miércoles, agosto 02, 2006

"DON CARLOS, INFANTE DE ESPAÑA"de FRIEDRICH SCHILLER






DON CARLOS, INFANTE DE ESPAÑA: POEMA

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FRIEDRICH SCHILLER





PERSONAJES

 FELIPE II, Rey de España.
 ISABEL DE VALOIS, su esposa.
 EL PRÍNCIPE CARLOS.
 ALEJANDRO FARNESIO, Príncipe de Parma, sobrino del Rey.
 LA INFANTA CLARA-EUGENIA, niña de 3 años.
 LA DUQUESA DE OLIVARES, gran dama de la corte.
 LA MARQUESA DE MONDÉJAR.
 LA PRINCESA DE ÉBOLI.
 LA CONDESA DE FUENTES.
 EL MARQUÉS DE POSA, caballero de Malta.
 EL DUQUE DE ALBA, EL CONDE DE LERMA, EL DUQUE DE FERIA, EL DUQUE DE MEDINASIDONIA. D. RAMÓN DE TAXIS, Grandes de España.
 DOMINGO, confesor.
 EL GRAN INQUISIDOR del Reino.
 EL PRIOR de una Cartuja.
 UN PAJE de la Reina.
 D. LUIS MERCADO, médico de la Reina.
 DAMAS, GRANDES DE ESPAÑA, PAJES, OFICIALES y otras personas que no hablan.



Acto I
Escena Primera
El jardín del palacio de Aranjuez,
CARLOS. - DOMINGO.
DOMINGO.- Pasaron los hermosos días de Aranjuez, y Vuestra Alteza va a dejarnos sin haber recobrado su alegría. De modo que en vano habremos permanecido aquí. Romped vuestro enigmático silencio, abrid vuestro corazón, Príncipe, al corazón de un padre. Pagaría el Rey al más alto precio la felicidad de su hijo, la felicidad de su hijo único. (Carlos silencioso fija la vista en el suelo.) ¿Puede existir por ventura algún deseo cuya realización niegue el cielo al más querido de sus hijos? Junto a vos me hallaba, junto a los muros de Toledo, cuando el altivo Carlos recibió el homenaje de los príncipes que se apresuraban a besarle la mano, y en una sola genuflexión, en una sola, seis reinos se postraban a sus plantas. Allí estaba yo, y vi colorearse su rostro de legítimo orgullo, y alzarse su pecho henchido de magnánimas resoluciones, y tender su mirada ebria y radiante de gozo a los congregados; Príncipe, aquella mirada decía: veo colmados mis deseos. (Carlos vuelve la cabeza.) El grave y solemne pesar que se lee en vuestro semblante, de ocho meses acá, este enigma para toda la corte, este motivo de angustia para el reino, costó ya al Rey algunas noches penosas, y muchas lágrimas a vuestra madre.
CARLOS. (Volviéndose rápidamente.)- Mi madre ¡Oh Dios! haz que yo perdone al que me la dio por madre.
DOMINGO.- Príncipe...
CARLOS. (Reponiéndose y pasando la mano por la frente.)- He sido muy desgraciado con mis diferentes madres, capellán. Mi primer acto, al abrir los ojos a la luz, fue dar la muerte a la que me había dado el ser.
DOMINGO.- ¿Es posible, Príncipe, que la conciencia os reproche semejante accidente?
CARLOS.- Y mi segunda madre ¿no me ha arrebatado después el amor de mi padre? Apenas me amaba, y mi único mérito consistía en ser su único hijo... Ella, le da otro, ¡oh! ¡Quién sabe lo que se prepara en los lejanos espacios del tiempo!
DOMINGO.- Acaso os chanceáis, Príncipe... España entera idolatra a su soberana, ¿y sólo vos osaríais mirarla con ojos de hiena, y sólo la desconfianza inspirará su aspecto a vuestro corazón? ¿Cómo, príncipe? La mujer más bella de este mundo, una reina, ayer vuestra prometida, imposible, Príncipe, increíble, nunca. Donde todos hallan motivo de adoración, ¿hallaría el Príncipe motivo de aborrecimiento?... Cuidad, Alteza, de que jamás advierta ella que desagrada a su hijo, porque esta noticia la afligiría.
CARLOS.- ¿Lo creéis así?
DOMINGO.- Sin duda V. A. recuerda todavía el torneo de Zaragoza, donde nuestro soberano fue herido de un bote de lanza. La Reina presenciaba el combate desde un balcón de palacio, sentada entre sus damas... Súbitamente se oyó gritar: El Rey está herido... Todos corren en tropel... Un murmullo confuso llega a oídos de la Reina.- ¡La sangre del Príncipe! -exclama- e intenta arrojarse de lo alto del balcón.- No,- le responden.- ¡Es el Rey!... Entonces, -dice ella serenandose,- que llamen a los médicos. (Pausa.) ¿Quedáis pensativo?
CARLOS.- Me sorprende descubrir en el confesor del Rey tanta ligereza, y oír de su boca el relato de tan ingeniosas historias. (Con acento grave y sombrío.) Siempre oí decir, sin embargo, que los que espían los actos ajenos y refieren lo que ven, han causado al mundo mayor número de males, que el veneno y el puñal en manos del asesino. Podéis ahorraros este trabajo... Si esperáis las gracias, acudid al Rey.
DOMINGO.- Obráis, Alteza, perfectamente mostrándoos circunspecto con los hombres, pero aprended a distinguir entre ellos y no rechacéis al amigo con el hipócrita; con respecto a vos, la más sana intención me guía.
CARLOS.- En tal caso, que no la observe mi padre, pues de otro modo, ¿qué sería de vuestro cardenalato?
DOMINGO.- ¡Cómo!... ¿Qué queréis decirme?
CARLOS.- ¡Qué!... ¿No os ha prometido el primer birrete cuya provisión corresponda a España?
DOMINGO.- Príncipe, ¿os burláis de mí?
CARLOS.- Dios me libre de burlarme del hombre que puede, a voluntad, condenar o prometer la salvación a mi padre.
DOMINGO.- No intentaré, Príncipe, penetrar el augusto secreto de vuestra pena, mas sí ruego a V. A. que advierta que la Iglesia ofrece a las conciencias perturbadas asilo inviolable, aun para los mismos reyes, y donde los crímenes quedan sepultados bajo el sello del sacramento. Sabéis ya cuál es mi intención, y bastante he dicho.
CARLOS.- No, lejos de mí la idea de exponer al depositario a semejante tentación.
DOMINGO.- Príncipe, esta desconfianza... Desconocéis a vuestro más fiel servidor.
CARLOS.- Pues bien; no os ocupéis más de mí. Sois un santo varón, el mundo lo sabe; pero si he de hablar con franqueza, me parecéis muy agobiado de trabajo. Para llegar al solio pontificio, vuestro camino es muy largo, reverendo padre, y la mucha ciencia podría seros embarazosa. Decídselo al Rey, que os envía aquí.
DOMINGO.- ¿Qué me envía aquí?
CARLOS.- Lo he dicho ya. ¡Oh! Harto sé que la traición me sigue en la corte; sé que cien ojos están pagados para observarme: sé que el rey Felipe vendería su hijo único al último de sus criados; que cada sílaba que se sorprende en mis labios es pagada a mayor precio del que obtuvo nunca una noble acción; sé... ¡Silencio!... Ni una palabra más. Mi corazón ansía explayarse y harto he dicho ya.
DOMINGO.- El Rey ha decidido estar de vuelta en Madrid antes de esta misma noche, y ya la corte se reúne... Tengo el honor, Príncipe...
CARLOS.- Bien; ya os sigo. (Domingo sale después de un momento de silencio.)- Padre digno de piedad, ¡cuán digno de piedad es tu hijo! Tu corazón mana sangre, mordido por envenenada sospecha... Tu desdichada curiosidad te precipita en busca del terrible descubrimiento, y cuando lo conozcas, te revolverás furioso contra él.




Escena II
CARLOS. - El MARQUÉS DE POSA.
CARLOS.- ¿Quién llega?... ¡Qué veo! ¡Oh! Mi buena suerte... Mi Rodrigo...
MARQUÉS.- ¡Mi Carlos!
CARLOS.- ¿Es posible?... ¿Es verdad?... ¿Eres tú?... ¡Oh! Sí; eres tú. Te oprimo contra mi pecho, y siento palpitar el tuyo con fuerza... Desde ahora va a renacer la dicha, mi alma enferma halla su curación en este abrazo... Descanso, al fin, en los brazos de mi Rodrigo...
MARQUÉS.- ¡Enferma!... ¿Enferma vuestra alma?... ¿Qué dicha es la que renace..., qué desventura la que cesa?... Me sorprende vuestro lenguaje...
CARLOS.- ¿Y quién te trae de Bruselas, en momento tan inesperado?... ¿A quién debo esta sorpresa..., a quién? Vuelvo a preguntar... Perdóname, Providencia divina, perdona esa blasfemia a la embriaguez de mi júbilo... Pues, ¿a quién puedo deberlo, sino a ti? ¡Dios de bondad! Sabías que faltaba a Carlos un ángel y le envías éste, y pregunto todavía.
MARQUÉS.- Perdón a mi vez, querido Príncipe, si respondo consternado a tan ardientes arrebatos. No esperaba hallar así al hijo de Felipe; extraño rubor inflama vuestra mejilla...; febril movimiento agita vuestros labios. No veo en vos al mancebo de corazón de león, al cual me envía un pueblo oprimido pero heroico; porque no es Rodrigo quien veis aquí, no es el compañero de infancia de Carlos, sino el diputado de la humanidad entera, quien os oprime entre sus brazos, y las provincias de Flandes lloran sobre vuestro pecho, y os conjuran solemnemente para que las libertéis. ¡Ay de esta querida comarca si Alba, el atroz verdugo al servicio del fanatismo, se presenta ante Bruselas armado de las leyes españolas! En el glorioso nieto de Carlos quinto se funda la última esperanza de estos nobles países; sucumbirán, si su corazón generoso ha cesado de latir por la humanidad.
CARLOS.- Pues sucumbirán.
MARQUÉS.- Desdichado de mí... ¿Qué es lo que oigo?
CARLOS.- Hablas de tiempos harto lejanos. También mi fantasía se fingió un Carlos, cuyo rostro se inflamara al nombre de libertad..., pero duerme sepultado, hace mucho tiempo. No ves en tu presencia al que se despidió de ti en Alcalá, que en su dulce embriaguez esperó ser de España el creador de una nueva edad de oro... ¡Ah! Pensamientos de niño, pero ¡cuán divinos!... Estos sueños han pasado...
MARQUÉS.- ¿Estos sueños, Príncipe?... ¿No eran más que sueños?...
CARLOS.- Déjame llorar, déjame derramar sobre tu corazón lágrimas ardientes... ¡Oh! Mi único amigo..., a nadie poseo en este vasto mundo, a nadie, a nadie... Por lejos que extiendan sus fronteras los dominios de mi padre, por lejos que lleven nuestras naves sus pabellones, no existe para mí un sitio, uno solo, sino éste donde pueda dar rienda suelta a mis lágrimas. ¡Oh Rodrigo!... Por cuanto esperamos alcanzar un día en el cielo, no me alejes de tu lado. (El Marqués se inclina hacia él, con muda emoción.) Figúrate que soy un huérfano que recogiste al pie del trono, llevado de la compasión... Ignoro que sea un padre: soy un hijo de rey. ¡Ah!... Si es verdad, como me lo dice mi corazón, que para comprenderme te hallaste entre millones de hombres; si es verdad que la naturaleza ha reproducido en mí tu semejante, y que en la aurora de la vida las fibras delicadas de nuestras almas se movieron al mismo impulso; si una lágrima que me alivia, es para ti más preciosa que el favor de mi padre...
MARQUÉS.- ¡Oh!... Más que el mundo entero...
CARLOS.- Tanto he descendido, tan miserable es ahora mi condición, que he de recordarte los primeros años de mi infancia y la deuda por mucho tiempo olvidada que contrajiste conmigo cuando vestías la blusa de marinero. Cuando fraternalmente unidos, sentimos crecer al par nuestra impetuosa naturaleza, otra pena no tenía que la de ver mi talento eclipsado por el tuyo. Por fin, decidí amarte sin medida, no sintiéndome con fuerzas para igualarte. Te importuné, primero, con mis caricias y mi afecto de hermano: tu corazón altivo las recibía con frialdad. ¡Cuántas veces, sin que tú lo advirtieras jamás, veía, junto a ti y con gruesas y ardientes lágrimas, cómo abrazabas a otros niños de condición inferior!- ¿Por qué sólo a ellos?- ¡Exclamaba yo con tristeza!... ¿No siento yo la misma afección?... Pero tú, tú te postrabas de hinojos con fría gravedad delante de mí, y decías: Esto se debe al hijo del Rey.
MARQUÉS.- ¡Oh, Príncipe!... Haced punto a estos relatos de la infancia que me llenan de confusión.
CARLOS.- No había merecido esto de ti; podías despreciar, rasgar mi corazón, pero no alejarle de ti. Tres veces rechazaste al Príncipe, y otras tantas acudió a implorar tu afecto y te forzó a aceptar el suyo. Logró un accidente, lo que Carlos no había logrado... Ocurrió un día en nuestros juegos, que tu volante dio en el ojo de la Reina de Bohemia mi tía, y como ella creyera que el golpe había sido premeditado, quejose al Rey, deshecha en lágrimas. Todos los jóvenes de Palacio fueron obligados a comparecer para denunciar al culpable, a quien el Rey quería imponer ejemplar castigo, aunque fuera su propio hijo. Yo te vi temblando en un rincón, y entonces me adelanté, y me arrojé a los pies del Rey... Yo soy, yo soy el culpable... Véngate en tu hijo.
MARQUÉS.- ¡Ah, Príncipe! ¿Qué me recordáis?
CARLOS.- El Rey cumplió su palabra en presencia de la corte, hondamente movida a compasión; su Carlos fue castigado como un esclavo. Te miraba y no lloraba...; rechinaban mis dientes de dolor, pero no lloraba; corría mi sangre real, vergonzosamente vertida a fuerza de impíos azotes, pero no lloraba. En esto, te acercas sollozando; te arrojas a mis pies... ¡Sí, exclamas; venciste mi orgullo!... Yo te recompensaré cuando serás rey.
MARQUÉS.- Y lo haré, Carlos. (Le tiende la mano.) El hombre renueva el juramento del niño, y lo cumpliré; quizás ha llegado la hora.
CARLOS.- Ahora, ahora; no se ha hecho esperar; ha llegado ya, ha llegado el tiempo en que puedes pagar tu deuda. Necesito una viva afección; horrible secreto devora mi alma, y es fuerza aliviarme de él... Quiero leer mi sentencia de muerte en tu pálido semblante... Escucha..., tiembla..., mas no pronuncies una sola palabra... ¡Amo a mi madre!
MARQUÉS.- ¡Oh, Dios mío!
CARLOS.- No; no quiero contemplaciones. Habla; di que no existe una desgracia mayor en el ancho mundo... Habla... Adivino cuánto puedes decir... El hijo ama a su madre los principios sociales, el orden de la naturaleza, las leyes de Roma, todo condena esta pasión. Mis deseos lastiman hondamente los derechos de mi padre, lo siento... pero amo. Esta senda sólo conduce a la locura o al cadalso... Amo... Amo sin esperanza, criminalmente, con las angustias de la muerte, a riesgo de mi vida; lo veo, pero amo.
MARQUÉS.- ¿Conoce la Reina esta pasión?
CARLOS.- ¿Podía descubrírsela? Es la esposa de Felipe, es la Reina y nos hallamos en España... Vigilada por los celos de mi padre, cercada por el ceremonial de Palacio, ¿cómo aproximarme a ella sin testigos? Ocho meses han trascurrido, ocho meses de infernales angustias, desde el día en que el Rey me llamó aquí, y me veo condenado a verla diariamente, mudo como un sepulcro. Durante estos ocho meses de infierno, Rodrigo, desde que este fuego devora mi alma, mil veces el terrible secreto vagó por mis labios, y el terror y la vergüenza lo han sepultado en mi corazón. ¡Ah, Rodrigo!... Un instante..., sólo un instante con ella.
MARQUÉS.- ¿Y vuestro padre, Príncipe?
CARLOS.- ¡Desdichado! ¿Por qué me lo recuerdas? Háblame de todos los terrores de la conciencia, pero no me hables de mi padre.
MARQUÉS.- ¿Le aborrecéis?
CARLOS.- No... ¡Oh, no; no aborrezco a mi padre, pero el terror y la ansiedad del delincuente se apoderan de mí al oír este nombre!.. No es mía la culpa, si mi educación de esclavo sofocó en mi pecho el dulce germen del amor. Seis años contaba cuando se ofreció a mis ojos, por vez primera, el hombre temible que llaman mi padre. Era una mañana en que acababa de firmar, una tras otra, cuatro sentencias de muerte. Desde aquel día, sólo volvía a verle siempre que me anunciaban el castigo de algunos delitos... ¡Oh, Dios mío!... Mi lenguaje amarga; dejemos este asunto.
MARQUÉS.- No, Príncipe; forzoso es que ahora me abráis vuestro corazón; las palabras alivian el ánimo gravemente oprimido...
CARLOS.- ¡Cuántas veces, luchando conmigo mismo mientras mis guardias dormían, caí de hinojos y bañado en lágrimas ante la imagen de la Virgen!... Suplicábala que me infundiera el amor filial, pero me levantaba sin haber sido oído... ¡Ah, Rodrigo! Explícame este raro enigma de la Providencia: ¿Por qué entre mil, me concedió este padre? Y a él ¿por qué le dio éste, entre mil hijos mejores? No formó la naturaleza dos seres más incompatibles. ¿Como pudo unir esos dos puntos extremos de la raza humana, él y yo? ¿Cómo pudo imponernos tan sagrado lazo? ¡Suerte espantosa! ¿Por qué ha acaecido esto? ¿Por qué dos hombres que se evitan sin cesar, se encuentran con horror impulsados por el mismo deseo? He aquí, dos astros enemigos que en la carrera del tiempo chocan una sola vez en su curso, se rompen en pedazos y se alejan uno de otro por toda la eternidad.
MARQUÉS.- Presiento un instante desastroso.
CARLOS.- También yo. Como las furias del abismo, me persiguen espantables sueños, y mi espíritu lucha en el seno de la duda con proyectos horribles. El fatal poder de la cavilación me conduce por un laberinto de sofismas, hasta que al fin detiene mis pasos, al borde del abismo entreabierto. ¡Oh, Rodrigo!... Si un día olvidase que era mi padre, Rodrigo... La palidez mortal de tu rostro me anuncia que me comprendes... ¿Si llegase a olvidar que era mi padre, qué sería el Rey para mí?
MARQUÉS. (Después de un momento de silencio.)- ¿Osar dirigir una súplica a mi Carlos? Cualquiera que sea vuestro propósito, prometedme que nada realizaréis sin vuestro amigo... ¿Me lo prometéis?
CARLOS.- Cuanto tu amistad me exija; me arrojo sin reserva en tus brazos.
MARQUÉS.- Dicen que el Rey vuelve a la capital; en Aranjuez podréis hablar a la Reina, si tal es vuestro deseo. La tranquilidad del sitio, y la mayor libertad que en el campo se goza, lo favorecen.
CARLOS.- Esta era también mi esperanza, pero por desgracia ha salido fallida.
MARQUÉS.- No del todo, porque voy a presentarme a ella al instante. Si en España es la misma que en la corte de Enrique, hallará franqueado su corazón; ¿podré leer en sus ojos alguna esperanza para Carlos?, ¿la encontraré dispuesta a tal entrevista?, ¿podremos alejar de su lado a las damas?
CARLOS.- Casi todas me son adictas y en particular la de Mondéjar que me he atraído, protegiendo a su hijo, que me sirve de paje.
MARQUÉS.- Tanto mejor; quedaos cerca de aquí, Príncipe, para salir a la primera señal que os haga.
CARLOS.- Sí, sí; esto haré. Sólo te ruego que te apresures.
MARQUÉS.- No perderé un solo instante; Príncipe, hasta luego. (Ambos salen por opuesto lado.)


Escena III
La corte de la Reina en Aranjuez. Sitio campestre, cruzado por un camino que conduce a la habitación de la Reina.
LA REINA, - la DUQUESA DE OLIVARES, - la PRINCESA DE ÉBOLI, - la MARQUESA DE MONDEJAR, llegan por el camino.
LA REINA. (A la Marquesa.)- Marquesa, os deseo junto a mí. La alegría de la Princesa me excita desde esta mañana... Observad que apenas puede ocultar el júbilo que le causa dejar el campo.
PRINCESA.- No me es posible negar a la Reina que será para mí un gran gozo ver de nuevo a Madrid.
MONDÉJAR.- ¿No siente lo mismo V. M.? ¿Tanta será la pena que le cause salir de Aranjuez?
REINA.- Sentiré al menos abandonar este bello sitio, porque me hallo en él como en mi centro, y es para mí la morada predilecta. Hallo aquí la naturaleza de mi tierra natal, que hizo las delicias de mi juventud y los juegos de mi infancia, y el ambiente de mi Francia querida. No me reprochéis esta predilección; la patria tiene siempre mil atractivos a nuestros ojos.
PRINCESA.- Pero ¡cuán solitario es este lugar; qué aspecto tan triste y muerto! Se diría que nos hallamos en la Trapa.
REINA.- A mí, por el contrario, me parece muerto Madrid... Pero ¿qué dice a esto la Duquesa?
OLIVARES.- Mi opinión es, señora, que desde que hay reyes en España, ha sido siempre costumbre pasar un mes aquí, otro en el Pardo, y el invierno en la corte.
REINA. -Sí, Duquesa, ya sabéis que con vos no discuto jamás.
MONDÉJAR.- ¡Y qué animación la de Madrid muy en breve! Ya se ha dispuesto la Plaza Mayor para una corrida de toros y se nos ha prometido un auto de fe.
REINA.- ¡Prometido!... ¿Mi bondadosa amiga es la que habla así?
MONDÉJAR.- ¿Y por qué no?... Son herejes los que vemos quemar...
REINA.- Supongo que la Princesa de Éboli opina de otro modo.
PRINCESA.- ¿Yo?... Ruego a V. M. que no me tenga por menos buena cristiana que la Marquesa de Mondéjar.
REINA.- ¡Dios mío!... ¡Olvidaba dónde me hallo!... Hablemos de otra cosa... Hablábamos, según creo, del campo.... Este mes me ha parecido extrordinariamente breve; esperaba divertirme mucho, mucho, y no ha sido como esperaba... ¿Sucederá lo mismo con cada esperanza? No puedo atinar, sin embargo, con el deseo que no he visto satisfecho.
OLIVARES.- Princesa de Éboli, no nos habéis dicho todavía si Gómez puede esperar, ni si podremos saludaros como su prometida.
REINA.- Mil gracias, Duquesa, por haberme recordado este asunto. (A la Princesa.) Me han rogado que os hablara en su favor, pero ¿cómo hacerlo si el hombre que quisiera ceder en recompensa a mi cara Princesa de Éboli, debe ser digno de ella?
OLIVARES.- Lo es, señora; es un hombre respetable, conocido de nuestro augusto soberano, y honrado con su favor.
REINA.- Lo cual hará, sin duda, su felicidad... pero quisiéramos saber si es capaz de amar y si merece ser amado... Princesa, os lo pregunto...
PRINCESA. (Permanece silenciosa y confusa, con los ojos clavados en el suelo; por fin cae a los pies de la Reina.)- ¡Oh Reina clemente! Tened piedad de mí, no me dejéis en nombre del cielo; no permitáis que sea sacrificada...
REINA.- ¡Sacrificada!... Esto me basta: alzad. Penosa suerte la de la mujer sacrificada; os creo; alzad... ¿Hace mucho que rechazáis las ofertas del Conde?
PRINCESA. (Levantándose.)- Muchos meses; el príncipe Carlos se hallaba todavía en la Universidad.
REINA. (Sorprendida, y con mirada penetrante.)- ¿Y habéis examinado los motivos que teníais para hacerlo?
PRINCESA.- Esta unión no puede realizarse, señora, no..., por mil motivos...
REINA. (Con mucha gravedad.)- Más de uno es ya demasiado si no puede agradaros... Basta para mí; no hablemos más de ello... (A las otras damas.) Hoy no he visto todavía a la Infanta, mi hija; Marquesa, traédmela...
OLIVARES. (Mira su reloj.)- No es la hora todavía, señora...
REINA.- ¿No es la hora de que se me permita ser madre?... Triste cosa es; pero no olvidéis recordármelo cuando suene la hora... (Un paje entra y habla en voz baja a la de Olivares, que se acerca a la Reina.)
OLIVARES.- Señora, el Marqués de Posa.
REINA.- ¿De Posa?
OLIVARES.- Llega de Francia y los Países-Bajos, y solicita el favor de poner en manos de V. M. las cartas que trae de la Reina madre.
REINA.- ¿Es permitido esto?
OLIVARES. (Reflexionando.)- En mis instrucciones no se halla previsto el caso particular de que un grande de España, llegado de una corte extranjera, venga a presentar unas cartas a la Reina en sus jardines.
REINA.- Quiero recibirle, pues, a mi riesgo.
OLIVARES.- Pero V. M. permitirá que me aleje durante la audiencia.
REINA.- Haced lo que gustéis, Duquesa.


Escena IV
La REINA. - La PRINCESA. - La de MONDÉJAR. - El MARQUÉS DE POSA.
REINA.- Bienvenido seáis, caballero, a tierra de España...
MARQUÉS.- Jamás la llamé mi patria con más legítimo orgullo...
REINA. (A las dos damas.)- El Marqués de Posa que, en el torneo de Reims, rompió una lanza con mi padre, e hizo triunfar por tres veces mi divisa. El primer hombre de su nación que me dio a comprender cuánta gloria alcanzaba con ser reina de España. (Dirigiéndose al Marqués.) Cuando nos vimos por última vez en el Louvre, caballero, no presumisteis, sin duda, que un día me veríais en Castilla.
MARQUÉS.- No, señora; no presumí entonces que Francia nos concediera lo único que podíamos envidiarle.
REINA.- Orgulloso español, ¿lo único?, ¿y esto decís a una hija de la casa de Valois?
MARQUÉS.- Oso decirlo, señora, porque ahora sois nuestra.
REINA.- Dicen que vuestros viajes os han conducido a Francia... ¿Qué me traéis de mi venerable madre y de mis queridos hermanos?
MARQUÉS. (Presentándole las cartas.)- Hallé enferma a vuestra madre, desligada de toda felicidad terrena, si no es la de ver dichosa a su hija en el trono español.
REINA.- ¿No he de serlo a mi vez, sabiendo que acompaña mi recuerdo a tan caros parientes? ¿No han de hacerme dichosa tan dulces memorias? Habéis visitado muchas capitales, caballero, habéis visto muchos países y observado diversas costumbres, y dícenme, sin embargo, que ahora resolvéis vivir para vos, en vuestra patria, más feliz príncipe en vuestro tranquilo palacio, que el rey Felipe en su trono... Hombre libre... Filósofo... Dudo mucho que Madrid os complazca... Se goza en Madrid de una tranquilidad...
MARQUÉS.- Dicha que no posee el resto de Europa.
REINA.- A lo que se dice, pues por mi parte he perdido hasta el recuerdo de lo que pasa en el mundo. (A la Princesa.) Me parece, Princesa, que veo allí un jacinto... Hacedme el favor de traérmelo. (La Princesa va a donde le indica la Reina; ésta, en voz baja, al Marqués.) O yo me engaño, caballero, o vuestra llegada ha colmado de gozo a más de uno...
MARQUÉS.- Hallé sumido en la tristeza a quien una sola cosa podría alegrar en este mundo. (La Princesa vuelve con la flor.)
PRINCESA.- Puesto que este caballero visitó tantos países, forzosamente traerá algo que contarnos digno de interés.
MARQUÉS.- Es sabido que uno de los deberes de los caballeros es buscar las aventuras... El más sagrado de todos, defender a las damas.
MONDÉJAR.- ¿Contra los gigantes? En el día no existen ya...
MARQUÉS.- La violencia es siempre para el débil un gigante...
REINA.- Tiene razón el Marqués; existen todavía los gigantes, pero no existen ya los caballeros...
MARQUÉS. - Últimamente, a mi vuelta de Nápoles, fui testigo de una conmovedora historia que hice mía como legado de la amistad, y sino temiera fatigar a la Reina...
REINA.- ¿Podría titubear un instante? La Princesa no rehúsa nada a su curiosidad, y por mi parte gusto también de las aventuras.
MARQUÉS.- Dos nobles familias de la Mirándola, fatigadas de su mutua envidia y largas enemistades, que heredaron por algunos siglos desde la época de los Güelfos y Gibelinos, resolvieron hacer las paces para siempre, contrayendo lazos de parentesco. Fernando, sobrino del poderoso Pedro, y la divina Matilde, hija de Colonna, fueron los elegidos para formar el lazo de esta unión. Nunca hasta entonces la naturaleza había formado dos nobles corazones más propios el uno para el otro, ni el mundo aplaudió jamás elección más acertada. Fernando, sólo por retrato había adorado a su amante; ¡cuánto temía que la realidad desmintiera la copia! Porque en su ardiente amor, apenas osaba creer que tal realidad pudiese existir. Detenido por sus estudios en Padua... ¡Con qué impaciencia esperaba el feliz momento de balbucear al pie de Matilde la primera declaración de amor! (Crece la atención de la Reina. El Marqués, después de breve pausa continúa su relato que dirige a la Princesa de Éboli, en cuanto lo permite la presencia de la Reina.) En esto enviuda Pedro. Con el ardor de su pasada juventud, presta oídos a la fama que celebra por donde quiera la belleza de Matilde; acude, mira, ama, y esta nueva pasión sofoca en su ánimo el débil acento del parentesco. El tío pide la mano de la prometida de su sobrino y la lleva al altar.
REINA.- ¿Y qué hace Fernando?
MARQUÉS.- Ignorante de tan terrible mudanza, vuela ebrio de impaciencia y en alas del amor a la Mirándola; su veloz caballo llega a la puerta de la ciudad, entrada la noche. Hiere su oído el rumor extraordinario del baile y la música, que resuena en el iluminado palacio. Con paso vacilante y sobrecogido de terror, vedle, desconocido de todos, en la sala de bodas, donde entre alegres convidados, halla a Pedro junto a un ángel de belleza; un ángel que Fernando conoce, que no soñó jamás tan radiante de hermosura. De una sola ojeada comprende cuánto era el valor de lo que poseía, de lo que acaba de perder para siempre.
PRINCESA.- ¡Desgraciado!
REINA.- Así termina la historia, caballero, así termina sin duda.
MARQUÉS.- No del todo.
REINA.- Habíais dicho que Fernando era vuestro amigo.
MARQUÉS.- Y el más querido de mi alma.
PRINCESA.- Continuad vuestro relato, caballero.
MARQUÉS.- Es muy triste, y este recuerdo renueva mi dolor; permitid que lo dé por terminado. (Silencio general.)
REINA. (A la Princesa.)- ¿Me será permitido, por fin, besar a mi hija?... Princesa, traédmela. (La Princesa sale. El Marqués hace una seña a un paje que espera en el fondo y desaparece luego. La Reina abre las cartas que el Marqués le ha entregado, y parece sorprendida; entre tanto el Marqués habla en voz baja y con precipitación a la Marquesa de Mondéjar. La Reina después de haber leído las cartas, dirige al Marqués una mirada penetrante.) Nada nos habéis dicho de Matilde; tal vez ignora cuánto padece Fernando.
MARQUÉS.- Nadie ha sondeado aún el corazón de Matilde... Un alma grande sufre en silencio.
REINA.- ¿Por qué miráis en torno vuestro?... ¿Qué buscáis?
MARQUÉS.- Estaba pensando cuán dichoso sería en mi lugar, alguien que no me atrevo a nombraros.
REINA.- ¿Quién tiene la culpa?
MARQUÉS. (Con viveza.)- ¡Cómo!... ¿Puedo interpretar estas palabras conforme a mi deseo?... ¿Sería perdonada su presencia en este instante?
REINA. (Sobresaltada.)- ¡En este instante... Marqués..., en este instante!... ¿Qué queréis decirme?
MARQUÉS.- Osaría esperar..., osaría esperar...
REINA. (Con sobresalto creciente.)- Me asustáis, Marqués... Él no intentará...
MARQUÉS.- Vedle aquí.


Escena V
La REINA. - CARLOS
El Marqués de Posa y la Marquesa de Mondéjar se retiran hacia el fondo.
CARLOS. (Arrojándose a los pies de la Reina.)- Llegó por fin el instante de que Carlos se atreva a estrechar esta mano querida.
REINA.- ¡Qué paso habéis dado!... ¡Qué temeraria y culpable sorpresa! Alzad; nos miran; muy cerca de mí se halla mi séquito.
CARLOS.- No me levantaré; quiero permanecer eternamente de hinojos, y por arte de encantamiento echar raíces en esta posición.
REINA.- ¡Insensato!.. ¡A qué osadía os conduce mi indulgencia!... ¡Cómo... Ignoráis que este lenguaje temerario se dirige a una Reina, a una madre; ignoráis que yo misma debo decir al Rey...
CARLOS.- ¿Y que yo he de morir? Arrástrenme de aquí para el cadalso. ¡Un momento de dicha en el paraíso no se paga con la vida!
REINA.- ¿Y vuestra Reina?
CARLOS. (Se levanta.)- ¡Dios mío!... Me retiro... Os dejo... Debo hacerlo, puesto que lo exigís... ¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Cómo jugáis conmigo! De una seña, de una mirada, de una palabra de vuestros labios depende mi vida o mi muerte... ¿Qué más puede ocurrir? ¿Qué habrá bajo el sol para sacrificar a vuestro amor, si así lo deseáis?
REINA.- ¡Salid!
CARLOS.- ¡Oh, Dios!
REINA.- Es lo único que os pido con llanto en los ojos; salid, antes que mis damas, mis carceleros me sorprendan con vos, y lleven la noticia a oídos del Rey...
CARLOS.- Aguardo mi destino, ya sea la vida, ya la muerte. ¿Pues qué?... ¿Habré concentrado todas mis esperanzas en este único instante para que infundado temor me arrebate la realización de mi intento? No, Reina. Cien vueltas, mil vueltas puede dar el mundo sobre su eje, antes que la suerte me conceda de nuevo este favor.
REINA.- Que por toda la eternidad no debe repetirse... ¡Desdichado! ¿Qué pretendéis de mí?
CARLOS.- ¡Oh, Reina!... Pongo a Dios por testigo que he luchado, he luchado como ningún otro mortal. Y ¡en vano, Reina!... Cae aniquilada mi heroica fortaleza: sucumbo.
REINA.- Ni una palabra más... en nombre de mi esposo.
CARLOS.- A la faz del mundo me pertenecíais; dos grandes reinos me concedían vuestra mano; el cielo y la tierra consentían nuestra unión, y Felipe, Felipe os arrebata de mis brazos.
REINA.- Es vuestro padre.
CARLOS.- Es vuestro esposo.
REINA.- Él os concederá por herencia el mayor imperio del mundo.
CARLOS.- Y a vos por madre.
REINA.- ¡Dios mío... Deliráis!
CARLOS.- ¿Conoce al menos el valor del tesoro que posee?... ¿Posee un corazón capaz de apreciar el vuestro? No quiero lamentarme. No; quiero olvidar la inefable dicha que hubiera gustado con vos, si él al menos es dichoso. Pero no lo es; no lo es. He aquí la causa de mi infernal tormento. No lo es, ni lo será jamás... Me han arrebatado mi paraíso para anonadarlo en los brazos de Felipe.
REINA.- ¡Horrible idea!
CARLOS.- ¡Ah! Sé quién ha realizado esta unión; sé cómo puede amar Felipe y cómo ha intentado hacerse amar... ¿Qué representáis en este reino?... Oid... ¿Sois regente? No... Si lo fuerais, ¿cómo el Duque podría cometer sus crímenes?... ¿Cómo Flandes pagaría con sangre sus creencias?¿Sois la esposa de Felipe? Imposible; no puedo creerlo. La esposa posee el corazón del esposo, y ¿a quién pertenece el suyo? Si en un acceso de fiebre se siente enternecido, ¿acaso no pide perdón de ello a su cetro y a sus canas?
REINA.- ¿Y quién os ha dicho que unida a Felipe, mi suerte sea digna de compasión?
CARLOS- Mi corazón, que siente enajenado cuánto junto a vos sería digno de envidia.
REINA.- ¡Joven presuntuoso! Si el mío me dijera lo contrario; si la respetuosa ternura de Felipe, y el mudo lenguaje de su amor, me conmovieran más que la voz temeraria de su orgulloso hijo; si la reflexiva estima de un anciano...
CARLOS.- Esto es otra cosa... En este caso perdonadme. Ignoraba, señora, que amarais al Rey.
REINA.- Honrarle es mi deber y mi satisfacción.
CARLOS.- Vos no habéis amado nunca.
REINA.- No amo ya...
CARLOS.- Porque así lo ordenan vuestro corazón y vuestro juramento.
REINA.- Dejadme, Príncipe, y no entabléis otra vez semejantes conversaciones.
CARLOS.- Porque así lo ordenan vuestro corazón y vuestro juramento.
REINA.- Decid mi deber... ¡Desgraciado! ¿Por qué intentar el triste examen de una suerte, a la cual ambos debemos resignarnos...
CARLOS.- Ambos debemos..., ambos debemos.
REINA.- ¡Cómo!... ¿Qué significa este tono solemne?
CARLOS.- Que Carlos no se resigna a abdicar su voluntad en aras del deber; que Carlos no se resigna a ser el hombre más desgraciado de su reino, cuando bastaría un trastorno en las leyes para que fuera el más feliz.
REINA.- ¿Os habré comprendido?... ¿Esperáis todavía? ¿Os atrevéis a esperar, cuando todo, todo se ha perdido?
CARLOS.- Nada doy por perdido sino los muertos...
REINA.- Esperáis... de mí..., de vuestra madre? (Clava en él la mirada largo rato y con dignidad.) ¿Y porqué no? ¡Oh! El Rey nuevamente elegido puede hacer más todavía; puede destruir con el fuego las disposiciones de su predecesor, y derribar sus retratos; puede... ¿Quién se lo impediría?... Arrancar al reposo del Escorial el esqueleto del muerto, arrastrarlo a la faz del sol, aventar sus profanadas cenizas, y en fin, para terminar dignamente...
CARLOS.- ¡Por el cielo! No acabéis...
REINA.- Y en fin, casarse con su madre!...
CARLOS.- ¡Hijo maldito! (Queda un momento inmóvil y en silencio.) Todo terminó, desde ahora; todo terminó; veo con claridad y evidencia lo que debía ignorar para siempre. Os he perdido, perdido, perdido para siempre. Mi suerte está echada... Os he perdido... Esta idea es para mí un infierno... Sois de otro...; aquí está el infierno... ¡Oh desdicha!... ¡No puedo soportarla y mis nervios van a estallar!
REINA.- ¡Oh!... ¡Querido Carlos, digno de piedad! ¡Siento en mí el dolor inefable que ruge en vuestro pecho! Dolor infinito, como vuestro amor; infinita será también la gloria de vencerlo. Conquistadla, joven héroe. El premio de tan rudo, de tan noble combate, es digno de quien guarda en su ánimo la virtud de tan esclarecidos progenitores. ¡Valor, noble Príncipe! El nieto de Carlos quinto comienza su valerosa lucha, en el punto en que los hijos de los hombres sucumben a la fatiga.
CARLOS.- ¡Es tarde, Dios mío!... Es tarde!
REINA.- ¿Tarde para ser hombre?... ¡Oh, Carlos... ¡Cuán grande es nuestra fortaleza, cuando rompe el propio corazón con sus fuerzas! La providencia os colocó muy alto, por encima, Príncipe! de millones de semejantes vuestros, y en su parcialidad por su predilecto, le concedió lo que a otros tomaba, y millones de hombres se preguntan: ¿Merecía acaso éste, ser más que nosotros desde el seno de su madre? Id y justificad esta predilección del cielo, haciéndoos digno de marchar a la cabeza del mundo; sacrificad lo que nadie sacrificaría.
CARLOS.- ¿Y acaso lo puedo? Para conquistaros, me sentiría con fuerzas de gigante, y me faltan para perderos.
REINA.- Confesad, Carlos, que la arrogancia, la amargura y el orgullo excitan en parte los deseos que con exaltación os impulsan hacia vuestra madre. El amor, este corazón que pródigo me sacrificáis, se deben a los reinos que gobernaréis un día. Ved como disipáis los bienes confiados a vuestra protección. El amor es vuestro primer deber. Hasta ahora, se extravió hacia vuestra madre; guiadle de nuevo hacia vuestros futuros reinos, y suceda a los tormentos de la conciencia, el placer de asemejarse a los dioses. Isabel fue vuestro primer amor; sea España el segundo; cedo a esta sagrada afección.
CARLOS. (Dominado por su emoción, se arroja a sus pies.)- ¡Cuán grande sois, celeste criatura! ¡Oh! Sí; quiero hacer cuanto deseáis..., quiero que sea así... (Se levanta.) En manos de Dios todopoderoso... os juro... Oh, cielo!... Os juro un eterno..., no eterno olvido, pero sí eterno silencio.
REINA.- ¡Cómo podría exigir de Carlos lo que yo misma no podría cumplir!...
MARQUÉS. (Llegando.)- ¡El rey!
REINA.- ¡Dios mío!
MARQUÉS.- Huid, Príncipe, huid de este sitio.
REINA.- Sus sospechas son terribles, y si os ve...
CARLOS.- Me quedo.
REINA.- ¡Quién será la víctima entonces!
CARLOS. (Cogiendo del brazo al Marqués.)- Vamos; vamos; ven... (Se va y vuelve otra vez.) ¿Qué puedo llevarme conmigo?
REINA.- ¡La amistad de vuestra madre!
CARLOS.- ¡La amistad de mi madre!
REINA.- Y las lágrimas de los Países-Bajos.
(Le entrega algunas cartas. Carlos y el Marqués se van. La Reina busca sus damas con ademán inquieto. En el punto en que va a retirarse, sale el Rey.)


Escena VI
El REY. - La REINA. - El DUQUE DE ALBA. - El CONDE DE LERMA. - DOMINGO. - Damas y Caballeros que se detienen en el fondo.
REY. (Mira en torno suyo con sorpresa y guarda silencio breve rato.)- ¿Sola, señora?... ¿Ni una sola dama en vuestra compañía? Me sorprende. ¿Dónde están vuestras damas?
REINA.- ¡Querido esposo!
REY.- ¿Por qué sola? (A su séquito.) Han de pagarme cara la negligencia... ¿Quién se hallaba de servicio con la Reina?... ¿Quién debía permanecer hoy a su lado?
REINA.- No os irritéis, señor; soy yo la culpable, pues que por mi orden ha salido de aquí la Princesa de Éboli...
REY.- ¿Por mandato vuestro?
REINA.- Para que llamara la camarera, deseosa como estaba de ver a la Infanta.
REY.- ¿Y por qué se ha alejado al propio tiempo todo vuestro séquito? Lo que me decís disculpa a la primera, ¿pero dónde se hallaba la segunda dama de honor?
MONDÉJAR. (Que durante este diálogo ha llegado, y se ha confundido con los demás; se adelanta.)- Señor, soy culpable...
REY.- Diez años os concedo para que lo penséis lejos de Madrid. (La Marquesa se retira llorando. Silencio general. Todos miran con sorpresa a la Reina.)
REINA.- Marquesa, ¿por quién lloráis? (Al Rey.) Señor, si he cometido una falta, la corona de este reino, que nunca codicié, debiera preservarme de una afrenta. ¿Existe en este país ley alguna que obligue a comparecer ante la justicia a las hijas de sangre real? ¿Sólo la sujeción guarda a las mujeres en España, y un testigo ocular es mejor salvaguardia que su propia virtud? Ahora excusadme, señor, si no estoy acostumbrada a que se despidan de mí con lágrimas en los ojos, las que con gusto me han servido... Marquesa de Mondéjar (toma su cinturón y lo entrega a la Marquesa), habéis disgustado al Rey, pero no a mí; aceptad este presente como recuerdo de mi favor, y desde este momento... abandonad el reino... Sólo en España se os dirá culpable; en mi querida Francia todos se complacerán en enjugar tales lágrimas. ¡Oh! Sin duda es fuerza recordármela siempre. (Se apoya en la de Olivares y oculta su rostro.) En mi querida Francia no pasaba esto.
REY. (Algo conmovido.)- ¿Un reproche de mi amor puede afligiros de tal modo? ¡Una sola palabra que puso en mis labios la más tierna solicitud! (Dirigiéndose a los grandes.) Ved en torno mío a los vasallos de mi trono; decid si nunca se rinden mis ojos al sueño antes de examinar qué ocurre en el corazón de mis pueblos, en las más apartadas regiones. ¿Y habré de cuidar más de mi trono que de la esposa de mi corazón? Mi espada y el Duque de Alba responden de mis pueblos, pero sólo estos ojos me responden del amor de mi esposa.
REINA.- Señor, si os he ofendido!...
REY.- Soy llamado el hombre más rico del orbe cristiano, el sol no se pone en mis dominios. Pero cuanto poseo, otro lo poseyó antes que yo y otros lo poseerán después; cuanto pertenece al Rey, lo debe a la fortuna, pero Isabel es de Felipe, y por este lado soy mortal.
REINA.- ¿Teméis, señor?...
REY.- No temo todavía mis canas. Si empezara a temer, cesaría de temer. (Dirigiéndose a los grandes.) Cuento los grandes de mi reino... Falta el primero. ¿Dónde está Carlos, mi hijo? (Nadie contesta.) El joven Carlos empieza a causarme alguna inquietud. Desde que llegó de Alcalá, evita mi presencia; su sangre es ardiente; ¿por qué fría su mirada y solemne su aspecto? Fijad en él vuestra atención; os lo recomiendo.
ALBA.- Cuido de él. Mientras lata mi corazón bajo este peto, Felipe puede dormir tranquilo; del modo que el ángel de Dios a la puerta del Paraíso, vela el Duque de Alba al pie del trono.
LERMA.- No sé si deba contradecir, bien que humildemente, al Rey más cuerdo que ha existido jamás, pero venero demasiado la majestad de mi Rey para juzgar a su hijo con tal prontitud y rigor. Algo temo de la sangre ardiente de Carlos, pero nada de su corazón.
REY.- Conde de Lerma, vuestro lenguaje lisonjea al padre, pero el Duque defiende al Rey. No se hable más de este asunto. (Dirigiéndose a su séquito.) Ahora vuelvo apresuradamente a Madrid, donde me llaman mis deberes de soberano. El contagio de la herejía invade mis pueblos y cunde la rebelión en los Países-Bajos; el tiempo apremia. Un castigo ejemplar y terrible debe convertir a los extraviados, y mañana cumpliré el gran juramento que prestaron todos los reyes de la cristiandad. La sangrienta ejecución será sin ejemplo; convoco solemnemente a presenciarla a toda la corte. (Se lleva a la Reina. Los demás le siguen.)


Escena VII
Don CARLOS con algunas cartas en la mano. - El MARQUÉS DE POSA: entran por el lado opuesto.
CARLOS.- Estoy decidido: sálvese Flandes. Me basta que ella lo quiera.
MARQUÉS.- No hay instante que perder. Dicen que el Duque de Alba se halla ya en el gabinete, nombrado gobernador.
CARLOS.- Mañana pido una audiencia a mi padre, y solicito para mí este cargo; primera demanda que me atrevo a dirigirle y que no puede rehusar. No se ofrecerá mejor pretexto para alejarme de Madrid, donde siente que me halle mucho tiempo ha. Y espero algo más todavía, Rodrigo... Debo confesártelo... Tal vez al vernos frente a frente podré congraciarme con él... Quiero ver si le mueve la voz de la naturaleza, que no ha oído todavía en mis labios.
MARQUÉS.- Por fin encuentro a mi Carlos, por fin volvéis en vos.


Escena VIII
Dichos. - El CONDE DE LERMA.
LERMA.- El Rey sale inmediatamente de Aranjuez. He recibido la orden.
CARLOS.- Bien, Conde; sigo al Rey.
MARQUÉS. (Hace que se separa y con ceremonia.)- ¿V. A. no tiene más que mandarme?
CARLOS.- Nada más, caballero; os deseo feliz llegada a Madrid. Me daréis otro rato más noticias de Flandes. (A Lerma que aguarda.) Os sigo. (El conde sale.)


Escena IX
CARLOS. - El MARQUÉS.
CARLOS.- Te he comprendido y te doy las gracias pero sólo la presencia de un tercero excusa este respeto. ¿No somos dos hermanos? Deseo que desde ahora cese entre nosotros esta comedia de la jerarquía. Figúrate que nos hemos encontrado en un baile de máscaras, tú disfrazado de esclavo, yo envuelto por capricho en un manto de púrpura. Mientras dura la farsa, respetémosla con cómica gravedad, por no llamar la atención de la aturdida muchedumbre, pero a través de su disfraz, Carlos te hace una seña, le estrechas la mano, y nos comprendemos.
MARQUÉS.- ¡Sueño fascinador!... ¿No se disipará jamás? ¿Mi Carlos está bastante seguro de sí mismo para arrostrar las seducciones de su ilimitada soberanía? Porque debo recordaros que llegará para vos momento solemne en que esta alma heroica será sometida a duras pruebas!... Muere Felipe, y hereda Carlos el más vasto imperio de la cristiandad, un espacio inmenso le separa de los mortales. Ayer hombre, hoy dios. No tiene ya ninguna flaqueza. Los deberes eternos callan ante él. La humanidad que resuena como una gran palabra en su oído, vendiéndose al ídolo, se arrastra a sus plantas. Se extingue su compasión y se enerva su virtud en brazos de la voluptuosidad. El Perú le envía oro para sus locuras, y la corte pone demonios a su servicio. Duérmese embriagado bajo el cielo que sus esclavos han tendido hábilmente sobre su cabeza, y dura su divinidad lo que su sueño. ¡Ay del insensato que movido a compasión le despierte!... ¿Qué hará Rodrigo? La amistad es sincera y audaz; la majestad debilitada no soporta su terrible claridad como no soportaréis la arrogancia del ciudadano, tampoco yo el orgullo del Príncipe.
CARLOS.- Tu pintura del monarca es exacta y terrible; sí..., te creo..., pero sólo la voluptuosidad abre la puerta al vicio. Tengo veinte y tres años y soy puro. Cuántos millares de seres han disipado locamente en orgías, la mejor parte de la inteligencia, la fuerza viril, lo he conservado para el futuro soberano, y si las mujeres no pudieron, ¿quién podrá arrojarte de mi corazón?
MARQUÉS.- ¿Y podría amaros profundamente, Carlos, si debiese temeros?
CARLOS.- Nunca llegará este caso. ¿Tienes necesidad de mí? ¿Sientes alguna pasión de las que mendigan junto al trono? ¿Puede seducirte el oro cuando eres más rico como vasallo, que no lo seré yo nunca como rey? ¿Codicias honores, si joven aun te he visto colmado de ellos y los desdeñaste?... ¿Quién de ambos será el acreedor o el deudor?... Callas; ¿tiemblas ante esta prueba?... ¿Estás seguro de ti mismo?
MARQUÉS.- Pues bien; cedo; he aquí mi mano.
CARLOS.- Mía es.
MARQUÉS.- Para siempre, en el más lato sentido de la palabra.
CARLOS.- ¡Tan fiel y ardiente para el futuro rey, como hoy para el Príncipe!...
MARQUÉS.- Os lo juro...
CARLOS.- Si la sierpe de la lisonja se enrosca a mi corazón indefenso; si estos ojos olvidan las lágrimas en otro tiempo vertidas; si mi oído se cierra a la queja, intrépido custodio de mi virtud, ¿acudirás a fortalecerme, a recordar a mi genio su nombre venerando?
MARQUÉS.- Sí.
CARLOS.- Una súplica aún; trátame de tú; envidié siempre a tus iguales este privilegio de la confianza, y esta palabra fraternal hechiza mi corazón y mi oído con el dulce sentimiento de la igualdad. Supongo lo que vas a decir; esto para ti es una bagatela, mas para mí, hijo de rey, es mucho. ¿Quieres ser mi hermano?
MARQUÉS.- Tu hermano.
CARLOS.- Ahora ya no temo nada en Palacio; mi brazo en el tuyo desafío a mi siglo.
Acto II
El Palacio Real de Madrid
Escena Primera
El REY FELIPE, sentado en su trono. - El DUQUE DE ALBA, a alguna distancia del Rey y cubierto.- CARLOS.
CARLOS.- El Estado es antes que yo. Carlos cede el paso al ministro, que habla en nombre de España... Yo soy el hijo de la casa. (Se retira haciendo una reverencia.)
REY.- El Duque aguarda, y el Príncipe puede hablar.
CARLOS. (Dirigiéndose al Duque.)- Debo, pues, a vuestra magnanimidad el favor de hablar al Rey. Harto sabéis que un hijo puede hallarse en el caso de confiar a su padre algo que un tercero no debe oír, y como no he de quitaros al Rey, sólo pido que me dejéis con mi padre por este momento.
REY.- El Duque se halla aquí en calidad de amigo mío.
CARLOS.- ¿He merecido, por mi parte, considerarle también como tal?
REY.- Obraríais cuerdamente mereciéndolo, pues no gusto de los hijos que pretenden elegir mejor sus amigos que su padre.
CARLOS.- No sé cómo la caballeresca altivez del Duque de Alba puede soportar semejante escena. ¡Por vida mía! Ni por una corona quisiera representar este papel de importuno que se interpone entre el padre y el hijo sin ser llamado, y aquí se planta, conociendo su nulidad.
REY. (Se levanta y dirige a su hijo una mirada de cólera.)- Salid, Duque. (Éste se va por donde ha entrado el Príncipe, pero el Rey le indica otra puerta.) No... En el gabinete, hasta que yo os llame.


Escena II
El REY. - CARLOS.
CARLOS. (Se dirige al Rey y se precipita a sus plantas vivamente conmovido.)- ¡Padre mío! Recobro a mi padre; ¡mil gracias por semejante favor! Vuestra mano... padre mío! ¡Oh, día de ventura! ¡Mucho tiempo ha que se rehusaba al hijo tan dulce beso! ¿Por qué padre mío, me habéis alejado por tanto tiempo de vuestro corazón? ¿Qué hice para ello?
REY.- Príncipe, debieras ignorar semejantes artificios. Excúsalos, porque no gusto de ellos.
CARLOS. (Levantandose.)- Lo esperaba; paréceme oír a vuestros cortesanos. ¡Por el cielo, padre mío! No siempre dice verdad un sacerdote, ni las hechuras de un sacerdote. Mi corazón no está pervertido, padre mío: en el ardor de mi sangre consiste toda mi maldad, y mi juventud es mi pecado. No estoy pervertido, creedlo, y aunque los impulsos violentos de mi corazón hacen traición a mi naturaleza, mi corazón es bueno.
REY.- Sé que tu corazón es puro como tu plegaria.
CARLOS.- Ahora o nunca; estamos solos; ha desaparecido entre el padre y el hijo el antemural de la etiqueta. Ahora o nunca. Celeste rayo de esperanza brilla en el fondo de mi alma, henchida de suave presentimiento, y el cielo entero con sus coros de ángeles se inclina sobre mí... El mismo Dios tres veces santo contempla gozoso esta augusta y conmovedora escena... ¡Reconciliémonos, padre mío! (Cae a sus pies.)
REY.- Déjame; ¡levántate!
CARLOS.- ¡Reconciliémonos!
REY. (Desembarazándose de él.)- Esta comedia va pareciéndome harto insolente...
CARLOS.- ¡Una insolencia, el amor de vuestro hijo!
REY.- ¡Lágrimas!... ¡Indigno espectáculo!... Sal de mi presencia...
CARLOS.- Hoy o nunca... ¡Reconciliación, padre mío!
REY.- ¡Sal de mi presencia! Volvieras de un combate cubierto de humillación, mis brazos se abrirían para recibirte; pero en semejante estado te rechazo. Sólo la mancha de una vileza puede lavarse en tan vergonzosa fuente; quien no se avergüenza del arrepentimiento, jamás lo excusará.
CARLOS.- Pero ¿qué hombre es este? ¿Cómo pudo extraviarse entre los demás, este ser extraño a la humanidad? El eterno testimonio de la humanidad son las lágrimas; él tiene los ojos enjutos. En verdad que no es hijo de mujer... ¡Oh! Mientras es tiempo todavía, dejad que vuestros ojos aprendan a verter lágrimas, si no queréis invocarlas en vano, en un momento cruel.
REY.- ¿Crees por ventura que con tan bellas frases, harás bambolear la penosa duda de tu padre?
CARLOS.- ¿La duda? Si quiero anonadarla; si quiero hacer mío tu corazón de padre, con toda la fuerza de mi alma, hasta destruir la duda, muro de granito. ¿Qué son los que me han arrebatado la gracia de mi padre? ¿Qué ha podido ofrecerle el monje a cambio de su hijo? ¿Qué compensación le da Alba, por una vida sin hijo? ¿Acaso deseáis ser amado? Brota de mi corazón corriente de amor más viva y fresca, que en estas siniestras y perturbadas almas, abiertas sólo al oro de Felipe.
REY.- Detente, temerario. Te atreves a injuriar a mis servidores predilectos, que debes honrar...
CARLOS.- ¡Nunca!... Conozco cuánto puedo. Lo que hace el de Alba, Carlos es capaz de hacerlo, y aun más. ¿Qué le importa a un mercenario, el reino que no será jamás suyo? ¿Qué le importa que encanezcan vuestros cabellos? Vuestro Carlos os hubiera amado... Me aterroriza la idea de hallarme solo, aislado en el trono.
REY. (Conmovido por estas palabras, queda pensativo y ensimismado; después de un instante de silencio.)- ¡Estoy solo!
CARLOS. (Con vivacidad y calor, acercándose a él.)- Lo estuvisteis. Cese vuestro desdén y os amaré como un niño, os amaré con ardor; sólo os pido que ceséis de aborrecerme. ¡Cuán dulce y seductor ha de ser, sentirse honrado por un alma noble, saber que nuestro júbilo anima otro semblante, que nuestra ansiedad agita otro pecho, que nuestras penas bañan en lágrimas otros ojos! ¡Cuánta gloria para un padre en recorrer de nuevo la florida senda de la juventud, del brazo de su amado hijo, y en renovar con él el sueño de la vida! Tierna y grande tarea la de inmortalizarse por la virtud de un hijo, y derramar el bien a través de los siglos. Sembrar lo que un hijo cosechará; recoger lo que puede serle provechoso; presentir la grandeza de su reconocimiento y gratitud. ¡Ah, padre mío! ¡Vuestros monjes, harto prudentes, callan sobre este paraíso terrenal!
REY. (Con alguna emoción.)- ¡Oh, hijo mío! ¡Hijo mío! Tú mismo pronuncias tu sentencia, cuando pintas con tan encantadoras frases una felicidad que nunca me has concedido...
CARLOS.- ¡Júzguelo Dios! Vos mismo me habéis alejado de vuestro corazón y de vuestro gobierno, y hasta ahora con visible injusticia. Pues, ¿qué he sido yo en España, príncipe heredero de España, sino un extranjero, un prisionero en esta tierra de la cual seré un día soberano? ¡Cuántas veces, padre mío, bajé los ojos de vergüenza, recibiendo las noticias del palacio de Aranjuez por boca de los embajadores extranjeros o leyendo las gacetas!
REY.- Aún hierve en tus venas la sangre ardiente de la juventud, y sólo sabrías destruir.
CARLOS.- Pues bien, padre mío; ocupadme en destruir, puesto que mi sangre hierve... Tengo ya veinte y tres años, y aún no hice nada para la inmortalidad. Despierto y conozco cuanto puedo. Mi vocación para reinar me arranca de mi sueño como un acreedor, y el tiempo perdido pesa sobre mí como deuda sagrada. Llegó para mí el solemne momento en que debo dar cuenta de tan precioso depósito. La historia del mundo, y la fama de mis abuelos, y la sonora trompeta de la gloria me llaman. Llegó para mí el instante de franquear las gloriosas fronteras del honor. ¿Puedo formular la súplica que me ha conducido aquí?
REY.- ¿Todavía una súplica? Habla.
CARLOS.- Cunde la sublevación en Brabante a un punto que aterra, y la contumacia de los rebeldes exige sabia y vigorosa resistencia. Para dominarlos, el Duque, investido por su Rey de poder absoluto, debe llevar a Flandes su ejército. ¡Gloriosa misión que contendría a vuestro hijo para conducirle al templo de la gloria! Confiadme, ¡oh Rey! Confiadme este ejército. Cuento con la adhesión de los flamencos, y respondo con mi vida de su fidelidad.
REY.- Hablas como un soñador. Esta empresa requiere un hombre y no un niño...
CARLOS.- Requiere un hombre, padre mío, y precisamente el de Alba no lo ha sido nunca.
REY.- Sólo por el terror puede dominarse la revuelta; la clemencia sería locura... Tu alma es débil, hijo mío, y el Duque en cambio es temido. Renuncia a tu pretensión.
CARLOS.- Enviadme a Flandes con el ejército; confiad en esta alma débil. Al solo nombre del hijo de Rey precediendo a nuestras banderas, será conquistado un país que sólo sabrán devastar los verdugos del Duque de Alba. Os lo pido de rodillas; es la primera gracia que os suplico, padre mío; confiadme Flandes.
REY. (Clavando en su hijo una mirada penetrante.)- ¡Y confiaré al propio tiempo mi mejor ejército a tu ambición, el puñal al asesino!
CARLOS.- ¡Oh, Dios!... No he adelantado un paso! Este es el fruto de tan solemne instante, por tanto tiempo deseado. (Después de un momento de reflexión y con tono solemne pero suave.) Respondedme con más dulzura, y no me alejéis así de vuestro lado: sentiría dejaros después de tan tristes palabras, y con el corazón oprimido. Tratadme con más bondad; os expongo mi más apremiante deseo, mi última tentativa, tentativa que inspira la desesperación. Porque no puedo, no puedo soportar con mi firmeza humana, que me lo rehuséis todo, absolutamente todo. Os dejo ahora sin haber sido comprendido; engañado en mis caros proyectos. Vuestro Duque de Alba y vuestro Domingo reinarán victoriosamente, después que vuestro hijo ha llorado, hundida la frente en el polvo. Allí estaba la temblorosa turba de los cortesanos, y de los grandes, y el pálido cortejo de los monjes, cuando me habéis concedido solemnemente esta audiencia; no me humildes, no me hiráis mortalmente, padre mío; no me sacarifiquéis de un modo ignominioso a la turba insolente de la corte. No se diga que mientras los extraños rebosan en favores, nada puede obtener Carlos con sus súplicas. Probad que queréis honrarme enviándome a Flandes con el ejército.
REY.- No repitas estas palabras, si temes mi cólera.
CARLOS.- La arrostro repitiendo mi súplica por tercera vez. Confiadme Flandes. Debo abandonar España; me es forzoso; porque continuar aquí es respirar bajo la mano del verdugo. El cielo de Madrid oprime mi ánimo como la idea de un asesinato, y sólo un pronto cambio de clima podría curarme. Si me queréis salvar, enviadme a Flandes sin pérdida de tiempo.
REY. (Con afectada confianza.)- Los enfermos como tú, hijo mío, exigen solícitos cuidados, y deben permanecer bajo la vigilancia del médico. Seguirás en España y el Duque irá a Flandes.
CARLOS. (Fuera de sí.)- ¡Ahora, protegedme, ángeles míos!
REY.- Detente... ¿Qué significa la expresión de tu rostro?
CARLOS. (Con voz temblorosa.)- ¡Padre mío! ¿Esta decisión es irrevocable?
REY.- Parte del Rey.
CARLOS.- He cumplido con mi deber. (Vase vivamente agitado.)


Escena III
El REY queda abismado durante algunos instantes en profunda meditación: por fin da algunos pasos hacia el salón. - ALBA se acerca turbado.
REY.- Disponeos a salir para Bruselas a la primera orden.
ALBA.- Todo está dispuesto, señor.
REY.- Vuestros plenos poderes están ya sellados en mi gabinete. Despedíos de la Reina, y antes de partir, presentaos al Príncipe.
ALBA.- Le he visto salir de aquí como un furioso. V. M. me parece también fuera de sí, y profundamente conmovido. Tal vez el tema de esta conversación...
REY. (Paseando a lo largo de la sala.)- El tema era el Duque de Alba. (El Rey se detiene y fija en él una mirada sombría.) Puedo saber sin sorprenderme que Carlos odia a mis cortesanos, pero advierto con pena que los desprecia. (Alba palidece e intenta hablar.) Ahora, ni una palabra. Os permito reconciliaros con el Príncipe.
ALBA.- Señor.
REY.- Decidme: ¿Quién fue el primero que me habló de los siniestros proyectos de mi hijo? Os escuché entonces sin oírle a él. Quiero aquilatar las pruebas, Duque. Desde hoy, Carlos vivirá más cerca de mi trono. Salid. (El Rey se retira a su gabinete. El Duque se va por otra puerta.)


Escena IV
Antesala de la habitación de la REINA. - D. CARLOS entra por la puerta del centro conversando con un PAJE; los cortesanos se dispersan por las habitaciones contiguas.
CARLOS.- ¿Una carta para mí? ¿Y para qué esta llave? ¡Y ambas remitidas con tal misterio! Acércate. ¿De dónde has sacado esto?
PAJE.- Por lo que he visto, la dama prefiere que se adivine quién es, antes que ser nombrada.
CARLOS.- ¿La dama? (Observa con más detención al Paje.) ¡Qué! ¡Cómo! ¿Quién eres tú, pues?
PAJE.- Un paje de S. M. la Reina.
CARLOS. (Asustado va a él, y le pone la mano en los labios.)- Eres muerto! ¡Detente! Sé lo bastante. (Rompe vivamente el sobre y se dirige a un rincón de la sala para leer la carta. Durante este intervalo, el Duque de Alba pasa sin que el Príncipe le vea y entra en la habitación de la Reina. Carlos tiembla y palidece, y se ruboriza a la vez. Después de haber leído, sigue silencioso por algún tiempo, fijos los ojos en la carta. Después vuelve a dirigirse al paje.) ¿Ella misma te ha dado esta carta?
PAJE.- Por su propia mano.
CARLOS.- ¿Ella misma te ha dado esta carta? ¡Oh, no me engañes!... No he visto aún una línea de su puño, y me veré obligado a creerlo, si puedes jurarlo. Si mientes, confiésalo con franqueza y no me engañes.
PAJE.- ¡Engañaros a vos!
CARLOS. (Mira de nuevo la carta, después contempla al paje dudoso; después de haber dado una vuelta por la sala.)- ¿Viven todavía tus padres, verdad? ¿Tu padre sirve al Rey? ¿Es hijo de aquí?
PAJE.- Fue muerto en San Quintín, siendo coronel de caballería del Duque de Saboya. Se llamaba Alfonso, y era conde de Henares.
CARLOS. (Le toma la mano y fija en él una mirada expresiva.)- ¡El Rey te ha entregado esta carta!
PAJE. (Inmutado.) Príncipe, ¿acaso he merecido esta sospecha?
CARLOS. (Lee.) «Esta llave abre las habitaciones que hay detrás del pabellón de la Reina. La más retirada de todas está junto a un gabinete donde no ha penetrado jamás un espía; allí, el amor puede expresar con toda libertad cuanto hasta ahora ha confiado a simples señas. El tímido amante será oído, y recompensada la modesta paciencia.» (Como si despertara de un letargo.) No sueño, no deliro... ¡Es realmente ésta mi mano derecha, y ésta, mi espada!... ¡Y estas son palabras escritas!... ¿Es verdad? ¡Es realidad!... Soy amado..., lo soy... Sí..., soy amado... (Se pasea agitado a lo largo de la sala, sin aliento y con los brazos extendidos.)
PAJE.- Venid, Príncipe; yo os guiaré.
CARLOS.- Dejadme antes volver en mí. ¡Conmueve aún todo mi ser el estremecimiento de la dicha! ¿Podía concebir tan osada esperanza? ¿Podía ni siquiera soñarla? ¿Dónde hallar el hombre que se acostumbrara tan pronto a la idea de convertirse en dios? ¿Qué era, qué soy ahora? Otro cielo, otro cielo brilla para mí... Me ama...
PAJE. (Quiere llevársele consigo.)- Príncipe, Príncipe, no es este el lugar... Olvidáis...
CARLOS. (Sobrecogido de súbito terror.)- El Rey, mi padre... (Deja caer sus brazos, mira en torno suyo con espanto, y empieza a serenarse.) Esto es espantoso. Sí; tienes razón, amigo mío; te doy las gracias; no estaba en mí. ¡Que me sea forzoso callar, ocultar en mi pecho tanta ventura... Es horrible, horrible! (Toma el paje de la mano, y le lleva aparte.) Lo que has visto, óyeme bien, y lo que no has visto, debe ser encerrado en tu corazón como en un ataúd. Ahora ve; acudiré a la cita; ve; no conviene que nos sorprendan aquí; ve. (El paje va a salir.) Aguarda; oye. (El paje vuelve; Carlos pone la mano en su hombro y le dice mirándole severo.) Te llevas contigo un terrible secreto, semejante a aquellos activos venenos que rompen el vaso que los contiene. Domina la expresión de tu rostro, y que no sepa nunca tu inteligencia lo que oculta tu corazón; sé como el eco, que recibe y repite el sonido, sin oír nada. Eres un niño; selo siempre, y continúa jugando alegremente. ¡Muy hábil y prudente se ha mostrado la que te eligió por mensajero del amor! Seguramente no irá a buscar el Rey, entre los niños, sus víboras.
PAJE.- Por mi parte, Príncipe, me enorgullezco de poseer un secreto que no posee el Rey.
CARLOS.- Mancebo vanidoso, esto precisamente debiera hacerte temblar. Si ocurre el encontrarnos, acércate a mí con timidez y sumisión! Cuidado con que la vanidad te impulse a dejar comprender que el Príncipe te es favorable, porque tu mayor crimen, hijo mío, sería el complacerme. Cuanto debas decirme desde ahora, no me lo digas con palabras; no lo fíes a tus labios; no sigan tus noticias la senda ordinaria de los pensamientos; háblame con la mirada, por señas; te comprenderé en un abrir y cerrar de ojos. El ambiente que respiramos, la luz que nos rodea, estas mudas paredes; todo está vendido a Felipe. Alguien viene. (La habitación de la Reina se abre y sale el Duque de Alba.) Sal... Hasta luego.
PAJE.- Príncipe, no equivoquéis la habitación... (Vase.)
CARLOS.- El Duque... No; no; la encontraré.


Escena V
D. CARLOS. - El DUQUE DE ALBA.
ALBA. (Colocándose delante del Príncipe.)- Una palabra, Príncipe.
CARLOS.- Perfectamente; está bien... Otro rato. (Hace que se va.)
ALBA.- No es este, en efecto, el lugar más a propósito para hablaros, y tal vez plazca a V. A. concederme audiencia en su habitación.
CARLOS.- ¿Y por qué?... La audiencia puede verificarse aquí; hablad pronto y con brevedad.
ALBA.- Me conduce a V. A. antes que todo, la gratitud que le debo por la orden que conoce.
CARLOS.- ¿Gratitud... a mí? ¿Por qué motivo me debe gratitud el Duque de Alba?
ALBA.- Apenas ha salido V. A. del despacho del Rey, he recibido la orden de salir para Bruselas.
CARLOS.- ¿Para Bruselas? ¡Ah!
ALBA.- ¿A quién sino a la favorable intervención de V. A., podré atribuir?...
CARLOS.- ¿A mí?... No, por cierto, a mí. Partid, partid y que Dios os acompañe.
ALBA.- ¿Ni una palabra más?... Me sorprende. ¿V. A. no tiene que darme algunas órdenes para Flandes?
CARLOS.- ¡Qué más debo decir!... ¿Y por qué para Flandes?
ALBA.- Pareciome hace poco que la suerte de este país reclamaba la propia presencia de D. Carlos.
CARLOS.- ¿Cómo es esto?... ¡Ah! Sí; así fue, pero ahora todo me parece perfectamente, perfectamente; casi mejor.
ALBA.- Os escucho con sorpresa.
CARLOS. (Con ironía.)- Sois un gran general, ¿quién lo ignora? La misma envidia debe reconocerlo. Yo soy muy joven todavía; tal ha sido también la opinión del Rey. El Rey tiene razón; tiene razón por completo; lo veo ahora, y estoy satisfecho. Por tanto, hemos hablado bastante sobre esto, y os deseo un feliz viaje; no puedo, como veis, detenerme más, porque tengo mucho que hacer. Dejemos el resto para mañana, o para cuando vos queráis, o para cuando regreséis de Bruselas.
ALBA.- ¿Cómo?
CARLOS. (Después de un momento de silencio, viendo que el Duque no ha salido todavía.)- Salís de aquí en buena estación; atravesaréis el Milanesado, la Lorena, Alemania... Alemania, sí; precisamente era en Alemania; allí os conocen. Estamos en abril, mayo, junio, julio...; perfectamente; en agosto, a más tardar, estaréis en Bruselas... ¡Oh! No dudo que muy luego oiremos hablar de vuestras victorias; os haréis digno de nuestra bondadosa confianza.
ALBA. (Con acento intencionado.)- ¿Será tal vez con el reconocimiento de mi nulidad?
CARLOS. (Después de un momento de silencio, con altivez y dignidad.)- Sois susceptible, Duque, y con razón. Debo confesar que es poco generoso por mi parte usar contra vos, armas que no estáis en el caso de usar contra mí...
ALBA.- ¿No estoy en este caso?
CARLOS. (Presentándole la mano y riendo.)- Lástima que me falte el tiempo para empeñar un noble combate con el Duque de Alba... Otra vez...
ALBA.- Príncipe, ambos calculamos de diferente manera. Vos, por ejemplo, lo aplazáis para dentro veinte años, y yo me refiero a veinte años hace.
CARLOS.- ¿Y bien, qué?
ALBA.- Estoy pensando, cuántas noches trascurridas junto a vuestra madre, la Princesa de Portugal, hubiera dado el Monarca para atraer al servicio de la corona un brazo como el mío... No ignoraba el Rey cuánto más fácil es perpetuar la progenie que consolidar la monarquía, y que se provee más pronto de un rey al mundo, que de un mundo al Rey.
CARLOS.- Es muy cierto, sin embargo, Duque, sin embargo...
ALBA.- El Rey no ignoraba cuánta sangre de sus pueblos era preciso derramar, antes que un par de gotas de sangre hicieran de vos un rey.
CARLOS.- Es muy cierto, vive Dios; y en dos palabras habéis formulado lo que el orgullo del mérito puede oponer al orgullo de la fortuna. Pero no veo la consecuencia, Duque...
ALBA.- ¡Desdichado del príncipe que en la cuna se mofa de su nodriza! Muy grato le será sin duda descansar muellemente, y adormecerse en brazos de nuestras victorias. Sólo las perlas brillan en la corona, sin que se vean las heridas que han costado... Esta espada, Príncipe, impuso las leyes españolas a pueblos extranjeros, fulguró delante del pendón de la cruz y ha trazado sobre el continente sangrientos surcos, para sembrar en ellos la semilla de la fe. Dios era juez en el cielo; yo, en la tierra.
CARLOS.- Dios o el diablo; lo mismo da. Harto sé que erais su brazo derecho... Os suplico que no hablemos más de eso... Quisiera evitar ciertos recuerdos... Respeto la elección de mi padre, porque mi padre necesita un Duque de Alba; precisamente esto es lo que no le envidio... Sois un grande hombre; sea; me inclino a creerlo; temo solamente que os hayáis anticipado algunos siglos en nacer... Un hombre como el Duque de Alba, debería venir allá en el momento de la consumación de los siglos, cuando la gigantesca audacia del crimen habrá agotado la paciencia del cielo, y la abundante cosecha de maldades, ya en sazón, requerirá un segador sin par... Entonces estaréis en vuestro centro. ¡Dios mío!... ¡Mi paraíso!... ¡Mi Flandes!... Pero es forzoso no pensar mas en ello..., ni una palabra más sobre esto... Dicen que os lleváis de aquí una porción de sentencias de muerte, firmadas de antemano... ¡Laudable precaución que evita para más tarde todo efugio! ¡Oh, padre mío! ¡Cuán mal he comprendido tus intenciones! Te acusaba porque me negaste un cargo en el que había de lucirse el Duque de Alba, cuando con esta negativa empezabas a darme una prueba de tu estimación.
ALBA.- Príncipe..., estas palabras merecerían...
CARLOS. (Interrumpiéndole.)- ¡Qué!
ALBA.- Pero vuestro título de hijo del Rey os sirve de escudo...
CARLOS. (Desenvainando su espada.)- Esto pide sangre... Vuestra espada, Duque...
ALBA. (Fríamente.)- ¿Contra quién?
CARLOS. (Cayendo sobre él.)- En guardia, u os atravieso el corazón...
ALBA.- Puesto que es fuerza... (Se baten.)


Escena VI
La REINA. - D. CARLOS. - El DUQUE DE ALBA.
REINA. (Sale asustada de su habitación)-. ¡Desenvainados los aceros! (Al Príncipe, con enfado y voz imperiosa.) ¡Carlos!
CARLOS. (A quien la presencia de la Reina pone fuera de sí, deja caer su brazo, se queda inmóvil, y después corre a abrazar el Duque.)- ¡Hagamos las paces, Duque; sea olvidado todo! (Se arroja a los pies de la Reina, después se levanta y sale muy agitado.)
ALBA. (Inmóvil, no le pierde de vista.)- ¡Vive Dios! ¡Cosa más rara!
REINA. (Después de un instante de turbación e inquietud, avanza lentamente hacia su habitación; y en el dintel de la puerta, se vuelve.)- ¡Duque de Alba!
Escena VIII
Gabinete de la Princesa de Éboli.
La PRINCESA caprichosamente vestida, pero con exquisito gusto, toca el laúd, y canta. - Luego el PAJE de la Reina.
PRINCESA. (Se levanta sobresaltada.)- ¡Él llega!
PAJE. (Corriendo.)- ¿Estáis sola? Me sorprende no encontrarle aquí, pero llegará sin duda al instante...
PRINCESA.- ¿Vendrá?... ¿Consiente él?... Todo está resuelto...
PAJE.- Viene detrás de mí... Noble Princesa, os ama, os ama, pero como nadie os amó; como no habéis sido amada nunca... ¡Qué escena he presenciado!...
PRINCESA. (Con impaciencia.)- Presto, di, ¿le has hablado? ¿Qué te ha dicho? ¿Qué cara ha puesto? ¿Qué ha dicho? ¿Se ha turbado? ¿Acertó con el nombre de la persona que le ha enviado la llave, o no? ¿Ha sospechado si era otra? ¡Por Dios! No me respondes palabra... ¡Estás como avergonzado! Nunca me has parecido tan torpe, tan tonto, tan insoportable...
PAJE.- ¡Pero si no me dejáis hablar! Le he entregado la llave y el billete, y me ha parecido que se corría cuando le he dicho que era el enviado de una dama.
PRINCESA.- ¡Qué se corría!... Muy bien, muy bien... Vaya; continúa...
PAJE.- Quería decirle algo más, pero ha palidecido, me ha arrancado la carta de la mano, y lanzándome una mirada amenazadora, me ha dicho que lo sabía todo.
PRINCESA.- ¡Que lo sabía todo! ¡Que lo sabía todo!... ¿Esto ha dicho?
PAJE. -Me ha preguntado por tres o cuatro veces si vos misma me habíais realmente entregado esta carta.
PRINCESA.- ¿Si era yo misma?... ¡Y ha pronunciado mi nombre!
PAJE.- No; no ha pronunciado vuestro nombre.- Algunos espías, me ha dicho, podrían escucharme y contárselo todo al Rey.
PRINCESA. (Sorprendida.)- ¿Ha dicho esto?
PAJE.- A quien le importaba mucho, ha añadido, tener noticia de aquella carta.
PRINCESA.- ¿Al Rey? ¿Has oído bien? ¿Al Rey? ¿Ha pronunciado precisamente esta palabra?
PAJE.- Sí; ha dicho que era un secreto peligroso, y me ha aconsejado que pusiera atención en lo que hablaba y en lo que hacía, a fin de que el Rey no conciba la menor sospecha.
PRINCESA. (Después de un momento de reflexión, muy sorprendida.)- Todo se acuerda perfectamente, y no puede ser sino que conoce esta aventura... ¡Es inconcebible! ¿Quién puede haberle revelado... Quién? Repito... ¿Quién puede ser, sino el amor, el amor de vista de lince... penetrante, profunda?... Pero continúa, continúa... ¿Ha leído el billete?
PAJE.- El billete, decía él, le anunciaba una dicha que le hacía temblar y que no se hubiera atrevido a soñar nunca... Por desgracia el Duque ha entrado en la sala, y esto nos ha obligado...
PRINCESA. (Con acritud.)- ¿Qué tenía que hacer el Duque allí?... ¿Pero, dónde está?... ¿Por qué tarda, por qué no parece? ¿Ves cómo te han informado mal? Podría ser ya feliz, durante el rato que tú empleas en contarme que quiere serlo.
PAJE.- Temo que el Duque...
PRINCESA.- Otra vez el Duque... ¡Qué tiene que ver con esto! ¡Qué tiene que ver el valiente general con mi tranquila felicidad!... Podía plantarlo, o mandarle que se retirara. ¿Con quién no se obraría así en estos casos? ¡Oh!... Me parece que tu Príncipe ni comprende el amor, ni el corazón de las mujeres, ni sabe lo que son los minutos... Silencio; oigo pasos. Vete; es el Príncipe. (El paje se va.) Ve, ve. ¿Dónde está mi laúd? Conviene que me sorprenda... Mi canto debe ser la señal...


Escena VIII
La PRINCESA. - Poco después CARLOS. - La Princesa se ha sentado sobre una otomana; toca el laúd.
CARLOS. (Entra precipitadamente, reconoce a la Princesa, y queda como herido del rayo.)- ¡Dios mío! ¿Dónde estoy?
PRINCESA. (Deja caer su laúd, y corre hacia él.)- ¡Ah! Príncipe Carlos... En verdad...
CARLOS.- ¡Dónde estoy!... ¡Torpe equivocación!... He tomado una habitación por otra.
PRINCESA.- ¡Cómo fija Carlos su atención en las habitaciones donde hay damas sin testigos!
CARLOS.- Perdonadme, Princesa; he encontrado el primer salón abierto.
PRINCESA.- ¡Es posible!... Paréceme, sin embargo, que lo había cerrado...
CARLOS.- Os lo parece..., sólo os lo parece, pero sin duda os equivocáis... que quisiste cerrarlo; conforme, pero no lo estaba; seguramente que no lo estaba... Oigo tocar un laúd... ¿No era un laúd? (Mira en torno suyo, dudoso.) Sí; vedle allí todavía... y el laúd... Yo gusto de esta música con locura... Soy todo oídos, y sin saber lo que me pasa, me apresuro a entrar en ese gabinete para ver los bellos ojos de la amable cantatriz, cuyo celeste hechizo me ha arrebatado.
PRINCESA.- Galante curiosidad que por lo que veo, ha desaparecido bien pronto. (Después de un momento de silencio, con acento intencionado.) ¡Oh! Estimo en mucho la modestia de quien para no ofender el pudor de una dama, se pierde en tales invenciones.
CARLOS. (Con confianza.)- Princesa, comprendo que agravo una situación que quisiera mejorar. Excusadme una tarea que no podría llevar a cabo cumplidamente. Buscabais sin duda en esta habitación un refugio contra la sociedad, y quieres, lejos de las miradas de los hombres, entregaros a los secretos deseos de vuestro corazón: yo llego aquí como importuno accidente que disipa vuestro sueño. Debo alejarme sin tardanza. (Hace que se va.)
PRINCESA.- (Sorprendida y desconcertada, y serenándose luego.) Príncipe, esto no me parece bien.
CARLOS.- Princesa, comprendo lo que significa vuestra mirada en este gabinete... y respeto la turbación de la virtud... ¡Ay de aquel a quien alienta el rubor de una mujer! Cuando las mujeres tiemblan ante mí, se apodera de mí la timidez.
PRINCESA.- ¡Es posible! Escrúpulo sin ejemplo en un joven y en un Príncipe. ¡Pues bien! Ahora debéis quedaros; os lo suplico... Semejante virtud disipa las inquietudes de una doncella... ¿Sabéis que vuestra súbita aparición me ha sorprendido a mitad de mi aria favorita? (Le conduce junto al sofá, y toma su laúd.) Príncipe Carlos, voy a tocar otra vez esta arieta; escucharla será vuestro castigo.
CARLOS. (Se sienta, no sin embarazo, junto a la Princesa.)- Castigo apetecible como mi falta. Por cierto que el canto me ha parecido tan bello y celestial, que le oiré con gusto tercera vez.
PRINCESA.- ¡Cómo!... Lo habéis oído... Esto es horrible, Príncipe. Era, me parece, un canto de amor...
CARLOS.- Y si no me engaño, de un amor feliz. ¡Linda letra para estos labios, pero sin duda más bella que verdadera!...
PRINCESA.- ¿Qué verdadera?... Decís... Así, ¿vos dudáis?
CARLOS. (Con seriedad.)- Dudo casi que Carlos y la Princesa de Éboli puedan jamás comprenderse tratándose de amor. (La Princesa se sorprende, él la observa, y continúa como galanteándola.) Porque, ¿cómo el que vea vuestras sonrosadas mejillas podrá creer que la pasión agita vuestro pecho? ¿La Princesa de Éboli puede correr el peligro de suspirar en vano y sin ser escuchada? Sólo conoce el amor quien ama sin esperanza.
PRINCESA. (Recobrando su alegría.)- ¡Oh! Callad, esto es espantoso. No parece que sea esta precisamente la desgracia que hoy os persigue, hoy menos que ningún otro día, buen Príncipe. (Le toma la mano con ternura.) No estáis muy alegre que digamos, por vida mía... Parece que sufrís mucho... ¿Es posible?... ¿Por qué sufrís, Príncipe?... ¿Vos, llamado a las delicias de este mundo, dotado de los presentes de pródiga naturaleza, nacido para aspirar a los goces de la vida vos, hijo de un gran Rey, que en vuestra cuna de Príncipe fuisteis además colmado de aquellos dones que eclipsan el mismo esplendor de vuestra elevada jerarquía; que en el riguroso tribunal de las mujeres las habéis fascinado... a ellas que sentencian sin apelación sobre el valor y la gloria de los hombres; vos, a quien basta una mirada para vencer, y que enardecéis con la propia frialdad...; cuyo amor daría el cielo y la dicha de los dioses...; el elegido por la naturaleza entre mil para colmaros de felicidad y de incomparables cualidades... Vos sufrís?... ¡Oh, Dios mío!... Tú que se lo prodigaste todo, ¿por qué le niegas ojos para ver sus triunfos?
CARLOS. (Que durante este rato ha permanecido absorto y distraído, vuelve en sí y se levanta súbitamente.)- Perfectamente; esto es incomparable, Princesa. Cantadme este trozo una vez más.
PRINCESA. (Mirándole sorprendida.)- Carlos, ¿en qué pensabais?
CARLOS. (Se levanta.)- ¡Ah! ¡Por el cielo! Vos me lo recordáis. A propósito; es preciso que vaya cuanto antes.
PRINCESA. (Deteniéndole.)- ¿Dónde?
CARLOS. (Con cruel ansiedad.)- A fuera, a respirar el aire libre. ¡Dejadme, Princesa! Paréceme que el mundo arde en llamas detrás de mí...
PRINCESA.(Deteniéndole con fuerza)- ¿Qué tenéis? ¿A qué se debe tan raro proceder? (Carlos se detiene y reflexiona; ella aprovecha este instante para atraerle al sofá.). Tenéis necesidad de descanso, querido Carlos; estáis agitado. Sentaos cerca de mí, y alejad de vuestra mente esta negra pesadilla que engendra la fiebre. Si os preguntarais francamente, ¿conozco lo que oprime mi corazón? Si lo supierais, ¿no habrá entre los caballeros de esta corte y entre las damas, nadie que lo consuele, que lo comprenda, quiero decir, nadie que sea digno?...
CARLOS. (Distraído.)- Tal vez la Princesa de Éboli...
PRINCESA. (Con alegría y viveza.)- ¿Es cierto?
CARLOS. -Dadme una carta, una recomendación para mi padre. Dádmela. Dicen que gozáis de mucha influencia.
PRINCESA.- ¿Quién lo dice? ¡Ah! La duda selló tus labios.
CARLOS.- Probablemente. La historia es ya pública; concebí de pronto el proyecto de ir a Brabante a ganar mis espuelas. Mi padre teme que el mando del ejército perjudique a mi voz.
PRINCESA.- Carlos, os estáis mofando de mí. Confesadlo; queréis escaparme con estos movimientos de culebra. Miradme de hito en hito, hipócrita. Quien sólo sueña en caballerescas hazañas, ¿podría rebajarse a escamotear con avidez las cintas que las damas dejan caer? Y permitidme (levanta ligeramente la gorguera de Carlos y coge una cinta que estaba oculta), y guardarlas con tal cuidado?
CARLOS. (Retrocediendo con sorpresa.)- Princesa, no; esto es demasiado; sin duda soy víctima de una traición. Es imposible engañaros; os entendéis con el demonio con los malos espíritus.
PRINCESA.- Parece que os sorprende. Apostemos, Príncipe, que yo es recuerdo cosas... cosas... Probadlo; interrogadme. Si no han pasado inadvertidas para mí, ni vuestras genialidades, ni vuestro acento sofocado, ni vuestra sonrisa, desvanecida al instante para dar lugar a la gravedad, ni vuestros menores gestos y actitudes, juzgad si habré comprendido lo que queríais darme a comprender.
CARLOS.- Esto es aventurar mucho, pero acepto la apuesta, Princesa. ¿Prometéis descubrir en mi corazón algo que ni yo mismo supe nunca que existiera?
PRINCESA. (Levemente ofendida y con gravedad.)- ¿Nunca, Príncipe?... Pensadlo mejor... Mirad que no os halláis en el gabinete de la Reina, donde es de rigor un poco de disimulo. Estáis turbado, y os ruborizáis de pronto. Realmente. ¿Quién podrá ser tan perspicaz y atrevido, y quien estará tan desocupado para espiar a Carlos, cuando Carlos se cree al abrigo de toda vigilancia? ¿Quién habrá podido notar que en el último baile dejó a la Reina, de quien era el acompañante, para dirigirse con premura a un grupo vecino y tender la mano a la Princesa de Éboli dejando a su real pareja? Distracción, Príncipe, que observó el mismo Rey, parecido en aquel instante.
CARLOS. (Con sonrisa irónica.)- ¿Hasta el Rey? En verdad, querida Princesa, que el caso no le debió parecer singular.
PRINCESA.- Ni más ni menos que la escena de la capilla del castillo, que sin duda el mismo príncipe Carlos no recordará. Os hallabais a los pies de la Virgen, abismado en la oración, cuando de repente... ¿Qué culpa tuvisteis de ello?... Rozaron el pavimiento a vuestra espalda las colas de algunas damas. Héteme aquí que el heroico hijo del rey Felipe empieza a temblar como un hereje delante del Santo Oficio; espira la oración en sus pálidos labios y en el arrebato de la pasión... fue aquella, Príncipe, una comedia conmovedora... Cogisteis la santa y fría mano de la Virgen y cubristeis el mármol de ardientes besos.
CARLOS.- Cometéis conmigo una injusticia, Princesa; fue devoción.
PRINCESA.- ¿Sí? Esto es otra cosa, Príncipe; entonces fue también por el temor de perder, que un día que Carlos jugaba con la Reina y conmigo, me hurtó mi guante con pasmosa habilidad. (Carlos se levanta turbado.) Bien es verdad que un momento después, fue harto galante para arrojarlo sobre la mesa en lugar de una carta.
CARLOS.- ¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¿Qué hice yo?
PRINCESA.- Nada que debáis negar a mi juicio. Grande fue mi júbilo y mi sorpresa, cuando inesperadamente hallé un billete que habíais sabido ocultar en el guante. La más patética poesía que...
CARLOS. (Interrumpiéndola súbitamente.)- Versos nada más. Con frecuencia se desprenden de mi cerebro es tas ligeras burbujas que se desvanecen del modo que se forman. No hablemos más en esto.
PRINCESA. (Alejándose sorprendida y mirándole un instante.)- Lo he apurado todo; todas mis tentativas resbalan sobre este hombre extraño como sobre una serpiente. (Calla durante breve rato.) ¡Pero calle! Si todo se debiera a su extraordinario orgullo, que empleando la máscara de la timidez, pretendiera hacer más dulces sus placeres! Sí... (Se acerca al Príncipe, y le mira perpleja.) Príncipe, decidme por fin... Me hallo delante una puerta cerrada, encantada, que mis llaves no pueden abrir.
CARLOS.- Lo mismo me pasa a mí con respecto a vos.
PRINCESA. (Se aparta de improviso, se pasea en silencio por el gabinete y parece preocupada con una idea importante. Por fin le dice, con acento grave y solemne.)- Bien, sea; es fuerza que me resuelva a hablar. Os hago juez de mi causa; sois leal, sois un hombre, en una palabra; sois príncipe y caballero; me arrojo en vuestros brazos: vos me salvaréis, y si me pierdo para siempre, lloraréis mi suerte. (El Príncipe se acerca a ella con curiosidad, interés y sorpresa.) Un insolente favorito del Rey, Ruy Gomez, conde de Silva, codicia mi mano. El Rey lo quiere y ya está acordada la venta. Soy vendida a su favorito.
CARLOS.- Vendida y siempre vendida, y siempre por el renombrado traficante de España.
PRINCESA.- No; antes, escuchadlo todo. No basta sacrificarme a la política, sino que se atenta a mi inocencia. Tomad; este escrito puede desenmascarar a este santo varón. (Carlos toma el papel, pero su impaciencia no le permite leerlo y sigue escuchando a la Princesa.) ¿Dónde encontraré, Príncipe, quien me salve? Hasta ahora mi orgullo ha protegido mi virtud, pero al fin...
CARLOS.- Al fin habéis sucumbido; ¿habéis sucumbido? ¡No! No! ¡En nombre del cielo no!
PRINCESA. (Con nobleza y altivez.)- ¿Y por quién? Miserable juicio! ¡Cuán débiles son los despreocupados! Estimar los favores de una mujer, la dicha del amor, como mercancía de la cual puede disponerse siendo como es la única cosa que sólo se compra a cambio de sí misma. El amor es el único precio del amor; el diamante inestimable que quiero dar u ocultar eternamente, sin gozar jamás de él, como aquel rico mercader que insensible al oro de Rialto y desafiando a los reyes, arrojó su perla entre los tesoros del mar, no queriendo en su orgullo abandonarla por menos de su valor...
CARLOS.- ¡Por Dios vivo! ¡Me gusta esta mujer!
PRINCESA.- Poco me importa que me tilden de caprichosa o de vanidosa; yo no reparto mis placeres. Al único que escoja, le daré todo por todo, y una sola vez y para siempre. Mi amor hará tan sólo la felicidad de uno, pero esta felicidad será divina. La arrobadora armonía del ser humano..., el beso..., la dicha de la hora propicia, la magia celestial de la belleza, no son más que colores de un solo rayo, hojas de una misma flor, ¿y podría yo ¡insensata! marchitar una sola hoja del sonriente cáliz y profanar la majestad de la mujer, la obra maestra de Dios, para alegrar los últimos días de un disoluto?
CARLOS.- ¡Me parece increíble! Cómo, ¡Madrid poseía semejante doncella, y yo no la conozco hasta hoy!
PRINCESA.- Mucho tiempo haría que me hubiera retirado de la corte y del mundo para sepultarme en un claustro, si no existiera aún para mí un lazo único y omnipotente que me encadena a él... ¡Ay! Es una ilusión tal vez, pero tan preciosa para mí! Amo, y no soy correspondida.
CARLOS. (Acercándose a ella con fuego.)- Lo sois: es tan cierto como que hay un Dios en el cielo; lo juro. Lo sois y con amor indecible.
PRINCESA.- ¿Me lo juráis? ¡Vos!... ¡Ah! Oigo la voz de mi ángel... Sí; si realmente lo juráis, Carlos, os creo y lo soy.
CARLOS. (La oprime entre sus brazos con ternura.)- Tierna y noble doncella, adorable criatura. Mis ojos, mis oídos, todo se arroba y admira delante de ti... ¿Quién que te haya conocido en su vida podrá envanecerse de no haber amado nunca? ¿Pero que vienes a hacer aquí, ángel hechicero, en la corte del rey Felipe, entre frailes, y bajo la dominación de los frailes? No se hizo este cielo para tales flores... Ellos podrían marchitarlas... podrían... ya lo creo. Mas, juro por mi vida que no será; te ciño con mis brazos, y en brazos te llevaré a través de los demonios y del infierno... Sí; ténme por tu salvador.
PRINCESA. (Con mirada amorosa.)- Oh! Carlos, ¡cuán mal os juzgaba! ¡Con qué largueza y maravilla recompensa vuestro noble corazón la fatiga que ha costado comprenderle! (Toma su mano e intenta besarla.)
CARLOS. (Retirándola.)- Princesa, ¿qué os pasa?
PRINCESA. (Con gracia y dulzura, y mirando fijamente su mano.) ¡Qué bella es! ¡Qué pródiga! Príncipe: esta mano tiene aún dos preciosos dones que entregar: una diadema, y el corazón de Carlos, y ambos tal vez a una mortal, a una sola: ¡presente demasiado grandioso quizá para una sola mortal!... Y qué, Príncipe, ¿si os decidierais a una partición? Las reinas suelen amar mal, porque la mujer que sabe amar no sabe reinar... Tanto mejor, Príncipe; repartiréis entre dos, semejantes dones, cuanto antes, cuanto antes. Tal vez lo habéis hecho ya; ¿lo habréis hecho realmente?... Tanto mejor... ¿Conozco yo a la afortunada?
CARLOS.- Tú la conocerás; yo me descubriré a ti, inocente criatura sin mancha, la primera y la única de esta corte digna de conocer mi alma entera. Sí, no quiero negarlo... amo...
PRINCESA.- ¡Ah, perverso! ¿Era tan difícil esta confesión! ¿No era también digna de piedad pareciéndote digna de amor?...
CARLOS. (Sobrecogido.)- ¿Qué? ¿Qué decís?
PRINCESA.- ¡Jugar conmigo de este modo! En verdad, Príncipe, que no hacéis bien. ¡Y negar hasta la llave!
CARLOS.- La llave! La llave! (Después de reflexionar en silencio.) Sí... esto era. Ahora lo advierto... ¡Oh, Dios mío! (Se doblan sus rodillas y se apoya en una silla ocultando el rostro.)
PRINCESA. (Después de un momento de silencio lanza un grito.)- Desdichada, ¿qué hice?
CARLOS. (Levantándose y con el más vivo dolor.)- ¡Caer tan bajo desde lo alto de mi cielo, es horrible!
PRINCESA. (Ocultando el rostro.)- ¡Dios mío, qué descubrimiento!
CARLOS. (De rodillas.)- No soy culpable, Princesa. La pasión... Un fatal error... Os juro que no soy culpable.
PRINCESA. (Rechazándole.)- ¡Salid de mi presencia en nombre del cielo!
CARLOS.- Jamás... abandonaros en tan espantosa agitación...
PRINCESA. (Rechazándole con fuerza.)- Salid por piedad, por generosidad, si no queréis matarme. Odio vuestra presencia. (Carlos va a salir.) Devolvedme mi carta y mi llave. ¿Dónde habéis metido la otra carta?
CARLOS.- ¿La otra carta? ¿Cuál?
PRINCESA.- La del Rey.
CARLOS. (Con espanto.)- ¿De quién?
PRINCESA.- La que os entregué hace poco.
CARLOS.- ¿Era del Rey? Y para quién? Para vos?
PRINCESA.- ¡Cielos! ¡En qué embrollo me he metido! ¡La carta! dádmela; la quiero.
CARLOS.- ¿La carta del Rey? Y para vos?
PRINCESA.- ¡La carta! Por toda la corte celestial...
CARLOS.- Esta carta que debía desenmascarar a cierto...
PRINCESA.- Yo muero; dádmela.
CARLOS.- La carta...
PRINCESA. (Junta las manos con desesperación.)- ¡Insensata! ¡En qué peligro me he puesto!
CARLOS.- La carta es del Rey. ¡Ah, Princesa! Esto muda el aspecto de las cosas. (Con la carta en la mano y con satisfacción.) Documento precioso, peligroso, inestimable que no podrían comprar todas las coronas de Felipe, asaz baladíes y de poco precio. Guardo esta carta. (Vase.)
PRINCESA. (Corre a su encuentro.) ¡Dios mío! Estoy perdida...


Escena IX
PRINCESA, sola.
(Permanece un instante absorta y fuera de sí; después de haber salido él, corre hacia la puerta llamándole.)
¡Príncipe! ¡Una palabra! ¡Príncipe! Oídme... Se aleja. ¿Esto más? Me desprecia. Héteme en un aislamiento horrible, rechazada, despreciada. (Cae en un sillón; después de un momento de silencio.) No; ¡pero sacrificada a una rival! Ama; no hay duda, puesto que él mismo lo ha confesado; ¿pero quién es esta mujer feliz? Por lo visto ama a quien no debiera, ya que teme ser descubierto y oculta su pasión al Rey. ¿Por qué al Rey que desearía verle enamorado? ¿O será tal vez que teme al padre? Cuando ha sabido los galanteos del Rey, su rostro se ha regocijado y parecía feliz y contento; ¿por qué su virtud severa no le ha censurado precisamente esto? De qué le aprovecha que el Rey, infiel a la Reina... (Se detiene como sobrecogida por un pensamiento repentino, al propio tiempo saca de su seno la cinta que tomó a Carlos, la mira y la reconoce al instante.) ¡Oh, cuán insensata era! ¿Dónde tenía los ojos? Por fin se abren a la luz... se amaban, se amaban antes que el Rey la eligiese... El Príncipe nunca me ha visto sin ella; en ella pensaba, pues, mientras yo me creía amada tan inmensamente y con tal ardor; ¡ah! ¡Engaño sin ejemplo! ¡Y yo le revelé mi flaqueza! (Pausa.) ¿Amará sin esperanza, no puedo creerlo; un amor sin esperanza no habría resistido a esta lucha. No se sacrifica a este amor una dicha por la que suspira en vano el Rey más poderoso del orbe. ¡Qué ardiente era su beso y con qué ternura me oprimía sobre su palpitante corazón! La prueba era demasiado fuerte para su romancesca fidelidad, si no fuese premiada... Tomó la llave que creía recibir de la Reina, creyó en este paso de gigante; llega aquí, pues, pensando que la mujer de Felipe ha sido capaz de dejarse arrastrará tamaña resolución!... ¿Cómo, cómo hubiera podido creerlo, si graves pruebas no le hubiesen alentado? Esto es claro; fue oído y ella le ama; la muy santa se ha dejado enternecer. ¡Qué habilidosa! Yo misma temblaba en la presencia altanera y temible de esta virtud, y parecíame que un carácter superior se elevaba delante de mí, eclipsándome con sus esplendores; envidiaba a su belleza, su augusta serenidad, libre de todas las agitaciones de nuestra naturaleza mortal. ¡Y esta serenidad era sólo aparente! ¿Pretende quizás gustar de una noble dicha conservando hábilmente el exterior de una virtud sobrehumana y saboreando al propio tiempo las secretas delicias del vicio? En esto consiste su audacia; ¿conseguirá su hipócrita empeño, sin que lo impida la venganza por falta de un vengador? ¡No, por el cielo! Yo le adoraba, y esto pide venganza; el Rey conocerá esta bellaquería... ¡El Rey! (Después de un momento de reflexión.) Sí; este es el medio para que lo sepa.


Escena X
Una habitación del palacio del Rey
El DUQUE DE ALBA. - DOMINGO.
DOMINGO.- ¿Qué queréis decirme?
ALBA.- Debo comunicaros un descubrimiento importante que hice hoy, del cual quisiera poseer la clave.
DOMINGO.- ¿Qué descubrimiento? ¿De qué se trata?
ALBA.- El príncipe Carlos y yo nos hemos encontrado esta tarde en el salón de la Reina. Me había ofendido. Nos hemos acalorado y venido por fin a las armas, cruzando los aceros; oye este rumor la Reina y abre la puerta; se lanza entre ambos y dirige al Príncipe una mirada que expresaba confianza en su poder. A esta mirada, su brazo se detiene, se arroja a los míos, me estrecha con ardor, y desaparece.
DOMINGO. (Después de breve pausa.)- Esto da lugar a la sospecha y me recuerda algo, Duque... Confieso que de mucho tiempo a esta parte germina en mí un pensamiento de este género; sueño que rechazaba y no confié a nadie todavía. Porque hay puñales de doble filo, amigos dudosos y desconfío de ellos. Es difícil conocer a los hombres y más difícil penetrarlos. Las palabras que se nos escapan son confidentes irritados. Esta es la causa de que ocultara mi secreto, esperando la hora de revelarlo, porque es peligroso, Duque, prestar ciertos servicios a los reyes, y errar el tiro expone a ser herido de rechazo. Cuanto dijera podría jurarlo por la sagrada hostia, pero pesan más en la balanza un testigo ocular, una palabra sorprendida, un trozo de papel, que mis íntimas convicciones. Por desgracia nos hallamos en España.
ALBA.- ¿Y por qué, por desgracia?
DOMINGO.- En cualquier otra corte la pasión puede olvidarse, pero aquí se halla retenida por la severidad de las leyes. Difícil es que una reina ceda, ya lo creo... Mas por desgracia hasta que llegaremos a sorprenderla...
ALBA.- Oídme todavía. Carlos ha visto hoy al Rey. La audiencia ha durado una hora. Solicitaba el gobierno de los Países-Bajos en alta voz y con tal vivacidad que le he oído desde el gabinete. Cuando le hallé junto a la puerta tenía los ojos enrojecidos por el llanto, y después cuando le he visto por la tarde, se me presenta con aire de triunfo. Me dice que se alegra de que el Rey me haya otorgado la preferencia, y que le da las gracias por ello. Las cosas han cambiado, añade, y vale más así. Él no ha sabido nunca disimular; ¿cómo explicar, pues, sus contradicciones? El Príncipe se alegra de ser pospuesto y el Rey me concede una gracia, con todas las apariencias de su cólera. ¿Qué debo creer? En verdad que esta nueva dignidad parece más un destierro que un favor.
DOMINGO.- A este punto han llegado las cosas; ¿y será derribado en un instante lo que hemos construido a fuerza de tantos años? ¿Y permaneceréis tan sereno e impasible? Acaso no conocéis a este joven; ¿no prevéis que nos espera el día en que el Príncipe suba al trono? No soy ciertamente su enemigo. Otros cuidados turban mi reposo, que dicen al trono de Dios y a su Iglesia... El Príncipe... le conozco bien, he penetrado en su alma; el Príncipe alimenta un terrible proyecto, Duque; el proyecto de ser regente y abjurar nuestra santa religión. Su corazón arde por nuevas virtudes que se bastan orgullosas a sí mismas y no imploran ninguna creencia. El Príncipe piensa; su mente se enardece con extrañas ilusiones; honra al hombre; ¿será él, Duque, quien nos convenga por rey?
ALBA.- Fantasmas y nada más. Sugestiones tal vez del orgullo juvenil, que aspira a representar su papel y no halla otro partido. Esto pasará cuando le llegue el turno de reinar.
DOMINGO.- Lo dudo. Se siente orgulloso de su libertad y no está acostumbrado al yugo con que se somete a los otros. ¿Conviene un hombre así para nuestro trono? Su alma osada y gigantesca franqueará los límites de nuestra política. En vano intenté, por algún tiempo, enervar su altivo carácter con los placeres, pues ha resistido a esta prueba. Es terrible cosa un alma de su temple en un cuerpo como el suyo... Y en tanto, Felipe va a cumplir sesenta años.
ALBA- Muy lejos se extiende vuestra mirada.
DOMINGO.- Él y la Reina son una sola persona. El veneno de la Reforma se ha infiltrado en su corazón, y aunque hasta ahora permanece oculto, bien pronto ganará terreno y alcanzará al trono. Conozco a esta Valois; temamos, pues, la venganza de esta secreta enemiga si Felipe se muestra débil. Pues la fortuna nos es todavía favorable, ganémosles por la mano, y envolvámosles a ambos en la misma red, dando aviso al Rey, hoy mismo, con pruebas o sin ellas; que si se conmueve, será ya bastante. Nosotros por nuestra parte no dudamos, y cuando la persuasión existe, no es difícil persuadir. Tampoco lo será descubrir algo más, si desde luego nos convencemos de que estamos obligados a ello.
ALBA.- Falta todavía un punto importante... ¿Quién se encarga de informar al Rey?
DOMINGO- Ni vos, ni yo. Oíd lo que tengo preparado de mucho tiempo acá, exclusivamente atento a mis grandes proyectos, seguidos con tranquila paciencia. Nos falta para completar nuestra liga una persona y es la más importante. El Rey ama a la Princesa de Éboli, y yo mantengo esta pasión, propicia a mis deseos. Soy su emisario. Haré entrar a la Princesa en nuestro plan, y si mi trama sale bien, esta joven será nuestra aliada, nuestra reina. Ella misma me ha dado una cita en este salón... Todo lo espero..., ¿Quién sabe si una doncella española deshojará en una sola noche las flores de lis de los Valois?
ALBA.- ¡Qué oigo! ¿Es cierto cuanto me decís? Me sorprende, vive Dios! Fraile... Yo te admiro. Hemos ganado la partida.
DOMINGO.- Silencio... ¿Quién viene?... Es ella... Ella misma...
ALBA.- Aguardaré en la habitación inmediata, y si...
DOMINGO.- Perfectamente. Os llamaré.
(El Duque se va.)


Escena XI
La PRINCESA. - DOMINGO.
DOMINGO.- Estoy a vuestras órdenes, Princesa.
PRINCESA. (Después de haber mirado con curiosidad al Duque.)- ¿No estamos solos? Veo un testigo junto a vos.
DOMINGO.- ¡Cómo!
PRINCESA.- ¿Quién, pues, acaba de salir de aquí?
DOMINGO.- El Duque de Alba, Princesa, quien pide permiso para hablaros después de mí.
PRINCESA.- ¿El Duque de Alba? ¿Qué quiere? Qué puede querer? Vos sin duda me lo diréis.
DOMINGO.- ¿Yo? ¿Y sabré antes a qué debo el honor de hallarme con la Princesa de Éboli, cuando me vi privado de él hace tanto tiempo? (Después de un momento de silencio, aguardando su contestación.) ¿Podré saber si alguna circunstancia os vuelve favorable a los deseos del Rey? ¿Podré esperar fundadamente que con mejor acuerdo aceptáis sus ofrecimientos rechazados tan sólo por capricho? Aguardo con ansia...
PRINCESA.- ¿Disteis al Rey mi última respuesta?
DOMINGO.- He diferido el instante de causarle esta mortal herida. Aún es tiempo, Princesa vos puedes evitarla.
PRINCESA.- Anunciad al Rey que le aguardo.
DOMINGO.- ¿Habláis con seriedad, Princesa?
PRINCESA.- Espero que no supondréis que me burlo. Pero me asustáis. Dios mío, ¿qué habré hecho yo, si vos mismo palidecéis al oírme?
DOMINGO.- La sorpresa... Apenas puedo concebir!...
PRINCESA.- Reverendo padre, vos no debéis concebirlo, y por todos los bienes de este mundo no quisiera que me hubieseis comprendido. A vos debe bastaros que sea así, y ahorraros el trabajo de inquirir quién produjo con su elocuencia semejante cambio. Añadiré para vuestro consuelo, que ni vos ni la Iglesia tenéis parte en mi falta, bien que vos mismo me hayáis demostrado que en ciertos casos la Iglesia sabe valerse, para elevados fines, hasta del cuerpo de una doncella. No, no es esto... Estas piadosas razones, reverendo padre, son para mí demasiado sublimes...
DOMINGO.- Pues bien, Princesa; las abandono por superfluas.
PRINCESA.- Decid de mi parte al Rey que no se engañe con respecto a mí por este paso, pues soy la misma que era; sólo ha mudado la situación de las cosas. Cuando rechacé indignada sus ofrecimientos, le creía el feliz esposo de la más bella Reina, y pensé que su fiel esposa merecía este sacrificio de mi parte. Sí, creí entonces... entonces... Pero ahora estoy mejor informada...
DOMINGO.- Continuad, Princesa, continuad; veo que nos comprendemos.
PRINCESA.- Basta. Está descubierta y no he de callarlo más. Su habilidosa farsa está descubierta. Al Rey, a la España entera, a mí, a todos nos ha engañado. Ama; sé que ella ama. Tengo pruebas que la harán temblar. El Rey es engañado; ¡que no lo sea sin tomar venganza! Yo le arrancaré esta máscara de resignación sublime y sobrehumana, y todos reconocerán la frente de la culpable. Será a costa de enorme sacrificio, pero me embriaga y es para mí un triunfo pensar que a ella no le costará menos.
DOMINGO.- Todo está pues en sazón; permitidme que llame al Duque. (Vase.)
PRINCESA. (Sorprendida.)- ¿Qué significa esto?


Escena XII
La PRINCESA. - DUQUE
DE ALBA. - DOMINGO.
DOMINGO.- Nuestras noticias llegan tarde, Duque. La Princesa de Éboli nos descubre un secreto que debía saber precisamente de nuestros labios.
ALBA.- Así, mi visita la sorprenderá menos. No me fío de mis propios ojos; sé que tales descubrimientos requieren ojos de mujer.
PRINCESA.- ¿Habláis de descubrimientos?
DOMINGO.- Deseamos saber, Princesa, a qué hora y en qué lugar...
PRINCESA.- Pues bien; os aguardaré mañana a medio día. Tengo motivos para no ocultar por más tiempo este misterio culpable y no sustraerlo al conocimiento del Rey.
ALBA.- Esto precisamente es lo que me conduce aquí. Es necesario que el Rey lo sepa desde luego y que lo sepa por vos, Princesa, por vos. ¿A quién creería más que a la severa y vigilante compañera de su esposa?
DOMINGO.- A la que ejercerá sobre él autoridad sin límites, desde que así lo quiera...
ALBA.- Yo soy enemigo declarado del Príncipe.
DOMINGO.- Por enemigo suyo me tienen todos. La Princesa de Éboli es libre. Mientras nosotros estamos obligados a callar, a vos vuestro cargo os impone el deber de hablar. El Rey no podrá escaparnos. Vos daréis la señal y nosotros acabaremos la obra.
ALBA.- Mas todo esto debe cumplirse pronto, inmediatamente; porque los momentos son preciosos y yo puedo recibir a cada instante la orden de mi partida.
DOMINGO. (Después de un momento de reflexión, dirigiéndose a la Princesa.)- Si pudiéramos encontrar unas cartas... unas cartas cogidas al Príncipe, producirían gran efecto... Veamos... ¿No es verdad?... Sí; vos dormís, me parece, en el mismo cuarto de la Reina.
PRINCESA.- Cerca de su cuarto... ¿Por qué decís esto?
DOMINGO.- Si alguien que supiera forzar las cerraduras... ¿Habéis observado dónde acostumbra ella a dejar la llave de su arquilla?
PRINCESA. (Reflexionando.)- Esto podría conducirnos a algo. Sí; me parece que la llave podría hallarse.
DOMINGO.- Las cartas exigen los oficios de un mensajero... El séquito de la Reina es numeroso. Si pudiéramos dar con la pista... El oro puede mucho...
ALBA.- ¿Nadie conoce al Príncipe un confidente?
DOMINGO.- No existe uno solo en todo Madrid, ni uno.
ALBA.- Es raro.
DOMINGO.- Podéis creerme. Desprecia a toda la corte; tengo pruebas de ello.
ALBA.- Pero ¿cómo? Ahora recuerdo que cuando he salido del salón de la Reina, el Príncipe hablaba misteriosamente con uno de sus pajes.
PRINCESA. (Interrumpiéndole con viveza.)- ¡No! Hablaban de otra cosa.
DOMINGO.- ¿Podríamos saberlo? ¡No! Esta circunstancia es sospechosa. (Al Duque.) ¿Conocéis a este paje?
PRINCESA.- ¡Niñerías! ¿Qué queréis que fuera? Basta; yo conozco esto; nos veremos antes de que hable al Rey... Entre tanto se descubrirán muchas cosas.
DOMINGO. (Llevándola aparte.)- ¿Y el Rey puede esperar?... Podré anunciarle, ¿verdad? ¿Podré decirle a qué hora serán colmados sus deseos? Podré...
PRINCESA.- Dentro algunos días me fingiré enferma, y según el uso de esta corte, que no ignoráis, me separarán de la Reina y me quedaré en mi habitación.
DOMINGO.- Perfectamente; hemos ganado la gran jugada. Desafío ahora a todas las reinas.
PRINCESA.- Escuchad, me llaman, la Reina me llama; hasta luego. (Vase.)


Escena XIII
El DUQUE DE ALBA. - DOMINGO.
DOMINGO. (Después de un momento de silencio y siguiendo con la mirada a la Princesa.)- Duque, con esta cara color de rosa y vuestras batallas...
ALBA.- Y vuestro Dios, quiero desafiar al rayo que ha de herirnos. (Vanse.)


Escena XIV
Una Cartuja.
D. CARLOS. - El PRIOR.
CARLOS. (Al Prior entrando.)- ¿Pues ha venido ya? Lo siento.
PRIOR.- Tres veces desde esta mañana; se fue hace una hora.
CARLOS.- Pero volverá; ¿no lo ha dicho?
PRIOR.- Antes de medio día, lo ha prometido.
CARLOS. (Acercándose a una ventana y mirando los alrededores.)- Vuestro monasterio se halla muy distante del camino desde aquí se divisan todavía las torres de Madrid y corre al pie el Manzanares. Este sitio me place, todo es en él tranquilidad y misterio.
PRIOR.- Como en la entrada de la otra vida.
CARLOS.- Reverendo padre, confío a vuestra probidad lo más sagrado y precioso que poseo; nadie debe saber, ni sospechar siquiera, con quién he conversado aquí secretamente, pues tengo importantes razones para ocultar al mundo entero a quien aguardo. He aquí por qué elegí este convento donde estamos al abrigo de traiciones y sorpresas. ¿Recordáis lo que me habéis jurado?
PRIOR.- Fiad en nosotros, señor. Las sospechas de los reyes no van a registrar las tumbas, y la curiosidad sólo aplica su oído a las puertas de la dicha y de la pasión. El mundo acaba al pie de estos muros.
CARLOS.- ¿Pensáis tal vez que estas precauciones y ese temor ocultan una conciencia culpable?
PRIOR.- Yo no pienso nada.
CARLOS.- Os engañaríais, padre mío; os aseguro que os engañaríais. Mi secreto teme al hombre, pero no a Dios.
PRIOR.- Hijo mío, esto nos preocupa muy poco. Este refugio está abierto así al crimen como a la inocencia, y sea cual fuere tu pensamiento, bueno o malo, justo o culpable, sólo tiene que ver contigo.
CARLOS. (Con calor.)- Lo que ocultamos no puede ofender a vuestro Dios; es por el contrario su obra, su obra más bella. Puedo revelároslo todo.
PRIOR.- ¿Y con qué objeto? ¡Excusadlo, Príncipe! El mundo y sus instrumentos están ya de mucho tiempo empaquetados para el gran viaje. ¿Por qué abrir todavía el cofre, momentos antes de partir? ¡Basta tan poca cosa para la beatitud! La campana suena la hora del oficio; me voy a rezar. (Vase.)


Escena XV
D. CARLOS. - El MARQUES DE POSA.
CARLOS.- Por fin, por fin...
MARQUÉS.- ¡Esto es poner a prueba la impaciencia de un amigo! Dos veces ha salido el sol y dos veces se ha puesto desde que se ha decidido el destino de Carlos, y hasta ahora no voy a saberlo... Habla; ¿os habéis reconciliado?
CARLOS.- ¿Quién?
MARQUES.- Tú y el rey Felipe. ¿Hay algo decidido con respecto a Flandes?
CARLOS.- Que el Duque parte mañana; he aquí lo que se ha decidido.
MARQUÉS.- Esto no puede ser, y no es, sin duda. Madrid entero sería engañado. Se dice que has obtenido una audiencia secreta. El Rey...
CARLOS.- Permanece inflexible. Estamos separados para siempre, y más todavía de lo que estábamos.
MARQUÉS.- ¿Tú no vas a Flandes?
CARLOS.- No, no, no.
MARQUÉS.- ¡Adiós mis esperanzas!
CARLOS.- Dejemos esto a un lado. ¡Oh, Rodrigo! Desde que me dejaste ¡qué de impresiones! Ante todo reclamo tus consejos debo hablarla...
MARQUÉS.- ¿A tu madre? No... ¿Y por qué?
CARLOS.- Tengo alguna esperanza... ¿Palideces? Tranquilízate. Debo ser feliz y lo seré, mas ya hablaremos de eso otro rato, y trata ahora de ver cómo podré hablarla.
MARQUÉS.- ¿Qué significa esto? ¿En qué se funda este nuevo delirio?
CARLOS.- No es sueño, por el Dios de los milagros; es una realidad, una realidad. (Le enseña la carta del Rey a la Princesa de Éboli.) Realidad que se halla en este importante papel. La Reina es libre, libre así a los ojos del mundo como a los ojos del cielo. Lee, y cese tu sorpresa.
MARQUÉS. (Abriendo la carta.)- Qué, ¿qué veo? ¿Y de la propia mano del Rey? (Después de haberla leído.) ¿Y a quién se dirige esta carta?
CARLOS.- A la Princesa de Éboli. Anteayer un paje de la Reina me trajo una carta de letra desconocida y una llave, indicándome un gabinete en el ala izquierda del palacio habitado por la Reina, donde me esperaba una dama a quien amo desde mucho tiempo. Obedezco inmediatamente a esta indicación...
MARQUÉS.- ¡Insensato!... Acudes...
CARLOS.- No conozco la letra; sólo conozco a una mujer a quien amo; ¿y quién sino ella podría creerse amada de Carlos? Henchido de dulce embriaguez, vuelo al lugar de la cita, y sírveme de guía un canto celestial que sonaba en el interior de la habitación... Abro la puerta... y veo... ¿a quién? ¡Juzga de mi terror!
MARQUÉS- ¡Oh!... Lo adivino todo.
CARLOS.- Estaba perdido sin recurso, Rodrigo, si no doy en manos de un ángel... ¡Qué desdichada casualidad! Engañada por el imprudente lenguaje de mis ojos, se abandona a su tierno error, y créese ella el ídolo de mis miradas. Movida a compasión por mi secreto pesar, y llevada de su imprevisión y de la generosidad de su ánimo enternecido, quiere corresponder a mi amor, y como pareciera imponerme silencio el respeto, ella se atreve a romperle, y me abre su noble corazón.
MARQUÉS.- ¿Y me cuentas esto con tanta calma?... La Princesa de Éboli ha penetrado tus intenciones; no me cabe duda de que conoce el íntimo secreto de tu amor. La has ofendido gravemente... e influye en el ánimo del Rey.
CARLOS. (Con confianza.)- Es virtuosa.
MARQUÉS.- Lo es porque así conviene a su amor. No me fío de esta virtud; la conozco. ¡Cuán lejos se halla de aquel sentimiento ideal, que partiendo del alma como del suelo materno, se despliega con gracia y arrogancia, libremente y sin cultivo, coronándose de abundantes flores! Vástago extranjero, trasplantado de las regiones meridionales a más rudo clima, su inocencia proviene de la educación, de los principios recibidos, llámalo como quieras; es una inocencia adquirida, disputada por la astucia y a fuerza de combates a la sangre ardiente; depositada a buena cuenta en manos de Dios que la reclama y la paga juzga por ti mismo; ¿perdonará nunca la Princesa a una Reina, que un hombre haya desdeñado, el sacrificio de esta virtud penosamente alcanzada, por consagrar a la esposa de Felipe un amor sin esperanza?
CARLOS.- ¿Tanto conoces a la Princesa?
MARQUÉS.- No sé; apenas la he visto más de dos veces, pero déjame decirte una palabra. Me ha parecido que evitaba hábilmente todo compromiso y que sabía muy bien lo que valía su virtud. En cambio he visto la Reina, y ¡qué diferencia, Carlos, en cuanto he observado en ella! Ignorante, en su nativa y serena grandeza, así de la desenfadada frivolidad como de los preceptos dogmáticos del decoro, así distante de la osadía como del temor, camina con paso firme y heroico por la estrecha senda del bien, sin saber siquiera que excita un sentimiento de adoración, cuando apenas cuenta con la aprobación propia. En este retrato, ¿reconoces también, Carlos, a la de Éboli? La Princesa se ha mantenido firme porque amaba, y el amor era la condición primera de su virtud. Tú no la has recompensado, y sucumbirá.
CARLOS. (Con viveza.)- No, no. (Se pasea con agitación.) No, te repito. ¡Oh, Rodrigo! Si supieras cuán mal haces en arrebatar a tu Carlos la mayor felicidad, la fe en la virtud del corazón humano.
MARQUÉS.- No merezco este reproche, amigo de mi alma, no, por Dios vivo, porque no era esto lo que intentaba. ¡Ah! La Princesa de Éboli! Aunque fuera un ángel y debiera prosternarme ante su virtud, no quisiera que poseyese tu secreto.
CARLOS.- Observa cuán vano es tu temor. Ella sólo posee un prueba que la avergonzaría, ¿y sacrificará por ventura su honor a la triste satisfacción de vengarse?
MARQUÉS.- Más de una se libró a la infamia para borrar un momento de vergüenza.
CARLOS.- (Levantándose con viveza.) ¡Oh! Estás muy duro, muy cruel con ella. Noble y altiva, la conozco y no la temo. En vano te esfuerzas en disipar mis esperanzas; he de hablar a mi madre.
MARQUÉS.- ¿Ahora? ¿Y por qué?
CARLOS.- No tengo ya que guardar ningún miramiento, y es fuerza que conozca mi suerte; haz lo posible para que pueda hablarla.
MARQUÉS.- ¿Y quieres enseñarle esta carta? ¿Quieres enseñársela?
CARLOS.- No me preguntes nada sobre esto... Busquemos sólo el medio de avistarme con ella.
MARQUÉS. (Con imperio.)- ¿Me has dicho que amabas a tu madre y quieres enseñarle esta carta? (Carlos baja los ojos y calla.) Carlos, veo en tu semblante algo nuevo para mí, y que no había visto hasta ahora; apartas la mirada. ¿Será verdad? ¿Habrá acertado? Déjame ver. (Carlos le da la carta y el Marqués la rasga en pedazos.)
CARLOS.- Cómo, ¿estás loco? (Con emoción reprimida.) Realmente, lo confieso; daba mucha importancia a esta carta.
MARQUÉS.- Lo cual he creído reconocer, y por esto la rasgo. (El Marqués fija una mirada penetrante en el Príncipe, que a su vez le mira perplejo. Larga pausa.) Habla. ¿Qué hay de común entre la profanación del lecho conyugal y tu amor? ¿Por ventura temía a Felipe? ¿Qué relación cabe establecer entre la violación de sus deberes y tus esperanzas? ¿Su falta se acuerda con tu amor? ¡Oh! Hasta ahora no te había conocido; hasta ahora ¡cuán mal había comprendido tu pasión!
CARLOS.- Cómo, Rodrigo, ¿qué crees tú?
MARQUÉS.- Me convenzo de que debo acostumbrarme a ello. Sí; antes no era así. Antes tu alma era ardiente y rica, y cabía un mundo en tu ancho seno: todo se ha desvanecido ante una pasión, ante el mezquino interés personal. Tu corazón ha muerto; no tienes ni una lágrima por la espantosa suerte de los Países-Bajos, ni una sola lágrima. ¡Oh, Carlos! ¡Cuán pobre y miserable te has vuelto, desde que sólo te amas a ti mismo!
CARLOS. (Se arroja en un sillón; calla un instante y solloza.)- Harto sé que ya no me estimas.
MARQUÉS.- No digas esto, Carlos. Conozco la causa de tu extravío, debido a un sentimiento laudable. La Reina te pertenecía y te fue arrebatada por el Rey; hasta ahora dudabas modestamente de tus derechos, pensando si tal vez Felipe era digno de ella. Sólo en voz baja te atrevías a formular tu juicio, cuando he aquí que de repente una carta resuelve la cuestión. Con júbilo y orgullo reconoces que eres el más digno; ves convicta a la suerte de robo y tiranía, y triunfas con ser el ofendido, porque las almas grande se enorgullecen de sufrir injustamente. Y aquí empieza a extraviarse tu imaginación; satisfecho el orgullo, nació en tu corazón la esperanza. Ve si sabía yo que esta vez te habías comprendido mal a ti mismo.
CARLOS (Conmovido.)- No, Rodrigo; mucho te engañas; mi pensamiento no era tan noble de mucho como pretendes hacerme creer...
MARQUÉS.- ¡Tan poco te conocería! Mira, Carlos; cuando te extravías, busco siempre entre cien virtudes a cuál debo imputar la falta. Mas ahora nos comprendemos mejor. Pues quieres hablar a la Reina, tú le hablarás.
CARLOS. (Arrojándose en sus brazos)-. ¡Cómo me avergüenzo ante ti!
MARQUÉS.- Te he dado mi palabra, confíame el resto. Un pensamiento extraño, osado, feliz, surge en mi imaginación. Carlos, tú lo oirás de más lindos labios. Me voy a ver a la Reina, y tal vez esta misma mañana habremos hallado una solución. Hasta entonces, no olvides, Carlos, que un proyecto concebido por una inteligencia elevada y reclamado por los sufrimientos de la humanidad, no debe abandonarse jamás, aunque mil veces fracasara... ¿Oyes? Acuérdate de Flandes...
CARLOS.- Sí, Sí; cuanto me sea prescrito por ti y la virtud.
MARQUÉS. (Acercándose a una ventana.)- Llegó la hora; he allí tu comitiva. (Se abrazan.) Ahora vuelves a ser príncipe y yo vasallo.
CARLOS.- ¿Regresas a la villa?
MARQUÉS.- Al instante.
CARLOS.- Aguarda. Una palabra; iba a olvidar una nueva importantísima. El Rey es quien abre las cartas para Brabante; ponte sobre aviso porque sé que los correos del reino tienen órdenes secretas.
MARQUÉS.- ¿Cómo lo has sabido?
CARLOS.- Don Ramón de Taxis es amigo mío.
MARQUÉS. (Después de un momento de silencio.)- ¡Esto más! En adelante darán la vuelta por Alemania.
(Vanse en opuesta dirección.)
Acto III
Escena Primera
Cámara del Rey. - Dos velas encendidas sobre una mesa de noche - Algunos pajes dormidos, en el fondo.
REY. (A medio vestir, se halla sentado delante de una mesa, con un brazo apoyado en el sillón, en actitud pensativa. Tiene delante un medallón y algunos papeles.)- Quién podría negar que ella por otra parte ha sido exaltada? Nunca he podido inspirarle amor, y sin embargo, parece sentir necesidad de amar!... Es evidente; es falsa. (Hace un gesto que lo pone sobre sí, y mira en torno con sorpresa.) ¿En dónde estoy?... ¿Nadie está en vela aquí sino el Rey? ¡Qué! Consumidas las luces. Y no es de día, sin embargo... No dormiré ya más y forzoso será, naturaleza, que te resignes a ello, porque un rey no tiene tiempo de reparar sus noches perdidas... Pero ahora estoy ya desvelado, y es preciso que entre la luz del DIA. (Apaga las luces y descorre las cortinas de una ventana. Se pasea a lo largo de la habitación, contempla a los pajes dormidos en silencio, y toca después una campanilla.) ¿Duermen también en la antecámara?


Escena II
El REY. - El CONDE DE LERMA.
LERMA. (Sorprendido al ver al Rey.)- ¿V. M. se siente malo?
REY.- Se ha pegado fuego al pabellón del ala izquierda. ¿No oísteis el ruido?
LERMA.- No, señor.
REY.- ¡No! ¿Cómo? ¿Habré soñado? Y no puede ser esto casual. ¿La Reina no duerme en esta parte del palacio?
LERMA.- Sí, señor.
REY.- Este sueño me ha asustado. Desde hoy se doblará la guardia de aquel punto al caer la tarde, pero... secretamente, muy secretamente. No quiero que... ¡Parece que me observáis!
LERMA.- Observo vuestros ojos enrojecidos que piden descanso y me atrevo a recordar a S. M. el cuidado de su preciosa salud, y el de sus pueblos que verían con dolorosa sorpresa las huellas del insomnio en su rostro... Con que durmierais tan sólo un par de horas...
REY. (Turbado.)- El sueño... el sueño, ya dormiré en el Escorial. Cuando el Rey duerme, adiós corona; cuando el esposo duerme, adiós amor de su esposa. Pero no, no; es una calumnia. ¿No es por ventura una mujer quien me lo ha contado, y el mismo nombre de la mujer no es calumnia? El crimen no será verdad para mí hasta que lo haya confirmado un hombre. (A los pajes que acaban de despertar.) Llamad al Duque de Alba. (Los pajes se van.) Acercaos, Conde. ¿Es verdad? (Clava en él una mirada penetrante.) ¡Ay!... ¡Poder conocerlo todo, aunque este poder durara sólo el tiempo que dura una pulsación! ¿Es verdad? Jurádmelo. ¿Soy engañado? ¿Lo soy? ¿Es verdad?
LERMA.- Grande, excelente Rey...
REY. (Retrocediendo.)- ¡Rey todavía, y siempre rey! Ninguna otra respuesta que el eco de este vano sonido. Golpeo la roca en busca de agua, de agua para apagar mi sed ardiente, y brota tan sólo oro derretido.
LERMA.- Pero ¿qué preguntáis si es verdad, señor?
REY.- Nada, nada, dejadme; idos. (El Conde va a salir, y el Rey le llama.) ¿Estáis casado, sois padre, verdad?
LERMA.- Sí, señor.
REY.- Casado, ¿y os atrevéis a velar una sola noche, junto a vuestro señor? Encanecisteis, ¿y creéis todavía sin rubor en la virtud de vuestra esposa? ¡Oh! regresad a casa, y la sorprenderéis entregada a los abrazos incestuosos de vuestro hijo; creed a vuestro Rey... Idos... Me escucháis atónito; y claváis en mí penetrante mirada, porque también yo encanecí...
¡Desdichado!... Reparad en lo que hacéis; la virtud de las reinas es intachable, y sois muerto si dudáis.
LERMA. (Con calor.)- ¡Y quién podría dudar!... ¿Quién, en todo el reino, osaría lanzarla envenenada sospecha sobre esta virtud angelical, sobre la mejor Reina que ha habido?
REY.- ¿La mejor?... ¿Para vos es también la mejor?... Veo que cuenta con entusiastas amigos junto a mí, y esto le costará sin duda mucho, tal vez más de lo que ella pueda dar en recompensa, me parece. Podéis retiraros; llamad al Duque.
LERMA.- Le oigo ya en el salón. (Va a salir.)
REY. (Con acento más blando.)- Conde, verdad es cuanto habéis observado hace poco. Esta noche de insomnio ha enardecido mi cabeza; olvidad por lo tanto lo que he dicho soñando despierto... Oís... Olvidadlo... Soy vuestro bondadoso rey. (Le tiende a besar la mano. Lerma sale y abre la puerta al Duque de Alba.)


Escena III
El REY.- El DUQUE DE ALBA.
ALBA. (Se acerca manifestando cierta perplejidad.)- Tan imprevista orden en desusada hora... (Se turba observando al Rey de más cerca.) Y esta mirada...
REY. (Sentado y tomando el medallón de encima la mesa. Mira largo rato al Duque en silencio.)- ¿Es cierto, pues, que no me queda ni un solo servidor que me sea fiel?
ALBA. (Turbado.)- ¿Cómo?
REY.- Saben que soy ofendido mortalmente, y nadie me lo advierte, sin embargo.
ALBA. (Mirándole atónito.)- ¿Mi Rey ha sido ofendido, y la ofensa escapó a mi mirada?
REY. (Mostrándole las cartas.)- ¿Conocéis esta letra?
ALBA.- Letra del Príncipe.
REY. (Con mirada penetrante.)- ¿Nada sospecháis todavía?... Me advertisteis su ambición, ¿y era sólo su ambición lo que debía temer?
ALBA.- La ambición es una grande y extensa palabra que puede expresar un pensamiento infinito.
REY.- ¿Y no tenéis algo particular qué revelarme?
ALBA. (Después de breve silencio y con encogimiento.)- V. M. ha confiado el reino a mi cuidado y debo velar por él, y dedicar a esta tarea mis más íntimos pensamientos; pero lo que fuera de ella sospecho o pienso es patrimonio mío, sagrado patrimonio que así el esclavo como el vasallo tienen derecho a rehusar a los reyes de la tierra. Lo que yo veo claro, no está sin embargo en sazón para confiarlo a mi Rey; si desea que le satisfaga, suplico que no me interrogue como señor.
REY. (Dándole las cartas.)- Leed.
ALBA. (Lee, y se vuelve con terror hacia el Rey.)- ¿Quién fue el insensato que entregó estas cartas a mi Rey?
REY.- ¡Cómo! ¿Sabéis a quién van dirigidas?... Su nombre, según creo, no se halla en la carta.
ALBA. (Retrocediendo sobrecogido.)- ¡Me he precipitado!
REY.- ¿Vos sabéis?..
ALBA. (Después de un momento de reflexión.)- Pues bien; esto es hecho; puesto que mi Rey lo ordena, no puedo retroceder... No lo niego...; conozco la persona a quien van dirigidas.
REY. (Levantándose, profundamente inmutado.)- Dios terrible de la venganza, ayudadme a descubrir un nuevo modo de matar... Sus relaciones son tan patentes, tan públicas, que sin darse la pena de examinar, cualquiera adivina que de ella son las cartas a la primer ojeada. Esto es demasiado... ¡Y yo no lo he sabido; no lo he sabido, y soy el último que lo descubro, el último en todo mi reino!
ALBA. (Arrodillándose.)- Sí; confieso mi falta, ¡oh, Rey bondadoso! Me avergüenzo de mi cobarde prudencia que me impuso silencio, cuando me obligaba a hablar el honor de mi Rey, la verdad, la justicia. Mas ya que todo calla, y que el hechizo de la belleza amordaza los labios de los hombres, me arriesgo a hablar... No olvido, no obstante, que las insinuantes protestas de un hijo, los seductores atractivos, las lágrimas de una esposa...
REY. (Con viveza y prontitud.)- Levantaos; os doy mi palabra real; levantaos y hablad sin temor.
ALBA. (Levantándose.)- V. M. recuerda tal vez todavía la escena del jardín de Aranjuez, cuando encontrasteis a la Reina, lejos de sus damas, turbada, sola, en retirado sitio.
REY.- ¡Ah! Qué oigo... Continuad.
ALBA.- La Marquesa de Mondéjar fue desterrada porque tuvo la generosidad de sacrificarse por la Reina... Ahora lo sabemos... La Marquesa se había limitado a obedecer la orden de la Reina, el Príncipe había acudido a aquel sitio.
REY. (Colérico.)- ¿Había estado allí?... Entonces pues...
ALBA.- Sugirieron esta sospecha las huellas de un hombre en la arena, que partiendo del lado izquierdo de la avenida, conducían a una gruta donde se halló un pañuelo olvidado allí por el Príncipe. Un jardinero, además, le había sorprendido en el mismo instante en que V. M. pareció en el bosquecillo.
REY. (Volviendo en sí, después de sombría reflexión.)- Y ella lloraba cuando le di a comprender mi sorpresa, y me abochornó delante de toda la corte, me sonrojó a mis propios ojos, como si, ante su virtud, fuese yo el culpable. ¡Por el cielo! (Largo y profundo silencio. Se sienta, y oculta el rostro entre sus manos.) Sí, Duque de Alba... tenéis razón... Todo esto podría arrastrarme a terrible extremo... Dejadme solo un momento...
ALBA.- No es suficiente lo dicho para decidir plenamente...
REY. (Tomando los papeles.)- ¿Ni esto tampoco, ni eso, ni, en fin, ese concurso de convincentes pruebas? ¡Oh! Si es más claro que el día... Si debía saberlo mucho tiempo ha... El crimen empezó cuando la recibí de vuestras manos en Madrid... Parece que veo todavía su pálido rostro, su mirada atónita fija en mis canas... Entonces empezó esta hipócrita farsa.
ALBA.- Perdía el Príncipe en su madre a su prometida, y ambos se habían mecido en brazos de una común esperanza, y se habían inspirado mutuamente ardiente pasión que la nueva situación creada les prohibía. Vencida la timidez, aquella timidez que acompaña a la primera declaración amorosa, la seducción, fundándose en los recuerdos de una intimidad lícita en otro tiempo, fue más osada en su lenguaje. Unidos por la edad y sus mutuos sentimientos, irritados, por la sujeción a un mismo yugo, obedecieron con doble audacia a los impulsos de su amor. La política había atentado a sus derechos; pero ¿era creíble que su amor reconociera la omnipotencia de la razón de Estado, y no cediera al antojo de juzgar a su modo la elección de vuestro gabinete? El amor se reservó sus derechos, y aceptó la corona.
REY. (Ofendido y con amargura.)- Discurrís perfectamente, Duque, y con sagacidad; admiro vuestra elocuencia, y os doy las gracias. (Se levanta y continúa con altivez y frialdad.) Tenéis razón; la Reina ha cometido una falta grave, ocultándome el contenido de estas cartas, y haciendo un misterio de la aparición culpable del Príncipe en el jardín. Ha cometido esta falta por una falsa generosidad, por lo cual sabré castigarla. (Toca la campanilla.) ¿Quién hay en el salón?... No tengo más necesidad de vos, Duque de Alba; retiraos.
ALBA.- ¡Mi celo ha sido causa tal vez de que haya disgustado a V. M.!
REY. (A un paje que entra.)- Haced entrar a Domingo. (El paje se va.) Os perdono que durante dos minutos me hayáis inspirado el temor de un crimen que podría volverse contra vos.


Escena IV
El REY. - DOMINGO.
El REY se pasea a lo largo, durante algunos instantes, y luego se para y se ensimisma.
DOMINGO. (Entra algunos minutos después de haber salido el Duque, se acerca al Rey, y le contempla en silencio y con respeto.)- ¡Qué grata sorpresa para mí, señor, la de hallaros tranquilo y sereno!
REY.- ¿Esto os sorprende?
DOMINGO.- Demos gracias a la Providencia de que hayan sido infundados mis temores, con lo que mayor es mi esperanza de la que fuera.
REY.- ¿Vuestros temores?... ¿Qué temíais?
DOMINGO.- No puedo ocultar a V. M. que conozco ya un misterio...
REY. (Con sombrío ademán.)- ¿Os he manifestado acaso el deseo de compartir con vos este secreto? ¿Quién, sin ser llamado, me previene? Por mi honor que es osadía.
DOMINGO.- Señor; el lugar, el medio por el cual lo he sabido, el sello bajo el cual me ha sido confiado, disculpan al menos mi falta. Se me ha confiado en el santo tribunal de la penitencia... como un crimen que pesaba gravemente sobre la perturbada conciencia de la penitente, que pedía perdón de él al cielo. La Princesa deplora, bien que demasiado tarde, su acción, y teme que sus consecuencias sean funestas para la Reina.
REY.- Verdad: ¡Oh, bondadoso corazón! Habéis adivinado perfectamente por qué os he llamado, y es fuerza que me saquéis del oscuro laberinto en que me ha metido inconsiderado celo. Espero saber la verdad de vos, y os conjuro a que habléis con absoluta franqueza. ¿Qué debo creer y qué debo resolver? Exijo la verdad de vuestro ministerio.
DOMINGO.- Señor, cuando mi misión de paz no me impusiera el grato deber de persuadir a la moderación, todavía os conjuraría a usarla en nombre de vuestra tranquilidad; suplicaría a V. M. que abandonara el hilo de sus pesquisas, y el examen de un misterio que no puede tener solución feliz. ¡Cuánto hasta ahora se sabe, puede perdonarse! Una sola palabra del Rey puede devolver la inocencia a la Reina; pues la voluntad del Rey concede la virtud como la dicha, y sólo su serenidad puede sofocar los rumores que se ha permitido la calumnia.
REY.- ¡Rumores que atañen a mi persona, entre mi pueblo!
DOMINGO.- Embustes condenables embustes; lo aseguro... En algunos casos, sin embargo, la creencia del vulgo, aunque desprovista de pruebas, tiene tanta importancia como la verdad.
REY.- ¡Por el cielo! ¡Y éste sería uno de estos casos!
DOMINGO.- Una buena reputación es un precioso bien; el único que una reina se ve en el caso de disputar a la villana.
REY.- Por este lado, creo que no hay que temer. (Lanza una mirada de duda a Domingo; después de breve silencio.) Algo triste he de oír todavía de vuestros labios; no me lo retardéis... Hace tiempo que vuestro semblante me anuncia una desgracia; cualquiera que sea, hablad, y no me dejéis por más tiempo en semejante tortura. ¿Qué dice el pueblo?
DOMINGO.- Repito, señor, que el pueblo puede engañarse y que se engaña, sin duda. Sus dichos no deben perturbar a V. M... pero osan decir tales cosas...
REY.- ¿Qué? ¿Me será necesario implorar tanto una gota de veneno?
DOMINGO.- El pueblo recuerda todavía la época en que V. M. estuvo a punto de morir... y como treinta semanas después, el feliz alumbramiento... (El Rey se levanta y llama; el Duque de Alba entra; Domingo se turba.) Me sorprende, señor...
REY. (Yendo al encuentro del Duque.)- Toledo, vos sois un hombre; libradme de ese cura...
DOMINGO. (El Duque y él se miran cortados, confusos. Después de breve pausa.)- Si hubiésemos podido prever que la nueva había de perjudicar a quien la trajera...
REY.- ¿Bastardo, decís? Porque apenas había escapado a la muerte, cuando la Reina se sintió embarazada... ¡Cómo! En esta época, si no me engaño, celebrabais en todas las iglesias acciones de gracias a santo Domingo, por el milagro que había obrado en mí... Lo que entonces fue un milagro, ¿ha cesado de serlo?... Una de dos: o mentíais entonces, o mentís ahora... ¿Qué podré creer desde este momento? Pero os comprendo; si entonces la trama hubiese estado en sazón, dierais de lado a la gloria del santo.
ALBA.- ¡La trama!
REY.- ¡Cómo se comprendería, si no existiera entre ambos secreta inteligencia, que concordarais hoy en la misma opinión, con una conformidad sin ejemplo! ¿Pretenderéis persuadirme de lo contrario? Sería preciso para ello que no hubiese observado la avidez y encarnizamiento con que os arrojáis sobre la presa; el placer que os causan mi dolor y los arrebatos de mi cólera! Sería preciso que desconociera como el Duque arde en deseos de arrebatar el favor destinado al Príncipe, y este piadoso varón pretende poner mi brazo poderoso al servicio de su pasión mezquina! ¿Os figuráis por ventura que soy un arco que puede tenderse a voluntad? Tengo también la mía, y si debo abrigar dudas, dejad que empiece dudando de vosotros.
ALBA.- Esperábamos que nuestra fidelidad nos ponía al abrigo de esta interpretación.
REY.- ¡Vuestra fidelidad!... La fidelidad previene contra el crimen que amaga: la venganza delata el crimen una vez ejecutado... ¿Qué gano, vamos a ver, con vuestro celo si lo que decís es cierto? Sólo me queda el dolor del divorcio o el triste triunfo de la venganza... Pero, no... no abrigáis más que temores... Sólo me insinuáis inciertas sospechas... y me dejáis al borde del infierno, y echáis a correr...
DOMINGO.- ¿Serán posibles otras pruebas cuando no se puede obtener el testimonio de los ojos?
REY. (Con grave acento, y dirigiéndose a Domingo, después de breve pausa.)- Congregaré los grandes de mi reino, y presidiré yo mismo su tribunal. Compareced ante él, si tenéis valor para ello, y acusad públicamente a la Reina de adulterio. Morirá sin misericordia, y el Príncipe con ella; pero advertid que si ella puede justificarse, moriréis vosotros en su lugar. ¿Querréis con tal sacrificio rendir tributo a la verdad? Decidíos... ¿No lo queréis? Enmudecéis... ¡Ah!... No lo queréis! Vuestro celo es el celo de la mentira.
ALBA. (Que se había retirado a un lado; con calma y frialdad.)- Yo lo quiero...
REY. (Se vuelve hacia él, sorprendido, y le mira fijamente.)- He aquí una acción atrevida; pero pienso, sin embargo, que habéis expuesto muchas veces la vida en los campos de batalla, y por motivos menos importantes que éste... por la nada de la gloria, con la ligereza de un jugador de dados... ¿Qué es la vida para vos?... Ah, no! No entregaré la sangre real a un insensato, a quien nada le cabe esperar si no es su propio engrandecimiento. Desprecio vuestro sacrificio... Salid, y aguardad mis órdenes en el sal de audiencia.


Escena V
El REY, solo.
Ahora, Providencia clemente, que tanto me has concedido ya en este mundo, concédeme un hombre, un auxiliar... A ti, que sondeas y conoces cuanto existe por oculto que sea, a ti te es posible estar solo; pero yo te pido un amigo, porque no soy como tú que lo ves todo. Sabes qué son los auxiliares que me enviaste, y has visto que cuanto han podido hacer por mí lo han hecho ya. Sus vicios, domados y sujetos a mi yugo, coadyuvan a mis proyectos, del modo que las tempestades a la purificación de la atmósfera. Siento necesidad de conocer la verdad; y pienso que no se ha hecho para los reyes buscar su mansa corriente bajo las tristes ruinas del error. Concédeme el hombre extraordinario, el hombre de corazón puro y franco, de clara inteligencia, de firme mirada que ha de auxiliarme a hallar... La suerte está echada, haz que encuentre uno solo, entre los millares de hombres que revolotean al rededor del sol de la realeza. (Abre una arquilla, toma un registro, y dice después de haberlo hojeado.) Nombres... nombres tan sólo, sin que consten siquiera los servicios que les valiera la inscripción en este registro. ¿Hay nada que se olvide tan fácilmente como la gratitud? Leo sin embargo en este otro registro, cuidadosamente inscrita cada falta, ¿y para qué? ¡Cómo si el recuerdo de la venganza necesitara auxiliares! (Continúa leyendo.) El Conde de Egmont. ¿Por qué se halla aquí su nombre? La victoria de San Quintín está ya olvidada hace mucho tiempo; vaya entre los muertos. (Borra su nombre y le inscribe en otro registro. Continúa leyendo.) ¡Marqués de Posa... Posa! Apenas recuerdo a este hombre. ¡Y se halla inscrito dos veces!... Prueba que le destinaba para grandes cosas. ¿Es posible que este hombre se haya sustraído a mi presencia, y haya evitado las miradas de su rey deudor? ¡Por el cielo! Es el único en la vasta extensión de mis reinos que no necesita de mí. Si fortuna u honores hubiese codiciado, mucho tiempo ha que hubiese acudido a los pies de mi trono. ¿Me aventuraré a entregarme a este hombre original?... Quien puede prescindir de mí, bien podrá declararme la verdad.


Escena VI
El salón de audiencia.
El PRÍNCIPE CARLOS, conversando con el de PARMA, los DUQUES DE ALBA, FERIA, MEDINASIDONIA, CONDE DE LERMA y otros Grandes de España, con papeles en la mano, y aguardando al REY.
MEDINA. (De quien huyen todos, se vuelve hacia el Duque de Alba que se pasea aparte.)- Habéis hablado ya al Rey, Duque; ¿en qué disposición de ánimo le habéis hallado?
ALBA.- En muy mala disposición para vos y vuestras noticias.
MEDINA.- Estaría más a gusto enfrente de los cañones ingleses, que en este salón. (Carlos, que le ha observado en silencio y con interés, se dirige a él y le tiende la mano.) Os agradezco con el alma vuestro generoso llanto, Príncipe ... ya veis cómo todos me huyen. Está resuelta mi perdición.
CARLOS.- Esperad algo mejor de la bondad de mi padre y de vuestra inocencia.
MEDINA.- He perdido para él una flota tal, como no había surcado todavía el Océano... y mi cabeza no vale sin duda lo que setenta galeones, hundidos en el naufragio... pero cuando pienso en mis cinco hijos, jóvenes de esperanzas como vos, el corazón se me parte.


Escena VII
El REY, con manto real. - Dichos. - Todos se descubren y se ponen en fila a ambos lados, formando en torno suyo un semicírculo - Profundo silencio.
REY. (Recorriendo rápidamente el grupo con la mirada.)- Cubríos. (D. Carlos y el Príncipe de Parma se adelantan y besan la mano al Rey, que se dirige afectuosamente al último, evitando mirar a su hijo.) Vuestra madre, querido sobrino, desea saber si en Madrid están contentos de vos.
PARMA.- Lo cual no debiera preguntar antes de volver de mi primera batalla.
REY.- Estad tranquilo; ya os llegará el turno cuando estos troncos caerán. (Al Duque de Feria.) ¿Qué me traéis, Duque?
FERIA. (Doblando la rodilla delante del Rey.)- El gran Comendador de la orden de Calatrava ha muerto esta mañana, y os traigo su cruz.
REY. (La toma y mira en torno suyo.)- ¿Quién es ahora el más digno de llevarla? (Hace una señal al Duque de Alba que dobla la rodilla, y le cuelga el collar.) Duque, sois mi primer capitán, limitaos a ello, y mi favor no os faltará nunca. (Advierte la presencia de Medinasidonia.)
MEDINA. (Se acerca temblando, y se arrodilla delante del Rey, con la cabeza baja.)- He aquí, señor, todo lo que traigo de la Invencible armada, y de la juventud española.


REY. (Pausa.)- Dios sobre todo. Yo la envié a luchar contra los hombres, no contra los elementos. Sed bien venido a Madrid. (Le tiende a besar la mano.) Os doy las gracias por haberme conservado en vos un digno servidor. Le tengo por tal, señores, y quiero que por tal sea tenido. (Le hace seña de que se levante y se cubra, y después se dirige a los demás.) ¿Hay algo más? (A D. Carlos y al Príncipe de Parma.) Os saludo, Príncipes. (Se van. Los otros grandes se acercan, doblan la rodilla y le entregan sus memoriales. Los hojea, y los da al de Alba.) Me los devolveréis en mi gabinete. ¿Hemos concluido? (Nadie responde.) ¿Cómo es que el marqués de Posa no se presenta nunca entre mis grandes? Sé bien que este marqués de Posa me ha servido con honor... ¿Ha muerto tal vez?... ¿Por qué no parece por aquí?
LERMA.- El marqués ha regresado nuevamente de un viaje a través de Europa, se halla en este instante en Madrid, y aguarda sólo un día de audiencia pública para ponerse a los pies de su Rey.
ALBA.- El marqués de Posa, señor, es aquel osado caballero de Malta, de quien cuenta la fama una brillante acción. Cuando, bajo las órdenes del gran maestre, los caballeros se rindieron en su isla sitiada por Solimán, este jóven, que tendría entonces diez y ocho años, escapó de la Universidad de Alcalá y se presentó ante La-Valette, sin haber sido convocado.- Quiero que me compren una cruz, y quiero ganármela, dijo.- Y fue uno de los cuarenta que, en pleno día, en el fuerte de San Telmo sostuvieron tres asaltos contra Psali, Ulucciali, Hussem y Mustaphá. El fuerte fue tomado, y muertos todos los caballeros en torno suyo; arrojose al mar y volvió solo a La-Valette. Dos meses después, el enemigo abandonó la isla y el caballero volvió a acabar sus estudios.
FERIA.- Es el mismo que más tarde descubrió la famosa conspiración de Cataluña, y con su actividad únicamente, conservó para la corona esta importante parte del reino.
REY.- Me sorprende. ¿Qué hombre es este, que ha hecho tales cosas, y no cuenta un solo envidioso entre tres personas a quienes pregunto por él? En verdad que este hombre tiene un carácter muy raro, o no tiene ninguno. Llevado de la curiosidad que excita lo maravilloso, quiero hablarle. (Al Duque de Alba.) Después de la misa, llevadle a mi gabinete. (El Duque sale; el Rey llama a Feria.) Ocuparéis mi puesto en el consejo privado. (Vase.)
FERIA.- El Rey se muestra hoy muy bondadoso.
MEDINA.- Como un dios... Tal ha sido para mí.
LERMA.- Merecéis este favor, Almirante, y tomo parte en vuestra alegría.
UNO DE LOS GRANDES.- ¡Y yo también!
OTRO.- También yo, en verdad.
OTRO.- El corazón me palpitaba. ¡Tan digno capitán!
EL PRIMERO.- El Rey no ha usado con vos de su favor, sino que ha hecho justicia.
LERMA. (Yéndose. A Medinasidonia.)- ¡Cuán rico sois ahora, gracias a una sola frase! (Se van.)


Escena VIII
El gabinete del Rey
El MARQUÉS DE POSA. - El DUQUE DE ALBA.
-MARQUÉS. (Entrando.)- ¿Quiere verme?... ¿A mí? No puede ser... Sin duda equivocáis el nombre... ¿Y qué quiere de mí?
ALBA.- Quiere conoceros.
MARQUÉS.- Simple curiosidad, pues. Es lástima perder así el tiempo, cuando la vida es tan breve.
ALBA.- Os abandono a vuestra buena estrella, marqués; pensad que el Rey se halla en vuestras manos, y aprovechaos cuanto podáis de este momento, pues a nadie más que a vos podréis culpar de su pérdida.
(Se va.)


Escena IX
El MARQUÉS DE POSA.
MARQUÉS.- Muy bien dicho, Duque. Preciso será aprovechar este momento que se ofrece una sola vez. Me da este cortesano una buena lección si no bajo su punto de vista, al menos bajo el mío. (Después de pasearse un instante.) Pero ¿cómo me hallo aquí? ¿Se deberá tan sólo a un capricho de la suerte que vea reflejarse mi rostro en este espejo? ¿Será sólo una casualidad que entre tantos millones de hombres, el Rey, contra lo que era dado esperar, venga a tenderme la mano y renueve mi recuerdo en su memoria?... Quizá es esto algo más que la obra del azar. Porque ¿qué es el azar sino el bloque al cual el cincel del escultor comunica la vida? La Providencia dispone el azar, y el hombre debe emplearlo a sus fines. ¿Qué importa lo que el Rey desee de mí?... Sé lo que me toca hacer con él... Aunque no fuera más que una chispa de verdad audazmente lanzada en el alma del déspota, ¿qué resultados podrían esperarse de ella bajo la mano de la Providencia? Entonces lo que de pronto me ha parecido extraño podría conducirme a un fin completo; aunque así no fuere, obraré con esta creencia.
(Da algunas vueltas por la habitación, y se para en silencio delante de un cuadro. El Rey sale por un salón contiguo desde el cual se le ve dar algunas órdenes; luego se adelanta, se detiene en la puerta, y contempla largo rato al marqués, sin ser visto de éste.)


Escena X
El REY. - El MARQUÉS DE POSA.
(Apenas éste advierte la presencia del Rey, se dirige a él se arrodilla y se levanta sin embarazo.)
REY. (Mirándole con ademán de sorpresa.)- Me habéis hablado, alguna vez, por lo visto.
MARQUÉS.- No.
REY.- Habéis prestado algunos servicios a mi corona; ¿por qué os ocultáis a mi gratitud? Tengo tantos nombres en la memoria... ¡Sólo Dios lo sabe todo! A vos os tocaba buscar la mirada de vuestro Rey: ¿por qué no lo habéis hecho?
MARQUÉS.- No hace más de dos días, señor, que he regresado a este reino.
REY.- No quiero seguir siendo el deudor de los que me sirven; pedidme una gracia.
MARQUÉS.- No me es necesaria; gozo del beneficio de las leyes.
REY.- También goza de ellas el asesino.
MARQUÉS.- Pero mayormente un buen ciudadano...; vivo satisfecho, señor.
REY. (Aparte.)- Mucho es su orgullo y mucha su osadía; debía esperarlo, vive Dios. Me gusta que el español sea altivo, y lo llevo en paciencia hasta cuando se desborda el vaso. (Al Marqués.) Me han dicho que habíais abandonado mi servicio.
MARQUÉS.- Me he retirado para ceder el puesto a otro más digno.
REY.- Esto me disgusta ciertamente. ¡Qué gran pérdida para mis Estados, si los hombres de valía se retiran a la ociosidad! ¿Tal vez habéis temido faltar a vuestra particular vocación?
MARQUÉS.- Oh, no; tengo la seguridad de que un hábil conocedor del alma humana, que supiera utilizar sus materiales, hubiera distinguido en mí, a la primera ojeada, mi particular vocación. Me siento altamente reconocido a V. M. por la opinión que le merezco. Sin embargo... (Se detiene.)
REY.- ¿Reflexionáis?
MARQUÉS.- Francamente, señor; no me hallo dispuesto a revestir con el lenguaje de vuestros palaciegos lo que he pensado como ciudadano del mundo; porque, desde el día en que rompí mis relaciones con el poder, me creí también exento de la necesidad de explicarle los motivos de mi determinación.
REY.- ¿Acaso estos motivos son frívolos, puesto que teméis manifestarlos?
MARQUÉS.- Si dispusiera del tiempo necesario para explicarlos extensamente, arriesgaría por ello mi vida; mas yo os confesaré la verdad, si no me negáis este favor. Puesto que me hallo en el caso de escoger entre vuestro desdén y vuestro odio, prefiero pareceros antes un criminal que un loco.
REY. (Con curiosidad.)- Veamos.
-MARQUÉS.- Señor, yo no puedo ser el servidor de los príncipes. (El Rey le mira con sorpresa.) No quiero engañar al comprador; si os dignáis emplearme en vuestro servicio, querréis sin duda de mi actos meditados y pesados anticipadamente; querréis mi brazo y mi valor para el campo de batalla, mi cabeza para los consejos. El fin de mis acciones no deberá hallarse en ellas, sino en la acogida que encuentren al pie del trono. Mas para mí, señor, la virtud lleva su precio en sí misma, y me place derramar por mi propia cuenta los beneficios que el Rey derramaría por mis manos; quiero que este trabajo sea para mí la obra de la inclinación, un gozo; no la obra del deber. ¿Es este vuestro pensamiento? ¿Podréis soportar un acto extraño a vos, en vuestra creación? ¿Y yo debo descender a ser el cincel, cuando puedo ser el artista?... ¡Ah! Señor; yo amo a la humanidad, y en las monarquías sólo puedo amarme a mí propio.
REY.- Me parece muy digno de elogio vuestro entusiasmo. Queréis hacer el bien. Al hombre cuerdo y amante de su patria, poco le importa cómo realizará este deseo. Buscad en todo mi reino un puesto, que os permita entregaros a tan nobles inclinaciones.
MARQUÉS.- No veo ninguno.
REY.- ¡Cómo!
MARQUÉS.- V. M. quiere sembrar por mis manos la felicidad de los hombres, ¿pero ésta es la misma que yo les deseo en la pureza de mi amor? Ante ella temblaría la majestad de los reyes. No; la política de los tronos ha creado una felicidad especial que puede distribuir todavía con largueza ha sembrado en el corazón de los hombres nuevas inclinaciones que se contentan con aquélla; ha marcado con su sello la verdad que puede soportar, y cuantas no llevan esta marca son rechazadas. ¿Pero lo que place a la corona me place a mí? ¿El amor fraternal que siento por el hombre, puede prestarse a la tarea de rebajar al hombre? ¡Cómo puedo creerle feliz, despojado del derecho de pensar! No me elijáis, pues, para distribuir una dicha vaciada en vuestros troqueles; rehúso ser un repartidor de vuestra moneda.
REY. (Con viveza.)- Vos sois protestante.
MARQUÉS.- Vuestras creencias son las mías, señor. (Pausa.) No he sido comprendido; lo temí. Me habéis visto levantar el velo que cubre los misterios de la monarquía, y pensáis que es difícil que mire como sagrado lo que ya no perturba mi mirada. Parezco temible porque he osado reflexionar sobre mí mismo, pero os aseguro que no lo soy, porque mis deseos se hallan encerrados aquí. (Pone la mano sobre el corazón.) El ridículo furor de innovaciones que aumenta el peso de las cadenas que no puede romper, no inflamará nunca mi sangre. Mi siglo no está aún en sazón para mi ideal: yo soy un ciudadano de los siglos por venir. Si una simple pintura puede turbar vuestro reposo, basta un soplo para desvanecerla.
REY.- ¿Soy el primero a quien os habéis mostrado bajo este aspecto?
MARQUÉS.- Bajo este aspecto, sí.
REY. (Se levanta, da algunos pasos, y se detiene delante del marqués.)- Este lenguaje tiene al menos el atractivo de la novedad. La lisonja fatiga, la imitación rebaja al hombre de mérito, y éste ensaya, siquiera una vez, lo contrario. ¿Por qué no? Lo que sorprende hace fortuna. Si lo habéis comprendido así, perfectamente. Desde hoy estableceré un nuevo cargo en la corte, el de despreocupado.
MARQUÉS.- Veo, señor, qué mezquina, qué humillante idea tenéis de la dignidad del alma humana. Hasta en el lenguaje del hombre libre descubrís el artificio de la adulación, y en verdad que me parece conocer la causa de vuestra opinión tristísima. Los hombres os han impelido a ella, los hombres que han abdicado ante vos su nobleza y descendido voluntariamente a un lugar subalterno; huyen con espanto de la sombra de su dignidad interior, se complacen en sus miserias, adornan con infame habilidad sus propias cadenas y llaman virtud al talento de llevarlas con decoro. En tal estado habéis recibido el mundo, en tal estado os fue trasmitido por vuestro glorioso padre. ¡Cómo era posible que después de tan dolorosa mutilación honrarais al hombre!
REY.- Algo hay de cierto en vuestras palabras.
MARQUÉS.- Pero el error está en haber convertido al hombre, obra del Creador, en obra de vuestras manos y haberos después presentado como un dios a esta criatura de nuevo cuño. Una sola cosa olvidasteis; habéis seguido siendo hombre, hombre salido de las manos del Creador, sujeto a los padecimientos y deseos de los demás mortales, y como ellos, sediento de amor y simpatía y... ¿qué puede ofrecerse a un dios, si no es el temor o el ruego? ¡Oh deplorable transformación! ¡Fatal inversión de la naturaleza! Habéis hecho del hombre una cuerda de vuestra lira, ¿quién partirá con vos el sentimiento de la armonía?
REY.- ¡Por el cielo... me arroba!
MARQUÉS.- ¡A vos poco importa este sacrificio, porque gracias a él, sois el único de nuestra especie, sois un dios! Nada sería tan terrible como que no fuera así; si con la pérdida de la dicha de tantos ciudadanos no hubieseis ganado nada, y la libertad que anonadasteis fuese ahora lo único que pudiera satisfacer vuestras aspiraciones. Pero os ruego, señor, que me permitáis retirarme, pues mi asunto me exalta y arrebata. Mi henchido corazón desborda, porque tiene demasiado encanto para mí hallarme delante del único hombre al cual puedo abrirlo de par en par. (En este momento entra el Conde de Lerma y dice algunas palabras al Rey, quien le hace una seña para que se retire, y recobra su actitud.)
REY.- Acabad.
MARQUÉS. (Pausa.)- Comprendo todo el precio...
REY.- Acabad; tenéis algo que decirme todavía.
MARQUÉS.- Acabo de llegar, señor, de Flandes y Brabante. ¡Qué rica y floreciente provincia! ¡Qué grande, qué poderoso, y al propio tiempo qué honrado pueblo! Ser el padre de este pueblo -pensaba yo- debe ser un gozo celestial... Cuando de repente mis pies tropiezan con algunos huesos calcinados! (Pausa. El marqués mira fijamente al Rey, que intenta contestar a su mirada, pero conmovido y turbado, baja los ojos.) Tenéis razón; debéis de tenerla; pero precisamente me aterra y admira al par, que os haya sido posible cumplir tamaño deber. ¡Es ciertamente triste que la víctima que rueda bañada en su propia sangre, no pueda entonar un canto de alabanza a la intención del sacrificador; es ciertamente triste que la historia del mundo sea escrita por hombres, y no por seres de superior naturaleza! Una más suave civilización ha de sustituir a la de Felipe, más sabia, más humanitaria, se acordará la libertad de los ciudadanos con la grandeza de los príncipes; el Estado se mostrará avaro de sus hijos y la misma necesidad se humanizará.
REY.- ¿Y cuándo creéis que llegarían estos felices tiempos, si yo hubiese temblado ante la maldición de los presentes?... Mirad en torno de vos a mi España. Bajo el reinado de una paz sin nubes florece la dicha, y yo quiero dar este reposo a Flandes.
MARQUÉS. (Con viveza.)- El reposo de un cementerio... ¡Y aún esperáis acabar la obra comenzada! ¡Y aún esperáis detener la transformación necesaria a la cristiandad, la primavera universal que rejuvenece al mundo! ¡Solo, aislado en toda Europa, os queréis arrojar delante de la rueda de los destinos humanos, que prosigue sin cesar su curso! ¡Queréis que el brazo de un hombre la encamine! Oh! No, no lo haréis! Veo a millares de hombres que han huido de vuestros Estados, pobres pero gozosos. Los ciudadanos que perdisteis a causa de sus creencias, eran precisamente los más nobles. Isabel tiende sus maternales brazos a los fugitivos, y la terrible Inglaterra prospera con la industria de los hijos de nuestras comarcas. Privada del activo trabajo de los nuevos cristianos, Granada ha quedado desierta; Europa entera triunfa al ver a su enemigo ensangrentado con las heridas que se ha abierto en su propio cuerpo. (El Rey se conmueve; el marqués lo advierte y se le acerca.) Queréis trabajar para la humanidad y sembráis la muerte. Esta obra de opresión no ha de sobrevivir al obrero que la ha inaugurado, y construís vuestro edificio para la ingratitud. En vano habréis librado rudo combate con la naturaleza; en vano habréis sacrificado a vuestros destructores proyectos una vida de príncipe y vuestras virtudes de rey; el hombre es algo más de lo que creísteis; romperá el yugo de su letargo, y reclamando un día sus sagrados derechos, unirá vuestro nombre a los de Nerón y Busiris; por vos lo siento, porque vos sois bueno.
REY.- ¿Dónde habéis adquirido esta certeza?
MARQUÉS. (Con fuego.)- ¡Sí, por el cielo! Sí, sí; lo repito. Devolvednos lo que nos habéis arrebatado. Sed generoso como suelen los fuertes, y dejad que nuestra dicha se deslice de vuestras manos. Permitid que el alma del hombre madure en vuestro vasto edificio. Devolvednos lo que nos habéis arrebatado. Entre mil, sed un Rey. (Se acerca osadamente a él, y clava en él firme y ardiente mirada.) ¡Oh! ¡Quién tuviera ahora la elocuencia de los millares de seres, cuya suerte se decide en tan solemne momento! ¡Quién pudiera convertir en visible llama, el pasajero rayo que brilla en vuestros ojos! ¡Abdicad la apoteosis contraria a la naturaleza que nos anonada, y sed para nosotros un trasunto de lo que es eterno y verdadero! ¡Jamás mortal alguno hallose en estado de usar más bellamente de su poder! Todos los reyes de la tierra rinden homenaje al nombre español; ¡marchad a la cabeza de los reyes de Europa! Con un rasgo de pluma de vuestra mano, la tierra aparecerá como de nuevo creada. ¡Concedednos la libertad de pensar! (Se arrodilla a los pies del Rey.)
REY.- ¡Extraño entusiasta!... ¡Levantaos... por Dios!... Yo...
MARQUÉS.- ¡Mirad a vuestro alrededor, cómo la naturaleza se muestra esplendorosa fundada en la libertad y rica por la libertad! El Omnipotente arroja el insecto en una gota de rocío, y deja que allí se agite libremente entre la muerte y la vida. ¡Cuán pequeña y miserable vuestra creación, comparada con aquélla! El rumor de una hoja asusta al señor de todo el orbe cristiano, que tiembla ante la sombra de una virtud, mientras que el Señor de señores, antes que turbe de la libertad el encantador espectáculo, deja que se desencadene sobre el universo toda suerte de males. Ocúltase discretamente bajo leyes eternas, y al que todo lo ha creado, no se le ve en parte alguna. El impío ve a aquéllas, y no ve a éste, y dice: ¿Por qué un Dios?... ¡El mundo se basta a sí mismo! Y esta blasfemia es un homenaje rendido al Creador, superior a los que la devoción le rinde.
REY.- ¡Qué!... ¿Oraríais imitar en mis Estados tan sublime modelo?
MARQUÉS.- Vos lo podéis; ¿quién lo puede sino vos? ¿Por qué no consagrar a la felicidad de los pueblos el poder que habéis empleado hasta ahora en pro de la grandeza del trono? ¿Por qué no devolver a la humanidad la dignidad perdida? Sea nuevamente el ciudadano lo que había sido hasta ahora, el objeto y fin del gobierno, y no se le encadene con otros deberes que los nacidos de los sagrados derechos de sus hermanos. Cuando entregado a sí mismo, el hombre recobrará el sentimiento de su dignidad, cuando las elevadas virtudes de los hombres libres se desenvuelvan en él, y sea vuestro reino el más feliz de todos, entonces, sólo entonces tendréis el deber de subyugar al mundo.
REY. (Después de largo silencio.)- He permitido que hablarais hasta el fin. Harto comprendo que vuestra imaginación os pinta el mundo de un modo distinto que la suya a los demás hombres; no quiero, por tanto, sujetaros a un ordinario juicio. Creo, y lo creo porque lo sé, que yo soy el primero a quien habéis revelado vuestros pensamientos más íntimos, y en gracia a la reserva que os obligó a ocultarlos en lo más hondo del corazón, en gracia a esta modesta reserva, quiero borrarlos de mi memoria y olvidar el modo que me ha llevado a conocerlos. Levantaos; deseo corresponder a vuestro entusiasmo con la indulgencia del anciano, no como rey. Lo quiero, porque lo quiero. Hasta el veneno puede convertirse en saludable sustancia en un organismo privilegiado, pero guardaos de la Inquisición... Vería con dolor...
MARQUÉS.- Es cierto... ¿Con dolor?
REY.- No había encontrado hasta ahora un hombre como vos. No, no, marqués; me juzgáis con demasiada rudeza. Creed que nunca he pensado en ser un Nerón; no quiero serlo, no quiero serlo por vos. No perecerá toda dicha en mi reino, y bajo mi dominación podréis continuar siendo un hombre.
MARQUÉS.- ¿Y mis conciudadanos, señor? Aquí no se trataba de mí; no venía a defender mi propia causa; se trataba de ellos... Decid... ¿Y vuestros vasallos?
REY.- Puesto que conocéis el juicio que formulará sobre mis actos la posteridad, sepa también cómo he tratado a los hombres cuando he hallado uno...
MARQUÉS.- Ruégoos, señor, que siendo tan justo como sois, no cometáis al propio tiempo tal injusticia. En Flandes viven millares de ciudadanos, sin disputa mejores que yo. Sólo vos -me atrevo a afirmarlo- sólo vos veis por vez primera, bajo más grato aspecto, la idea de la libertad.
REY.- No añadáis una palabra más sobre esta cuestión, noble joven. Tengo la seguridad de que modificaréis vuestras opiniones, cuando conozcáis mejor a los hombres. Sentiría, sin embargo, que esta entrevista fuese la última. Decidme, ¿qué debo hacer para aliaros a mi poder?
MARQUÉS.- Dejadme tal como soy. ¿Qué sería para vos, si me dejara seducir por vuestras promesas?
REY.- No sufro este rasgo de orgullo; desde hoy os considero a mi servicio, y sin admitir excusa de ningún género. (Pausa.) Pero... cómo... ¿No iba en busca de la verdad y no hallo más todavía?... Me habéis visto sentado en mi trono, pero no en mi casa, marqués. (El marqués parece meditar.) Os comprendo. Pero, aunque sea el padre más desgraciado de la tierra ¿no puedo ser feliz esposo?
MARQUÉS.- Si un hijo sobre el cual cabe fundar halagüeñas esperanzas, si la posesión de una esposa, digna de amor, dan a un mortal el derecho de llamarse feliz, vos, más que otro alguno, señor, vos gozáis sin duda de esta noble dicha.
REY. (Con ademán sombrío.)- No gozo de ella, no gozo de ella; nunca lo había comprendido como ahora.
MARQUÉS.- El alma del Príncipe, señor, es noble y pura; jamás dudé de ello.
REY.- Pero yo... Ni una corona puede compensar lo que me ha arrebatado... ¡Una Reina tan virtuosa!
MARQUÉS.- ¿Quién osaría, señor?...
REY.- El mundo, la calumnia; yo mismo... Ved los irrecusables testimonios que la condenan, sin otros que existen, y que me hacen temer la más terrible noticia. Pero no puedo, marqués, no puedo resignarme a creer a un solo testigo acusador... ¡Ella, ser capaz de tal delito...! Más natural me parece creer que una Éboli la calumnia; y en cuanto al fraile y al Duque de Alba, aquel la odia tanto como a mi hijo, y éste fomenta la venganza. Mi esposa vale más que todos ellos juntos.
MARQUÉS.- Hay algo en el alma de la mujer, señor, que está por encima de todas las apariencias y calumnias... la virtud de la mujer!
REY.- Lo mismo digo yo; cuesta mucho descender al punto a que suponen ha descendido la Reina; que los lazos sagrados del honor no se rompen tan fácilmente como pretenden persuadirme. Vos conocéis a los hombres, marqués; un hombre como vos me falta mucho tiempo ha. Sois bueno, confiado; y sin embargo conocéis a los hombres... He aquí por qué os he elegido...
MARQUÉS. (Sorprendido y asustado.)- ¿A mí, señor?
REY.- Llegado a mi presencia, nada habéis pedido para vos, espectáculo nuevo ciertamente a mis ojos... Seréis juez, porque sé que la pasión no ha de conturbaros. Acercaos a mi hijo y sondead el corazón de la Reina, y para que podáis conversar con ella en secreto, os confiaré plenos poderes. Entre tanto retiraos.
(Llama.)
MARQUÉS.- Si puedo lograr una esperanza fundada, este es el día más bello de mi vida.
REY. (Le da a besar la mano.)- No lo considero perdido para mí. (El marqués se levanta y se retira. Entra el Conde de Lerma.) Este caballero entrará de hoy más, sin necesidad de ser anunciado.
Acto IV


Escena Primera
Un salón de las habitaciones de la Reina
La REINA.- La DUQUESA DE OLIVARES. - La PRINCESA DE ÉBOLI. - La CONDESA DE FUENTES; otras damas.
REINA. (Levantándose; a la Duquesa.)- No se encuentra la llave?... Pues entonces habrá que hacer pedazos la arquilla inmediatamente. (Ve a la Princesa que se acerca a ella y le besa la mano.) Bien venida, querida Princesa; me alegro de veros restablecida aunque estáis todavía muy pálida.
FUENTES. (Con malicia.)- Consecuencias de la pícara fiebre que ataca los nervios de tan rara manera... ¿Verdad, Princesa?
REINA.- Mucho deseaba ir a veros, querida, pero no me atreví.
OLIVARES.- No le ha faltado al menos compañía a la Princesa.
REINA.- Lo creo muy bien; pero ¿qué tenéis? Tembláis, Princesa.
PRINCESA.- Nada, nada absolutamente, señora, pero os pido permiso para retirarme...
REINA.- Pretendéis ocultárnoslo, pero se ve que estáis peor de lo que decís; ha de fatigaros mucho permanecer en pie... Condesa, ayudadla a sentarse en este taburete.
PRINCESA.- Estaré mejor al aire libre. (Se va.)
REINA.- Seguidla, Condesa... ¡Qué demudada está! (Un paje entra y habla a la Duquesa, quien se dirige a la Reina.)
OLIVARES.- Señora, el marqués de Posa que llega de orden del Rey.
REINA.- Le aguardo. (El paje sale y abre la puerta al marqués.)


Escena II
Dichas. - El MARQUÉS DE POSA, que dobla la rodilla delante la REINA, quien le hace seña de que se levante.
REINA.- ¿Cuál es la orden de mi Rey? Puedo públicamente...
MARQUÉS.- Debo hablar a solas con V. M. (Las damas se alejan a una señal de la Reina.)


Escena III
La REINA. - El MARQUÉS DE POSA.
REINA. (Sorprendida.)- ¡Cómo!... ¿Daré fe a mis ojos? ¿Vos enviado a mí por el Rey?
MARQUÉS.- Si esto parece extraño a V. M., a mí no.
REINA.- El mundo ha salido de su órbita... ¡Vos y él!... Confieso que...
MARQUÉS.- Que parece raro; es muy posible, pero nuestros tiempos están destinados a producir cosas muy sorprendentes...
REINA.- Más sorprendentes que éstas, con dificultad.
MARQUÉS.- Supongamos que me he dejado por fin seducir y que me he cansado de mi papel de hombre original. Porque en verdad, ¿qué significa esta palabra? Quien desea ser útil a los hombres, debe ante todo mostrarse a ellos como su semejante; por tanto, ¿para qué el fastuoso traje del sectario?... Admitamos... ¿Habrá alguien tan exento de vanidad, que no pretenda ganar prosélitos para sus creencias? Admitamos que trabajo para colocar las mías en el trono...
REINA.- ¡Ah! No, Marqués; no quisiera ni aun en broma, atribuiros semejante idea tan fuera de sazón... Vos no sois un soñador capaz de emprender una obra imposible.
MARQUÉS.- Precisamente, a mi juicio, esta es la cuestión.
REINA.-Lo más que podría imputaros, marqués, y no me sorprendería menos tratándose de vos, sería... sería...
MARQUÉS.- Cierta doblez... acaso.
REINA.- Cuando menos, cierto disimulo. Según todas las apariencias, el Rey no os ha encargado decirme lo que me diréis...
MARQUÉS.- No.
REINA.- Y yo os pregunto si una buena causa puede ennoblecer un medio reprensible. Vuestra noble altivez, excusadme esta duda, ¿puede prestarse a semejantes oficios? Apenas puedo creerlo...
MARQUÉS.- Ni yo lo creería tampoco, si se tratara tan sólo de engañar al Rey; pero no es esta mi opinión, y pienso, por el contrario, servirle más lealmente esta vez, de lo que él mismo me ordena.
REINA.- En esto os reconozco y me basta... ¿Qué hace?
MARQUÉS.- ¿El Rey? Me parece que voy a quedar pronto vengado de vuestra severidad en juzgarme, pues por lo visto V. M. no tiene mucha prisa por saber lo que yo debo apresurarme a comunicarle; fuerza será, sin embargo, que me oiga. El Rey ruega a V. M. que no conceda audiencia hoy al embajador de Francia. He aquí mi comisión, y hela cumplida.
REINA.- ¿A esto se reduce cuanto debíais decirme de su parte?
MARQUÉS.- Al menos es lo que me autoriza a estar aquí.
REINA.- Me resigno con gusto, marqués, a ignorar lo que para mí debe ser un secreto.
MARQUÉS.- Así debe ser, señora. En verdad, que si no fuera V. M. quien es, me apresuraría a advertirla de algo, y a ponerla en guardia contra ciertas personas... pero con V. M. no es necesario, y el peligro puede rodearos sin que lo sepáis jamás... Estas pequeñeces no son dignas de perturbar el sueño de oro de un ángel, ni son tampoco las que aquí me conducen. El príncipe Carlos...
REINA.- ¿Cómo le habéis dejado?
MARQUÉS.- Como el único sabio de su tiempo, para quien es un crimen adorar la verdad, y tan dispuesto a morir por su amor, como el sabio a morir por ella. Pocas palabras he de deciros... pero en esta carta habla él. (Da una carta a la Reina.)
REINA. (Después de haberla leído.)- Dice que es preciso que me hable.
MARQUÉS.- Y también lo digo yo.
REINA.- ¿Y será más feliz porque vea con sus propios ojos que yo no lo soy?
MARQUÉS.- No, pero se volverá más activo y resuelto.
REINA.- ¿Cómo?
MARQUÉS.- El Duque de Alba ha obtenido el gobierno de Flandes.
REINA.- Eso me han dicho.
MARQUÉS.- El Rey no se retracta nunca; le conocemos. Pero es verdad también que el Príncipe no puede continuar aquí; no puede ser de ningún modo, y Flandes no ha de ser sacrificada.
REINA.- ¿Podéis impedirlo, Marqués?
MARQUÉS.- Tal vez sí; el medio, quizás tan terrible como el peligro; osado, como la desesperación... pero no conozco otro.
REINA.- Decídmelo.
MARQUÉS.- Sólo a vos, a vos sola, me atrevo a descubrirlo, porque sólo de vos podría oírlo Carlos sin horror... El nombre que se le dará es realmente un poco duro...
REINA.- Una rebelión.
MARQUÉS- Es fuerza que desobedezca al Rey y se dirija secretamente a Bruselas, donde los flamencos le aguardan con los brazos abiertos. Las Provincias-Unidas se levantarán a su señal, y el hijo del Rey comunicará fuerza a la buena causa: ¡tiemble al empuje de sus armas el trono español!... El padre le concederá en Bruselas lo que le rehúsa en Madrid.
REINA.- ¿Hoy le habéis hablado, y esto es lo que queréis?
MARQUÉS.- Precisamente; porque le hablé hoy.
REINA.- (Pausa.) El plan que me reveláis me espanta y me arrebata a la vez; creo que no vais descaminado. El proyecto es atrevido, y quizá por esto me place... Quiero meditarlo... ¿Lo conoce el Príncipe?
MARQUÉS.- Mi intento era que lo oyese por primera vez de vuestros labios.
REINA.- Sin duda alguna la idea es grande... Si la juventud del Príncipe...
MARQUÉS.- No será obstáculo para la empresa, porque hallará allí un Egmont, un Orange; bravos soldados del emperador Carlos V, tan sabios en el consejo como temibles en el campo de batalla.
REINA. (Con viveza.)- Sí; la idea es grande y bella. Comprendo con viveza que el Príncipe debe disponerse a hacer algo, porque la posición que ocupa en Madrid me humilla por él. Le prometo el concurso de Francia y de Saboya. Soy de vuestra opinión, Marqués; es necesario que haga algo. Pero esta empresa exige dinero...
MARQUÉS.- Está ya aprontado.
REINA.- Conozco además un medio...
MARQUÉS.- ¿Puedo desde luego darle a entender que le recibiréis?
REINA.- Quiero meditarlo.
MARQUÉS.- Carlos aguarda una respuesta, señora, y he prometido llevársela. (Presenta a la Reina su libro de memorias.) Bastarán por ahora dos líneas.
REINA. (Después de haber escrito.)- ¿Volveré a veros?
MARQUÉS.- Cuantas veces me lo ordenéis.
REINA.- ¿Cuántas veces lo ordene?... ¿Cómo me explicaré semejante libertad, Marqués?
MARQUÉS.- Del modo más inocente que vuestro ingenio os sugiera. Disfruto de ella; esto basta a V. M.
REINA. (Interrumpiéndole.)- ¡Qué júbilo sería el mío, Marqués, si quedara aún a la libertad este refugio en Europa... y si fuera él quien lo conservase!... Contad con mi secreto interés.
MARQUÉS.- ¡Ah! Ya sabía yo que aquí sería comprendido. (La Duquesa de Olivares se presenta en el dintel de la puerta.)
REINA. (Con frialdad, al Marqués.)- Cuanto manda el Rey mi señor será respetado como ley. Id a asegurarle mi sumisión. (A una señal de la Reina, el Marqués se aleja.)


Escena IV
Una galería
D. CARLOS. - El CONDE DE LERMA.
CARLOS.- Aquí nadie vendrá a interrumpirnos. ¿Qué tenéis que decirme?
LERMA.- V. A. tenía en la corte un amigo...
CARLOS. (Sorprendido.)- ¿Que yo no conocía? ¡Cómo! ¿Qué queréis decirme?
LERMA.- Entonces debo pediros perdón de haber averiguado más de lo que debía saber... Tranquilícese, sin embargo, V. A. Conozco este secreto por conducto de una persona fiel; en una palabra, por mí mismo.
CARLOS- ¿A quién os referís?
LERMA.- Al Marques de Posa.
CARLOS.- ¡Y bien!
LERMA.- Si por acaso sabía de V. A. más de lo que es permitido, como temo...
CARLOS.- ¿Teméis?
LERMA.- Ha estado a ver al Rey.
CARLOS.- ¡Ah!
LERMA.- La entrevista ha durado dos horas largas, y la conversación ha sido íntima.
CARLOS.- ¿Verdad?
LERMA.- No se trataba de asuntos baladíes.
CARLOS.- Me lo figuro.
LERMA.- He oído pronunciar vuestro nombre con frecuencia, Príncipe.
CARLOS.- Supongo que esto no es una mala señal.
LERMA.- Se ha hablado también de la Reina en la cámara del Rey y de un modo enigmático.
CARLOS. (Retrocede atónito.)- ¡Conde de Lerma!
LERMA.- Cuando el Marqués ha salido, he recibido la orden de permitirle la entrada sin previo anuncio.
CARLOS.- Esto es realmente grave.
LERMA.- Y sin ejemplo, Príncipe, que yo recuerde, desde que sirvo al Rey.
CARLOS.- ¡Grave, realmente grave! ¿Y cómo decís se ha hablado de la Reina?
LERMA. (Retrocede.)- No, Príncipe, no; faltaría a mi deber...
CARLOS.- Es singular; me decís una cosa y me ocultáis otra...
LERMA.- La primera debía decírosla; la segunda pertenece al Rey.
CARLOS.- Tenéis razón.
LERMA.- He tenido siempre al Marqués por un caballero...
CARLOS.- Le habéis juzgado bien.
LERMA.- Toda virtud es sin mancha, hasta el momento de la prueba.
CARLOS.- La suya es inmaculada, así antes como después.
LERMA.- El favor de un gran Rey es digno de ser tenido en cuenta, y la más sólida virtud se ha dejado prender en el dorado anzuelo.
CARLOS.- ¡Oh sí!
LERMA.- Muchas veces es cordura revelar lo que no puede permanecer oculto.
CARLOS.- Oh! Sí; de cuerdos es; pero vos mismo decís que habéis tenido siempre al Marqués por hombre honrado.
LERMA.- Si lo es aún, mi sospecha no puede hacer de él un malvado, y vos, Príncipe, ganáis en ello doblemente. (Va a salir.)
CARLOS. (Le sigue y le aprieta la mano.)- Doble es mi ganancia, noble y digno caballero, porque gano un amigo, y no pierdo el que poseía.
(Lerma base.)


Escena V
El MARQUÉS DE POSA (que llega por la galería.) - CARLOS.
MARQUÉS.- ¡Carlos! ¡Carlos!
CARLOS.- ¿Quién me llama?... ¡Ah! eres tú...- Muy bien; me voy al convento; ve a encontrarme pronto.
(Hace que se va.)
MARQUÉS.- Aguarda... dos minutos...
CARLOS.- Si nos sorprendieran...
MARQUÉS.- No será; seré breve. La Reina...
CARLOS.- ¿Has visto a mi padre?
MARQUÉS.- Me mandó llamar. Sí.
CARLOS. (Con curiosidad.)- ¿Y bien?
MARQUÉS.- Estamos arreglados; tú la hablarás.
CARLOS.- ¿Y el Rey?... ¿Qué quiere el Rey?
MARQUES.- Él... nada... Curiosidad de saber quién soy... oficiosidades de algunos amigos que no estaban encargados de semejante comisión... ¿Qué sé yo?.... Me ha ofrecido algunos servicios...
CARLOS.- Que has rehusado...
MARQUÉS.- Por supuesto.
CARLOS.- Y en qué disposición de ánimo os habéis separado?
MARQUÉS- En muy buena disposición.
CARLOS.- ¿No se trató de mí?
MARQUÉS.- ¿De ti?... Sí; pero, en general... (Saca su libro de memorias y lo entrega al Príncipe.) Toma unas líneas de la Reina. Mañana sabré dónde y cómo...
CARLOS. (Leyendo con distracción, guarda el libro y va a salir.)- Me encontrarás, digo, en la Cartuja.
MARQUÉS.- Aguarda... ¿Por qué apresurarte, si no viene nadie?
CARLOS. (Con afectada sonrisa.)- Parece que hemos trocado los papeles... Hoy gozas tú de sorprenderte seguridad.
MARQUÉS.- ¿Hoy? ¿Por qué hoy?
CARLOS.- ¿Y qué me escribe la Reina?
MARQUÉS.- ¿No acabas de leerlo?
CARLOS.- ¿Yo?... ¡Ah!... Sí.
MARQUÉS.- ¿Qué tienes?... Qué te pasa?
CARLOS. (Vuelve a leer; con calor y arrebato.)- ¡Ángel divino! Sí; quiero ser, quiero ser digno de ti. El amor engrandece las grandes almas... Sea lo que quiera, no importa; obedezco cuando ordenas... Escribe que debo prepararme para una importante resolución: ¿qué quiere decir? ¿Lo sabes?
MARQUÉS.- Y aunque lo supiera, Carlos, ¿estás dispuesto a oírla?
CARLOS.- Te ofendí tal vez... Estaba distraído; perdóname, Rodrigo.
MARQUÉS.- Estabas distraído; ¿y por qué?
CARLOS.- Por... ni yo mismo lo sé; ¿puedo quedarme el libro de memorias?
MARQUÉS.- No, por ahora. Precisamente he venido a pedirte el tuyo.
CARLOS.- ¿El mío? Y por qué?
MARQUÉS.- Y cuantas fruslerías te pertenezcan además; no es conveniente caigan en manos de un tercero: cartas, fragmentos, trozos de papel, en una palabra tu cartera.
CARLOS.- ¿Mas por qué?
MARQUÉS.- Para prevenir todo accidente: ¿quién se halla al abrigo de un golpe de mano?... Nadie vendrá a buscarlos a mi casa... Dámela.
CARLOS. (Con inquietud. )- Sin embargo, es singular... ¿Por qué, así de repente, ésta?...
MARQUÉS.- Tranquilízate por completo, porque ciertamente no me guía ninguna otra intención que precaver el peligro. No he pensado un momento que tú temieras entregármela.
CARLOS. (Le da su cartera.)- Guárdala bien.
MARQUÉS.- Lo haré.
CARLOS. (Con intención.)- Rodrigo, mucho vale lo que te entrego.
MARQUÉS.- Mucho menos de lo que tengo recibido de ti... Así, por ahora adiós, allí hablaremos...
(Hace que se va.)
CARLOS. (Lucha consigo mismo, y por fin le llama.)- Devuélveme estas cartas otra vez. Hay una entre ellas que me escribió desde Alcalá, cuando estaba gravemente enfermo, y la llevé siempre sobre mi corazón; es para mí cruel separarme de esta carta; déjame ésta... solamente ésta, y toma las restantes... (Toma la carta y le devuelve la cartera.)
MARQUÉS.- Carlos, cedo a mi pesar, pues necesitaba precisamente ésta.
CARLOS.- Adiós. (Se aleja a paso lento, después se detiene al llegar a la puerta y le devuelve la carta.) Tómala. (Su mano tiembla, rompe a llorar, y se echa en los brazos del Marqués, reclinando la cabeza sobre su pecho.) Estas cartas no pueden caer en manos de mi padre, ¿verdad, Rodrigo?... No puede ser. (Vase precipitadamente.)


Escena VI
El MARQUÉS DE POSA.
MARQUÉS. (Atónito, le sigue con la mirada.)- ¿Será esto posible?... ¿Acaso no le he conocido enteramente todavía, y escapó a mi mirada este repliegue de su corazón? Desconfiará de su amigo?... No; yo le calumnio. ¿Qué me ha hecho para que le acuse de semejante flaqueza, yo que soy el más débil... y siento lo que le imputo? Quizás la sorpresa... Esto será sin duda, porque nunca pudo prever tan extraña resolución de mi parte. No puedo evitarte, Carlos, la pena que esto te causa, y debo todavía atormentar tu alma bondadosa. El Rey fía en la solidez del vaso, donde ha depositado su más íntimo secreto, y la confianza exige la gratitud... ¿Para qué cometer una indiscreción, cuando mi silencio no puede causarte pesar, y quizá te lo evita? ¿Para qué mostrar al que duerme la tempestuosa nube que se extiende sobre su cabeza?... Basta que la aleje de ti... Cuando despiertes, el cielo habrá recobrado su claridad.


Escena VII
Gabinete del Rey
El REY sentado en un sillón. - Junto a él, la infanta CLARA-EUGENIA.
REY. (Después de profundo silencio.)- No; es sin embargo mi hija; ¡naturaleza no mentiría con tal exactitud! Sus azules ojos son los míos, y hallo mi propia imagen en cada una de sus facciones. ¡Hijo de mi amor! Sí; lo eres, te estrecho contra mi corazón, sangre de mi sangre! (Se detiene de súbito conturbado.) ¡Mi sangre!... ¿Y puedo temer algo peor? ¿Mis facciones no son también las suyas? (Toma el medallón entre sus manos, y compara el retrato con su propia cara, reflejada en un espejo que tiene delante de él. Lo arroja luego, se levanta, y aparta a la niña.) ¡Lejos, lejos de mí!... Me pierdo en semejante abismo...


Escena VIII
El CONDE DE LERMA. - El REY.
LERMA.- Señor, la Reina acaba de entrar en el salón.
REY.- ¿Ahora?
LERMA.- Y pide audiencia...
REY.- ¿Pero ahora; ahora?... ¿En momento tan inusitado? No; ahora no puedo hablarla, no puedo hablarla.
LERMA.- He aquí a Su Majestad en persona. (Vase.)


Escena IX
El REY, la REINA, la INFANTA. (La Infanta corre hacia su madre, y se coge a ella. La Reina cae de hinojos a los pies del Rey, mudo y cortado.)
REINA.- Esposo mío, y mi señor... Me veo obligada... a reclamar justicia al pie del trono.
REY.- ¿Justicia?
REINA.- Se me trata en esta corte con indignidad; mi arquilla ha sido forzada.
REY.- ¿Cómo?
REINA.- Y han desaparecido de ella objetos de alto precio para mí.
REY.- ¿De alto precio para vos?
REINA.- Por la interpretación que podría darles la temeridad de una persona mal informada...
REY.- ¡La temeridad!... La interpretación!... Pero, alzad.
REINA.- No será, antes que mi esposo se comprometa a emplear su real autoridad en darme satisfacción. De lo contrario me alejaré de una corte donde hallan refugio los que me roban.
REY.- Levantaos pues... Esta actitud... Levantaos.
REINA. (Se levanta.)- Desde luego sé que el culpable es persona de elevada jerarquía, porque había en la arquilla más de un millón en perlas y diamantes, y sólo ha tomado las cartas.
REY.- Que, sin embargo, yo...
REINA.- Perfectamente, esposo mío... Había cartas y un medallón del Príncipe.
REY.- ¿De?...
REINA.- Del Príncipe, vuestro hijo.
REY.- ¿Dirigidas a vos?
REINA.- A mí.
REY.- ¿Del Príncipe, y me decís esto, a mí?
REINA.- ¿Y por qué no a vos, señor?
REY.- ¿Y con tal seguridad?
REINA.- ¿Pero a qué se debe esta sorpresa? Creo que recordaréis todavía las cartas que D. Carlos me dirigió a Saint-Germain, con el consentimiento de ambas cortes. Si el retrato que las acompaña no iba comprendido en semejante permiso, y si sus esperanzas asaz precipitadas le arrastraron a dar ese atrevido paso, eso no intentaré decirlo; mas si hubo precipitación era muy excusable; y respondo por él, pues entonces no pudo pensar que se dirigía a su madre. (El Rey hace un gesto que ella advierte... ) ¿Qué es esto?... Qué tenéis?
INFANTA. (Jugando con el medallón que ha recogido del suelo, y presentándolo a su madre.)- Ah! Mirad, madre mía, qué bello retrato!
REINA.- ¡Cómo!... Mi... (Reconoce el medallón, y queda absorta. Ella y el Rey se miran fijamente. Larga pausa.) En verdad, señor, que el medio empleado para cerciorarse de la fidelidad de vuestra esposa, me parece muy noble, y muy digno de un Rey... ¿Puedo permitirme, sin embargo, una pregunta?
REY.- Yo soy quien debo preguntar...
REINA.- Al menos, la inocencia debe hallarse libre de mis sospechas, y por esto pregunto si el robo se debe a una orden vuestra.
REY.- Sí.
REINA.- Entonces no tengo que acusar ni compadecer a nadie más que a vos, cuya esposa no ha nacido para que se usen con ella semejantes procedimientos.
REY.- Este lenguaje no es nuevo para mí, pero no me engañará, señora, segunda vez, como me engañó en el Real sitio. Conozco mejor a esta Reina de angelical pureza, que sabía defenderse con tanta dignidad.
REINA.- ¿Qué significan estas palabras?
REY.- En suma, señora, y sin reticencias: ¿es verdad que entonces no hablasteis a nadie a nadie... es verdad?
REINA.- Hablé al Príncipe; sí.
REY.- ¿Sí? Pues entonces, es claro... Es evidente... ¡Tanta audacia y tan poco celo por mi honor!
REINA.- ¿El honor? Si estaba en peligro, temo que fuera un honor más estimable del que me fue conferido con la corona de Castilla.
REY.- ¿Por qué me lo habéis negado?
REINA.- Porque no estoy acostumbrada, señor, a sufrir un interrogatorio como si fuera delincuente, en presencia de la corte. Nunca negaré la verdad cuando me será pedida con bondad y cortesía, pero no fue este el proceder que usó el Rey conmigo en Aranjuez. ¿Por ventura la reunión de los grandes de España es el tribunal ante el que las reinas deben dar cuenta de sus acciones? Acordé al Príncipe la entrevista que me pidió con instancia, y se la acordé, señor, porque así lo quise, y no sufriré nunca que por el uso establecido, se mida el valor de mis actos cuando me parecen inocentes. Os oculté la verdad, porque no me pareció bien discutir este acto con el Rey, en presencia de la gente de Palacio.
REY.- Habláis con mucha osadía, señora...
REINA.- Y añadiré además... Porque, a mi ver, el Rey no trata al Príncipe con la justicia que se merece.
REY.- ¿Que se merece?
REINA.- Sí, ¿a qué ocultároslo, señor? Le estimo en mucho, y le amo como a mi más querido pariente, como a quien fue juzgado digno en otro tiempo de otro parentesco más próximo. No he podido avezarme a la idea de que debiera considerarle como a un extraño y más que otro alguno, precisamente porque me había sido más caro que otro alguno. Si vuestras máximas de Estado pueden crear lazos, cuando así lo juzgáis útil, les ha de ser más difícil romperlos... No quiero odiar a quien debo... Y en fin, ya que se me ha forzado a hablar, no quiero que la inclinación de mi ánimo sea por más tiempo enfrenada.
REY.- Isabel, me habéis visto en momentos de flaqueza, y sin duda su recuerdo os inspira tanta audacia, fiando en el poder absoluto que habéis intentado ejercer sobre mí... Pero temed, con doble razón, que la misma causa de mi debilidad no sea la de mi furor.
REINA.- ¿Qué crimen he cometido, pues?
REY. (Tomándole la mano.)- Si existe... ¿Y no ha de existir?... Si se ha llenado la medida de vuestras faltas y al menor soplo desborda, si soy engañado... (Suelta la mano.) Puedo dominar todavía esta última flaqueza; lo puedo y lo quiero... Entonces, ¡ay de mí y ay de vos, Isabel!
REINA.- ¿Qué crimen he cometido, pues?
REY.- Entonces habrá sangre.
REINA.- ¡Que hayamos llegado a este extremo! Oh, Dios!
REY.- Me desconozco a mí mismo... No respeto ninguna ley..., ningún escrúpulo de la naturaleza, ningún derecho de gentes.
REINA.- ¡Cuánto compadezco a V. M.!
REY. (Fuera de sí.)- ¡Vos me compadecéis!... La piedad de una impúdica...
INFANTA. (Arrojándose asustada en los brazos de su madre.)- ¡El Rey se encoleriza y mi querida madre llora! (El Rey separa con violencia a la infanta de los brazos de su madre.)
REINA. (Con dulzura y dignidad; con voz trémula.)- Sin embargo, debo preservar a esta niña de malos tratos... Ven conmigo, hija nuestro. (La toma en brazos.) Si el Rey te rechaza, yo haré que vengan de la otra parte de los Pirineos, protectores que defiendan nuestra causa. (Hace que se va.)
REY. (Perturbado.)- Señora...
REINA.- No puedo soportar más... Esto es demasiado. (Se adelanta hacia la puerta, pero se desmaya y cae con la niña.)
REY. (Acudiendo asustado.)- ¡Dios mío! ¿Qué es esto?
INFANTA. (Gritando con espanto.)- ¡Ah! Mi madre ensangrentada! (Sale corriendo.)
REY. (Con ansiedad.)- ¡Qué horrible accidente! Sangre! ¿He merecido que me castigarais con tanta crueldad? Alzad, volved en vos, alzad... Vienen, nos sorprenderán... Alzad... ¿Será bien que este espectáculo sirva de pasto a la corte?... Habré de rogaros que os levantéis? (La Reina se levanta apoyada en el brazo del Rey.)
Escena X
Dichos. - El DUQUE DE ALBA y DOMINGO acuden asustados. Algunas damas les siguen.
REY.- Conducid a la Reina a sus habitaciones; no se siente bien. (La Reina vase acompañada de sus damas. -Alba y Domingo se acercan.)
ALBA.- ¡La Reina bañada en llanto y en sangre!
REY.- ¿Esto sorprende a los demonios que me han traído a este punto?
ALBA y DOMINGO.- ¿Nosotros?
REY.- Que han venido a decirme lo bastante para infundirme la cólera, y no lo bastante para persuadirme.
ALBA.- Hemos dado lo que poseíamos.
REY.- Que el infierno os dé las gracias... Me arrepiento de cuanto hice... No era ciertamente el suyo el lenguaje de una conciencia culpable.
MARQUÉS. (Dentro.)- ¿Está visible el Rey?


Escena XI


Dichos. - El MARQUES DE POSA
REY. (Vivamente con movido, a su voz da alpinos pasos hacia el Marqués.)- ¡Ah!... Es él! Bien venido, Marqués... Ahora, Duque, no necesito de vos. Dejadnos. (Alba y Domingo se miran con muda sorpresa y salen.)


Escena XII
El REY. - El MARQUÉS DE POSA
MARQUÉS.- Señor, duro ha de ser para un viejo guerrero que ha expuesto por vos su vida en veinte batallas, verse despedido de ese modo...
REY.- A vos os toca pensar así, y a mí obrar como he obrado; lo que habéis sido para mí en algunas horas no lo fue él en toda su vida, y no quiero disimular el afecto que os tengo. El sello de mi real favor debe brillar de lejos en vuestra frente quiero que envidien al hombre que elegí por amigo.
MARQUÉS.- ¿Aun cuando su oscura procedencia sea el único título que le ha granjeado este nombre?
REY.- ¿Qué me traéis?
MARQUÉS.- Al cruzar por el salón he oído un terrible rumor que me ha parecido increíble... Un vivo altercado... ¡Sangre!... La Reina
REY.- ¿Veníais de allí?
MARQUÉS.- Sentiré, en verdad, que este rumor sea cierto, que V. M. haya creído conveniente dejarse arrastrar... porque acabo de hacer importantes descubrimientos que mudan la situación de las cosas.
REY.- Veamos.
MARQUÉS.- He hallado ocasión de apoderarme de la cartera del Príncipe, con algunos papeles que yo creo podrían dar alguna luz... (Entrega al Rey la cartera de Carlos.)
REY. (Recorriéndola con curiosidad.)- Un escrito del Emperador mi padre. (Lo lee, lo deja a un lado, y toma otros.) El plano de una fortaleza..., pensamientos extraídos de Tácito... y qué más? (Lee atentamente, ya en voz alta, ya en voz baja.) «Esta llave... el gabinete del pabellón de la Reina...» ¿Qué es esto? «... allí, el amor será libre... deseos satisfechos... dulce recompensa...» ¡Satánica traición! Ahora la conozco, es ella; su letra...
MARQUES.- ¿La letra de la Reina? Imposible...
REY.- De la Princesa de Éboli...
MARQUÉS.- Entonces es cierto lo que me ha confesado el paje Henares, que llevó la carta y la llave.
REY. (Tomando la mano al Marqués, víctima de violenta agitación.)- Conozco, Marqués, que me hallo en terribles manos. Esta mujer... Quiero confesároslo... Esta mujer ha forzado la arquilla de la Reina, y ha sido la primera en advertirme... ¿Quién podría decir lo que sabe su confesor sobre esto? He sido engañado infamemente!
MARQUÉS.- En este caso sería aun un accidente feliz el...
REY.- Marqués, Marqués, empiezo a temer que me he portado con la Reina con excesiva ligereza.
MARQUÉS.- Si la Reina y el Príncipe han mantenido secretas relaciones, serán sin duda de otro género del que se les imputa. Tengo por cierto que fue la Reina quien concibió el pensamiento de que el Príncipe partiera para Flandes.
REY.- Así lo he creído siempre.
MARQUÉS.- La Reina es ambiciosa... Diré más todavía... Con pena ha visto frustrarse sus orgullosas esperanzas, y su alejamiento de toda participación en el poder; en semejante estado, la juventud ardiente del Príncipe se ha ofrecido a sus ojos como instrumento de sus vastos proyectos... Su corazón... Dudo que pueda amar...
REY.- Nada me dan que temer los hábiles proyectos de su política.
MARQUÉS.- ¿Es amada? ¿Hemos de temer algo por parte del Príncipe?... He aquí lo que me parece digno de examen... y creo que sería necesario vigilarle rigurosamente.
REY.- Me respondéis de él...
MARQUÉS. (Después de un momento de reflexión.)- Si V. M. me juzga capaz de cumplir esta misión, debo suplicarle que le deje enteramente y sin restricciones a mi cargo.
REY.- Consiento en ello.
MARQUÉS.- O al menos que ningún auxiliar, sea cual fuere su título, no se entrometa en las medidas que yo juzgue necesarias.
REY.- Ninguno; os lo prometo. Sois mi ángel bueno... ¡Cuánta gratitud os debo por lo que acabáis de comunicarme! (A Lerma que acaba de entrar.) ¿Cómo habéis dejado a la Reina?
LERMA.- Fatigada todavía de su desmayo... (Mira con desconfianza al Marqués y vase.)
MARQUÉS. (Después de una pausa.)- Me parece necesaria una precaución. Temo que el Príncipe sea advertido... Como cuenta con tantos amigos adictos, y tal vez con alguna relación con los rebeldes de Gante... El temor podría llevarle a tomar alguna resolución desesperada, y sería de opinión que buscáramos un medio para prevenir inmediatamente esta catástrofe.
REY.- Tenéis mucha razón... Pero cuál?
MARQUÉS.- Una orden secreta que V. M. me entregase y de la cual me serviría en el momento del peligro. (El Rey reflexiona.) Por ahora sería un secreto de Estado, hasta que...
REY. (Se dirige a una mesa y escribe una orden de arresto.)- El reino está en juego... La urgencia del peligro disculpa el uso de extraordinarios medios... Tomad, Marqués... Es inútil que os recomiende obréis con las consideraciones debidas.
MARQUÉS. (Tomando la orden.)- Señor, sólo en un caso extremo...
REY. (Apoyando la mano en su espalda.)- Id, Marqués, y devolved la paz a mi corazón, la tranquilidad a mis noches. (Se van por opuesto lado.)


Escena XIII
Una galería
CARLOS llega vivamente agitado. - El CONDE DE LERMA sale a su encuentro.
CARLOS.- Os buscaba.
LERMA.- También yo a vos.
CARLOS.- ¿Es verdad, Dios mío, es verdad?...
LERMA- ¿Qué?
CARLOS.- ¿Que la amenazó con un puñal y se la llevaron bañada en sangre a sus habitaciones?... ¿Debo creerlo?... ¿Es verdad?...
LERMA.- No; se ha desmayado, y se lastimó al caer; nada más.
CARLOS.- ¿No hay ningún peligro?... Por vuestro honor, Conde...
LERMA.- Ninguno corre la Reina, pero sí vos.
CARLOS.- No corre ninguno mi madre: entonces demos gracias al cielo. Había llegado a mi noticia un espantoso rumor; decían que el Rey se había enfurecido contra la madre y la niña, de resultas de la revelación de un secreto.
LERMA.- Tal vez esto sea verdad.
CARLOS.- ¿Verdad?... ¿Cómo?...
LERMA.- Príncipe, hoy mismo os he dado un consejo que habéis menospreciado; aprovechad mejor el segundo.
CARLOS.- ¿Cómo?...
LERMA.- Si no me engaño, Príncipe, he visto hace algunos días en vuestras manos una cartera azul celeste, bordada de oro.
CARLOS. (Desconcertado.)- Sí, una parecida tenía... ¿y qué?
LERMA.- Me parece que adorna la cubierta un medallón rodeado de perlas...
CARLOS.- Efectivamente.
LERMA.- Cuando hace un rato entré inesperadamente en el gabinete del Rey, he creído ver esta cartera en sus manos, y el Marqués de Posa estaba junto a él...
CARLOS. (Con viveza después de un instante de silencio y de sorpresa.)- ¡Esto no es verdad!
LERMA. (Ofendido.)-... Entonces, soy un impostor.
CARLOS. (Mirándole fijamente.)- Lo sois...
LERMA.- ¡Por vida!... Os perdono.
CARLOS. (Paseándose agitado; se detiene delante de él.)- ¿Qué mal te ha hecho, qué mal te ha hecho nuestra inocente unión, para que emplees en destruirla esta infernal actividad?
LERMA.- Príncipe, respeto vuestro pesar, que os hace injusto.
CARLOS.- ¡Dios mío!... Presérvame de la duda.
LERMA.- Recuerdo también las propias palabras del Rey: «Cuánta gratitud os debo -decía en el instante en que entré- por las noticias que me has comunicado.»
CARLOS.- ¡Basta!... ¡Basta!
LERMA.- El Duque de Alba ha caído en desgracia; el gran sello tomado al príncipe Ruy Gómez y confiado al Marqués...
CARLOS. (Absorto en sus reflexiones.)- ¡Y no me ha dicho nada!... ¡Por qué no me ha dicho nada!
LERMA.- La corte le mira con sorpresa como un ministro omnipotente, como un favorito absoluto.
CARLOS.- Y me amaba..., me amaba como a sí propio; lo sé... Hartas pruebas me ha dado de ello... ¿Pero acaso la patria y millones de hombres no han de serle más caros que un solo individuo? Su alma era demasiado vasta para un solo amigo, y la dicha de Carlos harto insignificante para su amor! ¿Me ha sacrificado a su virtud, y le culparé por eso? Sí; es cierto; ahora es cierto; le he perdido... (Vuelve y oculta el rostro.)
LERMA. (Después de un momento de silencio.)- Mi buen Príncipe, ¿qué puedo hacer por vos?
CARLOS. (Sin mirarle.)- ¡Entregarse al Rey y hacerme traición!
LERMA.- ¿Y aguardaréis lo que vendrá?
CARLOS. (Se apoya en la balaustrada, y mira fijamente a lo lejos.)- ¡Le he perdido!... Me ha abandonado por completo.
LERMA. (Se acerca a él con emoción e interés.)- ¿No queréis cuidar de vuestra salvación?
CARLOS.- ¡Mi salvación... excelente amigo!
LERMA.- Fuera de esto, ¿no hay alguien por quien debéis temblar más que por vos?
CARLOS.- Por Dios, ¿qué me recordáis? Mi madre; la carta que él ha recibido de mis manos, que no quería dejarle, y que le dejé. (Se pasea sin dirección y retorciendo los brazos.) Ella no ha merecido esto, y debía evitárselo. ¿Verdad, Lerma, que debía hacerlo? (Con súbita resolución.) Voy al encuentro de la Reina, porque es necesario que la advierta, que la prepare... Lerma, querido Lerma, ¿a quién enviaría.? ¡No tengo a nadie!... ¡Oh! Sí... Un amigo... Después de éste, ya no me quedará nada que perder.
LERMA. (Le sigue; llamándole.)- ¡Príncipe!... ¿A dónde vais? (Vase.)


Escena XIV
La REINA. - ALBA. - DOMINGO.
ALBA.- Si nos permitís, gran Reina...
REINA.- ¿Qué puedo hacer en vuestro favor?
DOMINGO.- El sincero celo que nos inspira la augusta persona de Vuestra Real Majestad, nos impide guardar silencio sobre un suceso que amenaza la seguridad de la Reina.
ALBA.- Nos apresuramos a paralizar con oportuno aviso la trama organizada contra vos...
DOMINGO.- Y ofrecer a V. M. nuestro servicio y nuestro celo.
REINA. (Mirándoles con sorpresa.)- Reverendo Padre, noble Duque, me sorprendéis ciertamente. No esperaba semejante adhesión de Domingo y el Duque, pero sé cómo debo apreciarla. Me habláis de una trama que me amenaza: ¿puedo saber quién...
ALBA.- Os rogamos que desconfiéis del Marqués de Posa encargado de los asuntos secretos del Rey.
REINA.- Sé con placer la feliz elección del Rey, pues hace mucho tiempo que me hablan del Marqués de Posa como de un hombre excelente y de talento distinguido. Jamás el favor real se halló en mejores manos.
DOMINGO.- ¿En mejores manos?... Nosotros estamos mejor informados.
ALBA.- Sabemos, hace algún tiempo, el empleo de este hombre.
REINA.- ¡Cómo! ¿Cuál sería pues?... Despertáis mi curiosidad...
DOMINGO.- ¿Hace mucho tiempo que V. M. no ha registrado su arquilla?
REINA.- ¡Cómo!
DOMINGO.- ¿Y no ha perdido algo precioso?
REINA.- ¡Qué!... Toda la corte sabe que he perdido... ¿Pero el Marqués de Posa qué tiene que ver con esto?
ALBA.- Mucho, señora, porque faltan también al Príncipe importantes papeles que hay quien ha visto esta mañana en manos del Rey, cuando el caballero celebraba con él una audiencia secreta.
REINA. (Después de reflexionar.)- Esto es singular... ¡Por el cielo!... Extraordinario. Hallo en él un enemigo inesperado, y por compensación dos amigos que no recuerdo lo hayan sido nunca... (Fijando en ellos una mirada penetrante.) Porque en verdad, debo confesar que estaba dispuesta a perdonaros vuestra mala obra cerca del Rey.
ALBA.- ¿A nosotros?
REINA.- A vosotros.
DOMINGO, ALBA.- ¿A nosotros?
REINA. (Fijando en ellos su mirada.)- ¡Cuánto me alegro de hallarme a salvo de mi precipitación! Pues sin lo que me decís, había resuelto rogar hoy mismo al Rey, que hiciera comparecerá mi presencia a mis acusadores. Ahora las cosas se hallan en mejor estado; puedo invocar el testimonio del Duque de Alba.
ALBA.- ¿Mi testimonio?... ¿Habláis seriamente?
REINA.- ¿Por qué no?
DOMINGO.- Así imposibilitaréis los buenos oficios que podríamos prestaros en secreto...
REINA.- ¿En secreto? (Con altivez.) Deseo saber, Duque de Alba, qué ha de confiaros a vos, o a vos, Padre, la esposa de vuestro Rey, que su esposo deba ignorar... ¿Soy inocente o culpable?
DOMINGO.- ¡Qué pregunta!
ALBA.- ¿Pero si el Rey no fuese justo?... ¿Si al menos, en este momento, no lo fuese?
REINA.- En este caso, aguardaré que lo sea. ¡Feliz aquel que para entonces sólo espera ganar! (Les saluda y se retira. Los dos cortesanos se van por otra puerta.)


Escena XV
Habitaciones de la Princesa de Éboli.
La PRINCESA. - Luego CARLOS.
PRINCESA.- ¿Será verdad esta rara noticia que ocupa ya toda la corte?
CARLOS. (Entra.)- No os asustéis, Princesa; voy a ser tierno como un niño.
PRINCESA.- Príncipe... Esta sorpresa...
CARLOS.- ¿Estáis ofendida todavía?
PRINCESA.- Príncipe...
CARLOS. (Con voz apremiante.)- ¿Estáis ofendida todavía? Os ruego que me lo digáis.
PRINCESA.- ¿Qué es esto? Parece que olvidáis Príncipe... ¿Qué buscáis junto a mí?
CARLOS. (Tomándole la mano con viveza.)- Puedes por ventura odiar eternamente, doncella... ¿El amor ofendido no perdona jamás?
PRINCESA. (Intentando desasirse.)- ¿Qué me recordáis, Príncipe?
CARLOS.- Tu bondad y mi ingratitud. ¡Ay de mí! Sé bien que te he ofendido cruelmente, que he desgarrado tu tierno corazón, que arranqué lágrimas a tus ojos de ángel... ¡Ah! No vengo todavía a expresarte mi arrepentimiento.
PRINCESA.- Príncipe, dejadme... Yo...
CARLOS.- Vengo porque eres una amable doncella y tengo fe en la bondad y belleza de tu alma. Ves, ves, no tengo otro amigo en el mundo que tú, tú sola. Fuiste una vez tan bondadosa para conmigo que no puedo suponer permanezcas inflexible, ni que me odies eternamente.
PRINCESA. (Vuelve el rostro.)- ¡Basta!... Ni una palabra más, en nombre del cielo, Príncipe.
CARLOS.- Déjame recordar aquellos días felices, déjame recordar tu amor, tu amor, doncella, del que me mostré indigno. Déjame ahora, que haga valer lo que era para ti, lo que los sueños de tu corazón me prestaban. Por última vez, por última vez, mírame como si fuera el de entonces, y sacrifica a esta imagen lo que nunca podrás sacrificar a mí propio.
PRINCESA.- ¡Oh, Carlos! Cuán cruelmente jugáis conmigo!
CARLOS.- Sé superior a tu sexo; haz lo que ninguna mujer ha hecho antes que tú, ni hará después de ti. ¿Te pido algo inaudito? Haz que pueda hablar a mi madre; te lo pido de hinojos. (Se arrodilla delante de ella.)


Escena XVI
Dichos. - El MARQUÉS DE POSA que entra precipitadamente, seguido de dos oficiales de la Guardia Real.
MARQUÉS. (Fuera de sí, se precipita entre los dos.) -¿Qué ha confesado? No le creáis...
CARLOS. (De rodillas todavía y levantando la voz.)- Por lo más sagrado...
MARQUÉS. (Interrumpiéndole con violencia.)- Delira... No escuchéis a este insensato...
CARLOS. (Con voz más apremiante.)- Va en ello la vida. Llevadme a su presencia.
MARQUÉS. (Aparte a la Princesa con energía.)- Sois muerta, si le escucháis. (A uno de los oficiales.) Conde de Córdoba, en nombre del Rey (le enseña la orden) el Príncipe es vuestro prisionero. (Carlos queda inmóvil, como herido del rayo. La Princesa lanza un grito de terror, y pretende huir. Los oficiales mudos de sorpresa. Larga pausa. El Marqués, trémulo, se esfuerza en serenarse: al Príncipe.) Os ruego que me entreguéis vuestra espada. Princesa, aguardad. (Al oficial.) Me respondéis con vuestra cabeza de que el Príncipe no hablará con nadie, con nadie absolutamente, ni aun con vos (Dice algunas palabras al oído del oficial; luego volviéndose.) Voy inmediatamente a dar al Rey cuenta de lo ocurrido. (A Carlos.) Y a vos también; aguardadme. Príncipe, dentro de una hora.
(Carlos se deja conducir sin manifestar sentimiento alguno pero al pasar junto al Marqués le dirige una mirada moribunda, y éste oculta el rostro. La Princesa intenta huir, y el Marqués la detiene por un brazo.)


Escena XVII
La PRINCESA. - El MARQUÉS DE POSA.
PRINCESA.- ¡En nombre del cielo, Marqués, dejadme salir de aquí!
MARQUÉS. (Severo y terrible.)- ¿Qué te ha dicho, desdichada?
PRINCESA.- Nada, dejadme; nada...
MARQUÉS. (Deteniéndola con fuerza.)- ¿Qué has sabido?... No tienes por donde escapar, y no lo contarás a nadie en el mundo...
PRINCESA. (Mirándole con espanto.)- ¡Dios mío!... ¿Qué intentáis? ¿Queréis matarme?
MARQUÉS. (Sacando un puñal.)- En efecto, tentaciones me dan... Despacha.
PRINCESA.- ¡Yo! Yo! ¡Misericordia divina! ¿Qué he hecho yo?
MARQUÉS. (Alzando los ojos al cielo, y poniendo la punta del puñal en el pecho de la Princesa.)- Es tiempo todavía; el veneno no ha salido de sus labios... Rompo el vaso y todo sigue en el mismo estado... Entre la suerte de España y la vida de una mujer... (Permanece en esta actitud, y parece vacilar.)
PRINCESA. (Cayendo a sus pies, y mirándole fijamente.)- Sea; ¿qué aguardáis? No pido consideración alguna... No he merecido la muerte, y quiero morir.
MARQUÉS. (Deja caer lentamente su brazo, después de un instante de reflexión.)- ¡Oh!... Sería vil y bárbaro... No, no, gracias al cielo, queda otro medio todavía. (Deja caer el puñal y se va rápidamente. La Princesa sale por otra puerta.)


Escena XVIII
Una habitación de la Reina.
REINA. (A la Condesa de Fuentes.)- ¡Qué tumulto en Palacio!... Cada rumor, Condesa, me sobresalta hoy; id a ver qué sucede, y volved a decírmelo. (La Condesa de Fuentes sale, y la Princesa de Éboli entra precipitadamente.)


Escena XIX
La REINA. - La PRINCESA DE ÉBOLI.
PRINCESA. (Sin aliento, pálida y desencajada, cae de hinojos a los pies de la Reina.)- Señora... Socorro... Está preso...
REINA.- ¿Quién?
PRINCESA.- El Marqués de Posa le ha detenido por orden del Rey.
REINA.- ¿Pero quién, quién?
PRINCESA.- El Príncipe.
REINA.- ¿Estás loca?
PRINCESA.- Se lo llevan al instante.
REINA.- ¿Y quién le prendió?
PRINCESA.- El Marqués de Posa.
REINA.- ¡Oh!... Entonces, demos gracias a Dios, si el Marqués lo ha detenido.
PRINCESA.- Lo decís con tanta calma y frialdad... ¡Oh! Dios... ¿No presentís, no sabéis?...
REINA.- ¿Por qué le han preso?... Sin duda por una locura propia de la violencia de su carácter...
PRINCESA.- No, no; estoy mejor informada yo; no, señora... Una acción infame, diabólica... No hay salvación para él; morirá.
REINA.- ¿Morirá?
PRINCESA.- Y yo le habré asesinado.
REINA.- ¡Morirá! Insensata!... ¿Lo crees?
PRINCESA.- ¡Y por qué, por qué morirá! ¡Ah! Si hubiese previsto que las cosas habían de llegar a este extremo...
REINA. (Tomándole la mano con bondad.)- Princesa, no estáis en vos; serenaos, y contadme con más calma lo que sabéis, y no presentéis a mi imaginación estas tristes imágenes... ¿Qué ha pasado?
PRINCESA.- Sí, señora; no uséis conmigo esta bondad y sublime confianza, porque atormentan mi conciencia como una llama del infierno. No soy digna de alzar hasta vuestra gloria mi indigna mirada. Aplastad a la miserable que se arrastra a vuestros pies, oprimida por el arrepentimiento, la vergüenza, el desprecio de sí misma.
REINA.- ¡Desdichada! ¡Desdichada!... ¿Qué tenéis que decirme?
PRINCESA.- Ángel de luz, santa mujer, ignoráis, no sospecháis siquiera a qué demonio habéis sonreído con bondad... Aprended hoy a conocerla... Yo soy... yo... quien os ha robado...
REINA.- ¿Vos?
PRINCESA.- Y quien ha entregado estas cartas al Rey.
REINA.- ¿Vos?
PRINCESA.- Y quien ha tenido la audacia de acusaros.
REINA.- Vos, vos habéis podido...
PRINCESA.- La venganza..., el amor..., la rabia... Os odiaba y amaba al Príncipe...
REINA.- ¿Y por qué le amabais?
PRINCESA.- Se lo había confesado, y no me había correspondido...
REINA. (Pausa.)- ¡Oh! Ahora me lo explico todo... Alzad... Le amabais... Os he perdonado... Todo está olvidado... Alzad. (Le tiende la mano.)
PRINCESA. -No, fáltame todavía una confesión terrible. No, gran Reina, antes que...
REINA. (Atenta.)- ¿Qué debo oír todavía? Hablad...
PRINCESA. -El Rey... Una sedación... ¡Oh! Volvéis los ojos... Leo sobre vuestro rostro mi condenación... El crimen de que os acusaba, yo lo he cometido...


(Oprime contra el suelo su rostro inflamado. La Reina se va.- Profundo silencio. -La Duquesa de Olivares sale unos minutos después del gabinete en donde ha entrado la Reina, y encuentra a la Princesa en la misma situación. Se acerca a ella en silencio. Al ruido de sus pasos, la Princesa se levanta, como en delirio, viéndose abandonada de la Reina.)


Escena XX
La PRINCESA DE ÉBOLI. - La DUQUESA DE OLIVARES.
PRINCESA.- ¡Dios mío!... ¡Me ha abandonado! ¡Esto es hecho!
OLIVARES. (Acercándose a ella.)- Princesa de Éboli...
PRINCESA.- Sé, Duquesa, por que venís. La Reina os envía para anunciarme mi sentencia... Decid pronto...
OLIVARES.- Su Majestad me ordena recobrar de vos vuestra cruz y vuestra llave...
PRINCESA. (Saca de su seno una cruz de oro y la entrega a la Duquesa.)- ¿Me será permitido besar por última vez la mano a la mejor de las reinas?
OLIVARES.- En el convento de Santa María os dirán qué se habrá decidido con respecto a vos.
PRINCESA. (Rompiendo a llorar.)- ¡No volveré a ver a la Reina!
OLIVARES. (La abraza, volviendo el rostro.)- ¡Sed feliz!
Escena XXI
La REINA. - El MARQUÉS DE POSA.
REINA.- Heos aquí, por fin, Marqués; gracias a Dios...
MARQUÉS. (Pálido, desencajado y con voz trémula se adelanta y hace una profunda reverencia.)- ¿V. M. se halla sola? ¿Nadie puede oírnos desde la habitación contigua?
REINA.- ¡Nadie!... ¿Por qué?... ¿Qué me traéis? (Le mira con más atención y retrocede con espanto.) ¡Qué demudado! ¿A qué se debe? Me hacéis temblar, Marqués; vuestras facciones descompuestas llevan el sello de la muerte...
MARQUÉS.- Probablemente ya sabéis...
REINA.- Que Carlos ha sido preso, y precisamente por vos..., añaden... ¿Es verdad?... No quise fiarme, sobre esta noticia, de nadie más que de vos...
MARQUÉS.- Verdad.
REINA.- ¿Por vos?
MARQUÉS.- Por mí.
REINA. (Mirándole, dudosa.)- Respeto vuestra conducta aunque no la comprendo; pero perdonad esta vez la inquietud de una mujer: temo que arriesgáis mucho en este terrible juego.
MARQUÉS.- ¡Y he perdido!
REINA.- ¡Santo cielo!
MARQUÉS.- Tranquilizaos, señora, porque están tomadas todas las medidas para su salvación; sólo yo estoy perdido...
REINA.- ¡Qué oigo, Dios mío!
MARQUÉS.- ¿Quién me mandaba fiarlo todo a un solo dado y jugar temerariamente sin contar con el cielo?... ¿Quién tomaría a su cargo empuñar el pesado gobernalle del destino, sin saberlo todo? ¡Oh!... ¡Es justo! Mas, ¿por qué hablar de mi ahora? El momento es precioso, precioso como la vida de un hombre... ¡Quién sabe si la mano avara del juez supremo me cuenta ahora las últimas gotas de la existencia!...
REINA. -¡La mano del Juez! ¡Qué tono tan solemne! No comprendo qué significan estas palabras, pero me espantan...
MARQUÉS.- Está salvado, y no importa a qué precio, pero solo por hoy; dispone de breves momentos y debe saber ahorrarlos... Es necesario que salga de Madrid esta misma noche.
REINA.- ¿Esta misma noche?
MARQUÉS.- Están hechos los preparativos, y hallará los caballos de posta a la puerta del convento que servía de refugio a nuestra amistad, de algún tiempo a esta parte. Aquí os entrego en letras de cambio todo lo que debía a la fortuna en este mundo; añadid lo que falte. Muchas cosas guarda mi corazón todavía para mi Carlos, que mi Carlos no debiera ignorar, pero tal vez me falte tiempo para hablar de ellas con él, y como vos le hablareis esta noche, me dirijo a vos.
REINA.- En nombre de mi esposo, explicaos más claramente, Marqués... No me habléis por medio de terribles enigmas... ¿Qué ha pasado?
MARQUÉS.- Tengo que hacer una importante declaración, y la depongo en vuestras manos. He gozado de una dicha, a pocos concedida; la de amar al hijo de un rey; mi corazón, dedicado a uno solo, abarcaba en él el mundo entero, y en el alma de mi Carlos me fingía un paraíso para millones de seres... ¡Oh! ¡Cuán bellos eran mis sueños!... Pero ha querido la Providencia interrumpir mi empresa antes de tiempo, y bien pronto le faltará a su Rodrigo; el amigo cede el puesto a la amante. Aquí, sobre este sagrado altar, sobre el corazón de su Reina, depongo mi último y precioso legado; y aquí lo encontrará cuando yo no exista. (Vuelve el rostro, las lágrimas sofocan su voz.)
REINA.- ¡Este es el lenguaje de un moribundo!... Espero que sólo el delirio... ¿Qué sentido oculto encierran vuestras palabras?
MARQUÉS. (Intenta serenarse y continúa con más firme acento.)- Decid al Príncipe que recuerdo el juramento que hicimos al partir la hostia en nuestros días de entusiasmo. Por mi parte lo he cumplido, y le he sido fiel hasta la muerte, y ahora toca a él cumplir el suyo.
REINA.- ¿Hasta la muerte?
MARQUÉS.- Decidle que lo cumpla. El sueño que forjamos, el sueño audaz de un nuevo estado, la divina concepción de la amistad puede realizarse todavía, y él debe dar el primer golpe de escoplo a esta ruda piedra; poco importa que lleve a cabo la empresa o que sucumba sin conseguirla; no por eso deje de trabajar en ella. Quizá dentro algunos siglos la Providencia colocará sobre un trono otro Príncipe como él, e infundirá mi propio entusiasmo a su nuevo favorito. Decidle que cuando llegue a hombre, respete los sueños de su juventud, y no permita posarse sobre su corazón, tierna y divina flor, el gusano mortal de la razón tan elogiada... que no se deje engañar cuando la sabiduría de la tierra maldiga el entusiasmo, este hijo del cielo; otra vez se lo dije.
REINA.- Pero, Marqués... ¿A qué conduce?...
MARQUÉS.- Decidle que deposito en su alma la felicidad de los hombres... que, próximo a morir, exijo de él... le exijo... tengo derecho a ello... De mí dependía traer la luz de una nueva aurora sobre sus reinos; el Rey me entregaba su corazón; me llamaba su hijo. Soy el guarda-sellos, y el Duque de Alba ya no es nada... (Se detiene contemplando a la Reina. Pausa.) ¡Lloráis!... ¡Oh! Alma noble! ¡Vuestras lágrimas son de júbilo! Pero está ya decidido: Carlos o yo. La elección fue pronta y terrible. Uno de ambos debía ser sacrificado, y he querido serlo yo; yo... antes que él... No pretendáis saber más.
REINA.- Por fin empiezo a comprenderos; ¡desgraciado!... ¿Qué habéis hecho?
MARQUÉS.- He perdido un par de horas de la tarde, para ganar un hermoso día de verano; abandono al Rey, porque ¿qué puedo ser para él?... No brota una sola flor para mí en este árido suelo. El destino de Europa se prepara en el pensamiento de mi noble amigo a quien lego la España... Entre tanto sufra hasta verter sangre bajo el yugo de Felipe... Pero ¡ay de él y ay de mí! Si debiese arrepentirme de mi acción, y hubiese abrazado el peor partido... ¡No! No! Conozco a mi Carlos... y esto no sucederá jamás; vos respondéis de ello, señora. (Después de un momento de silencio.) A mi vista germinó su amor por vos, y se arraigó en su alma la más desdichada pasión que existió jamás: entonces podía combatirla y no lo hice, antes la fomenté porque no la creía funesta, diga lo que quiera el mundo. No me arrepiento de ello, ni me remuerde por ello la conciencia, pues vi la vida donde todos veían la muerte, y en aquella llama sin esperanza, brillar en buen hora su dorado rayo. Quería conducirle a la perfección, elevarle a cuanto es bello y grandioso, y la humanidad me rehusaba una imagen, y mis labios acentos de elocuencia... Entonces le hablaba de vos, y mi mayor deseo consistía en darle a comprender su amor.
REINA.- Marqués, vuestro amigo os preocupaba de tal modo que por él os olvidabais de mí... ¿Acaso me creéis exenta en absoluto de las flaquezas de la mujer, cuando intentáis convertirme en ángel, y darle por escudo la virtud? ¿No habíais reflexionado bastante a qué riesgos se expone nuestro corazón, si ennoblece la pasión con tales nombres?
MARQUÉS.- A este riesgo se exponen, es cierto, todas las mujeres, excepto una sola, una sola; lo juro. ¿Podría avergonzaros el noble deseo de animar a la virtud heroica? ¿Qué importa al rey Felipe que la pintura de la Transfiguración de su Escorial inflame el deseo de la inmortalidad en el ánimo del pintor que la contempla? La suave armonía que duerme en las cuerdas de la lira ¿Pertenece acaso a su comprador, a su propietario, sordo tal vez? No; compró el derecho de romperla en pedazos, pero no el arte de arrancarle melodiosos sonidos, extasiándose con la música. La verdad guía al sabio; la belleza impera sobre los corazones sensibles y se pertenecen mutuamente. Ninguna preocupación vil podría arrancarme esta creencia. Así, prometedme que le amareis siempre y no caeréis en humillante abnegación por temor del qué dirán y por falso heroísmo... Prometedme amarle siempre y con verdadera constancia, señora; prometedlo en mi presencia...
REINA.- Os prometo que mi corazón será siempre, para siempre, el único juez de mi amor...
MARQUÉS. (Retira su mano.)- Ahora, muero tranquilo... He concluido mi tarea. (Saluda a la Reina y va a salir.)
REINA. (Le sigue con la mirada.)- Os vais, Marqués, sin decirme si volveremos a vernos pronto.
MARQUÉS. (Vuelve sin mirarla.)- Ciertamente, volveremos a vernos...
REINA.- Os he comprendido, Marqués, os he comprendido perfectamente. ¿Por qué habéis obrado así conmigo?
MARQUÉS.- Él o yo.
REINA.- No, no; os habéis arrojado a esta acción, que llamáis una grande acción, no lo neguéis; mucho tiempo ha que alimentabais este deseo... Poco os importa que se partan de dolor millares de corazones, con tal que vuestro orgullo quede satisfecho. ¡Oh!... Ahora... Ahora empiezo a conoceros; sólo habéis obrado así para ser admirado...
MARQUÉS. (Sorprendido. Aparte.) ¡Esto no lo esperaba!...
REINA.- (Pausa.) Marqués, ¿no hay salvación posible?
MARQUÉS.- Ninguna.
REINA.- ¿Ninguna?... Pensadlo bien; ¿ni aun para mí?
MARQUÉS.- Ni aun para vos.
REINA.- No me conocéis bien todavía; tengo valor.
MARQUÉS.- Lo sé.
REINA.- ¿No hay salvación?
MARQUÉS.- Ninguna.
REINA. (Se aparta ocultando el rostro.)- Salid; no estimo ya a hombre alguno.
MARQUÉS. (Víctima de violenta agitación se arroja a sus pies.)- Reina... ¡Oh! Dios... ¡La vida es, sin embargo, grata!... (Se levanta y vase precipitadamente. La Reina entra en su gabinete.)


Escena XXII
Un salón en las habitaciones del Rey
El DUQUE DE ALBA y DOMINGO se pasean en silencio. - El CONDE DE LERMA sale del gabinete. Entra luego D. RAMÓN DE TAXIS.
LERMA.- ¿No habéis visto todavía al Marqués?
ALBA.- Todavía no.
(Lerma va a salir.)
TAXIS. (Adelantándose.)- Conde de Lerma, anunciadme...
LERMA.- El Rey no está visible...
TAXIS.- Decidle que conviene que le hable de un asunto muy importante para S. M.; despachad por que urge.
(Lerma entra en el gabinete.)
ALBA.- Querido Taxis, ejercitad vuestra paciencia. No hablareis al Rey.
TAXIS.- ¿Y por qué?
ALBA.- Debierais haber tomado la precaución de pedir permiso al caballero de Posa, quien retiene en su poder al padre y al hijo.
TAXIS.- ¿Al de Posa?... ¡Cómo!... Pues si precisamente de él he recibido esta carta.
ALBA.- ¡Una carta!... ¿Qué carta?...
TAXIS.- Una carta que debo enviar a Bruselas.
ALBA. (Atento.)- ¿A Bruselas?
TAXIS.- Y la traigo al Rey.
ALBA.- ¿A Bruselas? Habéis oído, capellán?... ¿A Bruselas?
DOMINGO.- Esto es muy sospechoso...
TAXIS.- ¡Con qué ansiedad, con qué turbación me la ha recomendado!
DOMINGO.- ¡Con ansiedad!... ¡Ah!
ALBA.- ¿A quién va dirigida?
TAXIS.- Al Príncipe de Nassau y de Orange.
LERMA.- ¿A Guillermo?... Esto es una traición, capellán.
DOMINGO.- ¿Y puede ser otra cosa? Sí; realmente hay que entregar al instante esta carta al Rey. Acción meritoria la vuestra, la de cumplir tan estrictamente vuestras funciones.
TAXIS.- Reverendo padre, sólo he cumplido con mi deber.
ALBA.- Bien hecho.
LERMA. (Saliendo del gabinete; a Taxis.)- El Rey quiere hablaros. (Taxis sale.) ¿El Marqués no ha venido todavía?
DOMINGO.- Le están buscando por todas partes.
ALBA.- Cosa sorprendente y singular. El Príncipe es prisionero de Estado, y el Rey no sabe todavía por qué motivo.
DOMINGO.- El Marqués no ha venido todavía a dar cuenta del suceso.
ALBA.- ¿Cómo ha recibido el Rey la noticia?
LERMA.- El Rey no ha dicho una palabra. (Rumor dentro.)
ALBA.- ¿Qué pasa? (Silencio.)
TAXIS. (Saliendo del gabinete)- ¡Conde de Lerma! (Los dos se van.)
ALBA. (A Domingo)- ¡Qué va a pasar aquí!
DOMINGO.- Este acento de terror..., esta carta interceptada... Duque, no espero nada bueno.
ALBA.- Hace llamar a Lerma; sin duda no ignora que ambos nos hallamos en el salón.
DOMINGO.- Ha pasado nuestra época.
ALBA.- Ya no soy, pues, el hombre, ante el cual se abrían todas las puertas. ¡Cuánto ha cambiado todo! ¡Todo me es extraño aquí!
DOMINGO. (Se acerca lentamente a la puerta del gabinete y aplica el oído.)- ¡Oigamos!
ALBA. (Pausa.)- Reina profundo silencio; se oye su respiración.
DOMINGO.- Las colgaduras apagan el sonido.
ALBA.- Retirémonos; alguien viene.


Escena XXIII
Dichos. - El PRÍNCIPE DE PARMA. - Los DUQUES de FERIA y MEDINASIDONIA. - Algunos Grandes.
PARMA.- ¿Podremos hablar al Rey?
ALBA.- No.
PARMA.- ¿No? ¿Quién está con él?
FERIA.- El Marqués de Posa, sin duda.
ALBA.- En este instante le aguardan.
PARMA.- Acabamos de llegar de Zaragoza, y hallamos la consternación en Madrid... ¿Será verdad?
DOMINGO.- Sí, por desgracia.
FERIA.- ¿Es verdad? ¿Fue detenido por aquel caballero de Malta?
ALBA.- Así fue.
PARMA.- ¿Y por qué?... Qué ha ocurrido?
ALBA.- ¿Por qué? Nadie lo sabe sino el Rey y el Marqués de Posa.
PARMA.- ¿Sin convocar las Cortes del reino?
FERIA.- ¡Ay del que ha tomado parte en este crimen de Estado!
ALBA.- ¡Ay de él! Repito yo.
MEDINASIDONIA.- Y yo.
LOS DEMÁS.- Y todos.
ALBA.- ¿Quién quiere seguirme al gabinete?... Me arrodillaré a los pies del Rey.
LERMA. (Sale precipitadamente.)- ¿Duque de Alba?
DOMINGO.- ¡Por fin, alabado sea Dios! (Alba entra en el gabinete.)
LERMA. (Vivamente agitado.)- Si llega el caballero de Malta, que aguarde a que se le llame, porque el Rey no está solo ahora.
DOMINGO. (A Lerma, a quien rodean con viva curiosidad.)- ¿Conde?... ¿Qué ocurre?... ¡Estáis pálido como un muerto!
LERMA. (Intentando irse.)- ¡Caso diabólico!
PARMA y FERIA.- ¿Qué?... ¿Qué?
MEDINA.- ¿Qué hace el Rey?
DOMINGO.- ¡Diabólico!... ¿Qué?
LERMA.- El Rey ha llorado.
DOMINGO.- ¡Ha llorado!
TODOS. (Con viva sorpresa.)- ¿El Rey ha llorado? (Suena una campanilla en el gabinete. Lerma se va.)
DOMINGO. (Intentando detenerle.)- Conde, una palabra..., excusad... Ha salido, y hétenos aquí mudos de terror...


Escena XXIV
La PRINCESA DE ÉBOLI. - FERIA.-MEDINASIDONIA. - PARMA. DOMINGO y los demás Grandes.
PRINCESA. (Fuera de sí; presurosa.)- ¿Dónde está el Rey... dónde?... Quiero hablarle... (A Feria.) Duque, llevadme a su presencia.
FERIA.- El Rey está muy ocupado, y nadie puede verle.
PRINCESA.- ¿Está firmando la terrible sentencia?... Está engañado; quiero probarle que está engañado.
DOMINGO. (La llama, haciéndole una seña.)- ¿Princesa de Éboli?
PRINCESA. (Dirigiéndose a él.)- ¡Ah! ¿Vos aquí, padre?... Me alegro, porque precisamente os necesito: me apoyareis. (Coge su mano, y quiere conducirle al gabinete.)
DOMINGO. ¡A mí! ¿Estáis loca, Princesa?
FERIA.- Aguardad; el Rey no está ahora para oíros.
PRINCESA.- Pues esfuerza que me oiga; que oiga la verdad, aunque fuera diez veces dios.
DOMINGO.- Salid; salid; lo arriesgáis todo. Aguardad.
PRINCESA.- Tiembla tú, miserable criatura, ante la cólera de tu ídolo; yo, no tengo nada que arriesgar. (En el mismo instante en que va a entrar en el gabinete, sale de él el Duque de Alba.)
ALBA. (Radiante de triunfo, corre hacia Domingo le abraza.)- Mandad que canten. un Tedeum en todas las iglesias; nuestra es la victoria.
DOMINGO.- ¿Nuestra?
ALBA. (A Domingo y a los demás.)- Entrad ahora a ver al Rey, y os diré lo demás.
Acto V
Escena Primera
Habitación del palacio del Rey, que una verja de hierro separa de un patio donde los centinelas pasean a lo largo.
(CARLOS sentado delante de una mesa con la cabeza sobre los brazos como si durmiera. En el fondo algunos oficiales encerrados con él. El MARQUÉS DE POSA se adelanta sin que Carlos le vea y habla en voz baja con los oficiales que se alejan inmediatamente. Se coloca delante de Carlos y le contempla un rato en silencio y con tristeza. Por fin, hace un gesto que despierta al Príncipe. Carlos se levanta, le ve y parece asustarse; le mira después fijamente y pasa la mano sobre su frente como si intentara recordar algo.)
MARQUÉS.- Soy yo, Carlos.
CARLOS. (Dándole la mano.)- Vuelves todavía a verme. Bella acción por tu parte.
MARQUÉS.- He pensado que aquí podrías necesitar un amigo.
CARLOS.- ¿Verdad, has pensado esto? Mira, me das una alegría... una alegría indecible. Ya sabía bien que seguirías siendo bueno para conmigo.
MARQUÉS.- Merezco que tengas de mí esta opinión.
CARLOS.- ¿No es verdad? Veo que nos comprendemos todavía enteramente, y me place; estos miramientos, esta dulzura convienen a dos grandes almas como la tuya y la mía. Admitamos que una de mis pretensiones haya sido injusta y exagerada; no por esto me rehusarás lo que es justo. La virtud puede ser severa, pero nunca cruel, nunca inhumana. Mucho te ha costado, ¡oh, sí! me lo parece; sé cuánto ha padecido tu tierno corazón, mientras adornabas la víctima para llevarla al altar.
MARQUÉS.- Pero, Carlos, ¿qué te has figurado?
CARLOS.- Tú realizarás lo que yo debía y no he podido realizar. Tú darás a los españoles la edad de oro, que en vano han esperado de mí. Porque yo, acabé; acabé para siempre... Tú lo has visto... Este amor terrible ha marchitado sin remedio las flores precoces de mi genio... He muerto para sus grandes esperanzas... La Providencia, o la casualidad, te han colocado cerca del Rey... Lo he pagado con mi secreto que te pertenece; tú puedes ser su ángel protector... ya que para mi no hay salvación posible, y quizá tampoco para España. Nada hay en todo eso que sea condenable, si no es mi loca ceguedad que me ha impedido ver que eres tan grande como tierno.
MARQUÉS.- No; yo no había previsto nada de eso. Yo no había previsto que la generosidad de un amigo pudiese resultar más ingeniosa que mis prudentes combinaciones. Mi edificio se hunde. Había olvidado tu corazón.
CARLOS.- Sin duda que si tú le hubieras evitado a ella semejante suerte, yo sintiera por ti inefable gratitud, pues no veo por qué no podía soportarla solo, y debía ser ella la segunda víctima. Pero basta sobre esto, no quiero dirigirte ninguno reproche. ¿Qué te importa la Reina? Como tú no la amas, claro que no debía preocuparse tu austera virtud de las pequeñas inquietudes de mi amor. Perdóname; he estado injusto.
MARQUÉS.- Lo estás, pero no por este reproche; si mereciera uno, los merecería todos, y entonces no me verías así delante de ti. (Saca una cartera.) He aquí algunas cartas de las que me diste a guardar, tómalas.
CARLOS. (Mirando sorprendido y alternativamente, ora las cartas, ora al Marqués.)- ¡Cómo!
MARQUÉS.- Te las devuelvo, porque estarán más seguras en tus manos que en las mías.
CARLOS.- ¿Qué es esto? Pues qué... ¿El Rey no las ha leído? ¿No le han sido presentadas?
MARQUÉS.- ¿Estas cartas?
CARLOS.- ¿Tú no se las has enseñado?
MARQUÉS.- ¿Quién te ha dicho que yo le haya enseñado una sola?
CARLOS. (Estupefacto.)- ¡Es posible! El Conde de Lerma.
MARQUÉS.- ¿Él te lo ha dicho? ¡Sí! Pues bien, todo está aclarado. ¡Quién podía preverlo!... Así, Lerma... No; este hombre no supo nunca mentir; esto será; las otras cartas están en poder del Rey.
CARLOS. (Le mira con mudo asombro.)- ¿Por qué me hallo, pues, aquí?
MARQUÉS.- Por precaución, para el caso en que por segunda vez se te ocurriera elegir por confidente una Princesa de Éboli.
CARLOS. (Como si saliera de un sueño.)- ¡Oh! Por fin, ahora lo comprendo todo, todo se aclara para mí.
MARQUÉS. (Yendo hacia la puerta.)- ¿Quién viene?


Escena II
Dichos. - El DUQUE DE ALBA.
ALBA. (Se acerca respetuosamente al Príncipe, y durante toda la escena da la espalda al Marqués.)- Príncipe, sois libre... El Rey me envía a anunciároslo. (Carlos mira al Marqués con sorpresa; todos callan.) Permitid al propio tiempo que me felicite de ser el primero que ha tenido el honor de...
CARLOS. (Observa a ambos con extraordinaria sorpresa; después de una breve pausa, dirigiéndose al Duque.)- He sido arrestado y soy puesto en libertad, sin saber por qué.
ALBA.- Por un error, Príncipe, al cual según creo ha sido arrastrado el Rey por un impostor.
CARLOS.- Pero yo me encuentro aquí, sin embargo, por orden del Rey.
ALBA.- Sí; por un error de S. M.
CARLOS.- Lo siento mucho, pero si el Rey comete un error, al Rey en persona toca repararlo. (Busca la mirada del Marqués, y se muestra altivo con el Duque.) Aquí me llaman el hijo de Felipe II, y la calumnia y la curiosidad han clavado en mi sus ojos; lo que S. M. ha hecho por deber, no quiero que se atribuya a su clemencia, y estoy dispuesto por otra parte a presentarme ante el tribunal de las Cortes... No quiero recibir mi espada de estas manos.
ALBA.- El Rey no retardará la satisfacción de los justos deseos de V. A., y si me lo permitís os llevaré hasta él.
CARLOS.- Me quedo aquí hasta que el Rey o Madrid me saquen de esta prisión. Llevadle esta respuesta. (Alba se va, y se le ve detenerse en el patio y dar órdenes.)


Escena III
CARLOS. - El MARQUÉS DE POSA.
CARLOS. (Después de haber salido el Duque, se dirige al Marqués manifestando curiosidad y sorpresa.)- Dime ¿qué quiere decir esto? ¿No eres ya ministro?
MARQUÉS. Ya ves que he dejado de serlo. (Dirigiéndose a él con profunda emoción.)- ¡Oh, Carlos! Todo se ha cumplido; todo se ha conseguido; todo ha terminado. Bendito sea el supremo poder que ha permitido que se consiguiera.
CARLOS.- Conseguido... ¿Qué? No comprendo lo que dices.
MARQUÉS. (Asiéndole la mano.)- Estás salvado, Carlos... Eres libre... Y yo... (Se detiene.)
CARLOS.- ¿Y tú?
MARQUÉS.- Yo... Yo... Te oprimo contra mi corazón; por la primera vez de mi vida tengo perfecto derecho a ello, derecho comprado a costa de cuanto amo. ¡Oh, Carlos! ¡Cuán grande y tierno es este momento! Estoy satisfecho de mí.
CARLOS.- ¡Qué súbita mudanza en tus facciones! Nunca te había visto así, anhelante tu pecho, henchido de orgullo, fulgurando tus ojos.
MARQUÉS.- Debemos despedirnos, Carlos. No temas, se hombre. Prométeme, Carlos, que sea lo que quiera lo que sepas, no aumentarás la pena que me causa esta separación, con inmoderado dolor, indigno de un alma grande. En muchos años no me verás, Carlos... Los insensatos dicen nunca. (Carlos retira su mano y fija en él los ojos sin responderle.) Sé hombre; he confiado mucho en ti, y no he temido pasar contigo las siniestras horas que llaman postreras; confieso, por el contrario, que me regocijo de ello. Carlos... ven, sentémonos, me siento débil y fatigado. (Se sienta junta a Carlos que sigue estupefacto, y se deja conducir involuntariamente junto a él.) ¿Dónde estás? ¿No me respondes? Seré breve. Al día siguiente de habernos visto por última vez en la Cartuja, el Rey me hizo llamar, y tú sabes, y sabe Madrid, el resultado de la entrevista. Pero lo que tú no sabes es que le habían revelado tus secretos, y tus cartas, halladas en la arquilla de la Reina, deponían contra ti; lo supe de sus propios labios; fui su confidente. (Se detiene aguardando la respuesta de Carlos que persiste en su silencio.) Sí, Carlos, hice traición a mi fe con los labios; yo mismo dirigí la trama para perderte. Los hechos hablaban muy alto y era tarde para justificarte; restábame tan sólo asociarme a su venganza, y me convertí en tu enemigo para servirte mejor. ¿No me escuchas?
CARLOS.- Te escucho: continúa, continúa...
MARQUÉS.- Hasta aquí yo era inocente, pero bien pronto descubrieron mis planes los desusados resplandores del favor del Rey, y llegó hasta ti el rumor de lo que ocurría, como había previsto. Fascinado por falso cariño, cegado por mi orgullosa presunción, quería terminar sin ti la osada empresa, y ocultaba a tu amistad mi peligroso secreto. Cometí una gran imprudencia, una falta grave; lo sé. Abrigaba una loca confianza: perdona; hubiera sido fundada, si la eterna firmeza de tu amistad... (Pausa, Carlos pasa de la estupefacción a una violenta agitación.) Sucedió lo que temía. Te hicieron temblar, suponiendo imaginarios peligros... La Reina bañada en su propia sangre... retumbando en palacio un grito de terror..., el desgraciado celo de Lerma..., en fin, mi inconcebible silencio, todo agita y sobrecoge tu corazón... Vacilas... Me crees perdido... Demasiado noble, sin embargo, para dudar de la lealtad de tu amigo, decoras su caída con el nombre de grandeza, y sólo te atreves a llamarle infiel cuando puedes honrarle por su infidelidad. Abandonado de tu único amigo, te arrojas en los brazos de la Princesa de Éboli... ¡Desdichado! En los brazos del demonio; porque ella fue quien te hizo traición. (Carlos se levanta.) Te vi correr hacia ella; te seguí llevado de fatal presentimiento que cruza por mi alma; era ya tarde, estabas a sus pies, la confesión iba a salir de tus labios... No había salvación para ti...
CARLOS.- No, no; estaba conmovida. Te engañas, estaba conmovida.
MARQUÉS.- Entonces mis sentidos se perturban... Nada... Ni una salida... Ningún socorro en la tierra. La desesperación me convierte en una furia, en una bestia feroz, y amenazo con el puñal el pecho de una mujer. Pero aquí brilla a mis ojos un rayo de luz; ¡si engañara al Rey! ¡Si pudiese pasar yo por culpable! Poco importa que esto sea verosímil o no; para él basta; para el rey Felipe, el mal es siempre verosímil. Sea, probaré; tal vez un rayo hiriendo súbitamente al tirano, le hará tambalear. ¿Qué puedo desear más? Reflexionaré, y Carlos tendrá tiempo para huir a Brabante.
CARLOS.- ¿Y lo hubieras llevado a cabo?
MARQUÉS.- Inmediatamente escribí a Guillermo de Orange, diciéndole que amo a la Reina y que, burlando la desconfianza del Rey con las falsas sospechas que pesan sobre ti, hallé por medio del mismo Felipe el modo de acercarme libremente a su esposa. Añadía además: Temo ser descubierto, pues Carlos ha conocido mi pasión y recurrió a la Princesa de Éboli, sin duda para que advirtiera a la Reina que yo le había mandado prender, y ahora quería huir a Bruselas, viéndolo todo perdido... Esta carta...
CARLOS. (Interrumpiéndole con espanto.)- ¿Y has confiado esta carta al correo? ¿Olvidas que las cartas para Brabante y Flandes...
MARQUÉS.- Van a manos del Rey... Por lo que veo, Taxis ha cumplido la orden.
CARLOS.- ¡Dios mío! ¡Soy perdido!
MARQUÉS.- ¿Tú? ¿Y por qué tú?
CARLOS.- ¡Desgraciado! Y tú conmigo. Mi padre no perdonará jamás esta monstruosa impostura. No la perdonará jamás...
MARQUÉS.- ¡Impostura! Tú no adviertes... observa una cosa: ¿quién le dirá que es una impostura?
CARLOS. (Mirándole fijamente.)- ¿Quién? Y tú lo preguntas. Yo mismo. (Hace que se va.)
MARQUÉS.- Eres un insensato; aguarda.
CARLOS.- ¡Aparta! ¡Aparta! ¡En nombre del cielo! No me detengas; entre tanto, él prepara ya sus verdugos.
MARQUÉS.- El tiempo es más precioso pues, porque tenemos mucho que decirnos todavía.
CARLOS.- ¡Qué! Antes que él haya... (Intenta irse, el Marqués le coge por un brazo y le mira con expresión.)
MARQUÉS.- Oye... Carlos... ¿Me apresuré yo de este modo, mostré tan escrupulosa sensibilidad, cuando siendo niños vertiste tu sangre por mí?
CARLOS. (Inmóvil y vivamente admirado.)- ¡Oh! ¡Providencia divina!
MARQUÉS.- Consérvate para Flandes. Reinar es tu destino; morir por ti, el mío.
CARLOS. (Cogiéndole la mano con profunda emoción.)- ¡No! ¡No! No podrás resistir... ¡No podrás resistir a tal grandeza! Quiero conducirte a él, tu brazo en el mío, vamos a su encuentro. Padre mío, le diré; he aquí lo que un amigo ha hecho por su amigo, y esta acción le conmoverá. Créeme, mi padre no es inhumano. Si esta acción le conmoverá, brotará de sus ojos generoso llanto y te perdonará a ti y a mí. (Suena un tiro de arcabuz a través de la verja. Carlos se estremece.) ¡Ah! ¿A quién va dirigido?
MARQUÉS.- A mí, creo. (Cae.)
CARLOS. (Cayendo junto a él, lanzando un grito de dolor.)- ¡Oh, misericordia celeste!
MARQUÉS. (Con voz agonizante.)- Muy diligente es el Rey... Esperaba que tardaría más... Piensa en tu seguridad... Oye..., en tu seguridad... Tu madre lo sabe todo... No puedo más...
(Carlos sigue como muerto junto al Marqués. Después de algunos instantes sale el Rey acompañado de los grandes y retrocede ante semejante espectáculo. Silencio general y profundo. Los Grandes forman semicírculo alrededor del Rey y de su hijo y miran alternativamente a uno y otro. Carlos no da señales de vida y el Rey le contempla mudo y pensativo.)


Escena IV
El REY. -CARLOS. - Los DUQUES DE ALBA. - FERIA. - MEDINASIDONIA. - El PRÍNCIPE DE PARMA. - El CONDE DE LERMA. - DOMINGO y Grandes de España.
REY. (Con bondad.)- Tu súplica ha sido atendida, hijo mío, y vengo yo mismo aquí con todos los grandes de España a anunciarte la libertad. (Carlos mira en torno suyo como si saliera de un sueño, dirigiendo alternativamente la mirada al Rey y al muerto sin responder.) Recibe tu espada; se ha obrado con excesiva precipitación. (Se acerca a él, le tiende la mano y ayuda a levantarle.) Mi hijo no está en su lugar; levántate y ven a los brazos de tu padre.
CARLOS. (Se apoya distraído en el brazo del Rey, pero de repente vuelve en sí, se detiene y clava en él su mirada.)- No puedo abrazarte; traes contigo el hedor del asesinato. (Le rechaza; todos los grandes se turban.) No; no os espantéis; he sido ungido con el óleo del Señor y no debéis temer nada, porque no pondré la mano sobre él. Mirad esta marca de fuego sobre su frente; Dios le ha marcado.
REY. (Volviéndose para irse.)- Seguidme, caballeros.
CARLOS.- ¿A dónde? No saldréis de aquí. (Le detiene con fuerza. Inadvertidamente pone la mano en la espada que el Rey le traía y la desenvaina.)
REY.- ¡Desenvainas la espada contra tu padre!
LOS GRANDES. (Sacando la suya.)- ¡Regicida!
CARLOS. (Cogiendo al Rey con una mano y con la espada desnuda en la otra.)- Envainad vuestras espadas. ¿Que queréis? ¿Os figuráis acaso que deliro? No deliro, no. Si así fuera, haríais mal en recordarme que su vida depende de la punta de esta espada. Os lo ruego, alejaos, que el estado en que me encuentro merece respeto. Retiraos pues, porque cuanto he de tratar con el Rey nada tiene que ver con vuestros deberes de vasallos. Mirad tan sólo cómo sus dedos gotean sangre, mirad, ¿veis? ¡Oh! ¿Veis a este lado? Ved lo que ha hecho ese hombre, hábil por excelencia.
REY. (A los grandes que le cercan con inquietud.)- Retiraos, ¿por qué tembláis? ¿No somos por ventura padre e hijo? Quiero ver a qué vergonzosa acción la naturaleza...
CARLOS.- ¡La naturaleza! La desconozco. Este asesinato es ya la sentencia definitiva y los lazos de la humanidad se han roto para siempre; pues si tú mismo, señor, los has roto en tu reino, ¿cómo puedo respetar lo que tú desprecias? ¡Mirad, mirad; hasta hoy no se había cometido todavía un asesinato! ¿No hay Dios por ventura? ¡Qué! ¿Los reyes pueden trastornar su creación? ¿No hay Dios, repito? Desde que las madres conciben, no ha existido un solo hombre, uno solo que haya merecido menos la muerte.... ¿Sabes tú lo que has hecho? No; él no lo sabe, él no sabe que ha privado al mundo de una existencia más importante, más noble, más preciosa que la suya y todas las de su siglo.




REY. (Con ternura.)- Si obré con precipitación, ¿corresponde a ti, a ti por quién lo hice, el pedirme cuentas?
CARLOS.- ¡Cómo! ¿Es posible? ¿Vos no adivináis lo que era para mí este hombre que ha muerto? ¡Decidselo!... Venid en ayuda de su ciencia suprema para explicarle este enigma. Este hombre era mi amigo... ¿Y sabéis por quién ha muerto? Pues ha muerto por mí.
REY.- ¡Ah, lo presentía!
CARLOS.- Perdóname, sombra ensangrentada, si profano este misterio ante tales oyentes. Sucumba a su vergüenza este gran conocedor de los hombres viendo burlada su malicia de anciano por la penetración de un joven. Sí, señor, éramos hermanos; hermanos unidos con más noble lazo del que forma la naturaleza; el amor llenó el espacio de su vida: y su noble, su bella muerte, sólo se debió al amor que me tenía. Adicto me fue mientras os engrandeció con su estimación; mientras su elocuencia se mofaba de vuestro inmenso orgullo. Creíais dominarle, y erais el dócil instrumento de sus sublimes proyectos. Mi prisión es la obra de su prudente amistad, y para salvarme, escribió la carta al Príncipe de Orange... Era la primera mentira de su vida. Para salvarme se arrojó a la muerte y la sufrió por mí. Le concedíais vuestro favor y ha muerto por mí. Le entregabais vuestro corazón y vuestra amistad, y el cetro real era en sus manos un juguete; lo arrojó, y ha muerto por mí. (El Rey permanece inmóvil y con los ojos bajos; los Grandes le miran con sorpresa y espanto.) ¿Era esto posible? ¿Podíais creer en tan grosera farsa? ¡Cuán poco debía de estimaros, cuando os tendía tan grosero lazo! ¡Osasteis solicitar su amistad y cedisteis a tan ligera prueba! ¡Oh, no, no! No era un hombre para vos. Nada poseía para vos. Bien lo sabía, cuando os desdeñó con todas vuestras coronas. Esta lira delicada debía quebrarse entre vuestras manos de hierro, y no podíais hacer con él otra cosa que matarle.
ALBA. (Que no ha apartado los ojos del Rey, y observa con visible inquietud que está demudado, se acerca a él con temor.)- Señor, no guardéis este silencio de muerte; tended en torno la mirada y habladnos.
CARLOS.- No le erais indiferente; de mucho tiempo se interesaba por vos, y tal vez desterrado, os hubiera podido hacer feliz. Su corazón era bastante rico para satisfaceros con sus sobrantes, y una chispa de su genio os hubiera convertido en un dios... Os habéis despojado vos mismo y me habéis despojado a mí. ¿Dónde hallareis un alma como la suya para reemplazarla? (Profundo silencio; algunos Grandes vuelven los ojos y otros se cubren el rostro con las capas.) Vosotros, vosotros que estáis aquí reunidos, mudos de horror y admiración, no condenéis al hijo que habla con tal lenguaje a su padre y a su Rey. Miradle; ha muerto por mí. Si guardáis lágrimas aún, si no corre por vuestras venas bronce derretido en vez de sangre, mirad y no me condenéis. (Dirigiéndose al Rey con más moderación y calma.) Tal vez aguardáis cómo acabará esta monstruosa aventura. Tomad mi espada; sois de nuevo mi Rey. Os figuráis que he de temblar ante vuestra venganza. Matadme, como habéis muerto al hombre más noble de la tierra... Soy culpable; lo sé... ¡Ni que me importa ya la vida! Renuncio a cuanto me aguarda en el mundo. Buscad un hijo entre los extranjeros... Aquí están mis reinos.
(Cae junto al cadáver del Marqués y no toma parte alguna en el resto de la escena. Se oye con intervalos y a lo lejos rumor confuso de voces y tumulto. Reina profundo silencio en torno del Rey, quien tiende una mirada a los Grandes sin que ellos se la devuelvan.)
REY.- Nadie quiere responder; todos con los ojos clavados en el suelo y velado el rostro. Habéis pronunciado mi sentencia escrita para mí en vuestros mudos semblantes. Mis vasallos me han juzgado.
(Sigue el silencio, el tumulto se acerca y crece. Los Grandes murmuran entre sí y se hacen signos. El Conde de Lerma empuja suavemente al Duque de Alba.)
LERMA.- Parece una asonada.
ALBA. (En voz baja.)- Lo temo.
LERMA.- Se apresuran, llegan.


Escena V
Dichos. - Un Oficial de guardias.
OFICIAL. (Entrando.)- ¡Un motín! ¿Dónde está el Rey? (Se abre paso a través del grupo hasta llegar junto al Rey.) Madrid entero está levantado en armas, y las tropas y el pueblo enfurecidos, rodean el palacio. Dicen que el Príncipe Carlos se halla preso y su vida en peligro, y el pueblo quiere verle vivo o pegará fuego a Madrid.
LOS GRANDES. (Con agitación.)- Salvad, salvad al Rey.
ALBA. (Al Rey que sigue sereno e inmóvil.)- Huid, señor, hay peligro; no sabemos todavía quién arma al pueblo...
REY. (Saliendo de su estupor alzando la frente se adelanta con majestad en medio de ellos.)- ¿Acaso mi trono subsiste todavía? ¿Soy todavía el Rey de esta nación? No, no lo soy ya. Lloráis, ¡cobardes! enternecidos por la voz de un niño, y sólo aguardáis la señal para abandonarme, víctima de la traición de los rebeldes.
ALBA.- ¡Qué terrible pensamiento, señor!
REY.- Id, id a prosternaros a las plantas de este Rey joven y floreciente; yo ya no soy más que un viejo sin fuerzas.
ALBA.- A este punto han llegado las cosas; ¡españoles!
(Todos se agrupan junto al Rey y desenvainando las espadas se arrodillan ante él. Carlos permanece solo y abandonado junto al cadáver del Marqués.)
REY. (Se arranca el manto y lo arroja lejos de sí.)- Cubridlo con las insignias reales y alzadlo sobre mi cadáver, hollado a vuestras plantas. (Cae desmayado en brazos de Lerma y Alba.)
LERMA.- ¡Socorro, Dios mío!
FERIA.- ¡Qué catástrofe!
LERMA.- Vuelve en sí.
ALBA. (Deja al Rey en manos de Lerma y de Feria.)- Llevadle a su lecho, mientras voy a devolver la paz a Madrid. (Vase y los demás con el Rey.)


Escena VI
CARLOS.- (Sigue junto al cadáver de Posa. -Algunos instantes después, sale LUIS MERCADO, mira con precaución en torno suyo, y queda un rato silencioso detrás del Príncipe que no le ve.)
MERCADO.- Vengo de parte de S. M. la Reina (Carlos vuelve los ojos sin responder); mi nombre es Mercado, y soy médico de S. M., ved mis credenciales. (Enseña al Príncipe un anillo; Carlos continúa en silencio.) La Reina desea vivamente hablaros hoy mismo.... Asuntos importantes...
CARLOS.- Ya no hay nada importante para mí en este mundo.
MERCADO.- Ha de hablaros de una comisión que recibió del Marqués de Posa.
CARLOS. (Con viveza.)- ¡Ah! Voy en seguida. (Hace que se va con él.)
MERCADO.- No ahora, Príncipe; es preciso aguardar a la noche; todos los caminos están ocupados y dobladas las guardias, de modo que es imposible entrar sin ser visto en esta parte del palacio; sería aventurarlo todo.
CARLOS.- Pero...
MERCADO.- Queda un medio todavía, Príncipe; la Reina ha pensado en él y os lo propone, pero es osado, extraño y arriesgado.
CARLOS.- ¿Y es?
MERCADO.- Vos sabéis que de mucho tiempo corre la tradición, de que a media noche, bajo las bóvedas subterráneas de este palacio, vaga la sombra del Emperador, vestido con un hábito de monje. El pueblo lo cree, y hasta los guardias ocupan su puesto atemorizados. Si estáis resuelto a serviros de este disfraz, podréis discurrir libremente por delante de los centinelas, y llegar a la habitación de la Reina, que os abrirá esta llave. El hábito religioso os garantiza todo inconveniente, pero debéis decidiros ahora. Hallaréis en vuestro cuarto el antifaz y el vestido necesario. Yo debo llevar inmediatamente la respuesta a la Reina.
CARLOS.- ¿Y a qué hora?
MERCADO.- A media noche.
CARLOS.- Decidle que me aguarde.
(Vase Mercado.)
Escena VII
CARLOS y el CONDE DE LERMA.
LERMA.- Huid, Príncipe; el Rey está enfurecido contra vos, y atentará a vuestra libertad si no a vuestra vida... No me preguntéis nada más; he salido corriendo para preveniros; huid sin tardanza.
CARLOS.- Me hallo en manos de Dios todopoderoso.
LERMA.- Por lo que me ha dado a entender la Reina, debéis salir de Madrid hoy mismo, y partir para Bruselas; no lo retardéis; el motín favorece vuestra fuga; con tal intención la Reina lo ha promovido, y ahora no se atreverán a emplear la fuerza contra vos. En la Cartuja aguardan los caballos de posta, y por si fuerais atacado, tomad estas armas. (Le da un puñal y pistolas.)
CARLOS.- Gracias, gracias, mil gracias, Conde de Lerma.
LERMA.- Lo ocurrido hoy me ha conmovido hasta el fondo del alma. No creo que exista nunca un amigo tan tierno como vos. Los amantes de su patria lloran por vos; no me atrevo a decir más.
CARLOS.- Conde de Lerma, quien ha muerto, os llamaba un noble corazón.
LERMA.- Por última vez, Príncipe, llevad feliz viaje. Vendrán tiempos mejores, pero yo ya no existiré. Recibid mi homenaje. (Se arrodilla.)
CARLOS. (Muy conmovido, quiere abrazarle.)- No así, Conde, no así... Me enternecéis y no quisiera que me faltaran las fuerzas.
LERMA. (Besándole la mano con emoción.)- Rey de mis hijos, mis hijos ansiarán morir por vos... Yo no lo podré ya... Acordaos de mí en mis hijos... Volved a España para subir al trono del rey Felipe; sed hombre... También habéis aprendido a conocer el dolor... No concibáis proyecto alguno de venganza contra vuestro padre. No vertáis sangre, Príncipe... Felipe segundo forzó a vuestro abuelo a descender del trono, y este mismo Felipe tiembla hoy ante su propio hijo. Pensad en esto, Príncipe, y que Dios os acompañe.
(Vase apresuradamente. Carlos va a salir también por el lado opuesto, pero se vuelve de súbito, se echa sobre el cadáver del Marqués, y le oprime de nuevo entre sus brazos; después se retira también presuroso.)


Escena VIII
Un salón del Rey. - El DUQUE DE ALBA y el DUQUE DE FERIA.
ALBA.- La villa está ya tranquila. ¿Cómo habéis dejado al Rey?
FERIA.- En la más terrible disposición de ánimo que podáis imaginar... Se ha encerrado solo y no quiere ver a nadie, ocurra lo que ocurra. La traición del Marqués ha modificado súbitamente su carácter; está desconocido.
ALBA.- Es preciso que le vea. Esta vez no puede detenerme consideración alguna, porque se acaba de descubrir algo muy importante.
FERIA.- ¿Hay más?
ALBA.- Mis guardias han sorprendido a un cartujo que se había deslizado misteriosamente en las habitaciones del Príncipe, y se hacía contar con sospechosa insistencia la muerte del Marqués de Posa. Ha sido preso e interrogado, y por temor a la muerte declaró que llevaba consigo documentos de la mayor importancia que había recibido del Marqués, con el encargo de entregarlos al Príncipe si no volvía a vérsele antes de ponerse el sol.
FERIA.- ¿Y qué?
ALBA.- Estos papeles anuncian que Carlos debe salir de Madrid antes del alba.
FERIA.- ¿Qué?
ALBA.- Dicen que en el puerto de Cádiz hallará dispuesta la nave que ha de conducirle a Flessingue y que los Países-Bajos aguardan tan sólo su presencia para sacudir el yugo de España.
FERIA.- ¿Qué quiere decir esto?
ALBA.- Otras cartas dicen que la flota de Solimán ha salido ya de Rodas para atacar, en virtud de un tratado, al Rey de España en el Mediterráneo.
FERIA.- ¡Es posible!
ALBA.- Estas cartas me han revelado con qué objeto este caballero de Malta haba emprendido últimamente sus viajes a través de Europa. Se trataba nada menos que de armar todas las potencias del Norte para defender la libertad de Flandes.
FERIA.- Esta es su obra.
ALBA.- Acompaña a estas cartas, en fin, un plan detallado de la guerra que debe separar para siempre los Países-Bajos de la monarquía española: nada se ha olvidado; cálculo de fuerzas y resistencia, cuadro completo de los recursos y poderío de la nación, máximas que deben seguirse, alianzas que deben contraerse. Es un proyecto diabólico, pero, en verdad, propio de un genio maravilloso.
FERIA.- ¡Qué impenetrable conspirador!
ALBA.- Se habla también en estas cartas, de una entrevista secreta que debían celebrar el Príncipe y su madre, esta misma noche antes de partir.
FERIA.- ¡Cómo! ¿Hoy mismo?
ALBA.- Esta noche. He dado las órdenes oportunas. Ya veis, pues, que el tiempo apremia; no hay momento que perder. Abrid la puerta del gabinete del Rey.
FERIA.- No. Está absolutamente vedado.
ALBA.- Pues bien; la abriré yo; la urgencia del peligro justifica la audacia. (En el punto en que se adelanta hacia la puerta, ésta se abre y sale el Rey.)


Escena IX
El REY. - Dichos.
(Los Grandes, sorprendidos a su aspecto, se separan y le franquean respetuosamente el paso. Parece preocupado y abstraído. En sus facciones y su porte se notan aún los efectos del desmayo de la anterior escena. Se adelanta lentamente hacia los Grandes y fija en ellos la mirada como distraído. Luego se detiene pensativo, bajos los ojos y con agitación creciente.)
REY.- Devolvedme a ese muerto... Quiero recobrarlo.
DOMINGO. (En voz baja, al Duque de Alba.)- Habladle.
REY.- Me desdeñaba y ha muerto... Quiero recobrarle... Quiero que tenga otra idea de mí.
ALBA. (Acercándose a él con temor.)- Señor...
REY.- ¿Quién habla aquí? (Recorre con la mirada el grupo.) Sin duda, olvidasteis quién soy. ¡De rodillas! ¿Por qué no te arrodillas?... De rodillas a mis plantas, criatura. Soy todavía Rey y quiero contemplar el espectáculo del servilismo. ¿Acaso me abandonará todo, porque uno solo me ha menospreciado?
ALBA.- No habléis más de él, señor; un nuevo enemigo más importante que éste surge en vuestro reino.
FERIA.- ¡El príncipe Carlos!
REY.- Tenia un amigo que ha muerto por él..., por él... Conmigo hubiera compartido un reino... ¡Desde qué altura me miraba!... ¡Ah, no se mira con tanta altivez de lo alto de un trono!... Claro, pues, que sabía lo que valía su conquista, y su dolor prueba cuánto ha perdido, pues no se llora así un bien pasajero... Por que viviera daría las Indias... ¡Oh poder el mío, que no consuelas, que ni siquiera puedes tender tu brazo más allá de la tumba y reparar la ligereza cometida con la vida de un hombre! ¡Los muertos no resucitan! ¡Quién se atreverá a decirme que soy feliz, si duerme en la tumba un hombre que me ha rehusado su estimación!... ¡Qué me importan los vivos! Un alma, un hombre libre surgió en todo un siglo, uno sólo, y me ha despreciado y ha muerto.
ALBA.- Entonces, en vano vivimos nosotros. Descendamos al sepulcro, españoles; hasta en muerte nos roba el corazón del Rey...
REY. (Se sienta apoyando la frente en la mano.)- ¡Ah! ¡Hubiese muerto así por mí! porque yo le amaba... Le amaba mucho... como a un hijo, y con él, una nueva y más bella aurora despuntaba para mí. ¡Quién sabe lo que le tenía reservado! Era mi primer amor. Maldígame la Europa entera; tendrá razón en maldecirme, pero de él he merecido gratitud.
DOMINGO.- ¿Por qué sortilegio?...
REY.- ¡Y por quién ha hecho este sacrificio! Por un niño; por mi hijo... ¡Ah! No lo creeré jamás; un Posa no muere por un niño, ni la mezquina llama de la amistad llena su corazón. Su corazón palpita por la humanidad entera, por el mundo y las futuras razas. Para satisfacer esta afección poderosa, halla a su paso un trono y lo desdeña. No se habría perdonado semejante traición a la causa de la humanidad. No, le conozco mejor; no sacrificó Felipe a Carlos, sino un anciano a un joven, su discípulo. La estrella del padre, en el ocaso, no podía recompensar su empresa, y reservó sus fuerzas para la próxima aurora de la estrella del hijo. Claro, contaban con mi retiro...
ALBA.- Lo cual veréis confirmado en estas cartas.
REY. (Levantándose.)- Y bien podía equivocarse, porque vivo todavía. Gracias, ¡oh naturaleza! Siento en mis nervios el vigor de la juventud. Le entregaré al ridículo. ¡Tendrán su virtud por el sueño de un caviloso y habrá muerto en opinión de loco! Aplaste en su caída a su amigo y a su siglo; veamos cómo prescindirán de mí. El mundo está todavía en mi poder por una noche y he de emplearla de modo que nadie, después de mí, durante diez generaciones, ha de cosechar nada de esta tierra abrasada. Me ha sacrificado a la humanidad, su ídolo; la humanidad pagará por él. Voy a empezar por su muñeco. (Al Duque de Alba.) ¿Qué decíais del Príncipe? Repetírmelo, ¿qué dicen estas cartas?
ALBA.- Estas cartas, señor, encierran las últimas recomendaciones del Marqués de Posa al Príncipe Carlos.
REY. (Hojea los papeles y todos los Grandes le miran. Después de leídos los deja a un lado, y se pasea por la cámara.)- Llamad al Cardenal inquisidor y rogadle que me conceda una hora. (Uno de los Grandes se va. El Rey vuelve a hojear los papeles, continúa leyendo y los deja otra vez a un lado.) Decís que esta noche...
TAXIS.- A las dos en punto la silla de posta debe hallarse delante de la Cartuja.
ALBA.- Y mis enviados han visto llevar al convento algunos equipajes con las armas de la corona.
FERIA.- Sumas considerables se han depositado en manos de algunos banqueros moros, para ser reintegradas en Bruselas.
REY.- ¿Dónde habéis dejado al Príncipe?
ALBA.- Junto al cadáver...
REY.- ¿Hay todavía luz en la cámara de la Reina?
ALBA.- Todo está tranquilo; ha despedido a sus damas más temprano que de costumbre, y la Duquesa de Arcas, que salió la última, la ha dejado durmiendo profundamente.
(Un oficial de la guardia entra y habla en voz baja y aparte al Duque de Feria. Éste se dirige al de Alba y otros le rodean sucesivamente, murmurando entre ellos.)
FERIA, TAXIS, DOMINGO.- ¡Es raro!
REY.- ¿Qué hay?
FERIA.- Una noticia, señor, apenas creíble.
DOMINGO.- Dos soldados suizos que han abandonado al instante su puesto, dicen... Pero es ridículo repetirlo.
REY.- Veamos.
ALBA.- Que ha aparecido la sombra del Emperador en el ala izquierda del palacio y ha pasado por delante de ellos con grave y solemne continente. Los demás centinelas apostados a lo largo del pabellón confirman la noticia, y añaden que la aparición se habrá dirigido a las habitaciones de la Reina.
REY.- ¿Y en qué forma han visto al Emperador?
OFICIAL.- Con el hábito de jerónimo que llevó en sus postreros días en el monasterio de Yuste.
REY.- Pues si iba con un hábito de religioso los guardias le habrán conocido en vida, porque sino, no atino cómo saben que es el Emperador.
OFICIAL.- Por el cetro que llevaba en la mano.
DOMINGO.- Cuenta la tradición que ya se le ha visto otra vez bajo esta forma.
REY.- ¿Y nadie le ha hablado?
OFICIAL.- Nadie se atrevió: los guardias se han puesto a rezar y le han dejado pasar con respeto.
REY.- ¿Y la aparición se ha dirigido hacia las habitaciones de la Reina?
OFICIAL.- Ha desaparecido en su vestíbulo. (Silencio general.)
REY. (Volviéndose con viveza.)- ¿Qué decís?
ALBA.- Callamos todos, señor.
REY. (Después de un momento de reflexión al oficial.)- Poned a los guardias sobre las armas y cerrad todas las avenidas de este palacio. Me dan deseos de hablar a este fantasma. (El oficial se va; se adelanta un paje.)
PAJE.- Señor, el Cardenal inquisidor.
REY. (A la comitiva.)- Dejadnos.
(El gran Inquisidor, anciano de noventa años y ciego, se adelanta apoyado en un bastón y conducido por dos frailes dominicos. Los Grandes se arrodillan a su paso y le tocan el hábito; les da la bendición y se van.)




Escena X
El REY, - y el GRAN INQUISIDOR.
(Larga Pausa.)
INQUISIDOR.- ¿Estoy delante del Rey?
REY.- Sí.
INQUISIDOR.- No lo esperaba ya.
REY.- Renuevo una escena de años pasados. El Príncipe Felipe pide otra vez consejo a su preceptor.
INQUISIDOR.- Carlos, mi discípulo, vuestro augusto padre, no tuvo jamás necesidad de consejos.
REY.- Era, pues, más feliz que yo. He cometido un asesinato, Cardenal, y he perdido para siempre el reposo...
INQUISIDOR.- ¿Por qué habéis cometido este asesinato?
REY.- Una tradición sin ejemplo...
INQUISIDOR.- La conozco.
REY.- ¿Qué sabéis? ¿Por quién?
INQUISIDOR.- Sé desde muchos años lo mismo que vos.
REY. (Con sorpresa. )- ¿Conocéis ya a este hombre?
INQUISIDOR.- Su vida, desde el principio al fin, se halla inscrita en los sagrados registros del Santo Oficio.
REY.- ¿Y era libre?
INQUISIDOR.- La cuerda al cabo de la cual volteaba, era larga, pero indestructible...
REY.- Ha estado fuera de mis reinos.
INQUISIDOR.- Donde quiera que estuviese, estaba yo también.
REY. (Paseándose con nuestras de descontento.)- Si se sabía en qué manos había caído, ¿por qué se ha descuidado la advertencia?
INQUISIDOR.- Os haré la misma pregunta. ¿Por qué no os habéis informado de quién era, cuando os echasteis en sus brazos? Le habéis conocido y de una sola mirada habéis visto en él al hereje. ¿Quién os obligaba a ocultar esa víctima al Santo Oficio? ¿Acaso se nos burla? Si la majestad de los Reyes se rebaja hasta el recelo, si a espaldas de nuestro poder se confabula con nuestros más pérfidos enemigos, ¿qué será de nosotros? Si uno solo merece indulto, ¿con qué derecho se ha sacrificado a cien mil?
REY.- También él ha sido sacrificado...
INQUISIDOR- No; ha sido asesinado... bajamente, criminalmente. La sangre que debía verterse para nuestra gloria y honor, porque este hombre nos pertenecía, ha sido vertida por mano de un asesino. ¿Quién os autorizó para atentar a los sagrados bienes de nuestra institución, cuando debía morir en nuestras manos? Dios le enviaba, según las necesidades de este siglo, para hacer patente el orgullo de la razón, confundiéndole en la vergüenza. Tal era el plan que yo concebí, y he aquí destruida ahora la obra de muchos años. Nos le habéis sustraída, y sólo os quedan manchas de sangre en las manos.
REY.- La pasión me arrebató; perdonadme.
INQUISIDOR.- ¡La pasión! ¿El Príncipe Felipe es quien me da tal respuesta? ¿Soy yo el único que ha envejecido? ¡La pasión! (Mueve la cabeza en señal de descontento.) Concede la libertad de conciencia a tus reinos si andas encadenado.
REY.- Soy todavía novicio en estas materias. Ejercitad vuestra paciencia conmigo.
INQUISIDOR.- No, no estoy contento de vos. ¡Hacer traición así a la historia de vuestro pasado! ¿Dónde estaba entonces Felipe cuya alma, inmutable como una estrella fija en el cielo, gira eternamente sobre sí misma? ¿Acaso se hundió a vuestra espalda todo el pasado? No parece sino que el mundo no era ya el mismo desde el momento que le tendíais la mano, y el veneno no era ya veneno, y desaparecía la línea de división entre el bien y el mal, entre la verdad y el error. ¿Qué es un propósito, qué es la firmeza y constancia de un hombre, si basta un minuto para que el plan seguido durante sesenta años, desaparezca como un capricho de mujer?
REY.- Yo leía en sus ojos... Excusadme esta vuelta a la humanidad; os falta un medio de comunicación entre el mundo y vuestra alma: el sentido de la vista.
INQUISIDOR.- ¿Qué necesidad teníais de este hombre? ¿Podía ofreceros acaso algo nuevo, algo a que no estuvieseis preparado? ¿Tanto desconocéis las nuevas y entusiastas teorías, tan poco habituado os halláis al pomposo lenguaje de los reformadores del mundo? Si unas cuantas palabras derriban por ensalmo el edificio de nuestras creencias, ¿cómo habéis podido firmar, os pregunto, la sentencia de muerte de miles de miserables que no habían hecho más para subir a la hoguera?
REY.- Deseaba un hombre... Domingo.
INQUISIDOR.- ¿Y por qué un hombre? Los hombres son para vos números, y nada más. ¿Me será preciso enseñar el arte del buen gobierno a mi encanecido discípulo? Aprenda el dios de la tierra a prescindir de lo que no se puede acordarle. Si suspiráis por una afección, reconocéis por ello que contáis en el mundo con iguales, y entonces no veo con qué derecho os declaráis superior a ellos.
REY. (Dejándose caer en un sillón.)- Soy un pobre hombre; lo reconozco. Exiges de una criatura lo que sólo es posible al Criador.
INQUISIDOR.- No, señor; no se me engaña así. Leo en lo íntimo de vuestro corazón; queríais escaparnos. Os pesan las graves cadenas de nuestra institución y queríais ser libre y solo. (Pausa.) Hemos sido vengados. Dad gracias a la Iglesia que se contenta de castigaros como una madre. Se os ha permitido elegir ciegamente y habéis hallado en la elección castigo y enseñanza. Ahora volved a nuestros brazos. Si yo no hubiese comparecido hoy ante vos, ¡por Dios vivo! que mañana hubierais comparecido vos ante mí.
REY.- No soporto semejante lenguaje, modérate, sacerdote; porque no lo soporto; no puedo oírte hablar en ese tono.
INQUISIDOR.- ¿Por qué evocáis la sombra de Samuel? Dos reyes he dado al trono de España, y esperaba dejar mi obra sobre sólidos cimientos. Veo malogrado el fruto de mi vida; el mismo Felipe derriba el edificio. Y ahora, señor, ¿por qué he sido llamado? ¿Qué vengo a hacer aquí? No abrigo el propósito de repetir mi visita.
REY.- Una obra todavía, la última, y podrás retirarte en paz. Olvidemos lo pasado, hagamos las paces... ¿Estamos reconciliados?...
INQUISIDOR.- Si el Rey se inclina humildemente...
REY. (Después de breve pausa.)- Me hijo proyecta una revolución.
INQUISIDOR.- ¿Y qué decidís?
REY.- O todo, o nada.
INQUISIDOR.- ¿Y qué entendéis por todo?
REY.- Permitiré que huya, si no puedo matarle.
INQUISIDOR.- ¡Y bien, señor!
REY.- ¿Puedes tú infundirme una nueva creencia, que autorice el cruento asesinato de un hijo?
INQUISIDOR.- Para aplacar la eterna justicia, el Hijo de Dios murió en la cruz.
REY.- ¿Y quieres tú implantar esta opinión en la Europa entera?
INQUISIDOR.- En donde quiera que la cruz sea venerada.
REY.- Cometo un atentado contra la naturaleza. ¿Puedes imponer silencio a su voz poderosa?
INQUISIDOR.- Ante los derechos de la fe, la voz de la naturaleza pierde su fuerza.
REY.- Pongo en tus manos mis oficios de juez; ¿puedo abdicarlos enteramente?
INQUISIDOR.- Entregádmelo.
REY.- Es mi hijo único. ¡Para quién habré acopiado tantas cosas!
INQUISIDOR.- Antes para la muerte que para la libertad.
REY.- Estamos de acuerdo; ven.
INQUISIDOR.- ¿Dónde?
REY.- A recibir de mis manos la víctima.
(Se lo lleva.)


Escena XI
Habitación de la Reina
CARLOS. - La REINA; después el REY y su comitiva.
CARLOS. (Vestido con un hábito de fraile, con antifaz que se quita al entrar y una espada desnuda debajo del brazo. La Reina se adelanta con ropa de cámara, y una luz en la mano. Carlos dobla ante ella la rodilla.)- ¡Isabel!
REINA. (Mirándole con tristeza.)- ¡Así volvemos a vernos!
CARLOS. ¡Así volvemos a vernos!- (Pausa.)
REINA. (Esforzándose en serenarse.)- Alzad: no debemos, Carlos, enternecernos mutuamente, ni honrar a quien no existe, con impotentes lágrimas; guardémoslas para más leves penas... Se ha sacrificado por vos. Con su vida preciosa ha recobrado la vuestra. ¡Habrá vertido su sangre por una quimera! Yo misma he respondido de vos; y fiando en mi palabra, dio con júbilo el último suspiro. ¿Impediréis que la cumpla?
CARLOS. (Con entusiasmo.)- Erigiré a su memoria un mausoleo como no ha tenido ninguno rey... sobre sus cenizas florecerá el paraíso...
REINA.- Así os quería; este era el gran pensamiento de su muerte y declaro que me eligió para ejecutar su última voluntad; yo velaré para que se cumpla este juramento. Poco antes de morir me confió otro legado, le di mi palabra... ¿Por qué debo callar? Me confió su Carlos... Quiero arrostrar el qué dirán; ceso de temblar ante los hombres y obraré una vez con la osadía de un amigo. Mi corazón hablará: él llamaba virtud nuestro amor, le creó, y mi corazón no quiere por más tiempo...
CARLOS.- No continuéis, señora; he sido víctima de un prolongado y penoso sueño; he amado. Despierto ya; olvidemos lo pasado. He aquí mis cartas: quemad las mías y no temáis ningún arrebato por mi parte. Una llama pura alumbra mi ser; mi pasión es sepultada en la tumba y ningún deseo mortal compartirá de hoy más mi corazón. (Pausa. Le toma la mano.) He venido a daros mi último adiós. ¡Madre mía! Reconozco por fin que existe una felicidad más grande y envidiable que la de poseeros. Una sola noche ha dado impulso al perezoso curso de mis años, y me infundió en la primavera de mi vida la madurez de la virilidad; no me queda ya otra misión que la de recordarle. (Se acerca a la Reina que oculta su rostro.) ¿Nada me decís, madre mía?
REINA.- No hagáis caso de mi llanto, Carlos... No puedo impedirlo, pero creed que os admiro.
CARLOS.- Fuisteis la única confidente de nuestra unión, y por este título seguiréis siendo la persona más querida para mí en este mundo; no puedo concederos mi amistad, del modo que ayer no podía conceder mi amor a otra mujer; pero si la Providencia me sienta en el trono, la viuda del Rey será sagrada para mí. (El Rey acompañado del gran Inquisidor y de los Grandes, aparece en el fondo sin ser visto.) Ahora voy a dejar a España; no volveré a ver a mi padre nunca más en esta vida; no le estimo ya; la naturaleza ha muerto en su seno; sed de nuevo su esposa, y puesto que ha perdido un hijo cumplid vuestros deberes. Yo corro a libertar del yugo del tirano a un pueblo oprimido. Madrid volverá a verme coronado o no me verá nunca más; y ahora, para esta larga separación, besad, madre mía, a vuestro hijo. (La besa.)
REINA.- ¡Oh, Carlos! ¿Qué hacéis de mí? Fáltanme las fuerzas para elevarme a esta varonil grandeza, pero puedo comprenderos y admiraros.
CARLOS.- ¿No soy ya fuerte, Isabel? Os tengo entre mis brazos y no flaqueo, cuando ayer todavía los mismos terrores de la muerte no hubieran podido arrancarme de aquí. (Se separa.) Esto es hecho; desafío al destino; os he tenido en mis brazos y no he flaqueado... ¡Silencio! ¿Habéis oído? (Da la una.)
REINA.- Sólo oigo la terrible campana que suena la hora de nuestra separación.
CARLOS.- Adiós, pues, madre mía. De Gante recibiréis mi primera carta, revelando el secreto de nuestras relaciones, pues quiero obrar desde ahora abiertamente con Felipe. No quiero que exista un solo secreto entre nosotros y no tenéis necesidad de temer las miradas del mundo: he aquí mi última mentira.
(Va a ponerse la máscara; el Rey se adelanta entre ellos.)
REY.- Sí; la última. (La Reina cae desmayada.)
CARLOS. (Corre a ella y la recibe en sus brazos.)- ¿Muerta? ¡Oh cielos!
REY. (Con calma y frialdad al gran Inquisidor.)- Cardenal, he cumplido mi tarea; cumplid la vuestra.
(Vase.)
FIN

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