miércoles, agosto 02, 2006

"LA MUERTE DE WALLENSTEIN"de Federico Schiller




LA MUERTE DE WALLENSTEIN
Federico Schiller



PERSONAJES


WALLENSTEIN.
OCTAVIO PICCOLOMINI.
MAXIMILIANO PICCOLOMINI.
TERZKY.
ILLO.
ISOLANI.
BUTLER.
EL CAPITÁN NEUMANN.
EL CORONEL WRANGEL, enviado sueco.
GORDON, Comandante
EL MAYOR GERALDIN.
DEVEREUX, Capitán de ejército de Wallenstein.
MACDONALD, Capitán de ejército de Wallenstein.
UN CAPITÁN SUECO.
UNA DIPUTACIÓN DE CORACEROS.
EL BURGOMAESTRE DE EGRA.
SENI.
LA DUQUESA DE FRIEDLANDIA.
LA CONDESA TERZKY.
TECLA.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN, dama de la Princesa.
ROSENBERG, Escudero de la Princesa.
Dragones, Criados, Pajes, pueblo.

En los tres primeros actos la escena es en Pilsen, y
en los dos últimos en Egra.

ACTO PRIMERO.

Habitación preparada para trabajos astrológicos, con esferas, mapas, cuadrantes y otros instrumentos de astronomía. La cortina de una rotonda está levantada, viéndose las imágenes de los siete planetas, cada una en un nicho, alumbradas con luz incierta y extraña. Seni observa las estrellas, y Wallenstein está delante de una mesa, en la cual se halla trazado el curso de los mismos planetas.

ESCENA PRIMERA.
WALLENSTEIN.- SENI.

WALLENSTEIN.- Basta ya, Seni. ¡Baja! El día viene, y Marte reina ahora. No conviene trabajar más.
¡Ven! Bastante sabemos ya.
SENI.- Déjeme V. A. observar sólo a Venus. Ahora mismo sale. Como un sol brilla en el Oriente.
WALLENSTEIN.- Sí, ahora se halla en su perigeo, o influye en la tierra con todo su poder. (Examinando las figuras de la mesa.) ¡Afortunado aspecto! Así se forma el misteriosa triángulo, y los dos planetas favorables, Júpiter y Venus, refrenan en su centro a Marte, maléfico y adverso, obligando a servirme a ese fautor de desdichas. Largo tiempo me ha sido contrario; y ya con sus rayos rectos u oblicuos, ya en cuadratura, ya por duplicado, lanzaba sus rojizos destellos contra mis astros, y anulaba sus virtudes benéficas. Ya han vencido a mi antiguo enemigo, y lo tienen encadenado en el cielo.
SENI.- Y los dos grandes luminares están libres de todo maleficio. Saturno, incapaz de dañar, y sin poder, in cadente domo.
WALLENSTEIN.- Ha pasado el imperio de Saturno, el que influye en el nacimiento de las cosas en el seno de la tierra, y en las profundidades del alma, y en cuanto teme a la luz. Ya no es tiempo de pensar y de reflexionar, porque Júpiter, brillante, domina y arrastra violentamente al reino de la luz todos los trabajos preparados en las tinieblas... Menester es
ahora obrar con rapidez, antes que la dicha huya otra vez de mi cabeza, porque no hay estabilidad alguna en las cosas del cielo. (Llaman a la puerta.) Llaman. Mira quién es.
TERZKY. (Desde fuera.)- ¡ Abrid!
WALLENSTEIN.- ¿Terzky? ¿Es algo urgente? Estamos ocupados.
TERZKY. (Desde fuera.)- Abandonadlo todo, yo os lo suplico. No es posible esperar.
WALLENSTEIN.- ¡Abre, Seni! (Mientras abre Seni,corre la cortina Wallenstein.)

ESCENA II.
WALLENSTEIN y el CONDE TERZKY.

TERZKY. (Entrando.)- ¿Lo sabes ya? Ha sido hecho prisionero, y entregado por Gallas al Emperador.
WALLENSTEIN. (A Terzky)- ¿Quién ha sido hecho prisionero? ¿Quién ha sido entregado?
TERZKY - Quien conoce nuestro secreto en toda su extensión, nuestros tratos con suecos y sajones, aquel por cuyas manos ha pasado todo...
WALLENSTEIN. (Retrocediendo.)- ¿No será Sesina? ¡Dime que no, yo te lo ruego!
TERZKY.- Los agentes de Gallas lo apresaron en su camino directo a Ratisbona, a buscar a los suecos, después de haberlo acechado largo tiempo.
¡Llevaba consigo un paquete de despachos míos a Kinsky, Matías Thurn, Oxenstern y Arnheim! Todo ha caído en su poder, y ahora sabrán cuanto se ha hecho.

ESCENA III.
Los mismos.- ILLO.

ILLO. (A Terzky.)- ¿Lo sabe ya?
TERZKY.- Lo sabe.
ILLO. (A Wallenstein.)- ¿Esperas todavía hacer las paces con el Emperador y recobrar su confianza? Si fuese así renunciarías a tus proyectos de buen grado.
Pero ya los no conocen. Es preciso; pues, seguir hacia delante, no retroceder.
TERZKY.- Tienen entre sus manos documentos fehacientes contra nosotros.
WALLENSTEIN.- No escritos por mí. Te los atribuiré, y te acusaré de impostor.
ILLO.- ¿Cómo? ¿Crees acaso que lo negociado por éste, por tu cuñado, y en tu nombre, no lo cargarán a tu cuenta? ¿Para los suecos valen sus tratos como tuyos, y no valdrán para tus enemigos de Viena?
TERZKY.- Nada hay escrito por ti... pero recuerda hasta dónde has llegado en tus conversaciones con Sesina. ¿Se callará? Si puede salvarse revelando tus secretos, ¿no lo hará?
ILLO.- ¿No se te ocurre lo mismo? Y puesto que averiguarán ahora hasta dónde has llegado, dime: ¿qué esperas? Tu mando no puedes conservarlo, y, si lo dejas, eres hombre perdido.
WALLENSTEIN.- El ejército es mi garantía. El ejército no me abandona. Sepan cuanto quieran, la fuerza está de mi parte, y han de ceder... y si protesto de mi fidelidad, se darán por satisfechos.
ILLO.- El ejército es tuyo; es tuyo ahora por el momento, es tuyo; pero tú teme el influjo lento y silencioso del tiempo. La adhesión de las tropas te protegerá hoy y mañana de toda violencia; pero si dejas pasar los días, insensiblemente llegarán a pensar bien, como tú ahora, y con astucia te serán arrebatados uno a uno... hasta que sobrevenga el gran cataclismo, que derribe ese edificio frágil y engañoso.
WALLENSTEIN.- ¡Es una eventualidad infausta!
ILLO.- ¡Oh! fausta la llamaría yo, si, como debe ser, incluye en ti lo bastante para excitarte a obrar con actividad... El coronel sueco...
WALLENSTEIN.- ¿Ha llegado? ¿A qué viene?
ILLO.- Sólo a ti lo dirá.
WALLENSTEIN.- ¡Funesta, funesta casualidad!... Sí; sin duda alguna Sesina sabe demasiado para callar.
TERZKY.- Es un desertor bohemio y un rebelde, y condenado a muerte, y si puede salvarse a tu costa, no tendrá escrúpulo en hacerlo. ¿Y si lo someten ala tortura, él, cobarde, podrá resistirla?
WALLENSTEIN. (Abismado en sus reflexiones.)- Es imposible recobrar la confianza perdida, y haga yo lo que quiera, seré siempre para ellos un traidor a la patria. Si vuelvo, honradamente a cumplir mi deber, tampoco adelantaré nada...
ILLO.- Esto te perdería. No a tu lealtad, se atribuiría a tu impotencia.
WALLENSTEIN. (Paseándose inquieto a uno y otro lado.) ¿Cómo? ¿He de realizar ahora formalmente, lo que sirvió de juguete a mis pensamientos? ¡Maldito sea el que juega con el diablo!
ILLO.- Si ha sido sólo un juego para ti, créeme, habrás de expiarlo seriamente.
WALLENSTEIN.- ¿Y ha de ser preciso realizarlo ahora, y ha de suceder ahora, cuando el poder es mío?
ILLO.- Lo más pronto posible, antes que resuene el golpe en Viena, y te prevengan...
WALLENSTEIN. (Examinando el papel firmado.)- Tengo, por escrito las promesas de los generales...
Maximiliano Piccolomini no está aquí. ¿Por qué no?
TERZKY.- Era... creía...
ILLO.- ¡Pura extravagancia! Esto no es necesario entre tú y él.
WALLENSTEIN.- No es necesario, es verdad; tenía razón sobrada... Los regimientos no quieren marchar a Flandes, y me han enviado una solicitud oponiéndose abiertamente a su salida. El primer paso para la sedición está ya dado.
ILLO.-Créeme; más fácil te será llevarlos al enemigo, que ponerlos a las órdenes del español.
WALLENSTEIN.- Quiero oír, sin embargo, lo que ha de decir el sueco.
ILLO. (Con precipitación.)- ¿Queréis llamarlo, Terzky? Está ahí fuera.
WALLENSTEIN.- Espera un poco. Me han sorprendido... Esto sobreviene prematuramente... No estoy acostumbrado a que la casualidad me domine, y a que me arrastre consigo ciega.
ILLO.- Escúchalo primero, y reflexiona después.
(Vanse.)

ESCENA IV.
WALLENSTEIN, hablando consigo mismo.

¿Será posible? ¿Ya no puedo hacer lo que quería? ¿Ni retroceder, si me agrada? ¿He de ejecutar un hecho, sólo por haberlo pensado, por no haber rechazado la tentación... y porque a mi corazón ha servido este sueño de alimento, por allegar los medios inciertos de realizarlo, simplemente por tener abierto ese camino? ¡Oh gran Dios del cielo! No era un propósito formal; nunca fue cosa resuelta. Agradábame sólo pensarlo; la libertad y el poder me encantaban.
¿Era acaso injusto que mi fantasía se regocijase con la esperanza de reinar? ¿Mi voluntad no era libre en mi pecho, y no tenía a mi alcance la buena senda, siempre pronta para la vuelta? ¿Adónde me veo llevado de improviso? Detrás de mí no hay salida, y lo veda una muralla levantada por mí, cuyo recinto me impide el regreso. (Quédase profundamente pensativo.) Parezco culpable; y, por más que me empeñe, no puedo arrojar de mí esa culpa, porque me acusa la doblez de mi vida... y hasta la pureza de las acciones más inofensivas se convertirán en sospecha ponzoñosa. Si yo fuese traidor, como aparento serlo, hubiese cuidado de no parecerlo, me hubiera rodeado de un velo, y jamás expresara mi descontento. Sabía que era inocente, y mi voluntad recta, y daba libre vuelo a mis caprichos y a mi pasión...
La palabra era atrevida porque no lo eran mis hechos. Lo que ha sucedido al acaso lo convertirán en algo mal intencionado, efecto de un plan preconcebido, y las palabras, hijas de la cólera y de la libertad de que disfrutaba, pronunciadas en la superabundancia de mi corazón, serán interpretadas como una urdimbre bien tejida, en la cual querrán, envolverme, sirviendo de terrible acusación, que me hará enmudecer. Así me rodea una red preparada
por mí mismo para mi ruina, de la cual sólo puede librarme la violencia. (Nueva pausa.) Y ¡cómo ha de ser de otra manera! Mi ánimo me arrastra por sí a todo lo audaz, la necesidad me obliga con su imperio, y mi propia conservación lo exige. El aspecto de la necesidad es formidable sin duda. No sin temblar penetra la mano del hombre en la urna misteriosa del destino. En mi pecho, mis acciones eran mías; pero fuera ya del seguro asilo del corazón, su natural asiento, y entregadas al suelo ingrato de la vida, son del dominio de esos poderes maléficos, contra los cuales nada puede la humana industria. (Paséase a grandes pasos, y se queda luego pensativo.) Y ¿cuál es tu propósito? ¿Lo has examinado y puedes expresarlo?
Quieres derribar un poder, pacífico, seguro en su trono, fundado en la tradición y en posesión sacrosanta y antiquísima, y arraigado con mil tiernas raíces en la cándida y piadosa fe de los pueblos. No se trata ahora del choque de dos fuerzas, que no temo.
Yo puedo aventurarme contra un enemigo cualquiera, siempre que mis ojos encuentren los suyos, y cuyo valor, sea el que fuere, inflama el mío. Invisible es el adversario, a quien tengo miedo, que combate contra mí en el pecho de los hombres, y que me infunde sólo timidez invencible. No; no es peligroso ni formidable lo lleno de fuerza y de vida, sino lo vulgar, lo de ayer, y siempre de ayer, lo que era siempre y siempre vuelve, y mañana vale porque vale hoy. La costumbre hace al hombre, la costumbre o amamanta. ¡Ay de aquel que conmueve su antiguo y sagrado hogar, la herencia amada de sus abuelos! Los años lo sacrifican todo. Lo respetable para la ancianidad es divino para el hombre. El que posee, tiene el derecho de su parte, y la muchedumbre lo defenderá como sagrado. (Al paje, que entra.)
¿El coronel sueco? ¿Está ahí? Si lo esta, que entre. (Vase el paje. Wallenstein clava en la puerta su mirada pensativa.)
¡Aun no se ha profanado... aun no! El crimen no ha traspasado sus umbrales... ¡Tan estrecho es el límite que separa a las dos sendas de la vida!

ESCENA V.
WALLENSTEIN y WRANGEL.

WALLENSTEIN. (Después de echar sobre el coronel una mirada penetrante.) ¿Os llamáis Wrangel?
WRANGEL.- Gustavo Wrangel, coronel del regimiento de Sudermania.
WALLENSTEIN.- Un Wrangel fue el que me hizo mucho daño delante de Stralsund, y cuya tenaz resistencia impidió que la ciudad se me rindiera. WRANGEL.- Obra fue de los elementos, señor Duque, no de mi mérito. El Belt, con su tempestad violenta, defendía la libertad de la ciudad, y la mar y la tierra no obedecían a un mismo señor.
WALLENSTEIN.- Me arrebató de la cabeza el sombrero de almirante.
WRANGEL.- Vengo a poner en ella una corona.
WALLENSTEIN. (Sentándose, y haciéndole señal de que se siente.)- Vuestras credenciales. ¿Tenéis plenos poderes?
WRANGEL. (Vacilado.)- Hay que resolver algunas dudas...
WALLENSTEIN. (Después de leer la credencial.)- La
carta tiene todos los requisitos necesarios. Es hombre sagaz e inteligente vuestro superior, señor Wrangel. El Canciller escribe que sólo se propone realizar el proyecto del Rey difunto, al ayudarme a alcanzar la corona de Bohemia.
WRANGEL.- Y dice la verdad. El bienaventurado Monarca estimaba en sumo grado el talento sobresaliente y las prendas militares de V. A., y acostumbraba decir que debía ser rey quien sabía mandar así.
WALLENSTEIN.- Podía decirlo como pocos. (Tomando su mano con familiaridad.) A la verdad, señor Wrangel, también en el fondo de mi corazón fui siempre buen sueco... y lo habéis observado en Silesia y Nuremberg. Os he tenido en mis manos con frecuencia, y siempre. os dejaba una salida para escapar.
Esto es lo que no me perdonan en Viena, y lo que me obliga ahora a dar este paso... Y puesto que nuestros intereses son los mismos, tengamos unos con otros plena confianza.
WRANGEL.- Ya vendrá la confianza, cuando haya por ambas partes suficientes garantías.
WALLENSTEIN.- El Canciller, según me parece, no se fía completamente de mí. Sí, lo confieso... El juego no me favorece demasiado. Cree S. E. que, cuando yo hago esto con el Emperador, a quien sirvo, bien puedo hacer lo mismo con el enemigo, y esta traición sería más perdonable, que aquella. ¿No opináis así también, señor Wrangel?
WRANGEL.- Yo desempeño tan sólo un cargo, y no me compete formular ninguna opinión.
WALLENSTEIN.- El Emperador me ha impulsado a llegar a este extremo. Ya no puedo servirle lealmente.
Por mi propia conservación, movido por la necesidad, doy yo este paso trabajoso, que reprueba mi conciencia.
WRANGEL.- Lo creo. Nadie va tan lejos sin verse obligado a ello. (Pausa.) A nosotros no nos correspondo interpretar ni juzgar vuestra conducta con vuestro Emperador y dueño. Los suecos pelean por su buena causa, con su buena espada y su conciencia.
Las circunstancias, la ocasión es favorable a nosotros; las aprovechamos sin escrúpulo, si se
presentan, porque así ha de hacerse en tiempo de guerra; y si todo se muestra propicio...
WALLENSTEIN.- ¿De qué, pues, se recela? ¿De mi voluntad? ¿De mis recursos? He prometido al Canciller, que si me confía diez y seis mil hombres, y los reúno con otros diez y ocho mil del Emperador...
WRANGEL.- Se mira a V. A. como a un guerrero de primer orden, como a un segundo Atila o un segundo Pirro. Todavía se habla con estupor de que V. A., hace años, contra la opinión común, organizara un ejército de la nada. Y sin embargo...
WALLENSTEIN.- ¿Sin embargo?
WRANGEL.- Su Excelencia opina que es más fácil crear de la nada un ejército de diez y seis mil hombres, que arrastrar la sexagésima parte de... (Se detiene.)
WALLENSTEIN.- ¿A qué? ¡Hablad sin rebozo!
WRANGEL.- A ese perjurio.
WALLENSTEIN.- ¿Lo cree así? Piensa a lo sueco y a lo protestante. Vosotros, luteranos, peleáis por vuestra Biblia, y os preocupáis de vuestra causa. Seguís de todo corazón vuestras banderas... Quien se pasara, pues, al enemigo, infringiría un doble deber.
De nada de esto hay que hablar entre nosotros...
WRANGEL.- ¡Santo Dios! ¿No hay, pues, aquí en este país, ni patria, ni hogar, ni fe?
WALLENSTEIN.- Os diré lo que sucede... Sí; el austriaco tiene patria, y la ama, y tiene razón para amarla; pero este ejército, que se llama imperial, y acampa aquí, en Bohemia, no la tiene. Está formado de la hez extranjera, del deshecho del pueblo, y nada más posee que la luz del sol. Y esta tierra de Bohemia, por la cual peleamos, no es afecta a su Monarca, y lo obedece por la fuerza, no por su libre elección. Murmurando sufre la tiranía religiosa, y la violencia la ha sometido por el miedo, pero no le ha dado la paz. Se recuerdan con rabia y sed de venganza los horrores que se han, cometido en su territorio.
¿Cómo ha de olvidar un hijo que se ha llevado a misa a su padre, azuzándola perros? Temible es el pueblo, que ha sufrido esto, ya se vengue, ya tolere estos tormentos.
WRANGEL.- Pero, ¿y la nobleza y los oficiales? Semejante apostasía, felonía de esta índole, señor Duque, no encuentra ejemplo en la historia.
WALLENSTEIN.- Son míos incondicionalmente. No os fiéis de mí, sino de vuestros propios ojos. (Dale el papel del juramento. Wrangel lo lee, y después lo deja callado en la mesa.) ¿Qué os parece? ¿Lo comprendéis ahora?
WRANGEL.- ¡Que lo entienda quien pueda entenderlo! Señor Príncipe, caiga ya mi máscara... ¡Sí! Tengo plenos poderes para resolverlo todo. El Ringrave dista sólo de aquí cuatro jornadas con quince mil hombres, y espera la orden de unirse a vuestro ejército. Yo la extiendo, si convenimos.
WALLENSTEIN.- ¿Cuál es la pretensión del Canciller?
WRANGEL. (Con solemnidad.)- Se trata de doce regimientos suecos, y responde mi cabeza. Todo esto podría no ser al fin más que un falso juego...
WALLENSTEIN. (Interrumpiéndole.) ¡Señor sueco!
WRANGEL. (Continuando tranquilo.) Y es indispensable que el Duque de Friedlandia rompa formalmente con el Emperador, y no le sea posible retroceder, aunque quiera, porque de otro modo no se le confiará ni un soldado sueco.
WALLENSTEIN.- Pero, ¿qué exige? decidlo pronto, sin rodeos.
WRANGEL.- Que se desarmen los regimientos españoles afectos al Emperador, que sea ocupada Praga, y que esta ciudad y la fortaleza de Egra sean entregadas a los suecos.
WALLENSTEIN.- ¡Mucho pide! ¡Praga! Valga por Egra; ¿pero Praga? No proseguid. Os doy todas las garantías razonables que exijáis; pero Praga... la Bohemia, puedo yo mismo defenderla.
WRANGEL.- No se duda. Ni aun nos cuidamos nosotros de hacerlo. No nos agrada haber perdido inútilmente tantos hombres y tanto dinero.
WALLENSTEIN.- Justo parece.
WRANGEL.- Y mientras no seamos indemnizados, Praga nos servirá de garantía.
WALLENSTEIN.- ¿Tan poca confianza os inspiramos?
WRANGEL. (Levantándose.)- Los suecos se han de precaver de los alemanes. Se nos ha llamado del otro lado del Báltico, y hemos salvado al imperio de su ruina... con nuestra sangre hemos sellado la libertad de conciencia, la santa enseñanza del Evangelio.
Pero ya ahora nadie se acuerda del beneficio recibido; sólo pesa la carga, y se mira de mal ojo al extranjero que ocupa el territorio, y de buen grado nos enviarían a nuestros bosques dándonos un puñado de oro. ¡No! ¡No hemos dejado a nuestro rey en el campo de batalla por el salario de Judas, por el oro ni por la plata, viles metales! ¡La noble sangre de tantos suecos no ha corrido por el oro ni por la plata! No queremos devolver nuestras banderas a la patria, adornadas sólo de laureles. Queremos quedarnos como ciudadanos de un suelo, conquistado por la muerte de nuestro Rey.
WALLENSTEIN.- Ayudadme a derribar al enemigo común, no os faltarán bellas fronteras.
WRANGEL.- Y cuando el enemigo común yazga por tierra, ¿quién reanudará esta alianza? Sabemos, señor Príncipe... aunque los suecos nada tengan que decir a esto... que V. A. negocia secretamente con los sajones. ¿Quién nos garantiza de no ser las víctimas propiciatorias de tratos, que se juzga útil ocultar?
WALLENSTEIN.- Bien elige el Canciller sus servidores, porque fuera difícil encontrar otro más tenaz.
(Levantándose.) Ofreced otras cláusulas más aceptables, y no hablemos más de Praga.
WRANGEL.- Mis plenos poderes se limitan a esto.
WALLENSTEIN.- ¡Entregaros mi capital! Prefiero volver de nuevo... a mi Emperador.
WRANGEL.- Si es tiempo.
WALLENSTEIN.- Puedo hacerlo ahora todavía, siempre que quiera.
WRANGEL.- Quizás hace poco días, hoy no... Ya no, estando prisionero Sesina. (Wallenstein se calla sorprendido.)
Creemos, señor Príncipe, que V. A. obra lealmente; desde ayer estamos seguros... Y puesto
que este documento nos sirve de garantía respecto a las tropas, no hay ya obstáculo para que no sea completa nuestra confianza. Praga no debe, pues, desunirnos. El Canciller, mi señor, se contenta con la Ciudad Vieja, y os deja el Ratschín y el barrio pequeño.
Pero Egra, sobre todo, ha de ser nuestra, y sin esta condición precisa no hay que hablar de
juntarnos.
WALLENSTEIN.- ¿Yo debo, pues, fiarme de vosotros, y vosotros no fiaros de mí? Reflexionaré sobre lo que me proponéis.
WRANGEL.- Pero no largo tiempo, os ruego. Dos años hace ya que duran estas negociaciones; y si no dan ahora resultado, el Canciller está resuelto a romperlas para siempre.
WALLENSTEIN.- Mucha prisa me dais. Digno de meditación es, sin duda, este paso.
WRANGEL.- Rápida actividad, no largas meditaciones, es la mejor garantía del buen éxito, (vase.)

ESCENA VI.
WALLENSTEIN, TERZKY e ILLO, que vuelven.

ILLO.- ¿Se acabó?
TERZKY.- ¿Os habéis convenido?
ILLO.- Este sueco ha salido muy satisfecho. Sí, ya os habéis puesto de acuerdo.
WALLENSTEIN.- ¡Oídme! Nada hay resuelto, y... bien considerado, será preferible no hacer nada.
TERZKY.- ¿Cómo? ¿Qué dices?
WALLENSTEIN.- ¿Vivir por gracia de estos suecos, de estos suecos tan fatuos? No puedo sufrirlo.
ILLO.- ¿Eres algún fugitivo para ellos, que mendiga su protección? Les das más de lo que recibes.
WALLENSTEIN.- ¿Qué sucedió a aquel gran condestable
de Borbón, que fue traidor a su patria, y
enemigo de ella, y la hirió como un parricida? La deshonra fue su recompensa, y su acción desnaturalizada y criminal sólo excitó en todos horror.
ILLO.- ¿Te encuentras tú en su caso?
WALLENSTEIN.- La lealtad, os digo, es para todo hombre como su más próximo pariente, y todos se creen nacidos para vengarla. La enemistad de las sectas, el odio de los partidos, la envidia inveterada, la rivalidad pueden reconciliarse algún día; cuanto rabia en el mundo por destruirse, se apacigua, se concierta en hacer la guerra al enemigo común de la humanidad, a perseguirlo como a una bestia feroz, que fuerza el recinto seguro, en donde el hombre se mantiene oculto... puesto que la prudencia individual no basta por sí sola a protegerlo. Sólo en la frente ha dado la naturaleza luz a los ojos, y la lealtad y la confianza son las únicas égidas que lo amparan por la espalda.
TERZKY.- No pienses de ti mismo peor que piensan tus enemigos, que te alargan la mano con alegría.
No opinaba tan rígidamente aquel Carlos, tío y abuelo de esta casa imperial, que recibió al condestable de Borbón con los brazos abiertos, porque la propia conveniencia es soberana del mundo.

ESCENA VII.
Los mismos y la condesa TERZKY.

WALLENSTEIN.- ¿Quién os llama? Las señoras nada tienen que hacer aquí.
LA CONDESA.- Vengo a ofrecer mi felicitación. ¿Me he adelantado acaso? No lo espero.
WALLENSTEIN.- Influye tú, Terzky. Mándale que se vaya.
LA CONDESA.- Ya he dado un rey a Bohemia.
WALLENSTEIN.- Más tarde.
LA CONDESA. (A los demás.)- Pero ¿qué hay? Hablad.
TERZKY.- El Duque no quiere.
LA CONDESA.- ¿No quiere lo que debe querer?
ILLO.- Probad, intentadlo; en cuanto a mí, terminó mi misión, porque ahora se me habla de lealtad y de conciencia.
LA CONDESA.- ¿Cómo? Cuando todo estaba lejos, y sé presentaba a tu vista una senda infinita, tenías resolución y valor... y ahora, cuando el sueño se trueca en realidad, cuando tan próximo está su cumplimiento, y el éxito el seguro, ¿comienzas a vacilar?
¿Sólo eres audaz para trazar planes, y cobarde para ejecutarlos? ¡Bien! Da la razón a tus enemigos.
Aquí es justamente en donde te esperan. Darán crédito de buen grado a tu proyecto, y puedes estar seguro de que te acusarán tus cartas y tu sello. Sin embargo, ninguno cree en la posibilidad del hecho, puesto que entonces te temerían y te atenderían. ¿Es esto posible? Cuando tanto has andado, cuando se sabe lo peor, ya te imputan el hecho como si lo hubieras consumado, ¿quieres retroceder y perder su fruto? Proyectarlo es una acción vulgar, aunque punible, realizarlo, inmortal empresa. Y si el éxito lo corona, todo se perdonará, porque juicio de Dios es la buena fortuna.
UN AYUDA DE CÁMARA. (Que entra.)- El coronel
Piccolomini.
LA CONDESA. (Con viveza.)- Que espere.
WALLENSTEIN.- Ahora no puedo recibirlo. Otra vez será.
EL AYUDA DE CÁMARA.- Sólo pretende hablaros un instante. Dice que un asunto urgente...
WALLENSTEIN.- ¿Quién sabe lo que nos dirá? Quiero oírlo.
LA CONDESA. (sonriendo.)- Bien urgente puede ser para él. Tú puedes esperar.
WALLENSTEIN.- ¿Qué es?
LA CONDESA.- Después lo sabrás. Ocúpate ahora en despachar a Wrangel. (Vase el ayuda de Cámara.)
WALLENSTEIN.- Si hubiese todavía algún medio... la más estrecha salida... la acogería de buen grado, y evitaría apelar al último extremo.
LA CONDESA.- No lo desees, porque existe. Desahucia a ese Wrangel. Renuncia a tus antiguas esperanzas; no te acuerdes más de tu vida anterior, y decídete a comenzar otra nueva. También la virtud tiene sus héroes, como la fama y la fortuna. Ve a Viena a arrojarte a los pies del Emperador; lleva contigo dinero en abundancia, y declara que sólo has intentado poner a prueba la fidelidad de sus servidores, y burlarte de los suecos.
ILLO.- Tarde es ya también para esto. Se sabe demasiado.
Equivaldría a poner su cabeza bajo el hacha del verdugo.
LA CONDESA.- No lo creo. Faltan pruebas para condenarlo legalmente, y no apelarán a lo arbitrario.
Se dejará quo el Duque se retire tranquilo. Veo bien todo lo que sucederá. Se presentará el rey de Hungría, y se irá el Duque sin más explicaciones. El Rey tomará el juramento a las tropas, y todo entrará en orden. El Duque desaparece una mañana. Después pasará la vida en sus castillos, que se animarán con su presencia. Se cazará, se edificará, habrá en ellos yeguadas, se formará una corte; repartirá llaves de gentilhombre, dará grandes y suntuosos banquetes; en una palabra, será un gran rey... en pequeño. Y por su conducta prudente, reducido va a no valer nada, ni significar nada, se le dejará brillar cuanto quiera, y será un gran príncipe hasta su muerte. De todas maneras, la verdad es que el Duque es un advenedizo, elevado hasta las nubes por la guerra, un favorito improvisado por la corte, que así hace barones como príncipes.
WALLENSTEIN. (Levantándose muy conmovido.) ¡Muéstrame, oh Dios misericordioso, un camino salvador en este trance! ¡Muéstrame una senda, que yo pueda seguir!... No me es dado, como a héroe fanfarrón, o virtuoso charlatán, cobrar bríos en mi voluntad y en mis pensamientos... No puedo decir a la Fortuna, que me vuelve las espaldas, fingiendo magnanimidad: «¡Vete! ¡No te necesito!» Si no me pongo en movimiento, estoy perdido. No temo los sacrificios ni los peligros, que me impidan dar el último, el más decisivo paso. ¡Caiga yo antes en la nada, hágame tan pequeño, habiendo sido tan grande; confúndame el mundo con esos miserables, que nacen y mueren en un día, y que los presentes y la posteridad pronuncien mi nombre con horror, y que mi título de duque de Friedlandia sea la personificación de todo hecho punible!
LA CONDESA.- ¿Qué hay, pues, en esto de contrario a la naturaleza? Yo no lo encuentro; dímelo... ¡Oh! ¡que el espectro sombrío de la superstición no asuste tu clara inteligencia! Te han acusado del crimen de alta traición, sea o no con justicia, porque no se trata ahora de discutirlo. Tú eres hombre perdido, si no usas sin tardanza del poder que ahora ejerces... Y, siendo así, ¿cuál es el ser más pacífico del mundo, que no defiende su vida con todas sus fuerzas? ¿La necesidad no justifica, pues, la audacia, por grande que ésta sea?
WALLENSTEIN.- Hubo un tiempo, en que Fernando fue conmigo muy obsequioso, en que me amaba, me estimaba y me ponía lo más cerca posible de su corazón. ¿A qué príncipe ha honrado como a mí?... ¡Y acabar de este modo!
LA CONDESA.- ¿Tan fielmente recuerdas hasta los más pequeños favores, y hasta tal punto olvidas las ofensas? ¿He de refrescar tu memoria, contándote cómo pagaron tus buenos servicios en Ratisbona? Te enajenaste las simpatías de todas las clases del Imperio, y, por engrandecerlo, cargaste con el odio y la maldición de todos. No tenías un solo amigo en toda Alemania por servir con fidelidad al Emperador. En la tempestad, que se suscitó entonces en Ratisbona, tú solo no le desamparaste... ¡y te dejó él sucumbir! ¡Te ofreció en sacrificio al orgulloso Bávaro! No digas que, al devolverte tu dignidad, borró su primera y grave injusticia. No fue esto obra de su benevolencia, que, la implacable necesidad te colocó en el puesto que de buen grado se rehusaran.
WALLENSTEIN.- Verdad es que no debo mi mando ni a su benevolencia, ni a su afecto. Si abuso, mi abuso no es de confianza.
LA CONDESA.- ¿Afecto, confianza? ¡Tenían necesidad de ti! La necesidad, ese tirano exigente, que no se contenta con palabras huecas, ni con farsantes, que quiere obras, no apariencias, busca siempre el más grande y el mejor para confiarle el timón de la nave, aunque haya de elegirlo del populacho... Esa te confió este cargo, Y extendió por escrito tu nombramiento, puesto que largo tiempo, tan largo tiempo como le fue posible, se sirvió esa raza de almas de esclavos venales y de máquinas llenas de artificios...
Pero cuando las cosas llegan al extremo, y es inútil la farsa, todo cae en las robustas manos de la naturaleza y de estos gigantes de la inteligencia, que sólo a sí mismos obedecen, que con nada transigen, y no admiten más imposiciones que las suyas, jamás las ajenas.
WALLENSTEIN.- ¡Verdad es! Siempre me han visto como soy realmente; nunca los he engañado en mi trato con ellos, y nunca estimé como meritorio ocultarles la audacia sin límites de mi carácter.
LA CONDESA.- Al contrario... siempre te has mostrado temible. Así, tú no, que has sido consecuente, ellos han sido los injustos, porque temiéndote, te confiaban el poder. Razón tiene todo carácter, igual siempre a sí mismo, y nada hay más insensato que la contradicción. ¿Fuiste otro ocho años hace, cuando recorriste la Alemania llevándolo todo a sangre y fuego, cuando eras el azote de todas sus provincias, burlándote de todas las leyes del Imperio, sin ejercer otro derecho que el formidable de la fuerza, y derribando cuanto se elevaba en el país para extender el dominio de tu sultán? Ocasión fue aquella de contrarrestar tu orgullosa voluntad y llamarte al orden. No obstante, agradábale al Emperador tu conducta porque le convenía, y autorizaba callado, con su sello imperial, estas violencias. Lo que entonces era justo, porque tú lo hacías en su ventaja, ¿hoy no lo es porque le perjudica?
WALLENSTEIN. (Levantándose.)- Jamás miré yo la cuestión bajo este punto de vista... ¡Sí, verdad es lo que dices! El Emperador, siendo yo el instrumento, hizo cosas en el Imperio contrarias al orden. Y hasta el manto de príncipe que llevo, es debido a mis servicios, que son crímenes.
LA CONDESA.- Confiesa, pues, que entre vosotros no hay que hablar de derecho y de deber, sólo de fuerza y de ocasión. Ha llegado el instante, en que has de hacer la suma total de tu vida; los signos están a tu favor; los planetas te miran benévolos, y te dicen: ¡ya llegó el tiempo de hacerlo! ¿Has medido, pues, vanamente toda tu vida el curso de los astros, manejado cuadrantes y círculos, trazado en estas paredes el zodiaco y la bóveda celeste, y colocado a tu rededor los siete árbitros de la suerte en muda, pero misteriosa posición, sólo por vano juego? ¿Y son ociosos estos preparativos, y ocioso este arte aparente, puesto que no te sirve para nada, y no influye en ti lo más mínimo en los más críticos momentos?
WALLENSTEIN. (Que, mientras tanto, profundamente excitado, se pasea inquieto, y se detiene de improviso, interrumpiendo a la Condesa.)- ¡Que venga Wrangel, y que estén tres correos con los caballos ensillados!
ILLO.- ¡Al fin! ¡Alabado sea Dios! (Vase precipitadamente.)
WALLENSTEIN.- Es su ángel malo y el mío. Castígalo por mi mano, instrumento de su ambición; y yo presiento que el puñal de la venganza, que se apresta para mi pecho, está afilado ya. Que no aguarde alegre cosecha el que siembre dientes de dragón. Toda acción punible trae consigo su demonio vengador, la mala esperanza que se abriga en su corazón
Ya no puede fiarse de mí... y yo no puedo retroceder.
Suceda, pues, lo que quiera. La suerte manda, y el corazón es en nosotros el imperioso ejecutor de sus órdenes. (A Terzky.) Que Wrangel entre en mi gabinete; lo mismo veré a los correos. Que venga Octavio. (A la Condesa, triunfante.) ¡No te regocijes! Porque son envidiosas las deidades, que presiden al destino. Vítores prematuros las ofenden. En sus
manos ponemos la semilla, y el éxito sólo decide de nuestra dicha o de nuestra desventura. (Al salir cae el talón.)

ACTO II.
Un aposento.

ESCENA PRIMERA.
WALLENSTEIN, OCTAVIO PICCOLOMINI, y
poco después, MAXIMILIANO PICCOLOMINI.

WALLENSTEIN.- Desde Linz me dice que está enfermo; pero sé con certeza que se halla oculto en Frauenberg, en casa del Conde Gallas. Asegura a los dos, y mándamelos acá. Encárgate de los regimientos españoles; haz siempre preparativos, y jamás acaba; y si te instan a obrar contra mí, di que sí, y prosigue como antes. Me consta que te toca en suerte un servicio, que se reduce a estar ocioso. Salva las apariencias en cuanto puedas, porque tu especialidad no son las resoluciones supremas, y por esto te he elegido para desempeñar esta misión. Tus vacilaciones me aprovecharán sobremanera en este caso... Si mientras tanto se declara en mi favor la fortuna, ya sabes lo que has de hacer. (Entra Maximiliano Piccolomini.) Anda, pues, ahora, anciano; vete esta misma noche. Toma mi propio caballo... Éste (A su hijo.) se queda conmigo... Que tu ausencia sea corta. Nos veremos de nuevo, según pienso, alegres y felices.
OCTAVIO. (A su hijo.)- Tenemos que hablar. (Vase.)

ESCENA II.
WALLENSTEIN, MAXIMILIANO,PICCOLOMINI.

MAXIMILIANO. (Acercándose a él)- Mi General...
WALLENSTEIN.- No lo soy ya tuyo, si te llamas oficial del Emperador.
MAXIMILIANO.- ¿Persistes, pues, en abandonar el ejército?
WALLENSTEIN.- He dejado el servicio de S. M. Imperial.
MAXIMILIANO.- ¿Y quieres dejar también sus soldados?
WALLENSTEIN.- Espero, al contrario, que los vínculos, que a ellos me unen, sean más fuertes y apretados. (Siéntase.) Sí, Maximiliano. Nada he querido descubrirte hasta que ha sonado la hora de la acción. La juventud de corazón sano comprende lo justo fácilmente, y es una alegría aplicar el propio juicio, cuando el ejemplo que se ofrece es bueno.
Sin embargo, cuando hay que elegir entre dos males ciertos, y el alma lucha con el deber, no gana demasiado; es una ventaja no verse en la obligación de elegir, y la necesidad es un favor... Está presente. No mires atrás. De nada te serviría. Dirige hacia delante tu vista. No juzgues. ¡Prepárate a obrar!- La corte ha decretado mi ruina, y me obliga a anticiparme a sus resoluciones... Nos juntaremos con los suecos; son valientes y buenos amigos. (Detiénese esperando la contestación de Piccolomini.) Mis palabras te sorprenden.
No me respondas. Quiero darte tiempo para que te tranquilices. (Levántase, y se dirige hacia el fondo; Maximiliano se queda inmóvil largo tiempo, sumido en profundo dolor; al moverse, vuelve Wallenstein, y se coloca frente a él.)
MAXIMILIANO.- ¡Mi General!... Hoy me declaras mayor de edad. Hasta ahora me había excusado de buscar por mi camino, y seguir mi propio impulso.
Te acompañaba sin condiciones. Bastábame mirarte, y estaba seguro de encontrar la senda recta. Por vez primera me devuelves hoy a mí mismo, y me fuerzas a elegir entre tú y mis sentimientos.
WALLENSTEIN.- El destino te ha tratado hasta ahora plácidamente, y podías, como jugando, llenar tus deberes, satisfacer tus nobles inclinaciones, y obrar siempre con sinceridad. Acabóse esto ya.
Rumbos opuestos se te ofrecen. Los deberes luchan con los deberes. En la guerra que ahora se enciende entre tu amigo y tu Emperador, es menester que te decidas.
MAXIMILIANO.- ¡La guerra! ¿Así se llama? Terrible cosa es la guerra, plaga enviada por Dios, pero conveniente, atendiendo a la causa que la produce.
¿Lo será la que preparas contra el Emperador, con su propio ejército? ¡Santo cielo! ¡qué mudanza!
¿Debo hablarte yo de este modo, cuando tú, mi estrella fija del polo, has sido la norma, a que he ajustado mi vida? ¡Oh! ¡Cómo has desgarrado mis entrañas! ¿He de separar de tu nombre mi antiguo respeto, de hondas raíces, y el sacrosanto hábito de la obediencia? No; no escondas tu rostro. Semejante al de una divinidad fue siempre para mí, y no es fácil que pierda de repente su poder. Los sentidos siguen unidos a ti en estrecho lazo, y sólo mi alma, llena de dolor, se ha arrancado de ellos.
WALLENSTEIN.- Escúchame, Maximiliano.
MAXIMILIANO.- ¡Oh! ¡No lo hagas! ¡No lo hagas! Las facciones de tu rostro, nobles y puras, nada saben aun de este proyecto malaventurado. Sólo mancharon tu imaginación, y la inocencia se resiste a abandonar tu frente inmaculada. Arroja, pues, lejos de ti esa negra mancha, ese enemigo. Ha sido sólo un mal sueño, estímulo de toda segura virtud.
La humanidad está expuesta a ese peligro, de cuyas asechanzas debe triunfar todo sano corazón. No; ¡ tú no acabarás así! Esto equivaldría a desautorizar entre los hombres a las naturalezas superiores y a las facultades más poderosas, y a justificar el vulgar error que no se fía de los grandes caracteres cuando son libres, y si sólo de su debilidad.
WALLENSTEIN.- Espero que el mundo me juzgará desfavorablemente. Ya me he dicho cuanto me puedes decir tú. ¿Quién no evita apelar a estos recursos extremos, si puede hacerlo? Pero aquí no hay libertad de elección, y he de ser víctima de la violencia, o emplearla a mi vez... El caso es este. No me queda otro recurso.
MAXIMILIANO.- ¡Sea así, pues! Sostente en tu puesto a la fuerza; resiste al Emperador, y, si no hay otro medio, declárate en rebelión. Yo podré alabarlo, aunque pudiera perdonarlo, y aunque no lo apruebe, me decidiré en tu favor... Mas... no seas traidor... ya lo he dicho. No seas traidor. Esto no es un extravío, no una falta producida por la pasión y el valor. ¡Oh! Es otra cosa muy distinta... ¡Negra, negra como el Averno!
WALLENSTEIN. (Con ceño, pero con moderación)- La juventud no mide el alcance de sus palabras, cuchilla afilada de peligroso manejo, y con su ardiente fantasía juzga de las cosas que existen por sí mismas. Lo vergonzoso o lo digno, lo malo o lo bueno toman en sus labios pronta forma... y cuanto, en su acaloramiento, atribuye arbitrariamente a estas voces oscuras, otro tanto aplica a las cosas y a los hombres.
Estrecho es el mundo y vasta la inteligencia. Los pensamientos se coordinan en el cerebro con facilidad, pero los objetos se entrechocan unos con otros en el espacio. El lugar ocupado por uno, es ocupado por otro, y el que no quiera ser desalojado ha de desalojar a otros. La lucha siempre subsiste, y sólo la fuerza vence... Sí; quien vegeta sin ambición, puede renunciar a muchos propósitos, vivir ileso entre llamas, como la salamandra, y mantenerse inmaculado en un elemento puro. La naturaleza me ha hecho de un barro más grosero, y mis deseos me arrastran hacia la tierra, y ésta pertenece al ángel del mal, no al del bien. Lo que el cielo nos envía de arriba son sólo goces generales; su luz sagrada, pero
no enriquece, y en su imperio ninguna posesión se adquiere. Las piedras preciosas y el codiciado oro han de arrancarse a las falsas deidades, que dominan malévolas debajo de la corteza terrestre. No sin sacrificios se nos hacen favorables, y nadie, que las adore, se conserva en estado de pureza.
MAXIMILIANO.- (Con intención.)- ¡Oh! ¡Teme, teme esas falsas deidades! ¡No cumplen sus promesas!
¡Son espíritus engañosos, que te arrastran y precipitan en el abismo! Yo te lo digo... ¡cumple tu deber!
Sí; puedes hacerlo. Envíame a Viena. Sigue mi consejo.
Deja, deja a mi cuidado reconciliarte con el Emperador. El no te conoce; yo sí; te verá con mis ojos, siempre benévolos, y yo te devolveré su confianza.
WALLENSTEIN.- Es ya demasiado tarde. Tú ignoras lo que ha sucedido.
MAXIMILIANO.- Y si fuera demasiado tarde... si se ha llegado ya a tal extremo que sólo un crimen puede salvarte en tu caída... cae, cae dignamente, como has sido hasta ahora digno. Abandona el mando. Deja el teatro, en que vives. Puedes hacerlo con brillo; hazlo con inocencia... Para muchos has existido hasta aquí; concéntrate ya en ti mismo, y yo te acompañaré; que mi suerte sea igual a la tuya.
WALLENSTEIN.- ¡Es ya demasiado tarde! Mientras tú hablas inútilmente, los mensajeros, que llevan mis órdenes a Praga y a Egra, devoran el espacio...
Sé de los nuestros. Hacemos lo que debemos. Ya que la necesidad nos obliga, seamos dignos y fuertes...
¿Es más censurable mi conducta que la de aquel César, cuya fama ha sido hasta hoy tan grande en el mundo? Contra Roma llevó a las legiones, que Roma le confió para defenderla. Si hubiera desistido de su proyecto, su ruina era segura, como lo será ahora la mía, si me quedo desarmado. En mí noto algo de su genio. Denme su fortuna, y yo me encargo de lo demás.
(Maximiliano, en dolorosa lucha, se va con rapidez. Wallenstein lo mira atónito y conmovido, y se queda meditabundo.)

ESCENA III.
WALLENSTEIN, TERZKY, y poco después ILLO.

TERZKY.- Maximiliano Piccolomini, ¿te ha dejado ahora?
WALLENSTEIN.-¿En dónde está Wrangel?
TERZKY.- Se fue ya.
WALLENSTEIN.- ¿Tan pronto?
TERZKY.- Parece que se lo ha tragado la tierra. Apenas se separó de ti, lo busqué, porque tenía que decirle algo, pero se había marchado ya, y nadie me dio razón de su paradero. Creo que ha sido el mismo diablo en persona, porque ningún hombre puede desaparecer tan rápidamente.
ILLO. (Que llega.)- ¿Es verdad que has despachado con una comisión al viejo?
TERZKY.- ¿Cómo? ¿A Octavio? ¿En qué piensas?
WALLENSTEIN. - Va a Frauenberg, a ponerse al frente de los regimientos españoles e italianos.
TERZKY.- ¡Quiera Dios que no lo hagas!
ILLO.- ¿Vas a confiar tropas a ese general sospechoso? ¿A perderlo de vista ahora, en estos instantes supremos?
TERZKY.- ¡No lo harás! ¡No, por todo el oro
del mundo!
WALLENSTEIN- Sois personajes singulares.
ILLO.- ¡Oh! ¡Esta vez, por lo menos, accede a nuestros deseos! ¡Que no se vaya!
WALLENSTEIN.- ¿Y por qué no he de fiarme de él en esta ocasión, cuando siempre lo he hecho?
¿Qué ha sucedido de nuevo, para que pierda la buena opinión, que tengo formada de su lealtad? ¿Por vuestro capricho, no por el mío, he de modificar mi juicio, confirmado antes por una larga experiencia?
No vayáis a creer que soy yo alguna mujer. Por haberme fiado de él hasta hoy, quiero hacerlo ahora también.
TERZKY.- ¿Pero porqué ha de ser éste precisamente? Envía a otro.
WALLENSTEIN.- Ha de ser el elegido por mí. Le he confiado esa comisión, porque sirve para desempeñarla.
ILLO.- Te sirve porque es italiano.
WALLENSTEIN.- Sé bien que no los amáis, porque yo los aprecio, los quiero y los prefiero, porque lo merecen, a vosotros y a los demás, y por esto son una espina en vuestros ojos. ¿Qué hay de común entre vuestra envidia y mi servicio? Vuestro odio no les perjudica en mi concepto. Amaos o aborreceos, como os plazca, puesto que nada tengo que ver con
los sentimientos o las inclinaciones ajenas, aunque sepa perfectamente lo que cada uno de vosotros vale en mi opinión.
ILLO.- ¡No irá, aunque haya yo de romper las ruedas de su carruaje!
WALLENSTEIN.- ¡Modérate, Illo!
TERZKY.- En todo el tiempo que ha estado aquí Questenberg, no se ha separado de él ni un instante.
WALLENSTEIN.- Hacíalo sabiéndolo yo y permitiéndolo.
TERZKY.- Y yo sé también que recibía con frecuencia mensajeros secretos de Gallas.
WALLENSTEIN.- No es verdad.
ILLO.- Tus ojos perspicaces son ciegos a veces.
WALLENSTEIN - ¡Mi fe, no vacilará por eso, porque se funda en la ciencia más sublime! Si él me engaña, engaño es también la ciencia de la astrología; porque habéis de saber que el destino me ha dado una prenda, de que es el más fiel de mis amigos.
ILLO.- ¿Y en qué te apoyas, para creer que esa prenda no te engaña?
WALLENSTEIN.- Hay momentos en la vida humana,
en que el espíritu del mundo está más próximo que en otros, y es lícito consultar al destino libremente.
Uno de estos instantes fue aquel, la noche anterior a la batalla de Lützen, en que yo, pensativo, miraba a la llanura bajo un árbol. Los fuegos del campamento brillaban poco a causa de la niebla; el ruido sordo de las armas, el alerta monótono de los centinelas interrumpían sólo el silencio. Toda mi vida, la pasada y la presente, se me representaba entonces en lo interior; y mi alma, llena de presentimientos, enlazaba con el destino del día siguiente el porvenir más remoto. Decíame yo entonces a mí mismo: Cuantos están bajo tu mando siguen tu estrella; y como a un solo número han puesto cuanto tienen sobre tu cabeza, y se han embarcado contigo en el bajel de tu fortuna. Pero vendrá el día, en que la suerte separará a los unos de los otros, y quedarán pocos que te sean fieles. Quisiera yo, pues, saber cuál, entre los que encierra este campamento, será el más leal conmigo. Signifícamelo, ¡oh Destino! Que sea aquel que, en la mañana próxima, me salga al encuentro, y me demuestre su amistad. Y pensando en esto me quedé dormido. Y creí, soñando, que asistía a la batalla. Peleábase con furor; una bala me mató mi caballo; caí, y pasaban sobre mí con la mayor indiferencia caballos y jinetes, y yo yacía allí sofocado, moribundo y destrozado por los cascos. De improviso vino en mi ayuda una mano. Era la de Octavio... y entonces desperté, y era ya de día, y Octavio estaba realmente en mi presencia. «Hermano, me dijo, no montes hoy el caballo pío, como acostumbras.
Prefiere éste, más seguro, que te traigo. Compláceme, que me lo ha ordenado un sueño.» Y la ligereza de este animal me salvó de los dragones de Banier, que me perseguían. Mi primo montó el caballo pío el mismo día, y no volví a ver jamás ni al caballero ni al caballo.
ILLO.- ¡Pura casualidad!
WALLENSTEIN. (Pensativo.)- No hay casualidad; y lo que apellidamos mero azar, viene en derechura de las fuentes más profundas. Es, por tanto, indudable para mí, y sobra esto no admito dudas, que él es mi buen ángel. Ni una palabra más. (Vase.)
TERZKY.- Sólo me consuela que Maximiliano se queda entre nosotros en rehenes.
ILLO.- Y no saldrá vivo de aquí.
WALLENSTEIN. (Que se detiene y se vuelve.)- No imitéis a las mujeres, que repiten lo dicho ya continuamente, aunque se les hable en razón horas enteras...
Sabed que los pensamientos y acciones de los hombres no se mueven ciegamente, como las olas de la mar. Su mundo interior, su pequeño mundo es hondo pozo de donde brotan aquellos sin cesar. Son fatales como el fruto del árbol, y la casualidad con sus intrigas no puede desnaturalizarlo. He investigado su germen, y conozco también sus deseos y sus obras.
(Vanse.)

ESCENA IV.
Un aposento de la casa de Piccolomini.
OCTAVIO PICCOLOMINI, preparado para el
viaje, y UN AYUDANTE.

OCTAVIO.- ¿Están ahí los soldados que pedí?
EL AYUDANTE.- Esperan abajo.
OCTAVIO.- ¿Son seguros, Ayudante? ¿A qué regimiento pertenecen?
EL AYUDANTE.- Al de Tiefenbach.
OCTAVIO.- Es un regimiento fiel. Que aguarden tranquilos en el patio de detrás, y que nadie se deje ver hasta que yo dé la señal; entonces se cerrará la casa, y se vigilará con mucho cuidado, y todo el que entre quedará prisionero. (Vase el Ayudante.) Creo, en verdad, que no habrá necesidad de sus servicios, porque estoy convencido de que no me engañan mis cálculos. Pero se trata de asuntos del Emperador; el juego es peligroso, y vale más pecar de precavido que de negligente.

ESCENA V.
OCTAVIO PICCOLOMINI, E ISOLANI que entra.

ISOLANI.- Aquí estoy... Pero ¿quién vendrá de los otros? OCTAVIO. (Con misterio.) – Escuchad antes una palabra, Conde Isolani.
ISOLANI. (También con misterio)- ¿Todo va bien?
¿Quiere el Príncipe emprender algo? Tened en mí confianza. Haced la prueba.
OCTAVIO.- Podrá suceder que la haga.
ISOLANI.- Compañero, yo no soy de los que hablan mucho, y, cuando llega el momento de obrar, se esquivan vergonzosamente. El Duque ha sido un amigo para mí. Dios sabe que es así. Todo se lo debo, y puede contar con mi fidelidad.
OCTAVIO.- Se verá.
ISOLANI.- Tened en cuenta, sin embargo, que no todos piensan así. Muchos hay todavía partidarios de la corte, y opinan que sus firmas, estampadas con engaño no ha mucho, a nada los obliga.
OCTAVIO.- ¿Es posible? ¿Podréis decir quiénes sean?
ISOLANI.- ¡Diablo! Todos los alemanes lo dan a entender. Esterhazy, Kamintz y Deodati dicen también ahora que es preciso obedecer a la corte.
OCTAVIO.- Me alegro.
ISOLANI.- ¿Os alegráis?
OCTAVIO.- De que el Emperador tenga aun buenos amigos y valientes servidores.
ISOLANI.- No os chanceéis. No son hombres despreciables.
OCTAVIO.- No, seguramente. Líbreme Dios de chancearme. Me regocija sobremanera que tenga la buena causa tanta fuerza.
ISOLANI.- ¡Qué diantre! ¿Cómo así?... ¿No sois, pues, de los nuestros?... ¿A qué he venido yo aquí?
OCTAVIO. (Con gravedad.)- Para que declaréis rotunda y categóricamente, si os habéis de llamar amigo o enemigo del Emperador.
ISOLANI. (Con orgullo.)- Lo declararé a quien tenga derecho para preguntármelo.
OCTAVIO.- Este papel os dirá si tengo o no facultades para ello.
ISOLANI.- ¿Co... cómo? Está escrito por el Emperador, y lleva su sello. (Lee.) «Todos los jefes de nuestro ejército, a nuestro amado y fiel capitán general Piccolomini, como a Nos mismo»... ¡Ah!... ¡sí!... ¡bien!...; ¡sí, sí! ¡Yo... os felicito, mi capitán general!
OCTAVIO.- ¿Obedecéis esta orden?
ISOLANI.- Yo... pero me sorprendéis de manera... Se me dará tiempo para pensarlo... lo espero.
OCTAVIO.- Dos minutos.
ISOLANI.- El caso es, ¡Dios mío!...
OCTAVIO.- Claro y sencillamente. Habéis de declarar si queréis hacer traición a vuestro señor, o serle fiel.
ISOLANI.- Traición. ¡Santo Dios! ¿quién habla de traición?
OCTAVIO.- El caso es este. El Príncipe es un traidor, y quiere pasarse con el ejército al enemigo. Declaraos breve y categóricamente. ¿Optáis por perjuraros contra el Emperador? ¿Por venderos al enemigo? ¿Qué decís?
ISOLANI.- ¿Qué pensáis, pues? ¿Perjurarme yo, faltando a la Majestad Imperial? ¿Lo he dicho yo? ¿Cuándo lo he dicho?
OCTAVIO.- Nada habéis dicho todavía, nada todavía. Esperaba, por tanto, que lo dijerais.
ISOLANI.- Tened en cuenta, y esto me place, que habéis confesado vos mismo, que yo nada de eso he dicho.
OCTAVIO.- ¿Declaráis, por consiguiente, que os separáis del Príncipe?
ISOLANI.- Si maquina traiciones... la traición disuelve todos los vínculos.
OCTAVIO.- ¿Y estáis resuelto a combatir contra él?
ISOLANI.- Débole beneficios... sin embargo, si es un traidor, ¡que Dios lo castigue! la cuenta está pagada.
OCTAVIO.- Me place que sigáis la buena senda. Esta noche os ponéis en marcha sigilosamente con todas las tropas ligeras. Hay que aparentar que la orden dimana del mismo Duque. Frauenberg es el punto de reunión, y ya allí, recibiréis órdenes de Gallas.
ISOLANI.- Así se hará. Decid al Emperador cuáles han sido mis buenos propósitos.
OCTAVIO.- Los alabaré. (Al irse Isolani entra un criado) ¿El coronel Butler? ¡Bien!
ISOLANI. (Que vuelve.)- Perdonadme, anciano compañero, mi natural rudeza. ¡Dios mío! ¿Cómo había yo de adivinar que me encontraba delante de tan gran personaje?
OCTAVIO.- Está bien.
ISOLANI.- Soy de genio alegre, a pesar de mis años, y, aunque se me haya escapado alguna palabra ligera sobre la corte, debida a la influencia de Baco, ha sido, como sabéis, sin mala intención. (Vase.)
OCTAVIO.- No tengáis cuidado... Por aquí vamos bien. Ojalá nos suceda lo mismo con el otro.

ESCENA VI.
OCTAVIO PICCOLOMINI, BUTLER.

BUTLER.- A vuestras órdenes, general.
OCTAVIO.- Bienvenido seáis, como huésped y apreciable amigo.
BUTLER.- Honor demasiado grande para mí.
OCTAVIO. (Después de sentarse los dos.)- No habéis hecho caso de la indicación que os hice ayer, calificándola acaso de vana fórmula; pero aquel deseo era cordial, y os lo expresaba con toda seriedad, porque esta es ocasión, en que deben juntarse todos los buenos.
BUTLER.- Sólo los que opinan lo mismo deben reunirse.
OCTAVIO.- Y yo creo que todos los buenos piensan así. Para mí, en tanto tienen valor los actos humanos, en cuanto son efecto pacífico de su carácter, porque el ciego poder del error aparta al bueno a menudo del camino recio. ¿Habéis pasado por Frauenberg? ¿Nada os ha confiado el Conde Gallas? Decídmelo. Es amigo mío.
BUTLER.- Sólo me ha hablado algunas palabras perdidas.
OCTAVIO.- Lo oigo con pena, porque su consejo era sano. Yo os lo hubiera dado también.
BUTLER.- Excusaos esa molestia... y a mí el compromiso de mostrarme indigno de favor tan apreciable.
OCTAVIO.- La ocasión es crítica, y debemos hablar sin ambages. Ya sabéis cuál es aquí el estado de las cosas. El Duque maquina una traición, y hasta puedo deciros que la ha realizado; la alianza con el enemigo se ha concluido pocas horas hace. Sus correos galopan ya hacia Egra y Praga, y mañana nos llevará a reunirnos al enemigo. Pero se engaña, porque la prudencia lo vigila, y el Emperador cuenta aquí con leales servidores, y su invisible poder es fuerte. Este manifiesto lo proscribe, absuelve al ejército de la obediencia que le debe, y exhorta a todos los fieles a acatar sus órdenes. Decidios, pues, a defender con nosotros la buena causa, o a participar de los males de la desleal.
BUTLER. (Levantándose.)- Su suerte es la mía.
OCTAVIO.- ¿Es esta vuestra última resolución?
BUTLER.- Sí.
OCTAVIO.- Reflexionad, coronel Butler. Todavía tenéis tiempo para hacerlo. En mi pecho leal quedarán sepultadas vuestras palabras ligeras. Retroceded. Elegid mejor partido. El bueno no es el vuestro.
BUTLER.- ¿Tenéis algo que mandarme, mi general?
OCTAVIO.- Recordad que tenéis los cabellos blancos. Retroceded.
BUTLER.- ¡Adios!
OCTAVIO.- ¿Cómo? ¿Desenvainaréis vuestra valiente espada para tomar parte en tal contienda?
¿Querréis trocar en maldiciones la gratitud que merecéis al Austria, después de cuarenta años de servicios?
BUTLER- (Sonriendo con amargura.)- ¿Gratitud de la casa de Austria? (Hace ademán de irse.)
OCTAVIO. (Que lo deja ir hasta la puerta, y después lo llama.) ¡ Butler!
BUTLER.- ¿Qué deseáis?
OCTAVIO.- ¿Qué sucedió con el negocio del condado?
BUTLER.- ¿El condado? ¿Qué condado?
OCTAVIO.- Aludo al título de conde.
BUTLER. (Colérico)- ¡El infierno me confunda!
OCTAVIO. (Con frialdad.)- Lo pretendisteis. Os lo han negado.
BUTLER.- No me avergonzaréis impunemente. ¡ Sacad la espada!
OCTAVIO.- ¡Envainadla! Decidme con tranquilidad cómo ha sido esto. Después no rehusaré la satisfacción que me pedís.
BUTLER.- ¿Todo el mundo ha de tener noticia de una debilidad, que jamás podré perdonarme?- Sí, mi General. Soy ambicioso, y nunca he podido sufrir que se me trate con desprecio. Dolíame que el nacimiento y los títulos valiesen más en el ejército que los servicios. No quería ser de peor condición que mis iguales, y en una hora infausta me dejé arrastrar a ese paso... ¡Era una locura! Pero no merecía que me tratasen tan despiadadamente. Bastaba que me lo hubieran rehusado... ¿Por qué, pues, a esa negación había de acompañar tan ofensivo desprecio, tratándose de un anciano, de un fiel servidor, humillándolo con fría crueldad, y mofándose tan groseramente de su baja alcurnia, sólo por haberla olvidado en una hora fatal? La naturaleza, sin embargo, ha dado al insecto su aguijón para castigar al que se burla de él en su orgullo...
OCTAVIO.- Sin duda os han calumniado. ¿Podréis imaginar quién os ha prestado tan grato servicio?
BUTLER.- ¡Sea quienquiera! Algún bajo personaje, algún cortesano, un español, quizás el hijo de alguna familia ilustre, a quien haya yo ofendido, algún envidioso, a quien atormentaba mi cargo, ganado sólo por mi propio mérito.
OCTAVIO.- Decidme: ¿el Duque aprobó vuestra pretensión?
BUTLER.- Él mismo me excitó a hacerla, y se interesó por mí con tanta nobleza como ardiente amistad.
OCTAVIO.- ¿Qué decís? ¿Estáis seguro?
BUTLER.- Yo mismo leí la carta.
OCTAVIO. (Con intención.)- Yo también... pero era muy al revés de lo que afirmáis. (Butler se queda atónito.) Ha llegado a mis manos por casualidad, y podéis leerla.
(Entrégale la carta.)
BUTLER.- ¡Ah! ¿Qué es esto?
OCTAVIO.- Mucho me temo, coronel Butler, que se han burlado ignominiosamente de vos. ¿El Duque, según decís, os excitó a que dieseis este paso?
En esta carta habla con mofa de vuestra persona, y aconseja al Ministro que castigue vuestra presunción, como él la llama. (Después de leer la carta, tiemblan las rodillas de Butler: coge una silla, y se sienta.) Ningún enemigo os persigue. Nadie os quiere mal. Imputad sólo al Duque la afrenta que recibís. Claro es su objeto.
Quería apartaros del servicio de nuestro Emperador... Esperaba conseguir de vuestro deseo de vengaros lo que no hubiese logrado nunca de vuestra lealtad, en el tranquilo uso de vuestra razón. Intentaba convertiros en ciego instrumento suyo, en cómplice digno de desprecio, de sus punibles proyectos.
Lo ha conseguido, sin duda. Más allá de lo que creía os ha alejado de la buena senda, que habíais recorrido durante cuarenta años.
BUTLER. (Con voz temblorosa.)- ¿S. M. el Emperador puede perdonarme?
OCTAVIO.- Hace más. Borra la ofensa inferida sin razón a un hombre respetable. Libremente os concede la gracia, que con tan censurable propósito pidió
el Príncipe para vos. El regimiento que mandáis es vuestro. (Butler intenta levantarse, y no puede. Su emoción es tan grande, que quiere hablar y queda mudo. Por último, desenvaina su espada y la presenta a Piccolomini.)
OCTAVIO.- ¿Qué pretendéis? Sosegaos.
BUTLER.- ¡Tomad!
OCTAVIO.- ¿Para qué? Pensad lo que hacéis.
BUTLER.- ¡Tomadla! No soy digno de llevarla.
OCTAVIO.- Recibidla de nuevo de mi mano, y manejadla siempre en defensa de la justicia.
BUTLER.- He sido desleal con tan clemente Emperador.
OCTAVIO.- Enmendaos. Separaos pronto del Duque.
BUTLER.- ¿Separarme de él?
OCTAVIO.- ¿Cómo? ¿Qué meditáis?
BUTLER. (Con tono amenazador.)- ¿Sólo separarme
de él? ¡Oh! ¡Ha de morir!
OCTAVIO.- Seguidme a Frauenberg, en donde se reúnen todos los buenos, con Gallas y Altringer.
Otros muchos han vuelto por mi causa a la senda del deber, y esta misma noche huyen de Pilsen.
BUTLER.- (Que se pasea iracundo y se acerca a Octavio con expresión resuelta.)- ¡Conde Piccolomini! El hombre que ha sido traidor, ¿puede hablaros de honra?
OCTAVIO.- Puede hacerlo quien tan de corazón se arrepiente.
BUTLER.- Dejadme, pues, aquí, bajo mi palabra de honor.
OCTAVIO.- ¿Qué pensáis hacer?
BUTLER.- Permitid que me quede en Pilsen con mi regimiento.
OCTAVIO.- Tengo en vos confianza. Decidme, sinembargo, cuáles son vuestros proyectos.
BUTLER.- Los hechos lo dirán. No me preguntéis más. Fiaos de mí. Podéis hacerlo, ¡por Dios Santo! No lo dejáis aquí en manos de su buen ángel. Adiós.
UN CRIADO. (Con un billete,)- Lo ha traído uno, a quien no conozco, que desapareció en seguida. Los caballos del Príncipe están abajo ya. (Vase.)
OCTAVIO. (Leyendo.)- «Partid sin tardanza.- Vuestro fiel ISOLANI.» Ojalá que esta ciudad estuviera ya lejos de mí. Tan cerca del puerto, ¿había de naufragar?
¡Vámonos, Vámonos! Ya no hay aquí seguridad
para mí. Pero ¿en dónde está mi hijo?

ESCENA VII.
Los dos PICCOLOMINI.

MAXIMILIANO. (Que se acerca profundamente agitado; sus miradas son feroces, incierto su paso; parece como que no repara en su padre, que lo mira desde lejos con lástima. Recorre el aposento dando grandes pasos, hasta que se para y se arroja en una silla, distraído y con la vista fija.)
OCTAVIO. (Acercándose a él.)- Yo parto, hijo mío.
(No recibiendo respuesta alguna, le toma una mano.) Hijo mío, ¡adiós!
MAXIMILIANO.- ¡Adiós!
OCTAVIO.- ¿Me seguirás sin tardanza?
MAXIMILIANO. (Sin mirarlo.) ¿Yo a ti? Tu senda es torcida, la mía no. (Octavio suelta su mano y retrocede.)
¡Oh! si tú hubieras sido verdadero y probo, no hubiésemos llegado a este punto, y las cosas irían de otra manera. Él no hubiese apelado a tan terrible extremo; los buenos lo hubieran contenido, y no cayera en las redes de los perversos. ¿Por qué, espiándolo en secreto y con doblez, te has deslizado junto a él como lo hubiera hecho un malhechor, o un cómplice de malhechores? ¡Malaventurada falsedad, madre de todo mal! Tú no traes más que desdichas,
no acarreas más que ruina. La franqueza, sin disfraces de ningún género, dominadora del mundo, nos hubiese salvado a todos. No puedo, no puedo disculparte, oh padre. El Duque me ha engañado horriblemente, y tú no me has tratado mejor.
OCTAVIO.- Yo perdono, hijo mío, tu dolor.
MAXIMILIANO. (Que se levanta y lo contempla en desconfianza.)- ¿Será posible, oh padre? ¿Será, oh padre, posible, que deliberadamente hayas llegado a tal extremo?
Su caída es tu pedestal. Esto no me agrada, oh padre.
OCTAVIO.- ¡Dios del cielo!
MAXIMILIANO.- ¡Ay de mí! El orden natural no existe ya para mí, sino sólo el caos. ¿Cómo no ha de deslizarse la sospecha en mi alma virgen? La confianza, la fe, la esperanza no existen ya para mí, porque me ha engañado lo que más estimaba. ¡No, no! ¡Todo no! Ella vive para mí todavía, y es sincera y pura como el cielo. En rededor mío veo tan sólo el
engaño, la hipocresía, el asesinato, el veneno, la envidia y la traición. Sólo nuestro amor es puro; él sólo no ha sido profanado aun.
OCTAVIO.- Maximiliano, sígueme voluntariamente. Esto será lo mejor.
MAXIMILIANO.- ¿Cómo? ¿Antes de despedirme de ella? ¿De darle el último adiós?...; ¡Jamás!
OCTAVIO.- Evita los tormentos de esa separación, de todo punto necesaria. ¡Ven conmigo! ¡Vente, hijo mío! (Quiere llevárselo.)
MAXIMILIANO.- No, tan verdad como Dios existe.
OCTAVIO. (Instándole vivamente.)- ¡Ven conmigo! ¡Yo, tu padre, te lo mando!
MAXIMILIANO.- Mándame lo que el hombre pueda hacer. Yo me quedo.
OCTAVIO.- Sígueme, Maximiliano; yo te lo mando en nombre del Emperador.
MAXIMILIANO.- El Emperador no manda en mi corazón. ¿Querrás tú arrebatarme también su compasión, único bien que me deja mi desventura? ¿Lo que es horrible en sí, ha de agravarse aun más? ¿Mi resolución inexorable ha de trocarse en bajeza? ¿He de separarme de ella en secreto, y huyendo cobardemente, como un hombre indigno? Ha de conocer mis sufrimientos, mi dolor; oír los ayes de mi alma desgarrada, y derramar lágrimas por mí... ¡Oh! los hombres son crueles, ella un ángel. Librará a mi pecho de rabiosa y horrible desesperación, y, misericordiosa, aliviará mi mortal agonía con palabras de consuelo.
OCTAVIO.- No te separarás de ella, no podrás hacerlo. ¡Vente, hijo mío, vente y salva tu virtud!
MAXIMILIANO.- No profieras palabras inútiles. Sigo los impulsos de mi corazón, porque sólo de él me fío.
OCTAVIO. (Fuera de sí y temblando.)- ¡Maximiliano, Maximiliano! Si me asalta la horrible calamidad de que tú... mi hijo... mi propia sangre... ¡no me atrevo a pensarlo!... cometas tal infamia, y deslustres la limpia fama de nuestra casa, el mundo contemplará nefando espectáculo, y en lucha pavorosa la sangre del padre correrá bajo la espada del hijo.
MAXIMILIANO.- ¡Oh! Si hubieses pensado mejor de los hombres, hubiera sido tu conducta más loable.
¡Maldita sospecha! ¡Duda lamentable! Nada hay para ella estable ni firme; todo vacila, si la fe falta.
OCTAVIO.- Y si yo me fío de tu corazón, ¿estará en la mano obedecerlo siempre?
MAXIMILIANO.- Tú no has logrado doblegarlo, y tampoco podrá el Duque conseguirlo.
OCTAVIO.- ¡Oh Maximiliano! Ya no te veré más.
MAXIMILIANO.- Indigno de ti, ¡nunca!
OCTAVIO.- Yo voy a Frauenberg, y dejo aquí, para protegerte, los soldados de Pappenheim, de Lorena, de Toscana y de Tiefenbach. Te aman y son fieles, y preferirán morir peleando, a separarse de su jefe y de la senda del honor.
MAXIMILIANO.- Descansa, pues; o dejo aquí la vida combatiendo, o lo saco de Pilsen.
OCTAVIO. (Haciendo ademán de marchar) ¡Adiós, hijo mío!
MAXIMILIANO.- ¡Adiós!
OCTAVIO.- ¿Cómo? ¿Ni una mirada afectuosa, ni estrechar mi mano al despedirnos? Sangrienta será la guerra que nos amenaza, y su término oscuro o incierto. Así no nos separábamos antes. ¿Es, pues, verdad que yo no tengo ya hijo? (Maximiliano se arroja en sus brazos; ambos se abrazan estrechamente en silencio, y después se alejan en dirección opuesta.)

ACTO III.
Sala de la casa de la Duquesa de Friedlandia.

ESCENA PRIMERA.
La CONDESA TERZKY, TECLA, y la señorita de
NEUBRUNN, estas dos últimas ocupadas en labores de su
sexo.

LA CONDESA.- ¿Nada tenéis que preguntarme, oh Tecla? ¿Nada enteramente? Largo tiempo hace que espero oír tu voz. ¿Podéis tolerar que trascurran tantas horas, sin que se pronuncie su nombre?
¿Cómo? ¿Soy yo acaso inútil, o disponéis de otros conductos para entenderos con él? Decidme, sobrina, ¿lo habéis visto?
TECLA.- Ni hoy ni ayer lo he visto.
LA CONDESA.- ¿Nada sabéis de él? No me lo ocultéis.
TECLA - Ni una palabra.
LA CONDESA.- Y ¿estáis tan tranquila?
TECLA.- Lo estoy.
LA CONDESA.- Dejadnos solas, Neubrunn. (Vase la señorita de Neubrunn.)
ESCENA II.
LA CONDESA.- TECLA.
LA CONDESA.- No me lisonjea demasiado, que, ahora justamente, permanezca tan silencioso.
TECLA.- ¿Ahora justamente?
LA CONDESA.- Cuando, ya lo sabe todo. Esta es la ocasión más oportuna para declararse.
TECLA.- Hablad de otra manera, si queréis que os comprenda.
LA CONDESA.- Con tal propósito he ordenado que nos dejen solas. Ya no sois ninguna niña. Tecla, vuestro corazón es mayor de edad, porque amáis, y la osadía acompaña al amor. Ya lo habéis probado.
En vuestra conducta os parecéis más a vuestro padre que a vuestra madre. Podéis oír, pues, lo que ella no podría tolerar.
TECLA.- Os ruego que omitáis el exordio. Sea lo que fuere, ¡decidlo pronto! Nada me atormenta más que este preámbulo. ¿Qué tenéis que decirme? Sed breve.
LA CONDESA.- No debéis acostaros...
TECLA.- Decidlo ya, os ruego.
LA CONDESA.- En vuestra mano está prestar un gran servicio a vuestro padre...
TECLA.- ¿En mi mano? ¿Qué puedo...?
LA CONDESA.- Maximiliano Piccolomini os ama. Podéis unirlo indisolublemente a vuestro padre.
TECLA.- ¿Qué necesidad hay de mi intervención?
¿No lo está ya?
LA CONDESA.- Lo estaba.
TECLA.- Y ¿por qué no lo está, y lo estará siempre?
LA CONDESA.- Es también partidario del Emperador.
TECLA.- Sólo en cuanto se lo mandan el deber y el honor.
LA CONDESA.- Es menester que dé pruebas de su amor, no de su honor... ¡El deber y el honor! Palabras ambiguas de muchos sentidos, que debéis explicarle, para que su amor aclare su honor.
TECLA.- ¿Cómo?
LA CONDESA.- O renuncia a vuestro amor, o al servicio del Emperador.
TECLA.- Seguirá de buen grado a mi padre en la vida privada. Habéis oído de sus labios que anhela abandonar la milicia.
LA CONDESA.- No debe deponer las armas. Lo que quiero decir es, al contrario, que ha de emplearlas en favor de tu padre.
TECLA.- Con alegría prodigará su sangre y su vida por mi padre, si lo tratan sin tener en cuenta la equidad.
LA CONDESA.- No queréis comprenderme... Pero escuchadme atenta. El Duque ha sido depuesto por el Emperador, y proyecta pasarse al enemigo con todo su ejército...
TECLA.- ¡Madre, madre mía!
LA CONDESA.- El ejército no se dejará arrastrar a este paso sin algún brillante ejemplo. Los Piccolomini tienen mucho crédito entre los soldados; su opinión será la predominante, y su resolución previa decisiva, y la conducta del hijo nos garantiza la del padre... Vuestra influencia es, pues, de la mayor importancia.
TECLA.- ¡Oh madre mía desventurada! ¡Qué trance mortal te aguarda!... ¡No podrá resistirlo!
LA CONDESA.- La necesidad lo manda. Yo la conozco bien... lo remoto, lo futuro angustia a un corazón tímido; lo inevitable y lo real lo soporta con resignación.
TECLA.- ¡Oh corazón mío leal!... Ahora... ahora veo claramente esa mano horrible y fría, que desvanece espantosa mis risueñas esperanzas. Lo sabía demasiado... Poco ha, al entrar aquí, un vago presentimiento me anunció que astros maléficos presidían a mi destino actual... Pero ¿a qué pensar en mí primero?... ¡Oh madre mía! ¡Oh madre mía!
LA CONDESA.- Sosegaos. No prorrumpáis en vanos ayes. Conservad un amigo a vuestro padre, un amante para vos, y todo prosperará a medida de vuestros deseos.
TECLA.- ¡Todo mejorará! ¿Qué? ¡Separados nos veremos siempre! ¡Ay de mí! Ocioso es hablar ya de esto.
LA CONDESA.- ¡Él no os abandonará! Él no puede abandonaros.
TECLA.- ¡Oh desventurado!
LA CONDESA.- Si os ama verdaderamente, su decisión será rápida.
TECLA.- No dudéis que lo será. ¡Su resolución! ¿Cabe en esto resolución?
LA CONDESA.- ¡Tranquilizaos! Me parece que viene vuestra madre.
TECLA.- ¿Cómo podré verla ahora?
LA CONDESA.- Disimulad.

ESCENA III.
Los mismos y LA DUQUESA.

LA DUQUESA (A la Condesa.) ¿Quién estaba aquí, hermana? Oí hablar con pasión.
LA CONDESA.- Nadie más había.
LA DUQUESA.- Tengo mucho miedo. Cualquier ruido es para mí el paso de mensajeros de desdichas.
¿Puedes decirme, oh hermana, lo que pasa? ¿Obedecerá al Emperador, y enviará al Cardenal la caballería? Decid, ¿dio a Questenberg, al marcharse, respuesta favorable?
LA CONDESA.- No, no lo ha hecho así.
LA DUQUESA.- Entonces todo se perdió. Preveo males terribles. Lo depondrán del mando, y todo volverá al mismo estado en que nos encontramos en Ratisbona.
LA CONDESA.- No será así. Ahora no. Sosegaos, pues. (Tecla, profundamente conmovida, se arroja al cuello de su madre, y la abraza llorando.)
LA DUQUESA.- ¡Hombre inflexible y feroz! ¿Qué no habré yo visto y sufrido en este matrimonio fatal?
Encadenada a una rueda de fuego, siempre en desordenado, perpetuo e incesante movimiento, mi vida ha sido una serie de desdichas, e inclinada siempre en el borde escarpado del abismo, me ha arrastrado en sus giros, aturdiéndome y amenazándome con el precipicio... No, no llores, hija mía.
Que mis penas no sean de mal agüero para ti, porque tu suerte futura no ha de ser como la mía. No es posible que haya otro Duque de Friedlandia; que no te llene de temor, oh hija mía, la suerte de tu madre.
TECLA.- ¡Huyamos, huyamos, oh madre querida! ¡Pronto! ¡pronto! Aquí no hay lugar para nosotras. Cada hora que pasa, trae consigo algún espectro nuevo y espantoso.
LA DUQUESA.- ¡Tu suerte será más plácida!... Nosotros también, tu padre y yo, vimos días más felices, y todavía recuerdo con placer los primeros años de nuestra unión. Él era entonces alegre y activo, y su ambición fuego inofensivo y grato, no llama rápida y devastadora. El Emperador lo amaba, tenía en él confianza, y lo consultaba en sus proyectos.
Pero desde el día funesto que, en Ratisbona, cayó de toda su altura, ha surgido en su alma un afán inquieto, insociable, receloso y sombrío. La tranquilidad lo abandonó, y no fiándose ya de su antigua fortuna, de su propia energía, se entregó melancólico al cultivo de artes oscuras, que han causado la desventura de cuantos las estudian.
LA CONDESA.- Tal es vuestra opinión particular... Pero ¿es este el lenguaje que debe oír a su llegada? Porque sabéis que ha de venir al punto. ¿Es regular esperarlo así?
LA DUQUESA.- Ven, hija mía, y enjuga tus lágrimas. Muestra a tu padre un rostro placentero... Mira; tus rizos están en desorden, y es menester arreglar tu peinado. Ven, seca tus lágrimas, que oscurecen el brillo de tus hermosos ojos... ¿Qué quería yo decir? Sí; este Piccolomini es, sin embargo, un noble caballero, lleno de mérito.
LA CONDESA.- Así es, hermana mía.
TECLA. (A la condesa, inquieta.)- ¿Queréis disculparme, tía? (Hace ademán de irse.)
LA CONDESA.- ¿A dónde vas ahora? Tu padre viene.
TECLA.- No puedo verlo ahora.
LA CONDESA.- Notará vuestra ausencia, y os hará venir.
LA DUQUESA.- ¿Por qué se va?
TECLA.- Me es imposible verlo ahora.
LA CONDESA. (A la Duquesa.)- No se siente bien.
LA DUQUESA. (Con cariño.) ¿Qué aflige a mi querida niña? (Síguenla ambas, y se empeñan en que vuelva, cuando aparece Wallenstein, hablando con Illo.)

ESCENA IV.
Los mismos.- WALLENSTEIN e ILLO.

WALLENSTEIN.- ¿Está tranquilo aún el campamento?
ILLO.- Todo está tranquilo.
WALLENSTEIN.- Dentro de pocas horas recibiremos de Praga la noticia de que esta capital es nuestra. Entonces podremos quitarnos ya la máscara, y dar a conocer a las tropas estacionadas aquí la decisión que hemos tomado, y sus naturales consecuencias. El ejemplo lo hace todo en tales casos. El hombre es una criatura, a quien domina el espíritu de imitación, y el primero que rompa las filas arrastrará a todo el rebaño. Las tropas de Praga no saben otra cosa, sino que los soldados de Pilsen nos obedecen, y aquí, en Pilsen, nos seguirán por haberlo hecho así los de Praga.- ¿Dices tú que Butler se ha declarado ya?
ILLO.- Por su propia voluntad, sin excitarlo nadie, ha venido a ofrecernos su regimiento.
WALLENSTEIN.- Yo creo que no debemos escuchar todas las voces que se dejan oír en nuestro corazón. El espíritu de la mentira, para extraviarnos, finge con frecuencia el acento de la verdad, y pronuncia oráculos engañosos. Así, yo pido en secreto perdón a este digno y bravo Butler de mi injusticia, porque cierto presentimiento, que no he podido dominar, pero al cual tampoco me atrevo a llamar miedo, se ha deslizado horrible en mi alma al acercarse
a mí, y refrenado la benévola expresión de mi afecto. Y este hombre leal, contra quien yo estaba prevenido, es para mí la primera prenda de mi buena fortuna.
ILLO.-Y su ejemplo importante, no lo dudes, atraerá a los mejores del ejército.
WALLENSTEIN.- Vete ahora, y envíame aquí a Isolani, a quien he favorecido hace muy poco. Quiero empezar por él. ¡Anda! (Vase Illo; mientras tanto se aproximan a él las damas.) He aquí a la madre con mi hija querida. Dejemos ahora los negocios... ¡Venid!
Ansiaba consagrar una hora de descanso a solazarme en el círculo amado de los míos.
LA CONDESA- Largo tiempo hacía, oh hermano, que no nos encontrábamos reunidos de este modo.
WALLENSTEIN.- (Aparte a la Condesa.) -¿Puede ella oírla? ¿Está ya preparada?
LA CONDESA.- Todavía no.
WALLENSTEIN.- Ven aquí, hija mía. Siéntate junto a mí. En tus labios hay un ángel bueno. Tu madre me ha celebrado tu habilidad, y tú tienes un acento tierno y armonioso, que encanta el alma. Yo necesito escucharlo ahora para ahuyentar el espíritu infernal, que agita sus negras alas sobre mi cabeza.
LA DUQUESA.- ¿En dónde está tu laúd, Tecla? Ven. Da a tu padre una prueba de tu talento musical.
TECLA.- ¡Madre mía! ¡Santo Dios!
LA DUQUESA.- Ven, Tecla, y alegra a tu padre.
TECLA.- No puedo ahora, madre...
LA CONDESA.- ¿Cómo? ¿Qué es esto, sobrina?
TECLA. (A la Condesa.)- Perdonadme... ¡cantar ahora, con esta opresión, que agobia mi alma... cantar en su presencia... cuando arroja a mi madre en la tumba!
LA DUQUESA.- ¡Qué capricho, Tecla! ¿No satisfarás el deseo expresado por tu buen padre?
LA CONDESA.- Aquí está ya el laúd.
TECLA.- ¡Oh, Dios mío!... ¿Cómo podré yo...? (Coge el laúd con mano temblorosa, en lucha su alma con vivos afectos, y, en el instante en que va a cantar, se estremece, arroja
lejos de sí el instrumento, y huye precipitadamente.)
LA DUQUESA.- ¡Hija mía... ¡Oh, está enferma!
WALLENSTEIN.- ¿Qué sucede a esta niña? ¿Está así a menudo?
LA CONDESA.- Ahora bien: ya que ella se descubre de esta manera, no callaré yo más tiempo.
WALLENSTEIN.- ¿Cómo?
LA CONDESA.- Ella lo ama.
WALLENSTEIN.- ¿Que lo ama? ¿A quién?
LA CONDESA.- A Piccolomini. ¿No lo has notado?¿Ni mi hermana tampoco?
LA DUQUESA.- ¿Es ese el motivo que hace latir su corazón? ¡Dios te bendiga, hija: mía! No hay razón para que te avergüences de tu propósito.
LA CONDESA.- Ese viaje... Si así no lo habéis deseado, la culpa es vuestra. Debíais haber escogido
otro acompañante.
WALLENSTEIN.- ¿Lo sabe él?
LA CONDESA.- Cree que ha de ser suya.
WALLENSTEIN.- ¿Cree que ha de ser suya?... ¿Está loco ese joven?
LA CONDESA.- ¡Que lo diga ella mismo!
WALLENSTEIN.- ¿Piensa llevarse a la hija del Duque de Friedlandia? ¡Vaya, vaya! ¡Me place la idea! ¡No pone baja su mira!
LA CONDESA.- Como tú lo has distinguido siempre tanto, de aquí...
WALLENSTEIN.- ...vamos, quiere al fin heredarme. ¡Está bien! Lo amo y lo estimo; pero ¿qué tiene esto que ver con la mano de mi hija? ¿Demostramos, acaso, nuestra benevolencia por medio de nuestras hijas, de nuestra única hija?
LA DUQUESA.- La nobleza de sus sentimientos y sus modales...
WALLENSTEIN.- Le han ganado mi corazón, pero no mi hija.
LA DUQUESA.- Su posición y su alcurnia...
WALLENSTEIN.- ¿Su alcurnia? ¿Cómo? Es súbdito, y yo quiero elegir mi yerno entre los soberanos de Europa.
LA DUQUESA.- ¡Oh, querido Duque! No intentemos subir tan alto, que caigamos de más altura.
WALLENSTEIN.- ¿He trabajado yo tanto para llegar a esta posición, y elevarme sobre el vulgo de los hombres, para terminar mi gloriosa carrera uniendo la suerte de mi familia a un cualquiera? ¿He osado yo para esto...? (Se detiene de repente y se sosiega.) Ella es mi única heredera; sobre su cabeza he de colocar una corona, o muero. ¿Cómo? Todo... todo lo
arriesgo por engrandecerla... y en el momento mismo en que hablo... (Se queda pensativo.) ¿Y debo yo ahora, como un padre débil, porque ella se ha dejado dominar de su capricho y amar, consentir en este enlace ordinario? Y ¿ahora, en estos momentos, ahora, cuando doy fin y remate a mi obra? ¡No! Ella es para mí una joya querida, la moneda más preciada, la última de mi tesoro; y sólo la trocaré, para no rebajarla, por el cetro de un rey.
LA DUQUESA.- ¡Oh, esposo mío! Siempre, siempre levantando edificios hasta las nubes, siempre construyendo palacios, sin reflexionar que es estrecho el cimiento, y que no podrá sostener obra tan frágil e insegura.
WALLENSTEIN.- (A la Condesa).- ¿Le has dicho ya cuál es mi pensamiento sobre su futura residencia?
LA CONDESA.- Todavía no. Hazlo tú mismo.
LA DUQUESA.- ¿Cómo? ¿No volvemos a Carintia?
WALLENSTEIN.- NO.
LA DUQUESA.- ¿Ni a ninguna otra de tus posesiones?
WALLENSTEIN.- En ninguna estaréis seguras.
LA DUQUESA.- ¿En los dominios del Emperador, y bajo su imperial protección?
WALLENSTEIN.- La esposa del Duque de Friedlandia no podrá encontrar esa seguridad en ellas.
LA DUQUESA.- ¡Dios mío! ¿Hasta ese extremo has llevado ya las cosas?
WALLENSTEIN.- En Holanda estaréis al abrigo de todo temor.
LA DUQUESA.- ¿Qué dices? ¿Tratas de enviarnos a un pueblo de luteranos?
WALLENSTEIN.- El Duque Francisco de Lauenburgo os acompañará allí.
LA DUQUESA.- ¿El duque de Lauenburgo? ¿El aliado de los suecos? ¿El enemigo del Emperador?
WALLENSTEIN.- Los enemigos del Emperador no lo son míos.
LA DUQUESA.- (Mirando horrorizada al Duque y a la Condesa.) ¿Es verdad lo que decís? ¿Lo es? ¿Os ha abandonado la gracia del Emperador? ¿Os han retirado el mando? ¡Oh Dios del cielo!
LA CONDESA. (Aparte al Duque.)- Dejémosla en su error. Ya ves que no puede soportar la verdad.

ESCENA V.
Los mismos y el conde TERZKY.

LA CONDESA.- Terzky, ¿qué tenéis? ¡Pareces la imagen del espanto, como si hubieras visto un espectro!
TERZKY. (Aparte a Wallenstein con misterio.)- ¿Se ha dado la orden de marchar a los croatas?
WALLENSTEIN.- Lo ignoro por completo.
TERZKY.- ¡Estamos vendidos!
WALLENSTEIN.- ¿Qué dices?
TERZKY.- ¡Se han marchado esta noche, y los cazadores también! Todas las aldeas próximas se ven libres de soldados.
WALLENSTEIN.- ¿En donde está Isolani?
TERZKY.- Tú lo has mandado salir.
WALLENSTEIN.- ¿Yo?
TERZKY.- ¿Que no? ¿No lo has mandado tú? ¿Ni tampoco a Deodati? Ambos han desaparecido.

ESCENA VI.
Los mismos e ILLO.

ILLO.- ¿Te ha dicho Terzky...?
TERZKY.- Todo lo sabe.
ILLO.- ¿Y que Maradas, Esterhazy, Götz, Colalto y Kanintz te han abandonado?
TERZKY.- ¡Diablo!
WALLENSTEIN.- (Haciéndoles una seña.) -¡Silencio!
LA CONDESA- (Que, habiendo observado este coloquio, llena de angustia, se acerca a ellos.)- ¡Terzky! ¡Dios mío! ¿Qué sucede? ¿qué hay?
WALLENSTEIN. (Interrumpiéndola.) -¡Nada! ¡Vámonos!
TERZKY. (Queriendo seguirlo.)- ¡No es nada, Teresa!
LA CONDESA. (Deteniéndolo.)- ¿Nada? ¿No veo yo que la sangre ha desaparecido de vuestras mejillas, pálidas como las de la muerte, y que hasta mi cuñado finge serenidad a duras penas?
UN PAJE. (Que entra.)- Un ayudante pregunta por el señor Conde Terzky. (Vase con Terzky.)
WALLENSTEIN.- Oye lo que quiere... (A Illo.) Sin sedición no podría ocurrir esto, por secreto que se tuviera... ¿Quién guarda las puertas?
ILLO.- Tiefenbach.
WALLENSTEIN.- Que el regimiento de Tiefenbach sea relevado inmediatamente por los granaderos de Terzky... ¡Escucha! ¿Sabes de Butler?
ILLO.- Acabo de verlo. No tardará en estar aquí. Sigue adicto. (Vase Illo. Wallenstein intenta seguirlo.)
LA CONDESA.- ¡No lo dejes salir, hermana! ¡Detenlo!... Es una desgracia...
LA DUQUESA. - ¡Gran Dios!... ¿Qué sucede? (Detiene al Duque.)
WALLENSTEIN. (Separándose de ella.)- ¡Tranquilizaos! ¡Dejadme! ¡Hermana, esposa querida! Estamos en un campamento. No puede suceder de otra manera. El sol y las tempestades se suceden. Difíciles de gobernar son estos caracteres violentos, y no hay descanso alguno para su general... Puesto que yo debo permanecer aquí, dejadme salir. Mal se acuerdan los lamentos de las mujeres con la actividad de los hombres. (Quiere irse. Terzky vuelve.)
TERZKY.- ¡Quédate aquí! Desde esta ventana lo verás todo.
WALLENSTEIN. (A la Condesa.) ¡Venid, hermana!
LA CONDESA.- ¡Jamás!
WALLENSTEIN.- Yo lo mando.
TERZKY. (Aparte, y señalando a la Duquesa.)- ¡Teresa!
LA DUQUESA.- Ven, hermana, que él lo ordena.
(Vanse)

ESCENA VII.
WALLENSTEIN Y EL CONDE TERZKY.

WALLENSTEIN. (Asomándose a la ventana.)- ¿Qué hay?
TERZKY.- Todas las tropas se hallan en constante bullicio y movimiento. Nadie sabe el motivo. Todos los regimientos, en sombrío silencio y con misterio, están formados bajo sus banderas; los de Tiefenbach parecen mal dispuestos, y solo los walones permanecen aislados en su campamento, y no dejan entrar a nadie, y, como de ordinario, están tranquilos.
WALLENSTEIN.- ¿Hállase entre ellos Piccolomini?
TERZKY.- Lo buscan, y en ninguna parte lo encuentran
WALLENSTEIN.- ¿Qué ha dicho el ayudante?
TERZKY.- Viene en nombre de mis soldados para asegurarte de su fidelidad, y para decirte que, llenos de ardor bélico, sólo esperan la señal del combate.
WALLENSTEIN.- ¿Pero cómo se ha suscitado este tumulto en el campamento? Convendría haber tenido el ejército tranquilo, hasta que la fortuna se hubiera declarado a nuestro favor en Praga.
TERZKY.- ¡Ojalá que me hubieses creído! Aun ayer noche te conjuramos que no dejases salir a Octavio, a esa víbora, de las puertas de la ciudad, y le diste tu mismo caballo para que se escapara.
WALLENSTEIN.- ¡La canción de siempre! Por última vez os digo que no me habléis más de tan locas sospechas.
TERZKY.- También te fiaste de Isolani, y es el primero que nos abandona.
WALLENSTEIN.- Ayer mismo lo saqué de la miseria. ¡Vaya con Dios! La gratitud no ha entrado nunca en mis cálculos.
TERZKY.- Así son todos, sin que haya entre ellos diferencia.
WALLENSTEIN.- Y, al dejarme, ¿falta a la razón? Rinde culto al dios, a quien ha honrado toda su vida en la mesa del juego. Su compromiso era con mi fortuna, y la abandona, no a mí. ¿Qué era yo para él, y él para mí? Yo era sólo el bajel, en donde había embarcado sus esperanzas, y en el cual navegaba alegre por el vasto mar; lo ve ahora cerca de los escollos,
en peligro inminente, y ligero pone en salvo sus mercancías. Ágil como el ave, deja la rama en que hizo su nido, y que le es ya inútil, y sin embargo ningún lazo humano nos unía. ¡Sí, merece ser engañado quien busca corazón en hombres irreflexivos!
Las imágenes de la vida están escritas en su tersa frente con rasgos fugitivos; nada se arraiga en el fondo tranquilo de su pecho; la frivolidad agita sólo sus movibles humores, y carece de alma que dé calor a sus entrañas.
TERZKY.- No obstante, de mejor grado me fiaría yo de esas frentes lisas que de las surcadas de profundas arrugas.

ESCENA VIII.
WALLENSTEIN, TERZKY E ILLO, que llega furioso.

ILLO.- ¡Traición y motín!
TERZKY.- ¡Ah! ¿qué otra cosa hay?
ILLO.- Los soldados de Tiefenbach, al darles yo la orden de desalojar el puesto... ¡bribones sin disciplina!...
TERZKY.- ¿Qué?
WALLENSTEIN.- ¿Qué hay, pues?
ILLO.- Han rehusado obedecerme.
TERZKY.- ¡Que tiren contra ellos! ¡Oh! Mándalo así.
WALLENSTEIN.- ¡Prudencia! ¿Qué han dicho?
ILLO.- Que sólo han de obedecer al teniente general Piccolomini.
WALLENSTEIN.- ¿Cómo?... ¿Qué es eso?
ILLO.- Que les ha dejado esta orden, y que se la enseñó antes de la mano misma del Emperador.
TERZKY.- Del Emperador... ¿Oyes, Príncipe?
ILLO.- Por instigación suya se marcharon ayer los coroneles.
TERZKY.- ¿Lo oyes?
ILLO.- También faltan Moniecúculi, Caraffa y otros
seis generales, a quienes persuadió que lo siguieran. Largo tiempo hace que guardaba esa orden, escrita por el Emperador, y últimamente se ha puesto de acuerdo con Questenberg (Wallenstein se deja caer en una silla, y se tapa el rostro con las manos.)
TERZKY.- ¡Ojalá me hubieses creído!

ESCENA IX.
Los mismos.-LA CONDESA.

LA CONDESA.- No puedo... no puedo sufrir más tiempo esta angustia. Decidme, por Dios, qué ha sucedido.
ILLO.- Los regimientos se separan de nosotros. El Conde Piccolomini es un traidor.
LA CONDESA.- ¡Ay! ¡Cómo me lo daba el corazón! (Vase precipitadamente.)
TERZKY.- ¡Si se me hubiese dado crédito! Ya ves cómo mienten las estrellas.
WALLENSTEIN. (Levantándose.)- Las estrellas no mienten, sino que esto es contrario al curso de los astros y al destino. El arte es verdadero; pero ese falso corazón ha llevado el engaño y la mentira al cielo de la verdad. Toda profecía se funda en la certeza; pero cuando la naturaleza se aparta de sus leyes, toda ciencia se equivoca. Si fuese superstición lo que me indujera a deshonrar a la naturaleza humana con tales dudas, ¡oh, nunca me avergonzaría de esta debilidad! Hasta en los instintos de los irracionales hay una especie de religión, y el salvaje no bebe con la víctima, cuyo pecho ha de atravesar. ¡Tu acción no es sin disputa heroica, oh Octavio! No es tu prudencia la que ha vencido a la mía, sino tu perverso corazón ha triunfado vergonzosamente del honrado mío. Ningún escudo me ha resguardado de tu puñal asesino, sino que lo asestaste sin pudor contra mi pecho indefenso: soy sólo un niño contra tales armas.

ESCENA X.
Los mismos y BUTLER.

TERZKY.- ¡Oh! ¡Ved a Butler! Este amigo nos
queda.
WALLENSTEIN. (Que sale a su encuentro con los brazos
abiertos, y lo abraza cordialmente.)- ¡Ven contra mi corazón, antiguo hermano de armas! Los rayos del sol en la primavera no son tan benéficos como el rostro de un amigo en hora tan aciaga.
BUTLER.- Vengo... mi General...
WALLENSTEIN. (Apoyado en sus hombros.)- ¿Lo sabes ya? El viejo Piccolomini me ha vendido al Emperador. ¿Qué dices? Durante treinta años hemos vivido juntos, hemos descansado en el mismo lecho, apurado la misma copa y comido iguales manjares. Me apoyaba en él como ahora en tus hombros leales, y en el momento en que, rebosando amistad mi corazón, me confiaba en el suyo, aprovecha la ocasión favorable, y con perfidia y en asechanza me hunde lentamente en el pecho su puñal. (Oculta su rostro en el pecho de Butler.)
BUTLER.- ¡Olvidad a ese traidor! Decidme, ¿qué queréis hacer?
WALLENSTEIN.- ¡Bien, bien dicho! ¡Vaya con Dios! Todavía me quedan bastantes amigos, ¿no es verdad? La suerte me es propicia aun, porque ahora, ahora justamente, cuando el traidor ha dejado su disfraz, llega a mí un hombre leal. No hablemos de él más. No creáis que me duela su pérdida. ¡Oh! sólo su engaño me lastima. Amaba y estimaba a los dos, y Maximiliano me quería verdaderamente, y no me ha engañado, ¡no!... Basta, basta ya de esto.
¡Ahora, rápida actividad! El mensajero que el Conde Kinsky me enviará de Praga, ha de llegar de un momento a otro. Sea cual fuere su mensaje, conviene que no caiga en manos de los sediciosos. Así, ordena que salga a su encuentro una persona de confianza, que me lo traiga secretamente. (Illo hace ademán de irse.)
BUTLER. (Deteniéndolo)- Mi General, ¿a quién esperáis?
WALLENSTEIN.- A un correo, portador de la noticia de lo sucedido en Praga.
BUTLER.- ¡Hum!
WALLENSTEIN.- ¿Qué tenéis?
BUTLER.-¿Ignoráis, pues...
WALLENSTEIN.- ¿Qué?
BUTLER.- ¿Cómo ha estallado esa sedición en el campamento?
WALLENSTEIN.- ¿Cómo?
BUTLER.- Ese mensajero...
WALLENSTEIN.- (Lleno de zozobra.)- ¡Bueno!
BUTLER.- Está aquí.
TERZKY E ILLO.-¿Que está aquí?
WALLENSTEIN.- ¿El que yo espero?
BUTLER.- Hace muchas horas.
WALLENSTEIN.- ¿Y YO no 10 Sé?
BUTLER.- El centinela lo detuvo.
ILLO. (Dando con el pie en el suelo)- ¡Condenación!
BUTLER.- La carta ha sido abierta, y ha corrido todo el campamento...
WALLENSTEIN. (Con viva curiosidad.)- ¿Sabéis lo que dice?
BUTLER. (Vacilando.)- No me lo preguntéis.
TERZKY.- ¡Oh!... ¡Ay de nosotros, Illo! ¡Todo está perdido!
WALLENSTEIN.- No me lo ocultéis. Estoy dispuesto a oír las nuevas más funestas. ¡Praga se ha perdido! ¿Es esto? Confesadlo sin temor.
BUTLER.- ¡Sí, se ha perdido! Todas las tropas, que estaban en Budweis, Tabor, Braunau, Konigingratz, Brünn y Znaym os han abandonado, han prestado al Emperador nuevo homenaje, y vos mismo, Kinsky, Terzky e Illo, estáis proscritos. (Terzky e Illomanifiestan su horror y su ira, Wallenstein permanece firme y tranquilo.)
WALLENSTEIN. (Después de una pausa.)- A lo hecho ¿qué remedio?... ¡Bueno está!... Pronto me veo libre de los tormentos de la incertidumbre; mi corazón late ya con sosiego, mi inteligencia ha recobrado su claridad. De noche es cuando brillan los astros propicios de Friedlandia. Con indecisión y vacilaciones he desenvainado mi espada, no sin lucha y oposición de mi parte, mientras me veía obligado a elegir mi senda. Ahora manda la necesidad, la duda desaparece, y ahora he de defender mi cabeza y mi vida.
(Vase: los demás lo siguen.)

ESCENA XI.
LA CONDESA TERZKY, que viene de los aposentos laterales.

¡No!... ¡No puedo sufrirlo más largo tiempo!... ¿En dónde están? Todo desierto. Me dejan sola... sola en tan terrible angustia... Debo fingir delante de mi hermana, para tranquilizarla, y ocultar todas las torturas de mi pecho desgarrado... y no puedo hacerlo...
Si nuestro proyecto se desbarata; si ha de refugiarse entre los suecos con las manos vacías,
como un fugitivo, no como aliado poderoso, y con la fuerza de un ejército adicto... Si nosotros, de pueblo en pueblo, como el palatino, hemos de vagar errantes, deplorable testimonio de la perdida grandeza... ¡no! ¡yo no quiero presenciarlo! Aunque él pueda soportarlo y contemplarse así, yo no, yo no me resigno a verlo en la desgracia.

ESCENA XII.
LA CONDESA, LA DUQUESA, TECLA.

TECLA. (Queriendo contener a la Duquesa.)- ¡Oh, madre mía! ¡quedaos aquí!
LA DUQUESA.- ¡No! aquí hay un misterio horrible, que me ocultan... ¿Por qué huye de mí mi hermana? ¿Por qué la observo, andando de acá para allá, llena de angustia? ¿Qué significan estas mudas señales que os hacéis a hurtadillas?
TECLA.- No es nada, madre mía.
LA DUQUESA.- Quiero saberlo, hermana.
LA CONDESA.- ¿De qué sirve guardar más tiempo este secreto? ¿Se puede ocultar? Más pronto o más tarde ha de conocerlo, y sufrir sus consecuencias. No es esta la ocasión de ceder a flaquezas, sino de hacer alarde de valor y de energía, y de emplear todo nuestro poder para resistirlo. Mejor es, por tanto, que su suerte se decida con una palabra... ¡Os engañan, hermana! Crees que el Duque ha sido depuesto de su mando... el Duque no ha sido depuesto... ha sido...
TECLA. (Acercándose a la Condesa.) - ¿Queréis matarla?
LA CONDESA.- El Duque...
TECLA. (Abrazando a su madre.)- ¡Ánimo, oh madre mía!
LA CONDESA.- El Duque se ha rebelado contra el Emperador, ha querido pasarse al enemigo, el ejército le abandona, y le han hecho traición. (La Duquesa, al oírla, vacila, y cae desmayada en los brazos de su hija.)

La escena cambia: un salón espacioso en la casa del duque de Friedlandia.

ESCENA XIII
WALLENSTEIN.

(Con su armadura.)- ¡Lograste tu propósito, Octavio!... Casi me veo tan abandonado como me vi un día en la Dieta de Ratisbona. No contaba entonces más que conmigo mismo... pero ya sabéis lo que vale un hombre solo... Habéis despojado al tronco de sus galas, y heme aquí sin hojas que me adornen. Pero allá en el fondo de mi alma subsiste la fuerza creadora, que de sí misma hace brotar un mundo. Yo solo, en otra ocasión, valí tanto como un ejército; vuestras tropas se habían desvanecido ante los suecos, y Tilly había sucumbido en el Lech, Tilly, vuestro último sostén. Gustavo, como río que se sale de madre, inundó la Baviera, y el Emperador temblaba, refugiado en su palacio de Viena. No se encontraban soldados, porque el vulgo sigue los caprichos de la fortuna... Entonces se dirigieron las miradas hacia mí, como a su salvador en trance tan amargo. El orgullo del Emperador se humilló ante aquel que había sido antes ofendido en lo más vivo. Hube, pues, de presentarme para pronunciar la palabra decisiva, que había de resolver el conflicto, y reunir
hombres en los campamentos vacíos. Y lo hice. Sonó el tambor. Mi nombre, como el del Dios de la guerra, resonó en todas partes. Fueron abandonados los campos y talleres, y la muchedumbre acudió bajo las banderas, próvidas en esperanzas, y ya de antiguo conocidas... Ahora veo que soy el mismo que era entonces. El alma es quien se forma su
cuerpo, y el Duque de Friedlandia llenará de tropas su campamento. Atreveos a traer contra mí miles de soldados, que saben vencer al enemigo, no a mí... Cuando la cabeza y los miembros se separen, se demostrará en dónde reside el alma. (Illo y Terzky entran.) ¡Ánimo, amigos, ánimo! Aun no estamos entierra. Los cinco regimientos de Terzky son nuestros, y los valientes soldados de Butler... Mañana se junta con nosotros un ejército de diez y seis mil suecos. No era yo más poderoso cuando, hace nueve años, emprendí la conquista de Alemania para el Emperador.

ESCENA XIV.
Los mismos y NEUMANN, hablando aparte con el conde TERZKY.
TERZKY. (A Neumann.)- ¿Qué pretenden?
WALLENSTEIN.- ¿Qué hay?
TERZKY.- Diez coraceros de Pappenheim quieren hablarte en nombre de su regimiento.
WALLENSTEIN. (A Neumann con prontitud)- Que entren. (Vase Neumann.) Algo espero de esto. Advertid que dudan, y que conviene ganarlos.

ESCENA XV.
WALLENSTEIN, TERZKY e ILLO.- DIEZ CORACEROS, con su SUBALTERNO al frente, se presentan marchando, se colocan en fila ante el Duque a la voz de mando, y le saludan militarmente.

WALLENSTEIN. (Después de contemplarlos un rato, al Subalterno.)- Te conozco bien. Tú eres de Brujas en Flandes, y tu nombre es Mercy.
EL SUBALTERNO. - Me llamo Enrique Mercy.
WALLENSTEIN.- Tú fuiste cortado en una marcha, rodeado de tropas de Hesse, y te abriste paso entre miles de hombres sólo con ciento ochenta.
EL SUBALTERNO.- Así fue, mi General.
WALLENSTEIN.- ¿Qué premio dieron a este rasgo de valor?
EL SUBALTERNO.- Lo que solicité, mi General, el honor de servir entre los coraceros.
WALLENSTEIN. (Dirigiéndose a otro.)- Tú estabas entre los voluntarios, que yo hice salir de Altenberg para apoderarse de la batería sueca.
EL SEGUNDO CORACERO.- Así fue, mi General.
WALLENSTEIN.- No me olvido de ninguno con quien hablo. Decid lo que pretendéis.
EL SUBALTERNO. (Mandando.)- ¡Presenten armas!
WALLENSTEIN. (Dirigiéndose a un tercero.)- Tú te llamas Risbeck, y eres de Colonia.
EL TERCER CORACERO.- Risbeck, de Colonia.
WALLENSTEIN.- Tú trajiste prisionero al campamento de Nuremberg al coronel sueco Dübald.
EL TERCER CORACERO.- Yo no, mi General.
WALLENSTEIN.- Tienes razón. Fue tu hermano mayor el que lo hizo... Tú tenías otro hermano menor; ¿en dónde está?
EL TERCER CORACERO.- Está en Olmutz, en el ejército del Emperador.
WALLENSTEIN. (Al Subalterno.)- ¡Ahora, hablad!
EL SUBALTERNO.- Ha llegado a nuestras manos una carta del Emperador, que a nosotros...
WALLENSTEIN. (Interrumpiéndolo.)- ¿Quién os ha elegido?
EL SUBALTERNO.- Cada escuadrón ha elegido por suerte a un representante.
WALLENSTEIN.- Ahora, pues, ¡al grano!
EL SUBALTERNO.- Llegó a nuestras manos una carta del Emperador, en que se nos ordena que no te obedezcamos, porque eres un traidor y enemigo de tu patria.
WALLENSTEIN.- ¿Y qué habéis resuelto?
EL SUBALTERNO.- Nuestros compañeros de Braunau, Budweis, Praga y Olmutz han obedecido ya, y han seguido su ejemplo los regimientos de Tiefenbach y de Toscana... Pero nosotros no creemos que tú seas enemigo de tu patria y traidor, y para nosotros es mentira, e insigne engaño, e invención española.
(De corazón.) Tú mismo nos dirás cuál es tu proyecto, porque siempre nos has hablado con sinceridad, nos inspiras la mayor confianza, y ninguna lengua extraña debe interponerse entre un buen general y sus leales soldados.
WALLENSTEIN.- Ya reconozco en vuestra conducta que sois mis bravos hombres de Pappenheim.
EL SUBALTERNO.- Tu regimiento te suplica, pues, que si tu objeto es tan solo conservar este bastón de mando, que te pertenece, que te ha confiado el Emperador, y ser un general fiel al Austria, a tu lado estaremos para protegerte y defender tus derechos contra cualquiera... Y aunque te abandonen todos los demás regimientos, solos te seremos leales, y por ti daremos nuestras vidas. Tal es nuestro deber de caballeros, y sucumbir más bien que
consentir tu deposición. Pero si es cierto lo que dice la carta del Emperador: si es verdad que tú intentas llevarnos traidoramente al enemigo, de lo cual Dios nos guarde, sí, te abandonaremos y obedeceremos la carta.
WALLENSTEIN.- ¡Oíd, hijos míos!
EL SUBALTERNO.- Pocas, palabras. Di sí o no, y quedaremos satisfechos.
WALLENSTEIN.- Escuchadme. Yo sé que sois inteligentes, que discurrís y juzgáis por vosotros mismos, y no seguís a los demás. Por esta razón,
como sabéis, os he honrado y distinguido siempre entre todos. La mirada rápida del general sólo cuenta las banderas; no hace caso de las personas; manda con rigor, y sus órdenes son ciegas e inflexibles, y el hombre aquí nada vale para el hombre... Nunca ha sido esta, como os consta, la conducta que he observado con vosotros; tenéis conciencia de lo que valéis en vuestra áspera profesión; en vuestra frente brilla para mí la humana inteligencia,
y siempre os he tratado como a hombres libres, y os he dejado el derecho de formular vuestras opiniones...
EL SUBALTERNO.- Sí; siempre nos has tratado con decoro, mi General, nos has honrado con tu confianza, y favorecido más que a los otros regimientos.
No seguimos, pues, como observas, el ejemplo de las demás tropas, y queremos serte fieles.
Habla sólo una palabra, una sola nos basta; que no hay traición, que no piensas en ella, y que no intentas llevarnos al enemigo.
WALLENSTEIN.- ¡A mí, a mí es a quien venden! El Emperador me ha sacrificado a mis enemigos, y mi caída es segura, si mis valientes soldados no me amparan. De vosotros quiero fiarme... ¡Sea vuestro corazón mi escudo! ¡Mirad!¡Los tiros van dirigidos contra este pecho, contra esta cabeza blanca!... ¡Esta es la gratitud española, esta, por las sangrientas batallasen las antiguas fortalezas, y en los llanos de Lützen! Para lograr esto hemos ofrecido nuestros pechos a las alabardas, y la tierra cubierta de hielo y las duras piedras nos han servido de lecho y de almohada. Ningún río, por rápida que fuese su corriente; ninguna selva, ni la más impenetrable, nos detenía, y así seguíamos sin descanso a Mansfeld en su tortuosa huída, y nuestra existencia era una marcha continua, y como los remolinos del viento, sin hogar ni patria, recorríamos la tierra asolada por la guerra. Y ahora, cuando hemos prestado estos servicios, ingratos, difíciles y malditos, y que nuestro infatigable brazo ha aliviado el peso de la guerra, ese niño imperial vendrá a concluir una paz fácil, y a adornar sus blondos y juveniles cabellos con la oliva que debe adornar los nuestros.
EL SUBALTERNO.- Esto no debe ser, mientras nosotros podamos impedirlo. Nadie más que tú, que has sostenido con gloria esta guerra terrible, debe terminarla. Tú nos guiaste a los campos ensangrentados de la muerte, y tú, y no otro alguno, ha de guiarnos alegremente a los valles risueños de la paz, y a compartir con nosotros los frutos de tantos y tan largos trabajos...
WALLENSTEIN.- ¿Cómo? ¿Pensáis quizás que, al fin, en vuestra tardía vejez podréis gozar de esos frutos? No lo creáis. ¡Jamás veréis el término de esta pelea! Esta guerra nos devorará a todos. Austria no quiere la paz; justamente he de caer yo porque la deseo. ¿Qué importa a Austria que una larga lucha acabe con el ejército, y devaste al mundo? Sólo
intenta crecer siempre, y adquirir más territorio. ¿Os conmovéis?... En vuestros rasgos guerreros relampaguea una noble cólera. ¡Ojalá que mi alma pueda animaros de nuevo y llevaros osados, como en otro tiempo, a las batallas. Anheláis ayudarme, anheláis defender mis derechos con las armas...
¡propósito generoso! Pero no penséis que lo habréis de conseguir, siendo tan pocos. En vano os sacrificaríais por vuestro General. (Con confianza.) ¡No! Caminemos seguros, busquemos amigos; los suecos prometen ayudarnos; dejad que nos sirvan en la apariencia, hasta que nosotros nos hagamos temibles; y teniendo en manos los destinos de Europa, demos al orbe, lleno de júbilo, desde nuestro mismo campamento, la paz coronada de oliva.
EL SUBALTERNO.- ¿Sólo, pues, en apariencia andas en tratos con los suecos? ¿No te propones hacer traición al Emperador, ni pasarte a ellos? He aquí lo único, que pretendíamos saber de ti.
WALLENSTEIN.- ¿Qué me importan a mí los suecos? Los detesto, como al infierno, y con la ayuda de Dios, arrojarlos pronto a la otra orilla del mar Báltico. Pero los necesito para ejecutar mi plan. ¡Mirad! Yo tengo también corazón, y me conduelo de los ayes de este pueblo alemán. Vosotros sois tan sólo soldados; pero pensad que valéis mucho para mí, que os distingo entre todos, para hablaros con franqueza sobre estas cuestiones... Recordad que la antorcha de la guerra arde hace quince años, y que la tranquilidad codiciada no ha llegado todavía. ¡Suecos y alemanes! ¡Papistas y luteranos! ¡Ninguno cede! ¡Los unos están contra tos otros! Todos son partes, ninguno juez. Decidme, ¿cómo acabará esto? ¿Quién podrá desenredar este nudo, que se complica sin cesar?... Es menester cortarlo. Sí; conozco que soy el hombre, a quien la suerte ha predestinado para lograrla, y espero hacerlo con vuestro auxilio.

ESCENA XVI.
Los mismos y BUTLER.

BUTLER. (Con calor.)- ¡No está bien eso, mi General!
WALLENSTEIN.- ¿Qué?
BUTLER.- Nos perjudicará con los adictos a nuestra causa.
WALLENSTEIN.- Pero ¿qué?
BUTLER.- Equivale a declararse públicamente en rebelión.
WALLENSTEIN.- Pero otra vez, ¿qué sucede?
BUTLER.- El regimiento del Conde Terzky se arranca las águilas de sus banderas, y pone en su lugar vuestras armas.
EL SUBALTERNO.- (A los Coraceros.)- ¡Media vuelta a la derecha!
WALLENSTEIN.- ¡Maldita idea y más maldito aun el que la ha sugerido! (A los Coraceros, que se disponen a marchar.) ¡ Deteneos, hijos míos!... ¡Es un error!... ¡ oídme!... Y yo lo castigaré con el mayor rigor... ¡Escuchadme, sin embargo! ¡Quedaos aquí! Nada oyen.
(A Illo.) Vete tras ellos, convéncelos, tráelos de nuevo, cueste lo que cueste. (Vase Illo apresuradamente.) ¡Esto nos pierde!... ¡Butler, Butler! ¡Sois mi mal ángel! ¿Por qué decirlo así delante de ellos?... Todo iba bien... estaban ya casi convencidos... ¡Los locos, con su celo imprudente!... La fortuna cruel se burla de mí. Me hace sucumbir, no el odio de mis enemigos, sino el celo de mis amigos


ESCENA XVII.
Los mismos.- LA DUQUESA, que entra precipitadamente
en la habitación, seguida de TECLA y de LA CONDESA.

LA DUQUESA.- ¡Oh Alberto! ¿Qué has hecho?
WALLENSTEIN.- Esto faltaba.
LA CONDESA.- ¡Perdóname, hermano! No pude más. Todo lo sabe.
LA DUQUESA.- ¿Qué has hecho?
LA CONDESA. (A Terzky.)- ¿No hay ya remedio? ¿Todo se ha perdido?
TERZKY.- Todo. Praga está en poder de los partidarios del Emperador, y las tropas le han renovado su obediencia.
LA CONDESA.- ¡Pérfido Octavio!... ¿También ha desaparecido el Conde Maximiliano?
TERZKY.- ¿En dónde podrá estar? Con su padre se habrá pasado al Emperador. (Tecla cae en los brazos de su madre, y oculta el rostro en su seno.)
LA DUQUESA. (Estrechándola en sus brazos.)- ¡Desdichada hija! ¡Madre, aun más desdichada!
WALLENSTEIN. (Aparte a Terzky.)- Prepara pronto en el patio último un carruaje para llevarlas.
(Señalando a las mujeres.) Scherfenberg puede acompañarlas; nos es adicto, y las dejará en Egra, a donde los seguiremos. (A Illo, que vuelve.) ¿No los traes?
ILLO.- ¿No oyes a los amotinados? Todo el cuerpo de Pappenheim está en abierta rebelión. Piden que se les devuelva a Maximiliano, su coronel, porque dicen que está aquí en el castillo, que tú lo retienes por la fuerza, y que no lo sueltas, lo libertaran con sus espadas.
(Todos se quedan atónitos.)
TERZKY.- ¿Qué hacer?
WALLENSTEIN.- ¿No lo decía yo? ¡Oh corazón mío leal! Está aquí todavía. No me ha hecho traición, no ha podido hacérmela... Nunca he dudado de él.
LA CONDESA.- ¡Oh! ¡Si está aquí todavía, todo va bien, porque yo sé lo que lo retendrá perpetuamente! (Abrazando a Tecla.)
TERZKY.- No puede ser. Reflexionad que su padre nos ha vendido, y pasándose al Emperador; ¿cómo se aventurará el hijo a quedarse aquí?
ILLO. (A Wallenstein.)- Pocas horas hace que lo vi llevar por la plaza el tren de caza, que le regalaste recientemente.
LA CONDESA.- ¡Oh sobrina mía! Entonces no está lejos.
TECLA. (Que mira hacia la puerta.)- ¡Vedlo ahí!

ESCENA XVIII.
Los mismos y MAXIMILIANO PICCOLOMINI.

MAXIMILIANO. (Adelantándose hasta el centro de la escena.)¡Sí, sí; aquí está! No puedo ya dar vueltas alrededor de esa casa furtivamente, y acechar la ocasión favorable... Esta incertidumbre, esta angustia son superiores a mis fuerzas! (Dirigiéndose a Tecla, que
se ha arrojado en los brazos de su madre.) ¡Mírame! ¡No apartes de mí tus ojos, ángel divino! Confiésalo libremente delante de todos. A nadie temas. Sepan todos que nos amamos. ¿A qué ocultarlo? El misterio es para los afortunados; la desdicha sin esperanza no usa disfraz alguno, y puede mostrarse a la faz de millares de soles. (Observa a la Condesa, que mira a Tecla con alegría.) ¡No, tía Terzky, nada espero ni nada me sonríe; no vengo para quedarme aquí, vengo sólo a despedirme... ¡No hay remedio! Yo debo, yo debo, oh Tecla, abandonarte... yo lo debo. Pero no quiero llevar conmigo tu odio. Concédeme sólo una mirada de compasión; di que no me aborreces. ¡Dímelo, Tecla! (Coge su mano, profundamente conmovido.) ¡Oh Dios, Dios mío! No puedo abandonar este lugar. Yo no puedo... no puedo soltar esta mano. Dime, Tecla, que me compadeces, que tú misma estás
convencida de que no puedo obrar sino como lo hago. (Tecla, esquivando sus miradas, señala con la mano a su padre; él se vuelve hacia el Duque, a quien ve entonces.)
¿Tú aquí?... - No es a ti, a quien yo busco. Mis ojos no debían verte más. Sólo a ella me dirijo. Sólo esperaba que su corazón me declarase libre, puesto que nada me importan los demás.
WALLENSTEIN.- ¿Crees tú que yo seré bastante loco para dejarte marchar, y que representaré contigo una farsa de generosidad? Tu padre ha sido un pérfido, y tú no eres ya más que su hijo, y no en vano has caído en mi poder. No imagines que he de
tener en cuenta nuestra antigua amistad, hollada por él tan indignamente. Los tiempos de dulces afectos pasaron ya, los de las consideraciones y deferencias, y ahora reinan tan sólo el odio y la sed de venganza. Yo puedo ser tan inhumano como él.
MAXIMILIANO.- Puedes tratarme como te plazca. Bien sabes, sin embargo, que ni me burlo de tu ira, ni la temo. El lazo que aquí me detiene, ¿sabes cuál es? (Cogiendo la mano de Tecla.) ¡Escúchame! ¡Todo, todo quería yo debértelo agradecido! Yo quería recibir mi ventura de tu mano paternal. Tú la has destruido, aunque poco te importe. Indiferente huellas en el polvo la ventura de los tuyos, porque el Dios, a quien tú adoras, no es el Dios de la gracia. Como a elemento desenfrenado, ciego y formidable, sigues tú tan sólo el impulso feroz de tu corazón. ¡Ay de los que en ti confiaron! ¡ay de los que te eligieron por cimiento de su dicha, atraídos por tu rostro benévolo! En el momento más inesperado, en el silencio solemne de la noche, se los traga en un instante engañosa sirena de fuego, y con atronadora violencia el rápido torrente devasta las obras del hombre, y las condena a horrible destrucción.
WALLENSTEIN.- Pintas el corazón de tu padre. Como tú lo describes, así son sus entrañas, así es la negra hipocresía de su alma. ¡Oh! ¡una trama infernal me ha engañado! El Averno me envió el más pérfido de sus demonios, el más engañoso, y lo puso a mi lado como amigo. ¿Quién puede resistir el poder del infierno? Amamanté a mis pechos un basilisco; lo alimenté con mi sangre, y se llenó con los jugos de mi cariño. Nunca sospeché de él; le abrí de par en par las puertas de mi pecho, y le entregué las llaves de la sabia prudencia. Entre los astros, en el vasto firmamento buscaban mis ojos a mi enemigo, ¡y lo guardaba en lo más recóndito de mi corazón! ¡Si yo hubiese sido para Fernando lo que Octavio ha sido para mí...! Jamás le hubiera declarado la guerra... jamás hubiera podido hacerlo. Era sólo mi iracundo señor, no mi amigo. El Emperador no se fiaba de mi lealtad. La guerra se había ya encendido entre nosotros, cuando puso en mis manos el bastón de mando, porque la guerra existe siempre entre la astucia y el recelo, y sólo reina la paz entre la fe y la confianza. El que emponzoña la fidelidad, mata en el seno de su madre a todos sus hijos.
MAXIMILIANO.- No quiero defender a mi padre. ¡Ay de mí! no puedo tampoco defenderlo. Sucesos infaustos han sobrevenido, y los crímenes, en espesa cadena, se eslabonan con los crímenes. Pero ¿cómo nosotros, inocentes, hemos caído en este abismo de infortunio y de perversidad? ¿Contra quién hemos sido perjuros? ¿Por qué razón la doblez y los hechos punibles de nuestros padres nos han de entrelazar como serpientes mortíferas? ¿Por qué el odio irreconciliable de nuestros padres ha de desgarrarnos a nosotros, que nos amamos? (Abraza a Tecla, presa del más vivo dolor.)
WALLENSTEIN. (Después de observarlo en silencio, y acercándose a él.)- ¡Quédate a mi lado, Maximiliano...! ¡No te separes de mí, Maximiliano! Recuerda cuando en Praga, en cuarteles de invierno, te trajeron a mi tienda: eras un niño, delicado, no endurecido por los hielos de Alemania; tus manos yertas estaban adheridas a la pesada bandera, sin quererla soltar.
Yo te abrigué entonces, cubriéndote con mi capa; yo mismo te asistí, sin avergonzarme de servirte de madre; yo cuidé de ti con solicitud maternal, hasta que tú, a mi calor, recobraste gozoso tu vigor juvenil.
Desde entonces, ¿no he sido siempre el mismo para ti? He hecho ricos a millares de hombres, les he dado tierras, los he llenado de honores... a ti sólo ha amado mi corazón, a ti sólo se ha entregado todo mi ser. Todos ellos eran gente extraña; tú, hijo de mi casa... Maximiliano, ¡tú no puedes abandonarme!
No, no puede ser; ni puedo, ni quiero creer que Maximiliano haya de abandonarme.
MAXIMILIANO.- ¡Oh Dios!
WALLENSTEIN.- Tu sostén y tu guía he sido yo desde tu niñez... ¿Qué ha hecho tu padre por ti, que yo no haya hecho con exceso? Te he envuelto en una red de cariño; desgárrala, si te atreves... únente a mí los lazos más tiernos, que encadenan las almas, los vínculos naturales más santos, que estrechan a los hombres entre sí. Vete, pues; abandóname; sirve
a tu Emperador; que te premie con una cadenilla dorada, con su toisón de oro, ya que nada vale en tu estimación tu amigo, el padre de tu juventud, ni los más sagrados sentimientos.
MAXIMILIANO. (Presa de lucha violenta.)- ¡Oh Dios! ¿Qué otra cosa he de hacer? ¿No debo hacerlo...? Mi juramento... el deber...
WALLENSTEIN.- ¿Deber? ¿Hacia quién? ¿Quién eres tú? Si yo soy injusto con el Emperador, mía es la injusticia, no tuya. ¿Eres tú dueño de ti mismo? ¿Mandas en ti, eres libre en el mundo, como yo, de suerte que seas único responsable de tus acciones? Tú descansas en mí; yo soy tu Emperador y ser mío, obedecerme, es tu honor, tu ley natural. Y si el planeta, en que vives y habitas cae de su órbita, y ardiendo se precipita en el planeta más cercano, y lo abrasa, no puedes decidir si habrás o no de seguirme, sino que te arrastrará con la fuerza de su caída, con su círculo y todos sus satélites. Leve duda es la tuya en esta contienda, y las gentes no criticarán, sino, al contrario, alabarán que la amistad haya en ti vencido.

ESCENA XIX.
Los mismos y NEUMANN.

WALLENSTEIN.- ¿Qué hay?
NEUMANN. - Los soldados de Pappenheim se han desmontado, y pie en tierra están resueltos a asaltar esta casa a viva fuerza, para libertar al Conde.
WALLENSTEIN. ( Terzky.)- Que se suelten las cadenas, y se prepare la artillería. Quiero que la metralla los reciba, (Vase Terzky.) ¡Imponerme la ley a mano armada! Anda. Neumann, que se retiren al momento; tal es mi orden, y que aguarden en silencio mi determinación. (Vase Neumann. Illo se asoma a la ventana.)
LA CONDESA.- ¡Dejadle que se vaya! Dejadle, por Dios, que se vaya.
ILLO. (En la ventana.)- ¡Muerte y condenación!
WALLENSTEIN.- ¿Qué ocurre?
ILLO- Asaltan el Ayuntamiento, arrancan el techo, y apuntan sus cañones hacia aquí...
MAXIMILIANO.- ¡Qué locura!
ILLO.- Se aprestan a tirar...
LA DUQUESA Y LA CONDESA.- ¡Dios del cielo!
MAXIMILIANO. (A Wallenstein.)- Déjame bajar para indicarles...
WALLENSTEIN.- ¡No des un solo paso!
MAXIMILIANO. (Señalando a Tecla y a la Duquesa.)- ¡Pero sus vidas! ¡La tuya!
WALLENSTEIN.- ¿Qué nuevas traes, Terzky?

ESCENA XX.
Los mismos, y TERZKY, que vuelve.

TERZKY.- Nuevas de nuestros fieles regimientos. No pueden refrenar su ardor, y piden permiso para combatir contra ellos; son dueños de las puertas de Praga y de Mühll; y si tú lo ordenas, atacarán por la espalda al enemigo, lo encerrarán en la ciudad, y lo vencerán sin trabajo en las calles.
ILLO.- ¡Oh, Ven! ¡Que no se enfríe su entusiasmo! Los soldados de Butler nos son fieles; somos más en número; los venceremos, y aquí, en Pilsen, terminará la sedición.
WALLENSTEIN.- ¿Se ha de convertir esta ciudad en campo de batalla, y una lucha fratricida, rebosando fuego por los ojos, ha de ensordecer sus calles desenfrenada? ¿Ha de encomendarse la terminación de esta pelea a la rabia ciega que desatiende la voz de mando? Aquí no hay espacio para combatir, sino para degollar. La ira, en su furia formidable, no escuchará a ningún general. ¡Pero, en fin, sea así! Largo tiempo hace que he pensado, que esto sólo puede acabar de una manera rápida y sangrienta (Volviéndose hacia Maximiliano.) ¿Qué resolvemos? ¿Quieres tentar conmigo el vado? Libre eres de partir. Ponte frente a mí. Guíalos a la batalla. Tú entiendes el arte de la guerra, que has aprendido de mí; no debo avergonzarme de mi adversario, y no encontrarás en tu vida mejor ocasión que ésta para pagarme mis lecciones.
LA CONDESA.- ¿A este punto hemos llegado? ¡Sobrino, sobrino! ¿Podrás resistir esto?
MAXIMILIANO.- Yo he prometido llevar otra vez al Emperador los regimientos leales, que se me han confiado, y lo cumpliré o moriré. Es sólo lo que exige mi deber. No pelearé contra ti mientras pueda porque tu cabeza, aun proscrita, es sagrada para mí. (Suenan dos tiros. Illo y Terzky corren a la ventana.)
WALLENSTEIN.- ¿Qué tiros son esos?
TERZKY- ¡Cayó!
WALLENSTEIN.- ¡Cayó! ¿Quién?
ILLO.- Los de Tiefenbach dispararon.
WALLENSTEIN.- ¿Contra quién?
ILLO.- Contra ese Neumann, a quien enviaste...
WALLENSTEIN. (Con viveza.)- ¡Muerte y condenación! Entonces quiero yo... (Haciendo ademán de salir.)
TERZKY.- ¡Y desafiar su ciego furor!
LA DUQUESA Y LA CONDESA.- ¡No, por Dios!
ILLO.- Ahora no, mi General.
LA CONDESA.- ¡Detenedlo, detenedlo!
WALLENSTEIN.- Dejadme.
MAXIMILIANO.- No, ahora no. Este acto irreflexivo y sanguinario ha aumentado su ira; espera que se arrepientan...
WALLENSTEIN.- ¡Lejos de aquí! Harto he tardado ya en salir. Han osado cometer ese crimen, por no haber visto su rostro... Es necesario que me vean, que oigan mi voz... ¿No son mis tropas? ¿No soy yo su general, y su temido señor? Dejad que me contemplen, a ver si desconocen al que era su sol en la oscuridad de las batallas. No hay necesidad del empleo de las armas. Yo me mostraré desde este balcón al ejército amotinado, y se refrenarán en seguida, no lo dudéis, y su ánimo excitado volverá a someterse a la antigua obediencia. (vase, y con él Illo, Terzky y Butler.)

ESCENA XXI.
LA CONDESA, LA DUQUESA, MAXIMILIANO Y TECLA.

LA CONDESA. (A la Duquesa.)- Cuando lo vean... hay aun esperanza, hermana.
LA DUQUESA.- ¡Esperanza! Ya no la tengo.
MAXIMILIANO.- (Que lejos, en violenta lucha consigo mismo durante la escena anterior, se acerca a ellas.)- ¡Yo no puedo sufrir esto! Vine aquí firme e irrevocablemente resuelto, creyendo obrar bien y sin reproche, y parezco odioso, feroz e inhumano, maldito y motivo
de horror para todos aquellos a quienes amo, cuando puedo volverles la felicidad, siendo tan caros a mi corazón y viéndolos tan indignamente afligidos, con pronunciar sólo una palabra... Sublévaseme el corazón; en mi pecho resuenan dos voces contradictorias; nada veo, e ignoro en dónde esté la justicia. ¡Oh, bien y con verdad lo dijiste, oh padre, que yo me fiaba en demasía de mi corazón, porque ahora vacilo o ignoro lo que debo hacer!
LA CONDESA.- ¿Que lo ignoráis? ¿Nada os dice vuestra propia conciencia? Pues yo os lo diré.
Vuestro padre ha cometido contra nosotros un acto de la más negra traición; ha puesto en peligro la cabeza del Príncipe, nos ha llenado de vergüenza, y claro es, por tanto, lo que debe hacer su hijo: reponer lo que con su acción criminal ha derribado, dar un ejemplo de lealtad y de compasión, y que el nombre de Piccolomini no sea un signo de oprobio,
una perpetua maldición en la familia de Wallenstein.
MAXIMILIANO.- ¿En dónde está la voz de la verdad, que yo he de seguir? Muévenos a todos el deseo y la pasión. ¡Ojalá que descendiera un ángel del cielo, y que hiciera brotar la justicia, clara y evidente, indicándome con su pura diestra la pura luz de donde emana! (Sus ojos se fijan en Tecla.) ¿Pero qué, todavía busco yo este ángel? ¿Espero acaso encontrar
otro? (Acércase a ella y la abraza.) Aquí, en este corazón infalible, santo y puro, descansaré, interrogaré tu amor, que sólo puede dar la dicha, y alejarse del culpable desventurado. ¿Puedes amarme todavía, si yo me quedo aquí? Dime que sí, y soy vuestro.
LA CONDESA. (Con intención.)- Reflexionad...
MAXIMILIANO. (Interrumpiéndola.)- No reflexionad nada. Decid sólo cuál sea vuestro sentimiento.
LA CONDESA.- Pensad en vuestro padre...
MAXIMILIANO. (Interrumpiéndola de nuevo)- ¡No pregunto yo a la hija del Duque de Friedlandia, sino a ti, amor mío! La cuestión no versa sobre ganar una corona, en cuyo caso sería útil mostrarse prudente, sino sobre la paz de tu amigo, sobre la ventura de millares de heroicos y bravos corazones, que seguirán el ejemplo del primero. ¿Debo ser perjuro o infiel con el Emperador? ¿Debo disparar contra el campamento de Octavio el arma parricida? Porque hecho el disparo, no es la bala un instrumento ciego, sino vivo, porque la anima un espíritu funesto, el de las furias vengadoras del crimen, que la impulsan hábilmente hacia el blanco más sensible.
TECLA.- Oh, Maximiliano...
MAXIMILIANO. (Interrumpiéndola.)- No te apresures. Yo te conozco. El corazón noble podría considerar como deber más sagrado al más doloroso. Que no se cumpla el más grande, sino el más humano. Recuerda cuanto ha hecho por mí el Príncipe desde un principio. Recuerda también cuál ha sido la conducta de mi padre. ¡Oh! También los dulces y libres afectos de la amistad, del piadoso culto del corazón, constituyen una religión aparte, y la naturaleza se venga del bárbaro, que los viola cruelmente. Ponlo todo, ponlo todo en la balanza, y que tu corazón decida y hable.
TECLA.- ¡Oh! El tuyo lo ha resuelto ya hace largo tiempo. Sigue tu primer impulso...
LA CONDESA.- ¡Desventurada!
TECLA.- ¿Cómo podría dejar de ser el más justo el acuerdo primero de alma tan leal y tierna? Vete y cumple tu deber. Siempre te amaré. Sea cualquiera tu elección, siempre serás digno, y tu conducta digna de ti. El arrepentimiento no ha de contristar tu ánimo y tu dulce paz.
MAXIMILIANO.- ¡He de abandonarte, pues! ¡He de separarme de ti!
TECLA.- Si eres leal contigo mismo, lo serás también conmigo, y si la suerte nos separa, nuestros corazones permanecerán unidos. Odio sanguinario dividirá siempre a las familias de Piccolomini y de Friedlandia, pero nosotros dos no pertenecemos a ellas... ¡Vete! ¡Corre, corre! ¡Divorcia tu buena causa de la nuestra desventurada! La maldición divina ha caído sobre nuestra cabeza, consagrada a la muerte. La falta de mi padre me arrastrará también al abismo. No deplores mi suerte, que el destino habrá de decidirla en breve. (Maximiliano, profundamente conmovido, la estrecha entre sus brazos. Se oyen detrás de la escena gritos feroces, que resuenan largo tiempo, de ¡viva Fernando!, con acompañamiento de música militar. Maximiliano y Tecla se mantienen estrechamente abrazados.)

ESCENA XXII.
Los mismos y TERZKY.

LA CONDESA. (Saliendo a su encuentro.)- ¿Qué era eso? ¿Qué significaban esas voces?
TERZKY.- ¡Todo inútil! ¡Todo se ha perdido!
LA CONDESA.- ¿Cómo? ¿Y su presencia no hizo efecto en ellos?
TERZKY.- Ninguno. ¡Pena inútil!
LA DUQUESA.- ¿Prorrumpieron en vítores...?
TERZKY.- Al Emperador.
LA CONDESA.- ¡Cuán olvidadizos de sus deberes!
TERZKY.- Ni lo dejaron hablar siquiera. Cuando comenzó, lo hicieron callar con gritos de guerra... Aquí viene.

ESCENA XXIII.
Los mismos.-WALLENSTEIN, acompañado de ILLO y BUTLER, y después CORACEROS.

WALLENSTEIN. (Al entrar.)- ¡Terzky!
TERZKY.- ¡Mi Príncipe!
WALLENSTEIN.- Que se preparen nuestros regimientos a marchar hoy, porque abandonaremos a Pilsen antes de la noche. (Vase Terzky.) ¡Butler!
BUTLER.- ¡Mi General!
WALLENSTEIN.- El comandante de Egra es vuestro amigo y compatriota. Escribidle inmediatamente, y enviadle un correo, para que se prepare a recibirnos mañana en la fortaleza. Nos seguiréis con vuestro regimiento.
BUTLER.- Así se hará, mi General.
WALLENSTEIN. (Interponiéndose entre Maximiliano y Tecla, que durante este tiempo continúan abrazados.) ¡ Separaos!
MAXIMILIANO.- ¡Oh Dios! (Coraceros con las armas en la mano entran en la escena, y se reúnen en el fondo. Óyese debajo una marcha alegre de los soldados de Pappenheim, como si llamasen a Maximiliano.)
WALLENSTEIN. (A los Coraceros.)- Aquí está. Es libre. Yo no lo detengo ya. (Colócase de tal modo en la escena, que Maximiliano no puede acercarse a él ni a su hija.)
MAXIMILIANO.- Me odias y te separas colérico de mí. Roto está el vínculo de nuestra antigua amistad, violenta, no dulcemente, y, siendo doloroso ese rompimiento, exacerbas aún más mi dolor. Sabes que no he aprendido todavía a vivir sin ti... El desierto se presenta delante de mí, y cuanto me es caro en el mundo se queda aquí. ¡Oh, no apartes de mí tus ojos! ¡Déjame por última vez ver tu rostro amado y respetable! No me rechaces... (Quiere coger su mano, y Wallenstein la retira. Vuélvese entonces hacia la Condesa.) ¿No hay aquí mirada alguna de compasión hacia mí?... Tía Terzky... (Ella se aleja de él; vuélvese hacia la Duquesa.) Madre venerable...
LA DUQUESA.- Andad, Conde, a donde el deber os llama... Así podréis ser algún día para nosotros cerca del Emperador un fiel amigo, nuestro buen ángel.
MAXIMILIANO.- Me dejáis alguna esperanza, y no queréis desesperarme del todo. ¡Oh, no me engañéis con vanas ilusiones! Cierta es mi desventura, y gracias al cielo que me ofrece un medio de terminarla. (Comienza de nuevo la música guerrera. La escena se llena
más y más de soldados armados. Ve entre ellos a Butler.) ¿Estáis también aquí, coronel Butler?... ¿Y no queréis seguirme?... ¡Bien! Sed más fiel a vuestro nuevo señor de lo que lo habéis sido al antiguo. ¡Venid! Prometedme, dadme vuestra mano como prenda de que defenderéis su vida y la conservaréis ilesa. (Butler se la rehúsa.) La proscripción del Emperador pesa sobre él; y su noble cabeza queda a merced de cualquiera vulgar asesino, que quiera ganar una vil recompensa por su crimen. Ahora, pues, necesita más que nunca de la solicitud piadosa del amigo, de la mirada vigilante del afecto... y los que observo a su
rededor al separarme... (Mirando con recelo a Illo y Butler.)
ILLO.- Buscad traidores en el campamento de Gallas y de vuestro padre. Aquí no hay más que uno.
Marchaos y libradnos de vuestra presencia odiosa. ¡Andad! (Maximiliano intenta acercarse otra vez a Tecla, y Wallenstein lo impide. Permanece indeciso y lleno de aflicción: la escena se llena de soldados más y más, y las trompetas suenan más y más, llamándole, y con intervalos más breves.)
MAXIMILIANO.- ¡Tocad, tocad!... Ojalá fuesen las trompetas suecas, y de aquí fuera yo a los campos de la muerte, y todas las espadas, que están aquí desnudas, atravesaran a un tiempo mi pecho. ¿Qué queréis? ¿Venís a arrancarme de aquí?... ¡Oh! ¡No me desesperéis! ¡No lo hagáis! Quizás os pesaría. (La sala se llena completamente de hombres armados.) ¿Todavía más? Los soldados se unen a los soldados, y su muchedumbre me arrastra consigo. Reflexionad en lo que hacéis. No está bien que elijáis por jefe a un desesperado. Me priváis de mi ventura. ¡Bien! Yo consagro vuestras almas a la Diosa de la venganza. Me
habéis escogido para causar vuestra propia ruina, y sabed que quien me acompañe ha de estar pronto a morir! (Mientras se vuelve hacia el fondo, los coraceros se mueven con rapidez, lo cercan y acompañan con grande algazara. Wallenstein permanece inmóvil, y Tecla se desmaya en los brazos de su madre. Cae el telón.)


ACTO IV.
Casa del burgomaestre en Egra.

ESCENA PRIMERA.
BUTLER, que llega.

Dentro está. Su destino lo trae. El puente levadizo ha caído detrás de él, y puesto que por él ha entrado y cayó ya, no le queda medio alguno de salvación. Hasta aquí, Friedlandia, y no más allá, dice la Diosa del destino. Tu brillante meteoro se elevó desde la tierra de Bohemia, dejó en el cielo refulgente huella, y se pondrá aquí también en la Bohemia... ¡Tú has sido perjuro con tus antiguas banderas, y confías ciego, sin embargo, en tu antigua fortuna! Armas tu mano criminal para llevar la guerra a los dominios del Emperador, y devastar el santo hogar de los lares domésticos. ¡Vive alerta! El espíritu de la venganza
te deslumbra... ¡que la venganza no te pierda!

ESCENA II.
BUTLER y GORDON.

GORDON.- ¿Sois vos? ¡Oh! cuanto deseaba oíros.
¿El Duque un traidor? ¡Oh, Dios mío! ¡Y fugitivo! ¡Y su noble cabeza proscrita! Suplícoos, mi General, que, me contéis prolijamente cómo ha sucedido todo esto en Pilsen.
BUTLER.- ¿Habéis recibido la carta que os remití por un correo?
GORDON.- Y he hecho con puntualidad cuanto se me mandaba; le he abierto la fortaleza sin el menor reparo, puesto que una orden del Emperador me mandaba que os obedeciera en todo ciegamente.
¡ Perdonad, sin embargo! Cuando vi al mismo Príncipe, comencé a dudar de nuevo. A la verdad, el Duque de Friedlandia no entró en esta ciudad como un proscrito. En su frente, como en otro tiempo, brillaba la majestad de un potentado, que exigía la sumisión, y tranquilo, como en sus mejores días, me pidió cuenta de mis funciones. El infortunio, la conciencia de la culpa, acostumbra adular al hombre más bajo, y el orgullo, después de la caída, se doblega con facilidad y se humilla; pero el Príncipe, lacónico y con dignidad en todas sus palabras, aprobó mi conducta, como lo hace el dueño, con su servidor, cuando ha cumplido su deber.
BUTLER.- Todo ha sucedido conforme os escribí. El Príncipe ha vendido el ejército al enemigo, y quiere entregarle, a Praga y Egra. Al circular este rumor, le han abandonado todas las tropas, menos los cinco regimientos de Terzky, que lo han seguido aquí. Se le ha proscrito, pues, y se ordena a todo súbdito leal que lo entregue muerto o vivo.
GORDON.- ¡Traidor al Emperador!... ¡tan gran señor! ¡tan rico! ¡Oh vanidad humana! Yo decía con frecuencia: ¡esto no puede acabar bien! Para su ruina servirán tanta grandeza, tanto poder, y su sombría y vacilante violencia, porque el hombre se perjudica a sí mismo, y nunca ha de confiar en su propia moderación. Sólo lo contiene en los límites debidos una ley clara, y el aguijón profundo del hábito.
Pero el poder militar de este general era extraordinario y contra la naturaleza; casi lo igualaba al Emperador, y su carácter orgulloso había olvidado ya la costumbre de obedecer. ¡Es lástima que un hombre como él!... Ninguno, en mi opinión, se mantendría en el puesto, desde el cual cae.
BUTLER.- Reservad vuestras lamentaciones para cuando necesite de vuestra compasión, porque ahora es todavía poderoso y temible. Los suecos marchan hacia Egra, y si nosotros no nos decidimos a oponernos a su unión, no tardarán en juntarse. Pero ¡esto no sucederá! El Príncipe no debe salir libre de esta ciudad, porque me he obligado a ello con mi vida y mi honor, y a hacerlo prisionero, contando con vuestra ayuda.
GORDON.- ¡Oh! ¡No quisiera haber visto este día! De sus manos recibí yo mi cargo; él mismo me confió la guarda de este castillo, que he de convertir en su prisión. Nosotros los subalternos no tenemos voluntad; sólo el hombre libre, el poderoso, obedece a sus inclinaciones varoniles. Nosotros somos sólo los esbirros de la ley y de sus rigores: la obediencia es nuestra virtud, y la única que aprovecha al humilde.
BUTLER.- No deploréis lo limitado de vuestras facultades. La excesiva libertad es madre de muchos errores, y la senda del deber, cuanto más estrecha, más segura.
GORDON.- ¿Decís, pues, que todos lo han abandonado?
Él ha hecho la fortuna de miles de personas, porque su carácter era el de un rey, y siempre su mano estaba abierta para todos... (Mirando a Butler de reojo.) Del polvo de la nada ha levantado a muchos, llenándolos de honores y dignidades, y, a pesar de esto, no tiene ningún amigo, no ha podido conservar ninguno, que se le mantuviese fiel en la desgracia.
BUTLER.- Uno tiene aquí, de quien menos esperaba.
GORDON.- No le debo favor alguno. Casi sospecho que, en su grandeza, no se habrá siquiera acordado del amigo, de su juventud... Porque el servicio me ha mantenido siempre lejos de él, y su vista me perdió en las murallas de esta fortaleza, en donde yo, fuera del alcance de su gracia he guardado en silencio un corazón fiel. Cuando me colocó en este castillo, cuidaba atento de cumplir sus deberes y no faltar a su confianza; sí, leal, defiendo este puesto, que encomendó a mi fidelidad.
BUTLER.- Decidme, pues: ¿queréis llevar a efecto la pena, a que se lo ha condenado, y prestarme vuestra ayuda para aprisionarlo?
GORDON. (Después de reflexionar un rato en silencio, y afligido.) Si todo ha sucedido como contáis... si ha hecho traición al Emperador, su señor, vendido el ejército, e intentado entregar al enemigo del Imperio las fortalezas de esta nación... si no hay salvación posible para él... Sin embargo, es penoso que la suerte me haya elegido entre todos para ser instrumento de su ruina, porque ambos fuimos pajes en Burgau, al mismo tiempo, si bien yo era de más edad.
BUTLER.- Lo sé.
GORDON.- Hará de esto unos treinta años. Revelaba ya una audacia sin límites este joven de veinte años. Era ya más serio de lo que exigía su juventud, y su ánimo varonil sólo grandezas soñaba. Silencioso pasaba entre nosotros, y no buscaba otra compañía que la de sus pensamientos; los placeres ordinarios de los mancebos no le llamaban la atención; pero de repente brillaba en él como un rayo maravilloso, que parecía brotar de las profundidades
de su alma, deslumbrador y diáfano, que nos llenaba de asombro, no sabiendo si era un rasgo de locura o una voz divina.
BUTLER.- Allí fue en donde cayó de un segundo piso, habiéndose dormido en el hueco de una ventana, y se levantó en seguida ileso. Desde entonces, según cuentan, se notaron en él síntomas de locura.
GORDON.- Es verdad; hízose más meditabundo, y se convirtió al catolicismo. Maravilloso fue el efecto de su maravillosa salvación. Se consideró como un ser favorecido y privilegiado; y ligero, como si no hubiera nunca de tropezar, corrió por la cuerda vacilante
de la vida. La suerte nos separó luego más y más; él emprendió a paso rápido la peligrosa senda, que lleva a la cúspide de la grandeza, y yo lo contemplé caminando, presa de un vértigo, y fue conde y príncipe, duque y dictador, y ahora todo es demasiado estrecho para él, y alarga su mano para apoderarse de una corona, y se precipita en un abismo sin fin.
BUTLER.- Callaos, que viene aquí.

ESCENA III.
Los mismos, y WALLENSTEIN, hablando con EL BURGOMAESTRE de Egra.

WALLENSTEIN.- ¿Que vuestra ciudad era libre antes? Veo que en vuestras armas sólo lleváis media águila. ¿Por qué sólo la mitad?
EL BURGOMAESTRE.- Era independiente del Imperio; pero, desde dos siglos hace, ha sido dada en garantía a la corona de Bohemia. ¡Tal es la causa de que sólo llevemos media águila! La otra mitad está cancelada, hasta que el Imperio nos la devuelva.
WALLENSTEIN.- Sois dignos de la libertad. Que vuestra conducta sea loable. No deis oídos a proyectos sediciosos. ¿Cuánto importan vuestros impuestos?
EL BURGOMAESTRE. (Encogiéndose de hombros.)- Apenas podemos calcularlo. La guarnición vive a nuestra costa.
WALLENSTEIN.- Se aligerará vuestra carga. Decidme, ¿hay todavía protestantes en la ciudad? (El Burgomaestre vacila.) Sí, sí, lo sé. Muchos se ocultan dentro de estas murallas... sí, confesadlo sin miedo...
Vos mismo... ¿no es verdad? (Mírale fijamente: el Burgomaestre se espanta.) Nada temáis. Yo odio a los jesuitas...
Si de mí dependiera, no los habría ya en todo el Imperio... El misal o la Biblia, ¿qué más me da?... Bien lo he probado al mundo... En el mismo Glogau he construido una iglesia para los evangelistas... Oíd, Burgomaestre, ¿cómo os llamáis?
EL BURGOMAESTRE.- Pachhälbel, serenísimo Príncipe.
WALLENSTEIN.- Escuchad... pero a nadie digáis lo que voy a contaros. (Poniéndole la mano en los hombros con cierta solemnidad.) Ha llegado el tiempo en que se cumpla lo prometido. Se alzarán los muladares, y se bajarán los adarves... Reservadlo en vuestro pecho.
La influencia falaz española camina a su ocaso, y un nuevo orden de cosas ha de sucederle... ¿No habéis visto hace poco tres lunas en El cielo?
EL BURGOMAESTRE.- Con horror las he visto.
WALLENSTEIN.- Dos se transformaron en ensangrentados puñales. Sólo la del medio conservó su claridad.
EL BURGOMAESTRE.- Creímos que aludían a los turcos.
WALLENSTEIN.- ¿A los turcos? ¿Qué? Dos imperios, os digo, sucumbirán en Oriente y Occidente, envueltos en sangre, y sólo la comunión luterana permanecerá impasible. (Observando a los otros dos.) Esta tarde, cuando caminábamos hacia aquí, se oía hacia la izquierda un nutrido tiroteo. ¿Se oyó también en esta fortaleza?
GORDON.- Bien lo oímos, mi General. El viento nos traía el ruido del Sur.
BUTLER.- Parecía venir de Neustadt, o de Weiden.
WALLENSTEIN.- Es el camino que han de traer los suecos. ¿A qué fuerza asciende la guarnición?
GORDON.- Ochocientos hombres útiles, y el resto inválidos.
WALLENSTEIN.- Y ¿Cuántos hay en Ioaquinsthal?
GORDON.- He enviado doscientos arcabuceros para defender ese puesto contra los suecos.
WALLENSTEIN.- Alabo vuestra previsión. Se ha trabajado también en las murallas. Lo he notado al pasar.
GORDON.- Como el Rhingrave nos apretaba de cerca, hice levantar con rapidez dos baluartes.
WALLENSTEIN.- Sois celoso en servir al Emperador.
Estoy contento de vos, señor comandante superior. (A Butler.) Los hombres apostados en Ioaquinsthal han de retirarse, con cuantos puedan oponerse al enemigo. (A Gordon.) A vuestra lealtad, oh comandante, dejo confiadas mi esposa, mi hija y mi hermana. Yo no puedo detenerme aquí; espero sólo ciertas cartas, para dejar en seguida esta fortaleza con todos los regimientos que me acompañan.

ESCENA IV.
Los mismos y el conde TERZKY.

TERZKY.- ¡Mensaje feliz! ¡Alegre nueva!
WALLENSTEIN.- ¿Qué noticias traes?
TERZKY.- En Neustadt se ha dado una batalla, y los suecos han conseguido la victoria.
WALLENSTEIN.- ¿Que dices? ¿Quién te ha traído esa noticia?
TERZKY.- Un campesino la ha traído de Tirschenrent.
La batalla comenzó a la puesta del sol; tropas imperiales de Tachau invadieron el campamento sueco; dos horas ha durado la pelea, y mil imperiales y su jefe han perecido. No ha sabido decir más.
WALLENSTEIN.- Y ¿cómo han llegado a Neustadt los soldados imperiales? Altringer... debiera haber tenido alas... estando ayer a la distancia de catorce millas. Los de Gallas se reúnen en Frauenberg, y aun faltan algunos. ¿Se habría aventurado Suys tanto? No puede ser. (Illo se presenta.)
TERZKY.- Pronto lo sabremos. Aquí viene Illo corriendo lleno de alegría.

ESCENA V.
Los mismos e ILLO.

ILLO. (A Wallenstein)- Ahí está un jinete que quiere hablarle.
TERZKY.- ¿Se ha confirmado la nueva de la victoria? ¡Hablad!
WALLENSTEIN.- ¿Qué trae? ¿De dónde viene? ILLO.- De parte del Rhingrave. Él mismo te dirá lo que desea. Los suecos están sólo a cinco millas de aquí. Piccolomini, con su caballería, los ha atacado en Neustadt; han reñido terrible batalla, venciendo al cabo el mayor número, y todos los soldados de Pappenheim, y Maximiliano, que los mandaba, han
sucumbido.
WALLENSTEIN.- ¿En dónde está el mensajero? Llevadme a su encuentro. (Quiere irse. La señorita de Neubrunn entra precipitadamente, seguida de algunos servidores, que corren en todas direcciones.)
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¡Socorro, socorro!
ILLO Y TERZKY.- ¿Qué sucede?
NEUBRUNN.- La princesa...
WALLENSTEIN Y TERZKY.- ¿Lo sabe?
NEUBRUNN.- ¡Quiere morir! (Vase corriendo y detrás de ella Illo, Terzky y Wallenstein.)

ESCENA VI.
BUTLER y GORDON.

GORDON. (Atónito.)- Decidme, ¿qué significa esto?
BUTLER.- Ha perdido al hombre a quien amaba, a ese Piccolomini, que ha sucumbido.
GORDON.- ¡Desventurada joven!
BUTLER.- Ya habéis oído a Illo. Los suecos, victoriosos, se acercan.
GORDON.- Bien lo he oído.
BUTLER.- Traen doce regimientos, y el Duque tiene además cinco para defenderlo, y los soldados de guarnición en esta fortaleza no llegan a doscientos.
GORDON.- Así es.
BUTLER.- No es posible, con tan escasa fuerza, guardar un prisionero de Estado de tal importancia.
GORDON.- Ya lo veo.
BUTLER.- La muchedumbre de enemigos desarmará pronto este pequeño destacamento, y lo pondrá en libertad.
GORDON.- Es de temer.
BUTLER. (Después de una pausa.)- ¿Sabéis que yo respondo del buen éxito de mi empresa, y mi cabeza de la suya? He de cumplir mi palabra de cualquier modo, y si no puedo guardarlo vivo, entonces no hay otro remedio que guardarlo muerto.
GORDON.- ¡No quisiera comprenderos! ¡Justo Dios! Podríais...
BUTLER.- Es imposible que viva.
GORDON.- ¿Seríais capaz?...
BUTLER.- Vos o yo. Hoy es su último día.
GORDON.- ¿Intentáis asesinarlo?
BUTLER.- Tal es mi propósito.
GORDON.- ¡Confiado en vuestra lealtad!
BUTLER.- ¡Su destino funesto!
GORDON.- La sagrada persona del general en jefe...
BUTLER.- ¡Lo era antes!
GORDON.- ¡Oh, lo que era, ningún crimen puede
borrarlo! ¿Y sin la formalidad de un juicio?
BUTLER.- La ejecución de la sentencia hará sus veces.
GORDON.- Eso sería asesinato y no justicia, porque hasta al reo más criminal ha de oírse.
BUTLER.- El delito es evidente; el Emperador ha
sentenciado, y a nosotros sólo toca cumplir su voluntad.
GORDON.- Ninguna sentencia capital ha de ejecutarse con precipitación, porque las palabras pueden retractarse, no la muerte.
BUTLER.- A los reyes agrada el pronto servicio.
GORDON.- Ningún hombre noble se transforma en verdugo.
BUTLER.- Ningún valiente retrocede ante un rasgo de audacia.
GORDON.- El valor arriesga la vida, no la conciencia.
BUTLER.- ¿Cómo? ¿Hemos de dejarlo en libertad, para encender de nuevo el fuego inextinguible de la guerra?
GORDON.- Hacedlo prisionero, pero no lo matéis, a fin de no prevenir, derramando su sangre, al ángel de la misericordia.
BUTLER.- Si el ejército imperial no hubiese sido derrotado, podría conservar su vida.
GORDON.- ¡Dios mío! ¿Por qué lo habré yo acogido en esta fortaleza?
BUTLER.- No el lugar, el destino es la causa de su muerte.
GORDON.- ¡Hubiera yo sucumbido en estas murallas honrosamente, defendiendo un castillo del Emperador!
BUTLER.- ¡Y también valientes a millares!
GORDON.- Cumpliendo su deber, lo cual ennoblece y sublima al hombre; pero asesinando traidoramente, ¡oh!, lo llena de oprobio.
BUTLER. (Sacando un papel.)- He aquí la orden, que nos manda apoderarnos de él. Os obliga como a mí.
¿Queréis exponeros a las consecuencias de que se pase al enemigo por vuestra culpa?
GORDON.- ¿Yo, ¡Dios mío!, que nada valgo?
BUTLER.- ¡Tomad a vuestro cargo la responsabilidad del hecho! No os quejéis luego de lo que ocurra. En fin, suceda lo que quiera, vuestra es la cuenta.
GORDON.- ¡Oh Dios del cielo!
BUTLER.- ¿Imagináis algún otro medio de ejecutar la sentencia del Emperador? ¡Hablad! Yo quiero inutilizarlo, no destruirlo.
GORDON.- ¡Oh Dios! Lo que ha de ser lo veo tan claro como vos, pero mis sentimientos lo rechazan.
BUTLER.- Y ni ese Illo ni ese Terzky han de vivir, si el Duque muere.
GORDON.- ¡Oh! No son ellos los que me inspiran compasión. Impúlsalos su mala voluntad, no el rigor del destino. Ellos son los que han sembrado en su tranquilo pecho la semilla de las pasiones aviesas, los que han cultivado en él, con nefanda solicitud, el árbol de su desdicha... ¡Dios quiera que reciban pronto el funesto pago de sus infames servicios!
BUTLER.- Por esto su muerte ha de preceder a la del Duque. Esta tarde, en medio de la alegría de un banquete, los apresaremos vivos, y los guardaremos en el castillo. Es lo más breve. Voy en seguida a dar las órdenes necesarias.

ESCENA VII.
Los mismos, ILLO y TERZKY.

TERZKY.- ¡Ahora, pronto se conocerá el cambio! Mañana entran los suecos, valientes guerreros, en número de doce mil hombres. Después, ¡a Viena en línea recta! ¡Hola! ¡Alegraos, viejo compañero! No tengáis ese rostro patibulario, ante nuevas tan gratas.
ILLO.- Tócanos ahora prescribir leyes, y vengarnos de los perversos e infames que nos abandonan. Uno de ellos, Piccolomini; ha expiado ya su falta. Así suceda a todos los que nos son malévolos. ¡Terrible golpe es este para las canas de su padre! Toda su vida ha sido un perpetuo tormento para erigir en principado su casa condal, y ahora entierra a su único
hijo.
BUTLER.- A lástima mueve la muerte de tan heroico joven, y hasta al mismo Duque, según se ve.
ILLO.- Escuchad, mi anciano amigo: lo que nunca me ha agradado en nuestro general, llenándome, al contrario, de ira, es la preferencia que ha mostrado a los italianos. Ahora mismo, ¡lo juro por la salud de mi alma! Nos dejaría morir a todos diez veces, si pudiera devolver la vida a su amigo.
TERZKY.- ¡Callad, callad! No hablemos más de esto. Dejemos en paz a los muertos. Hoy se trata sólo de entregarnos a los placeres de Baco, puesto que vuestro regimiento quiere festejarnos. Pasaremos una noche de Carnaval deliciosa; y, cuando llegue el día, recibiremos con las copas llenas a la vanguardia sueca.
ILLO.- Sí; gocemos hoy de la vida, porque se nos preparan otros tiempos sombríos. Esta espada mía no ha de descansar hasta que se tiña en sangre austriaca.
GORDON.- Pero, ¿qué decís, señor Feld-mariscal? ¿Por qué esa ira contra nuestro Emperador...?
BUTLER.- No esperéis mucho de esta primera victoria. La rueda de la fortuna se vuelve con presteza, y el Emperador es siempre muy poderoso.
ILLO.- El Emperador tiene soldados, pero no general alguno, puesto que ese Fernando, rey de Hungría, no entiende una palabra del arte de la guerra.
¿Quizá Gallas? Es desgraciado, si los hay, y siempre ha sido el azote y ruina de las tropas. Y ese Octavio, esa serpiente, podrá herir a Friedlandia por la espalda y a traición, pero no resistirlo en campo abierto.
TERZKY.- No seremos desgraciados, creedme. La buena suerte no abandona al Duque; sabido es ya de sobra que Austria sólo vence con Wallenstein.
ILLO.- Pronto reunirá el Príncipe un ejército formidable, y todos se apresurarán corriendo a alistarse bajo sus banderas, ya tan famosas. Se renovará el tiempo pasado, y será tan grande como antes. ¡Cómo se desesperarán los insensatos que lo han abandonado!
Dará tierras a sus amigos, y premiará egregiamente a sus fieles servidores. Nosotros somos
los primeros en su favor. (A Gordon.) También se acordará de vos, y os sacará de este nido, para que brilléis en puestos más elevados.
GORDON.- Yo estoy contento, y no ansío subir muy alto, porque la caída es entonces más peligrosa.
ILLO.- Nada tendréis que hacer ya aquí, porque mañana entran los suecos en la fortaleza. Venid acá, Terzky. Ya es hora de cenar. ¿En qué pensáis? Que la ciudad se ilumine en honor de los suecos, y el que desobedezca, sea declarado español y traidor.
TERZKY.- Dejaos de eso. No sería del agrado del Duque.
ILLO.- ¿Cómo? Somos aquí los dueños, y no ha de haber partidarios del Emperador en donde nosotros mandemos... Buenas noches, Gordon. Por última vez os recomiendo la plaza; que la recorran patrullas, y hasta se debe mudar la palabra de orden, para estar más seguros. Al dar las diez, llevad en persona las llaves al Duque, y os veréis ya libre de toda responsabilidad, porque mañana ocuparán los suecos
la fortaleza.
TERZKY. (A Butler al salir.)- ¿Vendréis también al castillo?
BUTLER.- Llegaré a tiempo.

ESCENA VIII.
BUTLER y GORDON.

GORDON. (Siguiéndolos con la vista.)- ¡Desdichados! En su ciega embriaguez del triunfo, ¡cuán inconsideradamente se precipitan en la red mortífera, que les espera!... No puedo compadecerlos. ¡Este Illo, malvado, insolente y cínico, que se quiere bañar en la sangre de su Emperador!
BUTLER.- Haced cuanto os han mandado. Enviad patrullas, cuidad de la guarda de la fortaleza. En cuanto estén arriba, yo cerraré el castillo, para que en la ciudad no se sepa nada de lo que allí suceda.
GORDON. (Inquieto.)- ¡Oh! No os deis prisa. Decidme primero...
BUTLER.- ¿No lo habéis oído? Mañana es el día en que llegan los suecos. Sólo esta noche para nosotros; si ellos marchan con rapidez, nosotros debemos adelantarlos... Adiós.
GORDON.- ¡Ah! Nada bueno me dicen vuestras miradas. Prometedme...
BUTLER.- El sol se ha puesto ya, y le sucede la noche, llena de misterios. Su obscuridad nos ampara.
Su mala estrella los abandona sin defensa en nuestras manos, y, en medio de su loca orgía, el afilado acero les arrancará la vida. Gran calculador ha sido siempre el Príncipe, y lo sujetaba todo a sus combinaciones, y a los hombres, como en un tablero de ajedrez, los ponía y separaba a medida de su deseo, sin cuidarse para nada del honor, de la dignidad y
del buen nombre ajeno, sino mezclándolos y jugando con ellos. No ha cesado nunca de calcular, y al fin resulta falsa su cuenta, porque habrá imaginado vivir, cuando está a punto de fenecer.
GORDON.- No pensad ahora en sus faltas. Recordad su grandeza de alma, su dulzura, la afabilidad de su carácter, todas las nobles prendas que lo han distinguido, y que vuestra cuchilla, levantada sobre su cabeza, caiga como si un ángel de paz os guiara.
BUTLER.- Es ya tarde en demasía. No siento por él compasión alguna. Mis pensamientos son sólo sanguinarios.
(Cogiendo la mano de Gordon.) ¡ Gordon! No es el odio el que me impulsa... No amo al Duque, y no tengo motivos para amarlo... Pero no es mi aborrecimiento el que me obliga a matarlo. Es su fatal destino. La desgracia me fuerza, un conjunto funesto de circunstancias. Vanamente cree el hombre que obra con libertad. Sólo es el juguete de un poder ciego, de la temible necesidad, que lo aparta con prontitud de su albedrío. ¿De qué serviría al Duque
que en mi corazón hablase algo en favor suyo?... A pesar de todo, debo matarlo sin remedio.
GORDON.- Si algo os dice vuestro corazón, oíd su voz. El corazón es la voz de Dios, y los cálculos de la prudencia, obra del hombre. ¿Qué ventura podéis obtener de un acto sangriento? La sangre nada bueno trae. ¿Os elevaréis más por este medio? ¡Oh! ¡No lo creáis! Podrá el asesinato agradar a veces a los reyes, nunca el asesino.
BUTLER.- No sabéis... pero no preguntad. ¿Porqué los suecos habrán vencido, y se acercarán tan rápidamente? Yo no quiero derramar su sangre. ¡No! ¡Podría vivir! Pero yo debo cumplir con honor mi palabra, y ha de morir, o... Quedo deshonrado, si el Príncipe se escapa.
GORDON.- ¡Oh! El salvar a tal hombre...
BUTLER. (Con animación.) ¿Qué?
GORDON.- Merece algún sacrificio... Sed generoso. El corazón, no la opinión de las gentes, es lo que honra al hombre.
BUTLER. (Fría y orgullosamente)- Es un gran señor, un príncipe... Yo soy sólo un cualquiera; ¿no es esto lo que queréis decir? ¿Qué importa, pues, al mundo, pensáis, que el de humilde nacimiento se comporte honrosa o vilmente, si el noble se salva?... Cada uno
sabe bien lo que vale. Sólo es cuenta mía fijar la altura, a que he de colocarme. Por elevada que sea la posición de otro, no me considero indigno de figurar a su lado. La voluntad sola engrandece o empequeñece al hombre, y para que yo sea consecuente con la mía, debe morir.
GORDON.- ¡Oh! ¡Inútil es que me empeñe en mover un peñasco! No pertenecéis a la raza humana. No puedo impedirlo, y, a no ser Dios, nadie podrá salvarlo de vuestras manos terribles. (Vanse.)

ESCENA IX.
Habitación en casa de la Duquesa.
TECLA, en una silla, pálida y con los ojos cerrados. La DUQUESA y la señorita de NEUBRUNN, asistiéndola. WALLENSTEIN y la CONDESA, hablando
.
WALLENSTEIN.- Pero ¿cómo lo ha sabido tan pronto?
LA CONDESA.- Parecía como que adivinaba esta desgracia. Asustóla el rumor de haberse dado una batalla, en la cual había sucumbido un coronel imperial. Comprendí al momento lo que sucedería. Corrió al encuentro del correo sueco, y en seguida arrancólo con sus preguntas el triste secreto. Tarde notamos su ausencia, y fuimos en su busca, y cayó desmayada en sus brazos.
WALLENSTEIN.- ¡Y cuán desprevenida ha recibido este golpe! ¡Pobre niña!... ¿Cómo está? ¿Recobra el uso de sus sentidos? (Volviéndose hacia la Duquesa.)
LA DUQUESA.- Abre los ojos.
LA CONDESA.- ¡Vive!
TECLA. (Mirando alrededor.)- ¿En dónde estoy?
WALLENSTEIN. (Acercándose a ella y tendiéndole los brazos.)- ¡Vuelve en ti, Tecla! ¡Sé mi valerosa hija! Mira el rostro cariñoso de tu madre, y a tu padre, que te tiene en sus brazos.
TECLA. (Levantándose.)- ¿En dónde está? ¿No está aquí ya?
LA DUQUESA.- ¿Quién, hija mía?
TECLA.- El que trajo tan triste nueva...
LA DUQUESA.- ¡Oh! ¡No pienses más en ella, hija mía. Aparta tu pensamiento de esas imágenes.
WALLENSTEIN.- ¡Dejadla desahogar su dolor! ¡dejadla que se queje! Confundid con las suyas vuestras lágrimas. Ha sufrido un golpe terrible; pero se hará superior a él, porque el corazón de mi Tecla es tan incontrastable como el de su padre.
TECLA.- No me siento mal. Tengo fuerza para sostenerme. ¿Por qué llora mi madre? ¿La he asustado acaso? Ya pasó: ya he recobrado mi razón. (Se levanta y busca algo con los ojos.) ¿En dónde está? Que no me lo oculten. Tengo bastante ánimo; quiero oírlo.
LA DUQUESA.- ¡No, Tecla! Ese mensajero de desdicha no se presentará más a tu vista.
TECLA.- ¡Padre mío!...
WALLENSTEIN.- ¡Querida hija!
TECLA.- No estoy débil. Pronto me repondré. Acceded a una súplica mía.
WALLENSTEIN.- Oigámosla.
TECLA.- Dejad que llamen a ese extranjero, y que yo sola lo reciba y pregunte.
LA DUQUESA.- ¡Jamás!
LA CONDESA.- ¡No! ¡No hay que pensarlo! ¡No lo consientas!
WALLENSTEIN.- ¿Para qué deseas hablarle, hija mía?
TECLA.- Me aliviaré, si lo sé todo. Que no me engañen. Mi madre ansía sólo que me consuele, y yo no quiero consolarme. Ya conozco lo más horrible, y no puedo oír nada que lo exceda.
LA CONDESA Y LA DUQUESA. (A Wallenstein.)- ¡No lo consientas!
TECLA.- Mi mismo espanto me encontró desprevenida; mi corazón me vendió delante de ese desconocido, testigo de mi debilidad, y hasta caí desmayada en sus brazos... esto me llenó de vergüenza. Debo, pues, hacer lo posible para que su opinión me sea más favorable, y necesito hablarle, y que, como extranjero, forme de mí mejor idea.
WALLENSTEIN.- Me parece que tiene razón... y me inclino a complacerla. Que lo llamen. (La señorita de Neubrunn sale.)
LA DUQUESA.- Yo, tu madre, quiero Acompañarte.
TECLA.- Preferiría hablarle a solas. Me será más fácil contenerme.
WALLENSTEIN. (A la Duquesa.)- Déjala. Que hable con él a solas. Hay penas, cuyo influjo sólo puede resistirlo quien las sufre, y el corazón esforzado sólo cuenta con su propia energía. En su mismo ánimo, no en los ajenos, ha de encontrar el vigor indispensable para contrarrestar este golpe. Es mi varonil hija, y no se portará como una mujer vulgar, sino como una heroína. (Hace ademán de irse.)
LA CONDESA. (Deteniéndolo.) -¿Adónde vas? He oído decir a Terzky, que mañana temprano piensas marcharte de aquí y dejarnos.
WALLENSTEIN.- Sí; vosotras quedáis bajo la custodia de valientes defensores.
LA CONDESA.- ¡Llévanos contigo, oh hermano! No nos abandones en esta sombría soledad, para esperar los sucesos con viva inquietud. La desdicha presente se sufre sin tanto trabajo; pero la incertidumbre la aumenta horriblemente, y la esperanza es un tormento, cuando se trata de algo remoto.
WALLENSTEIN.- ¿Quién habla de desdichas? Que tus palabras sean menos lúgubres. Mis cálculos son muy diversos.
LA CONDESA.- ¡Llévanos! ¡Oh! No nos dejes en este lugar de siniestro agüero, porque la angustia oprime mi corazón en estas murallas, y me parece que respiro en una mansión de muerte. No puedo decir cuánto me repugna este paraje. ¡Oh! ¡Llévanos de aquí! Ven, hermana, ruégaselo también. Ven a mi auxilio, querida sobrina.
WALLENSTEIN.- Yo trocaré en bueno el mal agüero de este lugar, porque será el que guarde lo que más amo.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN. (Volviendo.) El caballero sueco.
WALLENSTEIN.- Dejadla a solas con él. (Vase.)
LA DUQUESA. (A Tecla.) ¡Qué pálida te pones! Niña, es imposible que puedas hablar con él. Ven con tu madre.
TECLA.- La señorita de Neubrunn puede quedarse cerca. (Vanse la Duquesa y la Condesa.)

ESCENA X.
TECLA.- EL CAPITÁN SUECO.- La señorita de
NEUBRUNN.

EL CAPITÁN. (Acercándose con respeto.) Perdonadme, Princesa... mis palabras irreflexivas y ligeras... ¿cómo podía yo...?
TECLA. (Con nobleza.) Me habéis visto dominada por el dolor. Una fatal casualidad os trasformó de repente en familiar mío, siendo extranjero.
EL CAPITÁN.- Temo que aborrezcáis mi presencia, porque mis labios pronunciaron tristes palabras.
TECLA.- La culpa es mía. Yo misma os obligué a proferirlas, y eran sólo el acento de mi destino. Mi horror suspendió la narración comenzada. Os ruego, pues, que la terminéis.
EL CAPITÁN. (Con temor.)- Renovará vuestro dolor, oh Princesa.
TECLA.- Estoy preparada ahora... quiero estarlo. ¿Cómo comenzó esa pelea? Decídmelo.
El CAPITÁN.- No temiendo sorpresa alguna, estábamos en Neustadt, débilmente fortificados, cuando hacia la noche salió del bosque una nube de polvo, y nuestros puestos avanzados se refugiaron, huyendo, en el campamento, gritando que el enemigo nos acometía. Apenas habíamos tenido tiempo para montar a caballo, cuando los soldados de Pappenheim, a todo escape, atravesaron la primera línea; sus escuadrones impetuosos pasaron en un instante el foso que nos defendía; pero en su ardor se habían adelantado irreflexivamente, y quedaban detrás los infantes, habiendo seguido los jinetes a su atrevido
jefe... (Tecla hace un movimiento; el Capitán se detiene un instante, hasta que Tecla le hace señal de que prosiga.) Por el frente, y por los flancos, los cercamos con nuestra caballería, y los hicimos retroceder al foso, en donde nuestra infantería, prontamente formada, los recibía con su muralla de picas. No podían adelantarse ni retroceder, encerrados en formidable estrechura. El Rhingrave dijo entonces a su coronel, que se rindiese con honor, porque la batalla estaba ganada por su parte, pero el coronel Piccolomini...
(Tecla, vacilante, se apodera de una silla.) Lo distinguían de los demás su casco y sus largos cabellos, que se habían soltado con la rapidez de la carrera... Señaló al foso, saltó en él el primero, y lo hizo pasar a su noble corcel; siguiólo en tropel su regimiento... y ¡ todo se acabó! Su caballo, atravesado por una alabarda, se encabrita furioso, despide lejos al jinete, y sobre él pasan los escuadrones, no obedeciendo los caballos a sus dueños. (Tecla, que escucha las últimas palabras dando señales de la mayor angustia, tiembla visiblemente, y casi cae al suelo; la señorita de Neubrunn acude corriendo, y la recibe en sus brazos.)
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- Mi amada Princesa...
EL CAPITÁN. (Conmovido.)- Yo me voy.
TECLA.- Ya pasó... terminad, si gustáis.
EL CAPITÁN.- Horrible y rabiosa desesperación sintieron sus soldados, al verlo caer, y ninguno se acordó ya de salvarse. Pelearon como tigres, y su obstinada resistencia exasperó a los nuestros, y la pelea no se acabó hasta no sucumbir el último imperial.
TECLA. (Con voz temblorosa.)- Y ¿en dónde... en dónde está él? No me lo habéis dicho todo.
EL CAPITÁN. (Después de una pausa.)- Lo sepultamos hoy por la mañana. Lleváronlo doce jóvenes de las familias más nobles, y todo el ejército acompañó su féretro. Una corona de laurel adornaba a éste, y el Rhingrave, en persona, colocó encima su espada victoriosa. No faltaron lágrimas que deploraran su suerte, porque entre nosotros hay muchos que habían tenido ocasiones de apreciar su generosidad y la dulzura de su trato, y porque a todos infundió lástima su destino. De buen grado lo salvara el Rhingrave, pero él mismo se dio la muerte; se decía que estaba resuelto a morir.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN. (Muy conmovida a Tecla, que se ha cubierto el rostro.)- ¡Mi querida Princesa!... ¡Princesa mía! ¡Abrid los ojos! ¡Dios mío! ¿Por qué asistir a esta entrevista?
TECLA.- ¿En dónde está su sepulcro?
EL CAPITÁN.- En un convento de Neustadt, hasta tanto que su madre lo sepa.
TECLA.- ¿Qué convento es ese?
EL CAPITÁN.- El de Santa Catalina.
TECLA.- ¿Está muy lejos?
EL CAPITÁN.- Unas siete millas.
TECLA.- ¿Por dónde se va a él?
EL CAPITÁN.- Por Tirschenrent y Falkenberg, atravesando nuestros primeros puestos avanzados.
TECLA.- ¿Quién los manda?
EL CAPITÁN.- El coronel Seckendorf.
TECLA. (Que se acerca a la mesa, y saca una sortija de un cofrecito de alhajas.)- Habéis sido testigo de mi dolor, y os habéis mostrado humano... Aceptad esto. (Entregándole la sortija.) Un recuerdo de esta entrevista... Podéis marcharos.
EL CAPITÁN. (De rodillas.)- Princesa... (Tecla le hace señal de que se vaya y lo deja. El Capitán vacila, y quiere hablar. La señorita de Neubrunn le repite la misma indicación
de retirarse; vase el Capitán.)

ESCENA XI.
TECLA.- La señorita de NEUBRUNN.

TECLA. (Echándose al cuello de la señorita de Neubrunn.)- Ahora, mi querida Neubrunn, pruébame tu afecto, el que siempre me has profesado. Que tu conducta sea la de mi fiel amiga y compañera... Esta misma noche nos pondremos en camino.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¡Esta noche! ¿Y adónde?
TECLA.- ¿Adónde? ¡Al único lugar que hay para
mí en el mundo! Adonde él yace, a su sepulcro.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¿Pero qué intentáis hacer allí, querida Princesa?
TECLA.- ¿Qué he de hacer allí, desdichada? No lo preguntarías, si alguna vez hubieses amado. Allí, allí sólo existe lo que de él queda, el único paraje que hay para mí en el orbe entero. ¡Oh, no me detengas!
Anda y haz los preparativos de nuestra marcha.
Discurramos el medio de huir.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¿No teméis la cólera de vuestro padre?
TECLA. -Ya no me acobarda la ira de ningún hombre.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¿Y las burlas del mundo? ¿La acerada lengua de la maledicencia?
TECLA.- Busco sólo a uno, que ya no existe. ¡Quiero yo, pues, correr a los brazos... ¡oh Dios mío! ¡O a la tumba de mi amante!
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¿Y solas, dos débiles doncellas, sin defensor alguno?
TECLA.- Iremos armadas; mi brazo te protegerá.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¿En las tinieblas de la noche?
TECLA.- La noche nos ocultará mejor.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¿Esta noche tan tempestuosa?
TECLA.- ¿Tan cómodamente descansaba él bajo los cascos de los caballos?
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¡Oh Dios! Y además, los muchos puestos enemigos. No nos dejarán pasar.
TECLA.- ¡Al fin son hombres! La desdicha discurre libremente por todo el orbe.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- Tan larga caminata... TECLA- ¿Cuenta las millas el peregrino, cuando se dirige al lejano santuario?
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¿Será posible salir de esta plaza?
TECLA.- El oro nos abrirá sus puertas. Probemos, probemos, y lo verás.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¿Y si nos conocen?
TECLA.- Nadie creerá que una fugitiva desesperada sea la hija del Duque de Friedlandia.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¿En dónde encontraremos caballos para nuestra huída?
TECLA.- Mi escudero me los proporcionará. Ve y llámalo.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¿Se atreverá a hacerlo, sin conocimiento de su señor?
TECLA.- Sí. Pero anda; no vaciles.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¡Ay de mí! ¿Y qué será de vuestra madre, cuando hayáis desaparecido?
TECLA.- (Reflexionando, con los ojos fijos, y afligida.)- ¡Oh madre mía!
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¡Tan bondadosa madre, y, después de tanto sufrir, este, nuevo golpe!
TECLA.- No puedo evitarlo... ¡Pero ve, anda!
LA SEÑORITA, DE NEUBRUNN.- Pensad, pensad bien lo que intentáis.
TECLA.- De sobra tengo pensado cuanto debo pensar.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- Y después de estar allí, ¿cuál es vuestro propósito?
TECLA.- Ya allí, Dios me inspirará.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- Lleno de zozobra está ahora vuestro corazón, y ese no es el mejor medio de tranquilizarlo, oh Princesa amada.
TECLA.- Sí; la absoluta tranquilidad, que él ha encontrado también... ¡Oh, apresúrate, ve! No hables una palabra más. ¡Él me atrae con una fuerza misteriosa e irresistible hacia su tumba! Allí, al momento me aliviaré de este peso que me oprime. Este dogal, que sofoca mi corazón con un dolor insoportable, desaparecerá... Correrán mis lágrimas. ¡Oh! anda, pues; hace ya largo tiempo que debíamos caminar. No me sosegaré hasta abandonar estas murallas... Me parece que han de desplomarse sobre mí... Un poder misterioso y sombrío me obliga a dejar este paraje... ¿Qué es lo que yo siento aquí? Figúraseme que todo el espacio, ocupado por esta casa está lleno de pálidos y descarnados espectros... que no me
dejan lugar... ¡Siempre nuevos fantasmas! ¡Su horrenda muchedumbre, a mí, a cuantos viven, expulsan sin cesar de estos aposentos!
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- Me angustiáis y espantáis de tal modo, oh princesa, que yo misma no me atrevo a quedarme aquí. Me voy a llamar a Rosenberg. (Vase.)

ESCENA XII.
TECLA

Es su espíritu el que me llama. Es la multitud de fieles soldados que se han sacrificado por vengarlo.
Acúsanme de mi indigna tardanza. Ni aun quieren separarse del muerto, que fue en vida su jefe... Esto han hecho esos corazones rudos, ¿y yo debo vivir?... ¡No! Para mí era también esa corona de laurel que ha adornado su féretro. La vida sin los resplandores del amor ¿qué es? Yo la rechazo, porque ha perdido su valor. Sí; cuando yo te conocí, oh amado mío, la vida era algo para mí. Un nuevo día, un día brillante como el oro se me ofrecía, y yo soñé por espacio de dos horas que me hallaba en el cielo. Tú estabas delante de mí al entrar yo en el mundo, al hollarlo yo con timidez monjil, y mil soles lo alumbraban, y tú me pareciste mi ángel guardián, que venías a acompañarme en el rápido paso de los días fantásticos de la niñez a la cúspide de la vida. Mi primer sentimiento fue una dicha celestial, y tu corazón
el primer objeto que vieron mis ojos... (Quédase pensativa, y después da señales de terror.) viene luego el destino... cruel e impasible se apodera de mi seductor amigo, y lo arroja bajo los pies de los caballos... ¡Tal es en este mundo la suerte de lo bello!

ESCENA XIII.
TECLA.- LA SEÑORITA DE NEUBRUNN y ROSENBERG.

LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- Aquí está ya, y dispuesto a complaceros.
TECLA.- ¿Quieres proporcionarnos caballos, Rosenberg?
EL ESCUDERO.- Con mucho gusto.
TECLA.- ¿Nos acompañarás también?
EL ESCUDERO.- Sí, serenísima Princesa, hasta el fin del mundo.
TECLA.- Será posible que no vuelvas más a ver al Duque.
EL ESCUDERO.- Me quedaré a vuestro servicio.
TECLA.- Te recompensaré, y te recomendaré a otro dueño. ¿Podrás sacarnos de la fortaleza ocultamente?
EL ESCUDERO.- Puedo.
TECLA.- ¿Cuándo saldré?
EL ESCUDERO.- Ahora mismo... ¿Adónde es el viaje?
TECLA.- A... díselo, Neubrunn.
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- A Neustadt.
EL ESCUDERO.- Bien. Voy a prepararlo. (Vase.)
LA SEÑORITA DE NEUBRUNN.- ¡Dios mío! ahí viene vuestra madre.
TECLA.- ¡Ay de mí!

ESCENA XIV.
TECLA, LA SEÑORITA DE NEUBRUNN y la DUQUESA.

LA DUQUESA.- Ya se fue. Te encuentro más serena.
TECLA.- Lo estoy, mamá... Dejadme descansar ahora en seguida, y que Neubrunn me acompañe. Necesito dormir.
LA DUQUESA.- Y dormirás, Tecla. Me voy consolada, porque puedo tranquilizar a tu padre.
TECLA.- ¡Buenas noches, pues, mi querida madre! (La abraza, profundamente conmovida.)
LA DUQUESA.- Todavía no te encuentro en tu estado habitual. Sí; tiembla todo tu cuerpo, y tu corazón se oye latir junto al mío.
TECLA.- El sueño acabará de reponerme... Buenas noches, querida madre. (Al arrancarse de los brazos de su madre, cae el telón.)


ACTO V.
Habitación de Butler.

ESCENA PRIMERA.
BUTLER.- El Mayor GERALDÍN.

BUTLER.- Escoged doce dragones robustos; armadlos con lanzas, porque no se ha de disparar un solo tiro... Ocultadlos junto al comedor; y, cuando termine el festín, introducidlos y exclamad: ¿quién es imperial aquí de corazón?... Yo derribaré la mesa.
Arrojaos entonces contra los dos, y atravesadlos. El castillo está bien cerrado y vigilado para que no llegue a oídos del Príncipe el más leve rumor. Andad ahora. ¿Habéis mandado llamar al capitán Deveroux y a Macdonald?
GERALDÍN.- Pronto estarán aquí. (Vase.)
BUTLER.- La menor dilación es peligrosa. Los habitantes de la ciudad se pronuncian también en su favor; un vértigo inexplicable se apodera de esta población. Consideran al Duque como a un príncipe de paz, y como al fundador de una nueva edad de oro; unos ciento se han ofrecido ya a defenderlo.
Necesario es, por tanto, obrar con rapidez, porque nos amenazan enemigos exteriores e interiores.

ESCENA II.
BUTLER.- El Capitán DEVEROUX y MACDONALD.

MACDONALD.- Aquí estamos, mi General.
DEVEROUX.- ¿Cuál es la seña?
BUTLER.- ¡Viva el Emperador!
LOS DOS. (Retrocediendo.)- ¿Cómo?
BUTLER.- ¡Viva la casa de Austria!
DEVEROUX.- ¿No es al duque de Friedlandia, a quien hemos jurado fidelidad?
MACDONALD.- ¿No es nuestro deber defenderlo?
BUTLER.- ¿Defender nosotros a un traidor, enemigo de Imperio?
DEVEROUX.- Nuestro compromiso contigo fue en favor suyo.
MACDONALD.- Y lo has seguido hasta aquí, hasta Egra.
BUTLER.- Sí, para asegurar su ruina.
DEVEROUX.- ¿Es posible?
MACDONALD.- Eso es otra cosa.
BUTLER. (A Deveroux.)- ¡Miserable! ¿Tan fácilmente faltas a tu deber y a tu bandera?
DEVEROUX.- ¡Qué diablos, mi General! Yo seguía tu ejemplo. En el caso de que él sea un bribón, me decía yo, bien puedes serlo tú.
MACDONALD.- Nosotros no estamos obligados a pensar estas cosas. ¡Es incumbencia tuya! Tú eres nuestro general, y mandas, y nosotros te seguiremos, aunque nos lleves al infierno.
BUTLER. (Con más amabilidad.)- ¡Está bien! Nos conocemos unos y otros.
MACDONALD.- Eso mismo digo yo.
DEVEROUX.- Somos soldados de fortuna, y a la disposición de quien más nos ofrezca.
MACDONALD.- Sí; esa es la verdad.
BUTLER.- Trátase ahora de que os portéis con honor.
DEVEROUX.- Esto es lo mejor.
BUTLER.- Y que al mismo tiempo ganéis provecho.
MACDONALD.- Todavía mejor.
BUTLER.- Escuchadme.
LOS DOS.- Ya escuchamos.
BUTLER.- Es voluntad y orden del Emperador, que el Duque de Friedlandia sea hecho prisionero, muerto o vivo.
DEVEROUX.- Así lo dice su carta.
MACDONALD.- Sí, vivo o muerto.
BUTLER.- Y espléndido premio en bienes y dinero aguarda a quien lo cumpla.
DEVEROUX.- ¡Palabras soberbias! ¡Soberbias promesas, viniendo de allá! ¡Sí, sí! Ya sabemos lo que significan. Quizás alguna cadenilla de oro, algún jaco estropeado, un pergamino u otra cosa por el estilo... El Príncipe paga mejor.
MACDONALD.- Sí, es generoso.
BUTLER.- No hablemos ya de él. Desapareció su buena estrella.
MACDONALD.- ¿Será posible?
BUTLER.- Os digo que sí.
DEVEROUX.- ¿Le abandona su buena fortuna?
BUTLER.- Lo ha dejado para siempre. Es tan pobre como nosotros.
MACDONALD.- ¿Tan pobre como nosotros?
DEVEROUX.- Sí, Macdonald; entonces habremos de abandonarlo.
BUTLER.- Ya lo han hecho veinte mil hombres; pero nosotros hemos de hacer más, paisano. En resumen... nosotros lo mataremos. (Los dos retroceden.)
LOS DOS.- ¿Matarlo?
BUTLER.- Sí, matarlo... Y os he elegido para hacerlo.
LOS DOS.- ¿A nosotros?
BUTLER.- A vosotros, al capitán Deveroux y a Macdonald.
DEVEROUX. (Después de una pausa.)- Escoged otro.
MACDONALD.- Sí; elegid otro.
BUTLER. (A Deveroux.)- ¿Te asusta esto, buen hombre? ¿Cómo? Tú tienes ya treinta muertes sobre tu alma, y...
DEVEROUX.- ¡Poner la mano en nuestro Generalísimo...!
¡Reflexionad en ello!
MACDONALD.- ¡En aquel, a quien hemos jurado obediencia!
BUTLER.- El juramento es nulo por su traición.
DEVEROUX.- ¡Oíd, General! Paréceme esto demasiado horroroso.
MACDONALD.- Sí, es cierto. Cada cual tiene también su conciencia.
DEVEROUX.- Si no hubiera sido nuestro jefe, que nos ha mandado tanto tiempo, y merecido nuestro respeto...
BUTLER.- ¿Y es esa la dificultad?
DEVEROUX.- Seguramente. ¡Escuchad! ¡A otro cualquiera, sí! A mi mismo hijo, si lo exigiera el servicio del Emperador, atravesaría yo las entrañas...
Pero considera que somos soldados, y asesinar a nuestro General es cometer un delito, un enorme crimen, del cual ningún confesor nos absolvería.
BUTLER.- Yo soy tu Papa, y yo te absuelvo. Decidios pronto.
DEVEROUX. (Reflexionando.)- No, no puede ser.
MACDONALD.- No, no será.
BUTLER.- ¡Bien...! ¡andad con Dios! y... enviadme Pestalutz.
DEVEROUX. (Sorprendido.)- ¡A Pestalutz!... ¡Hum!
MACDONALD.- ¿Para qué lo quieres?
BUTLER.- Puesto que no aceptáis, de sobra habrá...
DEVEROUX.-No; si ha de perecer, tan bien podemos ganar nosotros la recompensa, como otro cualquiera... ¿Qué dices tú, compañero Macdonald?
MACDONALD.- Que si ha de morir, y no hay otro remedio, ¿a qué dejar esa ganancia a Pestalutz?
DEVEROUX. (Después de reflexionar un poco.)- ¿Cuándo ha de morir?
BUTLER.- Hoy, esta misma noche, porque mañana llegan aquí los suecos.
DEVEROUX.- ¿Respondes tú de las consecuencias, General?
BUTLER.- Yo respondo de todo.
DEVEROUX.- ¿Lo quiere así el Emperador? ¿Tal es su voluntad clara y categórica? Hay ejemplos de que se agradece el asesinato, y se castiga al asesino.
BUTLER.- El manifiesto dice vivo o muerto. Y no siendo posible prenderlo vivo, considerad...
DEVEROUX.- ¡Muerto, pues, muerto...! Y ¿cómo llegaremos hasta él? La ciudad está llena de soldados de Terzky.
MACDONALD.- Y quedan además ese Terzky y ese Illo...
BUTLER.- Claro es que será preciso comenzar por ellos.
DEVEROUX.- ¿Cómo? ¿También han de morir?
BUTLER.- Los primeros.
MACDONALD.- Oye, Deveroux... esta noche será noche sangrienta.
DEVEROUX.- ¿Has elegido ya tu hombre para esto?.. Encárgamelo.
BUTLER.- Se ha confiado ya al mayor Geraldín. Hoy es Carnaval, y celebrarán un banquete en el castillo; se les atacará cuando estén sentados a la mesa, y se les atacará... cuando estén sentados a la mesa, y se les matará... Pestalutz, Lessley estarán allí.
DEVEROUX.- ¡Escucha, General! Será igual para ti. Escucha... Déjame cambiar con Geraldín.
BUTLER.- Hay menos riesgo con el Duque.
DEVEROUX.- ¿Peligro? ¿Qué diablo? ¿Qué idea has formado de mí? Yo temo la mirada del Duque, no su espada.
BUTLER.- ¿Qué daño te pueden hacer sus ojos?
DEVEROUX.- ¡El diablo me lleve! Ya me conoces, y sabes, que nada me asusta. Pero mira, aun no hace ocho días que el Duque me dio veinte monedas de oro, para comprarme este uniforme de invierno, que ahora llevo... y cuando me vea presentarme con mi alabarda, y fijo los ojos en mi vestido... considera...
que... que... ¡El infierno me confunda! Yo no soy ningún cobarde.
BUTLER.- El Duque te ha dado este uniforme de invierno, y tú, pobre diablo, tienes escrúpulos de atravesarle el cuerpo con la espada. El Emperador le hizo presente de otro traje, mucho más abrigado, del manto de príncipe. Y ¿cómo lo agradece? Rebelándose,
y haciéndole traición.
DEVEROUX.- Verdad es. El demonio cargue con los agradecidos. Yo... lo mataré.
BUTLER.- Y si quieres transigir con tu conciencia, despójate de ese vestido, y tranquilo y animoso desempeñarás tu comisión.
MACDONALD.- Pero hay que pensar también en...
BUTLER.- ¿En qué, Macdonald?
MACDONALD.- ¿De qué sirven contra él la pólvora y el acero? Es invulnerable, es invencible.
BUTLER. (Con ira.)- ¿Cómo ha de ser?...
MACDONALD.- ¡Contra el plomo y el hierro! Es impenetrable como el hielo, por arte del diablo, y su cuerpo tan duro corno el mármol, le digo.
DEVEROUX.- ¡Sí, sí! Así lo probó otro en Ingolstadt, cuya piel era dura como el bronce, siendo preciso matarlo a culatazos.
MACDONALD.- Oye lo que pienso hacer.
DEVEROUX.- Habla.
MACDONALD.- Hay un hermano, conocido mío y paisano nuestro, en el convento de dominicos, que sumergirá en agua bendita mi sable y mi alabarda, y pronunciará sobre ellas una bendición poderosa, que las libre y proteja de todo encanto.
BUTLER.- Hazlo, Macdonald; pero ahora ve y elige veinte o treinta robustos soldados de tu regimiento, y que juren fidelidad al Emperador. Cuando den las once... y hayan pasado las primeras patrullas, llévalos en silencio a la casa... Yo no estaré lejos.
DEVEROUX.- ¿Cómo hemos de pasar entre los arqueros y centinelas, que guardan el patio interior?
BUTLER.- Ya he tenido ocasión de examinar los lugares; os entraré por un postigo, guardado sólo por un hombre, porque mi rango y mi empleo me permiten penetrar en la habitación del Duque a cualquier hora. Yo os precederé, y atravesando con un puñal la garganta del arquero en un instante, os abriré el camino.
DEVEROUX.- Y cuando lleguemos arriba, ¿cómo penetrar hasta la alcoba del Duque, sin despertar a su séquito y mover ruido? Porque lo sigue numerosa comitiva.
BUTLER.- Sus servidores están en el ala derecha; detesta el ruido, y habita solo el ala izquierda.
DEVEROUX.- ¡Ojalá, Macdonald, que hubiéramos ya terminado!... Por el diablo, que no sé lo que siento.
MACDONALD.- Lo mismo me sucede. Es un hombre demasiado importante. Nos tendrán por dos malvados.
BUTLER.- El brillo, los honores y la abundancia os darán títulos bastantes para burlaros de la opinión y de las hablillas de los hombres.
DEVEROUX.- Si tuviésemos pleno convencimiento de que no pecábamos contra el honor...
BUTLER.- No tengáis cuidado. Salváis el trono y la corona de Fernando. El premio no puede ser mezquino.
DEVEROUX.- ¿Pero se propone destronar al Emperador?
BUTLER.- ¿Quién lo duda? Arrancarle la corona y la vida.
DEVEROUX.- ¿Debería, pues, morir a manos del verdugo, si lo lleváramos vivo a Viena?
BUTLER.- Le sería imposible evitarlo.
DEVEROUX.- ¡Ven, Macdonald! Morirá como general, honrosamente, a manos de soldados. (Vanse.)

ESCENA III.
Sala terminada en una galería, que se pierde a lo lejos.
WALLENSTEIN sentado junto a una mesa, y EL CAPITÁN SUECO, en pie delante de él.- Poco después LA CONDESA TERZKY.

WALLENSTEIN.- Manifestad mi consideración a vuestro General. Me regocija su fortuna; y si bien observaréis que mi alegría no es tan grande como exigiría esta victoria, no lo atribuyáis a falta de buena voluntad, porque la suerte es ahora la misma para todos. ¡Adiós! Agradezco vuestros cuidados. La fortaleza se os abrirá mañana, cuando lleguéis. (Vase el Capitán sueco. Wallenstein queda absorbido en profunda meditación, mirando fijamente delante de sí, y apoyada la cabeza en sus manos. La Condesa Terzky entra y se coloca por
algún tiempo delante de él, sin ser vista: al fin se mueve rápidamente. Wallenstein la observa, y se repone.) ¿Vienes de verla? ¿Se ha mejorado? ¿Qué hace?
LA CONDESA.- Me ha dicho mi hermana que está mejor después de haber hablado con el Capitán... Ahora descansa en su lecho.
WALLENSTEIN.- Su dolor se mitigará. Llorará.
LA CONDESA.- A ti, hermano mío, tampoco encuentro yo como en otras ocasiones. Esperaba verte más tranquilo después de esa victoria. ¡Firme, pues! Infúndenos ánimo, porque tú eres nuestra luz y nuestro sol.
WALLENSTEIN.- Nada temas. Yo nada tengo... ¿En dónde está tu esposo?
LA CONDESA.- En un banquete, él e Illo.
WALLENSTEIN. (Levantándose, y dando algunos pasos por la sala.)- ¡Es ya tarde!... Vete a tu alcoba.
LA CONDESA.- No me lo digas; déjame a tu lado.
WALLENSTEIN. (Asomado a la ventana)- En el cielo hay notable movimiento; el aire azota la bandera de la torre, las nubes pasan con rapidez, y el disco de la luna se muestra vacilante, despidiendo en las tinieblas incierto resplandor... No se ve ninguna estrella.
El único astro, que arroja empañada luz, y se ve allá, es Calliope, y allí es en donde está Júpiter... Pero ahora le cubre la oscuridad del firmamento. (Se abisma en sus pensamientos, y continúa en pie, mirando fijamente delante de sí)
LA CONDESA. (Que lo observa con tristeza, y le coge la mano.)- ¿En qué piensas?
WALLENSTEIN.- Me parece que si viera a Júpiter, me consolaría más. Es el astro que alumbra a mi vida, y su presencia me inspira ánimo extraordinario. (Pausa.)
LA CONDESA.- Volverás a verlo.
WALLENSTEIN. (Que recae en su profunda abstracción, despierta de ella, y se vuelve con rapidez hacia la condesa.)- ¡Verlo otra vez!... ¡Oh, nunca más!
LA CONDESA.- ¿Cómo así??
WALLENSTEIN.- Ha muerto... ¡Es solo polvo!
LA CONDESA.- Pero ¿de quién hablas tú?
WALLENSTEIN.- Es feliz. Ya terminó su carrera.
Para él ya no hay porvenir, y el destino ha cortado la trama de su vida... Su existencia ha sido pura y brillante, sin mancha alguna que la deslustre, y la hora de la desdicha no sonará jamás para él. Libre se ve de deseos y temores, y ningún vínculo lo une a ningún planeta engañoso y mudable... ¡Oh! ¡Su suerte es venturosa! ¡Quién sabe lo que nos traerá en su
oscuro velo la hora más próxima!
LA CONDESA.- Hablas de Piccolomini. ¿Cómo murió? El mensajero que trajo la noticia se separó de ti al llegar yo. (Wallenstein le impone silencio con la mano.) ¡Oh! ¡No vuelvas tu vista a lo pasado! Miremos hacia adelante, a días más serenos. Regocíjate de la victoria, y olvida lo que te cuesta. Hoy no te han arrebatado ese amigo; murió al separarse de ti.
WALLENSTEIN.- Ya sé que podré resistir este golpe; ¿cuál no resiste el hombre? Aprende a divorciarse de lo mas alto, como de lo más bajo, vencido por la fuerza del tiempo. Conozco bien, sin embargo, lo que he perdido en él. La flor de mi vida pasó ya, y frío y sin color es lo que queda ahora. Él era a mi lado el símbolo de mi juventud; en sueño convertía
la realidad, y entrelazaba la vulgar claridad de las cosas con el aroma dorado de la aurora... Al fuego de sus benévolos sentimientos, con admiración mía, se engrandecían las imágenes superficiales de la existencia más ordinaria... Por lejos que vayan mis esfuerzos, lo bello se desvaneció, y no reaparecerá, porque un amigo es superior a todos los bienes, y gozándolos nos hace felices, y aumenta nuestra dicha, compartiéndola con nosotros.
LA CONDESA.- No desconfíes de tu propia fuerza. Tu corazón es bastante rico para bastarse a sí mismo. Tú alabas y estimas en él virtudes que plantaste y cultivaste por tu mano.
WALLENSTEIN. (Yendo a la puerta.)- ¿Quién nos interrumpe a esta hora tardía de la noche? Es el Comandante. Trae las llaves de la fortaleza. Déjanos, hermana. Ya es cerca de media noche.
LA CONDESA.- ¡Me cuesta tanto separarme hoy de ti! ¡Siento tanta inquietud y tanto miedo!
WALLENSTEIN.- ¿Miedo? ¿de qué?
LA CONDESA.- Podrías quizás alejarte esta noche rápidamente, y no encontrarte nosotras al despertar.
WALLENSTEIN.- ¡Qué ilusiones!
LA CONDESA.-¡Oh! Largo tiempo hace que me abruman tristes presentimientos; y cuando, al abrir los ojos, los desprecio, afligen lúgubres ensueños a mi inquieto corazón... Te vi ayer noche, ricamente ataviado, sentarte a la mesa con tu primera esposa...
WALLENSTEIN.- Imagen es esa de buen agüero, porque ese matrimonio fue la base de mi fortuna.
LA CONDESA.- Y hoy soñé que te buscaba en tu aposento... y al entrar, que se había convertido en la cartuja de Gitschin, que, fundaste, y en donde quieres que te sepulten.
WALLENSTEIN.- Es que tu mente se ocupa en estas cosas.
LA CONDESA.- ¡Cómo! ¿No crees que es profética la voz de los sueños?
WALLENSTEIN.- Algunos sí... ¡No hay la menor duda! Sin embargo, yo sólo me atrevería a llamar proféticos los que anuncian sucesos inevitables.
Como el sol se dibuja en un círculo de vapores, antes de salir, así preceden las apariciones a los hechos importantes, y el día de hoy parece transformarse en el de mañana. Lo que se cuenta de la muerte de Enrique IV me ha hecho reflexionar repetidas veces.
Mucho antes que el asesino Ravaillac se armase con el puñal, lo sintió el Rey en su pecho. Ya no hubo paz para él; y ese temor lo lanzó del Louvre y lo persiguió fuera; la fiesta de la coronación de su esposa antojábasele un funeral, y su oído, presintiendo lo porvenir, escuchaba ya los pasos de quien lo buscaba por las calles de París.
LA CONDESA.- ¿Y nada te dice esa voz profética interior?
WALLENSTEIN.- ¡Nada! Tranquilízate por completo.
LA CONDESA. (Absorbida en sombrías cavilaciones.)- Y otra vez, corriendo yo detrás de ti, te perdías en una larga galería, por salas inmensas, y no terminaba nunca nuestra carrera... Las puertas sonaban y crujían... yo te perseguía sin aliento, y no lograba alcanzarte... sentí de repente que me detenía una mano helada, y era la tuya, me besaste, y nos envolvió una roja bóveda...
WALLENSTEIN.- Esos son los tapices rojos de mi aposento.
LA CONDESA. (Mirándolo atentamente.)- Si hemos de llegar a ese extremo... si yo a ti, que te veo ahora lleno de vida... (Se arroja llorando en sus brazos.)
WALLENSTEIN.- La proscripción del Emperador te angustia. Las letras no hieren; no habrá manos que la cumplan.
LA CONDESA.- Pero si llega a haberlas, mi resolución está tomada... conmigo llevo el consuelo. (Vase.)

ESCENA IV.
WALLENSTEIN, GORDON.- Después EL AYUDA DE CÁMARA.

WALLENSTEIN.- ¿Está tranquila la ciudad?
GORDON.- La ciudad está tranquila.
WALLENSTEIN.- Ruido de música llega hasta aquí, y el castillo está iluminado. ¿Quiénes son los que se divierten?
GORDON.- Dan un banquete en el castillo al Conde Terzky y al Feld-mariscal.
WALLENSTEIN. (Aparte.)- En celebridad de la victoria... Esta gente no tiene otro medio de regocijarse que comiendo. (Llama y se presenta un ayuda de cámara.) Desnúdame, quiero acostarme. (Coge las llaves.)
Así nos guardamos de todos nuestros enemigos, y nos encerramos con amigos seguros, porque, o me engaño por completo, o un rostro como este (Mirando a Gordon.) no es la máscara de un hipócrita.
(El ayuda de cámara le quita el manto, el alzacuello y el toisón.) ¡ Cuidado! ¿Qué se ha caído?
EL AYUDA DE CÁMARA.- La cadena de oro se ha roto.
WALLENSTEIN.- Mucho, a la verdad, ha durado. Toma. (Examinando la cadena.) He aquí el primer don del Emperador. Él mismo me la puso cuando era archiduque en la guerra del Friul, y la he llevado por costumbre hasta hoy... por superstición, si os agrada.
Había de ser un talismán para mí tan largo tiempo como pendiera de mi cuello, fiado en su virtud, y continuar durante toda mi vida la dicha fugitiva, cuyo primer favor era... Pero ahora... ¡sea pues! Una nueva fortuna ha de comenzar desde este momento, porque el poder del encanto se ha desvanecido. (El ayuda de cámara se aleja con las prendas del vestido; Wallenstein se levanta, anda por la sala, y al fin se detiene pensativo delante de Gordon.) ¡ Con qué fidelidad se me representa ahora lo pasado! Viendo estoy ahora la corte de Burgau, en donde fuimos ambos pajes. Disputábamos con frecuencia, y tú, siempre sensato, acostumbrabas predicarme y regañarme por mi ambición inmoderada, soñando con grandezas, por mi fe en sueños atrevidos, y me alababas la reposada medianía... Pues bien; tu prudencia te ha servido mal; hízote un hombre oscuro desde un principio, y si no hubieras sufrido el influjo de mi poderosa estrella, te extinguieras en el último rincón del mundo.
GORDON.- El mísero pescador, Príncipe mío, sujeta su barquilla sin trabajo en seguro puerto, y ve naufragar en la tempestad el bajel ostentoso.
WALLENSTEIN.- Tú, anciano, ¿yaces en tranquila rada? Yo no. Un poder irresistible me arrastra todavía imperiosamente por el oleaje de la vida; la esperanza es todavía mi deidad favorita; mi alma es joven aún, y cuando me comparo contigo, sí, puedo afirmar con vanagloria que los años rápidos han pasado por mi cabeza sin blanquearla. (Recorre el aposento a grandes pasos, y se detiene en el extremo opuesto, frente a Gordon.) ¿Quién llama falsa a la fortuna? Constante ha sido conmigo; me ensalzó con amor sobre el vulgo de los hombres, sosteniéndome por los peldaños de la vida con sus ligeros y robustos brazos
de Diosa. Nada vulgar hay en mi destino, ni en las líneas de mi mano. ¿Quién osaría explicar mi existencia, aplicándole las reglas humanas ordinarias?
Ahora, en verdad, parece que he caído en el abismo; pero pronto me elevaré, y seguiré raudo mi alto vuelo en alas de la ascendente marea...
GORDON.- Y sin embargo, yo recuerdo el antiguo adagio, que hasta el fin nadie es dichoso... Yo no concebiría esperanzas risueñas, después de una fortuna duradera, porque la esperanza es el consuelo del desdichado. El venturoso ha de vivir lleno de temor, porque la balanza de la suerte oscila sin descanso.
WALLENSTEIN. (Sonriendo.)- Paréceme oír hablar ahora al Gordon de otro tiempo... Bien sé cuán mudables son las cosas humanas, y que el espíritu del mal cobra siempre, su tributo. Sabíanlo los antiguos pueblos paganos, cuando voluntariamente se infligían un tormento para aplacar a las Deidades malévolas, y sacrificaban a Tifón víctimas humanas.
(Después de una pausa, con tristeza, y en voz más baja.) Yo también le he sacrificado... He perdido mi amigo predilecto, y lo he perdido por mi culpa. Ningún favor, pues, de la fortuna podrá alegrarme tanto, cuanto me ha afligido esta desgracia... La envidia de la suerte se ha aplacado, ha tomado una vida por otra, y el rayo, que debió sacrificarme con dolor, torció su rumbo, y cayó en esa cabeza tan pura y tan amada.

ESCENA V.
Los mismos y SENI.

WALLENSTEIN.- ¿No es este que viene Seni? ¡Y qué fuera de sí! ¿Qué motivo te trae tan tarde aquí, Bautista?
SENI.- Mi miedo por ti, señor.
WALLENSTEIN.- Dime, ¿qué ocurre?
SENI.- ¡Huye, señor, antes que rompa el día! No te fíes de los suecos.
WALLENSTEIN.- ¿Por qué?
SENI. (Con más viva inquietud.)- ¡No te fíes de esos suecos!
WALLENSTEIN.- Pero ¿qué hay?
SENI.- ¡No esperes la llegada de esos suecos! Amenázate una desdicha que te han de causar falsos amigos; anúncianla señales pavorosas; y la red que ha de perderte, casi, casi te envuelve.
WALLENSTEIN.- ¡Tú sueñas, Bautista! El miedo te enloquece.
SENI.- ¡Oh! No creas que me engañe sólo el miedo. Ved, léelo tú mismo en los planetas. Te amenaza una desdicha de falsos amigos.
WALLENSTEIN.- Todas mis desventuras provienen de amigos traidores. La profecía ha debido hacerse antes, y las estrellas me son inútiles ahora.
SENI.- ¡Oh, ven tú mismo, y míralo! Da fe a lo que te dirán tus ojos. En la región de tu vida se ostenta signo funesto. Un enemigo próximo, un genio maléfico acecha detrás de los rayos de tu planeta... ¡Oh, atiende al aviso! No te fíes de esos herejes que hacen la guerra a nuestra santa iglesia.
WALLENSTEIN. (Sonriendo.)- ¿De ahí viene el oráculo?... ¡Sí, sí! Ahora caigo... Nunca fue de tu agrado esta alianza con los suecos... ¡Anda a dormir, Bautista! No temo esas señales.
GORDON. (Muy conmovido durante este diálogo, se vuelve hacia Wallenstein.)- ¡oh Príncipe, mi señor! ¿Puedo hablar? De labios humildes salen con frecuencia avisos útiles.
WALLENSTEIN.- ¡Habla sin temor!
GORDON.- ¡Oh Príncipe mío! ¿Y si no fuese vano este signo medroso, y si la Providencia divina se valiera milagrosamente de este hombre para salvaros?
WALLENSTEIN.- Ambos deliráis. ¿Cómo es posible que los suecos sean los autores de mi desdicha? Me han buscado a mí, porque les conviene mi alianza.
GORDON.- ¿Y si, a pesar de todo, la venida de esos suecos... ha de ser quizás el motivo de la desgracia, que amenaza a vuestra vida, al parecer tan segura?... (Cayendo ante él de rodillas.) ¡Oh Príncipe, todavía es tiempo!
SENI. (Arrodillándose también.)- ¡Escuchadle, escuchadle!
WALLENSTEIN.- ¿Tiempo? ¿Para qué? ¡Levantaos!... ¡yo os lo mando, levantaos!
GORDON. (Levantándose.)- El Ringrave está todavía lejos. Mandadlo, y esta fortaleza se cerrará para él. Si quiere sitiarnos, que lo intente. Yo sólo os digo que él, con todos sus soldados, sucumbirán delante de estas murallas, antes que nuestro valor desmaye. Sabrá entonces lo que puede un puñado de héroes, mandados por un general, también heroico, decidido a enmendar sus faltas. Esto conmoverá y aplacará al Emperador, porque su corazón es propenso a la piedad y al volver a su lado arrepentido, el Duque de Friedlandia se realzará mucho más a sus ojos de lo que lo estuvo nunca el no caído.
WALLENSTEIN. (Que lo contempla con admiración y extrañeza y calla algún tiempo, manifestando emoción vivísima)
- Gordon... el ardor de tu celo te lleva demasiado lejos, aunque algo haya de perdonarse al amigo de mi juventud... La sangre ha corrido ya, Gordon. Nunca lo olvidará el Emperador. Y aunque así no fuese, yo, yo nunca lo olvidaré. Si yo hubiera sabido antes lo que había de suceder, que había de costar la vida de mi más querido amigo, y el corazón me hubiese hablado como ahora, puede ser que lo hubiese dudado... puede ser, y quizás no... Pero ahora, ¿qué remedio hay? Demasiado seriamente ha comenzado esto para no acabar en nada. ¡Siga, pues, su curso! (Asomándose a la ventana.) Mirad, oscura está la noche, y reina en el castillo el silencio... ¡alúmbrame, camarero! (El ayuda de cámara, que ha entrado mientras tanto sin ser visto, y que desde lejos ha mostrado vivo interés en el diálogo anterior, hondamente conmovido, se echa a los pies del Príncipe.) ¿Tú también? Pero bien conozco el motivo que te induce a desear que yo me reconcilie con el Emperador. ¡Pobre hombre! Tiene alguna pequeña hacienda en la Carintia, y teme perderla si está a mi
lado. ¿Tan pobre soy ya, que no puedo premiar a mis servidores? A nadie quiero violentar. Si crees que la fortuna me abandona, déjame. Hoy me desnudarás por última vez, y después irás en busca de tu Emperador... ¡Buenas noches, Gordon! Pienso dormir bien, porque hoy he sufrido mucho. Cuidad de que no me despierten muy temprano. (Vase. El ayuda de cámara le alumbra, Seni le sigue. Gordon permanece en la oscuridad, con la vista fija en el Duque, hasta que desaparece a lo lejos: después expresa con sus ademanes su dolor, y se apoya triste en una columna.)

BUTLER.- Estad aquí callados, hasta que dé yo ESCENA VI.
GORDON, y BUTLER invisible al principio.


la señal. GORDON (Adelantándose.)- Él es, en compañía de los asesinos.
BUTLER.- Las luces se han apagado. Todos duermen profundamente.
GORDON.- ¿Qué debo hacer? ¿Procuro salvarlo? ¿Pongo en movimiento a los criados y centinelas?
BUTLER. (Presentándose detrás.)- Una luz brilla en el corredor que lleva al dormitorio del Príncipe.
GORDON.- Pero ¿no falto a mi juramento al Emperador? Y si se escapa y aumenta el poder del enemigo, ¿no será responsable mi cabeza de todas sus terribles consecuencias?
BUTLER. (Aproximándose a él.)- ¡Silencio! ¡Escuchemos! ¿Quién habla aquí?
GORDON.- ¡Ay de mí! Vale más dejarlo a la voluntad del cielo. ¿Quién soy yo para intervenir en sucesos tan graves? Yo no soy su asesino, si sucumbo; pero su salvación, a mí solo sería imputable, y yo también sufriría todos sus mortales efectos.
BUTLER. (Acercándose aún más.)-Yo conozco esta voz.
GORDON.- ¡Butler!
BUTLER.- Es Gordon. ¿Qué buscáis aquí? Tarde en demasía habéis dejado al Duque.
GORDON.- ¿Traéis la mano en cabestrillo?
BUTLER.- Estoy herido. Ese Illo peleó como un desesperado, hasta que al fin lo derribamos en tierra.
GORDON. (Temblando.)- ¡Han muerto!
BUTLER.- Sí... ¿Está ya acostado?
GORDON.- ¡Ay de mí, Butler!
BUTLER. (Con precipitación.)- ¿Lo está? ¡Hablad! Lo sucedido no puede quedar oculto mucho tiempo.
GORDON.- ¡Él no debe morir! ¡No por vuestra mano! El cielo no lo consiente. Ya veis; esta herida.
BUTLER.- No hay necesidad de mi brazo.
GORDON.- Los culpables han perecido. Baste ese acto de justicia. Con ese sacrificio queda satisfecha. (El ayuda de Cámara viene por la galería con un dedo en los labios, imponiendo silencio.) ¡Duerme! ¡Oh! ¡No le matéis en su sueño, digno de respeto!
BUTLER.- No; morirá al despertar. (Quiere irse.)
GORDON.- ¡Ay de mí! Su corazón, preocupado aun con las cosas de este mundo, no se halla bien dispuesto a presentarse ante Dios.
BUTLER.- Dios es misericordioso. (Pugna por irse.)
GORDON. (Deteniéndolo.)- Dejadlo vivir sólo esta noche.
BUTLER.- A cada instante podemos ser descubiertos. (Quiere irse.)
GORDON. (Deteniéndolo.)- ¡Sólo una hora!
BUTLER. -¡Soltadme! ¿De qué le servirá tan breve plazo?
GORDON.- ¡Oh! El tiempo es una deidad milagrosa. Miles de granos de arena corren en una hora, tan rápidos como los pensamientos en la mente humana. ¡Sólo una hora! Vuestro corazón puede mudarse, el suyo también... puede llegar una noticia cualquiera... un suceso venturoso, decisivo y salvador, venir rápido del cielo... ¡Oh! ¡Qué no puede hacer una hora!
BUTLER.- Me advertís cuán preciosos son los minutos.
(Da con el pie en el suelo.)

ESCENA VII.
MACDONALD y DEVEROUX, con alabarderos. Después el AYUDA DE CÁMARA y los mismos.

GORDON. (Interponiéndose entre unos y otros.)- ¡No! ¡hombre cruel! Antes que cometer con mi consentimiento tan horrible atentado, has de pasar por encima de mi cadáver.
BUTLER. (Rechazándolo.)- ¡Insensato anciano! (Se oyen trompetas a lo lejos.)
MACDONALD y DEVEROUX.- ¡Trompetas suecas! Los suecos llegan a Egra: córranlos.
GORDON.- ¡Dios mío, Dios mío
BUTLER.- ¡A vuestro puesto, comandante! (Gordon se precipita fuera.)
EL AYUDA DE CÁMARA. (Que entra apresuradamente.)- ¿Quién se atreve a hacer aquí ruido? ¡Silencio, que el Duque duerme!
DEVEROUX. (En voz alta y terrible.)- ¡Amigo, ahora es ocasión de hacer ruido!
EL AYUDA DE CÁMARA. (Gritando.)- ¡Socorro! ¡Al asesino!
BUTLER.- ¡Matadlo!
EL AYUDA DE CÁMARA. (Que cae a la entrada de la galería, atravesado por el puñal de Deveroux.)- ¡Jesús María! BUTLER.- ¡Romped las puertas! (Entran en la galería pasando por encima del cadáver. Se oye a lo lejos la caída de dos puertas... voces confusas... ruido de armas... luego, de repente profundo silencio.)

ESCENA VIII.
LA CONDESA TERZKY.

LA CONDESA TERZKY. (Con una luz.)- La alcoba de Tecla está vacía, y no se la encuentra en parte alguna; falta también la señorita de Neubrunn, que velaba a su lado... ¿habrá huido? ¿Adónde podrá haberse encaminado? Es menester perseguirla, poner a todos en movimiento. ¿Cómo recibirá el Duque tan infausta nueva?... ¡Si mi esposo, siquiera... hubiese vuelto del banquete! ¿Estará despierto el Duque todavía? Se me figura que oigo voces y pasos.
Me acercaré a escuchar a la puerta. ¡Silencio! ¿Quién está ahí? ¿Quién sube corriendo las escaleras?

ESCENA IX.
LA CONDESA, GORDON, después BUTLER.

GORDON. (Entrando precipitadamente, y sin aliento.) ¡Es una equivocación!... No son los suecos... ¡Deteneos... Butler... ¡Dios mío! ¿En dónde está? (Observando a la Condesa.)
LA CONDESA.- ¿Venís del castillo? ¿En dónde está mi marido?
GORDON (Asustado.)- ¡Vuestro esposo! ¡Oh! ¡No lo preguntéis! ¡Entrad! (Quiere irse.)
LA CONDESA. (Deteniéndolo.)- Pero no antes que me digáis...
GORDON. (Pugnando por desasirse.)- ¡La suerte del mundo depende de este instante...! ¡Por Dios, dejadme...! mientras hablamos... ¡Dios del cielo! (Gritando.) ¡ Butler, Butler!
LA CONDESA.- Está con mi esposo en el castillo. (Butler sale de la galería.)
GORDON. (Al verlo.)- Era un error... no son los suecos... son los Imperiales, que entran... el teniente general me envía aquí, y él, en persona, vendrá enseguida... no consuméis vuestra obra.
BUTLER.- Llega tarde.
GORDON. (Apoyándose contra la pared.)- ¡Dios de misericordia!
LA CONDESA. (Con la mayor ansiedad.) -¿Para qué es demasiado tarde? ¿Quién ha de venir aquí en seguida?
¿Octavio en Egra? ¡Traición, traición! ¿En dónde está el Duque? (Corre hacia la galería.)

ESCENA X.
Los mismos.- SENI.- Luego el BURGOMAESTRE.-

Un PAJE.- CAMARISTAS.- CRIADOS, que corren espantados por la escena.
SENI. (Saliendo de la galería con ademanes del más vivo terror.)- ¡Acción horrible y sanguinaria!
LA CONDESA.- ¿Qué ha sucedido, Seni?
UN PAJE. (Que llega.)- Lastimoso espectáculo. (Entran criados con antorchas.)
LA CONDESA.- ¿Qué hay? ¡Decidlo por Dios!
SENI.- ¿Todavía lo preguntáis? El Duque yace allí asesinado; vuestro esposo ha muerto en el castillo. (La Condesa se queda inmóvil al oírlo.)
LA CAMARISTA. (Entrando precipitadamente.)- ¡Socorred, socorred a la Duquesa!
EL BURGOMAESTRE. (Que llega aterrado.)- ¿Qué ayes de dolor tienen despiertos a los que debieran dormir en esta casa?
GORDON.- ¡Maldita para siempre es vuestra casa! En vuestra casa yace el Príncipe asesinado.
EL BURGOMAESTRE.- ¡No lo permita Dios! (Vase corriendo.)
PRIMER CRIADO.- ¡Huid, huid! ¡A todos nos matarán!
SEGUNDO CRIADO. (Con la vajilla de plata.)- ¡Fuera por aquí! Las salidas de abajo están cerradas.
(Detrás de la escena se oye gritar: ¡Dejad pasar, dejad pasar al teniente general! Al oír estas palabras, la Condesa vuelva en sí de su espanto, y se esquiva con prontitud. Detrás
de la escena gritan: ¡ Cerrad las puertas; detened al pueblo!)

ESCENA XI.
Los mismos sin la CONDESA.- OCTAVIO PICCOLOMINI con su séquito.- DEVEROUX y
MACDONALD vienen del fondo con sus alabarderos. El cadáver de WALLENSTEIN, envuelto en un paño encarnado, es traído al fondo de la escena.

OCTAVIO. (Entrando apresuradamente.)- ¡No puede ser! ¡No es posible! ¡Butler! ¡Gordon! ¡No quiero creerlo! ¡Decidme que no!
GORDON. (Sin responder, señala al fondo con la mano. Octavio mira hacia donde señalan, y se queda helado de horror.)
DEVEROUX. (A Butler.)- Aquí está el Toisón de oro, y la espada del Príncipe.
MACDONALD.- Recomendad a la cancillería...
BUTLER. (Señalando a Octavio.)- He aquí ahora el único que manda. (Deveroux y Macdonald se retiran respetuosamente. Todos se van, y quedan sólo en la escena Butler,
Octavio y Gordon.)
OCTAVIO, (Dirigiéndose a Butler.)- ¿Ese era vuestro proyecto, cuando nos separamos? ¡Justo Dios! Yo me lavo las manos. Yo no soy culpable de esa acción horrible.
BUTLER.- Vuestras manos están puras. Habéis empleado las mías en ejecutarlo.
OCTAVIO.- ¡Infame! ¿Abusar así de las órdenes de tu señor, y cometer tan sangriento y horrendo asesinato, invocando el sagrado nombre del Emperador?
BUTLER. (Tranquilo.)- Sólo he cumplido su sentencia.
OCTAVIO.- La maldición es compañera de los reyes, y tal el formidable poder de sus palabras, que, a pensamientos fugaces, siguen al punto los hechos, y hechos de todo punto irreparables. ¿Por qué obedecerlas con tanta celeridad? ¿Por qué haberte opuesto a que nuestro clemente soberano le perdonase? El tiempo es el ángel salvador de los hombres... Sólo es de Dios infalible la inmediata ejecución de sus acuerdos.
BUTLER.- ¿Por qué tales reconvenciones? ¿Cuál es mi delito? Mi acción es loable por haber librado al Imperio de un enemigo temible, y merece recompensa. No hay otra diferencia entre vuestros actos y los míos, sino que yo he disparado la flecha que aguzasteis. Sembrasteis semilla de sangre, y os admiráis de que sea sangre su fruto. Siempre he sabido lo que hacía, y, por tanto, ni me asustan ni me sorprenden sus resultados naturales. ¿Tenéis alguna otra orden que darme? Parto en seguida para Viena, a depositar mi sangrienta espada ante el trono del Emperador, y reclamar la aprobación, que todo juez
recto concede a una pronta y puntual obediencia. (Vase.)

ESCENA XII.
Los mismos, sin BUTLER.- La condesa TERZKY se presenta pálida y desfigurada. Habla con trabajo y con voz débil, sin pasión alguna.

OCTAVIO. (Saliendo a su encuentro.)- ¡Oh Condesa Terzky! ¿A este extremo habíamos de llegar? He aquí las consecuencias de hechos deplorables.
LA CONDESA.- Son los frutos de vuestra conducta... El Duque ha muerto; mi esposo ha muerto; la Duquesa lucha con la muerte; mi sobrina ha desaparecido. Un yermo es esta mansión, antes tan brillante y suntuosa, y los criados huyen horrorizados por todas sus puertas. Queda la última; la cierro y os entrego las llaves.
OCTAVIO. (Con dolor profundo.)- Desierto también, ¡oh Condesa! queda mi triste hogar.
LA CONDESA.- ¿Quién ha de sucumbir además? ¿Quién, además, ha de ser maltratado? El Príncipe ha muerto, y la venganza del Emperador está satisfecha. Perdonad a los antiguos servidores, y que su afecto y su lealtad no se les impute a crimen. El destino sorprendió a mi hermano, y no le permitió pensar en ellos.
OCTAVIO.- Nada de venganza, nada de malos tratamientos, Condesa. Una falta grave ha sido gravemente castigada; el Emperador, ya aplacado, no consentirá que la hija herede del padre más que su fama, y la memoria de sus servicios. La Emperatriz respeta vuestra desdicha, y sólo os abre compasiva sus brazos maternales. Deponed, pues, todo temor. Tened confianza, y abandonaos, llena de esperanza, a la clemencia del Emperador.
LA CONDESA. (Mirando al cielo.)- Yo me confío a la misericordia del más alto Soberano... ¿En dónde descansará el cadáver de Príncipe? La Condesa de Wallenstein yace sepultada en la Cartuja de Gitschin, fundada por él, y a su lado, por haber ella sido la primera piedra de su fortuna, deseaba él dormir, agradecido para siempre. ¡Oh! ¡Ordenad que lo entierren allí! Igual gracia pido para mi esposo. Ya que el Emperador es poseedor de nuestros castillos, que nos deje siquiera ocupar una tumba, al lado de las de nuestros ascendientes.
OCTAVIO.- Tembláis, Condesa... Palidecéis... ¡Dios mío! ¿Qué interpretación debo dar a vuestras palabras?
LA CONDESA.- (Haciendo un esfuerzo supremo, y expresándose con pasión y con nobleza.)-Sin duda tendréis formada de mí una opinión demasiado favorable, para pensar que yo pudiera sobrevivir a la ruina de mi casa. No nos reputábamos tan humildes, que no nos estimáramos indignos de alcanzar una corona... No ha sido posible... sin embargo, regios son nuestros pensamientos, y preferimos muerte libre y valerosa a deshonrada vida... He tomado veneno...
OCTAVIO.- ¡Oh! ¡Salvadla! ¡Socorro!
LA CONDESA.- Es ya demasiado tarde. Dentro de pocos instantes, mi destino se habrá cumplido. (Vase.)
OCTAVIO.- ¡Oh casa de muertes y de horrores! (Llega un correo, y entrega un pliego.)
GORDON. (Saliéndole al encuentro.)- ¿Qué hay? Este es el sello imperial. (Después de leerlo, lo entrega a Octavio con una mirada de reconvención.) Al Príncipe Piccolomini.
(Octavio se aterra, y mira al cielo lleno de dolor.).


FIN

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