos solos, Mercedes?
SR. DÍAZ. -¿Es un secreto?
ALFREDO. -No. Pero no hacen falta testigos.
SR. DÍAZ. -(A Mercedes que hace mutis.) Hija; no te vayas lejos porque este muchacho trae una cara muy siniestra y puedo necesitar tu auxilio... Siéntate. ¿Pendón de paz o pendón de guerra?
ALFREDO. -Depende de ti.
SR. DÍAZ. -Entonces me tranquilizo.
ALFREDO. -Tenemos que hablar muy formalmente. Yo te he respetado siempre he seguido tus consejos, he aceptado tus ideas subordinando las mías muchas veces a la autoridad paterna.
SR. DÍAZ. -Puedes ahorrarte preámbulos. Al grano.
ALFREDO. -Hace cuatro años hiciste abandono de tu familia...
SR. DÍAZ. -No es exacto.
ALFREDO. -Sí. Sin causa aparente renunciaste a participar de nuestra vida. Decías que tu misión había terminado en este hogar.
SR. DÍAZ. -Etc., Etc...
ALFREDO. -Ahora te vuelves a nosotros. ¿A qué? ¿Qué quieres? ¿Qué pretendes?.
SR. DÍAZ. -Nada. Mientras no hice falta me mantuve eliminado. Me presento ahora porque mi autoridad y mi asistencia son necesarias en esta casa.
ALFREDO. -¿Pueden saberse los motivos reales de tu alejamiento? Porque el pretexto es trivial y no convence a nadie.
SR. DÍAZ. -No hay tal pretexto.
ALFREDO. -Bien, entonces, lo diré yo: tú te fuiste enfermo; un desequilibrio nervioso, cualquier cosa, y allá en la mansarda te has dejado rumiar por tu mal durante cuatro años...
SR. DÍAZ. -¡Claro está! Y ahora vengo, loco, a armar una revolución en mi hogar. Pregúntale al doctor Pérez si no acabo de decirle hace diez minutos, que ustedes iban a dudar de mis facultades mentales. Pregúntale.
ALFREDO. -Tus actos no revelan otra cosa.
SR. DÍAZ. -Vamos por partes. Cuáles son esos actos.
ALFREDO. -Lo que has hecho ayer negándote a aceptar la reparación que mandó ofrecer Enrique, lo que has hecho esta mañana sacando en nuestro coche a esa pobre muchacha -en el coche de la familia, a exhibir su impudor en Palermo y por las calles más concurridas, desafiando y provocando a la sociedad agraviada por su falta. Eso acusa más que falta de sensatez desequilibrio mental.
SR. DÍAZ. -En cuanto a lo último tienes razón. Yo no he debido mancillar el coche de la familia haciéndole llevar a una pecadora. Me imagino el rubor de los cojines.
ALFREDO. -No quise decir una sandez. Con ese hecho nos incluías a todos en tu provocación.
SR. DÍAZ. -En cuanto a lo segundo te declaro que mi locura no me ha llevado ni me llevará al crimen de entregar mi hija a los verdugos.
ALFREDO. -Prefieres entregaría a la perdición y al vicio.
SR. DÍAZ. -Todo lo prefiero, antes de consentir en una unión que sería para ella un castigo.
ALFREDO. -Se lo habría merecido en todo caso.
SR. DÍAZ. -Que se lo ha de merecer la pobre criatura que no ha podido mentir ni torturar el instinto.
ALFREDO. -¡Basta, papá! No continúes. ¡No declames más!
SR. DÍAZ. -¡Declamaciones!
ALFREDO. -Nosotros tenemos necesidad de defendernos y defendernos de ti. Nuestro decoro, nuestro porvenir, nuestra tranquilidad, exigen que ese matrimonio se lleve a cabo. Para que nos sigan considerando y respetando necesitamos guardar las formas y salvar las apariencias.
SR. DÍAZ. -(Exaltado.) ¡Ven acá! ¡Ven acá! ¿Qué consiguen con eso? ¿Con salvar las apariencias? Tú y tus hermanos ¿habrán dejado de ser los hermanos de una mujer que violentó la disciplina social? ¿Tu madre habría dejado de ser por eso la mala madre de una hija que ultrajó a su clase? ¿A qué quedamos reducidos, ante el concepto rígido de la moral en vigencia? A una pobre familia, a una desgraciada familia maculada por un delito anti social, delito que, por haberse hecho público, jamás se perdonará. Ya ves que a semejante precio no vale la pena negociar la dicha de tu buena hermana.
ALFREDO. -No discutamos más. No nos convenceremos. Debo decirte que somos demasiado crecidos ya para aceptar sin beneficio de inventario el evangelio de la autoridad paterna. He hablado con mamá y con Laura y hemos determinado hacer valer esta vez nuestro criterio. Es necesario que Mercedes se resigne al desagravio, ¡Es forzoso! Ese casamiento debe llevarse a cabo.
SR. DÍAZ. -¡Pero muchacho! ¡No te acabo de decir que no se realizará!...
ALFREDO. -Se hará. Con tu asentimiento o sin él. Perdona, papá, esta rebeldía, pero tú lo has provocado.
SR. DÍAZ. -¿Sabes quién soy yo? ¡Pues... yo me opongo
ALFREDO. -¡Hay medios de reducir tu oposición!
SR. DÍAZ. -¡Oh, candidez! ¿Haciéndome declarar insano? ¿Anulando mi personalidad civil? ¡Oh! Los locos son ustedes! Te voy a demostrar en el acto que, aún con éxito, el recurso sería contraproducente. (Va a la puerta y llama a voces.) ¡Mercedes! ¡Mercedes!... (Volviéndose.) Interrógala. Preguntále si quiere casarse con el caballerito eso. (Vuelve a llamar.) ¡Mecha! ¡Cuidado con violentarla o injuriarla!...

Escena IV

MECHA. -¿Llamabas, papá?
SR. DÍAZ. -Alfredo quiere hablarte.
MECHA. -Dí.
ALFREDO. -Ignoro si tú sabes, Mecha, que ayer estuvo aquí Misia Edelmira.
SR. DÍAZ. -Lo sabe.
MECHA. -Sí. Me contó papá.
ALFREDO. -¡Espero que te habrá contado todo!.. Que Enrique vuelve sobre sus pasos y desea casarse enseguida.
MECHA. -¡Sí, sí, sí!...
ALFREDO. -La visita de la señora de Álvarez no obedecía a escrúpulos caritativos. El señor Gutiérrez me lo ha demostrado esta mañana. Vino a ofrecerme una entrevista con Enrique quien desea a toda costa sincerarse con nosotros. ¿Qué piensas tú?
MECHA. -Alfredo, yo... francamente... en estas circunstancias, no sé que responderte.
SR. DÍAZ. -Sí que lo sabes.
ALFREDO. -No intervengas, papá.
MECHA. -Mira, hermano: Yo estoy muy atribulada y después de la catástrofe no he logrado asentar bien mis ideas. No pongo en duda la buena voluntad de Enrique. Es lógico que trate de reparar. Pero el caso es que tengo hecha ya mi composición de lugar, estoy dispuesta a consagrarle la vida a mi hijo, y no me hace falta el apoyo de Enrique. Ya no lo amo, por otra parte.
ALFREDO. -Y si no tuvieras más remedio que casarte, si se te dijera que esa unión nos salva a todos ¿qué harías?
MECHA. -¿Por qué he de ser yo la sola víctima?
ALFREDO. -¡Ah, sí! ¡Pretendes arrastrarnos en tu caída!... Hacernos solidarios de tu crimen. ¡No faltaba otra cosa!
MECHA. -Perdóname. No sé lo que me digo. ¿Mi sacrificio es condición indispensable para el bienestar de ustedes?
ALFREDO. -Naturalmente.
MECHA. -¿Pero podré imponer condiciones?
ALFREDO. -Según el género...
MECHA. -Bien. Me caso con Enrique. Pero siempre que, terminada la bendición o lo que sea, se me deje en libertad completa.
ALFREDO. -¡Oh, eso es absurdo!...
SR. DÍAZ. -¡Sí; hijita! Absurdo. Para salvar las apariencias es necesario que tú te cases, que vayas al domicilio conyugal, que aguantes el mal gesto de un marido por la fuerza, o el gesto sonriente de una bestia; que compartas la mesa de un eterno malhumorado, que aguantes sus desaires y sus reproches, ya que no sus violencias, y cuando el vaso esté colmado, recién entonces te permitirán ir a buscar un poco de paz en el seno de los tuyos. Ese es el programa que te espeta.
ALFREDO. -¡No exageres papá, no mientas! Enrique....
MECHA. -¡Oh! De Enrique no espero mucho más.
ALFREDO. -Bien. Contesta categóricamente; que la paciencia se me agota. ¿Qué resuelves?
MECHA. -¡Que no me caso!
SR. DÍAZ. -Bravo, hija, Ya ves, Alfredo, que aun cuando me hagan declarar loco o incapaz no podrán consumar el atentado.
ALFREDO. -La has sugestionado con tus extravagancias. ¡Ah! Te advierto que hay muchos medios para impedir que un hombre prostituya su familia. ¡Podría arrojarte de esta casa!
SR. DÍAZ. -¡Arrojarme de mi casa!...
ALFREDO. -Sí. Una persona que atenta contra el decoro y el honor de los suyos no merece otra cosa. Es un loco o es un pervertido.
SR. DÍAZ. -¡Has perdido el juicio, muchacho! Insultarme a mí, injuriarme a mí. A mí que con una palabra, con un soplo puedo echar abajo el castillo de naipes de nuestro honor.
ALFREDO. -¿Qué quieres decir? Explícate. ¡Te lo exijo!... ¡Pronto!...
SR. DÍAZ. -Anda y pregúntaselo a tu madre.
ALFREDO. -¡Mi madre!.. ¡Oh! Has de probar el cargo o responderás de esa injuria! (Mutis violento.)

Escena V

MECHA. -¡Papá! ¡Papá!... ¡Qué significa todo esto!.. Dime.
SR. DÍAZ. -¡Es mi drama, hija!
MECHA. -¡Oh, comprendo!... ¡Pobre papá!... ¡Pobres de nosotros!...
SR. DÍAZ. -¡No sé por qué no me he reprimido! Pero lo acosan a uno, lo ponen fuera de sí, y las palabras se escapan solas. No debí hablar... No debí hablar.. No era tiempo aún..
MECHA. -De todo esto tengo yo la culpa. ¡Oh, qué angustia! (Llora.)

Escena VI

ALFREDO. -(Reaparece y se echa a pasear muy exasperado monologando.) Sí... era tiempo de que nos resolviéramos. (A Díaz.) He ido a llamarla. Ya viene.
SR. DÍAZ. -Has hecho mal. ¡Esos careos son cosas de jueces o de niños! No había necesidad de mayores violencias. Si hubieras sido más hombre, nos habríamos entendido como hombres.
ALFREDO. -Estoy cansado de tus ambigüedades. Quiero ver las cosas claras como la luz, como la luz...
SR. DÍAZ. -¡Niño!... ¡Niño!...

Escena VII

SRA. DE DÍAZ. -¿Qué ha pasado aquí que están con unas caras tan extrañas?
ALFREDO. -Mi padre acaba de... ordenarme que te pida cuentas del honor de la familia.
SRA. DE DÍAZ. -(Demudada.) ¡Oh, Eduardo!
SR. DÍAZ. -No es verdad, Jorgelina. Este muchacho de tan ofuscado no entiende las cosas a derechas....
ALFREDO. -Eso no te lo permito. Has lanzado un cargo. Sosténlo y pruébalo.
SR. DÍAZ. -¡Bien, bien!. No te alteres. Saldrás con tu gusto. He querido decirle que tú, Jorgelina, me has sido infiel.
SRA. DE DÍAZ. -¡Qué infamia!... ¿Estás en tu juicio, Eduardo? ¡Oh ¡Ya pasa de los límites! ¿Yo?... ¿Yo?... ¿Yo te he sido infiel?
SR. DÍAZ. -Sí, tú. Me has engañado.
SRA. DE DÍAZ. -¡Alfredo! ¡Tu padre está loco...loco!...
SR. DÍAZ. -No lo estoy, señora. Y no insistan en eso porque me veré obligado a...
SRA. DE DÍAZ. -¡Loco de atar!...
SR. DÍAZ. -¡Oh. No!... (Abre un cajón de su escritorio y saca un legajo de cartas.) ¡Atrévase señora, a decir que eso no es suyo!...
ALFREDO. -¡Mamá!...
SRA. DE DÍAZ. -(Se deja caer en una silla.)
SR. DÍAZ. -Me han obligado a ser tan cruel... Pero tenía que defenderme. Si no lo hago así me nombran un tutor... (Pausa prolongada.)
ALFREDO. -¡Oh, qué repulsivo es todo esto!... ¡Qué bajo!. ¡Qué innoble!... Y para ello, para meditar una venganza así, has necesitado recluirte durante cuatro años, preparar el golpe con toda perfidia y acecharnos durante meses y meses esperando el momento en que más pudiera herirnos para descargarlo a mansalva. ¡Qué cobardía!.. ¡A ti es a quien tengo que pedir cuenta de nuestro honor, ahora! ¡A ti! ¡A ti, que has preferido ser verdugo a ser caballero!...
SR. DÍAZ. -Continúa. ¡Desahoga tu corazón, hijo!...
ALFREDO. -¡Oh! Si ella ha faltado, tu conducta eclipsa su falta, la purifica. ¡Habla tú! ¡Justifícate si puedes!...
SR. DÍAZ. -No lo intentaré. (Serenamente, después de una larga pausa.) Ustedes habían nacido ya cuando Jorgelina me engañó. Yo la quería mucho y más que a todo adoraba la paz del hogar en que elaborábamos la dicha común. Cuando se me presentó el conflicto pasional no tuve fuerzas para rebelarme. Me acobardó el fantasma de la vindicta social haciendo presa de mis hijos, y a riesgo de pasar por un abyecto, -quien sabe si no sigo siéndolo para mucha gente- apliqué un cauterio a mi herida de amor propio y continué la vida en común como si nada hubiera ocurrido. Lo preferí todo a dejar señalar con un estigma infamante a mis propios hijos. Pasó el tiempo. El episodio había modificado mi concepción de la vida. Ustedes crecían y se educaban en un medio que empezaba a resultarme falso y convencional pero ya era tarde para llevarlos a la realidad. Luego mi mentira y la mentira de todos comenzó a mortificarme. Entonces, huí a la mansarda. Allí habría acabado mis días sin decir una palabra si no sobreviene este accidente de Mercedes que me devuelve a la realidad cruel de la vida.
ALFREDO. -¡Por qué no seguiste callando!
SR. DÍAZ. -¡Ese ha sido el error! ¡Hablar!... Pero no lo hemos perdido todo... ¡Oye, Alfredo! ¡Tú, oye tú, Jorgelina!... Ya que somos dueños de la verdad, ¿por qué no edificamos sobre ella un nuevo hogar?...
ALFREDO. -¡Oh!... ¡No puede ser!... ¡Es tarde!. ¡Además, hemos quedado sangrando!
SR. DÍAZ. -(Después de una honda pausa, a Mecha.) Vamos, Mercedes. Vamos los dos... No, vamos los tres, a formar ese hogar con la verdad de nuestras vidas!... (Se encamina con ella hacia afuera.)

Telón

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